Posts Tagged ‘Historia de la literatura’

13 batallas íntimas antes de la Gran Guerra

27 marzo, 2018

Fuente: http://www.blogs.elpais.com

Por: Tereixa Constenla 03 de abril de 2014

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‘Embrace Lovers II’, de Egon Schiele.

En 2012 Florian Illies, periodista e historiador del arte, publicó en su país, Alemania, una curiosa obra de no ficción tocada por el éxito de las novelas. Illies, buen conocedor de la literatura y el arte de la Europa central, urdió un rompecabezas íntimo sobre las élites culturales, atrapado en el instante anterior al estallido de la Gran Guerra. Sus personajes son grandes maestros, traspuestos de neuras y genialidades, pillados en plena víspera del fin del mundo (del entonces conocido), más preocupados por sus guerras interiores que por las señales de que algo feo se movía a su alrededor. 1913. Un año hace cien años, publicada en España por Salamandra, invita a espiar por el ojo de la cerradura y descubrir cosas que algunos grandes preferirían que no salieran de casa. Para armar su mosaico, Illies se apoyó sobre casi un centenar de biografías y memorias. De sus apuntes, hemos seleccionado 13 historias.

  • Rainer Maria Rilke viaja a Ronda. Se hospeda en el hotel Reina Victoria, un establecimiento británico casi vacío. Escribe cartas a su madre y a todas las mujeres de su vida (se van acumulando), lee, disfruta del buen tiempo (es enero, es el Sur). Ha viajado a Ronda siguiendo las instrucciones de una desconocida en una sesión de espiritismo.
  • Freud.
  • Freud [en la foto, de AP, en los años treinta] escribe Tótem y tabú. Tras el desafío de su antiguo alumno C. G. Jung, desarrolla la teoría del parricidio. Jung le había escrito: “Esa costumbre suya de tratar a sus discípulos como pacientes es un torpe error (…) Mientras tanto, usted permanece intacto, inmerso en su autoridad paterna. Por mera subordinación nadie se atreve a tirarle de la barba al profeta”. En enero, Freud contesta: “Le propongo finiquitar por completo nuestras relaciones privadas. Yo no pierdo nada con ello, puesto que desde el punto de vista afectivo hace tiempo que tan solo estoy vinculado a usted por el fino hilo conductor de frustraciones anteriormente experimentadas”. Y finiquitaron.
  • El 17 de Febrero se inaugura el Armory Show en Nueva York. Se exponen 1.300 obras. La tercera parte había viajado desde Europa. Las obras de Picasso, Matisse, Brancusi, Duchamp y otros europeos eclipsaron al arte americano, un arte viejo que olía a XIX. Un éxito de público, un espanto de críticas (que arremetió contra los europeos con saña. “Explosión en una fábrica de ripias”, escribió un crítico sobre el Desnudo bajando una escalera de Duchamp.
  • La tarde del 31 de marzo Schönberg dirige en Viena una sinfonía de cámara con piezas de Mahler y sus alumnos Alban Berg y Anton von Webern. Los compositores responden a los silbidos, las risas y los gritos. Schonbërg anuncia que ordenará salir a quien moleste. Alguien reta al director a un duelo. Del fondo de la sala se levanta el compositor Oscar Strauss, se acerca al escenario y le propina un bofetón a Schonbërg. La policía intervino para detener a cuatro personas. A partir de entonces la inolvidable sesión pasó a ser conocida como “el concierto de las bofetadas”.
  •  Dos dibujos de Hitler enviados a la Academia de Bellas Artes de Viena
  • El 20 de abril cumple 24 años. Hitler vive en un albergue de Viena con otros 500 hombres,sobrevive pintando acuarelas. La Academia de Bellas Artes le rechazó como alumno [en la imagen, dos de los dibujos que envió a la institución]. Cobra de tres a cinco coronas por lámina. Compra leche y pan de centeno. Juega al ajedrez y pasea por los jardines. Pierde la compostura cuando se habla de política. “No puede ser, chilla, que en Viena vivan más checos que en Praga, más judíos que en Jerusalén y más croatas que en Zagreb”.
