Posts Tagged ‘Historia contemporánea’

Franco y Fidel, enemigos cordiales

18 julio, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Por: F. Javier Herrero 05 de junio de 2014

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Manuel Fraga y Fidel Castro preparan una queimada en Láncara (Lugo)/ Xurxo Lobato

Tras el fallecimiento de Franco, el corresponsal de la Agencia Efe en La Habana envió un despacho del que se hicieron eco algunos de los más prestigiosos periódicos del mundo y que decía lo siguiente: “Pocas horas después de conocerse la muerte del general Franco, el Gobierno revolucionario de Cuba decretó luto oficial por tres días. Desde el jueves las banderas ondean a media asta en todo el territorio cubano. El Presidente de la República, doctor Osvaldo Dorticós, ha enviado un mensaje de condolencia al presidente del Gobierno español, Carlos Arias Navarro (…)”. Cuando se lee esto da la impresión de que o no se ha entendido bien o hay una errata en el texto. No es así. La Cuba de Fidel Castro homenajeó al dictador como ningún otro país hizo, si bien quiso mantener la comunicación del decreto en niveles privados para quedar bien con España y evitar, a la vez, un escándalo internacional. Este gesto adquirió con el tiempo aún mayor relieve pues al año siguiente murió Mao Tse Tung y el Gobierno de Cuba no tuvo el mismo detalle con el líder comunista chino. Se trataba del último capítulo de una peculiar y chocante relación de dos dictadores en las antípodas ideológicas que decidieron actuar con un ‘subterráneo’ pragmatismo y una complicidad que ha generado un enorme interés entre historiadores y politólogos.

Desde 1959 los acontecimientos fueron forjando un mutuo respeto que acabó llegando a la admiración. El vínculo común a Galicia fue un factor que favoreció esa aproximación. Franco creció, al igual que los militares de su generación, con un sentimiento antiamericano que venía de la derrota contra EE.UU. en Cuba en 1898. En palabras del propio Fidel, recogidas en Biografía a dos voces de Ignacio Ramonet (Debate), “Franco tiene que haber crecido y haberse educado con aquella amarga experiencia (…). Y lo que hizo la Revolución Cubana, a partir de 1959, resistiendo a Estados Unidos, rebelándose contra el imperio y derrotándolo en Girón, puede haber sido visto por él como una forma de revancha histórica de España. En definitiva, los cubanos, en la forma en que hemos sabido enfrentarnos a Estados Unidos y resistir sus agresiones, hemos reivindicado el sentimiento y el honor de los españoles.” El ‘centinela de Occidente’ intuía que a Castro, en su enfrentamiento con el imperialismo americano, no le movía únicamente la ideología marxista sino que el factor nacionalista y patriótico llegaba a ser incluso más importante. Historiadores como Joaquim Roy (La siempre fiel: Un siglo de relaciones hispanocubanas (1898-1998), Ed. Los Libros de la Catarata) constatan que Franco reclamó informes a sus colaboradores para conocer más a fondo a Castro y otros comunistas célebres como Ho Chi Minh, a causa de la fascinación que despertaban en él.

Castro no desperdició ocasión alguna para criticar en público al régimen franquista, pero no a Franco. Recibió repetidas veces a los dirigentes comunistas españoles en La Habana, haciendo públicos elogios a Dolores Ibárruri, Pasionaria, y se rodeó de militares prestigiosos del ejército republicano como Enrique Líster y Alberto Bayo, instructor del grupo de revolucionarios cubanos que se entrenaron en México antes de embarcarse en el Granma. La infancia y juventud de Fidel aportan información en lo que se refiere a la singular relación de los dos dictadores. Hijo de Ángel Castro, un acaudalado terrateniente gallego nacido en Láncara (Lugo) que emigró a Cuba en 1905, se formó principalmente en escuelas jesuitas de Santiago de Cuba. Sus profesores fueron religiosos españoles partidarios firmes sin excepción de Franco en la Guerra Civil española. En casa el joven Fidel también fue testigo de cómo su padre, persona influyente de su comunidad, se manifestaba sin ambages a favor de su paisano de Ferrol.

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España mantuvo con la Cuba de Fulgencio Batista una relación amable, que se mantiene con el triunfo del nuevo gobierno revolucionario en 1959 y Franco no se podía quejar de la gestión de Juan Pablo de Lojendio, el embajador español en La Habana, durante el primer año de la revolución. Los exhaustivos análisis del catedrático Manuel de Paz Sánchez (Zona Rebelde y Zona de Guerra, Librería Universal-CCPC, y otros), experto en las relaciones trasatlánticas de España, explican los movimientos de Lojendio, que neutraliza los intentos de los republicanos españoles para que la nueva Cuba siga los pasos de México, lo que traería la ruptura con la España franquista y el reconocimiento del Gobierno de la II República en el exilio. La persecución a grupos contrarrevolucionarios caldea un ambiente en el que tuvo lugar un incidente diplomático grave e incomprensible en enero de 1960. Castro se encuentra en los estudios de la televisión cubana haciendo declaraciones en directo sobre la actividad opositora y alude al apoyo de la embajada española a esa actividad. Lojendio, arrebatado por su temperamento, irrumpe en los estudios [en la fotografía, un momento del incidente entre el embajador Lojendio y Castro en 1960 captada por Telemundo] ofendido y exige a Castro una rectificación en medio de un tumulto que deja boquiabierta a la audiencia televisiva. La expulsión del embajador es inmediata. Franco es informado del incidente y transmite al ministro de Exteriores Castiella su resolución: “Usted es el ministro. Haga lo que crea oportuno. Con Cuba, cualquier cosa menos romper”.

Efectivamente, Cuba y España superaron la crisis y no rompieron. Se impuso el pragmatismo y las relaciones se mantuvieron desde ese momento al nivel de encargado de negocios, mientras un Franco enfadado con su embajador, decidió lavar los trapos sucios en casa discretamente. Como él mismo afirma en Mis conversaciones privadas con Franco (Planeta), de su primo Francisco Franco Salgado-Araújo, “El acto de Lojendio puede significar que el presidente Castro, que está en plan comunista, no sólo rompa sus relaciones con España sino que reconozca al gobierno rojo en el exilio, (…)“. Lojendio, tras un período de inactividad, fue destinado a un puesto diplomático de segunda categoría en Berna.

La relación hispano-cubana se ve afectada por la entrada en escena de otro actor protagonista. Estados Unidos ve peligrar sus intereses en una zona en la que no tiene costumbre de convencer a sus oponentes con persuasión sino con el palo. La reforma agraria cubana y las expropiaciones a empresas y particulares norteamericanos son respondidas con la ruptura de relaciones diplomáticas y el inicio del famoso embargo económico en el otoño de 1960, que en febrero de 1962 es casi total. Una mayoría de países latinoamericanos rompe relaciones con Cuba y la Europa aliada de EE UU cierra sus puertas a la economía de la isla. La URSS y el bloque comunista acuden veloces a la voz de socorro de Fidel, pero ese embargo va a hacer agua también por otro punto que es España. Poco después de que el presidente Eisenhower de un espaldarazo a Franco con su visita oficial a Madrid, en 1960 se firma un acuerdo comercial entre España y Cuba, que será renovado e implementado en años posteriores.

El Gobierno norteamericano contempla estupefacto la política exterior española que no participa de las represalias contra Cuba y teme que tenga un efecto de contagio al resto de países hispanoamericanos. Solo los momentos de tensión de la crisis de los misiles, en octubre de 1962, detienen el intercambio comercial entre españoles y cubanos, de unas dimensiones opinables pero que tienen un valor moral inestimable para la Cuba asediada por Estados Unidos. Las líneas aéreas de Iberia mantienen a La Habana conectada con Europa, a los niños cubanos no les faltan juguetes españoles y el turrón de Jijona por Navidad o los autobuses Pegaso en las carreteras cubanas son la muestra de la buena voluntad del Gobierno de Franco.

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Ernesto ‘Che’ Guevara asiste a una corrida de toros en Madrid en 1959. / Hermes Pato

Estados Unidos blandió la amenaza del fin de las ayudas económicas a España para que abandonase su postura pero la renegociación de las bases americanas en suelo español en 1963 aparcó la medida. Estados Unidos acabará aceptando la posición española pero el tráfico marítimo se ve afectado por la tensión internacional en el Caribe. Los exiliados cubanos estaban muy enfadados con la política de Franco y grupos anticastristas, pertrechados por la CIA, atacaron en ocasiones a los buques españoles. En septiembre de 1964, el Sierra Aránzazu sufrió el ataque de lanchas anticastristas que descargaron 1.500 balas sobre el mercante, causando la muerte a tres marinos y heridas a seis. Estados Unidos negó cualquier implicación pero la diplomacia española logró que a partir de ese momento los buques españoles fuesen escoltados por la marina de guerra americana.

El Gobierno de Estados Unidos intentó sacar partido de la negativa de Franco a participar en el embargo a Cuba y pensó en utilizar la cercanía de ambas dictaduras para establecer un canal de comunicación secreto con La Habana. Franco aceptó la tarea de mediación y tras la captura y muerte de Ernesto ‘Che’ Guevara en Bolivia en 1967, se creyó por parte americana que había llegado la ocasión propicia. La paradoja que ha envuelto la relación de los dos gallegosel que fue héroe mítico de los revolucionarios del mundo y el feroz anticomunista,dio lugar a que Adolfo Martín Gamero, el diplomático español encargado de esa labor de mediación, viviese un episodio insólito y que narra Norberto Fuentes, biógrafo de Fidel. El diplomático fue recibido en Cuba por los hermanos Castro, que le llevaron de viaje por la isla. Cuando visitaron su casa familiar en Birán, cuál no sería la sorpresa del enviado español cuando en el dormitorio del padre de Fidel vio un telescopio y… ¡una foto de Franco sobre la mesilla de noche, que allí estaba desde siempre!

La normalidad de las relaciones entre ambos países fue plena desde 1974 en que se produjo el intercambio de embajadores. En 1992 Fidel realizó un viaje oficial a España y a Galicia donde pudo visitar la casa de su padre en Láncara y a sus parientes, acompañado del otrora franquista Manuel Fraga, otro gallego con conexión cubana en su niñez. EL PAÍS entrevistó en 1985 a Castro que hizo estas concluyentes declaraciones: “Franco no se portó mal, hay que reconocerlo. Pese a las presiones que tuvo, no rompió las relaciones diplomáticas y comerciales con nosotros. No tocar a Cuba fue su frase terminante. El gallego supo habérselas. Que se portó bien, caramba”.

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La aristócrata que disparó a la nariz de Mussolini

8 julio, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Por: Manuel Morales 29 de mayo de 2014

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Ficha policial de Violet Gibson tras su detención. Imagen cedida por Capitán Swing.

