Posts Tagged ‘Historia’

Cuando Drácula se convirtió en el mejor aliado del Papa

11 agosto, 2018

Fuente: http://www.historiasdelahistoria.com

El Papa Pío II reunió a los representantes de la cristiandad en el Concilio de Mantua (1459)  para convocar una nueva cruzada contra los turcos que, desde la toma en Constantinopla, avanzaban por el Este de Europa. El llamamiento fue recibido con indiferencia por los líderes europeos -más preocupados por las disputas entre ellos- con la excepción de Matías Corvino, rey de Hungría, y Vlad III, príncipe de Valaquia, también conocido como Vlad TepesVlad el Empalador… o Drácula. La crueldad de este personaje histórico sería la fuente de inspiración para la criatura literaria que vio la luz en la novela de Bram Stoker Drácula (1897). El origen del nombre de Drácula viene de su padre Vlad II Dracul que fue miembro de la Orden del Dragón (Dracul) fundada para proteger el cristianismo en Europa del Este.

Realmente, tanto Corvino como Vlad tenía a los turcos a las puertas y, lógicamente, eran los más interesados en que prosperase la propuesta; así que, se aliaron y recibieron del Papa 40.000 ducados para reunir un ejército que detuviese a los turcos. Sintiéndose fuerte, Vlad decide no pagar el tributo exigido por el sultán Mehmed II (10.000 ducados y 500 muchachos para su ejército de jenízaros) como muestra de vasallaje. El Sultán no puede consentir aquel desprecio y ordena asesinarlo. Para ello, el general turco Hazma Bey solicita reunirse con el príncipe de Valaquia para tratar los términos de un nuevo acuerdo. Vlad, sabiendo que era una trampa, acepta la propuesta y prepara a sus hombres para tenderles una emboscada. Captura a la delegación turca y, siguiendo un riguroso orden, los empala dependiendo de su rango: los de más alta graduación militar en estacas más altas. Ahora que es él quien controla la situación, y sin encomendarse al Papa ni a su aliado, decide seguir adelante. El grueso del ejército turco esperaba al otro lado del Danubio la orden de atacar cuando el príncipe hubiese sido asesinado, pero son sorprendidos en medio de la noche por las tropas de Vlad… y derrotados. El resultado de las correrías de Vlad al otro lado del Danubio fueron más de 20.000 hombres empalados en un bosque de estacas.

En palabras de Nicolás de Modrussa, legado del Papa…

Él mató a algunos rompiéndolos bajo las ruedas de los carros, otros fueron despojados de sus ropas y desollados vivos, otros insertados en estacas y colocados sobre brasas al rojo vivo, la mayoría empalados con estacas que entraban por el ano atravesaban sus entrañas y salían por la boca…

Y el Papa, ¿qué opinaba de este bosque? Pues supongo que tendría que decir que era una masacre pero, por otro lado, Vlad ayudó a mantener a raya a los otomanos y consideraría que el bosque de empalados era un arma psicológica contra los infieles.

Fuente: “De lo humano y lo divino

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Franco y Fidel, enemigos cordiales

18 julio, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Por: F. Javier Herrero 05 de junio de 2014

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Manuel Fraga y Fidel Castro preparan una queimada en Láncara (Lugo)/ Xurxo Lobato

Tras el fallecimiento de Franco, el corresponsal de la Agencia Efe en La Habana envió un despacho del que se hicieron eco algunos de los más prestigiosos periódicos del mundo y que decía lo siguiente: “Pocas horas después de conocerse la muerte del general Franco, el Gobierno revolucionario de Cuba decretó luto oficial por tres días. Desde el jueves las banderas ondean a media asta en todo el territorio cubano. El Presidente de la República, doctor Osvaldo Dorticós, ha enviado un mensaje de condolencia al presidente del Gobierno español, Carlos Arias Navarro (…)”. Cuando se lee esto da la impresión de que o no se ha entendido bien o hay una errata en el texto. No es así. La Cuba de Fidel Castro homenajeó al dictador como ningún otro país hizo, si bien quiso mantener la comunicación del decreto en niveles privados para quedar bien con España y evitar, a la vez, un escándalo internacional. Este gesto adquirió con el tiempo aún mayor relieve pues al año siguiente murió Mao Tse Tung y el Gobierno de Cuba no tuvo el mismo detalle con el líder comunista chino. Se trataba del último capítulo de una peculiar y chocante relación de dos dictadores en las antípodas ideológicas que decidieron actuar con un ‘subterráneo’ pragmatismo y una complicidad que ha generado un enorme interés entre historiadores y politólogos.

Desde 1959 los acontecimientos fueron forjando un mutuo respeto que acabó llegando a la admiración. El vínculo común a Galicia fue un factor que favoreció esa aproximación. Franco creció, al igual que los militares de su generación, con un sentimiento antiamericano que venía de la derrota contra EE.UU. en Cuba en 1898. En palabras del propio Fidel, recogidas en Biografía a dos voces de Ignacio Ramonet (Debate), “Franco tiene que haber crecido y haberse educado con aquella amarga experiencia (…). Y lo que hizo la Revolución Cubana, a partir de 1959, resistiendo a Estados Unidos, rebelándose contra el imperio y derrotándolo en Girón, puede haber sido visto por él como una forma de revancha histórica de España. En definitiva, los cubanos, en la forma en que hemos sabido enfrentarnos a Estados Unidos y resistir sus agresiones, hemos reivindicado el sentimiento y el honor de los españoles.” El ‘centinela de Occidente’ intuía que a Castro, en su enfrentamiento con el imperialismo americano, no le movía únicamente la ideología marxista sino que el factor nacionalista y patriótico llegaba a ser incluso más importante. Historiadores como Joaquim Roy (La siempre fiel: Un siglo de relaciones hispanocubanas (1898-1998), Ed. Los Libros de la Catarata) constatan que Franco reclamó informes a sus colaboradores para conocer más a fondo a Castro y otros comunistas célebres como Ho Chi Minh, a causa de la fascinación que despertaban en él.

Castro no desperdició ocasión alguna para criticar en público al régimen franquista, pero no a Franco. Recibió repetidas veces a los dirigentes comunistas españoles en La Habana, haciendo públicos elogios a Dolores Ibárruri, Pasionaria, y se rodeó de militares prestigiosos del ejército republicano como Enrique Líster y Alberto Bayo, instructor del grupo de revolucionarios cubanos que se entrenaron en México antes de embarcarse en el Granma. La infancia y juventud de Fidel aportan información en lo que se refiere a la singular relación de los dos dictadores. Hijo de Ángel Castro, un acaudalado terrateniente gallego nacido en Láncara (Lugo) que emigró a Cuba en 1905, se formó principalmente en escuelas jesuitas de Santiago de Cuba. Sus profesores fueron religiosos españoles partidarios firmes sin excepción de Franco en la Guerra Civil española. En casa el joven Fidel también fue testigo de cómo su padre, persona influyente de su comunidad, se manifestaba sin ambages a favor de su paisano de Ferrol.

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España mantuvo con la Cuba de Fulgencio Batista una relación amable, que se mantiene con el triunfo del nuevo gobierno revolucionario en 1959 y Franco no se podía quejar de la gestión de Juan Pablo de Lojendio, el embajador español en La Habana, durante el primer año de la revolución. Los exhaustivos análisis del catedrático Manuel de Paz Sánchez (Zona Rebelde y Zona de Guerra, Librería Universal-CCPC, y otros), experto en las relaciones trasatlánticas de España, explican los movimientos de Lojendio, que neutraliza los intentos de los republicanos españoles para que la nueva Cuba siga los pasos de México, lo que traería la ruptura con la España franquista y el reconocimiento del Gobierno de la II República en el exilio. La persecución a grupos contrarrevolucionarios caldea un ambiente en el que tuvo lugar un incidente diplomático grave e incomprensible en enero de 1960. Castro se encuentra en los estudios de la televisión cubana haciendo declaraciones en directo sobre la actividad opositora y alude al apoyo de la embajada española a esa actividad. Lojendio, arrebatado por su temperamento, irrumpe en los estudios [en la fotografía, un momento del incidente entre el embajador Lojendio y Castro en 1960 captada por Telemundo] ofendido y exige a Castro una rectificación en medio de un tumulto que deja boquiabierta a la audiencia televisiva. La expulsión del embajador es inmediata. Franco es informado del incidente y transmite al ministro de Exteriores Castiella su resolución: “Usted es el ministro. Haga lo que crea oportuno. Con Cuba, cualquier cosa menos romper”.

