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La renta básica siempre ha sido una causa de las mujeres

12 septiembre, 2019

Fuente: http://www.redrentabasica.org

El animado debate en torno a la renta básica ha solido obviar con demasiada frecuencia un aspecto crucial: las dinámicas de género. En una sociedad fundada sobre diferencias de género, ¿cómo podría afectar una renta básica de forma diferente a hombres y mujeres? ¿Se podría emplear la renta básica como herramienta en la lucha por los derechos de las mujeres? Adoptar una perspectiva feminista en la discusión sobre la renta básica implica un conjunto particular de problemas y virtudes de la propuesta. Natalie Bennett recuerda la larga historia en el siglo XX de la lucha de las mujeres en el Reino Unido por una defensa feminista de la renta básica.Resulta revelador que, al menos en Reino Unido, las mujeres estuvieran en la vanguardia de las primerizas campañas por una renta básica[1]. Se ha afirmado, con algunos buenos motivos, que Virginia Woolf, al afirmar que las mujeres necesitaban 500 libras al año y un cuarto propio, estaba exponiendo un argumento en favor de la renta básica, cuando no un modelo de esta.

La activista Lady Juliet Rhys-Williams, con antecedentes anteriores a la Segunda Guerra Mundial en temas de maternidad y bienestar infantil, precisó una renta básica universal en tanto que una alternativa al modelo británico Beveridge de Estado del bienestar menos basada en el trabajo asalariado y que implicaba menos discriminación de género. Lo hizo en su libro Something To Look Forward To en 1943[2]. Sin embargo, el modelo Beveridge (por el cual subsidios como las pensiones están basados en las contribuciones en lugar de en la necesidad, algo que demasiado a menudo ha atrapado a las mujeres más mayores en la extrema pobreza) triunfó, tal y como estaba orientado a las necesidades de la economía de crecimiento capitalista. El arquitecto del modelo, William Beverdige, sufrió el significativo ataque de un amplio espectro de mujeres por estas características, notablemente de Elizabeth Abbot y Katherine Bompas de la organización sufragista Women’s Freedom League, que dijo que el plan de Beveridge era “un plan de hombres para hombres”. Pero el partido laborista que debería materializar el plan –y en cierto modo los conservadores les dejarían hacerlo durante décadas—estaba poco predispuesto a aceptar el reto y actuar en base a él.

Es importante continuar resaltando esa historia hoy, cuando hombres billonarios tecnológicos como Elon Musk, Sam Altman y otros como ellos llenan los titulares como campeones de la renta básica universal para una (posible) era de triunfo tecnológico. Muchas mujeres estuvieron aquí en primer lugar y no deben ser olvidadas.

Cómo se estableció la visión feminista de la renta básica

Fueron a menudo las mujeres quienes continuaron en el Reino Unido la presión hacia una renta básica durante las décadas siguientes. Esto incluyó de manera destacada la exitosa campaña por las prestaciones universales para niños, introducidas en 1946, lideradas por la decidida diputada Eleanor Rathbone. Esa prestación universal, solo ha sido abolida con poco ruido, por desgracia, recientemente (en 2013), bajo el gobierno de coalición 2010-2015 de los partidos conservadores y demócrata-liberales. El activismo, sin embargo, nunca alcanzó fuerza realmente en la opinión pública más allá del apoyo a la infancia (e implícitamente a sus madres). Tampoco en los grandes partidos masivamente dominados por hombres, los cuales, en el sistema electoral británico de mayoría simple en el que el ganador se lleva todo, son los únicos que han sido capaces de introducir cambios estructurales.

Aun así la presión continuó. En 1984, el Consejo Nacional para Organizaciones Voluntarias en Reino Unido propuso una renta básica universal, diciendo que las mujeres serían las principales beneficiarias, nunca más dependientes de los ingresos de sus maridos (junto con los desempleados, que no caerían en lo que ahora llamamos “trampas de la pobreza”)[3]. En 2001, la filósofa Ingrid Robeyns de nuevo articuló una defensa de la renta básica, señalando cómo los Estados del bienestar de Europa occidental habían desarrollado, en una época muy diferente, estabilidad, trabajos seguros y matrimonios, y una división sexual del trabajo basada en el género, con todos los hombres encargados del traer ingresos a casa.

En años recientes, tanto la defensa feminista como la defensa amplia de una renta básica universal han generado interés. La investigadora de la Universidad de Richmond Jessica Flanigan escribió en una revista elegida por los millenialsSlate, que esta es una “causa feminista”. La defensa feminista de la renta básica a menudo comienza, como hace Flanigan, en el hecho de que las mujeres en Reino Unido, como en el resto del mundo, tienen más probabilidad que los hombres de ser pobres. Pero en el núcleo está el hecho de que las mujeres tienen más probabilidad de hacerse cargo de los jóvenes y los ancianos, un trabajo que suele ser no remunerado, a veces no elegido, y no respetado. La frase “solo soy ama de casa” se escuchaba normalmente hace treinta o cuarenta años. Ahora se oye menos, al menos en el discurso público “educado”, pero eso no significa que las tareas de cuidados se hayan vuelto adecuadamente respetadas o valoradas, ni en las vidas individuales ni a nivel nacional (en forma de PIB).

Esa no es una situación nueva, pero las presiones de vida de quien se hace cargo de los cuidados, en un mundo en el que se le dice constantemente a la gente que “se vendan a sí mismos”, que sean un “producto”, que estén listos para aprovechar nuevas oportunidades, para volverse más agudos que nunca. Una agotadora vida en la pobreza, al cuidado de padres ancianos, de un marido o una mujer enfermos, un hijo discapacitado, deja poco espacio para cuentas resplandecientes de Instagram o Facebook, el desarrollo de un “look” o de una “marca”, o la desenvoltura optimista y la clase de “habilidades personales” que ahora se requieren incluso en empleos de salario mínimo. Del mismo modo ocurre con la naturaleza del empleo moderno. Puede parecer que la economía de pequeños encargos (gig economy) se preste por sí sola a las demandas de los cuidados domésticos, pero incluso cada vez más se espera que sus trabajadores adapten sus vidas a las nuevas demandas.

Promoviendo la solidaridad

También ha habido una atención creciente en la manera en que una renta básica universal podría abordar el socavamiento de soberanía que implican la pobreza y la indigencia (y ello resulta de un sistema de bienestar en Reino Unido cada vez más amenazado). Con las normativas sobre prestaciones que afectan a casi uno de cada cuatro subsidios de personas que buscan empleo entre 2011 y 2015, y con recortes en prestaciones de 132 libras tan solo en 2015, la desesperación es una condición demasiado familiar en muchas comunidades, siendo normalmente las mujeres las que se tienen que hacer cargo de los problemas provocados.

