Posts Tagged ‘Historia contemporánea’

Rigor contra la manipulación del franquismo

7 agosto, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

Los historiadores arrojan luz sobre ese pasado traumático y demuestran que el rigor es el primer paso para evitar el uso político de esa época

Franco visita las obras del pantano de Santa Ana, en la cuenca del Ribagorzana, en 1955.
Franco visita las obras del pantano de Santa Ana, en la cuenca del Ribagorzana, en 1955. PÉREZ DE ROZAS

Franco comenzó el asalto al poder con una sublevación militar y lo consolidó tras la victoria en una guerra civil. Hasta 1945, él y su dictadura no fueron una excepción en aquella Europa de sistemas políticos autoritarios, totalitarios o fascistas. Pero tras el final de la II Guerra Mundial, las dictaduras derechistas, que habían sido dominantes desde los años veinte, desaparecieron de Europa, salvo en Portugal y España. Muertos Hitler y Mussolini, Franco siguió 30 años más.

Han pasado ya cuatro décadas sin él y, aunque la dictadura es todavía objeto de controversia política, con memorias divididas que proyectan su larga sombra sobre el presente, los historiadores han elaborado, a través de enfoques y métodos de indagación muy distintos, una fotografía bastante completa de ese pasado.

Una foto completa de Franco y su dictadura 40 años después

El Ejército, la Falange y la Iglesia representaron a los vencedores de la Guerra Civil, y de ellos salieron el alto personal dirigente, el sistema de poder local y los fieles siervos de la Administración. Esas tres burocracias rivalizaron entre ellas por incrementar las parcelas de poder, con un reparto difícil que creó tensiones desde los primeros años del régimen, cuando se estaba construyendo, examinados por Joan Maria Thomàs en Franquistas contra franquistas.

Aunque aparecieran desde el comienzo luchas entre franquistas, en lo que todos estuvieron de acuerdo fue en el culto rendido al general Franco, tema ya estudiado hace tiempo de forma exhaustiva por Paul Preston en su magnífica biografía, ahora ampliada, y en cuyos mitos incide también la reciente aproximación de Antonio Cazorla. El Caudillo fue rodeado de una aureola heroico-mesiánica que le equiparaba a los santos más grandes de la historia. Aparecían por todas partes estatuas, bustos, poesías, estampas, hagiografías. La imagen de Franco como militar salvador y redentor era cuidadosamente tratada e idealizada, y su retrato presidió durante los casi cuarenta años de dictadura las aulas, oficinas, establecimientos públicos y se repetía en sellos, monedas y billetes.

La gran empresa de Franco y los vencedores consistía en la regeneración total de una nación nueva forjada en la lucha contra el mal, el sistema parlamentario, la República laica y el ateísmo revolucionario. Como recordaba el 1 de abril de 1939 Leopoldo Eijo y Garay, obispo de la diócesis de Madrid, era “la hora de la liquidación de cuentas de la humanidad con la filosofía política de la Revolución Francesa”.

El Ejército, la Falange y la Iglesia rivalizaron por incrementar las parcelas de poder con un reparto que creó tensiones

Y para liquidar esas cuentas y que los vencidos pagaran las culpas se puso en marcha un terror institucionalizado y amparado por las leyes del nuevo Estado, un engranaje represivo y confiscador que causó estragos entre los vencidos, abriendo la veda para una persecución arbitraria y extrajudicial que en la vida cotidiana desembocó muy a menudo en el saqueo y en el pillaje. Como confirman investigaciones recientes en Cataluña, Aragón y Andalucía, en aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas se abrieron decenas de miles de expedientes a obreros y campesinos con recursos económicos escasos, pero también a clases medias republicanas con rentas más elevadas. Los afectados, condenados por los tribunales y señalados por los vecinos, quedaban hundidos en la más absoluta miseria. En muchos casos, las sentencias se impusieron a personas que ya habían sido ejecutadas.

Con el paso del tiempo, la violencia y la represión cambiaron de cara, la dictadura evolucionó, “dulcificó” sus métodos y, sin el acoso exterior, pudo descansar, ofrecer un rostro más amable, aunque nunca renunció a la Guerra Civil como acto fundacional, que recordó una y otra vez en un entramado simbólico de ritos, fiestas, monumentos y culto a los mártires.

Franco murió matando, como relata Carlos Fonseca en la reconstrucción de la semblanza de los últimos fusilados, pero los cambios producidos por las políticas desarrollistas a partir del Plan de Estabilización de 1959 y la machacona insistencia en que todo eso era producto de la paz de Franco dieron una nueva legitimidad a la dictadura y posibilitaron el apoyo, o la no resistencia, de millones de españoles.

Una foto completa de Franco y su dictadura 40 años después

Esos “buenos” años del desarrollismo, opuestos a la autarquía y el hambre, alimentaron la idea, sostenida todavía en la actualidad por la derecha política y defendida en el libro de Stanley G. Payne y Jesús Palacios, de que Franco fue un modernizador que habría dado a España una prosperidad sin precedentes. Y frente a ese mito del modernizador y salvador de la patria opone Ángel Viñas, con el rigor y exhaus­tiva aportación de pruebas que le caracteriza, La otra cara del Caudillo,la de las bases y naturaleza de su poder dictatorial.

Historias y mitos administrados por historiadores que persuaden, atraen al lector y demuestran que narrar con rigor, en obras bien informadas, es el primer paso para evitar el uso político de ese traumático pasado. Españoles, Franco ha muerto, titula su ensayo Justo Serna, quien recuerda que al franquismo no podemos liquidarlo con el olvido o la ignorancia.

Franquistas contra franquistas. Joan Maria Thomàs. Debate. Madrid, 2016. 318 páginas. 24,90 euros.

Franco. Paul Preston. Debate. Barcelona, 2015. 1.087 páginas. 32,90 euros.

Franco, biografía del mito. Antonio Cazorla. Alianza. Madrid, 2015. 392 páginas. 22,45 euros.

El “botín de guerra” en Andalucía. Miguel Gómez Oliver, Fernando Martínez y Antonio Barragán (coordinadores). Biblioteca Nueva. Madrid, 2015. 408 páginas. 28 euros.

Mañana cuando me maten. Carlos Fonseca. La Esfera de los Libros. Madrid, 2015. 392 páginas. 23,90 euros.

Franco, una biografía personal y política. Stanley G. Payne y Jesús Palacio. Espasa. Madrid, 2015. 800 páginas. 26,90 euros.

La otra cara del Caudillo. Mitos y realidades en la biografía de Franco. Ángel Viñas. Crítica. Barcelona, 2015. 448 páginas. 21,75 euros.

Españoles, Franco ha muerto. Justo Serna. Punto de Vista Editores, 2015. 288 páginas. 16 euros.

A vueltas con el Holocausto y los usos interesados de la Historia

24 mayo, 2017

Fuente: http://www.internacional.elpais.com

No hay ningún tema tan debatido como las relaciones entre los judíos y los polacos durante la Segunda Guerra Mundial.

JULIÁN CASANOVA

22 ABR 2015 – 10:08 CEST

El campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau, en Polonia.
El campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau, en Polonia. KACPER PEMPEL REUTERS

Los historiadores lo han advertido y demostrado en diferentes ocasiones: en la amplia literatura sobre el Holocausto no hay ningún tema tan debatido –y tan sometido a falsedades y prejuicios raciales- como las relaciones entre los judíos y los polacos durante la Segunda Guerra Mundial.

Desde la disolución de las dinastías de los Habsburgo y Hohenzollern en 1918, las viejas élites y nuevas fuerzas sociales de Europa del este demostraron, con ideas y acciones, un enérgico antibolchevismo pero, sobre todo, instigadas por los partidos fascistas, un profundo y radical antisemitismo, puesto que asociaban a los judíos con todo lo que odiaban: el bolchevismo, el viejo orden y el dominio extranjero.

La crisis económica de los años 30 aumentó todos esos sentimientos, pero lo que causó un cataclismo en esos países fue el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Los hechos son bien conocidos. Hasta el inicio de la guerra en 1939, sólo unos cuantos centenares de judíos habían sido asesinados en Alemania, pese a que los nazis habían comenzado a acosar y perseguir con leyes y actos violentos a la población judía desde su llegada al poder en 1933. La matanza masiva empezó con los judíos que los alemanes capturaban en las zonas conquistadas de la Unión Soviética en el verano de 1941, y en menos de cuatro años la “solución final” segó las vidas de más de cinco millones de hombres, mujeres y niños, casi la mitad de ellos en Polonia. Los nazis causaron esa destrucción y la Segunda Guerra Mundial fue el escenario apropiado en el que se expandió esa brutalidad. Para que todo eso fuera posible, no obstante, tenía que haber mucha gente dispuesta a identificar a otros como sus enemigos o a considerar aceptable el exterminio.

MÁS INFORMACIÓN

Si se dejan de lado las opiniones de esos que defienden que el Holocausto nunca tuvo lugar, o de quienes tratan de minimizarlo con comparaciones con otras manifestaciones de genocidio provocadas por los aliados, lo que los historiadores debatieron y sacaron a la luz en primer lugar fue quién decidió proceder con esa “solución final”, cuándo y por qué se hizo así, y qué es lo que se perseguía con ella.

Lo más significativo de las dos últimas décadas, sin embargo, es que comenzaron a aparecer investigaciones, poco conocidas hasta entonces, sobre la colaboración de la policía, de las administraciones locales y de las poblaciones de otros países invadidos por el Ejército y las fuerzas de seguridad alemanes. Aunque el número de personas implicadas y la complejidad de sus motivos impedía cualquier explicación simple, lo que quedó al descubierto fue no sólo el círculo de responsables y altos cargos nazis que organizaban las deportaciones, desde Himmler a Eichmann, pasando por Heydrich, sino también la amplia red de informantes y delatores que vieron necesario ese castigo mortal, por no mencionar a los británicos y norteamericanos que, desde el otro lado de la historia, abandonaron a los judíos. Los judíos fueron asesinados por los nazis alemanes y los fascistas de Europa del este, no por toda la población, pero ya nadie podía negar la complicidad “popular” en muchos de esos países.

