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Por qué la izquierda se cree moralmente superior

11 julio, 2018

Fuente: http://www.vice.com

Entrevistamos a Ignacio Sánchez- Cuenca, autor de “La superioridad moral de la izquierda”.

Ana Iris Simón

Iñigo Errejón, Alberto Garzón y Pablo Iglesias en el Congreso. Andrea Comas/Reuters

Andaba el filósofo y sociólogo Ignacio Sánchez-Cuenca leyendo el ABC cuando se topó con la oración: “la superioridad moral de la izquierda”. No era la primera vez, ni seguramente ha sido la última, que encontraba que esta asociación de términos (superioridad y moral) aparentemente positiva era usada como arma arrojadiza, como burla hacia la izquierda. Como instrumento para poner de relevancia su carencia de otros atributos, como la superioridad intelectual o la eficacia admnistrativa de las que hacen alarde las ideologías de derechas.

El caso es que decidió darle la vuelta desarrollando una teoría que llevaba tiempo rondándole la cabeza: las ideas de izquierdas son, en efecto, moralmente superiores a las de derechas. Pero eso no es algo de lo que avergonzarse.

El resultado de sus reflexiones es La superioridad moral de la izquierda, un ensayo publicado en la Colección Contextos de Lengua de Trapo y prologado por Íñigo Errejón. En él, el sociólogo y profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Carlos III analiza por qué si la izquierda contempla las ideas más bellas sobre la justicia social y la igualdad acumula tantas derrotas.

Sostiene, además, que precisamente de esa superioridad moral emanaría una de las grandes lacras de las ideologías izquierdistas, su interminable división. A través de estas ideas analiza la crisis de la socialdemocracia y el papel de los partidos de izquierdas en ella y yo aproveché para preguntarle por algunos de sus planteamientos.

superioridad moral de la izquierda ignacio sanchez-cuenca
Portada de ‘La superioridad moral de la izquierda’

VICE: Aunque en tu ensayo aclaras que una cosa es la superioridad moral de las ideas y otra bien distinta las personas que las adoptan, ¿cómo nos posiciona esto ante el mundo? ¿Si uno es de derechas tiene más posibilidades de ser un cretino?
Ignacio Sánchez- Cuenca: No. Los cretinos están distribuidos de forma bastante igualitaria en todas las ideologías políticas. Sí creo, con todo, que, al menos en la teoría, las personas de izquierdas tienden a ser más abiertas intelectualmente y, sobre todo, más empáticas con los desfavorecidos.

Pero una cosa son las personas y otras las ideas. Las ideas se pueden valorar y ordenar en función de los principios morales que encarnan. El juicio sobre las personas es mucho más complejo, depende de muchos factores. Por ejemplo, desde un punto de vista moral, ¿qué comportamiento es más admirable, el de un obrero que defiende sus intereses votando a la izquierda y participando en el sindicato o el de un burgués que, en contra de sus intereses materiales, opta por un ideal de justicia social? Yo no me meto en este tipo de análisis en el libro.

¿Por qué si las ideas de izquierdas son moralmente superiores y no todo el mundo es de izquierdas, no todo el mundo las abraza como algo natural? 
Bueno, yo espero que lo acaben haciendo tras leer el libro… Bromas aparte, hay muchas formas de moralidad, a veces incluso se pueden considerar inconmensurables. Aun siendo consciente de mi perspectiva parcial, he intentado mostrar que el ideal de una sociedad igualitaria en el que todo el mundo tenga la posibilidad de autorrealizarse es imbatible desde un punto de vista filosófico. Otra cosa es que mucha gente en la derecha piense que ese ideal es inalcanzable, que no vale la pena luchar por él porque puede traer más desgracias que otra cosa.

“La izquierda tiene una noción de libertad más potente, pero más difícil de transmitir: la libertad como autorealización y autogobierno de la persona, como capacidad de actuar autónomamente”

El faro de la izquierda es la justicia social, la construcción de una sociedad igualitaria, un concepto imbatible, como dices, desde el punto de vista filosófico. Pero, ¿cuál es la razón de ser última de las ideas de derechas? 
La derecha es una ideología compleja y rica. En su versión más conservadora, el valor rector es el orden, la jerarquía y los valores tradicionales (familiares, sociales, etc.). En su versión más liberal, el valor supremo es la libertad entendida como reducto inalienable del individuo.

Sin embargo, en el ensayo sostienes que la libertad es igualmente valorada y tiene el mismo peso en la derecha que en la izquierda, aunque la derecha liberal la haya convertido en su patrimonio. ¿Viene la libertad a llenar ese vacío de sentido de la ideología de derechas, es más cómodo decir que uno está por la libertad que por el orden social establecido? 
El concepto liberal de la libertad es simple y convincente: una persona es libre si nadie le impide llevar a cabo sus planes. Cuando el Estado interfiere, mediante impuestos y regulaciones varias, la libertad se ve menoscabada. La libertad así entendida es, como dices, muy cómoda, pues nos exime de entrar en consideraciones sesudas sobre la justicia social en la medida en que la realización de dicha justicia pueda suponer una traba a dicha libertad.

La izquierda tiene una noción de libertad más potente, pero más difícil de transmitir: la libertad como autorrealización y autogobierno de la persona, como capacidad de actuar autónomamente. En tiempos recientes, ha tenido fortuna en la izquierda la concepción republicana de libertad, según la cual alguien es libre cuando está libre de cualquier forma de dominación (económica, ideológica, social…).

 

Hablas de la empatía como uno de los factores diferenciales entre la ideología de izquierdas y la de derechas. De ella emanaría la solidaridad. ¿Es la caridad la solidaridad de la derecha, sobre todo de la derecha católica, que es la tradicional en nuestro país? ¿Por qué crees que ocurre esto?
Esta pregunta es muy interesante. La derecha católica (lo que siempre se ha conocido como democracia cristiana) tiene una actitud compasiva hacia aquellos que sufren injusticia y privaciones. Por eso la democracia cristiana siempre ha estado a favor de la protección de las familias y de los esquemas de seguridad (seguro de desempleo, pensiones…). Sin embargo, la derecha católica, aun reconociendo injusticias, no se plantea eliminarlas radicalmente, sino que más bien piensa en paliar sus efectos, pues atribuye una gran importancia al orden y la estabilidad y eso la paraliza a la hora de pensar en reformas más profundas.

Siguiendo con la Iglesia católica, afirmas que “los valores de la izquierda son moralmente insuperables”. ¿Qué crees que diría alguien católico sobre ello? ¿Los católicos de verdad militan o deberían militar en la izquierda?
En el catolicismo, por supuesto, ha habido ramas o corrientes que han sentido una afinidad con ideas de izquierda y con la utopía de un comunismo primitivo, que no deja de ser una sociedad igualitaria. Piénsese, por ejemplo, en la teología de la liberación en Latinoamérica, o, en menor escala, a los católicos que militaban en el PCE en los años de la transición o en CC. OO. en los tiempos de Franco. Ahora bien, también hay un catolicismo que consagra el statu quo y no quiere oír hablar de justicia social más allá de actos de caridad y sacrificio personal. En este caso, aunque pueda haber motivaciones morales similares, lo que caracteriza al catolicismo es que no saca las consecuencias políticas de ello.

“El profesional de izquierdas, aun sabiendo que puede acabar pagando más impuestos por sus ingresos y riqueza, considera que la igualdad y la justicia son más importantes que sus propios intereses materiales”

Afirmas que la ideología que uno tiene tiene más que ver con su moral que con sus circunstancias materiales o con su genética. ¿Eso explicaría lo del obrero de derechas? 
Sí, explicaría tanto la figura del obrero de derechas como el profesional de izquierdas. El obrero de derechas considera que el intento de realizar la justicia social es ineficiente o incluso contraproducente (hace que los demás no se esfuercen tanto como él lo ha hecho durante su vida). El profesional de izquierdas, aun sabiendo que puede acabar pagando más impuestos por sus ingresos y riqueza, considera que la igualdad y la justicia son más importantes que sus propios intereses materiales.

¿La superioridad moral de la izquierda le resta eficacia? Es decir, ¿el idealismo de sus presupuestos hace que se centre en imaginar futuros en lugar de en tratar de mejorar el presente? 
La izquierda cree en una política de la trascendencia, de la superación del orden social existente, que considera injusto. Aspira a cambiar la sociedad, ya sea mediante la revolución, ya sea mediante una acumulación de reformas. Eso le confiere una fuerte carga idealista. Si, además, hay una conciencia de superioridad moral del proyecto defendido, las cosas se complican, pues es típico del izquierdista impaciente e impetuoso considerar que todos los obstáculos que se interponen en la realización de su esquema de justicia deben ser superados sin reparar en los medios para ello. Por tanto, yo no diría que le resta eficacia, sino que da pie a la adopción de posiciones sectarias o fanáticas.

Le dedicas el último capítulo del ensayo a la socialdemocracia. ¿Saldrá de esta o está en las últimas? 
La socialdemocracia está en el momento más bajo de la historia. A partir del cambio de siglo la bajada se acelera y desde la crisis económica puede decirse que está en caída libre. En momentos de zozobra y miedo para grandes capas de la población, la socialdemocracia ha de abandonar su discurso tecnocrático (justificando las políticas igualitarias porque mejoran la productividad, por ejemplo) y llenarlo con palabras que apelen de forma directa a valores y principios, denunciando las injusticias del presente. Con todo, es demasiado pronto para saber si la socialdemocracia se recuperará o entrará en una decadencia irreversible. Desde luego, es el eslabón más débil en la cadena de cambios que se están produciendo en los sistemas de partidos de los países desarrollados.

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“Lo que nos invade ahora no es una ola conservadora, es una ola reaccionaria”

18 junio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Joaquín Estefanía (Madrid, 1951) acaba de publicar Revoluciones -Cincuenta años de rebeldía (1968-2018)- en Galaxia Gutenberg, un libro que trata sobre la vigencia de la memoria, de las ilusiones y las derrotas de una generación que creyó poder cambiar el mundo. Fue director de El País entre 1988 y 1993. Lleva ejerciendo el periodismo desde 1974. Durante más de 20 años ejerció de director de la Escuela de Periodismo de la Universidad Autónoma/ El País. La entrevista se desarrolla en la sede de la editorial en Madrid.

¿Dónde está la izquierda? ¿Sabe de algún teléfono al que se pueda llamar?

En España existen dos izquierdas: una relativamente joven que ha envejecido mucho en los últimos cinco años y otra que está en crisis total, que busca una nueva identidad. En estos momentos no hay, desgraciadamente, ninguna forma de que esas dos izquierdas se conviertan en una sola, que es la única posibilidad de hacer frente al otro segmento ideológico de este país. Si te refieres al mundo en general se puede decir que hay una crisis de la socialdemocracia. En vez de permanecer en su sitio se ha ido en algunas ocasiones muy a la izquierda y ha tenido que competir con la otra izquierda, o en la mayor parte de las veces se ha ido a la derecha. Por eso carece de identidad.