Efectivamente, Cuba y España superaron la crisis y no rompieron. Se impuso el pragmatismo y las relaciones se mantuvieron desde ese momento al nivel de encargado de negocios, mientras un Franco enfadado con su embajador, decidió lavar los trapos sucios en casa discretamente. Como él mismo afirma en Mis conversaciones privadas con Franco (Planeta), de su primo Francisco Franco Salgado-Araújo, “El acto de Lojendio puede significar que el presidente Castro, que está en plan comunista, no sólo rompa sus relaciones con España sino que reconozca al gobierno rojo en el exilio, (…)“. Lojendio, tras un período de inactividad, fue destinado a un puesto diplomático de segunda categoría en Berna.

La relación hispano-cubana se ve afectada por la entrada en escena de otro actor protagonista. Estados Unidos ve peligrar sus intereses en una zona en la que no tiene costumbre de convencer a sus oponentes con persuasión sino con el palo. La reforma agraria cubana y las expropiaciones a empresas y particulares norteamericanos son respondidas con la ruptura de relaciones diplomáticas y el inicio del famoso embargo económico en el otoño de 1960, que en febrero de 1962 es casi total. Una mayoría de países latinoamericanos rompe relaciones con Cuba y la Europa aliada de EE UU cierra sus puertas a la economía de la isla. La URSS y el bloque comunista acuden veloces a la voz de socorro de Fidel, pero ese embargo va a hacer agua también por otro punto que es España. Poco después de que el presidente Eisenhower de un espaldarazo a Franco con su visita oficial a Madrid, en 1960 se firma un acuerdo comercial entre España y Cuba, que será renovado e implementado en años posteriores.

El Gobierno norteamericano contempla estupefacto la política exterior española que no participa de las represalias contra Cuba y teme que tenga un efecto de contagio al resto de países hispanoamericanos. Solo los momentos de tensión de la crisis de los misiles, en octubre de 1962, detienen el intercambio comercial entre españoles y cubanos, de unas dimensiones opinables pero que tienen un valor moral inestimable para la Cuba asediada por Estados Unidos. Las líneas aéreas de Iberia mantienen a La Habana conectada con Europa, a los niños cubanos no les faltan juguetes españoles y el turrón de Jijona por Navidad o los autobuses Pegaso en las carreteras cubanas son la muestra de la buena voluntad del Gobierno de Franco.

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Ernesto ‘Che’ Guevara asiste a una corrida de toros en Madrid en 1959. / Hermes Pato

Estados Unidos blandió la amenaza del fin de las ayudas económicas a España para que abandonase su postura pero la renegociación de las bases americanas en suelo español en 1963 aparcó la medida. Estados Unidos acabará aceptando la posición española pero el tráfico marítimo se ve afectado por la tensión internacional en el Caribe. Los exiliados cubanos estaban muy enfadados con la política de Franco y grupos anticastristas, pertrechados por la CIA, atacaron en ocasiones a los buques españoles. En septiembre de 1964, el Sierra Aránzazu sufrió el ataque de lanchas anticastristas que descargaron 1.500 balas sobre el mercante, causando la muerte a tres marinos y heridas a seis. Estados Unidos negó cualquier implicación pero la diplomacia española logró que a partir de ese momento los buques españoles fuesen escoltados por la marina de guerra americana.

El Gobierno de Estados Unidos intentó sacar partido de la negativa de Franco a participar en el embargo a Cuba y pensó en utilizar la cercanía de ambas dictaduras para establecer un canal de comunicación secreto con La Habana. Franco aceptó la tarea de mediación y tras la captura y muerte de Ernesto ‘Che’ Guevara en Bolivia en 1967, se creyó por parte americana que había llegado la ocasión propicia. La paradoja que ha envuelto la relación de los dos gallegosel que fue héroe mítico de los revolucionarios del mundo y el feroz anticomunista,dio lugar a que Adolfo Martín Gamero, el diplomático español encargado de esa labor de mediación, viviese un episodio insólito y que narra Norberto Fuentes, biógrafo de Fidel. El diplomático fue recibido en Cuba por los hermanos Castro, que le llevaron de viaje por la isla. Cuando visitaron su casa familiar en Birán, cuál no sería la sorpresa del enviado español cuando en el dormitorio del padre de Fidel vio un telescopio y… ¡una foto de Franco sobre la mesilla de noche, que allí estaba desde siempre!

La normalidad de las relaciones entre ambos países fue plena desde 1974 en que se produjo el intercambio de embajadores. En 1992 Fidel realizó un viaje oficial a España y a Galicia donde pudo visitar la casa de su padre en Láncara y a sus parientes, acompañado del otrora franquista Manuel Fraga, otro gallego con conexión cubana en su niñez. EL PAÍS entrevistó en 1985 a Castro que hizo estas concluyentes declaraciones: “Franco no se portó mal, hay que reconocerlo. Pese a las presiones que tuvo, no rompió las relaciones diplomáticas y comerciales con nosotros. No tocar a Cuba fue su frase terminante. El gallego supo habérselas. Que se portó bien, caramba”.

La aristócrata que disparó a la nariz de Mussolini

8 julio, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Por: Manuel Morales 29 de mayo de 2014

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Ficha policial de Violet Gibson tras su detención. Imagen cedida por Capitán Swing.

¿Era complicado pegarle un tiro a Benito Mussolini? La multitud aclamaba en la romana plaza del Campidoglio al hombre que gobernaba Italia. La aristócrata irlandesa Violet Gibson, de 50 años, tenía a unos pasos a Il Duce, que acababa de salir del palazzo dei Conservatori de dar un discurso. Eran las once de la mañana del 7 de abril de 1926. Violet se acercó, empuñó su arma y mientras Mussolini levantaba el brazo para hacer el saludo fascista, ella alzó el suyo y disparó a quemarropa con su revólver Lebel, del ejército francés. Esta mujer pudo cambiar la historia pero su mala puntería y una bala encasquillada dejaron el intento de magnicidio en un rasguño en la nariz del líder. La historia de Gibson, una mujer imbuida de un exacerbado sentimiento religioso y perteneciente a una familia de la alta nobleza de Irlanda, no tuvo un gran seguimiento de los historiadores quizás porque desde el principio se la tachó de “solterona con problemas mentales”. En 2011, la periodista inglesa Frances Stonor Saunders (1966) reconstruyó su vida en La mujer que disparó a Mussolini, una biografía que ha publicado en castellano a comienzos de este año la editorial Capitán Swing.

Gibson pertenecía a una familia rica. Su padre ocupaba un escaño en la Cámara de los Comunes y fue nombrado lord Ashbourne. Violet siguió la tradición, presentaciones en la corte, bailes, actos sociales… hasta que decide abrazar el catolicismo para disgusto de su familia de fe anglicana. Es en esa etapa cuando Gibson comienza a sufrir problemas de salud, desórdenes nerviosos que espera curar en Roma, cerca del Papa. Allí, sin embargo, ahonda en su desorientación, se agrava su estado hasta un intento de suicidio en febrero de 1925. Después se convence a sí misma de que Dios le ha encomendado la misión de matar al Duce o al Papa. “Era contrario a la voluntad de Dios que Mussolini continuara existiendo”, declaró después en el juicio.

Stonor, que comenzó su trayectoria como realizadora de documentales en la BBC, trufa su relato de interesantes documentos oficiales: cartas personales, informes policiales, comunicaciones diplomáticas, artículos periodísticos, partes médicos… Además de contar la vida de Violet, esta historiadora aprovecha para trazar en paralelo algunos fragmentos de la de Mussolini: el niño conflictivo, el profesor que pega a sus alumnos, el hombre que huye a Suiza para eludir el servicio militar. A su vuelta, su charlatanería y proclamas contra el Gobierno de Italia le llevan a subir peldaños en el Partido Socialista hasta lograr su dirección.