El problema se complica cuando a esa historia ya compleja y muy debatida entre auténticos especialistas, se suman las declaraciones de políticos o de gente como James Comey, el director del FBI, con sentencias fáciles y acusatorias, muy alejadas de los análisis y narraciones que interpretan aquellos acontecimientos, el “incomprensible” Holocausto, como lo definió Arno Mayer, a la luz de las fuentes disponibles.

Una buena parte de la clase política en Polonia y Hungría deforman aquella historia traumática para adaptarla a sus propios fines y justificar el presente. En el caso de Polonia, ya en 1990, un libro editado por Antony Polonsky, My Brother’s Keeper?: Recent Polish Debates on the Holocaust, levantó polvareda y protestas porque incluía polémicas entre intelectuales polacos y judíos polacos sobre el antisemitismo y sobre lo que muchos polacos hicieron o dejaron de hacer durante el período de eliminación sistemática de judíos.

En el caso de Hungría, el largo período de gobierno autoritario y ultranacionalista del almirante Miklós Horthy, mantenido sin demasiados problemas durante sus primeros veinte años, dio un cambio radical con su decisión de meter a Hungría en la Segunda Guerra Mundial al lado de la Alemania nazi en abril de 1941. Horthy, mediante sucesivas “Leyes Judias”, en 1938, 1939 y 1941, había ido recortando los derechos de los súbditos húngaros de religión judía y hubo matanzas de judíos en el frente ruso protagonizadas por las SS, asistidas por tropas húngaras. Pero con la invasión nazi, en marzo de 1944, de las restricciones se pasó a la persecución abierta y se metió a Hungría de lleno en la solución final.

Viktor Orbán y la derecha húngara hace tiempo que están empeñados en demostrar que había una tradición conservadora, rota por dos ocupaciones extranjeras de Hungría, la nazi y la soviética, protagonizadas por dos ideologías totalitarias ajenas la verdadera historia del país. Solo así se explica el fracaso del liberalismo y de la democracia, la radicalización de la política, el patriotismo de Horthy, atrapada como quedó la nación, luchando por su independencia y soberanía, entre dos terribles y violentos superpoderes totalitarios. Y fue, por supuesto, un factor externo, la ocupación nazi, el que justifica la parte de la historia más complicada de explicar para los conservadores: la persecución de los judíos, iniciada ya con Horthy, y el desarrollo fatídico de los hechos que llevó a la conquista del poder de los fascistas húngaros de la Cruz Flechada en octubre de 1944.

Las declaraciones interesadas sobre la historia, ampliamente difundidas y manipuladas por medios de comunicación de diferente signo, contribuyen a articular una memoria popular sobre determinados hechos del pasado, hitos de la historia, que tiene poco que ver con el estudio cuidadoso de las pruebas disponibles.

El Holocausto es la cara más cruel de un siglo que conoció guerras, genocidios, violencias de Estado y revolucionaria sin precedentes. Pero ese siglo presenció también, gracias entre otras cosas al impacto del Holocausto, la creación de tribunales internacionales, la persecución de criminales de guerra, la formación de comisiones de la verdad. Y muchos hombres y mujeres, especialmente en los últimos años, protegidos por el paso del tiempo, necesitados de liberar sus terribles pesadillas, se han atrevido a contarlo, a documentar sus vidas, a la vez que contribuían a documentar la de todos, a denunciar la traición y cobardía de algunas de sus patrias y ciudadanías. Esa es la cara de la esperanza, la que invita a vigilar y cuidar la frágil democracia, a recordárselo a los responsables políticos, a perseguir la intolerancia, a extraer lecciones de la historia, a educar en la libertad.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

La falsa Tizona, el falso Don Pelayo

6 abril, 2017

Fuente: blogs.elpais.com

Por: F. Javier Herrero | 09 de enero de 2014

Las-lanzas

La Rendición de Breda / Diego Velázquez, Museo del Prado

Fíjense en el cuadro de Velázquez que abre este post. Todos nosotros lo reconocemos y lo hemos visto al menos alguna vez en nuestros libros escolares, La rendición de Breda pintado en 1635, y sabemos que narra una victoria militar de los Tercios de Flandes frente a los holandeses, que no acataban la soberanía de los Habsburgo españoles. Podríamos decir que esa obra del pintor sevillano se ha grabado en nuestra memoria para recordar ese suceso histórico pero a pesar de su apariencia realista, no narra lo que en ese momento ocurrió. El acto de entrega de la llave de la ciudad por Justino de Nassau a Ambrosio de Spínola nunca tuvo lugar y tras un acuerdo mutuamente favorable, las tropas holandesas abandonaban Breda. Hubo asedio, pero no hubo ninguna batalla memorable, y por tanto, no se produjo ese homenaje caballeroso a los derrotados. Si además de esto, añadimos que los tercios que tomaron parte en esa acción militar estaban formados mayoritariamente por extranjeros ¿qué ocurrió en esa capitulación? La Corte española encargó a Velázquez esa pintura con la intención de engrandecer y darle una pátina de gloria a la victoria de Breda que, aun teniendo una gran importancia para la guerra en Flandes, no fue una gesta heroica. Este es uno de los recursos que los gobernantes y las élites han tenido a lo largo de la historia para modificar el imaginario histórico de sociedades enteras y nos han llevado a un conocimiento erróneo del pasado tal y como nos cuenta Miguel-Anxo Murado en La invención del pasado, publicado por Debate.

El arqueólogo y periodista gallego, colaborador habitual de la BBC y The Guardian, ha escrito libros como Otra idea de Galicia, y en este ensayo escoge una serie de momentos de nuestra historia para demostrar que no podemos defender las decisiones del presente con argumentos del pasado por la sencilla razón de que la historia no puede proporcionarnos ninguna certeza porque sus bases son demasiado débiles e inestables. Teniendo en cuenta que la ideología es el elemento de distorsión más fácil de detectar  y por tanto de corregir, Murado prefiere llevar nuestra atención hacia otros factores menos obvios pero mucho más decisivos a la hora de deformar nuestra conciencia histórica. La finalidad de La invención del pasado sería, según el autor, que el lector de historia adopte una actitud escéptica para intentar conocer lo que ha sucedido porque la historia no puede tener el carácter probatorio que se le atribuye.

Invencion del pasado

Si una de las bases de la investigación histórica es el riguroso análisis de los documentación, en este país esa tarea se convierte en algo prácticamente imposible para conocer algunos períodos concretos como por ejemplo el surgimiento del Reino de Asturias, mito fundacional de España según la historia convencional, tras la invasión musulmana de 711 (otro asunto que se trata en el libro). Murado presenta un panorama desolador para un historiador interesado en el pasado de Asturias pues el problema no es solo la ausencia de documentos contemporáneos que nos transmitan información sino que los que existen son muy posteriores, y falsos casi en su totalidad. Esto se debe a la tarea del obispo Pelayo de Oviedo, que en el siglo XII se dedicó a manipular o inventar todo un corpus documental relacionado con la monarquía asturiana. Las razones que tenía el obispo para llevar a cabo esa tarea parece que eran más de índole material que espiritual y estaban relacionadas con el impulso de su flamante sede obispal.

Tener que trabajar sobre documentos falsificados es peliagudo pero se puede subir un escalón en la dificultad si el terreno en el que nos movemos es ya el de la pura invención. Esto es lo que el autor define como la ‘construcción de la historia’ y para ello aborda el caso de Castilla y su imagen histórica. A finales del siglo XII, el reino castellano detentaba un poder político en la península que para sus monarcas, no se compadecía con el pasado que se le atribuía de condado irrelevante y fronterizo. Por ello, la monarquía castellana encargó al arzobispo Ximénez de Rada la misión de que promoviese una versión de los orígenes de Castilla como reino antiguo y glorioso. Su obra máxima será De Rebus Hispaniae y en ella este obispo hace una reelaboración de todo el relato histórico que confiere a la dinastía castellana, y no a la leonesa, la legitimidad de su descendencia de la misma monarquía goda y le añade algunas leyendas sobre una Castilla remotamente independiente. Al igual que en el caso asturiano, aquí Ximénez de Rada tiene motivos personales importantes para crear esa imagen del reino castellano como lícito continuador de la monarquía visigoda ya que el papado tiene que dirimir cuál va a ser la diócesis primada en España y nuestro arzobispo defiende la candidatura de Toledo, la antigua capital del reino visigodo.

Dentro de este proceso de ‘construcción del pasado’ a lo largo del siglo XIX y tratando de adaptar las visiones de España que se forjaron con las crónicas alfonsinas o las de Florián de Ocampo y Juan de Mariana, especialmente éste último, aparecen las historias nacionales cuyo máximo exponente será Modesto Lafuente y su Historia General de España. El objetivo de Lafuente y toda una pléyade de intelectuales era plantear el relato histórico en los términos de la identidad nacional española, teniendo cuidado de que lo castellano fuese el componente esencial de esa identidad. José Álvarez Junco nos describe en su gran obra Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX el esquema dominante de estas narraciones: paraíso (España aislada, feliz e independiente), caída (“pérdidas de España bajo Roma, los musulmanes, etc”) y redención (España recupera con el régimen liberal las libertades perdidas). Pero hay que esperar a Menéndez Pidalprimus inter pares de los intelectuales nacionalistas liberales, para que la concepción castellanocéntrica se convierta finalmente en la idea histórica de España. Menéndez Pidal pensaba que el mejor hilo conductor de su teoría, buceando en los elementos esenciales que conforman ese espíritu del pueblo o Volksgeist español, era la lengua y decidió basar sobre el Poema de Mío Cid todo su proyecto histórico. Como recuerda Murado, Pidal usó una obra de arte literaria como un documento válido para la investigación y similar a una crónica periodística. Aunque la historiografía científica se ha ido abriendo camino desde los años 70 del siglo pasado y las contradicciones de este discurso son evidentes, el prestigio de Pidal es tan fuerte que su idea de España sigue dominando el imaginario colectivo.