¿Ve algún movimiento, como el de las mujeres -sobre todo en España el 8M- o el de los estudiantes contra las armas en EEUU que nos permita pensar que algo está pasando ahí fuera?

En EEUU permanece el espíritu del movimiento Occupy Wall Street que en las elecciones presidenciales encarnó Bernie Sanders. Es un segmento difuso que vuelve en determinados momentos y contagia el programa de los demócratas. Le doy muchísima importancia al movimiento de las mujeres. Lo que ha sucedido el día 8 no es más que la representación de algo que estaba ocurriendo desde hacía tiempo, que las mujeres han entrado en una cuarta ola feminista. Del mismo modo que en el pasado tuvieron que luchar por sus derechos políticos, ahora están luchando por sus derechos sociales.

¿Y los pensionistas?

Es más difuso, es de momento un fenómeno interno. Podría ocurrir, como pasó con el movimiento de los indignados, que prenda en otros países. Lo más significativo es que por primera desde hace mucho tiempo no se sabe quién es el sujeto protagonista del cambio, lo que antes llamábamos el sujeto redentor o el sujeto revolucionario. Eso se modifica en 1968. Hasta el 68 solo existía el monopolio de las luchas obreras que se manifestaba en las revoluciones. A partir del 68 emerge otro sujeto que son los jóvenes, mucho más transversal y ambiguo en el que caben casi todas las ideologías. Y ahora tenemos estos dos nuevos movimientos: el de las mujeres, que es específico, y el de los pensionistas, que todavía no sabemos lo que va a dar de sí. No sé si te has acercado a alguna de sus manifestaciones. Estuve hace unas semanas en la de la Puerta del Sol y me resultó sugerente comprobar que muchos de los que había allí eran los que se manifestaban en el 68. La gran diferencia es que les acompañaban las mujeres pensionistas. En el 68 no hubo una sola mujer protagonista de ningún movimiento.

Noam Chomsky hablaba del anarquismo en una entrevista en El País; decía que todo poder tiene que justificarse y ganarse el respeto de la sociedad.

Esto es muy interesante porque estamos difuminando fronteras que fueron terriblemente cerradas entre anarquismo, socialismo y comunismo. No se puede decir que el marxismo sea la ideología común en estos movimientos porque en ellos hay de todo, elementos que fueron incompatibles durante años, que se separaban y ahora están trabajando juntos en muchos sitios.

Pero los dirigentes siguen separados, cada uno en su casillero.

Claro, estos movimientos se dan en la sociedad civil. En casi ningún país se han producido movimientos institucionales políticos. En España, con los indignados; en EEUU, con Occupy Wall Street, y en Chile, con los estudiantes que entraron en los gobiernos de Bachelet, y ahora han salido. Aún no han contagiado el corazón del sistema, a los partidos políticos de izquierdas, que siguen viviendo en otro momento.

Una de las grandes virtudes de Podemos es su olfato, saber por dónde respira la sociedad, que parece conservar como se ha demostrado en la huelga feminista. Pero su acción política desde las elecciones de diciembre de 2015 no ha sido buena.

El año pasado el Centro Conde Duque mostró una exposición maravillosa de Basilio Martín Patino, que acababa de morir. Pasó desapercibida. Su última actividad cinematográfica fue salir a la calle el 15M. Rodó un documental, Libre te quiero con música de Amancio Prada. El 15M fue maravilloso. Se nos ha olvidado lo maravilloso que fue, la alegría que había, las demandas, los eslóganes tan extraordinarios. Todo eso se ha perdido. ¿Por qué? Tiene un factor positivo y uno negativo. El positivo es que la gente de los indignados, en este caso la parte de Podemos dentro de los indignados, decidió que no se puede estar en la calle permanentemente; creyeron -y creo que creyeron bien- que tendrían que entrar en las instituciones. Entrar en las instituciones es aburrido, tienes que profesionalizarte con gran rapidez, y eso es lo que no han hecho bien. Mucha gente va a seguir votando a Podemos casi por no votar a los demás, pero tienen la duda de si vale de algo votarles, si mejorará las condiciones de la vida de la gente.

¿Ha perdido Podemos su transversalidad y se ha convertido en un partido de la izquierda clásica?

Esa es la gran división que hay entre los que mandan en Podemos y la parte de Íñigo Errejón. Él acaba de escribir dos prólogos sobre este asunto, uno a un libro de Gramsci y otro a un texto de Ignacio Sánchez Cuenca. Sigue defendiendo una posición transversal para Podemos, si quiere gobernar, que es para lo que nació, y no para hacer oposición. La gente está un poco defraudada con las posiciones de Podemos. La incógnita es si se va a quedar en una especie de Izquierda Unida de Julio Anguita, es decir, en un partido minoritario. Podemos no nació para ser un partido minoritario de izquierdas.

El periodista y escritor Joaquín Estefanía.
El periodista y escritor Joaquín Estefanía en una entrevista con eldiario.es en una imagen de archivo.MARTA JARA

Habla en el libro de 1968, año con dos grandes acontecimientos: mayo en París y el aplastamiento de la primavera de Praga. ¿Qué queda de todo aquello?

Hubo un tercero: México.

Sí, la matanza de los estudiantes en la plaza de las Tres Culturas.

Eso es. Son tres acontecimientos diferentes: en París había capitalismo y los jóvenes y los obreros -que salieron muchos- querían acabar con el capitalismo; en Praga había comunismo y los que hicieron la Primavera de Praga querían acabar con el comunismo, y en México había una “dictadura perfecta” y los estudiantes, porque allí fueron solo estudiantes, querían tener la democracia que tenían los de París. Es curioso. En los tres casos había elementos que en aquel momento pensábamos que eran culturales y ahora son políticos, que hemos incorporado a nuestras vidas, como el ecologismo, el feminismo, una educación sin discriminaciones por razones de sexo, el comunitarismo o la lucha por los derechos civiles. Son ideales que nacieron en 1968. Esos son factores positivos, de éxito. Pero también hay factores de fracaso. Ni en París se acabó con el capitalismo ni en Praga se acabó con el comunismo ni en México se acabó con la dictadura perfecta. En las revoluciones duras, en las que se toma el poder a través de la violencia, no ha funcionado en ningún sitio. Casi todos los factores que denominamos culturales, y que eran políticos, se han incorporado a nuestra vida. La gran paradoja es que se ha conseguido mucho más a través de las reformas que a través de las revoluciones.

Las revoluciones duran poco, a veces solo meses antes de que los nuevos líderes acaben calzándose los zapatos de lo que han desplazado.

En casi todos los casos es así.

Quizá en Cuba duró años, pero desde la invasión de Bahía Cochinos todo cambió.

Sí, duró más años de lo habitual, pero también murió. Fíjate hasta qué punto eso es así que cuando se produce la matanza de Tlatelolco, el movimiento de los estudiantes mexicanos solo tenía una utopía, Cuba. En aquellos años había regímenes, había ideologías y países a los que los que salían a la calle querían parecerse. En estos momentos los indignados no tienen un país en el que reconocerse, tampoco una ideología en la que reconocerse. Son momentos diferentes.

Es quizá un momento más rico.

Mucho más rico. Tendríamos que vernos en un año para ver qué ha quedado de los movimientos de los que hablábamos al principio. Cuál es el sujeto que va a dirigir lo que va a ocurrir, porque lo que está ocurriendo es terriblemente negativo. Lo que nos invade ahora no es una ola conservadora, es una ola reaccionaria. Lo que está pasando en EEUU, las imágenes de Trump haciendo un casting de muros son terribles. Lo que está pasando en Inglaterra. Lo que está pasando en Europa del Este, donde hay un movimiento involutivo autoritario que en muchos casos semeja al fascismo. O lo que está pasando en Alemania, donde la principal fuerza de oposición después del gobierno de coalición es Alternativa por Alemania. Esto contribuye a que sea un momento espantoso para los derechos, no para los derechos económicos, como ha pasado en la crisis, sino también para los derechos políticos y los derechos civiles.

Después del mayo del 68 llegan Margaret Thatcher y Ronald Reagan y se produce la contrarrevolución conservadora que acaba con Keynes. Ese el momento de la Escuela de Chicago, del liberalismo puro. Desaparecen los controles, el capitalismo se descontrola, llega la barra libre.

No lo consiguen del todo. Si uno repasa lo que sucedió, sobre todo en Gran Bretaña, que es donde tenían un estado de bienestar más potente, porque en EEUU era menor, a pesar de que lo debilitaron, y sobre todo lo debilitaron emocionalmente en el sentido de que lo que era un orgullo para la sociedad británica a partir de ese momento empieza a convertirse en una rémora, no acaban con ello. Más bien habría que pensar qué ocurre después de Thatcher, qué ocurre con John Major, qué ocurre con Blair hasta hoy mismo, donde se sigue yendo hacia atrás. Hay un retroceso, pero no logran acabar con todo. Tampoco logran acabar con todo en el otro aspecto, en el aspecto cultural. La revolución conservadora tiene dos partes, quieren volver al capitalismo del laissez faire y quieren acabar con las conquistas del 68 y eso no lo han conseguido, eso no lo han conseguido de ninguna manera.

La crisis del 2008 se debe a la falta de controles. Los vigilantes del sistema son parte del mismo juego.

Pero sobre todo porque los vigilantes del sistema eran falsos vigilantes del sistema. O no creían en lo que hacían o no tenían medios para ser vigilantes. Eran unos organismos, unas instituciones que seguían existiendo porque aparentaban mucho que podía haber un control, pero que no pudieron hacerlo. Me refiero sobre todo a los organismos reguladores y supervisores, que existían, pero que no hicieron en ningún caso su labor. La Reserva Federal no se enteró de lo que llegaba. En muchos países, quizás entre ellos España, existían organismos reguladores pero no tenían medios.

Cuando estalló la crisis del 2008, Nicolas Sarkozy dijo en una cumbre del G20, “vamos a refundar el capitalismo”, pero acabaron refinanciando al mismo capitalismo.

Eso fue en un momento en el que todo parecía posible. Había caído Lehman Brothers, había contagio en la banca norteamericana. Eran meses en los que parece que todo podía ocurrir, que se podría ir el sistema al garete. Entonces Sarkozy dijo eso, como en otro momento dijo “hay que acabar con el 68, porque es lo que nos está matando”. Lo dice Sarkozy y le siguen todos. Sucede en la primera cumbre del G20 en la que se toman aquellas medidas contra los paraísos fiscales, en favor de la transparencia, que duran hasta la siguiente reunión del G20. En ese año se han recompuesto las cosas. Aunque todavía está todo mal ya se sabe que no va a caer el sistema financiero y van olvidando el manifiesto inicial. Fueron quitándole hojas. Primero los paraísos fiscales, luego los estímulos keynesianos para salir de la crisis, luego el rescate de los bancos no con dinero público sino con el dinero de los propios accionistas… Lo van deshojando hasta que llegamos a 2011 cuando no queda nada de aquello.

