Posts Tagged ‘Historia’

Palestina, una mirada al origen del conflicto

22 octubre, 2018

Fuente: blogs.elpais.com

Por: F. Javier Herrero 31 de julio de 2014

Hagana

Inmigrantes judíos a bordo del Theodor Herzl intentan desembarcar en Haifa, 1947. / Fitzsimmons (AP) 

Margen Protector, la tercera operación de castigo puesta en marcha por Israel contra Hamás desde que se inició el cerco de la Franja de Gaza en 2007, ha provocado una tragedia humanitaria que supera ya las 1.300 víctimas mortales palestinas, la mayoría de ellas civiles (entre ellas, muchos niños), en un nuevo intento israelí por acabar con la capacidad militar de las milicias islamistas. Asistimos al último capítulo bélico de un conflicto que echa sus raíces en las últimas décadas del siglo XIX, cuando Palestina era una provincia del imperio otomano y un sector del judaísmo europeo decidió que había de crear allí un estado judío.

En esas décadas finales del siglo XIX zozobra en muchas sociedades europeas la asimilación de sus poblaciones judías, que una vez emancipadas legalmente prosperan y alcanzan un lugar notable en muchos ámbitos, lo cual genera un temor antisemita que provoca tensiones como la del caso Dreyfus en Francia o los pogromos antijudíos rusos en 1881 tras el asesinato del zar Alejandro II. Como mecanismo de respuesta, coincidiendo con la aparición de los nacionalismos modernos que sacuden Europa del Este, surge el sionismo, el movimiento político que fundó Theodor Herlz, autor en 1896 de Der Judenstaat (El Estado de los Judíos) y que preconiza la creación de un estado judío que sirva de centro espiritual para la diáspora. El I Congreso Sionista, celebrado en Basilea en 1897, aprueba una resolución que planea la creación de ese estado y, tras valorar anteriormente opciones como Uganda o la Patagonia, se decide que se ubique en Palestina. En esos años bisagra del nuevo siglo se llevan a cabo las primeras aliyah (migraciones), que tienen un fuerte componente ruso y polaco, al calor de un eslogan tan falaz como el que acuñó Israel Zangwill: “Una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”.

Palestina era una realidad muy diferente y muy viva en aquel momento. Una población de medio millón de árabes, con 80.000 cristianos y 25.000 judíos en pacífica convivencia y étnicamente indiferenciables, habitaba 672 localidades con un sector agrícola respetable y una industria manufacturera en desarrollo. Pero el proyecto sionista ya se había puesto en marcha y en paralelo a la llegada de colonos se compran tierras a propietarios árabes absentistas que no viven en Palestina. Hacia 1910 la población judía aumenta a 75.000 personas y controla 75.000 hectáreas de tierra. Habrá que esperar al derrumbamiento del imperio otomano al acabar la I Guerra Mundial para que el potencial conflicto se haga realidad.

Con la guerra europea entran en juego los intereses de las potencias coloniales. Gran Bretaña tiene en el Canal de Suez su punto neurálgico de comunicación con sus posesiones en el subcontinente indio. El control del territorio al norte de Suez aseguraría la tranquilidad en el canal y los británicos quieren que árabes y judíos tomen las armas contra el dominador turco. Para convencer a los árabes, mediante un lenguaje poco claro y calculado, Gran Bretaña les prometió la independencia en casi todo su territorio pero los judíos se llevaron algo mejor que promesas. El ministro de Exteriores James Balfour entregó en noviembre de 1917 una carta al banquero Rothschild, cuya familia financió generosamente al sionismo, en la que se declara que “el Gobierno de Su Majestad contempla favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío, y hará lo que esté en su mano para facilitar la realización de este objetivo…”.

Revuelta arabe

Jinetes árabes durante la Gran Revuelta cerca de Nablús, 1938 / AP  

Tras la Paz de Versalles y la creación de la Sociedad de Naciones, tiene lugar en abril de 1920 la Conferencia de San Remo que decide la concesión de los mandatos de Siria y Líbano a Francia y de Mesopotamia y Palestina a Gran Bretaña. En el caso de Palestina se le hacía a Gran Bretaña responsable de aplicar la Declaración Balfour. En este documento también se establecían garantías para las comunidades no judías, las cuales hacían inviable el programa máximo del sionismo, lo que unido todo ello a los intereses estratégicos británicos se convertía en un tremendo galimatías de muy difícil salida.

La administración británica estableció cuotas anuales a la entrada de inmigrantes judíos y se facilitó la creación de la Agencia Judía, un gobierno autónomo en toda regla que se hizo cargo de la comunidad hebrea y que aceptó todas las medidas de Londres que le favorecían, por cortas que fuesen, siempre que no les hiciesen renunciar a su objetivo final. Gracias a Histadrut, la central sindical judía, y al Fondo Nacional, que les provee de tierras, más militantes sionistas se establecen en Palestina, y su implantación, aún destacando el idealismo de muchos de ellos, no carece de una dimensión colonialista favorecida por la metrópoli británica, que hace que se desprecie al autóctono con el fin de excusar y fomentar su expolio, como destaca Alain Gresh en Israel, Palestina – Verdades de un conflicto (Anagrama).

Enfrente, los árabes carecían de un liderazgo que ofreciese una alternativa sólida, con una serie de familias notables divididas por la influencia británica, que se encastillan en el todo o nada que no proporciona ninguna solución, pues ellos consideran un agravio que se hable de su derecho a compartir la tierra, y sólo en 1936 se deciden a crear un Alto Comité Árabe, equivalente a la entidad judía. Pero las chispas ya han saltado y la frustración que se extiende entre el pueblo palestino desata revueltas y pogromos como los de 1929 en Jerusalén y en Hebrón, donde son asesinados 80 judíos.

La inestabilidad permanente acaba desembocando en la Gran Revuelta árabe entre 1936 y 1939. Desobediencia civil, huelgas y acciones de guerrilla tienen lugar contra la potencia mandataria británica que se ve apoyada por la comunidad judía. En julio de 1937 se hace público el Informe Peel, una propuesta de arreglo que ya expresa la partición del territorio en dos zonas, árabe e israelí, y una franja central controlada por Londres. Los palestinos rechazan indignados la propuesta y la revuelta vuelve a hervir, aprovechando que la tensión europea impide el traslado de tropas británicas a la zona de manera suficiente hasta después de la Conferencia de Múnich. Finalmente Londres renuncia a la partición y la revuelta pierde fuelle aunque el Alto Comité Árabe anuncia la creación de un Gobierno nacional en el exilio.

Rey david

En 1939 suenan tambores de guerra en Europa y Gran Bretaña no quiere enajenarse el apoyo árabe por lo que aprueba un Libro Blanco que restringe la inmigración judía y prohíbe la compra de tierras árabes, que es rechazado por el muftí Amin El Huseini, mientras el sionismo pone el grito en el cielo con poco éxito porque no tiene más remedio que acabar apoyando a los británicos frente a Hitler y el Tercer Reich. La II Guerra Mundial aminora en parte las tensiones internas en Palestina pero nada se para. La inmigración clandestina continúa y las milicias sionistas organizadas por David Ben Gurion en la Haganá, embrión del futuro ejército israelí, están bien consolidadas, mientras 30.000 hebreos que habitan Palestina luchan en el frente aliado adquiriendo destreza militar. La postura británica, cerrada a admitir refugiados judíos del infierno que se está viviendo en Europa, hace que facciones armadas judías como Irgún, de Menajem Beguin, o Stern, de Isaac Shamir, se lancen desde febrero de 1944 a una campaña de atentados terroristas contra intereses británicos y árabes.