La importancia de una visión histórica que legitime al régimen político que se asienta en el poder ha hecho que se fomenten iniciativas culturales como el género de la pintura histórica (durante el siglo XIX), los hallazgos arqueológicos, el cuidado de objetos históricos en los museos, la gestión de los lugares que evocan la memoria colectiva (casas natales, espacios protegidos, etc) con el propósito de que el mensaje que nos transmiten sea acorde a la idea histórica de España que esos regímenes han propugnado. Las pinturas traducían al lenguaje plástico “verdades” de la historia mientras que los objetos conservados en los museos nos permitirían palpar ese pasado para recordarlo, pero de acuerdo a una visión que muy frecuentemente llega distorsionada. El problema se hace mayor si hablamos de falsificaciones y Murado nos expone un ejemplo reciente que muchos recordarán y tiene que ver otra vez con la figura del Cid, en esta caso con la Tizona, su famosa espada. En este asunto se mezclan varios aspectos como el contexto neonacionalista de la época del expresidente Aznar, las alegrías presupuestarias de un momento económico boyante, la atracción casi irracional de un objeto mitificado y los intereses de políticos locales mediocres. En diciembre de 2002 la Tizona fue declarada Bien de Interés Cultural, previo informe sobre su autenticidad de la Universidad Complutense de Madrid. No valieron cuatro estudios sucesivos de expertos que determinaban categóricamente que no era la espada del Cid. En 2007 La Junta de Castilla y León pagó 1,6 millones de euros al marqués de Falcés por una espada cuyo valor había quedado tasado en unos seis mil o siete mil euros por los expertos antes mencionados.

Estos son solo algunos de los ejemplos que Miguel-Anxo Murado trata en su muy interesante ensayo, que termina preguntándose si sirve para algo la historia. Julián Casanova citaba en un reciente artículo cómo entendía Lord Acton (1834-1902) la buena historia al dirigirse a sus colaboradores en la Cambridge Modern History, “nuestro Waterloo debe escribirse de tal forma que satisfaga al mismo tiempo a franceses, ingleses, alemanes y holandeses”. Ya sea a través de la educación o a través de la cultura conmemorativa de valores compartidos, ¿podremos tener en el futuro una noción de la historia de España más cercana a la verdad que a la ficción y que satisfaga a la par a catalanes, andaluces, vascos, gallegos y castellanos?

El franquismo que se resistía a morir

29 marzo, 2017

Fuente: http://www.infolibre.es

Julián Casanova, 24 de enero de 2017.

Han pasado cuarenta años de aquellos trágicos días entre el 23 y 28 de enero de 1977. España viajaba hacia un lugar desconocido, aunque muchos insistan ahora en que todo a partir de la muerte de Franco tenía un guión escrito.

La salida de la dictadura, como sabemos, resultó espinosa. Más de una generación de españoles había crecido y vivido sin ninguna experiencia directa de derechos o procesos democráticos. Al Ejército de Franco, unido en torno a él y que no había sufrido una derrota militar, como ocurrió en otras dictaduras, le costó asimilar los cambios. Los gobernantes, primero con Arias Navarro y después con Suárez, conservaban casi intacto el aparato político y represivo del Estado. Las amenazas de golpe por arriba y de terrorismo por abajo llenaron de dificultades aquellos primeros años tras la muerte del dictador. El armazón del régimen franquista que controlaba el poder no contenía el embrión de la democracia y tampoco el nuevo jefe del Estado ofrecía las mejores garantías.

Prescindamos de las dos lecturas básicas que se hacen desde el presente –transición feliz desde una dictadura a una democracia plena; o democracia impura legitimada por el régimen de 1978– y saquemos a la luz algunas de las tensiones de aquella época.

En 1976 había todavía en España más de un millar de presos políticos, los miembros de la Brigada de Investigación Político-Social actuaban de forma impune, el Tribunal de Orden Público (TOP), la jurisdicción especial creada en diciembre de 1963, abrió en ese año casi cinco mil causas con penas de cárcel, sanciones administrativas y elevadas multas, y la censura se recrudeció a través de las suspensiones gubernativas, las incautaciones de periódicos y los expedientes de la Dirección General de Prensa.

En realidad, desde los últimos años de la dictadura, el orden público fue una preocupación constante de sus dirigentes frente al comunismo y la masonería. Eran, como se había repetido machaconamente desde la victoria en la Guerra Civil, los grandes enemigos de España, infiltrados en los años setenta, tras el desarrollo y la modernización, en la Iglesia y en las universidades, en las clases trabajadoras y en los medios de información.

La conflictividad laboral se disparó a partir diciembre de 1975 no sólo por el número de huelgas y de obreros implicados sino también por la extensión de las protestas hacia todos los sectores productivos a lo largo y ancho del territorio nacional. Una movilización social desconocida desde hacia cuarenta años, vertebrada fundamentalmente en torno a Comisiones Obreras, la organización de combate más influyente, con bases sólidas dentro del sindicalismo vertical del régimen y una amplia red de enlaces y jurados en las grandes empresas.

A las autoridades políticas, los gobernadores civiles y los mandos policiales les preocupaba especialmente que, junto a las demandas laborales y las protestas por la carestía de la vida, aparecieran otras reivindicaciones de carácter claramente político como la reclamación de libertad sindical, los derechos de reunión y asociación, las peticiones de readmisión de despedidos o de libertad para los encarcelados, las huelgas de solidaridad, los paros simbólicos como protesta por acontecimientos de carácter nacional, las huelgas de hambre y los encierros en iglesias y polideportivos y la difusión de los métodos asamblearios, un caldo de cultivo para el surgimiento de líderes sindicales y para el ensayo de la cultura política democrática.

Desde julio de 1976, desde el nombramiento de Adolfo Suárez como jefe de Gobierno, las elites políticas procedentes del franquismo estaban llevando adelante una reforma legal de las instituciones de la dictadura, empujadas desde abajo por las fuerzas de la oposición democrática y por una amplia movilización social de muy diverso signo. El día 18 de noviembre 435 de los 531 procuradores votaron a favor de la Ley para la Reforma, aprobada después en referéndum el 15 de diciembre. Pero las cosas se complicaron, y mucho, en el mes que siguió a esa consulta popular y especialmente en los días que transcurrieron entre el 23 y el 28 de enero de 1977.

Los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (GRAPO), el brazo armado de una escisión comunista, que ya habían secuestrado al presidente del Consejo de Estado, Antonio de Oriol,  el 11 de diciembre, secuestraron también, el 24 de enero, al presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, el teniente general Emilio Villaescusa, y asesinaron a tres policías. En las calles de Madrid se vivió la muerte de un estudiante a manos de un grupo de ultras, el fallecimiento posterior de una joven golpeada por un bote de humo en una manifestación de protesta y la irrupción de unos pistoleros de ultraderecha en un despacho de abogados laboralistas ligados a CCOO con el resultado de cinco muertos y cuatro heridos graves.

Aunque esos secuestros y los asesinatos en el despacho laboralista, perseguían una reacción violenta de las fuerzas armadas, no hubo movimientos en los cuarteles pidiendo el estado de excepción. El Gobierno mantuvo la calma y el Partido Comunista de España, todavía ilegal, recibió innumerables muestras de solidaridad por el orden y la disciplina que sus dirigentes y militantes exhibieron en la impresionante manifestación de duelo por los cinco asesinados, celebrada dos días después, el 26 de enero, en la que cientos de miles de asistentes recorrieron en silencio las calles de Madrid con claveles rojos y puños cerrados en alto.

El proceso de reforma legal continuó adelante y desembocó en la celebración de elecciones generales en junio de ese año, algo que contribuyó a la legitimación de la élite política y del monarca procedentes de la dictadura. En esos meses fue disuelto el TOP, y se desmantelaron las instituciones básicas de la dictadura. Entre abril y junio los 20.000 funcionarios de la Organización Sindical y los 7.000 adscritos a los organismos del Movimiento fueron absorbidos por la Administración conservando todos sus derechos, sin que se mencionara, en ningún momento, la posibilidad de purgas o de depuraciones.

Suele señalarse como una peculiaridad de la política actual en España, comparada con la de otros países europeos, la inexistencia de un partido/movimiento de ultraderecha potente, influyente en la sociedad. La forma en que se produjo la transición en aquellos años explica muchas cosas. Todo ese proyecto de reforma política, de transición de la dictadura a la democracia, tuvo que premiar con prebendas y cargos públicos a un sector de la elite franquista. Muchos procuradores franquistas que votaron la reforma en las Cortes volvieron después a la política activa, ya legitimados democráticamente, elegidos por sus provincias de origen en junio de 1977, beneficiados por el apoyo gubernamental o como senadores de designación real. Habían pasado más de cuatro décadas desde las últimas elecciones generales, las de febrero de 1936.

El cuarenta aniversario de los asesinatos en el despacho del número 55 de la calle Atocha de Madrid es un buen momento para  recordar, al margen de lecturas políticas actuales, cómo y bajo qué circunstancias el largo pasado autoritario iba quedando atrás, borrando sus huellas  más incómodas, pese a que el bunker y la ultraderecha seguían resistiendo.