Y los más vulnerables son quienes tienden a sufrir más. La diputada que lidera el Partido Verde de Inglaterra y Gales, Amelia Womack, escribió en 2018 en la versión digital del periódico británico The Independent sobre el valor que la renta básica universal tiene para algunas de las mujeres más vulnerables de la sociedad: víctimas de violencia de género y acoso. Al contrario, el sistema de crédito universal que está siendo implementado por el Partido Conservador concibe los pagos a los hogares de manera agregada, en un solo pago (excepto en caso de petición especial), haciendo más difícil que mujeres vulnerables escapen de situaciones de maltrato.

Un estudio alemán ha descubierto que la incapacidad para cumplir los requisitos de un puesto de trabajo, y en particular la falta de oportunidades debido a la discriminación de los empleadores, expulsaba a mujeres y hombres mayores del mercado de trabajo cuando todavía querían trabajar, normalmente obligándoles a recibir pensiones menores de lo que les hubiera gustado, condenándoles a una vejez de pobreza e inseguridad[4].

Esta es la situación de un grupo de mujeres en Reino Unido conocido como WASPI (Women Against State Pension Inequality). Fundado en los cincuenta, ellas han sufrido los efectos adversos del incremento de la edad de jubilación, equiparada con la de los hombres (contra lo que pocas discuten), pero con poco tiempo para planear y prepararse, y en muchos casos sin notificación oficial (y a menudo aviso personal) de los cambios de sus circunstancias. Una renta básica universal aseguraría que no fueran obligadas a cumplir requisitos humillantes, muchas veces dañinos para la salud, necesarios para recibir las exiguas prestaciones por desempleo, con muy poca posibilidad de encontrar un trabajo.

Que una renta básica universal puede allanar el camino hacia una jubilación más gradual, mediante un proceso escalonado de retiro gradual del trabajo asalariado, no es una idea particularmente feminista, pero es significante para muchas mujeres.

Hay algunos otros grupos de mujeres que se beneficiarían especialmente: aquellas trabajando en puestos de remuneración baja con bajas cifras de afiliación y sindicatos relativamente impotentes, como las dependientas y las limpiadoras. Esto se aplica, en particular, pero no exclusivamente, al caso de Reino Unido, con su legislación antisindical altamente represiva.

No hay ninguna cura milagrosa para todas las enfermedades

Hay, se debe reconocer, argumentos genuinos y progresistas hechos desde algunos lugares contra la renta básica desde una perspectiva feminista. La idea principal es que al garantizar la subsistencia básica de las mujeres, podría exponerlas más que nunca a las presiones sociales para realizar trabajo no remunerado de cuidados e incluso comunitario, condenándolas a vidas de ingresos bajos, oportunidades limitadas y un estatus menor. Hace dos décadas se postulaba que las primeras formas de bajas por maternidad en Bélgica, un pago para hasta tres años de interrupción de la carrera, era –como era de esperar en el cambio de siglo—pedida en mayor medida por mujeres[5].

Esto, empero, muestra un punto general e importante sobre la renta básica universal. No es una panacea, una solución para todos los males de la sociedad, incluyendo la misoginia, la discriminación y el poco respeto de los cuidados y los trabajos comunitarios. Pocos de sus defensores han sugerido que lo es. Entonces, en cierta medida, este es un argumento “muñeca de paja”, aunque destaca que la idea de que la lucha por una renta básica universal necesita combinarse con la lucha por una igualdad en la distribución de estas responsabilidades: bajas por maternidad compartidas, respeto al rol y las dificultades de los cuidados, y un adecuado reconocimiento por parte de empleadores, familias y la sociedad en general.

Como he discutido en otro lugar contra aquellos que sugieren que la renta básica podría implicar una amenaza para los servicios básicos universales, que la renta básica universal solo amenazaría con imponer una ideología de mujeres forzadas a quedarse en casa a cargo de los cuidados, una sociedad con una política según la cual esto podría ser concebible o aceptable. En una sociedad igualitaria, o en una que trabaja hacia la igualdad de género, esa demanda no aguantaría el escrutinio público.

Se puede decir, entonces, que la lucha por una renta básica universal es una lucha por todos los grupos de mujeres y feministas. Reconociendo que todos los miembros de la sociedad se merecen una porción básica de sus recursos, suficiente para satisfacer sus necesidades básicas, porque todos contribuyen a su existencia de un modo u otro, fortalece la posición de las mujeres y todas sus otras luchas: como trabajadoras, como miembros de familias, como gente que necesita respeto y también recursos materiales. Cuando las mujeres en Reino Unido aseguraron el derecho a voto en 1928, muchos pensaron que iban por el buen camino para respetar las contribuciones de las mujeres a la sociedad. Es obvio que el progreso ha sido hostil y lento desde entonces, y que una renta básica universal para todos podría ser un importante paso más en ese largo trecho.


[1] Sloman, P. (2015). “Beveridge’s rival: Juliet Rhys-Williams and the campaign for basic income, 1942–55,” Contemporary British History, pp. 203-223.

[2] Sloman, op. Cit., p. 203.

[3] Hencke, D. ”Basic income ‘should replace benefits’ The Guardian (1959-2003); Jul 31, 1984; ProQuest Historical Newspapers: The Guardian and The Observer, p. 4.

[4] Wübbeke, C.J. (2013). “Older unemployed at the crossroads between working life and retirement: reasons for their withdrawal from the labor market“, Labor Market Res. 46: 61.

[5] Robeyns, op cit, p. 85.

 

Es una política y periodista británica. Fue líder del Partido Verde entre 2012 y 2016.

No: las feministas no odiamos a los hombres. Sí: la violencia sí tiene género

19 julio, 2019

Fuente: http://www.jessicafillol.es

No, en serio, escúchame un momento: las feministas no odiamos a los hombres. Ya sé que esto igual os va a hacer estallar la cabeza, pero escúchame: no generalizamos sobre todos los hombres, ni os consideramos los culpables de todos los males del mundo. Aunque, bueno, si te paras a pensarlo por un segundo… Guerras, masacres, expolios, genocidios, dictaduras, esclavitud, la inquisición, la prostitución infantil, los escuadrones de la muerte, el holocausto nazi, el terrorismo yihadista, la bomba atómica, los hinchas del fútbol, la discografía de Melendi…

Si habéis dominado el mundo durante milenios, pues igual algo de responsabilidad sí tenéis sobre los males de la humanidad. Pero no os culpamos a vosotros individualmente por lo que hayan hecho vuestros antepasados. De verdad. Escúchame un momento antes de saltarme al cuello.