Ahí es cuando se produce la segunda revolución o contrarrevolución conservadora.

Hay una diferencia sustancial con la primera. Ronald Reagan era un vaquero; la gente que le acompaña era intuitiva pero poco formada, excepto algún caso como David Stockman. En cambio, a Margaret Thatcher la acompañan unos think tank conservadores muy potentes desde el punto de vista ideológico, que son los que dan la batalla. Luego llegan los “neocons” con Bush, algunos han trabajado con Reagan y están más formados, llegan con esa formación que había tenido Thatcher en el Reino Unido. Disponen de unos think tank con los que empiezan a construir una teoría sobre todo esto y que acaba el 11S. En ese momento se olvidan de todo, cambian de enemigo y de estrategia, invaden Afganistán e Irak. Ahora llega la tercera oleada, que es la de Donald Trump, que es una oleada mucho más contradictoria; tiene elementos neoconservadores y tiene otros disparatados, pero forma parte de lo mismo.

La izquierda no tuvo respuesta en la primera y en la segunda revolución conservadora. Ahora parece que tampoco la tiene.

Porque los valores de la revolución conservadora se hacen tan potentes que forman parte de eso que se llamó pensamiento único. El que no los tenía era expulsado de las cátedras, de los servicios de estudio, de los medios de comunicación. Esos valores conservadores impregnan a la socialdemocracia. Así nace “la tercera vía”. Cuando llega una crisis como la de 2008 no tienen nada que decir, solo pueden aportar una especie de thatcherismo de rostro humano. No sé si recuerdas aquella frase de Thatcher, cuando le  preguntaron, ¿qué es lo mejor que ha hecho usted en su vida?, y ella respondió: “Traer a Tony Blair”. Ese es el principal problema de la crisis de representación política. Ha sido tan profundo el contagio de los valores conservadores a la socialdemocracia que si hay que elegir entre el original y la copia la gente escoge el original, o busca elementos populistas de extrema derecha o extrema izquierda. La socialdemocracia está desapareciendo del mapa en un momento en el que las medidas de la socialdemocracia clásicas serían las más oportunas para arreglar los problemas.

Se aplicaron después de la Segunda Guerra Mundial y se salió de las crisis económica y política.

Esos valores, depurados por el tiempo, valdrían para obtener respuestas diferentes de las que hay ahora. ¿Qué va a pasar cuando empiece a aplicar la política económica de Europa el nuevo ministro de Finanzas, el socialdemócrata Olaf Scholz que ha sustituido a Wolfrang Schäuble en el gobierno alemán? ¿Vamos a notar una diferencia sustantiva, aparte de algún ambiente compasivo? Pues eso es lo que hay que ver, si han aprendido o no han aprendido.

¿Sería la utopía más pragmática de la izquierda regresar a los valores socialdemócratas o exigir que el capitalismo vuelva a estar regulado?

Estoy de acuerdo, pero lo diría de otra manera. El principal valor de la socialdemocracia es conservador, conservar lo que tuvimos, no perderlo. La principal labor de la izquierda es asegurar la igualdad de oportunidades, que es un valor probablemente liberal, que se cumple menos que hace una década. Nunca hubo una igualdad de oportunidades perfecta, pero el camino era progresivo, se iba consiguiendo, y en eso se ha producido una marcha atrás enorme.

El periodista y escritor Joaquín Estefanía.
Joaquín Estefanía, en una imagen de archivo. MARTA JARA

Da la sensación de que la izquierda, pienso en la española, se ha quedado atrapada en los eslóganes y ha ido perdiendo contenido. El feminismo podría ser una manera de reconectarse con la calle.

Exacto. Volvamos al programa mínimo, defendámoslo. Tuvimos un programa mínimo que era la democracia y un programa máximo que era el comunismo, el socialismo, la revolución. Volvamos al programa mínimo. ¿Qué puede defender la izquierda para diferenciarse de la derecha? Tres asuntos: la igualdad de oportunidades, que tiene que ver con los derechos sociales y económicos, los derechos humanos que incluyen la libertad de expresión y el cambio climático, el problema más importante que tiene la humanidad en estos momentos.

¿Son tan importantes los líderes o es importante que exista ese magma en la sociedad?

Me parece que fue Bernardo Bertolucci, aunque no estoy seguro, el que dijo “bienaventurado el país que no necesita líderes”. Siempre he creído que los líderes no son el principal elemento cuando se habla de la capacidad de liderazgo de un país. Es importante pero no es lo más importante para los cambios. En estos momentos tenemos unos líderes tan chatos en casi todos los casos, o tan nefastos como en el caso de Trump, que echamos de menos a alguno; hemos idealizado unos líderes que tampoco eran tan buenos pero que en comparación nos parecen maravillosos.

¿Es Merkel la líder más social de Europa aparte de lo que ha hecho a Grecia? Al menos es coherente.

Seguramente la más líder de todo. Con Macron estamos construyendo un mito. Decimos que tiene un discurso europeísta, pero Macron lleva casi un año y ese discurso no se ha concretado en una sola medida, y dentro de su país está aplicando las políticas de austeridad como las que aplicaba la derecha o el mismo Hollande y que le costaron la presidencia. Estamos haciendo un mito de Macron porque tiene esa capacidad de liderazgo de la que todo el mundo habla, y que debe ser cierta. La revista Letras libres publicó un perfil de Macron firmado por Emmanuel Carrère; en él, decía: “Si le miras a los ojos y él te da la mano, estás perdido”. Cuando lo leí, recordé que algo de eso tenía el Felipe González en 1982.

¿Estamos los periodistas aplicando la visión de la vieja política para analizar los nuevos movimientos?

Sin duda. Me alarma ver cómo ha desaparecido Europa del Este de los medios de comunicación con las cosas que están pasando, están matando periodistas, están restringiendo las libertades, incluidas las europeas. Pero no atendemos a este tipo de cosas, estamos en la política pequeña.

¿Ha sido un desastre para la UE la incorporación de los 10 países de Europa del Este, algunos de ellos parecen un caballo de Troya?

Ha sido un desastre monumental, pero hay que analizarlo. Cualquier cosa que se haga en Europa tiene que partir de esa idea, que dentro hay un caballo de Troya. Fíjate lo que está ocurriendo, que tampoco estamos tratándolo suficientemente: mientras todos hablamos del europeísmo de Macron, de lo bueno que va a ser que Macron y Merkel relancen la Unión Europea, los países del norte de Europa están vetando cualquier tipo de cambio de orientación. No quieren un presupuesto europeo potente, no quieren la mutualización de la deuda, no quieren una revisión de la forma de trabajar con el euro, están restringiendo de manera brutal los movimientos de personas. Todo eso está pasando al mismo tiempo que hablamos de la oportunidad que tiene Europa para cambiar en estos momentos.

A la vez está creciendo la xenofobia, la extrema derecha, el maltrato a los emigrantes.

La misma impregnación que había antes de la revolución conservadora hacia los socialdemócratas ocurre ahora entre los partidos de extrema derecha y los partidos de derecha que gobiernan. Ya sabemos que Marine Le Pen no ha ganado y que tampoco ganaron los holandeses, pero las ideas de Le Pen y de los holandeses impregnan en estos momentos los programas electorales.

Partidos de derechas de toda la vida con las ideas de extrema derecha.

Y tampoco lo estamos contando. Respiramos como si fuese una cosa extraordinaria que no hubiera ganado Le Pen, pero mira lo que está pasando en Francia, en Holanda o en Italia.

La Liga Norte pasó de ser un movimiento autonomista y oportunista a un movimiento de neofascista.

Tenemos que utilizar este tipo de calificativos para hablar de estas cosas. Es tremendo. ¿Qué pasó con Italia, con su izquierda y hasta te diría con su derecha, tan ilustradas, que avanzaron tanto, que fueron los padres del eurocomunismo y los padres de la austeridad? ¿Dónde están esos políticos? ¿Se han jubilado todos? Hace años en un mitin de D’Alema, que dirigía entonces la última fase del partido comunista italiano, alguien del público le gritó: “D’ Alema di algo de izquierdas, hombre”.

Ciudadanos llegó como un partido que iba a regenerar la derecha, pero de alguna forma también se ha visto atropellado por los acontecimientos.

En cuanto ha entrado en las instituciones. Volvemos al principio de la conversación, quién es el sujeto que va a protagonizar lo que está pasando. ¿Es el movimiento de los jubilados un 15M renacido con otras formas o se va a diluir en cuanto Rajoy introduzca varias medidas en el presupuesto que engañen un poco a una parte del movimiento? Esto no es discutible en el caso de la mujer. Tenemos que saber cómo se avanza después del 8 de marzo; escojamos dos o tres propuestas., cómo se avanza en la brecha digital, en la presencia de las mujeres en las instituciones, en las cuotas. O avanza o se diluirá.

Uno de los defectos que tenemos como país es la incapacidad para pensar fuera del marco. Decía el general David Petraeus, hablando de Irak, que todos los mandos militares que ascienden piensan de una manera parecida. Pasa en las empresas.

Y en los partidos políticos.

Y cuando surge un problema grave, como la crisis en Catalunya, nadie es capaz de pensar diferente. La política está para solucionar los problemas; aquí la utilizamos para crearlos.

Eso se debe a la adolescencia de nuestra democracia. Como tenemos una democracia más joven que la de los demás, es más endeble, somos rígidos con los procedimientos y con las normas de las que nos hemos dotado.

Algunos sectores del independentismo exprés dicen que España es un Estado autoritario.

Eso es una tontería, es no recordar cómo éramos hace 40 años cuando salimos del franquismo. Tenemos defectos y debilidades, y algunas nuevas que están emergiendo, pero no tienen nada que ver con un Estado autoritario. Este es un país normalizado desde el punto de vista democrático.

Como tampoco se puede hablar de golpe de Estado. Se podría hablar de crisis constitucional.

Y tampoco podemos hablar de amigos y enemigos. Entre la gente de mi generación y entre tus amigos y entre los míos hay muchos independentistas con los que todavía podemos seguir discutiendo. Probablemente no podremos discutir hoy con algunos, como tú has dicho antes, con los independentistas exprés, pero hay una buena parte con la que podemos discutir de muchísimas cosas.

¿Es optimista, en general, no solo con nuestro país?