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Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, autor, junto a Carlos Gil Andrés, de ‘Historia de España en el siglo XX’ (Ariel)

Narración, síntesis e historia liberal: el legado de Raymond Carr

20 marzo, 2017

Fuente: http://www.cultura.elpais.com

Su obra, ‘España, 1808-1939’, publicada en Oxford en 1966, proporcionó por primera vez al lector en inglés una explicación global de la historia contemporánea española.

Julián Casanova, 21 de abril de 2015.

Raymond Carr, fotografiado en octubre de 1999.
Raymond Carr, fotografiado en octubre de 1999. GARCÍA FRANCÉS

Los hispanistas británicos y norteamericanos fueron los primeros historiadores que se aproximaron a la historia contemporánea de España con un bagaje intelectual y académico riguroso. En un momento en que la historiografía española sobre el siglo XX apenas existía –depurada y rota la tradición liberal– e iniciaba su proceso de construcción, esos historiadores extranjeros cargaron con el peso de elaborar una interpretación histórica alternativa a la impuesta por el franquismo.

La obra de Raymond Carr, Spain, 1808-1939, publicada originalmente en Oxford en 1966 (traducida al castellano por Ariel en 1969), constituyó la piedra angular de esa historiografía y proporcionó por primera vez al lector en inglés una explicación global de la historia contemporánea de España, la historia de un fracaso por la ausencia de una auténtica revolución burguesa. La burguesía fue incapaz entre nosotros de desempeñar su misión histórica. El liberalismo no pudo, diría Carr, derribar el poder de la oligarquía terrateniente y hacer posible la modernización política y económica.

Sin burguesía ni demócratas liberales, con las estructuras del Antiguo Régimen pesando demasiado y con notables desequilibrios no resueltos, el primer experimento democrático –la Segunda República– fracasó y trajo como resultado la guerra civil. Carr trataba de responder a la pregunta –que ya estaba implícita en The Spanish Labyrinth (1943) de Gerald Brenan– de por qué la historia de España culminaba, tras un proceso de diferenciación y anomalías respecto a la europea, en una guerra civil. Sus primeros discípulos educados en Oxford –J. Romero Maura (La Rosa de Fuego, Grijalbo, 1974) y J. Varela Ortega (Los amigos políticos, Alianza, 1977)– aportaron nuevos datos a esa preocupación.

El liberalismo español había sido incapaz de “modernizar” una sociedad tradicional en la que se impuso un régimen de clientelas como único sistema posible. La Restauración se interpretaba así como un período de transición entre la autocracia isabelina –sustentada en el golpismo militar– y el afianzamiento de una sociedad democrática moderna.

Liberal es el término que mejor definía a Raymond Carr. Liberal porque, procediendo de un país con una profunda tradición democrática y parlamentaria, rechazó tanto las versiones de la historia contemporánea de España de la propaganda franquista como las interpretaciones elaboradas desde la extrema izquierda y el obrerismo organizado en el exilio. Según su interpretación, sólo una democracia parlamentaria, libre de extremismos, podría haber evitado la tragedia. En este sentido, la República fue el primer experimento democrático ante el que sentía simpatía, una democracia, no obstante, demasiado débil y que no pudo sobrevivir.

Carr era también liberal por su posición intelectual reacia a considerar la historia de los movimientos populares, de las clases sociales y de los protagonistas colectivos, porque consideraba a los factores socioeconómicos “realidades imperceptibles” e imposibles de verificar. Su historia estaba centrada en los grandes personajes, sostenida por el empirismo y el individualismo metodológico, tan cultivados en la tradición académica de Gran Bretaña. La política –y especialmente las actuaciones de los políticos– aparecían así como la única realidad perceptible para el historiador.

Miles de estudiantes de todo el mundo encontraron en ese libro de Raymond Carr su manual de referencia para aprender la historia contemporánea de España. Se convirtió en el cabeza de una escuela que ha elaborado algunos de las mejores libros sobre ese pasado, donde están nombres como Paul Preston, Martin Blinkhorn, Shlomo Ben-Ami y Frances Lannon; o los españoles Joaquín Romero Maura, José Varela Ortega y Juan Pablo Fusi. Tuve la suerte de conocerlo, de compartir debates y tertulias en Inglaterra y de aprender mucho de él, de la belleza literaria y elegancia narrativa con las que construía sus historias. Ése era Raymond Carr, un maestro de historiadores.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza.

Josep Fontana: “El presente no da para muchas esperanzas”

18 marzo, 2017

Fuente: http://www.elperiodico.com

Ernest Alós. DOMINGO, 12 DE FEBRERO DEL 2017 – 23:04 CET. 

El historiador publica ‘El siglo de la revolución’, una visión global desde la primera guerra mundial hasta la victoria de Trump

Josep Fontana: "El presente no da para muchas esperanzas"

CÉSAR CID. Josep Fontana, en su casa del barrio de Poble-sec.

El maestro Josep Fontana (Barcelona, 1931) vuelve a publicar un libro de referencia en que reivindica, una vez más, el papel de la historia como “genealogía del presente” y la función del historiador como la de alguien que “debe explicar cómo hemos llegado a donde estamos ahora y animar a la gente a pensar por su cuenta, no a hacer profecías”. En ‘El siglo de la revolución’ (Crítica) Fontana aborda la historia del mundo desde 1914 hasta la misma victoria de Trump, tras cuatro décadas ya de “un proceso acelerado de desigualdad sin que haya fuerzas con capacidad de frenarlo”. Puestos a buscar algo positivo, la poca fe que le queda a Fontana no está “en las élites dirigentes que adoctrinan a los de abajo por su bien sino en que las bases sociales que reclaman sus derechos algún día tengan capacidad de organizarse”. Sin profecías ni demasiado optimismo. “Lo digo como mínimo para acabar con un tono de esperanza un análisis de la situación del presente que no da para muchas esperanzas”, dice, tras una larga conversación en su piso del Poble-sec.

“Estamos en un proceso acelerado de desigualdad sin fuerzas con capacidad para frenarlo”

Fontana ya emprendió una visión global del siglo XX en ‘Por el bien del imperio’ (2011), una historia de 1945 a la crisis del 2008.¿Qué diferencia ambos libros, aparte de la ampliación del arco temporal? “Soy mucho más consciente en la necesidad de poner el acento en una línea global. Allí acababa en una crisis y cuando estamos delante de una tienes la conciencia de que de ella se puede salir hacia una recuperación de la normalidad anterior. Han pasado años y el discurso actual ya no es el de la recuperación sino el del estancamiento, de que aquellas condiciones sociales no regresarán; la nueva normalidad que dicen todos”.

Este año se conmemorará el centenario de la revolución rusa, que según el título del libro de Fontana marca todo el siglo XX. Su trabajo empieza con la primera guerra mundial como prólogo de ella. “Ojo, es el prologo de la revolución soviética, que es la única que triunfa, pero deja un contexto parecido en la mayoría de países; en Alemania está a punto de producirse. La guerra genera esta respuesta. A mí la revolución me interesa más como causa de los miedos que generaron toda una política contraria. Lo que se dice en este libro se podría resumir en lo que Warren Buffet, que es uno de los tres o cuatro hombres más ricos del mundo y nada sospechoso de izquierdismo, dijo hace tres o cuatro años, que la guerra de clases existe y la ha ganado su clase, que es la de los ricos. A mí me interesa ver cómo la revolución genera dos cosas, una que ya era anterior porque la habían puesto en marcha los alemanes a finales del XIX y principios del XX, que es el reformismo del miedo, apaciguar las cosas para que no se extienda una revolución, y el ahogo de las posibilidades de cambio, como la Segunda República española, víctima del miedo al comunismo”.

“Las fuerzas económicas han conquistado el Estado. Con Trump, Wall Street está en el Gobierno. Es más importante Goldman Sachs que el partido republicano”

Es el efecto positivo de ese miedo, sostiene Fontana, lo que “produce esa etapa del Estado del bienestar después de la segunda guerra mundial”. Hasta que “el fantasma de la URSS como un conquistador mundial se desvanece, pero también se desvanece el miedo a los movimientos comunistas, porque lo primero ni unos ni otros se lo creían, ni se lo propusieron, ni tenían capacidad de hacerlo”. Así que para el historiador es casi más relevante el 1968 como fecha de inflexión, cuando con la actitud del PC en Francia y la del bloque soviético en Praga “está claro que los movimientos comunistas no tienen ni el proyecto ni la capacidad de subvertir la sociedad”, que la caída del muro en 1989.

No por casualidad, el curso de la historia en que estamos ahora no empieza solo con Thatcher y Reagan sino incluso antes, en 1973, cuando con Carter llega, para el historiador, “el punto clave de ruptura”, cuando “un presidente y unas cámaras democrátas no renuevan la legislación sindical de la última etapa de Roosevelt atendiendo a las presiones de los empresarios”.

En ese camino hacia la desigualdad, uno de los elementos clave ha sido la conquista del estado por parte de la empresa. “Se ha ido consiguiendo gradualmente, con la financiación electoral, con las puertas giratorias… El ejemplo de Trump es evidente, es Wall Street el que está en el Gobierno, Goldman Sachs es más importante que el partido republicano. Logran políticas laborales favorables y evadir el pago de impuestos, que a su vez perjudica la posibilidad de los gobiernos de hacer políticas sociales, y esto no hay nadie que lo detenga. Ni los gobiernos tienen ya capacidad para obligar a pagar a las empresas. Tiene más posibilidades de imponer políticas contra el carbón a favor del cambio climático el Gobierno chino que Obama, que no podía, o Trump, que no quiere”.

