Posts Tagged ‘Javier Marías’

Instrucciones para triunfar como político y como columnista

2 septiembre, 2017

Fuente: http://www.blogs.publico.es

19Jul 2017

Pascual Serrano (@pascual_serrano)

Periodista

Es curioso observar qué tipo de perfil personal, imagen pública o comportamiento mediático triunfa en los medios. Dos de ellos resultan dignos de análisis: los políticos y los columnistas de prensa. Respecto a los primeros descubrimos que resulta muy rentable aparentar ser modoso, cándido, recatado, blando, incluso, por qué no decirlo, casi medio tonto hasta el punto de ser objeto constante de burla y mofa. No nos referimos a todos los políticos, claro está, sino a los líderes de partidos mayoritarios. El objetivo es despertar rechazo o animadversión en el mínimo porcentaje de electores, de ahí que cuanto más plana sea su personalidad más servirá de comodín. Si además explotas tu imagen de bobalicón y poco inteligente el resultado es muy positivo, porque parece que los ciudadanos te perdonan todo con tal de que puedan creerse más listos que tú. El líder político permite su escarnio mientras encajamos su corrupción y robo. La burla se convierte en una válvula de escape al servicio de la reacción: te puedes reír del político mientras te roba. Humoristas y ciudadanos pueden llamar todos los días y a todas horas gilipollas y lerdos al presidente del gobierno, a Pedro Sánchez, a Albert Rivera, a Toni Cantó sin que nadie se moleste. Parece como si gran parte de la ciudadanía y de los periodistas se sintiesen cómodos riéndose de Mariano Rajoy juzgándolo corto de luces, a cambio de mantenerlo al frente del gobierno pero encantados de considerarse más inteligentes que su presidente. Frases como la de “cuanto mejor peor…” o “es alcalde el que quiere…”, no solo no tienen un coste político para Rajoy, sino que le hacen quedar como una persona sencilla, inocente y, por supuesto, con menos luces que nosotros. ¿Cómo me va a engañar o robar alguien más tonto que yo?

Expresiones de ese tipo o esa imagen que no crea enemigos, es algo muy importante en política cuando sabes que ni tu programa ni tu ideario levanta pasiones. Lo dijo Rajoy en otra de sus frases de Perogrullo: “Lo importante es caerle mejor a más que a menos”. Ni mejorar la sanidad ni construir escuelas, caer bien es la clave. El político acepta con humildad el desprecio de la joven generación, pero no le preocupa porque sabe que no maquinan su derrocamiento, a lo más utilizarle como objeto de chiste y sorna.

Sin duda aparentar poca capacidad mental es buena cosa para triunfar en la política española. Ahí está la trayectoria de Esperanza Aguirre, la lanzaron al estrellato los chistes burlándose de ella cuando era ministra de Cultura y la sorna del programa de humor Caiga quien caiga (CQC). No importaba que fuese mentira aquella reacción de Aguirre preguntando quién era la escritora Sara Mago, mientras nosotros nos reíamos. Miren qué clarito lo cuenta la lideresa en su biografía de 2006 escrita por Virginia Drake: “[Los reporteros de ‘CQC’] Me perseguían siempre, me querían pillar en todo y yo me lo tomaba a broma, pero mis jefes de prensa no hacían más que advertirme de cuándo aparecían para que saliera por otra puerta. Yo no les hacía caso, porque entendí que ‘CQC’ me proporcionaba una popularidad enorme y la posibilidad de darme a conocer, algo que hubiera costado muchísimos millones lograr”. ¿Qué daño puede hacer una política pija, que ni sabe quién es José Saramago, a alguien como a mí que me he leído sus libros? Y miren cómo dejó la sanidad y las cuentas de la Comunidad de Madrid.