No, no lo soy. En estos momentos no puedo ser optimista porque el contexto al que pertenece nuestro país es en estos momentos muy desfavorable. Hay una regresión, sin duda. Ha habido una regresión en los derechos sociales y económicos en los últimos diez años, y ahora, que parece que estamos saliendo, hay una regresión en los derechos políticos y en los derechos civiles. Es un mal momento para los derechos en el mundo y en ese sentido no puedo ser optimista.

El tribunal de Estrasburgo dictamina que es legal quemar un retrato del rey y unos días después, el Parlamento vota con el apoyo del PSOE mantener la tipificación de insultos al rey.

Eso es un ejemplo más del contagio. En cambio, me ha parecido valiente la decisión del Partido Socialista de no prorrogar la cadena perpetua revisable, de votar en contra aun sabiendo que es algo impopular en estos momentos. Bueno, eso es lo que tienen que hacer este tipo de partidos. Para eso los queremos y para eso los hemos votado.

¿Cree que el posfranquismo ha desaparecido completamente de España o sigue ahí?

Creo que ha desaparecido muchísimo, pero no del todo. Todos los días vemos, incluso en el Parlamento, algunas intervenciones que recuerdan a otros tiempos, pero creo que son minoritarios. En ese sentido, la aparición de Ciudadanos no va a modernizar tanto como creíamos a la derecha española, pero algo la va a modernizar.

Sánchez Cuenca me dijo en una entrevista con tal de que se vaya PP, que gobierne Ciudadanos.

Esa es la posición de Sánchez Cuenca que en buena parte corroboro. Creo en estos momentos el PP, aparte de todos los problemas que tiene relacionados con la corrupción, es un partido inútil para gobernar; están abrasados, no dan más de sí.

“El referéndum debilita la democracia”

16 febrero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

El autor conversa con el historiador Michael Ignatieff sobre el descrédito de la democracia. El canadiense, que durante un tiempo cambió la universidad por la política, sentencia: “El Estado es la solución, no el problema”.

Michael Ignatieff.
Michael Ignatieff. DANIEL VEGEL

Michael Ignatieff (Toronto, 1947), historiador, profesor universitario, intelectual comprometido, cosmopolita, que cambió durante un tiempo la universidad por la política, y volvió a la academia, es el nuevo Rector de la Central European University (CEU) de Budapest. La CEU es una institución académica de posgrado en inglés, de investigación y enseñanza avanzadas, cuyos rasgos distintivos, basados en las mejores tradiciones intelectuales de Norteamérica y Centroeuropa, son la diversidad internacional de sus estudiantes y profesores y el pensamiento crítico. Sus casi 1.500 estudiantes de máster y doctorado proceden de 110 países diferentes y hay profesores visitantes de 39 nacionalidades, entre los que me encuentro. Fundada por George Soros en 1991, es un modelo de educación internacional, de conocimiento en humanidades y ciencias sociales, y de compromiso con la construcción de sociedades libres y democráticas.

“Tras mi experiencia, hacer política y no solo pensar en ella, he acabado respetando a los políticos mucho más de lo que creía.”

Del enfoque interdisciplinario de la institución y su perspectiva global, sin olvidar las raíces nacionales, de la democracia, de la pasión por el conocimiento, de la crisis política y del compromiso de los intelectuales conversé con Ignatieff en su despacho en la mañana del pasado 24 de octubre.

PREGUNTA. Como historiadores, echamos la vista atrás y comprobamos que el consenso social democrático que funcionó en Europa durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial —y después de la caída del comunismo, del fin del apartheid, de las dictaduras en Latinoamérica…— se ha roto. Todas las certezas que teníamos a finales del siglo XX en torno al Estado benefactor, el empleo, el futuro sólido y estable para los jóvenes, han sido sustituidas por el miedo, el descontento y la indignación frente a los políticos, la crisis de valores democráticos básicos, el surgimiento de nuevos populismos. En Europa hay abundantes ejemplos de eso y parecen revivir algunos de los fragmentos más negros de su historia en el siglo XX.

Michael Ignatieff (izquierda) y Julián Casanova, durante la charla.
Michael Ignatieff (izquierda) y Julián Casanova, durante la charla. DANIEL VEGEL

RESPUESTA. Estamos confundidos y alarmados porque la narración o exposición de los hechos que funcionó hasta 1989 se ha ido quebrando en diferentes fases. Era la narración de Francis Fukuyama y el fin de la historia, de las transiciones a las democracias modélicas, de la cultura de un bienestar irreversible. Funcionó en Europa. España era el mejor ejemplo, pero también Portugal, Grecia y los países del centro y este de Europa que salían del comunismo. Había algo de ingenuo y simple en esa narración, que comenzó a romperse en Yugoslavia, cuando la democracia llegó en forma de guerra étnica. Además, la prosperidad de los noventa fue acompañada de profundas desigualdades. El 11 de septiembre de 2001 marcó un punto de inflexión y forzó otra narración, frente al islam. A partir de 2007, el miedo ya no se debía sólo al terrorismo, sino a la quiebra del sistema financiero, a la desconfianza frente a políticos corruptos que robaban y se burlaban de la gente. Y en los últimos años, después de los atentados terroristas en Europa Occidental, organizados y perpetrados desde dentro de las sociedades democráticas, el miedo al otro, al extraño, se ha hecho más profundo. Porque el fundamento del Estado democrático liberal era: “No os preo­cupéis; os protegemos”. Pero ya no protege, ni de los ataques desde fuera, ni de la quiebra del sistema desde dentro. Es una crisis del Estado, de las élites y de la narración que los sostenía.

P. La crítica a la política y a los políticos está clara, pero la desconfianza se extiende también hacia los intelectuales, o a los encargados de generar explicaciones o nuevas narraciones para los políticos y la sociedad. Max Weber pensaba que ciertas profesiones no eran aptas para dar el salto desde ellas a la política, aprender de la política haciéndola y no pensándola, y una de ellas era la de profesor de universidad. La historia, desde Maquiavelo hasta el presente, aporta excelentes ejemplos de pensadores y profesores universitarios que intentaron hacer carrera política y fracasaron. Tú eras profesor universitario, intelectual, y decidiste lanzarte a la política, pasar desde Harvard primero al liderazgo en el Partido Liberal de Canadá y competir después por la presidencia del país. Saliste derrotado y escribiste una sincera y admirable narración sobre esa experiencia traumática: Fire and Ashes: Success and Failure in Politics (2013), que fue editado al año siguiente en español (en Taurus) y muchos lectores conocen. ¿Cómo ves ahora, tras volver a la universidad, más allá de esa reflexión sobre el fracaso ya escrita, la relación entre el intelectual y la política?

“La desconfianza se extiende también hacia los intelectuales, o a los encargados de generar nuevas narraciones para la sociedad.”

R. Es un lugar común entre los intelectuales despreciar a los políticos: no tienen ideas, no piensan, son corruptos… El problema es que los intelectuales nos interesamos mucho por las ideas, seguimos ideas, y un buen político se preocupa del poder (el “fuego” del poder). Es verdad que la función de los intelectuales es producir narraciones que expliquen los hechos, guiar a la sociedad para escoger las opciones y alternativas apropiadas. Pero algunos políticos tienen un increíble talento para hacer eso, son brillantes narradores. Barack Obama es un buen ejemplo. Tras mi experiencia, hacer política y no sólo pensar sobre ella, he acabado respetando a los políticos mucho más de lo que creía. Uno puede, como pensador, tener una idea maravillosa, pero el político de una pequeña comunidad o provincia le recuerda que eso no va a funcionar allí. Algunos políticos poseen una destreza para el oficio que yo nunca tuve. Tienen oído, olfato, la capacidad para decirte: tú te crees un gran intelectual, pero en Cádiz, en Sevilla, en el País Vasco eso no va a resultar bien. La democracia no puede funcionar sin esa clase de conocimiento, de juicio político, y los intelectuales no suelen respetarlo. Puede ser que Angela Merkel no sea una gran pensadora, pero acumula más conocimiento de Alemania en uno de sus dedos pequeños que todos lo intelectuales en sus dos manos. Tenemos que respetar eso. Es verdad que muchos son corruptos, ladrones, no tienen ninguna sensibilidad hacia la gente que sufre. Pero a los buenos hay que decirles: gracias.

P. Pero en un momento en el que una parte de la sociedad ha perdido la fe en la vieja política y en sus representantes, el discurso de fortalecer las instituciones democráticas, apelar al sentido de responsabilidad, a nuevas formas de hacer política, con nuevas virtudes, es muy difícil de transmitir. El sistema, dicen, está podrido, la democracia burguesa no es la auténtica democracia. Donald Trump ha basado una buena parte de su campaña en hacer creer a la gente que el sistema político estadounidense está amañado, es fraudulento, algo que siembre un montón de dudas e incertidumbres y que puede tener consecuencias notables, tanto si gana las elecciones como si las pierde. Siguiendo con tu argumento, ¿cómo explicas todo eso a los jóvenes, muchos de ellos representados por quienes acuden a estudiar, desde muy diferentes lugares del mundo, a la Central European University?

“La gente volvería a confiar en el Estado si este cuidara de ellos y no fuera patrimonio de las élites. No hay solución fuera de ese marco legal.”

R. Tenemos que ser críticos con los políticos, pero no proyectar toda la sombra de la duda sobre la democracia representativa. Existe una clara polarización en la política, en polos, izquierda y derecha, que parecen irreconciliables, pero esa polarización es parlamentaria, democrática, no se manifiesta en una violencia armada, paramilitar, fuera del Parlamento, como en los años veinte y treinta del siglo pasado. Yo soy un liberal socialdemócrata que cree que el Estado es la solución y no el problema, que puede y debe proteger a los ciudadanos. La gente volvería a confiar si el Estado cuidara de ellos y no fuera el patrimonio de las élites. No hay solución fuera de ese marco legal democrático, y los populismos, de derecha o izquierda, no lo son. Soy un enérgico defensor de la democracia representativa y me opongo a los referendos. Se elige a los políticos y se les da la oportunidad de que tomen las decisiones en el Parlamento. No se puede dejar el futuro de un país en manos de un referéndum. El referéndum debilita la democracia. La gente no está harta de elegir a políticos/élites, sino a políticos irresponsables, que roban. El horizonte de la democracia está ahí, ahora, no en un supuesto futuro radiante al que hay que llegar. No hay un mañana radiante, sin democracia, y sin una constante lucha por ser más justos, generosos, solidarios. No vamos a alcanzar nunca Jerusalén, la ciudad celestial.

La conversación acaba con una idea que compartimos sobre la función de la universidad: llevar la razón, los argumentos, la ciencia y el conocimiento a los asuntos cotidianos de la vida democrática. Eso es lo que nos mueve a enseñar, investigar, viajar, comprometernos frente a las mentiras, la propaganda y la manipulación, el constante desprecio del conocimiento. En palabras de Ignatieff en el discurso de toma de posesión como rector, “si nos preocupamos del conocimiento, si de verdad estamos interesados en separar el grano del conocimiento de la paja de la ideología, del partidismo (…) estaremos cumpliendo con la parte que le corresponde a la universidad de llevar el orden de la razón a nuestras vidas”.