Una parte del libro de Fontana es potencialmente polémica. Aquella donde sostiene que el nacionalismo ruso de Putin es consecuencia al acoso de Occidente (“es un tema que está muy envenenado. En estas fantasías de que Trump es un muñeco de los rusos, ha habido mucho disparate. Hay muchas cosas que se pueden decir de Putin que no son positivas, pero no se puede negar que tiene el apoyo mayoritario de su población, en buena parte gracias al asedio desde Occidente”) o donde considera a Hillary Clinton y Trump “igualmente despreciables”. “Clinton tiene una historia suficientemente negra como para decirlo. Había una cosa muy peligrosa en Clinton. Entre las cosas positivas de Obama, aunque sea difícil decirles positivas, es que siempre acabó frenando la tentación de meterse en una actividad militar directa en Oriente Próximo; en cambio Clinton estaba asociada en buena medida a quienes querían ir a Siria para liquidar la situación violentamente.Trump no se sabe cómo acabará, porque es completamente imprevisible, pero no tenía detrás los intereses de la comunidad de inteligencia y del Pentágono, muy ligados a la única industria armamentística”.

“La capacidad de Podemos de hacer un discurso central de partido es nula. Donde hay un movimiento con fuerza, como Galicia, Valencia o Catalunya, se les escapa”

Hablando de Trump. Y del Brexit, que le salió a Cameron por la culata (“las cosas salen a menudo de una forma distinta de cómo lo planean los partidos. En la manifestación del 2012, cuando hay gente que empieza a gritar ‘independencia’, los partidos se encuentran totalmente sorprendidos, no son ellos los que lo han organizado eso”). Detrás están unas fuerzas, las de la gente que “quiere que se oiga su voz”, a las que, dice Fontana, “ahora le llaman alegremente populismo pero es la erosión de un sistema en la que las élites gobiernan con el consentimiento de los de abajo, y que según escribió Blair produciría exabruptos a izquierda y derecha, en los que unos demonizarían al inmigrante y los otros al banquero, aunque solo las fuerzas de extrema derecha han tenido capacidad para utilizar este malestar”.

“Esta erosión del sistema en otras circunstancias quizá hubiese podido conducir a una alternativa de izquierdas, pero es que no hay una alternativa de izquierdas que tenga suficiente fuerza y capacidad”, añade. ¿Y movimientos como Podemos? “Descubrieron que había un malestar joven y urbano con cierta capacidad de organizarse, con fuerzas que nacen de la propia sociedad, y decidió apoyarse en ellas. Ese es el secreto del éxito de Ada Colau en Barcelona. Teóricamente Podemos ha querido aprovechar todo esto pero no tiene capacidad para controlarlo, donde este movimiento tiene fuerza, en Galicia, Valencia, Catalunya, se les escapa. Y la capacidad de hacerlo funcionar desde un discurso central de partido en nula”, responde.

Hay otra cosa que le preocupa aún más. “Lo que me hace reflexionar más es la situación del país en el que estamos, el inmovilismo que tiene la garantía del voto del miedo de todos los que piensan que cualquier cambio les puede hacer perder votos y subsidios. Es una garantía de continuidad. El PP, mientras sea capaz de garantizar que al mes siguiente pagará la pensión, hará que una enorme parte de sus votantes tengan miedo de votar a otros que puedan trastocar las cosas. Aquí no hay riesgo de populismo”.

Fontana centra su libro en la desigualdad en el mundo desarrollado, aunque no deja de lado la desigualdad global. “Hay gente como Sala i Martín que dicen que la desigualdad en los países desarrollados se compensa porque hay una disminución de la desigualdad a escala mundial. Es una ficción peligrosa. No está nada claro. Si la hay, ¿por qué toda esta gente famélica de África se lanza al mar cuando el discurso oficial es que África está creciendo? ¿Quién está creciendo? El crecimiento de China y el de India, que no está tan claro que reduzca la pobreza, distorsionan la imagen global: América Latina, África, el mundo de Afganistán a Marruecos que está en plena revuelta”. Esta desigualdad está detrás de una de las tendencias que marcan el mundo de ahora mismo: la “gran migración”, una “huida que no solo se puede atribuir a los efectos de la guerra, sino al desmantelamiento de toda la economía agraria de subsistencia”, además de al cambio climático.

El guardián del orden de Franco

14 marzo, 2017

Fuente: blogs.elpais.com/historias

Por: Julián Casanova | 19 de diciembre de 2013

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Luis Carrero Blanco saluda a Franco / EFE.

El día en que lo mataron, 20 de diciembre de 1973, el almirante Luis Carrero Blanco iba a presentar un documento en la reunión de ministros en el que mostraba su obsesión por los grandes demonios de la España franquista, el comunismo y la masonería. Eran, como se había repetido machaconamente desde la victoria en la guerra civil, los grandes enemigos de España, infiltrados ahora, tras el desarrollo y la modernización, en la Iglesia y en las universidades, en las clases trabajadoras y en los medios de información.

Frente a ellos, siempre quedaría “el espíritu de nuestro Movimiento, la virilidad, el patriotismo, el honor, la decencia….”. Y la receta que ofrecía para atajar la infiltración del comunismo en la enseñanza se parecía mucho a la que ya habían aplicado con tanto éxito los militares rebeldes y las autoridades franquistas durante la guerra y la posguerra: “Hay que borrar de los cuadros del profesorado de la Enseñanza General Básica y de la Universidad a todos los enemigos del régimen y hay que separar de la Universidad a todos los alumnos que son instrumento de subversión”.

España siempre fue, como le gustaba decir, la razón de ser de su vida política. Nacido el 4 de marzo de 1904 en Santoña (Cantabria), Carrero apenas había intervenido en la guerra civil, el bautismo de fuego de los militares de su generación, y no debió su ascenso hasta la cúspide de la dictadura a los méritos acumulados durante lo que él mismo llamó después “la primera victoria de Occidente contra el imperialismo soviético”. Era un militar sin condecoraciones de guerra, algo muy extraño en esa dictadura que se inauguró el 1 de abril de 1939 con la victoria ante el “cautivo y desarmado Ejército rojo”.

 

Carrero Blanco, alf+®rez de fragata

En julio de 1936 vivía en Madrid, destinado como profesor en la Escuela de Guerra Naval y, ante la incertidumbre de esos primeros días que siguieron a la sublevación militar, alegó enfermedad para no acudir a su destino y se refugió en la embajada de México, y después en la de Francia, antes de pasar al bando franquista. En un informe fechado el 5 de mayo de 1947 le explicó a Franco, sin embargo, que “en aquellos trágicos momentos”, con su hermano José fusilado y su familia expuesta a todos los peligros, “me hice a mí mismo el voto de dedicar el resto de mi vida al servicio de España, sin pensar para nada ni en mi porvenir ni en mis conveniencias particulares”.

A lo largo de su vida política, y en su relación con Franco, Carrero se inventó su personaje y es muy difícil discriminar entre la verdad y la falsedad, entre lo que ocultó o distorsionó y aquello que siempre subrayó en sus confesiones públicas o a su Caudillo. A los historiadores, en general, les ha preocupado poco ese tema, más interesados en el Carrero que consiguió ser el delfín o la mano derecha del dictador, gracias, se supone, a su habilidad, valentía y lealtad. Comenzó siendo monárquico por tradición familiar, no luchó ni conspiró contra la República y en su trayectoria política nunca pareció comprometerse con nada sin tener garantía de su éxito y rentabilidad.

Carrero no pertenecía al círculo de Franco, ni en lo profesional ni en lo personal, y terminada la guerra, inició un ascenso meteórico hacia el poder. Además de adjudicarse la autoría de informes en los que únicamente había colaborado –como el que el ministro de Marina, Salvador Moreno, presentó a Franco en noviembre de 1940 sobre la no intervención de España en la Segunda Guerra Mundial- y de conseguir destituciones de aquellos que entorpecían su ascenso –como la de Serrano Súñer tras en el enfrentamiento entre carlistas y falangistas en el santuario de Begoña en agosto de 1942-, se enorgulleció con frecuencia del impecable servicio que ofreció a España y a su máximo gobernante, al que le pertenecían “títulos de Caudillo, Monarca, Príncipe y Señor de los Ejércitos”. Sus muestras de desmesurada adulación hacia Franco fueron constantes y la que manifestó en las Cortes en 1957 las resumía todas: “Dios nos ha concedido la inmensa gracia de un Caudillo excepcional a quien solo podemos juzgar como uno de esos dones que, para un propósito realmente grande, la Providencia concede a las naciones cada tres o cuatro siglos”.

El orden y la unidad en torno al ejército fue la fórmula de Carrero para la supervivencia del régimen en los momentos difíciles. “Orden, unidad y aguantar” frente a los enemigos externos y “buena acción policial para prevenir cualquier subversión” interna. En un discurso ante el Estado Mayor en abril de 1968, advirtió “que nadie, ni desde fuera ni desde dentro, abrigue la más mínima esperanza de poder alterar en ningún aspecto el sistema institucional, porque aunque el pueblo no lo toleraría nunca, quedan en último extremo las fuerzas armadas”.

La advertencia no era baladí porque, justo en esos años, la aparición de altos niveles de conflictividad quebró la tan elogiada paz de Franco. Hasta su asesinato, Carrero desempeñó un papel crucial. En realidad, aunque convenció a Franco, que ya presentaba claros síntomas de envejecimiento, de que nombrara a Juan Carlos como su sucesor, al frente de una “Monarquía del Movimiento Nacional, continuadora perenne de sus principios e instituciones”, era él, y no tanto el Príncipe, quien aseguraba su continuidad. Sobre todo después del escándalo Matesa y de la formación de un nuevo Gobierno en octubre de 1969.