Cuando acaba la guerra en Europa y sale a la luz el horror del Holocausto que han sufrido los judíos en los campos de exterminio nazis, un gran número de víctimas quieren huir de Europa hacia Palestina pero Gran Bretaña mantiene el cierre y estos son devueltos a Europa o enviados a Chipre.

Proclamacion gurion

Durante unos meses la Haganá se une a la lucha armada contra los británicos, hasta que el grupo de Beguin comete en julio de 1946 en el Hotel Rey David, cuartel general militar y administrativo británico, un brutal atentado en su ala sur que se cobra un centenar de muertos [imagen superior del atentado por Hulton/Getty].

El sionismo deja de mirar a Gran Bretaña para hacerlo ahora hacia EE UU, y Truman en octubre de 1946 pide públicamente que se lleve a cabo la partición de Palestina. En febrero de 1947 Londres reconoce su fracaso anunciando el fin del mandato para julio de 1948 y decide someter la cuestión palestina a las Naciones Unidas. La comisión creada al efecto traza un plan de partición que es sometido a la Asamblea General de la ONU y aprobado en noviembre de 1947 en la resolución 181: el estado judío ocupará el 55% de Palestina, con medio millón de judíos y 400.000 árabes, y el estado árabe, el resto con 700.000 árabes y unos miles de judíos. Jerusalén queda aparte con una población paritaria de 200.000 personas. Ben Gurion da el visto bueno al plan por puro tacticismo y el 14 de mayo de 1948 proclama la creación del estado de Israel [fotografía arriba de la proclamación por AFP]. Como afirma M. Á. Bastenier en La Guerra de siempre (Península), “el Holocausto del pueblo judío será un poderoso elemento de convicción para que Europa obre en favor de la instauración del estado sionista como forma de conjurar sus propios demonios interiores”. La conciencia de culpabilidad occidental sobre el genocidio hará que los palestinos acaben pagando el precio de un crimen que no habían cometido. El rechazo palestino a la división de su patria ya no tiene receptor y por la fuerza de las armas y el terror durante unos meses el sionismo lleva a cabo la expulsión de más de 700.000 árabes y 400 aldeas son arrasadas. Es la Nakba, la catástrofe, el comienzo de la pesadilla para un pueblo de la que todavía no ha despertado, como pueden atestiguar estos días los palestinos gazatíes.

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Los choctaw. Los nativos americanos que fueron protagonistas de una muestra de solidaridad histórica

14 octubre, 2018

Fuente: http://www.historiasdelahistoria.com

Los Choctaw, un pueblo nativo americano ubicado en el sudeste de los Estados Unidos en el actual territorio de Mississippi, fueron el primer pueblo que sufrió el traslado forzoso, vestido de acuerdo amistoso, a las reservas indias. En 1830, el Congreso de los EEUU aprobó el Tratado de Dancing Rabbit Creek, un proyecto personal del presidente de los EEUU, Andrew Jackson, que consistía en la cesión de los 11 millones de acres (45.000 km2) de la Nación Choctaw  a cambio de unos 15 millones de acres (61.000 km2) en el territorio de la actual Oklahoma. En un principio los jefes de los Choctaw mostraron sus reservas por tener que abandonar las tierras de sus antepasados pero, al final, tuvieron que ceder. Aún así, consiguieron incluir una cláusula…

Cada cabeza de familia de los Choctaw que desee permanecer en sus territorios y convertirse en un ciudadano de los Estados Unidos, se le permitirá hacerlo […] tendrá derecho a la reserva de seiscientos cuarenta acres de tierra…

Los Choctaw se convirtieron en dos grupos distintos: la nación en Oklahoma (conservaron cierta autonomía y siguieron regulándose con sus propias normas y tradiciones) y la tribu de Mississippi (sometidos a las leyes del gobierno de los EEUU). De esta forma, la parte de los Choctaw que se quedaron en Mississippi se convirtieron en el primer grupo étnico no europeo en obtener la ciudadanía de EE.UU. Unos 1.300 Chochtaw eligieron esta última opción y unos 15.000 iniciaron el llamado Trail of Tears (Camino de Lágrimas), una marcha de más de 800 km en la que casi el 20% de ellos murieron por hambre.

The Trail of Tears

En 1845, a 5.000 km de distancia, se producía la Gran Hambruna irlandesa. La ineficiente política económica, los métodos inadecuados de cultivo y, sobre todo, la aparición de determinadas enfermedades que destruyeron la cosecha de patatas, causaron una gran mortandad entre los irlandeses… entre uno y dos millones de irlandeses murieron de hambre. Las noticias de la hambruna llegaron a los EEUU y muchos emigrantes irlandeses trataron de ayudar a sus compatriotas. En 1847, 16 años después de haber sido ellos mismos víctimas de la hambruna, los Choctaw se vieron reflejados en aquel sufrimiento y dieron un ejemplo de solidaridad histórica. Ellos, que apenas tenían para cubrir sus necesidades y que ni sabían dónde situar geográficamente Irlanda, consiguieron reunir 175 dólares (unos 70.000 en la actualidad) para ayudar a las familias irlandesas. Lo único que ambos pueblos tenían en común era el hambre… y la humanidad.

Fuentes y Fotos: Max D. Stanleysuite101Choctaw

Josep Fontana, la huella de un historiador

2 octubre, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Josep Fontana fue un historiador de referencia, respetado y seguido por quienes buscaban caminos de renovación en la enseñanza y escritura de la historia.

Josep Fontana en una entrevista en 2017.
Josep Fontana en una entrevista en 2017. ALBERT GARCIA EL PAÍS

 

La victoria franquista en abril de 1939 y las posteriores décadas de dictadura se manifestaron, por lo que a la historiografía se refiere, en la imposición de una perspectiva reaccionaria y antiliberal que ignoró en todo momento la esfera socioeconómica y que levantó un poderoso dique de contención frente a las nuevas corrientes en las ciencias sociales occidentales y los análisis de fuerzas anónimas y colectivas.

Cuando en los últimos años de la dictadura pudo salirse poco a poco de esa miseria, no había, sobre la edad contemporánea, tradición historiográfica que reivindicar y se tuvo que aportar en unos pocos años todo un nuevo repertorio de hipótesis, problemas y estudios empíricos. Josep Fontana fue uno de los primeros en hacerlo y sus investigaciones sobre la crisis del Antiguo Régimen y las transformaciones del siglo XIX español le convirtieron, ya desde comienzos de los setenta, en un historiador de referencia, respetado y seguido por quienes buscaban caminos de renovación en la enseñanza y escritura de la historia.

En una profesión muy dada a la especialización y a las preocupaciones microscópicas, Fontana demostró dominar un amplio campo de acción. Cuando la historiografía y la teoría de la historia apenas formaban parte del aprendizaje del historiador, publicó Historia. Análisis del pasado y proyecto social (1982), tratado pionero en España. Casi 50 años separan La quiebra de la monarquía absoluta (1814-1820), publicada en 1971, de su última obra, El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914 (2017). Cinco décadas, en suma, de investigaciones, hipótesis, teorías y preguntas sobre el quehacer del historiador.