Los hombres sois responsables de más del 90% de todos los crímenes violentos que se cometen en el mundo. Sí, también sois entre el 70% y el 80% de las víctimas, pero eso no hace más que evidenciar que os matáis entre vosotros, y de camino nos matáis a nosotras.

Insistís mucho en que la violencia no tiene género, pero en España más del 90% de las personas adultas condenadas en España son hombres.

¡Ah, pero y los 30 hombres asesinados cada año por sus parejas mujeres! ¿Qué, eh?

No existen. Es un bulo que se repite. Esos 30 hombres asesinados lo fueron víctimas de violencia en el ámbito familiar, no a manos de sus parejas, y menos aún a manos de sus parejas mujeres. Los 30 hombres víctimas de la violencia hembrista feminazi, en realidad fueron asesinados por sus padres, por sus hijos, hermanos, nietos, etc. Y en cuanto al género del agresor, los datos son coherentes con los del resto del mundo: el 86% de los agresores son hombres.

Si nos circunscribimos específicamente al ámbito sentimental, el año que más hombres hubo asesinados por su pareja fue en 2009 y fueron 10, no 30.

Y, aún así, las feministas ni odiamos a los hombres, ni os culpamos de todos los males del mundo, ni queremos cambiar la orientación sexual de nadie. Las feministas cuestionamos los valores culturales dominantes asociados a la masculinidad, entre ellos la heterosexualidad obligatoria. Nadie te está atacando a ti personalmente. El feminismo no es un ataque ni a tu hombría ni a tu masculinidad: es una invitación a la reflexión sobre el mundo que hemos heredado y que estamos construyendo para legar a las nuevas generaciones. De verdad, lo que tú interpretas como un ataque personal, es una crítica a un sistema social. No generalizamos sobre todos los hombres: cuestionamos los valores dominantes en un contexto social determinado que, precisamente por ser los dominantes, son los más extendidos y validados culturalmente, aquellos valores que la mayoría social presiona para que sean adaptados de manera uniforme por el conjunto de personas que la componen.

¡Ah, pero a mí una feminista me dijo una vez que…!

¿No habíamos quedado en que las generalizaciones son injustas, y que hay que diferenciar lo que dice o hace una persona, de lo que promueve todo un movimiento? Si no quieres que te llamen violador porque un hombre violara si tú nunca has violado, ¿por qué en cambio sí generalizas sobre todas las feministas por lo que una te dijera en una ocasión? Que además, a saber si realmente fue como lo cuentas. ¿No dices siempre que hay que escuchar las dos versiones…? ¿No te indigna que se pueda condenar a un hombre solo con la palabra de una mujer? ¿Y pretendes que condenemos no solo a una mujer, sino a todo un colectivo de millones de mujeres, únicamente con tu palabra?

No criticamos al hombre heterosexual: criticamos la masculinidad hegemónica socialmente construida, los atributos de los que dotamos socialmente el concepto y la heterosexualidad obligatoria. No queremos cambiar la orientación sexual de nadie: queremos abrir el abanico de opciones posibles, para que todas las orientaciones sexuales que impliquen consenso entre personas adultas sean válidas, las feministas precisamente luchamos para evitar que se considere legítimo intentar cambiar la orientación sexual de los hijos gays, para que no se considere un ejercicio de «libertad» torturar a los hijos negándoles su libertad sexoafectiva y llevándoles a terapia de reeducación.

Las feministas no cuestionamos a los hombres: cuestionamos la masculinidad socialmente construida. Cuestionamos los atributos que atribuimos al concepto de masculinidad y que no son innatos. Los hombres no tienen que ser más violentos por naturaleza desde el momento en que vivimos en sociedades democráticas en las que el monopolio de la violencia legítima lo tiene el Estado. La testosterona, y las explicaciones biologicistas en general, no pueden ser la explicación que le demos al fenómeno, porque lo que decimos no es que todos los hombres sean violentos, es que el monopolio de la violencia está 9 a 1 en manos de los hombres.

  • No decimos que todos los hombres sean violadores: decimos que todos los violadores son hombres. Y que existe un sistema social que legitima la violencia sexual de los hombres mientras culpabiliza a las mujeres.
  • No decimos que todos los hombres sean asesinos: decimos que todos los asesinos (prácticamente) son hombres. Y que la masculinidad está socialmente construida sobre la agresividad, la competitividad, la demostración de fuerza. Que la masculinidad debe estar probándose y comparándose con otros hombres.

Y sobre eso es sobre lo que queremos trabajar. No queremos exterminar a todos los hombres y servirnos de bancos de esperma para la reproducción. Podéis estar tranquilos. Lo que queremos es cambiar los atributos asociados a la masculinidad. Los hombres también pueden llorar, los hombres también pueden cuidar, la ternura también es patrimonio de los hombres, los hombres son capaces de tratar a las mujeres de igual a igual con el mismo respeto con el que tratan a otros hombres, dejando a un lado la condescendencia y la cosificación. En serio, sois capaces, creemos en vosotros. De hecho, hace tiempo que sostengo que las feministas tenemos bastante más respeto por los hombres y mejor opinión de la que tiene el resto de la sociedad que no se identifica con los valores del feminismo. Nosotras confiamos en que los hombres sois capaces de razonar y dominar vuestros impulsos sexuales cuando os dicen «NO», confiamos en que si vuestra pareja no os desea la relación sexual no tendrá interés para vosotros. Nosotras confiamos en que sois capaces de negociar, de dialogar, que no necesitáis resolver los conflictos mediante un despliegue testosterónico de fuerza, con demostraciones de a ver quien la tiene más larga o quien mea más lejos. En lo que ya no tengo tanta confianza, si os soy sincera, es en que seáis capaces de escucharnos, de apagar el orgullo masculino por un momento y reflexionar sobre lo que decimos antes de lanzaros a insultar.

Repensar las ciudades desde el feminismo para que sean más inclusivas

4 julio, 2019

Fuente: http://www.publico.es

La arquitectura y el urbanismo con perspectiva de género proponen cambios en el planteamiento urbano poniendo en el centro los cuidados y no lo productivo. Cuestiona desde el modelo de movilidad, en el que sigue primando el transporte en vehículo privado, hasta la percepción subjetiva de seguridad de las mujeres en las urbes.

Una mujer camina sola por la calle bajo la luz de las farolas. EFE

Una mujer camina sola por la calle bajo la luz de las farolas. EFE

 

En la tarea de convertir las ciudades en lugares más amigables para sus habitantes juegan diversos factores que van desde repensar los sistemas movilidad, las maneras de generar tranquilidad o las formas de dotar de mejor seguridad ciertas zonas cuando cae la noche. Sobre estas y otras cuestiones reflexiona la arquitectura y el urbanismo con perspectiva de género. “Se trata de hablar de las necesidades que tiene la gente en la ciudades cambiando el punto de mira desde lo productivo y lo privado hacia la sostenibilidad de la vida“, resume la socióloga y urbanista Blanca Valdivia, del Col·lectiu Punt 6.

