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De cómo los hispanos se convirtieron en árabes

7 junio, 2018

Fuente: blogs.elpais.com

Por: Eduardo Manzano Moreno 01 de mayo de 2014

Alhambra

Vista del mihrab en la Alhambra en una imagen del siglo XIX. / J. LAURENT (BIBLIOTECA NACIONAL)

Uno de los temas que más difícil nos resulta explicar a los historiadores es el significado que tienen los pueblos en la Historia. Hablamos de romanosvisigodos o árabes, pero pocas veces explicamos lo que queremos decir con esos apelativos. No es, pues, de extrañar que sigan muy presentes aquellas tediosas enseñanzas escolares que dibujaban a los romanos trayéndonos acueductos; a los visigodos, escudos y espadas; o a los árabes, en fin, regadíos y la Alhambra. Detrás de esta visión latía la idea de que “nuestros ancestros” habían sido dominados por estos pueblos en distintos momentos, mientras el “pueblo originario” -o los diversos “pueblos originarios”, dependiendo del prisma nacionalista que se elija- continuaban su larga andadura histórica. Fruto de esta visión, forjada en púpitres de madera con tintero, es que un antiguo presidente del Gobierno de España tuviera la peregrina ocurrencia de declarar que los árabes tenían que pedir perdón a los españoles por haberles conquistado.

Las cosas afortunadamente son algo más complejas y también bastante más interesantes. Me centraré en el caso de los árabes, que es el que mayores confusiones genera, pues no en vano los nacionalismos ibéricos han hecho de la idea de Reconquista su santo y seña particular.

Es un error muy común creer que los árabes eran un pueblo de camelleros nómadas en estado semi-salvaje antes de la aparición del islam. Lo que se sabe de la Arabia preislámica, por el contrario, es que albergaba poblaciones muy diversas, algunas de ellas instaladas en ciudades con larga tradición comercial y una cultura nada rústica. Las miles de inscripciones encontradas allí hablan en distintos dialectos y caracteres de una sociedad estrechamente relacionada con los grandes imperios antiguos, y en la que existían también pujantes reinos e incluso una literatura muy interesante, que ha dejado restos de una excepcional poesía.

Las grandes conquistas producidas tras la aparición del islam no fueron provocadas por un alocado movimiento de tribus montadas en camellos, sino que estuvieron dirigidas por la élite árabe nacida al amparo de la nueva religión predicada por el profeta Mahoma. Lo que sabemos sobre esas conquistas apunta hacia un patrón casi siempre muy similar: la gran debilidad de los estados de la época hacía que dependieran mucho de la suerte del ejército de su rey o de su emperador, de tal manera que su derrota en una o dos batallas campales dejaba sin defensa a unas poblaciones que quedaban abandonadas a su propia suerte. Los ejércitos árabes podían tomar entonces las principales ciudades -Damasco, Jerusalén, Ctesifón, Alejandría, Cartago, Córdoba o Toledo- sin encontrar mucha oposición. Tras hacerse con los resortes de la administración conseguían que la posible resistencia en otras zonas no pudiera reorganizarse y que fueran muchos quienes optaran entonces por pactar con los invasores. Ello permitió conquistas fulminantes de las que se benefició inmensamente la nueva élite, que se hizo construir grandes y hermosos palacios en lugares de la actual Siria y Jordania. En uno de ellos, Qusayr Amra, unas pinturas realizadas para el califa omeya en la primera mitad del siglo VIII muestran al rey visigodo Rodrigo -con una inscripción que le identifica- junto a los emperadores bizantino y sasánida: los grandes derrotados por los ejércitos de los califas.

Sello

Precinto de plomo a nombre del gobernador árabe de al-Andalus Anbasa ibn Suhaym (721-726). Colección Tonegawa.

Se dice a veces que la conquista de Hispania del año 711 fue llevada cabo por tropas mayoritariamente bereberes -es decir, gentes procedentes del norte de África- lo cual significaría que de árabe no habría tenido mucho. Sin embargo, esa idea no es correcta, dado que tanto la dirección de la misma, como su orientación ideológica eran árabes, como también lo fue su resultado: la integración de Hispania -ahora llamada al-Andalus– en el imperio de los califas árabes de Damasco. De la misma manera que a nadie se le ocurre dudar del carácter de las conquistas de Roma por la variada procedencia de los legionarios que las realizaban, es erróneo poner en duda el carácter árabe e islámico de la conquista por el hecho de que muchas de sus tropas procedieran del norte de África. Además, en torno al año 741 un nuevo ejército árabe llegó a al-Andalus, y sus numerosas tropas se diseminaron por buena parte de este territorio, contribuyendo así a reforzar el carácter árabe e islámico de la ocupación. Quienes organizaron, dirigieron y administraron la conquista fueron, pues, los árabes, y los testimonios contemporáneos en papiros procedentes de latitudes como Egipto demuestran que, como todos los conquistadores, se tomaron muy en serio su papel de dominio sobre las poblaciones sometidas.

La consolidación de este dominio comenzó a cambiar las cosas. De hecho, es llamativo el destino de los bereberes llegados a la península. Perdieron rápidamente su propia lengua -que nada tenía que ver con el árabe- hasta el punto de que el castellano apenas incorporó palabras procedentes del bereber, al contrario de lo que haría con el árabe, del que proceden entre 4000 y 5000 vocablos. Estos bereberes, por lo tanto, se arabizaron muy rápidamente tanto en su lengua, como en sus nombres y usos culturales. Un sabio andalusí muy conocido, debido a que fue uno de los introductores del rito jurídico malikí, llamado Yahya b. Yahya (m en 848), tenía un nombre indistinguible de cualquier árabe, pero descendía de un ancestro bereber llegado con la conquista cien años antes.

También la población indígena comenzó a adoptar la lengua árabe de forma muy rápida. Hay muchas pruebas de ello. En un célebre texto, el escritor cristano Álvaro de Córdoba se quejaba en pleno siglo IX de que sus correligionarios más jóvenes apenas se interesaban por el latín y los escritos eclesiásticos, prefiriendo la lectura de los poetas árabes. Por la misma época, un gobernador árabe de Mérida, prendado de las antiguas inscripciones que todavía abundaban en la ciudad, quiso saber lo que decían, pero no encontró entre todos los cristianos a nadie que supiera descifrarlas, excepto un clérigo viejo y decrépito. Un siglo más tarde, libros sagrados como los Salmos o incluso el Evangelio tenían que ser traducidos al árabe, como también lo fueron los propios concilios de la iglesia hispana en pleno siglo XI. Todo ello demuestra que los cristianos que todavía quedaban en al-Andalus tenían que traducir sus textos religiosos al árabe para poder entenderlos.

Este proceso de cambio es conocido como arabización. A él contribuyeron también los matrimonios mixtos producidos después del año 711 entre mujeres indígenas y conquistadores. Fueron muy numerosos, -el más conocido el de Sara, la nieta del rey visigodo Witiza- aunque no eran muy bien vistos por las jerarquías eclesiásticas, tal y como demuestra una carta del papa Adriano, quien a finales del siglo VIII, se lamentaba de que en Hispania las gentes daban a sus hijas en matrimonio a los paganos. Estas quejas, sin embargo, poco podían hacer para detener unos procesos sociales imparables, que acabaron suponiendo la fusión de conquistadores y conquistados y la arabización completa de estos últimos. El resultado fue que varias generaciones después de la conquista mucha gente había perdido la conciencia de sus ancestros indígenas.