La autora también establece comparaciones entre las vivencias de Violet con las de otros personajes de su época, Virginia Woolf, Scott Fitzgerald, Ezra Pound… sin embargo, las prolijas y numerosas referencias hacen farragosa en ocasiones la lectura del libro porque diluyen el relato sobre Gibson.

La labor de Stonor de desenterrar textos de la prensa y declaraciones de figuras políticas permite constatar hasta qué punto era vista con buenos ojos la figura de Mussolini, con especial admiración del entonces canciller Winston Churchill. A Il Duce se le consideraba un freno para la amenaza del comunismo. “El establishment británico nunca percibió que Mussolini podía ser más peligroso que Violet Gibson”, apunta Stonor Saunder.

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Mussolini, con las huellas en su cara del atentado de Gibson. / CAPITÁN SWING

El intento de Gibson de asesinar a Mussolini no fue el único perpetrado contra el hombre que quería emular a los emperadores de Roma. En los meses anteriores hubo una tentativa abortada (el socialista Zaniboni fue detenido antes de que pudiera disparar desde la ventana de su hotel). Después de la de Gibson sucedieron otras dos, protagonizadas por un anarquista que lanzó una granada de mano y un joven de 15 años que fue linchado de inmediato. Stonor subraya que estos atentados aceleraron la transformación de Italia en un Estado fascista, con nuevas leyes que acabaron con cualquier atisbo de disidencia.

La mujer que disparó a Mussolini recuerda la pantomima de juicio al que fue sometida Gibson. Mientras la prensa se esforzó en mostrar a un magnánimo Duce que quitaba importancia a lo sucedido, la diplomacia británica hizo todas las reverencias necesarias para no disgustarle. Lo más doloroso para Gibson fue el olvido de su familia, avergonzada por tener a una desequilibrada que había querido acabar con alguien tan importante. Tras casi un año de cárcel, sometida a humillantes pruebas psiquiátricas y físicas (examen de su útero incluido) fue puesta en la frontera de Italia con Francia y en cuanto pisó suelo inglés le diagnosticaron en solo unos minutos “locura delirante con paranoia”.

La última parte del libro resume los casi 30 años que Violet pasó en el manicomio de Saint Andrew, en Northampton, donde cursó reiteradas peticiones, todas despreciadas, para que la dejasen descansar en un centro religioso. La periodista aprovecha para mostrar cómo eran aquellos lugares, “para volverse uno loco”, los tratamientos contra las enfermedades mentales y algunas de las delirantes teorías médicas. Es aquí donde Stonor no disimula el cariño que sintió por su biografiada. Ni muerta se respetó el deseo de Stonor de dónde debían reposar sus restos. No se hizo pública su muerte. Ni amigos, ni nadie de su familia acudió al entierro. Todos querían olvidar a Violet Gibson.

La ciudad que soñó el dictador Videla

3 julio, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Por: EL PAÍS 21 de mayo de 2014

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Andreu Merino Vives

Jorge Rafael Videla [en la foto, de EFE, en una imagen sin fechar] murió hace un año, el 17 de mayo de 2013, a los 87 años en una celda de la cárcel Marcos Paz, en la provincia de Buenos Aires. El dictador falleció por causas naturales mientras cumplía cadena perpetua por el asesinato de 31 presos en una cárcel de Córdoba en 1976, en plena dictadura.  Delante del Tribunal que acabaría condenándole, Videla reivindicó la Junta Militar que gobernó el país desde 1976 hasta 1983, así como cada uno de los crímenes cometidos por el estado en ese periodo. Más allá de los familiares de muertos y desaparecidos, Videla murió sin ofrecer disculpa alguna a los argentinos que sufrieron un cambio social radical que pretendía borrar el pasado y construir un futuro ligado al de la Junta Militar. Buen ejemplo de eso fue la nueva vida que empezó en el año 1979 para la ciudad de Federación, en la provincia de Entre Ríos.

“Mi hogar ya no existe”. “Mi pueblo está bajo el agua”. Son afirmaciones recurrentes de los habitantes de Federación. La mayoría de los federaenses no tienen la posibilidad de volver a la casa de su infancia, o al colegio donde estudiaron. En 1979, la construcción de la presa hidroeléctrica de Salto Grande sumergió su pueblo y les obligó a trasladarse a una nueva ciudad, construida desde cero. Actualmente esta historia queda escondida tras la gente ataviada con batas y chanclas que pasean por sus calles. El Parque Termal  municipal, inaugurado en 1994, es el principal pilar económico de la ciudad, y uno de los reclamos turísticos más destacados de la provincia. El agua siempre ha sido un elemento inseparable de la naturaleza de Federación.

La presa de Salto Grande aparece a unos 70 kilómetros de la ciudad. Está ubicada en el río Uruguay, compartido entre el país homónimo y Argentina. En 1938 ambos estados estudiaron de qué manera podrían aprovechar sus aguas y en 1946 crearon la Comisión Técnica de Salto Grande a través de un convenio binacional. En un principio la obra tenía que edificarse bajo el mandato de Juan Domingo Perón, pero la falta de ratificación del gobierno uruguayo, que no llegó hasta 1958, no lo hizo posible. Fue en 1962 cuándo se finalizó el proyecto. En 1974 se autorizó el inicio de la obra, y en 1979 se empezó la construcción del lago artificial que dejaría la mayor parte del territorio de Federación bajo el agua. Por esta razón, en 1973 la Comisión Técnica había acordado erigir una nueva ciudad para los federaenses.

La huella de la dictadura

El ayuntamiento de Federación quiso que el traslado desde el viejo emplazamiento a la nueva Federación fuese participativo e involucrara a los ciudadanos. En esta línea, se organizó un plebiscito popular en enero de 1974. Los federaenses eligieron entre tres posibles nuevas destinaciones, y se impuso por mayoría de votos la conocida como La Virgen-Federación, actual terreno dónde se ubica el municipio.

El trabajo para construir la nueva ciudad comenzó entonces, pero quedó interrumpido a partir del 24 de marzo de 1976. Ese día, un grupo de militares liderados por el teniente general Jorge Rafael Videla detuvo a la presidenta Isabel de Perón y estableció la Junta Militar, presidida por el mismo Videla, comunicando a los argentinos a través de la televisión y la radio que desde entonces el país quedaba bajo control del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas. Empezaba lo que el ejército denominó Proceso de Reorganización Nacional. La dictadura que duraría hasta 1983.

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Capilla del viejo emplazamiento.

En lo que afecta a la ciudad de Federación, en primer lugar la Junta Militar no garantizó la construcción de la ciudad, lo cual provocó una reacción inmediata de los federaenses. Silvana Miller era sólo una niña de seis años en 1979, pero recuerda perfectamente la incertidumbre que provocó la falta de implicación de la dictadura: “La gente se reunía en la plaza o delante de la Iglesia para debatir sobre cómo conseguir la edificación de la nueva ciudad”. Por su parte, Dina Burna, actual responsable del grupo de trabajo de la Biblioteca Popular Rivadavia, considera clave la lucha de los ciudadanos para conseguir que el nuevo emplazamiento fuese una realidad: “La comisión que representó nuestros intereses en Buenos Aires fue vital”. Se trata de una comisión de federaenses que en septiembre de 1976 emprendió un viaje a la capital para hacer recapacitar a la dictadura en su intención de no construir un nuevo emplazamiento para la ciudad. Finalmente, el 25 día de ese mismo mes, los militares cedieron: la nueva Federación se iba a construir.

Pero no es oro todo lo que reluce. A partir de entonces el proyecto de la ciudad quedó inmerso en la falta de transparencia. Argumentando la falta de trabajo del anterior gobierno, y aprovechando que este no había comunicado prácticamente nada a la población, la Junta Militar hizo el proyecto a su medida. Carlos Mazurier, ahora trabajador de la Comisión Administradora para el Fondo Especial de Salto Grande (CAFESG), entidad gestora de los excedentes económicos que genera la represa, considera que la dictadura estafó a los federaenses: “La junta militar solo respetó la ubicación, pero no el modelo de ciudad”, cuenta Mazurier.