Julián Casanova es historiador.

El legado del anarquismo

2 febrero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

El 4 de noviembre de 1936, hace ahora 80 años, sucedió un hecho trascendental e irrepetible: anarquistas entraron en el Gobierno de una nación.

La CNT en el Gobierno de la República. De izquierda a derecha, los ministros Bernardo Giner de los Ríos del partido Unión Republicana y Federica Montseny y Juan García Oliver de la FAI.
La CNT en el Gobierno de la República. De izquierda a derecha, los ministros Bernardo Giner de los Ríos del partido Unión Republicana y Federica Montseny y Juan García Oliver de la FAI.

El 4 de noviembre de 1936, hace ahora 80 años, cuatro dirigentes de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) y de la FAI (Federación Anarquista Ibérica) —Federica Montseny, Juan García Oliver, Joan Peiró y Juan López— entraron en el nuevo Gobierno de la República en guerra presidido por el socialista Francisco Largo Caballero. Era un “hecho trascendental”, como afirmaba ese mismo día Solidaridad Obrera, el principal órgano de expresión libertario, porque los anarquistas nunca habían confiado en los poderes de la acción gubernamental, su objetivo siempre había sido abolir el Estado, con su prédica del antipoliticismo y de la acción directa, y porque era la primera vez que eso ocurría en la historia mundial. Anarquistas en el Gobierno de una nación: un hecho trascendental e irrepetible.

Desde que Giuseppe Fanelli llegó a España en noviembre de 1868 hasta el exilio de miles de militantes en los primeros meses de 1939, el movimiento anarquista protagonizó una frenética actividad propagandística, cultural y educativa; de huelgas e insurrecciones; de terrorismo y de violencia; de revoluciones abortadas y sueños igualitarios.

El anarquismo arrastró tras su bandera roja y negra a sectores populares diversos y muy amplios. Arraigó con fuerza en sitios tan dispares como la Cataluña industrial, en donde además, hasta la Guerra Civil, nunca había podido abrirse paso el socialismo organizado, y la Andalucía campesina. Si se convirtió tras la Primera Guerra Mundial, de forma extraordinaria, en un movimiento de masas —el único país de Europa en que eso sucedió— fue porque supo construir toda un red cultural alternativa, proletaria y campesina, de “base colectiva”. Pero como en ese recorrido le acompañó a menudo la violencia, su leyenda de honradez, sacrificio y combate, cultivada durante décadas por sus seguidores, fue siempre cuestionada por sus enemigos, a derecha e izquierda, que resaltaron la afición de los anarquistas a arrojar la bomba y empuñar el revolver.

Acabada la guerra, las cárceles, las ejecuciones y el exilio metieron al anarquismo en un túnel del que no volvería a salir. Mas no fueron solo la larga dictadura y la represión las que se lo tragaron y le impidieron volver, renacer tras la muerte de Franco, para convertirse ya un movimiento residual durante la consolidación de la democracia. España experimentó desde la década de los sesenta cambios económicos importantes, con un notable impacto en la sociedad. La distancia existente entre 1939 y los primeros años de la transición parecía insalvable.

Había emergido una nueva cultura política y sindical. Se había impuesto la negociación como forma de institucionalizar los conflictos. Nuevos movimientos sociales y nuevos protagonistas habían sustituido a los de clase, a los de esa clase obrera a la que se le asignaba la misión histórica de transformar la sociedad. El proletariado rural había descendido considerablemente y ya no protagonizaba huelgas. El analfabetismo se había reducido de forma drástica y ya no era, como se declaraba en el Congreso de la CNT de 1931, esa “lacra (…) que tiene hundido al pueblo en la mayor de las infamias”.

Los factores ambientales y culturales que habían permitido en épocas anteriores la apelación a mitos ancestrales y mesiánicos, eso que Gerald Brenan llamaba la “religiosidad al revés”, fáciles de reconocer en el anarquismo pero también en otros movimientos obreros de tipo marxista, eran ya historia. Aquel Estado débil, que había posibilitado la ilusión y el sueño de que las revoluciones dependían solo de las intenciones revolucionarias de obreros y campesinos, se había mudado en uno más fuerte, eficaz e intervencionista. El consumo hacía milagros: permitía al capital extenderse y a los obreros mejorar su nivel de vida. Sin el antipoliticismo, y con obreros que abandonaban el radicalismo ante la perspectiva de mejoras tangibles e inmediatas, que preferían el coche y la nevera al altruismo y al sacrificio por la causa, el anarquismo flaqueaba, dejaba de existir.

Pero, pese a que hoy el anarquismo sea solo historia, muy denigrada por otras ideologías y partidos parlamentarios, no hay ninguna duda de la validez y actualidad de algunos de sus planteamientos, como su crítica al Estado, al poder político y a las imágenes distorsionadas que siempre se transmiten desde arriba sobre el desorden y el espontaneísmo. Los anarquistas siempre pensaron que el Estado no podía hacer iguales a las personas y no parece que estuvieran muy equivocados, si vemos los resultados del comunismo en la Unión Soviética y en otros países. Nunca intentaron poner en marcha vastos proyectos de ingeniería social, como hicieron el comunismo y el fascismo, con las consecuencias que también conocemos. No fue la historia del anarquismo un lecho de rosas, pero hubo en ella algo más que bombas y pistolas.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza y Visiting Professor de la Central European University de Budapest.

Holocausto: historia y advertencia

28 enero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Este sábado es el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, el mayor caso hasta ahora conocido de genocidio.

Llegada de judíos al campo de Auschwitz.
Llegada de judíos al campo de Auschwitz. YAD VASHEM

Holocausto es el término acuñado para designar un fenómeno singular de la historia: el programa de exterminio biológico de los judíos europeos ejecutado por las autoridades alemanas durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Su resultado final, conocido tras el triunfo aliado de 1945, fue atroz: una cosecha de sangre de casi seis millones de personas asesinadas en la Europa dominada por el régimen de Hitler.

El antisemitismo nazi era un fenómeno moderno, pero bien enraizado en prejuicios veteranos: la judeofobia surgida durante la Antigüedad clásica. Esa hostilidad respondía al hecho de que el judaísmo fue en la historia la primera religión monoteísta (creyentes en un solo Dios) y monolátrica (adoradores de un solo Dios), claramente opuesta a las religiones animistas y politeístas entonces dominantes, que consideraron su pretensión de superioridad teológica como fruto de la soberbia y el exclusivismo absurdo.

El antijudaísmo clásico fue asumido por la Iglesia cristiana hasta avanzado el siglo XX. Como seguidores de una secta judía, los cristianos afirmaban que Jesús de Nazaret era el Hijo de Dios, cuya muerte había dado comienzo a la universalización del mensaje salvífico de Moisés. Sin embargo, para los judíos, esa doctrina era una herejía y Cristo un mero profeta. El conflicto entre iglesia y sinagoga se extendió desde el siglo I hasta el siglo IV, cuando la conversión del cristianismo en religión oficial del Estado romano determinó la derrota del judaísmo. Desde entonces, el antijudaísmo clásico cultural se vio reforzado por motivos teológicos ya que el principal crimen religioso judío radicaba en su culpabilidad por el asesinato de Cristo.

A diferencia de la judeofobia clásico-cristiana, el antisemitismo de Hitler no consideraba que las taras del judío fueran rasgos religioso-culturales modificables por aprendizaje. Y rechazaba que la conversión y el bautismo pudieran limpiar el pecado de ser judío. Porque la doctrina antisemita configurada a fines del siglo XIX se basaba en una nueva concepción racial y social-darwinista de la humanidad, que estaba formada por razas definidas por factores biológicos hereditarios y eran diferentes en sus capacidades físicas y morales, además de estar inmersas en una lucha natural por la supervivencia de las más aptas, el sometimiento de las más débiles y la eliminación de las nocivas.

 

Recordar aquel crimen supremo no es sólo un deber de conciencia cívica humanitaria, sino también un ejercicio de prudente prevención

De acuerdo con esta cosmovisión, el enemigo natural de la raza aria (supuestamente la más excelsa de la especie humana) siempre había sido la raza judía, que vivía como un parásito subhumano sobre el suelo de la patria germana y corrompía la sangre de sus hijos mediante el mestizaje de sangre. Una supuesta verdad racial que la judería combatía mediante estratagemas como eran el capitalismo financiero que destruía la economía nacional, el comunismo que subvertía las relaciones sociales y el pacifismo derrotista que minaba la fortaleza de las naciones.

En función de esas ideas que alentaban el prejuicio popular antijudío, convertidas en doctrina de Estado desde 1933, la dictadura de Hitler puso en marcha varias medidas antisemitas que fueron radicalizándose. Primero aplicó una política de discriminación formal contra los judíos residentes en Alemania (una gran parte, desde el siglo XIV). Después, tras el pogromo de la Noche de los Cristales Rotos en noviembre de 1938, trató de lograr la más completa segregación física de los judíos en el seno de la sociedad alemana. Finalmente, el inicio de la guerra mundial en 1939 hizo posible la apertura de la última etapa de la política antisemita nazi. En algún momento del verano de 1941, Hitler dio la orden verbal y secreta de iniciar la solución final: el exterminio masivo de la población judía residente en todas las zonas ocupadas, ya fueran jóvenes, mujeres, ancianos o niños. A principios de 1942 comenzó el uso de seis campos de exterminio con sus correspondientes cámaras de gas ocultas como salas de ducha y sus hornos crematorios: Auschwitz, Belzec, Sobibor, Lublin, Treblinka y Chelmno. En definitiva, se pasó de la artesanía del homicidio mediante hambruna, maltrato y fusilamiento a la práctica industrial de la matanza según cadenas de montaje.

El Holocausto fue el mayor caso hasta ahora conocido de genocidio de la historia. No fue resultado de un arrebato pasional esporádico o incontrolado, fruto de la brutalidad inherente a toda guerra. Tampoco fue una mera masacre brutal de enemigos y civiles vencidos tras el combate. Fue un verdadero programa de genocidio ideológicamente motivado, deliberadamente planificado y eficazmente ejecutado con todos los recursos de un Estado industrial moderno y una sociedad avanzada.

Recordar aquel crimen supremo no es sólo un deber de conciencia cívica humanitaria, sino también un ejercicio de prudente prevención por razones bien expuestas por el escritor italiano Primo Levi, superviviente de Auschwitz: “Si el mundo llegara a convencerse de que Auschwitz nunca ha existido, sería mucho más fácil edificar un segundo Auschwitz. Y no hay garantías de que esta vez sólo devorase judíos”.

Enrique Moradiellos es premio Nacional de Historia 2017.