Pero la huella de Fontana va mucho más allá de su obra y de su trayectoria como profesor universitario. Desde la editorial Crítica, de la mano durante muchos años de Gonzalo Pontón, acercó al público español a algunos de los historiadores más distinguidos del mundo, desde Eric Hobsbawm a E. P. Thompson, pasando por Mary Beard, Pierre Vilar o David S. Landes. Su currículo está lleno de libros, artículos en revistas científicas, decenas de conferencias en América Latina y, sobre todo, charlas en los centros de educación secundaria.

En los últimos años fue discutido por otros historiadores por su defensa del marxismo, por su compromiso político y por sus ideas acerca de España y Cataluña, expuestas en escritos y entrevistas en medios de comunicación. Disputas y desprecios al margen, muchos le recordarán por sus fecundos escritos sobre la España contemporánea y por su rechazo de la historia como una serie de grandes acontecimientos orquestados por los grandes hombres. Ahora parece fácil asumirlo, pero en las universidades españolas de los años setenta eso sonaba a música subversiva.

Julián Casanova es catedrático de Historia de la Universidad de Zaragoza.

Las últimas víctimas de Hitler, los propios alemanes

1 octubre, 2018

Fuente: http://www.historiasdelahistoria.com


Hildegar Fink, alemana de 75 años de edad, tenía sólo cinco años cuando fue expulsada junto a su familia de Rosternitz, un pueblo de los Sudetes en la actual República Checa. Meses después de que Alemania perdiese la guerra, ella y su familia, igual que otras muchas, comenzaban a pagar la deuda de haber sido alemanes en la Alemania Nazi. De la noche a la mañana tuvieron que abandonar sus hogares, como miles de alemanes de Europa central y oriental, hacia un rumbo desconocido. Para Fink fue la experiencia más horrible que recuerde, pero luego, cuando se consolidó la unificación de Alemania a inicios de la década de 1990, también se sentía extranjera. Los alemanes de los Sudetes exigen la derogación de los Decretos de 1945 firmados por el presidente checo Edvard Benes (1894-1948). Su promulgación supuso la expulsión de este país de las minorías de alemanes y húngaros, la expropiación de sus bienes, la nacionalización de sus empresas y la pérdida de su nacionalidad al ser expulsados sólo por ser alemanes.

A muchos les obligaron a abandonar sus hogares, otros huyeron por temor al Ejército Rojo o a los milicianos checos o polacos, otros temían represalias de sus vecinos como venganza por las recién desveladas atrocidades cometidas por los nazis en los territorios del Tercer Reich; a otros les obligaron a firmar, antes de ser expulsados, que renunciaban a todos sus bienes y donde declaraban “irse libremente”. Además, desde la Conferencia de Postdam de agosto de 1945, los aliados habían decidido mover la frontera de Alemania a la línea formada por los ríos Oder y Neisse, lo que significó el traslado de otros miles de alemanes o personas de origen alemán dentro de las nuevas fronteras alemanas. Lo curioso, es que después de casi 60 años de la II Guerra Mundial, y acostumbrados a agachar la cabeza por los crímenes del nazismo y cansados, tal vez, de ser siempre verdugos, comenzaron a mostrarse como víctimas de la Historia Contemporánea.

¿Por qué se rompió este tabú? En la década de 1950, la República Federal Alemana no tuvo tiempo de reparar en el pasado nazi porque había todo un país por reconstruir, en cambio en la República Democrática Alemana ignoraron todo lo que los milicianos polacos y checos cometían a la población alemana en venganza por los crímenes nazis. Fueron las guerras de los Balcanes en la década de los 90, con su limpieza étnica y su ola de refugiados, las que hicieron que los alemanes recordaran y entendieran las reivindicaciones de los Sudetes, ya que veían las mismas imágenes de las expulsiones alemanas tras la II Guerra Mundial. Alemania tardó más de 60 años en entender que también eran víctimas, e incluso recordaron los bombardeos indiscriminados al final de la II Guerra Mundial en pueblos alemanes sin ningún sentido. Para muchos historiadores ignorados hasta entonces, estos alemanes fueron las últimas víctimas de Hitler.

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Libros de Guido Knopp y Enrik Franzen contienen imágenes a color y blanco y negro de las atrocidades sufridas por los alemanes después del éxodo: cadáveres en las aceras, mujeres y niños huyendo, niños pequeños en medio de la calle, miles de mujeres violadas por el Ejército Rojo y las milicias, hombres desnudos siendo golpeados con la esvástica pintada en sus espaldas y algunas fotos de mujeres y hombres con brazaletes blancos con una gran de Niemiec (alemán en polaco) en venganza por la estrella de David que debían llevar los judíos durante el régimen nazi.

Pero ahora surge un debate que aún no tiene clara postura, no sólo en Alemania sino con los vecinos de Europa del este. Existían proyectos para construir en Berlín un Centro contra las Expulsiones pero no tuvo buena acogida especialmente en Polonia y República Checa. No fue hasta 2009 cuando Angela Merkel dio el apoyo para la construcción de un monumento para los desplazados alemanes después de la II Guerra Mundial, pero algunos lo consideran como una burla, ya que también en Berlín se construyó un monumento en recuerdo de las más de 6 millones de víctimas del Holocausto Judío perpetrado por la Alemania Nazi.

Los alemanes piensan que es hora de honrar también a sus propias víctimas, ya que no pueden ser crucificados por la Historia sólo por ser alemanes durante la Alemania de Hitler.

Colaboración de Edmundo Pérez.
Fuente: A paso de cangrejo – Grass, G. Sobre la historia natural de la destrucción – Sebald, W. B.

La justicia de Franco

11 septiembre, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Los consejos de guerra, por los que pasaron decenas de miles de personas entre 1939 y 1945, fueron farsas jurídicas

Vista de la explanada del Valle de los Caídos.
Vista de la explanada del Valle de los Caídos. MARISCAL EFE

La principal característica del terror que se impuso en la posguerra es que estaba organizado desde arriba, basado en la jurisdicción militar, en juicios y consejos de guerra. Tras la típica explosión de venganza en las ciudades recién conquistadas por los vencedores, los paseos y las actuaciones de poderes autónomos, como los escuadrones de falangistas, dejaron paso al monopolio de la violencia del nuevo Estado, que puso en marcha mecanismos extraordinarios de terror sancionados y legitimados por leyes.

Con la jurisdicción militar a pleno rendimiento, se impuso un terror frío, administrativo, rutinario. Los consejos de guerra, por los que pasaron decenas de miles de personas entre 1939 y 1945, eran meras farsas jurídicas, que nada tenían que probar, porque ya estaba demostrado de entrada que los acusados eran rojos y, por lo tanto, culpables.

El sistema represivo procesal levantado tras la guerra, consistente en la multiplicación de órganos jurisdiccionales especiales, mantuvo su continuidad durante toda la dictadura. Cuando una ley era derogada, la nueva normativa reiteraba el carácter represor de la anterior. Es lo que pasó, por ejemplo, con la Ley de Seguridad del Estado de 29 de marzo de 1941. Fue derogada seis años después, sustituida por el decreto ley de 13 de abril de 1947 de represión del bandidaje y terrorismo, que mantenía la pena de muerte para diversos y variados delitos. Otro instrumento básico de persecución, la Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo de 1 de marzo de 1940, tuvo todavía mayor continuidad, obsesionados como estaban Franco y los vencedores de la guerra por considerar máximos responsables de todos los males de España a quienes caían bajo ese amplio paraguas de la masonería y el comunismo. El Tribunal Especial que estableció esa ley fue suprimido el 8 de marzo de 1964, aunque, en realidad, una buena parte de sus atribuciones habían sido asumidas desde 1963 por el Tribunal de Orden Público.

