Posts Tagged ‘grupos sociales’

Vida gay 1: Tomar tu mano

5 julio, 2016

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

No es que sea cobarde. Conozco el estrujón que hace en la tarde un insulto homofóbico y quiero evitarte el mal momento

Tu mano, una mano tan pequeña que es casi la mano de una niña y cuyo pulgar aprieto con el mío cuando cruzamos la calle. Tu mano de mujer, de uñas ligeramente largas y sin pintar, de dedos que surgen en montes surcados por líneas en las que una vez te leyeron en Valencia en un mercado de pulgas un futuro escandaloso y sublime.
Retiro mi mano para que nuestro paseo genere el menor odio posible
Tu mano decide agarrar la mía. Se desliza contra el telón que es mi abrigo de la que surge esa otra, resfriada y tímida de un bolsillo, para regresar a casa como topo en el hueco de la tuya. Luego 10 dedos parten el agua entrecruzada de una piscina de la que sacan orgullosas sus cabezas en forma de uña para descansar intercalados y contentos los unos con los otros.
Pero el miedo llega con la insistente precisión de una gastritis a llenar de viento mojado la fogata que unos pequeños exploradores acaban de encender en nuestras palmas. Retiro mi mano temerosa de otras que hacen señas obscenas en los balcones y que lanzan, desde allí, un envase de leche podrida o una llave inglesa contra mi cabeza. Manos de señora o de joven, manos que tienen agarrado por los cojones el desempeño afectivo de las mías.

Esta reacción es ya en mí un reflejo inmediato. No es que sea cobarde. Conozco el estrujón que hace en la tarde un insulto homofóbico y quiero evitarte el mal momento. Retiro mi mano para que nuestro paseo genere el menor odio posible.

elpaissemanal@elpais.es

Caza al homosexual

1 julio, 2016

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

Detenciones, palizas, asesinatos. Ser gay o lesbiana en Uganda supone jugarse la vida

El Gobierno propone su ejecución; los predicadores siembran odio entre sus fieles

‘El País Semanal’ y Canal + retratan a víctimas y verdugos de la homofobia

La gente cree que lo nuestro es una enfermedad y que se nos puede curar. Por eso muchas lesbianas han sufrido lo que llaman violaciones correctivas. Te hablo de violaciones múltiples, de varios hombres abusando a la vez de una joven porque creen que si te violan en grupo te convencerás de que te gusta ser mujer y de que te gustan los hombres. Pero es que además, como resultado de esas violaciones, muchas lesbianas han acabado contagiadas de sida”. Jay Mulucha, de 26 años, es la presidenta de Fem Alliance Uganda. Habla pausado y mirando a los ojos al periodista, consciente de la atrocidad que está contando. Como diciendo: “¿A que es fuerte, verdad?”. Mulucha saca su cámara digital y busca entre las últimas fotos. Su rostro magullado e hinchado aparece en la pequeña pantalla. No hace falta ampliar la imagen. Varios jóvenes la golpearon en plena calle, en un mercado, después de que unas mujeres la increparan por vestir de manera masculina. “Tal y como visto hoy”, señala, “pantalones beis ajustados y una camisa negra”. Así es el día a día de los gais y lesbianas en Uganda. Acoso constante, persecución, criminalización. Pequeños pasos de una calculada estrategia para oficializar la homofobia de Estado.

Por eso, de muchos de los y las valientes que aparecen fotografiados en este reportaje solo podemos dar su nombre de pila: Hush, Kim, Patrick, Musa, Williams. Estos jóvenes se han puesto a la vanguardia de la dignidad en su país sabiendo que sobre ellos pesa la posibilidad de una condena a muerte. Y eso es mucho decir. Y es mucho arriesgar. Durante esa sesión de fotos sabían que la policía podía aparecer en cualquier momento y detenerlos, pero esta gente tiene claro que solo desde la resistencia, desde la tenacidad, pueden resistir a esa ola inquisitorial que los quiere muertos. Muchos de ellos han sido expulsados de sus casas y de sus familias. Algunos se refugian en casas de seguridad que diferentes organizaciones de apoyo a sus derechos tienen por toda Kampala. Una especie de pisos francos donde encuentran cama, comida y una verdadera familia.

La homosexualidad es un delito en 80 países del mundo. En algunos, como en Irán, Yemen o Arabia Saudí, donde se aplica la sharia, ese delito se paga con la muerte. Uganda, uno de los países más profundamente cristianos de África, también ha decidido modificar su código penal para condenar a muerte a los homosexuales. El proyecto de ley, actualmente en discusión en el Parlamento de Kampala, contempla la ejecución para la llamada homosexualidad agravada o reincidente, y la cadena perpetua para todo aquel sorprendido teniendo relaciones sexuales con alguien del mismo sexo. “La ley afecta a todo el mundo, no solo a los homosexuales”, cuenta Jay, “porque si conoces o sospechas que alguien es gay, estás obligado a denunciarlo bajo pena de tres años de cárcel. A nosotros nos meten la perpetua o la condena a muerte. Nos matan. Pero si tienes un hijo, una hija o un tío que sean gais, o los denuncias o vas a prisión”.

LE LLAMAN ‘LEY MATA-GAIS’

El autor de la conocida ya como ley mata-gais es David Bahati, un joven diputado del Movimiento de Resistencia Nacional, el partido del presidente Yoweri Museveni. Algunas malas lenguas dicen que ha sido elegido por otros parlamentarios más veteranos y más resabiados para ser el que defienda una ley tan polémica, porque el riesgo de quemarse en el intento es alto. Pero Bahati, voz contenida, discurso afable en las formas, incluso frío, se cree elegido para una misión muy especial: “La homosexualidad es ilegal. Es inaceptable en nuestro país. Queremos frenar su expansión. El contagio de nuestros niños. Sus fuentes de financiación. Queremos asegurarnos de que no se producen matrimonios entre homosexuales”. Bahati cree que la homosexualidad es un hábito. Un hábito que se aprende y que, por tanto, se puede desaprender. Sigue defendiendo la pena de muerte, aunque la fuerte presión internacional, sobre todo de los países que más ayuda a la cooperación y el desarrollo entregan a Uganda, está haciendo al Congreso repensar la ley. Bahati admite que igual no consigue que se apruebe la pena de muerte, pero que la cadena perpetua puede ser una buena alternativa. “Ustedes en España también tienen gente que rechaza la homosexualidad y sus matrimonios. Pues yo pertenezco a ellos”, dice sonriendo. Cuando le hago notar que en España, pese a las diferentes opciones sobre el matrimonio gay, nadie plantea su ejecución o encarcelamiento de por vida, responde que cada sociedad tiene sus propias leyes y puntos de vista: “Ahora estamos investigando a todas esas ONG que están promoviendo la homosexualidad. Se esconden en actividades de lucha contra el sida, o la pobreza, o la promoción de los derechos humanos, pero resulta que aquí, en Uganda, no consideramos la homosexualidad como un derecho fundamental”. Le pido pruebas, y no tiene; le pido números, y habla de rumores. Bahati dice que el 95% de la población rechaza la homosexualidad, pero no tiene la encuesta.