En la misma línea se manifiesta Carlos Pinselli, uno de los arquitectos que trabajó en el proyecto del nuevo emplazamiento. Según Pinselli la ciudad se urbanizó según criterios militares y sin respetar el proyecto original. “Se eliminaron todos los sitios dónde la gente pudiera reunirse, como las plazas o un centro cultural que había proyectado”, afirma el arquitecto. “Hasta se eliminaron unos puentes que comunicaban las veredas porque según los milicos podían provocar libertinaje”, añade.

Pese a todo, no es raro encontrarse con federaenses que a día de hoy aún consideran que Jorge Rafael Videla fue el gran artífice de la edificación de la nueva ciudad. La justicia que suponía construir una nueva ciudad para los vecinos fue visto para muchos como un gesto de gracia del dictador hacia el pueblo. A día de hoy, Federación aún continúa dividida entre los que otorgan todo el mérito de la construcción del nuevo emplazamiento a la lucha ciudadana y aquellos que afirman que “gracias a Videla tenemos ciudad”.

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Jorge Rafael Videla saluda a Augusto Pinochet en Puerto Montt (Chile) en 1978. / Getty

La dictadura sabía perfectamente que la construcción de la ciudad era una oportunidad única para colgarse medallas. De hecho, en un primer momento estaba previsto que el inicio del traslado al nuevo emplazamiento se celebrara el 24 de marzo de 1979, coincidiendo con el aniversario del golpe militar. Pero las condiciones meteorológicas lo impidieron, dejando la celebración del evento para el día 25. El mismo Videla presidió el acto, acompañado de las autoridades municipales.

La inauguración de la ciudad ponía fin a un traslado compulsivo, del que aún hoy los federaenses guardan un vivo recuerdo. Instantes después de abandonar sus casas para siempre, muchos vieron como las topadoras empezaban a destruirlas. Otros, como Gustavo Combis, prefirieron no verlo. Combis, que en 1979 tenía 17 años se fue de la ciudad antes de que empezara la demolición y volvió al cabo de 45 días, cuándo ya había nacido la nueva Federación. “No quise ver cómo acababan con todo”, sentencia. En Federación se distingue la forma que tuvieron de tomarse el traslado los vecinos en función de su edad. Graciela Racedo, actual responsable de la Secretaría de Turismo, era una joven de 14 años entonces: “Tenía muchas sensaciones nuevas, muchas expectativas”, aunque reconoce que mucha gente mayor “murió de tristeza”.

Alguien puede pensar que la expresión corresponde más bien a un recurso poético que a una realidad palpable, pero nada más lejos de la realidad. Pocas cuestiones suscitan tanto consenso entre los federaenses como el sufrimiento que el traslado de 1979 supuso a sus mayores. Rubén Darío Tallarico, vecino de Federación, hace una comparación muy ilustrativa: “Del mismo modo que un árbol viejo muere cuándo lo intentas trasplantar, los federaenses de más edad no soportaron el cambio de entorno”. “Es un precio muy alto tener que sacrificar personas en nombre del progreso”, concluye Ofelia Bordón, actual encargada del Hogar de Ancianos de la ciudad.

Los primeros días

La junta militar inauguró una ciudad dónde no había nada. Cuándo los federaenses recuerdan la primera imagen que conservan de la nueva Federación, la inmensa mayoría coincide en señalar que “no había un solo árbol, ni siquiera un poco de hierba”. De hecho, en Federación no se vio un árbol hasta medio año después de la inauguración de la ciudad, concretamente el 16 de setiembre de 1979.

Más allá del entorno natural, la distribución de los vecinos en sus nuevas casas también marcó la nueva idiosincrasia de Federación. Se les asignaron diferentes tipos de viviendas en relación al dinero que cada uno pudiera pagar por ella, y aunque años más tarde las casas pasarían a ser únicamente suyas, en un principio los federaenses se tuvieron que hipotecar. Todas tenían, o tendrían al cabo de poco, lo necesario para habitarlas (por ejemplo, cocinas eléctricas). Los gobernantes prometieron que la ciudad pagaría la electricidad más barata del país como recompensa al sacrificio que había supuesto el traslado. Una promesa que a día de hoy sigue sin haberse cumplido. Además, había un problema añadido: todas las casas eran iguales.

Dina Burna cuenta que al principio los vecinos no identificaban las viviendas y se equivocaban sistemáticamente. Eran iguales por fuera y también por dentro: “Tratabas de buscar que cada rincón de la casa tuviera algo de vos”, comenta Burna. Cecilia Moretti, entonces una niña de 6 años, recuerda que “la gente ponía algún elemento delante, como una silla o una maceta, para identificarlas y los niños los cambiábamos de sitio para gastarles bromas”.

Sin embargo, para Favio Castro, 44 años, esa igualdad urbanística trasciende el nivel de anécdota para convertirse en una herramienta que borró la identidad: “Destruyeron todo lo que nos identificaba, obligándonos a aceptar algo nuevo como si fuese la única solución”.

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Antigua iglesia de Federación, último edificio que se mantuvo en pie de la zona derrumbada.

Treinta y cinco años después, una de las divisiones de opinión presentes entre los federaenses es señalar cuál es su hogar. Para algunos ya no existe y para otros la Federación actual ya no es la “nueva”, sino su casa.  Muchos federaenses consideran que el Parque Termal significó el resurgir del pueblo y que todo el sufrimiento vivido hasta entonces quedó compensado por el nuevo referente económico de la ciudad.

Pero también los hay que creen que el progreso económico presente y la evolución de la ciudad no pueden sustituir el pasado que quedó inundado en 1979. “Aquí continuamos nuestras vidas, pero mi pueblo murió” considera Gustavo Combis. Por otra parte, Favio Castro también considera insuficiente el proceso de memoria histórica de Federación: “A los que han olvidado su pasado a cambio de una casa bonita, yo les diría que es un error ser únicamente lo que posees”.

A día de hoy, Federación no dispone de ninguna infraestructura pública que almacene todos los documentos históricos del traslado, ni de los primeros años en la nueva ciudad, o de los últimos en la vieja. La Biblioteca Popular Rivadavia está luchando para construir un archivo histórico, pero de momento chocan con la negativa de la municipalidad: “La negativa se debe a las prioridades de los gobernantes”, afirma Gustavo Combis, uno de los responsables del proyecto de la biblioteca.

Sin duda, la edificación del archivo sería un primer paso hacia la recuperación de la memoria en Federación. Pero aún quedan muchos más pasos por avanzar. Si hoy mismo alguien se pasea por la parte del viejo emplazamiento que no quedó inundada solo podrá ver ruinas del antiguo hospital, del antiguo hogar de ancianos y de otras edificaciones que han quedado en manos del tiempo y el olvido.

Andreu Merino Vives (Barcelona, 1989) es periodista.

Canallas que persiguen a canallas

1 julio, 2018

Fuente: http://www.blogs.elpais.com

Por: Manuel Morales 15 de mayo de 2014

Yampolsky

Reunión de escritores soviéticos en Dubulti (Letonia), en agosto de 1965. Yampolski está en la fila central (cuarto por la izquierda). El primero por la derecha en esa misma fila es Konstantínovski, con gorra blanca. / ARCHIVO PERSONAL DE YURI FIDLER

“Me siento como en un réquiem encargado para mí mismo”. Quien escribió con semejante amargura fue el autor ruso de origen judío Borís Yampolski (1912-1972), que contó lo que contemplaba en las reuniones que la Unión de Escritores de la URSS celebró a finales de los años cuarenta y a las que él, como otros muchos, acudía invitado. Eran unas citas en las que, como en un proceso kafkiano, los jerarcas de las letras podían ensalzar a un novelista, con los consiguientes beneficios materiales, como un piso, o señalar a un poeta para convertirlo en un olvidado y que sus obras no se difundieran.

Durante años, Yampolski reunió apuntes, retazos de aquellos cónclaves en un manuscrito inacabado llamado Asistencia obligada, que confió poco antes de morir de cáncer a su amigo, el también escritor Ilyá Konstantínovski (1913-1995). Este añadió a las notas de Yampolski sus impresiones para dar forma a un libro que no vio la luz en la Unión Soviética hasta 1990 y que ahora, por primera vez, se ha publicado en España (Ediciones del Subsuelo).