¿Era complicado pegarle un tiro a Benito Mussolini? La multitud aclamaba en la romana plaza del Campidoglio al hombre que gobernaba Italia. La aristócrata irlandesa Violet Gibson, de 50 años, tenía a unos pasos a Il Duce, que acababa de salir del palazzo dei Conservatori de dar un discurso. Eran las once de la mañana del 7 de abril de 1926. Violet se acercó, empuñó su arma y mientras Mussolini levantaba el brazo para hacer el saludo fascista, ella alzó el suyo y disparó a quemarropa con su revólver Lebel, del ejército francés. Esta mujer pudo cambiar la historia pero su mala puntería y una bala encasquillada dejaron el intento de magnicidio en un rasguño en la nariz del líder. La historia de Gibson, una mujer imbuida de un exacerbado sentimiento religioso y perteneciente a una familia de la alta nobleza de Irlanda, no tuvo un gran seguimiento de los historiadores quizás porque desde el principio se la tachó de “solterona con problemas mentales”. En 2011, la periodista inglesa Frances Stonor Saunders (1966) reconstruyó su vida en La mujer que disparó a Mussolini, una biografía que ha publicado en castellano a comienzos de este año la editorial Capitán Swing.

Gibson pertenecía a una familia rica. Su padre ocupaba un escaño en la Cámara de los Comunes y fue nombrado lord Ashbourne. Violet siguió la tradición, presentaciones en la corte, bailes, actos sociales… hasta que decide abrazar el catolicismo para disgusto de su familia de fe anglicana. Es en esa etapa cuando Gibson comienza a sufrir problemas de salud, desórdenes nerviosos que espera curar en Roma, cerca del Papa. Allí, sin embargo, ahonda en su desorientación, se agrava su estado hasta un intento de suicidio en febrero de 1925. Después se convence a sí misma de que Dios le ha encomendado la misión de matar al Duce o al Papa. “Era contrario a la voluntad de Dios que Mussolini continuara existiendo”, declaró después en el juicio.

Stonor, que comenzó su trayectoria como realizadora de documentales en la BBC, trufa su relato de interesantes documentos oficiales: cartas personales, informes policiales, comunicaciones diplomáticas, artículos periodísticos, partes médicos… Además de contar la vida de Violet, esta historiadora aprovecha para trazar en paralelo algunos fragmentos de la de Mussolini: el niño conflictivo, el profesor que pega a sus alumnos, el hombre que huye a Suiza para eludir el servicio militar. A su vuelta, su charlatanería y proclamas contra el Gobierno de Italia le llevan a subir peldaños en el Partido Socialista hasta lograr su dirección.

La autora también establece comparaciones entre las vivencias de Violet con las de otros personajes de su época, Virginia Woolf, Scott Fitzgerald, Ezra Pound… sin embargo, las prolijas y numerosas referencias hacen farragosa en ocasiones la lectura del libro porque diluyen el relato sobre Gibson.

La labor de Stonor de desenterrar textos de la prensa y declaraciones de figuras políticas permite constatar hasta qué punto era vista con buenos ojos la figura de Mussolini, con especial admiración del entonces canciller Winston Churchill. A Il Duce se le consideraba un freno para la amenaza del comunismo. “El establishment británico nunca percibió que Mussolini podía ser más peligroso que Violet Gibson”, apunta Stonor Saunder.

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Mussolini, con las huellas en su cara del atentado de Gibson. / CAPITÁN SWING

El intento de Gibson de asesinar a Mussolini no fue el único perpetrado contra el hombre que quería emular a los emperadores de Roma. En los meses anteriores hubo una tentativa abortada (el socialista Zaniboni fue detenido antes de que pudiera disparar desde la ventana de su hotel). Después de la de Gibson sucedieron otras dos, protagonizadas por un anarquista que lanzó una granada de mano y un joven de 15 años que fue linchado de inmediato. Stonor subraya que estos atentados aceleraron la transformación de Italia en un Estado fascista, con nuevas leyes que acabaron con cualquier atisbo de disidencia.

La mujer que disparó a Mussolini recuerda la pantomima de juicio al que fue sometida Gibson. Mientras la prensa se esforzó en mostrar a un magnánimo Duce que quitaba importancia a lo sucedido, la diplomacia británica hizo todas las reverencias necesarias para no disgustarle. Lo más doloroso para Gibson fue el olvido de su familia, avergonzada por tener a una desequilibrada que había querido acabar con alguien tan importante. Tras casi un año de cárcel, sometida a humillantes pruebas psiquiátricas y físicas (examen de su útero incluido) fue puesta en la frontera de Italia con Francia y en cuanto pisó suelo inglés le diagnosticaron en solo unos minutos “locura delirante con paranoia”.

La última parte del libro resume los casi 30 años que Violet pasó en el manicomio de Saint Andrew, en Northampton, donde cursó reiteradas peticiones, todas despreciadas, para que la dejasen descansar en un centro religioso. La periodista aprovecha para mostrar cómo eran aquellos lugares, “para volverse uno loco”, los tratamientos contra las enfermedades mentales y algunas de las delirantes teorías médicas. Es aquí donde Stonor no disimula el cariño que sintió por su biografiada. Ni muerta se respetó el deseo de Stonor de dónde debían reposar sus restos. No se hizo pública su muerte. Ni amigos, ni nadie de su familia acudió al entierro. Todos querían olvidar a Violet Gibson.

La continua tergiversación de la República española y de la Generalitat republicana en Catalunya

7 julio, 2018

Fuente: http://www.publico.es

Vicenç Navarro
Catedrático emérito de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universitat Pompeu Fabra

El olvido de la memoria histórica ha permitido la continuación de una versión tergiversada de la historia de este país promovida por los partidos conservadores (que, a nivel de calle, se conocen como las derechas) que presenta la República como un periodo oscuro, liderado por unos políticos y partidos incompetentes e instrumentalizados por la Unión Soviética –tales como Juan Negrín- y por los comunistas –como el PSUC en Catalunya-, todos ellos responsables de un enorme dolor que se impuso a la población y muy en especial a los combatientes de la Guerra Civil. La última versión de tal tergiversación se ha reproducido en amplios sectores conservadores del nacionalismo catalán, conocidos por su profundo anti-izquierdismo. Sus máximos enemigos fueron los llamados nacionales –los golpistas fascistas- y, al mismo nivel de responsabilidad, los gobiernos republicanos progresistas españoles –como el presidido por Juan Negrín-, así como el gobierno de izquierdas de la Generalitat de Catalunya presidido por Lluís Companys. Esta visión se presenta en varias versiones. Pero lo que considero también preocupante es que algunos sectores del socialismo español –pertenecientes a la sensibilidad largocaballerista- también consideraron que el fin de la República fue determinado o acelerado por las políticas del gobierno republicano de Juan Negrín, el cual es presentado como un mero títere en manos de la Unión Soviética liderada por Stalin.

Cómo estas tesis aparecen en una de las obras de teatro más exitosas en Catalunya: “In Memoriam. La Quinta del Biberón”

Un ejemplo del primer tipo de tergiversación, consecuencia de su profundo anticomunismo, es la obra que lleva tal nombre, que ha sido un gran éxito esta primavera en el Teatre Lliure de Barcelona, que termina cada noche con una ovación a cuerpo levantado de la audiencia (de clase media de renta media-superior), que llena a rebosar el teatro. La obra parece a primera instancia un merecido homenaje a los soldados de la Quinta del Biberón (llamada así por estar compuesta por soldados muy jóvenes) que lucharon duramente en el frente del Ebro, defendiendo un territorio que, según el narrador de la obra de teatro, “todos sabían que perderían”. En definitiva, se les asignó un objetivo inalcanzable: batallar en una guerra en la que no podían vencer.

El escenario de tal obra de teatro es la presentación por parte de un grupo de soldados pertenecientes a la Quinta del Biberón del sufrimiento que padecieron y de la inutilidad de su sacrificio. La tesis del autor de la obra teatral, Lluís Pasqual i Sánchez (director también del Teatre Lliure), es que los causantes de tanto sacrificio (que incluye también el sacrificio que sufrieron los combatientes en los dos bandos de la Guerra Civil) fueron los gobiernos de estos dos bandos, tanto el del bando fascista –definido también en la obra teatral como el bando nacional- como el del bando republicano. Esta equidistancia de responsabilidades es un elemento clave en la obra. A cada personaje, a cada frase retórica, a cada canción de un bando que aparece en la pantalla que hay en el escenario, hay otra del otro bando. Así, en la lista de culpables aparece no solo Franco, sino también Negrín, el presidente del Gobierno español, y Lluís Companys, el presidente de la Generalitat; no solo Queipo de Llano, sino también el general Líster, y no solo los nazis y fascistas italianos, sino también los comisarios soviéticos y sus aliados comunistas. En realidad, cada vez que aparece un dirigente fascista, en la pantalla grande (que sirve para describir el contexto histórico) aparece inmediatamente después un dirigente republicano: cada vez que aparece una frase del lado golpista aparece también críticamente una frase del lado republicano. Esta equidistancia requiere poner a los republicanos del gobierno Negrín y a los comunistas al mismo nivel que los fascistas. Su anticomunismo -que satisface a las derechas conservadoras y a los socialistas largocaballeristas por igual- aparece constantemente en la obra, al atribuirles gran responsabilidad por el enorme sufrimiento.

La equivalencia del comunismo con el fascismo

Esta tesis de equidistancia y equivalencia entre fascismo y comunismo es una característica del pensamiento dominante hoy en España y en gran parte de Europa. Esta equidistancia es esencial para sostener la tesis central de esta obra teatral, que es la tesis de un humanismo pacifista muy atrayente, que denuncia la insensibilidad del poder –los gobiernos tanto fascistas como comunistas y/o republicanos- hacia la vida de los jóvenes a los que envía al frente y a la muerte. Es un mensaje poderoso, muy bien presentado, que moviliza al público que llena el teatro noche tras noche, aplaudiendo al final de pie.

La única vez que la obra se adentra en el contexto político de lo que está presentando, analizando la naturaleza del conflicto, es cuando aparece descrita la causa de dicho conflicto militar como el conflicto del Estado fascista en contra de Catalunya. Y aun cuando ello corresponde a una realidad, no existe ningún intento de explicar tal conflicto más allá del eje nacional, ya que nunca se hace referencia a que este conflicto era predominantemente (y a nivel de toda España) una clara lucha de clases entre la estructura de poder económica y política que había dominado siempre la vida del país por un lado, y las fuerzas representantes de las clases populares por el otro, las cuales, con sus reformas, afectaron los intereses de las clases pudientes, que apoyaron el golpe militar y el conflicto que se llama Guerra Civil. La República Española, ante el golpe militar, tenía el derecho de tomar las armas, y los errores que hubieran ocurrido en el campo militar no pueden borrar tal realidad y con ello hacernos ahora pacifistas. El Réquiem y el coro casi religioso del final, con el que la obra termina, presentan un acento humanista que, en voz de uno de los soldados, define todas las guerras –la Guerra Civil incluida- como inútiles, crueles y carentes de sentido, lo que parece negar tal derecho.