  • El 8 de junio Kafka empieza a pedir la mano de Felice. Concluye la carta el 16. Veinte páginas. La petición de mano más singular de la literatura: “Ten presente, Felice, el cambio que experimentaríamos con un matrimonio, lo que perdería y ganaría cada uno (…) Perderías Berlín, esa oficina que te gusta, a tus amigos, los pequeños placeres, la perspectiva de casarte con un hombre sano, divertido, bueno, de tener hijos guapos. A cambio de esa pérdida nada desdeñable ganarías a un ser enfermo, débil, huraño, taciturno, triste, inflexible, casi sin remedio”.
  • Oskar Kokoschka y Alma Mahler se devoran. En todos los sentidos. El pintor quiere casarse con la viuda del compositor. Ella le exige antes una obra maestra. Y entonces crea La novia del viento. Pero no servirá de nada. Después de torturarse mutuamente con su carrusel pasional, Alma se casará finalmente con el arquitecto Walter Gropius.
  • ¡Ay, las hemerotecas! El periodista inglés Norman Angell, muy influyente y respetado en 1913, proclama que la era de la internacionalización impedirá el estallido de guerras mundiales dado que todos los países tenían lazos económicos. El mundo financiero era el gran paladín de la paz. “La influencia del mundo de las finanzas alemanas al completo frente al gobierno alemán resultaría eficaz para poner fin a una situación ruinosa para el comercio alemán”.
  • En Venecia muere Gerhart, hijo de Samuel Fischer, el editor de Muerte en Venecia, gran éxito literario del año.
  • Se publica Por el camino de Swann, el primer volumen de En busca del tiempo perdido. A Proust le han rechazado ya el manuscrito en tantas editoriales, que acaba pagando la primera edición de su bolsillo.
  • Ernst Jünger se fuga de la casa paterna para ir a correr aventuras en África con una pistola y el libro Los secretos de la parte oscura de la tierra por equipaje. En Verdún se alista en la Legión Extranjera. A pesar de que su padre, adinerado empresario de minas, moviliza todas sus influencias en Berlín y París no logra impedir que Ernst embarque en Marsella rumbo a África. Algo de aventura vivirá pero poco… lo suficiente para celebrar el regreso a la casa del padre.Duchamp posa con su obra
  • El primer ready-made de la historia (la rueda de una bicicleta sobre un taburete) gira en la habitación de Duchamp [en la imagen, con su obra] en París para tranquilizar a su artífice. En Moscú alguien da otro paso de gigante para asentar el arte moderno: Malévich pinta su Cuadrado negro.
  • La Mona Lisa, robada en el Louvre dos años antes, da señales de vidaVincenzo Peruggia, cristalero auxiliar del museo, la había robado para “devolver esta obra maestra al país del que procede”. Tras la recuperación, el retrato de Da Vinci inicia una gira triunfal por Italia (en Villa Borghese, el ministro de Cultura se sentó a su lado durante el horario de visita para no perderla de vista) hasta que el rey Víctor Manuel III hizo la devolución simbólica a los franceses.

El club de los poetas de la muerte

10 febrero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Por: EL PAÍS 27 de marzo de 2014

Document(2)-page-001Bécquer lee en el campo, en un dibujo de Valeriano Bécquer (1864). / Biblioteca Digital Hispánica

Por Rafael Núñez Florencio

Cuando se habla del romanticismo, la asociación entre amor y muerte es tan espontánea –o tan tópica- que el propio Museo Romántico de Madrid organizó hace unos años una magna exposición aunando de modo natural esos dos conceptos. Para el romántico el amor –la pasión- nos aproxima a la tumba. Según Larra, penas y pasiones (de amor, claro) han llenado más cementerios que médicos y necios, pues el amor mata, como matan la ambición y la envidia. El amor es un desasosiego, ansiado y temido al mismo tiempo. El amor puede ser el ideal que paradójicamente nos conduce al sin-vivir. En esas condiciones, el ser amado genera sensaciones contradictorias: el enamorado no sabe si prefiere su presencia o su desaparición, pues en ambos casos le falta la plenitud a la que aspira. Las coordenadas son por tanto erotismo y necrofilia. Cuando no se llega a tanto se recala en la perversión: dolor y placer se confunden o son difícilmente disociables.

