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La guerra continúa

8 diciembre, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

José Álvarez Junco y los dioses útiles, o Gerhard L. Weinberg y la Segunda Guerra Mundial en menos de 200 páginas.

La guerra continúa

Johan Huizinga escribió que ninguna disciplina tenía sus portales tan abiertos al público en general como la historia. Y algunos de los libros publicados en los últimos meses constituyen un excelente ejemplo de eso.

La historia está cargada de mitos, aunque muchas veces no se encuentren pruebas para sustentarlos, y así lo recuerda José Álvarez Junco en Dioses útiles(Galaxia Gutenberg), su repaso a las teorías y construcción histórica en torno a las naciones y los nacionalismos, donde intenta explicar el caso español en términos comparados. Historia narrada con buen pulso, sin olvidar el análisis, que es lo que hace siempre tan bien este autor.

Resumir la guerra de 1939-1945 en menos de 200 páginas no es tarea sencilla, pero Gerhard L. Weinberg la borda en La Segunda Guerra Mundial (Crítica), partiendo de todos los conocimientos en investigaciones que había anticipado en su monumental Un mundo en armas.

Durante esos años de violencia y genocidio, cerca de 48.000 españoles combatieron en la División Azul. Xosé M. Núñez Seixas realiza en Camarada invierno (Crítica) una disección de quiénes eran, cuáles eran sus motivos y sus percepciones sobre la Alemania nazi y la Rusia soviética. Una historia basada en cartas, diarios y memorias, la mirada cotidiana de quienes vivieron aquella segunda cruzada contra el comunismo.

Fuera de Europa hubo también grandes masacres, aunque nuestra mirada occidental no les preste demasiada atención, e Iris Chang narra en La Violación de Nanking. El holocausto olvidado de la Segunda Guerra Mundial (Capitán Swing) la que tuvo lugar en diciembre de 1937, cuando el Ejército japonés entró en la entonces capital de China, Nanking, y asesinó a más de 300.000 civiles.Julio Prada Rodríguez,Jordi Ama

Tampoco cesa la literatura sobre la España más reciente. Hay para elegir, según los intereses de los lectores, que puede ser el Frente Popular, en la interpretación y relato detallado que 80 años después ofrece José Luis Martín Ramos en El Frente Popular. Victoria y derrota de la democracia en España (Pasado & Presente); la represión económica y el castigo que el franquismo aplicó a una buena parte de la sociedad gallega, objeto minucioso de estudio de Julio Prada Rodríguez en Marcharon con todo (Biblioteca Nueva); La primavera de Múnich (Tusquets), como denomina Jordi Amat en su excelente narración a lo que la dictadura de Franco bautizó en 1962 como el contubernio; el uso que los vencidos en la Guerra Civil hicieron de las coplas de Conchita Piquer, una original investigación de Stephanie Sieburth —Coplas para sobrevivir (Cátedra)—, muestra del vigor de los estudios culturales en los hispanistas más jóvenes; o el pormenorizado análisis de la izquierda radical durante la Transición por parte de Gonzalo Wilhelmi en Romper el consenso (Siglo XXI).

Y aunque tiene ya casi tres décadas, aparece una nueva edición de Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historia oral de la guerra civil española (Crítica), la magistral obra de Ronald Fraser, la mejor guía para descubrir las historias escondidas de la guerra, más allá de mitos y disputas sobre las causas y responsables del acontecimiento central de la historia de España en el siglo XX.

Historias de gente común, de grandes acontecimientos políticos, de guerras y violencia. En grandes pinceladas y en miniatura. Para que los lectores decidan.

La guerra continúa

 

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A diferencia de nosotros, aquellos que vivieron la Revolución Rusa sí entendían la historia

21 noviembre, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Las cosas no le iban muy bien a Lenin hace justo 100 años. Estamos a siete días del centenario de la toma del poder de los blocheviques, pero cuando Lenin se preparaba para el golpe, fue víctima de una de las grandes exclusivas del siglo XX.

Después de que una dura reunión del comité fijase la fecha de la revolución para el 2 de noviembre (calendario occidental), dos líderes bolcheviques, Zinoviev y Kamenev, que pensaban que la idea era una locura, filtraron el plan a un periódico progubernamental.

Lenin, enfadado, les expulsó del partido y ordenó que la insurrección se aplazase cinco días. El gobierno provisional ruso, que ya apenas tenía poder, aprovechó ese retraso para mandar tropas adicionales a Petrogrado. Mientras, los comisarios bolcheviques empezaron a revocar esas órdenes.

Todo, en otras palabras, se hizo abiertamente. The New York Times informó el 1 de noviembre de 1917 que una “manifestación” planeada por “el agitador radical Nikolai Lenine” se había pospuesto y que el Gobierno estaba a salvo. El resto, como se suele decir, es historia.

A medida que nos acercamos al aniversario de la Revolución Rusa, se producirán tres tipos de respuestas: la condena conservadora; la mezcla progresista de admiración y lamento; y la conmemoración entusiasta. Aunque lamento el bolchevismo y la fecha de la degeneración de la revolución que comenzó a principios de los años 20, estaré entre aquellos que celebran estas fechas.

Para mí, la revolución del 7 de noviembre representa exactamente lo que los folletos cargados de texto repartidos por los bolcheviques en las vísperas del evento prometían: “Poder de clase”. El gobierno provisional liberal-socialista que había dirigido Rusia desde la abdicación del zar se estaba hundiendo. Muchos generales se estaban movilizando para llevar a cabo un golpe militar. El Ejército en el frente se estaba desmoronando. También estaban estallando progromos contra los judíos.

La clase trabajadora, afirmaban los agitadores de Lenin, era la única fuerza que podía llenar el vacío de poder, sacar a Rusia de una guerra en la que estaba perdiendo desastrosamente, acabar con los progromos y reprimir a los militares conservadores que preparaban un mandato militar. Iba a haber una guerra civil en cualquier caso: los trabajadores habían estado bajo control de las fábricas desde julio y muchos pensaron que sería mejor empezar con un pie de ventaja.

Hoy sabemos lo mal que fue. Lenin y el comandante militar soviético León Trotski sabían que a menos que se les unieran los trabajadores de Francia y Alemania, su revolución estaba perdida; y lo sabían por estudiar exactamente a qué tipo de condena se enfrentaba la Revolución Francesa de 1789: o ser aplastados por ejércitos apoyados desde el exterior o enfrentarse a una toma de poder autoritaria desde dentro de la revolución. Aunque actuaron sin piedad contra la amenaza externa, fueron ineficaces contra la interna y, en general, son culpables de promoverla.

Los comunistas defienden la momia de Lenin con una marcha en la Plaza Roja

Lo que me sorprende ahora, leyendo los testimonios orales y las memorias que los investigadores han sacado recientemente a la luz, es lo extraordinariamente formada que estaba la gente de a pie en materia de historia. Resistiéndose a la idea de una revolución de los trabajadores, los mencheviques –un partido socialista moderado– utilizaron en repetidas ocasiones la palabra “termidor” para advertir de lo que podía pasar. Termidor fue el mes de 1794 en el que terminó la fase jacobina de la Revolución Francesa con la decapitación de Robespierre.

Ya en 1909, escritores mencheviques introdujeron la idea de un termidor ruso en su prensa popular y panfletos. Si los trabajadores tomaban el control en un país en retroceso, esgrimían, entonces, igual que pasó en Francia, se necesitaría una fase del “terror”; la economía se derrumbaría y, algún día, un grupo autoritario emergería desde dentro de la revolución para volver a imponer el control. Tal y como revelaron los acontecimientos de 1917, la gente más formada de la clase trabajadora era capaz de comprender los paralelismos con 1789.

El momento actual es diferente. Desde 2011, hemos vivido un súbito ajetreo de la historia: la caída de dictaduras la emergencia de nuevas ideologías de protesta, el castigo colectivo a poblaciones enteras, anexiones unilaterales, declaraciones de independencia y la fragmentación de lo que una vez fueron importantes instituciones.

Pero de todo lo que vivimos, ¿cuánto entendemos? El libro El fin de la historia, de Francis Fukuyama, y las afirmaciones subsiguientes sobre un mundo permanentemente unipolar, pertenecen a una era pasada. Pero la asunción de que hemos entrado en un estado de permanencia tecnocrática se mantiene.

Si uno habla con antiguos espías, diplomáticos y analistas en geoestrategia puede ver que están muy preocupados por el mundo e intentan trazar paralelismos históricos para expresar su preocupación. Los empresarios y políticos suelen preocuparse por los ingresos y las cuentas del año que viene, pero tienen muy pocos puntos de referencia con los que entender la dinámica de la catástrofe.

Respecto a la palabra termidor, en Reino Unido es más probable escucharla seguida de la palabra langosta [por la famosa receta francesa], que en referencia a las dinámicas de la revolución y contrarrevolución.

El servicio de radio televisión pública, que se ha aficionado notablemente a explicar la naturaleza, raras veces explica la historia. Vivimos una época dorada de series sobre dramas históricos en el que los acontecimientos que perturban las historias de amor de gente guapa disfrazada siempre llegan por sorpresa. Poldark, de Debbie Horsfield, no sigue esta tendencia, pero si la BBC quisiese añadir un servicio público emitiría los programas de Dan Snow o Tristram Hunt durante una hora después de Poldark, explicando así la interacción de la Revolución Francesa y la formación de la clase obrera británica.

En los próximos días, las discusiones sobre los aciertos y los errores de Rusia en 1917 llegarán a su punto álgido. Muchas otras discusiones se amontonarán sobre esta, como cuando Estonia pidió a principios de este año al gobierno izquierdista de Grecia que admitiese que “el comunismo es tan malo como el fascismo” (a lo que Grecia se negó).

Lo que deberíamos promover, al tiempo que volvemos a luchar las batallas del siglo XX, es la educación histórica. Saber lo que significaba termidor no paró a centenares de miles de trabajadores rusos a jugársela apoyando la toma del poder de un partido secundario muy unido. Pero probablemente les preparó para lo que vino después.

Traducido por Javier Biosca Azcoiti

“El problema del PP no viene del postfranquismo, viene de la corrupción”

17 noviembre, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Santos Juliá (Ferrol, 1940) es un catedrático e historiador de reconocido prestigio con obras de referencia como Manuel Azaña. Una biografía política y  Historias de las dos Españas, entre otras. La entrevista se celebra en su despacho, un apartamento invadido por los libros. Escribe en un ordenador último modelo. Al terminar la conversación, que se extendió más de la hora, hablamos de las críticas y de los déficits de la Transición. “Duró un año”, dice como defensa de aquel periodo, “el resto de los defectos del sistema político español son inherentes al desarrollo de la propia democracia”.

¿Estamos viviendo la peor crisis desde… 1979, 1981, la peor crisis territorial desde la Guerra Civil, desde el 98?

Bueno, territorial, sí, en cuanto a la unidad del Estado. Es lo más grave que ha ocurrido. Hay un momento. Indudablemente, la Guerra Civil está fuera de consideración aquí. No fue una crisis, fue la quiebra total de la posibilidad de convivir en paz. Habría que remontarse a la crisis de 1934 con Catalunya, que afectó a la otra democracia española del siglo XX, a la República.

