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Por qué la izquierda se cree moralmente superior

11 julio, 2018

Fuente: http://www.vice.com

Entrevistamos a Ignacio Sánchez- Cuenca, autor de “La superioridad moral de la izquierda”.

Ana Iris Simón

Iñigo Errejón, Alberto Garzón y Pablo Iglesias en el Congreso. Andrea Comas/Reuters

Andaba el filósofo y sociólogo Ignacio Sánchez-Cuenca leyendo el ABC cuando se topó con la oración: “la superioridad moral de la izquierda”. No era la primera vez, ni seguramente ha sido la última, que encontraba que esta asociación de términos (superioridad y moral) aparentemente positiva era usada como arma arrojadiza, como burla hacia la izquierda. Como instrumento para poner de relevancia su carencia de otros atributos, como la superioridad intelectual o la eficacia admnistrativa de las que hacen alarde las ideologías de derechas.

El caso es que decidió darle la vuelta desarrollando una teoría que llevaba tiempo rondándole la cabeza: las ideas de izquierdas son, en efecto, moralmente superiores a las de derechas. Pero eso no es algo de lo que avergonzarse.

El resultado de sus reflexiones es La superioridad moral de la izquierda, un ensayo publicado en la Colección Contextos de Lengua de Trapo y prologado por Íñigo Errejón. En él, el sociólogo y profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Carlos III analiza por qué si la izquierda contempla las ideas más bellas sobre la justicia social y la igualdad acumula tantas derrotas.

Sostiene, además, que precisamente de esa superioridad moral emanaría una de las grandes lacras de las ideologías izquierdistas, su interminable división. A través de estas ideas analiza la crisis de la socialdemocracia y el papel de los partidos de izquierdas en ella y yo aproveché para preguntarle por algunos de sus planteamientos.

superioridad moral de la izquierda ignacio sanchez-cuenca
Portada de ‘La superioridad moral de la izquierda’

VICE: Aunque en tu ensayo aclaras que una cosa es la superioridad moral de las ideas y otra bien distinta las personas que las adoptan, ¿cómo nos posiciona esto ante el mundo? ¿Si uno es de derechas tiene más posibilidades de ser un cretino?
Ignacio Sánchez- Cuenca: No. Los cretinos están distribuidos de forma bastante igualitaria en todas las ideologías políticas. Sí creo, con todo, que, al menos en la teoría, las personas de izquierdas tienden a ser más abiertas intelectualmente y, sobre todo, más empáticas con los desfavorecidos.

Pero una cosa son las personas y otras las ideas. Las ideas se pueden valorar y ordenar en función de los principios morales que encarnan. El juicio sobre las personas es mucho más complejo, depende de muchos factores. Por ejemplo, desde un punto de vista moral, ¿qué comportamiento es más admirable, el de un obrero que defiende sus intereses votando a la izquierda y participando en el sindicato o el de un burgués que, en contra de sus intereses materiales, opta por un ideal de justicia social? Yo no me meto en este tipo de análisis en el libro.

¿Por qué si las ideas de izquierdas son moralmente superiores y no todo el mundo es de izquierdas, no todo el mundo las abraza como algo natural? 
Bueno, yo espero que lo acaben haciendo tras leer el libro… Bromas aparte, hay muchas formas de moralidad, a veces incluso se pueden considerar inconmensurables. Aun siendo consciente de mi perspectiva parcial, he intentado mostrar que el ideal de una sociedad igualitaria en el que todo el mundo tenga la posibilidad de autorrealizarse es imbatible desde un punto de vista filosófico. Otra cosa es que mucha gente en la derecha piense que ese ideal es inalcanzable, que no vale la pena luchar por él porque puede traer más desgracias que otra cosa.

“La izquierda tiene una noción de libertad más potente, pero más difícil de transmitir: la libertad como autorealización y autogobierno de la persona, como capacidad de actuar autónomamente”

El faro de la izquierda es la justicia social, la construcción de una sociedad igualitaria, un concepto imbatible, como dices, desde el punto de vista filosófico. Pero, ¿cuál es la razón de ser última de las ideas de derechas? 
La derecha es una ideología compleja y rica. En su versión más conservadora, el valor rector es el orden, la jerarquía y los valores tradicionales (familiares, sociales, etc.). En su versión más liberal, el valor supremo es la libertad entendida como reducto inalienable del individuo.

Sin embargo, en el ensayo sostienes que la libertad es igualmente valorada y tiene el mismo peso en la derecha que en la izquierda, aunque la derecha liberal la haya convertido en su patrimonio. ¿Viene la libertad a llenar ese vacío de sentido de la ideología de derechas, es más cómodo decir que uno está por la libertad que por el orden social establecido? 
El concepto liberal de la libertad es simple y convincente: una persona es libre si nadie le impide llevar a cabo sus planes. Cuando el Estado interfiere, mediante impuestos y regulaciones varias, la libertad se ve menoscabada. La libertad así entendida es, como dices, muy cómoda, pues nos exime de entrar en consideraciones sesudas sobre la justicia social en la medida en que la realización de dicha justicia pueda suponer una traba a dicha libertad.

La izquierda tiene una noción de libertad más potente, pero más difícil de transmitir: la libertad como autorrealización y autogobierno de la persona, como capacidad de actuar autónomamente. En tiempos recientes, ha tenido fortuna en la izquierda la concepción republicana de libertad, según la cual alguien es libre cuando está libre de cualquier forma de dominación (económica, ideológica, social…).

 

Hablas de la empatía como uno de los factores diferenciales entre la ideología de izquierdas y la de derechas. De ella emanaría la solidaridad. ¿Es la caridad la solidaridad de la derecha, sobre todo de la derecha católica, que es la tradicional en nuestro país? ¿Por qué crees que ocurre esto?
Esta pregunta es muy interesante. La derecha católica (lo que siempre se ha conocido como democracia cristiana) tiene una actitud compasiva hacia aquellos que sufren injusticia y privaciones. Por eso la democracia cristiana siempre ha estado a favor de la protección de las familias y de los esquemas de seguridad (seguro de desempleo, pensiones…). Sin embargo, la derecha católica, aun reconociendo injusticias, no se plantea eliminarlas radicalmente, sino que más bien piensa en paliar sus efectos, pues atribuye una gran importancia al orden y la estabilidad y eso la paraliza a la hora de pensar en reformas más profundas.

Siguiendo con la Iglesia católica, afirmas que “los valores de la izquierda son moralmente insuperables”. ¿Qué crees que diría alguien católico sobre ello? ¿Los católicos de verdad militan o deberían militar en la izquierda?
En el catolicismo, por supuesto, ha habido ramas o corrientes que han sentido una afinidad con ideas de izquierda y con la utopía de un comunismo primitivo, que no deja de ser una sociedad igualitaria. Piénsese, por ejemplo, en la teología de la liberación en Latinoamérica, o, en menor escala, a los católicos que militaban en el PCE en los años de la transición o en CC. OO. en los tiempos de Franco. Ahora bien, también hay un catolicismo que consagra el statu quo y no quiere oír hablar de justicia social más allá de actos de caridad y sacrificio personal. En este caso, aunque pueda haber motivaciones morales similares, lo que caracteriza al catolicismo es que no saca las consecuencias políticas de ello.

“El profesional de izquierdas, aun sabiendo que puede acabar pagando más impuestos por sus ingresos y riqueza, considera que la igualdad y la justicia son más importantes que sus propios intereses materiales”

Afirmas que la ideología que uno tiene tiene más que ver con su moral que con sus circunstancias materiales o con su genética. ¿Eso explicaría lo del obrero de derechas? 
Sí, explicaría tanto la figura del obrero de derechas como el profesional de izquierdas. El obrero de derechas considera que el intento de realizar la justicia social es ineficiente o incluso contraproducente (hace que los demás no se esfuercen tanto como él lo ha hecho durante su vida). El profesional de izquierdas, aun sabiendo que puede acabar pagando más impuestos por sus ingresos y riqueza, considera que la igualdad y la justicia son más importantes que sus propios intereses materiales.

¿La superioridad moral de la izquierda le resta eficacia? Es decir, ¿el idealismo de sus presupuestos hace que se centre en imaginar futuros en lugar de en tratar de mejorar el presente? 
La izquierda cree en una política de la trascendencia, de la superación del orden social existente, que considera injusto. Aspira a cambiar la sociedad, ya sea mediante la revolución, ya sea mediante una acumulación de reformas. Eso le confiere una fuerte carga idealista. Si, además, hay una conciencia de superioridad moral del proyecto defendido, las cosas se complican, pues es típico del izquierdista impaciente e impetuoso considerar que todos los obstáculos que se interponen en la realización de su esquema de justicia deben ser superados sin reparar en los medios para ello. Por tanto, yo no diría que le resta eficacia, sino que da pie a la adopción de posiciones sectarias o fanáticas.

Le dedicas el último capítulo del ensayo a la socialdemocracia. ¿Saldrá de esta o está en las últimas? 
La socialdemocracia está en el momento más bajo de la historia. A partir del cambio de siglo la bajada se acelera y desde la crisis económica puede decirse que está en caída libre. En momentos de zozobra y miedo para grandes capas de la población, la socialdemocracia ha de abandonar su discurso tecnocrático (justificando las políticas igualitarias porque mejoran la productividad, por ejemplo) y llenarlo con palabras que apelen de forma directa a valores y principios, denunciando las injusticias del presente. Con todo, es demasiado pronto para saber si la socialdemocracia se recuperará o entrará en una decadencia irreversible. Desde luego, es el eslabón más débil en la cadena de cambios que se están produciendo en los sistemas de partidos de los países desarrollados.

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La aristócrata que disparó a la nariz de Mussolini

8 julio, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Por: Manuel Morales 29 de mayo de 2014

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Ficha policial de Violet Gibson tras su detención. Imagen cedida por Capitán Swing.

¿Era complicado pegarle un tiro a Benito Mussolini? La multitud aclamaba en la romana plaza del Campidoglio al hombre que gobernaba Italia. La aristócrata irlandesa Violet Gibson, de 50 años, tenía a unos pasos a Il Duce, que acababa de salir del palazzo dei Conservatori de dar un discurso. Eran las once de la mañana del 7 de abril de 1926. Violet se acercó, empuñó su arma y mientras Mussolini levantaba el brazo para hacer el saludo fascista, ella alzó el suyo y disparó a quemarropa con su revólver Lebel, del ejército francés. Esta mujer pudo cambiar la historia pero su mala puntería y una bala encasquillada dejaron el intento de magnicidio en un rasguño en la nariz del líder. La historia de Gibson, una mujer imbuida de un exacerbado sentimiento religioso y perteneciente a una familia de la alta nobleza de Irlanda, no tuvo un gran seguimiento de los historiadores quizás porque desde el principio se la tachó de “solterona con problemas mentales”. En 2011, la periodista inglesa Frances Stonor Saunders (1966) reconstruyó su vida en La mujer que disparó a Mussolini, una biografía que ha publicado en castellano a comienzos de este año la editorial Capitán Swing.

Gibson pertenecía a una familia rica. Su padre ocupaba un escaño en la Cámara de los Comunes y fue nombrado lord Ashbourne. Violet siguió la tradición, presentaciones en la corte, bailes, actos sociales… hasta que decide abrazar el catolicismo para disgusto de su familia de fe anglicana. Es en esa etapa cuando Gibson comienza a sufrir problemas de salud, desórdenes nerviosos que espera curar en Roma, cerca del Papa. Allí, sin embargo, ahonda en su desorientación, se agrava su estado hasta un intento de suicidio en febrero de 1925. Después se convence a sí misma de que Dios le ha encomendado la misión de matar al Duce o al Papa. “Era contrario a la voluntad de Dios que Mussolini continuara existiendo”, declaró después en el juicio.

Stonor, que comenzó su trayectoria como realizadora de documentales en la BBC, trufa su relato de interesantes documentos oficiales: cartas personales, informes policiales, comunicaciones diplomáticas, artículos periodísticos, partes médicos… Además de contar la vida de Violet, esta historiadora aprovecha para trazar en paralelo algunos fragmentos de la de Mussolini: el niño conflictivo, el profesor que pega a sus alumnos, el hombre que huye a Suiza para eludir el servicio militar. A su vuelta, su charlatanería y proclamas contra el Gobierno de Italia le llevan a subir peldaños en el Partido Socialista hasta lograr su dirección.

La autora también establece comparaciones entre las vivencias de Violet con las de otros personajes de su época, Virginia Woolf, Scott Fitzgerald, Ezra Pound… sin embargo, las prolijas y numerosas referencias hacen farragosa en ocasiones la lectura del libro porque diluyen el relato sobre Gibson.

La labor de Stonor de desenterrar textos de la prensa y declaraciones de figuras políticas permite constatar hasta qué punto era vista con buenos ojos la figura de Mussolini, con especial admiración del entonces canciller Winston Churchill. A Il Duce se le consideraba un freno para la amenaza del comunismo. “El establishment británico nunca percibió que Mussolini podía ser más peligroso que Violet Gibson”, apunta Stonor Saunder.