Queremos frenar la expansión de la homosexualidad, el contagio de los niños, su financiación”, dice el autor de la ‘ley mata-gais’

¿Qué le ha pasado a este país, uno de los más mimados por la comunidad internacional? ¿Qué ha ocurrido en este paraíso de turistas, la llamada perla de África, donde nace el Nilo blanco, para que sus diputados crean que, por encima de acabar con la pobreza, el sida o la malaria, sea prioritario poder ejecutar al que se declare homosexual? Uganda es un país cristiano. El 90% de su población es, a partes iguales, católica y anglicana. La religión está muy presente en la vida diaria y los programas de telepredicadores tienen un enorme seguimiento. Activistas de derechos humanos y observadores internacionales coinciden en que la llegada masiva de dinero y misioneros desde Estados Unidos ha modificado los principios de convivencia. Uganda se ha convertido en la nueva tierra de promisión para algunas iglesias evangelistas norteamericanas. Todo avión que aterriza en el aeropuerto de Entebbe trae entre sus pasajeros una cantidad considerable de los llamados cristianos renacidos, jóvenes de Ohio, Indiana o Wisconsin que vienen a esta tierra prometida en misión divina. Telepredicadores norteamericanos como Lou Engle, fundador del movimiento La Llamada, o Scott Lively, que escribió un libro titulado, atención, La esvástica rosa, se han acercado por Uganda y han encontrado en su odio al homosexual la manera de diferenciarse de otros credos. Ellos han convencido a los pastores locales de que los gais tienen una agenda oculta para reclutar niños ugandeses en las escuelas y que la homosexualidad es un hábito que se puede curar. El resultado es que muchos predicadores traducen esas ideas directamente desde el Viejo Testamento en términos de odio, aversión y xenofobia.

REVERENDOS DEL ODIO

“Yo amo a los homosexuales. Yo salgo a la calle a buscarlos y a decirles: ¡Eh, estás poniendo en peligro tu vida! Yo les aconsejo. ¡Y tú me llamas a mí reverendo del odio!”. A Solomon Male se le inyectan los ojos en furia y una vena de ira cruza su frente de izquierda a derecha. Mira con una mezcla de rabia e indignación que realmente no parece impostada. Está convencido de lo que dice. Male es un pastor evangélico que lidera la llamada Coalición Nacional contra la Homosexualidad en Uganda. “La homosexualidad es una adicción. Es un hábito que se aprende. Y cuando alguien cae, se convierte en un adicto”, insiste. Male ha curado a muchos homosexuales, o eso dice. ¿Cómo? Consejos, oración y fuerza de voluntad, según el pastor. Su discurso es agresivo y directo. En su Facebook se compara con Martin Luther King y asegura que no es como otros pastores, que él no regala indulgencias por dinero, lo que llama “góspel de la extorsión”. Eso sí, cobra por curar la homosexualidad. Tampoco es capaz de decir a cuántos ha curado. Muchos, es su respuesta. Cuando le digo que sus invocaciones dominicales contra los gais, que sus discursos llenos de rencor son invitaciones a que la gente actúe por su cuenta, vuelve a enfadarse: “Vosotros, occidentales, que sois prohomosexualidad, solo queréis oír un lado de la historia: que los gais están siendo perseguidos. Pero no queréis escuchar que los homosexuales son dañinos”.

Solomon Male es un personaje peligroso porque es capaz de canalizar todo su odio con una gran capacidad de seducción y unas supuestas evidencias científicas. Su elocuencia encandila a sus entregados feligreses. Como Martin Ssempa, otro de esos reverendos catódicos que están siempre en las tertulias radiofónicas y que se han convertido en estrellas mediáticas en su país. “Se dicen todo tipo de mentiras sobre mí. Que si predico para matar homosexuales, que si llevo pistola, que si corto cuellos, que soy supermalo y muy peligroso. Lo único que quiero es que se sepa que la homosexualidad es un crimen, una abominación, un estigma, un tabú”, me grita a la cara.

Ssempa está casado y tiene cuatro hijos. Es probablemente uno de los pastores más famosos de Uganda, y toda una estrella en Internet. Un vídeo suyo en el que da una conferencia sobre la maldad de ser gay alcanza la nada despreciable cifra de siete millones de visitas. Ssempa tiene su iglesia dentro de la Universidad de Makerere, la más grande de Kampala. Se asegura así un público joven, fértil y muy maleable. Su cruzada antigay ha disparado su popularidad. Al final de la entrevista le pregunto qué pensaría de mí si le dijera que soy gay, y Ssempa responde rápido, furioso: “Según la ley, Jon, tú eres un criminal y deberías ir a la cárcel. A los ojos de Dios eres un pecador. Y según mi opinión, necesitas ayuda. Yo soy pastor, puedo aconsejarte, y puedes cambiar”. Mientras charlamos, Ssempa no deja de saludar a seguidores y fans. Tiene don de gentes. Sabe hablar y sabe llegar. Y ese es el peligro. Acude a tertulias televisivas porque es simpático e histriónico, pero aprovecha para que su mensaje vaya calando, como lluvia fina, y conseguir adeptos o al menos silencios cómplices. Caldo de cultivo de una futura cacería de gais.

A 40 kilómetros de Kampala, en la pequeña aldea de Seya, está la tumba de David Kato, el más destacado de los militantes gais asesinados en los últimos años. Su muerte disparó las alarmas de la comunidad internacional. Fue la primera luz roja de un posible pogromo contra los homosexuales porque Kato era el más significado de los activistas. El más conocido. El propio presidente de EE UU, Barack Obama, condenó personalmente su asesinato. “Puede que quieran matarnos a todos, pero no conseguirán eliminarnos”, dice ante la tumba John Wambere, amigo íntimo del difunto Kato y también militante gay. Wambere mide casi dos metros y todo el mundo le llama Long John. Lleva una camiseta morada en la que se puede leer, sobre un mapa de África, 37 maneras diferentes de decir homosexual en el continente: kuchu, shoga, busti…Dice: “Aquí todo el mundo es creyente y los líderes religiosos desempeñan un papel fundamental por su capacidad de influencia. A individuos como el famoso Ssempa se les da espacios en las radios para soltar lo que quieran, pero si yo voy a defenderme, estaría promoviendo la homosexualidad”.