Los silencios y falsedades de las tesis centrales que se reproducen en la tergiversada historia de España y Catalunya, y en “In Memoriam”

Ni que decir tiene que la obra hace una buena labor en presentar los horrores de cualquier guerra en general y de la Guerra Civil en particular. Y presenta también información de la brutal represión que siguió a la victoria fascista, estableciendo una de las dictaduras más sangrientas que haya habido en el siglo XX, aunque podría haber añadido más datos, como por ejemplo (tal como ha documentado uno de los mayores conocedores del fascismo europeo, el profesor Malefakis de la Universidad de Columbia de Nueva York) que por cada asesinato político que hizo Mussolini, Franco hizo 10.000 (¡!). En la descripción de la represión, como hijo de maestros represaliados por el fascismo, me sorprendió agradablemente el reconocimiento que hace la obra de la represión contra los maestros republicanos (apenas conocida) que ocurrió durante la dictadura.

Ahora bien, el problema que tiene la obra es que en ninguna parte hay una explicación del porqué la Guerra Civil ocurrió. En su intento de responsabilizar a los dos bandos por la violencia en el frente, jamás cita qué significaban y representaban cada uno de los bandos. En tal mensaje se demoniza a la República y a su gobierno, el cual había sido responsable de algunos de los cambios más significativos que tuvieron lugar en España y en Catalunya en la primera mitad del siglo XX. La República, a pesar del poco tiempo que tuvo, instauró la escuela pública, la seguridad social, dos reformas agrarias, el divorcio, el voto femenino, reforzó a los sindicatos, y una larga lista de reformas, todas ellas medidas que estaban cambiando la correlación de fuerzas en España, incluyendo en Catalunya, y que causaron el golpe militar fascista. Es más, se estaba configurando una nueva visión de España, rompiendo con el Estado monárquico jacobino uninacional que había sido el mayor responsable del enrome retraso económico, político, social y cultural de España y de Catalunya.

Ni que decir tiene que hubo muchos errores, pero estos no pueden ocultar los grandes logros que se habían alcanzado para las clases populares de los distintos pueblos y naciones de España. Poner a los gobernantes republicanos en la misma categoría que los golpistas fascistas (que habían interrumpido aquel período democrático en defensa de sus intereses) es profundamente ofensivo para todos los participantes en aquellos eventos, incluyendo a los que dieron su vida en defensa de la República, entre ellos los miembros de la Quinta del Biberón. El hecho de que la Quinta del Biberón fuera derrotada no convierte su muerte en inútil. Y es criticable que los autores de la obra utilicen el enorme dolor y sacrificio de los combatientes para promover su mensaje pacifista humanitario, sin nunca explicar las consecuencias que habría tenido para la República abandonar las armas.

La supuesta atribución de alargar la guerra a la Unión Soviética y a su supuesto títere, el presidente Negrín

Este argumento, reproducido ad nauseam por las derechas en España, incluyendo en Catalunya, y también por algunas izquierdas anticomunistas, que atribuye el desastroso final de la República al supuesto dominio del Gobierno de Negrín por parte de la Unión Soviética, ha sido cuestionado extensamente en la historiografía actual, señalando su falta de veracidad. Durante la dictadura (1939-1978) y durante la democracia que se estableció como consecuencia de una transición inmodélica (debido al enorme dominio que las derechas herederas del fascismo tuvieron en el proceso de transición y en la democracia que le siguió) tal versión del fin de la República fue la dominante en amplios círculos del establishment político-mediático del país. Repito que la evidencia que se ha ido acumulando y que alcanza dimensiones considerables muestra, sin embargo, la enorme falsedad de este argumento.

La obra de teatro culpabiliza a Negrín de la política de continuar la resistencia (“resistir y resistir”), el mismo Negrín que la historiografía dominante hoy en España considera un mero instrumento de la Unión Soviética. Esta tesis se ha basado en una serie de supuestos cada uno de los cuales han sido mostrado como una falsedad por la evidencia que se ha ido produciendo (ver, entre otros, los libros del historiador –que no puede presentarse como filocomunista y/o filosoviético- Ángel Viñas El escudo de la República. El oro de España, la apuesta soviética y los hechos de mayo de 1937, publicado en 2010, y La República en guerra. Contra Franco, Hitler, Mussolini y la hostilidad borbónica, publicado en 2012, del mismo autor).

A la luz de esta evidencia, acusar a la Unión Soviética y a los comunistas de ser responsable de gran número de los males descritos en In Memoriam es injusto. Quisiera aquí aclarar, para protegerme de la mala leche y manipulación muy común en las tertulias y en la vida política española (incluyendo la catalana), que mis libros (y muy en particular mi libro crítico con la Unión Soviética y su evolución bajo Stalin –que escribí durante mi largo exilio-) estuvieron prohibidos en la Unión Soviética, siendo yo una persona declarada non grata por la URSS de Breznev. Tengo, pues, credenciales suficientes para no ser puesto en la categoría de prosoviético. Pero negar que la Unión Soviética jugó un papel determinante en la derrota del nazismo durante la II Guerra Mundial –como tuvo que reconocer Winston Churchill-, o que la Unión Soviética fue el único poder que ayudó a la República en su lucha contra el fascismo por motivos de solidaridad es, repito, injusto. Y esto último es lo que no reconoce In Memoriam. Pero lo peor no es la falsedad que comunica, sino los silencios que mantiene. En realidad, los silencios ensordecedores son también culpables. En ninguna parte aparece la enorme pasividad de las llamadas democracias en apoyo de la República Española. Aparecen Hitler y Mussolini en la obra, pero nunca aparecen los dirigentes de las democracias occidentales que negaron su apoyo a la República. Franco ganó debido a la ayuda que recibió de Hitler y Mussolini, y la República perdió por la falta de defensa recibida de las supuestas democracias. En realidad, la esperanza de Negrín era que la predecible II Guerra Mundial, provocada por la expansión del nazismo, forzaría a tales gobiernos, por fin, a defender a la República. Tal esperanza, compartida por la Unión Soviética, fue un error, como bien se mostró cuando la II Guerra Mundial se inició. Ahora bien, presentar este error como una inmoralidad me parece injusto. Es más, parte del deseo de resistir era retrasar la enorme matanza que se sabía que ocurriría, dando tiempo para que se salvaran tanto los bienes como las personas que garantizarían la continuidad de la República, una vez terminado el conflicto militar. Los intentos fallidos de rendición pactada que ya habían ocurrido habían mostrado el error de la alternativa, ahora promovida en In Memoriam.

Negrín no fue un títere de la URSS

En realidad, hubo desacuerdos entre Negrín y Stalin. Y como documenta, entre otros, Ángel Viñas, Negrín era plenamente consciente que el gobierno soviético también respondía a sus intereses geopolíticos en el diseño de su agenda. Pero no es justo minimizar que un componente importante de tal agenda fuera expresión de una muy necesaria solidaridad que la URSS dio y que las supuestas democracias occidentales, sin embargo, no dieron.

Ni que decir tiene que la Unión Soviética y el partido comunista cometieron actos sectarios (como el asesinato de Nin por el que Negrín protestó y que desaprobó, protegiendo a la dirección del POUM) y otras intervenciones denunciables. Pero ello, aunque diluye, no invalida el gran papel –más positivo que negativo- que tuvieron durante la Guerra Civil tanto la URSS como el Partido Comunista –PSUC en Catalunya-, partido este último que destacó claramente más tarde durante la dictadura fascista en la resistencia antifascista. Nada de ello aparece en la obra. Lo único que aparece críticamente es la actitud de los comisarios rusos y de los comunistas disciplinando a las tropas, haciendo la vida imposible a los soldados de la Quinta del Biberón.

El humanismo pacifista es también una posición política muy rentable de sostener en la España de hoy, en la que se vende el mensaje de que todos eran culpables

Que hubo errores militares, entre muchos otros, no hay duda. Pero utilizar estos errores para culpabilizar al gobierno de la República y al gobierno de la Generalitat (diciendo que enviaban soldados a la muerte sabiendo que no servía para nada) es profundamente erróneo, además de ser injusto y ofensivo para todos los que sufrieron y murieron defendiendo la República, incluyendo a los que lucharon en el frente del Ebro que incluyó, además de la Quinta del Biberón, otras fuerzas del Ejército Republicano y de las Brigadas Internacionales. Decir que la pérdida de sus vidas fue inútil, por no haber conseguido lo que deseaban (la libertad, la justicia y la democracia), al haber perdido la guerra, es absurdo. Bajo este criterio solo los vencedores pueden justificar su sacrificio.

El folleto de promoción de la obra termina con la frase “de que muchos de los combatientes de la quinta del biberón creyeron que luchaban por la libertad”, frase que casi aparece con un tono irónico a la vista del contenido de la obra de teatro, que transmite el mensaje de que, en realidad, su sacrificio no sirvió para nada. Perder una batalla o incluso una guerra, sin embargo, no es el fin de una causa. Y la lucha por la libertad, por la democracia y por la justicia social se ha ido construyendo a lo largo del siglo XX a base de la continuidad en las luchas para conseguirlas. El sacrificio de muchas personas ha inspirado a otras, que han continuado su lucha. Incluso hoy la bandera republicana aparece frecuentemente en las movilizaciones frente al Estado borbónico español. De ahí que las fuerzas que se oponen al cambio hayan hecho todo lo posible para que no se conozca el enorme sacrificio que hicieron nuestros antepasados. La desmemoria histórica que existe en España, incluyendo Catalunya, no es casual o inocente. Ha tenido un propósito: olvidar lo que fue la República.

Aunque esta no es su intención, In Memoriam niega a las víctimas el significado de su sacrificio. Me parece legítimo que se haga una crítica de una estrategia militar (la de resistencia) y de los errores que hubo en ella. Pero que se haga una crítica de esta estrategia, supuestamente errónea, utilizándola no solo para ignorar y ocultar lo que fue y representaba el gobierno republicano que estableció dicha estrategia (homologándolo al gobierno fascista) sino también para promover una postura “humanitaria pacifista”, me parece una manipulación que, por mucho que se esté haciendo hoy en los fórums intelectuales dominantes, debe ser denunciada por lo que fue: la aceptación y resignación sin más del terror fascista.

