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Cuando eres feminista y no lo sabes

13 mayo, 2017

Fuente: http://www.ctxt.es

ANITA BOTWIN

MALAGÓN
5 DE ABRIL DE 2017

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RAE: feminismo.

Del fr. féminisme, y este del lat. femĭna ‘mujer’ e -isme ‘-ismo’.

1. m. Ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres.

Yo no soy feminista, soy femenina. Este es un mantra que se repiten miles de mujeres, pero lo cierto es que una feminista puede ser femenina y una femenina no ser feminista. No existe relación alguna entre ambas cuestiones. Es más, si decides depilarte, por poner un ejemplo, tienes todo el derecho a llamarte feminista. Que nadie te diga lo contrario. Puedes pintarte los labios y ser feminista, puedes llevar escote y ser feminista, puedes llevar bragas de encaje y ser feminista. Como también puedes hacer todo lo contrario y seguir siéndolo. Básicamente porque el feminismo no es un dogma, sino un movimiento que busca la igualdad entre hombres y mujeres.

Decirse femenina excluyendo el feminismo es una manera de tirar balones fuera para no reconocer que vivimos en una sociedad patriarcal en el que las mujeres tenemos menos privilegios. Reconocerse feminista es quitarse un velo y pasar a otro estado que supone dolor. Puede compararse a cuando una se divorcia o enviuda o pierde algo de su vida que le había acompañado por mucho tiempo. Ponerse las gafas moradas requiere de cierta valentía y preocupaciones nuevas. Y no estamos para más lío, que bastante tenemos ya. La cuestión es que vivir con ese velo eternamente tampoco te hará más feliz, sólo te hará vivir en una ignorancia que le viene muy bien al sistema en el que vivimos.

SER FEMINISTA POR DEFINICIÓN ES BUSCAR LA IGUALDAD ENTRE AMBOS SEXOS. SI CREES QUE MERECES EL DERECHO AL VOTO, ERES FEMINISTA

“Yo no soy feminista, soy igualitaria”. Eso es como decir no hace frío ni calor, estamos a cero grados. Ser feminista por definición es buscar la igualdad entre ambos sexos. Si crees que mereces el derecho al voto, eres feminista. Emily Wilding Davison no se tiró bajo un caballo para reivindicar que era igualitaria o femenina; la sufragista pedía el derecho a voto de las mujeres y lo pagó muriendo atropellada por el caballo del rey Jorge, al que intentaba poner una pancarta para obtener el sufragio femenino.

Si Clara Campoamor no hubiera dado un golpe sobre la mesa, cuando tenía todo y a todos en su contra, ya que preferían que la mujer no votara con tal de no perder la República, tú seguirías zurciendo los gayumbos de tu adorado marido sin tener ni voz ni voto. Estas mujeres no tenían miedo a llamarse feministas porque tenían claro cuál era el objetivo a pesar de estar solas, repudiadas y apartadas por la sociedad.

¿Por qué las mujeres han llegado a rechazar la palabra “feminismo”? Caitlin Moran cuenta en su mordaz obra Cómo ser mujer que quien no estuviera al tanto de los objetivos del feminismo, e intentara averiguarlo por las conversaciones que lo rodeaban, “creería que era una combinación espectacularmente poco atractiva de misandria, amargura e hipocresía, partidaria de la ropa fea, del malhumor y, seamos realistas, de que no hubiera sexo”. Sin embargo, el hecho de que sea una palabra infrautilizada y denigrada lo hace aún más molón, más provocador, más como la cresta de los punkis de los 70. Ahora todo el mundo quiere una, desde Miley Cyrus hasta Neymar.

Sucede algo similar con la idea “ser de izquierdas”. Se ha criminalizado esta ideología, y se ha asociado a ciertos regímenes que poco han tenido que ver finalmente con las ideas que promulgaban. Mientras tanto, la derecha campa a sus anchas, en nuestro país y en el nuevo desorden mundial. La izquierda no vende y es como ser de un equipo perdedor desde antes de que comience el partido. Sucede algo parecido con el feminismo. No son ideologías ganadoras porque no nos las hemos creído, porque no hemos levantado su bandera sin miedo, porque los mass media nos dejan a un lado o nos persiguen como si fuéramos delincuentes. Pues os diré algo, ser feminista mola, está de moda y empieza a ser un concepto ganador. Además, ya no nos queman en las hogueras y, lo quieras o no, eso es un punto a favor para empezar a serlo.

EL MIEDO A LLAMARSE FEMINISTA ES ALGO PARECIDO AL MIEDO QUE TIENE EL TRABAJADOR POBRE A ACEPTAR SU SITUACIÓN DE DESIGUALDAD

El miedo a llamarse feminista es algo parecido al miedo que tiene el trabajador pobre a aceptar su situación de desigualdad. El trabajador no tiene conciencia de clase, porque le han enseñado a pelearse con su compañero para obtener un puesto mejor para sobrevivir. Es una de las estrategias que tienen los de arriba para seguir siendo los de arriba, mientras los de abajo se pelean entre ellos.

“Yo no soy feminista, no tengo nada en contra de los hombres”. Tranquila, puedes ser feminista y no odiar a los hombres; de hecho, ser feminista nada tiene que ver con odiar a los hombres. Ser antirracista no es odiar a los blancos, sino defender las ideas de igualdad de derechos entre razas.

Si llegados a este punto aún tienes dudas sobre si eres feminista, imagino que no te importará que ingresen el salario en la cuenta de tu marido, ya que, total, la igualdad entre sexos te importa más bien poco. Si aun así tienes dudas, me gustaría conocer qué aspecto de la liberación de la mujer no va con vosotras.

Por suerte, nos encontramos en un momento álgido del movimiento feminista a nivel mundial, tomando cada vez más fuerza; de ahí que también se generen resistencias y suframos ataques, como puede leerse en este texto que escribimos Andrea Momoitio y yo. Sin embargo, es el momento de no tener miedo, de unirse en bloque mujeres y hombres feministas contra el patriarcado.

Si crees que las mujeres debemos tener los mismos derechos que los hombres y luchar por ellos, ¡enhorabuena!: eres feminista. No lo digo yo, lo dice la RAE.

AUTOR

  • Anita Botwin

    Gracias a miles de años de machismo, sé hacer pucheros de Estrella Michelin. No me dan la Estrella porque los premios son cosa de hombres. Y yo soy mujer, de izquierdas y del Atleti. Abierta a nuevas minorías. Teclear como forma de vida.

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Lenin: “Sin ellas no habríamos ganado”

7 mayo, 2017

Fuente: http://www.publico.es

El papel de las mujeres, que ocupaban un alto porcentaje de la clase trabajadora, fue imprescindible para el triunfo de la Revolución rusa y la caída del zarismo. Los líderes bolcheviques se enorgullecían de ser pioneros en políticas de genero.

Manifestación contra la guerra. Obreras de la fábrica de Putilov, Petrogrado, 2 de febrero de 1917.

Manifestación contra la guerra. Obreras de la fábrica de Putilov, Petrogrado, 2 de febrero de 1917.

Marzo da el pistoletazo de salida a los actos del centenario de la Revolución rusa. En la revolución de marzo (febrero, según el calendario juliano), el hastío por la guerra y la carestía condujo a una revuelta social marcada por manifestaciones, motines y tumultos que finalmente forzaron la abdicación del zar Nicolás II y el establecimiento de un gobierno provisional, cuyo poder, sin embargo, compartía de facto con el Consejo de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado, más conocido como Soviet de Petrogrado.

“En febrero de 1917, el 47% de la clase obrera de Petrogrado eran mujeres”

En un reciente artículo para Sin Permiso, el sindicalista Miguel Salas ha destacado el papel de las mujeres en estos hechos. Entre las exposiciones que se celebrarán este año con motivo del centenario, el diario Kommersant listaba el pasado 13 de febrero la de “Las mujeres y la revolución”. Su comisaria, Aleksandra Smirnova, se ha propuesto mostrar el papel de las mujeres “más destacadas” en aquellos sucesos. “La historia de la revolución ha sido escrita sobre todo por hombres, pero en 1917 las mujeres recibieron la igualdad de derechos y el derecho a voto”, recordaba.

La revolución de febero y las mujeres

La Revolución de febrero arrancó como un eco de la Comuna de París. Rusia se encontraba en un estado de caos. Como ha afirmado el historiador británico A.J.P. Taylor, “un sistema anticuado sucumbió bajo el esfuerzo bélico de librar una guerra moderna”. La necesidad de abastecer a un ejército mal pertrechado en el frente, el funcionamiento irregular de las vías ferroviarias y la corrupción y las estructuras ineficaces del viejo régimen dieron el peor resultado posible: los alimentos no llegaban ni a los soldados ni a los civiles. Como sucedió en París décadas atrás, a las protestas contra la carestía del pan y el sistema de racionamiento en marzo de 1917, al frente de las cuales se encontraban las mujeres de Petrogado, se sumaron los reservistas y los soldados y marinos destacados en la ciudad.

