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Los pueblos en la Guerra Civil: ratoneras sin salida y epicentros del terror

6 diciembre, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

El proyecto documental Hogar busca poner voz a víctimas que todavía hoy recuerdan cómo aniquilaron a sus amigos y familiares.

Los pueblos, que podían parecer refugios, eran en realidad ratoneras sin salida en las que el hambre y el miedo eran protagonistas.

Fotograma del documental 'Hogar'

“Escuchaba el traqueteo de un camión que venía en dirección a mi casa; que estaba al principio de la cuesta que subía al cementerio. Entonces escuchamos un llanto. Y a los pocos minutos, dos tiros”, recuerda emocionado Timoteo, uno de los muchos habitantes de la sierra de Aracena (Huelva) que asistió en primera persona a la aniquilación de amigos y familiares. Porque, aunque los pueblos podían parecer refugios durante la Guerra Civil, en realidad eran ratoneras sin salida donde el miedo y la sangre se convirtieron en protagonistas.

Sacar a  Franco del Valle de los Caídos o retirar simbología de la dictadura son consecuencias de una contienda que, a pesar de haber estallado hace más de 80 años, continúa siendo objeto de debate. Aun así, existe una Guerra Civil más allá de las grandes ciudades, más allá de la Batalla del Ebro o del‎ bombardeo de Guernica: la que se vivió en la España rural.

Para poner voz a una parte no tan conocida del conflicto nace el proyecto documental Hogar. Un camino de vuelta a casa, que en estos momentos  busca financiación para desarrollar lo que comenzó como una simple idea de dos universitarios: Michèle Novovitch y David Morano (ambos de 1992), los cuales se conocieron mientras hacían la carrera de Filosofía en Sevilla.

“Soy de un pueblo de 800 habitantes, de Alájar (Huelva), y desde pequeño he sentido la sombra de la Guerra Civil”, explica a Morano eldiario.es. Una sombra que no solo está presente a través de placas conmemorativas, también con relatos que el tiempo no ha conseguido borrar. “Un señor se encerró en un desván, otro que se travestía para poder ver a sus hijos de dos años… Cosas brutales que yo compartía con mi círculo de amigos en la universidad”, añade.

Fue en uno de los viajes de Michèle a Alájar cuando la curiosidad empezó a tomar forma de reportaje. Y, más concretamente, con la visita a la persona más mayor del pueblo: Asunción. La mujer de 95 años, según Morano, comenzó a relatar cómo su padre “era un señor de campo que no tenía nada que ver con la política”, pero que decidió convertirse en fugitivo tras comprobar cómo “en los pueblos de alrededor estaban buscando hombres para matarlos”. En ese momento firmó su sentencia de muerte. Fueron 9 meses en los que Asunción recuerda cómo llegó a esconderse un potaje caliente entre las piernas, a pesar de la quemazón, para poder llevárselo a su padre. Nada importó. No pudo escapar de su destino.

“En las ciudades todo está más disperso, pero en el campo y en los pueblecitos quedan todavía más claras las estrategias del terror”, considera Novovitch. La filósofa apunta que “el campo es el gran olvidado de la historia”, algo que desean cambiar con Hogar. Por ello, comenzaron a visitar otros pueblos de la sierra de Huelva en busca de más historias. Sin duda, las encontraron. Santa Ana, Linares, Castaño del Robledo, Almonaster la Real… Cada localización esconde un pasado ligado a la represión.

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“Investigadores como Paul Preston señalan la sierra de Aracena como uno de los puntos más negros de España. No por el número de muertos, sino por la cantidad en proporción a la población”, afirma Morano sobre una región azotada por el general golpista Queipo de Llano. “En algunas aldeas murieron todas las personas. Si no tenemos en cuenta a las mujeres, a los niños ni a los ancianos, que no solían asesinar, entonces ya no quedaban muchos más candidatos para quitarse del medio”, lamenta el onubense.

El dolor de enfrentarse al pasado

Hogar cuenta con varios hándicaps. Algunos son logísticos, como desplazarse por la sierra sin coche, con mal tiempo y haciendo autostop; y otros algo más serios, como las barreras de los supervivientes para enfrentarse a su pasado. Sin embargo, al final, lo que parecían problemas insalvables solo fueron pequeños obstáculos.

“Algunos decían que su padre estaba fatal, que no podía hablar de la guerra, y luego íbamos allí y se abría completamente”, sostiene Novovitch. De hecho, destaca que algunas veces consiguieron testimonios que “ni siquiera conocen sus propias familias”. La presunta distancia generacional tampoco existió. Los jóvenes destacan cómo “escuchando con atención e interés” consiguieron romper esa barrera a veces imaginaria.

hogar

Pero Hogar no es solo un documental centrado en el sufrimiento de un bando concreto, sino en el sufrimiento provocado por la guerra en general. Es justo ese respeto por el pasado el que ha permitido reunir unos hechos convertidos en tabúes y ocultos por temor. “Eso ha facilitado que haya un ambiente distendido, porque sabe que por nuestra parte no iba a haber ningún prejuicio, nos cuente lo que nos cuente”, asegura Morano.

A pesar de todo, todavía queda lo más difícil: la recaudación. A menos de un mes para la finalización de la campaña crowfunding han conseguido 6.200 euros de los 32.000 que tienen marcado como objetivo, una cantidad necesaria para que, según Morano, “llegue con los medios suficientes para que la gente joven lo entienda y les haga plantearse su posición con respecto a la memoria histórica”. También para que todos los entrevistados vean recompensados el esfuerzo de recuperar una parte dolorosa de su vida ante una cámara, ante dos desconocidos y, a ser posible, ante todo el mundo.

“Si no sale evidentemente esto tendrá que salir adelante con nuestros medios, lo que pasa es que el impacto no tendrá nada que ver con si lo hacemos con un equipo profesional”, lamenta el alajeño. De momento, como reconoce, solo piensan en algo: “En luchar por conseguirlo”.

Hogar
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La cultura que escapó del franquismo por los Pirineos y sirvió de refugio a los exiliados

16 noviembre, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

El último verso de Antonio Machado no fue hallado en ningún poemario, sino en el bolsillo de un desgastado abrigo que le ayudó a soportar el paso por los Pirineos dirección Colliure, una pequeña comuna situada al sur de Francia. “Estos días azules y este sol de la infancia”, escribió el miembro más joven de la Generación del 98. Como él, muchos otros cruzaron la frontera para escapar del horror. Algunos consiguieron dejarlo atrás. Otros, como el poeta sevillano, no tuvieron tanta suerte.

Los caminos de cientos de españoles se bifurcaron en mil exilios, siendo la ciudad de Toulouse uno de los destinos más habituales. Esta no solo fue utilizada como refugio, sino como enclave para organizar y crear asociaciones de una resistencia que encontró en el papel impreso su particular arma. Los principales protagonistas fueron los anarquistas, pero no solo ellos se encargaron de dejar una profunda huella cultural que todavía hoy sigue muy presente en la localidad gala.

En 2019 se cumplen 80 años desde que Francisco Franco declaró su victoria e impuso una dictadura en la que todo contrario al régimen era perseguido y encarcelado en el mejor de los casos. Precisamente por ello, la muestra  Imprentas de la patria perdida disponible en el Instituto Cervantes de Madrid hasta el uno de febrero propone un recorrido por todo el legado intelectual de exilio español a través de libros, revistas, postales y fotografías procedentes de Toulouse.

“Cada cual tiene su historia sentimental con esta exposición, y cada cual encontrará un detalle que le inquiete. Emociona ver cómo aquellos españoles maltratados se levantaron y luego se unieron a la Resistencia para liberar a París de los nazis”, explica Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, durante la presentación de exhibición. El poeta, además, admitió sentirse “especialmente orgulloso” de este muestrario, ya que “explica de qué forma la cultura y el pensamiento se relacionan con el exilio español”.

Sin embargo, quien mejor conoce el esfuerzo tras la colección es Javier Campillo, bibliotecario del Instituto Cervantes de Toulouse y, por tanto, responsable de la recogida y documentación de todas las obras. Porque, como él mismo detalla, “esta es una historia que nace a partir de donaciones de diferentes generaciones que han facilitado al Instituto Cervantes confiando en su trabajo y en el de los investigadores”. ¿El objetivo? Recuperar el legado de personas que, como recalca Campillo, “encontraron en la cultura el consuelo para su lucha”.

De esta manera, Imprentas de la patria perdida propone un recorrido a través de 12 etapas: desde las circunstancias geográficas e históricas que convirtieron a Toulouse en la “capital del exilio” española hasta poemarios nacidos como refugio para la desesperación.

La obra reproduce la ilustración de portada del ilustrador de la CNT Toni Vidal. En su interior se recogen textos de canciones revolucionarias con indicaciones de las melodías que debían acompañarlas: 'Marsellesa anarquista', 'La alegría de la huerta', 'Nabucco'...
La obra reproduce la ilustración de portada del ilustrador de la CNT Toni Vidal. En su interior se recogen textos de canciones revolucionarias con indicaciones de las melodías que debían acompañarlas: ‘Marsellesa anarquista’, ‘La alegría de la huerta’, ‘Nabucco’… ‘TIERRA Y LIBERTAD’ (1947)

Era casi imposible sobreponerse al fortuito destierro, pero no intentar combatirlo desde la distancia a base de palabras que reflejaban el rencor de la derrota, la nostalgia de la patria o incluso la esperanza del regreso. Muestra de ello fue la escritora y dirigente anarquista Federica Montseny, de quien se encuentran expuestos la mayoría de los títulos. “Gran parte de esta explosión literaria fue causada por Montseny, que nació en una familia dedicada al periodismo y a la edición”. Fue, asimismo, ministra durante la Segunda República, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar un cargo de estas características.