Murió Franco y allí estaba todavía el TOP, disuelto finalmente por un decreto ley de 4 de enero de 1977. Los datos de los procedimientos incoados por el Tribunal de Orden Público (TOP) prueban claramente la escalada de la represión en el crepúsculo de la dictadura y comienzos de la transición: en los tres años finales de esa jurisdicción (1974, 1975 y 1976), con Arias Navarro en el Gobierno, se tramitaron 13.010 procedimientos, casi el 60 por ciento del total de los doce años de funcionamiento.

Con el paso del tiempo, la violencia y la represión cambiaron de cara, la dictadura evolucionó, dulcificó sus métodos y pudo ofrecer un rostro más amable, con un dictador que inauguraba pantanos y repartía aguinaldos a los trabajadores.

Pero por mucho que evolucionara y mitigara sus métodos, la dictadura nunca quiso quitarse de encima sus orígenes sangrientos. El terror ajustó cuentas, generó la cohesión en torno a esa dictadura forjada en un pacto de sangre. Hasta el final.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza.

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Cuando Drácula se convirtió en el mejor aliado del Papa

11 agosto, 2018

Fuente: http://www.historiasdelahistoria.com

El Papa Pío II reunió a los representantes de la cristiandad en el Concilio de Mantua (1459)  para convocar una nueva cruzada contra los turcos que, desde la toma en Constantinopla, avanzaban por el Este de Europa. El llamamiento fue recibido con indiferencia por los líderes europeos -más preocupados por las disputas entre ellos- con la excepción de Matías Corvino, rey de Hungría, y Vlad III, príncipe de Valaquia, también conocido como Vlad TepesVlad el Empalador… o Drácula. La crueldad de este personaje histórico sería la fuente de inspiración para la criatura literaria que vio la luz en la novela de Bram Stoker Drácula (1897). El origen del nombre de Drácula viene de su padre Vlad II Dracul que fue miembro de la Orden del Dragón (Dracul) fundada para proteger el cristianismo en Europa del Este.

Realmente, tanto Corvino como Vlad tenía a los turcos a las puertas y, lógicamente, eran los más interesados en que prosperase la propuesta; así que, se aliaron y recibieron del Papa 40.000 ducados para reunir un ejército que detuviese a los turcos. Sintiéndose fuerte, Vlad decide no pagar el tributo exigido por el sultán Mehmed II (10.000 ducados y 500 muchachos para su ejército de jenízaros) como muestra de vasallaje. El Sultán no puede consentir aquel desprecio y ordena asesinarlo. Para ello, el general turco Hazma Bey solicita reunirse con el príncipe de Valaquia para tratar los términos de un nuevo acuerdo. Vlad, sabiendo que era una trampa, acepta la propuesta y prepara a sus hombres para tenderles una emboscada. Captura a la delegación turca y, siguiendo un riguroso orden, los empala dependiendo de su rango: los de más alta graduación militar en estacas más altas. Ahora que es él quien controla la situación, y sin encomendarse al Papa ni a su aliado, decide seguir adelante. El grueso del ejército turco esperaba al otro lado del Danubio la orden de atacar cuando el príncipe hubiese sido asesinado, pero son sorprendidos en medio de la noche por las tropas de Vlad… y derrotados. El resultado de las correrías de Vlad al otro lado del Danubio fueron más de 20.000 hombres empalados en un bosque de estacas.

En palabras de Nicolás de Modrussa, legado del Papa…

Él mató a algunos rompiéndolos bajo las ruedas de los carros, otros fueron despojados de sus ropas y desollados vivos, otros insertados en estacas y colocados sobre brasas al rojo vivo, la mayoría empalados con estacas que entraban por el ano atravesaban sus entrañas y salían por la boca…

Y el Papa, ¿qué opinaba de este bosque? Pues supongo que tendría que decir que era una masacre pero, por otro lado, Vlad ayudó a mantener a raya a los otomanos y consideraría que el bosque de empalados era un arma psicológica contra los infieles.

Fuente: “De lo humano y lo divino

Franco y Fidel, enemigos cordiales

18 julio, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Por: F. Javier Herrero 05 de junio de 2014

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Manuel Fraga y Fidel Castro preparan una queimada en Láncara (Lugo)/ Xurxo Lobato

Tras el fallecimiento de Franco, el corresponsal de la Agencia Efe en La Habana envió un despacho del que se hicieron eco algunos de los más prestigiosos periódicos del mundo y que decía lo siguiente: “Pocas horas después de conocerse la muerte del general Franco, el Gobierno revolucionario de Cuba decretó luto oficial por tres días. Desde el jueves las banderas ondean a media asta en todo el territorio cubano. El Presidente de la República, doctor Osvaldo Dorticós, ha enviado un mensaje de condolencia al presidente del Gobierno español, Carlos Arias Navarro (…)”. Cuando se lee esto da la impresión de que o no se ha entendido bien o hay una errata en el texto. No es así. La Cuba de Fidel Castro homenajeó al dictador como ningún otro país hizo, si bien quiso mantener la comunicación del decreto en niveles privados para quedar bien con España y evitar, a la vez, un escándalo internacional. Este gesto adquirió con el tiempo aún mayor relieve pues al año siguiente murió Mao Tse Tung y el Gobierno de Cuba no tuvo el mismo detalle con el líder comunista chino. Se trataba del último capítulo de una peculiar y chocante relación de dos dictadores en las antípodas ideológicas que decidieron actuar con un ‘subterráneo’ pragmatismo y una complicidad que ha generado un enorme interés entre historiadores y politólogos.

Desde 1959 los acontecimientos fueron forjando un mutuo respeto que acabó llegando a la admiración. El vínculo común a Galicia fue un factor que favoreció esa aproximación. Franco creció, al igual que los militares de su generación, con un sentimiento antiamericano que venía de la derrota contra EE.UU. en Cuba en 1898. En palabras del propio Fidel, recogidas en Biografía a dos voces de Ignacio Ramonet (Debate), “Franco tiene que haber crecido y haberse educado con aquella amarga experiencia (…). Y lo que hizo la Revolución Cubana, a partir de 1959, resistiendo a Estados Unidos, rebelándose contra el imperio y derrotándolo en Girón, puede haber sido visto por él como una forma de revancha histórica de España. En definitiva, los cubanos, en la forma en que hemos sabido enfrentarnos a Estados Unidos y resistir sus agresiones, hemos reivindicado el sentimiento y el honor de los españoles.” El ‘centinela de Occidente’ intuía que a Castro, en su enfrentamiento con el imperialismo americano, no le movía únicamente la ideología marxista sino que el factor nacionalista y patriótico llegaba a ser incluso más importante. Historiadores como Joaquim Roy (La siempre fiel: Un siglo de relaciones hispanocubanas (1898-1998), Ed. Los Libros de la Catarata) constatan que Franco reclamó informes a sus colaboradores para conocer más a fondo a Castro y otros comunistas célebres como Ho Chi Minh, a causa de la fascinación que despertaban en él.