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Un caso muy evidente -y siempre citado- es el del gran escritor Ibn Hazm [en la imagen], autor de un magnífico tratado sobre el amor, El Collar de la Paloma (Tawq al-hamama), quien con toda probabilidad descendía de indígenas, pero para el cual las principales referencias culturales eran árabes y, por supuesto, islámicas. Los casos más extremos de arabización eran los de personajes que, a pesar de que descendían de bereberes o indígenas, pretendían tener ancestros en la Arabia preislámica, lo que da buena muestra del prestigio que esta noción tenía en la sociedad andalusí. La arabización lingüística, por lo demás, ha sido brillantemente demostrada por arabistas españoles como Federico Corriente, que han sido capaces de establecer los peculiares rasgos morfológicos, fonéticos y léxicos que tenía el árabe hablado por la inmensa mayoría de las gentes en al-Andalus.

Siempre que se habla de estas cosas, sin embargo, uno debe temerse lo peor. Es inevitable que surja el Unamuno de turno, que se tome todo esto a la tremenda y nos regale atormentadas disquisiciones, que insisten en ver en lo ocurrido hace mil y pico años los gérmenes de nuestra contemporánea aflicción. Tampoco suele faltar una visión nacionalista árabe que intente demostrar la superioridad de esta cultura a lo largo de los siglos. Las gentes aquejadas por estas visiones tan trascendentalistas del pasado -a pesar de que éste insiste en ser miserablemente materialista- suelen discutir entre sí con gran pasión y con información no muy veraz, lo que provoca embrollos sin cuento, que mezclan lo ocurrido en los siglos medievales con situaciones contemporáneas para perplejidad de los más sensatos.

Me consta que a muchos de mis colegas estos embrollos les provocan cierto tedio y una comprensible desgana por embarcarse en la divulgación de los conocimientos que atesoran. Pero me temo que nuestro compromiso social de historiadores no nos deja elección, y que, a despecho de malentendidos y tergiversaciones, debemos explicar lo que la investigación ha venido sacando pacientemente a la luz y que, en muchos casos, no son meras opiniones, sino hechos plenamente verificados. Y uno de esos hechos es que, tiempo después de la conquista militar, los descendientes de los hispanos sometidos comenzaron a convertirse en árabes desde el punto de vista cultural y lingüístico: algunos siguieron manteniendo su religión cristiana -los llamados mozárabes-, mientras que otros muchos se convirtieron al islam. Queda para otra ocasión este tema, el de la islamización religiosa, del que apenas hemos podido hablar aquí y que merece también una larga explicación.

Mientras tanto quédense con esta idea. Contrariamente a lo que pretende el pensamiento histórico más conservador (que anda últimamente muy desbocado), la Historia es un proceso continuo de cambio y transformación.

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Julián Borderas, el sastre que cosió la primera tricolor

18 mayo, 2018

Fuente: http://www.publico.es

Un pequeño modisto que luego sería dirigente del PSOE en el exilio zurció en su taller la bandera roja, amarilla y morada que ondeó en Jaca durante el fallido levantamiento de Galán y García, cuya brutal represión convirtió la enseña en un símbolo del republicanismo.

Varios manifestantes con banderas republicanas. / D. Narváez

Varios manifestantes con banderas republicanas. / D. Narváez

La bandera tricolor nació como emblema republicano en el Pirineo cuatro meses antes de que el 14 de abril de 1931 fuera izada en Éibar. La cosió Julián Borderas, un personaje tan fundamental como poco conocido del republicanismo y el socialismo españoles, en la sastrería que regentaba en Jaca (Huesca), en el balcón de cuyo ayuntamiento ondeó durante el día y medio que duró el fallido levantamiento de los capitanes Fermín Galán y Ángel García.

Fue el primero de ellos, cercano al anarquismo y con el que mantenía una estrecha relación política y personal, quien le pidió que la cosiera dentro de los preparativos que, de haber salido adelante sus planes, debían haber finiquitado el reinado de Alfonso XIII a partir del 12 de diciembre de 1930.

La chapucera descoordinación del Comité Revolucionario estatal, con la guinda de Santiago Casares Quiroga, que sería presidente del Gobierno en 1936, yéndose a dormir tras llegar a Jaca horas antes de la asonada en lugar de alertar a los conjurados de que esta se aplazaba tres días, condenó al fracaso el pronunciamiento de los capitanes. Sin embargo, la brutal represión del levantamiento, aceleró, en lugar de posponerla, la caída del régimen: “La monarquía cometió el disparate de fusilar a Galán y García Hernández, disparate que influyó no poco en la caída del trono”, escribió Manuel Azaña.

“Los hechos de Jaca contribuyeron a la popularización de la bandera”, explica el historiador Enrique Sarasa, premio de Ensayo e Investigación de Aragón en 2009 con un trabajo sobre Borderas, fundador del PSOE oscense y primer diputado altoaragonés de esa formación. “El mal fin de la sublevación y los ataques que recibió la bandera tras esta fecha desde la prensa monárquica consiguieron que esta adquiriera un papel simbólico mucho mayor entre los defensores de la república”, señala.

Julián Borderas, primero por la izquierda, durante su encarcelamiento en la prisión de Jaca tras el fallido levantamiento de Galán y García. / Enrique Sarasa

Julián Borderas, primero por la izquierda, durante su encarcelamiento en la prisión de Jaca tras el fallido levantamiento de Galán y García. / Enrique Sarasa

 

El origen de la franja morada

Los capitanes se convirtieron en símbolos del republicanismo, como la tricolor roja, amarilla y morada de Borderas, cuya franja inferior avalaría oficialmente 27 días después el Gobierno de Niceto Alcalá Zamora como un reconocimiento a Castilla al fusionar su pendón con el de la Corona de Aragón, cuya bandera marítima había derivado en enseña estatal en el siglo XIX. Sin embargo, esa argumentación incluye un error, ya que los reyes de Castilla nunca usaron pendones morados y los comuneros se identificaban, en realidad, con el rojo carmesí.

“Una versión bastante extendida y que han defendido algunos historiadores asegura que Borderas fue el autor de la bandera republicana”, explica Sarasa, que sostiene que “la creación de la bandera tricolor data de algún tiempo atrás y, según se ha afirmado, parece que ya funcionó durante los años de la Primera República”. En este sentido, anota que un artículo publicado en 1931 en el semanario republicano-socialista “Jaca”, en cuya edición participaba el propio sastre, “se dice que Borderas la confeccionó a partir de la descripción que de la misma aparecía en una enciclopedia”.

Sin embargo, tampoco está documentado que la bandera roja, amarilla y morada hubiera sido utilizada en épocas anteriores en España. Entre los posibles antecedentes de la inclusión de este último color destacan tres: su uso por liberales que se levantaron contra el absolutismo en el siglo XIX, como el general Rafael del Riego o Mariana Pineda; la propuesta, sin éxito, de varios concejales del Ayuntamiento de Madrid para que la Primera República adoptara en 1873 una tricolor como la que el sastre jaqués cosería seis décadas después, y la identificación con él de algunos círculos republicanos durante el Sexenio Revolucionario de 1868 a 1874.

“Fue uno de los que siguieron presos hasta el 14 de abril”

“El socialismo y el anarquismo se ofrecieron para muchos españoles como una salida para esa situación”

 

No obstante, la participación de Borderas en actividades políticas fue mucho más allá de haber cosido la bandera tricolor que el 12 de diciembre ondeó en Jaca.

Nacido en 1899 en Bescós de Garcipollera, en el prepirineo, sus padres lo colocaron de adolescente con un sastre itinerante que le enseñó el oficio mientras recorría los pueblos de medio Aragón. Contactó con las ideas revolucionarias en Zaragoza, donde hizo el servicio militar en la segunda década del siglo XX, a través del anarquista Ángel Chueca. Y amplió conocimientos en ambos campos, la aguja y la política, en sendas estancias en Madrid y París antes de regresar a Jaca para hacerse cargo de su madre y su hermana al morir su padre y abrir su sastrería en 1923.