La retirada a través de alambradas

En el punto álgido de 1939, Toulouse albergaba a más de 20.000 españoles cuando su población era de 200.000. Los testimonios, por tanto, irían en consonancia con el sentimiento general de indignación y desamparo. Las alambradas, la arena, el viento y el frío se convirtieron en protagonistas. Así lo demuestra Padre Nuestro, un poema escrito por Juan de Pena, dirigido a un Don Quijote erigido como patrón laico de los exiliados.

Es quizá esta parte, la de la retirada, la más cruda de la muestra. “El río humano continuaba desbordándose sobre Francia. Nada había previsto ni preparado para ellos”, escribió Federica Montseny en Pasión y muerte de los españoles en Francia. Esta huida supuso el desmoronamiento total de la república y de su presidente, Manuel Azaña, que presentó su dimisión el 27 de febrero de 1939.

Refugiados españoles en la estación de Toulouse en febrero de 1939
Refugiados españoles en la estación de Toulouse en febrero de 1939 GERMAINE CHAUMEL | ARCHIVOS MUNICIPALES DE TOULOUSE

Los protagonistas de la catástrofe deambularon hacia la frontera, soportando el trato recibido por las autoridades francesas y el internamiento masivo en campos de concentración improvisados. La desesperanza era todavía más cruel si cabe que la derrota. Mateo Santos, F. Contreras o la ya mencionada Montseny, todos presentes en la exposición, son testigos en primera persona de la crudeza del momento.

La libertad sexual y otros temas actuales

Para muchos el destierro no llevó a una mejor vida, sino a al trabajo forzado y al aislamiento. Sin embargo, todo cambiaría a partir de agosto de 1944 con la liberación de Francia. La victoria trajo el optimismo y, con ello, un gran auge de publicaciones culturales que lleva a recuperar referentes culturales como Lorca, Machado o Unamuno. También de hacer balance, de recordar a los caídos y de mirar hacia un posible futuro alejado del fascismo.

De izquierda a derecha: Julio R. Barcos (1883-1960) ‘Libertad sexual de las mujeres’ (1948); Federica Montseny (1905-1994). ‘La soif infinie’. Toulouse, CNT; Federica Montseny (1905-1994). ‘Cien días de la vida de una mujer: jaque a Franco’ (1949)
De izquierda a derecha: Julio R. Barcos (1883-1960) ‘Libertad sexual de las mujeres’ (1948); Federica Montseny (1905-1994). ‘La soif infinie’. Toulouse, CNT; Federica Montseny (1905-1994). ‘Cien días de la vida de una mujer: jaque a Franco’ (1949)

“Me llamó mucho la atención la modernidad de ciertos temas, de género, de transmisión sexual, de cómo cuidar a nuestros hijos… Era la inquietud intelectual de gente que no tenía nada”, dice sorprendido Javier Campillo.

De hecho, se pueden apreciar publicaciones recuperadas por los exiliados como Las enfermedades y sus remedios (1948), de Oscar Lavilleneuve; o Libertad sexual de las mujeres (1948), de Julio R. Barcos, un activista libertario argentino luchador por los derechos de los niños y las mujeres. En esta obra, advertía de la represión histórica sobre las mujeres y llamaba a incrementar su participación en la vida social y política.

No obstante, la finalización de la Segunda Guerra Mundial no trajo consigo la clausura del franquismo. El régimen dictatorial resistió, y no solo eso: el nuevo contexto de la Guerra fría hizo que los países occidentales lo aceptaran. A partir de entonces, pocos creyeron en un retorno que, como demuestra su próximo 80º aniversario, aún continúa en proceso de curación.

Vista general del interior de un barracón, campo de Bram.
Vista general del interior de un barracón, campo de Bram. AGUSTÍ CENTELLES | CENTRO DOCUMENTAL DE LA MEMORIA HISTÓRICA, ARCHIVO CENTELLES

El Censo Rojo franquista: tres millones de sospechosos

26 junio, 2018

Fuente: blogs.elpais.com

Por: María José Turrión 08 de mayo de 2014

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Faupel y Franco en la Plaza Mayor de Salamanca /MECD, CANAL CULTURA

El general alemán Wilhelm von Faupel, héroe de la I Guerra Mundial, (1914-1918) y difusor de la ideología nazi en los países latinoamericanos desde su puesto de director en el Instituto Iberoamericano (1934), fue embajador del III Reich ante la España llamada Nacional, entre marzo de 1937 y septiembre de 1937.

En realidad, su representación diplomática comenzó el 18 de noviembre de 1936, cuando el gobierno de Franco fue reconocido por Alemania. Son conocidas las injerencias que tuvo el alemán en los asuntos internos relacionados con la Falange, los denominados sucesos de Salamanca y el apoyo a Manuel Hedilla. Lo que le valió que el propio Franco, molesto por ello, solicitara su marcha de España. Pero con anterioridad a su destitución como embajador, y aún después de esta, ¿qué influencia pudo ejercer este personaje en el devenir político, social y represivo llevado a cabo por las instituciones franquistas en el país?

El Instituto Iberoamericano, al que Faupel regresa tras su cese como embajador en España, suponía el medio para lograr no solo el adoctrinamiento nazi en países como Chile o Argentina, arrasados con posterioridad por sangrientas dictaduras, sino también el medio para introducir la instrucción militar alemana, frente al modelo francés que entonces predominaba en estos países. Prueba de ello, fue la política de publicaciones llevada a cabo por el Instituto: Diccionario militar alemán-español, español-alemán o el libro Ibero-América y Alemania: obra colectiva sobre las relaciones amistosas, desarme e igualdad de derechos, publicada por el propio Faupel junto a otros filonazis como el chileno Miguel Cruchaga Ossa, creador del Centro Germano Chileno, institución impulsora de los programas ideológicos antisemitas en Chile a través de intercambios entre estudiantes y profesores alemanes y chilenos.

El 1 de marzo de 1937 Wilhelm Faupel presentaba ante Franco sus cartas credenciales como embajador ante una Plaza Mayor de Salamanca abarrotada de gente y engalanada para la ocasión. Dada su especialidad como difusor del programa nazi, no es de extrañar que solicite la colaboración de especialistas alemanes en prensa y propaganda, con los que creará el Departamento de Prensa de la embajada y desde donde establecerá, como señala Javier Domínguez, una importante red  propagandística de la que saldrían títulos como La eterna cuestión judía, síntesis antisemita adaptada a la realidad española.

Poco después, el 20 de abril de 1937, Franco  dictará una Orden por la que se crea en Salamanca y bajo dependencia de su Secretaría, la Oficina de Investigación y Propaganda Anticomunista (OIPA), con la finalidad de:

“…recoger, analizar y catalogar todo el material de propaganda de todas clases que el Comunismo y sus organizaciones adláteres hayan utilizado para sus campañas en nuestra Patria, con el fin de organizar la correspondiente contrapropaganda en España y en el extranjero en colaboración con las instituciones anticomunistas existentes, tales como el Antikomintern de Berlín, el Instituto de Investigación Científica del Comunismo en Varsovia, la institución antimarxista Maitre Aubert en Ginebra, la National Herstle en Holanda…”

Parece que Faupel, el especialista en propaganda y en la lucha contra el comunismo, había tendido bien sus redes asesoras. Este primer organismo de la OIPA, junto con el creado inmediatamente después también en Salamanca, la Delegación de Asuntos Especiales, tratarían en palabras de González Quintana de “mostrar al mundo las maldades del comunismo, de la masonería y del judaísmo”.

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Cartel presentado en la exposición antimasónica de 1941: Alegoría del judaísmo controlando al comunismo (Stalin) y a la masonería (Churchill).

Estas dos oficinas y la creada en 1938, la Delegación del Estado para la Recuperación de Documentos, fueron los embriones de la Delegación Nacional de Servicios Documentales (1944), organismo paradigmático de la represión franquista que, partiendo de la incautación documental a personas físicas y jurídicas desafectas al régimen franquista, elaboraría el mayor archivo para la represión creado nunca en España, un Censo Rojo, al que Diego Navarro Bonilla alude en Morir matando y del que dice que posibilitó que existiera una “nación fichada”.

Toda la masa documental incautada, tanto de archivo como de biblioteca y hemeroteca, serviría para la elaboración de un gran fichero, en torno a las tres millones de fichas, en el que se fueron reflejando una serie de datos sobre personas desafectas al régimen franquista, esto es: personas relacionadas con partidos republicanos, organizaciones sindicales, ateneos libertarios, hijos de republicanos refugiados en otros países, intelectuales antifascistas, escritores, libertarios, enfermeras republicanas, personas que han dado un donativo al Socorro Rojo Internacional, personal integrante de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado de la República, sindicalistas, miembros de la masonería, rosacruces, maestros, miembros de las Brigadas Internacionales… Un espectacular mapa de rojos, limitado por los males de la masonería y el comunismo internacional.

El personal que trabajaba en estas oficinas, a medida que iba procesando la información de la documentación incautada, elaboraba una ficha con el nombre y apellidos de la persona, pudiendo una misma tener varias en el fichero. De Lucía Sánchez Saornil por ejemplo, mujer libertaria y fundadora de la revista Mujeres Libres (junto a Mercedes Comaposada Guillén y Amparo Poch i Gascón), existen 32 fichas, en las que figura como escritora de artículos, miembro de la CNT, oradora en mítines antifascistas, poeta, miembro del Consejo Nacional de Solidaridad Internacional Antifascista, secretaria de Solidaridad Internacional Antifascista…

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Lucía Sánchez Saornil / ENLACRESTA2.WORDPRESS

Sin hacer distinción de sexo o edad, los datos de hombres, mujeres y niños van a dar forma al siniestro fichero. La creación del nuevo régimen y el modelo político social que implantó pasaba por la eliminación del contrario, y para ello nada mejor que su identificación en un censo de rojos, para realizar la consecuente represión. Prisión, juicios sumarísimos, ejecuciones… y a los que sobrevivieron físicamente, se les aplicó el estigma de rojo, extensivo a padres, hijos y cónyuges, a modo de estrella invisible cosida a la solapa.