¿Cómo le explicamos a un extranjero que Catalunya, que goza de una autonomía que tienen pocas regiones en Europa, quiere ser independiente? Hace unos días, el ex primer ministro de Francia, Manuel Valls, explicó en la televisión de su país que Catalunya tiene una policía propia, una televisión autonómica, el catalán se enseña en las escuelas y el castellano está casi al nivel del inglés o del francés.

Igual. No casi, igual.

¿Cómo teniendo el mayor grado de libertad y autonomía se plantea la independencia?

Hay un problema de fondo que se puede abordar desde distintos puntos de vista. El primero es que cuando un Estado tiene, en el sentido en el que lo utilizan los politólogos, fragmentos de Estado con un ámbito territorial específico, bien señalado y con la posibilidad reconocida en la Constitución de construir un poder de Estado dentro del Estado, la clase política que se forme dentro de ese fragmento tendrá siempre una presión, que vendrá de algunos sectores de la sociedad y de la misma clase política, a separarse y constituirse en Estado. A no ser que haya un pacto federal o confederal que obligue a la lealtad de cada uno de los fragmentos para no romper la unidad del Estado.

El problema que tiene hoy el Estado español es que por la propia Constitución y su desarrollo ha atribuido poderes de Estado a unas comunidades sin garantizar al mismo tiempo la obligación de lealtad a ese Estado. Tenemos un Estado federal sin instituciones federales, débil para mantener la unidad si hay una política de uno de esos fragmentos de Estado dirigida a separarse del Estado.

Una de las diferencias que tenemos con otros Estados federales es que en ellos las partes participan en el todo.

Participan más en el todo.

Aquí es casi unidireccional, ¿no?

Sí, claro. Cuando se abren las Cortes y se trata de la constitución territorial que el Estado va a tener, se emplea tres veces más la palabra “autonomía” que “solidaridad”. Las regiones que así eran reconocidas en la Segunda República se convierten en comunidades autónomas, cada una con un Estatuto de autonomía. La argamasa que va a consolidar el conjunto se fía a la solidaridad. En el momento en que la solidaridad falla, la lealtad no tiene garantizada una vía jurídico política. No hay instituciones. El Senado no está diseñado para un Estado federal. Hace tiempo que necesitamos una reforma constitucional.

Lo que se está produciendo tiene su origen en el intento de los catalanes de ir hacia una especie de Estado confederal sin una reforma constitucional. El Estatuto de 2006 no es una reforma del primero, sino uno de nueva planta con cientos de artículos. Era la manera de forzar la Constitución sin reformarla. Fue un error garrafal del tripartito entre socialistas, Esquerra e Izquierda Unida, que seguimos pagando.

Estoy releyendo Historia de España, de Pierre Vilar. Habla de la importancia de la geografía en la creación de las distintas idiosincrasias, de cómo el centro no ha sabido pactar con unas periferias más abiertas a la modernización. ¿Nos falta cultura política para resolver el problema actual?

Bueno, podría aceptar eso hasta cierto punto, porque Catalunya no plantea en el siglo XIX ningún problema de conexión con el Estado, nunca. El problema empieza en torno a 1898, cuando arranca un catalanismo político que llevaba como uno de sus elementos fundamentales la reforma del Estado español. Lo que reivindica es lo que [Francisco] Cambó denomina “autonomía integral”, en el sentido de que las regiones tendrían autonomía en aquello que concernía a la vida de la propia región dentro de un Estado español más fuerte y consolidado.

Durante el periodo de la monarquía hasta la república, e incluso dentro de la república, el catalanismo político piensa que la fortaleza del Estado español depende de la autonomía regional. El juego está siempre dentro del Estado, aunque se consideren una nación singular, la nación catalana. Sobre el hecho diferencial se discutió mucho en el debate constituyente de la Segunda República. Ese debate nunca estuvo unido a una reclamación de separación o de independencia, sino de reforma del Estado con objeto de hacerlo más moderno, más democrático y, es curioso, más fuerte.

¿Jugó a lo mismo Jordi Pujol?

Jugó durante un tiempo. Ahí hay un debate en torno a la transformación del catalanismo en el tardofranquismo y durante la Transición. Hay quien sostiene que desde el principio el objetivo final, el objetivo estratégico era la independencia. En los discursos políticos explícitos, cuando Pujol viene a Madrid y habla en el Ateneo o en el Club Siglo XXI, o más importante, durante el debate constitucional, no aparece la separación y la independencia, o la autodeterminación como un derecho. Existe un discurso sobre la autodeterminación de las nacionalidades y las regiones. El PSOE y el PCE recurren a él a finales de los 60 y en los 70.

Si se tiene en cuenta el contexto en el que se está reivindicando se la puede denominar autodeterminación interna, no como separación e independencia. Es una autodeterminación que mira a la capacidad de cada uno de los llamados pueblos de España de participar en la construcción del nuevo Estado que ha de sustituir a la Dictadura, no hacer de esto un conjunto de 17 repúblicas. En ese sentido recuerda más a las palabras “autodeterminación” y “Estado” en los debates de la Primera República o de la Segunda República que a un derecho de autodeterminación por que hubiera una situación de colonialismo o de ocupación por un extranjero.

Parece que la élite política de Catalunya, por lo menos la independentista, ha renunciado a la modernización de España.

Sí, ha renunciado a jugar el papel propio que identificó al catalanismo durante un siglo. Lo que estamos viendo ahora es el fin del catalanismo político, porque el catalanismo político, tal como se entendió desde Prat de la Riba hasta Jordi Pujol, era el de crear una Catalunya libre, próspera, autónoma, que fuera una especie de ejemplo, de motor, una vanguardia en relación con el resto de lo que se llamaban los pueblos de España.

¿Cuántos pueblos?

Eso fue debatido, cada uno de estos debates tiene su interés, pero hay que situarlos en su momento. En los años 40, cuando la Dictadura está en su mayor uso del terror para someter a los ya vencidos, es decir, en los años peores que ha pasado España en siglos, porque hasta el triunfo de los aliados, y todavía después, aquí existía un estado de terror. En el exilio se piensa que el triunfo de los aliados va a suponer la caída de Franco. Se discute sobre el futuro Estado español.

La delegación del Consell en EEUU presenta el caso de Catalunya a la nueva ONU, con más o menos autorización de la delegación en Londres, en la que está Carles Pi i Sunyer. Quieren que el futuro del Estado se construya a partir de una confederación de cuatro naciones: Castilla, Galicia, Euskadi y los Países Catalanes. Envían un mapa de España a la ONU en el que están los llamados Países catalanes”, o sea, Catalunya, Valencia y Baleares. En ese mapa, Euskadi tiene buena parte de Navarra.

El exilio español de México responde que las naciones o nacionalidades españolas son por lo menos 12, porque están Galicia, Euskadi, Catalunya y Castilla, pero ¿es Andalucía Castilla? ¿Lo es Valencia? ¿O León? Aparecen primero los planos de Luis Carretero y después, de su hijo, Anselmo, en los que se contrapone el plano de las cuatro naciones al nuevo plano de 12, 13, 14 naciones.

De alguna forma, seguimos atrapados por ese juego de los mapas.

Esta es la cuestión. Los Carreteros, Luis y su hijo Anselmo, hablan de unión de nacionalidades ibéricas. La palabra “nacionalidad” es de uso corriente mucho antes de la Constitución del 78. Ellos leen la historia a partir de la formación de los reinos históricos, visigodos, etc. Por eso salen como nacionalidades Aragón y Navarra, que es la que sucumbe más tarde a la idea de imperio de los Habsburgo. Aquello estaba pensado desde una reconstrucción histórica que se realiza en función de lo que se quiere proyectar para el futuro, pero ahora tenemos a todas las comunidades autónomas que han impulsado políticas de construcción de identidad nacional. Tenemos los nuevos estatutos de 2006, 2008. Andalucía se define como una realidad nacional. Aragón se define como una comunidad o realidad nacional. Valencia, también.

¿Cómo salimos de esto si todas aspiran a ser o dicen ser realidades nacionales? La única manera de hacerlo en paz, si aún quedara un resto de aquella llamada solidaridad entre los pueblos de España, sería por un acuerdo de las comunidades autónomas. A lo mejor digo un disparate, pero habría que idear alguna fórmula para que las comunidades autónomas entraran, a través de alguna iniciativa, en un proceso de reforma de la Constitución o de un nuevo proceso constituyente.

Más allá de la posible responsabilidad del Govern, que carece de un mandato claro para la independencia unilateral ni va a tener reconocimientos internacionales, está la del Gobierno central y una parte importante del PSOE y Ciudadanos. Las leyes tienen que ser útiles, pero las leyes cambian. Si no, seguiríamos en la esclavitud.

Claro, las leyes cambian, pero en el momento en que hay un poder de Estado que se rebela contra el conjunto del Estado, el conjunto del Estado tiene que reaccionar ateniéndose a la fuente de su propia legalidad. Por eso creo que en el origen de esto hay una rebelión a la antigua usanza. No hay una insurrección armada, como la que se intentó en 1934. No hay un recurso a las armas para lograr la independencia. ¿Cómo lo llamamos? Lo he llamado ruptura, una quiebra, una parte del Estado decide por su cuenta. Esa quiebra de la solidaridad origina un problema constitucional. Recurrir a la Constitución y que el Poder Judicial actúe en función de la presunción del delito que se está cometiendo es de cajón. No hay otro recurso.

Pero a la vez se podría abrir alguna ventana.

Exactamente, pero las han cerrado todas. El otro día leí un artículo de Tomás de la Quadra que estaba muy bien, recordando a la Generalitat que tenía la oportunidad, a partir del artículo 166 de la Constitución, de presentar en el Congreso un proyecto de reforma de la Constitución. Pero no lo han hecho. Han vulnerando todas las leyes posibles, incluso las propias. Lo ocurrido el 6 y el 7 de septiembre [en el Parlament] es inconcebible en un Estado de derecho.

El historiador Santos Juliá.
El historiador Santos Juliá. MARTA JARA

No sé si por falta de idiomas o de actores con prestigio de una parte, los soberanistas se han hecho con el relato exterior, sobre todo en las televisiones. El Gobierno ha sido incapaz de explicar que el referéndum del 1-O carecía de garantías, que no se parecía al escocés.

Claro. El 1 de octubre es clave. No estoy en el secreto del asunto, pero tengo la impresión de que el Gobierno llegó a creer que había desmantelado la posibilidad de que la gente acudiera a los colegios y que hubiera urnas y papeletas. En el momento en que por el comportamiento de los Mossos, de dejar hacer y dejar pasar, y que intervengan otros ya que han venido, el recurso de aporrear a gente que va a votar es lo peor que se le puede ocurrir a un gobernante. Si te han sorprendido, lo que tienes que hacer es mantener el orden, impedir si puedes que entren, pero nunca recurrir a la porra para quitarle una papeleta de voto a una mujer, a un hombre, a un niño, a quien fuera.

Es que esa es la imagen que ha quedado.

Claro, y seguro que no ha habido los 800 heridos. No hay una foto sola de ninguna autoridad catalana visitando a un herido en un hospital. Hubiera bastado que alguien quedara tan herido por la actuación policial para que fueran todos a hacerse la foto. En ese caso, el Gobierno habría acabado en la ruina más absoluta.