Mujeres, acudid a las cooperativas, cartel, I. Nivinskiy (1918)

Mujeres, acudid a las cooperativas, cartel, I. Nivinskiy (1918)

El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, las mujeres de Petrogrado salieron a las calles a demandar igualdad de derechos, el sufragio universal y el fin de la autocracia. “En febrero de 1917, el 47% de la clase obrera de Petrogrado eran mujeres. Muchos hombres estaban en el frente”, recuerda Miguel Salas. “Las obreras eran mayoría en la industria textil, del cuero y del caucho, y numerosas en oficios que antes habían tenido vedados: los tranvías, las imprentas o la industria metalúrgica, donde había unas 20.000. Las obreras eran también madres: debían garantizar el pan de sus hijos. Y, antes de ir a la fábrica, hacían interminables colas (unas 40 horas semanales) para conseguir algo de comida, acampando durante la noche, en pleno invierno ruso”.

Unos 50.000 trabajadores respondieron a sus llamadas a manifestarse y declarar la huelga. Las protestas se sucedieron durante semanas, sin que la represión lograse aplacarlas. Antes que disparar a los manifestantes, algunos de los soldados prefirieron fusilar a sus oficiales y unirse a los motines. “A la exigencia de ‘Pan’ se le unen las consignas de ‘Abajo el zar’ y ‘Abajo la guerra’. Grandes manifestaciones se dirigen hacia el centro de la ciudad”, explica Salas al indicar que “la policía ha levantado los puentes que separan los barrios obreros del centro, pero el río Neva todavía está helado y miles de huelguistas se atreven a cruzarlo”.

Según el testimonio de un obrero llamado Iliá Mitrofánovich Gordienko, al aparecer los temidos cosacos “las obreras tomaron la iniciativa, rodearon a los cosacos con una compacta cadena humana. Gritaban: “Nuestros esposos, padres y hermanos están en el frente”. “Y aquí soportamos el hambre, la carga de trabajo, los insultos, las humillaciones y los abusos. Ustedes también tienen madres, esposas, hermanas e hijos, ¡exigimos pan y el fin de la guerra!”.

“Las obreras tomaron la iniciativa, rodearon a los cosacos con una compacta cadena humana. Gritaban: “Nuestros esposos, padres y hermanos están en el frente”

Los oficiales, temiendo la influencia de la agitación sobre los cosacos, dieron una orden. Los cosacos se prepararon. Todos corrieron a cubrirse, agarrando piedras o piezas de metal, listos para lanzarlos. Sin embargo, los cosacos cabalgaron, pasaron sin atacarnos; luego dieron media vuelta y regresaron. Las masas los saludaron con gritos de “¡Viva!”, pese a que el corazón no podía creerlo y la mente dictaba precaución”.

El 12 de marzo, los manifestantes, sin una aparente dirección política, habían logrado incendiar varios edificios administrativos y arrancar los símbolos del zarismo, controlar los depósitos de municiones y liberar a los prisioneros capturados. Ante la gravedad de la situación, el Consejo de Ministros, reunido en pleno, presentó su dimisión. Mientras diputados progresistas de la Duma organizaban un comité provisional, los partidos socialistas, siguiendo la tradición revolucionaria de 1905, creaban un consejo de diputados obreros y soldados. El poder, sea como fuere, ya no estaba en el trono, y el 15 de marzo, el zar Nicolás II, por consejo del jefe del ejército y dos diputados de la Duma, abdicó. En una frágil alianza con el Soviet de Petrogrado, el comité provisional creó un gobierno provisional cuyo fin era convocar una asamblea constituyente y decidir el futuro sistema de Rusia. Nunca llegó a cumplir su cometido.

Clara Zetkin, primera por la izquierda. III Congreso del Komintern, Moscú, 1921.

Clara Zetkin, primera por la izquierda. III Congreso del Komintern, Moscú, 1921.

Los bolcheviques y las mujeres

Según el testimonio de Clara Zetkin, los bolcheviques concedían mucha importancia a lo que entonces se denominaba “la cuestión de la mujer”, aunque en los años anteriores a la revolución se negaron a crear organizaciones específicas dentro de su partido por temor a alentar divisiones en la unidad de la clase trabajadora. Los hechos de 1917 corrigieron definitivamente ese error. “En Petrogrado, aquí en Moscú, en otras ciudades y centros industriales las mujeres actuaron espléndidamente durante la revolución. Sin ellas no habríamos salido victoriosos. Apenas. Ésa es mi opinión. ¡Qué valientes fueron y qué valientes son!”, comentaba Lenin durante una conversación con Zetkin.

Trotsky: “La mujer obrera representa un gran papel en el acercamiento entre los obreros y los soldados”
“La mujer obrera representa un gran papel en el acercamiento entre los obreros y los soldados”, señalaba por su parte Trotsky, para quien la mujer, “más audazmente que el hombre, penetra en las filas de los soldados, coge con sus manos los fusiles, implora, casi ordena: ‘Desviad las bayonetas y venid con nosotros’.” Ante esto, seguía, “los soldados se conmueven, se avergüenzan, se miran inquietos, vacilan; uno de ellos se decide: las bayonetas desaparecen, las filas se abren, estremece el aire un hurra entusiasta y agradecido; los soldados se ven rodeados de gente que discute, increpa e incita: la revolución ha dado otro paso hacia adelante.”
En su entrevista con Zetkin, Lenin destacaba la importancia de crear organizaciones propias dentro del movimiento obrero así como de facilitar la incorporación de la mujer al mundo del trabajo y la política. “Es importante para las mujeres y el mundo: demuestra la capacidad de las mujeres, el enorme valor que su trabajo tiene en la sociedad”, aseguraba. “Muy pocos hombres, incluso en el proletariado, se dan cuenta de cuántos esfuerzos y problemas podrían ahorrar a las mujeres, e incluso eliminar, si prestasen ayuda en el ‘trabajo femenino’ [doméstico]”.

Mujeres, acudid a las cooperativas, cartel, I. Nivinskiy (1918).

Mujeres, acudid a las cooperativas, cartel, I. Nivinskiy (1918).

Estas organizaciones, a juicio de Lenin, no habían de ser “un intento de apaciguar a las mujeres con reformas y desviarlas del camino de la lucha revolucionaria […] Nuestras demandas son conclusiones prácticas que hemos deducido de las necesidades urgentes, de la vergonzosa humillación de las mujeres en la sociedad burguesa, indefensas y sin derechos.”

Lenin creía, eso sí, que la movilización había de incardinarse en la cuestión social y bajo el liderazgo de los comunistas, y en su intercambio con Zetkin criticaba las tendencias intelectuales de la época en este debate en Europa central y occidental. “La extensión de las hipótesis freudianas parece ‘educada’, e incluso científica, pero es ignorante, torpe”, afirmaba el autor de ¿Qué hacer?. “La teoría freudiana es una moda moderna. Desconfío de las teorías sexuales de artículos, disertaciones, panfletos, etcétera […] Por salvaje y revolucionario que su comportamiento pueda ser, en el fondo es bastante burgués. Es principalmente un hobby de intelectuales y de los sectores próximos a ellos. […] Las grandes cuestiones sociales aparecen como adjuntas, una parte, de los problemas sexuales. Lo principal se convierte en subsidiario. No sólo se arriesga la claridad de la propia cuestión, sino que confunde los pensamientos, la conciencia de clase de las mujeres de clase trabajadora.”

El patriarcado también era considerado un problema por parte de los bolcheviques: “Debemos erradicar la vieja idea del viejo ‘dueño y señor’ hasta su última raíz, por pequeña que sea, en el partido y entre las masas. Ésa es una nuestras tareas políticas, así como la urgentemente necesaria tarea de formar una plantilla de camaradas, hombres y mujeres, entrenados en la teoría y en la práctica, para desarrollar la actividad del partido entre las mujeres trabajadoras”.

“Las leyes más avanzadas del mundo”

El programa bolchevique, en palabras de Lenin, consistía en abolir “todo lo que tortura y oprime a la mujer trabajadora, al ama de casa, a la campesina, a la esposa del tendero, sí, y en muchos casos a la mujer de las clases propietarias”.

El programa bolchevique, en palabras de Lenin, consistía en abolir “todo lo que tortura y oprime a la mujer”

El poder soviético, aseguraba el dirigente bolchevique en su entrevista a Zetkin, era pionero en políticas de género. “Estamos llevando a las mujeres a la economía social, la legislación y el gobierno”, afirmaba. “Todas las instituciones educativas les están abiertas para que puedan incrementar sus capacidades profesionales y sociales. Estamos estableciendo cocinas comunales y comedores públicos, lavanderías y tiendas de reparaciones, guarderías, hogares para niños, instituciones educativas de todo tipo. En suma, estamos haciendo seriamente efectiva la demanda de nuestro programa de la transferencia de las funciones económicas y educativas del hogar a la sociedad”.