¿Qué interés había en realizar unas fichas sobre niños evacuados que partieron de Santander rumbo a Francia? ¿Perseguían realizar un censo similar al realizado en la Alemania nazi sobre los judíos? Identificación, filiación y finalmente localización para la represión. La finalidad visible administrativamente de este fichero era la de informar a otros organismos represivos de la dictadura franquista, facilitando los antecedentes político-sociales que, solicitados por los gobiernos civiles, militares, Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo, Auditoría de Guerra, tribunales de depuración de trabajadores, Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas, etc. serviría para extirpar tamaño cáncer de la nueva España y aniquilar al contrario.

Las diferentes informaciones que en la actualidad proporcionan los datos de los organismos represores del franquismo nos llevan a pensar en el complicado y elaborado sistema represivo. La Dirección General de Seguridad, gobiernos civiles y militares, capitanías, comandancias militares, Causa General, tribunales de depuración, Dirección General de Prisiones, servicios de información de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado… proporcionan un sistema de identificación, obtención y registro de datos sobre personas a modo de ficha perforada, donde cada organismo u oficina de represión en coordinación transversal, puesto en contacto con los otros, obtendría una información esencial para sus competencias represivas. Un ejemplo de ello lo vemos en la Orden Circular de 1 de julio de 1941 “por la que se dispone se informe al Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo, de los cargos relacionados con actividades masónicas o comunistas que aparezcan en expedientes de depuración político-social”.

Al igual que a los judíos, a los rojos se les negó cualquier derecho civil. De la misma manera que a los judíos que huían del nazismo les incautaban sus bienes (recordemos la oficina de emigración que Eichmann creó en Austria en 1938), a los rojos se les incautaban los suyos, así lo manda el artículo 3º de la Ley de Responsabilidades Políticas (9 de febrero de 1939), o el temprano Decreto nº 108 de la Junta de Defensa Nacional, sobre la ilegalización de los partidos del Frente Popular y la incautación de bienes (13 de septiembre de 1936). Los juicios que se llevaban a cabo se basaban en delitos acorde a las leyes de la dictadura, por lo que la burocratización de la represión en los poderes del Estado se hizo general en todo el territorio español, siendo muy posiblemente esta, la causa de la ausencia de un sentimiento de culpa en la sociedad española afecta al régimen y más aún, entre todo ese cuerpo de burócratas, cuerpos policiales, judiciales y administrativos que llevaron a cabo la  represión.

La intervención alemana en la Guerra Civil Española tiene numerosos estudios en cantidad y calidad. Es posible que tengamos que ampliar las líneas de investigación sobre la influencia y posible asesoramiento alemán en la represión que llevó a cabo la dictadura de Franco desde el primer momento de la guerra.

Tanto Franco como Hitler emplearon idénticas técnicas para conseguir sus fines: arrasar con el estado de derecho, con las instituciones de los Estados para, instaurar el horror y la vergüenza. Timothy Snyder, en el ensayo Hitler y la lógica del Holocausto, afirma que “fue menos exhaustivo [el Holocausto] cuando las intenciones de Hitler se encontraron con el estado de derecho, aunque este estuviera debilitado o pervertido”. No cabe duda que, destruidas de raíz las instituciones político-sociales y el orden preexistente legalmente establecido, la instauración del nuevo régimen se implementaría de una manera mucho más sencilla.

En el libro IBM y el HolocaustoEdwin Black afirma que la tecnología IBM de las fichas perforadas con que se realizaron los censos en Alemania “permitió a los nazis trabajar en otra escala, con más velocidad y eficiencia”. La represión que se ejerció en España durante el franquismo se habría realizado seguramente sin la existencia del Censo Rojo, pero posiblemente no hubiera tenido la misma velocidad y eficiencia.

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El Hombrecino que guardó durante 30 años la lista con los nombres de sus amigos fusilados

12 marzo, 2018

Fuente: http://www.yorokobu.es

Esta es la historia del reencuentro de un anciano con su memoria. También es la historia de una lista de nombres de los que desaparecieron al principio de la Guerra Civil Española en un pueblo de Badajoz llamado Almendral. Francisco Rodríguez guardó esta lista en su monedero durante más de 30 años para no olvidar a ninguno de sus amigos y conocidos que fueron fusilados por las tropas franquistas.

Muchos trabajaron con él en el campo. Francisco, que tenía 17 años cuando empezó la Guerra Civil, nunca le contó a nadie los horrores que había presenciado en su pueblo hasta que su nieta, la fotógrafa Susana Cabañero, empezó a interesarse por las historias de su abuelo.

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«Le decían el Hombrecino porque a los 14 años ya hacía el trabajo de un hombre», cuenta Cabañero. «Cada vez que me leía los nombres de la lista, me contaba con todo lujo de detalle quién era cada persona, cuál era su apodo, cómo se lo habían llevado, en qué día y en qué circunstancias. La mayoría eran republicanos o personas comunes que habían sido denunciadas por los vecinos», añade.
El Hombrecino no militaba en ningún partido político cuando las tropas de Franco irrumpieron en la paz bucólica de este pueblecito rural. «Para huir de los nacionales, se escondió en las montañas junto a otras personas, pero bajaba de vez en cuando al pueblo a por comida. En una de estas expediciones fue capturado y le ofrecieron dos opciones: alistarse con los franquistas o morir. Por esta razón mi abuelo tuvo que luchar con Franco. No le hizo ninguna gracia. Después siempre ha sido comunista», revela la fotógrafa.

Past and Present

Durante muchos años sus abuelos mantuvieron un prudente silencio acerca de aquellos años grises de miedo y represión, aunque de vez en cuando en la intimidad familiar surgían relatos sobre sus años mozos, que Cabañero absorbía con avidez. «Yo era consciente de que la gente de mi entorno, de mi generación no sabía mucho sobre aquella época. Era de las pocas personas que tenía un testimonio directo de aquellos años. Por eso tuve la idea de hacer un proyecto fotográfico», explica.

En 2006 la fotógrafa empezó a grabar estos testimonios en vídeo. Desde el primer momento quedó patente el recelo de su abuela, Cecilia González Zambrano, a abrir aquella dolorosa caja de Pandora y la obsesión del Hombrecino por no olvidar. «De una forma natural comencé a centrar el trabajo en mi abuelo y, sobre todo, en la lista de nombres que llevaba guardada en el bolsillo desde hacía más de 30 años. Yo siempre supe de ella. Cada vez que hablaba de la guerra, la sacaba del monedero y leía los nombres de aquellas personas que vivían en su pueblo y en los alrededores. A veces lloraba», recuerda Cabañero.

Desde el principio la fotógrafa se dio cuenta de que la lista se convertiría en la gran protagonista de su historia. «Él nunca me dijo de dónde la había sacado, a lo mejor por miedo. Lo descubrí mucho tiempo después, cuando comencé a investigar y me enteré de que había más listas como aquella. Alguien había impreso los nombres de las víctimas del franquismo cuando empezaba la democracia y repartió la lista entre los que la quisieron. La hicieron para la gente no olvidase a los fusilados y a los desaparecidos», relata la fotógrafa.

Cada vez más sumergida en las mareas de la memoria, Cabañero decidió visitar algunas de las antiguas fosas en la que habían empezado a exhumar a las víctimas de la guerra. La fotógrafa necesitaba entender lo que impulsaba a los familiares a buscar a sus allegados durante años e incluso décadas.

Flowers in the trench.

«Allí me di cuenta de que el centro de todo era la lista. Era una lista muy concreta de personas muy concretas, pero al mismo tiempo era muy universal porque hablaba de los desaparecidos de una guerra, de cualquier guerra. Hablaba de los sentimientos que produce la desaparición de un familiar. Las personas que estaban en las exhumaciones decían que lo más importante de su vida había sido encontrar a sus seres queridos, y que solo después de hallarlos podían morir en paz. A mí eso me llegó al alma», señala la autora de El Hombrecino.

En 2011 su abuela falleció. Poco después, Cabañero se empecinó en llevar a su abuelo a su pueblo natal por última vez para que se reencontrase con los fantasmas de su pasado. Hacía más de 20 años que él no regresaba a su tierra. «Mi abuelo se mostró reticente al principio porque no se encontraba con muchas fuerzas. Decía que no podía aguantar el viaje. Mi madre tampoco estaba muy convencida, pero la experiencia fue preciosa», cuenta la fotógrafa.

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Holding hands

Fue el último viaje del Hombrecino. «Mi abuelo rejuveneció varios años cuando llegó al pueblo. En aquella época ya había empezado a olvidar algunas cosas, pero una vez en Almendral se acordaba de todo. Estuvimos con un antiguo alcalde que conocía mucho de la historia del pueblo, de la guerra y de estas personas. Nos llevó a los lugares donde habían hecho las exhumaciones. Él mismo había decidido hacerlas por su cuenta cuando era alcalde. Casi todas las personas que estaban en esta lista habían sido exhumadas y entregadas a sus familiares», recuerda Cabañero, que está trabajando en un fotolibro que se llamará El Hombrecino.

Junto a su abuelo y a su madre, visitó el cementerio, donde por fin descansaban en paz casi todas las personas de la lista. «Mi abuelo vio a mucha gente que conocía. Fue un reencuentro con los nombres de la lista, es decir, con los que estaban muertos, pero también con los que todavía vivían y que se encontraron por última vez con él», afirma.