Ahora veamos el caso de los columnistas. Aquí la forma de destacar es pegar patadas a la mesa, lo de menos es que sea con lucidez o talento. Hay que soltar un eructo en la comida o un sonoro pedo en el teatro para llamar la atención y que hablen de ti. Salvador Sostres lo sabe bien, nadie habla en positivo de una columna suya, pero todos lo leen para comprobar su última mamarrachada. Y a subir las estadísticas de accesos en internet. Javier Marías se ha apuntado al formato y ahora está más en el candelero que nunca. La fórmula es sencilla. Te encuentras, por un lado, en los días en que se celebra en WorldPride en Madrid; por otro, en tiempos en que la reivindicación de la mujer y el feminismo tiene una presencia y apoyo generalizado en los medios, y, por último, que próximamente se va a conmemorar el primer centenario del nacimiento de la poetisa Gloria Fuertes, como es sabido, feminista y lesbiana. Pues ya está, Marías escribe en El País una columna diciendo Gloria Fuertes no es una buen poeta y no hay que tomarle muy en serio, hace carambola y lo peta. Le responde en un tuit Pablo Iglesias llamándole “pollavieja”, el humorista Joaquín Reyes contraataca con otra columna de coña en el mismo diario que es referenciada en los mediosvuelve a responder Marías. Una orgía de chupar protagonismo en las redes.

Para triunfar en el columnismo hay que ser un trol, ni escribir bien ni tener ideas originales. Y además alardear de ser un bronca, como esos ultraderechistas xenófobos que se califican en su perfil de Twitter como “políticamente incorrectos” (y “mentalmente limitados” añadiría yo).

Parece que vamos en camino de cumplir la predicción de la distopía de la comedia cinematográfica Idiocracia, donde retrasados mentales, actores porno y mentes infantiloides acaban gobernando el mundo. Eso sí, con el apoyo de Sostres y Marías, y los medios que ganan dinero cuando leemos sus columnas que nos encabronan.

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El peligro de terminar como Pérez-Reverte o Javier Marías

3 marzo, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Sí, temo que con la edad pueda convertirme en un cascarrabias. No en un cascarrabias que se ríe de sí mismo como antídoto para intentar espantar a la muerte, sino en un cascarrabias cínico y guardián de las esencias.

Pérez-Reverte gana el 43 Premio Averroes por su contribución a las Letras

Arturo Pérez-Reverte

Iker Armentia. 27/01/2017 – 18:50h

Con un bote de ansiolíticos y una cadera pocha crucé el pasado año el rubicón de los 40, esa edad en la que se supone que hay que mirar hacia atrás y hacer balance de lo vivido para tomar impulso hacia lo que llaman madurez y que no se sabe muy bien qué es. No soy especialmente partidario de visitar el peligroso parque de atracciones de Conócete A Ti Mismo: conocerse a uno mismo no trae más que problemas y… ¿quién de verdad no se conoce a sí mismo a estas alturas? Si tengo que elegir, prefiero la siesta a la terapia. Es más barata.

Y sin embargo desde hace un tiempo empiezo a notar una perturbación en la Fuerza que me preocupa. Ocurre de repente, de forma involuntaria. En el cumpleaños de algún crío se habla de que ya no se trabaja como antes y que ahora lo primero que quieren saber es a qué hora se sale del trabajo, y los políticos, madre mía, los políticos antes eran unos tipos serios, no este desmadre de la tele, y además son todos unos ladrones, y ese sobrino que ha pencado cinco y pasa de todo, solo piensa en salir los fines de semana y llega a las mil a casa y… Y ahí estoy yo, en silencio, hasta que me sumo con entusiasmo a la orgía de los lamentos: “¿Pero a esas horas qué hay abierto? ¡En qué tugurios andarán!”.

Esto es más viejo que Sócrates –”los jóvenes hoy en día son unos tiranos, contradicen a sus padres, devoran su comida y le faltan el respeto a sus maestros”–, pero no deja de ser patético –y adictivo y reconfortante– que para justificar cierto sentido a nuestra existencia tengamos que arremeter por defecto contra los que vienen por detrás, contra las nuevas expresiones políticas y culturales, contra las nuevas formas de relacionarse, contra todo lo que no sea nuestro pasado criogenizado en una nostalgia perfecta. Y falsa.

Sí, temo que con la edad pueda convertirme en un cascarrabias. No en un cascarrabias que se ríe de sí mismo como antídoto para intentar espantar a la muerte, sino en un cascarrabias cínico y guardián de las esencias. Y que empiece a odiar a los ciclistas, las peatonalizaciones, los niños y los padres de los niños, y la gente que te pide que le saques una foto, y que, tal y como escribió Carlos Prieto, la vida me parezca una conspiración urbana contra mi persona.