Lenin se enorgullecía de tener las leyes “para mujeres trabajadoras más avanzadas del mundo”. En octubre de 1918 la República Socialista Federativa Soviética de Rusia (RSFSR) legalizó el divorcio y el aborto, despenalizó el adulterio y la homosexualidad con la abolición del cógido penal zarista y reconoció a las mujeres igualdad de derechos en la esfera política y laboral, así como en el matrimonio, y también el permiso de maternidad, la gratuidad del cuidado de los niños y medidas para la protección en el trabajo para las mujeres embarazadas. Según la legislación zarista, como recuerda Miguel Salas, “la mujer debía ‘obedecer a su marido como cabeza de familia, ser amante y respetuosa…‘; no podía tener pasaporte o trabajar sin el consentimiento del marido; el divorcio estaba en manos de la Iglesia, o sea, prácticamente no existía; el marido se convertía incluso en dueño de cualquier herencia que recibiera la mujer; en las fábricas, las mujeres debían soportar jornadas agotadoras cobrando menos que los hombres y sin ninguna protección por la maternidad. En el campo, la situación aún era peor, la mujer campesina era casi una esclava, del trabajo y del hogar”.

Cartel para la liberación de la mujer en Asia Central, RSFSR, años 20.

Cartel para la liberación de la mujer en Asia Central, RSFSR, años 20.

En la región de Asia Central, de mayoría musulmana, se llevó a cabo una campaña llamada ‘judzhum’ (“ofensiva”, en árabe) para la escolarización y alfabetización de las mujeres y en contra del velo islámico, de la que se conservan algunas fotografías de quemas públicas. En 1921 las autoridades soviéticas de Turkmenistán, por ejemplo, elevaron la edad de matrimonio a 16 y 18 años para mujeres y hombres respectivamente, y prohibieron los matrimonios infantiles, los matrimonios forzados y la poligamia. La campaña encontró una fuerte oposición local: según cifras oficiales, unas 300 delegadas de Zhenotdel ─el departamento de mujeres del Secretariado del Comité Central del partido─ fueron asesinadas en la región de Asia Central sólo en el año 1929.

“Es imposible tener éxito en la lucha entre grupos sociales y clases sin la cooperación de las mujeres”

Según Aleksandra Kolontái, los cambios experimentados en la Rusia soviética iban más allá de sus fronteras. “Ahora podemos encontrar a la nueva mujer en todas partes, en cualquier rincón del mundo”, escribía en un artículo titulado ¿Qué ha hecho la Revolución de Octubre por las mujeres en Occidente?‘. “La nueva mujer es un fenómeno de masas, con la excepción, quizá, de las mujeres en los países semicoloniales y coloniales, donde el desarrollo de las fuerzas productivas está impedido por el dominio depredador de los imperialistas”, escribía. Sin embargo, añadía Kolontái, “incluso allí, dada la lucha por la autodeterminación nacional y contra el imperialismo, la nueva mujer está siendo moldeada en el proceso mismo de lucha”. Y apostillaba: “Es imposible tener éxito en la lucha entre grupos sociales y clases sin la cooperación de las mujeres.”

“En todas partes, en todo país la actividad política de las mujeres ha mostrado un crecimiento sin precedentes en la última década”, proseguía. “Las mujeres están convirtiéndose en miembros del gobierno (Bang en Dinamarca, ministra de Educación; Margaret Bondfield, en el gabinete de Ramsay McDonald en el Reino Unido), están entrando en el cuerpo diplomático y convirtiéndose en la fuerza que inspira grandes movimientos revolucionarios (como, por ejemplo, Sun Tsin-lin, la esposa de Sun Yat-sen). Las mujeres están aprendiendo a dirigir departamentos, a estar al cargo de organizaciones económicas, a guiar la política”. “¿Hubiera sido esto posible sin la Gran Revolución de Octubre?”, se preguntaba Kolontái. Retóricamente, claro.

Mariana Pineda y otras amazonas

6 mayo, 2017

Fuente: blogs.elpais.com

Por: EL PAÍS | 13 de enero de 2014

Liberales

Grabado de 1823 sobre la compañía de milicianas creada en Barcelona.

Por Juan Francisco Fuentes y Pilar Garí

En 1814, las liberalas –así denominadas a veces por sus enemigos– no pasaban de ser una exigua minoría a la que la monarquía absoluta prestó escasa atención, salvo que se empeñaran en ayudar a los presos y en importunar a las autoridades con sus quejas. Si la propaganda servil se fijó en ellas fue para señalar los desvaríos a los que había llegado el liberalismo en aquellos años en que todo anduvo revuelto. Por el contrario, a partir de 1823 la represión fue implacable también con ellas. Las cárceles, galeras y casas de arrecogidas fueron recibiendo a las más comprometidas o a las más infelices, aquellas que no habían podido huir a tiempo o que no contaban con ningún tipo de protección en las altas esferas. Otras se vieron más o menos libres de la persecución oficial, pero no del acoso de sus vecinos más exaltados. En algunos casos, la presión ambiental sobre una mujer conocida por sus ideas liberales podía llevarla a cambiar de residencia e incluso a huir al extranjero, como hizo Tecla López de Angulo, monja del convento de las Huelgas, secularizada en 1822, que tuvo que abandonar Burgos y buscar refugio en Francia al no poder soportar por más tiempo los atropellos y las amenazas de los serviles.

En el origen del terror blanco, con los voluntarios realistas como su principal brazo ejecutor, había a menudo una motivación social, porque el absolutismo popular tendía a identificar a los liberales con los propietarios, y a éstos con las nuevas formas de propiedad. Para ellos, ser negro era cosa de ricos. Algunas señoras liberales, por su parte, pensaban que bajo la monarquía absoluta el populacho se sentía como pez en el agua. En realidad, esas dos visiones antagónicas del conflicto no estaban tan alejadas una de otra. El hecho es que, como denunció la propia policía, la gente de cierta posición se veía acosada, y a veces despojada, por la plebe absolutista, que actuaba movida por el odio de clase y por la propaganda clerical. El lamento, en 1823, del autor de El Tío tremenda abundaba también en las implicaciones sociales del liberalismo femenino: ¡cuánto daño le hacían a la causa del altar y del trono esas “señoras de más alto rango” que se dedicaban a propagar la doctrina constitucional!

Hay casos dramáticos de mujeres perseguidas hasta el ensañamiento por sus ideas liberales, como Rosa Zamora, imputada en la intentona de Pablo Iglesias en Almería en 1824 y encerrada por tiempo indefinido en la Real Cárcel de Granada, en un cubículo infecto calificado como “un sitio destinado para matar gente” por los dos médicos que la visitaron a instancias del tribunal. No era sólo la inhumanidad del aparato judicial y carcelario absolutista, sino la falta de medios de un sistema que no estaba preparado para castigar a las mujeres por delitos de naturaleza política, máxime tratándose, como ocurría a menudo, de señoras de la “clase y estado” de la propia Rosa Zamora, como dijo el responsable de Real Cárcel de Granada para justificar los problemas irresolubles que planteaba su reclusión.

Las casas galera y cárceles femeninas habían sido pensadas para mujeres de la plebe acusadas de delitos comunes, como prostitución, robo o infanticidio, una circunstancia que motivó frecuentes quejas de las presas políticas, condenadas a compartir su infortunio, en palabras de una de ellas, con “mujeres prostitutas y disolutas sin vestigio alguno de pudor y educación”, que constituían a todas luces una compañía inadecuada para “una mujer de clase”. En otras ocasiones, esa carencia de medios resultó providencial para salvar de la cárcel a alguna sospechosa, como Francisca Tentor, implicada en la trama conspirativa de Málaga en 1831. Así le constaba al gobernador militar, González Moreno –el verdugo de Torrijos–, quien, sin embargo, prefirió demorar su detención, entre otras razones, por no disponer “del local proporcionado en que constituirla, y en que se halle (…) con la decencia y decoro que exigen su sexo, su estado y la calidad de su persona”.

Aunque atenuada en algunos casos por las carencias materiales del sistema y cierta inercia paternalista, la represión absolutista alcanzó de lleno al liberalismo femenino desde el principio hasta el final de la Década Ominosa. La intensidad y las formas variaron según el momento. Primero fueron las Comisiones Militares y las Juntas de Purificación; posteriormente, a partir de 1830, la iniciativa la llevó sobre todo la policía de Calomarde.

    Sello Mariana Pineda

La magnitud de la represión permite calibrar tanto la importancia del Trienio en la socialización del liberalismo entre las españolas como la disposición de muchas de ellas a luchar por las libertades tras el triunfo de la reacción. En ocasiones, se trataba simplemente de esconder un ejemplar de la Constitución, un uniforme de miliciano o un trozo de una lápida constitucional. Este tipo de prácticas, frecuentes a lo largo de toda la década –recuérdese que Mariana Pineda fue ejecutada por el “detestable delito” de guardar una bandera–, definen dos características del liberalismo femenino que en la clandestinidad iban a resultar de enorme importancia: la estrecha relación de la mujer con los elementos simbólicos de la revolución y su dominio del espacio privado, ámbito fundamental de la actividad conspirativa. La mujer liberal –la viuda sobre todo– desempeñó en él una labor impagable protegiendo a prófugos de la justicia, recibiendo y repartiendo correspondencia, auspiciando reuniones, escribiendo ella misma cartas e informes con tinta invisible y a veces participando en los núcleos conspirativos que fueron surgiendo por toda España, especialmente en Andalucía y Levante.