To the mass grave

A la vuelta del viaje, la memoria de Francisco comenzó a fallar. Cuando un día su nieta le preguntó por la lista, su respuesta fue demoledora. «Mi abuelo preguntó: ‘¿Qué lista?’ Ya no se acordaba de ella. Yo flipé. Lo más raro es que fui a buscarla en su monedero y ya no estaba. Pregunté a mi madre y al personal de la residencia en la que vivía: nadie sabía dónde estaba. Yo creo que alguien cogió sus pantalones para lavarlos con el monedero dentro y la lista se deshizo porque era de papel», narra.

Para la fotógrafa, el proyecto se cerró de un modo natural y, de alguna forma, curioso. «Cuando mi abuelo perdió la memoria de la lista, la lista también desapareció. Esto aconteció cuando acabábamos de volver de viaje. Mi conclusión es que por fin podía olvidar estos nombres y morir en paz. Y fue lo que ocurrió poco después. Fue un cierre muy bonito», asegura.

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Peace

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Bones.

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La Guerra Civil que nunca se aprendió en las escuelas

23 febrero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Por: Julián Casanova | 01 de abril de 2014

Cartel de Arnau sobre un parte oficial del cuartel del Generalísimo. / Biblioteca Nacional

“En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”, decía el último parte oficial emitido desde el cuartel general de Franco el 1 de abril de 1939, con la voz del locutor y actor Fernando Fernández de Córdoba.

Atrás había quedado una guerra de casi mil días, que dejó cicatrices duraderas en la sociedad española. El total de víctimas mortales, según los historiadores, se aproximó a las 600.000, de las cuales 100.000 corresponden a la represión desencadenada por los militares sublevados y 55.000 a la violencia en la zona republicana. El desmoronamiento del ejército republicano en la primavera de 1939 llevó a varios centenares de miles de soldados vencidos a cárceles e improvisados campos de concentración. A finales de 1939 y durante 1940 las fuentes oficiales daban más de 270.000 reclusos, una cifra que descendió de forma continua en los dos años siguientes debido a las numerosas ejecuciones y a los miles de muertos por enfermedad y desnutrición. Al menos 50.000 personas fueron ejecutadas entre 1939 y 1946.

Los hechos más significativos de la Guerra Civil han sido ya investigados y las preguntas más relevantes están resueltas, pero esa historia no es un territorio exclusivo de los historiadores y, en cualquier caso, lo que enseñamos los historiadores en las universidades y en nuestros libros no es lo mismo que lo que la mayoría de los ciudadanos que nacieron durante la dictadura o en los primeros años de la actual democracia pudieron leer en los libros de texto del Bachillerato. Además, millones de personas nunca estudiaron la Guerra Civil porque no hicieron Bachillerato o porque nadie les contó la guerra en las asignaturas de Historia.

Setenta y cinco años después de su final, puede ser el momento de recordar cinco cosas básicas que todo ciudadano informado debería saber sobre la Guerra Civil, pero nunca le enseñaron.

  1. ¿Por qué hubo una Guerra Civil en España?

En 1936 había en España una República, cuyas leyes y actuaciones habían abierto la posibilidad histórica de solucionar problemas irresueltos, pero habían encontrado también, y provocado, importantes factores de inestabilidad, frente a los que sus gobiernos no supieron, o no pudieron, poner en marcha los recursos apropiados para contrarrestarlos.

La amenaza al orden social y la subversión de las relaciones de clase se percibían con mayor intensidad en 1936 que en los primeros años de la República. La estabilidad política del régimen también corría mayor peligro. El lenguaje de clase, con su retórica sobre las divisiones sociales y sus incitaciones a atacar al contrario, había impregnado gradualmente la atmósfera española. La República intentó transformar demasiadas cosas a la vez: la tierra, la Iglesia, el Ejército, la educación, las relaciones laborales. Suscitó grandes expectativas, que no pudo satisfacer, y se creó pronto muchos y poderosos enemigos.

La sociedad española se fragmentó, con la convivencia bastante deteriorada, y como pasaba en todos los países europeos, posiblemente con la excepción de Gran Bretaña, el rechazo de la democracia liberal a favor del autoritarismo avanzaba a pasos agigantados. Nada de eso conducía necesariamente a una guerra civil. Ésta empezó porque un golpe de Estado militar no consiguió de entrada su objetivo fundamental, apoderarse del poder y derribar al régimen republicano, y porque, al contrario de lo que ocurrió con otras repúblicas del período, hubo una resistencia importante y amplia, militar y civil, frente al intento de imponer un sistema autoritario. Sin esa combinación de golpe de Estado, división de las fuerzas armadas y resistencia, nunca se habría producido una guerra civil.

Vista la historia de Europa de esos años, y la de las otras República que no pudieron mantenerse como regímenes democráticos, lo normal es que la República española tampoco hubiera podido sobrevivir. Pero eso no lo sabremos nunca porque la sublevación militar tuvo la peculiaridad de provocar una fractura dentro del Ejército y de las fuerzas de seguridad. Y al hacerlo, abrió la posibilidad de que diferentes grupos armados compitieran por mantener el poder o por conquistarlo. El Estado republicano se tambaleó, el orden quebró y una revolución radical y destructora se extendió como la lava de un volcán por las ciudades donde la sublevación había fracasado. Allí donde triunfó, los militares pusieron en marcha un sistema de terror que aniquiló físicamente a sus enemigos políticos e ideológicos. Era julio de 1936 [en la imagen, cartel de ese mes conservado en la Biblioteca Nacional] y así comenzó la Guerra Civil española.

  1. ¿Por qué la propaganda domina a la historia cuando se trata de la violencia?

Para los españoles, la guerra civil ha pasado a la historia, y al recuerdo que de ella queda, por la deshumanización del contrario y por la espantosa violencia que generó.

Los bandos que se enfrentaron en ella eran tan diferentes desde el punto de vista de las ideas, de cómo querían organizar el Estado y la sociedad, y estaban tan comprometidos con los objetivos por los que tomaron las armas, que era difícil alcanzar un acuerdo. Y el panorama internacional tampoco dejó espacio para las negociaciones. De esa forma, la guerra acabó con la aplastante victoria de un bando sobre otro, una victoria asociada desde ese momento a los asesinatos y atrocidades que se extendían entonces por casi todos los países de Europa.

La apelación a la violencia y al exterminio del contrario fueron además valores duraderos en la dictadura que se levantó sobre la Guerra Civil y que iba a prolongarse durante casi cuatro décadas. Por eso, la sociedad que salió del franquismo y la que creció con la democracia mostró índices tan elevados de indiferencia hacia la causa de las víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura. Y sigue sin haber acuerdo fácil en esa cuestión, porque todas las complejas y bien trabadas explicaciones de los historiadores quedan reducidas a quién mató más y con mayor alevosía. En ese tema, todavía hoy, la propaganda, con sus habituales tópicos y mitos, suele sustituir al análisis histórico.

  1. ¿Cómo se vio y se ve la Guerra Civil española en el exterior?

Pese a lo sangrienta y destructiva que pudo ser, la Guerra Civil española debe medirse también por su impacto internacional, por el interés y la movilización que provocó en otros países. En el escenario internacional desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y de fascismo, España era, hasta julio de 1936, una país marginal, secundario. Todo cambió, sin embargo, a partir de la sublevación militar de ese mes. En unas pocas semanas, el conflicto español recién iniciado se situó en el centro de las preocupaciones de las principales potencias, dividió profundamente a la opinión pública, generó pasiones y España pasó a ser el símbolo de los combates entre fascismo, democracia y comunismo.

Lo que era en su origen un conflicto entre ciudadanos de un mismo país derivó muy pronto en una guerra con actores internacionales. La situación internacional era en ese momento my poco propicia para la República, y para una paz negociada, y eso marcó de forma decisiva la duración, curso y desenlace de la guerra civil española. La Depresión había alimentado el extremismo y minado la fe en el liberalismo y la democracia. Además, la subida al poder de Hitler y los nazis en Alemania y la política de rearme emprendida por los principales países europeos desde comienzos de esa década crearon un clima de incertidumbre y crisis que redujo la seguridad internacional.

Los mejores expertos sobre la financiación de la guerra y su dimensión internacional han destacado el desequilibrio a favor de la causa franquista de suministros de material bélico, pero también de asistencia logística, diplomática y financiera. Al margen de las interpretaciones canónicas de un lado o de otro, esos historiadores subrayan la trascendencia de la intervención extranjera en el curso y desenlace de la guerra. La intervención de la Alemania nazi y de la Italia fascista y la retracción, en el mejor de los casos, de las democracias occidentales condicionaron de forma muy importante, si no decisiva, la evolución y duración del conflicto y su resultado final.

Pero  a España no sólo llegaron armas y material de guerra. Llegaron también muchos voluntarios extranjeros, reclutados y organizados en las Brigadas Internacionales por la Internacional Comunista, que percibió muy claramente el impacto de la Guerra Civil española en el mundo y el deseo de muchos antifascistas de participar en esa lucha. Frente a la intervención soviética y a las Brigadas Internacionales, los nazis y fascistas [en la foto, una compañía del ejército fascista de marcha por España en 1937, retratados por el teniente italiano Guglielmo Sandri] incrementaron el apoyo material al ejército de Franco y enviaron asimismo miles de militares profesionales y combatientes voluntarios. La guerra no era sólo un asunto interno español. Se internacionalizó y con ello ganó en brutalidad y destrucción. Porque el territorio español se convirtió en campo de pruebas del nuevo armamento que estaba desarrollándose en esos años de rearme, previos a una gran guerra que se anunciaba.

  1. ¿Por qué se movilizaron tantos extranjeros en la guerra española?