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Mussolini, con las huellas en su cara del atentado de Gibson. / CAPITÁN SWING

El intento de Gibson de asesinar a Mussolini no fue el único perpetrado contra el hombre que quería emular a los emperadores de Roma. En los meses anteriores hubo una tentativa abortada (el socialista Zaniboni fue detenido antes de que pudiera disparar desde la ventana de su hotel). Después de la de Gibson sucedieron otras dos, protagonizadas por un anarquista que lanzó una granada de mano y un joven de 15 años que fue linchado de inmediato. Stonor subraya que estos atentados aceleraron la transformación de Italia en un Estado fascista, con nuevas leyes que acabaron con cualquier atisbo de disidencia.

La mujer que disparó a Mussolini recuerda la pantomima de juicio al que fue sometida Gibson. Mientras la prensa se esforzó en mostrar a un magnánimo Duce que quitaba importancia a lo sucedido, la diplomacia británica hizo todas las reverencias necesarias para no disgustarle. Lo más doloroso para Gibson fue el olvido de su familia, avergonzada por tener a una desequilibrada que había querido acabar con alguien tan importante. Tras casi un año de cárcel, sometida a humillantes pruebas psiquiátricas y físicas (examen de su útero incluido) fue puesta en la frontera de Italia con Francia y en cuanto pisó suelo inglés le diagnosticaron en solo unos minutos “locura delirante con paranoia”.

La última parte del libro resume los casi 30 años que Violet pasó en el manicomio de Saint Andrew, en Northampton, donde cursó reiteradas peticiones, todas despreciadas, para que la dejasen descansar en un centro religioso. La periodista aprovecha para mostrar cómo eran aquellos lugares, “para volverse uno loco”, los tratamientos contra las enfermedades mentales y algunas de las delirantes teorías médicas. Es aquí donde Stonor no disimula el cariño que sintió por su biografiada. Ni muerta se respetó el deseo de Stonor de dónde debían reposar sus restos. No se hizo pública su muerte. Ni amigos, ni nadie de su familia acudió al entierro. Todos querían olvidar a Violet Gibson.

Dar un paso adelante en defensa de los animales

4 julio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Hace algo más de un par de años publiqué en este mismo Caballo un artículo titulado El día que dejé de comer animales en el que anunciaba mi decisión de hacerme vegetariano y explicaba mis razones. Aunque era una decisión sedimentada desde hacía tiempo, el punto de partida fue la lectura de un libro, Comer animales, de Jonathan Safran Foer.

Ahora soy vegano y, si echo la vista atrás, creo que una de las decisiones más importantes que he tomado a lo largo de mi vida y de la que más orgulloso me siento es precisamente la de haber dejado de comer animales. Hoy lo veo como un paso inevitable para alguien que siempre ha sido sensible a las injusticias y el único ‘pero’ que me surge es por qué diablos no lo hice antes. Si uno puede vivir sin hacer daño a los demás, ¿por qué hacérselo?

Mi experiencia la he contado en un libro, El día que dejé de comer animales, pensado para la gente que aún no se ha atrevido a dar el paso y en el que traté de indagar en el tema y de armarme de argumentos a partir de entrevistas con filósofos, médicos, expertos en medioambiente o activistas, entre otras Ruth Toledano, fundadora de este Caballo, cuyo trote nos ha enseñado a mirar de otra manera a los animales y a quien siempre le estaré agradecido.

Cada vez somos más quienes pensamos que la cuestión de los animales, de su sufrimiento, es un asunto ético que nos interpela como especie, que nos cuestiona y nos condena por la manera en que los tratamos. La ética, pues, está detrás de la decisión de mantener el statu quo, de mirar o no hacia otro lado, de enfrentarnos a un “holocausto” que se lleva por delante cada año billones de vidas en todo el mundo. La búsqueda de argumentos éticos me llevó a hablar con Óscar Horta cuando estaba escribiendo mi libro. Profesor de Filosofía Moral y Política de la Universidad de Santiago, activista, publica ahora un libro imprescindible para saber de qué hablamos cuando hablamos del sufrimiento que los humanos causamos a otros animales. Y de cómo evitarlo. Se titula Un paso adelante en defensa de los animales y lo ha edita Plaza y Valdés, un pequeño sello mexicano que desde su desembarco en España hace algunos años se ha convertido en un referente del ensayo alternativo.

El punto de partida de Un paso adelante en defensa de los animales es el antiespecismo, una corriente de la que Horta es quizás su máximo referente intelectual en España y que desmonta la idea de que los humanos tengamos más derechos que el resto de animales por el mero hecho de ser humanos. El antiespecismo deja al descubierto un sistema de explotación hacia nuestros semejantes que ha alcanzado su expresión más perturbadora con la ganadería industrial, pero que abarca todos los ámbitos, no solo el alimentario: la medicina, la cosmética, la moda o el ocio, entre otros.

En un tono didáctico y divulgativo, Óscar Horta se sitúa en la posición de un lector que se hace preguntas en torno al especismo y el maltrato animal, pero que aún no ha encontrado respuestas. ¿Por qué dejar de comer animales? ¿Por qué los circos son una condena inaceptable para los animales? ¿Las abejas son también animales? ¿Es saludable alimentarse solo con productos vegetales? ¿Qué es el veganismo? Creo que cualquier pregunta o duda que pueda plantearse el lector respecto al sufrimiento animal y sus variables la ha recogido minuciosamente Horta y, lo mejor de todo, la ha respondido con argumentos sólidos, siempre desde esa perspectiva antiespecista de la que hablaba.

Se trata de un libro que trata de abrir los ojos al lector, un ensayo consciente de que el especismo está tan arraigado en nuestra cultura que difícilmente podremos desprendernos de él de la noche a la mañana. Por eso recomienda al lector que se tome su tiempo, que se vaya fijando objetivos asumibles para él. Aunque la idea es reducir al máximo el daño que les causamos a los animales, cualquier paso en ese sentido será positivo.

Horta dedica también un apartado al conflicto entre el ecologismo y el antiespecismo. Por sintetizar, explica Horta, el ecologismo no defiende a los animales en concreto, como individuos que sufren, sino como parte de un colectivo, como habitantes de un ecosistema. Una visión que choca irremediablemente con el antiespecismo. Un ejemplo de este conflicto sería, por ejemplo, la distinta postura entre los ecologistas y los antiespecistas a la hora de solucionar la presencia masiva en determinados ecosistemas de especies “invasoras”.

Ahora bien ( y este es para mí el único punto discutible del libro), creo que el empeño de Horta de marcar las diferencias entre el antiespecismo y el ecologismo, que comparto en gran parte, no debería ser obstáculo para buscar puntos de encuentro, una convergencia. Es cierto que la mayor parte del ecologismo se ha quedado atrás. Que yo sepa (puede que me equivoque), de las principales ONG ambientales (Greenpeace, Ecologistas en Acción, SEO-Birdlife, WWF y Amigos de la Tierra) de España ninguna tiene entre sus líneas de trabajo el antiespecismo.  Más bien todo lo contrario. Y en eso lleva toda la razón Horta. El ecologismo, o buena parte de este movimiento al menos, debería hacer una reflexión muy seria en este sentido y replantearse una visión anclada en la preponderancia de los ecosistemas sobre los individuos. Pero al mismo tiempo,  no siempre quienes se declaran antiespecistas son congruentes con el bienestar de los animales a escala global, pues no tienen en cuenta los daños que los humanos estamos causando en el medioambiente y que, en todo caso, nos rebotarán como un bumerán. Desalojar los productos animales de nuestra alimentación es sin duda un paso importante para luchar por los derechos de los animales, para evitar su sufrimiento, y de paso beneficiará también al medioambiente. Pero si comemos frutas y verduras envasadas o traídas de países lejanos, por ejemplo, si abusamos del coche o del avión en nuestra vida cotidiana,  estaremos haciendo un flaco favor a los animales. La quema de combustibles fósiles para el transporte o para producir plástico está detrás de los gases de efecto invernadero que han modificado ya el clima en la Tierra y que está matando a millones de animales. Por supuesto, no digo que Horta no tenga en cuenta estos factores, pero desde mi punto de vista además de marcar las diferencias con el ecologismo necesitamos tender puentes, necesitamos de una respuesta global que garantice una vida digna y sostenible para todos los habitantes del planeta, humanos y no humanos, sin supremacías de ningún tipo. Para lograrla, será necesaria la confluencia de todos los movimientos de liberación, entre otros el feminismo o el ecologismo. El debate, en todo caso, está abierto y Un paso adelante en defensa de los animales nos proporciona argumentos sólidos y contundentes a quienes pensamos que otro mundo es posible, también respecto a los animales, incluidos los humanos.

Canallas que persiguen a canallas

1 julio, 2018

Fuente: http://www.blogs.elpais.com

Por: Manuel Morales 15 de mayo de 2014

Yampolsky

Reunión de escritores soviéticos en Dubulti (Letonia), en agosto de 1965. Yampolski está en la fila central (cuarto por la izquierda). El primero por la derecha en esa misma fila es Konstantínovski, con gorra blanca. / ARCHIVO PERSONAL DE YURI FIDLER

“Me siento como en un réquiem encargado para mí mismo”. Quien escribió con semejante amargura fue el autor ruso de origen judío Borís Yampolski (1912-1972), que contó lo que contemplaba en las reuniones que la Unión de Escritores de la URSS celebró a finales de los años cuarenta y a las que él, como otros muchos, acudía invitado. Eran unas citas en las que, como en un proceso kafkiano, los jerarcas de las letras podían ensalzar a un novelista, con los consiguientes beneficios materiales, como un piso, o señalar a un poeta para convertirlo en un olvidado y que sus obras no se difundieran.

Durante años, Yampolski reunió apuntes, retazos de aquellos cónclaves en un manuscrito inacabado llamado Asistencia obligada, que confió poco antes de morir de cáncer a su amigo, el también escritor Ilyá Konstantínovski (1913-1995). Este añadió a las notas de Yampolski sus impresiones para dar forma a un libro que no vio la luz en la Unión Soviética hasta 1990 y que ahora, por primera vez, se ha publicado en España (Ediciones del Subsuelo).

“La Unión de Escritores de la URSS era un gremio al servicio de una causa e impartía directrices sobre la misión que debía tener la literatura”, explica el prologuista y traductor de la versión española, Enrique Fernández Vernet. “El objetivo era difundir los valores que inspiraron la revolución socialista”. Yampolski recogió, “con un estilo descriptivo, de muchas anécdotas y metáforas”, lo que veía en aquellos encuentros de ambiente asfixiante, “en los que permanecía agazapado en la última fila”.

El novelista recurre en ocasiones a la animalización de los asistentes, “como si fuera una fábula”, dice Fernández Vernet, porque los hombres dejaban de ser hombres y se comportaban como animales: “Reuniones de gallinas, de ciempiés, de mariquitas, reuniones de pulgones”. El prologuista destaca “las cualidades literarias de Yampolski”. Un ejemplo son las descripciones de lo que observaba en la sala: “Un ovillo de figuras humanas, de calvas, cabelleras, narices largas, de rostros dentudos […] diminutos y esmirriados, como peras en compota, larvas apergaminadas, como moscas adheridas a tiras engomadas, carirredondos y de rojos carrillos”.

Nacido en la actual Ucrania, Yampolski fue un escritor precoz que con 15 años dejó su pueblo para ser periodista y con apenas 20 publicó sus primeros ensayos. Durante la Segunda Guerra Mundial fue enviado especial del periódico militar Estrella Roja y, después, del oficial Izvestia. Contó la guerra y combatió.

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Retrato de Yampolski. / ARCHIVO PERSONAL DE YURI FIDLER

Tras el conflicto, sus muestras de desencanto hacia el estalinismo, aunque no llegasen al enfrentamiento con el régimen, bastaron para su caída en desgracia. “No se puede decir que fuera perseguido pero dejaron de publicarse sus obras”, señala Fernández Vernet.

La puntilla llegó en 1968, cuando el partido lo amonestó por su defensa del denigrado novelista Andrei Platónov, cuyas obras seguían sin editarse a pesar de que llevaba más de tres lustros bajo tierra. Yampolski escribió un alegato, leído en una velada de escritores y filtrado después a las autoridades, que fue considerado “calumnioso e ideológicamente nocivo”. Yampolski escribe cada vez más “para el cajón”, sus libros ni se censuran, sencillamente no interesan. Harto del clima de persecuciones a grandes figuras, escribirá: “Y nuevos canallas hostigan abiertamente a otros canallas que en su día habían perseguido a personas íntegras”.

Sus últimos años son los de un hombre enfermo “que sentía amargura por lo injusto de la vida”. Fernández Vernet cuenta que hubo días que al acabar su tarea de traducción del original sentía “la tristeza de la vida de Yampolski, muy quemado porque había visto que no se reconocía a los mejores escritores, sino a los que medraban por su relación con las autoridades. Ni siquiera tuvo la resonancia de los grandes disidentes, como su amigo Vasili Grossman, o Solzhenitsyn”. En la edición de este libro se incluye precisamente Último encuentro con Vasili Grossman, texto de Yampolski de 1969 que no se publicó hasta 1976 y en el que cuenta una visita al célebre autor de Vida y destino y su entierro, rodeado de algunas plañideras que en vida le habían traicionado.