Corrieron suerte muy diversa. Algunas, con graves responsabilidades políticas, escaparon milagrosamente a la represión, mientras otras fueron detenidas y condenadas a duras penas de cárcel, cuando no a la muerte. (…) Eran las nuevas “amazonas de la libertad”, según la imagen utilizada por el italiano conde Pecchio en una de sus cartas desde la España del Trienio, en la que se refiere a la juventud y la belleza de las partidarias del régimen constitucional español.

Lo de las “amazonas de la libertad” circulaba ya por Francia en tiempo de la revolución, lo mismo que otras locuciones asociadas al mito de las amazonas. Hay frecuentes alusiones a ellas en las guerras de independencia de principios del siglo XIX, como la española o la griega, y en las luchas revolucionarias en que intervienen las mujeres.

El Trienio liberal, en cambio, pese a la referencia de Pecchio a Cádiz y Valencia como lugares en los que habitan “les plus belles amazones de la liberté”, no resultó especialmente propicio a la imagen de mujer belicosa e intrépida. Era lógico que, una vez alcanzada la libertad, el mito sufriera un cierto eclipse, por más que en alguna ocasión alguien se acordara de las guerreras de la Antigüedad y las citara de pasada. La razón de ello la encontramos en un artículo de prensa, publicado en 1820, en el que se encomia el patriotismo de las “jóvenes solteras” de Cangas de Onís que se han ofrecido para adornar la lápida de la Constitución con vistas a los festejos cívicos organizados por el ayuntamiento. Si el despotismo se hubiese prolongado por más tiempo, afirma el autor, “hubiéramos visto amazonas en defensa de la Constitución”. “Mas”, añade, “ya que su brazo no ha podido manejar la espada de la patria, ahora desean emplear sus delicadas manos en embellecer el monumento o lápida del hermoso Código”. En suma, el tiempo del sacrificio y el heroísmo había pasado; al menos, de momento.

Goya-Fernando VII

La hora de las amazonas volvió a sonar con la restauración absolutista de 1823 y en especial con la gran ofensiva lanzada por los liberales tras el triunfo de la revolución francesa de 1830. Es entonces cuando, según el marqués de Custine, el gobierno de Fernando VII [en la imagen, en un óleo de Goya del Museo del Prado] piensa que el liberalismo español ha dotado a su organización clandestina –su “ejército invisible”– de “escuadrones de amazonas” listos para el asalto final contra la monarquía absoluta.

La expresión, registrada ya en la Guerra de la Independencia española y años después en la Polonia sublevada contra los rusos, refleja en esta etapa final del reinado de Fernando VII una doble realidad. Por un lado, la notable participación femenina en las redes conspirativas de los años 1830–1832, aprovechando su mejor adaptación a la actividad clandestina –¿no tenía un punto de clandestinidad la vida de la mujer en el ámbito privado?– y su –hasta entonces– menor vulnerabilidad a la represión absolutista. Por otro, la decisión del régimen y, según Custine, del propio monarca de dar un escarmiento –“faire un example”– que pusiera fin a tanta conspiración y a tanta amazona suelta. La propia Gaceta de Madrid hablaría de “escarmiento” al informar de la ejecución de Mariana Pineda, y lo justificaría por la necesidad de contrarrestar la táctica adoptada por los revolucionarios de involucrar en sus planes “al sexo menos cauto y más capaz de interesar la ajena compasión”. Ser mujer y liberal en España se estaba poniendo cada vez más peligroso.

Juan Francisco Fuentes, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense, y Pilar Garí, traductora y escritora, son autores de Amazonas de la libertad. Mujeres liberales contra Fernando VII (Marcial Pons). Este texto es un extracto de sus conclusiones.

Las mujeres y la Revolución que cambió la historia del siglo

11 abril, 2017

Fuente: http://www.ctxt.es

El 8 de marzo de 1917, Día Internacional de la Mujer, comenzaba la Revolución Rusa
JOSEFINA L. MARTÍNEZ

<p>Una imagen de la manifestación del 8 de marzo de 1917, en Petrogrado.</p>

Una imagen de la manifestación del 8 de marzo de 1917, en Petrogrado.

8 DE MARZO DE 2017
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8 de marzo de 1917. En Petrogrado estaban convocadas manifestaciones y mítines de las mujeres por su día. El descontento era generalizado y se esperaban protestas masivas, pero lo que nadie sabía era que ese día iba a comenzar una revolución. Los sucesos pasaron a la historia como la Revolución de febrero, porque el calendario juliano vigente entonces en Rusia “atrasaba” 13 días.

Las obreras de las fábricas textiles de Petrogrado, en el distrito de Vyborg, salen a la huelga y recorren en grupos las fábricas vecinas. Se dirigen especialmente hacia las empresas del metal, llamando a los trabajadores a sumarse. Las mujeres son convincentes; tiran palos, piedras y bolas de nieve contra las ventanas. Dos días después, en Petrogrado se vive ya una huelga general. “¡Abajo la guerra!”, “¡Pan para los obreros!”.

Los censos de 1897-1914 muestran que había 20 millones de mujeres en la fuerza de trabajo asalariada del Imperio ruso. Cerca de la mitad se ocupaba en tareas domésticas y un quinto (4 millones) eran obreras industriales antes de 1914 (incluyendo fábricas, servicios y transportes). Esta cifra aumentó considerablemente en la década anterior a 1917, llegando a 7,5 millones de mujeres trabajadoras en la industria.

En las ciudades escaseaba el pan y las penurias del pueblo pobre eran insostenibles. En los dos primeros años de la guerra los precios de los productos básicos habían subido un 131% en Moscú. En diciembre de 1915 las mujeres de Petrogrado hacían filas durante horas con temperaturas bajo cero para comprar azúcar y harina. Se produjeron numerosos disturbios protagonizados por mujeres, donde el reclamo principal era el precio de los alimentos. En febrero de 1917, la ira acumulada se transformó en acción.

LOS CENSOS DE 1897-1914 MUESTRAN QUE HABÍA 20 MILLONES DE MUJERES EN LA FUERZA DE TRABAJO ASALARIADA DEL IMPERIO RUSO

Un editorial del Pravda, el periódico de la fracción bolchevique de la socialdemocracia, informaba una semana después que “las mujeres fueron las primeras en salir a las calles de Petrogrado en su Día Internacional. Las mujeres de Moscú en muchos casos determinaron el estado de ánimo de los soldados; iban a las barracas y los convencían de ponerse del lado de la revolución. ¡Que vivan las mujeres!”

Aleksandra Rodionova, una joven conductora de tranvías de 22 años, participa en las acciones que llevaron a la caída del Imperio de los Zares. “Recuerdo cómo marchamos por la ciudad. Las calles estaban llenas de gente. Los tranvías no funcionaban, y había coches dados la vuelta sobre las vías. No sabía entonces, no entendía lo que estaba pasando. Pero gritaba con todos los demás: ‘Abajo el Zar’. Sentía que toda mi vida familiar se estaba desmoronando, y me alegraba de su destrucción”. Su testimonio está recogido por varias historiadoras de las mujeres en Rusia.

En una semana el zarismo se derrumba, los ministros huyen y los diputados de la Duma forman un gobierno provisional, con el príncipe Lvov a la cabeza. Desde abajo, nace otro poder, el de los consejos de delegados de la clase trabajadora, al que se suman comités de campesinos y soldados. Estos organismos habían surgido por primera vez en la Revolución de 1905 como una nueva forma de autoorganización democrática desde las bases, los sóviets.

Polia trabajaba como mucama en un hospital militar, no sabía leer ni escribir, y la primera vez que participó en una votación fue cuando la eligieron para el comité ejecutivo del sóviet de los empleados del hospital. La historiadora Barbara Evans Clements cuenta que, como gran parte de las mujeres trabajadoras, Polia sentía que no tenía nada que perder y mucho que ganar con la revolución, empezando por su dignidad.

A PRINCIPIOS DE ABRIL, 40.000 MUJERES SE MOVILIZAN EN PETROGRADO, REHUSANDO ABANDONAR LAS CALLES HASTA QUE SE APROBARA EL DERECHO AL VOTO

Entre febrero y octubre, la participación de las mujeres va en aumento. El 18 de marzo, una reunión de obreras de cuatro grandes fábricas resuelve llamar a sus hermanas a unirse en la lucha por sus derechos, junto a los trabajadores. A principios de abril, 40.000 mujeres se movilizan en Petrogrado, rehusando abandonar las calles hasta que se aprobara el derecho al voto. Finalmente, el 20 de julio de 1917, le arrancan al gobierno provisional de Kerensky el compromiso de permitir el voto para todas las mujeres mayores de 20 años en la futura Asamblea Constituyente.