Y temo que del cabreo pase al cinismo, y me convierta en ese tipo de gente que se mofa del esfuerzo sincero de quienes quieren mejorar sus barrios, sus colegios, el mundo, y los llama “buenistas” porque se siente orgullloso de explicar que los seres humanos somos una pandilla de malnacidos y que todo empeño por cambiar las cosas es baldío, y tú no has olido el gélido aliento de la muerte, la bala que te mata es la que no oyes, bla, bla, bla.

Y temo que, como ha ocurrido esta semana, un día escriba en mi columna que ya no voy al teatro porque me he convertido en un señor amargado o me premien por escribir que la gente no le echa cojones como antes y los refugiados se nos van a comer como los bárbaros a los romanos.

En definitiva, temo convertirme en Pérez-Reverte o Javier Marías. Lagarto, lagarto.

La imaginación, recortada

13 noviembre, 2015

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

El dicho podría adaptarse así a los políticos y a los tiempos que corren: “Dime de qué recortas y te diré quién eres”. Al Gobierno del PP le ha llevado poco definirse con exactitud y -como les encanta subrayar a sus miem­bros más memos- “sin complejos”. Ya señalé en época de Az­nar cuál era la traducción fidedigna de esto: “sin escrúpulos”. Ahora, con los presupuestos de 2013, inútiles para amortiguar la crisis pero dañinos para la población, la cultura se ha queda­do a dos velas, con un tijeretazo del 30% que lo mina todo, des­de el Prado y el Reina Sofía hasta el Teatro Real, la Biblioteca Nacional y el Liceo, por mencionar instituciones principales. Sin embargo, lo que me ha resultado más hiriente, quizá por­que afecta a algo esencial y modesto y que además pertenece a mi campo, es que las cincuenta y dos bibliotecas públicas del Estado contarán el año que viene con… cero euros. Esto es, no habrá ni un penique para que compren un solo título antiguo ni nuevo, en el momento -la austeridad obliga- en que los es­pañoles han decidido acudir a ellas más que nunca. Una bi­bliotecaria de Guadalajara se lamentaba en este periódico: en 2007 había contado con 150.000 euros del Gobierno para adquirir ejemplares; en 2012 recibió 56.000. En 2013 no tendrá ni uno.

Nunca cambian las cosas. En periodos difíciles, cuando escasea hasta lo básico, los políticos tien­den a considerar -pero unos más que otros, y ahí se retratan- que la cultura en general y la literatura en particular son superfluas, un lujo del que se debe prescindir. Ni siquiera desde una pers­pectiva estrictamente monetaria esto es cierto: lo que se en­tiende por “cultura” supone un 4% del PIB de nuestro país y genera 600.000 empleos, pese a lo cual, en los últimos cuatro años, el sector ha sufrido un recorte acumulado del 70%. Y, como les digo a veces en broma a Antonio y Alberto, de la Librería Méndez, los escritores, en estos tiempos de precarie­dad, somos de los pocos que aún podemos “acuñar moneda”, hacer que surja dinero de donde no había nada -una página o pantalla en blanco-. Si un libro que cuesta 20 euros vende 150.000 ejemplares, habrá “acuñado” 3 millones de euros, que se repartirán entre el distribuidor, el librero, el editor, el autor, su agente y Hacienda, y que ayudará a que todos man­tengan sus infraestructuras y paguen los sueldos de sus empleados. ¿No se dedica este Gobierno -igual que el Tea Party- ­a ensalzar a los “emprendedores” y “creadores de riqueza”, en detrimento de los despreciables asalariados? Parece que haga distinciones según lo que se cree, y la literatura es para él ornamento y entretenimiento, a diferencia de los científi­cos y fundamentales casinos de Adelson.

