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“Esto van Carrero, el rey, la Virgen y un etarra por el Valle de los Caídos…”

12 mayo, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

La derecha ultramontana ha recogido el guante de la “guerra cultural”, y se ha lanzado al contraataque. No van a dejar pasar ni una.

Isaac Rosa

06/04/2017 – 21:27h

El PSOE considera "urgente" sacar los restos de Franco del Valle de los Caídos
EFE

El chiste bomba. El chiste definitivo, el combo que te garantiza cárcel, multa y linchamiento mediático. Un chiste donde mezcles monarquía, Iglesia católica y ETA, con un par de toques de franquismo disfrazados de humillación a las víctimas (Carrero) y ofensa a los creyentes (el Valle de los Caídos). Lo salteas con gracia y consigues un chiste que reúne en una sola frase lo más top del Código Penal: el artículo 510 (odio), el 525 (ofensa a sentimientos religiosos), el 578 (enaltecimiento del terrorismo) y el 491 (injurias a la corona). “Esto van Carrero, el rey, la Virgen y un etarra por el Valle de los Caídos, cuando de pronto…”. A ver quién se atreve a terminar el chiste.

Se acumulan las denuncias o condenas por bromear con esos mismos ingredientes: Cassandra y Carrero, El Intermedio con el Valle de los Caídos, el cartel del carnaval gallego, el “santísimo coño insumiso“, el rapero y sus rimas sobre el rey, y hasta la bandera republicana denunciada en Cádiz… Si ampliamos a los últimos años, la hemeroteca está llena de actuaciones judiciales y/o linchamientos mediáticos por bromear con los cuatro pilares de la derecha hispánica: monarquía, iglesia, franquismo y ETA.

Casi siempre bromas, porque hemos asumido que el humor es la única coartada para decir ciertas cosas. “Sólo era una broma”, repetimos. ¿Y si hubiera sido en serio? ¿Sólo en broma puedo decir que el Valle de los Caídos, cruz incluida, me parece “una mierda”?

Hay quien piensa que no deberíamos gastar tinta y saliva, que son casos aislados, anecdóticos; que detrás solo hay cuatro zumbados ultras; y siempre quedan en nada. Pero no es cierto. A menudo la denuncia viene de la Guardia Civil ( apatrullando  las redes), la Fiscalía o el propio Gobierno. Y las consecuencias: multas, cárcel, linchamiento, y cada vez más miedo y autocensura.

De anecdótico, nada: lo que vemos es un contraataque en toda regla, la ofensiva de la derecha más ultramontana, que se lanza a por raperos, humoristas, títeres o protestas festivas, para que quede claro que no van a pasar ni una. Que están en pie de guerra y no les importa ni el “efecto Streisand” (rebautizado como “efecto Carrero”). Que no cederán un milímetro de terreno. Que pretenden ampliar sus dominios.

¿Queríais “guerras culturales”? Pues ahí las tenéis: la derecha cavernícola lanzada en tromba. En los tribunales, con jueces afines y leyes a medida. En los medios, ganando espacio (con un conquistador-evangelizador en la tele pública). Y una y otra vez marcando agenda, consiguiendo que aceptemos su marco de discusión y caigamos en sus trampas.

Estaba la izquierda tan ufana cambiando el traje de los reyes magos, rebautizando calles y pidiendo sacar la misa de TVE, y ¿qué esperaba? ¿Que la derecha se iba a quedar mirando? No. Se han lanzado al ataque. Al contraataque. Saben bien (lo saben mejor que la izquierda) que la batalla de los símbolos puede ser la primera escaramuza para posteriores batallas más materiales. Que uno empieza quitando la misa de la tele, y acaba derogando el concordato; y el que llama mierda al hiperprotegido Valle de los Caídos puede luego sacar la piqueta.

Por eso la primera trinchera está ahí, en lo cultural, en lo simbólico. Y para que Iglesia, monarquía, herencia franquista y nacionalismo españolista estén a salvo, no se puede consentir ni una broma.

El otro ‘Charlie Hebdo’

12 mayo, 2016

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

‘Le Canard Enchaîné’ es un emblemático semanario satírico que lleva un siglo fustigando a los políticos franceses. También está en el punto de mira de los extremistas.

Entramos en su redacción para conocer cómo sus periodistas y dibujantes siguen adelante tras el asesinato de sus colegas del ‘Charlie Hebdo’.

Las mesas de la redacción de 'Le Canard Enchaîné'.Ver fotogalería
Las mesas de la redacción de ‘Le Canard Enchaîné’. Antoine Doyen

Podría ser el patio de vecinos de cualquier edificio parisiense si no fuera por el inusual tráfico que registra su escalera. Por sus desgastados peldaños suben y bajan ilustres periodistas que dejaron atrás la edad de la jubilación hace lustros. Dibujantes conocidos por su mala baba trepan hasta el estudio de dibujo en lo alto de este inmueble de tres plantas situado en el corazón del viejo París. Se ve pasar a un par de secretarias aguerridas, que se acabarán revelando menos hurañas que al teléfono. También a algún joven recluta contratado para inyectar sangre nueva en estos pasillos vetustos. Y luego está Cléo, la verdadera guardiana del templo, que regenta la recepción de esta redacción desde 1975. “Durante estos años nos ha dado tiempo a ver de todo”, confesará al abrir la puerta de entrada y franquear el paso en dirección a un vestíbulo lleno de caricaturas pintadas al fresco sobre las paredes.