Poner en el centro el cuidado de las personas e incentivar que las acciones “necesarias para la vida y para que el hogar funcione” se desarrollen de una manera más eficaz, comedida y menos costosa. Es uno de los puntos que enumera la Presidenta de la Asociación de Arquitectas de España, Inés Sánchez de Madariaga, para definir este campo. La arquitecta Zaida Muxí especifica que una de las cuestiones primordiales es visibilizar lo que deriva de estas tareas y pensar cómo se le puede dar respuesta desde la arquitectura: “Hay gente que considera que la arquitectura son palabras mayores, que es arte, yo considero que la arquitectura es un servicio para la sociedad y por tanto ha de responder a las necesidades”.

Bajo la crítica a una experiencia tradicionalmente catalogada como neutral, se plantean debates como el que cuestiona los modelos de movilidad que acogen las urbes. Cómo se ha planificado la ciudad es uno de los principales factores que condicionan el transporte. Muxí argumenta que la base de este siempre tiene que ser el moverse andando: “Hay que pensar en este orden, primero el caminar, después en la bicicleta y dar prioridad a otra movilidad menos contaminante y luego ya pensar en las variantes rodadas o motorizadas como el bus, el tranvía o el metro”. Pero las ciudades siguen estando pensadas para favorecer el transporte en coche y no otros tipos de movilidades, clarifica Valdivia.

Los problemas de transporte se enfatizan en las zonas de las ciudades que se han pensado de manera sectorizada: “Construimos viviendas en terrenos alejados porque son más baratos, así se crean zonas residenciales a las que no llega el transporte público porque están pensadas para que la gente se mueva en su vehículo privado y al final cuando estudias quién se va a mover en coche, mayoritariamente lo hacen hombres. Hay un círculo donde se termina penalizando siempre a las mismas personas”.  Así lo dicen los datos. La Encuesta Sintética de Movilidad de la Comunidad de Madrid revela que el perfil del usuario de transporte público son mayoritariamente mujeres, mientras que los hombres dominan el coche privado.

Aumentar la percepción subjetiva de seguridad

“Las mujeres dejamos de ir a ciertos sitios o de hacer ciertas cosas por miedo”. Sánchez de Madariaga explica que hay que hacer incidencia en este planeamiento considerando dos variables. Una es que España es uno de los países más seguros según el Índice de Paz Global, que lo sitúa en el puesto 30. La otra es la que atañe a la percepción subjetiva de seguridad que tienen las mujeres. “No hay que ser alarmistas”, clama la arquitecta, recordando que las principales víctimas de la violencia física son hombres y que la violencia sexual se produce mayoritariamente en el ámbito privado.

A pesar de ello, estudios sobre movilidad en diferentes partes del mundo demuestran que las mujeres se mueven de manera más sostenible, compleja y diversa durante el día pero esta se puede llegar a paralizar por la noche a causa del miedo. Esta sensación de inseguridad puede disminuir mejorando el entorno e incluyendo en las políticas de seguridad una visión holística e integrativa, afirma Valdivia.

En este punto hay que tener en cuenta que existen colectivos que sufren estas consecuencias en mayor medida. Uno de ellos es el de las mujeres que trabajan de noche. El informe Nocturnas: La vida cotidiana de las mujeres que trabajan de noche en el Área Metropolitana de Barcelona, hace hincapié en que es necesario analizar cómo el miedo afecta al uso y disfrute del espacio público por parte de las mujeres y concluye en la necesidad de revisar horarios y frecuencias y el Incremento de la señalización y mapas con información del transporte público, entre otras medidas.

La vulnerabilidad física y económica de ciertos grupos como el que forman las mujeres mayores que viven solas, las víctimas de violencia machista, las madres cabeza de familia y las migrantes es otro de los retos que se aborda desde esta perspectiva. Sánchez de Madariaga cuenta que es una forma de entender cómo “el hecho de ser mujer se entrecruza con otros factores”. Muxí, por su parte, especifica que la perspectiva de género debe ser transversal e interseccional, no se hace mirando sólo a mujeres, ni sólo a mujeres de un tipo de clase, de un origen, de una cultura o de unas capacidades físicas determinadas.

Atender a la diversidad

Proponer una planificación urbana con perspectiva de género “es una manera de abordar la situación en la que hasta ahora no se había puesto el foco. Las ciudades estaban pensadas para una experiencia media neutra y no se miraba a la diversidad de experiencias vitales”, recoge Sánchez de Madariaga para contextualizar el porqué de la ausencia de este planteamiento a la hora de organizar las urbes. Además, la arquitecta es optimista: “Yo veo mucho interés en todas las partes, interés en atender de manera específica una visión normativa que no atendía la diversidad”, aunque recalca que hay que tener en cuenta que el urbanismo es un proceso que se hace a largo plazo.

Para lograr implementar este modelo, a juicio de Muxí los consistorios deberían plantear unos presupuestos con perspectiva de género. “Es necesario observar y entender las diferencias que comporta ser hombre y ser mujer” aunque también apuesta por trabajar en ello con grupos de mujeres y mixtos: “No es suficiente observar porque hay experiencias que si tú no las tienes es algo intransferible”, argumenta.

Para entender cómo se vive un barrio a través de las mujeres, explica Muxí, ellas no hablan de ellas solas, sino que hablan de todo ese entorno al que cuidan y que hacen posible. Si haces un trabajo más genérico y en el que participan más hombres te encuentras con que lo primero en lo que van a pensar es en las plazas parquin donde aparcar su coche.

También en las viviendas y otros espacios

Muxí relata que toda esta visión se pueda llevar a la vivienda y a su organización. En primer lugar, explica, tiene que ver con las tareas que se hacen en una casa para sobrevivir y cómo se responde a estas necesidades con la distribución de los espacios: “Una vivienda con una cocina muy pequeña dificulta, por ejemplo, el cuidar y el limpiar a la vez. Si la estancia tuviera un tamaño más grande, los niños podrían estar ahí mientras que quien los cuida compagina esa tarea con otra actividad. Hay que tener en cuenta que difícilmente se pueden separar estos tiempos, entonces lo que acaba pasando es que las personas que tienen que ejercer los cuidados es usar el tiempo de la noche para poder hacer el trabajo”.