El asunto Matesa, las siglas de Maquinaria Textil, S.A., estalló de súbito en el verano de ese año y se convirtió en el mayor escándalo financiero de toda la dictadura. La empresa fabricaba maquinaria textil en Pamplona y tenía sucursales y compañías subsidiarias en América Latina. Su director, Juan Vilá Reyes, conectado con el Opus Dei y los grupos tecnocráticos, logró cuantiosos créditos oficiales de ayuda a la exportación, cerca de once mil millones de pesetas, justificados con pedidos que en la práctica no existían o estaban inflados. Las irregularidades fueron denunciadas y aireadas por la prensa del Movimiento, con la ayuda desde el Gobierno de Manuel Fraga Iribarne y José Solís Ruiz, para intentar desacreditar a los ministros del Opus Dei, un pulso más de la dura batalla por el poder que libraban esos dos grupos desde principios de los años sesenta.

Los efectos políticos de ese escándalo fueron inmediatos. Carrero pidió a Franco una remodelación total del gobierno y el 29 de octubre formó lo que ha pasado a la historia como el “gobierno monocolor”. Carrero continuaba de vicepresidente, con más poder que nunca, y casi todos los ministros en puestos clave eran miembros del Opus Dei, de la ACNP, o se identificaban con la línea tecnocrática-reaccionaria que compartía con Laureano López Rodó. Manuel Fraga Iribarne y Solís Ruiz fueron cesados y aunque Carrero no asumió todavía la presidencia del Gobierno, era él quien dirigió la política gubernamental.

Esa pugna por el control del proceso político entre Carrero y el Opus Dei por un lado y el sector azul del Movimiento por otro, abrió definitivamente la crisis en el interior del franquismo, aunque no fueron solo conflictos internos por el poder los que complicaron la vida a la dictadura en sus últimos años. La conflictividad alcanzó en 1970 el nivel más alto de la dictadura, con casi medio millón de trabajadores metidos en reivindicaciones y nueve millones de horas perdidas. Muchas de esas huelgas derivaban en enfrentamientos con la policía y con muchos huelguistas torturados y en la cárcel. La represión fue especialmente dura en el País Vasco, donde ETA había empezado a desafiar a las fuerzas armadas de la dictadura con asesinatos y atracos a bancos y empresas. La mezcla de agitación laboral, universitaria y terrorista provocó una dura reacción de militares y políticos ultraderechistas que convencieron a Franco para que respondiera con un juicio ejemplar contra dieciséis prisioneros vascos, entre ellos dos sacerdotes. El proceso comenzó en diciembre en Burgos, sede de la región militar a la que pertenecía el País Vasco, y concluyó con la condena a muerte a seis de los acusados y con 519 años de prisión para los demás, aunque unos días después, en su mensaje de fin de año transmitido por televisión, Franco anunció su magnánima decisión de conmutar las penas de muerte por años de cárcel.

Carrero con Kissinger, el d+¡a antes del atentado

Pese al perdón, todo ese proceso tuvo consecuencias muy negativas para el régimen, que vio cómo un sector de la sociedad respondía con huelgas y manifestaciones, los obispos vascos pedían clemencia y en el exterior se protestaba contra Franco como no se recordaba desde los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial.

Los años que siguieron fueron los más agitados de la dictadura. Algunos miembros de la jerarquía eclesiástica, muy renovada tras la desaparición de los principales exponentes de la cruzada y del nacionalcatolicismo, empezaron a romper el matrimonio con la dictadura, presionados también por muchos sacerdotes y comunidades cristianas que, especialmente en Cataluña, el País Vasco y las grandes ciudades, reclamaban una Iglesia más abierta, comprometida con la justicia social y los derechos humanos.

Curas y católicos que hablaban de democracia y socialismo y criticaban a la dictadura y a sus manifestaciones más represivas. Todo eso era nuevo, muy nuevo, en España y parece lógico que provocara una reacción en amplios sectores franquistas, acostumbrados a una Iglesia servil y entusiasta con la dictadura. Un documento confidencial de la Dirección General de Seguridad, fechado en 1966, ya advertía que de los tres pilares de la dictadura, “el Catolicismo, el Ejército y la Falange”, únicamente el segundo aparecía “firme, unido como realidad y esperanza de continuidad”, mientras que el catolicismo mostraba signos de división en torno a tres problemas: “el clero separatista; la lucha interna entre sacerdotes conservadores y sacerdotes avanzados; y la actitud de cierta parte del clero frente a las altas jerarquías eclesiásticas”.

Carrero Blanco llamó a esa disidencia de una parte de la Iglesia católica “la traición de los clérigos”, porque el manto protector que la dictadura había dado a la Iglesia no se merecía eso. Y para demostrar los servicios prestados, “aunque sólo sea en el orden material”, prueba de cómo Franco “quiso servir a Dios sirviendo a su Iglesia”, Carrero daba cifras: “desde 1939, el Estado ha gastado unos 300.000 millones de pesetas en construcción de templos, seminarios, centros de caridad y enseñanza, sostenimiento del culto”.

Agujero de la bomba contra Carrero Blanco

Cráter en la calle madrileña de Claudio Coello tras el atentado contra Carrero Blanco.

En 1973, el último año de su vida, el aumento de los conflictos fue espectacular, con la provincia de Barcelona a la cabeza de las huelgas, como en casi todo ese período. En realidad, desde 1970 hasta la muerte de Franco, los conflictos se extendieron por todas las grandes ciudades y se radicalizaron por la intervención represiva de los cuerpos policiales, cuyos disparos dejaban a menudo muertos y heridos en las huelgas y manifestaciones. La violencia policial llegaba también a las Universidades donde crecían las protestas y se multiplicaban las minúsculas organizaciones de extrema izquierda. La respuesta de las autoridades franquistas, con Carrero a la cabeza, fue siempre mano dura, represión y una confianza inquebrantable en las fuerzas armadas para controlar la situación.

El asesinato de Carrero, presidente del Gobierno desde junio de ese año de 1973, aceleró la crisis interna del régimen. Cuando Franco murió, su dictadura se desmoronaba. La desbandada de los llamados reformistas o “aperturistas” en busca de una nueva identidad política era ya general. Muchos franquista de siempre, poderosos o no, se convirtieron de la noche a la mañana en demócratas de toda la vida. Era improbable que el franquismo continuara sin Franco, pero el gobierno de Carlos Arias Navarro mantenía intacto el aparato represivo y tenía a su disposición ese ejército salido de la guerra, educado en la dictadura y fiel a Franco.

Hay quienes creen que con Carrero todo se hubiera prolongado y otros que consideran que su lealtad a la Monarquía de Juan Carlos le hubiera impedido oponerse al proceso de transición. Pero eso pertenece al terreno de la historia contrafactual. Mientras estuvo vivo, fue uno de los principales instigadores de que el ejército defendiera siempre su victoria en la guerra por medio del terror institucionalizado y de la legislación represiva del Estado. Y así forjó su carrera, con alegatos en defensa del orden y construyendo e inventando un personaje austero, listo, sin ambiciones y siempre dispuesto a trabajar por España y por su Caudillo.

Historia, tradición, memoria

28 febrero, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

Tribuna: El recuerdo de José Antonio Maravall

Carmen Iglesias, 19 de diciembre de 2006.

“Viviremos con mayor negligencia, hurtados a la querida autoridad de su mirada”, decía Plinio el joven en la oración fúnebre dedicada a su tío, el gran naturalista y sabio Plinio, víctima de la gran erupción del Vesubio del 79. Es un sentimiento que algunos hemos sentido intensamente ante la desaparición de contados maestros muy queridos. José Antonio Maravall Casesnoves ha sido uno de ellos. Hoy se cumplen 20 años de su fallecimiento y el mejor homenaje que se le puede hacer es recordar una vez más su rico legado historiográfico, del que se siguen publicando nuevas ediciones de sus obras tanto en España como en otros países europeos y americanos.

De ese riquísimo legado que escapa brillantemente, como es sabido, a los límites del especialismo y que abarcó amplios períodos de la historia de España, en cuya investigación supo aunar el detalle singular histórico, y siempre documentado rigurosamente, con un contexto europeo, podríamos preguntarnos qué temas actuales le interesarían más desde el punto de vista historiográfico en estos 20 años transcurridos en su ausencia. Pienso que, entre muchos otros -pues su curiosidad científica y humana era inagotable-, hay tres asuntos que inciden en lo que fue siempre para él preocupación constante en su quehacer historiográfico y que aparecen una y otra vez tanto en sus escritos sobre la España medieval como en la renacentista, en la barroca o en la ilustrada y, desde luego, en la contemporánea. Uno fue la insistente inserción de la historia de España dentro de la historia de Europa y homologable a la de cualquier otro país europeo; con sus caracteres particulares, pero fuera de todo excepcionalismo o diferencialismo narcisista. Junto con Caro Baroja, fueron dos principales y autorizadas voces combativas contra todo esencialismo hispano y contra el mito de los caracteres nacionales. Una segunda obsesión historiográfica fue siempre la articulación entre el sentimiento de unidad y la diferenciación de los distintos territorios de España en la formación y consolidación del Estado nacional. Como tercera preocupación, la necesidad de conocer y estudiar la historia de cada época, con los instrumentos historiográficos más depurados y distanciados posibles, frente a los estereotipos de la tradición y frente a los tópicos maniqueos que dividen la historia en “buenos y malos” y, erigidos en “jueces historiográficos”, condenan y absuelven a su gusto, utilizando la historia como arma política, como “un ladrillo que arrojar a la cabeza del contrario”.