La impaciencia por las promesas incumplidas del gobierno provisional crece sin cesar. Las viudas y esposas de soldados marchan para exigir un aumento en las pensiones, quieren que se ponga fin de una vez por todas a la guerra. En mayo, 40.000 lavanderas protagonizan la primera gran huelga contra el gobierno provisional, reclamando aumento de salarios, 8 horas de trabajo y mejores condiciones laborales. La bolchevique Goncharskaia, junto con otras militantes, recorren las lavanderías, organizando a las mujeres. Eugenia Bosh, Inessa Armand y Aleksandra Kollontai fueron algunas de las dirigentes bolcheviques que en esos meses dieron discursos ante trabajadores, trabajadoras y soldados, escribieron artículos, organizaron reuniones y colaboraron con la organización de la revolución.

Paz, Pan y Tierra; por todo el viejo imperio obreros y campesinos se movilizan por estas demandas contra el gobierno provisional. Esta profunda radicalización social permite que, entre septiembre y octubre, los bolcheviques ganen la mayoría de los sóviets y se propongan tomar el cielo por asalto. Los primeros decretos del gobierno soviético fueron el llamamiento a la paz inmediata, la abolición de la gran propiedad y la entrega de la tierra a los campesinos.

La Revolución que abrió un mundo nuevo para las mujeres

El inmenso protagonismo de las mujeres en la historia de las revoluciones ha sido invisibilizado por gran parte de la historiografía, pero su papel es innegable. Fueron las mujeres quienes dieron el puntapié inicial a la Revolución Francesa, en 1789, con una marcha por el pan sobre Versalles. Sin embargo, la más importante revolución burguesa de la historia no había otorgado a las mujeres los mismos derechos que a los hombres. Las primeras pensadoras feministas denunciaron los límites del proyecto de la Ilustración. La “libertad” y la “fraternidad” no se aplicaban para las mujeres, ni para los trabajadores; los “derechos del hombre” eran “los derechos del miembro de la sociedad burguesa, es decir, del hombre egoísta”, como señaló Marx en Sobre la cuestión judía.

EL INMENSO PROTAGONISMO DE LAS MUJERES EN LA HISTORIA DE LAS REVOLUCIONES HA SIDO INVISIBILIZADO POR GRAN PARTE DE LA HISTORIOGRAFÍA, PERO SU PAPEL ES INNEGABLE

La Revolución Rusa de 1917, en cambio, otorgó conquistas para las mujeres que hasta entonces no se habían logrado en ningún país capitalista. En su libro La mujer, el Estado y la Revolución (Ediciones IPS, Buenos Aires), la historiadora norteamericana Wendy Goldman afirma que el Código soviético de 1918 “constituía nada más y nada menos que la legislación familiar más progresiva que había visto el mundo. Abolió el estatus legal inferior de las mujeres y creó igualdad bajo la ley.” El Código establecía el divorcio por el simple pedido de cualquiera de las partes y “barrió con siglos de leyes de propiedad y privilegios masculinos” al abolir la legitimidad y otorgar iguales derechos a todos los hijos, nacidos dentro o fuera de un matrimonio registrado.

En agosto de 1919, las militantes femeninas del partido crearon el Zhenotdel, compuesto por trabajadoras, campesinas y amas de casa, para realizar un trabajo especial entre las mujeres, en medio de las dificultades de la guerra civil. En noviembre de 1920, se legalizó el aborto en la Unión Soviética, mediante un decreto que denunciaba la legislación penalizadora de los otros países.

Alexander Goikhbarg, el jurista marxista de 34 años que redactó el Código familiar de 1918, sostenía entonces que esa legislación cumpliría una función transitoria, no para fortalecer a la familia ni al Estado, sino para colaborar con su “extinción”, tal como concebían los marxistas la transición del capitalismo al socialismo. Eran años de intensos debates y experimentación, donde la emancipación de las mujeres, la liberación sexual y la transformación de las relaciones personales se pensaban como parte de la lucha por la construcción del socialismo. Pero para llegar a ese punto, había que conquistar para las mujeres la igualdad plena, no solo ante la ley, sino, sobre todo, ante la vida.

Arrancar a las mujeres de la carga del trabajo doméstico

Wendy Goldman señala que la concepción bolchevique sobre la emancipación de las mujeres se asentaba en cuatro pilares fundamentales: “La unión libre, la liberación femenina a través del trabajo asalariado, la socialización de la labor doméstica y la extinción de la familia”. No proponían simplemente una división igualitaria del trabajo del hogar entre hombres y mujeres, sino separar esas tareas de la unidad familiar individual y transferirlas al ámbito público, socializando el trabajo en nuevas ramas de la producción. La familia, como unidad de reproducción y consumo, perdería así algunos de sus fundamentos principales.

Entre 1920 y 1922 la socialista revolucionaria alemana Clara Zetkin, amiga y camarada de Rosa Luxemburgo y destacada organizadora de las mujeres, mantiene una serie de conversaciones con Lenin en Petrogrado. En estas entrevistas aborda la cuestión femenina en la URSS y la organización de las mujeres en la III Internacional, que agrupa a los nuevos Partidos Comunistas. Zetkin registra emotivamente en sus Recuerdos sobre Lenin las opiniones de éste, quien rechaza con desprecio las actitudes patriarcales dentro de las filas comunistas:

ARRANCAR A LAS MUJERES DE LA “ESCLAVITUD DOMÉSTICA” ERA UNA DE LAS GRANDES TAREAS DE LA REVOLUCIÓN

“Desgraciadamente, también de muchos de nuestros camaradas se puede decir aquello de ‘escarbad en el comunista y aparecerá el filisteo’. Escarbando, naturalmente, en el punto sensible, en su mentalidad acerca de la mujer. ¿Se quiere prueba más palmaria de esto que la tranquilidad con que los hombres contemplan cómo la mujer degenera en ese trabajo mezquino, monótono, de la casa, trabajo que dispersa y consume sus fuerzas y su tiempo, y sumisión al hombre?”. Arrancar a las mujeres de la “esclavitud doméstica” era una de las grandes tareas de la Revolución.

La creación de guarderías, casas cuna, comedores, centros de alfabetización y otras iniciativas eran el camino acertado, según Lenin, pero en medio de las dificultades de la guerra civil y de la NEP (Nueva Política Económica), resultaban completamente insuficientes.

“Sabemos perfectamente que todo esto no es mucho, comparado con las necesidades de las masas femeninas trabajadoras, que dista mucho de ser todavía su emancipación completa y efectiva. Pero, comparado con lo que ocurría en la Rusia zarista y capitalista, representa un progreso enorme. (…) Principio que hemos de seguir desarrollando consecuentemente con toda energía. Pues cada día que pasa y se mantiene la existencia del Estado soviético viene a demostrar todavía más claramente que no podremos salir adelante sin contar con los millones de mujeres.”

La lucha por la emancipación femenina, en un país con un 80% de población campesina, se enfrentaba a prejuicios milenarios y el peso de la religión. Para Lenin, “el demonio más difícil de combatir” era la influencia de los curas en el campo, por lo cual había que atacar las condiciones de miseria, pobreza y falta de educación en la que se apoyaban.

Los años de la guerra civil fueron terribles, con costos humanos y materiales sin precedentes. La joven Unión Soviética fue atacada por 14 ejércitos imperialistas y logró sobrevivir por la voluntad de millones de obreros, obreras y campesinos. A este período siguieron los duros años de la NEP, con un importante aumento del desempleo que afectó especialmente a las mujeres, las primeras en ser despedidas y las últimas en ser contratadas. En el campo se vivieron hambrunas y las viudas de los soldados no lograban sobrevivir trabajando sus tierras. En estas condiciones de ruina económica y aislamiento internacional de la URSS, después de la derrota de la revolución en Europa, emergió la burocracia estalinista como una nueva casta burocrática a la cabeza del Estado.

NUNCA PENSARON QUE PODÍA LOGRARSE LA EMANCIPACIÓN FEMENINA Y EL SOCIALISMO EN LOS ESTRECHOS MARCOS DE UN PAÍS ATRASADO DE MAYORÍA CAMPESINA

Para los militantes del partido de Lenin, la Revolución Rusa solo podía triunfar en sus objetivos como un eslabón más de la revolución internacional. Nunca pensaron que podía lograrse la emancipación femenina y el socialismo en los estrechos marcos de un país atrasado de mayoría campesina. El estalinismo, en cambio, elaboró la teoría del “socialismo en un solo país” para justificar sus propios privilegios y se asentó sobre un régimen burocrático de partido único.

El retorno al orden del hogar

Hacia mediados de la década de 1930, se había producido un retroceso sin igual en la situación de las mujeres en la URSS. En junio de 1936, el Estado soviético decretó ilegal el aborto, como parte de una campaña para promover la “responsabilidad familiar”. Con un discurso opuesto al que defendían los bolcheviques en 1920, Stalin declaraba en 1936: “El aborto que destruye la vida es inadmisible en nuestro país. La mujer soviética tiene los mismos derechos que el hombre, pero eso no la exime del grande y noble deber que la naturaleza le ha asignado: es madre, da la vida”. León Trotsky, uno de los principales dirigentes de la Revolución que había sido expulsado del partido por Stalin, cuestionó los argumentos que esgrimía la burocracia sobre el aborto: “Filosofía de cura que dispone, además, del puño del gendarme”. La burocracia buscaba una “jerarquía estable de las relaciones sociales”, por lo que en 1930 disolvió la sección femenina del partido, el Zhenotdel, penalizó la homosexualidad y criminalizó la prostitución.