Lo que esta curtida recepcionista nunca habría creído que vería con sus propios ojos, según su confesión, es tener que trabajar con tres agentes policiales al otro lado de la puerta. “Intentamos no pensar mucho en ello. De todas formas, te pueden matar cualquier día en cualquier esquina”, suspira Cléo. Bienvenidos a Le Canard Enchaîné, el legendario periódico satírico que lleva un siglo fustigando a la clase política francesa. Desde hace un mes, el semanario se encuentra vigilado día y noche por dos furgones policiales. Tres agentes armados hasta los dientes dan la bienvenida al visitante en la entrada. La razón de semejante dispositivo de seguridad se resume en una nota de amenaza breve, pero contundente, llegada a la redacción la mañana posterior al atentado contra Charlie Hebdo que a principios de enero se cobró la vida de 12 periodistas y dibujantes. Rezaba lo siguiente: “Ha llegado vuestra hora. Os vamos a desmenuzar con un hacha”.

En un tiempo no muy lejano, juran que se habrían limitado a tirar la misiva a la basura y a echarse unas risas entre copas de burdeos a la hora del aperitivo. Pero este miércoles de invierno, cuando se cumplen tres semanas del ataque que ha dejado a Francia en un prolongado estado de conmoción, reconocen que aún no son capaces de reírse como solían. “No hay que caer en la trampa de la paranoia, pero tampoco podemos tomarnos las cosas a la ligera. Es posible que los locos que atacaron a Charlie cuenten con émulos todavía más chiflados”, reconoce el redactor jefe, Louis-Marie Horeau. Llegó al semanario en 1979, cuando era un joven y apuesto reportero especializado en asuntos judiciales. Hoy suma 67 años y se ha convertido en un señor redondo y afable, a cargo de una redacción formada por 50 personas que cada miércoles sacan adelante una publicación por la que los franceses tienen especial apego.

Sus caricaturas, según reza la leyenda, no son tan salvajes como las de Charlie Hebdo. Pero su subversión es más sibilina y seguramente mayor, igual que su prestigio entre la profesión. “La libertad de prensa solo se gasta si uno no se sirve de ella”, reza el eslogan del semanario. “Pese a las diferencias que nos separan con Charlie, compartimos el mismo combate contra el clericalismo”, añade Horeau. “La República debe protegernos de las religiones cuando estas pretenden intervenir en los asuntos públicos. La condición para vivir juntos es el laicismo”. Desde aquel funesto 7 de enero, el lugar está presidido por un retrato de Cabu, uno de los caricaturistas caídos en Charlie Hebdo, que llevaba varias décadas dibujando para ambas publicaciones. Sobre la mesa de Horeau siguen figurando hoy dos entradas para el teatro. Son para esta noche. Su acompañante no era otro que ese carismático dibujante al que los franceses creían inmortal. Al mencionar su nombre, se le colma el lagrimal. “Lo echamos terriblemente de menos. Era un hombre adorable. Me sigue sin entrar en la cabeza que alguien haya querido hacerle daño”, responde.

Sentarse a hablar con él no ha sido fácil. “El señor Horeau está ocupado. Los lunes no está para nadie. Y los martes, menos”, respondieron sus implacables secretarias a nuestra primera llamada. Cuando por fin respondió, tampoco dio saltos de alegría. “Mejor que lo dejemos para el año que viene”, propuso. Terminó por acceder, aunque con condiciones. La principal: respetar el gusto casi patológico por la discreción del que hace gala esta redacción. Fotografiar sus reuniones y su espacio de trabajo es casi misión imposible. “No nos gustan los periodistas que se prestan al espectáculo”, justifica Horeau. El resto de la redacción no será mucho más locuaz. “Es un semanario al que no le gusta comunicar nada. A los periodistas nos resulta delicado expresarnos en los medios, incluso a título personal”, dice uno de sus miembros. “Además, está bastante trastornado por lo sucedido. La prensa nos ha solicitado mucho estas últimas semanas”.

Le Canard Enchaîné está situado en plena Rue Saint-Honoré, una calle que parece resumir por sí sola la historia de la capital francesa en los últimos siglos. En las inmediaciones de la redacción, pegada al Palais Royal, tuvieron lugar las primeras reuniones de los enciclopedistas allá por 1750. Décadas después circu­laron por ese mismo eje las carretas que conducían a los condenados a la guillotina, instalada por los sans culottes en la vecina plaza de la Concordia. En el número 216, Alexandre Dumas tuvo durante años su despacho personal, donde trabajó junto al duque de Orleans, futuro rey Luis Felipe y último monarca francés. Y a la vuelta de la esquina se halla la iglesia de Saint-Roch, donde Francia se ha despedido de numerosas personalidades, de Diderot a Yves Saint Laurent. Es como si la propia geolocalización del semanario le inscribiera en los anales de la historia.

En 1915, el matrimonio formado por Maurice y Jeanne Maréchal tuvo la improbable idea de fundar este periódico izquierdista, antimilitarista y anticlerical. Su voluntad consistía en esquivar la omnipresente censura y ofrecer una mirada cáustica sobre el mundo que les rodeaba, en el año más sangriento de la I Guerra Mundial. “Le Canard Enchaîné ha decidido romper deliberadamente con todas las tradiciones periodísticas establecidas hoy día”, rezaba su primer editorial. “Se compromete a no publicar bajo ningún pretexto un artículo estratégico, diplomático o económico de ningún tipo. Solo publicará, tras una minuciosa verificación, noticias rigurosamente inexactas”. Maurice Maréchal, joven periodista procedente de los círculos parisienses de la extrema izquierda, decía contar con un férreo principio existencial. “Cuando descubro algo escandaloso, mi primera reacción es indignarme. La segunda es reírme de ello”, dejó escrito.