Incluso se suscita esta cuestión: en época tan dura, ¿qué diablos hacen los literatos ocupándose de gente y de mundos que no existen? ¿Cómo pueden abstraerse de lo que ocurre a su alrededor? Siempre cabría responder con la cita de Burke en la que siempre me insiste una mujer muy querida: “No desesperéis jamás; y si desesperáis, seguid trabajando”. Pero no es sólo eso: cuanto más ardua la cotidianidad, más se necesita evadirse… durante un rato al día. Hora y media de una pelícu­la, una hora de lectura al final de la jornada. Si leemos de tiempos de guerra, recordamos que los hubo peores y que acaso no debamos quejarnos tanto; si de tiempos apacibles y prós­peros, nos damos cuenta de que también los hay y de que siempre han vuelto tras los aciagos. Nos metemos en vidas y circunstancias que no son las nuestras, descansamos de no­sotros mismos con otros conflictos, y sí, merced a eso nos eva­dimos un poco. La evasión estaba mal vista por los marxistas más dogmáticos en mi juventud, porque según ellos había que ser continuamente consciente de la situación dictatorial en la que nos encontrábamos. Como si uno olvidara la realidad por apartarla de los ojos brevemente. Los que escriben y hacen cine, los que interpretan y componen música, todos ellos dan consuelo al término de la jornada. Lo dan incluso a quienes no fre­cuentan sus obras, porque el arte y las ficciones acaban por permear las existencias de todos, aunque sea indirectamente. Son parte de nuestra formación como personas y, si no otras cosas, nos enseñan a pasar por la tierra con una dimensión imaginativa, a mi modo de ver necesaria para comprender lo que nos pasa, y útil para aguantarlo. Poco a poco aprendemos a vivir nuestras vidas contándonoslas. A la vez que las vivimos, las imaginamos, y así les damos el carácter de “historias”. Como tales, sabemos o creemos saber que todo puede cambiar, que puede haber un giro de la fortuna, que tal vez haya mejora. Dotar a lo que nos sucede de esa di­mensión es una ayuda enorme contra la realidad que nos apesadumbra. Por eso tantos buscamos esos mundos imagina­rios y leemos, para ejercitarnos en ello. Lo dijo Isak Dinesen, y la he citado muchas veces: “Todas las penas pueden soportar­se si se convierten en una historia”. El Gobierno de Rajoy, siguiendo una vez más el ejemplo de Franco, que siempre des­preció la cultura y trató de reducirla al mínimo, nos priva ahora de las bibliotecas vivas, lo cual equi­vale a privar, a los que las necesitan, de su descanso y su consuelo diarios, y a mermar su imprescindible dimensión imaginativa.

JAVIER MARÍAS

El País Semanal, 14 de octubre de 2012

Con los pies

17 agosto, 2015

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

Créanme si les digo que no tengo interés en convertir esta columna en una monótona crítica al Gobierno del PP. Es más, la perspectiva me aburre, luego supongo que a ustedes también. Qué más quisiera yo que contar con un Presidente y unos ministros inteligentes y justos, que hicieran lo posible por beneficiar al país y a sus habitantes. Pero es todo lo contrario, y además, como comen­té el pasado domingo, la célebre crisis no les ha absorbido todo su tiempo, sino que aún les sobra para ir de desmán en despropósito y de despropósito en tropelía, y son ya tantos que muchos pasan inadvertidos y se quedan sin respuesta. Sale la noticia al respecto y el siguiente impide (el inmediato) que nadie se pare a denunciado.

En pleno mes de agosto, la Ministra de Fomento, Ana Pas­tor, presentó la llamada “nueva ley de Medidas de Flexibiliza­ción y Fomento del Alquiler de Viviendas”, que, como su pomposo y absurdo nombre no indica, pretende “dar gas al raquítico mercado del alquiler en España, muy por debajo de la me­dia de la Unión europea”. La idea no sería mala en sí misma (si fuera cierta): más de una vez he criticado la obsesión de los españoles por tener una vivienda en propiedad. Es una de las causas de nuestros males; es lo que ha llevado a millones de ciudadanos a hipotecarse durante treinta, cuarenta y hasta cincuenta años para comprarse un piso, con el beneplá­cito y las tentadoras ofertas de crédito de todos los bancos. La gente tiene la noción primaria y estúpida de que, si alquila, “está tirando el dinero”, porque destina a satisfacer la renta mensual “más o menos” lo que destinaría a pagar la hipoteca, con la diferencia de que, en el segundo caso, al final la vivien­da sería suya y se la dejaría a sus hijos. Como sabemos dema­siado bien ahora, son centenares de miles las familias que, al no poder hacer frente a su hipoteca, han perdido su piso y su dinero. En los años de la burbuja inmobiliaria yo me pregun­taba: “Dada la precariedad actual del empleo, ¿cómo hay tan­tos individuos dispuestos a endeudarse para toda su vida –y quizá parte de su muerte-, con los trágicos riesgos que com­porta, en vez de alquilar sin más problemas?” Uno no “tira el dinero” por hacer esto último: lo gasta a cambio de algo, de la misma manera que gasta en comer o en vestirse. La obsesión por la compra del piso es propia de país atrasado y supersti­cioso. Menos del 20% de los españoles viven en alquiler mien­tras que en Francia, Gran Bretaña o Alemania el porcentaje ronda o supera el 50%, si no estoy mal informado.