Castro no desperdició ocasión alguna para criticar en público al régimen franquista, pero no a Franco. Recibió repetidas veces a los dirigentes comunistas españoles en La Habana, haciendo públicos elogios a Dolores Ibárruri, Pasionaria, y se rodeó de militares prestigiosos del ejército republicano como Enrique Líster y Alberto Bayo, instructor del grupo de revolucionarios cubanos que se entrenaron en México antes de embarcarse en el Granma. La infancia y juventud de Fidel aportan información en lo que se refiere a la singular relación de los dos dictadores. Hijo de Ángel Castro, un acaudalado terrateniente gallego nacido en Láncara (Lugo) que emigró a Cuba en 1905, se formó principalmente en escuelas jesuitas de Santiago de Cuba. Sus profesores fueron religiosos españoles partidarios firmes sin excepción de Franco en la Guerra Civil española. En casa el joven Fidel también fue testigo de cómo su padre, persona influyente de su comunidad, se manifestaba sin ambages a favor de su paisano de Ferrol.

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España mantuvo con la Cuba de Fulgencio Batista una relación amable, que se mantiene con el triunfo del nuevo gobierno revolucionario en 1959 y Franco no se podía quejar de la gestión de Juan Pablo de Lojendio, el embajador español en La Habana, durante el primer año de la revolución. Los exhaustivos análisis del catedrático Manuel de Paz Sánchez (Zona Rebelde y Zona de Guerra, Librería Universal-CCPC, y otros), experto en las relaciones trasatlánticas de España, explican los movimientos de Lojendio, que neutraliza los intentos de los republicanos españoles para que la nueva Cuba siga los pasos de México, lo que traería la ruptura con la España franquista y el reconocimiento del Gobierno de la II República en el exilio. La persecución a grupos contrarrevolucionarios caldea un ambiente en el que tuvo lugar un incidente diplomático grave e incomprensible en enero de 1960. Castro se encuentra en los estudios de la televisión cubana haciendo declaraciones en directo sobre la actividad opositora y alude al apoyo de la embajada española a esa actividad. Lojendio, arrebatado por su temperamento, irrumpe en los estudios [en la fotografía, un momento del incidente entre el embajador Lojendio y Castro en 1960 captada por Telemundo] ofendido y exige a Castro una rectificación en medio de un tumulto que deja boquiabierta a la audiencia televisiva. La expulsión del embajador es inmediata. Franco es informado del incidente y transmite al ministro de Exteriores Castiella su resolución: “Usted es el ministro. Haga lo que crea oportuno. Con Cuba, cualquier cosa menos romper”.

Efectivamente, Cuba y España superaron la crisis y no rompieron. Se impuso el pragmatismo y las relaciones se mantuvieron desde ese momento al nivel de encargado de negocios, mientras un Franco enfadado con su embajador, decidió lavar los trapos sucios en casa discretamente. Como él mismo afirma en Mis conversaciones privadas con Franco (Planeta), de su primo Francisco Franco Salgado-Araújo, “El acto de Lojendio puede significar que el presidente Castro, que está en plan comunista, no sólo rompa sus relaciones con España sino que reconozca al gobierno rojo en el exilio, (…)“. Lojendio, tras un período de inactividad, fue destinado a un puesto diplomático de segunda categoría en Berna.

La relación hispano-cubana se ve afectada por la entrada en escena de otro actor protagonista. Estados Unidos ve peligrar sus intereses en una zona en la que no tiene costumbre de convencer a sus oponentes con persuasión sino con el palo. La reforma agraria cubana y las expropiaciones a empresas y particulares norteamericanos son respondidas con la ruptura de relaciones diplomáticas y el inicio del famoso embargo económico en el otoño de 1960, que en febrero de 1962 es casi total. Una mayoría de países latinoamericanos rompe relaciones con Cuba y la Europa aliada de EE UU cierra sus puertas a la economía de la isla. La URSS y el bloque comunista acuden veloces a la voz de socorro de Fidel, pero ese embargo va a hacer agua también por otro punto que es España. Poco después de que el presidente Eisenhower de un espaldarazo a Franco con su visita oficial a Madrid, en 1960 se firma un acuerdo comercial entre España y Cuba, que será renovado e implementado en años posteriores.

El Gobierno norteamericano contempla estupefacto la política exterior española que no participa de las represalias contra Cuba y teme que tenga un efecto de contagio al resto de países hispanoamericanos. Solo los momentos de tensión de la crisis de los misiles, en octubre de 1962, detienen el intercambio comercial entre españoles y cubanos, de unas dimensiones opinables pero que tienen un valor moral inestimable para la Cuba asediada por Estados Unidos. Las líneas aéreas de Iberia mantienen a La Habana conectada con Europa, a los niños cubanos no les faltan juguetes españoles y el turrón de Jijona por Navidad o los autobuses Pegaso en las carreteras cubanas son la muestra de la buena voluntad del Gobierno de Franco.

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Ernesto ‘Che’ Guevara asiste a una corrida de toros en Madrid en 1959. / Hermes Pato

Estados Unidos blandió la amenaza del fin de las ayudas económicas a España para que abandonase su postura pero la renegociación de las bases americanas en suelo español en 1963 aparcó la medida. Estados Unidos acabará aceptando la posición española pero el tráfico marítimo se ve afectado por la tensión internacional en el Caribe. Los exiliados cubanos estaban muy enfadados con la política de Franco y grupos anticastristas, pertrechados por la CIA, atacaron en ocasiones a los buques españoles. En septiembre de 1964, el Sierra Aránzazu sufrió el ataque de lanchas anticastristas que descargaron 1.500 balas sobre el mercante, causando la muerte a tres marinos y heridas a seis. Estados Unidos negó cualquier implicación pero la diplomacia española logró que a partir de ese momento los buques españoles fuesen escoltados por la marina de guerra americana.

El Gobierno de Estados Unidos intentó sacar partido de la negativa de Franco a participar en el embargo a Cuba y pensó en utilizar la cercanía de ambas dictaduras para establecer un canal de comunicación secreto con La Habana. Franco aceptó la tarea de mediación y tras la captura y muerte de Ernesto ‘Che’ Guevara en Bolivia en 1967, se creyó por parte americana que había llegado la ocasión propicia. La paradoja que ha envuelto la relación de los dos gallegosel que fue héroe mítico de los revolucionarios del mundo y el feroz anticomunista,dio lugar a que Adolfo Martín Gamero, el diplomático español encargado de esa labor de mediación, viviese un episodio insólito y que narra Norberto Fuentes, biógrafo de Fidel. El diplomático fue recibido en Cuba por los hermanos Castro, que le llevaron de viaje por la isla. Cuando visitaron su casa familiar en Birán, cuál no sería la sorpresa del enviado español cuando en el dormitorio del padre de Fidel vio un telescopio y… ¡una foto de Franco sobre la mesilla de noche, que allí estaba desde siempre!

La normalidad de las relaciones entre ambos países fue plena desde 1974 en que se produjo el intercambio de embajadores. En 1992 Fidel realizó un viaje oficial a España y a Galicia donde pudo visitar la casa de su padre en Láncara y a sus parientes, acompañado del otrora franquista Manuel Fraga, otro gallego con conexión cubana en su niñez. EL PAÍS entrevistó en 1985 a Castro que hizo estas concluyentes declaraciones: “Franco no se portó mal, hay que reconocerlo. Pese a las presiones que tuvo, no rompió las relaciones diplomáticas y comerciales con nosotros. No tocar a Cuba fue su frase terminante. El gallego supo habérselas. Que se portó bien, caramba”.

La aristócrata que disparó a la nariz de Mussolini

8 julio, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Por: Manuel Morales 29 de mayo de 2014

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Ficha policial de Violet Gibson tras su detención. Imagen cedida por Capitán Swing.