El periódico sigue guiándose hoy por esa misma máxima. Hace un siglo que la gaceta mantiene una cita inalterable con sus lectores, sazonada con viñetas firmadas por su nómina de dibujantes y con jugosos confidenciales, condensados en su célebre página 2, la más leída en los ministerios, que dan fe de las pequeñas miserias de la política francesa. Este miércoles describen cuánto cuesta al contribuyente mantener a los ex presidentes franceses que siguen vivos, Valéry Giscard d’Estaing, Jacques Chirac y Nicolas Sarkozy: nada menos que 6,2 millones de euros anuales. Algo más arriba cuentan cómo el primer ministro Manuel Valls hizo llorar a una de sus secretarias de Estado en una reciente reunión intergubernamental. Aunque en realidad son sus célebres exclusivas las que han logrado alterar el rumbo del país. ¿Se acuerdan del fraude electoral orquestado por Jacques Chirac en el Ayuntamiento de París? Lo descubrieron ellos. ¿La implicación del ministro Maurice Papon en la deportación de judíos, revelada a pocos días de la histórica victoria de la izquierda en 1981? También ellos. ¿Las torturas ejercidas por Jean-Marie Le Pen durante la guerra de Argelia, que les costó varios procesos judiciales? De nuevo ellos.

Le Canard Enchaîné despacha cerca de 400.000 ejemplares de cada número, más que Le Monde o Le Figaro y unas 13 veces por encima de lo que solía vender Charlie Hebdo antes del atentado. Desde principios de enero, la cabecera supera incluso el millón de copias por número publicado según sus cálculos. Le Canard Enchaîné se erige hoy como último superviviente de la estirpe de los sátiros franceses. Existen otros títulos, pero nunca del mismo calado. ¿Cómo se explica el éxito de este periódico de maqueta anticuada y tipografía antediluviana, impreso solamente a dos tintas –negro y rojo, no por casualidad–, sin página web digna de ese nombre y donde la fotografía está proscrita? Para más inri, tampoco cuentan con publicidad. “Es el precio de nuestra libertad. Así no tenemos miedo a decir maldades sobre grandes industriales. No pueden anular sus enormes contratos de publicidad, básicamente porque no existen”, resume Horeau. Pese a saltarse todas y cada una de las reglas imperantes para la supervivencia de la prensa en papel, el semanario sigue generando beneficios millonarios año tras año, por mucho que avance el siglo XXI.

En la segunda planta aparece un hombre ataviado con traje de franela y una afilada ironía. Jean-Michel Thénard desembarcó en el semanario tras abandonar un empleo “de lo más confortable” en la jerarquía de Libération, el diario que fundó Jean-Paul Sartre, otro hito de la irreverencia izquierdosa en el periodismo francés. Llegó aquí hace ocho años, pero sigue sintiéndose “un becario”, rodeado de periodistas que podrían tener la edad de su padre. Thénard acaba de salir de la reunión de los miércoles, con la que arranca oficialmente su semana laboral. En ella se distribuyen los temas que figurarán en el número siguiente. Los redactores dispondrán de dos días para investigar en el asunto asignado. Después pasarán todo el lunes escribiendo sus artículos, “a veces hasta las diez o las doce de la noche”, según una redactora, “a veces entre copas de vino y una tabla de quesos”. La jornada del martes la dedican a encontrar títulos ingeniosos y a perfilar esos retorcidos juegos de palabras que son marca de la casa. Hacia las tres de la tarde del martes, el periódico sale a imprenta. Un par de horas más tarde, un enjambre de mensajeros se acumula frente a la redacción. Su objetivo es distribuir los 600 primeros ejemplares a un puñado de clientespremium, que tendrán el privilegio de poder hojear sus páginas antes de que llegue a los quioscos a la mañana siguiente. “Solo los órganos gubernamentales y las redacciones de otros medios tienen derecho a este abono especial”, confían desde distribución.

Mientras tanto, los miembros de la redacción se reúnen en el almuerzo posterior al cierre, una tradición inmemorial que suele alargarse hasta que cae el sol. Thénard dice que es un rito importante: “Permite que el grupo se mantenga unido. Somos una pequeña estructura y es importante mantener la convivencia. No podemos permitirnos el lujo de la enemistad. No todo el mundo se adora, pero existe un vínculo entre nosotros”. Cuando la tragedia golpeó a Charlie Hebdo, Thénard se encontraba recuperando puntos de su permiso de conducir. Regresó corriendo a la redacción, para descubrir que Cabu había fallecido. “Este es un semanario muy republicano, que fue fundado en oposición al clericalismo que intentó imponerse durante el siglo XIX, contra aquellos censores que aspiraban a contar una única versión de la historia e impedir que cada uno pueda configurar su propia visión del mundo”.

Se ha reprochado a la cabecera su exagerada senectud, así como su escasa diversidad y su ausencia sistemática de mujeres y jóvenes. “El modelo del Canard está en crisis. No han sabido asegurar el recambio generacional y sus exclusivas han perdido en agilidad y contundencia. A menudo, sus investigaciones resultan decepcionantes”, apunta Karl Laske, gran firma de la investigación francesa y actual redactor de Mediapart, diario electrónico que lleva años robándole buena parte de su lectorado natural, además de coautor de Le Vrai Canard, donde incluso denunciaba su proximidad con el clan Sarkozy. “Durante muchos años fuimos un club de hombres viejos, pero ese tiempo ha quedado atrás. Hemos entendido que teníamos que renovarnos”, jura Horeau. Del medio centenar de personal de su redacción, 13 son mujeres, 7 de ellas periodistas.