“La Unión de Escritores de la URSS era un gremio al servicio de una causa e impartía directrices sobre la misión que debía tener la literatura”, explica el prologuista y traductor de la versión española, Enrique Fernández Vernet. “El objetivo era difundir los valores que inspiraron la revolución socialista”. Yampolski recogió, “con un estilo descriptivo, de muchas anécdotas y metáforas”, lo que veía en aquellos encuentros de ambiente asfixiante, “en los que permanecía agazapado en la última fila”.

El novelista recurre en ocasiones a la animalización de los asistentes, “como si fuera una fábula”, dice Fernández Vernet, porque los hombres dejaban de ser hombres y se comportaban como animales: “Reuniones de gallinas, de ciempiés, de mariquitas, reuniones de pulgones”. El prologuista destaca “las cualidades literarias de Yampolski”. Un ejemplo son las descripciones de lo que observaba en la sala: “Un ovillo de figuras humanas, de calvas, cabelleras, narices largas, de rostros dentudos […] diminutos y esmirriados, como peras en compota, larvas apergaminadas, como moscas adheridas a tiras engomadas, carirredondos y de rojos carrillos”.

Nacido en la actual Ucrania, Yampolski fue un escritor precoz que con 15 años dejó su pueblo para ser periodista y con apenas 20 publicó sus primeros ensayos. Durante la Segunda Guerra Mundial fue enviado especial del periódico militar Estrella Roja y, después, del oficial Izvestia. Contó la guerra y combatió.

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Retrato de Yampolski. / ARCHIVO PERSONAL DE YURI FIDLER

Tras el conflicto, sus muestras de desencanto hacia el estalinismo, aunque no llegasen al enfrentamiento con el régimen, bastaron para su caída en desgracia. “No se puede decir que fuera perseguido pero dejaron de publicarse sus obras”, señala Fernández Vernet.

La puntilla llegó en 1968, cuando el partido lo amonestó por su defensa del denigrado novelista Andrei Platónov, cuyas obras seguían sin editarse a pesar de que llevaba más de tres lustros bajo tierra. Yampolski escribió un alegato, leído en una velada de escritores y filtrado después a las autoridades, que fue considerado “calumnioso e ideológicamente nocivo”. Yampolski escribe cada vez más “para el cajón”, sus libros ni se censuran, sencillamente no interesan. Harto del clima de persecuciones a grandes figuras, escribirá: “Y nuevos canallas hostigan abiertamente a otros canallas que en su día habían perseguido a personas íntegras”.

Sus últimos años son los de un hombre enfermo “que sentía amargura por lo injusto de la vida”. Fernández Vernet cuenta que hubo días que al acabar su tarea de traducción del original sentía “la tristeza de la vida de Yampolski, muy quemado porque había visto que no se reconocía a los mejores escritores, sino a los que medraban por su relación con las autoridades. Ni siquiera tuvo la resonancia de los grandes disidentes, como su amigo Vasili Grossman, o Solzhenitsyn”. En la edición de este libro se incluye precisamente Último encuentro con Vasili Grossman, texto de Yampolski de 1969 que no se publicó hasta 1976 y en el que cuenta una visita al célebre autor de Vida y destino y su entierro, rodeado de algunas plañideras que en vida le habían traicionado.

Asistencia obligada contiene también un útil “índice de autores rusos y soviéticos” de los siglos XIX y XX. Desde Isaac Bábel, víctima de la purga estalinista; el perseguido Mijaíl Bulgákov, el marginado Borís Pasternak y, en el otro lado, vates como Anatoli Sofrónov, antisemita, estalinista y autor de un sonrojante Himno al látigo.

Carta de Gandhi a Adolf Hitler

25 junio, 2018

Fuente: http://www.historiasdelahistoria.com


Una de las múltiples frases de Mahatma Gandhi en su política de no violencia fue…

Los hombres se encuentran ante una encrucijada: tienen que elegir entre la ley de la jungla y la ley de la humanidad.

Temiendo lo que en Alemania se estaba gestando, y ante la insistencia de sus amigos, le envió una carta a Hitler el 23 de julio 1939…

Querido amigo,

Amigos me han estado insistiendo en dirigirme a usted por el bien de la humanidad. Pero me he resistido a su petición, debido a la sensación de que cualquier carta mía podría ser una impertinencia. Algo me dice que no debo ser tan calculador y que debo hacer mi petición porque en cualquier caso merecerá la pena.

Está claro que usted es hoy la única persona en el mundo que puede evitar una guerra que podría reducir a la humanidad al estado salvaje. ¿Estará dispuesto a pagar ese precio por un propósito cualquiera por muy digno que le parezca? ¿Escuchará la llamada de quien ha evitado deliberadamente el método de la guerra no sin considerable éxito? De cualquier manera espero su perdón, si he cometido un error al dirigirme a usted.

A su disposición.
Su sincero amigo.

 

De cómo los hispanos se convirtieron en árabes

7 junio, 2018

Fuente: blogs.elpais.com

Por: Eduardo Manzano Moreno 01 de mayo de 2014

Alhambra

Vista del mihrab en la Alhambra en una imagen del siglo XIX. / J. LAURENT (BIBLIOTECA NACIONAL)

Uno de los temas que más difícil nos resulta explicar a los historiadores es el significado que tienen los pueblos en la Historia. Hablamos de romanosvisigodos o árabes, pero pocas veces explicamos lo que queremos decir con esos apelativos. No es, pues, de extrañar que sigan muy presentes aquellas tediosas enseñanzas escolares que dibujaban a los romanos trayéndonos acueductos; a los visigodos, escudos y espadas; o a los árabes, en fin, regadíos y la Alhambra. Detrás de esta visión latía la idea de que “nuestros ancestros” habían sido dominados por estos pueblos en distintos momentos, mientras el “pueblo originario” -o los diversos “pueblos originarios”, dependiendo del prisma nacionalista que se elija- continuaban su larga andadura histórica. Fruto de esta visión, forjada en púpitres de madera con tintero, es que un antiguo presidente del Gobierno de España tuviera la peregrina ocurrencia de declarar que los árabes tenían que pedir perdón a los españoles por haberles conquistado.

Las cosas afortunadamente son algo más complejas y también bastante más interesantes. Me centraré en el caso de los árabes, que es el que mayores confusiones genera, pues no en vano los nacionalismos ibéricos han hecho de la idea de Reconquista su santo y seña particular.

Es un error muy común creer que los árabes eran un pueblo de camelleros nómadas en estado semi-salvaje antes de la aparición del islam. Lo que se sabe de la Arabia preislámica, por el contrario, es que albergaba poblaciones muy diversas, algunas de ellas instaladas en ciudades con larga tradición comercial y una cultura nada rústica. Las miles de inscripciones encontradas allí hablan en distintos dialectos y caracteres de una sociedad estrechamente relacionada con los grandes imperios antiguos, y en la que existían también pujantes reinos e incluso una literatura muy interesante, que ha dejado restos de una excepcional poesía.

Las grandes conquistas producidas tras la aparición del islam no fueron provocadas por un alocado movimiento de tribus montadas en camellos, sino que estuvieron dirigidas por la élite árabe nacida al amparo de la nueva religión predicada por el profeta Mahoma. Lo que sabemos sobre esas conquistas apunta hacia un patrón casi siempre muy similar: la gran debilidad de los estados de la época hacía que dependieran mucho de la suerte del ejército de su rey o de su emperador, de tal manera que su derrota en una o dos batallas campales dejaba sin defensa a unas poblaciones que quedaban abandonadas a su propia suerte. Los ejércitos árabes podían tomar entonces las principales ciudades -Damasco, Jerusalén, Ctesifón, Alejandría, Cartago, Córdoba o Toledo- sin encontrar mucha oposición. Tras hacerse con los resortes de la administración conseguían que la posible resistencia en otras zonas no pudiera reorganizarse y que fueran muchos quienes optaran entonces por pactar con los invasores. Ello permitió conquistas fulminantes de las que se benefició inmensamente la nueva élite, que se hizo construir grandes y hermosos palacios en lugares de la actual Siria y Jordania. En uno de ellos, Qusayr Amra, unas pinturas realizadas para el califa omeya en la primera mitad del siglo VIII muestran al rey visigodo Rodrigo -con una inscripción que le identifica- junto a los emperadores bizantino y sasánida: los grandes derrotados por los ejércitos de los califas.