¿Era complicado pegarle un tiro a Benito Mussolini? La multitud aclamaba en la romana plaza del Campidoglio al hombre que gobernaba Italia. La aristócrata irlandesa Violet Gibson, de 50 años, tenía a unos pasos a Il Duce, que acababa de salir del palazzo dei Conservatori de dar un discurso. Eran las once de la mañana del 7 de abril de 1926. Violet se acercó, empuñó su arma y mientras Mussolini levantaba el brazo para hacer el saludo fascista, ella alzó el suyo y disparó a quemarropa con su revólver Lebel, del ejército francés. Esta mujer pudo cambiar la historia pero su mala puntería y una bala encasquillada dejaron el intento de magnicidio en un rasguño en la nariz del líder. La historia de Gibson, una mujer imbuida de un exacerbado sentimiento religioso y perteneciente a una familia de la alta nobleza de Irlanda, no tuvo un gran seguimiento de los historiadores quizás porque desde el principio se la tachó de “solterona con problemas mentales”. En 2011, la periodista inglesa Frances Stonor Saunders (1966) reconstruyó su vida en La mujer que disparó a Mussolini, una biografía que ha publicado en castellano a comienzos de este año la editorial Capitán Swing.

Gibson pertenecía a una familia rica. Su padre ocupaba un escaño en la Cámara de los Comunes y fue nombrado lord Ashbourne. Violet siguió la tradición, presentaciones en la corte, bailes, actos sociales… hasta que decide abrazar el catolicismo para disgusto de su familia de fe anglicana. Es en esa etapa cuando Gibson comienza a sufrir problemas de salud, desórdenes nerviosos que espera curar en Roma, cerca del Papa. Allí, sin embargo, ahonda en su desorientación, se agrava su estado hasta un intento de suicidio en febrero de 1925. Después se convence a sí misma de que Dios le ha encomendado la misión de matar al Duce o al Papa. “Era contrario a la voluntad de Dios que Mussolini continuara existiendo”, declaró después en el juicio.

Stonor, que comenzó su trayectoria como realizadora de documentales en la BBC, trufa su relato de interesantes documentos oficiales: cartas personales, informes policiales, comunicaciones diplomáticas, artículos periodísticos, partes médicos… Además de contar la vida de Violet, esta historiadora aprovecha para trazar en paralelo algunos fragmentos de la de Mussolini: el niño conflictivo, el profesor que pega a sus alumnos, el hombre que huye a Suiza para eludir el servicio militar. A su vuelta, su charlatanería y proclamas contra el Gobierno de Italia le llevan a subir peldaños en el Partido Socialista hasta lograr su dirección.

La autora también establece comparaciones entre las vivencias de Violet con las de otros personajes de su época, Virginia Woolf, Scott Fitzgerald, Ezra Pound… sin embargo, las prolijas y numerosas referencias hacen farragosa en ocasiones la lectura del libro porque diluyen el relato sobre Gibson.

La labor de Stonor de desenterrar textos de la prensa y declaraciones de figuras políticas permite constatar hasta qué punto era vista con buenos ojos la figura de Mussolini, con especial admiración del entonces canciller Winston Churchill. A Il Duce se le consideraba un freno para la amenaza del comunismo. “El establishment británico nunca percibió que Mussolini podía ser más peligroso que Violet Gibson”, apunta Stonor Saunder.

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Mussolini, con las huellas en su cara del atentado de Gibson. / CAPITÁN SWING

El intento de Gibson de asesinar a Mussolini no fue el único perpetrado contra el hombre que quería emular a los emperadores de Roma. En los meses anteriores hubo una tentativa abortada (el socialista Zaniboni fue detenido antes de que pudiera disparar desde la ventana de su hotel). Después de la de Gibson sucedieron otras dos, protagonizadas por un anarquista que lanzó una granada de mano y un joven de 15 años que fue linchado de inmediato. Stonor subraya que estos atentados aceleraron la transformación de Italia en un Estado fascista, con nuevas leyes que acabaron con cualquier atisbo de disidencia.

La mujer que disparó a Mussolini recuerda la pantomima de juicio al que fue sometida Gibson. Mientras la prensa se esforzó en mostrar a un magnánimo Duce que quitaba importancia a lo sucedido, la diplomacia británica hizo todas las reverencias necesarias para no disgustarle. Lo más doloroso para Gibson fue el olvido de su familia, avergonzada por tener a una desequilibrada que había querido acabar con alguien tan importante. Tras casi un año de cárcel, sometida a humillantes pruebas psiquiátricas y físicas (examen de su útero incluido) fue puesta en la frontera de Italia con Francia y en cuanto pisó suelo inglés le diagnosticaron en solo unos minutos “locura delirante con paranoia”.

La última parte del libro resume los casi 30 años que Violet pasó en el manicomio de Saint Andrew, en Northampton, donde cursó reiteradas peticiones, todas despreciadas, para que la dejasen descansar en un centro religioso. La periodista aprovecha para mostrar cómo eran aquellos lugares, “para volverse uno loco”, los tratamientos contra las enfermedades mentales y algunas de las delirantes teorías médicas. Es aquí donde Stonor no disimula el cariño que sintió por su biografiada. Ni muerta se respetó el deseo de Stonor de dónde debían reposar sus restos. No se hizo pública su muerte. Ni amigos, ni nadie de su familia acudió al entierro. Todos querían olvidar a Violet Gibson.

La ciudad que soñó el dictador Videla

3 julio, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Por: EL PAÍS 21 de mayo de 2014

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Andreu Merino Vives

Jorge Rafael Videla [en la foto, de EFE, en una imagen sin fechar] murió hace un año, el 17 de mayo de 2013, a los 87 años en una celda de la cárcel Marcos Paz, en la provincia de Buenos Aires. El dictador falleció por causas naturales mientras cumplía cadena perpetua por el asesinato de 31 presos en una cárcel de Córdoba en 1976, en plena dictadura.  Delante del Tribunal que acabaría condenándole, Videla reivindicó la Junta Militar que gobernó el país desde 1976 hasta 1983, así como cada uno de los crímenes cometidos por el estado en ese periodo. Más allá de los familiares de muertos y desaparecidos, Videla murió sin ofrecer disculpa alguna a los argentinos que sufrieron un cambio social radical que pretendía borrar el pasado y construir un futuro ligado al de la Junta Militar. Buen ejemplo de eso fue la nueva vida que empezó en el año 1979 para la ciudad de Federación, en la provincia de Entre Ríos.

“Mi hogar ya no existe”. “Mi pueblo está bajo el agua”. Son afirmaciones recurrentes de los habitantes de Federación. La mayoría de los federaenses no tienen la posibilidad de volver a la casa de su infancia, o al colegio donde estudiaron. En 1979, la construcción de la presa hidroeléctrica de Salto Grande sumergió su pueblo y les obligó a trasladarse a una nueva ciudad, construida desde cero. Actualmente esta historia queda escondida tras la gente ataviada con batas y chanclas que pasean por sus calles. El Parque Termal  municipal, inaugurado en 1994, es el principal pilar económico de la ciudad, y uno de los reclamos turísticos más destacados de la provincia. El agua siempre ha sido un elemento inseparable de la naturaleza de Federación.