 

La ciudad que soñó el dictador Videla

3 julio, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Por: EL PAÍS 21 de mayo de 2014

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Andreu Merino Vives

Jorge Rafael Videla [en la foto, de EFE, en una imagen sin fechar] murió hace un año, el 17 de mayo de 2013, a los 87 años en una celda de la cárcel Marcos Paz, en la provincia de Buenos Aires. El dictador falleció por causas naturales mientras cumplía cadena perpetua por el asesinato de 31 presos en una cárcel de Córdoba en 1976, en plena dictadura.  Delante del Tribunal que acabaría condenándole, Videla reivindicó la Junta Militar que gobernó el país desde 1976 hasta 1983, así como cada uno de los crímenes cometidos por el estado en ese periodo. Más allá de los familiares de muertos y desaparecidos, Videla murió sin ofrecer disculpa alguna a los argentinos que sufrieron un cambio social radical que pretendía borrar el pasado y construir un futuro ligado al de la Junta Militar. Buen ejemplo de eso fue la nueva vida que empezó en el año 1979 para la ciudad de Federación, en la provincia de Entre Ríos.

“Mi hogar ya no existe”. “Mi pueblo está bajo el agua”. Son afirmaciones recurrentes de los habitantes de Federación. La mayoría de los federaenses no tienen la posibilidad de volver a la casa de su infancia, o al colegio donde estudiaron. En 1979, la construcción de la presa hidroeléctrica de Salto Grande sumergió su pueblo y les obligó a trasladarse a una nueva ciudad, construida desde cero. Actualmente esta historia queda escondida tras la gente ataviada con batas y chanclas que pasean por sus calles. El Parque Termal  municipal, inaugurado en 1994, es el principal pilar económico de la ciudad, y uno de los reclamos turísticos más destacados de la provincia. El agua siempre ha sido un elemento inseparable de la naturaleza de Federación.

La presa de Salto Grande aparece a unos 70 kilómetros de la ciudad. Está ubicada en el río Uruguay, compartido entre el país homónimo y Argentina. En 1938 ambos estados estudiaron de qué manera podrían aprovechar sus aguas y en 1946 crearon la Comisión Técnica de Salto Grande a través de un convenio binacional. En un principio la obra tenía que edificarse bajo el mandato de Juan Domingo Perón, pero la falta de ratificación del gobierno uruguayo, que no llegó hasta 1958, no lo hizo posible. Fue en 1962 cuándo se finalizó el proyecto. En 1974 se autorizó el inicio de la obra, y en 1979 se empezó la construcción del lago artificial que dejaría la mayor parte del territorio de Federación bajo el agua. Por esta razón, en 1973 la Comisión Técnica había acordado erigir una nueva ciudad para los federaenses.

La huella de la dictadura

El ayuntamiento de Federación quiso que el traslado desde el viejo emplazamiento a la nueva Federación fuese participativo e involucrara a los ciudadanos. En esta línea, se organizó un plebiscito popular en enero de 1974. Los federaenses eligieron entre tres posibles nuevas destinaciones, y se impuso por mayoría de votos la conocida como La Virgen-Federación, actual terreno dónde se ubica el municipio.

El trabajo para construir la nueva ciudad comenzó entonces, pero quedó interrumpido a partir del 24 de marzo de 1976. Ese día, un grupo de militares liderados por el teniente general Jorge Rafael Videla detuvo a la presidenta Isabel de Perón y estableció la Junta Militar, presidida por el mismo Videla, comunicando a los argentinos a través de la televisión y la radio que desde entonces el país quedaba bajo control del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas. Empezaba lo que el ejército denominó Proceso de Reorganización Nacional. La dictadura que duraría hasta 1983.

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Capilla del viejo emplazamiento.

En lo que afecta a la ciudad de Federación, en primer lugar la Junta Militar no garantizó la construcción de la ciudad, lo cual provocó una reacción inmediata de los federaenses. Silvana Miller era sólo una niña de seis años en 1979, pero recuerda perfectamente la incertidumbre que provocó la falta de implicación de la dictadura: “La gente se reunía en la plaza o delante de la Iglesia para debatir sobre cómo conseguir la edificación de la nueva ciudad”. Por su parte, Dina Burna, actual responsable del grupo de trabajo de la Biblioteca Popular Rivadavia, considera clave la lucha de los ciudadanos para conseguir que el nuevo emplazamiento fuese una realidad: “La comisión que representó nuestros intereses en Buenos Aires fue vital”. Se trata de una comisión de federaenses que en septiembre de 1976 emprendió un viaje a la capital para hacer recapacitar a la dictadura en su intención de no construir un nuevo emplazamiento para la ciudad. Finalmente, el 25 día de ese mismo mes, los militares cedieron: la nueva Federación se iba a construir.

Pero no es oro todo lo que reluce. A partir de entonces el proyecto de la ciudad quedó inmerso en la falta de transparencia. Argumentando la falta de trabajo del anterior gobierno, y aprovechando que este no había comunicado prácticamente nada a la población, la Junta Militar hizo el proyecto a su medida. Carlos Mazurier, ahora trabajador de la Comisión Administradora para el Fondo Especial de Salto Grande (CAFESG), entidad gestora de los excedentes económicos que genera la represa, considera que la dictadura estafó a los federaenses: “La junta militar solo respetó la ubicación, pero no el modelo de ciudad”, cuenta Mazurier.

En la misma línea se manifiesta Carlos Pinselli, uno de los arquitectos que trabajó en el proyecto del nuevo emplazamiento. Según Pinselli la ciudad se urbanizó según criterios militares y sin respetar el proyecto original. “Se eliminaron todos los sitios dónde la gente pudiera reunirse, como las plazas o un centro cultural que había proyectado”, afirma el arquitecto. “Hasta se eliminaron unos puentes que comunicaban las veredas porque según los milicos podían provocar libertinaje”, añade.

Pese a todo, no es raro encontrarse con federaenses que a día de hoy aún consideran que Jorge Rafael Videla fue el gran artífice de la edificación de la nueva ciudad. La justicia que suponía construir una nueva ciudad para los vecinos fue visto para muchos como un gesto de gracia del dictador hacia el pueblo. A día de hoy, Federación aún continúa dividida entre los que otorgan todo el mérito de la construcción del nuevo emplazamiento a la lucha ciudadana y aquellos que afirman que “gracias a Videla tenemos ciudad”.

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Jorge Rafael Videla saluda a Augusto Pinochet en Puerto Montt (Chile) en 1978. / Getty

La dictadura sabía perfectamente que la construcción de la ciudad era una oportunidad única para colgarse medallas. De hecho, en un primer momento estaba previsto que el inicio del traslado al nuevo emplazamiento se celebrara el 24 de marzo de 1979, coincidiendo con el aniversario del golpe militar. Pero las condiciones meteorológicas lo impidieron, dejando la celebración del evento para el día 25. El mismo Videla presidió el acto, acompañado de las autoridades municipales.

La inauguración de la ciudad ponía fin a un traslado compulsivo, del que aún hoy los federaenses guardan un vivo recuerdo. Instantes después de abandonar sus casas para siempre, muchos vieron como las topadoras empezaban a destruirlas. Otros, como Gustavo Combis, prefirieron no verlo. Combis, que en 1979 tenía 17 años se fue de la ciudad antes de que empezara la demolición y volvió al cabo de 45 días, cuándo ya había nacido la nueva Federación. “No quise ver cómo acababan con todo”, sentencia. En Federación se distingue la forma que tuvieron de tomarse el traslado los vecinos en función de su edad. Graciela Racedo, actual responsable de la Secretaría de Turismo, era una joven de 14 años entonces: “Tenía muchas sensaciones nuevas, muchas expectativas”, aunque reconoce que mucha gente mayor “murió de tristeza”.

Alguien puede pensar que la expresión corresponde más bien a un recurso poético que a una realidad palpable, pero nada más lejos de la realidad. Pocas cuestiones suscitan tanto consenso entre los federaenses como el sufrimiento que el traslado de 1979 supuso a sus mayores. Rubén Darío Tallarico, vecino de Federación, hace una comparación muy ilustrativa: “Del mismo modo que un árbol viejo muere cuándo lo intentas trasplantar, los federaenses de más edad no soportaron el cambio de entorno”. “Es un precio muy alto tener que sacrificar personas en nombre del progreso”, concluye Ofelia Bordón, actual encargada del Hogar de Ancianos de la ciudad.

Los primeros días

La junta militar inauguró una ciudad dónde no había nada. Cuándo los federaenses recuerdan la primera imagen que conservan de la nueva Federación, la inmensa mayoría coincide en señalar que “no había un solo árbol, ni siquiera un poco de hierba”. De hecho, en Federación no se vio un árbol hasta medio año después de la inauguración de la ciudad, concretamente el 16 de setiembre de 1979.

Más allá del entorno natural, la distribución de los vecinos en sus nuevas casas también marcó la nueva idiosincrasia de Federación. Se les asignaron diferentes tipos de viviendas en relación al dinero que cada uno pudiera pagar por ella, y aunque años más tarde las casas pasarían a ser únicamente suyas, en un principio los federaenses se tuvieron que hipotecar. Todas tenían, o tendrían al cabo de poco, lo necesario para habitarlas (por ejemplo, cocinas eléctricas). Los gobernantes prometieron que la ciudad pagaría la electricidad más barata del país como recompensa al sacrificio que había supuesto el traslado. Una promesa que a día de hoy sigue sin haberse cumplido. Además, había un problema añadido: todas las casas eran iguales.

Dina Burna cuenta que al principio los vecinos no identificaban las viviendas y se equivocaban sistemáticamente. Eran iguales por fuera y también por dentro: “Tratabas de buscar que cada rincón de la casa tuviera algo de vos”, comenta Burna. Cecilia Moretti, entonces una niña de 6 años, recuerda que “la gente ponía algún elemento delante, como una silla o una maceta, para identificarlas y los niños los cambiábamos de sitio para gastarles bromas”.

Sin embargo, para Favio Castro, 44 años, esa igualdad urbanística trasciende el nivel de anécdota para convertirse en una herramienta que borró la identidad: “Destruyeron todo lo que nos identificaba, obligándonos a aceptar algo nuevo como si fuese la única solución”.

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Antigua iglesia de Federación, último edificio que se mantuvo en pie de la zona derrumbada.

Treinta y cinco años después, una de las divisiones de opinión presentes entre los federaenses es señalar cuál es su hogar. Para algunos ya no existe y para otros la Federación actual ya no es la “nueva”, sino su casa.  Muchos federaenses consideran que el Parque Termal significó el resurgir del pueblo y que todo el sufrimiento vivido hasta entonces quedó compensado por el nuevo referente económico de la ciudad.

Pero también los hay que creen que el progreso económico presente y la evolución de la ciudad no pueden sustituir el pasado que quedó inundado en 1979. “Aquí continuamos nuestras vidas, pero mi pueblo murió” considera Gustavo Combis. Por otra parte, Favio Castro también considera insuficiente el proceso de memoria histórica de Federación: “A los que han olvidado su pasado a cambio de una casa bonita, yo les diría que es un error ser únicamente lo que posees”.