David fue asesinado poco después de que su nombre, su cara y su dirección aparecieran publicados, junto a los de otros 100 homosexuales, en un periódico sensacionalista que incitaba a sus lectores a que “los ahorcaran”. Durante semanas, el rotativo exhibió impúdicamente las identidades de Kato, Long John y otros muchos gais que se vieron expulsados de sus trabajos o apartados de sus familias. Aquellos artículos contaban patrañas como que la homosexualidad acorta la vida en 24 años y es más peligrosa que fumar, o que los gais tenían un plan secreto para reclutar a un millón de niños ugandeses en las escuelas. Esos titulares trajeron muertes y muchas palizas. Lo más sorprendente es que cualquier taxista de Kampala, cualquier camarero al que le preguntes por los homosexuales, te repite esas ideas. Porque las han leído o las han escuchado en los sermones dominicales o en las tertulias políticas. Y en un país con un 25% de analfabetismo no se cuestiona a los líderes políticos o religiosos. Una intoxicación informativa de manual. El paso previo a lo que algunos sociólogos llaman “eliminacionismo”.

Long John es muy pesimista y piensa que la ley se aprobará. Él tendrá que pasar a la clandestinidad o huir del país. La homofobia crece, alentada por políticos sin escrúpulos y reverendos mesiánicos como Ssempa, que entre bromas, y como si fuera gracioso, hablan de un futuro “gaynocidio”. “Yo a los que temo de verdad es a los que nos rodean”, confiesa Long John, “a los vecinos, los taxistas, los compañeros de trabajo. Esos son los que nos van a caer encima antes de que llegue la policía. Ya ha habido linchamientos y gente que se ha tomado la justicia por su mano. Si te pillan antes de que venga la policía, estás muerto”.

El ministro Simon Lokodo es uno de los más aficionados a presentarse rodeado de agentes en reuniones clandestinas de activistas homosexuales y detenerlos a todos. Lokodo es sacerdote católico, y es el ministro de Ética e Integridad del país, lo cual, me insiste, no le plantea ningún dilema ético o moral: “Los homosexuales son muy peligrosos, porque pueden acabar destruyendo la humanidad. ¿Por qué? En primer lugar te diré que son unos pervertidos que han perdido la orientación natural de la sexualidad, es decir, la reproducción. ¿Por qué no creó Dios solo hombres? En segundo lugar, por las leyes de la física. ¡Está claro! Dos polos diferentes se atraen. Dos polos iguales se repelen…”. Lokodo habla tranquilo, sin sobresaltos, sin dar la sensación de que está sermoneando. Está acostumbrado a recibir a periodistas europeos que le miran con cara de estupefacción e incluso indignación. Creo que hasta disfruta de forma un tanto sádica desempeñando ese papel. Lokodo confiesa que él no está a favor de la pena de muerte, pero sí del encierro de por vida, “para aislarlos y que repiensen lo que han hecho”.

La Constitución ugandesa dice que no es un crimen ser homosexual, sino cometer actos de homosexualidad. ¿Cómo resuelve el ministro de Ética esa contradicción jurídica para poder detener a su antojo a los homosexuales que quiera?: “Hay que distinguir una condición de una acción. Si eres lesbiana o eres homosexual, y haces gala de ello, entonces estás en proceso de cometer un acto de lesbianismo u homosexualidad. Es decir, un crimen”. A Lokodo no le tiembla ni un músculo al decir que la homosexualidad es ilegal, inmoral, criminal y, en definitiva, según me insiste, una abominación. Su cercanía al presidente del país le hace todavía más peligroso por su capacidad de influencia. ¿Es necesario un ministerio de Ética? Por supuesto, insiste. Le digo que los talibanes también tenían su ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención de la Inmoralidad. “¡Me parece muy bien que lo tuvieran!”, exclama. Seguro que Lokodo, en cuanto vea este reportaje, pide a su policía antivicio que identifique a los gais y lesbianas que aparecen aquí. Ellos y ellas lo saben. Lo asumen. Pero se comen el miedo. Porque, como dice Long John, “si nos seguimos escondiendo, dirán que no existimos”.

El documental ‘La caza al homosexual’ se emite en Canal + el miércoles 10 de abril a las 21.45.

Españoles en Gurs

12 abril, 2015

Fuente: http://www.elpais.com

No hay mucha gente que sepa lo que ocurrió en esta zona del sur de Francia. Y, sin embargo, el campo de concentración que se instaló allí resume uno de los momentos más trágicos de la historia del viejo siglo XX.

MIGUEL MARTORELL 22 AGO 2014 – 00:00 CEST
Eduardo Estrada
EDUARDO ESTRADA

Lo primero que llama la atención al llegar es la altura de los árboles y la frondosidad del bosque. No porque los árboles sean más altos que otros de la vecindad, ni porque el bosque sea más tupido que otros muchos que pueblan el Bearn, frescos en verano, gélidos en invierno. Lo que ocurre es que uno no esperaba encontrar allí un bosque. Ni mucho menos que, tras comprender que solo puede tener unas décadas, fuera tan compacto, tan oscuro y silvestre. Sorprende el empuje de la naturaleza, parejo al de aquellas películas de ciencia ficción donde la Estatua de la Libertad figura en medio de la selva o mecida por las olas. Solo que en esta ocasión los árboles no esconden un símbolo de la libertad, sino todo lo contrario: bajo sus raíces hubo no hace tanto un campo de concentración.

Fue desmantelado a finales de 1945. Sus desechos se vendieron como chatarra, los restos se incendiaron. Sobre su emplazamiento, en 1950, se plantó el bosque. Y frente al bosque solo quedó un cementerio con más de mil muertos: no se atrevieron a arrasarlo. Es fácil comprender que quisieran borrarlo del mapa: nadie desea vivir junto a un símbolo de la ignominia. Al fin y al cabo, Gurs es un hermoso pueblecito de la Navarra francesa. El camino hacia el campo está festoneado de coquetas casas residenciales, palacetes a la parisina construidos para veraneantes al comenzar el siglo pasado o típicas viviendas de estilo local, con sus enormes tejados. Ciertamente, desentonaba con el encanto del pueblo.

El campo de Gurs es uno de los varios espacios en los que Francia refrenó la avalancha de republicanos españoles que atravesó los Pirineos huyendo de las tropas de Franco al acabar la Guerra Civil, en el invierno de 1939: cerca de medio millón cruzaron la frontera tras la caída de Cataluña. No quiso el Gobierno republicano francés que sus correligionarios españoles se extendieran por todo el país y estableció en el sur varios centros de internamiento: Argèles-sur-mer, Rivesaltes, Barcarès, Septfonds, Gurs… Algunos apenas albergaban construcciones, como la playa de Argèles, cerca de Colliure, donde una cerca delimitaba el espacio en el que a la intemperie se hacinaron 100.000 españoles en un invierno tan frío como no se recordaba en años, con varios centímetros de nieve sobre la arena mediterránea.

No había en los barracones ningún equipamiento; los presos dormían en el suelo.