“Una casa con una cocina muy pequeña dificulta el cuidar y el limpiar a la vez”

Sobre el reparto de los espacios, Muxí cuenta que el ideal es que todas las estancias sean más o menos del mismo tamaño. Cosa que queda más que alejada de la realidad: “Lo que sucede en la práctica es que tenemos viviendas que suelen tener una habitación que en general es más grade con un baño privativo y unas habitaciones más pequeñas”. Y de ahí surge un escollo, el que provoca una jerarquía familiar y una dificultad para que esa vivienda pueda ser utilizada por diferentes agrupaciones ya que está pensada para una familia nuclear que hoy en día tampoco es mayoritaria.

Además, la autora de Mujeres, casas y ciudades recalca que con la preeminencia que se le da a ciertos espacios mediante la dotación de más recursos o más metros con respecto a otros estamos queriendo decir algo, si solo arreglamos los baches de las calles, es que sólo importan los coches: “Estamos dando un mensaje, igual que sucede en el patio escolar, cuando un 80% del espacio lo ocupa un 20% del alumnado y el resto se queda en los bordes. Así también estás mandando un mensaje importante: de prioridad, de importancia”.

 

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¿Se puede ser feminista y usar hiyab?

30 junio, 2019

Fuente: http://www.jessicafillol.es

Esa es la pregunta que planteó para el informativo de ayer Público al Día, a dos mujeres feministas y muy vinculadas al mundo árabe.

¿Se puede ser feminista y usar hiyab?

Bajo mi punto de vista, la pregunta está mal planteada, por dos motivos. En primer lugar, por la puta manía de querer ir repartiendo carnets de feminista. STOP IT. Se puede ser feminista y llevar hiyab como se puede ser feminista y llevar tacones, faldas y maquillaje. Todas lidiamos con nuestras propias contradicciones individuales. En las sociedades patriarcales, las mujeres sobreviven como pueden y las estrategias que desarrollan en sus contextos personales no son relevantes más allá de la anécdota. Y aquí venimos al segundo motivo por el cual la pregunta está mal planteada. Porque lo relevante no son las acciones individuales, sino la dimensión social del fenómeno que estamos analizando: un fenómeno atravesado por el género que toma los cuerpos de las mujeres como rehenes. Así, lo cuestionable aquí no son las acciones individuales (llevar hiyab) y cómo repercute esto en su puntuación individual en el feministómetro (¿cuántos puntos de feminista te da o te quita?). Como feministas, deberíamos poner el foco en el fenómeno que estamos cuestionando, y no cuestionar a las mujeres por sus acciones individuales o por sus opiniones personales. Perdonad la autocita:

No, las feministas no les decimos a las mujeres lo que tienen que hacer ni cómo tienen que comportarse. Las feministas analizamos el mundo en que vivimos, nos cuestionamos las relaciones de poder que tenemos naturalizadas, nos preguntamos por qué hacemos lo que hacemos, y lidiamos con nuestras propias contradicciones.

Queremos cambiar el mundo en que vivimos y hacerlo más justo, más igualitario y menos violento, pero no queremos cambiar la sociedad diciéndole a la cada mujer individualmente lo que tiene que hacer. No censuramos ni prescribimos comportamientos individuales para circunstancias personales.

Por supuesto que se puede ser feminista y usar hiyab. Se puede creer en la igualdad entre hombres y mujeres, en la lucha de las mujeres por liberarse y ser las únicas soberanas de nuestros cuerpos y de nuestras vidas… y a la vez tener unos padres musulmanes, una familia volcada en la protección de la castidad de sus hijas y un entorno hipervigilante. ¿Dónde está la contradicción? Del mismo modo, se puede creer en la lucha de las mujeres por liberarse del sometimiento a los deseos y necesidades de los hombres, y a la vez trabajar como azafata de vuelo y vivir sometida a la tiranía de los tacones, el maquillaje y el peinado que la compañía impone, porque de algo hay que vivir. No veo la contradicción: veo la adaptación individual a un sistema patriarcal. No se nos puede pedir que seamos heroínas todo el tiempo. Cada una libra esta lucha con sus propios recursos y llega hasta donde puede.

La pregunta correcta es: ¿se puede, desde el feminismo, reivindicar el hiyab como elemento empoderante? Esa es la pregunta para la que yo no tengo una respuesta que pueda decir que está 100% libre de prejuicios. Mi intuición me lleva a decir que NO, que desde posiciones feministas no se puede reivindicar un elemento concebido para someter a la mujer, recluirla, despersonalizarla y coartar su libertad, como un elemento empoderante individualmente. Aquí deberíamos acudir al significado político del concepto «empoderamiento»:

El proceso por el cual las mujeres acceden al control de los recursos (materiales y simbólicos) y refuerzan sus capacidades y protagonismo en todos los ámbitos, lo que supone que es necesario lograr el empoderamiento económico. El término se aplica a todos los grupos vulnerables en un proceso por el cual las personas fortalecen sus capacidades, confianza, tienen visión y protagonismo como grupo social para impulsar cambios positivos de las situaciones que viven.

Así que no lo veo, no veo cómo el hiyab puede defenderse como empoderante desde posiciones feministas. No me encaja cómo un elemento concebido para establecer una barrera más que simbólica, material, entre las mujeres y el resto del mundo, puede conceptualizarse desde el empoderamiento de la mujer.

Pero más allá de mi opinión personal, y mucho más allá de si optar por una opción u otra te da más o menos puntos de feminista, al debate al que me gustaría asistir es otro. Conozco las explicaciones que se dan del fenómeno del tipo reivindicación identitaria y cultural, desde postulados feministas antiracistas y decoloniales. Es simplemente que las piezas no me terminan de encajar.

En cualquier caso, lo que quería poner de manifiesto con este texto es la necesidad de cambiar el enfoque: de uno que permanentemente culpabiliza a las mujeres por sus decisiones individuales y las cuestiona en su compromiso político, a otro en el que lo que se problematice y se deconstruya sea la dimensión social y no individual de cada fenómeno dentro de su contexto. Por eso la pregunta ¿se puede ser feminista y usar hiyab? es irrelevante más allá de la anécdota, la pregunta interesante y que nos aportaría respuestas y un análisis en profundidad es ¿se puede, desde el feminismo, reivindicar el hiyab como elemento empoderante? 

Ganamos las feas

26 junio, 2019

Fuente: blogs.publico.es

ANA PARDO DE VERA

Más de PÚBLICO

Desde que el candidato de Vox a las elecciones europeas, Jorge Buxadé ‘El Hermoso’, tuvo a bien hacer campaña doblando la F de feministas a F de feministas y feas, el cachondeo ha estado servido. Y no solo. Las mujeres feministas, como de unos años a este 2019 acostumbramos a hacer, nos hemos unido para hacer chanza y memes del ingenioso machista en las redes, en casa y hasta en los bares (se lo digo yo).