La presa de Salto Grande aparece a unos 70 kilómetros de la ciudad. Está ubicada en el río Uruguay, compartido entre el país homónimo y Argentina. En 1938 ambos estados estudiaron de qué manera podrían aprovechar sus aguas y en 1946 crearon la Comisión Técnica de Salto Grande a través de un convenio binacional. En un principio la obra tenía que edificarse bajo el mandato de Juan Domingo Perón, pero la falta de ratificación del gobierno uruguayo, que no llegó hasta 1958, no lo hizo posible. Fue en 1962 cuándo se finalizó el proyecto. En 1974 se autorizó el inicio de la obra, y en 1979 se empezó la construcción del lago artificial que dejaría la mayor parte del territorio de Federación bajo el agua. Por esta razón, en 1973 la Comisión Técnica había acordado erigir una nueva ciudad para los federaenses.

La huella de la dictadura

El ayuntamiento de Federación quiso que el traslado desde el viejo emplazamiento a la nueva Federación fuese participativo e involucrara a los ciudadanos. En esta línea, se organizó un plebiscito popular en enero de 1974. Los federaenses eligieron entre tres posibles nuevas destinaciones, y se impuso por mayoría de votos la conocida como La Virgen-Federación, actual terreno dónde se ubica el municipio.

El trabajo para construir la nueva ciudad comenzó entonces, pero quedó interrumpido a partir del 24 de marzo de 1976. Ese día, un grupo de militares liderados por el teniente general Jorge Rafael Videla detuvo a la presidenta Isabel de Perón y estableció la Junta Militar, presidida por el mismo Videla, comunicando a los argentinos a través de la televisión y la radio que desde entonces el país quedaba bajo control del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas. Empezaba lo que el ejército denominó Proceso de Reorganización Nacional. La dictadura que duraría hasta 1983.

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Capilla del viejo emplazamiento.

En lo que afecta a la ciudad de Federación, en primer lugar la Junta Militar no garantizó la construcción de la ciudad, lo cual provocó una reacción inmediata de los federaenses. Silvana Miller era sólo una niña de seis años en 1979, pero recuerda perfectamente la incertidumbre que provocó la falta de implicación de la dictadura: “La gente se reunía en la plaza o delante de la Iglesia para debatir sobre cómo conseguir la edificación de la nueva ciudad”. Por su parte, Dina Burna, actual responsable del grupo de trabajo de la Biblioteca Popular Rivadavia, considera clave la lucha de los ciudadanos para conseguir que el nuevo emplazamiento fuese una realidad: “La comisión que representó nuestros intereses en Buenos Aires fue vital”. Se trata de una comisión de federaenses que en septiembre de 1976 emprendió un viaje a la capital para hacer recapacitar a la dictadura en su intención de no construir un nuevo emplazamiento para la ciudad. Finalmente, el 25 día de ese mismo mes, los militares cedieron: la nueva Federación se iba a construir.

Pero no es oro todo lo que reluce. A partir de entonces el proyecto de la ciudad quedó inmerso en la falta de transparencia. Argumentando la falta de trabajo del anterior gobierno, y aprovechando que este no había comunicado prácticamente nada a la población, la Junta Militar hizo el proyecto a su medida. Carlos Mazurier, ahora trabajador de la Comisión Administradora para el Fondo Especial de Salto Grande (CAFESG), entidad gestora de los excedentes económicos que genera la represa, considera que la dictadura estafó a los federaenses: “La junta militar solo respetó la ubicación, pero no el modelo de ciudad”, cuenta Mazurier.

En la misma línea se manifiesta Carlos Pinselli, uno de los arquitectos que trabajó en el proyecto del nuevo emplazamiento. Según Pinselli la ciudad se urbanizó según criterios militares y sin respetar el proyecto original. “Se eliminaron todos los sitios dónde la gente pudiera reunirse, como las plazas o un centro cultural que había proyectado”, afirma el arquitecto. “Hasta se eliminaron unos puentes que comunicaban las veredas porque según los milicos podían provocar libertinaje”, añade.

Pese a todo, no es raro encontrarse con federaenses que a día de hoy aún consideran que Jorge Rafael Videla fue el gran artífice de la edificación de la nueva ciudad. La justicia que suponía construir una nueva ciudad para los vecinos fue visto para muchos como un gesto de gracia del dictador hacia el pueblo. A día de hoy, Federación aún continúa dividida entre los que otorgan todo el mérito de la construcción del nuevo emplazamiento a la lucha ciudadana y aquellos que afirman que “gracias a Videla tenemos ciudad”.

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Jorge Rafael Videla saluda a Augusto Pinochet en Puerto Montt (Chile) en 1978. / Getty

La dictadura sabía perfectamente que la construcción de la ciudad era una oportunidad única para colgarse medallas. De hecho, en un primer momento estaba previsto que el inicio del traslado al nuevo emplazamiento se celebrara el 24 de marzo de 1979, coincidiendo con el aniversario del golpe militar. Pero las condiciones meteorológicas lo impidieron, dejando la celebración del evento para el día 25. El mismo Videla presidió el acto, acompañado de las autoridades municipales.

La inauguración de la ciudad ponía fin a un traslado compulsivo, del que aún hoy los federaenses guardan un vivo recuerdo. Instantes después de abandonar sus casas para siempre, muchos vieron como las topadoras empezaban a destruirlas. Otros, como Gustavo Combis, prefirieron no verlo. Combis, que en 1979 tenía 17 años se fue de la ciudad antes de que empezara la demolición y volvió al cabo de 45 días, cuándo ya había nacido la nueva Federación. “No quise ver cómo acababan con todo”, sentencia. En Federación se distingue la forma que tuvieron de tomarse el traslado los vecinos en función de su edad. Graciela Racedo, actual responsable de la Secretaría de Turismo, era una joven de 14 años entonces: “Tenía muchas sensaciones nuevas, muchas expectativas”, aunque reconoce que mucha gente mayor “murió de tristeza”.

Alguien puede pensar que la expresión corresponde más bien a un recurso poético que a una realidad palpable, pero nada más lejos de la realidad. Pocas cuestiones suscitan tanto consenso entre los federaenses como el sufrimiento que el traslado de 1979 supuso a sus mayores. Rubén Darío Tallarico, vecino de Federación, hace una comparación muy ilustrativa: “Del mismo modo que un árbol viejo muere cuándo lo intentas trasplantar, los federaenses de más edad no soportaron el cambio de entorno”. “Es un precio muy alto tener que sacrificar personas en nombre del progreso”, concluye Ofelia Bordón, actual encargada del Hogar de Ancianos de la ciudad.

Los primeros días

La junta militar inauguró una ciudad dónde no había nada. Cuándo los federaenses recuerdan la primera imagen que conservan de la nueva Federación, la inmensa mayoría coincide en señalar que “no había un solo árbol, ni siquiera un poco de hierba”. De hecho, en Federación no se vio un árbol hasta medio año después de la inauguración de la ciudad, concretamente el 16 de setiembre de 1979.

Más allá del entorno natural, la distribución de los vecinos en sus nuevas casas también marcó la nueva idiosincrasia de Federación. Se les asignaron diferentes tipos de viviendas en relación al dinero que cada uno pudiera pagar por ella, y aunque años más tarde las casas pasarían a ser únicamente suyas, en un principio los federaenses se tuvieron que hipotecar. Todas tenían, o tendrían al cabo de poco, lo necesario para habitarlas (por ejemplo, cocinas eléctricas). Los gobernantes prometieron que la ciudad pagaría la electricidad más barata del país como recompensa al sacrificio que había supuesto el traslado. Una promesa que a día de hoy sigue sin haberse cumplido. Además, había un problema añadido: todas las casas eran iguales.