Gurs se construyó entre marzo y abril de 1939 para aliviar la sobrepoblación de la playa de Argèles. Fue el mayor de los “campos de internamiento administrativo” —como eufemísticamente los denominaba la jerga burocrática francesa— destinados a contener a los españoles. Cercado por una doble red de alambre de espino, medía casi dos kilómetros de largo y estaba dividido en 13 islotes, cada uno de ellos con 25 barracones de madera: todos iguales, de 6 metros por 30, alojaban a 60 presos cada uno. No había en los barracones ningún equipamiento: ni camas, ni estanterías; los presos dormían en el suelo. Cada islote tenía cocinas y letrinas comunes. El suelo era de tierra y con la lluvia, siempre copiosa, se transformaba en un pantano: “En cuanto salíamos del barracón, nos hundíamos en un suelo esponjoso hasta los tobillos”, recordaba un superviviente. Gurs podía retener a unas 20.000 personas: era el núcleo más poblado de la región tras Pau y Bayona. Por él pasaron más de 25.000 españoles y brigadistas internacionales que lucharon en España. Cerca de una treintena perdieron allí la vida y hoy reposan en su cementerio.

Los españoles, empero, constituyen solo una pequeña parte de los habitantes del cementerio de Gurs. La mayoría son judíos. Y ello es así porque el campo tuvo en sus seis años de vida una intrincada historia. La mayoría de los españoles fueron expulsados entre finales de 1939 y principios de 1940. A muchos los repatriaron: el Gobierno francés los entregó en mano a la maquinaria represiva franquista. Otros, sin alternativas, regresaron por su cuenta y afrontaron una suerte parecida. Algunos fueron reclutados —más o menos voluntariamente— para los batallones de trabajo que construían trincheras en el frente, a la espera de la invasión alemana, o en el Ejército francés. Solo unos pocos tuvieron la fortuna de permanecer en el sur de Francia, de encontrar allí un trabajo o una familia que les brindaran la oportunidad de empezar una nueva vida.

Entre agosto de 1939 y la primavera de 1940 los franceses confinaron en Gurs a ciudadanos alemanes. Fueron los meses de la drôle de guerre, o guerra de broma. Mientras los nazis estuvieron ocupados en el frente del este no hubo operaciones bélicas en Europa occidental, pero la contienda ya había comenzado y Francia recluyó en campos a los alemanes residentes en el país. Una terrible paradoja, pues la mayoría eran refugiados políticos o judíos huidos del Tercer Reich. Hannah Arendt, por ejemplo, pasó por Gurs aunque logró abandonarlo en julio. Cuando finalmente llegaron los nazis se encontraron que los franceses habían hecho el trabajo sucio de recluir a sus opositores. Como observó Arendt con ironía, los disidentes alemanes fueron ingresados “por sus amigos en campos de internamiento y por sus enemigos en campos de concentración”.

La última tanda de reclusos fue de 1.500 guerrilleros que luchaban contra el franquismo.

Tras la ocupación alemana y la creación del régimen títere de Vichy, entró la tercera oleada de cautivos. Los nazis y sus aliados franceses llenaron el campo con quienes reputaban como indeseables: disidentes políticos, gitanos y judíos. Judíos franceses detenidos por las autoridades de Vichy, judíos alemanes trasladados desde Baden, Renania y el Sarre: llegaron, en total, unos 18.000 judíos. Más de mil murieron debido a la desnutrición y al frío, implacable en el crudo invierno del Bearn. No corrieron mejor suerte los supervivientes. Gurs fue la “antesala de Auschwitz”, escribió hace unos años Jorge Semprún, pues allí fueron deportados los internos judíos entre 1942 y 1943. No era un campo de exterminio, no tenía cámara de gas. Pero sí fue una escala en el camino hacia las cámaras de gas.

Expulsados los judíos, Gurs languideció hasta la liberación del sur de Francia, en agosto de 1944, cuando las nuevas autoridades encerraron allí a prisioneros alemanes y colaboracionistas franceses. La última tanda de reclusos la integraron… republicanos españoles. Esta vez fueron cerca de 1.500 guerrilleros que desde la frontera francesa hostigaban a la España franquista. Habían perdido dos guerras, la española y la mundial, y la Francia recién liberada no sabía qué hacer con ellos. Fueron puestos en libertad en pocos meses y en diciembre de 1945 el Gobierno francés clausuró el campo. De este modo se cerró el círculo: presos españoles estrenaron Gurs; presos españoles fueron los últimos en abandonarlo. Luego vinieron el bosque y el olvido.

No hay mucha gente en España que sepa dónde está Gurs ni qué ocurrió allí o en otros campos del sur de Francia como Septfonds, Barcarès o Argelès. O en Mauthausen, el campo de concentración nazi donde murieron más de 8.000 españoles. Son nombres chocantes, de extraña resonancia. Parecen ajenos y sin embargo constituyen una pieza esencial de nuestra historia. A principios de este siglo Jorge Semprún escribió su única obra de teatro: la tituló Gurs, una tragedia europea. Superviviente del campo de concentración nazi de Buchenwald, Semprún sabía que en aquellos años la historia de España y la de Europa formaban una sola y que Gurs testimoniaba dicho vínculo, como también atestiguaba la barbarie que asoló el continente en las décadas centrales del pasado siglo, desde Algeciras hasta los Urales.

Así lo refleja su cementerio, sito frente a un bosque oscuro y húmedo, plantado para borrar el recuerdo de todo aquello. Un cementerio donde más de mil hombres y mujeres hallaron la paz que les fue negada en vida. Paseando entre sus lápidas se pueden ver apellidos tan diferentes como Klein, Durlacher, Gómez, Kauffmann u Orzolkowski. Nombres de gentes venidas al mundo en lugares tan distantes, y allí tan cercanos, como Karlsruhe, Odessa, Rotterdam, Torredonjimeno…

Miguel Martorell es profesor de Historia Contemporánea de España en la UNED.

Bélgica hace examen de conciencia

25 diciembre, 2014

Fuente: diario EL PAÍS

TEREIXA CONSTENLA MALINAS (Bélgica) 15 DIC 2012 – 17:06

“Querido Henri: estamos bien, en un vagón de ferrocarril que probablemente nos lleve a Holanda”. Blanche Zybert tenía 13 años y la letra, y la esperanza, aún infantiles. Escribió a lápiz sobre un papel rudimentario una nota tranquilizadora y, el 21 de septiembre de 1943, la arrojó desde el tren que le llevaba desde Malinas (Bélgica) a Auschwitz-Birkenau, el campo de exterminio montado por los nazis en territorio polaco. Alguien la recogió y la envió a una dirección de Bruselas, atendiendo al ruego de la niña. Hoy puede leerse en el Kazerne Dossin, el museo sobre el Holocausto y los Derechos Humanos que se ha inaugurado hace unas semanas en Malinas y que se complementa con un centro de documentación y un memorial situados en el antiguo cuartel que sirvió como estación hacia el último viaje.

¿Otro museo sobre la Shoah? Sí y no. El Kazerne Dossin destripa el caso belga: el papel de colaboracionistas y resistentes a los invasores nazis, la persecución de judíos y gitanos y el lugar central que desempeñaron las dependencias militares de Dossin en la deportación de 25.836 personas. Todas con el mismo destino que Blanche: Auschwitz. Casi todas con el mismo final: apenas sobrevivieron 1.250 (el 4,8%).