En la España actual, los avatares de la Unión Europea, las crecientes competencias autonómicas que en ciertos casos plantean serios problemas de funcionamiento y lindan con el nacionalismo separatista y, por último, la discusión sobre la llamada ley de “memoria histórica” con su guerra de esquelas y el resurgimiento de reivindicaciones fratricidas, creo que hubieran ocupado -y preocupado- toda la atención de nuestro gran historiador.

El europeísmo de Maravall se basaba en una doble vertiente, especialmente destacada en su momento por el padre Batllori, que aunaba el interés por específicos problemas europeos y su organización supranacional con la citada insistencia en considerar siempre la historia de España inserta en la historia y en la vida de Europa, su obsesión por salir de cualquier ensimismamiento historiográfico de la “España diferente” como tópico que seguía enlazado con el nacionalismo histórico del siglo XIX y también con una corriente regeneracionista que admiraba a Europa pero que creía en caracteres esencialistas hispanos. Sin Europa no es concebible una libertad efectiva: “La libertad”, escribía ya en 1965, “es un modo de vida del europeo de hoy, radicalmente diferenciado de cuanto antes ha sido, un modo nuevo como resultado difícil de la tensión política y económica supranacional de nuestros días. Y ni que decir tiene que el que no participe en ese plan se queda sin Europa y sin libertad”. El desafío actual de una Europa inserta en un mundo globalizado que tantea las posibilidades de funcionar con cierta unidad económica y política y que, sin embargo, sigue al tiempo desunida en cuestiones decisivas para el futuro, entraría de lleno en la compleja reflexión histórica de lo que ha sido la formación de la cultura y civilización europeas. Y desde luego -ahora y para nosotros, como historiadores y ciudadanos, y en la estela de una de las direcciones del pensamiento maravalliano-, debería estar alejado de todo casticismo nacionalista, deudor de una tradición romántica que, si fue un lastre a escala nacional, sigue siéndolo en los nacionalismos periféricos y en las diferenciaciones narcisistas e interesadas para la afirmación de grupos políticos que crean sus propias clientelas y divisiones partidarias. “La historia es precisamente lo contrario de la tradición”, repitió nuestro historiador en varias ocasiones, y creer que existe en determinados pueblos o grupos humanos una esencia inmóvil que permanece por encima y por debajo de los acontecimientos históricos y evoluciones complejas, no como sedimento de la historia y de la acción de los seres humanos concretos, sino como caracteres fijos, no es más que uno de esos estereotipos rentables que hay que desmontar dondequiera que se reproduzcan. Y se reproducen desde luego con facilidad: por la propia inercia y pereza natural, por la seguridad que da el calor del grupo o de la tribu que descarga de responsabilidad individual a sus miembros, por el beneficio que a corto plazo procura a sus promotores y seguidores.

“En España -explicaba Maravall- es absolutamente imprescindible afirmar el pluralismo y la entidad propia de los grupos que por razones de múltiple naturaleza lo han constituido, pero no menos es necesario afirmar lo contrario, porque no serían lo que han sido ni se hubieran desarrollado como se han desarrollado si no hubiera sido por la combinación de los dos aspectos”. Maravall investigó rigurosamente “tanto en fuentes del lado castellano-leonés como en fuentes del lado catalán-aragonés” para desmontar uno de los estereotipos, “común en 1950”, que partía de que España no había sido durante siglos más que “una mera referencia geográfica”. “Y eso carece de sentido (…). Hay textos inequívocos que hablan de los de fuera, en el sentido de los de más allá del grupo de dentro, de modo que la historia de España está establecida en tres planos: los de fuera, los del grupo de los de España y el grupo particular al que se pertenece. Y eliminar cualquiera de esas tres dimensiones es falsear la historia de España”. Expresiones tan fuertes -proseguía- como la de Ramón Muntaner afirmando que “todos estos reyes -medievales- son una carne y una sangre, si se juntaran podrían contra todo otro Poder del mundo” no se hacen sobre un simple risco geográfico. Y buena parte de su inmenso trabajo sobre la formación del Estado nacional a través de los siglos, del carácter “protonacional” que aparece tempranamente y sobre el complejo desarrollo de lo que fue la monarquía hispánica y las múltiples corrientes reformistas que recorren el barroco y la ilustración, inciden en mostrar y explicar lo que fue una historia común, no exenta de tensiones y enfrentamientos, pero que abarca conjuntamente los distintos territorios de la historia española.

La constante preocupación de Maravall por una historia plural y rigurosa, por la historia comparada, por las evoluciones metodológicas en historiografía que permitieran una aproximación veraz al pasado, estarían desde luego, a mi parecer, muy lejos de las tristes polémicas sobre una ley de memoria histórica o sobre la “guerra de esquelas”. La historia es cosa muy distinta de la memoria, igual que lo era de la tradición. Como escribió en una de sus últimas monografías -precisamente sobre la concepción de la historia en Altamira-, toda la moderna historiografía ha luchado para “desalojar al juez historiográfico, esos jueces suplentes del Valle de Josapaht”, como los llamara Lucien Febvre, quien afirmaba que el historiador como tal “no era ni siquiera un juez de instrucción”. El historiador como tal no está en contra de tal o cual cosa, de tal o cual período histórico; como ciudadano claro que elige y se compromete, pero como científico social expone. Maravall comentaba gustoso una expresiva conversación con el duque de Maura, por el año 1945, cuyo libro sobre Carlos II estimaba como lo mejor en historia política que se había hecho: “Yo había publicado mi libro sobre el pensamiento político en el XVII español y Maura me comentó: ‘La diferencia entre nosotros y ustedes está en que nosotros, cuando hacíamos un libro de Historia, lo entendíamos como un ladrillo para arrojar a la cabeza del contrario y ustedes hacen libros para dar a entender el tema y dejan a los lectores que se peleen si quieren”. Frases -comentaba Maravall- llenas de humor y generosidad, que hoy en día, añadiría yo, con la nefasta intervención de los políticos y de la política en el juicio de la historia y en la distribución de bondades y maldades de forma maniquea, están lejos de ser realidad. La historia como piedra para arrojar al contrario no es la de los verdaderos historiadores.

Carmen Iglesias es catedrática de Historia de las Ideas y académica de la Española y de la Historia.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de diciembre de 2006

La guerra que Japón no podía ganar

18 febrero, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

La historiadora Eri Hotta relata los meses que condujeron al ataque a Pearl Harbor y sus consecuencias en un libro que ayuda a derribar interpretaciones politizadas e incompletas

JULIÁN CASANOVA

Imagen de Pearl Harbor tras el ataque.

Imagen de Pearl Harbor tras el ataque. AP

8 ABR 2015 – 10:43 CEST

En las primeras horas de la mañana del 7 de diciembre de 1941, la división aérea de la Armada Imperial japonesa atacó la base naval estadounidense de Pearl Harbor en la isla de Oahu (Hawái). Unas 2.400 personas murieron durante el bombardeo, que dejó inutilizados numerosos barcos, aviones e instalaciones. Sin declaración de guerra, sin ruptura formal de las relaciones diplomáticas, aquella operación, seguida de otra en las principales bases de Estados Unidos en Filipinas, marcó el paso de una guerra europea a otra global, donde sólo unos pocos países quedaron fuera del conflicto.

La mayoría de los japoneses celebraron el ataque. Poetas y novelistas se apresuraron a alabar aquella “gran hazaña”. El ambiente festivo parecía dejar atrás años de penuria, de escasez de productos básicos, de cupones de racionamiento para obtener arroz, el alimento fundamental de la dieta nacional, que se habían vuelto más duros a medida que se prolongaba la guerra con China iniciada a mediados de 1937.

Pero no es el relato de Pearl Harbor, muy conocido en la historiografía de la II Guerra Mundial, el objeto de la obra de Eri Hotta, sino la historia de quiénes y qué llevaron a Japón a ese ataque. Como las consecuencias de esa “funesta decisión” fueron terribles para la población japonesa y de otros países, la autora traza una fotografía magistral de los principales actores, los líderes imprudentes que apostaron por una guerra que no podían ganar, y proporciona también al lector las claves para entender la conversión de Japón, en las décadas finales del siglo XIX y comienzos del XX, desde un régimen feudal hasta un Estado-nación moderno, industrial y militarizado, convencido de que el poder obtenido por las guerras y el expansionismo era el requisito esencial para sobrevivir al colonialismo occidental.

En los años treinta, cuando en casi todo el mundo se buscaban soluciones ideológicas extremas a los problemas socioeconómicos, una parte de la sociedad japonesa “sucumbió a la tentación fácil de culpar de sus males sociales a potencias extranjeras” (página 42), y la consecución de antiguos objetivos imperialistas, ya imposibles, se convirtió en el principal fin de la movilización ultranacionalista. Amparadas por ese nacionalismo agresivo, las tropas niponas invadieron Manchuria en septiembre de 1931, ocupando todo el noreste del país en los cinco meses siguientes, y establecieron allí el régimen títere del Manchukúo. Unos años después, la guerra abierta con China impulsó un nuevo sistema de reclutamiento militar que duplicó el número de hombres aptos para el servicio militar. Esa rápida expansión de las fuerzas armadas japonesas proporcionó una gran oportunidad a los soldados profesionales para ascender rápidamente. La sociedad se militarizó, con la puesta en marcha de asociaciones patrióticas de mujeres, vigilancia estricta de los disidentes y una rígida censura de los medios de comunicación.