Asistencia obligada contiene también un útil “índice de autores rusos y soviéticos” de los siglos XIX y XX. Desde Isaac Bábel, víctima de la purga estalinista; el perseguido Mijaíl Bulgákov, el marginado Borís Pasternak y, en el otro lado, vates como Anatoli Sofrónov, antisemita, estalinista y autor de un sonrojante Himno al látigo.

“Lo que nos invade ahora no es una ola conservadora, es una ola reaccionaria”

18 junio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Joaquín Estefanía (Madrid, 1951) acaba de publicar Revoluciones -Cincuenta años de rebeldía (1968-2018)- en Galaxia Gutenberg, un libro que trata sobre la vigencia de la memoria, de las ilusiones y las derrotas de una generación que creyó poder cambiar el mundo. Fue director de El País entre 1988 y 1993. Lleva ejerciendo el periodismo desde 1974. Durante más de 20 años ejerció de director de la Escuela de Periodismo de la Universidad Autónoma/ El País. La entrevista se desarrolla en la sede de la editorial en Madrid.

¿Dónde está la izquierda? ¿Sabe de algún teléfono al que se pueda llamar?

En España existen dos izquierdas: una relativamente joven que ha envejecido mucho en los últimos cinco años y otra que está en crisis total, que busca una nueva identidad. En estos momentos no hay, desgraciadamente, ninguna forma de que esas dos izquierdas se conviertan en una sola, que es la única posibilidad de hacer frente al otro segmento ideológico de este país. Si te refieres al mundo en general se puede decir que hay una crisis de la socialdemocracia. En vez de permanecer en su sitio se ha ido en algunas ocasiones muy a la izquierda y ha tenido que competir con la otra izquierda, o en la mayor parte de las veces se ha ido a la derecha. Por eso carece de identidad.

¿Ve algún movimiento, como el de las mujeres -sobre todo en España el 8M- o el de los estudiantes contra las armas en EEUU que nos permita pensar que algo está pasando ahí fuera?

En EEUU permanece el espíritu del movimiento Occupy Wall Street que en las elecciones presidenciales encarnó Bernie Sanders. Es un segmento difuso que vuelve en determinados momentos y contagia el programa de los demócratas. Le doy muchísima importancia al movimiento de las mujeres. Lo que ha sucedido el día 8 no es más que la representación de algo que estaba ocurriendo desde hacía tiempo, que las mujeres han entrado en una cuarta ola feminista. Del mismo modo que en el pasado tuvieron que luchar por sus derechos políticos, ahora están luchando por sus derechos sociales.

¿Y los pensionistas?

Es más difuso, es de momento un fenómeno interno. Podría ocurrir, como pasó con el movimiento de los indignados, que prenda en otros países. Lo más significativo es que por primera desde hace mucho tiempo no se sabe quién es el sujeto protagonista del cambio, lo que antes llamábamos el sujeto redentor o el sujeto revolucionario. Eso se modifica en 1968. Hasta el 68 solo existía el monopolio de las luchas obreras que se manifestaba en las revoluciones. A partir del 68 emerge otro sujeto que son los jóvenes, mucho más transversal y ambiguo en el que caben casi todas las ideologías. Y ahora tenemos estos dos nuevos movimientos: el de las mujeres, que es específico, y el de los pensionistas, que todavía no sabemos lo que va a dar de sí. No sé si te has acercado a alguna de sus manifestaciones. Estuve hace unas semanas en la de la Puerta del Sol y me resultó sugerente comprobar que muchos de los que había allí eran los que se manifestaban en el 68. La gran diferencia es que les acompañaban las mujeres pensionistas. En el 68 no hubo una sola mujer protagonista de ningún movimiento.

Noam Chomsky hablaba del anarquismo en una entrevista en El País; decía que todo poder tiene que justificarse y ganarse el respeto de la sociedad.

Esto es muy interesante porque estamos difuminando fronteras que fueron terriblemente cerradas entre anarquismo, socialismo y comunismo. No se puede decir que el marxismo sea la ideología común en estos movimientos porque en ellos hay de todo, elementos que fueron incompatibles durante años, que se separaban y ahora están trabajando juntos en muchos sitios.

Pero los dirigentes siguen separados, cada uno en su casillero.

Claro, estos movimientos se dan en la sociedad civil. En casi ningún país se han producido movimientos institucionales políticos. En España, con los indignados; en EEUU, con Occupy Wall Street, y en Chile, con los estudiantes que entraron en los gobiernos de Bachelet, y ahora han salido. Aún no han contagiado el corazón del sistema, a los partidos políticos de izquierdas, que siguen viviendo en otro momento.

Una de las grandes virtudes de Podemos es su olfato, saber por dónde respira la sociedad, que parece conservar como se ha demostrado en la huelga feminista. Pero su acción política desde las elecciones de diciembre de 2015 no ha sido buena.

El año pasado el Centro Conde Duque mostró una exposición maravillosa de Basilio Martín Patino, que acababa de morir. Pasó desapercibida. Su última actividad cinematográfica fue salir a la calle el 15M. Rodó un documental, Libre te quiero con música de Amancio Prada. El 15M fue maravilloso. Se nos ha olvidado lo maravilloso que fue, la alegría que había, las demandas, los eslóganes tan extraordinarios. Todo eso se ha perdido. ¿Por qué? Tiene un factor positivo y uno negativo. El positivo es que la gente de los indignados, en este caso la parte de Podemos dentro de los indignados, decidió que no se puede estar en la calle permanentemente; creyeron -y creo que creyeron bien- que tendrían que entrar en las instituciones. Entrar en las instituciones es aburrido, tienes que profesionalizarte con gran rapidez, y eso es lo que no han hecho bien. Mucha gente va a seguir votando a Podemos casi por no votar a los demás, pero tienen la duda de si vale de algo votarles, si mejorará las condiciones de la vida de la gente.

¿Ha perdido Podemos su transversalidad y se ha convertido en un partido de la izquierda clásica?

Esa es la gran división que hay entre los que mandan en Podemos y la parte de Íñigo Errejón. Él acaba de escribir dos prólogos sobre este asunto, uno a un libro de Gramsci y otro a un texto de Ignacio Sánchez Cuenca. Sigue defendiendo una posición transversal para Podemos, si quiere gobernar, que es para lo que nació, y no para hacer oposición. La gente está un poco defraudada con las posiciones de Podemos. La incógnita es si se va a quedar en una especie de Izquierda Unida de Julio Anguita, es decir, en un partido minoritario. Podemos no nació para ser un partido minoritario de izquierdas.

El periodista y escritor Joaquín Estefanía.
El periodista y escritor Joaquín Estefanía en una entrevista con eldiario.es en una imagen de archivo.MARTA JARA

Habla en el libro de 1968, año con dos grandes acontecimientos: mayo en París y el aplastamiento de la primavera de Praga. ¿Qué queda de todo aquello?

Hubo un tercero: México.

Sí, la matanza de los estudiantes en la plaza de las Tres Culturas.

Eso es. Son tres acontecimientos diferentes: en París había capitalismo y los jóvenes y los obreros -que salieron muchos- querían acabar con el capitalismo; en Praga había comunismo y los que hicieron la Primavera de Praga querían acabar con el comunismo, y en México había una “dictadura perfecta” y los estudiantes, porque allí fueron solo estudiantes, querían tener la democracia que tenían los de París. Es curioso. En los tres casos había elementos que en aquel momento pensábamos que eran culturales y ahora son políticos, que hemos incorporado a nuestras vidas, como el ecologismo, el feminismo, una educación sin discriminaciones por razones de sexo, el comunitarismo o la lucha por los derechos civiles. Son ideales que nacieron en 1968. Esos son factores positivos, de éxito. Pero también hay factores de fracaso. Ni en París se acabó con el capitalismo ni en Praga se acabó con el comunismo ni en México se acabó con la dictadura perfecta. En las revoluciones duras, en las que se toma el poder a través de la violencia, no ha funcionado en ningún sitio. Casi todos los factores que denominamos culturales, y que eran políticos, se han incorporado a nuestra vida. La gran paradoja es que se ha conseguido mucho más a través de las reformas que a través de las revoluciones.

Las revoluciones duran poco, a veces solo meses antes de que los nuevos líderes acaben calzándose los zapatos de lo que han desplazado.

En casi todos los casos es así.

Quizá en Cuba duró años, pero desde la invasión de Bahía Cochinos todo cambió.

Sí, duró más años de lo habitual, pero también murió. Fíjate hasta qué punto eso es así que cuando se produce la matanza de Tlatelolco, el movimiento de los estudiantes mexicanos solo tenía una utopía, Cuba. En aquellos años había regímenes, había ideologías y países a los que los que salían a la calle querían parecerse. En estos momentos los indignados no tienen un país en el que reconocerse, tampoco una ideología en la que reconocerse. Son momentos diferentes.

Es quizá un momento más rico.

Mucho más rico. Tendríamos que vernos en un año para ver qué ha quedado de los movimientos de los que hablábamos al principio. Cuál es el sujeto que va a dirigir lo que va a ocurrir, porque lo que está ocurriendo es terriblemente negativo. Lo que nos invade ahora no es una ola conservadora, es una ola reaccionaria. Lo que está pasando en EEUU, las imágenes de Trump haciendo un casting de muros son terribles. Lo que está pasando en Inglaterra. Lo que está pasando en Europa del Este, donde hay un movimiento involutivo autoritario que en muchos casos semeja al fascismo. O lo que está pasando en Alemania, donde la principal fuerza de oposición después del gobierno de coalición es Alternativa por Alemania. Esto contribuye a que sea un momento espantoso para los derechos, no para los derechos económicos, como ha pasado en la crisis, sino también para los derechos políticos y los derechos civiles.

Después del mayo del 68 llegan Margaret Thatcher y Ronald Reagan y se produce la contrarrevolución conservadora que acaba con Keynes. Ese el momento de la Escuela de Chicago, del liberalismo puro. Desaparecen los controles, el capitalismo se descontrola, llega la barra libre.

No lo consiguen del todo. Si uno repasa lo que sucedió, sobre todo en Gran Bretaña, que es donde tenían un estado de bienestar más potente, porque en EEUU era menor, a pesar de que lo debilitaron, y sobre todo lo debilitaron emocionalmente en el sentido de que lo que era un orgullo para la sociedad británica a partir de ese momento empieza a convertirse en una rémora, no acaban con ello. Más bien habría que pensar qué ocurre después de Thatcher, qué ocurre con John Major, qué ocurre con Blair hasta hoy mismo, donde se sigue yendo hacia atrás. Hay un retroceso, pero no logran acabar con todo. Tampoco logran acabar con todo en el otro aspecto, en el aspecto cultural. La revolución conservadora tiene dos partes, quieren volver al capitalismo del laissez faire y quieren acabar con las conquistas del 68 y eso no lo han conseguido, eso no lo han conseguido de ninguna manera.

La crisis del 2008 se debe a la falta de controles. Los vigilantes del sistema son parte del mismo juego.

Pero sobre todo porque los vigilantes del sistema eran falsos vigilantes del sistema. O no creían en lo que hacían o no tenían medios para ser vigilantes. Eran unos organismos, unas instituciones que seguían existiendo porque aparentaban mucho que podía haber un control, pero que no pudieron hacerlo. Me refiero sobre todo a los organismos reguladores y supervisores, que existían, pero que no hicieron en ningún caso su labor. La Reserva Federal no se enteró de lo que llegaba. En muchos países, quizás entre ellos España, existían organismos reguladores pero no tenían medios.

Cuando estalló la crisis del 2008, Nicolas Sarkozy dijo en una cumbre del G20, “vamos a refundar el capitalismo”, pero acabaron refinanciando al mismo capitalismo.

Eso fue en un momento en el que todo parecía posible. Había caído Lehman Brothers, había contagio en la banca norteamericana. Eran meses en los que parece que todo podía ocurrir, que se podría ir el sistema al garete. Entonces Sarkozy dijo eso, como en otro momento dijo “hay que acabar con el 68, porque es lo que nos está matando”. Lo dice Sarkozy y le siguen todos. Sucede en la primera cumbre del G20 en la que se toman aquellas medidas contra los paraísos fiscales, en favor de la transparencia, que duran hasta la siguiente reunión del G20. En ese año se han recompuesto las cosas. Aunque todavía está todo mal ya se sabe que no va a caer el sistema financiero y van olvidando el manifiesto inicial. Fueron quitándole hojas. Primero los paraísos fiscales, luego los estímulos keynesianos para salir de la crisis, luego el rescate de los bancos no con dinero público sino con el dinero de los propios accionistas… Lo van deshojando hasta que llegamos a 2011 cuando no queda nada de aquello.

Ahí es cuando se produce la segunda revolución o contrarrevolución conservadora.

Hay una diferencia sustancial con la primera. Ronald Reagan era un vaquero; la gente que le acompaña era intuitiva pero poco formada, excepto algún caso como David Stockman. En cambio, a Margaret Thatcher la acompañan unos think tank conservadores muy potentes desde el punto de vista ideológico, que son los que dan la batalla. Luego llegan los “neocons” con Bush, algunos han trabajado con Reagan y están más formados, llegan con esa formación que había tenido Thatcher en el Reino Unido. Disponen de unos think tank con los que empiezan a construir una teoría sobre todo esto y que acaba el 11S. En ese momento se olvidan de todo, cambian de enemigo y de estrategia, invaden Afganistán e Irak. Ahora llega la tercera oleada, que es la de Donald Trump, que es una oleada mucho más contradictoria; tiene elementos neoconservadores y tiene otros disparatados, pero forma parte de lo mismo.