La industria del exterminio fue patrimonio alemán, pero algunos países ocupados actuaron con siniestra complicidad, germinada sobre el odio a los judíos. En Federico Sánchez se despide de ustedes, Jorge Semprún recuerda que en el cementerio judío de Pinkas, en Praga, están enterrados restos de los perros que los cristianos arrojaron durante siglos para profanar el lugar de los muertos. En Bélgica también echó raíces el antisemitismo, aunque la comunidad judía no era tan amplia como en otros países del este. Malinas, equidistante entre Bruselas y Amberes, donde residían casi todos, fue elegida por los alemanes como punto de partida de los trenes de la muerte. Tenían la infraestructura perfecta junto a las vías: un cuartel construido por orden de la emperatriz María Teresa de Austria.

Lo de los gitanos fue cosa belga. En el museo puede leerse este texto anónimo enviado el 21 de abril de 1940 a la policía: “Una banda de gitanos de lengua alemana se ha instalado en Stembert. Son una banda de ladrones y sucios repulsivos. La situación es intolerable. La policía debería ponerlos en un campo de concentración”. Según Herman Van Goethem, conservador del Kazerne Dossin y profesor de Historia contemporánea en la Universidad de Amberes, formaban pequeños grupos de extrema pobreza que procedían de otros países. Cuando la vida comenzó a depender del racionamiento se agrandó el rechazo a los gitanos, bocas extranjeras que rivalizaban por los alimentos. “En 1941 fue la administración belga la que tomó la iniciativa de deportarlos y ordenó a la policía que los arrestase”, explica Van Goethem, que lleva 30 años investigando sobre la Segunda Guerra Mundial en su país y que ha trasladado su conocimiento a este museo (“es mi libro”), financiado por el Gobierno de Flandes.

El Kazerne Dossin, nuevo Museo del Holocausto y los Derechos Humanos en Malinas (Bélgica). / STIJN BOLLAERT
La diferenciación étnica, que no existía en Bélgica hasta que los alemanes introdujeron el concepto para identificar a los judíos, se aplicó a partir de entonces a los gypsies, que se registran como “raza”. Del cuartel de Dossin parten 352 gitanos hacia Auschwitz, entre ellos la numerosa familia de Joseph Karoli y Elisabeth Warsha, noruegos asentados en Flandes desde 1922. De los 11 hijos deportados, se salvaron dos.

De carnés antropomórficos y tarjetas de nómadas se han extraído las fotos de los gitanos que se han integrado en un gigantesco mural, que trepa por cada planta del museo, donde figuran 19.000 fotos de las 25.836 víctimas que pasaron por Malinas. “Es una respuesta contra la deshumanización del Holocausto”, advierte Marjan Verplancke, responsable de educación del centro, que no renuncia a contar en el futuro con imágenes e identidades de todos.

Poner cara y nombre al dolor, al valor y a la crueldad, a la Bélgica obeïssante y a la rebelde, es un acto de justicia y una lección de humildad. “Nos diferenciamos de otros museos porque también analizamos a los perpetradores, quiénes fueron y por qué pudieron hacerlo. No son retratados como demonios, estamos de acuerdo en que fueron malas personas, pero lo que nos interesaba era analizar por qué personas normales como usted o como yo pueden cometer esa violencia”, señala Herman Van Goethem.

Empezando por el rey Leopoldo III, colaboracionista durante la ocupación entre 1940 y 1944. Casi nadie pagó por la complicidad con los alemanes, excepto doce personas ejecutadas al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Hasta 1942 la indiferencia hacia la suerte de los judíos fue generalizada entre la sociedad belga, alentada por el hecho de que la población estaba convencida de que Alemania ganaría la guerra y de que los judíos estaban siendo expulsados de Europa. “La participación belga fue una especie de realpolitik. Aunque la colaboración de Flandes con los alemanes fue muchísimo más notable que la de los valones”, puntualiza el historiador.

Con excepciones. Leo Claeys, policía de Amberes, se negó a practicar detenciones de judíos en su distrito. En lugar de ello, avisaba a las familias que figuraban en la lista para que pudieran esconderse. En junio de 1942 Jules Coelst, alcalde de Bruselas, protestó contra la distribución de las estrellas de David porque atentaban contra “la dignidad de cada persona, quienquiera que sea”. “Sus ejemplos ponen el punto de esperanza en el museo, demuestran que en estos contextos también hay posibilidades de negarse”, precisa Marjan Verplancke. Las familias belgas escondieron a 30.000 perseguidos durante los años de plomo. A veces las estadísticas llevan un relato endiablado dentro: al finalizar la guerra seguían vivos el 55% de los judíos de Bélgica. En Holanda, apenas lo hicieron el 25%.

Gitanos, el presagio de otras tragedias

7 marzo, 2014

Fuente: http://www.elpais.com

Artistas e intelectuales franceses alertan de la amnesia y los nuevos síntomas racistas

La persecución a los romaníes antecedió a las dos guerras mundiales

 Montreuil-Bellay 2 NOV 2013 – 21:05 

Prisioneros en el campo de Montreuil-Bellay en 1944. La imagen pertenece a la colección de Jacques Sigot, publicada en la web de Kkris Mirror.

Montreuil-Bellay es un pequeño pueblo cercano a Saumur, una de las capitales de la provincia de Maine y Loira. Aquí habita desde hace siglos la vieja Francia, la Francia profunda del terruño, la blanca Francia de la flor de lis que bebe vino embotellado hace medio siglo y come mantequilla y champiñones. Es la Francia que vota a Marine Le Pen, la Francia avara de ‘Eugenia Grandet’, la novela de Balzac; la belicosa Francia de la Escuela de Caballería y el Museo de los Tanques de Saumur. La Francia que lleva a sus hijos a escuelas integristas y que obedece las consignas del châtelain, el señor del castillo, que manda más que los alcaldes.

En este feudo medieval del rey René y de los Anjou, plagado de almenas resplandecientes que parecen sacadas del juego Exín Castillos, sucedió hace 75 años una historia ejemplar o espantosa, según se mire. La historia avergonzó tanto a la gente del Loira que nadie habló de ella durante cuatro largas décadas.

El 6 de enero de 1940, el capitán del Ejército republicano español Manuel G. Sesma, nacido en Fitero (Navarra), llegó a Montreuil-Bellay desde el campo de Gurs al mando de la Octava Sección de la 184ª Compañía de Trabajadores Españoles, formada por 250 personas. Sesma había salido de España en febrero de 1939, con los 450.000 refugiados del primer éxodo republicano.

En 1983, el capitán le contó a Jacques Sigot, maestro de escuela e historiador local, que los españoles levantaron en menos de seis meses 19 kilómetros de vía férrea “moviendo con las manos unas vías que pesaban 0,7 toneladas”. Aquel terreno iba a albergar al personal de un arsenal de pólvora, pero el avance alemán hizo cambiar de idea a los franceses, que en junio de 1940 ordenaron a los republicanos construir un campo de concentración para “individuos sin domicilio fijo, nómadas y extranjeros que tengan el tipo romaní”.