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Precinto de plomo a nombre del gobernador árabe de al-Andalus Anbasa ibn Suhaym (721-726). Colección Tonegawa.

Se dice a veces que la conquista de Hispania del año 711 fue llevada cabo por tropas mayoritariamente bereberes -es decir, gentes procedentes del norte de África- lo cual significaría que de árabe no habría tenido mucho. Sin embargo, esa idea no es correcta, dado que tanto la dirección de la misma, como su orientación ideológica eran árabes, como también lo fue su resultado: la integración de Hispania -ahora llamada al-Andalus– en el imperio de los califas árabes de Damasco. De la misma manera que a nadie se le ocurre dudar del carácter de las conquistas de Roma por la variada procedencia de los legionarios que las realizaban, es erróneo poner en duda el carácter árabe e islámico de la conquista por el hecho de que muchas de sus tropas procedieran del norte de África. Además, en torno al año 741 un nuevo ejército árabe llegó a al-Andalus, y sus numerosas tropas se diseminaron por buena parte de este territorio, contribuyendo así a reforzar el carácter árabe e islámico de la ocupación. Quienes organizaron, dirigieron y administraron la conquista fueron, pues, los árabes, y los testimonios contemporáneos en papiros procedentes de latitudes como Egipto demuestran que, como todos los conquistadores, se tomaron muy en serio su papel de dominio sobre las poblaciones sometidas.

La consolidación de este dominio comenzó a cambiar las cosas. De hecho, es llamativo el destino de los bereberes llegados a la península. Perdieron rápidamente su propia lengua -que nada tenía que ver con el árabe- hasta el punto de que el castellano apenas incorporó palabras procedentes del bereber, al contrario de lo que haría con el árabe, del que proceden entre 4000 y 5000 vocablos. Estos bereberes, por lo tanto, se arabizaron muy rápidamente tanto en su lengua, como en sus nombres y usos culturales. Un sabio andalusí muy conocido, debido a que fue uno de los introductores del rito jurídico malikí, llamado Yahya b. Yahya (m en 848), tenía un nombre indistinguible de cualquier árabe, pero descendía de un ancestro bereber llegado con la conquista cien años antes.

También la población indígena comenzó a adoptar la lengua árabe de forma muy rápida. Hay muchas pruebas de ello. En un célebre texto, el escritor cristano Álvaro de Córdoba se quejaba en pleno siglo IX de que sus correligionarios más jóvenes apenas se interesaban por el latín y los escritos eclesiásticos, prefiriendo la lectura de los poetas árabes. Por la misma época, un gobernador árabe de Mérida, prendado de las antiguas inscripciones que todavía abundaban en la ciudad, quiso saber lo que decían, pero no encontró entre todos los cristianos a nadie que supiera descifrarlas, excepto un clérigo viejo y decrépito. Un siglo más tarde, libros sagrados como los Salmos o incluso el Evangelio tenían que ser traducidos al árabe, como también lo fueron los propios concilios de la iglesia hispana en pleno siglo XI. Todo ello demuestra que los cristianos que todavía quedaban en al-Andalus tenían que traducir sus textos religiosos al árabe para poder entenderlos.

Este proceso de cambio es conocido como arabización. A él contribuyeron también los matrimonios mixtos producidos después del año 711 entre mujeres indígenas y conquistadores. Fueron muy numerosos, -el más conocido el de Sara, la nieta del rey visigodo Witiza- aunque no eran muy bien vistos por las jerarquías eclesiásticas, tal y como demuestra una carta del papa Adriano, quien a finales del siglo VIII, se lamentaba de que en Hispania las gentes daban a sus hijas en matrimonio a los paganos. Estas quejas, sin embargo, poco podían hacer para detener unos procesos sociales imparables, que acabaron suponiendo la fusión de conquistadores y conquistados y la arabización completa de estos últimos. El resultado fue que varias generaciones después de la conquista mucha gente había perdido la conciencia de sus ancestros indígenas.

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Un caso muy evidente -y siempre citado- es el del gran escritor Ibn Hazm [en la imagen], autor de un magnífico tratado sobre el amor, El Collar de la Paloma (Tawq al-hamama), quien con toda probabilidad descendía de indígenas, pero para el cual las principales referencias culturales eran árabes y, por supuesto, islámicas. Los casos más extremos de arabización eran los de personajes que, a pesar de que descendían de bereberes o indígenas, pretendían tener ancestros en la Arabia preislámica, lo que da buena muestra del prestigio que esta noción tenía en la sociedad andalusí. La arabización lingüística, por lo demás, ha sido brillantemente demostrada por arabistas españoles como Federico Corriente, que han sido capaces de establecer los peculiares rasgos morfológicos, fonéticos y léxicos que tenía el árabe hablado por la inmensa mayoría de las gentes en al-Andalus.

Siempre que se habla de estas cosas, sin embargo, uno debe temerse lo peor. Es inevitable que surja el Unamuno de turno, que se tome todo esto a la tremenda y nos regale atormentadas disquisiciones, que insisten en ver en lo ocurrido hace mil y pico años los gérmenes de nuestra contemporánea aflicción. Tampoco suele faltar una visión nacionalista árabe que intente demostrar la superioridad de esta cultura a lo largo de los siglos. Las gentes aquejadas por estas visiones tan trascendentalistas del pasado -a pesar de que éste insiste en ser miserablemente materialista- suelen discutir entre sí con gran pasión y con información no muy veraz, lo que provoca embrollos sin cuento, que mezclan lo ocurrido en los siglos medievales con situaciones contemporáneas para perplejidad de los más sensatos.

Me consta que a muchos de mis colegas estos embrollos les provocan cierto tedio y una comprensible desgana por embarcarse en la divulgación de los conocimientos que atesoran. Pero me temo que nuestro compromiso social de historiadores no nos deja elección, y que, a despecho de malentendidos y tergiversaciones, debemos explicar lo que la investigación ha venido sacando pacientemente a la luz y que, en muchos casos, no son meras opiniones, sino hechos plenamente verificados. Y uno de esos hechos es que, tiempo después de la conquista militar, los descendientes de los hispanos sometidos comenzaron a convertirse en árabes desde el punto de vista cultural y lingüístico: algunos siguieron manteniendo su religión cristiana -los llamados mozárabes-, mientras que otros muchos se convirtieron al islam. Queda para otra ocasión este tema, el de la islamización religiosa, del que apenas hemos podido hablar aquí y que merece también una larga explicación.

Mientras tanto quédense con esta idea. Contrariamente a lo que pretende el pensamiento histórico más conservador (que anda últimamente muy desbocado), la Historia es un proceso continuo de cambio y transformación.

Julián Borderas, el sastre que cosió la primera tricolor

18 mayo, 2018

Fuente: http://www.publico.es

Un pequeño modisto que luego sería dirigente del PSOE en el exilio zurció en su taller la bandera roja, amarilla y morada que ondeó en Jaca durante el fallido levantamiento de Galán y García, cuya brutal represión convirtió la enseña en un símbolo del republicanismo.

Varios manifestantes con banderas republicanas. / D. Narváez

Varios manifestantes con banderas republicanas. / D. Narváez

La bandera tricolor nació como emblema republicano en el Pirineo cuatro meses antes de que el 14 de abril de 1931 fuera izada en Éibar. La cosió Julián Borderas, un personaje tan fundamental como poco conocido del republicanismo y el socialismo españoles, en la sastrería que regentaba en Jaca (Huesca), en el balcón de cuyo ayuntamiento ondeó durante el día y medio que duró el fallido levantamiento de los capitanes Fermín Galán y Ángel García.

Fue el primero de ellos, cercano al anarquismo y con el que mantenía una estrecha relación política y personal, quien le pidió que la cosiera dentro de los preparativos que, de haber salido adelante sus planes, debían haber finiquitado el reinado de Alfonso XIII a partir del 12 de diciembre de 1930.