En una obra clásica, El Romanticismo español, dice Vicente Lloréns que los románticos no inventan nada sino que recrean una concepción del amor vinculado al sufrimiento y la muerte que tuvo su momento de esplendor en el pasado. Esa especie de mal de amores tiene su claro precedente en el mundo medieval, con los trovadores. No son casuales tantas concomitancias entre el universo romántico y determinados elementos del Medievo: castillos, fortalezas, aldeas, guerreros, monjes, monasterios, templos góticos, tumbas recónditas, ruinas y otros elementos de una Edad Media que, sobre todo en el teatro decimonónico, conforman un escenario medieval estereotipado, de cartón piedra. La necrofilia romántica, escribe Lloréns, revela significativos rasgos del pasado, al tiempo que delata concomitancias con otros autores: “Tálamo y tumba al mismo tiempo. Amor y muerte, unidos como en la poesía de la Edad Media. Como en Leopardi”.

Muerte dulce: el plácido sueño del sepulcro

Lejos de ser una broma macabra o una excesiva licencia poética, el epígrafe que antecede expresa una de las vertientes fundamentales de la necrofilia romántica. La acuñación está tomada casi literalmente de un verso de una famosa Rima de Bécquer: “¡Oh, qué amor tan callado, el de la muerte! / ¡Qué sueño el del sepulcro, tan tranquilo!”. La muerte es calma, silencio, relajación, mientras que la vida es lucha constante. “Cansado del combate / en que luchando vivo, / alguna vez me acuerdo con envidia / de aquel rincón oscuro y escondido”, dice el poeta sevillano.  Document4-page-001

La idea romántica de que la vida atribulada del hombre es el mal y la muerte el bien, la quietud ansiada, la expresa también con rotundidad el Duque de Rivas [en la imagen, en un retrato realizado por Federico de Madrazo y Kuntz, que se conserva en la Biblioteca Nacional] en una de las obras arquetípicas del romanticismo español, Don Álvaro o la fuerza del sino. El protagonista protesta, casi increpa a la Divinidad en su desesperación: “¡Dios eterno! /  Con salvarme de la muerte, / qué grande mal me habéis hecho”. Luego rebaja el tono y dirige la agresividad hacia sí mismo, sin variar un ápice el planteamiento central: “¡Muerte es mi destino, muerte / porque la muerte merezco, / porque es para mí la vida / aborrecible tormento”.

Muerte piadosa frente a vida implacable. Así hace hablar Espronceda a la muerte: “Yo calmaré tu quebranto / y tus dolientes gemidos, / apagando los latidos / de tu herido corazón”. En el famoso Canto a Teresa de El diablo mundo repite la idea de la muerte dichosa frente a la desazón de la vida: “Y tú, feliz, que hallaste en la muerte / sombra a que descansar en tu camino”. Es curioso observar que en el fondo de estas composiciones late el sentido católico de la existencia, el sentimiento barroco y contrarreformista que se expresa en la vanitas del Eclesiastés: el mundo, la vida toda, vanidad de vanidades y solo vanidad. Esa concepción trascendente de la vida humana termina por aflorar explícitamente hasta en el atrevido Espronceda. Así, en El estudiante de Salamanca encontramos la lamentación postrera: “¡Ay! del que descubre por fin la mentira, / ¡Ay! del que la triste realidad palpó, / del que el esqueleto de este mundo mira, / y sus falsas galas loco le arrancó…”.