La Ministra Pastor, sin embargo, o es muy cínica o es muy corta (o en fin, no son cosas que se excluyan). Porque vea­mos: con esta nueva ley bastará con que el inquilino se retra­se diez días en el pago de una mensualidad para que la justi­cia apruebe su desahucio (“desahucio exprés”, lo llaman); y, a diferencia de lo que ocurría hasta hoy, el abono de la deuda  -pongamos en el undécimo día- ya no pondrá fin automática­mente a ese procedimiento de desahucio, sino que éste seguirá adelante sin vuelta de hoja. Así que si uno está de viaje dos semanas y no satisface la mensualidad cuando toca; o se produce un fallo en la domiciliación bancaria; o tiene un momentáneo e involuntario apuro económico (normal cuando el propio Estado, las autonomías y los ayuntamientos son morosos crónicos que incumplen con sus funcionarios y proveedores), uno se verá expulsado de su casa sin poder hacer nada para remediarlo. Otra alentadora medida de Pastor es que “tanto inquilino como arrendatario podrán pactar de mutuo acuerdo la actualización de las rentas, en lugar de la revisión automática acorde a la inflación”. Es decir, que si el case­ro decide arbitrariamente subir el alquiler un 50%, y no hay “mutuo acuerdo” -¿cómo puede haberlo?-, al inquilino no le restará sino hacer el petate. Por último, la reforma permitirá al propietario “recuperar en todos los casos la vivienda si la necesita para sí o sus familiares directos”, con un mero prea­viso de dos meses. Hasta ahora ese supuesto debía constar en el contrato, ya no. ¿Y quién va a comprobar si ese propietario utiliza el piso “recuperado” para lo que ha anunciado?

El resultado de esta nueva ley es el siguiente: no hay nin­guna garantía ni protección para los inquilinos, a los que se podrá echar sin causa justificada en cualquier momento. ¿Es así como Rajoy y Pastor van a animar a la gente a que alquile pisos? ¿Son tontos o nos toman por tales (tampoco esas dos cosas se excluyen)? ¿Quién diablos se va a meter en una vi­vienda arrendada si queda totalmente a merced de los capri­chos del dueño? ¿Quién va a amueblarla y mudarse si mañana el casero puede echarlo? No, con esta ley no va a darse “un equilibrio entre el arrendador y el arrendatario”, como ha di­cho esa Ministra que parece pensar con los pies. Más bien se limita a dejar al ciudadano común indefenso y a favorecer a los propietarios: Por lo de­más, lo que hace siempre este Gobierno, en todos los ámbitos.

Proliferación de cabestros y mastuerzas

13 enero, 2015

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

Los groseros, los infractores no sólo infringen, sino que sienten que la razón está de su parte.

JAVIER MARÍAS 30 MAR 2014 – 00:00 CET

No sé cómo se las gasta la gente en las demás ciudades. O bueno, sí en alguna que otra, pero como no vivo en ellas ni son la mía, será más prudente y diplomático dejarlas de lado. En Madrid prolifera cada vez más una fauna para mi insólita, y eso que, con excepciones, llevo viviendo aquí desde mi nacimiento en los años cincuenta, cuando había mucha más pobreza, analfabetismo y burricie, o eso parecía. Con la llegada de la democracia hubo un periodo en el que todo mejoró bastante. No sólo en lo político, claro, también en lo cívico. Se deseaba equipararse con los otros países europeos, los ciudadanos mantenían el suelo de sus calles un poco menos guarro, los bares empezaron a no estar tan sembrados de colillas, huesos de aceitunas y cáscaras varias, hombres y mujeres hicieron un pequeño esfuerzo por mejorar su aspecto y por tratarse con algo semejante a la cortesía; la policía, que durante décadas había desplegado autoritarismo y malas maneras, cuando no brutalidad a secas, procuró hacerse educada y amable y ponerse al servicio de quienes le pagaban el sueldo, no por encima de ellos; lo mismo los políticos, a diferencia de los actuales. Nunca se nos fue, con todo, cierto elemento de zafiedad y grosería que parece consustancial a una buena porción de españoles. Nunca la televisión ha dejado de emitir mil programas soeces, hasta hoy mismo. Nunca ha dejado de haber humoristas que, por muy “inteligentes” que a sí mismos se llamen, son herederos directos de Martínez Soria y de Mariano Ozores y tienen la misma gracia que ellos, más o menos. Nunca ha dejado de haber mastuerzos y cabestros por nuestras calles, pero durante un tiempo breve se ejerció cierta presión tácita contra ellos. A veces basta con que la mayoría mire mal actitudes, para que quienes las observan se cohíban un poco, se abstengan otro poco y, en el peor de los casos, incurran en ellas medio a escondidas y con disimulo.