A día de hoy, Federación no dispone de ninguna infraestructura pública que almacene todos los documentos históricos del traslado, ni de los primeros años en la nueva ciudad, o de los últimos en la vieja. La Biblioteca Popular Rivadavia está luchando para construir un archivo histórico, pero de momento chocan con la negativa de la municipalidad: “La negativa se debe a las prioridades de los gobernantes”, afirma Gustavo Combis, uno de los responsables del proyecto de la biblioteca.

Sin duda, la edificación del archivo sería un primer paso hacia la recuperación de la memoria en Federación. Pero aún quedan muchos más pasos por avanzar. Si hoy mismo alguien se pasea por la parte del viejo emplazamiento que no quedó inundada solo podrá ver ruinas del antiguo hospital, del antiguo hogar de ancianos y de otras edificaciones que han quedado en manos del tiempo y el olvido.

Andreu Merino Vives (Barcelona, 1989) es periodista.

Canallas que persiguen a canallas

1 julio, 2018

Fuente: http://www.blogs.elpais.com

Por: Manuel Morales 15 de mayo de 2014

Yampolsky

Reunión de escritores soviéticos en Dubulti (Letonia), en agosto de 1965. Yampolski está en la fila central (cuarto por la izquierda). El primero por la derecha en esa misma fila es Konstantínovski, con gorra blanca. / ARCHIVO PERSONAL DE YURI FIDLER

“Me siento como en un réquiem encargado para mí mismo”. Quien escribió con semejante amargura fue el autor ruso de origen judío Borís Yampolski (1912-1972), que contó lo que contemplaba en las reuniones que la Unión de Escritores de la URSS celebró a finales de los años cuarenta y a las que él, como otros muchos, acudía invitado. Eran unas citas en las que, como en un proceso kafkiano, los jerarcas de las letras podían ensalzar a un novelista, con los consiguientes beneficios materiales, como un piso, o señalar a un poeta para convertirlo en un olvidado y que sus obras no se difundieran.

Durante años, Yampolski reunió apuntes, retazos de aquellos cónclaves en un manuscrito inacabado llamado Asistencia obligada, que confió poco antes de morir de cáncer a su amigo, el también escritor Ilyá Konstantínovski (1913-1995). Este añadió a las notas de Yampolski sus impresiones para dar forma a un libro que no vio la luz en la Unión Soviética hasta 1990 y que ahora, por primera vez, se ha publicado en España (Ediciones del Subsuelo).

“La Unión de Escritores de la URSS era un gremio al servicio de una causa e impartía directrices sobre la misión que debía tener la literatura”, explica el prologuista y traductor de la versión española, Enrique Fernández Vernet. “El objetivo era difundir los valores que inspiraron la revolución socialista”. Yampolski recogió, “con un estilo descriptivo, de muchas anécdotas y metáforas”, lo que veía en aquellos encuentros de ambiente asfixiante, “en los que permanecía agazapado en la última fila”.

El novelista recurre en ocasiones a la animalización de los asistentes, “como si fuera una fábula”, dice Fernández Vernet, porque los hombres dejaban de ser hombres y se comportaban como animales: “Reuniones de gallinas, de ciempiés, de mariquitas, reuniones de pulgones”. El prologuista destaca “las cualidades literarias de Yampolski”. Un ejemplo son las descripciones de lo que observaba en la sala: “Un ovillo de figuras humanas, de calvas, cabelleras, narices largas, de rostros dentudos […] diminutos y esmirriados, como peras en compota, larvas apergaminadas, como moscas adheridas a tiras engomadas, carirredondos y de rojos carrillos”.

Nacido en la actual Ucrania, Yampolski fue un escritor precoz que con 15 años dejó su pueblo para ser periodista y con apenas 20 publicó sus primeros ensayos. Durante la Segunda Guerra Mundial fue enviado especial del periódico militar Estrella Roja y, después, del oficial Izvestia. Contó la guerra y combatió.

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Retrato de Yampolski. / ARCHIVO PERSONAL DE YURI FIDLER

Tras el conflicto, sus muestras de desencanto hacia el estalinismo, aunque no llegasen al enfrentamiento con el régimen, bastaron para su caída en desgracia. “No se puede decir que fuera perseguido pero dejaron de publicarse sus obras”, señala Fernández Vernet.

La puntilla llegó en 1968, cuando el partido lo amonestó por su defensa del denigrado novelista Andrei Platónov, cuyas obras seguían sin editarse a pesar de que llevaba más de tres lustros bajo tierra. Yampolski escribió un alegato, leído en una velada de escritores y filtrado después a las autoridades, que fue considerado “calumnioso e ideológicamente nocivo”. Yampolski escribe cada vez más “para el cajón”, sus libros ni se censuran, sencillamente no interesan. Harto del clima de persecuciones a grandes figuras, escribirá: “Y nuevos canallas hostigan abiertamente a otros canallas que en su día habían perseguido a personas íntegras”.

Sus últimos años son los de un hombre enfermo “que sentía amargura por lo injusto de la vida”. Fernández Vernet cuenta que hubo días que al acabar su tarea de traducción del original sentía “la tristeza de la vida de Yampolski, muy quemado porque había visto que no se reconocía a los mejores escritores, sino a los que medraban por su relación con las autoridades. Ni siquiera tuvo la resonancia de los grandes disidentes, como su amigo Vasili Grossman, o Solzhenitsyn”. En la edición de este libro se incluye precisamente Último encuentro con Vasili Grossman, texto de Yampolski de 1969 que no se publicó hasta 1976 y en el que cuenta una visita al célebre autor de Vida y destino y su entierro, rodeado de algunas plañideras que en vida le habían traicionado.

Asistencia obligada contiene también un útil “índice de autores rusos y soviéticos” de los siglos XIX y XX. Desde Isaac Bábel, víctima de la purga estalinista; el perseguido Mijaíl Bulgákov, el marginado Borís Pasternak y, en el otro lado, vates como Anatoli Sofrónov, antisemita, estalinista y autor de un sonrojante Himno al látigo.

Carta de Gandhi a Adolf Hitler

25 junio, 2018

Fuente: http://www.historiasdelahistoria.com


Una de las múltiples frases de Mahatma Gandhi en su política de no violencia fue…

Los hombres se encuentran ante una encrucijada: tienen que elegir entre la ley de la jungla y la ley de la humanidad.

Temiendo lo que en Alemania se estaba gestando, y ante la insistencia de sus amigos, le envió una carta a Hitler el 23 de julio 1939…

Querido amigo,

Amigos me han estado insistiendo en dirigirme a usted por el bien de la humanidad. Pero me he resistido a su petición, debido a la sensación de que cualquier carta mía podría ser una impertinencia. Algo me dice que no debo ser tan calculador y que debo hacer mi petición porque en cualquier caso merecerá la pena.

Está claro que usted es hoy la única persona en el mundo que puede evitar una guerra que podría reducir a la humanidad al estado salvaje. ¿Estará dispuesto a pagar ese precio por un propósito cualquiera por muy digno que le parezca? ¿Escuchará la llamada de quien ha evitado deliberadamente el método de la guerra no sin considerable éxito? De cualquier manera espero su perdón, si he cometido un error al dirigirme a usted.

A su disposición.
Su sincero amigo.

 

Millán Astray: el hombre que luchó por una España fascista

22 junio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

¿Fue José Millán Astray un golpista? ¿Participó en el golpe de Estado y en la guerra que acabó con la democracia republicana? ¿Era o no un fascista? Todas estas y otras preguntas han vuelto al primer plano de la actualidad esta semana, como consecuencia del blanqueamiento de la figura del polémico militar que están intentando llevar a cabo diversas asociaciones de exlegionarios y grupos ultraderechistas. El pasado martes la llamada Plataforma Patriótica Millán Astray amenazaba a Alejandro Amenábar. El director de cine está rodando una película sobre Miguel de Unamuno en la que se recreará su tristemente célebre encontronazo con el fundador de la Legión y los miembros de esta plataforma quieren que el episodio se narre no como ocurrió, sino como ellos dicen que ocurrió.  Solo 48 horas después de producirse estas amenazas, un juzgado madrileño anulaba la decisión del Ayuntamiento de Madrid de retirar del callejero el nombre de Millán Astray.  En su sentencia el juez afirmaba, entre otras cosas, que no existen pruebas suficientes de que el protagonista “participara en la sublevación militar, ni tuviera participación alguna en las acciones bélicas durante la Guerra Civil, ni en la represión de la Dictadura”. El tribunal hacía suyo, por tanto, el argumento de las asociaciones de exlegionarios que han insistido, una y otra vez, en que su ídolo “no era franquista”.

Si Millán Astray fue o no un héroe es un hecho subjetivo y, por tanto, discutible. Hoy en día hay miles de europeos que idolatran a Hitler, un importante porcentaje de camboyanos consideran que Pol Pot fue el mayor patriota de su historia y no pocos comunistas en todo el planeta consideran admirable el “reinado” de Josef Stalin. Cuestionar, sin embargo, que el fundador de la Legión fue fascista, fue franquista y participó activamente en la guerra que acabó con la República no es solo atentar contra la verdad, sino que supone cuestionar lo que el propio militar dejó escrito en infinidad de ocasiones.

El novio de la muerte

Aunque la carrera militar de José Millán Astray tomó su primer impulso en la guerra de Filipinas, su consagración llegó en Marruecos con la fundación en 1920 de la Legión: “Germinó en mí la idea de crear un Cuerpo voluntario, análogo al de otros ejércitos, —confesaba el entonces coronel en 1925 al suplemento Blanco y Negro del diario ABC— para lo que fui a Argelia con objeto de estudiar la Legión francesa”. El periodista reflejó en su crónica cómo el entrevistado “exáltase al hablar de los legionarios y de Franco, su jefe…”. Así era; ya en aquel temprano momento Millán Astray admiraba al futuro dictador y se enorgullecía de estar a sus órdenes en Marruecos.

Siguiendo el modelo francés, el Tercio se convirtió en el baluarte de un ejército colonial inmerso en una guerra salvaje contra los rebeldes rifeños. Una guerra en la que las tropas españolas cortaban cabezas para exhibirlas como trofeos y en la que utilizaron contra la población civil armas químicas como la clorociprina o el gas mostaza. Una guerra en la que el espíritu de sus legionarios se resume en este extracto del libro Diario de una bandera, escrito por el mismísimo Francisco Franco: “El pequeño Charlot, cornetín de órdenes, trae una oreja de un moro, “lo he matado yo”, dice enseñándola a los compañeros. Al pasar un barranco vio un moro escondido entre unas peñas y encarándole la carabina, le subió al camino junto a las tropas; el moro le suplicaba: ¡Paisa no matar, paisa no matar!

– ¿No matar?, ¡eh!, marchar a sentar en esta piedra, y apuntándole descarga sobre él su carabina y le corta la oreja que sube como trofeo. No es ésta la primera hazaña del joven legionario”. El prologuista de esta obra era un fiel admirador de Franco llamado José Millán Astray.