En un país normal el ministro del Interior tendría que haber dimitido inmediatamente por no parar el referéndum y por la actuación policial.

Por lo menos poner el cargo a disposición. Ese gesto hubiera sido digno de tener en cuenta. Un ministro tiene que ser leal al Gobierno y solo sale cuando el presidente decide que salga, pero poner el cargo a disposición del presidente del Gobierno, sí, desde luego.

¿Cree que todo el mundo es consciente de que estamos en un territorio muy peligroso?

Sí, lo que pasa que miden de distinta manera el peligro según en qué posición se encuentren, como siempre sucede en los enfrentamientos civiles. El peligro en el que incurre quien hace la cacerolada, sale a la calle o interrumpe el tráfico merece la pena si progresa el proceso de independencia, o si el sector que lo está organizando piensa que, en la relación de fuerzas que tiene con los otros sectores, le va a dar una posibilidad de presionar más, de tener una mayor capacidad de actuación.

Aparte del problema del choque entre el Estado constitucional y el conjunto de las fuerzas que pretenden romper al Estado, hay otro problema interno, que es el de la relación de fuerzas entre los independentistas. Hay un sector muy catalanista y nacionalista, pero hay otro sector al que el catalanismo y la nación catalana le han traído sin cuidado hasta ahora. Eran anticapitalistas, antiEstado, antieuro, antiEuropa, antipagar la deuda. No hablo de memoria, está en sus escritos. Llaman a este enfrentamiento “primer momento deconstituyente del Estado español”. La independencia de Catalunya, en este caso, está sobrevenida a la estrategia de “deconstituir el Estado”.

El segundo momento, que está argumentado en escritos publicados, es el de la demolición del Estado español. Eso no tiene que ver con lo que defienden el PDeCAT o Esquerra Republicana; ellos quieren que siga un Estado español, lo que quieren es independizarse de ese Estado. Estamos en un momento táctico, en el que coincide el objetivo estratégico: separación e independencia. Al final o en un momento del proceso va a tener duros choques.

A esto se suman los catalanes que no quieren independencia. Es lo que decía Joaquín Sabina, que el conflicto puede ser interno, entre catalanes, no tanto Estado contra Catalunya.

Claro, claro, pero forman parte de la defensa de la Constitución. Eso se refiere a una quiebra de la convivencia dentro de la sociedad catalana, pero no es porque los otros tengan un proyecto distinto al soberanista, sino porque forman parte del constitucionalismo español.

La profusión de banderas españolas, las agresiones de Valencia, discotecas que ponen el himno nacional y se escuchan gritos de “arriba España”.

No digo que sea buscado, pero en parte está previsto. Si la bandera española se vuelve a identificar con grupos de extrema derecha que recurren a la violencia, un motivo más para todo lo que se está diciendo en relación con “España, Estado opresor”, otra demostración de que es así. A los constitucionalistas o a quienes pensamos que todavía es posible una reforma de la Constitución, esta identificación nos lleva a momentos que se pensaron superados, pero eso forma parte de la estrategia política del independentismo.

Siempre se ha dicho que el PP asumía toda la derecha, que la extrema derecha se sentía representada, de hecho hay gente del PP que podrían ser del Frente Nacional en Francia. A cambio de tener esa extrema derecha domesticada, carecemos de un partido democrático europeo como la CDU alemana. Aquí no existe alguien como Angela Merkel.

Hombre, creo que el PP ha gobernado de acuerdo con la Constitución. No diría que no hay un partido conservador demócrata en España, no. Hay un partido conservador democrático que es el PP. Lo que ha habido es el fracaso de la formación de partidos de extrema derecha al estilo que han tenido los austriacos, los holandeses, los alemanes y los franceses. Cuando se han querido montar partidos de este tipo nunca han pasado del 5% del electorado, ni del 3%. Hay un sector dentro del PP que sí se sitúa dentro del extremo de la derecha, pero nunca han tenido hegemonía dentro del PP, nunca han impuesto sus políticas en el PP. Yo no veo que el PP haya tenido una política como la que propugna en Francia el Frente Nacional.

Pero es un partido que no ha roto claramente con el postfranquismo.

El problema del PP no viene de ahí del postfranquismo, viene de la corrupción, pero eso ha afectado también a los catalanes. Si el PP está atravesando una crisis en su electorado, en su capacidad de volver otra vez a conseguir una mayoría que le permita gobernar cómodamente, no procede de haber desarrollado políticas de extrema derecha, sino de no haber respondido con la rapidez, más que rapidez, urgencia, y la profundidad requerida a los casos de corrupción que han florecido como setas. Ese es el gran problema de la clase política española, no solo del PP, que en las comunidades autónomas se han montado redes clientelares que han servido como una colusión de intereses privados con intereses públicos que han salido a la luz en lo peor de la crisis económica. Esto destruye al partido mejor pintado del mundo.

Las instituciones más importantes del Estado, que debían tener ahora un papel decisivo, como el Tribunal Constitucional, la Fiscalía General del Estado o el Tribunal de Cuentas, están contaminados. Parecen tan ocupados como Televisión Española.

El Tribunal Constitucional pasó un mal momento, pero su peor momento no es este. Ha tenido sentencias ejemplares. Como aquella que permitía a la Generalitat presionar en cierto modo y ofrecía al Gobierno la posibilidad de que se organizara un referéndum. O por lo menos no cerraba el camino. Otra sentencia ejemplar es la de la lengua, favorable a la Generalitat. Creo que ha habido un momento complicado, porque no era solo esta política de los partidos de colonizar otras instituciones del Estado, que efectivamente se ha dado.

Lo ha hecho también el PSOE.

Evidente. El PSOE empezó. Es que era aquello del “Montesquieu ha muerto”, celebremos el enterramiento.

¿Hay una verdadera separación de poderes en España?

Si no hubiera separación de poderes, ningún tribunal hubiera procesado nunca a la hija del rey. No soy tan de blanco y negro. La Fiscalía, por su propia definición institucional, es un poder jerárquico dependiente del Estado; sería menester que el fiscal general pueda ser nombrado a través de un procedimiento algo más complejo y que refleje no solo la política del Gobierno sino del Estado. Que no haya un Poder Judicial independiente en España lo niega la práctica diaria de los casos de corrupción política que salen y son juzgados.

Los jueces que no dependen del poder político hacen su trabajo con libertad, el problema empieza cuando dependen de ese poder para ascender. Ahí empieza la contaminación.

No necesariamente, porque la Audiencia Nacional ha tenido un papel fundamental en todo esto. Creo que ha dependido de dos cosas: de que la Guardia Civil y la Policía han actuado, y han actuado profesionalmente. No han tenido en cuenta mandatos políticos para sacar toda la corrupción a la superficie. Y en segundo lugar, el Poder Judicial ha funcionado. La crisis de la democracia representativa por la que hemos atravesado tiene que ver con cuestiones que pasan también en otras democracias. Los dos poderes que han mostrado una actuación más independiente y más autónoma han sido las fuerzas de seguridad y el Poder Judicial. ¿Cuántos casos de corrupción hay ante los tribunales hoy? Es verdad que van lentos, bueno, pero eso es la propia máquina judicial.

¿Por qué decir aquí “referéndum pactado”, como el escocés o el québécois, es mencionar la bicha? ¿No sería una solución a corto o medio plazo?

Bueno, es que aquí la cuestión sobre los referéndum pactados en una parte del territorio no se refiere tanto al hecho del referéndum como a quiénes son los que tienen que votar cuando se va a cambiar una Constitución.

Hay un propuesta de Miquel Iceta: cambiar la Constitución, que se podría conseguir en poco tiempo si hay voluntad política, y hacer una votación en toda España; si en Catalunya sale no, convocar otro especifico en Catalunya.

Es una variante de una propuesta que hizo Santiago Muñoz Machado sobre la necesidad de proceder en un proceso, que sería mejor si fuera simultáneo, a una reforma constitucional, que, por tanto, habría una intervención catalana, como habría intervención de todos los diputados y senadores, y simultáneamente a una reforma del Estatuto de autonomía de Catalunya, y que se refrendaran a la vez. Esa sería la fórmula del posible referéndum pactado. El problema del referéndum pactado es que una parte del territorio pueda modificar toda la estructura del Estado en la que el resto de los ciudadanos son también sujetos de soberanía.

El historiador Santos Juliá.
El historiador Santos Juliá. MARTA JARA

Pero sí se soluciona un problema para los próximos 50 años, reforzando la lealtad.

Tienes que reformar antes la Constitución. Lo que no se puede es poner los huevos en una sola cesta y decir, un referéndum pactado sin reforma constitucional. Podría haber una consulta, no vinculante, como aquella que propuso Francisco Rubio Llorente. El problema de la consulta no vinculante es que la gente se siente más libre de votar aquello que puede poner en mayor aprietos. Como no es vinculante, pues entonces… No vinculante pero que obligara a las partes a negociar para resolver el problema.

Las salidas de empresas ha supuesto un choque de realidad para mucha gente.

Un choque de proporciones colosales. Ha sido una política basada en mentiras. Cuando se enfrentan identidades nacionales construyes al otro con todo lo que lo hace odiable. Por eso les resultaba imposible pensar que las empresas se fueran con aquel al que odias tanto. Lo que se han encontrado es el desmentido radical a algo que habían garantizado que nunca pasaría. Lo decía [Artur] Mas, “le puedo garantizar que ninguna empresa saldrá del territorio de Catalunya”. Bueno, han salido. ¿Ha salido el vicepresidente económico Oriol Junqueras a dar una explicación a la gente de por qué está pasando esto?

Tampoco va a haber reconocimiento de ningún país de la UE, EEUU o Rusia.

No lo va a haber. No lo va a haber.

En el fondo hay un conflicto entre legalidad y legitimidad.

Una legitimidad de un gobierno que se siente sostenido por una opinión pública. Esa opinión es la que permitía al franquismo afirmar que tenía un poder legítimo en ese sentido, no en el democrático. Han arrasado la legitimidad democrática al cerrar el Parlamento. Como decía Anna Gabriel, no hemos venido aquí a perder el tiempo en parlamentarismo autonómico, el parlamentarismo autonómico se ha acabado.

En la CUP son los más honestos.

Porque lo dicen todo, pero cambian rápidamente. Porque el juego que se trajeron para prestar o no apoyo…

El famoso empate.

El famoso empate. Esa es la mentira más grande que hemos presenciado en política, es decir, no ha habido nada similar, y se lo tragaron y da igual. Que tres mil doscientas y pico personas voten de tal manera que haya un empate aritmético, 1.251 y 1.251, es imposible. Pero por arte de birlibirloque se convirtió en posible, y el que había dicho que el resultado de las elecciones no daba para legitimar el inicio del proceso a la independencia, Antonio Baños, le pegaron la patada. Era el cabeza de lista y desapareció.

La frase final del documento que firmaron en una sala aledaña del Parlamento dice “los representantes legítimos de Catalunya”. ¿Los demás?

No lo son para los que firman.