Hace mucho que esto ha acabado. He aquí un ejemplo ilustrativo: llevo años viendo cómo en el callejón de Felipe III, que desemboca en la Plaza Mayor –en pleno centro, en la zona más turística de la capital–, legiones de individuos, una noche sí y otra también, mean contra sus arcos con desparpajo absoluto. Disculpen la ingrata imagen, pero, al tener ese callejón leve cuesta, permanentes chorros bajan hasta la calle Mayor, y como los alcaldes nos han puesto granito –que no se limpia– hasta donde había hierba o tierra, los repugnantes churretones, una vez secos, jamás desaparecen sino que van en bochornoso aumento. No hace falta decir que los meadores, ahí y en otros sitios, solían ser varones. Hasta hace poco, y esto, para mí, pertenece a lo insólito. Las mujeres no hacían eso, no sólo porque la operación les resulta más dificultosa, sino porque tradicionalmente han sido más pudorosas y civilizadas. Hará un mes vi, sin embargo, por vez primera, a una joven hacer sus necesidades en ese desdichado meadero. Estaba claramente “cocida”, lo tomé por excepcional. Pero un par de semanas más tarde pillé a otra en la misma postura animalesca. Dos veces puede ser coincidencia, me dije, tres ya serían tendencia. Pues bien, un reciente jueves a las nueve de la noche, ni siquiera muy tarde ni en fin de semana de borracheras, en la calle del Puñonrostro, casi en la Plaza del Conde de Miranda –es decir, no en hueco discreto sino en espacio abierto–, veo a una mujer, no una jovenzuela, que se ha bajado los pantalones tranquilamente y evacúa su líquido en cuclillas, casi delante de un convento de las Jerónimas en el que se venden dulces. Me dieron ganas de hacer honor al nombre de la calle, pero jamás sería violento con una mujer, etc. A continuación las ganas fueron de afearle la conducta (no era yo el único transeúnte y testigo obligado), pero me di cuenta de que eso tampoco es ya posible. Se ha llegado a tal grado de consentimiento de los comportamientos inciviles que hoy, si uno chista a quienes arman bulla de madrugada, corre el riesgo de que éstos se indignen y le den una paliza; si mira mal a quien tira algo al suelo con papelera a mano, recibirá una sarta de improperios; si en un cine ruega a alguien que no sorba ni mastique hasta el punto de convertir en inaudible la película, le contestará que hace lo que le sale del puro y lo mandará a la mierda (eso con suerte); si se queja al que ha aparcado en doble fila, es probable que éste salga con una llave inglesa y le parta el cráneo; si llama la atención a quien se ha colado en una cola, éste lo pondrá de vuelta y media … Los groseros, los infractores no sólo infringen, sino que sienten que la razón está de su parte. Su reacción habitual es: “Sí, ¿qué pasa? Cállese usted la boca”. Así que, a la altura de la meadora de Puñonrostro, apartándome lo más posible de ella y su flamante charco, sólo me atreví a decir “Jóder”, como quien lo dice para sí mismo. La brutalidad sólo crece –ha alcanzado a las mujeres– en esta ciudad gobernada por el PP desde hace veintitantos años. Por supuesto jamás hay un guardia que le haga la menor observación a nadie. Ni educado y amable como los de hace dos o tres décadas ni tampoco autoritario. Bueno, estos últimos abundan cada vez más, pero suelen estar todos ocupados con los manifestantes pacíficos, en preaplicación de la Ley de Seguridad neofranquista que nos va a aprobar el actual Gobierno, el cual también alberga unos cuantos mastuerzos.