Los españoles solo tuvieron tiempo de levantar la cárcel subterránea, “que tenía celdas de 1,30 metros x 1”, y algunos barracones, según cuenta Sesma en el libro de Sigot Montreuil-Bellay, un camp de concentration pendant la Seconde Guerre Mondiale.

Los alemanes entraron en Montreuil-Bellay el 21 de junio de 1940, y tras alambrar el solar, lo usaron para retener a soldados franceses y a civiles extranjeros. Entre el 8 de noviembre de 1941 y el 16 de enero de 1943, el lugar se convirtió en el mayor campo de concentración de gitanos de Francia. “El campo estaba custodiado por la Gendarmería”, escribe Sigot, “y en junio y julio de 1944 fue bombardeado, antes de ser liberado en septiembre de 1944. Los gitanos volvieron un mes después y estuvieron hasta el 16 de enero de 1945, cuando fueron trasladados a Jargeau y a Angulema”.

Muchos gitanos nacieron aquí, y murieron más de 100. Pero su historia permaneció silenciada hasta que Sigot descubrió las ruinas en los años ochenta y un puñado de militantes progitanos decidió combatir la amnesia histórica colocando placas conmemorativas para recordar que en Francia hubo al menos 30 campos de concentración de gitanos parecidos a este.

Las ruinas del campo de Montreuil-Bellay fueron declaradas patrimonio nacional en 2012. Pero no son nada fáciles de encontrar. Además de la cárcel subterránea, solo quedan los cimientos y el suelo de uno de los barracones, y tres tramos de escaleras de piedra. La cárcel tiene forma de cueva –troglodita, las llaman aquí- y en las rocas hay algunos nombres grabados: Duval, Reinhard… “Quizá fueran primos de primos del gran guitarrista Django Reinhardt”, explica Kkrist Mirror, un dibujante de cómic y activista progitano nacido en Saumur, que en 2008 publicó el libro Tsiganes, que narra en blanco y negro la historia de Montreuil-Bellay.

Viñeta del cómic ‘Tsiganes’, de Kkris Mirror.

Mirror, que ha venido desde su casa de Brézé en su Harley-Davidson, cuenta que el campo “llegó a albergar a 1.018 gitanos en agosto de 1942. Había casi 100 barracones, iglesia y escuela”. El dibujante y guionista tenía sus razones para interesarse por el asunto. “Desde pequeño viví el trauma de mi padre, que estuvo internado en un ampo alemán durante la guerra. Se escapó vivo de milagro, y yo empecé a dibujar su historia a los diez años. Luego supe que al lado de nuestra casa hubo un campo de concentración, organizado no por alemanes sino por franceses. Y más tarde me enteré de que mis vecinos –el charcutero, el carpintero…- habían trabajado en él como guardianes para evitar ser enviados al ST0 –el Servicio de Trabajo Obligatorio- en Alemania. Entonces decidí hacer el libro”.

Mirror es uno de los artistas e intelectuales que en 2010, como réplica a los ataques de Nicolas Sarkozy contra los romaníes, montaron una plataforma para rescatar la memoria de la persecución. El padrino de la iniciativa fue el cineasta romaní Toni Gatlif (que ha contado la historia en películas como Liberté y Latcho Drom), y también colaboraron el autor de cómics Emmanuel Guibert y el fotógrafo Alain Keler, autores de ‘Un viaje entre gitanos’, que resume los diez años que Keler pasó con los romaníes europeos.

“En Francia las persecuciones de gitanos comenzaron mucho antes de la ocupación alemana”, escribió en 2010 la historiadora Marie Christine Hubert. “Ya en septiembre y octubre de 1939, la circulación de nómadas fue prohibida en varias provincias. Y en Indra-Loira los gitanos fueron expulsados. La ocupación nazi agravó aun más las cosas. Los gitanos de Alsacia y Lorena fueron expulsados en julio de 1940 hacia la zona ‘libre’”.

Esos gitanos compartieron campos con los republicanos españoles en Argelès-sur-Mer, Barcarès o Rivesaltes antes de ser llevados en noviembre de 1942 al campo de Saliers (Bouches-du-Rhône), “especialmente creado por el Gobierno de Vichy para los gitanos. En cada provincia, los gitanos fueron censados, reagrupados y vigilados”, recuerda Hubert.

La infamia no fue exclusiva del Loira, ni de Francia. El fantasma de la gitanofobia ha recorrido Europa en paralelo al antisemitismo y a la islamofobia desde que llegaron los primeros gitanos de la India hace diez siglos. El miedo al que viaja en carromatos, duerme al raso y le canta a la luna es parte de las raíces –cristianas- de Europa. Y hoy, igual que en la Edad Media, los gitanos son noticia –o rumor- en Grecia, Francia, Irlanda, Suecia, Rumanía o España por los mismos bulos y leyendas de hace 500 años: si tienen una hija rubia es porque roban niños —aunque apenas haya antecedentes judiciales que lo sostengan—. Si no, como dijo el ministro del Interior, Manuel Valls, es que “son culturalmente distintos y no se quieren integrar”.

“¡Y pensar que yo voté en 2012 por los socialistas!”, exclama Kriss Mirror. “Da mucha pena ver que el racismo antigitano sigue saliendo gratis y es rentable políticamente. Es lamentable porque los gitanos suelen ser la primera señal de alarma de que algo terrible va a pasar. Cuando los republicanos llegaron a Montreuil-Bellay, Francia no estaba en guerra y todavía no existía Vichy. Las leyes raciales las aprobó la III República. El decreto es del 6 de abril de 1940. Pero la primera ley racial del siglo XX se aprobó en 1912, dos años antes de la I Guerra Mundial. Y todavía sigue vigente”.

¿El racismo antigitano es rentable? La frase tiene una parte de verdad: a menudo concede enormes réditos de popularidad a quienes lo practican, y rara vez se oyen noticias de denuncias o detenciones por agresiones verbales o físicas a gitanos. La impunidad es uno de los sellos de esta fobia barata, que tan cara puede salir —en imagen y votos— cuando los señalados pertenecen a minorías más cohesionadas y mejor integradas.

Pero la idea de que el racismo anti-gitano renta es un doble filo para la democracia y el Estado de Derecho. El 16 de julio de 1912, Francia colocó a la comunidad gitana, a la que llamó “nómada”, en un estado de excepción que dura todavía: les negó el carné de identidad normal, y les obligó a portar un permiso de circulación antropométrico. Un siglo después, el año pasado, el Consejo Constitucional estableció que ese carnet es discriminatorio e inconstitucional. Pero la mayoría de gitanos franceses sigue usando esos papeles.

Campo de Montreuil-Bellay, en 1944.