“Nace en un contexto en el que las diferencias sociales son muy acusadas y el crecimiento personal del sector más humilde de la sociedad era muy difícil”, indica Sarasa, y en el que “doctrinas como el republicanismo y, sobre todo, el socialismo y el anarquismo se ofrecieron para muchos españoles como una salida para esa situación”.

Un año después ingresó en el PSOE y seis más tarde pasaría cuatro meses en prisión por su participación en el pronunciamiento de Galán y García. “Él fue uno de los que permaneció en prisión hasta el 14 de abril de 1931, siempre con el miedo de que el juicio que debía celebrarse acabara con el peor de los finales”, anota el historiador.

Prisión, guerra, exilio y campos de concentración

“De cualquier forma –añade-, eso no le impidió seguir haciendo política desde la prisión y escribir artículos en defensa de la república. De hecho, sus correligionarios trataron de presentarlo como candidato de la convocatoria electoral del 12 de abril”. Cinco años más tarde, en febrero de 1936, conseguiría, con 47.582 votos, la primera acta de diputado de ese partido en Huesca.

Durante la guerra civil fue comisario político en varias unidades militares y participó en la última sesión que el Congreso de la Segunda República celebró en el castillo de Figueres el 1 de febrero de 1939.

Para entonces, Borderas, afin a Largo Caballero en el inicio de su trayectoria política, llevaba año y medio alineado con las tesis de Indalecio Prieto, con quien trabaría una estrecha amistad durante su exilio común en México, a donde el sastre llegó en noviembre de 1941, tras pasar por campos de concentración en Francia y el norte de África; desde donde sería secretario y vicepresidente del grupo Socialista en el exterior y desde donde apoyó las posiciones internas de Felipe González y Alfonso Guerra en los últimos años del franquismo.

“Para los republicanos, Borderas fue diputado desde 1936 hasta la llegada de la democracia a España”, apunta el historiador.

Sastre de exiliados, políticos y el primer cosmonauta 

Borderas apenas dejó de coser durante su breve etapa como diputado. Había seguido haciéndolo durante la mili, durante la guerra y en los campos de castigo, y volvió a enhebrar las agujas en su exilio, donde su cartera de clientes incluía a Indalecio Prieto, al ministro de Educación Agustín Yáñez y, también, al astronauta soviético Yuri Gagarin, el primer cosmonauta que viajó al espacio exterior, durante sus estancias en México en los años 60.

“Fue conocido por ser el sastre de los exiliados”, explica Sarasa, que destaca cómo “entre sus clientes podemos encontrar desde españoles de familias humildes que vivían en México a destacados políticos”. “Aunque intentó otros negocios, estos no le salieron bien”, por lo que “se dedicó a las labores de la aguja, y a ellas estuvo entregado hasta pocos días antes de su fallecimiento” en 1980.

“Siempre me ha llamado la atención la fidelidad a su ideario, que, para mí, ni fue impostado ni estuvo destinado a la galería política. Realmente, creía en todo ello y estaba convencido de que era posible modificar el mundo desde la política”, indica Sarasa, para quien “de hecho, fue esa fidelidad la que le llevó a sufrir dos veces cárcel y, también, la que le llevó a estar en dos campos de concentración” en la Segunda Guerra Mundial y a vivir durante casi diez años alejado de su mujer”, que pasó casi tres años presa por el mero hecho de estar casada con él, y de sus dos hijos.

Bolcheviques en el poder

25 abril, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

La revolución rusa de 1917, que este año cumple un siglo, culminó con la llegada de Lenin y su partido al liderazgo de un imperio en transformación.

Revolución de octubre
Lenin, en el centro, en un desfile en la plaza roja de Moscú el 25 de mayo de 1919. HERITAGE/GETTY

Durante el verano de 1917, la confianza en que “la Gran Revolución Rusa” uniría a los ciudadanos había dado paso a la división. Bajo ataques desde la derecha y la izquierda, los Gobiernos de Lvov y Kerensky se enfrentaron al desplome de las ilusiones sobre la capacidad del pueblo para fortalecer su concepto de democracia y ciudadanía Cuando se comprobó que las masas no lo apoyaban, esos Gobiernos recurrieron cada vez más a la fuerza del Estado como única forma de persuasión.

Las diferencias se hicieron irreconciliables. El lenguaje de clases, de revolución social y no sólo de reforma política se impuso a los otros lenguajes (liberal, democrático, constitucionalista) que compitieron en ese escenario de crisis de autoridad. Lo que había comenzado en febrero con un motín en la guarnición militar de Petrogrado, se había convertido tan solo ocho meses después en una violenta y radical revolución social, extendida al campo, a las fábricas, al frente y a los pueblos no rusos del imperio. A esa rebelión le faltaba que alguien supiera llenar el vacío de poder que estaban dejando el fracaso y la soledad del Gobierno de Kerensky tras el golpe frustrado del general Kornilov. El camino estaba despejado para un partido revolucionario y contrario a la guerra. Y ahí aparecieron los bolcheviques. Y Lenin.

La Revolución de Octubre de 1917 fue uno de los principales acontecimientos del siglo XX y los historiadores han mostrado en torno a él diferentes interpretaciones. Las investigaciones más recientes de Christopher Read, S. A. Smith, Peter Holquist o Rex A. Wade superan las clásicas disputas entre la propaganda soviética y la antimarxista y subrayan la importancia del eslogan “Todo el poder para los sóviets” y de cómo el apoyo popular a esas instituciones surgidas desde abajo allanó el camino a la conquista del poder por los bolcheviques.

Bolcheviques en el poder

El Gobierno provisional careció de legitimidad desde el principio. Desde el verano, estuvo atrapado por una serie de crisis en cadena: en el frente, en el campo, en las industrias y en la periferia no rusa. Pocos Gobiernos podrían haber hecho frente a todo eso, y menos sin un ejército en el que confiar. El apoyo de trabajadores, soldados y campesinos a los sóviets, la institución dedicada a promover la revolución social, se combinó con la decisión fatal de los Gobiernos provisionales de continuar la guerra. Y el fiasco del golpe de Kornilov en agosto de 1917 ya había mostrado que la derecha estaba todavía desorganizada y la contrarrevolución no tenía en ese momento posibilidades de vencer.

Con visional y los dirigentes del sóviet mostraban su incapacidad para solucionar los problemas, los bolcheviques se convirtieron en la alternativa política para los desi­lusionados y para quienes buscaban un nuevo liderazgo. Como no tenían responsabilidad política, recogieron los frutos de la división y declive de los otros dos partidos socialistas, los mencheviques y los socialrevolucionarios. Su rechazo al Gobierno provisional les dio, a los bolcheviques en general y a Lenin en particular, lo que el menchevique Nikolai N. Sukhanov (1882-1949) llamó en sus memorias una posición “comodín”, por la que podían representar y adaptarse a cualquier cosa.

Los vientos de cambio que soplaban desde el verano, impulsados por las críticas a las autoridades y las alabanzas a los sóviets, comenzaron a plasmarse desde finales de agosto en poder institucional. Bolcheviques, socialrevolucionarios de izquierda y mencheviques internacionalistas tomaron el control de los diferentes sóviets de distrito de Petrogrado, de los sindicatos y comités de fábricas, y de comités de soldados y campesinos en algunas provincias. El 25 de septiembre, el sóviet de Petrogrado, el principal bastión de poder desde la revolución de febrero, eligió una nueva dirección de izquierda radical, y León Trotski, que había salido de la cárcel el 4 de septiembre y que acababa de ingresar en el partido bolchevique, se convirtió en su presidente, sustituyendo al menchevique Chjeidze. Al mismo tiempo, los bolcheviques asumieron el control del sóviet de Delegados Obreros de Moscú.