La diputada de la CUP Mireia Boya acusó a los Comuns de Ada Colau de ser traidores. Hay catalanes buenos y catalanes malos.

Aquí hay una tendencia a calificar todo de fascismo, pero cuando se estudia el repertorio de acción colectiva de los fascismos, que es amplio, que los fascistas no tomaron el poder de la noche a la mañana, Mussolini fue más rápido, pero a Hitler le costó años, hay un repertorio de acción colectiva. Cuando un sector se identifica a la nación y los demás son excluidos, no eres alemán si vas a casarte con una judía o un judío. ¿Qué es lo alemán? ¿Qué es lo catalán?. Si se identifica con un sector de la sociedad, eso forma parte del repertorio nazi de acción política porque a los que tenían connivencia con los excluidos se les excluía también.

Cuando los 72 diputados titulan su declaración, que la hacen además en un desprecio al Parlamento, porque la firman en una dependencia aparte, “declaració dels representants de Catalunya”, están excluyendo al resto de los diputados que no firman. El artículo “los” indica la totalidad: somos los representantes de Catalunya. ¿El que no firma no es representante de Catalunya? Pues si eso lo cree usted, está actuando como, no digo que sean nazis, pero recurren al repertorio de acción colectiva propio de los movimientos fascistas cuando identifican nación con lo que ellos son. Nosotros tenemos una historia trágica de esto, una historia de guerras, por haber identificado la nación con la religión católica, con la España verdadera. ¿Cuál fue la legitimidad de los que se levantaron contra la República? Creerse los únicos legítimos representantes de la nación española.

¿Cree que toda experiencia acumulada nos servirá para evitar un conflicto?

Pues no está sirviendo.

Más allá del conflicto político, ¿está descartada por completo cualquier solución balcánica?

Hombre, lo balcánico, más que solución, es la guerra. Tal y como hoy está planteado, esto va camino de un enfrentamiento grave. Los politólogos dicen que llegado a un nivel determinado de renta per cápita, una nación no entra en una guerra ni en rupturas violentas. Pues no es verdad. Puede ocurrir.

Alemania era una nación muy culta.

Alemania era la nación más culta de Europa, con permiso de Gran Bretaña y Francia, pero cuando una fuerza social en movimiento se identifica con la nación y es solo cuantitativa y cualitativamente una parte de esa nación, la capacidad destructora no tiene límites.

Para garantizar que no haya ningún conflicto armado es esencial que el Estado mantenga el control del monopolio de la violencia. En Catalunya tenemos a los Mossos y no parece que todos estén en el mismo equipo.

No parece. Aquí también hay otro precedente. En la Guerra Civil, en mayo de 1937, hubo una pequeña guerra civil en Catalunya, pero sobre todo en Barcelona. Son los famosos “hechos de mayo”: la Generalitat junto con los comunistas frente a CNT, más o menos unida con el POUM. Intervino el Gobierno de la República. Su intervención fue quitar el mando de los Mossos a la Generalitat. El orden público quedó en manos de las fuerzas de la República. Eso creó un conflicto entre la Generalitat y el Gobierno.

No estamos en eso. La ventaja del 155 es que es flexible, se pueden tomar medidas en función de cómo está la situación. La desventaja es que no es claro, que no te dice qué es lo que vamos a hacer o qué hay que hacer en función de la Constitución. Entonces dependerá mucho de la prudencia, de la proporcionalidad y de algo a lo que nunca se debe dejar jugar más allá de la cuenta: el azar. Es una historia de irresponsables, de gente que está jugando con fuego, de gente que va al precipicio y cantando porque después del precipicio está la aurora. En eso recuerdan a la CNT: después del abismo, después del incendio viene la aurora.

Ese es el juego de la CUP, que recibe esa herencia.

Parte de esa herencia, sí, parte.

Una última pregunta: ¿estuvo bien el rey en su discurso o le faltó algo?

Escuchándolo no me llamó la atención. Me pareció sorprendente por la firmeza, la seriedad, la rotundidad con que habló de la vulneración de la Constitución y de las leyes. Pero cuando terminó dije: “¿Ya está? ¿Es todo?”. Eso fue lo que me sorprendió. Y no porque no adoptara una posición política concreta que había que desarrollar, en absoluto, porque ese no es su papel.

Creo que hasta el momento y en la crisis que hemos atravesado, el rey ha cumplido con la función que la Constitución le señala. Pero dentro de una estructura discursiva que estuviera dirigida a todos, pudo haber prolongado algo más, no mucho más. La Constitución le atribuye un papel moderador, arbitral, que no está tampoco muy claro en qué consiste. Pensó que esa parte de su función sería mejor no tocarla, y cumplió la otra, que fue llamar la atención sobre la vulneración de la Constitución, en lo que estoy totalmente de acuerdo. Sin entrar en mecanismos de arbitraje o moderación, que es complicado, quizá un recuerdo de lo que ha significado el trabajo conjunto de Catalunya y del resto de los pueblos de España en la construcción de la democracia, el papel de los catalanes en la oposición al franquismo, una llamada a la reflexión, a la prudencia, que todo es posible dentro de la ley y de la Constitución, incluso la reforma de la Constitución. Eso podría haber completado la firmeza y la fortaleza del discurso. Sin menguarlo, todo lo contrario, completándolo.

Esta entrevista forma parte una serie de conversaciones con diferentes expertos, historiadores y académicos. El objetivo es ofrecer un panorama de las diferentes sensibilidades que existen en torno a la cuestión catalana.

– José Álvarez Junco:  “La demostración de la fuerza de una Constitución está en su capacidad de ir adaptándose a los tiempos”

– Julián Casanova: “No sé si lo voy a ver, pero el proceso de independencia de Catalunya es imparable

– María Elvira Roca Barea: “De Cataluña no nos independizamos ni aunque se declare independiente”

– Josep Fontana: “No digo que esta sea una batalla entre buenos y malos, pero es una en la que posiblemente perdamos todos”

– José Enrique Ruiz-Domènec: “Se ha sustituido la democracia parlamentaria por una aparente democracia callejera y populista”

Viaje de ida y vuelta al infierno

11 noviembre, 2017

Fuente: http://www.elpais.com/cultura

‘Descenso a los infiernos’, de Kershaw, es un libro claro y preciso sobre la historia de Europa que ilustra la importancia de la Primera Guerra Mundial en el devenir del continente.

Un momento de la firma del Tratado de Versalles en 1919.
Un momento de la firma del Tratado de Versalles en 1919. BETTMANN (CORBIS)

La Primera Guerra Mundial, que decidió el destino de Europa por la fuerza, tras décadas de primacía de la política y de la diplomacia, ha sido considerada por muchos historiadores como la auténtica línea divisoria de la historia de Europa del siglo XX. Ian ­Kershaw, acreditado historiador de Hitler y de la Alemania nazi, comparte plenamente esa tendencia, consolidada desde que Eric J. Hobsbawm comenzara en 1914 su ya clásico relato del “siglo XX corto”. Europa, que se había jactado de ser “el culmen de la civilización”, cayó entre 1914 y 1945 en la “sima de la barbarie”, hizo un viaje de ida al infierno en la primera mitad del siglo XX, para volver de él en la segunda.

Nada antes de 1914 había preparado el mundo para lo que iba a suceder, aunque la violencia había esparcido ya sus semillas. Por eso ­Kershaw emplea los primeros capítulos para identificar los componentes básicos que desde el siglo XIX allanaron el camino a la violencia que afloraría desde 1919: el nacionalismo étnico-racista; el imperialismo colonial; los conflictos de clase, agudizados por el triunfo de la revolución bolchevique, y una crisis prolongada del capitalismo.

Fue en Alemania donde el acoplamiento de esos cuatro elementos de la crisis se manifestó en su forma más extrema, tras cimentar Hitler su control dictatorial del Estado, y llegó a su punto culminante, en la Segunda Guerra Mundial, en el centro y este de Europa, las zonas más desestabilizadas del continente, principal escenario del genocidio y de la destrucción de todos los ideales de civilización surgidos desde la Ilustración.

Al conflicto bélico iniciado en 1914 se le puso la etiqueta de que había sido “una guerra para acabar con la guerra”, pero preparó el camino para otra aún mayor. Y Kershaw explica por qué esas esperanzas se evaporaron con rapidez y cómo Europa construyó los cimientos de una “peligrosa triada ideológica” —comunismo, fascismo y democracia liberal— que rivalizaron por imponer su dominio.

Viaje de ida y vuelta al infierno 

La crítica a la democracia ganó terreno tras los desastres de la guerra y con el miedo a la revolución y al comunismo que llegaban desde Rusia. Tras la Gran Depresión, que comenzó a sentirse con fuerza a partir de 1930, la democracia aguantó sólo en unos pocos países y un nuevo autoritarismo, representado por los fascismos y los movimientos populistas de derecha radical, triunfó en todos los demás, en un continente económica y políticamente roto.

El orden pactado de posguerra se desmoronó. La política de rearme emprendida por los principales países desde mediados de los años treinta creó un clima de incertidumbre y crisis que redujo la seguridad internacional. El comercio de armas se duplicó desde 1932 hasta 1937. Importantes eslabones en esa escalada a una nueva guerra fueron la conquista japonesa de Manchuria en 1931, la invasión italiana de Abisinia en 1935 y la intervención de las potencias fascistas y de la Unión Soviética en la guerra civil española. Pero lo que realmente cambió el escenario de la política internacional fueron las pretensiones revisionistas y ambiciones expansionistas de Hitler.

Esa crisis se resolvió por las armas, en una guerra combatida por poblaciones enteras, sin barreras entre soldados y civiles. Según ­Kershaw, a diferencia de la guerra de 1914-1918, “el genocidio constituyó la razón de ser misma” de la de 1939-1945, “un ataque contra la humanidad sin precedentes en la historia”. Toda la construcción de la cultura burguesa e imperial de Europa se hundió en el abismo en tres décadas.

Pero del apocalipsis emergió una Europa cambiada por completo. Estados Unidos y la Unión Soviética pasaron a ocupar el vacío dejado por la desaparición de las grandes potencias, con Alemania destruida y Francia y Reino Unido muy debilitadas. Mientras que la primera de esas guerras del siglo XX había dejado un legado de convulsión, la segunda, una catástrofe todavía peor, dio luz a un periodo de estabilidad imprevisible y, en la mitad occidental, a una prosperidad incomparable. Kershaw cierra el libro, y anuncia la continuación, con una explicación de los elementos que interactuaron para crear la simiente de esa transformación, desde el fin de la ambición de gran potencia de Alemania, hasta la división en dos bloques y la nueva amenaza de guerra atómica.

Esta historia de Europa de Kershaw no destaca por las nuevas aportaciones que hace, sino por el modo en que la cuenta e interpreta. Los mejores historiadores huyen de esos pesados manuales elaborados con una suma de historias nacionales. El telescopio sustituye al relato detallado y la escritura clara y precisa se aleja de las complejas narraciones supuestamente más científicas. La historia sale ganando y el lector lo agradece. Sobre todo cuando detrás de ella está alguien tan experto y documentado.