¿Qué ofrece en definitiva la muerte? Amor verdadero y para siempre. ¿Qué más puede pedir el romántico desengañado por los vaivenes de la fortuna y la impureza de la vida? Frente a los caprichos de los hados, las veleidades de la existencia o las dudas del ser amado, la muerte ofrece garantías incuestionables. Esto sí que es amor eterno. Es verdad que la muerte tiene mala prensa y muchos la temen… de modo infundado. En la Canción de la muerte Espronceda trata de desvanecer esos temores. En esa composición el poeta deja hablar a la muerte para que se presente como lo que es, la amante perfecta, comprensiva y compasiva: “Soy la virgen misteriosa / de los últimos amores, / y ofrezco un lecho de flores, / sin espina ni dolor, / y amante doy mi cariño / sin vanidad ni falsía; / no doy placer ni alegría, / mas es eterno mi amor”.

¿Puede extrañar por tanto que el romántico se detenga extasiado en contemplar tumbas y mausoleos o confiese su amor a los cementerios? En una de las Cartas desde la celda, Bécquer se demora en la descripción de una visita a un camposanto. No la necrópolis masificada y hasta caótica de las grandes ciudades, sino el recinto recoleto propio de las pequeñas poblaciones, que parece estar sumido en un sueño de siglos. Un paseo solitario por esos lugares en los que la muerte no causa perturbación a la vida y la vida se mantiene como de puntillas para no profanar el silencio de la muerte es como toda una lección de filosofía. Es verdad que el estado de ánimo del visitante no puede ser de exaltación pero… mejor así, dejarse llevar por una dulce melancolía, una plácida languidez que, en cierto modo, simboliza el tránsito entre vida y muerte.

Este solazarse en la tristeza constituye la quintaesencia romántica. Con un cierto deje de autocompasión, como expresa el propio Bécquer en unos conocidísimos versos: “Cuando la muerte vidrie / de mis ojos el cristal, / mis párpados aún abiertos, / ¿quién los cerrará? (…) Cuando mis pálidos restos / opriman la tierra ya, / sobre la olvidada fosa, / ¿quién vendrá a llorar?”. Llegados a este punto no caben engaños. Como dice con brutal sinceridad el refrán castellano, “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. O en términos becquerianos: “¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos!”.

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La muerte amada puede tener un epílogo a primera vista sorprendente, pero de innegable coherencia desde una perspectiva distanciada. Tanto énfasis en la vida como sin-vivir puede llevar a una desesperación o, al menos, una impaciencia que recuerda el teresiano “muero porque no muero”. No estamos hablando solo de ideas o literatura. La tentación de acortar los plazos y aliviar el tránsito no era solo una ensoñación. Larra [en la imagen, en un retrato de Pedro Hortigosa que se conserva en la Biblioteca Nacional] resolvió el dilema de modo expeditivo y se descerrajó un tiro en la cabeza. Hasta alguien tan conservadora como Rosalía de Castro coqueteaba con la idea del suicidio. El más famoso suicidio literario de la época lo realiza don Álvaro en la pieza teatral del Duque de Rivas con un toque nihilista: “¡Infierno, abre tu boca y trágame! Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción…!” El pintor Leonardo Alenza trazó una Sátira del suicidio romántico que, reproducida en infinidad de ocasiones en libros y portadas, ha quedado como la expresión más certera de esta propensión romántica por los remedios expeditivos.

Sed de infinito, muerte heroica

La necrofilia romántica se inserta en planteamientos religiosos o filosóficos profundamente inscritos en nuestra cultura, esa concepción o sentido de la existencia que establece la vida como tránsito y la muerte como auténtica verdad. La vida no es otra cosa que un constante e imparable avance hacia la muerte, dice Espronceda en El estudiante de Salamanca: “Cada paso que avanzáis / lo adelantáis a la muerte”. En el fondo, vida y muerte se funden y confunden. Esa confusión termina despertando una atracción morbosa en el romántico que ansía encontrar en la vida los signos de la muerte y se deleita en ellos: de ahí los amores morbosos, la complacencia en la enfermedad, la fascinación hacia los símbolos que pueden revelar el mal agazapado (palidez, delgadez, ojeras, rostro demacrado).