“Estamos lejos de ser mayoría. Pero ¿sabe cuántas redactoras había hace solo 10 años? Ninguna”, relativiza una secretaria. La última en llegar ha sido Alicia Bourabaâ, de 25 años. “Es una pequeña estructura de tipo familiar, llena de grandes plumas, pero marcada por el buen ambiente y por una libertad que no existe en ningún otro medio”, asegura la redactora. “Procedo de un ámbito social donde no se leía la prensa. Mis padres no son periodistas ni personas de letras. No tenían ni medios ni contactos para abrirme las puertas de un gran diario. Así que trabajar en el Canard…”. No termina la frase, pero no hace falta. Su orgullo resulta transparente.

En la tercera planta, Claude Angeli arrastra su alargada silueta por una redacción que conoce como el patio de su casa. “Cometimos el error de creer que las mujeres no tenían sentido del humor. No cabe duda de que nos equivocamos”, concede al respecto. Este periodista de raza, que ha ejercido su profesión con estajanovismo confeso, lleva más de cuatro décadas en el lugar. Es decir, más de la mitad de su vida. En julio cumplirá 84 años y se jubiló hace solo dos, pero sigue escribiendo cada semana una columna de política internacional y acudiendo a la redacción casi a diario. Durante las tres décadas en que capitaneó el equipo, el Canard dejó de ser una gaceta satírica para convertirse en referente del periodismo de investigación. Constituyó una poderosa red de informadores anónimos –altos funcionarios con información privilegiada, ciudadanos anónimos con conciencia cívica, ministros decididos a traicionar a su familia política– que les alertaban ante los excesos del poder. “Entendí que no solo podía haber chistes. También necesitábamos información”, dice Angeli. “Hablar de periodismo de investigación siempre me ha parecido una redundancia. Nuestro trabajo siempre debería consistir en ir a buscar la verdad”.

Existió una época en que su concepción del oficio le convirtió en un peligro público. La prueba se halla al otro lado de la puerta del despacho del director, presidido por un gigantesco agujero en la pared. Fue socavado en 1973 por un equipo de supuestos fontaneros. En realidad, se trataba de los servicios de espionaje, enviados por el ministro de Interior de la época, Raymond Marcellin, que decidió colocar micrófonos para descubrir el origen de sus informadas exclusivas. Hoy siguen conservando intacto ese agujero como recordatorio de aquel Watergate de pacotilla, junto a una placa que lleva grabada una sardónica inscripción: “Donación de Marcellin, ministro de Interior”. “Nos acusaron de practicar el terrorismo periodístico y de esconder a agentes soviéticos”, dice este antiguo militante comunista, a quien la jerarquía expulsó en 1964 por sus libertades respecto al dogma. “En realidad, la amenaza eran ellos”. Medio siglo más tarde, Angeli sigue dando donde más duele sin temer las consecuencias. Incluso en estos tiempos de amenazas explícitas. “Llevo dos años cargando contra los yihadistas y demostrando que están financiados por Qatar y Arabia Saudí. Pero no vuelvo a mi casa con miedo”, afirma Angeli. “¿Qué quiere que haga? No tengo otra alternativa que contarlo. En eso consiste mi trabajo”.

Ryszard Kapuscinski decía que los cínicos no sirven para este oficio. Puede que este grupo de curtidos reporteros demuestre todo lo contrario. “La experiencia nos enseña que hacemos bien en no confiar en la bondad ajena, aunque sepamos que en el fondo debe de existir en algún lugar”, ironiza Horeau. Acto seguido desciende por última vez esa concurrida escalera, saludando a los agentes que velan por que no le quiten la vida y desapareciendo con la prensa del día bajo el brazo, mientras retoma el camino que lleva 35 años recorriendo sin cesar. Justo antes, le habrá dado tiempo de recordar uno de los momentos más duros en la historia del periódico: el suicidio del primer ministro Pierre Bérégovoy en 1993, tras un escándalo suscitado por una de sus revelaciones que destapó un probable caso de tráfico de influencias protagonizado por un político que se decía incorruptible. “Fue un auténtico drama humano”, asegura Horeau. “Pero nuestra primera reacción fue preguntarnos si habíamos hecho bien nuestro trabajo. Y periodísticamente hay que decir que el trabajo había sido impecable”.

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La iglesia de los descreídos

26 septiembre, 2015

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

Las misas de Sunday Assembly, la parroquia para ateos, no sirven para rendir pleitesía a ningún dios sino para entonar canciones, entablar amistad y escuchar conferencias.

Aupada por los desencantados y los agnósticos con inquietudes espirituales, ya cuenta con más de 60 delegaciones en todo el planeta como las de Londres, París y Ámsterdam.