La izquierda no tuvo respuesta en la primera y en la segunda revolución conservadora. Ahora parece que tampoco la tiene.

Porque los valores de la revolución conservadora se hacen tan potentes que forman parte de eso que se llamó pensamiento único. El que no los tenía era expulsado de las cátedras, de los servicios de estudio, de los medios de comunicación. Esos valores conservadores impregnan a la socialdemocracia. Así nace “la tercera vía”. Cuando llega una crisis como la de 2008 no tienen nada que decir, solo pueden aportar una especie de thatcherismo de rostro humano. No sé si recuerdas aquella frase de Thatcher, cuando le  preguntaron, ¿qué es lo mejor que ha hecho usted en su vida?, y ella respondió: “Traer a Tony Blair”. Ese es el principal problema de la crisis de representación política. Ha sido tan profundo el contagio de los valores conservadores a la socialdemocracia que si hay que elegir entre el original y la copia la gente escoge el original, o busca elementos populistas de extrema derecha o extrema izquierda. La socialdemocracia está desapareciendo del mapa en un momento en el que las medidas de la socialdemocracia clásicas serían las más oportunas para arreglar los problemas.

Se aplicaron después de la Segunda Guerra Mundial y se salió de las crisis económica y política.

Esos valores, depurados por el tiempo, valdrían para obtener respuestas diferentes de las que hay ahora. ¿Qué va a pasar cuando empiece a aplicar la política económica de Europa el nuevo ministro de Finanzas, el socialdemócrata Olaf Scholz que ha sustituido a Wolfrang Schäuble en el gobierno alemán? ¿Vamos a notar una diferencia sustantiva, aparte de algún ambiente compasivo? Pues eso es lo que hay que ver, si han aprendido o no han aprendido.

¿Sería la utopía más pragmática de la izquierda regresar a los valores socialdemócratas o exigir que el capitalismo vuelva a estar regulado?

Estoy de acuerdo, pero lo diría de otra manera. El principal valor de la socialdemocracia es conservador, conservar lo que tuvimos, no perderlo. La principal labor de la izquierda es asegurar la igualdad de oportunidades, que es un valor probablemente liberal, que se cumple menos que hace una década. Nunca hubo una igualdad de oportunidades perfecta, pero el camino era progresivo, se iba consiguiendo, y en eso se ha producido una marcha atrás enorme.

El periodista y escritor Joaquín Estefanía.
Joaquín Estefanía, en una imagen de archivo. MARTA JARA

Da la sensación de que la izquierda, pienso en la española, se ha quedado atrapada en los eslóganes y ha ido perdiendo contenido. El feminismo podría ser una manera de reconectarse con la calle.

Exacto. Volvamos al programa mínimo, defendámoslo. Tuvimos un programa mínimo que era la democracia y un programa máximo que era el comunismo, el socialismo, la revolución. Volvamos al programa mínimo. ¿Qué puede defender la izquierda para diferenciarse de la derecha? Tres asuntos: la igualdad de oportunidades, que tiene que ver con los derechos sociales y económicos, los derechos humanos que incluyen la libertad de expresión y el cambio climático, el problema más importante que tiene la humanidad en estos momentos.

¿Son tan importantes los líderes o es importante que exista ese magma en la sociedad?

Me parece que fue Bernardo Bertolucci, aunque no estoy seguro, el que dijo “bienaventurado el país que no necesita líderes”. Siempre he creído que los líderes no son el principal elemento cuando se habla de la capacidad de liderazgo de un país. Es importante pero no es lo más importante para los cambios. En estos momentos tenemos unos líderes tan chatos en casi todos los casos, o tan nefastos como en el caso de Trump, que echamos de menos a alguno; hemos idealizado unos líderes que tampoco eran tan buenos pero que en comparación nos parecen maravillosos.

¿Es Merkel la líder más social de Europa aparte de lo que ha hecho a Grecia? Al menos es coherente.

Seguramente la más líder de todo. Con Macron estamos construyendo un mito. Decimos que tiene un discurso europeísta, pero Macron lleva casi un año y ese discurso no se ha concretado en una sola medida, y dentro de su país está aplicando las políticas de austeridad como las que aplicaba la derecha o el mismo Hollande y que le costaron la presidencia. Estamos haciendo un mito de Macron porque tiene esa capacidad de liderazgo de la que todo el mundo habla, y que debe ser cierta. La revista Letras libres publicó un perfil de Macron firmado por Emmanuel Carrère; en él, decía: “Si le miras a los ojos y él te da la mano, estás perdido”. Cuando lo leí, recordé que algo de eso tenía el Felipe González en 1982.

¿Estamos los periodistas aplicando la visión de la vieja política para analizar los nuevos movimientos?

Sin duda. Me alarma ver cómo ha desaparecido Europa del Este de los medios de comunicación con las cosas que están pasando, están matando periodistas, están restringiendo las libertades, incluidas las europeas. Pero no atendemos a este tipo de cosas, estamos en la política pequeña.

¿Ha sido un desastre para la UE la incorporación de los 10 países de Europa del Este, algunos de ellos parecen un caballo de Troya?

Ha sido un desastre monumental, pero hay que analizarlo. Cualquier cosa que se haga en Europa tiene que partir de esa idea, que dentro hay un caballo de Troya. Fíjate lo que está ocurriendo, que tampoco estamos tratándolo suficientemente: mientras todos hablamos del europeísmo de Macron, de lo bueno que va a ser que Macron y Merkel relancen la Unión Europea, los países del norte de Europa están vetando cualquier tipo de cambio de orientación. No quieren un presupuesto europeo potente, no quieren la mutualización de la deuda, no quieren una revisión de la forma de trabajar con el euro, están restringiendo de manera brutal los movimientos de personas. Todo eso está pasando al mismo tiempo que hablamos de la oportunidad que tiene Europa para cambiar en estos momentos.

A la vez está creciendo la xenofobia, la extrema derecha, el maltrato a los emigrantes.

La misma impregnación que había antes de la revolución conservadora hacia los socialdemócratas ocurre ahora entre los partidos de extrema derecha y los partidos de derecha que gobiernan. Ya sabemos que Marine Le Pen no ha ganado y que tampoco ganaron los holandeses, pero las ideas de Le Pen y de los holandeses impregnan en estos momentos los programas electorales.

Partidos de derechas de toda la vida con las ideas de extrema derecha.

Y tampoco lo estamos contando. Respiramos como si fuese una cosa extraordinaria que no hubiera ganado Le Pen, pero mira lo que está pasando en Francia, en Holanda o en Italia.

La Liga Norte pasó de ser un movimiento autonomista y oportunista a un movimiento de neofascista.

Tenemos que utilizar este tipo de calificativos para hablar de estas cosas. Es tremendo. ¿Qué pasó con Italia, con su izquierda y hasta te diría con su derecha, tan ilustradas, que avanzaron tanto, que fueron los padres del eurocomunismo y los padres de la austeridad? ¿Dónde están esos políticos? ¿Se han jubilado todos? Hace años en un mitin de D’Alema, que dirigía entonces la última fase del partido comunista italiano, alguien del público le gritó: “D’ Alema di algo de izquierdas, hombre”.

Ciudadanos llegó como un partido que iba a regenerar la derecha, pero de alguna forma también se ha visto atropellado por los acontecimientos.

En cuanto ha entrado en las instituciones. Volvemos al principio de la conversación, quién es el sujeto que va a protagonizar lo que está pasando. ¿Es el movimiento de los jubilados un 15M renacido con otras formas o se va a diluir en cuanto Rajoy introduzca varias medidas en el presupuesto que engañen un poco a una parte del movimiento? Esto no es discutible en el caso de la mujer. Tenemos que saber cómo se avanza después del 8 de marzo; escojamos dos o tres propuestas., cómo se avanza en la brecha digital, en la presencia de las mujeres en las instituciones, en las cuotas. O avanza o se diluirá.

Uno de los defectos que tenemos como país es la incapacidad para pensar fuera del marco. Decía el general David Petraeus, hablando de Irak, que todos los mandos militares que ascienden piensan de una manera parecida. Pasa en las empresas.

Y en los partidos políticos.

Y cuando surge un problema grave, como la crisis en Catalunya, nadie es capaz de pensar diferente. La política está para solucionar los problemas; aquí la utilizamos para crearlos.

Eso se debe a la adolescencia de nuestra democracia. Como tenemos una democracia más joven que la de los demás, es más endeble, somos rígidos con los procedimientos y con las normas de las que nos hemos dotado.

Algunos sectores del independentismo exprés dicen que España es un Estado autoritario.

Eso es una tontería, es no recordar cómo éramos hace 40 años cuando salimos del franquismo. Tenemos defectos y debilidades, y algunas nuevas que están emergiendo, pero no tienen nada que ver con un Estado autoritario. Este es un país normalizado desde el punto de vista democrático.

Como tampoco se puede hablar de golpe de Estado. Se podría hablar de crisis constitucional.

Y tampoco podemos hablar de amigos y enemigos. Entre la gente de mi generación y entre tus amigos y entre los míos hay muchos independentistas con los que todavía podemos seguir discutiendo. Probablemente no podremos discutir hoy con algunos, como tú has dicho antes, con los independentistas exprés, pero hay una buena parte con la que podemos discutir de muchísimas cosas.

¿Es optimista, en general, no solo con nuestro país?

No, no lo soy. En estos momentos no puedo ser optimista porque el contexto al que pertenece nuestro país es en estos momentos muy desfavorable. Hay una regresión, sin duda. Ha habido una regresión en los derechos sociales y económicos en los últimos diez años, y ahora, que parece que estamos saliendo, hay una regresión en los derechos políticos y en los derechos civiles. Es un mal momento para los derechos en el mundo y en ese sentido no puedo ser optimista.

El tribunal de Estrasburgo dictamina que es legal quemar un retrato del rey y unos días después, el Parlamento vota con el apoyo del PSOE mantener la tipificación de insultos al rey.

Eso es un ejemplo más del contagio. En cambio, me ha parecido valiente la decisión del Partido Socialista de no prorrogar la cadena perpetua revisable, de votar en contra aun sabiendo que es algo impopular en estos momentos. Bueno, eso es lo que tienen que hacer este tipo de partidos. Para eso los queremos y para eso los hemos votado.

¿Cree que el posfranquismo ha desaparecido completamente de España o sigue ahí?

Creo que ha desaparecido muchísimo, pero no del todo. Todos los días vemos, incluso en el Parlamento, algunas intervenciones que recuerdan a otros tiempos, pero creo que son minoritarios. En ese sentido, la aparición de Ciudadanos no va a modernizar tanto como creíamos a la derecha española, pero algo la va a modernizar.

Sánchez Cuenca me dijo en una entrevista con tal de que se vaya PP, que gobierne Ciudadanos.

Esa es la posición de Sánchez Cuenca que en buena parte corroboro. Creo en estos momentos el PP, aparte de todos los problemas que tiene relacionados con la corrupción, es un partido inútil para gobernar; están abrasados, no dan más de sí.

“El orgullo patrio es una absurdez”

12 junio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Los muros físicos se construyen con ladrillos, pero es mucho menos trabajoso erigir los ideológicos: basta con un trapo y un palo. La guerra de banderas que se ha desatado a raíz de la crisis en Catalunya es la semilla que inspiró la nueva recopilación de viñetas de Andrés Rábago (Madrid, 1947). El Roto: Contra muros y banderas (Reservoir Books) es su peculiar interpretación del uso partidista que se ha hecho en los últimos meses de la rojigualda y la estelada.

“Las banderas deberían estar solo en los espacios institucionales. Más allá de eso, el abuso que haga un partido de ella es espurio porque la bandera es de todos”, asegura el veterano viñetista mientras bebe a sorbos muy pequeños su vaso de agua. Sobre la mesa, un par de ejemplares de su libro lucen en la portada una reinterpretación de la célebre Riña de gatos de Goya. En lugar del ladrillo desgastado del original, un felino se posa sobre la bandera española y el otro sobre la senyera.

Aunque todo indique lo contrario, El Roto asegura que “no es un libro específico sobre Catalunya, sino contra la fragmentación”. No distingue entre la repartición del rojo y el amarillo sobre la tela porque, en su opinión, ambas “han dejado de ser símbolos para transformarse en instrumentos de poder, de diferenciación y de separación”.

'Contra muros y banderas'

Dice Rábago que la bandera española no debe tener más función que la de identificar a un país, “como a un navío en alta mar”, pero no ha sido ese su uso desde el pasado octubre. Ahora, buena parte de los ciudadanos españoles identifican la rojigualda con una postura en el debate soberanista con la que quizá no se sientan cómodos. Para El Roto, “es una utilización espuria por parte del Gobierno de un elemento común”, pero también porque “la izquierda ha mantenido esa vieja visión de la bandera como parte del imaginario franquista”.