Dentro de esa guerra internacional en suelo español hubo varias y diferentes contiendas. En primer lugar, un conflicto militar, iniciado cuando el golpe de Estado enterró las soluciones políticas y puso en su lugar las armas. Fue también una guerra de clases, entre diferentes concepciones del orden social, una guerra de religión, entre el catolicismo y el anticlericalismo, una guerra en torno a la idea de la patria y de la nación, y una guerra de ideas que estaban entonces en pugna en el escenario internacional. En la guerra civil española cristalizaron, en suma, batallas universales entre propietarios y trabajadores, Iglesia y Estado, entre oscurantismo y modernización, dirimidas en un marco internacional desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y del fascismo. Por eso tanta gente de diferentes países, obreros, intelectuales y escritores, se sintió emocionalmente comprometida con el conflicto.

  1. ¿Por qué ganó Franco la guerra?

Los militares sublevados en julio de 1936 ganaron la guerra porque tenían las tropas mejor entrenadas del ejército español, al poder económico, estaban más unidos que el bando republicano y los vientos internacionales soplaban a su favor. Después de la Primera Guerra Mundial y del triunfo de la revolución en Rusia, ninguna guerra civil podía ser ya sólo “interna”. Cuando empezó la Guerra Civil española, los poderes democráticos estaban intentando a toda costa “apaciguar” a los fascismos, sobre todo a la Alemania nazi, en vez de oponerse a quien realmente amenazaba el equilibrio de poder. La República se encontró, por lo tanto, con la tremenda adversidad de tener que hacer la guerra a unos militares sublevados que se beneficiaron desde el principio de esa situación internacional tan favorable a sus intereses.

La victoria incondicional de las tropas del general Francisco Franco, el 1 de abril de 1939, inauguró la última de las dictaduras que se establecieron en Europa antes de la Segunda Guerra Mundial. La dictadura de Franco, como la de Hitler, Mussolini u otros dictadores derechistas de esos años, se apoyó en el rechazo de amplios sectores de la sociedad a la democracia liberal y a la revolución, quienes pedían a cambio una solución autoritaria que mantuviera el orden y fortaleciera al Estado.

 

Setenta y cinco años después, pocos creen ya que el objetivo del historiador es presentar a sus lectores “la verdad sin mancha ni pintura”, o que el pasado existe independiente de la mente de los individuos y lo que tiene que hacer el historiador, en consecuencia, es representarlo de forma objetiva. Que los hechos de la historia nunca nos llegan a nosotros en estado “puro” es algo que popularizó Edward H. Carr hace ya muchos años y había sido ya dicho por los historiadores norteamericanos de la “New History” a comienzos del siglo XX. Pero asumiendo que la verdad absoluta es inalcanzable, la función del historiador debería ser todavía, en palabras de François Bedarida, “la de descubrir modestamente las verdades, aunque sean parciales y precarias, descifrando parcialmente en toda su riqueza los mitos y las memorias”. Y algunas verdades relativas y bastantes certezas tenemos ya sobre la Guerra Civil, después de tantos intentos por reconstruir aquellos hechos y las vidas de los que los presenciaron, y por ampliar el foco, las fuentes y las técnicas de interpretación.

Además de difundir el horror que la guerra y la dictadura generaron y de reparar a las víctimas durante tanto tiempo olvidadas, hay que convertir a los archivos, museos y a la educación en las escuelas y universidades en los tres ejes básicos de la política pública de la memoria. Más allá del recuerdo testimonial y del drama de los que sufrieron la violencia, las generaciones futuras conocerán la historia por los libros, documentos y el material fotográfico y audiovisual que seamos capaces de preservar y legarles. Archivos, erudición, análisis, debates y buenas divulgaciones de los conocimientos. Eso es lo que necesitamos para seguir construyendo las partes del pasado que todavía quedan por rescatar. La propaganda y la opinión son otra cosa.

Julián Casanova es autor de España partida en dos. Breve historia de la guerra civil española (Crítica).

“Los jóvenes no piensan mucho en la Guerra Civil porque no se la han explicado”

13 febrero, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

¿Qué fue de los tuyos en la Guerra Civil? Para muchos, esta pregunta resulta muy familiar. Mi abuelo estuvo en la cárcel, a mi madre le raparon la cabeza o le enterraron en una cuneta pueden ser algunas de las respuestas. Así de crudo y de feroz es el recuerdo de millones de personas, aunque ahora dé la sensación de que con cada generación aumente un poco más el olvido.

“Yo creo que los jóvenes no piensan mucho en la Guerra Civil porque no se la han explicado. Es una pena que la gente joven no sepa, pero también hay que querer saber”, lamenta la escritora y documentalista donostiarra Susana Koska, que acaba de publicar Mujeres en pie de guerra, un libro en el que hablan mujeres poco conocidas sobre sus vivencias durante el conflicto armado en España.

“Solamente hay que ver los libros de texto, en los libros de texto la Guerra Civil se pasa en un tema. A los jóvenes se les tendría que explicar mucho más, no solo con datos cronológicos, sino con datos sociales sobre lo que supuso”, dice la autora. Por mostrar un ejemplo numérico (y quizá un poco injusto), en Instagram hay un total de 9.000 publicaciones con la etiqueta #guerracivilespañola y más de 29.000 con la de #operacióntriunfo.

No es un ensayo. No es una novela. No es un diálogo de más de doscientas páginas. Se trata de un puzzle compuesto por testimonios, transcripciones de periódicos y revistas, manifiestos y algunos párrafos de libros. “Es un rompecabezas coral. Se puede leer por cualquier sitio. Tiene un lenguaje rico, hablan mujeres, periódicos, novelas… Creo que es una buena manera de aprender historia”, explica. También mantiene el tono en todas las voces narrativas, el lenguaje y los registros.

Quizá lo más complicado sea seguir el hilo de cada uno de sus personajes porque la lectura va de un sitio a otro casi en cada página. El libro se divide en nueve capítulos, desde el estallido de la revolución a la llegada de las bombas y de la resistencia.

Pero, ¿por qué hablar de la Guerra Civil? ¿No está muy trillado? ¿No se ha contado ya todo? No, faltan las anónimas. “Empezó siendo una historia familiar, porque como tantísimas otras familias en este país, la mía estaba marcada profundamente por la guerra”, dice sin titubeos. “Mi abuelo estuvo en prisión, mis primos fueron evacuados a Francia. Primero fue esa necesidad, la de hacer el propio relato familiar y no fue fácil”, recuerda. Dice que a veces lo que le contaban no coincidía necesariamente con lo que había leído en los libros de historia.

Mucho más que madres y esposas

“Empecé a indagar y a buscar bibliografía y me encontré con los libros de Antonina Rodrigo, que fue la primera mujer que empezó a escribir monografías sobre las anónimas, no sobre las grandes mujeres represaliadas, sino sobre mujeres que no tienen un nombre en una orla y no lo van a tener nunca”. Sus protagonistas son: Sara Berenguer, Rosa Laviña, Neus Catalá, Rosa Díaz, Montserrant Fernández Garrido, Carmen Alcalde, Antonina Rodrigo, Cecilia G. de Guilarte, Ana Mary Ruiz, Luz Miranda y Maixux Rekalde. “Las mujeres no solamente fueron madres y esposas de presos, sino que fueron agentes importantes en la lucha social de su momento” y aquí está la prueba (podríamos añadir).

“Cuando me encontré con estas mujeres me quedé fascinada y me puse en contacto con Antonina, que es una mujer no generosa. Me dice que me ponga en contacto con ellas y que me lo cuenten a viva voz, porque siguen vivas y para eso están, para que las escuchemos”, dice emocionada.

“Yo creo que en España, todos o casi todos los periodistas padecen del hígado. O de cualquier otra cosa. Y es natural. Ser en España periodista tiene la misma importancia que vender garbanzos. Yo confieso que he sentido deseos de llorar, allá en mi juventud, al ver reflejadas en la pantalla las emocionantes aventuras de los periodistas americanos”, se puede leer casi al principio del libro. Este párrafo lo firma Cecilia G. de Guilarte, que como recuerda Koska en la entrevista fue una de las periodistas españolas más importantes de la época.

Con todos estos testimonios ya apareció un documental en 2004, que se completa con este libro. Pero estas voces no se apagan. Koska tiene material guardado que “pronto pedirá ver la luz”.

El legado del anarquismo

2 febrero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

El 4 de noviembre de 1936, hace ahora 80 años, sucedió un hecho trascendental e irrepetible: anarquistas entraron en el Gobierno de una nación.

La CNT en el Gobierno de la República. De izquierda a derecha, los ministros Bernardo Giner de los Ríos del partido Unión Republicana y Federica Montseny y Juan García Oliver de la FAI.
La CNT en el Gobierno de la República. De izquierda a derecha, los ministros Bernardo Giner de los Ríos del partido Unión Republicana y Federica Montseny y Juan García Oliver de la FAI.

El 4 de noviembre de 1936, hace ahora 80 años, cuatro dirigentes de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) y de la FAI (Federación Anarquista Ibérica) —Federica Montseny, Juan García Oliver, Joan Peiró y Juan López— entraron en el nuevo Gobierno de la República en guerra presidido por el socialista Francisco Largo Caballero. Era un “hecho trascendental”, como afirmaba ese mismo día Solidaridad Obrera, el principal órgano de expresión libertario, porque los anarquistas nunca habían confiado en los poderes de la acción gubernamental, su objetivo siempre había sido abolir el Estado, con su prédica del antipoliticismo y de la acción directa, y porque era la primera vez que eso ocurría en la historia mundial. Anarquistas en el Gobierno de una nación: un hecho trascendental e irrepetible.