El golpe de Estado, la guerra y Unamuno

Millán Astray no se encontraba en España cuando se produjo la sublevación militar contra la democracia republicana, pero se sumó inmediatamente a ella y jugó un papel fundamental en la misma. Si Goebbels fue el hombre que construyó una imagen cuasi divina de Adolf Hitler, Millán Astray trató de hacer lo propio, aunque con poco éxito, con Francisco Franco. Pocos días después de iniciarse la rebelión, se instaló en el palacio de Yanduri de Sevilla junto al “Generalísimo”. Allí comenzó a difundir las grandezas de los golpistas y de su máximo líder. Franco debió quedar encantado con sus alabanzas porque acabó nombrándole responsable de la Oficina de Prensa y Propaganda que estableció en Salamanca. Según atestiguaron diversos corresponsales extranjeros, allí Millán Astray los llamaba con un silbato y los hacía formar para comunicarles las “noticias” que llegaban desde el frente. Modales aparte, uno de sus grandes logros fue crear Radio Nacional de España como principal herramienta de propaganda de la media España que ya controlaban sus tropas.

Fue en esta época, el 12 de octubre de 1936, cuando se produjo el choque dialéctico con Miguel de Unamuno en un acto celebrado en la Universidad de Salamanca. Recientemente, un supuesto historiador ha negado que Millán Astray respondiera con un “¡Viva la muerte!” y “Muera la inteligencia” al “Venceréis, pero no convenceréis” que proclamó el intelectual. Basándose en fuentes de parte e ignorando las pruebas documentales y el testimonio del propio Unamuno, este “investigador” minimiza el incidente hasta el punto de aseverar que fue “un acto brutalmente banal, donde se dieron cuatro voces y se despidieron a la salida”. Este nuevo trabajo revisionista orientado a blanquear el franquismo fue divulgado, entre otros muchos medios,  por el diario El País como si de una verdad absoluta se tratara, sin pasarlo por el más mínimo tamiz histórico-científico. El propio periódico tuvo que rectificar 24 horas más tarde y, unos días después, publicó la argumentada y documentada réplica de dos de las personas que más han investigado la figura del inmortal escritor. Colette y Jean-Claude Rabaté desmontaron la tesis revisionista en solo doce párrafos. Además de recordar que el propio Unamuno dejó constancia de lo sucedido en varios escritos, aportaban los datos que demuestran que su enfrentamiento con Millán Astray no fue precisamente banal: “De serlo, ¿por qué el mismo lunes 12 de octubre por la tarde, unos socios del casino de Salamanca lo echaron a la calle, convirtiéndolo en un paria, un «rojo» peligroso? ¿Por qué al día siguiente el Ayuntamiento votó por unanimidad la exclusión de Unamuno (…)? ¿Por qué el líder falangista de Salamanca, Francisco Bravo Martínez, informó al hijo mayor de Unamuno de la posibilidad de «algún incidente desagradable» (…)?¿Por qué se reunió el claustro de la Universidad de Salamanca y «retiró por unanimidad la confianza a su actual Rector», precisando que la Universidad debía «expresar claramente su colaboración y adhesión al Glorioso Movimiento Nacional?» De serlo, ¿por qué el general Franco, firmó el 23 de octubre el cese de Unamuno en el cargo de Rector?”. Demasiadas y muy graves consecuencias para un incidente “banal”.

Fascista admirador de Hitler, Mussolini y Franco

Mientras todo esto ocurría en Salamanca, en el frente de batalla la Legión fundada por Millán Astray importaba a la Península el despiadado estilo de combate africanista. Saqueos, torturas, amputaciones, asesinatos en masa y violaciones de mujeres que eran alentadas por sus mandos, tal y como quedó registrado en uno de los escalofriantes discursos que el general Queipo de Llano pronunciaba desde Radio Sevilla: “Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad. Y de paso también a sus mujeres. Esto está totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen”.

Millán Astray siempre expresó una admiración infinita por Franco y por sus métodos represivos. Una admiración que solo era comparable a la que sentía por otros dos líderes europeos: Hitler y Mussolini. El fundador de la Legión también exhibió con orgullo su ideología fascista, su apoyo al “Generalísimo” en la guerra y su deseo de que en nuestro país triunfara el fascismo. Nadie mejor que él para resumir su pensamiento:

“La civilización occidental sufre, pero ya se siente arrepentida. Vive ahora dentro de la expiación de un purgatorio, elevando sus ojos hacia el Duce, que cada día se va convirtiendo en símbolo, en puro mito, y asciende su mirada hacia Hitler, que como un vikingo rubio, sostiene férreamente las bóvedas del orden nuevo y contempla ilusionada al caudillo Franco. Porque los tres caudillos juntos son quienes representan hoy la voluntad y la verdad de Dios”.

“Pleno de emoción, escribo estas líneas, sintiéndome orgulloso de ser español y de ser un soldado que está a las órdenes de Franco”.

“Franco es enviado de Dios como conductor para liberación y engrandecimiento de España (…). Su inteligencia es clarísima, su juicio exacto y atinado, su valor personal es representativo de la bravura ante el peligro y ante las situaciones que exigen determinación, sea mediata o inmediata; no vacila y acierta siempre, su cultura técnico-profesional es completa”.

“España pronto tendrá una victoria y será una merecida victoria fascista. Fascismo, nacionalismo y falangismo son en el fondo la misma cosa”.

“En las tierras yermas, convertidas en vergel por el esfuerzo titánico del teutón, también por el dedo surgió Hitler, el Führer. Rompe las cadenas que querían aprisionar a un pueblo guerrero desde que nació. Reúne también en apretado haz a los alemanes, que son todos soldados ante el altar de la Patria y el grito de la Independencia. Y comienza la gran batalla. Y Alemania, colocada en el corazón de Europa, se convierte en colosal fortaleza inabordable”.

“España, cual Italia, cual Alemania, por ser un pueblo con hombres con todas las condiciones de los hombres, con cuerpo duro y alma pura, busca entre ellos mismos su Führer y su Duce, y encuentran aquel joven gallego que nació al pie de las montañas, desafiando las furiosas olas del atlántico. Y al contemplar su historia, al ver su fortaleza, al mirar a sus ojos claros y limpios, le dice en clamor unánime: «Tú eres el caudillo. nosotros, detrás, y tú nos alineas. ¡Llévanos a la batalla, conducidos por tu genio guerrero, por tu energía, por tu acierto, por tu fortuna! ¡Echemos de nuestro suelo al enemigo! ¡Formemos también nuestro Ejército español, y tú, puesto al frente, levantarás tu espada victoriosa, mirando a oriente, y saludarás al Duce al Führer ya que tú eres el caudillo!»”.

Después de leer estos ejemplos y de analizar su intensa vida, lo único que cabría preguntarse es si el propio José Millán Astray avalaría a aquellos que en estos días tratan de dulcificar su figura, presentándole como un simple militar sin vinculaciones ideológicas y emocionales con el que fue su gran trío de héroes: Franco, Hitler y Mussolini.

14 de abril: la Segunda República vista desde la lengua de una mariposa

20 mayo, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Una vez recogidos los animales y cerrada la puerta de casa, el padre se sentaba a liarse un cigarrillo junto a la chimenea, la madre cosía con la tenue luz de las brasas dejándose la vista en no perder el hijo y el hijo pequeño sacaba de la cómoda el libro que les había correspondido, se sentaba junto al fuego y comenzaba a leerles una historia a sus padres. La imagen resulta inusual, pero fue muy real en miles de pueblos españoles en los que los cambios de la Segunda República, su esfuerzo en alfabetizar el país construyó ese momento histórico en el que los hijos de jornaleros analfabetos pudieron recibir instrucción pública y, una vez que sabían leer, acceder a alguno de los 600.000 libros que las misiones pedagógicas distribuyeron por más de 5.000 pueblos, donde apenas unos pocos señoritos eran propietarios de libros que no fueran la biblia.

La imagen de esos hijos contándoles cuentos a sus padres forma parte de la historia de uno de los proyectos pedagógicos más hermosos que se han desarrollado en la historia de la humanidad. Explica milimétricamente, además, lo que fueron los proyectos de transformación social de la Segunda República y todo el esfuerzo educativo que llevó a cabo para luego caer en ese agujero de la historia al que el fascismo arrastró a este país que estuvo durante casi veinte años de la dictadura sin construir un solo centro de enseñanza.

Cultura para escapar del hambre, para adquirir ciudadanía, para conocer los derechos, para igualarse con los que pontificaban desde los púlpitos y los cortijos de los latifundios. Había tardado en llegar el siglo de las luces, pero cuando el trabajo de la Institución Libre de Enseñanza se convirtió en guía de la política educativa, España inició un periodo de profunda transformación social, construida desde las urnas y el deseo de abandonar el atraso secular con el que los grandes estamentos españoles habían condenado a la ciudadanía.

De pronto el Estado, ese instrumento que regulaba de forma amañada los grandes intereses, extendió su radio de acción, se volvió inclusivo, señaló como ciudadanas a millones de personas que hasta entonces eran insignificantes para las autoridades.

La Segunda República nació de forma pacífica, desde las urnas, pasando por los ayuntamientos y por el convencimiento mayoritario de que la monarquía era el principal impedimento para modernizar la sociedad. Mujeres llamadas a votar, cientos de miles de personas analfabetas que dejaban de serlo, remodelación de un Estado que hasta entonces estaba al servicio de la iglesia católica y de los latifundistas; redacción de la primera Constitución en el mundo que admitió como propio el derecho humanitario elaborado por la sociedad internacional hasta la época.

Fue un momento hermoso sobre el que la dictadura echó toneladas y toneladas de difamaciones, de falsificaciones, de generalizaciones, repitiendo y repitiendo el relato de la violencia, los conflictos sociales, los brotes revolucionarios, para justificar la necesidad del fascismo, de filonazismo, de una mano dura que pusiera orden.

Escondieron y sepultaron a los hombres y mujeres que llegaban a los pueblos más recónditos con bibliotecas portátiles, con gramófonos, llevando la cultura a toda la ciudadanía como un derecho, sacando el poder de la enseñanza de las sacristías, de los casinos de los propietarios, de las instituciones constituidas por y para privilegiados.

Contaba un octogenario Agustín Aragón, en el año 2002, al pie de una fosa común en la localidad burgalesa de Caleruega que en los años de la república él era pastor y había sido alcalde de su pueblo, Espinosa de Cervera. Lo explicaba entre bocanada y bocanada del oxígeno de la bombona. “Eso fue la República, que un pastor como yo podía ser alcalde”.