Con tantos poderes en sus manos, podían reivindicar que hablaban y actuaban en nombre de la “democracia del sóviet”. Ese control del sóviet de Petrogrado y de otros en las provincias es lo que permitió la Revolución de Octubre, y sin ese proceso de conquista del poder en las semanas anteriores, sería difícil imaginarla. La Revolución de Octubre comenzó como una defensa de la idea del poder de los sóviets, posibilitada por una crisis profunda del Gobierno de Kerensky.

Puede ser que “octubre” fuera un “golpe” en la capital, señala Allan K. Wildman, “pero en el frente fue una revolución”. Los soldados no sólo no quisieron echar abajo a ese incipiente poder bolchevique, sino que frustraron los esfuerzos desesperados de Kerensky y del anterior “defensista” comité ejecutivo del sóviet de Petrogrado “para trastocar la victoria bolchevique, trasladando tropas desde el frente”. La participación de marinos de la flota del Báltico, que ya habían tenido una influencia notable en 1905 y en febrero y julio de 1917, fue también muy visible en octubre. El golpe de Kornilov había destruido allí la escasa autoridad que les quedaba a los oficiales.

La apuesta bolchevique había logrado su objetivo primordial, sin apenas resistencia. Petrogrado parecía seguro, pero, pese a su importancia como centro de poder político y de comunicaciones, era sólo una ciudad. Había que comprobar qué pasaría más allá de la capital, en el frente, en las otras ciudades y provincias y en la periferia del vasto imperio ruso. Y ver cómo responderían los trabajadores y los campesinos al nuevo poder; y todos los otros socialistas de izquierda que habían quedado fuera del Gobierno bolchevique.

A comienzos de noviembre, los bolcheviques tenían el control de las principales ciudades de la región industrial del centro, norte y este de Moscú, en los Urales, en las partes más cercanas del frente y entre los marinos de la flota del Báltico. Derrotados sus adversarios militares por el momento, asegurados los principales centros de poder, Lenin y los bolcheviques pudieron dedicarse a temas apremiantes: conseguir la paz, atender a las reformas radicales que había reclamado desde abajo el movimiento de los sóviets y reorganizar el poder, presionados por los socialrevolucionarios, para que ampliaran su Gobierno y convocaran la Asamblea Constituyente, algo que los anteriores Gobiernos provisionales habían aplazado una y otra vez hasta que finalizara la guerra.

Fragmento de ‘La venganza de los siervos’ (Crítica), de Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, que se publica esta semana.

Elena Cornaro Piscopia, la primera doctora

3 abril, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Venía de una familia rica, llegó a ser famosa en toda Europa, se dedicó a cuidar a los menos afortunados y terminó sus días como oblata, o monja laica; la vida de Elena Cornaro Piscopia fue sin duda apasionante.

Nacida en Venecia en 1646 su padre era el segundo cargo más importante de la República Serenísima y lo bastante adelantado a su época como para insistir en que su hija estudiara con los mejores tutores junto a sus hermanos.

Tal era su inteligencia que siendo adolescente ya hablaba Latín, Griego, Hebreo, Español, Francés, Árabe y Caldeo, siendo apodada ‘Oraculum Septilingue’.

También estudió gramática, teología y ciencias naturales además de las habilidades ‘femeninas’ como música; tocaba varios instrumentos como el clavicordio, el arpa y el violín. Intensamente devota a los 11 años decidió ser célibe para siempre, lo que la llevó a rechazar a numerosos pretendientes a su mano príncipes incluidos.

Su decisión enfadó a su padre que decidió prohibirle ser monja de clausura y a cambio la envió a la Universidad de Padua, junto a la que le compró una casa.

En Padua Elena estudió teología con tanto éxito que gente de toda Europa iba a ver sus debates teológicos: en 1677 uno de estos debates (en latín y griego) ante el claustro de la universidad y buena parte del Senado de Venecia casi forzó a concederle un título universitario: en junio de 1678 se convirtió en la primera mujer de la historia en recibir un grado de doctora en filosofía, aunque no en teología, dado que la iglesia no aceptaba su sexo.

Aquel mismo año se convirtió en la primera profesora universitaria enseñando matemáticas en Padua mientras al mismo tiempo mantenía sus devociones y la ayuda a los pobres y necesitados.

Elena Cornaro Piscopia murió de tuberculosis en julio de 1684; al extenderse la noticia los pobres de Padua y Venecia lloraron en público afirmando que había muerto una santa.

Tras su muerte consiguió ser enterrada como monja oblata y no en el lujoso sepulcro de su familia; su fama desapareció con ella y hasta el siglo XIX no se recuperó su memoria.

Imagen de Desconocido, Dominio público

El maquis, entre el acoso franquista y los conflictos internos

26 marzo, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

“Hay gente que cuando habla de esto pasa de un tono de voz normal a un susurro. Y quien ha querido apagar la grabadora. Se mantiene el miedo. Pareciera que la dictadura todavía no se hubiera acabado”. Son palabras de Raül González Devís, profesor de Historia en el instituto de Vilafranca, un pueblo del interior de Castelló, y autor de una tesis doctoral sobre el AGLA (Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón), el maquis que ocupó montes de Cuenca, Teruel, Castellón y Tarragona entre 1946 y 1952.

El estudio, titulado “Entre la resistencia y la supervivencia”, indaga en el aspecto humano de los guerrilleros y en sus logros y problemas más desconocidos por el gran público. Se puede bucear en la parte más amarga, como los secuestros y asaltos con objetivos de mera supervivencia económica. Pero también en la “preocupación de desmarcarse de la delincuencia común”, dice el texto.

En esta línea, la tesis cuenta la existencia de una escuela de guerrilleros en La Cerollera (Teruel), donde se daban clases de tiro y táctica militar pero también de política, sanidad y cultural general. Y narra la “prioritaria” difusión de consignas antifranquistas con una imprenta propia en la que se imprimían pasquines e incluso un periódico llamado “El Guerrillero”.

Ocupación de pueblos

Folleto propagandístico elaborado por el AGLA. Imagen contenida en la tesis doctoral "Entre la resistencia y la supervivencia" de Raül González Devís.
Detalle de un folleto propagandístico elaborado por el AGLA. Imagen contenida en la tesis doctoral “Entre la resistencia y la supervivencia” de Raül González Devís.

Otras acciones del maquis destinadas a la persuasión política de la población era la ocupación de pueblos. Solían elegir núcleos sin Guardia Civil para evitar derramamiento de sangre. Los guerrilleros tomaban las armas del somatén -los más afectos al régimen de cada pueblo, a los que se permitía tener pistolas-, compraban víveres -o podían también requisarlos, si el dueño de la tienda era adepto al régimen- y repartían panfletos.

La acción terminaba con un mítin en la plaza del pueblo y no duraba más de una tarde. Era “una demostración de fuerza” para “reforzar internamente la agrupación” e “incidir en la opinión pública”. Una de las ocupaciones tuvo lugar en Catí (Castellón) en mayo de 1947.

Nacidos en la zona

La principal novedad de este trabajo es que constata que el PCE (Partido Comunista de España) no controló la agrupación guerrillera tanto como se creía hasta ahora. Es verdad que el AGLA fue “la niña bonita” del partido por su cercanía a Francia y a las poblaciones de la costa, pero González Devís demuestra que la fuerza de los guerrilleros autóctonos era mucho mayor de lo que se pensaba hasta ahora.

Si bien el partido envió continuamente a guerrilleros desde Francia para liderar los batallones, su peso siempre fue menor respecto al 70 % de maquis procedentes de las comarcas en las que se implantaba la agrupación. Hubo muchos enfrentamientos entre estos dos grupos. Hasta ahora, estos conflictos se habían explicado por diferencias ideológicas entre comunistas y el supuesto anarquismo de los autóctonos.