La chapucera descoordinación del Comité Revolucionario estatal, con la guinda de Santiago Casares Quiroga, que sería presidente del Gobierno en 1936, yéndose a dormir tras llegar a Jaca horas antes de la asonada en lugar de alertar a los conjurados de que esta se aplazaba tres días, condenó al fracaso el pronunciamiento de los capitanes. Sin embargo, la brutal represión del levantamiento, aceleró, en lugar de posponerla, la caída del régimen: “La monarquía cometió el disparate de fusilar a Galán y García Hernández, disparate que influyó no poco en la caída del trono”, escribió Manuel Azaña.

“Los hechos de Jaca contribuyeron a la popularización de la bandera”, explica el historiador Enrique Sarasa, premio de Ensayo e Investigación de Aragón en 2009 con un trabajo sobre Borderas, fundador del PSOE oscense y primer diputado altoaragonés de esa formación. “El mal fin de la sublevación y los ataques que recibió la bandera tras esta fecha desde la prensa monárquica consiguieron que esta adquiriera un papel simbólico mucho mayor entre los defensores de la república”, señala.

Julián Borderas, primero por la izquierda, durante su encarcelamiento en la prisión de Jaca tras el fallido levantamiento de Galán y García. / Enrique Sarasa

Julián Borderas, primero por la izquierda, durante su encarcelamiento en la prisión de Jaca tras el fallido levantamiento de Galán y García. / Enrique Sarasa

 

El origen de la franja morada

Los capitanes se convirtieron en símbolos del republicanismo, como la tricolor roja, amarilla y morada de Borderas, cuya franja inferior avalaría oficialmente 27 días después el Gobierno de Niceto Alcalá Zamora como un reconocimiento a Castilla al fusionar su pendón con el de la Corona de Aragón, cuya bandera marítima había derivado en enseña estatal en el siglo XIX. Sin embargo, esa argumentación incluye un error, ya que los reyes de Castilla nunca usaron pendones morados y los comuneros se identificaban, en realidad, con el rojo carmesí.

“Una versión bastante extendida y que han defendido algunos historiadores asegura que Borderas fue el autor de la bandera republicana”, explica Sarasa, que sostiene que “la creación de la bandera tricolor data de algún tiempo atrás y, según se ha afirmado, parece que ya funcionó durante los años de la Primera República”. En este sentido, anota que un artículo publicado en 1931 en el semanario republicano-socialista “Jaca”, en cuya edición participaba el propio sastre, “se dice que Borderas la confeccionó a partir de la descripción que de la misma aparecía en una enciclopedia”.

Sin embargo, tampoco está documentado que la bandera roja, amarilla y morada hubiera sido utilizada en épocas anteriores en España. Entre los posibles antecedentes de la inclusión de este último color destacan tres: su uso por liberales que se levantaron contra el absolutismo en el siglo XIX, como el general Rafael del Riego o Mariana Pineda; la propuesta, sin éxito, de varios concejales del Ayuntamiento de Madrid para que la Primera República adoptara en 1873 una tricolor como la que el sastre jaqués cosería seis décadas después, y la identificación con él de algunos círculos republicanos durante el Sexenio Revolucionario de 1868 a 1874.

“Fue uno de los que siguieron presos hasta el 14 de abril”

“El socialismo y el anarquismo se ofrecieron para muchos españoles como una salida para esa situación”

 

No obstante, la participación de Borderas en actividades políticas fue mucho más allá de haber cosido la bandera tricolor que el 12 de diciembre ondeó en Jaca.

Nacido en 1899 en Bescós de Garcipollera, en el prepirineo, sus padres lo colocaron de adolescente con un sastre itinerante que le enseñó el oficio mientras recorría los pueblos de medio Aragón. Contactó con las ideas revolucionarias en Zaragoza, donde hizo el servicio militar en la segunda década del siglo XX, a través del anarquista Ángel Chueca. Y amplió conocimientos en ambos campos, la aguja y la política, en sendas estancias en Madrid y París antes de regresar a Jaca para hacerse cargo de su madre y su hermana al morir su padre y abrir su sastrería en 1923.

“Nace en un contexto en el que las diferencias sociales son muy acusadas y el crecimiento personal del sector más humilde de la sociedad era muy difícil”, indica Sarasa, y en el que “doctrinas como el republicanismo y, sobre todo, el socialismo y el anarquismo se ofrecieron para muchos españoles como una salida para esa situación”.

Un año después ingresó en el PSOE y seis más tarde pasaría cuatro meses en prisión por su participación en el pronunciamiento de Galán y García. “Él fue uno de los que permaneció en prisión hasta el 14 de abril de 1931, siempre con el miedo de que el juicio que debía celebrarse acabara con el peor de los finales”, anota el historiador.

Prisión, guerra, exilio y campos de concentración

“De cualquier forma –añade-, eso no le impidió seguir haciendo política desde la prisión y escribir artículos en defensa de la república. De hecho, sus correligionarios trataron de presentarlo como candidato de la convocatoria electoral del 12 de abril”. Cinco años más tarde, en febrero de 1936, conseguiría, con 47.582 votos, la primera acta de diputado de ese partido en Huesca.

Durante la guerra civil fue comisario político en varias unidades militares y participó en la última sesión que el Congreso de la Segunda República celebró en el castillo de Figueres el 1 de febrero de 1939.

Para entonces, Borderas, afin a Largo Caballero en el inicio de su trayectoria política, llevaba año y medio alineado con las tesis de Indalecio Prieto, con quien trabaría una estrecha amistad durante su exilio común en México, a donde el sastre llegó en noviembre de 1941, tras pasar por campos de concentración en Francia y el norte de África; desde donde sería secretario y vicepresidente del grupo Socialista en el exterior y desde donde apoyó las posiciones internas de Felipe González y Alfonso Guerra en los últimos años del franquismo.

“Para los republicanos, Borderas fue diputado desde 1936 hasta la llegada de la democracia a España”, apunta el historiador.

Sastre de exiliados, políticos y el primer cosmonauta 

Borderas apenas dejó de coser durante su breve etapa como diputado. Había seguido haciéndolo durante la mili, durante la guerra y en los campos de castigo, y volvió a enhebrar las agujas en su exilio, donde su cartera de clientes incluía a Indalecio Prieto, al ministro de Educación Agustín Yáñez y, también, al astronauta soviético Yuri Gagarin, el primer cosmonauta que viajó al espacio exterior, durante sus estancias en México en los años 60.

“Fue conocido por ser el sastre de los exiliados”, explica Sarasa, que destaca cómo “entre sus clientes podemos encontrar desde españoles de familias humildes que vivían en México a destacados políticos”. “Aunque intentó otros negocios, estos no le salieron bien”, por lo que “se dedicó a las labores de la aguja, y a ellas estuvo entregado hasta pocos días antes de su fallecimiento” en 1980.

“Siempre me ha llamado la atención la fidelidad a su ideario, que, para mí, ni fue impostado ni estuvo destinado a la galería política. Realmente, creía en todo ello y estaba convencido de que era posible modificar el mundo desde la política”, indica Sarasa, para quien “de hecho, fue esa fidelidad la que le llevó a sufrir dos veces cárcel y, también, la que le llevó a estar en dos campos de concentración” en la Segunda Guerra Mundial y a vivir durante casi diez años alejado de su mujer”, que pasó casi tres años presa por el mero hecho de estar casada con él, y de sus dos hijos.

Bolcheviques en el poder

25 abril, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

La revolución rusa de 1917, que este año cumple un siglo, culminó con la llegada de Lenin y su partido al liderazgo de un imperio en transformación.

Revolución de octubre
Lenin, en el centro, en un desfile en la plaza roja de Moscú el 25 de mayo de 1919. HERITAGE/GETTY

Durante el verano de 1917, la confianza en que “la Gran Revolución Rusa” uniría a los ciudadanos había dado paso a la división. Bajo ataques desde la derecha y la izquierda, los Gobiernos de Lvov y Kerensky se enfrentaron al desplome de las ilusiones sobre la capacidad del pueblo para fortalecer su concepto de democracia y ciudadanía Cuando se comprobó que las masas no lo apoyaban, esos Gobiernos recurrieron cada vez más a la fuerza del Estado como única forma de persuasión.