Los años de la Segunda República concentraron el deseo de generaciones y generaciones de desposeídos, de iletrados, de descalzos, de olvidados, de personas cuya existencia estaba destinada a servir a señoritos, a trabajar para señoritos, a dejar su destino en manos de señoritos.

La metáfora más hermosa para explicar el significado de lo que fue la Segunda República está escondida en los pliegues de La lengua de las mariposas, la película de José Luis Cuerda basada en el relato del escritor gallego Manuel Rivas. En ella hay una escena en la que el maestro republicano, cumpliendo el rito de la Institución Libre de Enseñanza de mantener el contacto del alumnado con la naturaleza, sale a pasear con ellos a observar las plantas, las aves, los insectos.

Hay un momento en que una mariposa se posa sobre una flor y entonces uno de los alumnos pregunta cómo consigue mariposa introducir su lengua en la flor para libar el néctar. Y el maestro para que lo entiendan todos, les pone un ejemplo extraído de la propia vida de los niños. Le explica que cuando está en casa y quiere tomar azúcar a escondidas, una vez que se asegura de que no hay nadie en la cocina, acerca una silla a la pared de la estantería se sube a ella en busca del bote del azúcar, lo coge, le quita la tapa y cuando ya lo tiene al alcance de la mano se chupa la punta de un dedo y pone el dedo sobre el azúcar. En ese momento, le explica el maestro, cuando el dedo está en contacto con el azúcar el niño ya está sintiendo el dulzor que tardará unos segundos en estallarle en la boca.  La Segunda República fue para millones de personas, después de decenas y decenas de generaciones, su primera oportunidad para poner un dedo sobre el azúcar de la historia.

Los miles de libros que las personas que formaban parte de las Misiones Pedagógicas repartieron a lo largo y ancho del país, eran el manual de instrucciones de una sociedad que llevaba siglos siendo esperada. El valor ético de los hombres y mujeres que llevaron a cabo ese esfuerzo es un patrimonio sin el que será posible reconstruir el civismo ético y el compromiso necesario para volver a poner el bote de azúcar de la historia al alcance de las manos de quienes necesitan de la decencia democrática para dejar de sufrir.

 

La Segunda República: de la fiesta popular al golpe de Estado

3 mayo, 2018

Fuente: http://www.blogs.elpais.com

Por: Julián Casanova 14 de abril de 2014

SigloXX.14

“Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo”, dejó escrito el rey Alfonso XIII en la nota con la que se despedía de los españoles, antes de abandonar el Palacio Real la noche del martes 14 de abril de 1931. Cuando llegó a París, comienzo de su exilio, Alfonso XIII declaró que la República era “una tormenta que pasará rápidamente”. Tardó en pasar más de lo que él pensaba, o deseaba. Más de cinco años duró esa República en paz, antes de que una sublevación militar y una guerra la destruyeran por las armas.

La República llegó con celebraciones populares en la calle, mucha retórica y un ambiente festivo donde se combinaban esperanzas revolucionarias con deseos de reforma. La multitud se echó a la calle cantando el Himno de Riego y La Marsellesa. Allí había obreros, estudiantes, profesionales. La clase media “se lanzaba hacia la República” ante la “desorientación de los elementos conservadores”, escribió unos años después José María Gil Robles. Y la escena se repitió en todas las grandes y pequeñas ciudades, como puede comprobarse en la prensa, en las fotografías de la época, en los numerosos testimonios de contemporáneos que quisieron dejar constancia de aquel gran cambio que parecía tener algo de magia, llegando de forma pacífica, sin sangre.

A la República la recibieron unos con fiesta y otros de luto. La Iglesia católica, por ejemplo, vivió su llegada como una auténtica desgracia. Con luto, rezos y pesimismo reaccionaron, efectivamente, la mayoría de los católicos, clérigos y obispos ante esa República celebrada por el pueblo en las calles. Y era lógico que así lo hicieran. Como lógico era también que mostraran su desconcierto y estupor todos esos terratenientes ennoblecidos y muchos industriales y financieros con título nobiliario, que perdieron de golpe al rey, su fiel protector, al que muchos de ellos abandonaron en las últimas semanas de su reinado.

El gobierno provisional lo presidía Niceto Alcalá Zamora, ex monárquico, católico y hombre de orden, una pieza clave para mantener el posible y necesario apoyo al nuevo régimen de los republicanos más moderados. Sus ministros, republicanos de todos los colores y tres socialistas, representaban a las clases medias profesionales, a la pequeña burguesía y a la clase obrera militante o simpatizante de las ideas socialistas. Ninguno de ellos, salvo Alcalá Zamora, había desempeñado un alto cargo político con la Monarquía, aunque no eran jóvenes inexpertos, la mayoría rondaba los cincuenta años, y llevaban mucho tiempo en la lucha política, al frente de partidos republicanos y organizaciones socialistas. Tampoco era, frente lo que se ha dicho a menudo, un gobierno de intelectuales. Salvo Manuel Azaña, presente en el gobierno como dirigente de un partido republicano, no estaban allí esos intelectuales que tanto habían contribuido con sus discursos y escritos a darle la estocada a la Monarquía durante 1930. Ni Unamuno, ni Ortega, ni Pérez de Ayala o Marañón. Estos últimos desaparecieron muy pronto además de la vida pública o acabaron incluso distanciados del régimen republicano.

Lo que hizo ese gobierno en las primeras semanas, todavía con la resaca de la fiesta popular, fue legislar a golpe de decreto. Difícil es imaginar, efectivamente, un gobierno con más planes de reformas políticas y sociales. Antes de la inauguración de las Cortes Constituyentes, el gobierno provisional de la República puso en práctica una Ley de Reforma Militar, obra de Manuel Azaña, y una serie de decretos básicos de Francisco Largo Caballero, ministro de Trabajo, que tenían como objetivo modificar radicalmente las relaciones laborales. Tal proyecto reformista encarnaba, en conjunto, la fe en el progreso y en una transformación política y social que barrería la estructura caciquil y el poder de las instituciones militar y eclesiástica.

El camino marcado por el gobierno provisional pasaba por convocar elecciones a Cortes y dotar a la República de una Constitución. “Una República democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de libertad y justicia”, proclamaba el artículo primero de su Constitución, aprobada el 9 de diciembre de 1931, tan solo siete meses después de que cayera la Monarquía de Alfonso XIII.

Esa Constitución, que decía que la República era “un Estado integral, compatible con la autonomía de los Municipios y de las Regiones”, declaraba también la no confesionalidad del Estado, eliminaba la financiación estatal del clero e introducía el matrimonio civil y el divorcio. Su artículo 36, tras acalorados debates, otorgó el voto a las mujeres, algo que sólo estaban haciendo en esos años los parlamentos democráticos de las naciones más avanzadas.

Constitución, elecciones libres, sufragio universal masculino y femenino, gobiernos responsables ante los parlamentos. En eso consistía la democracia entonces. No era fácil conseguirla y menos consolidarla, porque todas las repúblicas europeas que nacieron en aquellos turbulentos años que siguieron a la Primera Guerra Mundial, desde Alemania a Grecia, pasando por Portugal, España o Austria, acabaron acosadas por fuerzas reaccionarias y derribadas por regímenes fascistas o autoritarios.

Nunca en la historia de España se había asistido a un período tan intenso y acelerado de cambio y conflicto, de avances democráticos y conquistas sociales. En los dos primeros años de la República se acometió la organización del ejército, la separación de la Iglesia y del Estado y se tomaron medidas radicales y profundas sobre la distribución de la propiedad de la tierra, los salarios de las clases trabajadoras, la protección laboral y la educación pública.

Pero esa legislación republicana situó en primer plano algunas de las tensiones germinadas durante las dos décadas anteriores con la industrialización, el crecimiento urbano y los conflictos de clase. Se abrió así un abismo entre  varios mundos culturales antagónicos, entre católicos practicantes y anticlericales convencidos, amos y trabajadores, Iglesia y Estado, orden y revolución. La Segunda República pasó dos años de relativa estabilidad, un segundo bienio de inestabilidad política y unos meses finales de acoso y derribo.

Como consecuencia de esos antagonismos, la República encontró enormes dificultades para consolidarse y tuvo que enfrentarse a fuertes desafíos. En primer lugar, del antirrepublicanismo y posiciones antidemocráticas de los sectores  más influyentes de la sociedad: hombres de negocios, industriales, terratenientes, la Iglesia y el ejército. Tras unos meses de desorganización inicial de las fuerzas de la derecha, el catolicismo político irrumpió como un vendaval en el escenario republicano. Ese estrecho vínculo entre religión y propiedad se manifestó en la movilización de cientos de miles de labradores católicos, de propietarios pobres y “muy pobres”, y en el control casi absoluto por parte de los terratenientes de organizaciones que se suponían creadas para mejorar los intereses de esos labradores. En esa tarea, el dinero y el púlpito obraron milagros: el primero sirvió para financiar, entre otras cosas, una influyente red de prensa local y provincial; desde el segundo, el clero se encargó de unir, más que nunca, la defensa de la religión con la del orden y la propiedad. Y en eso coincidieron obispos, abogados y sectores profesionales del catolicismo en las ciudades, integristas y poderosos terratenientes como Lamamié de Clairac o Francisco Estévanez, que con tanto afán defendieron en las Cortes constituyentes los intereses cerealistas de Castilla; y todos esos cientos de miles de católicos con pocas propiedades pero amantes del orden y la religión.

Dominada por grandes terratenientes y sectores profesionales urbanos, la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), el primer partido de masas de la historia de la derecha española, creado a comienzos de 1933, se propuso defender la “civilización cristiana”, combatir la legislación “sectaria” de la República y “revisar” la Constitución. Cuando esa “revisión” de la República sobre bases corporativas no fue posible efectuarla a través de la conquista del poder por medios parlamentarios, sus dirigentes, afiliados y votantes comenzaron a pensar en métodos más expeditivos. Sus juventudes y los partidos monárquicos ya habían emprendido la vía de la fascistización bastante ante. A partir de la derrota electoral de febrero de 1936, todos captaron el mensaje, sumaron sus esfuerzos por conseguir la desestabilización de la República y se apresuraron a adherirse al golpe militar.

Si, frente a la democracia, la derecha creía en el autoritarismo, una parte de la izquierda prefería la revolución como alternativa al gobierno parlamentario. La insurrección como métodos de coacción frente a la autoridad establecida fue utilizada primero por los anarquistas y detrás de sus sucesivos intentos insurreccionales –en enero de 1932 y enero y diciembre de 1933- había, esencialmente, un repudio del sistema institucional representativo y la creencia de que la fuerza era el único camino para liquidar los privilegios de clase y los abusos consustanciales al poder. Sin embargo, como la historia de la República muestra, desde el principio hasta el final, el recurso a la fuerza frente al régimen parlamentario no fue patrimonio exclusivo de los anarquistas ni tampoco parece que el ideal democrático estuviera muy arraigado entre algunos sectores políticos republicanos o entre los socialistas, quienes ensayaron la vía insurreccional en octubre de 1934, justo cuando incluso los anarquistas más radicales la habían abandonado ya por agotamiento.