Pero esta no fue la única causa. Está también “la diferencia de mentalidad: un militante venido de fuera tomaba la guerrilla como el compromiso con el partido y entre los otros, había quien la consideraba un refugio respecto a la persecución de la Guardia Civil”. Los conflictos también se repitieron porque en muchas ocasiones los autóctonos se negaron a ejecutar órdenes que pudieran costar la vida a personas conocidas.

Las diferencias dieron lugar a decenas de ajusticiamientos internos y deserciones y fueron la evidencia de que el partido era incapaz de controlar lo que pasaba en el monte desde sus bases en las ciudades y en Francia.

Folleto propagandístico del AGLA. Imagen contenida en la tesis doctoral "Entre la resistencia y la supervivencia" de Raül González Devís.
Folleto propagandístico del AGLA. Imagen contenida en la tesis doctoral “Entre la resistencia y la supervivencia” de Raül González Devís.

Un líder autóctono: el Cinctorrà 

No obstante, el PCE sí permitió que algunos de los guerrilleros del terreno fueran líderes de batallones. Fue el caso de José Borrás, apodado el Cinctorrà. Es una de las mejores muestras de la hetereogeneidad de los miembros del AGLA porque se incorporó a la vuelta de su exilio en Francia, pero no por ello era comunista. Ya en la guerrilla, se insubordinó en numerosas ocasiones y llegó a desertar, desanimado por las derrotas ante el régimen y las matanzas de civiles que perpetró la Guardia Civil.

Sin embargo, el PCE permitió que liderara un batallón y lo mantuvo en su puesto en los años clave de 1945 a 1947. La razón es que el Cinctorrà, como muchos otros autóctonos, podía despertar simpatías entre los vecinos que facilitaran a la guerrilla el apoyo de la población. Sobre todo en el primer momento, los “vínculos primarios, de vecindad y solidaridad, facilitaron la ayuda de la población civil a la guerrilla”, explica el autor.

Técnicas probadas contra la guerrilla carlista

Las represalias de las fuerzas franquistas fueron más duras a partir del otoño de 1947. Fue el momento en que llegó a la zona el alto mando franquista Manuel Pizarro. Aplicó técnicas de represión que ya se habían probado contra la insurgencia carlista en el interior de Castellón,  zona de tradición guerrillera.

“Desde aquel momento, proliferaron las muertes irregulares, amparadas por la Ley de Fugas, se multiplicaron las detenciones masivas, se generalizaron las contrapartidas [grupos de guardias civiles que se disfrazaban de maquis para detectar a los masoveros que les servían de apoyo y sembrar desconfianza] y se decretaron las evacuaciones” de las masías.

Además, la represión no sólo sirvió para combatir a los maquis. También para “depurar a las personas con antecedentes republicanos o de izquierdas”. El resultado fue que los asesinatos cometidos por la Guardia Civil “permitieron limpiar de desafectos y silenciar a potenciales disidentes en un mundo rural difícilmente anónimo”.

Del terror a la ruptura de los vínculos

El ataque a la población civil por parte de las fuerzas franquistas fue sistemático. Los datos recogidos en este trabajo lo demuestran. En muchos pueblos de la zona, como Atzeneta, la Pobla de Benifassà o Benassal, hubo más muertos en estos años que en la inmediata posguerra. Y el 75% de víctimas mortales de la represión entre 1945 y 1952 no eran guerrilleros sino civiles.

Implantación territorial y división por sectores del AGLA. Imagen cedida por Raül González Devís.
Implantación territorial y división por sectores del AGLA. Imagen cedida por Raül González Devís.

La represión trajo el terror. Y el terror llevó consigo las delaciones, las traiciones y la negación de ayuda entre vecinos. Se rompieron los “vínculos primarios”, en palabras de González Devís, algo fundamental para la vida rural. “Fue una etapa muy traumática en las comarcas del interior, donde todo el mundo se conoce. Esa es una razón por la que hoy en día sigue siendo algo de lo que cuesta hablar”, explica.

Fabrilo y Oronal 

Hay episodios que ilustran este desgarro social. En el mas de Pou de la Pica de Culla, la Guardia Civil mató a una familia entera por haber albergado a Fabrilo, un guerrillero herido oriundo de un pueblo cercano. Otro caso fue el del maquis Victorino Prades, alias Oronal. Recién huido de la cárcel y herido, buscó refugio en la llamada caseta Blanca de Morella, habitada por un amigo de la infancia.

Este, sin embargo, le denunció. Oronal acabó muerto, abatido a tiros por la Guardia Civil. Como muchos otros que habían hecho lo mismo, su delator contó con ayuda de las fuerzas franquistas para trasladarse a una ciudad. En su caso, marchó a València, donde “le dieron alguna perra”, según cuentan testimonios directos, y se ganó la vida vendiendo en los mercados ropa vieja de soldados.

Portada de "Mundo obrero" dedicada a la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón. Imagen cedida por Raül González Devís.
Portada de “Mundo obrero” dedicada a la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón. Imagen cedida por Raül González Devís.

González Devís también aborda el papel de las mujeres en la guerrilla. No tomaron parte en la lucha armada porque tanto el AGLA como el PCE consideraban que las mujeres debían tener un papel auxiliar. “Ayudad a los heroicos guerrilleros” fue un mensaje dirigido por la propia Dolores Ibárruri, líder del PCE, a las mujeres desde una publicación guerrillera con motivo del 8 de marzo de 1946.

Mujeres que no eran “normales”  

Las mujeres sí asumieron el papel de enlaces y colaboradoras, y desde estos roles asumieron muchos riesgos. Trasladaron multicopistas, pasaron mensajes desde la cúpula del partido en las ciudades a los guerrilleros de las montañas, albergaron maquis en sus casas y les cuidaron y curaron.

González Devis también se refiere al cariz particular que tomaban las represalias de la Guardia Civil cuando las víctimas eran mujeres. Además de arriesgarse a ser torturadas y asesinadas como sus compañeros varones, se las solía acusar de mantener relaciones sexuales con los guerrilleros.

“Independientemente de su veracidad, estas acusaciones vinculadas a la vida privada insistieron en la promiscuidad sexual o la irreligiosidad para constatar un perfil que no encajaba con la mujer ‘normal’, católica, sumisa y obediente”.

Para llevar a cabo su estudio, González Devis tuvo decenas de conversaciones con ancianos de las zonas donde actuó el AGLA. Fue una carrera de fondo porque era necesario “ganarse la confianza” del interlocutor antes de hablar de los maquis. Esto le convenció de la importancia de seguir investigando y divulgando. Porque “hay todavía silencio” en torno a los guerrilleros antifranquistas.

Fernando VII, el tirano que logró engañar al pueblo

22 marzo, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Déspota, cruel, tirano, oportunista y mentiroso son apenas algunos de los calificativos que se han aplicado a Fernando VII (El Escorial, 1784-Madrid, 1833) por parte de los historiadores que han estudiado ese periodo. Asimismo, el imaginario popular asocia la trayectoria de aquel Borbón con una de las épocas más sangrientas y conflictivas de nuestra historia reciente. Pero, a pesar de la trascendencia de su reinado, la figura del que fue llamado “el deseado” ha sido poco estudiada y mucho menos divulgada para el gran público que se ha quedado en los tópicos.

Ahora, la biografía del profesor Emilio La Parra ( Fernando VII, un rey deseado y detestado), que acaba de ganar el premio Comillas de la editorial Tusquets, viene a cubrir ese vacío. El jurado de este galardón, el más prestigioso en el género biográfico en nuestro país, reconoció el trabajo de La Parra durante una década de investigación, estudio y escritura de este libro que aparecerá en marzo en las librerías.

Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Alicante, Emilio La Parra (Palomares, Cuenca, 1949) es un experto en la primera mitad del siglo XIX que ya publicó una biografía de referencia sobre Manuel Godoy. Tras subrayar, sin duda alguna, que Fernando VII puede ostentar el desgraciado título del peor rey de la Historia reciente de España (que ya es decir), el profesor explica las razones de la popularidad de aquel monarca a pesar de su carácter despótico y sus modos dictatoriales.

“Fernando VII”, argumenta, “fue incluso más que un rey absolutista en el sentido de que tuvo plena autoridad sobre sus súbditos, no observó ningún reparo en saltarse las leyes y vigiló hasta los más mínimos detalles de su acción de gobierno. A la hora de preguntarnos por los motivos de su ascendiente sobre el pueblo pese a su despotismo, habría que resaltar que fue un monarca muy hábil para beneficiarse siempre del odio hacia sus enemigos”.

El experto añade que “Fernando VII se rodeó de una camarilla de nobles y altos cargos que fueron muy astutos al presentar siempre al rey como la encarnación del bien frente al mal que representaban los otros. Al principio, se erigió en adversario de Godoy, un gobernante muy impopular; más tarde figuró como el monarca que se oponía a Napoleón cuando en realidad fue un oportunista y un juguete en manos del emperador francés; y en tercer lugar tras la victoria en la guerra de la Independencia (1808-1814), gracias en buena medida a la resistencia de las clases populares, Fernando VII se atribuyó los méritos del triunfo. En definitiva, podríamos afirmar, con términos de hoy, que Fernando VII y sus más fieles consejeros fueron unos pioneros del marketing político ya a comienzos del siglo XIX”.

Retrato del rey Fernando VII de España (1784-1833) de Vicente López
Retrato del rey Fernando VII de España (1784-1833) de Vicente López

Traidor a su padre, Carlos IV; represor sin piedad de los liberales después de haber simulado su apoyo a la Constitución de Cádiz de 1812 con la ya famosa frase de “vayamos todos francamente y yo el primero por la senda constitucional”; y defensor a ultranza de los privilegios de la Iglesia y de la nobleza, Fernando VII fue desenmascarado por la mayoría del pueblo a partir de 1823 cuando imploró el apoyo de un ejército extranjero (los llamados 100.00 hijos de San Luis) para restaurar el absolutismo en España. No obstante, pudo mantener buena parte de su autoridad y de su carisma debido a su astucia para atraerse a sus enemigos.

“Sabía el monarca”, comenta su biógrafo, “llevar a los interlocutores a su terreno y siempre elegía actuar cuando las circunstancias políticas le favorecían. Así pues, se mostraba miedoso y sumiso con los poderosos, véase su entrega rastrera a Napoleón; pero actuaba como un déspota con los débiles y con todos aquellos que cuestionaron los modos de su reinado”. Al mismo tiempo, aquel monarca poco agraciado físicamente, campechano hasta casi la ordinariez y amigo de lujos y placeres, se significó como un auténtico equilibrista político al aplicar una combinación de palo y zanahoria tanto hacia los liberales como hacia los ultraconservadores. Y todo ello con el único objetivo de mantener el poder a toda costa.

De su sagacidad sin escrúpulos brinda el catedrático La Parra un ejemplo muy ilustrativo al recordar la actitud de Fernando VII frente a los afrancesados que, como Goya o Moratín, fueron considerados traidores y antipatriotas por amplios sectores populares durante la guerra de la Independencia. “Resulta muy curioso observar”, declara el profesor, “que a partir de 1823 permite el regreso de algunos afrancesados que habían marchado al exilio en la primera gran oleada de desterrados políticos de nuestra historia. Fernando VII no ignoraba la capacidad técnica y la talla intelectual de muchos afrancesados y les ofreció segundos escalones de poder en la Administración”.

Como muestra de esa actitud de atraer a los enemigos, el rey financió la edición de las obras de Leandro Fernández de Moratín, uno de los líderes del sector afrancesado y uno de los mejores escritores de su época. Ahora bien, el poder de Fernando VII empezó a resquebrajarse en la denominada década ominosa (1823-1833) cuando su obsesión para que heredara el trono alguien de su sangre le llevó a promulgar la Pragmática Sanción, que permitía de nuevo que reinaran las mujeres, en este caso su hija Isabel, en perjuicio de Carlos, hermano del monarca. Esta controvertida decisión del rey en 1833 estuvo en el origen de la primera guerra carlista.

De cualquier manera, tanto Emilio La Parra como el resto de estudiosos de aquella primera mitad del XIX coinciden en señalar que el reinado del deseado-detestado Fernando VII puso en pie un Estado policial, generó una pérdida de capital humano por los sucesivos exilios de liberales, frenó el desarrollo económico e industrial del país y, en definitiva, retrasó el progreso de España.

En esa línea, esta obra de referencia, ganadora del premio Comillas, reivindica la biografía como una forma de aproximarse a la Historia, un género denigrado durante mucho tiempo en España por muchos especialistas, a diferencia de otros países europeos.

Por otro lado, el libro de La Parra sobre Fernando VII viene a sumarse a la biografía de Isabel II, escrita por la catedrática Isabel Burdiel, que obtuvo en 2011 el premio Nacional de Historia. Tanto uno como otra han defendido siempre la utilidad de la biografía para estudiar y divulgar la Historia. Una tendencia que comienza a imponerse en España frente al academicismo de tantos expertos encastillados en sus eruditas investigaciones. “La biografía de un personaje clave sirve magníficamente como hilo conductor para explicar una época”, concluye Emilio La Parra.

Eurocomunismo

16 marzo, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

El comunismo occidental renunció al modelo soviético y aceptó las ‘libertades burguesas’.

Santiago Carrillo, en la tribuna de invitados del Congreso
Santiago Carrillo, en la tribuna de invitados del Congreso CRISTÓBAL MANUEL

Cuando Franco murió, el eurocomunismo florecía en algunos países de Europa occidental. No era un concepto con una doctrina definida, sino el resultado de un proceso histórico gradual, de adaptación, que afectó a algunos partidos comunistas de las sociedades democráticas industriales desde la Guerra Fría.

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El pilar fundamental de ese proceso histórico fue la emancipación de las concepciones ideológicas y políticas sostenidas —y extendidas por el este de Europa— desde Moscú. Era un rechazo a aceptar el socialismo soviético como modelo, apelando a las peculiaridades y diferencias de las condiciones históricas en los países occidentales después de 1945.

Al rechazar ese modelo soviético, los dirigentes eurocomunistas estaban planteando una reevaluación del legado de 1917, del leninismo revolucionario, pero también de las políticas de colectivización violenta, del estalinismo y de los principios y prácticas que habían acompañado al comunismo desde la muerte de Stalin. Significaba también una ruptura con el internacionalismo proletario tan vinculado al Estado soviético. El cambio fundamental radicaba en la aceptación del pluralismo político, de los derechos y libertades individuales de las que hasta ese momento habían sido calificadas como “democracias burguesas”. Jean Kanapa, dirigente del Partido Comunista Francés, lo describió como “socialismo democrático”, para diferenciarlo del soviético, una vía para conseguir un amplio consenso en la sociedad que recogiera las lecciones de los acontecimientos en Chile, Portugal, Hungría y Checoslovaquia.

Pero esas tendencias de transición desde la opción revolucionaria a la democrática llegaron en un momento en el que los partidos socialistas, rivales electorales de los comunistas, encontraban importantes apoyos en los trabajadores del sector de servicios, más allá del histórico proletariado industrial, y apuntalaban, con sus políticas asistenciales, el Estado de bienestar. Desde mayo de 1968 y la invasión de Checoslovaquia, cientos de miles de jóvenes europeos nutrieron nuevos movimientos sociales —vinculados al pacifismo/antimilitarismo, al feminismo o a la ecología— que abandonaban el sueño revolucionario para defender una sociedad civil democrática, y que asumían formas de organización menos jerárquicas y centralizadas.