Lo que es innegable es que el auge de los nacionalismos ha traído consigo una imagen aterradora de banderas ondeantes. En Hungría, Grecia o Austria, la ultraderecha se ha lanzado a las calles enfundada en la bandera del país a la vez que lanzaba consignas xenófobas y supremacistas. En España, el discurso por la unidad también brindó un hueco privilegiado a estos grupos para redoblar y visibilizar su mensaje ultra. “Son las sociedades más débiles las que se reorganizan alrededor de estos símbolos y adquieren identidades impostadas”, explica El Roto.

'Contra muros y banderas'

“El orgullo patrio es una absurdez. Sentirse orgulloso de ser de un sitio en concreto, una estupidez”, asevera. “El orgullo debería surgir por algo más que por un sentimiento de pertenencia. Porque tu nación sea más justa con sus ciudadanos o más culta. Pero ni siquiera eso es atribuible a uno mismo, sino a terceras personas”, piensa el Roto. Contra el “patriotismo de pulserita”, Rábago apela a la voluntad de trabajar por un país a través de nuestro propio comportamiento, no enarbolando una bandera. “¡Robaba, sí, pero pensando en la patria!”, como reza una de sus viñetas.

Las viñetas de la “concordia”

Aunque su opinión sobre el uso partidista de la rojigualda es inclemente, El Roto no es más sutil cuando le toca dibujar sobre el independentismo. Un aguijón de avispa, unas setas alucinógenas o un arcoíris bicolor que se alza en un horizonte de la tierra prometida son algunas de las hipérboles que ha usado en Contra muros y banderas.

“La sátira tiene unos mecanismos caricaturescos que le son propios, como la exageración”, reconoce el viñetista. “Pero no deja de haber algo de alucinógeno en todo esto, sobre todo de manipulación del consciente colectivo. Una hipnosis muy pegadiza”, resume.

'Contra muros y banderas'

Él, nacido y criado en Madrid, asegura que “los temas identitarios no me interesan”, pero que aún así le habría gustado realizar las viñetas desde Catalunya. “Es un asunto que nos afecta a todos, pero allí se vive con mucha más intensidad”, reconoce. En muchas de sus tiras hace referencia al socavón, casi precipicio, que ha generado la incapacidad de comunicarse de los políticos. “¿Y este abismo? Lo cavamos entre tú y yo, ¿no te acuerdas?”, dicen dos figuras negras marcadas con distintas banderas en una de las imágenes.

“Ha habido una dejación por parte del Estado de lo que debería haber sido su trabajo. Al poder central le interesaba ceder este territorio porque esos gobiernos locales le permitían ganar elecciones. No ha tenido en cuenta el interés ciudadano frente al interés partidista de cada momento”, atribuye el dibujante.

'Contra muros y banderas'

Respecto a las posibles salidas, El Roto no se muestra demasiado optimista. “Es un problema de largo alcance. Vamos a tener que convivir con él durante bastante tiempo. Este libro fija una posición y servirá de souvenir de una época que espero que, en algún momento, se convierta en un recuerdo de lo que pasó”, confía. “Es el momento de que la sociedad catalana se sienta acompañada, y todos debemos ayudar a reconducir la situación”.

En su opinión, el “librito”  Contra muros y banderas es su modesto intento de aportar al entendimiento. Haciendo referencia a viñetistas clásicos como Forges, Chummy Chúmez o Máximo, El Roto entiende la sátira como una herramienta “para criticar a los que abusan del poder y acompañar al que está sufriendo”. “Hay momentos en los que tienes que echar una madera al agua donde alguien se pueda agarrar o sentirse en compañía”, dice en referencia al “servicio público” del gremio de la viñeta.

Tampoco pierde la esperanza de alcanzar a los que hoy ondean banderas con tanto convencimiento. “Cuando estás en medio de una corriente de opinión poderosa, debes de ser muy, muy fuerte para mantenerte al margen”, admite. Con sus breves aforismos y el lenguaje visual de sus gruesas pinceladas, El Roto aspira a “elevar el pensamiento común” y a evitar que los poderosos “nos conviertan en sus banderas”.

¿Cómo murió Cipriano Martos? Las torturas y el veneno que acabaron con la vida de un militante antifranquista

5 junio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Han pasado 45 años desde que Cipriano Martos murió solo, custodiado en una cama de hospital de Reus con el estómago destrozado por un corrosivo. Su familia sigue sin poder responder a la pregunta: ¿fue este joven militante antifranquista el que ingirió  voluntariamente el ácido que lo mató o se lo hicieron tragar los guardias civiles que le torturaron de forma brutal durante dos días?

“Lo último que quería el régimen era que esto se conociera y trataron de taparlo por todos los medios”, expone Roger Mateos, autor del libro Caso Cipriano Martos: vida y muerte de un militante antifranquista (Anagrama). Tras llegar a sus manos el sumario del caso y recuperar más de 50 testimonios, este periodista de la Agencia EFE reconstruye no solo los oscuros días de agosto de 1973 en los que Martos fue torturado y conducido a la muerte por ser militante del Partido Comunista de España (Marxista-Leninista), sino también las razones que llevaron a un tímido y casi analfabeto campesino de Granada a integrarse en una organización antifascista clandestina por la que se jugó –y perdió– la vida.

El propio libro supone un testimonio, con todo detalle, de la vida de una víctima del franquismo cuya muerte quedó en el olvido, reivindicada solo por los militantes de un partido que acabó siendo residual. Es ilustrativo el contraste con casos como el del anarquista Salvador Puig Antich, que fue detenido justamente ocho días después de la muerte de Martos, en septiembre del 73. “Puig Antich es un símbolo de la barbarie franquista, medio mundo se movilizó para frenar su ejecución, mientras que con Martos todo quedó silenciado”, sostiene Mateos.

Pese al miedo que durante años atenazó a la familia, finalmente su caso se ha acabado incorporando a  la macroquerella argentina que investiga los crímenes franquistas. El hermano de Cipriano, Antonio Martos, fue de los primeros en declarar ante un juez en esa causa, en los juzgados de Sabadell. “Quizás no es un caso de importancia universal, pero es tan grave y tan repugnante que no se puede mantener en el olvido”, defiende el autor del libro.

Las dudas sobre una muerte incómoda

Juan José Martos recibió la noticia de la muerte de su hermano en Reus por boca de un guardia municipal de su pueblo, Huétor Tájar (Granada), que le insinuó que se había tratado de un accidente laboral. La familia emprendió entonces un viaje a esa localidad de la provincia de Tarragona donde ni siquiera sabían que vivía Cipriano, puesto que en los últimos meses él había ido cortando todos sus lazos sociales debido a su actividad clandestina en el PCE(M-L).

Al llegar al hospital, la escena que describen sus familiares es estremecedora. No solo no les dejaron ver el cuerpo de Cipriano, sino que su cadáver fue trasladado al cementerio de Reus y arrojado a una fosa común sin su conocimiento. En el expediente de la funeraria constaba como responsable José Martos, el padre, que ni siquiera estaba en Reus, sino que se había quedado en Andalucía al estar enfermo. Aquel fue el primer indicio de una muerte incómoda que les confirmó una monja del hospital: Cipriano había fallecido por ingerir ácido sulfúrico.

Lápida de homenaje a Martos en la fosa común de Sabadell
Lápida de homenaje a Martos en la fosa común de Reus

Ahora Mateos recompone las piezas de los últimos días de Cipriano. Su detención tras una acción de propaganda en Igualada, la caída de la célula de Reus en la que él participaba… Y las torturas a las que fue sometido entre el 24 y el 27 de agosto, tras la las que fue trasladado al hospital. Después de varias entrevistas a sus compañeros, el libro acredita que Cipriano fue torturado por varios agentes, comandados por el teniente Braulio Ramo Ferreruela, que luego aseguraría ante el juez que le trataron correctamente.

Es de su declaración ante el juez de donde se pueden obtener algunos detalles sobre la ingesta del cáustico. Ramo afirma que le dejaron encima de la mesa para que los identificara todos los materiales que le habían incautado en su piso para fabricar cócteles molotov. “Es probable que pudiera haberse bebido cualquiera de los líquidos […] dado que estaban a su alcance”, sostuvo el teniente. A ello se le añade que el propio Cipriano dijo habérselo bebido él ante dos jueces y un médico, aunque sus declaraciones están repletas de contradicciones y pronunciadas en una situación extrema que harían desconfiar a cualquiera.

Ahí Mateos se pregunta: “¿Es posible que la Guardia Civil dejara material de un cóctel molotov al alcance de un preso supuestamente terrorista? ¿De alguien que podía haberlo utilizado para atacar a la policía? Es muy difícil de creer”.

Lo que ocurrió realmente solo lo saben Cipriano y los agentes. Quizás algún día algunos de ellos respondan ante la justicia argentina (el teniente murió en 1998), pero puede que desvelar quién empuñó el frasco con ácido no sea a estas alturas lo más relevante. “La pregunta más importante no es si fue un suicidio o un asesinato, sino si un suicidio eximiría de su responsabilidad a los torturadores. Y la respuesta es que no: lo llevaron a una situación límite”, apunta Mateos.

El 27 de agosto de 1973 Cipriano Martos fue trasladado al Hospital Sant Joan de Reus debido a la intoxicación. Agonizó durante 21 días en una de sus camas, custodiado por la policía, y sin que nadie –ni los familiares ni la militancia– supiera lo que le había ocurrido. Acabó traspasando el 17 de septiembre.

El periodista Roger Mateos, autor de 'Caso Cipriano Martos'
El periodista Roger Mateos, autor de ‘Caso Cipriano Martos’

Ensayo sobre la politización de un obrero

El libro Caso Cipriano Martos no es solo la reconstrucción periodística de unos hechos ocurridos en verano de 1973. Es también un ensayo sobre un proceso de politización. El de un joven campesino que emigró a Sabadell, donde trabajó en la construcción, y que, sin tener al parecer inquietudes sociales, “acabó militando en una de las organizaciones antifranquistas más radicales”, sostiene Mateos.

El PCE(M-L), escisión prochina del Partido Comunista en 1964, no era quizás el principal actor de la lucha antifranquista, pero sí tuvo una incidencia creciente en algunos barrios obreros a lo largo de los 70. Uno de ellos fue Ca n’Oriach, el barrio de Sabadell en el que Martos vivía con su prima. “Por primera vez vio luchas vecinales, reivindicaciones y tomó conciencia del movimiento obrero, al que se fue acercando también por las actividades culturales y de ocio que organizaban”, detalla Mateos.

El libro relata también la otra cara de la militancia: las peripecias tragicómicas de unos militantes a menudo demasiado jóvenes, tan impetuosos como erráticos, capaces de jugarse la vida para colgar carteles antiyanquis y a la vez desafiar todos los códigos de la clandestinidad celebrando una boda con toda la organización en la lista de invitados. Personas que no dejaron de ser jóvenes mientras se jugaban la vida por acabar con la dictadura.

“El independentismo no es una enfermedad, es una preferencia política”

2 junio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Ignacio Sánchez-Cuenca (Madrid, 1966) es profesor de Ciencia Política la Universidad Carlos III. Está a punto de publicar un nuevo libro. La confusión nacional. La democracia española ante la crisis catalana (Catarata). Nos encontramos en la cafetería de un hotel del norte de Madrid

Jordi Amat contó que Josep Lluís Carod-Rovira, entonces vicepresidente del Gobierno tripartito en Cataluña, se encontró al expresident Pujol tras solucionar el contencioso del Archivo de Salamanca, y le preguntó si estaba contento. Pujol respondió: “Es un desastre. Las heridas tienen que estar abiertas para que supuren”. ¿Es esa la base del nacionalismo?

No; esa sería una visión reduccionista del nacionalismo. Es necesario distinguir entre nacionalismo de Estado y nacionalismo sin Estado. El primero tiene muchos recursos para proteger a la nación; el Estado español para proteger a la nación española, no necesita recurrir al victimismo. En el segundo caso es más difícil porque la nación se encuentra en una posición vulnerable ante el Estado y hay tendencia a desarrollar cierto victimismo porque es un instrumento de movilización. Pero sería una simpleza reducir el nacionalismo a victimismo.

Entre el 47% de independentistas catalanes, según los datos de las últimas elecciones, debe haber personas convencidas y otros que se sienten atacados e insultados. ¿Podrían recuperarse con otro tipo de política y otro tipo de lenguaje desde Madrid?

Es evidente. El independentismo no es una enfermedad, es una preferencia política y, por lo tanto, sensible a las circunstancias en las que se desarrolla. Es indudable que si el Estado español ofreciera una alternativa más atractiva que el actual statu quo sería relativamente fácil desactivar a los menos incondicionales, a los independentistas sobrevenidos que han reaccionado así ante la actuación del Estado, que a mi juicio ha estado dominada por la intransigencia y el cerrilismo. Conscientes del coste que tiene la independencia estarían dispuestos a aparcarla unos años o un tiempo indefinido. Recordemos que el statu quo actualmente consiste en la suspensión de la autonomía, 37 procesos judiciales abiertos, varios de sus líderes en la cárcel y otros fugados en Bélgica.

Además de una reforma de la Constitución, que no parece fácil con el PP, existen otras medidas que no requieren una reforma constitucional, pero desde el Gobierno central no hay una sola iniciativa que vaya más allá del “no”.