Desde que Giuseppe Fanelli llegó a España en noviembre de 1868 hasta el exilio de miles de militantes en los primeros meses de 1939, el movimiento anarquista protagonizó una frenética actividad propagandística, cultural y educativa; de huelgas e insurrecciones; de terrorismo y de violencia; de revoluciones abortadas y sueños igualitarios.

El anarquismo arrastró tras su bandera roja y negra a sectores populares diversos y muy amplios. Arraigó con fuerza en sitios tan dispares como la Cataluña industrial, en donde además, hasta la Guerra Civil, nunca había podido abrirse paso el socialismo organizado, y la Andalucía campesina. Si se convirtió tras la Primera Guerra Mundial, de forma extraordinaria, en un movimiento de masas —el único país de Europa en que eso sucedió— fue porque supo construir toda un red cultural alternativa, proletaria y campesina, de “base colectiva”. Pero como en ese recorrido le acompañó a menudo la violencia, su leyenda de honradez, sacrificio y combate, cultivada durante décadas por sus seguidores, fue siempre cuestionada por sus enemigos, a derecha e izquierda, que resaltaron la afición de los anarquistas a arrojar la bomba y empuñar el revolver.

Acabada la guerra, las cárceles, las ejecuciones y el exilio metieron al anarquismo en un túnel del que no volvería a salir. Mas no fueron solo la larga dictadura y la represión las que se lo tragaron y le impidieron volver, renacer tras la muerte de Franco, para convertirse ya un movimiento residual durante la consolidación de la democracia. España experimentó desde la década de los sesenta cambios económicos importantes, con un notable impacto en la sociedad. La distancia existente entre 1939 y los primeros años de la transición parecía insalvable.

Había emergido una nueva cultura política y sindical. Se había impuesto la negociación como forma de institucionalizar los conflictos. Nuevos movimientos sociales y nuevos protagonistas habían sustituido a los de clase, a los de esa clase obrera a la que se le asignaba la misión histórica de transformar la sociedad. El proletariado rural había descendido considerablemente y ya no protagonizaba huelgas. El analfabetismo se había reducido de forma drástica y ya no era, como se declaraba en el Congreso de la CNT de 1931, esa “lacra (…) que tiene hundido al pueblo en la mayor de las infamias”.

Los factores ambientales y culturales que habían permitido en épocas anteriores la apelación a mitos ancestrales y mesiánicos, eso que Gerald Brenan llamaba la “religiosidad al revés”, fáciles de reconocer en el anarquismo pero también en otros movimientos obreros de tipo marxista, eran ya historia. Aquel Estado débil, que había posibilitado la ilusión y el sueño de que las revoluciones dependían solo de las intenciones revolucionarias de obreros y campesinos, se había mudado en uno más fuerte, eficaz e intervencionista. El consumo hacía milagros: permitía al capital extenderse y a los obreros mejorar su nivel de vida. Sin el antipoliticismo, y con obreros que abandonaban el radicalismo ante la perspectiva de mejoras tangibles e inmediatas, que preferían el coche y la nevera al altruismo y al sacrificio por la causa, el anarquismo flaqueaba, dejaba de existir.

Pero, pese a que hoy el anarquismo sea solo historia, muy denigrada por otras ideologías y partidos parlamentarios, no hay ninguna duda de la validez y actualidad de algunos de sus planteamientos, como su crítica al Estado, al poder político y a las imágenes distorsionadas que siempre se transmiten desde arriba sobre el desorden y el espontaneísmo. Los anarquistas siempre pensaron que el Estado no podía hacer iguales a las personas y no parece que estuvieran muy equivocados, si vemos los resultados del comunismo en la Unión Soviética y en otros países. Nunca intentaron poner en marcha vastos proyectos de ingeniería social, como hicieron el comunismo y el fascismo, con las consecuencias que también conocemos. No fue la historia del anarquismo un lecho de rosas, pero hubo en ella algo más que bombas y pistolas.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza y Visiting Professor de la Central European University de Budapest.

Materia secreta: el espionaje británico en la Guerra Civil

30 enero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Por: Ángel Viñas 20 de marzo de 2014

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En 2010 se publicó la esperadísima historia oficial del Secret Intelligence Service (SIS) o, en su denominación hoy más habitual, MI6. Comprende desde el año de su establecimiento, 1909, hasta 1949. El autor, Keith Jeffery, catedrático de Historia de la Queen´s University de Belfast, afirma que tuvo acceso a toda la documentación que le pareció necesaria. El director general del MI6, John Sawers, también lo constató en su prólogo. El libro ha tenido un éxito inmenso. En el Reino Unido las obras sobre espionaje  gozan de gran popularidad. Los británicos siempre fueron maestros en el gran juego de la inteligencia / contrainteligencia.

[El cartel de la imagen pertenece a la colección de la Biblioteca Digital Hispánica. Es de 1939 y de autoría desconocida]

Las páginas referidas a España son, sin embargo, decepcionantes. Quien las lea no obtendrá mucha idea de lo que el MI6 hizo en nuestro país y pensará que fue mas bien poco. Esta carencia quizá sea explicable por varios motivos. En España no solo actuó MI6. También lo hicieron otros servicios británicos y Jeffery, naturalmente, no tenía porqué referirse a ellos; la documentación relevante puede seguir estando clasificada o haber desaparecido; el autor pudo no querer entrar en un escenario marginal para su gran historia: la actuación contra los enemigos del Reino Unido, ya fuesen en la Primera Guerra Mundial, en la Segunda o en los inicios de la Guerra Fría. Debió, eso sí, ver algunos papeles sobre España ya que alude a operaciones, que no identifica, que lanzó  desde Gibraltar durante la Guerra Civil el entonces jefe de estación en el Peñón, Leonard Hamilton-Stokes. Por cierto que este aparecería en Madrid, con igual condición, en los primeros meses de 1940.

Mis investigaciones durante los últimos diez años me han conducido a otras conclusiones. Por ejemplo: los servicios secretos británicos (aunque no necesariamente el MI6) estuvieron presentes en los inicios de la Guerra Civil; desempeñaron un papel en el golpe de Casado y continuaron funcionando, a ritmo más trepidante, durante la neutralidad/no beligerancia/neutralidad españolas en la Segunda Guerra Mundial.El primer tema lo desarrollé hace algunos años al ligar la conspiración de Franco para eliminar al general Amado Balmes, comandante militar de Gran Canaria, con el famoso vuelo del Dragon Rapide, avión que debía transportarle a Marruecos. Uno de los pasajeros llegados de Londres a Las Palmas, el excapitán Hugh Pollard, había sido, cuando menos, agente del Servicio de Inteligencia Militar y es altamente verosímil que participase en la misión, siquiera para otear lo que pasaba, por encargo de la misma o del propio MI6. La cosa no está clara. En cualquier caso, no era agente de éste. Ingresó en él a comienzos de la Segunda Guerra Mundial.

Sobre el tercer tema estoy trabajando en la actualidad y espero poder presentar en un próximo libro un largo y denso acopio de datos e informaciones hasta ahora ignorados en la literatura.

Queda el segundo tema: el golpe de Casado, del que ahora se han cumplido 75 años. Aquí el protagonista fue un diplomático británico, convenientemente camuflado. Su nombre es conocido de los especialistas pero no se ha escrito mucho sobre él. Se llamaba Howard Denys Russell Cowan, abreviadamente Denys Cowan. Nacido el 23 de octubre de 1883, ingresó en el Foreign Office en septiembre de 1910. Fue destinado a Cuba en donde pasó la mayor parte de la Segunda Guerra Mundial. Dimitió en octubre de 1920. Se ignoran las razones. Desaparece en la historia hasta agosto de 1938, cuando resurge como agregado honorario a la embajada británica en Barcelona. Esto fue, lo sabemos, una cobertura, quizá justificada por los peligros de su trabajo real. Era secretario y enlace de una comisión, presidida por el mariscal Sir Philipp Chetwode, que se ocupaba de facilitar el intercambio de prisioneros, franquistas contra republicanos y viceversa. Esto le daba la oportunidad de pasar de una zona a otra. Una facilidad de la que disfrutaban entonces contadísimas personas. Las oportunidades de otear y obtener información no pudieron faltarle.

Tras la caída de Barcelona en febrero de 1939 a Cowan se le envió al consultado británico en Madrid, ciudad entonces bastante aislada.  Este destino, sin embargo, desaparece en el anuario diplomático. Cierto es que no pudo ser de larga duración, pero es significativo por varias circunstancias muy especiales.

La más importante era que el coronel Segismundo Casado soñaba con un golpe que liquidase la Guerra Civil desde, probablemente, octubre de 1938. Esta información, que no estaba al alcance de todos y que obviamente ignoraba el Gobierno republicano, se transmitió a Londres. Esto puede explicar, para los no obtusos del todo, el traslado  de Cowan en Madrid. Casado, en la segunda versión de sus siempre falaces memorias, reconoció que tuvo contactos con agentes británicos, pero cuidadosamente se abstuvo de dar nombres.

Segismundo Casado

Es más, después de hundir todas y cada una de las posibilidades de resistencia y de prestarse a una gran operación político-estratégica de Franco para obtener la implosión republicana, Casado [en la imagen] se escapó a Londres. Aquí, refugiado y sin un chelín, no pasó ni hambre ni demasiadas privaciones. Un aspecto que no ha merecido la atención de los historiadores. ¿Por qué?

Veamos lo que hubo detrás. Un generoso donante le suministró fondos. No de forma directa sino a través del Comité de Ayuda a los Refugiados de España. Quien había detrás debió de ser muy precavido. En la documentación relevante aparece simplemente como “Miss Oliver”, mera pantalla.  Los importes fueron superiores a los que distribuía el comité.  El Foreign Office, de quien dependía el MI6, tomó cierto interés en que Casado se sintiera cómodo.