Pero no se queden únicamente en la chusca anécdota al más puro ‘estilo Vox’, que intentando acomplejar y marginar a las feministas demuestra no solo una torpeza infinita (propia del nivel cultural de este partido), sino un desconocimiento absoluto de la realidad española de los últimos años. Si ha habido un factor determinante en la política de este país ha sido el movimiento feminista y sus integrantes, mujeres y cada vez más hombres convencidos de que solo logrando la igualdad de género, se consiguen democracias plenas. La igualdad entre hombres y mujeres es el punto de partida del progreso y sin ella, no existe garantía de nada más. Salvo de Buxadé y su esperpéntico Vox. Salvo de la involución.

Son muchos los matices de esta nueva victoria del feminismo en el último proceso electoral que ha tenido a España en campaña desde 2015, efectivamente, y no todos positivos, pero conviene que los partidos tomen nota del cómputo y la conclusión finales: Vox y el PP, los antifeministas por excelencia, y Ciudadanos, el partido del “feminismo liberal” (¿?) que les permite gobernar en Andalucía y apoyará en ayuntamientos (Madrid) y comunidades (Murcia y también la madrileña), han perdido clamorosamente las elecciones generales, las autonómicas, las municipales y las europeas. Es verdad que no todos los/as votantes progresistas y de izquierdas son feministas, pero todos ellos/as aceptan el feminismo como elemento transversal indisoluble de los programas electorales de los partidos a los que han elegido. Incluso, lo defienden, aunque después, los comportamientos dejen mucho que desear en todas partes. Educación, cultura, privilegios históricos… Las causas son muchas y bien enquistadas, pero ninguna justificable a estas alturas: la democracia o es feminista o no es democracia, y por ello, debemos empezar a normalizar la duda que generan las estructuras presuntamente democráticas de los partidos que reniegan del feminismo. Que te elijan en unas elecciones es consecuencia de un proceso democrático, pero no garantiza en absoluto que tú lo seas.

Nada es, sin embargo, tan ‘sencillo’ como ganar las elecciones. De hecho, para las mujeres todo es mucho más complicado cuanto más poder van sumando; cuanta más influencia ejercen. Vox es el ejemplo más claro de las brutales resistencias que arrastramos las feministas conforme vamos tomando posiciones, aunque hay más y, lo que es peor, son muchísimo más sutiles que los lindos patanes: tienen que ver con el negocio salvaje con nuestros cuerpos, con la explotación y discriminación de nuestra naturaleza reproductiva en el ámbito laboral (os queremos madres porque necesitamos a vuestros hijos) o con los cuidados en general, no remunerados en casi ningún caso o precariamente en la mayoría de los pagados.

Queda lucha, y dos de ellas están muy localizadas. En el Ayuntamiento de Madrid y en la Comunidad ídem, la primera: la ultraderecha estará o marcará el paso de los gobiernos liderados por el PP y conformados por el partido de Casado (que sigue gracias a ellos) y Ciudadanos, olvidada ya la cara de póquer de Rivera en la foto de Colón junto a Abascal. En el Parlamento Europeo, la segunda: el asentamiento de la ultraderecha con un golpe de fuerza capaz de derribar a Macron en Francia o volver a protagonizar la política en la Alemania es una pésima noticia. Vox ha entrado con tres diputados en la política europea -uno de ellos, el de Jorge ‘El Hermoso’, por cierto- y aunque las derechas extremas de Francia, Alemania o España son diferentes y parten de distintas bases y supuestos, todas constituyen una amenaza muy seria para las mujeres y la igualdad de todos los europeos/as.

Hoy, 27-M, seguimos teniendo trabajo.

 

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Sofonisba y Lavinia: las pintoras que el tiempo borró y que el Museo del Prado recupera del olvido

27 mayo, 2019

Fuente: smoda.elpais.com

De las 1.700 pinturas que cuelgan en sus paredes, tan solo siete están firmadas por mujeres. Ahora prepara una exposición de dos artistas influyentes en su momento para saldar una deuda histórica con la pintura femenina.

Sofonisba Anguissola

‘El juego de ajedrez’ (1555), de Sofonisba Anguissola. FOTO: GETTY IMAGES

En la sala 7 del Museo del Prado, rincón del caravagismo, cuelga la obra Nacimiento de San Juan Bautista de la pintora Artemisa Gentileschi (1593-1654). No se la puede ver siempre: en los últimos tiempos, Artemisa ha viajado tanto que es complicado encontrarla en casa. Y es que desde que el feminismo estadounidense de los años cincuenta, sesenta y setenta recuperase la obra de muchas artistas olvidadas, Gentileschi se ha revalorizado hasta el punto de ser más fácil verla en exposiciones dedicadas a su figura en lugares como Milán o París que en la sala 7 del museo. Además, por cuestiones de espacio y por la cantidad de piezas pictóricas que alberga el museo en sus almacenes, Artemisa comparte pared ­–alternándose según épocas– con el Martirio de San Lorenzo de Valentín de Boulogne.

La vida y obra de Gentileschi la han convertido en los últimos años en símbolo e icono del movimiento feminista. Que esté tan ocupada tiene su razón de ser: superviviente de una violación perpetrada por su mentor Agostino Tassi en el estudio de su padre a los 17 años, tuvo que soportar un intensísimo juicio de seis meses de duración en el que se puso en duda su versión de los hechos, además de pasar por una prueba ginecológica y el sometimiento a torturas para comprobar si variaba su testimonio. Artemisa no cambió jamás su versión y Tassi fue declarado culpable. Heredera de Caravaggio, en su obra se perciben las luces y las sombras de ser mujer: en su cuadro Judith decapitando a Holofernes podemos observar la violencia y la sed de venganza de su protagonista degollando al general enemigo y en Susana y los viejos, encontramos a una bíblica Susana asustada y repugnada por los hombres que la acosan, en lugar de mostrarse dócil y coqueta como la representaron otros artistas masculinos. Nacimiento de San Juan Bautista es, sin embargo, una escena íntima y luminosa en la que tres mujeres cuidan y asean al recién nacido.

“Artemisa lo cumple todo según nuestros parámetros actuales”, explica Leticia Ruíz, Jefe del Departamento de Pintura del Renacimiento del Museo del Prado, “desde 1999 hasta 2020, que se va a Londres a una exposición sobre ella, Artemisa ha estado muy reclamada”. Gentileschi es la chica de moda, pero no es la única mujer de El Prado: la italiana Sofonisba Anguissola (1535-1625), dama de compañía de la reina Isabel de Valois y excelente retratista y la pintora de bodegones flamenca Clara Peeters (1590-1621) son las otras dos artistas femeninas que podemos ver si dedicamos una tarde a pasear por el museo.