El destino que corrieron algunos de los legisladores rusos que en 1920 desarrollaban teorías de vanguardia sobre la extinción del Estado y la familia habla por sí solo. Pashukanis y Krylenko fueron arrestados y fusilados en 1937, mientras que el autor del innovador Código de 1918, Alexander Goikhbarg, fue confinado a un psiquiátrico por el estalinismo. Entre 1936 y 1939, 700.000 personas fueron fusiladas, acusadas de oposición al régimen; una contrarrevolución que consolidó la dictadura de partido único.

Andrea D’Atri, autora del libro Pan y Rosas, señala que lo trágico no fue solo que el Partido Comunista siguió presentándose como heredero de la revolución, sino que “la tragedia más grande de todas es que las generaciones subsiguientes de mujeres soviéticas, desheredadas de los pensadores, las ideas y los experimentos generados por su propia Revolución, aprendieron a llamar a esto ‘socialismo’ y a llamar a esto ‘liberación’.”

Cien años después de aquel 8 de marzo de 1917, cuando las mujeres iniciaron la Revolución que cambió la historia del siglo, la lucha por nuestros derechos sigue siendo una tarea pendiente. Rescatar la historia de aquellas mujeres, trabajadoras y campesinas, que se atrevieron a revolucionar el mundo y sus propias vidas, es clave, no sólo para reconocernos en nuestra propia historia, sino para no tener que empezar de cero cada vez.

AUTOR

  • Josefina L. Martínez

Una oportunidad para Isabel

24 diciembre, 2016

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

Una oferta laboral real que cuesta dinero: consta de una jornada de 11 horas diarias, sin transporte ni comida por 350 euros al mes

Una oportunidad para Isabel
Es una oportunidad, le dijo su padre, una oportunidad, insistió su madre, una oportunidad, concluyó ella misma.
Hace seis años, Isabel trabajaba en una tienda de ropa de una gran cadena, en un centro comercial del Puerto de Santa María. Aquel trabajo se le daba tan bien, y le gustaba tanto, que compensaba con creces los 90 kilómetros, casi dos horas en cuatro trayectos de ida y vuelta entre Rota y El Puerto, que tenía que hacer a diario. Entonces, un buen día, empezó a oír hablar de la crisis como de un animal mitológico, un país lejano, una tormenta que apenas se insinuaba en el inmaculado horizonte de un cielo azul y veraniego. ¿Qué pasó después? Todavía no es capaz de explicárselo. Todavía no ha cumplido 30 años y ya lleva cinco en el paro.
Durante cinco años, el paro ha sido para Isabel un desierto plano e infinito, sin forma y sin relieve, un paisaje absolutamente estéril donde, por no haber, ni siquiera subsiste el espinoso esqueleto de algún matorral seco. Nada por delante, nada a los lados, nada por arriba y nada por abajo, nada. Y no será porque no lo haya intentado. Todos los supermercados, todas las oficinas, todas las tiendas y hasta las farolas de su pueblo, han dispuesto muchas veces de su nombre y su teléfono. Lo demás, que está dispuesta a hacer cualquier cosa, lo que sea, se sobreentiende. Por eso, cuando la llamaron de un hotel de Costa Ballena para ofrecerle una plaza de animadora, ni siquiera se paró a pensar que nunca había hecho nada parecido, que no tenía experiencia para entretener a un montón de niños. Era una oportunidad, así que se arregló, respiró hondo, le pidió prestado el coche a su padre y se fue a hacer la entrevista. Cuando entró en aquella oficina, seguía creyendo que estaba dispuesta a todo. Aún no sabía lo que significaba exactamente esa palabra.
Isabel es joven, atractiva, tiene buena presencia, una voz agradable, así que todo fue sobre ruedas hasta que llegó el momento de pactar las condiciones económicas del trabajo. Después, durante un rato, tampoco pasó nada, porque necesitó algún tiempo para procesar lo que estaba escuchando, y sumar, y restar, y comprender al fin qué clase de oportunidad le habían puesto entre las manos.
“Durante cinco años, el paro ha sido para Isabel un desierto infinito, un paisaje estéril”
–Pero… Si entro a las nueve y media, y salgo a las nueve y media –recapituló en voz alta–, no puedo venir en autobús porque no me encajan los horarios.
–Ya, pero me has dicho que conduces y tienes coche.
–Sí, eso sí, pero… Claro, son doce horas…
–Once –su interlocutor seguía impertérrito, una sonrisa tan firme como si se la hubieran tatuado encima de los labios–, porque tienes una para comer.
–Claro –volvió a repetir ella–, pero en una hora, entre ir y volver… No me merece la pena comer en Rota, así que tendría que tomarme aquí un bocadillo.
–Claro –el hombre sentado al otro lado de la mesa pronunció aquella palabra por tercera vez–, o lo que quieras. Podrías traértelo de casa, porque el empleo no incluye la comida.
–Claro –y nada estuvo nunca tan oscuro–. Pero entre lo que me gasto en gasolina, en comida… –antes de llegar a una conclusión definitiva pensó que todavía le quedaba un clavo al que agarrarse–. ¿Y la Seguridad Social?
–Una hora.
– Una hora… ¿Qué?
–Te aseguramos una hora por cada día trabajado.Isabel recapituló para sí misma. La oportunidad que le estaban ofreciendo consistía en trabajar 11 horas diarias, sin transporte y sin comida, por 350 euros al mes y una cotización 10 veces inferior a la que le correspondería. No se lo podía creer, pero todavía le quedaba una pregunta.
–Perdone, pero… ¿Esto es legal?
Su interlocutor se recostó en la butaca y se echó a reír.
–Por supuesto que sí. ¿Qué te creías?
(Esta es una historia real. Isabel existe, y la oferta de empleo que no aceptó, porque trabajar 11 horas diarias casi le habría costado dinero, existe también. Costa Ballena está en la provincia de Cádiz, a un paso de Sanlúcar de Barrameda, que mira a Doñana desde la otra orilla del río Guadalquivir. Para llegar a la ermita del Rocío desde allí, sólo hay que atravesar el Coto, y por eso tengo el gusto de dedicarle este artículo a doña Fátima Báñez, devota rociera, autora de la reforma laboral en vigor y ministra de Trabajo del Gobierno de España).

Las esposas y madres que consiguieron derrotar a Goebbels

25 octubre, 2016

Fuente: http://www.historiasdelahistoria.com

A imagen y semejanza de las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina o las Damas de Blanco en Cuba, en el corazón de la Alemania nazi también hubo un grupo de mujeres, esposas y madres, que protagonizaron la única protesta pública para evitar las deportaciones de los judíos… y triunfaron.

El 27 de febrero de 1943, durante la operación Fabrikaktion (Redada Final), los miembros de las SS y de la Gestapo recorrieron las calles, casas y fábricas de Berlín para limpiar la ciudad de judíos y deportarlos a los campos de Polonia. Alrededor de 1.700 judíos fueron separados del resto y encerrados en el Centro de la Comunidad Judía de la calle Rosenstrasse en el barrio berlinés de Mitte… eran los judíos casados con alemanas que no eran judías. Cuando las madres y esposas conocieron el paradero de sus seres queridos, se fueron concentrando en las inmediaciones del Centro de la calle Rosenstrasse para solicitar información y pedir explicaciones. Decidieron quedarse allí al grito de

¡Devolvednos a nuestros maridos!

Al segundo día, ya eran más de 600 las mujeres que protestaban por la detención. Al tercero, ya superaban las 1.000 y, además, se habían unido alemanas de matrimonios no mixtos para apoyar a sus familiares, amigos o vecinos. Aquella protesta se estaba descontrolando y las autoridades alemanes ordenaron a los miembros de las SS que custodiaban el Centro disparar al aire para desalojar a los manifestantes. Las mujeres se dispersaron por las calles adyacentes… pero volvieron cuando cesaron los disparos. En las siguientes ocasiones en que dispararon, nadie se movió… Joseph Goebbels, ministro de propaganda, sabía que matar a mujeres alemanas, que no eran judías, en el centro de Berlín levantaría a la ciudad contra los nazis. Se intentaron otras medidas, como cerrar la estación más cercana del tranvía para que las mujeres tuviesen que ir caminando… nada sirvió y la protesta crecía.

Goebbels comenzó a ceder y ordenó volver a traer al Centro a 35 judíos que ya habían sido enviados a Auschwitz. Goebbels podía ser muy cruel pero no era un estúpido… los alemanes acababan de ser derrotados en Stalingrado y las cosas no estaban como para perder otra batalla… en el mismo Berlín. Así que, tras una semana de protesta, ordenó liberar a todos los judíos retenidos en Rosenstrasse. Aquellas mujeres habían conseguido hacerle frente a la barbarie nazi… y derrotarla.