Es una pregunta crucial por lo siguiente. Mucha gente piensa que es un problema de reglas, que tenemos un sistema constitucional que no ofrece espacio suficiente a las reivindicaciones nacionalistas de Cataluña. Esto no es necesariamente así. El principal problema de la democracia española no está en sus instituciones sino en cómo ejercemos la democracia en el día a día, y ahí hay una responsabilidad muy grande, no solo el gobierno sino también del Tribunal Constitucional, de los tribunales de justicia, de los grandes medios de comunicación, y de buena parte de la sociedad civil. En la Constitución cabe mucho más de lo que imaginamos. El problema es que se ha impuesto una interpretación estrecha del problema nacional. La clave del desbloqueo en Canadá fue que su Tribunal Constitucional dijo que la Constitución no era solo unas reglas escritas, era el texto y los principios que subyacen y le dan sentido. Entre esos principios cruciales están el de legalidad y el democrático. El Tribunal dijo que había que conciliarlos. Esto se podría hacer en España con la Constitución que tenemos. Nuestras élites políticas, intelectuales y jurídicas siguen empeñadas en sobreponer el principio constitucional al principio democrático sin permitir un espacio de compromiso entre ambos. No es un problema de reforma constitucional, que no la va a haber porque la derecha la vetará. La cuestión es que no hemos sido capaces de proporcionar una lectura abierta de la Constitución que permita un ejercicio de la democracia más inclusivo. Ese es el drama de la democracia española.

Da la sensación de que la democracia ha ido menguando en estos 40 años.

Sí, ha ido menguando. Bastaría con regresar al espíritu pactista de la Transición para desactivar la crisis catalana. Desde los años 90 hasta aquí —esto sería una historia interesante de reconstruir— hemos ido retrocediendo. Hoy tenemos un sistema más estrecho y cerrado del que teníamos a finales de los 70.

¿Ha participado la izquierda en ese retroceso?

Hasta cierto punto, la izquierda ha sido seguidista del neoespañolismo impuesto por el PP en los años 90. No ha sabido crear un discurso alternativo. El origen está en la estrategia política que propuso Aznar que se basaba en una defensa orgullosa de la nación española como orden democrático abierto integrado en Europa frente a los llamados nacionalismos periféricos, que a su entender son sociedades cerradas, excluyentes, supremacistas y todos los adjetivos ominosos que uno quiera poner. Según esa lógica, solo defendiendo a la nación española se pueden combatir las amenazas a la democracia que proceden de la anti-España. La izquierda no ha tenido un discurso propio, como se ha visto en la crisis catalana y como se vio mucho antes. No encuentra un marco conceptual en el cual se denuncie (o se defienda) el nacionalismo español en los mismos términos en los que se denuncian o defienden los nacionalismos periféricos. Hay un seguidismo en la crisis de otoño de 2017 cuando el PSOE no se atreve a poner condiciones por su apoyo al PP. Y en cuanto Podemos ve que la opinión pública no sigue sus ideas, adopta una posición discreta en la crisis catalana. Lo que ha quedado sin voz en esta crisis es la denuncia del nacionalismo español y sus excesos antidemocráticos. De los excesos del nacionalismo catalán hay toneladas de palabras escritas.

¿Ha perdido Pedro Sánchez gran parte del impulso que tenía después de su segunda elección como secretario general del PSOE? Podemos ha quedado atropellado. El gran triunfador es Ciudadanos.

No soy capaz de explicar bien la reorganización interna en el bloque de derechas. Puede que haya un impacto de la corrupción en el PP, que la acumulación de casos lo haya dejado como un partido insolvente ante los electores. La izquierda ha quedado en mala posición, pero ya venía de antes. Escribí en Infolibre un artículo en octubre de 2016 que se titulaba “Un nuevo desencanto”. En él anticipaba que era inevitable que la desunión entre PSOE y Podemos generara un desencanto en la izquierda, como el que produjo en los últimos años de la Transición. Los votantes progresistas se han ido desanimando vista la impotencia de izquierda para revertir la situación política y echar a Rajoy. Ese desánimo se acelera e intensifica en la crisis catalana.

Ciudadanos arrastra fama de estar inflado en las encuestas, pero en Cataluña las encuestas coincidieron con el resultado. No sé si es extrapolable a toda España. El CIS confirma que una parte significativa de votantes del PP se está pasando a Ciudadanos. Aunque no está claro cuál es su programa, tiene un discurso contundente contra la corrupción aunque en Cataluña es más duro que el del PP.

Esto puede sonar un poco provocador: la prioridad absoluta para España es desprenderse del Gobierno corrupto de Mariano Rajoy. Aunque pudiera reemplazarlo un partido que no me gusta demasiado, como Ciudadanos, me parecería positivo. Cualquier cosa que suponga echarlos del poder es positivo y saludable para la democracia española. Si la única alternancia posible pasa en estos momentos por Ciudadanos, pues mejor Ciudadanos que continuar con Rajoy.

Ignacio Sánchez-Cuenca, director de Instituto Carlos III-Juan March de Ciencias Sociales de la Universidad Carlos III de Madrid y Profesor de Ciencia Política en la misma universidad.
Sánchez-Cuenca. MARTA JARA

¿Se puede aprender algo del proceso político en el País Vasco?

La experiencia vasca después del plan Ibarretxe es lo que le da mucha confianza al Gobierno central de poder superar la crisis catalana. En los momentos malos en los que ETA asesinaba a representantes políticos se produjo la ofensiva soberanista del PNV, que llega a su máximo en el 2004-2005. Se desactiva rápidamente sin necesidad de una crisis interna en el PNV. El gobierno de Rajoy cree que en el caso catalán puede suceder algo similar, aunque tardará tiempo. Una vez que los independentistas catalanes abandonen la tentación unilateralista, el movimiento no podrá mantener la cohesión y se romperá, evolucionará, como sucedió en el País Vasco, hacia un autonomismo reivindicativo exigente, pero dentro de la Constitución.

¿Se puede decir que lo que estamos viviendo no es tanto un problema catalán, sino la consecuencia de un problema español, de que es España lo que está mal diseñado?

El error más frecuente en la crisis constitucional catalana es que casi todos hablan como si lo que hicieran los líderes catalanes no tuviera relación con lo que hace el Gobierno de Madrid, como si el Gobierno de Rajoy, por el hecho de sentarse a esperar, no tuviera una responsabilidad. No es un problema solo de Cataluña ni solo de España, es un problema de ambos, de cómo encajan y respetan el principio democrático. En España no hay una actitud suficientemente respetuosa hacia las demandas de independencia, que en Cataluña son numerosas, fuertes y constantes en el tiempo, pero tampoco los independentistas catalanes han mostrado mucho respeto por el principio democrático y han intentado avanzar por la vía unilateral teniendo menos de la mitad del apoyo de la población. Hasta que las dos partes no se comprometan a actuar con pleno respeto a lo que son las reglas y los principios filosóficos de la democracia, el conflicto se enconará y se desarrollará por vías judiciales y de desobediencia institucional. Lo que hace falta es que las dos partes asuman cuál es la forma democrática de comportarse cuando el sujeto político está en cuestión. España no reconoce que en Cataluña el sujeto político, que se llama “el demos”, está cuestionado. Y los independentistas catalanes no aceptan que Cataluña está dividida en dos mitades más o menos parecidas.

La educación es uno de los fracasos en estos 40 años. No hemos sido capaces de crear un sistema educativo eficaz y estable. Pero tampoco hemos sabido educarnos en la tolerancia y en el respeto a la diferencia.

Ahí hay un déficit importante de la democracia española. Robert Fishman lleva tiempo insistiendo en que nuestra democracia es poco inclusiva. Pero volviendo a lo que decíamos antes, que había más tolerancia política en la época de la Transición y en los primeros años de democracia que ahora. ¿Por qué hemos retrocedido tanto? La respuesta ha de ser especulativa, porque no contamos con una respuesta científica. Una respuesta posible podría ser que ha sido la reactivación del nacionalismo español a partir de los primeros gobiernos de Aznar lo que ha desbaratado el clima de tolerancia política que hubo en España tras la muerte de Franco y que se mantuvo en buena medida durante casi toda la etapa de Felipe González.

¿Es imposible de recuperar con este Gobierno?

Es muy difícil, porque la intolerancia va más allá del Gobierno; se encuentra en los jueces, en el Tribunal Constitucional, en los medios de comunicación. La propia sociedad civil ha perdido tolerancia. No son edificantes las actitudes que hemos visto en estos meses con respecto a lo que estaba sucediendo en Cataluña. También hemos visto episodios poco edificantes en Cataluña. Debemos plantearnos por qué hemos perdido nervio democrático en estos años.

¿Qué culpa tienen los medios de comunicación?

Los medios de comunicación han tenido en la crisis catalana una actuación lamentable, ha sido un periodismo de trinchera, beligerante y destinado a introducir tensión y polarización entre Cataluña y España. Me parece horrible que se haya extendido la expresión “golpe de Estado” para referirse a lo que es una crisis constitucional. En los medios catalanes también ha habido toda clase de excesos. Me parece injustificable que en los medios catalanes pudiera leerse que España es un sistema autoritario o neofranquista. Ni ha sido un golpe de Estado la crisis constitucional catalana ni España es un sistema autoritario, hay déficit democrático en ambas partes. Ahí los grandes medios de comunicación no han estado a la altura. En España se ha estrechado mucho el espectro ideológico. El País es indistinguible en el tratamiento del asunto catalán de ABC o El Mundo. Si hiciéramos un test ciego de titulares y le dijéramos al ciudadano, “tienes que adivinar a qué medio corresponde”, no sería capaz de saber si es de El País, El Mundo o ABC. Entre los nuevos medios de comunicación, están Eldiario.es, Infolibre, Público , CTXT y otros pequeños que no tienen masa crítica suficiente para corregir las inercias que se han creado con la crisis catalana, y que son muy poderosas.

¿Y los intelectuales?

De los intelectuales ya he hablado bastante en otras ocasiones. Ver a intelectuales catalanes hablar del nacionalismo catalán como si fuera un fenómeno nazi, o del “supremacismo catalán”, dado por supuesto que el nacionalismo es incompatible con la democracia, resulta penoso.  He recopilado una larga serie de textos de intelectuales en estos meses que muestran que no están actuando como intelectuales sino como tertulianos políticos. De nuevo, si hiciéramos un test ciego, no sería fácil distinguir lo que escribe Federico Jiménez Losantos en El Mundo y de lo que dice Félix de Azúa en El País, por poner un ejemplo.

Uno de los problemas estructurales que tenemos, y que va más allá del franquismo, es la incapacidad de saber pensar fuera del marco. Más aún en el caso de Mariano Rajoy y Soraya de Santamaría que son opositores. Aprenden un temario y todo lo que no esté en él no existe. Su temario actual es la Constitución.

Antes hablamos de la falta de tolerancia. En España también hay un legalismo asfixiante en la práctica democrática. Se retrotrae a la ley para la Reforma Política de 1976 redactada por Adolfo Suárez, que presidía un gobierno franquista. En ella se equipara la democracia con el respeto a la ley, y así se mantiene hasta hoy. Es evidente que el respeto a la ley es fundamental en todo el sistema democrático, pero la democracia es mucho más que el respeto a la ley, la democracia es un principio de igualdad política y de autogobierno colectivo. La ley puede entrar en conflicto con los ideales democráticos, y ahí es donde necesitamos salir del marco y pensar en términos más amplios qué tipo de democracia queremos tener. La presión que hace la derecha nacionalista en España para entender la democracia como respeto a la ley, arrastra y atemoriza a los demás partidos. Cuando el Parlamento catalán fue en 2014 al Parlamento español para pedir que se le delegara la competencia de celebrar una consulta, las respuestas de Rajoy, Rubalcaba y Rosa Díez fueron idénticas: ‘La democracia es el respeto a la ley, la Constitución no admite una consulta en Cataluña, por lo tanto, ustedes vuélvanse por donde han venido porque no hay nada que hablar al respecto’.

Casi nadie piensa en una solución creativa, por ejemplo, una reforma de reparto fiscal.

Hay muchas cosas que se podrían hacer dentro de la Constitución. Lo que podríamos llamar el establisment o las élites españolas se han ido cerrando a medida que se profundizaba la crisis porque veían que había la posibilidad de cambio. Han generado una dinámica de ensimismamiento en la cual cualquiera que no comparta sus premisas deja de ser “uno de los nuestros”, queda excluido como “podemita”, “independentista”, insurreccional o provocador. Es muy difícil establecer diálogo con un establisment que es extraordinariamente cerrado, que no reacciona ante las demandas que vienen de la sociedad. Esto se vio con los desahucios. Hasta que no hubo una marea popular y el asunto se les vino encima, no quisieron reconocer que el problema de los desahucios existía en España.

Ignacio Sánchez-Cuenca, director de Instituto Carlos III-Juan March de Ciencias Sociales de la Universidad Carlos III de Madrid y Profesor de Ciencia Política en la misma universidad.

Gran parte de esa élite económica ha salido en los distintos sumarios de la corrupción. Están vinculados al poder político. Lo que está en juego es un negocio.