La guerra española en el reñidero de Europa

3 enero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Varios libros analizan sin tópicos y con rigor historiográfico el conflicto que estalló el 18 de julio de 1936, hace ahora 80 años.

Un grupo de milicianos se asoma a un terraplén en el frente de Navacerrada (Madrid), a finales de julio 1936.
Un grupo de milicianos se asoma a un terraplén en el frente de Navacerrada (Madrid), a finales de julio 1936. EFE/ARCHIVO DÍAZ CASARIEGO

En julio de 1936 una parte importante del ejército español se alzó en armas contra el régimen republicano. El golpe militar no pudo lograr de entrada la conquista del poder. Si lo hubiera conseguido, no habría tenido lugar una guerra civil, sino una dictadura del tipo que estaba comenzando a dominar en Europa en ese momento y que se estableció en España a partir de abril de 1939.

La sublevación, al ocasionar una división profunda en el Ejército y en las fuerzas de seguridad, debilitó al Estado republicano y abrió un escenario de lucha armada, de rebelión militar y de revolución popular allí donde los militares no pudieron conseguir sus objetivos. España quedó partida en dos. Y así continuó durante una guerra de mil días.

 

España era un país marginal en el escenario europeo hasta el golpe de Estado. En pocas semanas se situó en el centro

Enrique Moradiellos subraya en su nuevo libro el carácter de “guerra total” en la que los dos contendientes tuvieron que reconstruir un ejército con mandos jerarquizados; centralizar el aparato administrativo para hacer uso de los recursos materiales y humanos; y sostener una retaguardia comprometida con el esfuerzo bélico. Visto el desenlace final, parece evidente que el bando franquista superó al republicano en el manejo de esas tres tareas básicas, pero eso no dependió sólo de factores internos sino, “de manera crucial”, del contexto internacional que sirvió de marco a la guerra civil.

Porque en el escenario europeo desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y del fascismo, España era, hasta julio de 1936, un país marginal, secundario. Todo cambió, sin embargo, a partir del golpe de Estado de ese mes. En unas pocas semanas, el conflicto español se situó en el centro de las preocupaciones de las principales potencias, dividió profundamente a la opinión pública, generó pasiones y España pasó a ser el símbolo de los combates entre fascismo, democracia y comunismo. Moradiellos, Paul Preston, Javier Rodrigo y Carlos Gil conceden mucha importancia al violento laboratorio de políticas de masas en que se convirtió el territorio español.

La guerra española en el reñidero de Europa

Cuando el golpe militar derivó en guerra, la destrucción del adversario pasó a ser prioridad absoluta. Y en ese tránsito de la política a la guerra, los adversarios, políticos e ideológicos, perdían su condición de compatriotas, españoles, para convertirse en enemigos contra quienes era completamente legítimo el uso de la violencia. El total de víctimas mortales se aproximó a 700.000, de las cuales 100.000 corresponden a la represión desencadenada por los militares sublevados y 55.000 a la violencia en la zona republicana. Y al menos 50.000 personas fueron ejecutadas en la posguerra, entre 1939 y 1946.

La guerra civil española fue además la primera de las guerras del siglo XX en que la aviación se utilizó de forma premeditada en operaciones de bombardeo en la retaguardia. La intervención extranjera mandó por el cielo español a los S-81 y S-79 italianos, a los He-111 alemanes y a los “Katiuskas rusos”, convirtiendo a España en un campo de pruebas para la gran guerra mundial que se preparaba. Madrid, Durango, Guernica, Alcañiz, Lérida, Barcelona, Valencia, Alicante o Cartagena, entre otras muchas ciudades, vieron cómo sus poblaciones indefensas se convertían en objetivo militar.

Se ha superado ya esa visión esencialista de que la guerra fue el resultado de una identidad inclinada a la violencia “entre hermanos”

 

“En lo esencial era una guerra de clases”, declaró un observador tan lúcido como George Orwell. Y no le faltaba razón, aunque más correcto sería decir que las clases, sus luchas y sus intereses, fueron actores importantes, pero no los únicos, de aquel conflicto. Hubo, en realidad, varias guerras dentro de eso que llamamos guerra civil. Por eso su análisis ha resultado siempre tan complejo y fascinante. Y por eso el fuego purificador que abrasaba hasta el más mínimo oponente se extendió con tanta rapidez y virulencia por todos los pueblos y ciudades de España.

Algunos historiadores han superado ya esa visión esencialista, tan difundida todavía hoy, de que la guerra civil fue el resultado de odios ancestrales en un país con una identidad y un destino histórico inclinados a la violencia “entre hermanos”.

La guerra española en el reñidero de Europa

La historia de España del primer tercio del siglo XX no fue la crónica anunciada de una frustración secular que, necesariamente, tenía que culminar en una explosión de violencia colectiva. Lo que prueban estas nuevas miradas a esa historia es que no existe un modelo “normal” de modernización frente al cual España puede ser comparada como una excepción anómala. Casi ningún país europeo resolvió los conflictos de los años treinta y cuarenta —la línea divisoria del siglo— por la vía pacífica.

Combatir la ignorancia, las manipulaciones, los usos políticos de esa historia desde el presente no es una tarea fácil. Tampoco lo es captar nuevos lectores, atraer la atención de jóvenes estudiantes para los que la historia no es más que una pesada colección de fechas y nombres. Por eso es tan importante tener una fotografía casi completa de los hechos más significativos y de sus principales actores. Es lo que ofrecen estos libros, concisos, de prosa accesible y con la garantía de una investigación rigurosa y profesional. Ochenta años después.

Enrique Moradiellos, Historia mínima de la guerra civil española, Turner/El Colegio de Mexico;

Javier Rodrigo, La guerra fascista. Italia en la Guerra Civil española, 1936-1939, Alianza Editorial;

Carlos Gil Andrés, Españoles en guerra. La Guerra Civil en 39 episodios, Ariel;

Paul Preston, La guerra civil española (guión e ilustraciones de José Pablo García), Debate.

     

    El escritor que quería hacer historia

    17 octubre, 2017

    Fuente: http://www.elpais.com/cultura

    La crónica de la Guerra Civil de Ludwig Renn, editada en alemán en 1955, ve la luz en España. Es literatura de combate comunista, sin lugar para la retórica o los sentimientos.

    Voluntarios de las Brigadas Internacionales en el Cuartel de la Guardia Republicana en Albacete en 1936.
    Voluntarios de las Brigadas Internacionales en el Cuartel de la Guardia Republicana en Albacete en 1936.REP

    La guerra civil española fue en su origen un conflicto interno entre espa­ñoles, pero en su curso y desarrollo constituyó un episodio de una guerra civil ­europea que acabó en 1945.

    Tras las subida de Hitler al poder, el sentimiento popular antibélico de los años veinte dio paso gradualmente a políticas de rearme y a una crisis de la seguridad internacional. En ese ambiente tan caldeado, para muchos ciudadanos eu­ropeos y norteamericanos, España se convirtió en el campo de batalla de un conflicto inevitable en el que al menos había tres contendientes: el fascismo, el comunismo —o la revolución— y la democracia.

    Muchos narraron los hechos de primera mano, en el frente o en la retaguardia, transmitiendo al mundo historias de horror, heroicidad, compromiso y traiciones. Con las Brigadas Internacionales llegaron a España obreros manuales, aventureros en busca de emociones, intelectuales y profesionales de clases medias, corresponsales de guerra y escritores. La mayoría tenía claro que el fascismo era una amenaza internacional y España era el lugar apropiado para combatirlo. Se habían sentido atraídos por el Partido Comunista, que les daba amparo y una doctrina fuerte a la que agarrarse, en un momento en el que en París confluyeron un montón de exiliados de la Europa oriental, central y balcánica, huidos de la represión fascista y dictatorial.

    El escritor que quería hacer historia

    Ludwig Renn, aunque representaba todo eso, era un tipo singular. Nacido en una familia aristocrática de Dresde en 1889, Arnold Vieth von Golssenau combatió como oficial en un regimiento de Sajonia durante la I Guerra Mundial, una experiencia militar que relató con éxito en Krieg (guerra), en 1929, y continuó en Nachkrieg (posguerra), en 1930, cuando ya había abandonado el Ejército y su clase, incluido su nombre, para abrazar el comunismo y la ortodoxia estalinista.

    Con el ascenso nazi al poder, estuvo en la cárcel año y medio y, tras ser liberado, huyó a Suiza, donde se enteró de la sublevación militar contra el Gobierno republicano en España. A principios de octubre de 1936 se subió a un tren con destino a Cerbère y después a Barcelona. Así comienza su crónica de la guerra civil española, editada en alemán en 1955 y que ve ahora la luz por primera vez en España, más de 600 páginas de literatura de combate comunista, sin apenas lugar para la retórica o los sentimientos, porque “el amor en el campo de batalla es una invención de los escritores. En el frente, la vida real no deja hueco a esos lujos”.

    Alejado, por tanto, de las fantasías de los “tibios” burgueses de izquierda que nunca se jugaron el cuello, Ludwig Renn describe lo que él considera la auténtica realidad, dando fe, desde el principio hasta el final, del relato oficial comunista, frente a “anarcofascistas” (amigos del desorden y de la “palabrería”, inservible en la guerra); “socialtraidores”, representados por Largo Caballero y el “redomado golfo” Indalecio Prieto, y espías trotskistas y del POUM.

    Renn arriesgó su vida en primera línea de fuego, como había hecho ya en la Guerra Mundial, primero como dirigente del batallón Thälmann y después como jefe del Estado Mayor de la XI Brigada Internacional. Estuvo en todas las grandes batallas, desde Madrid hasta Brunete, pasando por el Jarama y Guadalajara, hasta que a comienzos de septiembre de 1937 emprendió, con pasaporte español —Hitler le había despojado de la nacionalidad alemana—, una “misión oficial” de propaganda a favor de la República por Estados Unidos, Canadá y la Cuba de Batista.

    Muchos narraron los hechos de primera mano, en el frente o en la retaguardia, transmitiendo al mundo historias de horror, heroicidad, compromiso y traiciones

    El 21 de septiembre de 1938, Juan Negrín, presidente del Gobierno de la República, anunció en Ginebra, ante la Asamblea General de la Sociedad de Naciones, la retirada inmediata y sin condiciones de todos los combatientes no españoles en el Ejército republicano, con la esperanza de que el bando franquista hiciera lo mismo. Quedaban entonces en España aproximadamente un tercio de todos los que habían llegado para luchar contra el fascismo, y el 28 de octubre, un mes después de su retirada del frente, las Brigadas Internacionales desfilaron en Barcelona ante más de 250.000 personas. Allí estaba Renn, quien permaneció en España hasta la caída de Cataluña. De allí pasó a Francia, después a México y regresó a Alemania 10 años después.