Según la historiadora Marie Christine Hubert, “el nomadismo de los gitanos siempre fue combatido por las autoridades francesas, que pensaban que los gitanos realizaban tareas de espionaje”. La ley de 1912 respondió a esa paranoia regulando el ejercicio de las profesiones ambulantes y prohibiendo la circulación de nómadas. Eso permitió identificar y controlar a los gitanos no sedentarios: fue el paso previo a su exterminio masivo.

Francia y Alemania, enemigos íntimos en tantas guerras, vivieron la misma obsesión al mismo tiempo. Ian Hancock, profesor de la Universidad de Texas, ha escrito que la cacería de gitanos en Alemania fue el primer anuncio de lo que vendría: “Durante la República de Weimar, que instauró la igualdad de los ciudadanos ante la ley, la policía de Bavaria y, después, la de Prusia, abrieron oficinas especiales para controlar a los gitanos. Los fotografiaban y tomaban sus huellas como si fueran delincuentes comunes. En 1920, se les prohibió entrar en los parques y los baños públicos. En 1925, fueron enviados a campos de trabajo. En 1935, los nazis rescataron leyes antigitanas de origen medieval para oprimirlos más”.

El III Reich exigió a los gitanos cumplir un requisito que duplicaba el exigido a los judíos para clasificarlos como no arios: si solo dos de sus bisabuelos eran parcialmente gitanos, no podrían salvarse. A día de hoy, las cifras del Holocausto gitano –Porrajmos, la devoración, en caló- siguen siendo aproximativas, aunque según escribió Simon Wiesenthal a Elie Wiesel en 1984, “los gitanos fueron asesinados (en una proporción) similar a la de los judíos; en torno al 80% (murieron) en el área de países ocupados por los nazis”.

Según algunos revisionistas, las detenciones masivas evitaron que los gitanos franceses murieran como en Austria y Alemania —donde el 90% fueron desaparecidos—, o, en menor medida, en Polonia, Hungría, Italia, Yugoslavia y Albania. Vichy impidió que fueran enviados a las cámaras de gas como ocho millones de judíos y (cerca de) un millón de romaníes europeos. Para Hubert, se trata de una verdad a medias: “Si bien los gitanos de Francia escaparon a la Auschwitz Erlass del 16 de diciembre de 1942, que ordenó la deportación y el exterminio de todos los gitanos del Gran Reich, en 1943 hubo hombres deportados desde el campo de Poitiers –cerca de Saumur- y muchas familias de las provincias del Norte y Paso de Calais fueron detenidas y exterminadas por los alemanes”.

Los datos de Hubert indican que “al menos 6.500 personas vivieron entre 1940 y 1946 en 30 campos de concentración franceses en razón de su pertenencia real o supuesta al pueblo gitano. Sus bienes fueron expropiados y sufrieron la mayor precariedad material y moral”. En Montreuil, los vecinos pagaban entradas para poder verlos, según cuenta Mirror en su libro. Hubert: “Los niños recibían una educación católica en los campos. Y en casos extremos, eran separados de sus padres y entregados al Servicio Social o a instituciones religiosas para extraerlos definitivamente de un medio que se juzgaba pernicioso”.

La duda es: ¿quién ha robado niños a quién a lo largo de la historia?

Como ha pasado hoy con la llegada de los socialistas al poder, la Resistencia, la Liberación y la paz no fueron de gran ayuda para lostsiganes. Los últimos estuvieron encerrados en el campo de Alliers, cerca de Angulema hasta mayo de 1946, nueve meses después de la Liberación.

Montreuil-Bellay había cerrado mucho antes, recuerda Kkrist Morris: “Cuando trasladaron a los gitanos, el director del campo, un petainista convertido en resistente, decidió encerrar a las prostitutas de la zona y se puso a regentar el burdel. La epidemia de sífilis fue tan brutal que las mujeres de los pueblos exigieron que se cerrara el campo”.

La reparación oficial a los presos del bronce nunca llegó. “Nadie ha sido indemnizado por haber sido encerrado en los campos franceses, y tampoco hubo compensación moral porque esa realidad no dejó el menor rastro en la memoria colectiva”, ha escrito Hubert.

Quizá por eso, la persecución dura todavía. Entre la indiferencia general, los prejuicios atávicos alentados por los medios, la comprensible renuencia de un pueblo masacrado a exigir justicia –ya sea de forma individual o colectiva-, y el consenso infernal que suscitan entre los políticos de las democracias neoliberales, los gitanos siguen siendo el perfecto chivo expiatorio, la primera señal de alarma de que algo muy profundo no va bien.

La superviviente que dibujó el horror nazi

17 septiembre, 2013

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

Helga Weissová sobrevivió a tres campos de concentración. También sus dibujos. Con 12 años documentó su paso por Terezín, Auschwitz, Mauthausen… Hoy nos lo cuenta en su casa

ILUSTRACIÓN DE HOLGA WEISSOVÁ

Lo peor de todo era el transporte… El tiempo que pasaba entre la llegada de uno u otro tren podía soportarse con cierta decencia en Terezín antes de que el gueto quedara superpoblado a medida que se iba aplicando la solución final. Pero cuando llegaba el transporte caía de golpe la angustia. Aquellos trenes terminaban con la tregua de cada espera fundamentada, con una más que razonable terquedad, en la necesaria evasión de la supervivencia.

Cuando crujían las ruedas sobre los raíles y se perdían en mitad de la niebla matinal de Bohemia, rumbo a Auschwitz, a Treblinka o Mauthausen, las familias quedaban rotas, las vidas cobraban el valor de una sentencia de muerte, a todos les invadía una sensación de despedida definitiva y el tiempo, la vida, se diluía sin remisión en un inquietante chasquido metálico y un crujir de maderas de vagón llenas de futuros cadáveres. Quienes entraban en aquellos vehículos dejaban atrás un paréntesis de espejismos dedicado por parte de los nazis a dar buena imagen ante las inspecciones de la Cruz Roja Internacional. El gueto de Terezín, a unos 50 kilómetros de Praga, ofrecía escenas cotidianas de supervivencia poco traumática para los estándares del Holocausto.

A pesar de que allí, de los 144.000 judíos que pasaron por sus contornos, perecieron 35.000 –“sin cámaras de gas ni asesinatos en masa, solo por razones de enfermedad, insalubridad y hacinamiento”, según relata Vojtech Blodig, vicedirector del Terezin Memorial–, los chavales jugaban con normalidad en aquel pueblo fortificado entre 1780 y 1790 por los efectivos del Imperio Austrohúngaro para defenderse de las probables invasiones. “Para un niño era un sueño, no había escuela, ni deberes, pasabas hambre, cierto, pero no como en otros campos, nos daban carne una vez por semana”, cuenta hoy el escritor, también superviviente en Terezín, Ivan Klima, autor de El espíritu de Praga (El Acantilado). “Ahora sí, sabías que al entrar en aquellos trenes no volverías jamás”.