Sunday Assembly en Conway Hall, Londres. / NICK BALLON

En esta iglesia no se escuchan sermones. No hay capellanes intrigantes ni devotos arrodillados. Sus misas dominicales no sirven para expurgar pecados ni incluyen ningún rito de comunión, a no ser que lo sea cantar himnos pop a todo pulmón en un multitudinario karaoke, tomar el té con desconocidos o presenciar conferencias sobre asuntos de candente actualidad. Aquí, los cánticos religiosos han quedado sustituidos por temas de los Beatles. A su oficiante se le da mejor contar chistes que respetar el sacramento de la eucaristía y, puestos a elegir, prefiere citar a Schopenhauer y a David Foster Wallace que a los apóstoles. Es Domingo de Pascua en el barrio londinense de Holborn. Los feligreses de esta peculiar parroquia han llegado a este lugar, como hacen dos veces cada mes, intentando encontrar algo de sentido a sus respectivas existencias. Como reclamo, sus responsables no han prometido la salvación, aunque sí un leve sentimiento de redención: ese que surge cuando uno intenta convertirse en “la mejor versión de sí mismo”.

Así se expresan, casi al unísono, los dos fundadores de esta peculiar congregación, que proponen actividades alternativas a la liturgia clásica y carcajadas aseguradas. A principios de 2013, Sanderson Jones y Pippa Evans, dos humoristas con cierta reputación en el circuito londinense de la comedia en vivo, crearon la primera iglesia pensada para ateos. La llamaron Sunday Assembly. La suya fue una idea de locos que terminó por cobrar sentido. Solo dos años después, la organización ha abierto delegaciones en 64 ciudades de todo el planeta, como Bruselas, Berlín, Hamburgo, Dublín, Budapest, Sídney, Melbourne, Nueva York, Washington, Chicago… La ola ha llegado incluso a Silicon Valley. Varias antenas adicionales están a punto de ver la luz en África, Asia y Latinoamérica, hasta acercar la franquicia a un total de un centenar de asociaciones hermanas. “Hemos superado de largo nuestras expectativas. Nos dijimos que, si funcionaba en Londres, podía funcionar en cualquier lugar del mundo, pero nunca imaginamos que todo iría tan rápido”, reconoce Jones, un tipo alto, sonriente y de físico un tanto mesiánico, minutos antes del inicio de esta asamblea dominical.

Todo empezó hace dos años en una vetusta capilla de Islington, el revalorizado barrio del noreste londinense donde residen Colin FirthKate Winslet y Emma Watson. Pero el lugar no tardó en quedárseles pequeño. Antes de morir de éxito, decidieron mudarse a un enclave con solera: el Conway Hall, sede de actividades de asociaciones humanistas desde 1929, así bautizado en honor de Moncure Conway, un insigne defensor de la libertad de expresión. Sobre el escenario de este edificio art déco, iluminado por la luz que entra por la claraboya del techo, aparece una cita de Hamlet: “Sé fiel a ti mismo”.

Sanderson Jones aparece en el pasillo central mientras el coro ensaya un tema de The Proclaimers que los asistentes entonarán, a sus órdenes, poco después. Su rostro resulta vagamente conocido. Hace años, este cómico de 33 años protagonizó una campaña televisiva para Ikea, tras dejar un trabajo en el departamento de publicidad del semanario The Economist. Hoy es lo más parecido a un arzobispo que pueda tener Sunday Assembly: es él quien dirige esta red de congregaciones seculares alrededor del mundo, quien visita país tras país para asesorarlas. Hijo de escoceses que vivieron por toda Europa por motivos laborales, Jones define su educación religiosa como “la clásica de un cristiano reticente”. Hoy se considera plenamente ateo. “Fui educado en colegios confesionales, donde nos obligaban a ir a misa cinco veces a la semana. Siempre me gustó cantar, escuchar los discursos y sentir que pertenecía a una comunidad. El único problema era que no creía en Dios”, ironiza. Hacia los nueve años empezó a tener serias dudas sobre su existencia, siguiendo las enseñanzas de un profesor de Ciencias Naturales que no dudó en hablarle del evolucionismo. “Un año más tarde, mi madre falleció. Eso me obligó, desde una edad muy temprana, a familiarizarme con conceptos tan intensos como la vida y la muerte. En lugar de empujarme hacia la amargura, la muerte de mi madre me hizo apreciar más el hecho de estar vivo. Desde entonces siento gratitud y deleite. Supongo que eso es lo que me ha traído hasta aquí”, relata.

Jones creó esta organización tras entender que no era el único en su situación. A su alrededor, empezó a detectar a otros jóvenes que habían renegado de su educación religiosa, descontentos con la postura ideológica de su Iglesia o sintiéndose incapaces de creer en las historias bíblicas. O bien educados en el más estricto ateísmo, pero experimentando una inquietud espiritual para la que no disponían de palabras y, todavía menos, de espacios de expresión. Para todas esas personas nació Sunday Assembly. “En la sociedad occidental, las Iglesias han perdido peso o incluso han desaparecido, pero no hay nada que haya ocupado su lugar. Alguien tenía que llenar ese hueco”, asegura Jones, subrayando el efecto positivo que la organización ejerce sobre sus feligreses. Según un sondeo reciente, realizado entre 350 personas, un 87% de los participantes se sentían “más felices” desde que empezaron a sumarse a sus actividades. La iglesia se financia a través de donaciones y campañas de crowdfunding. La primera, iniciada en 2013, pretendía recoger medio millón de libras (unos 700.000 euros). Fue un fracaso: se quedaron quince veces por debajo. Pese a no precisar las cifras con las que trabajan, sus responsables aseguran contar hoy con el suficiente presupuesto para asegurar su funcionamiento durante dos años más. Además, al final de cada reunión se realiza una colecta. También en eso se parecen a una iglesia tradicional.