En el informe sobre la democracia española, que publica anualmente la Fundación Alternativa, hay una encuesta que se realiza a expertos con 57 preguntas sobre lo que funciona bien y lo que funciona mal en nuestra democracia. Obviamente suspendemos en corrupción, pero aparte de eso, el suspenso se produce en aquellas preguntas en las que se le pide al experto que indique hasta qué punto las élites políticas son permeables a las demandas ciudadanas. Ahí es donde suspendemos año tras año. Hay una especie de ensimismamiento que aísla a la élite de las demandas populares y es lo que hace que la democracia española funcione mal, y eso no depende de la Constitución ni se cambia con una reforma, sino que depende del ejercicio de la democracia en el día a día. Ahí es donde tenemos un déficit enorme. También suspendemos en pluralidad en los medios de comunicación. Son las tres asignaturas pendientes de la democracia española y no tiene visos de resolverse a corto plazo.

Por qué tanto miedo de esa élite a Podemos si su programa económico es el del PSOE en 1979.

Hay que decir que Podemos se ha buscado sus desgracias cuando generó expectativas enormes de cambio en la sociedad española en 2015 y 2016. La gente tenía necesidad de saber que su voto valía para algo, pero Podemos puso trabas a un acuerdo con el PSOE; este las puso también, por supuesto. Cuando la izquierda se queda como una opción testimonial, que no sirve para desalojar al gobierno corrupto del PP, pese a que tenía los números para ello, la gente se retrae. Podemos ha tenido impacto en los municipios e indirectamente en las autonomías, pero tuvo la posibilidad de desalojar a Rajoy y no la aprovechó. No fue responsabilidad única de Podemos, también del PSOE. De ahí procede el desgaste paulatino de la izquierda que se ha acelerado en la crisis catalana.

Tras las elecciones de diciembre de 2015 se perdió la oportunidad de un Gobierno formado o apoyado por PSOE, Podemos y Ciudadanos. En algún momento pareció posible, un Gobierno de regeneración. Había un sector de Podemos que estaba a favor de la abstención. Era una situación ganadora, estar de alguna manera en el gobierno y en la oposición. Y al final Podemos se decidió por el “no”. ¿Ha sido su mayor error?

Ese ha sido el mayor error de Podemos. Sobrestimó sus fuerzas, pensó que iba a seguir creciendo y se permitió el lujo de unas segundas elecciones que no salieron como esperaban. De ahí viene el desgaste que observamos mes a mes y que no tiene porqué ser irreversible. Se puede corregir, pero lo tiene difícil porque mucha gente piensa que si no sirvió para cambiar el gobierno, para qué votarle ahora. Los más ideologizados van a seguir votando Podemos, pero para aquellos que estaban indignados por las injusticias de la crisis, jóvenes que nunca habían votado antes y que tenían una relación por construir con la política, ha supuesto una decepción. Desde la primavera de 2015 empecé a decir que Podemos y PSOE tenían que llegar a un entendimiento porque la situación pestilente del gobierno, desde el punto de vista democrático, requería una intervención urgente.

Antes de aquellas elecciones de diciembre de 2015 había buen rollo entre Albert Rivera y Pablo Iglesias. Se vio en la entrevista que les hizo Jordi Évole. Parecían dos jóvenes que venían a regenerar España, uno desde la derecha y el desde otro la izquierda.

Me acuerdo de aquella entrevista. Évole les preguntó por políticas concretas; ahí es más fácil estar de acuerdo. En cuanto vas a asuntos en los que operan a los principios ideológicos, se rompen las vías del entendimiento. Aquel buen rollo fue un espejismo porque Podemos y Ciudadanos están destinados a no entenderse.

Ahora tenemos un Podemos con problemas, un PSOE con problemas, un PP que cree que no los tiene y un Ciudadanos que se siente el rey del mambo.

Podemos y los partidos nacionalistas catalanes han ofrecido al PSOE un cheque en blanco para gobernar. Si el PSOE presenta una moción de censura, Podemos, Esquerra y la antigua Convergència i Unió votarán a favor de Sánchez a cambio de nada. Ya no está el referéndum sobre la mesa. La respuesta del PSOE ha sido de un cierto nerviosismo porque coloca a Pedro Sánchez en una tesitura delicada; por una parte dice que quiere llegar a pactos de Estado con el PP, pero por otro lado prometió a sus bases que la prioridad iba a ser desalojar a Rajoy del Gobierno.

¿Ha perdido Sánchez en la crisis catalana el impulso que le dio su elección a través de las bases?

Es demasiado pronto para saberlo. No comparto la reacción del PSOE en la crisis catalana, pero la entiendo porque su opinión pública, sus votantes, su electorado, no estaba por la labor de hacer de oposición al gobierno en la crisis catalana. Los líderes del PSOE se han dejado llevar por lo que indicaban las encuestas. La crisis catalana, con todo, no va a durar siempre. De lo que se trata ahora es de que intenten retomar las promesas iniciales. Algunas de las propuestas que están realizando son un poco extrañas, como la del impuesto a la banca para financiar las pensiones. Está bien que tenga ideas para reforzar el sistema de pensiones, pero su prioridad deberían ser los jóvenes, que es donde tiene un agujero enorme. La de perdonar las tasas universitarias a los estudiantes de primer año es una medida poco redistributiva, lo es mucho más poner el énfasis en la educación infantil y la de 0-3 años. Son medidas erráticas donde no hay un mensaje claro que indique por dónde quiere ir el partido.

Podemos han sido muy buenos leyendo la realidad, pero no tanto en articular propuestas.

Claro, ese es el principal déficit que tiene. Vengo insistiendo desde primavera del 2015 en que Podemos y PSOE son complementarios. Podemos ve con mucha más claridad que el PSOE cuáles son los problemas, por dónde van las nuevas tendencias, qué demandan los jóvenes, pero sigue siendo flojo en políticas concretas, en qué hacer con el poder si alguna vez lo llega a tener. El PSOE tiene una experiencia de gobierno enorme, muchísimos cuadros técnicos muy valiosos, pero parece haber perdido contacto con la realidad. La unión entre ambos les permitiría superar sus déficits, permitiría a Podemos resultar un partido más atractivo en cuanto a las políticas a realizar, y al PSOE lo haría más fresco. Pero no parece que esa sea la vía a la que nos dirigimos, cada uno de los partidos sigue bastante enrocado y sangrando por su propia herida. En el caso del PSOE porque sigue sin conectar con las clases emergentes urbanas y en el caso de Podemos, porque hay muchos votantes no especialmente ideologizados que pueden pensar que Podemos tiene razón en sus denuncias pero que es muy difícil saber qué van a hacer si llegan al poder. Los fundadores y dirigentes de Podemos son muy buenos en todo lo que es la estrategia política, pero nunca han sido tan buenos en el dominio de las políticas públicas (especialmente las económicas), y no han hecho mucho por cubrir ese flanco.

Los últimos casos judiciales parecen demostrar que no tenemos clara la división de poderes.

Cuando a nuestros políticos se les llena la boca con la división de poderes entre el judicial y el ejecutivo hay que recordar lo que dicen los estudios al respecto. Los Consejos del Poder Judicial de los países de la Unión Europea han realizado un estudio, que se repite cada varios años, en el que se entrevista a una muestra representativa de jueces en cada país. Se les pregunta por la forma en la que se protege la independencia judicial, si se respeta el reparto natural de los casos, si van al juez natural o se desvirtúa el proceso, si existen presiones políticas. Si tomamos los 15 países de Europa Occidental, España es el peor en todos los indicadores. No he visto que  ningún medio de comunicación español hable de ello ni que los partidos intenten sacarlo en el debate político. Es un dato muy preocupante. Tenemos los peores resultados en separación de poderes e independencia del poder judicial en Europa Occidental. Si vamos a Bulgaria la situación es aún peor, pero si consideramos que España es un país de Europa Occidental, somos el peor por detrás de Italia, Grecia, Portugal. Y esto es algo que debería ser motivo de reflexión, sobre todo por el tono solemne con el que seguimos hablando de la división de poderes.

Esa separación clara de poderes está en la Constitución que tanto se defiende.

Como ideal está muy bien, pero hay que ejercerlo. Tenemos unos niveles de impunidad en el sistema judicial que son terribles. No entiendo que no haya un gran escándalo en la sociedad española por las decisiones del Tribunal Supremo. Lo que está haciendo va más allá de cualquier consideración jurídica, no soy jurista y no puedo entrar en cuestiones de técnica jurídica, pero el uso cautelar de las encarcelaciones y los criterios para continuar con ellas, así como la Causa General que está construyendo con el delito de rebelión, que es un delito ficticio, porque no ha habido violencia en el procés, debería haber sido motivo de movilización de la sociedad española alarmada por involución judicial. Pero hay una especie de calma o indiferencia que se solo explica por la exaltación que ha habido del nacionalismo español.

Ignacio Sánchez-Cuenca, director de Instituto Carlos III-Juan March de Ciencias Sociales de la Universidad Carlos III de Madrid y Profesor de Ciencia Política en la misma universidad.

Los independentistas hablan de presos políticos. No ayuda a discutir el término que el juez Llanera vincule la cárcel con las ideas de los encausados. 

La expresión “presos políticos” es muy controvertida, pero es evidente que las fundamentaciones jurídicas de los autos judiciales que estamos viendo estos meses son políticas. En algunos autos del juez Llarena aparece criminalizada la movilización popular en la medida en que pueda desembocar en acciones no previstas de violencia o por formar parte de un plan más general para conseguir la ruptura del orden constitucional. Los jueces del Supremo incluso han responsabilizado a los líderes del independentismo catalán por la represión policial del 1 de octubre: ‘Si ustedes no hubieran lanzado a la ciudadanía las urnas, jamás habría habido cargas policiales, por lo tanto, ustedes han generado violencia y esa violencia es la que cuenta como fundamento para acusarles a ustedes de rebelión’. Eso es una monstruosidad política, jurídica y democrática se mire como se mire.

El partido que se ha erigido como defensor de la legalidad no está siendo especialmente cumplidor en los casos de corrupción que le afectan.

Antes mencionaba los datos de las encuestas que les han hecho a jueces de todo Europa y que España queda en la peor posición, pero también hay encuestas que se hacen a los propios ciudadanos sobre percepción de la independencia de la justicia. En el Eurobarómetro, España es, de nuevo, el peor país de Europa Occidental, según la opinión pública. Cuando en esta oleada de nacionalismo español salen los políticos a proclamar que España es una democracia consolidada abierta y constitucional frente a las amenazas que proceden del independentismo catalán, hay que parar un momento y mirar qué tipo de democracia es esa que estamos defendiendo. Porque es una democracia que, por desgracia, está en una fase de retroceso. Desde la sociedad civil tenemos que poner freno a eso porque corremos el riesgo de que nuestra democracia baje muchos escalones.

La sociedad civil no existe.

Existe, pero es débil. El problema está en que esta oleada de nacionalismo español desactiva muchas actitudes críticas que antes se podían escuchar.

¿Ha funcionado mejor el sistema en Cataluña antes de la voladura del Estatut?

No creo que la democracia en Cataluña funcione mejor que en el resto de España. Han salido escándalos de corrupción terribles. La Administración catalana está metida en el cobro de comisiones igual que la española. Eso está bien acreditado. Por otro lado, lo que había sido hasta el año 2015 un movimiento irreprochable, desde el punto de vista democrático, el Procés catalán se acelera a partir de 2015 sin tener la mayoría suficiente. Cometen errores de una magnitud parecida a los del resto de España. No tiene mucho de lo que enorgullecerse como para decir que es una democracia mejor que la del resto de España.

¿Dónde está la izquierda y cuál debería ser su discurso?

Tampoco quisiera contribuir al estado de autoflagelación constante. La izquierda está siempre condenándose a sí misma y acusándose de sus propios fracasos. Pero lo tiene muy difícil en términos objetivos si uno mira la distribución del poder en las sociedades actuales, las restricciones que tiene el poder representativo frente a los grandes poderes económicos. Y si uno contempla el lío en el que nos hemos metido con la Unión Monetaria, y en general, con la integración europea, que no está funcionando como esperaba la izquierda socialdemócrata (¿qué queda de la llamada “Europa social”?), pues, las opciones son escasas. Con discursos puedes activar ciertos segmentos de la población, pero no alterar el actual equilibrio de poder. Esperábamos que la crisis iba a resquebrajar los grandes poderes económicos, pero ha sido al revés, los ha reforzado. La izquierda ha quedado en una posición desfavorable en casi todas las partes.

Ese desencanto con el sistema que en otros países fomenta la extrema derecha, en España se ha canalizado hacia Podemos, que está jugando dentro de las instituciones. Se puede decir que tenemos suerte.

Desde luego. Hay algo que va más allá de Podemos y es que España es el país europeo en el que la inmigración ha crecido más rápido: ha pasado del 2% al 12% en un periodo breve, en poco más de una década, cuando este proceso en otros países ha sido mucho más largo. En España no ha habido grandes conflictos en torno a la inmigración. Así como España es intolerante en la cuestión nacional, no lo es con respecto a la presencia de inmigrantes.

Y muy solidario. Cuando se ha pedido dinero para una catástrofe somos de los que damos más dinero.