La legalización del PCE y los primeros pasos dados por Santiago Carrillo para reconocer a la monarquía parlamentaria colocaron a los comunistas españoles ante un futuro inmediato plagado de esperanzas.

Algunos de esos cambios aparecieron en España en los años finales de la dictadura franquista y en los primeros de la Transición. Desde los años sesenta, el control absoluto que la dictadura intentaba ejercer sobre los ciudadanos no pudo evitar la movilización social contra la falta de libertades. El movimiento de Comisiones Obreras, orientado por grupos comunistas, creó una nueva cultura sindical, alejada de la que impulsaron la CNT y la UGT, que utilizaba los canales de participación que el marco franquista permitía.

Debido a ese escenario peculiar, tan diferente al francés y al italiano, o al portugués desde la Revolución de los Claveles de abril de 1974, el PCE tuvo una notable influencia en el movimiento estudiantil, en las fábricas y en muchas asociaciones vecinales que se formaron en torno a reivindicaciones relacionadas con el problema de la vivienda, la falta de servicios públicos o la carestía de la vida. Cuando esa protesta urbana derivó pronto hacia cuestiones políticas como la petición de amnistía y la demanda de Ayuntamientos democráticos, el PCE funcionó como una plataforma de concienciación política, de oposición a la dictadura y de escuela de una cultura democrática.

La legalización del PCE el 9 de abril de 1977 y los primeros pasos dados por Santiago Carrillo para reconocer a la monarquía parlamentaria colocaron a los comunistas españoles ante un futuro inmediato plagado de esperanzas. Que no se cumplieron por los pobres resultados que el PCE obtuvo en junio de 1977 —el 9,3% de los votos y 19 escaños—, en marzo de 1979, hasta llegar al desastre de octubre de 1982, solo 4 escaños, que provocó la dimisión de su secretario general.

Es verdad que la veterana dirección comunista tenía estrechos vínculos con la generación de la Guerra Civil, que el recuerdo traumático de aquel conflicto violento, el legado del autoritarismo y el miedo al comunismo impuesto por la dictadura pesaron como una losa en los primeros años de la Transición. Pero la crisis del PCE tuvo muchas similitudes con la que sufrió el eurocomunismo en otros países desde finales de los setenta. Cuando los partidos comunistas de Europa occidental abandonaron de forma tardía el modelo soviético, otros actores representaban ya de una forma más clara, y con más apoyos sociales, el socialismo democrático.

Julián Casanova es historiador.

Las brujas de la noche, una pesadilla para los alemanes durante la II Guerra Mundial

15 marzo, 2018

Fuente: http://www.historiasdelahistoria.com

Javier Sanz, 22 de agosto de 2013.

La ideología de los líderes nazis siempre estuvo salpicada por el esoterismo y la magia, pero si alguna vez tuvieron verdaderos motivos para creer en brujas las responsables fueron las Nachthexen (brujas de la noche). Así llamaban los alemanes a las aviadoras militares del 588º Regimiento de Bombardeo Nocturno de la Unión Soviética.

El 2 de noviembre de 1938, Polina OsipenkoValentina Grizodúbovatres y Marina Raskova recibieron la distinción de Heroínas de la Unión Soviética por varios récords en distancia de vuelo; eran las primeras mujeres en recibirla y las únicas antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Marina Raskova, que también había sido la primera mujer instructora en la Academia Aérea, fue personalmente entrevistada por Stalin y le otorgó el grado de Mayor.

Marina Raskova

Marina Raskova

Cuando Hitler rompió el Pacto de No Agresión con la Unión Soviética, Marina lideró una campaña para que las mujeres también pudiesen luchar contra los alemanes en el aire. En 1941, y gracias a su amistad con Stalin, consiguió su objetivo: se crearon tres Regimientos aéreos compuestos únicamente por mujeres… entre ellos el 588º Regimiento de Bombardeo Nocturno. Este Regimiento estaba compuesto por unas 400 mujeres, entre pilotos y personal de tierra, y tenían una media de edad de 22 años. Cuando Marina se encontró con todas ellas, le asustó que mujeres tan jóvenes pudiesen morir…

¿No tenéis miedo de ir al frente? ¿No sabéis que los alemanes os pueden matar? – preguntó la Mayor

No si les disparamos primero, Mayor Raskova – contestaron al unísono.

Los alemanes avanzaban rápidamente y el aprendizaje que duraba varios años en la Academia Aérea quedó reducido a unos pocos meses… tuvieron que someterse a un duro entrenamiento físico y a un cursillo intensivo en tácticas de combate, pero ninguna de ellas se quejó por ello. Además, los aviones destinados al Regimiento de Bombardeo Nocturno eran los Polikarpov U-2 (Po-2), el biplano más producido en el mundo creado, inicialmente, para prácticas de vuelo y la fumigación de los campos.

Po2

Po-2

El problema de estos aviones es que eran demasiado lentos, obsoletos -fabricados en 1927- y que estaban construidos de madera y lona. Aquellas “escobas voladoras“, sin radio ni paracaídas -decían que preferían morir que caer en manos de los alemanes-, llevaban dos tripulantes (piloto y navegante) y tenían capacidad para dos bombas que, en algunas ocasiones y debido a los obsoletos sistemas de lanzamiento, debían tirar a mano. En principio, no tenían ninguna posibilidad frente a los veloces cazas alemanes pero su maniobrabilidad les permitía realizar bruscos y rápidos virajes que dificultaban enormemente la posibilidad de ser abatidas. Además, su lentitud les permitía volar tan bajo como para hacerlo entre bosques donde los cazas alemanes no podían acceder.

Debido a su escasa capacidad de carga, las brujas de la noche realizaban varias operaciones en la misma noche siguiendo siempre la misma táctica: cuando se acercaban al objetivo paraban sus ruidosos motores y planeaban hasta llegar al objetivo, lanzaban las bombas y volvían a encenderlos para salir de allí.

Nos era simplemente incomprensible que los pilotos soviéticos que nos daban tantos problemas eran…. mujeres. Estas mujeres no le temían a nada. Venían noche tras noche en sus destartalados aviones…

Desde 1941 hasta el final de la guerra, las mujeres de este Regimiento realizaron 23.672 misiones y lanzaron más de 3.000 toneladas de bombas. Hasta 23 “brujas de la noche” fueron condecoradas por la Unión Soviética. La Mayor Raskova falleció en una misión en 1943. Otras aviadoras con nombre propio fueron: Nadya Popova y su tripulante Katya Ryabova llegaron a realizar 18 misiones en una noche; la teniente Irina Sebrova intervino en 1.008 misiones y sobrevivió las dos veces que fue derribada consiguiendo llegar a su base.

Incluso si fuera posible reunir y poner a sus pies todas las flores en la tierra, no constituiría suficiente homenaje a su valor.

Popova y Ryabova

El Hombrecino que guardó durante 30 años la lista con los nombres de sus amigos fusilados

12 marzo, 2018

Fuente: http://www.yorokobu.es

Esta es la historia del reencuentro de un anciano con su memoria. También es la historia de una lista de nombres de los que desaparecieron al principio de la Guerra Civil Española en un pueblo de Badajoz llamado Almendral. Francisco Rodríguez guardó esta lista en su monedero durante más de 30 años para no olvidar a ninguno de sus amigos y conocidos que fueron fusilados por las tropas franquistas.

Muchos trabajaron con él en el campo. Francisco, que tenía 17 años cuando empezó la Guerra Civil, nunca le contó a nadie los horrores que había presenciado en su pueblo hasta que su nieta, la fotógrafa Susana Cabañero, empezó a interesarse por las historias de su abuelo.