Esas graves alteraciones del orden, como lo había sido ya la fracasada rebelión del general Sanjurjo en agosto de 1932, hicieron mucho más difícil la supervivencia de la República y del sistema parlamentario, demostraron que hubo un recurso habitual a la violencia por parte de algunos sectores de la izquierda, de los militares y de los guardianes del orden tradicional, pero no causaron el final de la República ni mucho menos el inicio de la guerra civil. Y todo porque cuando las fuerzas armadas y de seguridad de la República se mantuvieron unidas y fieles al régimen, los movimientos insurreccionales podían sofocarse fácilmente, aunque fuera con un coste alto de sangre. En los primeros meses de 1936, la vía insurreccional de la izquierda, tanto anarquista como socialista, estaba agotada, como había ocurrido también en otros países, y las organizaciones sindicales estaban más lejos de poder promover una revolución que en 1934. Había habido elecciones en febrero, libres y sin falseamiento gubernamental, en las que la CEDA, como los demás partidos, puso todos sus medios, que eran muchos, para ganarlas y existía un Gobierno, presidido de nuevo por Manuel Azaña,  que emprendía otra vez el camino de las reformas, con una sociedad, eso sí, más fragmentada y con la convivencia más deteriorada que la de 1931. El sistema político, por supuesto, no estaba consolidado y como pasaba en todos los países europeos, posiblemente con la excepción de Gran Bretaña, el rechazo de la democracia liberal a favor del autoritarismo avanzaba a pasos agigantados.

Nada de eso, sin embargo, conducía necesariamente al final de la República ni a una guerra civil. Ésta empezó porque una sublevación militar debilitó y socavó la capacidad del Estado y del Gobierno republicanos para mantener el orden. El golpe de muerte a la República se lo dieron desde dentro, desde el propio seno de sus mecanismos de defensa, los grupos militares que rompieron el juramento de lealtad a ese régimen en julio de 1936. La división del Ejército y de las fuerzas de seguridad impidió el triunfo de la rebelión, el logro de su principal objetivo: hacerse rápidamente con el poder. Pero al minar decisivamente la capacidad del Gobierno para mantener el orden, ese golpe de Estado dio paso a la violencia abierta, sin precedentes, de los grupos que lo apoyaron y de los que se oponían. En ese momento, y no en octubre de 1934 o en la primavera de 1936, comenzó la guerra civil. Atrás quedaban cinco años de cambio, conflicto, esperanzas rotas y proyectos frustrados. Nada sería ya igual después del golpe de Estado de julio de 1936.

HECHOS A RECORDAR

TRES FASES:

-Bienio reformista (Primero, un gobierno provisional, presidido por Alcalá Zamora; después, a partir de octubre de 1931, gobierno de Azaña, hasta septiembre de 1933)

-Bienio radical-cedista: desde noviembre de 1933 a diciembre de 1933, con gobiernos presididos por dirigentes del Partido Radical de Lerroux, con apoyo de la CEDA de Gil Robles.

-Período del Frente Popular, desde febrero de 1936 hasta el golpe de Estado de julio de 1936. Dos gobiernos: uno de Azaña y otro de Casares Quiroga

La República en paz duró cinco años. Y duró tres años más en guerra, desde julio de 1936 hasta su derrota definitiva el 1 de abril de 1939. Tuvo dos presidentes: Alcalá Zamora, desde diciembre de 1931 (cuando se aprobó la Constitución) hasta abril de 1936 y Manuel Azaña, desde mayo de 1936 hasta el final de la guerra.

Hubo 3 elecciones generales: las Constituyentes, con sufragio universal masculino, ganadas por republicanos y socialistas; las de noviembre de 1933, la primera vez que en España votaban las mujeres, ganadas por el Partido Radical (centro) y la CEDA (derecha católica); y las de febrero de 1936, ganadas por la coalición del Frente Popular, socialistas y republicanos (y algunos comunistas, por primera vez en la historia de España).

Bolcheviques en el poder

25 abril, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

La revolución rusa de 1917, que este año cumple un siglo, culminó con la llegada de Lenin y su partido al liderazgo de un imperio en transformación.

Revolución de octubre
Lenin, en el centro, en un desfile en la plaza roja de Moscú el 25 de mayo de 1919. HERITAGE/GETTY

Durante el verano de 1917, la confianza en que “la Gran Revolución Rusa” uniría a los ciudadanos había dado paso a la división. Bajo ataques desde la derecha y la izquierda, los Gobiernos de Lvov y Kerensky se enfrentaron al desplome de las ilusiones sobre la capacidad del pueblo para fortalecer su concepto de democracia y ciudadanía Cuando se comprobó que las masas no lo apoyaban, esos Gobiernos recurrieron cada vez más a la fuerza del Estado como única forma de persuasión.

Las diferencias se hicieron irreconciliables. El lenguaje de clases, de revolución social y no sólo de reforma política se impuso a los otros lenguajes (liberal, democrático, constitucionalista) que compitieron en ese escenario de crisis de autoridad. Lo que había comenzado en febrero con un motín en la guarnición militar de Petrogrado, se había convertido tan solo ocho meses después en una violenta y radical revolución social, extendida al campo, a las fábricas, al frente y a los pueblos no rusos del imperio. A esa rebelión le faltaba que alguien supiera llenar el vacío de poder que estaban dejando el fracaso y la soledad del Gobierno de Kerensky tras el golpe frustrado del general Kornilov. El camino estaba despejado para un partido revolucionario y contrario a la guerra. Y ahí aparecieron los bolcheviques. Y Lenin.

La Revolución de Octubre de 1917 fue uno de los principales acontecimientos del siglo XX y los historiadores han mostrado en torno a él diferentes interpretaciones. Las investigaciones más recientes de Christopher Read, S. A. Smith, Peter Holquist o Rex A. Wade superan las clásicas disputas entre la propaganda soviética y la antimarxista y subrayan la importancia del eslogan “Todo el poder para los sóviets” y de cómo el apoyo popular a esas instituciones surgidas desde abajo allanó el camino a la conquista del poder por los bolcheviques.

Bolcheviques en el poder

El Gobierno provisional careció de legitimidad desde el principio. Desde el verano, estuvo atrapado por una serie de crisis en cadena: en el frente, en el campo, en las industrias y en la periferia no rusa. Pocos Gobiernos podrían haber hecho frente a todo eso, y menos sin un ejército en el que confiar. El apoyo de trabajadores, soldados y campesinos a los sóviets, la institución dedicada a promover la revolución social, se combinó con la decisión fatal de los Gobiernos provisionales de continuar la guerra. Y el fiasco del golpe de Kornilov en agosto de 1917 ya había mostrado que la derecha estaba todavía desorganizada y la contrarrevolución no tenía en ese momento posibilidades de vencer.

Con visional y los dirigentes del sóviet mostraban su incapacidad para solucionar los problemas, los bolcheviques se convirtieron en la alternativa política para los desi­lusionados y para quienes buscaban un nuevo liderazgo. Como no tenían responsabilidad política, recogieron los frutos de la división y declive de los otros dos partidos socialistas, los mencheviques y los socialrevolucionarios. Su rechazo al Gobierno provisional les dio, a los bolcheviques en general y a Lenin en particular, lo que el menchevique Nikolai N. Sukhanov (1882-1949) llamó en sus memorias una posición “comodín”, por la que podían representar y adaptarse a cualquier cosa.

Los vientos de cambio que soplaban desde el verano, impulsados por las críticas a las autoridades y las alabanzas a los sóviets, comenzaron a plasmarse desde finales de agosto en poder institucional. Bolcheviques, socialrevolucionarios de izquierda y mencheviques internacionalistas tomaron el control de los diferentes sóviets de distrito de Petrogrado, de los sindicatos y comités de fábricas, y de comités de soldados y campesinos en algunas provincias. El 25 de septiembre, el sóviet de Petrogrado, el principal bastión de poder desde la revolución de febrero, eligió una nueva dirección de izquierda radical, y León Trotski, que había salido de la cárcel el 4 de septiembre y que acababa de ingresar en el partido bolchevique, se convirtió en su presidente, sustituyendo al menchevique Chjeidze. Al mismo tiempo, los bolcheviques asumieron el control del sóviet de Delegados Obreros de Moscú.

Con tantos poderes en sus manos, podían reivindicar que hablaban y actuaban en nombre de la “democracia del sóviet”. Ese control del sóviet de Petrogrado y de otros en las provincias es lo que permitió la Revolución de Octubre, y sin ese proceso de conquista del poder en las semanas anteriores, sería difícil imaginarla. La Revolución de Octubre comenzó como una defensa de la idea del poder de los sóviets, posibilitada por una crisis profunda del Gobierno de Kerensky.

Puede ser que “octubre” fuera un “golpe” en la capital, señala Allan K. Wildman, “pero en el frente fue una revolución”. Los soldados no sólo no quisieron echar abajo a ese incipiente poder bolchevique, sino que frustraron los esfuerzos desesperados de Kerensky y del anterior “defensista” comité ejecutivo del sóviet de Petrogrado “para trastocar la victoria bolchevique, trasladando tropas desde el frente”. La participación de marinos de la flota del Báltico, que ya habían tenido una influencia notable en 1905 y en febrero y julio de 1917, fue también muy visible en octubre. El golpe de Kornilov había destruido allí la escasa autoridad que les quedaba a los oficiales.

La apuesta bolchevique había logrado su objetivo primordial, sin apenas resistencia. Petrogrado parecía seguro, pero, pese a su importancia como centro de poder político y de comunicaciones, era sólo una ciudad. Había que comprobar qué pasaría más allá de la capital, en el frente, en las otras ciudades y provincias y en la periferia del vasto imperio ruso. Y ver cómo responderían los trabajadores y los campesinos al nuevo poder; y todos los otros socialistas de izquierda que habían quedado fuera del Gobierno bolchevique.

A comienzos de noviembre, los bolcheviques tenían el control de las principales ciudades de la región industrial del centro, norte y este de Moscú, en los Urales, en las partes más cercanas del frente y entre los marinos de la flota del Báltico. Derrotados sus adversarios militares por el momento, asegurados los principales centros de poder, Lenin y los bolcheviques pudieron dedicarse a temas apremiantes: conseguir la paz, atender a las reformas radicales que había reclamado desde abajo el movimiento de los sóviets y reorganizar el poder, presionados por los socialrevolucionarios, para que ampliaran su Gobierno y convocaran la Asamblea Constituyente, algo que los anteriores Gobiernos provisionales habían aplazado una y otra vez hasta que finalizara la guerra.

Fragmento de ‘La venganza de los siervos’ (Crítica), de Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, que se publica esta semana.