Artemisa Gentileschi

La historia de Artemisa tiene gancho y, a día de hoy, por fin se reconoce su figura e importancia. Sin embargo, existen nuevas corrientes que quieren reivindicarla sin tener presente en todo momento su violación a los 17 años, como no siempre –ni para todo– tenemos presente que Caravaggio mató a un hombre o que Munch pasó por centros de salud mental para explicar el grosso de su obra. Porque, aunque los hechos sean los hechos y sepamos que Artemisa fue violada y aunque podamos observar la sed de venganza de su Judith, no podemos afirmar que la artista pintase ese cuadro pensando en lo que a ella le sucedió. Esa revictimización constante de la artista puede ser un síntoma de observar su vida y su obra con ojos actuales y de reducirla a un único suceso para tratar de contextualizarlo todo: quizás Artemisa solo quería pintar como hacían los hombres y quizás, si pudo hacerlo, es porque no era ni mucho menos la única mujer que cogió unos pinceles. Gentileschi tuvo antecesoras y predecesoras y, si queremos hacer una buena cronología para rescatar a todas las mujeres artistas, es importante poner en valor sus referentes.

Artemisa Gentileschi

Sofonisba y Lavinia: dos formas distintas de entender y servirse de la pintura

Leticia Ruíz es también la comisaria de la próxima exposición Historia de dos pintoras: Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana, donde se busca recorrer la vida de dos mujeres artistas completamente diferentes a través de su obra. Sofonisba y Lavinia tienen puntos en común: ambas tuvieron éxito en su época y a través de su trabajo consiguieron alcanzar cierta fama, especialmente en Italia, sin embargo, tras su muerte, sus figuras se fueron diluyendo y, aunque en su país natal siempre quedase algún recuerdo, en el resto del mundo apenas aparecían como notas al margen de los libros de historia del arte.

Pero en poco más se parecen estas dos mujeres y esto es algo que la nueva exposición quiere que tengamos presente: “Sofonisba es el gran mito de mujer artista y sirvió como paraguas para todas aquellas que vinieron después, ya que representaba la referencia ‘digna’ de mujer artista, aunque ella nunca pretendió serlo, sino que se sirvió de la pintura en una campaña de promoción liderada por su padre para ocupar un lugar social importante”, nos cuenta Leticia Ruíz. Anguissola venía de una familia de aristócratas venida a menos en Cremona, cuyo padre tuvo la ‘mala fortuna’ de tener seis hijas y un solo hijo en una época en la que tener hijas significaba tener que darles una dote para casarse e incluso para entrar en un convento. Sofonisba tenía un talento artístico brillante, así que utilizó la pintura para convertirse en la dama de la corte más importante del momento: la corte de Felipe II. Sus capacidades, en este caso, le servirían para mejorar socialmente tanto su figura como la de su familia.

Lavinia Fontana (1552-1614) sería el polo opuesto: “Hija de un pintor, como Artemisa, cumplía con el perfil de la mayoría amplia de mujeres artistas: Fontana se formó en el ámbito familiar porque trascender lo doméstico era peligroso para el honor, la virtud y la decencia de las mujeres de la época, pero ella dio un paso más allá, porque fue la primera mujer que abrió un estudio propio”, explica la comisaria de la exposición. Fontana fue un caso fuera de lo común para la época, tanto en el espacio de lo público como en lo privado: su padre valoraba tanto su talento que, cuando le empezó a flaquear la salud y tuvo que buscar irremediablemente un marido para su hija, estipuló en el contrato matrimonial que marido y mujer debían vivir en la casa del padre para que Lavinia Fontana pudiera seguir haciendo uso de su taller. No solo eso, sino que, tras la muerte del padre, toda la familia Fontana ­–ella, su marido y los once hijos que tuvieron– siguieron viviendo de las habilidades pictóricas de Lavinia mientras que su marido se quedaba en casa cuidando de los niños, ocupándose de las tareas domésticas y ejerciendo de ayudante de su mujer. “Por lo que nos dice alguna crónica, el marido de Fontana fue objeto de escarnio y de burla por ocupar un papel que incluso, a día de hoy, muchos hombres se niegan a ocupar: el de reconocer la valía de su esposa y estar de soporte para ella”, nos cuenta Leticia Ruíz.

Lavinia Fontana

La obra de Lavinia Fontana, como su vida, también se salió de lo común: en la próxima exposición podremos ver incluso desnudos, algo casi impensable para la época puesto que las mujeres no podían recibir lecciones de anatomía de desnudos reales ya que se consideraba indecoroso e inapropiado. Por esta razón muchas artistas pintaron sobre todo bodegones y retratos. En este sentido, Fontana hizo la misma carrera que pudo hacer cualquier hombre de la época: “Lavinia pintó cuadros de grandes formatos, retratos, cuadros de historia, cuadros de altar de grandes dimensiones, pintura religiosa de pequeño formato y desnudos, incluso desnudos de gran atrevimiento”, explica la comisaria.

Recuperar a mujeres artistas a veces resulta complicado debido a la falsa atribución de algunas de sus obras, este fue el caso de Anguissola durante muchos años: “Algunos de los retratos que tenemos de Sofonisba Anguissola durante mucho tiempo han estado atribuidos a Alonso Sánchez Coello, que era el retratista oficial, mientras que el papel que ella ocupaba en la corte era el de dama de Isabel de Valois”, explica Leticia Ruíz. De nuevo, hay que entender el contexto histórico: ser dama de la corte era todo un honor y, aunque Sofonisba hubiese sido requerida por sus dotes pictóricas para enseñar a Isabel de Valois, no podía recibir un estipendio por ocuparse de pintar y, de hecho, hubiese sido incluso una afrenta para una mujer de su posición.

Se sabe, sin embargo, que Sofonisba continuó pintando y envió algunos retratos cuando todavía se encontraba en España, lo cual hizo que cosechase una fama que le valdría un nombre de regreso a su país natal: “Tras su muerte, poco a poco todo eso se pierde, no tanto en Italia, pero sí en España, donde Sofonisba no había firmado nada”, explica Leticia Ruíz. No fue hasta los años cuarenta del siglo pasado cuando varios estudiosos españoles señalaron que algunos de los retratos atribuidos a Coello tenían un estilo pictórico distinto y, valiéndose de datos y de crónicas de la época, comenzaron a pensar que aquellas obras pertenecían en realidad a Sofonisba Anguissola.