En 1995 se erigió el monumento Block der Frauen (Bloque de Mujeres) de la escultora Ingeborg Hunzinger como homenaje a las mujeres de Rosenstrasse.

Fuentes: The Holocaust Chronicle, A Force More Powerful, Facts of World War II

El “insolente marimacho”

9 agosto, 2016

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

Todos los problemas políticos son, en el fondo, problemas culturales y morales. Y en eso estamos respecto a los crímenes contra las mujeres

 

Las intervenciones más emotivas durante la pasada campaña fueron las sucesivas declaraciones de los líderes para atajar la violencia de género. Es decir, feminicidio, terrorismo doméstico. Todos los problemas políticos son, en el fondo, problemas culturales y morales. Esto lo repetía con mucha intención desde el exilio el gran Max Aub. Y en eso estamos respecto a los crímenes contra las mujeres. En un problema cultural. Y en una forma de “exilio”: la de las mujeres en esta sociedad del riesgo.

Si cuando Ana Pastor planteó en el debate con más audiencia, ante más de nueve millones de personas, el más grave de los problemas, porque afecta al menos a la mitad de la población, mujeres en peligro por el hecho de ser mujeres, la reacción de todos, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera y Soraya Sáenz de Santamaría, como sustituta de Rajoy, fue de una esperanzadora y a la vez desesperante vehemencia. Se acabó. Ni una mujer menos. Acabar con este estado de barbarie, con este reloj que cada día marca cientos de agresiones y, cada cuatro días, un asesinato de mujer por ser mujer, un feminicidio.

Podíamos estar medianamente satisfechos con tan emotivas reacciones. Pues no. Yo me quedé asombrado, en estado de estupor, ante algunas de las “sentidas” respuestas.

Como repetía Max Aub desde el exilio, todos los problemas políticos son, en el fondo, problemas culturales y morales

Una de ellas consistió en un llamamiento a las adolescentes para que no se dejasen controlar por sus compañeros o novios. Que no permitiesen que les vigilasen los móviles. Esos mismos labios, oídme, decían, habían justificado la eliminación en la enseñanza de la única asignatura en la que se trataba el problema de la violencia de género y se educaba para afrontarla: la Educación para la Ciudadanía. En vez de educar a niños y jóvenes en la igualdad, y liberarlos de las típicas taras, se les entregó como una concesión particular al sector reaccionario del nacionalcatolicismo.

Todos los candidatos, futuros gobernantes, coincidían en el remedio para una solución real a esa criminalidad endémica: educación, educación, educación. Sí, educación.

Adelante, pues. No esperen ni un segundo para restablecer en toda la enseñanza, pública y privada, lo ahora substraído: el conocimiento de los derechos y deberes de la ciudadanía. También la memoria, es decir, yendo a la raíz y estableciendo las causas de este mal de aire, el maltrato endémico hacia la mujer. Saber de dónde viene esta peste, esta misoginia, esta discriminación y violencia que se pega al presente como una garrapata histórica.

Pero da la impresión de que ante este siniestro total se responde con rituales de duelo y poco más. La desolación no es una consolación.

Recuerdo de niño, en la escuela, que nos llevaron a un acto para celebrar el Día del Árbol. Éramos cientos de estudiantes obligados a permanecer inmóviles durante horas, en la disciplina de las filas. Escuchamos varios discursos sobre la importancia de los árboles. Pero allí no había ningún árbol. No se plantó ni uno. Tal vez los árboles éramos nosotros. Con el sol calentando la cabeza, sentí que me salía una rama de cerezo por la oreja. Aquel día quedé vacunado contra la retórica.

Algo así está ocurriendo con el drama de la violencia machista en España. Mientras se suceden los crímenes, muchos lamentos a las puertas de las instituciones. Pero no se plantan árboles.

Y algo muy importante: el feminismo sigue siendo despreciado o ridiculizado por columnistas émulos de aquel Pascual Santacruz que publicó en La España Moderna (¡madre mía!) un artefacto titulado ‘El siglo de los marimachos’. Advertía del peligro de las mujeres emancipadas, que convertirán a “nuestras bellas compañeras” en unos “seres incatalogables en los casilleros de la zoología”.

A las mujeres díscolas las vilipendiaban como histéricas. Pero lo que late en el trasfondo de esta tragedia española es un histerismo masculino, que no soporta otro destino para la mujer que el del “ángel del hogar”. La mujer libre, como dice el narrador de Memorias de un solterón, de Emilia Pardo Bazán, es el “insolente marimacho”. A la propia Emilia la caracterizaron así muchos de los intelectuales contemporáneos. Unamuno le reconocía su gran talento, en cuanto “masculinismo” y no “feminismo”. Él, como tantos otros, aceptaba el activismo feminista, siempre que no fuera español: “El tipo de la mujer fuerte y libre norteamericana no ha llegado aún a nuestros países”.

–Pero, hombre, ¡vivimos otros tiempos!

Menos de lo que se aparenta. El histerismo masculino sigue campante en muchos gallos de la intelectualidad española.

No son solo las mujeres las que tienen que ser feministas. También los hombres. Y los valores de la sociedad. Será la única forma de acabar con esta tara.

elpaissemanal@elpais.es

De niña casada a los 13 años a escritora que quiere liberar a las mujeres afganas

25 julio, 2016

Fuente: http://www.eldiario.es

Zahra Yaganah rompe muchos tabúes en su libro Luz de cenizas: escribe explícitamente sobre la violación dentro del matrimonio, la menstruación y el daño de por vida que causan los matrimonios infantiles

Según su editor, el libro ha sido el éxito de ventas más rápido en la última década en Afganistán: las primeras mil copias se agotaron en tres meses

“Las mujeres podemos encontrar nuestro camino a pesar de los problemas que tenemos”, defiende la autora

La autora de 'Luz de cenizas', Zahra Yaganah

La autora de ‘Luz de cenizas’, Zahra Yaganah. FACEBOOK

Cuando Zahra Yaganah era una niña, su madre la golpeó tres veces. En una ocasión fue porque se le cayó una bandeja con copas de cristal. Otras dos veces, por dejar que se queme la comida por estar muy absorta leyendo Los miserables, de Victor Hugo.

Yaganah tenía 11 años y ya le gustaba mucho leer. Creció como refugiada afgana en Irán y de pequeña aprendió a cocinar gracias a su madre, una mujer muy trabajadora y de costumbres tradicionales. Pero su verdadera pasión era la palabra escrita. Luego, cuando su vida se convirtió en un purgatorio de violencia y maltrato, tanto la literatura como la cocina le serían de gran ayuda para liberarse.

En su libro, que se ha convertido en uno de los más rápidos éxitos de ventas de Afganistán, Yaganah narra su traumática vida. Luz de cenizas, publicado en marzo, es en parte ficción y en parte una devastadora autobiografía marcada por la opresión que –según ella– sufren todas las mujeres afganas.

Zahra espera que el libro ayude a las mujeres a liberarse. “Es imposible para una mujer afgana leer este libro y no encontrar algún tema que refleje parte de su propia historia”, señala. “Las mujeres podemos encontrar nuestro camino, a pesar de los problemas que tenemos”.

Para ayudar a liberarse de la opresión, Yaganah rompe muchos tabúes. Escribe explícitamente sobre temas como la violación dentro del matrimonio, la menstruación y el daño de por vida que causan los matrimonios infantiles.

Solo dos personas aparecen en el libro con su nombre real. Una es Zahra, la protagonista adolescente basada en la autora, obligada a casarse a los 13 años con un hombre que le dobla la edad.

El personaje del esposo la golpea salvajemente –igual que hacía el esposo de Yaganah en la vida real– y el dinero que ella gana trabajando en un horno de ladrillos, él se lo roba para mantener su adicción a las drogas. Es justamente el relato de su matrimonio lo que hace que el libro de Yaganah sea tan devastador y revolucionario a la vez.

La misma noche de bodas de Yaganah fue una travesía tremendamente dolorosa. “Yo pensaba que tenía que servir a mi esposo como a un rey”, dice. Apenas una adolescente, Zahra no tenía idea de lo que era el sexo con penetración. A la mañana siguiente se despertó en el hospital.

En el libro, relata: “Odiaba el matrimonio, la noche de bodas, el concepto de marido y mujer y todas las cosas que acababan siendo dolorosas. El odio era un vestido que me quedaba ajustado al cuerpo. Esa noche, nos llevaron a una habitación y sin haber siquiera intercambiado una palabra me encontré a Sultán a mi lado. Inmediatamente después sentí un dolor espantoso que atravesaba todo mi cuerpo. No recuerdo nada más. Cuando abrí los ojos, estaba en la cama de un hospital”.

Pedagogía para mujeres y hombres

Para Yaganah, el empoderamiento de la mujer está inextricablemente ligado a la educación sexual tanto de mujeres como de hombres. El sexo en el matrimonio en Afganistán a menudo es equivalente a una violación, y es algo que sufren muchísimas mujeres, afirma.