Obviamente no se trató de una ayuda desinteresada. Una mano anónima dio instrucciones al excoronel sobre cómo orientar el libro que rápidamente se puso a escribir, The Last Days of Madrid. Casado no sabía inglés, así que las instrucciones se le dieron en castellano. El libro se tradujo a velocidad de vértigo. Casado se lo dedicó a su “benefactora”, M.O. Se convirtió en un clásico que influyó durante 25 años en las muchas estupideces que se escribieron sobre el final de la guerra. Como reconoció privadamente mucho más tarde el propio Casado era, sin embargo, “pura bazofia”. ¿Quién estuvo detrás de la idea, de las instrucciones, de la traducción y de la publicación? Misterio.

Este misterio se ahonda un poco más porque tampoco se conoce nada todavía de las actividades de Cowan tras su regreso al Reino Unido. Hay que suponer que se le haría algún “debriefing”. Si es así, no se ha localizado. Tampoco reingresó en el Foreign Office. Los anuarios diplomáticos de 1939, 1940 y 1941 son mudos a su respecto. Sabemos, no obstante, tres cosas:

  1. Al estallar el conflicto europeo se proporcionó a Casado un trabajito en la sección española de la BBC. La gran emisora fue un refugio utilizado por los servicios secretos para camuflar a futuros colaboradores y agentes de numerosas nacionalidades.
  2. En algún momento Casado figuró en los planes que se cocían en Londres para hacer frente a la posibilidad de que Franco se decantara por el Eje.
  3. En lo que se refiere a Cowan ingresó en el recién creado Ministerio de Información, al cual pasó gente de las procedencias más diversas.

En este Ministerio se le nombró rápidamente jefe de la Sección de España. Esto significa que “alguien” valoró sus conocimientos. Lo que hizo no está todavía aclarado. En enero de 1940 sabemos que trató de conseguir un pasaporte español para la esposa de Casado (Carmen Santodomingo de Vega) a través de la sección de prensa de la embajada británica en Madrid. Al parecer dicha señora podía contar con el apoyo de dos generales, Juan Yagüe y Fernando Barrón, y del coronel José Ungría, exjefe del SIPM, el servicio de inteligencia militar de Franco. No podía contar con el apoyo de círculos falangistas y, en particular, con el del conde de Mayalde, a la sazón director general de Seguridad y como tal el inmediato sucesor de Ungría.

Dada la labilidad de las relaciones hispano-británicas en aquel momento el embajador sir Maurice Peterson prohibió toda ayuda a la esposa. No sabemos si llegó a obtener el pasaporte español o no. Nada hace pensar que pudiera reunirse con su marido en Londres. En cualquier caso, este no tardó en tener un affaire con una inglesa de la que nació una niña.

Sigamos con Cowan. En febrero de 1940 el Ministerio de Información decidió enviarle a España en misión. La embajada española en Londres le negó el visado, algo realmente sorprendente. Ello dio origen a una larga correspondencia entre el Ministerio, el Foreign Office y la embajada en Madrid. Por ella se deduce que en los altos niveles de la dictadura se consideraba a Cowan excesivamente pro-republicano. Este protestó indignado. Era un católico a machamartillo y si había ayudado a los republicanos, había ayudado más a los franquistas. Literalmente. De la correspondencia ha desaparecido el informe sobre sus actuaciones en Madrid.

Este intercambio fue a parar a conocimiento de “C”. Esta era la denominación interna y en clave del jefe del MI6, a la sazón sir Stewart Menzies. Por ello podemos pensar que no es absurdo establecer un enlace entre el Cowan de febrero/marzo de 1939 y el de un año más tarde. Cowan no viajó a España en esta última fecha. Podría haber seguido en el Ministerio de Información pero rápidamente se le destinó a otro puesto. La documentación disponible no permite adivinar adónde. Es posible que se considerase que era demasiado importante para exponerlo.

La no mención de Cowan en los anuarios diplomáticos a partir de 1940 puede explicarse por motivos que no tienen nada que ver con la necesidad de mantener el secreto más cerrado sobre sus actividades. Según la persona que debía acompañarle en su abortada misión, Tom Burns, agregado de prensa en el embajada británica, el escurridizo personaje que comenzó su carrera en Cuba pereció en uno de los bombardeos alemanes sobre Inglaterra.

Ahora bien, si se tiene en cuenta que igualmente han desaparecido muchos papeles relacionados con el viaje del entonces excapitán Pollard a Canarias, la volatilización de toda traza documental de las misiones de Cowan en España nos lleva a seis conclusiones provisionales:

  1. Los servicios secretos británicos estuvieron presentes en el comienzo y en el final de la Guerra Civil.
  2. Lo que hicieron es desconocido pero debió de ser lo suficientemente importante para que una mano misteriosa haya hecho desaparecer papeles que normalmente deberían estar disponibles en los archivos que no son del MI6 y de la Inteligencia Militar.
  3. Los archivos del MI6 no permiten profundizar en ninguna operación. Siguen cerrados a cal y canto. Unicamente el profesor Jeffery, como historiador oficial, tuvo acceso a la documentación.
  4. La imposibilidad de consultarlos no es fácilmente comprensible. Si se trata de no identificar personas, los nombres (eventualmente agentes españoles) pueden borrarse. Lo hacen habitualmente los británicos, los norteamericanos y, por lo que sé, los franceses. Si se trata de no identificar el modus operandi correspondiente, ¿por qué se ha levantado el velo sobre operaciones en otros países que ha descrito el profesor Jeffery?
  5. Existe documentación británica accesible, con nombres, en relación con otros servicios que no son el MI6 o la Inteligencia Militar.
  6. No deja de ser paradójico que en los momentos actuales se sepa más acerca de las actividades en España durante la Guerra Civil del servicio de espionaje de la NKVD que por el lado británico.

No corresponde a un historiador extranjero especular acerca de las razones por las cuales la política desclasificadora del Gobierno británico no se aplica a documentos que difícilmente podrán contener vitales secretos de Estado. Aunque esto sea algo que no cabe por principio descartar, siempre es posible retener información supersensible. Cualquier historiador que trabaje en archivos se encuentra regularmente con ejemplos de ello.  Y no pasa nada. Tampoco se hunde nada.

Ángel Viñas es catedrático emérito de la UCM. Su último libro es Las armas y el oro. Palancas de la guerra, mitos del franquismo (Pasado&Presente).

22 enero, 2018

Fuente: blogs.elpais.com

Por: Manuel Morales 13 de marzo de 2014

Segundo Espallargas

El boxeador Segundo Espallargas, en una foto de 1946.

Segundo Espallargas Castro, alias Paulino, fue un aragonés orgulloso por haber sobrevivido al espanto de los campos de la Alemania nazi. Lo hizo gracias a sus largos brazos y sus manos grandes, que le mantuvieron invicto en los combates de boxeo que los comandantes de Mauthausen organizaban los fines de semana para distraerse y apostar. Espallargas, fallecido en París en 2012, volvió de aquel horror para contarlo: “Los nazis me decían, ‘si no ganas, vas al crematorio’. Así que, ser boxeador, me salvó”. Su testimonio es uno de los 20 recopilados durante los últimos cuatro años por la periodista Montserrat Llor en el libro Vivos en el averno nazi (editorial Crítica). Llor cuenta que, durante la entrevista con Espallargas, este estaba muy interesado en que “diera a conocer a los españoles todo aquello. Parece algo muy lejano pero nunca se sabe…”, decía el exboxeador de Mauthausen.
Es difícil escoger entre los sobrecogedores relatos de la obra de Llor. Todos los deportados recuerdan con nitidez su llegada a los campos, el hambre atroz que pasaron, el miedo a la enfermería, de donde muchos no salían, los gritos de los guardianes, sus trajes de rayas… Estos son los testimonios que más impactaron a la autora:

Francisco Bernal
Este zapatero zaragozano que murió en París en 2013 es uno de los personajes de película de aquellos años de vergüenza para el ser humano. Bernal logró vivir en Mauthausen gracias a su buena maña como zapatero. Él fabricó zapatos para los españoles en los que les escondía mantequilla y azúcar que conseguía gracias a su estatus de trabajador necesario para los nazis. Otros prisioneros contaron de Bernal que se afanaba en que los que vagaban descalzos en la nieve del campo de Abensee -al que fue destinado a finales de 1943- tuvieran algo que atarse a los pies. En sus cinco horas de conversación con Llor, Bernal desgranó su pasado como voluntario republicano en la Guerra Civil, su paso a los Regimientos de Extranjeros en Francia para luchar contra los nazis y cómo, tras ser capturado, llegó a Mauthausen el 9 de septiembre de 1941: “Nos sacaron a puntapiés del tren, nos hicieron llegar corriendo hasta la puerta del campo. Subimos a palo limpio a la desinfección. Menos mal que era por la tarde, porque por la noche habríamos ido a la cámara de gas… allí vivías o morías de inmediato según la mano de obra que necesitaran”.
Elisabet Ricol
Los españoles entrevistados por Llor “guardaron silencio durante años, no decían nada porque era una autoprotección para sobrellevar aquel dolor y porque no tenían palabras para expresar la magnitud de lo vivido”, dice la periodista. En el caso de las mujeres, “la liberación llegaba cuando se casaban y, sobre todo, tenían su primer hijo”. Una de aquellas heroínas fue Elisabet Ricol, francesa de padres turolenses, autora de Memorias de la Resistencia, donde detalló su experiencia. Ricol fue brigadista en la Guerra Civil y luchadora de la Resistencia. Deportada a Buchenwald, allí se las ingenió para formar “una biblioteca itinerante”, con un centenar de libros que pasaba de un barracón a otro. Ricol, fallecida en 2012, dejó escrito qué sucedió tras recuperar la libertad: “Salió de nuestro interior todo el horror de las tragedias vividas. Las pesadillas se prolongaron durante años y resucitaron los recuerdos que nos obsesionaban”.