    El problema de la República, concluyó Renn, no fue “la falta de experiencia militar”, que tampoco la tenían, según él, las tropas de Franco, sino “el guirigay entre partidos”, donde sólo el comunista mantuvo el tipo: sin él, y sus “abnegados camaradas y amigos”, la República española “hubiera sido borrada del mapa en un santiamén”.

    Renn no era sólo un escritor comprometido, que luchaba con la pluma y la palabra contra el fascismo. Como les dijo a algunos de sus colegas famosos en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en julio de 1937, él peleaba en el frente y había dejado la pluma porque no quería “escribir historias, sino hacer historia”.

    La guerra civil española. Crónica de un escritor en las Brigadas Internacionales. Ludwig Renn. Traducción de Natalia Pérez Galdós. Fórcola Ediciones. Madrid, 2016. 721 páginas. 39,50 euros.

    ¿Qué profesiones son más de derechas y cuáles más de izquierdas?

    13 octubre, 2017

    Fuente: http://www.eldiario.es

    En nuestro día a día resulta corriente escuchar comentarios más o menos explícitos en los que se asocia a los directivos y empresarios con orientaciones de derecha y a ocupaciones manuales como obreros industriales con orientaciones de izquierda. Si bien la creencia de que la profesión de la persona influye de algún modo en sus preferencias políticas y nos ofrece un mapa interpretativo que nos ayuda a dar sentido a un mundo cambiante y extremadamente complejo, cabe plantearse hasta qué punto es válida. En este artículo examino este asunto y ofrezco desde la sociología una respuesta tentativa a dos preguntas: ¿Hasta qué punto sigue existiendo una asociación entre la profesión de la persona y su orientación ideológica? Si existen diferencias apreciables en la posición ideológica de distintas profesiones, ¿qué profesiones se autodefinen como más de derechas y cuáles como más de izquierdas?

    Resulta informativo empezar considerando las profesiones de quienes se consideran más de derechas. En el gráfico presentado a continuación encontramos el listado con su valor de auto-ubicación medio. Algunos casos son sorprendentes y otros más predecibles. Entre los casos más predecibles encontramos a los profesionales de derecho (abogados, jueces, notarios o magistrados), varios tipos de directivos (de servicios de negocios, operaciones, industria y servicios profesionales), así como a los médicos y agentes de ventas. Entre los casos sorprendentes destaca la profesión más de derechas de entre las 79 consideradas: los asistentes de vuelo, conductores y guías. Dicho grupo incluye a los asistentes de vuelo y guías en aeropuertos y cuentan con una media de auto-ubicación ideológica 0,8 puntos mayor que la media en España. Dicho esto, el valor de la auto-ubicación ideológica no difiere significativamente entre estas 15 profesiones, por lo que que no conviene sobre-interpretar las diferencias entre ellas. Otros casos también sorprendentes en este grupo son los trabajadores de la confección y los profesores de educación primaria y preescolar. Por tanto, entre las profesiones más de derechas encontramos un grupo de ocupaciones muy bien remuneradas y con condiciones laborales ventajosas, junto a otro grupo más diverso de profesiones de estatus intermedio o intermedio bajo.

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    Esta relativa diversidad en las profesiones más de derecha responde en parte al hecho de que en las sociedades post-industriales contemporáneas los ciudadanos cuentan con motivaciones diversas para fijar su auto-ubicación ideológica. Históricamente la identificación con la derecha o la izquierda derivaba de la posición de la persona en la jerarquía socio-económica y los intereses económicos que ello conllevaba. Las personas con mayores ingresos o riqueza tienen incentivos a apoyar políticas públicas que mantengan el orden social y la distancia entre grupos económicos, las cuales suelen promoverse por partidos de derechas. No obstante, desde los años setenta ha surgido una nueva dimensión de diferenciación ideológica entorno al apoyo a la tradición cultural, organizaciones religiosas y visiones clásicas de la familia versus el apoyo a la autonomía individual, la auto-expresión y la lucha contra la discriminación. El primer grupo de principios ha venido asociado con partidos de derechas y el segundo grupo de principios con partidos de izquierdas. Un ejemplo claro es la actitud hacia el matrimonio homosexual, que es ampliamente apoyado por las personas de izquierdas y menos aceptado por las personas de derechas. La existencia de estas dos motivaciones – una económica y otra cultural – supone que podamos tener personas muy de derechas debido a su clase social, otras por su conservadurismo cultural o normativo y otras por una combinación de estos dos factores.

    Respecto a las 15 profesiones con una auto-ubicación ideológica más a la izquierda cabe identificar dos grandes grupos. En uno se encuentran ocupaciones creativas o de alto componente intelectual. Entre ellas destaca el grupo de artistas, músicos y actores. Con un valor muy alto también encontramos a autores, periodistas y lingüistas, profesionales del ámbito social y religioso y técnicos profesionales de las áreas legal, social y religiosa. Otra profesión de orientación intelectual que puede sorprender como una de las más de izquierdas es la de profesores de universidad y de educación superior. Si bien muchos de estos profesionales cuentan con remuneración superior a la media del país y relativa seguridad en el empleo, destacan por su compromiso con posiciones de izquierda. Muy probablemente esto se debe a que los profesores de universidad suelen estar especialmente comprometidos con la auto-expresión y la lucha contra toda forma de discriminación, tradicionalmente asociados con la izquierda. El segundo grupo de profesiones con mayor orientación a la izquierda son fundamentalmente del sector industrial o profesiones tradicionales con baja especialización. Ahí encontramos a los supervisores de la minería y la industria, los técnicos de control de procesos, trabajadores agrícolas y de la pesca y artesanos.  Resulta interesante comprobar que los médicos son particularmente de derechas y los enfermeros particularmente de izquierdas.

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    En definitiva, este breve artículo demuestra la existencia de importantes diferencias en la auto-ubicación ideológica de 79 profesiones presentes en el mercado laboral español contemporáneo. De hecho, entre las profesiones más de derechas y más de izquierdas encontramos más de 2 puntos de diferencia en una escala 0-10. La profesión sigue influyendo en la orientación ideológica de las personas. Dicho esto, los resultados de este breve análisis sugieren una creciente complejidad en las motivaciones personales que inducen posiciones de derecha y de izquierda. Para muchas profesiones su posición viene fijada sustancialmente por sus oportunidades vitales derivadas de su posición en el mercado laboral y, por tanto, de las ventajas personales que pueden obtener de políticas redistributivas asociadas con la izquierda. Otras profesiones, en cambio, fijan su orientación sobre la base de su posición en un conflicto cultural emergente entre visiones tradicionalistas y aquellas más progresistas. Cabe esperar que en las próximas décadas la posición personal en el conflicto cultural sea cada vez más relevante en la ideología de las personas. No obstante, los datos presentados en este artículo indica que en la España contemporánea tanto los valores de las personas como sus intereses económicos influyen en la posición ideológica de distintos grupos profesionales, aunque también es posible que los jóvenes con cierta orientación ideológica sean más proclives a escoger ciertas profesiones.

    Nota metodológica: Como indicador de posición ideológica, tomo el índice de auto-ubicación izquierda-derecha en el que 0 es extrema izquierda y 10 extrema derecha. Respecto a las profesiones, utilizo la clasificación ISCO a tres dígitos. Dicho nivel de desagregación ofrece el mejor equilibro entre suficiente concreción en el tipo de ocupación y un tamaño muestral suficiente de cada grupo. La fuente utilizada para el análisis es la Encuesta Social Europea (ESS). Para maximizar el número de profesiones consideradas en el análisis y que cada grupo incluya al menos 30 encuestados, fusiono las siete oleadas de la ESS realizadas hasta la fecha entre 2002 y 2014. El análisis finalmente incluye 79 profesiones distintas. La posición ideológica presentada a continuación ha sido estimada controlando por la edad y el género de la persona entrevistada. Limito la evidencia presentada a las 15 profesiones con valores más altos (más de derechas) y más bajos (más de izquierdas) para reducir la complejidad de la discusión.

    Rigor contra la manipulación del franquismo

    7 agosto, 2017

    Fuente: http://www.elpais.com

    Los historiadores arrojan luz sobre ese pasado traumático y demuestran que el rigor es el primer paso para evitar el uso político de esa época

    Franco visita las obras del pantano de Santa Ana, en la cuenca del Ribagorzana, en 1955.
    Franco visita las obras del pantano de Santa Ana, en la cuenca del Ribagorzana, en 1955. PÉREZ DE ROZAS

    Franco comenzó el asalto al poder con una sublevación militar y lo consolidó tras la victoria en una guerra civil. Hasta 1945, él y su dictadura no fueron una excepción en aquella Europa de sistemas políticos autoritarios, totalitarios o fascistas. Pero tras el final de la II Guerra Mundial, las dictaduras derechistas, que habían sido dominantes desde los años veinte, desaparecieron de Europa, salvo en Portugal y España. Muertos Hitler y Mussolini, Franco siguió 30 años más.

    Han pasado ya cuatro décadas sin él y, aunque la dictadura es todavía objeto de controversia política, con memorias divididas que proyectan su larga sombra sobre el presente, los historiadores han elaborado, a través de enfoques y métodos de indagación muy distintos, una fotografía bastante completa de ese pasado.

    Una foto completa de Franco y su dictadura 40 años después

    El Ejército, la Falange y la Iglesia representaron a los vencedores de la Guerra Civil, y de ellos salieron el alto personal dirigente, el sistema de poder local y los fieles siervos de la Administración. Esas tres burocracias rivalizaron entre ellas por incrementar las parcelas de poder, con un reparto difícil que creó tensiones desde los primeros años del régimen, cuando se estaba construyendo, examinados por Joan Maria Thomàs en Franquistas contra franquistas.

    Aunque aparecieran desde el comienzo luchas entre franquistas, en lo que todos estuvieron de acuerdo fue en el culto rendido al general Franco, tema ya estudiado hace tiempo de forma exhaustiva por Paul Preston en su magnífica biografía, ahora ampliada, y en cuyos mitos incide también la reciente aproximación de Antonio Cazorla. El Caudillo fue rodeado de una aureola heroico-mesiánica que le equiparaba a los santos más grandes de la historia. Aparecían por todas partes estatuas, bustos, poesías, estampas, hagiografías. La imagen de Franco como militar salvador y redentor era cuidadosamente tratada e idealizada, y su retrato presidió durante los casi cuarenta años de dictadura las aulas, oficinas, establecimientos públicos y se repetía en sellos, monedas y billetes.

    La gran empresa de Franco y los vencedores consistía en la regeneración total de una nación nueva forjada en la lucha contra el mal, el sistema parlamentario, la República laica y el ateísmo revolucionario. Como recordaba el 1 de abril de 1939 Leopoldo Eijo y Garay, obispo de la diócesis de Madrid, era “la hora de la liquidación de cuentas de la humanidad con la filosofía política de la Revolución Francesa”.