elpaissemanal@elpais.es

El problema del alquiler en España

27 septiembre, 2012

Javier Marías ha escrito en El País Semanal un artículo titulado ‘Con los pies’ que trata sobre los problemas que plantea el alquiler en España, contrastándolo con la obsesión que se tiene por tener una vivienda en propiedad. Pues a partir de ahora, las condiciones de la nueva ley del gobierno (propuesta por el Ministerio de Fomento a través de su titular Ana Pastor), empeorarán la ya nefasta situación del alquiler en el país. Como bien dice el autor, este gobierno va de ‘desmán en despropósito y de despropósito en tropelía, y son ya tantos que muchos pasan inadvertidos y se quedan sin respuesta.’

Aquí os dejo reflexiones interesantes del texto de Javier Marías:

‘La obsesión por la compra del piso es propia de país atrasado y supersticioso. Menos del 20% de los españoles viven en alquiler mientras que en Francia, Gran Bretaña o Alemania el porcentaje ronda o supera el 50%, si no estoy mal informado.’

‘con esta nueva ley bastará con que el inquilino se retrase diez días en el pago de una mensualidad para que la justicia apruebe su desahucio’

‘Otra alentadora medida de Pastor es que ‘tanto inquilino como arrendatario podrán pactar de mutuo acuerdo la actualización de las rentas, en lugar de la revisión automática acorde a la inflación’.  

Adéu Pep Guardiola, un hombre ejemplar

22 mayo, 2012

Mucho es lo que se ha vertido sobre la figura de Pep Guardiola durante estos años. Quien quiera creer las mentiras, las barbaridades y todas esas falsedades creadas a partir de la envidia que se profesa a una persona ejemplar allá él. En este artículo del siempre recomendable Javier Marías se ve muy bien cómo en este Estado español no se tolera a personas como Guardiola por diferentes intereses. Parece que tenemos la cultura de tener que estar enfrentados y premiar a lo mediocre. Una cosa no ejemplar de Pep fue cuando le quitó el balón al jugador número 7 del equipo principal de la Comunidad de Madrid en el partido que el Barça ganó por 5-0 pero por lo demás… Muchas cosas ha callado Pep o ha evitado responder por el bien de la paz deportiva y para no dar juego a la malparida central lechera madrileña. Sólo decir una cosa gràcies per tot Pep, torna a casa teva aviat.

Aquí os dejo el artículo íntegro de Javier Marías:

Ahora que Pep Guardiola ha abandonado el Barça tras cuatro temporadas de éxitos, títulos y juego incompara­bles, hay que reconocer el enorme problema al que se ha enfrentado, sobre todo en un país como este. En él hay algunas personas -siempre pocas- que intentan hacer su tra­bajo, triunfar -ambición bien lícita- y a la vez no resultar ofensi­vas para los demás. Pero esa es una tarea casi imposible. Cuando alguien destaca y no se pone prepotente ni chulo, ni se dedica a subrayar su propia excelencia; cuando trata de restar importancia a sus logros y no tomárselos muy en serio ni jalearse a sí mismo), y atribuir el mérito a la suerte y a otros -en el caso de Guardiola, a sus jugadores-; cuando no saca pecho sino que lo encoge, y procura ser respetuoso y elogioso con quienes no alcanzan tanto o son derrotados por él, y se muestra educado a ultranza, por lo general no se le permite comportarse de ese modo, como si la mera existencia de ese alguien prudente, modesto, cultivado y cortés fuera un ultraje. Tal vez lo sea, porque inmediatamente acentúa el contraste con la mayor parte del resto.