Los éxitos militares de Hitler en Europa animaron todavía más a los estrategas japoneses a cumplir sus sueños imperiales. En septiembre de 1940, al mismo tiempo que ocupaban el norte de Indochina, firmaron el Pacto Tripartito con Alemania e Italia, lo cual provocó tensiones y represalias casi irresolubles entre Estados Unidos y Japón. El príncipe Fumimaro Konoe estuvo al frente del país en todo ese periodo en el que se agudizó la crisis internacional, con una política exterior “indecisa e impulsiva” (página 83). Cuando dimitió en octubre de 1941, le sustituyó su ministro del Ejército, el poderoso general Hideki Tojo. Con un militar en el Gobierno, los jefes del Estado Mayor de la Armada y del Ejército presionaron insistentemente para que se aceleraran los preparativos bélicos. El 1 de diciembre de 1941, el emperador Hirohito dio su aprobación a la guerra contra Estados Unidos. Lo que acaeció en los años siguientes fue una auténtica catástrofe nacional, de sufrimiento y muerte, que tuvo el más trágico de los finales con el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945.

Hotta concluye, tras ese minucioso relato de los ocho meses que condujeron a Pearl Harbor, que ninguno de los máximos líderes de Japón “tuvo suficiente voluntad, deseo o valor para frenar el impulso hacia la guerra” (página 344). Con su lenguaje agresivo y fatídicas decisiones, llevaron a Japón al desastre como si se tratara de un juego del que podían retirarse.

Tras la catástrofe, la tendencia oficial en Japón fue y ha sido hasta los debates recientes, como en otros muchos países con pasados traumáticos, buscar responsabilidades colectivas y “apartar la mirada de lo que no es agradable ni deseable en su historia” (página 351). Frente a esos intentos de huir del pasado, libros como el de la historiadora Eri Hotta ayudan a derribar interpretaciones parciales politizadas e incompletas.

Japón 1941. El camino a la infamia: Pearl Harbor.  Eri Hotta. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2015. 400 páginas. 26 euros.

Nelson Mandela, poder ubuntu

10 febrero, 2017

Fuente: http://www.blogs.elpais.com/historias

Nelson_mandela

Por: María José Turrión | 05 de diciembre de 2013

En el listado del Registro Memoria del Mundo que elabora la UNESCO, donde se van incluyendo aquellos archivos que representan un claro interés para la memoria de la humanidad y constituyen conjuntos documentales a preservar, restaurar y difundir, encontramos cuatro referidos a Sudáfrica: la colección Bleek; los Archivos de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (compartido con India, Indonesia y Sri Lanka); el Sumario del caso nº 253/1963 del Estado contra Nelson Mandela, incluido en la lista en el año 2007 y por último, la Colección de archivos vivos de la liberación.

Sobre el primero hemos de agradecer a Wilhelm Bleek la recopilación que realizó de la literatura oral sudafricana, en especial la del pueblo San y que nos haya llegado en soporte estable. En la actualidad existe un interesante programa  auspiciado por la Unión Europea, que bajo el título “Historias de cueva en cueva” pretende realizar una difusión en Europa y la propia Sudáfrica, de las historias sudafricanas recopiladas por Bleek y las narraciones más antiguas europeas. Todo ello en una interpretación vívida de voces y silencios en los entornos humanos más antiguos utilizados por el hombre, las cuevas prehistóricas: Atapuerca, Cueva de los Casares y, en Sudáfrica en los conjuntos de las Montañas del Cederberg.

La Compañía de la Indias Orientales, sin duda la más importante europea en lo relativo al comercio, fue propuesta por los Países Bajos en 2003. Más de veinticinco millones de documentos se conservan relativos en diversas ciudades de Asia y África que testimonian lo que fue y significó este gigante que se creado en 1602 y que duró hasta 1795.

La Colección de archivos vivos de la liberación en 2007 y el Sumario del caso Número 253/1963 del Estado contra Nelson Mandela y también otros componentes del Congreso Nacional Africano, que reúne las actas del proceso seguido contra los dirigentes de este movimiento terminan esta lista de Memoria del Mundo. Nelson Mandela fue condenado y enviado a la prisión de Robben Island. Desde el banquillo de los acusados realizó una defensa del movimiento del ANC  que quedaría grabada en las actas del sumario y escuchada en el mundo entero. En boca suya se estaba cometiendo un genocidio moral sobre el pueblo sudafricano y un cruel exterminio del respeto de un pueblo por sí mismo.

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Mandela, después de su liberación en 1990 tras 27 años en presidio y, elegido ya presidente en las primeras elecciones democráticas en 1994, iniciaría las políticas de reparación y convivencia en su país. Un país en el que se habían producido crímenes contra la humanidad, según la Resolución 556 del Consejo de Seguridad de 13 de septiembre de 1984 y que tuvo como Estado una reconciliación democrática nunca vista, al diseñar un organismo el de la Comisión Verdad y Reconciliación que instauraría un sistema de reparación de las víctimas a través del relato testimonio y una amnistía para el perpetrador con la condición de reconocer que los actos de violación contra los derechos humanos fueran ejecutados en base al seguimiento normativo de un sistema político, el del apartheid.

Los informes producidos por la Comisión Verdad y Reconciliación, creada en 1995 con el fin de establecer reparación a las víctimas una vez acabado el régimen del apartheid, que para muchos ha sido ejemplo en su actuación, reunió testimonios de personas víctimas de violación de derechos humanos, pero también de los verdugos, quienes declarando sus actos y crímenes y solicitando el perdón de las víctimas, se acogían a una ley de impunidad. Es en este punto precisamente donde se centrarán las mayores críticas hacia la Comisión, por permitir que actos que violentan los derechos humanos queden impunes. En este sentido Philippe Joseph Salazar, experto en la transición sudafricana, se preguntaba en el año 2009 sobre las razones para que “el primer régimen criminal, declarado crimen contra la humanidad, después del régimen nazi” no fuera sometido a un juicio internacional cuando reunía todos los requisitos para ello.

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No podemos hablar de la transición sudafricana del apartheid a la democracia, sin tener en cuenta a esta Comisión, clave a la hora de la reparación y de la amnistía, cuyo significado y consecuencias trasciende con mucho el derecho a la verdad, derecho fundamental en cualquier sociedad, por el que se informaba sobre los actos desarrollados durante el apartheid, tanto para los afines al régimen como para los que lucharon en su contra. Los miembros, diecisiete en total, fueron elegidos por Mandela de una lista corta de veinticinco candidatos seleccionados sobre doscientos noventa y nueve. La Comisión creada bajo el paraguas de la Ley Promotion of National Unity and Reconciliation Act del gobierno de Nelson Mandela tenía la potestad de amnistiar, si bien sus actuaciones no constituyeron en ningún momento un proceso judicial pues lo que buscaba era la reconciliación basada en la narración por parte de los verdugos de sus actos y en su arrepentimiento y petición de perdón a las víctimas. En este sentido Desmond Tutú, presidente de la Comisión diría que sin perdón no hay reconciliación, y que no puede haber perdón si con anterioridad no ha existido confesión.

Es posible que la actuación y repercusión que tuvo la Comisión en la sociedad sudafricana no hubiera sido posible sin la actuación de Mandela y sin el concepto filosófico que impregna ese continente y que se conoce con la palabra ubuntu, palabra que viene de las lenguas zulú y xhosa: “yo soy porque nosotros somos”, así lo resumiría Nelson Mandela. Pero para Madiba, Ubuntu era algo más, era respeto, ayuda, compartir, comunidad, cuidado, confianza, desinterés. El sistema filosófico conocido como ubuntu, trata de explicar una realidad social en la que el yo no existe si no es en función del otro. El yo no se puede construir sin el vosotros, sin el tú. En un momento clave para Sudáfrica como fue el post-apartheid, en el que había que crear una nueva realidad social y política, Mandela y sus colaboradores, acudieron a sus raíces filosóficas, al ubuntu. La víctima necesitando escuchar del perpetrador sus actos, conocerlos y saberlos, para poder vivir con lo que no se puede entender. Escuchando, pero también narrando sus experiencias, en una especie de catarsis colectiva donde el verdugo habla pero también escucha, a sí mismo y a  los demás. Narraciones y reparaciones donde se pone de manifiesto la filosofía ubuntu, “mi humanidad se hace posible a través de tu humanidad”, soy humano porque tú me haces humano.

La filosofía ubuntu aboga por recordar el sufrimiento sin sentir el rencor y la amargura en pos de conseguir una vida en paz, sin venganzas. “Yo soy lo que soy por lo que somos todos”. Un enlace intercomunitario, donde la fuerza de uno reside en la de los demás y donde los vínculos con otras sociedades funcionan de manera transversal y no en organizaciones centrales y jerárquicas. Cohesión e integración social basada en un todo regido por una ética universal de fuerza del todo frente a la debilidad de la individualidad.

Si pensamos en la realidad social una vez suprimido el país, ciertamente nos preguntamos cómo fue posible la etapa transicional sin el derramamiento de sangre. John Boorman, en la película “Country of my skull” protagonizada por Juliette Binoche y Samuel L. Jackson, nos muestra los trabajos de la Comisión al mismo tiempo que nos permite observar el clima social existente en la etapa post-apartheid. Un crisol de víctimas y de perpetradores, de culturas y de lenguas unidos por ubuntu. Una aceptación del pasado con una única mira, la de una nueva realidad social y política donde todos son y significan. La solidaridad y la filosofía ubuntu fue clave en el proceso de reconstrucción nacional de Sudáfrica, como lo había sido desde joven en la de Nelson Mandela.

En la actualidad difundido el sistema filosófico y visto el éxito obtenido en la reconstrucción sudafricana, muchas empresas en occidente y también muchos clubs deportivos la están poniendo en valor y utilizando en la gestión de recursos humanos.

Las cintas sonoras de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, ¿próximo registro en Memoria del Mundo de la Unesco?

Ubuntu, ¿Patrimonio Cultural Inmaterial de la humanidad?

In Memoriam.