Descenso a los infiernos. Europa 1914-1949. Ian Kershaw. Traducción de Joan Rabasseda y Teófilo de Lozoya. Crítica. Barcelona, 2016. 769 páginas. 31,90 euros

El escritor que quería hacer historia

17 octubre, 2017

Fuente: http://www.elpais.com/cultura

La crónica de la Guerra Civil de Ludwig Renn, editada en alemán en 1955, ve la luz en España. Es literatura de combate comunista, sin lugar para la retórica o los sentimientos.

Voluntarios de las Brigadas Internacionales en el Cuartel de la Guardia Republicana en Albacete en 1936.
Voluntarios de las Brigadas Internacionales en el Cuartel de la Guardia Republicana en Albacete en 1936.REP

La guerra civil española fue en su origen un conflicto interno entre espa­ñoles, pero en su curso y desarrollo constituyó un episodio de una guerra civil ­europea que acabó en 1945.

Tras las subida de Hitler al poder, el sentimiento popular antibélico de los años veinte dio paso gradualmente a políticas de rearme y a una crisis de la seguridad internacional. En ese ambiente tan caldeado, para muchos ciudadanos eu­ropeos y norteamericanos, España se convirtió en el campo de batalla de un conflicto inevitable en el que al menos había tres contendientes: el fascismo, el comunismo —o la revolución— y la democracia.

Muchos narraron los hechos de primera mano, en el frente o en la retaguardia, transmitiendo al mundo historias de horror, heroicidad, compromiso y traiciones. Con las Brigadas Internacionales llegaron a España obreros manuales, aventureros en busca de emociones, intelectuales y profesionales de clases medias, corresponsales de guerra y escritores. La mayoría tenía claro que el fascismo era una amenaza internacional y España era el lugar apropiado para combatirlo. Se habían sentido atraídos por el Partido Comunista, que les daba amparo y una doctrina fuerte a la que agarrarse, en un momento en el que en París confluyeron un montón de exiliados de la Europa oriental, central y balcánica, huidos de la represión fascista y dictatorial.

El escritor que quería hacer historia

Ludwig Renn, aunque representaba todo eso, era un tipo singular. Nacido en una familia aristocrática de Dresde en 1889, Arnold Vieth von Golssenau combatió como oficial en un regimiento de Sajonia durante la I Guerra Mundial, una experiencia militar que relató con éxito en Krieg (guerra), en 1929, y continuó en Nachkrieg (posguerra), en 1930, cuando ya había abandonado el Ejército y su clase, incluido su nombre, para abrazar el comunismo y la ortodoxia estalinista.

Con el ascenso nazi al poder, estuvo en la cárcel año y medio y, tras ser liberado, huyó a Suiza, donde se enteró de la sublevación militar contra el Gobierno republicano en España. A principios de octubre de 1936 se subió a un tren con destino a Cerbère y después a Barcelona. Así comienza su crónica de la guerra civil española, editada en alemán en 1955 y que ve ahora la luz por primera vez en España, más de 600 páginas de literatura de combate comunista, sin apenas lugar para la retórica o los sentimientos, porque “el amor en el campo de batalla es una invención de los escritores. En el frente, la vida real no deja hueco a esos lujos”.

Alejado, por tanto, de las fantasías de los “tibios” burgueses de izquierda que nunca se jugaron el cuello, Ludwig Renn describe lo que él considera la auténtica realidad, dando fe, desde el principio hasta el final, del relato oficial comunista, frente a “anarcofascistas” (amigos del desorden y de la “palabrería”, inservible en la guerra); “socialtraidores”, representados por Largo Caballero y el “redomado golfo” Indalecio Prieto, y espías trotskistas y del POUM.

Renn arriesgó su vida en primera línea de fuego, como había hecho ya en la Guerra Mundial, primero como dirigente del batallón Thälmann y después como jefe del Estado Mayor de la XI Brigada Internacional. Estuvo en todas las grandes batallas, desde Madrid hasta Brunete, pasando por el Jarama y Guadalajara, hasta que a comienzos de septiembre de 1937 emprendió, con pasaporte español —Hitler le había despojado de la nacionalidad alemana—, una “misión oficial” de propaganda a favor de la República por Estados Unidos, Canadá y la Cuba de Batista.

Muchos narraron los hechos de primera mano, en el frente o en la retaguardia, transmitiendo al mundo historias de horror, heroicidad, compromiso y traiciones

El 21 de septiembre de 1938, Juan Negrín, presidente del Gobierno de la República, anunció en Ginebra, ante la Asamblea General de la Sociedad de Naciones, la retirada inmediata y sin condiciones de todos los combatientes no españoles en el Ejército republicano, con la esperanza de que el bando franquista hiciera lo mismo. Quedaban entonces en España aproximadamente un tercio de todos los que habían llegado para luchar contra el fascismo, y el 28 de octubre, un mes después de su retirada del frente, las Brigadas Internacionales desfilaron en Barcelona ante más de 250.000 personas. Allí estaba Renn, quien permaneció en España hasta la caída de Cataluña. De allí pasó a Francia, después a México y regresó a Alemania 10 años después.

El problema de la República, concluyó Renn, no fue “la falta de experiencia militar”, que tampoco la tenían, según él, las tropas de Franco, sino “el guirigay entre partidos”, donde sólo el comunista mantuvo el tipo: sin él, y sus “abnegados camaradas y amigos”, la República española “hubiera sido borrada del mapa en un santiamén”.

Renn no era sólo un escritor comprometido, que luchaba con la pluma y la palabra contra el fascismo. Como les dijo a algunos de sus colegas famosos en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en julio de 1937, él peleaba en el frente y había dejado la pluma porque no quería “escribir historias, sino hacer historia”.

La guerra civil española. Crónica de un escritor en las Brigadas Internacionales. Ludwig Renn. Traducción de Natalia Pérez Galdós. Fórcola Ediciones. Madrid, 2016. 721 páginas. 39,50 euros.

La Segunda República no fue Caperucita Roja. Los límites de la acción política

18 septiembre, 2017

Fuente: http://www.ctxt.es

Si para desidealizar la República se cargan las tintas sobre quienes la defendieron, el desenfoque dará lugar a lecturas erróneas si no perversas
RICARDO ROBLEDO

<p>Celebración de la Segunda República, el 14 de abril de 1931 en Barcelona.</p>

Celebración de la Segunda República, el 14 de abril de 1931 en Barcelona.

BUNDESARCHIV BILD

26 DE ABRIL DE 2017

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No es bueno que el historiador confíe en “los cuentos fantasiosos como el de que la Segunda República fue Caperucita Roja (2012)”. Este es el consejo de Stanley Payne, avalista del libro de Álvarez Tardío y Roberto Villa 1936Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular (Espasa). Con su publicación se habría completado el triángulo maldito: en 1931 llegó “la revolución”; en 1934 los rojos anticiparon la Guerra Civil y en febrero de 1936 el pucherazo electoral arruinó la democracia: era “inevitable y legítimo un alzamiento combinado del ejército y del pueblo contra el poder ilegítimo, que pasó a la historia como Alzamiento Nacional”, se lee en el comunicado de la Fundación Francisco Franco del 22 de marzo pasado.

El libro –exageración de algunas irregularidades electorales que siempre habían existido– constituye un episodio más de la batalla historiográfica por la memoria que ha de quedar. Aquí no hay tregua que valga. Y resulta coherente con la orientación historiográfica defendida por sus autores desde hace unos diez años, que resumo sintéticamente: la República necesita ser desidealizada. Su mitificación resulta comprensible desde la lucha antifranquista, pero ya no puede constituir antecedente de la democracia actual que es plural. Pensemos sobre ella, si se quiere, y aprendamos de sus errores. Con la Segunda República se inauguró un proceso revolucionario: las izquierdas, especialmente los socialistas, la consideraron patrimonio suyo y practicaron políticas de intransigencia que no permitieron la alternancia. La República no fue democrática. Los sindicatos eran “agencias delegadas del Gobierno”. El sistema electoral fue ideado por socialistas y republicanos para marginar a los adversarios conservadores.

EL LIBRO CONSTITUYE  UN EPISODIO MÁS DE LA BATALLA HISTORIOGRÁFICA POR LA MEMORIA QUE HA DE QUEDAR

Estos postulados, que comparten en todo o parcialmente varios historiadores de contemporánea, se sostienen en el desprestigio de la “historia estructural y de clase”. Las condiciones materiales pasan a segundo plano y se da más importancia al discurso que crea realidades, a los factores políticos y al liderazgo. Se llega hasta la afirmación de que fijar la atención en la desigual distribución de la riqueza puede convertirse en “la coartada para justificar la radicalidad del proyecto político de la izquierda republicana y de los socialistas, su intransigencia e, incluso, la violencia ejercida desde las organizaciones políticas y sindicales” (Álvarez Tardío, 2011).

Sin embargo, “para vivir hace falta comer, beber, alojarse bajo un techo, vestirse y algunas cosas más”, escribían Marx-Engels en La ideología alemana. Es normal que el presente llame a la puerta del historiador. La recesión económica, las altas tasas de desempleo, las medidas de austeridad, etc. han complicado dramáticamente la supervivencia de los más desfavorecidos. Por otra parte, crece la preocupación por el incremento de la desigualdad, que no solo recorta las posibilidades de crecimiento económico y por tanto del potencial empleo, sino que está amenazando la cohesión social.

La igualdad política que requiere la democracia siempre está bajo la amenaza de la desigualdad económica y, cuanto más extrema es la desigualdad económica, mayor es la amenaza a la democracia (Gilens, 2012). Justamente algo parecido había dicho el ministro de Agricultura Ruiz-Funes en junio de 1936: “La definitiva consolidación en España de una República democrática [es] la obra fundamental de la Reforma Agraria”. Y a tal empeño –democratizar la economía para democratizar la sociedad– se consagró la política agraria del Frente Popular haciendo creíble la reforma. Sin embargo, la visión catastrofista de ese periodo (pucherazos, invasiones de fincas, política totalitaria…) que quiere transmitir más de un historiador va dejando en penumbra aquellas realizaciones.

Y A TAL EMPEÑO, DEMOCRATIZAR LA ECONOMÍA PARA DEMOCRATIZAR LA SOCIEDAD, SE CONSAGRÓ LA POLÍTICA AGRARIA DEL FRENTE POPULAR HACIENDO CREÍBLE LA REFORMA

Ciertamente los márgenes de maniobra que evitaran la prepotencia de unos y la falta de posibilidades de elección de otros eran muy limitados en la década de 1930. Las actuaciones basadas en la confianza mutua se fueron estrechando desde febrero de 1936. Con ser reducido, el marco de actuación era mucho más amplio en 1931. Conviene tener claro quiénes estrecharon más ese marco de actuación coaligándose desde el primer día para conspirar contra la República.