El romántico pide siempre más a todo, empezando por la propia vida: más sentimiento, pasión, arrebato, placer…, pero con ello también más incertidumbre, angustia, agonía… El romántico expresa su anhelo nunca colmado de más, su sed de infinito. Rompe así el límite convencional entre la vida y la muerte. El romántico quiere penetrar en el más allá, saber lo que hay, conocer lo que le espera… Y si pretende que la vida se adentre todo lo posible en la muerte, de manera complementaria también quiere que la muerte invada la vida. Por ello sus fantasías están llenas de elementos sobrenaturales, visiones, apariciones, fantasmas, espectros, signos premonitorios. El esqueleto toma vida, de la misma manera que las tumbas se abren. Las delimitaciones convencionales entre vivos y muertos saltan por los aires.

Por ello el romántico prefiere la noche al día, las tinieblas a la claridad y el sueño a la realidad. Un sueño que se trueca en pesadilla, del mismo modo que la vida se vive caminando siempre sobre el filo de la navaja. La vida del romántico, lejos de ser convencional, pretende estar siempre al límite. De ahí también que le atraigan todos los elementos marginales, bandoleros, héroes, mendigos, prisioneros… Los elementos más excitantes de la vida son los que limitan peligrosamente con la muerte: el naufragio, la pérdida, el duelo, la batalla, el ajusticiamiento, la enfermedad, el suicidio. La escenografía romántica está en consonancia con todo ello.  Document(3-page-001
Tanto énfasis en la muerte hace que el romántico tienda a verla en más alta posición que la vida: la vida es vulgar en comparación con la muerte, sobre todo determinados tipos de muerte. La muerte heroica, por ejemplo. El héroe no es tal si no tiene una muerte grandiosa. La mitificación de la muerte es parte consustancial del sentimiento romántico. El universo romántico no está completo sin la muerte generosa, valiente y digna del militar, del político idealista, del aventurero, del genio. La muerte adquiere prestigio sobre todo cuando sucede en la flor de la edad, como sacrificio supremo, como acto de generosidad. El ejemplo más representativo de esta glorificación de la muerte y el héroe generoso que entrega su vida por un ideal es la famosísima composición de Espronceda [en la imagen, en un retrato de 1846 depositado en la BNE] a la muerte de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga -evento también popularizado por la pintura de género de la época-: “Hélos allí: junto a la mar bravía / cadáveres están ¡ay! los que fueron / honra del libre, y con su muerte dieron / almas al cielo, a España nombradía”.

No solo el militar. La muerte del genio, del escritor, del literato famoso también tiene su hueco en el panteón romántico. El suicidio de Larra tuvo por ello su aureola mítica y su entierro quedaría ligado para la posteridad al poema que le dedicó otro vate romántico que, desde el mismo momento de declamar aquellos versos ampulosos, tan del gusto del momento, gozaría del reconocimiento general. Nos referimos a José Zorrilla y aquella famosa oda que principia así: “Ese vago clamor que rasga el viento / es la voz funeral de una campana, / vano remedo del postrer lamento / de un cadáver sombrío y macilento / que en sucio polvo dormirá mañana”.

Muerte gloriosa, muerte ejemplar o, en su defecto, muerte digna como culminación de una vida loable. Modos y modelos de morir que el romanticismo político por un lado y el rampante nacionalismo por otro no podían dejar de utilizar para sus propios fines, en esta ocasión coincidentes en lo esencial: establecer un tipo de prohombre que con su sacrificio buscado o su entereza en el momento supremo mostrara al pueblo que la muerte podía ser algo muy superior a la vida.

Rafael Núñez Florencio es doctor en Historia y profesor de Filosofía. Autor, junto con Elena Núñez González, de ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Marcial Pons, 2014). Este artículo aborda de forma resumida algunos temas tratados en dicha obra.