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«Le decían el Hombrecino porque a los 14 años ya hacía el trabajo de un hombre», cuenta Cabañero. «Cada vez que me leía los nombres de la lista, me contaba con todo lujo de detalle quién era cada persona, cuál era su apodo, cómo se lo habían llevado, en qué día y en qué circunstancias. La mayoría eran republicanos o personas comunes que habían sido denunciadas por los vecinos», añade.
El Hombrecino no militaba en ningún partido político cuando las tropas de Franco irrumpieron en la paz bucólica de este pueblecito rural. «Para huir de los nacionales, se escondió en las montañas junto a otras personas, pero bajaba de vez en cuando al pueblo a por comida. En una de estas expediciones fue capturado y le ofrecieron dos opciones: alistarse con los franquistas o morir. Por esta razón mi abuelo tuvo que luchar con Franco. No le hizo ninguna gracia. Después siempre ha sido comunista», revela la fotógrafa.

Past and Present

Durante muchos años sus abuelos mantuvieron un prudente silencio acerca de aquellos años grises de miedo y represión, aunque de vez en cuando en la intimidad familiar surgían relatos sobre sus años mozos, que Cabañero absorbía con avidez. «Yo era consciente de que la gente de mi entorno, de mi generación no sabía mucho sobre aquella época. Era de las pocas personas que tenía un testimonio directo de aquellos años. Por eso tuve la idea de hacer un proyecto fotográfico», explica.

En 2006 la fotógrafa empezó a grabar estos testimonios en vídeo. Desde el primer momento quedó patente el recelo de su abuela, Cecilia González Zambrano, a abrir aquella dolorosa caja de Pandora y la obsesión del Hombrecino por no olvidar. «De una forma natural comencé a centrar el trabajo en mi abuelo y, sobre todo, en la lista de nombres que llevaba guardada en el bolsillo desde hacía más de 30 años. Yo siempre supe de ella. Cada vez que hablaba de la guerra, la sacaba del monedero y leía los nombres de aquellas personas que vivían en su pueblo y en los alrededores. A veces lloraba», recuerda Cabañero.

Desde el principio la fotógrafa se dio cuenta de que la lista se convertiría en la gran protagonista de su historia. «Él nunca me dijo de dónde la había sacado, a lo mejor por miedo. Lo descubrí mucho tiempo después, cuando comencé a investigar y me enteré de que había más listas como aquella. Alguien había impreso los nombres de las víctimas del franquismo cuando empezaba la democracia y repartió la lista entre los que la quisieron. La hicieron para la gente no olvidase a los fusilados y a los desaparecidos», relata la fotógrafa.

Cada vez más sumergida en las mareas de la memoria, Cabañero decidió visitar algunas de las antiguas fosas en la que habían empezado a exhumar a las víctimas de la guerra. La fotógrafa necesitaba entender lo que impulsaba a los familiares a buscar a sus allegados durante años e incluso décadas.

Flowers in the trench.

«Allí me di cuenta de que el centro de todo era la lista. Era una lista muy concreta de personas muy concretas, pero al mismo tiempo era muy universal porque hablaba de los desaparecidos de una guerra, de cualquier guerra. Hablaba de los sentimientos que produce la desaparición de un familiar. Las personas que estaban en las exhumaciones decían que lo más importante de su vida había sido encontrar a sus seres queridos, y que solo después de hallarlos podían morir en paz. A mí eso me llegó al alma», señala la autora de El Hombrecino.

En 2011 su abuela falleció. Poco después, Cabañero se empecinó en llevar a su abuelo a su pueblo natal por última vez para que se reencontrase con los fantasmas de su pasado. Hacía más de 20 años que él no regresaba a su tierra. «Mi abuelo se mostró reticente al principio porque no se encontraba con muchas fuerzas. Decía que no podía aguantar el viaje. Mi madre tampoco estaba muy convencida, pero la experiencia fue preciosa», cuenta la fotógrafa.

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Holding hands

Fue el último viaje del Hombrecino. «Mi abuelo rejuveneció varios años cuando llegó al pueblo. En aquella época ya había empezado a olvidar algunas cosas, pero una vez en Almendral se acordaba de todo. Estuvimos con un antiguo alcalde que conocía mucho de la historia del pueblo, de la guerra y de estas personas. Nos llevó a los lugares donde habían hecho las exhumaciones. Él mismo había decidido hacerlas por su cuenta cuando era alcalde. Casi todas las personas que estaban en esta lista habían sido exhumadas y entregadas a sus familiares», recuerda Cabañero, que está trabajando en un fotolibro que se llamará El Hombrecino.

Junto a su abuelo y a su madre, visitó el cementerio, donde por fin descansaban en paz casi todas las personas de la lista. «Mi abuelo vio a mucha gente que conocía. Fue un reencuentro con los nombres de la lista, es decir, con los que estaban muertos, pero también con los que todavía vivían y que se encontraron por última vez con él», afirma.

To the mass grave

A la vuelta del viaje, la memoria de Francisco comenzó a fallar. Cuando un día su nieta le preguntó por la lista, su respuesta fue demoledora. «Mi abuelo preguntó: ‘¿Qué lista?’ Ya no se acordaba de ella. Yo flipé. Lo más raro es que fui a buscarla en su monedero y ya no estaba. Pregunté a mi madre y al personal de la residencia en la que vivía: nadie sabía dónde estaba. Yo creo que alguien cogió sus pantalones para lavarlos con el monedero dentro y la lista se deshizo porque era de papel», narra.

Para la fotógrafa, el proyecto se cerró de un modo natural y, de alguna forma, curioso. «Cuando mi abuelo perdió la memoria de la lista, la lista también desapareció. Esto aconteció cuando acabábamos de volver de viaje. Mi conclusión es que por fin podía olvidar estos nombres y morir en paz. Y fue lo que ocurrió poco después. Fue un cierre muy bonito», asegura.

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Peace

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Bones.

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Cuando la amistad está por encima de la competición, incluso en unos juegos olímpicos

7 marzo, 2018

Fuente: http://www.historiasdelahistoria.com

Los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 tuvieron dos grandes protagonistas: Hitler y el atleta estadounidense Jesse Owens, ganador de las pruebas de 100m, 200m, 4x100m y salto de longitud. Pero en este artículo no voy a hablar de ninguno de ellos, los protagonistas de esta historia son dos atletas que no ocuparon los titulares de los medios pero que demostraron que la amistad está por encima de las marcas y los resultados… los saltadores de pértiga nipones Shuhei Nishida y Sueo Oe.

medalla de la amistad

En la prueba de pértiga el estadounidense Earle Meadows consiguió superar 4,35 metros y los japoneses Shuhei Nishida y Sueo Oe consiguieron un mejor salto con 4,25 metros. A las nueve de la noche y después de varias horas saltando sin poder superar los 4,25 metros ninguno de los dos, la organización decidió zanjar el tema y propuso a la delegación japonesa que fuesen ellos los que determinasen el reparto de la medalla de plata y bronce. A efectos del medallero, Earle Meadows se llevó el oro, Nishida la plata -por haber conseguido el mejor salto en su primer intento- y Oe el bronce. Como aquella decisión no satisfizo a los pertiguistas japoneses, decidieron arreglarlo a su modo cuando regresaron a Japón. Llevaron ambas medallas a un joyero local y le encargaron que las cortase por la mitad y luego las volviese a unir para que cada una de ellas tuviese una mitad de plata y la otra de bronce. A aquellas medallas se les llamó “las medallas de la amistad”.

Medalla de la Amistad

Lamentablemente, esta historia hoy en día, donde sólo vale ser el mejor incluso pasando por encima de tus rivales, es harto difícil que se vuelva a repetir.