    El Ejército, la Falange y la Iglesia rivalizaron por incrementar las parcelas de poder con un reparto que creó tensiones

    Y para liquidar esas cuentas y que los vencidos pagaran las culpas se puso en marcha un terror institucionalizado y amparado por las leyes del nuevo Estado, un engranaje represivo y confiscador que causó estragos entre los vencidos, abriendo la veda para una persecución arbitraria y extrajudicial que en la vida cotidiana desembocó muy a menudo en el saqueo y en el pillaje. Como confirman investigaciones recientes en Cataluña, Aragón y Andalucía, en aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas se abrieron decenas de miles de expedientes a obreros y campesinos con recursos económicos escasos, pero también a clases medias republicanas con rentas más elevadas. Los afectados, condenados por los tribunales y señalados por los vecinos, quedaban hundidos en la más absoluta miseria. En muchos casos, las sentencias se impusieron a personas que ya habían sido ejecutadas.

    Con el paso del tiempo, la violencia y la represión cambiaron de cara, la dictadura evolucionó, “dulcificó” sus métodos y, sin el acoso exterior, pudo descansar, ofrecer un rostro más amable, aunque nunca renunció a la Guerra Civil como acto fundacional, que recordó una y otra vez en un entramado simbólico de ritos, fiestas, monumentos y culto a los mártires.

    Franco murió matando, como relata Carlos Fonseca en la reconstrucción de la semblanza de los últimos fusilados, pero los cambios producidos por las políticas desarrollistas a partir del Plan de Estabilización de 1959 y la machacona insistencia en que todo eso era producto de la paz de Franco dieron una nueva legitimidad a la dictadura y posibilitaron el apoyo, o la no resistencia, de millones de españoles.

    Una foto completa de Franco y su dictadura 40 años después

    Esos “buenos” años del desarrollismo, opuestos a la autarquía y el hambre, alimentaron la idea, sostenida todavía en la actualidad por la derecha política y defendida en el libro de Stanley G. Payne y Jesús Palacios, de que Franco fue un modernizador que habría dado a España una prosperidad sin precedentes. Y frente a ese mito del modernizador y salvador de la patria opone Ángel Viñas, con el rigor y exhaus­tiva aportación de pruebas que le caracteriza, La otra cara del Caudillo,la de las bases y naturaleza de su poder dictatorial.

    Historias y mitos administrados por historiadores que persuaden, atraen al lector y demuestran que narrar con rigor, en obras bien informadas, es el primer paso para evitar el uso político de ese traumático pasado. Españoles, Franco ha muerto, titula su ensayo Justo Serna, quien recuerda que al franquismo no podemos liquidarlo con el olvido o la ignorancia.

    Franquistas contra franquistas. Joan Maria Thomàs. Debate. Madrid, 2016. 318 páginas. 24,90 euros.

    Franco. Paul Preston. Debate. Barcelona, 2015. 1.087 páginas. 32,90 euros.

    Franco, biografía del mito. Antonio Cazorla. Alianza. Madrid, 2015. 392 páginas. 22,45 euros.

    El “botín de guerra” en Andalucía. Miguel Gómez Oliver, Fernando Martínez y Antonio Barragán (coordinadores). Biblioteca Nueva. Madrid, 2015. 408 páginas. 28 euros.

    Mañana cuando me maten. Carlos Fonseca. La Esfera de los Libros. Madrid, 2015. 392 páginas. 23,90 euros.

    Franco, una biografía personal y política. Stanley G. Payne y Jesús Palacio. Espasa. Madrid, 2015. 800 páginas. 26,90 euros.

    La otra cara del Caudillo. Mitos y realidades en la biografía de Franco. Ángel Viñas. Crítica. Barcelona, 2015. 448 páginas. 21,75 euros.

    Españoles, Franco ha muerto. Justo Serna. Punto de Vista Editores, 2015. 288 páginas. 16 euros.

    Nos dijeron que era la última guerra: 80 años de ‘La gran ilusión’

    27 julio, 2017

    Fuente: http://www.eldiario.es

    Corría la década de los treinta. En las carteleras habían destacado diversas películas, como Sin novedad en el frente o Las cruces de maderaque revisaron la I Guerra Mundial con talante antibelicista. Los horrores de la trinchera, las armas químicas y las ametralladoras de gran calibre, parecían haber calado en la sensibilidad de los cineastas. Aún así, cintas como Alas sobrevolaban los campos de batalla para proponer espectaculares combates aéreos entre caballeros del aire.

    La Alemania hitleriana todavía no se había anexionado Austria ni había invadido Polonia, pero comenzaba a vislumbrarse otra confrontación bélica a gran escala. En este contexto, Jean Renoir, hijo del pintor Pierre-Auguste Renoir, filmó La gran ilusión, un clásico atemporal y un atípico filme de guerra sin guerra, emotivo y con un discurso quizá más socialista que patriótico.

    Los protagonistas de la película de la que se cumplen ahora 80 años son militares franceses capturados por el ejército alemán durante la I Guerra Mundial. Pasan toda la película lejos del frente. Charlan, organizan actividades e intentan engañar a sus carceleros mientras preparan planes de fuga. Juegan a la guerra, aunque arriesgan su vida de verdad. Con este relato, Renoir no rompió completamente con el cine bélico de camaradería, canciones y sacrificio, pero se alejó de la épica. Y destacó el factor humano y la empatía entre individuos enfrentados por motivos dificílmente comprensibles.

    El realizador francés se anticipó a ese Hollywood antifascista que recordaba la I Guerra Mundial para dialogar con el presente. Películas como Regimiento heroico (1940) o El sargento York (1941) prepararían a la audiencia para otro estallido bélico con el viejo enemigo alemán. La gran ilusión, por su parte, no azuzaba las enemistades entre naciones, sino que resultaba una variante castrense del realismo poético francés y su simpatía hacia el proletariado.

    Solidaridad y conflictos de clase

    La propuesta de Renoir, que sintonizaba con el gobierno del Frente Popular francés, y el guionista Charles Spaak se fundamentaba en una visión izquierdista del conflicto. La guerra se representa como un asunto de la oligarquía, como un problema ajeno en el que el pueblo se ve forzado a intervenir. El protagonista es un mecánico ascendido a oficial, interpretado por el popularísimo Jean Gabin: Maréchal asume a regañadientes la lógica nacionalista de la guerra, pero tiene tan presentes las diferencias de clase como la lucha de banderas.

    En paralelo, se rehuía deshumanizar al enemigo. Abundan los carceleros sensibles con el sufrimiento de los prisioneros. Y una campesina germana también aparece en la ficción, ayudando a los franceses fugitivos. En un momento dado, les enseña las fotografías de los hombres de su familia: todos han muerto en la guerra. En la linea del realismo poético de El muelle de las brumas o Al despertar el día, se retrata el sufrimiento de los desfavorecidos y también su capacidad solidaria. Un amor fugaz, quizá imposible, solía ser el premio de consolación a una vida de contratiempos.

    La gran ilusión fotograma 2
    Jean Gabin (en el centro) fue uno de los rostros del realismo poético francés, asociado con el gobierno del Frente Popular

    Un personaje de la película tiene especialmente claro que la guerra es un asunto de clase: el oficial alemán interpretado por Erich von Stroheim. Pero la contienda también le parece fútil: cree que, venza quien venza, los privilegios hereditarios acabarán perdiendo relevancia. Con ese sentimiento de fatalidad, y con un clasismo y un racismo expresados con palabras correctísimas, el mayor von Rauffenstein intenta sobrevivir la guerra con el máximo fair play y dedicando atenciones al enemigo al que ve como un igual: el aristocrático teniente de Boeldieu.

    Von Rauffenstein puede entenderse como símbolo de un imperio especialmente antidemocrático, pero Renoir también le dota de humanidad al mostrarlo profundamente conmovido por una muerte. Boeldieu, por su parte, representa a una élite que acepta el signo de los tiempos y coopera con un mecánico y un rico de origen judío. Por eso, aunque sea de manera conflictiva, La gran ilusión permite una cierta conciliación con el discurso oficial. Con tensión, incluso con insultos, tres personajes muy diferentes colaboran por una causa nacional que coincide, en algunos aspectos, con la causa progresista.

    A pesar de ello, el resultado no servía como obra propagandística. El substrato internacionalista del filme incomodó a la mayoría de las partes en unos tiempos en que no se permitían las sutilezas: lo censuraron la Alemania nazi, la Francia republicana y el régimen colaboracionista de Vichy.

    Un clásico cuestionado

    Después de la guerra, la película también tuvo sus detractores. Aunque siguió siendo loada por su sensibilidad, sus personajes memorables y sus momentos de  belleza y emotividad, quizá mostraba una guerra demasiado limpia para una realidad de genocidios planificados en campos de concentración y de bombardeos atómicos e incendiarios sobre ciudades habitadas. Quizá a Renoir le movía el decoro cuando evitaba representar las muertes usando delicados movimientos de cámara. Quizá también influyó una cierta nostalgia de la juventud: Gabin vestía el mismo uniforme que el cineasta portó en sus tiempos de piloto.

    Renoir incluso fue acusado de producir un filme colaboracionista, de anticiparse al gobierno de Vichy, por su retrato de un personaje de ascendencia judía. La acusación parece excesivamente dura. La caracterización de Rosenthal partía de una mirada etnocéntrica, de la contemplación del otro como alguien peculiar y destinado a un papel secundario. Pero el cineasta invertió los estereotipos antisemitas para dibujar un personaje generoso y empático, uno más del trío interclasista de camaradas. Aunque algunos héroes lo sean más que otros, y el proletario interpretado por Gabin reine en la pantalla.

    La gran ilusión cartel
    El filme fue prohibido tanto por el gobierno francés republicano como por el régimen de Vichy

    Dejamos para el final un último tema de la película. Su mismo título sugiere algo que explicitan varios diálogos del filme: la gran guerra fue un engaño. Figuras como el presidente estadounidense Woodrow Wilson o el escritor  H. G. Wells (que se arrepintió de su arrebato militarista) hablaron de una guerra que terminaría con todas las guerras. Como se comprobó posteriormente, la peculiar estrategia de acabar con la violencia a través de la violencia resultó ser un espejismo por el cual marcharon y lucharon millones de soldados. Muchos de ellos pagaron con sus vidas.

    Durante el rodaje de La gran ilusión, Renoir aún no podía saber que ese discurso volvería a usarse de cara a la II Guerra Mundial. Un par de años después, filmó La regla del juego, una comedia más esquiva, menos popular, muy marcada por el clima pre-bélico. Posteriormente, el director se exiliaría en los Estados Unidos y filmaría una de las obras más memorables del Hollywood propagandístico posterior a Pearl Harbor: la antifascista Esta tierra es mía.