Ortells pinta judíos

Dibujo de Manuel Ortells de judíos subiendo muertos por las famosas escaleras de la cantera de Mauthausen.

 

Manuel Alfonso Ortells
Este barcelonés nonagenario esquivó la muerte gracias a su calidad como dibujante. Llor lo visitó en su casa de Talence (Francia) y lo recuerda como un hombre “divertido e inquieto”. Ortells, al igual que otros cientos de miles de españoles, cruzó la frontera francesa. Después, se alistó para luchar contra Hitler. Él fue uno de los 7.600 españoles enviados a Mauthausen, de los que murieron 5.000, según las cifras manejadas por Llor, que cita a los historiadores. “A mí me salvó el  dibujo”, contó. Los nazis requirieron de Ortells para que dibujase los planos de otros campos. También trabajó en el servicio de limpieza de su barraca y si lo hacía bien, le daban más comida que él compartía a escondidas: “Buscaba ayudar a mis paisanos, es lógico”. Esa solidaridad entre españoles es, subraya Llor, denominador común en las personas con las que habló. El día que los aliados liberaron Mauthausen a Ortells le entró una angustia muy grande: “Me tumbé en la hierba varias horas, perdí la noción del tiempo. Cuando desperté, unos franceses estaban cantando La Marsellesa, me puse a llorar, volví a entrar en el campo y aquella noche dormí por primera vez en años como un ángel”. Ortells aún vive en Burdeos rodeado de sus dibujos.
Neus Català
Desde que quedó libre del campo de Ravensbrück, esta tarraconense nacida en 1915 en Els Guiamets dedicó sus días a recoger las palabras de otras prisioneras en su libro De la resistencia y la deportación. 50 testimonios de mujeres españolas. Català detalló a la autora de Vivos en el averno nazi cómo a las mujeres les ponían inyecciones para retirarles la menstruación; o las formaciones, desnudas y a temperaturas gélidas, para elegir cuales tenían aún carnes para ser explotadas y cuales, por su debilidad, eran enviadas de inmediato a las cámaras de gas. Detenida junto a su marido en el sur de Francia por la Gestapo por colaborar con la Resistencia, fue torturada y separada de su pareja en Limoges. A él lo enviaron en otro tren y nunca más volvieron a verse. Entre sus recuerdos permanece imborrable el traslado en convoy a Ravensbrück: “Cuatro días sin parar, sin aire para respirar, espalda contra espalda, con un cubo de basura en medio para hacer nuestras necesidades. Algunas salieron muertas…”. Català fue mandada después a otro campo, Holleischen (hoy República Checa), donde trabajó en una cadena de montaje de armas que ella y otras compañeras se esforzaron en boicotear: “Con escupitajos, poniendo aceite en la pólvora, el caso era sabotear, sabotear, sabotear…”.
Cuando acabó el espanto, los españoles comprobaron que sus desgracias no habían terminado. No podían volver a la España de Franco, eran rojos, entre ellos Marcelino Bilbao, que había sufrido los experimentos médicos en Mauthausen, donde le pusieron una inyección al lado del corazón en seis ocasiones: “A algunos les daban convulsiones, a otros se los llevaban a rastras… de 30 sobrevivimos siete”. Bilbao (fallecido en enero de este año) recuerda que cuando la Cruz Roja Internacional llegó al campo, clasificaron por nacionalidades a aquellos esqueletos andantes, pero no tenían instrucciones para los españoles. “Así que, cogimos un carro y nos fuimos de allí andando”. Para los españoles que habían conseguido el milagro de sobrevivir al infierno, les llegaba el desafío de inventarse una nueva vida lejos de su país.

La guerra española en el reñidero de Europa

3 enero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Varios libros analizan sin tópicos y con rigor historiográfico el conflicto que estalló el 18 de julio de 1936, hace ahora 80 años.

Un grupo de milicianos se asoma a un terraplén en el frente de Navacerrada (Madrid), a finales de julio 1936.
Un grupo de milicianos se asoma a un terraplén en el frente de Navacerrada (Madrid), a finales de julio 1936. EFE/ARCHIVO DÍAZ CASARIEGO

En julio de 1936 una parte importante del ejército español se alzó en armas contra el régimen republicano. El golpe militar no pudo lograr de entrada la conquista del poder. Si lo hubiera conseguido, no habría tenido lugar una guerra civil, sino una dictadura del tipo que estaba comenzando a dominar en Europa en ese momento y que se estableció en España a partir de abril de 1939.

La sublevación, al ocasionar una división profunda en el Ejército y en las fuerzas de seguridad, debilitó al Estado republicano y abrió un escenario de lucha armada, de rebelión militar y de revolución popular allí donde los militares no pudieron conseguir sus objetivos. España quedó partida en dos. Y así continuó durante una guerra de mil días.

 

España era un país marginal en el escenario europeo hasta el golpe de Estado. En pocas semanas se situó en el centro

Enrique Moradiellos subraya en su nuevo libro el carácter de “guerra total” en la que los dos contendientes tuvieron que reconstruir un ejército con mandos jerarquizados; centralizar el aparato administrativo para hacer uso de los recursos materiales y humanos; y sostener una retaguardia comprometida con el esfuerzo bélico. Visto el desenlace final, parece evidente que el bando franquista superó al republicano en el manejo de esas tres tareas básicas, pero eso no dependió sólo de factores internos sino, “de manera crucial”, del contexto internacional que sirvió de marco a la guerra civil.

Porque en el escenario europeo desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y del fascismo, España era, hasta julio de 1936, un país marginal, secundario. Todo cambió, sin embargo, a partir del golpe de Estado de ese mes. En unas pocas semanas, el conflicto español se situó en el centro de las preocupaciones de las principales potencias, dividió profundamente a la opinión pública, generó pasiones y España pasó a ser el símbolo de los combates entre fascismo, democracia y comunismo. Moradiellos, Paul Preston, Javier Rodrigo y Carlos Gil conceden mucha importancia al violento laboratorio de políticas de masas en que se convirtió el territorio español.

La guerra española en el reñidero de Europa

Cuando el golpe militar derivó en guerra, la destrucción del adversario pasó a ser prioridad absoluta. Y en ese tránsito de la política a la guerra, los adversarios, políticos e ideológicos, perdían su condición de compatriotas, españoles, para convertirse en enemigos contra quienes era completamente legítimo el uso de la violencia. El total de víctimas mortales se aproximó a 700.000, de las cuales 100.000 corresponden a la represión desencadenada por los militares sublevados y 55.000 a la violencia en la zona republicana. Y al menos 50.000 personas fueron ejecutadas en la posguerra, entre 1939 y 1946.

La guerra civil española fue además la primera de las guerras del siglo XX en que la aviación se utilizó de forma premeditada en operaciones de bombardeo en la retaguardia. La intervención extranjera mandó por el cielo español a los S-81 y S-79 italianos, a los He-111 alemanes y a los “Katiuskas rusos”, convirtiendo a España en un campo de pruebas para la gran guerra mundial que se preparaba. Madrid, Durango, Guernica, Alcañiz, Lérida, Barcelona, Valencia, Alicante o Cartagena, entre otras muchas ciudades, vieron cómo sus poblaciones indefensas se convertían en objetivo militar.

Se ha superado ya esa visión esencialista de que la guerra fue el resultado de una identidad inclinada a la violencia “entre hermanos”

 

“En lo esencial era una guerra de clases”, declaró un observador tan lúcido como George Orwell. Y no le faltaba razón, aunque más correcto sería decir que las clases, sus luchas y sus intereses, fueron actores importantes, pero no los únicos, de aquel conflicto. Hubo, en realidad, varias guerras dentro de eso que llamamos guerra civil. Por eso su análisis ha resultado siempre tan complejo y fascinante. Y por eso el fuego purificador que abrasaba hasta el más mínimo oponente se extendió con tanta rapidez y virulencia por todos los pueblos y ciudades de España.

Algunos historiadores han superado ya esa visión esencialista, tan difundida todavía hoy, de que la guerra civil fue el resultado de odios ancestrales en un país con una identidad y un destino histórico inclinados a la violencia “entre hermanos”.

La guerra española en el reñidero de Europa

La historia de España del primer tercio del siglo XX no fue la crónica anunciada de una frustración secular que, necesariamente, tenía que culminar en una explosión de violencia colectiva. Lo que prueban estas nuevas miradas a esa historia es que no existe un modelo “normal” de modernización frente al cual España puede ser comparada como una excepción anómala. Casi ningún país europeo resolvió los conflictos de los años treinta y cuarenta —la línea divisoria del siglo— por la vía pacífica.

Combatir la ignorancia, las manipulaciones, los usos políticos de esa historia desde el presente no es una tarea fácil. Tampoco lo es captar nuevos lectores, atraer la atención de jóvenes estudiantes para los que la historia no es más que una pesada colección de fechas y nombres. Por eso es tan importante tener una fotografía casi completa de los hechos más significativos y de sus principales actores. Es lo que ofrecen estos libros, concisos, de prosa accesible y con la garantía de una investigación rigurosa y profesional. Ochenta años después.

Enrique Moradiellos, Historia mínima de la guerra civil española, Turner/El Colegio de Mexico;

Javier Rodrigo, La guerra fascista. Italia en la Guerra Civil española, 1936-1939, Alianza Editorial;

Carlos Gil Andrés, Españoles en guerra. La Guerra Civil en 39 episodios, Ariel;

Paul Preston, La guerra civil española (guión e ilustraciones de José Pablo García), Debate.