El historiador se nutre de fuentes diversas. Considero un hallazgo importante el escrito inédito de Ramón López Barrantes (1897-1977), gobernador del Banco Exterior de España durante 1936-1939. No estamos pues ante una opinión cualquiera. Es la contestación a un cuestionario del ministro de Industria en el exilio, Irujo, sobre la restauración de la República que ingenuamente pensaba podía producirse en breve. Seguramente la exclusión de España de la ONU en febrero de 1946 animó estas perspectivas. El Informe está firmado el 31 de julio de 1946 desde Hendaya. Del amplio escrito, conservado en el Archivo de la Segunda República en el exilio, extracto estos párrafos:

“Nuestros dirigentes de “izquierda” –hablo con crítica sana, sin mordacidad– embriagados del triunfo político descuidaron que la realidad económica de España subsistiría idéntica en mandos y orientación efectiva después del “14 de abril”, ya que no podían desconocer que POLÍTICA Y ECONOMÍA marchan en la actualidad paralelamente. Este paralelismo exigía que el “estirón”, permítaseme la palabra, del avance democrático de la implantación de la República acompañase ritmo análogo en lo económico, y así como el pueblo democratizó  sus Instituciones políticas, [era preciso] que se hubiera democratizado su sistema económico –o parte, al menos– eliminando de la dirección los elementos retardatarios y hostiles a que el mismo –el sistema– estaba tradicionalmente sometido. No se hizo, porque tal vez no se pudiera hacer, seamos justos. Y llegamos a la realidad (1931-1936) de que continuando el poderío económico en manos de las derechas, viejas, nuevas, disimuladas y no, cuando gobernaban las izquierdas el impulso que daba, de derecho, el “poder” político era constantemente frenado, desvirtuado o inutilizado, de hecho, por los “equipos” económicos (Altas empresas y altos funcionarios) de signo contrario, más claramente, de derechas.

Quienes conozcan un poco la vida interior de la Administración pública española (Ministerios, Gobiernos Civiles, etc.) reconocerá que la ascensión al “Poder” de las derechas era recibida en el mundo financiero y en la alta burocracia con alborozo, abriéndoles los brazos como a parientes ricos que vienen a honrarnos con su compañía y de los que se espera algo… En cambio, si quienes llegaban al “Poder” eran las izquierdas, se fruncía el ceño, se cubrían las apariencias, se murmuraba y criticaba sin descanso (recuérdese la “campaña contra el socialista Cordero por “enchufista”…) y se hacía todo lo posible porque fracasasen y se marcharan cuanto antes. La eterna historia de los parientes pobres.

La guerra de 1936-1939 era punto menos que imposible que la ganase la República española, tal como entonces se encontraba, por desgracia para la Humanidad, el “tablero” internacional, pero así y todo, pecaría de miopía más que política y social quien creyera que la victoria de los sublevados la consiguieron unos Generales valerosos, un Ejército eficaz o unos traviesos jovenzuelos forjadores de la Falange. Sin entrar a discutir ni el valor ni la eficiencia ni la travesura, la victoria aludida la alcanzaron los mismos intereses –Banca, grandes negocios, acaudalados, hombres de empresa y acólitos burgueses– que la prepararon y a quienes favorecía. Porque fue una lucha ECONÓMICA, que ha obedecido, no lo olvidemos nunca, a CAUSAS ECONÓMICAS, EXCLUSIVAMENTE”. (Las mayúsculas, cursivas y comillas son de López Barrantes).

Es la voz de un experto con responsabilidades financieras y se podrá discrepar del énfasis concedido a los intereses económicos, pero no de la verosimilitud de esos argumentos que confirman “la eterna historia de los parientes pobres”. La historia económica, no voy a dar nombres ahora salvo el del banquero  e historiador Sánchez Asiaín (fallecido no hace mucho), confirma lo que digo. Creo que es un texto que anima a la reflexión sobre los límites de la acción política cuando se parte de la inferioridad económica.

LA LLAMADA HISTORIA OBJETIVA QUIERE ACABAR CON EL CUENTO DE QUE “LA SEGUNDA REPÚBLICA FUE CAPERUCITA ROJA”

Todos están empeñados en la historia que ha de quedar, en fabricar el relato más conveniente, como ahora se dice. La llamada historia objetiva quiere acabar con el cuento de que “La Segunda República fue Caperucita Roja”. El paso siguiente, como se ha escrito, es que gracias al franquismo llegó inconscientemente, sin quererlo,  la democracia a España “gracias a  su evolución interna, sus políticas e incluso su legislación, amén del desarrollo económico del país”. Por eso es pertinente el recuerdo veraz de quienes acabaron con la República y de los efectos de esta acción. Si para desidealizar la República se cargan las tintas sobre quienes la defendieron, el desenfoque dará lugar a lecturas erróneas si no perversas.

Pero hay otras razones para que la República sea algo más que el recordatorio voluntarioso del mes de abril. Los estudios sobre el republicanismo (Pettit, entre otros) han servido para superar la consideración puramente individualista del “homo economicus” que lleva aparejada la opresión o la exclusión social. Hay algo más que la dicotomía de I. Berlín sobre la libertad positiva y negativa. Las abstracciones del jusnaturalismo (libertad, igualdad…) que acompañan al derecho burgués tienen una validez que “se agota en un nivel formal, pero que resultan absolutamente insatisfactorias en lo social”; se quiere contentar a los indigentes con “el plato de lentejas de la igualdad jurídica”  sin tocar la desigualdad de hecho, razona P. Grossi. Cuando se leen los manifiestos que los vecinos de los pueblos elevaban al Gobierno Civil en la primavera de 1936 pidiendo el rescate de los bienes comunales privatizados, estamos ante un laboratorio donde se puede analizar la extensión de la ciudadanía, la no dominación y la superación de determinados contratos sociales que se quedaban en la superficie de la igualdad jurídica.

No se puede por menos de imaginar también qué diferente sería nuestro presente de no haberse producido la rebelión militar. López Barrantes, observando el desastre económico y social de los años 40, del que se beneficiaba un reducido grupo, escribió:

“Se ha entregado el Poder público, con furor, a la persecución de los vencidos, poniendo entre los barrotes de las prisiones los brazos –crispados por la iniquidad– que hacían falta en la tierra. El rencor de los vencedores cometió la insensatez de llevar a cabo una política económica de precios altos y jornales bajos, en régimen de castas, que condujo a que las clases sociales adscritas a los sublevados de julio de 1936 (Clero, Ejército y adinerados) hayan ido ellas mismas devorando con su consumo improductivo y continuo las fuentes de riqueza, depauperando hasta el mínimo rendimiento al pueblo productor”. Todavía estamos sufriendo los efectos del “rencor de los vencedores”.

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Ricardo Robledo. Catedrático jubilado de la Universidad de Salamanca. Profesor visitante de la Universitat Pompeu Fabra.

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  • Ricardo Robledo

Rigor contra la manipulación del franquismo

7 agosto, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

Los historiadores arrojan luz sobre ese pasado traumático y demuestran que el rigor es el primer paso para evitar el uso político de esa época

Franco visita las obras del pantano de Santa Ana, en la cuenca del Ribagorzana, en 1955.
Franco visita las obras del pantano de Santa Ana, en la cuenca del Ribagorzana, en 1955. PÉREZ DE ROZAS

Franco comenzó el asalto al poder con una sublevación militar y lo consolidó tras la victoria en una guerra civil. Hasta 1945, él y su dictadura no fueron una excepción en aquella Europa de sistemas políticos autoritarios, totalitarios o fascistas. Pero tras el final de la II Guerra Mundial, las dictaduras derechistas, que habían sido dominantes desde los años veinte, desaparecieron de Europa, salvo en Portugal y España. Muertos Hitler y Mussolini, Franco siguió 30 años más.

Han pasado ya cuatro décadas sin él y, aunque la dictadura es todavía objeto de controversia política, con memorias divididas que proyectan su larga sombra sobre el presente, los historiadores han elaborado, a través de enfoques y métodos de indagación muy distintos, una fotografía bastante completa de ese pasado.

Una foto completa de Franco y su dictadura 40 años después

El Ejército, la Falange y la Iglesia representaron a los vencedores de la Guerra Civil, y de ellos salieron el alto personal dirigente, el sistema de poder local y los fieles siervos de la Administración. Esas tres burocracias rivalizaron entre ellas por incrementar las parcelas de poder, con un reparto difícil que creó tensiones desde los primeros años del régimen, cuando se estaba construyendo, examinados por Joan Maria Thomàs en Franquistas contra franquistas.

Aunque aparecieran desde el comienzo luchas entre franquistas, en lo que todos estuvieron de acuerdo fue en el culto rendido al general Franco, tema ya estudiado hace tiempo de forma exhaustiva por Paul Preston en su magnífica biografía, ahora ampliada, y en cuyos mitos incide también la reciente aproximación de Antonio Cazorla. El Caudillo fue rodeado de una aureola heroico-mesiánica que le equiparaba a los santos más grandes de la historia. Aparecían por todas partes estatuas, bustos, poesías, estampas, hagiografías. La imagen de Franco como militar salvador y redentor era cuidadosamente tratada e idealizada, y su retrato presidió durante los casi cuarenta años de dictadura las aulas, oficinas, establecimientos públicos y se repetía en sellos, monedas y billetes.

La gran empresa de Franco y los vencedores consistía en la regeneración total de una nación nueva forjada en la lucha contra el mal, el sistema parlamentario, la República laica y el ateísmo revolucionario. Como recordaba el 1 de abril de 1939 Leopoldo Eijo y Garay, obispo de la diócesis de Madrid, era “la hora de la liquidación de cuentas de la humanidad con la filosofía política de la Revolución Francesa”.

El Ejército, la Falange y la Iglesia rivalizaron por incrementar las parcelas de poder con un reparto que creó tensiones

Y para liquidar esas cuentas y que los vencidos pagaran las culpas se puso en marcha un terror institucionalizado y amparado por las leyes del nuevo Estado, un engranaje represivo y confiscador que causó estragos entre los vencidos, abriendo la veda para una persecución arbitraria y extrajudicial que en la vida cotidiana desembocó muy a menudo en el saqueo y en el pillaje. Como confirman investigaciones recientes en Cataluña, Aragón y Andalucía, en aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas se abrieron decenas de miles de expedientes a obreros y campesinos con recursos económicos escasos, pero también a clases medias republicanas con rentas más elevadas. Los afectados, condenados por los tribunales y señalados por los vecinos, quedaban hundidos en la más absoluta miseria. En muchos casos, las sentencias se impusieron a personas que ya habían sido ejecutadas.

Con el paso del tiempo, la violencia y la represión cambiaron de cara, la dictadura evolucionó, “dulcificó” sus métodos y, sin el acoso exterior, pudo descansar, ofrecer un rostro más amable, aunque nunca renunció a la Guerra Civil como acto fundacional, que recordó una y otra vez en un entramado simbólico de ritos, fiestas, monumentos y culto a los mártires.

Franco murió matando, como relata Carlos Fonseca en la reconstrucción de la semblanza de los últimos fusilados, pero los cambios producidos por las políticas desarrollistas a partir del Plan de Estabilización de 1959 y la machacona insistencia en que todo eso era producto de la paz de Franco dieron una nueva legitimidad a la dictadura y posibilitaron el apoyo, o la no resistencia, de millones de españoles.

Una foto completa de Franco y su dictadura 40 años después

Esos “buenos” años del desarrollismo, opuestos a la autarquía y el hambre, alimentaron la idea, sostenida todavía en la actualidad por la derecha política y defendida en el libro de Stanley G. Payne y Jesús Palacios, de que Franco fue un modernizador que habría dado a España una prosperidad sin precedentes. Y frente a ese mito del modernizador y salvador de la patria opone Ángel Viñas, con el rigor y exhaus­tiva aportación de pruebas que le caracteriza, La otra cara del Caudillo,la de las bases y naturaleza de su poder dictatorial.