Las diferencias se hicieron irreconciliables. El lenguaje de clases, de revolución social y no sólo de reforma política se impuso a los otros lenguajes (liberal, democrático, constitucionalista) que compitieron en ese escenario de crisis de autoridad. Lo que había comenzado en febrero con un motín en la guarnición militar de Petrogrado, se había convertido tan solo ocho meses después en una violenta y radical revolución social, extendida al campo, a las fábricas, al frente y a los pueblos no rusos del imperio. A esa rebelión le faltaba que alguien supiera llenar el vacío de poder que estaban dejando el fracaso y la soledad del Gobierno de Kerensky tras el golpe frustrado del general Kornilov. El camino estaba despejado para un partido revolucionario y contrario a la guerra. Y ahí aparecieron los bolcheviques. Y Lenin.

La Revolución de Octubre de 1917 fue uno de los principales acontecimientos del siglo XX y los historiadores han mostrado en torno a él diferentes interpretaciones. Las investigaciones más recientes de Christopher Read, S. A. Smith, Peter Holquist o Rex A. Wade superan las clásicas disputas entre la propaganda soviética y la antimarxista y subrayan la importancia del eslogan “Todo el poder para los sóviets” y de cómo el apoyo popular a esas instituciones surgidas desde abajo allanó el camino a la conquista del poder por los bolcheviques.

Bolcheviques en el poder

El Gobierno provisional careció de legitimidad desde el principio. Desde el verano, estuvo atrapado por una serie de crisis en cadena: en el frente, en el campo, en las industrias y en la periferia no rusa. Pocos Gobiernos podrían haber hecho frente a todo eso, y menos sin un ejército en el que confiar. El apoyo de trabajadores, soldados y campesinos a los sóviets, la institución dedicada a promover la revolución social, se combinó con la decisión fatal de los Gobiernos provisionales de continuar la guerra. Y el fiasco del golpe de Kornilov en agosto de 1917 ya había mostrado que la derecha estaba todavía desorganizada y la contrarrevolución no tenía en ese momento posibilidades de vencer.

Con visional y los dirigentes del sóviet mostraban su incapacidad para solucionar los problemas, los bolcheviques se convirtieron en la alternativa política para los desi­lusionados y para quienes buscaban un nuevo liderazgo. Como no tenían responsabilidad política, recogieron los frutos de la división y declive de los otros dos partidos socialistas, los mencheviques y los socialrevolucionarios. Su rechazo al Gobierno provisional les dio, a los bolcheviques en general y a Lenin en particular, lo que el menchevique Nikolai N. Sukhanov (1882-1949) llamó en sus memorias una posición “comodín”, por la que podían representar y adaptarse a cualquier cosa.

Los vientos de cambio que soplaban desde el verano, impulsados por las críticas a las autoridades y las alabanzas a los sóviets, comenzaron a plasmarse desde finales de agosto en poder institucional. Bolcheviques, socialrevolucionarios de izquierda y mencheviques internacionalistas tomaron el control de los diferentes sóviets de distrito de Petrogrado, de los sindicatos y comités de fábricas, y de comités de soldados y campesinos en algunas provincias. El 25 de septiembre, el sóviet de Petrogrado, el principal bastión de poder desde la revolución de febrero, eligió una nueva dirección de izquierda radical, y León Trotski, que había salido de la cárcel el 4 de septiembre y que acababa de ingresar en el partido bolchevique, se convirtió en su presidente, sustituyendo al menchevique Chjeidze. Al mismo tiempo, los bolcheviques asumieron el control del sóviet de Delegados Obreros de Moscú.

Con tantos poderes en sus manos, podían reivindicar que hablaban y actuaban en nombre de la “democracia del sóviet”. Ese control del sóviet de Petrogrado y de otros en las provincias es lo que permitió la Revolución de Octubre, y sin ese proceso de conquista del poder en las semanas anteriores, sería difícil imaginarla. La Revolución de Octubre comenzó como una defensa de la idea del poder de los sóviets, posibilitada por una crisis profunda del Gobierno de Kerensky.

Puede ser que “octubre” fuera un “golpe” en la capital, señala Allan K. Wildman, “pero en el frente fue una revolución”. Los soldados no sólo no quisieron echar abajo a ese incipiente poder bolchevique, sino que frustraron los esfuerzos desesperados de Kerensky y del anterior “defensista” comité ejecutivo del sóviet de Petrogrado “para trastocar la victoria bolchevique, trasladando tropas desde el frente”. La participación de marinos de la flota del Báltico, que ya habían tenido una influencia notable en 1905 y en febrero y julio de 1917, fue también muy visible en octubre. El golpe de Kornilov había destruido allí la escasa autoridad que les quedaba a los oficiales.

La apuesta bolchevique había logrado su objetivo primordial, sin apenas resistencia. Petrogrado parecía seguro, pero, pese a su importancia como centro de poder político y de comunicaciones, era sólo una ciudad. Había que comprobar qué pasaría más allá de la capital, en el frente, en las otras ciudades y provincias y en la periferia del vasto imperio ruso. Y ver cómo responderían los trabajadores y los campesinos al nuevo poder; y todos los otros socialistas de izquierda que habían quedado fuera del Gobierno bolchevique.

A comienzos de noviembre, los bolcheviques tenían el control de las principales ciudades de la región industrial del centro, norte y este de Moscú, en los Urales, en las partes más cercanas del frente y entre los marinos de la flota del Báltico. Derrotados sus adversarios militares por el momento, asegurados los principales centros de poder, Lenin y los bolcheviques pudieron dedicarse a temas apremiantes: conseguir la paz, atender a las reformas radicales que había reclamado desde abajo el movimiento de los sóviets y reorganizar el poder, presionados por los socialrevolucionarios, para que ampliaran su Gobierno y convocaran la Asamblea Constituyente, algo que los anteriores Gobiernos provisionales habían aplazado una y otra vez hasta que finalizara la guerra.

Fragmento de ‘La venganza de los siervos’ (Crítica), de Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, que se publica esta semana.

Elena Cornaro Piscopia, la primera doctora

3 abril, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Venía de una familia rica, llegó a ser famosa en toda Europa, se dedicó a cuidar a los menos afortunados y terminó sus días como oblata, o monja laica; la vida de Elena Cornaro Piscopia fue sin duda apasionante.

Nacida en Venecia en 1646 su padre era el segundo cargo más importante de la República Serenísima y lo bastante adelantado a su época como para insistir en que su hija estudiara con los mejores tutores junto a sus hermanos.

Tal era su inteligencia que siendo adolescente ya hablaba Latín, Griego, Hebreo, Español, Francés, Árabe y Caldeo, siendo apodada ‘Oraculum Septilingue’.

También estudió gramática, teología y ciencias naturales además de las habilidades ‘femeninas’ como música; tocaba varios instrumentos como el clavicordio, el arpa y el violín. Intensamente devota a los 11 años decidió ser célibe para siempre, lo que la llevó a rechazar a numerosos pretendientes a su mano príncipes incluidos.

Su decisión enfadó a su padre que decidió prohibirle ser monja de clausura y a cambio la envió a la Universidad de Padua, junto a la que le compró una casa.

En Padua Elena estudió teología con tanto éxito que gente de toda Europa iba a ver sus debates teológicos: en 1677 uno de estos debates (en latín y griego) ante el claustro de la universidad y buena parte del Senado de Venecia casi forzó a concederle un título universitario: en junio de 1678 se convirtió en la primera mujer de la historia en recibir un grado de doctora en filosofía, aunque no en teología, dado que la iglesia no aceptaba su sexo.

Aquel mismo año se convirtió en la primera profesora universitaria enseñando matemáticas en Padua mientras al mismo tiempo mantenía sus devociones y la ayuda a los pobres y necesitados.

Elena Cornaro Piscopia murió de tuberculosis en julio de 1684; al extenderse la noticia los pobres de Padua y Venecia lloraron en público afirmando que había muerto una santa.

Tras su muerte consiguió ser enterrada como monja oblata y no en el lujoso sepulcro de su familia; su fama desapareció con ella y hasta el siglo XIX no se recuperó su memoria.

Imagen de Desconocido, Dominio público