Sanderson Jones, cómic y publicista de 33 años, fundó Sunday Assembly hace dos años en la capital británica. / NICK BALLON

Estas asambleas dominicales se inspiran en el modelo propuesto por algunas Iglesias del sur de Estados Unidos, donde no importa tanto la fe religiosa sino el vínculo invisible que une a sus integrantes. “A diferencia de lo que suele suceder en Europa, muchos estadounidenses guardan un buen recuerdo de la Iglesia en la que crecieron, incluso si han dejado de ser creyentes”, afirma Jones. “La recuerdan como el lugar donde fueron a los boy scouts o jugaron en la liga de fútbol, donde conocieron a su esposa o dejaron a cargo a su abuela cuando enfermó. El sentido de comunidad está mucho más marcado allí que aquí”, asevera. Tal vez no por casualidad, la organización se expande estos días a ritmo veloz al otro lado del Atlántico. Incluso en lugares como el Bible Belt, ese “cinturón bíblico” que va de Virginia a Texas. A día de hoy, la mitad de congregaciones de Sunday Assembly se encuentran en territorio estadounidense, donde los índices de ateísmo no han dejado de crecer en los últimos años. Según un informe que la National Science Foundation publicó en marzo, el país habría perdido 7,5 millones de creyentes desde 2012. Otro estudio, conducido por el Pew Research Center y publicado en mayo, señala que los no religiosos ya son más numerosos que los católicos (hasta ahora, primer grupo en número de fieles). Los primeros suman un 23%, siete puntos más que en 2007, frente a un 21% de católicos, tres puntos menos que entonces. En Reino Unido, las cifras también demuestran una involución de creyentes: según un sondeo de YouGov para The Times, el 33% de los británicos no creen en Dios, un punto por encima de los que sí lo hacen. Un 20% adicional dice contemplar una fuerza espiritual a la que no denomina con ese nombre.

Pese a que su alcance es todavía minoritario, Sunday Assembly aspira a erigirse en alternativa para esos cientos de miles de descreídos. Intenta convencerlos con un eslogan tan seductor como consensual: “Vive mejor. Ayuda a menudo. Asómbrate más”. En el arranque de esta misa aconfesional, entre las cuatro paredes del Conway Hall, logramos identificar algunos perfiles. Por ejemplo, a Stanley, un estudiante de 24 años peinado con rastas, a quien Jones ha encargado que reparta octavillas en la entrada. “Es mi primera vez. Un amigo me comentó el proyecto y me pareció interesante. Nunca había oído hablar de nada parecido”, explica el joven. En la sala está sentada Katie, estadounidense que trabaja en una agencia de publicidad londinense desde hace siete años. Fue educada en el luteranismo y sigue yendo a la iglesia de vez en cuando, aunque lo considera “compatible” con su pertenencia a esta congregación secular. “Vengo a escuchar las conferencias. En las otras iglesias no nos hablan de cómo controlar tu propia huella de carbono”, afirma. Unas filas más allá, Hildegarde, profesora de teatro jubilada, relata cómo descubrió que no era creyente mientras estudiaba en un colegio de monjas. “No dejaba de hacerles preguntas, porque no entendía cómo podían ser ciertas las historias que me contaban. Hasta que, una de las hermanas, harta de mis dudas sobre la existencia de Dios, se cansó y me gritó: ‘¡Es un misterio!”, recuerda. Ese día perdió la fe por siempre jamás. “Pero a veces echo de menos la liturgia, la ceremonia y la pertenencia a una comunidad. Por eso he empezado a venir aquí”, explica. En la última fila se presenta Haleema, médico de 41 años de origen paquistaní, que escucha con atención junto a sus tres hijas. “Es una buena manera de terminar la semana: ocupándose de uno mismo durante unas cuantas horas”, sostiene. “Yo fui educada en el islam, pero siempre creí que las historias que me contaban no tenían sentido y nunca me sentí cómoda con el dogma. Mejor estar aquí que en una mezquita. Por lo menos, es más divertido”.

Hay quien ha vinculado el movimiento al libro Religión para ateos, un ensayo del filósofo Alain de Botton, que proponía adaptar algunos principios eclesiásticos a la vida laica y secular. “Incluso si una religión no es cierta, ¿no podemos quedarnos con los mejores pedazos?”, rezaba la campaña promocional del libro cuando fue publicado en 2012. “La presente obra parte de la premisa de que se puede estar comprometido con el ateísmo y aun así creer que, esporádicamente, las religiones son útiles, interesantes y consoladoras, y sentir curiosidad suficiente por la posibilidad de importar algunas de sus prácticas e ideas a la esfera secular”, escribió el autor. De Botton planteaba organizar grandes ágapes en grupo, creando restaurantes donde sería obligatorio sentarse junto a un extraño para entablar conversación. O bien reintroducir la moral en el discurso artístico, practicar “ejercicios mentales” y hasta erigir un gran templo ateo de 46 metros de altura en el centro de Londres. ¿Fueron esas líneas las que inspiraron a Jones para crear Sunday Assembly? El fundador lo desmiente: “Ya habíamos tenido la idea antes que él. Pero es verdad que la publicación de ese libro me impulsó a actuar de una vez por todas. Me dije que, si no lo hacía yo, alguien me acabaría robando la idea”, reconoce. De Botton, por su parte, creó The School of Life, una institución educativa que oferta cursos de desarrollo personal y propone arengas laicas en el mismo lugar donde se celebran las reuniones de esta asamblea dominical.