En un país en el que los hombres ignoran casi por completo la vida interior de las mujeres, Luz de cenizas está escrito no solo para que lo lean mujeres sino también hombres.

“Tengo un amigo que ahora tiene mucho cuidado con cómo se comporta, porque no quiere ser como esos hombres violentos. Su mujer dice que es mucho más amable después de haber leído mi libro”, dice entre risas. “Ahora incluso ayuda a fregar los platos”.

El otro personaje de la novela que aparece con su nombre real es Narges, la hija de Zahra.

Debido a la corta edad de su madre –Zahra tenía 14 cuando tuvo a su hija– la niña desarrolló un trastorno del crecimiento y murió a los 4 años.

Yaganah comenzó a escribir hace tres años. Después de escribir y revivir la muerte de Narges, tuvo que hacer una pausa de tres meses. Esta pérdida también toca una fibra sensible de los lectores.

“Me conmovió mucho”, dice Mohammad Hossein Saramat, director del instituto Marifat en Kabul y seguidor del trabajo de Yaganah. “Incluso el mencionarlo aquí contigo me conmueve”.

A finales de 2007, tras mudarse de Herat, en el oeste de Afganistán, a Irán, Yaganah se vio obligada a tomar una decisión. Una noche, después de no haberle entregado a su marido dinero para drogas, ella y sus dos hijos se despertaron rodeados de ropa incendiada. La puerta estaba bloqueada y las ventanas, con rejas. Afortunadamente, fueron rescatados por los vecinos.

Yaganah pidió el divorcio, una decisión radical en Afganistán, y huyó a Kabul con sus hijos. Allí, tuvo diferentes empleos hasta que un amigo la ayudó a conseguir un trabajo como cocinera en televisión, usando los conocimientos que había aprendido de pequeña. Reconstruyó su vida, luego actuó en teatro y se involucró en la lucha por los derechos de las mujeres.

Ahora vive con sus hijos en su propia casa. Su editor dice que su libro ha sido el más rápido éxito de ventas de la última década en Afganistán: las primeras mil copias prácticamente se agotaron en tres meses.

En la calle está aparcado un coche Daewoo Matiz rojo que Yaganah utiliza para llevar a los niños de picnic los fines de semana. Su hija tiene la misma edad que ella tenía cuando la obligaron a casarse, y su hijo es unos años menor.

El marido de Yaganah desapareció después del divorcio. Reapareció en Irán, donde fue arrestado por tráfico de drogas y condenado a ocho años de prisión, pero ahora está libre. Yaganah piensa que no debe de tener dinero para viajar a ningún sitio, pero de todas formas el hombre logra poner nerviosa a la familia. Hace poco, por primera vez en 10 años, llamó a la hija por teléfono desde Irán.

Pero Yaganah, ahora con 32 años de edad, ya no se deja intimidar, incluso cuando la sociedad afgana espera que lo esté.

“Cuando hablas, siendo una mujer, los hombres aquí se enfrentan a ti”, explica. “Te acusan de hablar contra los hombres. Siempre intentan que no hables en nombre de las mujeres”.

Traducción de Lucía Balducci

A los valientes

19 julio, 2016

Fuente: http://www.eldiario.es

Forman parte de esta subespecie dos mujeres que grabaron bajo el burka al Estado Islámico, los médicos que defienden a sus pacientes de la gestión política y los financieros que denunciaron a Ausbanc hace diez años

Sería ingenuo pensar en una sociedad que funcione solo con un puñado de héroes y buenas voluntades. También sería inocente pensar que, sin una ciudadanía activa y crítica, esto va a funcionar solo

JAMES JORDAN

Cualquier sistema, hasta el más limpio, tiene desagües y cañerías por donde se cuelan las vergüenzas. El español está especialmente atascado y sucio. Entre tanta oscuridad, brillan más aún los vigilantes de esos agujeros negros, aquellos que no se resignan, que remueven el lodo y se arriesgan pese a que nadie sabrá de ellos ni los citará la Wikipedia. Estos héroes también dudan, temen, se debaten y acaban por arriesgar su nombre o su trabajo a cambio de poner fin al hartazgo de ver de cerca una corriente negligente o corrupta.

A veces con su ejemplo nos incomodan y les buscamos un pliegue profundo en sus motivaciones: será por venganza, interés propio o adrenalina. A veces nos inspiran para hacer algo y dejar aparcada la coartada de no hacer nada por no poder hacer mucho. A esta especie de ciudadano no le van los pactos de caballeros. Cuando sus nietos estudien la guerra siria, la agonía del Estado del bienestar o los abusos del sistema no tendrán que silbar, ni cambiar de tema.

Es una subespecie que siente algo por quienes comparten con ellos el mismo mundo en el mismo tiempo. Como un amor propio conjugado con un amor a los desconocidos. Entre este grupo de valientes están dos mujeres de la ciudad siria de Raqqa. Se metieron una cámara oculta debajo del burka para enseñar al mundo, bajo amenaza de muerte a pedradas, qué significa vivir bajo el cepo del Estado Islámico. La mayoría de la humanidad ni siquiera ha oído hablar de ellas ni de suvídeo.

Diez años y varios embargos después, Javier ha ganado al sistema y ha colaborado, con sus denuncias, a encender la luz de las cloacas”

También están los médicos españoles que, además de hacer en su día el juramento hipocrático, lo han blandido en la cara de los gestores políticos: “Juro por Apolo, médico, por Asclepio, y por Higía y Panacea, y por todos los dioses y diosas del Olimpo (…) que seguiré el método de tratamiento que, según mi capacidad y juicio, me parezca mejor para beneficio de mi paciente”. Entre ellos, el doctor José Abelairas, que lleva un año pidiendo que le quiten a su hospital público un certificado de excelencia después de que los recortes lo hayan dejado en la carcasa. Lo han cesado.

Los 500.000 enfermos de hepatitis C de España no sabrían reconocer ni cara ni nombre del grupo de activistas que cambió sus vidas a mejor.  A esta cuadrilla les dio por soñar en 2014 que, en lugar de la terapia barata y agresiva para el virus crónico, el Estado les iba a recetar el mejor tratamiento. Estos locos gritaron y se encerraron mientras los mirábamos por la tele. Al final Rajoy claudicó y decidió salvar de la muerte y el zarpazo de los efectos secundarios a miles de personas. Por el camino, los pioneros se dejaron los años, el anonimato y en algunos casos el empleo.

A Javier, que dio un tijeretazo a la telaraña de Ausbanc en 2006, lo llamaron paranoico y kamikaze. Se negó a regalar 300.000 euros de su negocio cada año. Acabó condenado a pagar a Luis Pineda por llamarle “estafador”, hoy en la cárcel acusado de ídem. Diez años y varios embargos después, Javier ha ganado al sistema y ha colaborado, con sus denuncias, a encender la luz de las cloacas, donde se celebraban fiestas en las que pagaban todos.

Sería ingenuo pensar en una sociedad que funcione solo con un puñado de buenas voluntades. También sería inocente pensar que, sin una ciudadanía activa y crítica, esto va a funcionar solo. No podemos exigir a los héroes que lo sean para que nos salven siempre. Pero cuando aparecen hay que hacerles más jarana y homenajes. Citarlos para que existan. Al menos, quedarnos con su nombre y decirles, desde el confort de la distancia, “muchas gracias”.

Vida gay 1: Tomar tu mano

5 julio, 2016

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

No es que sea cobarde. Conozco el estrujón que hace en la tarde un insulto homofóbico y quiero evitarte el mal momento

Tu mano, una mano tan pequeña que es casi la mano de una niña y cuyo pulgar aprieto con el mío cuando cruzamos la calle. Tu mano de mujer, de uñas ligeramente largas y sin pintar, de dedos que surgen en montes surcados por líneas en las que una vez te leyeron en Valencia en un mercado de pulgas un futuro escandaloso y sublime.
Retiro mi mano para que nuestro paseo genere el menor odio posible
Tu mano decide agarrar la mía. Se desliza contra el telón que es mi abrigo de la que surge esa otra, resfriada y tímida de un bolsillo, para regresar a casa como topo en el hueco de la tuya. Luego 10 dedos parten el agua entrecruzada de una piscina de la que sacan orgullosas sus cabezas en forma de uña para descansar intercalados y contentos los unos con los otros.
Pero el miedo llega con la insistente precisión de una gastritis a llenar de viento mojado la fogata que unos pequeños exploradores acaban de encender en nuestras palmas. Retiro mi mano temerosa de otras que hacen señas obscenas en los balcones y que lanzan, desde allí, un envase de leche podrida o una llave inglesa contra mi cabeza. Manos de señora o de joven, manos que tienen agarrado por los cojones el desempeño afectivo de las mías.

Esta reacción es ya en mí un reflejo inmediato. No es que sea cobarde. Conozco el estrujón que hace en la tarde un insulto homofóbico y quiero evitarte el mal momento. Retiro mi mano para que nuestro paseo genere el menor odio posible.

elpaissemanal@elpais.es