Dina Burna cuenta que al principio los vecinos no identificaban las viviendas y se equivocaban sistemáticamente. Eran iguales por fuera y también por dentro: “Tratabas de buscar que cada rincón de la casa tuviera algo de vos”, comenta Burna. Cecilia Moretti, entonces una niña de 6 años, recuerda que “la gente ponía algún elemento delante, como una silla o una maceta, para identificarlas y los niños los cambiábamos de sitio para gastarles bromas”.

Sin embargo, para Favio Castro, 44 años, esa igualdad urbanística trasciende el nivel de anécdota para convertirse en una herramienta que borró la identidad: “Destruyeron todo lo que nos identificaba, obligándonos a aceptar algo nuevo como si fuese la única solución”.

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Antigua iglesia de Federación, último edificio que se mantuvo en pie de la zona derrumbada.

Treinta y cinco años después, una de las divisiones de opinión presentes entre los federaenses es señalar cuál es su hogar. Para algunos ya no existe y para otros la Federación actual ya no es la “nueva”, sino su casa.  Muchos federaenses consideran que el Parque Termal significó el resurgir del pueblo y que todo el sufrimiento vivido hasta entonces quedó compensado por el nuevo referente económico de la ciudad.

Pero también los hay que creen que el progreso económico presente y la evolución de la ciudad no pueden sustituir el pasado que quedó inundado en 1979. “Aquí continuamos nuestras vidas, pero mi pueblo murió” considera Gustavo Combis. Por otra parte, Favio Castro también considera insuficiente el proceso de memoria histórica de Federación: “A los que han olvidado su pasado a cambio de una casa bonita, yo les diría que es un error ser únicamente lo que posees”.

A día de hoy, Federación no dispone de ninguna infraestructura pública que almacene todos los documentos históricos del traslado, ni de los primeros años en la nueva ciudad, o de los últimos en la vieja. La Biblioteca Popular Rivadavia está luchando para construir un archivo histórico, pero de momento chocan con la negativa de la municipalidad: “La negativa se debe a las prioridades de los gobernantes”, afirma Gustavo Combis, uno de los responsables del proyecto de la biblioteca.

Sin duda, la edificación del archivo sería un primer paso hacia la recuperación de la memoria en Federación. Pero aún quedan muchos más pasos por avanzar. Si hoy mismo alguien se pasea por la parte del viejo emplazamiento que no quedó inundada solo podrá ver ruinas del antiguo hospital, del antiguo hogar de ancianos y de otras edificaciones que han quedado en manos del tiempo y el olvido.

Andreu Merino Vives (Barcelona, 1989) es periodista.

Canallas que persiguen a canallas

1 julio, 2018

Fuente: http://www.blogs.elpais.com

Por: Manuel Morales 15 de mayo de 2014

Yampolsky

Reunión de escritores soviéticos en Dubulti (Letonia), en agosto de 1965. Yampolski está en la fila central (cuarto por la izquierda). El primero por la derecha en esa misma fila es Konstantínovski, con gorra blanca. / ARCHIVO PERSONAL DE YURI FIDLER

“Me siento como en un réquiem encargado para mí mismo”. Quien escribió con semejante amargura fue el autor ruso de origen judío Borís Yampolski (1912-1972), que contó lo que contemplaba en las reuniones que la Unión de Escritores de la URSS celebró a finales de los años cuarenta y a las que él, como otros muchos, acudía invitado. Eran unas citas en las que, como en un proceso kafkiano, los jerarcas de las letras podían ensalzar a un novelista, con los consiguientes beneficios materiales, como un piso, o señalar a un poeta para convertirlo en un olvidado y que sus obras no se difundieran.

Durante años, Yampolski reunió apuntes, retazos de aquellos cónclaves en un manuscrito inacabado llamado Asistencia obligada, que confió poco antes de morir de cáncer a su amigo, el también escritor Ilyá Konstantínovski (1913-1995). Este añadió a las notas de Yampolski sus impresiones para dar forma a un libro que no vio la luz en la Unión Soviética hasta 1990 y que ahora, por primera vez, se ha publicado en España (Ediciones del Subsuelo).

“La Unión de Escritores de la URSS era un gremio al servicio de una causa e impartía directrices sobre la misión que debía tener la literatura”, explica el prologuista y traductor de la versión española, Enrique Fernández Vernet. “El objetivo era difundir los valores que inspiraron la revolución socialista”. Yampolski recogió, “con un estilo descriptivo, de muchas anécdotas y metáforas”, lo que veía en aquellos encuentros de ambiente asfixiante, “en los que permanecía agazapado en la última fila”.

El novelista recurre en ocasiones a la animalización de los asistentes, “como si fuera una fábula”, dice Fernández Vernet, porque los hombres dejaban de ser hombres y se comportaban como animales: “Reuniones de gallinas, de ciempiés, de mariquitas, reuniones de pulgones”. El prologuista destaca “las cualidades literarias de Yampolski”. Un ejemplo son las descripciones de lo que observaba en la sala: “Un ovillo de figuras humanas, de calvas, cabelleras, narices largas, de rostros dentudos […] diminutos y esmirriados, como peras en compota, larvas apergaminadas, como moscas adheridas a tiras engomadas, carirredondos y de rojos carrillos”.

Nacido en la actual Ucrania, Yampolski fue un escritor precoz que con 15 años dejó su pueblo para ser periodista y con apenas 20 publicó sus primeros ensayos. Durante la Segunda Guerra Mundial fue enviado especial del periódico militar Estrella Roja y, después, del oficial Izvestia. Contó la guerra y combatió.

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Retrato de Yampolski. / ARCHIVO PERSONAL DE YURI FIDLER

Tras el conflicto, sus muestras de desencanto hacia el estalinismo, aunque no llegasen al enfrentamiento con el régimen, bastaron para su caída en desgracia. “No se puede decir que fuera perseguido pero dejaron de publicarse sus obras”, señala Fernández Vernet.

La puntilla llegó en 1968, cuando el partido lo amonestó por su defensa del denigrado novelista Andrei Platónov, cuyas obras seguían sin editarse a pesar de que llevaba más de tres lustros bajo tierra. Yampolski escribió un alegato, leído en una velada de escritores y filtrado después a las autoridades, que fue considerado “calumnioso e ideológicamente nocivo”. Yampolski escribe cada vez más “para el cajón”, sus libros ni se censuran, sencillamente no interesan. Harto del clima de persecuciones a grandes figuras, escribirá: “Y nuevos canallas hostigan abiertamente a otros canallas que en su día habían perseguido a personas íntegras”.

Sus últimos años son los de un hombre enfermo “que sentía amargura por lo injusto de la vida”. Fernández Vernet cuenta que hubo días que al acabar su tarea de traducción del original sentía “la tristeza de la vida de Yampolski, muy quemado porque había visto que no se reconocía a los mejores escritores, sino a los que medraban por su relación con las autoridades. Ni siquiera tuvo la resonancia de los grandes disidentes, como su amigo Vasili Grossman, o Solzhenitsyn”. En la edición de este libro se incluye precisamente Último encuentro con Vasili Grossman, texto de Yampolski de 1969 que no se publicó hasta 1976 y en el que cuenta una visita al célebre autor de Vida y destino y su entierro, rodeado de algunas plañideras que en vida le habían traicionado.

Asistencia obligada contiene también un útil “índice de autores rusos y soviéticos” de los siglos XIX y XX. Desde Isaac Bábel, víctima de la purga estalinista; el perseguido Mijaíl Bulgákov, el marginado Borís Pasternak y, en el otro lado, vates como Anatoli Sofrónov, antisemita, estalinista y autor de un sonrojante Himno al látigo.