A ratos, esta iglesia sui generis será incomprendida o ridiculizada, pero sus adeptos no dejan de multiplicarse. En septiembre pasado, una treintena de ciudades distintas se sumaron a la vez a este incipiente movimiento. Una agencia de referencia en cuanto a tendencias de consumo como JWTIntelligence ya había agregado el término godless congregations (“congregaciones sin Dios”) a su lista de 100 palabras clave para 2014. En los Países Bajos, por ejemplo, cuatro localidades crearon sus propias iglesias laicas: Ámsterdam, Róterdam, Utrecht y Apeldoorn. Uno de sus impulsores fue Jan Willem van der Straten, un joven de 25 años y frondosa barba de hipster que nos recibe sentado frente a un capuchino en un bar de De Pijp, otro barrio bohemio con pasado proletario al sur de Ámsterdam. Estudiante de Teología y Comunicación especializado en la naturaleza del secularismo, trabajó unos meses como voluntario al lado de Jones y Evans, antes de regresar a su país para supervisar la creación de estas cuatro delegaciones. “Crecí en una familia no creyente, donde la religión no tenía ningún papel. Fue a los 13 años, al descubrir a un predicador en la televisión, cuando empecé a considerar este tipo de nociones”, relata. Van der Straten será uno de los escasos dirigentes del movimiento que no se defina como ateo. Dice acudir a otras Iglesias –como Hillsong, evangélica y presente en 14 ciudades del mundo, que moderniza los cantos religiosos y los convierte en éxitos pop– y sostiene que Sunday Assembly no rechaza a nadie por sus creencias. En España no existe, de momento, ninguna sucursal de esta congregación, pese a que Van der Straten asegure que ha recibido mensajes de interesados en crear una. Tampoco las hay en Italia, Portugal o Grecia.

Público asistente a una misa laica. / NICK BALLON

Actualmente se redactan tres tesis doctorales sobre el fenómeno protagonizado por Sunday Assembly. Una de ellas es obra de la teóloga Katie Scholarios, de la Universidad de Aberdeen. “Sus creadores han estado obviamente influidos por el formato de la misa y se han inspirado en Iglesias cristianas”, afirma. “Sunday Assembly demuestra que, pese a las apariencias, existe un nivel subyacente de respeto a la fe en nuestras sociedades, aunque sean cada vez más seculares. Por ejemplo, este movimiento se muestra más respetuoso que provocador. El aumento del secularismo no implica necesariamente un descrédito o un menor respeto de las Iglesias”.
Van der Straten está parcialmente de acuerdo. “Más que de iglesia atea, habría que hablar de un movimiento secular al que todo el mundo es bienvenido. Solo somos una congregación que celebra la vida”, asegura. Pero el debate sobre quién puede formar parte de esta asamblea dominical y quién no ya ha provocado el primer cisma de esta organización: una parte de la delegación neoyorquina decidió escindirse de Sunday Assembly para crear Godless Revival, un grupo más estrictamente enmarcado en el ateísmo, al considerar que la propuesta de Jones se acercaba demasiado a la liturgia católica y era excesivamente tolerante respecto a los creyentes que deseaban asistir a estas misas ficticias. No son las únicas críticas que esta iglesia artificial ha escuchado. La editorialista Sadhbh Walshe los calificó de “chiste” en The Guardian. “Tienen todo el derecho a formar congregaciones y reunirse con gente que se parece a ellos, a compartir abrazos y planear cómo hacer el bien, pero no tienen derecho a apropiarse del ateísmo para su causa”, denunció. En el otro lado del espectro, el diputado norirlandés William McCrea, reverendo de la Iglesia presbiteriana, se dijo “preocupado” por la iniciativa cuando Sunday Assembly abrió una delegación en Belfast. “Puede que esta gente rechace a Dios, pero un día descubrirán que también proceden del Creador”, afirmó. En Estados Unidos, el abogado Doug Berger, conocido por su defensa del secularismo, los llamó “insípidos”, mientras que el bloguero Michael Luciano tildó a la iglesia de “ingenua” y “fatua”. En las redes sociales, algunas voces se han levantado contra su obsesión por las donaciones.

Para Niki Bosemberg, colombiana de 26 años, no deben existir límites. “Siempre y cuando no se hable de religión en la sala”, puntualiza. Llegó a París hace año y medio para trabajar como au pair, y se prepara para cursar un máster de traducción e interpretación. Es una de las fundadoras de esta asamblea dominical en la capital francesa, donde las primeras reuniones empezaron el pasado otoño. “Me educaron en el ateísmo, pero de mayor me volví espiritual”, explica. “Comparto valores con la Iglesia católica, como el amor al prójimo, pero nunca podría participar en ella. Me disgusta su dogma y su corrupción”. La delegación parisiense se ­reúne una vez al mes en la Casa de Japón, una pagoda ubicada en la Ciudad Universitaria. Sus reuniones están menos concurridas que en Londres, aunque no existan grandes diferencias en cuanto al programa. “La única es que a los franceses les cuesta más levantarse a bailar”, sonríe Bosemberg. Una de sus últimas invitadas fue Florence Servan-Schreiber, papisa de la autoayuda en Francia. Ante un público formado por maridos arrastrados por sus esposas y estudiantes resacosos de las residencias universitarias que circundan el lugar, la conferenciante se presentó como una “profesora de la felicidad” y dio consejos para “tonificar el nervio del amor”, a través de “estímulos positivos” y “espirales virtuosas”. En un momento dado, pareció que el canto de los pájaros se escuchara desde el jardín. Aunque resonaba con tanta perfección en el interior de esta pagoda parisiense que no quedó del todo claro si, en realidad, era solo un sonido enlatado.