Es un país solidario, sí, cuando hay necesidades concretas, pero luego es un país con un fraude fiscal enorme. Y el fraude fiscal es un indicador de insolidaridad.

Debajo de esa élite política hay una sociedad que es mejor de lo que parece.

La sociedad española, comparada con las demás europeas, es una de las más favorables a la redistribución y la igualdad. Otra cosa es que España sea un país desigual pero la ciudadanía querría políticas más retributivas y más igualitarias incluso dentro del electorado del PP. Lo cual nos retrotrae a lo que es el problema principal de la democracia española. que las élites políticas no son permeables a lo que quiere la ciudadanía y las demandas que vienen desde abajo quedan bloqueadas y obturadas, no llegan hasta arriba. Así es como funciona la práctica de nuestra democracia.

Miedo: España de mierda

27 mayo, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Los caminos de la promoción son inescrutables. Estoy en el Teatro Nuevo Apolo en Madrid hace un mes, presentando ‘Miedo’. Y la mayoría de medios de comunicación no nos han hecho ni puto caso. Pero esta semana cambió todo. Me pasé toda la semana promocionando accidentalmente mi libro ‘España de mierda’. Que fue igualmente ninguneado hace dos años.

Resulta que un cantante que representará a España en Eurovisión, ha regalado a otra cantante el libro, y se ha armado la marimorena. Los pobres han tenido que salir a dar explicaciones. Les han dicho que no se puede representar a España en Eurovisión y regalar un libro que se llame España de mierda. A mí también me han pedido explicaciones. Alucinante. Igual esperaban que pidiera perdón por cantar o por escribir.Vaya chorrada. Otra prueba más de que el título de mi libro no va desencaminado.

Más que nunca, este país es una mierda, y es una mierda precisamente por eso.
Para ser sincero, también me importa una mierda Eurovisión. Y dicho sea de paso, también me importa una mierda el himno nacional, el mundial de fútbol, las procesiones de Semana Santa y la cabra de la legión. Y me parece una mierda que a los que nos parezca una mierda todas estas mierdas se nos trate como a mierdas.
Es una mierda y lo diría más a menudo, pero tengo miedo a decirlo.

Me callo. No grito lo que todo el mundo sabe. Tal vez tengo miedo de los culpables. 
Tengo miedo porque sé que son capaces de todo. Son gente que para no ir a la cárcel, meten a otras gentes en la cárcel. Tal vez sea eso lo que me hace tener miedo a cosas que antes no temía.

Tengo miedo a la democracia. Tengo miedo a la libertad. Tengo miedo a la Constitución. Tengo miedo a la ley y a la justicia. Tengo miedo de mi propio país.
Tengo miedo de los partidos políticos, de los parlamentarios, de los senadores, del rey y de su padre, y de sus hijos, y de la reina y de sus primos. Tengo miedo de los militares, de los policías, del tribunal constitucional y del tribunal supremo. Tengo miedo de los banqueros y de las corporaciones económicas.

Tengo miedo de los cascos, de las porras, de las togas, de las corbatas, de los uniformes, de la peluquería, del maquillaje y de la cirugía. Tengo miedo de los trajes y los vestidos elegantes, de la constitución, de los putos protocolos, de los cardenales, de los monumentos, de las iglesias, de las hipotecas, de los canales de televisión y de los presentadores de televisión, de las radios y de los locutores de radio, de los periódicos y de la gente que los maneja, porqué hacen sentir miedo hasta a mis amigos más valientes.

Y tengo miedo de tanta y tanta y tanta publicidad. Y de que sea todo tan invasivo y que no haya lugar para nada mas en esta mierda de país que reírles las gracias a estos desalmados que se nos cuelan hasta en la sopa. Y tengo mucho miedo de sus guardaespaldas. Tengo miedo a este monstruo que silencia todo lo hermoso. Tengo miedo de ser vuestra víctima o ser el culpable de algo.

A veces desearía poder cagarme en el gobierno y en los poderosos, como cuando hablo con un barman, con un taxista, o con un amigote. Debería poder decir bien alto que este país es una puta mierda y que me cago en estos  ‘hijosdeputadelaconchadesureputamadre’. Pero tengo miedo.

Seguiré como un cobarde,  haciendo función cada día, en el Teatro Nuevo Apolo,
al margen de vuestra locura. Sin nombraros. Ignorando la rabiosa actualidad que tanto os preocupa. Deseando que mientras dure la función alguien consiga olvidarse de toda esta mierda, aunque solo sea durante una hora y media.

Seguiré intentando que la gente vuelva al teatro después de ver ‘Miedo’.  O vuelva a leer un libro después de leer ‘España de mierda’.

Y tú no te enfades, que no te estaba hablando a ti.

La Gran Guerra para todos los públicos

26 mayo, 2018

Fuente: blogs.elpais.com

Por: F. Javier Herrero 24 de abril de 2014

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Soldados alemanes manejan una ametralladora en las cercanías de Reims (Francia) / Bettmann.Corbis

“Los trenes se llenaban de reclutas recién alistados, ondeaban las banderas (…) y en Viena encontré toda la ciudad inmersa en un delirio. Se formaban manifestaciones en las calles, los reclutas desfilaban triunfantes, con los rostros iluminados, porque la gente los vitoreaba a ellos, los hombrecitos de cada día, en quienes nadie se había fijado nunca…”. Esta es la atmósfera de la Viena ilusionada que describe el escritor austríaco judío Stefan Zweig en su gran obra El mundo de ayer. Memorias de un europeo en agosto de 1914, recién iniciada la guerra en Europa. Hasta ese momento ningún conflicto bélico había surgido de un malentendido tan grave acerca de la magnitud de la catástrofe que se avecinaba y de las consecuencias y transformaciones que acarrearía. En el año del centenario de la Primera Guerra Mundial se suceden las novedades literarias sobre este acontecimiento histórico y hace pocas semanas ha visto la luz La I Guerra Mundial. De Lieja a Versalles (Alianza Editorial), una obra del editor y traductor Ricardo Artola que aborda todos los aspectos del conflicto desde un planteamiento de carácter divulgativo que sigue el patrón que ya empleó en 2005 para narrar la II Guerra Mundial. Su estructura sintética y lenguaje claro así como la cuidada cartografía, la colección gráfica comentada, las cronologías y los breves perfiles de los principales personajes ofrecen una herramienta muy útil para el lector que se acerca por primera vez a este tema. A buen seguro, los estudiantes de educación secundaria o bachillerato tienen aquí un manual adecuado para ampliar sus conocimientos.

La ilustración que trae la cubierta del libro podría ser una metáfora de lo que piensa el autor sobre el origen del conflicto. Un grupo de soldados británicos cegados por los efectos del gas venenoso son guiados por sus compañeros en el frente. Artola define a los gobiernos europeos antes de la guerra como un grupo de sonámbulos que se preparan  para una guerra que ven inevitable. ¿Era efectivamente inevitable la guerra?, ¿quién la provocó? Sobre el estallido de la guerra se han escrito miles de libros y la opinión del autor es que la guerra pudo evitarse y la culpa está de alguna manera repartida entre todos. Cuando estudiamos los conflictos localizados en los Balcanes y Marruecos en los años previos nos preguntamos si estamos ante los prolegómenos de la guerra o se pudo mantener la paz. La historiadora Margaret McMillan opina en su reciente 1914. De la paz a la guerra (Turner) que estamos ante una guerra que pudo haberse evitado y que los líderes políticos del momento no estuvieron a la altura que exigían las circunstancias. Faltaba un Bismarck o el Churchill de 1940 y Woodrow Wilson no fue escuchado en 1916 cuando tomó la iniciativa para negociar y lograr una paz sin victoria. El comportamiento de los estados mayores de algunos ejércitos, que no rendían cuentas a sus gobiernos sino a su emperador y trataron de neutralizar la labor diplomática en el aciago julio de 1914, como es el caso de rusos y alemanes, aceleró la movilización militar. Los análisis de Sebastián Haffner en Los siete pecados capitales (Destino) son elocuentes cuando describen los errores de la política internacional alemana que abandonó la realpolitik bismarckiana para echarse en brazos de la weltpolitiko política mundial, que impuso el káiser Guillermo II y que suponía la disputa con Inglaterra por el dominio global. Según Haffner, Alemania siempre tuvo en su poder la capacidad para desactivar por la vía diplomática esos picos de tensión, incluso de entablar una relación mutuamente favorable con los ingleses, pero tras el atentado de Sarajevo, los militares alemanes encontraron su excusa perfecta para plantarse en el callejón sin salida de la guerra.

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Mientras el ejército francés conducía a sus soldados a los frentes de batalla con sus vistosos uniformes de colores rojo y azul que hacían imposible el camuflaje, cada soldado alemán de infantería portaba en su impedimenta un arma defensiva que caracterizaría el paisaje bélico de Europa en estos años, una pala para cavar trincheras. Desde septiembre de 1914 los frentes se llenaron de kilómetros de estas zanjas defensivas infestadas de alambradas y nidos de ametralladoras, cada vez más sofisticadas, que frenaron de manera muy eficaz las ofensivas del enemigo. Ricardo Artola dedica un amplio capítulo a estudiar este elemento determinante de la I Guerra Mundial, que a su vez fue escenario de los grandes avances tecnológicos aplicados al armamento. Aviones, submarinos, tanques, lanzallamas, morteros ligeros, artillería muy evolucionada (causante de la mayoría de las bajas) y los gases venenosos, se estrenaron en esta guerra. Mientras, en la retaguardia, se hizo necesaria un arma fundamental relativamente reciente, una buena red ferroviaria para movilizar el mayor número de soldados en el menor tiempo posible, y en ese terreno los alemanes también tomaron la delantera, sobre todo a la Rusia zarista, con 60.000 km. de vías de doble sentido y 30.000 locomotoras. Un desarrollo tecnológico que iba muy desequilibrado a favor de las armas defensivas junto a una estrategia militar anticuada que no valoraba los recursos humanos – el menosprecio de la alta oficialidad procedente de la aristocracia hacia la vida de sus soldados, de extracción obrera y campesina, fue casi una rutina que se dio con más frecuencia en los países de la Entente que en Alemania que era consciente de sus limitados recursos y tuvo en la figura del general italiano Cadorna su ejemplo más innoble- es la causa de las tremendas masacres que se sucedieron en cada ofensiva. El frente del Este aportó batallas que pasaron a la historia militar como Tanenberg (1914) o la Ofensiva Brusilov (1916) por la pericia militar demostrada pero otras se grabaron en el subconsciente colectivo de sociedades enteras. Como nos recuerda Norman Stone en su Breve Historia de la I Guerra Mundial (Ariel) al hablar de Verdún (1916), “fue tal el efecto de la batalla que el país jamás se recuperó del todo: aquella campaña fue el canto del cisne de Francia como gran potencia. La caída del país en 1940 se explica, en parte, porque la población no quería volver a pasar por otro Verdún”. El 1 de julio de 1916 caían muertos 20.000 soldados ingleses frente a las ametralladoras alemanas en el Somme, un río cuyas riberas solían estar llenas de amapolas, la flor que se hizo símbolo de los caídos británicos, que alcanzaron la cifra de 600.000 para acabar obteniendo apenas unos pocos kilómetros cuadrados de terreno enfangado.

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Soldados británicos franquean una trinchera durante la batalla del Somme / Cordon Press

Como afirma Artola, Gran Bretaña fue de derrota en derrota hasta la victoria final, y podemos decir que Alemania caminó por la senda contraria, de victoria en victoria hasta la catástrofe definitiva. Sus ejércitos no perdieron ni una sola batalla –hasta las retiradas del verano de 1918- y apenas cometieron errores graves en un sentido estrictamente militar. Falló el plan estratégico general. La jefatura militar alemana no se quitó la venda de los ojos hasta que ya era demasiado tarde para negociar ninguna paz honrosa. La guerra se llevó por delante cuatro imperios y reordenó de manera contundente el mapa europeo. En 1919 los vencedores redactaron la humillante Paz de Versalles –recordemos que Alemania, con gran miopía estratégica, le impuso a la Rusia bolchevique la misma degradante medicina en Brest-Litovsk un año antes, al arrebatarle una enorme extensión de territorio- que tuvieron que firmar al pie los vencidos y que estableció un orden mundial injusto y conflictivo, generador de los totalitarismos de los años treinta, con unas cláusulas durísimas para Alemania que, como botón de muestra, contenían unas “reparaciones” económicas tan onerosas que se han terminado de pagar en octubre de 2010.

En fechas próximas se publicarán nuevos títulos sobre las grandes batallas, el final de la guerra y sus tratados de paz, etc., y tendremos nuevos materiales para entender la segunda gran catástrofe del siglo XX. Pero si nos ponemos en la piel de muchos de los millones de soldados que estuvieron en las trincheras, trabajadores y hombres del campo sencillos, de humilde condición, la Primera Guerra Mundial fue una desgracia que les sobrevino, un tremendo infortunio contra el cual nada pudieron hacer y probablemente pensarían como el personaje del soldado italiano Bordin, camarada ejemplar entre sus compañeros de la batalla del Piave (1917), en el filme La Gran Guerra de Mario Monicellique les decía: “Solamente los muertos podrían decir la verdad sobre las guerras pero los muertos no hablan”.