Entre las anchas avenidas, los restos de talleres y los patios conservados hoy, resulta fácil imaginar a los viejos fumando para combatir el frío del destino. También a las mujeres con sus labores y a los artistas mientras entretenían con conciertos y obras de teatro aquella espera contemplada con sorna por los oficiales alemanes, plenamente conscientes del final que tenían reservado para todos aquellos judíos a algunos kilómetros al norte.

Los camastros en campos de concentración como Auschwitz acogían a varios presos por literia.

Terezín ha pasado a la historia por ser el campo de los artistas. Su museo muestra el paso de varias leyendas checas y eslovacas por sus barracones. No solo en la Segunda Guerra, también allí fue recluido Gavrilo Princip, autor del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo, un acto que provocó, por ejemplo, la guerra de 1914.

En los habitáculos del gueto, un tanto alejado del campo para prisioneros comunes en cuya entrada luce hoy una enorme estrella de David junto a varias tumbas, quedan reproducidos los espacios acotados y también los escenarios improvisados para las representaciones. Allí fue a parar la joven Helga Weissová, que hoy, en la misma casa de Praga de donde salió rumbo al incierto impasse de Terezín, recuerda las vivencias y las imágenes plasmadas en cuadros y dibujos que fueron perfilando su vocación de artista hasta el presente.

Helga fue una niña feliz antes de la ocupación, según relata en suDiario, publicado por la editorial Sexto Piso. Vivía su preadolescencia de lógicas preocupaciones arropada en una familia sin agobios con padre empleado en un banco estatal y madre modista. Hoy nos invita a escuchar su historia sentados en el salón de su casa. Destila un humor envidiable y sus dotes de negociante para vendernos el libro con sus dibujos reproducidos. Los originales no los quiere mostrar… “Necesitan su oscuridad. Los tengo escondidos”, se excusa.

“Nos dejaron llevar 50 kilos de equipaje”, cuenta la superviviente. Allí debía entrar todo: “ropa de abrigo para el invierno, comida, hornillos, velas y, en mi caso, unas acuarelas o crayones con los que pintar y dos muñecas”. Más o menos, así son los objetos que muestran sus dibujos. En ellos, las mantas desbordan las ventanas, los calcetines cuelgan de unos finísimos hilos en el interior, los atriles se hacen hueco entre cada bulto, los camastros parecen despedir un hedor aterrado ante el sueño imposible de conciliar, el gesto sonriente de los niños se va tornando en gélido desamparo y los colores templados dan paso sucesivamente al dramatismo de las sombras.

Weissová tenía 12 años cuando comenzó su recorrido por el horror.

Son trazos proverbiales, de gran valor documental. Cuando Helga llegó a Terezín con su familia, no había plazo ni fecha de regreso. La vida cambió radicalmente. Lo que para el pequeño Klima, hoy escritor reconocido en todo el mundo, suponía cierta liberación, para la joven pintora resultaba preocupante. “Los niños por encima de 13 años debían trabajar en el campo, plantar patatas, verduras. Prohibieron la educación, no había clases, si querías aprender algo, dependías de que algún adulto te explicara matemáticas, geografía, inglés…”.

La falta de disciplina escolar para los niños contrastaba con la promoción de actividades culturales. Para los nazis, lo último rentaba más en términos de propaganda. Se mostraban obsesionados en el cinismo de querer esconder sus verdaderas intenciones y de paso aparentar que tampoco era para tanto… De allí han salido novelas, obras de teatro, composiciones musicales como la ópera Brundibar, de Hans Krása, quien, aunque la concibió antes de entrar en el gueto, la reconstruyó en Terezín para ser representada allí con los niños del campo. “Fue muy importante, porque participar en aquellas iniciativas conservaba en nosotros la conciencia de que éramos seres humanos”.

Terezín fue un lugar en el que tanto ella como sus compañeros de penurias comprendieron en una dimensión única el significado de la amistad. “Quienes hemos sobrevivido de allí, permanecimos siempre en contacto”. Ahora todo es más fácil con Internet. Pero esa necesidad de apego permanente comenzó muy pronto entre ellos. Empezaron con cartas, ansiosamente, después de haber sufrido restricciones en el envío o descubrir más tarde métodos truculentos. “En muchos casos, los soldados obligaban a los prisioneros a poner fechas posteriores en sus misivas, de forma que cuando las recibían sus familiares ya estaban muertos”.

El día en que llegó su temido transporte le dieron 24 horas para recoger sus cosas. Salió de allí con su madre. Su padre partió en otro tren. Con los hombres…

En octubre de 1944 llegaron a Auschwitz. “Habíamos viajado en vagones de ganado apilados durante 48 horas. No nos dejaron sacar nuestras pertenencias del tren. Nos alinearon y pese a tener 15 años tuve la suerte de que me apartaran para trabajar, junto a quienes tenían más de 16. Los más pequeños iban a la cámara de gas, así que me salvé. Fui uno de los 100 que pudieron seguir con vida entre los 15.000 niños que gasearon”, recuerda Weissová imponiendo su conciencia superviviente.

“No digáis que estáis enfermos. Insistid en que no para que os pongan a trabajar”, les aconsejaban quienes llevaban algún tiempo en sus barracones. Así es como la posteridad debe entender ese macabro eslogan que los nazis pintaban a la entrada de cada campo y que también puede leerse hoy tanto en Terezín como en Auschwitz: “Arbeit macht frei” (El trabajo os hará libres).

Helga Weissová pintó las escenas de Terezín en color mientras que las de Auschwitz y Mauthausen se reflejan en blanco, negro y sepia.

Su madre, que entonces había cumplido 38 años, también valía para trabajar. Y para aterrorizarse, porque cada vez que las enviaban a las duchas creían que no volverían a salir… Cuando el agua cesaba dentro, continuaba fuera porque las echaban al barro para rematarlas de una pulmonía cuando caían chuzos de punta.

De Auschwitz salieron para Mauthausen, allí necesitaban refuerzos para trabajar en una fábrica de piezas para la aviación. Pero las condiciones en el nuevo campo eran terribles. Ya ni comían, fueron dejándolas a merced del hambre y del frío. “Tan solo unos españoles nos acogieron y nos ayudaron a sobrevivir esos días. Con solo acotarles un espacio donde dormir en el suelo, fueron tirando. Se habían rendido. Únicamente cabía dejarse morir. Helga guarda el nombre y la dirección de uno de ellos: Manuel Caballero Domínguez, de Barcelona. “Me gustaría saber qué fue de él”.

¿Y los cuadros? ¿Cómo sobrevivieron? “Se los dejé a un tío mío que antes de salir los ocultó en la pared del campo tras unas piedras. Cuando todo acabó, volvimos y allí estaban. Un milagro”. ¿Y ahora no me los va a dejar ver? “No”, responde recelosa esta mujer heroica, testigo en lápiz y acuarela del apocalipsis. “Aunque está usted encima de ellos…”, asegura mirando al asiento que hace las veces de baúl. Un baúl donde Helga Weissová oculta los turbios tesoros del horror que entonces vivió.