Historias y mitos administrados por historiadores que persuaden, atraen al lector y demuestran que narrar con rigor, en obras bien informadas, es el primer paso para evitar el uso político de ese traumático pasado. Españoles, Franco ha muerto, titula su ensayo Justo Serna, quien recuerda que al franquismo no podemos liquidarlo con el olvido o la ignorancia.

Franquistas contra franquistas. Joan Maria Thomàs. Debate. Madrid, 2016. 318 páginas. 24,90 euros.

Franco. Paul Preston. Debate. Barcelona, 2015. 1.087 páginas. 32,90 euros.

Franco, biografía del mito. Antonio Cazorla. Alianza. Madrid, 2015. 392 páginas. 22,45 euros.

El “botín de guerra” en Andalucía. Miguel Gómez Oliver, Fernando Martínez y Antonio Barragán (coordinadores). Biblioteca Nueva. Madrid, 2015. 408 páginas. 28 euros.

Mañana cuando me maten. Carlos Fonseca. La Esfera de los Libros. Madrid, 2015. 392 páginas. 23,90 euros.

Franco, una biografía personal y política. Stanley G. Payne y Jesús Palacio. Espasa. Madrid, 2015. 800 páginas. 26,90 euros.

La otra cara del Caudillo. Mitos y realidades en la biografía de Franco. Ángel Viñas. Crítica. Barcelona, 2015. 448 páginas. 21,75 euros.

Españoles, Franco ha muerto. Justo Serna. Punto de Vista Editores, 2015. 288 páginas. 16 euros.

A vueltas con el Holocausto y los usos interesados de la Historia

24 mayo, 2017

Fuente: http://www.internacional.elpais.com

No hay ningún tema tan debatido como las relaciones entre los judíos y los polacos durante la Segunda Guerra Mundial.

JULIÁN CASANOVA

22 ABR 2015 – 10:08 CEST

El campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau, en Polonia.
El campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau, en Polonia. KACPER PEMPEL REUTERS

Los historiadores lo han advertido y demostrado en diferentes ocasiones: en la amplia literatura sobre el Holocausto no hay ningún tema tan debatido –y tan sometido a falsedades y prejuicios raciales- como las relaciones entre los judíos y los polacos durante la Segunda Guerra Mundial.

Desde la disolución de las dinastías de los Habsburgo y Hohenzollern en 1918, las viejas élites y nuevas fuerzas sociales de Europa del este demostraron, con ideas y acciones, un enérgico antibolchevismo pero, sobre todo, instigadas por los partidos fascistas, un profundo y radical antisemitismo, puesto que asociaban a los judíos con todo lo que odiaban: el bolchevismo, el viejo orden y el dominio extranjero.

La crisis económica de los años 30 aumentó todos esos sentimientos, pero lo que causó un cataclismo en esos países fue el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Los hechos son bien conocidos. Hasta el inicio de la guerra en 1939, sólo unos cuantos centenares de judíos habían sido asesinados en Alemania, pese a que los nazis habían comenzado a acosar y perseguir con leyes y actos violentos a la población judía desde su llegada al poder en 1933. La matanza masiva empezó con los judíos que los alemanes capturaban en las zonas conquistadas de la Unión Soviética en el verano de 1941, y en menos de cuatro años la “solución final” segó las vidas de más de cinco millones de hombres, mujeres y niños, casi la mitad de ellos en Polonia. Los nazis causaron esa destrucción y la Segunda Guerra Mundial fue el escenario apropiado en el que se expandió esa brutalidad. Para que todo eso fuera posible, no obstante, tenía que haber mucha gente dispuesta a identificar a otros como sus enemigos o a considerar aceptable el exterminio.

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Si se dejan de lado las opiniones de esos que defienden que el Holocausto nunca tuvo lugar, o de quienes tratan de minimizarlo con comparaciones con otras manifestaciones de genocidio provocadas por los aliados, lo que los historiadores debatieron y sacaron a la luz en primer lugar fue quién decidió proceder con esa “solución final”, cuándo y por qué se hizo así, y qué es lo que se perseguía con ella.

Lo más significativo de las dos últimas décadas, sin embargo, es que comenzaron a aparecer investigaciones, poco conocidas hasta entonces, sobre la colaboración de la policía, de las administraciones locales y de las poblaciones de otros países invadidos por el Ejército y las fuerzas de seguridad alemanes. Aunque el número de personas implicadas y la complejidad de sus motivos impedía cualquier explicación simple, lo que quedó al descubierto fue no sólo el círculo de responsables y altos cargos nazis que organizaban las deportaciones, desde Himmler a Eichmann, pasando por Heydrich, sino también la amplia red de informantes y delatores que vieron necesario ese castigo mortal, por no mencionar a los británicos y norteamericanos que, desde el otro lado de la historia, abandonaron a los judíos. Los judíos fueron asesinados por los nazis alemanes y los fascistas de Europa del este, no por toda la población, pero ya nadie podía negar la complicidad “popular” en muchos de esos países.

El problema se complica cuando a esa historia ya compleja y muy debatida entre auténticos especialistas, se suman las declaraciones de políticos o de gente como James Comey, el director del FBI, con sentencias fáciles y acusatorias, muy alejadas de los análisis y narraciones que interpretan aquellos acontecimientos, el “incomprensible” Holocausto, como lo definió Arno Mayer, a la luz de las fuentes disponibles.

Una buena parte de la clase política en Polonia y Hungría deforman aquella historia traumática para adaptarla a sus propios fines y justificar el presente. En el caso de Polonia, ya en 1990, un libro editado por Antony Polonsky, My Brother’s Keeper?: Recent Polish Debates on the Holocaust, levantó polvareda y protestas porque incluía polémicas entre intelectuales polacos y judíos polacos sobre el antisemitismo y sobre lo que muchos polacos hicieron o dejaron de hacer durante el período de eliminación sistemática de judíos.

En el caso de Hungría, el largo período de gobierno autoritario y ultranacionalista del almirante Miklós Horthy, mantenido sin demasiados problemas durante sus primeros veinte años, dio un cambio radical con su decisión de meter a Hungría en la Segunda Guerra Mundial al lado de la Alemania nazi en abril de 1941. Horthy, mediante sucesivas “Leyes Judias”, en 1938, 1939 y 1941, había ido recortando los derechos de los súbditos húngaros de religión judía y hubo matanzas de judíos en el frente ruso protagonizadas por las SS, asistidas por tropas húngaras. Pero con la invasión nazi, en marzo de 1944, de las restricciones se pasó a la persecución abierta y se metió a Hungría de lleno en la solución final.

Viktor Orbán y la derecha húngara hace tiempo que están empeñados en demostrar que había una tradición conservadora, rota por dos ocupaciones extranjeras de Hungría, la nazi y la soviética, protagonizadas por dos ideologías totalitarias ajenas la verdadera historia del país. Solo así se explica el fracaso del liberalismo y de la democracia, la radicalización de la política, el patriotismo de Horthy, atrapada como quedó la nación, luchando por su independencia y soberanía, entre dos terribles y violentos superpoderes totalitarios. Y fue, por supuesto, un factor externo, la ocupación nazi, el que justifica la parte de la historia más complicada de explicar para los conservadores: la persecución de los judíos, iniciada ya con Horthy, y el desarrollo fatídico de los hechos que llevó a la conquista del poder de los fascistas húngaros de la Cruz Flechada en octubre de 1944.

Las declaraciones interesadas sobre la historia, ampliamente difundidas y manipuladas por medios de comunicación de diferente signo, contribuyen a articular una memoria popular sobre determinados hechos del pasado, hitos de la historia, que tiene poco que ver con el estudio cuidadoso de las pruebas disponibles.

El Holocausto es la cara más cruel de un siglo que conoció guerras, genocidios, violencias de Estado y revolucionaria sin precedentes. Pero ese siglo presenció también, gracias entre otras cosas al impacto del Holocausto, la creación de tribunales internacionales, la persecución de criminales de guerra, la formación de comisiones de la verdad. Y muchos hombres y mujeres, especialmente en los últimos años, protegidos por el paso del tiempo, necesitados de liberar sus terribles pesadillas, se han atrevido a contarlo, a documentar sus vidas, a la vez que contribuían a documentar la de todos, a denunciar la traición y cobardía de algunas de sus patrias y ciudadanías. Esa es la cara de la esperanza, la que invita a vigilar y cuidar la frágil democracia, a recordárselo a los responsables políticos, a perseguir la intolerancia, a extraer lecciones de la historia, a educar en la libertad.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

Narración, síntesis e historia liberal: el legado de Raymond Carr

20 marzo, 2017

Fuente: http://www.cultura.elpais.com

Su obra, ‘España, 1808-1939’, publicada en Oxford en 1966, proporcionó por primera vez al lector en inglés una explicación global de la historia contemporánea española.

Julián Casanova, 21 de abril de 2015.

Raymond Carr, fotografiado en octubre de 1999.
Raymond Carr, fotografiado en octubre de 1999. GARCÍA FRANCÉS

Los hispanistas británicos y norteamericanos fueron los primeros historiadores que se aproximaron a la historia contemporánea de España con un bagaje intelectual y académico riguroso. En un momento en que la historiografía española sobre el siglo XX apenas existía –depurada y rota la tradición liberal– e iniciaba su proceso de construcción, esos historiadores extranjeros cargaron con el peso de elaborar una interpretación histórica alternativa a la impuesta por el franquismo.

La obra de Raymond Carr, Spain, 1808-1939, publicada originalmente en Oxford en 1966 (traducida al castellano por Ariel en 1969), constituyó la piedra angular de esa historiografía y proporcionó por primera vez al lector en inglés una explicación global de la historia contemporánea de España, la historia de un fracaso por la ausencia de una auténtica revolución burguesa. La burguesía fue incapaz entre nosotros de desempeñar su misión histórica. El liberalismo no pudo, diría Carr, derribar el poder de la oligarquía terrateniente y hacer posible la modernización política y económica.

Sin burguesía ni demócratas liberales, con las estructuras del Antiguo Régimen pesando demasiado y con notables desequilibrios no resueltos, el primer experimento democrático –la Segunda República– fracasó y trajo como resultado la guerra civil. Carr trataba de responder a la pregunta –que ya estaba implícita en The Spanish Labyrinth (1943) de Gerald Brenan– de por qué la historia de España culminaba, tras un proceso de diferenciación y anomalías respecto a la europea, en una guerra civil. Sus primeros discípulos educados en Oxford –J. Romero Maura (La Rosa de Fuego, Grijalbo, 1974) y J. Varela Ortega (Los amigos políticos, Alianza, 1977)– aportaron nuevos datos a esa preocupación.

El liberalismo español había sido incapaz de “modernizar” una sociedad tradicional en la que se impuso un régimen de clientelas como único sistema posible. La Restauración se interpretaba así como un período de transición entre la autocracia isabelina –sustentada en el golpismo militar– y el afianzamiento de una sociedad democrática moderna.