España, en su conjunto, y con excepciones, es un país con ten­dencia a la vileza, y por eso, con frecuencia, penaliza y castiga a quien no participa de ella. Recuerdo cómo muchos intelectuales que habían servido o apoyado a Franco du­rante su dictadura -varios al principio, cuando la represión era más feroz- se justi­ficaron diciendo que había que ganarse la vida, o que habían actuado así para evitar represalias contra un pariente cercano, o que -qué queríamos- habían jurado lealtad al Movimiento porque si no no habrían en­trado en la Universidad; y, sobre todo, aducían que todo el mundo había hecho lo mismo, que nadie había quedado sin pringarse en aquellos tiem­pos tan duros, sin importarles que esto último fuera una gran fal­sedad y que además permanecieran vivos algunos que no se ha­bían prestado a lo que ellos sí se prestaron: gente que malvivió por negarse a apoyar o a ensalzar a Franco, o que se fue al exilio, o que padeció larga cárcel o se sumergió en la clandestinidad. Por no hablar de los ejecutados por la misma razón. Se hizo como si estos individuos no hubieran existido y se lanzó la especie de que todo el mundo se manchó. Así se diluyen las culpas, que en cambio son imposibles de ocultar si hay ejemplos de inocencia y de intachabilidad.

Cuando hay alguien que, en el campo que sea (y por fortuna el del fútbol es leve y en absoluto trágico), se esfuerza por ser intachable, se le mete el dedo en el ojo reiteradamente a ver si reacciona de mala manera y se lo puede arrastrar a la vileza y al fango en que los españoles y españolizados se sienten tan cómo­dos. Por su afán de conducirse civilizadamente en medio de sus éxitos, a Guardiola se lo ridiculizó primero con la zafiedad también habitual aquí (“Mea colonia”, “Es un cursi y un empalago­so”, “Va de filósofo”, “Nos restriega que lee libros”, “Se hace el santo”, “Ya está bien de ir de modestito”, “Que lo elijan Presi­dente de la Generalitat”). Después se lo acusó de haber ganado lo que había ganado con trampas, favores arbitrales, de la Fede­ración, de la FIFA, de la UEFA y de Zapatero, cuando la superio­ridad de su equipo había sido tan palmaria e indiscutible que convertía en mediocres al Manchester United, el Arsenal o el Real Madrid. Tan evidente era su supremacía que los partidos del Barça empezaban a aburrir a los no culés pese al maravilloso juego desplegado: les faltaba dramatismo, incertidumbre, temor. Ahora, cuando ha decidido marcharse tras una temporada brillante en la que no ha conquistado la Liga ni la Copa de Euro­pa, han saltado voces mezquinas que lo han tildado de cobarde y de escurrir el bulto: “Cuando pintan bastos para su equipo”, han dicho, mientras ese equipo ha mantenido su fútbol admira­ble y ha machacado a la mayoría de sus rivales.

Es muy difícil ser intachable en España. Por lo general no sé consiente, como si eso fuera un pésimo ejemplo o un precedente peligrosísimo. Se intenta por todos los medios que quien as­pira a ello descienda a la arena y se líe a mamporros y navajazos, para que todos estén igualados. Se lo provoca, se lo insulta, se le hace burla, se lo difama, se arrojan sos­pechas sobre su labor. El iluso en cuestión­ aguanta estoicamente los chaparrones, los venenos, las cuchilladas y los golpes al hí­gado, sin reaccionar, sin ponerse a la altura de sus detractores. Está empeñado en ser intachable, y ya eso es otro pecado: “Pretende estar por encima, ¿qué se cree? Aquí hay que ensuciarse”. Eso es lo que normalmente se busca en España, que se ensucie todo el mundo, para que se note menos la suciedad ambiente. Las más de las veces el iluso se harta, como es natural, y sucumbe: antes o después se lo obliga a defenderse, porque si uno no repar­te algo de estopa, su educación y su contención se toman por debilidad y la tunda arrecia hasta dejarlo tendido en la lona o camino del hospital. Guardiola, al marcharse, ha felicitado a su mayor ri­val por su victoria y ha añadido una breve frase, más bien críptica (“Han pasado muchas cosas que han quedado tapadas por nuestro silencio”), que quienes lo malquieren se han apresurado a ver como un triunfo, como la claudicación de su caballerosidad. Ya son ganas. Tras cuatro años de méritos incomparables, Guardiola se va sin haberse puesto una sola medalla y sin haberse rebajado a participar en la reyerta nacional, que es lo que se le exige a todo dios. No me extrañaría que, él que puede elegir su destino, no volviera a entrenar nunca en este país.

Fuente: http://javiermariasblog.wordpress.com/2012/05/20/la-zona-fantasma-20-de-mayo-de-2012-la-dificultad-de-ser-intachable/