Tú no eres Charlie

20 enero, 2015

Fuente: http://www.carnecruda.es

13 de enero de 2015, Javier Gallego

El cinismo, como la estupidez, por lo visto es ilimitado. Ahora resulta que son Charlie Hebdo hasta los que más prohíben. El atentado contra el satírico francés ha provocado que se suban al carro de la libertad los que más palos ponen entre sus ruedas. Medios de comunicación que censuran, Gobiernos que amordazan y líderes represivos se han envuelto en la bandera de la liberté con la que el resto del año se limpian el trasero. Si los humoristas asesinados levantasen la cabeza, harían una portada tan ácida que les secuestrarían el número. Como si lo viera.

En esa portada veríamos a los fascistas franceses de Marine Le Pen dar lecciones de libertad junto a Angela Merkel, la sargento que maneja Europa con mano de hierro y no deja ni que los griegos voten libremente. Veríamos a Gobiernos que negocian con tiranos y a tiranos llenarse la boca con la palabra ‘democracia’. Veríamos lamentar la violencia islámica al Occidente que ha financiado el yihadismo y lo ha alimentado con guerras imperialistas. Veríamos a líderes de países en los que se persigue a la prensa, como Marruecos, solidarizarse con las víctimas francesas de la libertad de prensa.

Veríamos al frente de una manifestación en memoria de periodistas asesinados a Netanyahu, primer ministro de Israel, país que dispara y mata a periodistas, como Estados Unidos, que también estaría en la marcha. Veríamos encabezar esa marcha por la libertad de expresión a políticos que cierran medios, destituyen directores de periódicos, manipulan la información, marginan a la prensa, demonizan a los periodistas y reprimen a los ciudadanos.

Ahí veríamos también al Gobierno de Rajoy con la ley mordaza, la represión policial, el control de los medios públicos y la coacción sobre los privados. Y veríamos a los directivos y directores de medios que silencian, manipulan y censuran, abrir a lo grande sus informativos y periódicos con la frase “Je suis Charlie”.

No, tú no eres Charlie. Tampoco lo son los periódicos ingleses y americanos que han pixelado la imagen de Mahoma al reproducir las polémicas portadas del semanario francés. Cobardía para honrar a unos valientes. Se solidarizan con los muertos, pero les corrigen con mojigatería o miedo. Lamentamos que les hayan matado pero no deberían hacer chistes ofensivos. Es casi como decir sin decirlo “Charlie Hebdo se lo buscó”.

Es una acusación velada que he oído estos días por lo bajini para no perturbar a los muertos: la derecha les critica por hacer chistes soeces sobre la Iglesia católica, la izquierda buenista les acusa de islamófobos y antisemitas por burlarse de ambas religiones. Están a favor de la libertad de expresión mientras no moleste. Curiosamente, piden respeto por religiones que no respetan la diversidad sexual ni morales distintas a las suyas. Libertad sí, pero sin pasarse, oiga.

Es algo que nos recuerdan en este país a diario. Al mismo tiempo que ocurría lo de Charlie Hebdo, en España la Audiencia Nacional admitía una denuncia contra el humorista de ‘La Tuerka’, Facu Díaz, por un sketch sobre la corrupción del PP con estética etarra, y a Alfon le sentenciaban a cuatro años de cárcel por la manifestación de la huelga general contra el Gobierno. Están a favor de la libertad de expresión mientras los chistes los hagas con Mahoma y no con Génova. Curiosamente, los que más se ofenden son siempre los que más ofenden a la ciudadanía.

Me temo que de la matanza de Charlie no saldremos con más libertad sino con menos. Ya estamos viendo cómo los ministros de Interior europeos quieren defender la libertad limitando las libertades. Es justo lo que no hay que hacer. No se puede dar un paso atrás ni ante las pistolas ni ante los chantajes. Eso sería darle la razón a los asesinos. Por eso es tan necesaria la sátira salvaje de Charlie Hebdo. La sátira no hace prisioneros ni tiene aliados. Eso y no otra cosa es la verdadera libertad de expresión.

El Papus. El Charlie Hebdo español que a algunos no les interesa recordar: http://www.foroporlamemoria.info/2015/01/el-papus-el-charlie-hebdo-espanol-que-a-algunos-no-les-interesa-recordar/

Maestros del primer toque

8 octubre, 2010

http://humor.lainformacion.com/ferran-martin/2010/10/06/ferran-martin-06102010/

Crackòvia en Castilla-La Mancha Televisión

30 agosto, 2010

El 30-08-2010 será una fecha para la posterioridad en nuestra querida región manchega debido al debut en parrilla de Crackòvia. Este gran humor originario de Catalunya, parodia de una manera entretenida los temas deportivos de actualidad. De este lunes, me quedo con el sketch entre Mourinho y Florentino. Por ponerle una pega, al programa de hoy le ha faltado más protagonismo del Barça.

Esperemos que después de la monotonía a la que nos tiene acostumbrados nuestro canal autonómico con los toros y María Teresa Viejo (¡ojo! muy buena presentadora), se apueste por nuevos programas como este que seguro aumentará la audiencia y mejorará la programación. De momento, los lunes a las 21:45 mi televisión estará puesta en Castilla-La Mancha Televisión para ver Crackòvia.

Aquí os dejo la información que dan en la página web del canal. No está actualizada pero poco a poco…

http://www.rtvcm.es/programas/detail.php?id=6112