Liberal es el término que mejor definía a Raymond Carr. Liberal porque, procediendo de un país con una profunda tradición democrática y parlamentaria, rechazó tanto las versiones de la historia contemporánea de España de la propaganda franquista como las interpretaciones elaboradas desde la extrema izquierda y el obrerismo organizado en el exilio. Según su interpretación, sólo una democracia parlamentaria, libre de extremismos, podría haber evitado la tragedia. En este sentido, la República fue el primer experimento democrático ante el que sentía simpatía, una democracia, no obstante, demasiado débil y que no pudo sobrevivir.

Carr era también liberal por su posición intelectual reacia a considerar la historia de los movimientos populares, de las clases sociales y de los protagonistas colectivos, porque consideraba a los factores socioeconómicos “realidades imperceptibles” e imposibles de verificar. Su historia estaba centrada en los grandes personajes, sostenida por el empirismo y el individualismo metodológico, tan cultivados en la tradición académica de Gran Bretaña. La política –y especialmente las actuaciones de los políticos– aparecían así como la única realidad perceptible para el historiador.

Miles de estudiantes de todo el mundo encontraron en ese libro de Raymond Carr su manual de referencia para aprender la historia contemporánea de España. Se convirtió en el cabeza de una escuela que ha elaborado algunos de las mejores libros sobre ese pasado, donde están nombres como Paul Preston, Martin Blinkhorn, Shlomo Ben-Ami y Frances Lannon; o los españoles Joaquín Romero Maura, José Varela Ortega y Juan Pablo Fusi. Tuve la suerte de conocerlo, de compartir debates y tertulias en Inglaterra y de aprender mucho de él, de la belleza literaria y elegancia narrativa con las que construía sus historias. Ése era Raymond Carr, un maestro de historiadores.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza.

Josep Fontana: “El presente no da para muchas esperanzas”

18 marzo, 2017

Fuente: http://www.elperiodico.com

Ernest Alós. DOMINGO, 12 DE FEBRERO DEL 2017 – 23:04 CET. 

El historiador publica ‘El siglo de la revolución’, una visión global desde la primera guerra mundial hasta la victoria de Trump

Josep Fontana: "El presente no da para muchas esperanzas"

CÉSAR CID. Josep Fontana, en su casa del barrio de Poble-sec.

El maestro Josep Fontana (Barcelona, 1931) vuelve a publicar un libro de referencia en que reivindica, una vez más, el papel de la historia como “genealogía del presente” y la función del historiador como la de alguien que “debe explicar cómo hemos llegado a donde estamos ahora y animar a la gente a pensar por su cuenta, no a hacer profecías”. En ‘El siglo de la revolución’ (Crítica) Fontana aborda la historia del mundo desde 1914 hasta la misma victoria de Trump, tras cuatro décadas ya de “un proceso acelerado de desigualdad sin que haya fuerzas con capacidad de frenarlo”. Puestos a buscar algo positivo, la poca fe que le queda a Fontana no está “en las élites dirigentes que adoctrinan a los de abajo por su bien sino en que las bases sociales que reclaman sus derechos algún día tengan capacidad de organizarse”. Sin profecías ni demasiado optimismo. “Lo digo como mínimo para acabar con un tono de esperanza un análisis de la situación del presente que no da para muchas esperanzas”, dice, tras una larga conversación en su piso del Poble-sec.

“Estamos en un proceso acelerado de desigualdad sin fuerzas con capacidad para frenarlo”

Fontana ya emprendió una visión global del siglo XX en ‘Por el bien del imperio’ (2011), una historia de 1945 a la crisis del 2008.¿Qué diferencia ambos libros, aparte de la ampliación del arco temporal? “Soy mucho más consciente en la necesidad de poner el acento en una línea global. Allí acababa en una crisis y cuando estamos delante de una tienes la conciencia de que de ella se puede salir hacia una recuperación de la normalidad anterior. Han pasado años y el discurso actual ya no es el de la recuperación sino el del estancamiento, de que aquellas condiciones sociales no regresarán; la nueva normalidad que dicen todos”.

Este año se conmemorará el centenario de la revolución rusa, que según el título del libro de Fontana marca todo el siglo XX. Su trabajo empieza con la primera guerra mundial como prólogo de ella. “Ojo, es el prologo de la revolución soviética, que es la única que triunfa, pero deja un contexto parecido en la mayoría de países; en Alemania está a punto de producirse. La guerra genera esta respuesta. A mí la revolución me interesa más como causa de los miedos que generaron toda una política contraria. Lo que se dice en este libro se podría resumir en lo que Warren Buffet, que es uno de los tres o cuatro hombres más ricos del mundo y nada sospechoso de izquierdismo, dijo hace tres o cuatro años, que la guerra de clases existe y la ha ganado su clase, que es la de los ricos. A mí me interesa ver cómo la revolución genera dos cosas, una que ya era anterior porque la habían puesto en marcha los alemanes a finales del XIX y principios del XX, que es el reformismo del miedo, apaciguar las cosas para que no se extienda una revolución, y el ahogo de las posibilidades de cambio, como la Segunda República española, víctima del miedo al comunismo”.

“Las fuerzas económicas han conquistado el Estado. Con Trump, Wall Street está en el Gobierno. Es más importante Goldman Sachs que el partido republicano”

Es el efecto positivo de ese miedo, sostiene Fontana, lo que “produce esa etapa del Estado del bienestar después de la segunda guerra mundial”. Hasta que “el fantasma de la URSS como un conquistador mundial se desvanece, pero también se desvanece el miedo a los movimientos comunistas, porque lo primero ni unos ni otros se lo creían, ni se lo propusieron, ni tenían capacidad de hacerlo”. Así que para el historiador es casi más relevante el 1968 como fecha de inflexión, cuando con la actitud del PC en Francia y la del bloque soviético en Praga “está claro que los movimientos comunistas no tienen ni el proyecto ni la capacidad de subvertir la sociedad”, que la caída del muro en 1989.

No por casualidad, el curso de la historia en que estamos ahora no empieza solo con Thatcher y Reagan sino incluso antes, en 1973, cuando con Carter llega, para el historiador, “el punto clave de ruptura”, cuando “un presidente y unas cámaras democrátas no renuevan la legislación sindical de la última etapa de Roosevelt atendiendo a las presiones de los empresarios”.

En ese camino hacia la desigualdad, uno de los elementos clave ha sido la conquista del estado por parte de la empresa. “Se ha ido consiguiendo gradualmente, con la financiación electoral, con las puertas giratorias… El ejemplo de Trump es evidente, es Wall Street el que está en el Gobierno, Goldman Sachs es más importante que el partido republicano. Logran políticas laborales favorables y evadir el pago de impuestos, que a su vez perjudica la posibilidad de los gobiernos de hacer políticas sociales, y esto no hay nadie que lo detenga. Ni los gobiernos tienen ya capacidad para obligar a pagar a las empresas. Tiene más posibilidades de imponer políticas contra el carbón a favor del cambio climático el Gobierno chino que Obama, que no podía, o Trump, que no quiere”.

Una parte del libro de Fontana es potencialmente polémica. Aquella donde sostiene que el nacionalismo ruso de Putin es consecuencia al acoso de Occidente (“es un tema que está muy envenenado. En estas fantasías de que Trump es un muñeco de los rusos, ha habido mucho disparate. Hay muchas cosas que se pueden decir de Putin que no son positivas, pero no se puede negar que tiene el apoyo mayoritario de su población, en buena parte gracias al asedio desde Occidente”) o donde considera a Hillary Clinton y Trump “igualmente despreciables”. “Clinton tiene una historia suficientemente negra como para decirlo. Había una cosa muy peligrosa en Clinton. Entre las cosas positivas de Obama, aunque sea difícil decirles positivas, es que siempre acabó frenando la tentación de meterse en una actividad militar directa en Oriente Próximo; en cambio Clinton estaba asociada en buena medida a quienes querían ir a Siria para liquidar la situación violentamente.Trump no se sabe cómo acabará, porque es completamente imprevisible, pero no tenía detrás los intereses de la comunidad de inteligencia y del Pentágono, muy ligados a la única industria armamentística”.

“La capacidad de Podemos de hacer un discurso central de partido es nula. Donde hay un movimiento con fuerza, como Galicia, Valencia o Catalunya, se les escapa”

Hablando de Trump. Y del Brexit, que le salió a Cameron por la culata (“las cosas salen a menudo de una forma distinta de cómo lo planean los partidos. En la manifestación del 2012, cuando hay gente que empieza a gritar ‘independencia’, los partidos se encuentran totalmente sorprendidos, no son ellos los que lo han organizado eso”). Detrás están unas fuerzas, las de la gente que “quiere que se oiga su voz”, a las que, dice Fontana, “ahora le llaman alegremente populismo pero es la erosión de un sistema en la que las élites gobiernan con el consentimiento de los de abajo, y que según escribió Blair produciría exabruptos a izquierda y derecha, en los que unos demonizarían al inmigrante y los otros al banquero, aunque solo las fuerzas de extrema derecha han tenido capacidad para utilizar este malestar”.

“Esta erosión del sistema en otras circunstancias quizá hubiese podido conducir a una alternativa de izquierdas, pero es que no hay una alternativa de izquierdas que tenga suficiente fuerza y capacidad”, añade. ¿Y movimientos como Podemos? “Descubrieron que había un malestar joven y urbano con cierta capacidad de organizarse, con fuerzas que nacen de la propia sociedad, y decidió apoyarse en ellas. Ese es el secreto del éxito de Ada Colau en Barcelona. Teóricamente Podemos ha querido aprovechar todo esto pero no tiene capacidad para controlarlo, donde este movimiento tiene fuerza, en Galicia, Valencia, Catalunya, se les escapa. Y la capacidad de hacerlo funcionar desde un discurso central de partido en nula”, responde.

Hay otra cosa que le preocupa aún más. “Lo que me hace reflexionar más es la situación del país en el que estamos, el inmovilismo que tiene la garantía del voto del miedo de todos los que piensan que cualquier cambio les puede hacer perder votos y subsidios. Es una garantía de continuidad. El PP, mientras sea capaz de garantizar que al mes siguiente pagará la pensión, hará que una enorme parte de sus votantes tengan miedo de votar a otros que puedan trastocar las cosas. Aquí no hay riesgo de populismo”.

Fontana centra su libro en la desigualdad en el mundo desarrollado, aunque no deja de lado la desigualdad global. “Hay gente como Sala i Martín que dicen que la desigualdad en los países desarrollados se compensa porque hay una disminución de la desigualdad a escala mundial. Es una ficción peligrosa. No está nada claro. Si la hay, ¿por qué toda esta gente famélica de África se lanza al mar cuando el discurso oficial es que África está creciendo? ¿Quién está creciendo? El crecimiento de China y el de India, que no está tan claro que reduzca la pobreza, distorsionan la imagen global: América Latina, África, el mundo de Afganistán a Marruecos que está en plena revuelta”. Esta desigualdad está detrás de una de las tendencias que marcan el mundo de ahora mismo: la “gran migración”, una “huida que no solo se puede atribuir a los efectos de la guerra, sino al desmantelamiento de toda la economía agraria de subsistencia”, además de al cambio climático.