Sofonisba Anguissola

La cronología de las mujeres artistas: una deuda de museos y universidades

Reivindicar a las artistas que los museos olvidaron en sus almacenes y las universidades no incluyeron en sus temarios es casi una deuda por saldar para quienes ahora tienen el poder de redescubrírnoslas desde las instituciones. En los últimos tiempos, ha habido un interés creciente por conocer –y reconocer– la historia de mujeres del pasado que se valieron de las artes para posicionarse casi al mismo nivel que sus coetáneos masculinos pero, como bien explica Leticia Ruíz, no se trata solamente de mostrar a “señoras que pintaron”, sino de contextualizarlas de la misma manera que se ha hecho con los artistas masculinos y ponerlas en valor como artistas diferentes entre sí, no como anomalías, para no meterlas en una nota a pie de página que explique que también algunas mujeres se pusieron ante un lienzo.

“Recuperar las obras de muchas mujeres es una reflexión colectiva”, explica la comisaria de la exposición, “y es una labor necesaria que se debe hacer por parte de los museos y las universidades”. Hace años, figuras como Artemisa Gentileschi, Sofonisba Anguissola o Lavinia Fontana ni siquiera aparecían en los libros de Historia del Arte, más allá: ni siquiera se explicaba que hubo mujeres, aunque fueran pocas, que se dedicaron a la pintura. Hoy todavía cuesta encontrarlas. Siempre existirá la crítica de que ahora se está pecando de sobrerrepresentación o de exceso, pero teniendo en cuenta los años de olvido, de falsas atribuciones y de reposo en los almacenes de grandes museos nacionales, tan solo les están cediendo el espacio que les era merecido.

La exposición Historia de dos pintoras: Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana se inaugura el próximo 22 de octubre en el Museo del Prado.

Las futbolistas de élite llenan el Wanda pero no llegan a fin de mes

7 mayo, 2019

Fuente: http://www.publico.es

A pesar de existir un convenio colectivo que regula el sector, las futbolistas de élite no están incluidas en él. La negociación de un convenio específico, en punto muerto desde hace meses, mantiene a estas deportistas sin derechos fundamentales.

Estadio Wanda Metropolitado lleno para ver el encuentro del Barcelona y el Atlético de Madrid de fútbol femenino / fuente: Atlético

Estadio Wanda Metropolitado lleno para ver el encuentro del Barcelona y el Atlético de Madrid de fútbol femenino / fuente: Atlético

Las más de 60.000 personas que este fin de semana abarrotaron el Wanda Metropolitano para ver un partido de la liga femenina de fútbol entre el Atlético de Madrid y el Barcelona, hicieron historia. Es la primera vez que tal cantidad de aficionados se reúnen en un mismo estadio para contemplar un partido de fútbol de la liga femenina. Sin embargo pocos de ellos eran conscientes de que contemplaban un evento en el que gran parte de sus protagonistas no tienen ningún derecho laboral reconocido. Ni siquiera, en muchas ocasiones, un sueldo digno garantizado.

Según estimaciones del sindicato AFE (Asociación de Futbolistas Españoles), un 49% de las mujeres futbolistas de élite no cobran un sueldo y otro 31% cobran menos de 500 euros al mes. Esta discriminación, explican las expertas, se debe a que no existe un convenio colectivo que regule su participación ni sus derechos en el mundo del deporte.

Si bien existe un convenio colectivo firmado en 2015 que regula la “actividad del fútbol profesional”, éste sólo se aplica al fútbol  masculino de primera y segunda división, pero no a los equipos femeninos de élite. El documento regula, entre otras cosas, los sueldos mínimos (6.500 euros mensuales para los jugadores de primera división y unos 4.000 para los de segunda, que se actualizarán con el IPC año tras año), las primas por partido, las jornada laboral, las vacaciones y las bajas por lesiones. A pesar de que la ley de Igualdad en su artículo 29 consagra el principio de igualdad real y efectiva entre mujeres y hombres en el deporte, la realidad es que las mujeres que se dedican a los deportes de élite no tienen reconocidos los mismos derechos al no ser consideradas como profesionales.

Por ello, desde hace algo más de un año, se está negociando un convenio colectivo específico para las mujeres en el fútbol profesional, que, aunque ha conseguido algunos avances, sigue con bloqueos que  por ahora parecen insalvables. Entre ellos, la exigencia de los sindicatos de que los derechos que se negocien tengan carácter retroactivo. Según fuentes de la AFE, al principio de las negociaciones se pidió que esta retroactividad fuera desde el inicio de la liga 2018/2019, petición que podrían rebajar a que se reconozcan estos derechos desde principios de 2019, es decir, media liga.

“Hay muchos clubes que no tienen a todas las jugadoras con licencias de profesional y se dan casos que en el mismo equipo hay jugadoras con distintos horarios. Unas pueden tener reconocidas 30 horas, mientras que otras de sus compañeras sólo tienen 10 a la semana, lo que en la élite resulta muy extraño, porque eso no cubre ni siquiera los desplazamientos“, afirma María José López, asesora jurídica de la AFE.

No sólo el sueldo es importante. No tener un convenio colectivo reconocido supone que no estén reguladas las bajas por lesiones, ni los embarazos y las bajas por maternidad, ni las vacaciones…

“No tienen jornada laboral ni retribución establecida. Tampoco obligación de cotizar a la Seguridad Social porque no es obligatorio el contrato”, explica Vanesa Barco, responsable de Igualdad de UGT. “Muy pocas de ellas tienen jornada completa y a día de hoy no tienen reconocido ningún tipo de protocolo de embarazo o lactancia, ni de acoso sexual ni moral. No hay nada regulado. Por eso es clave salvaguardar todo eso con la negociación de un convenio colectivo”, añade.

Según diversas fuentes consultadas, las negociaciones hacia un convenio colectivo para el fútbol femenino marchan lentas, con algunos acuerdos y algunas cuestiones que frenan su avance. Se han conseguido llegar a entendimiento en lo  relativo a los protocolos sobre maternidad y lactancia y sobre conciliación y acoso (tanto sexual como moral). Sin embargo, lo que se refiere a fijar un sueldo mínimo (se barajan propuestas de que este sea de entre 14.000 y 20.000 euros anuales), el pago del 100% de las bajas laborales o, sobre todo, la exigencia de los sindicatos de retroactividad en todos los derechos, mantiene el convenio en un punto muerto.

Intereses económicos

Es difícil entender esta negociación de derechos básicos y los escollos para alcanzar acuerdos, sin tener en cuenta los intereses económicos que están en juego. La clave, tal como  explica Mar Mas, presidenta de la Asociación para Mujeres en el Deporte Profesional (AMDP), “es una larga batalla entre La Liga y la Federación de Fútbol por los derechos audiovisuales, que no beneficia a las jugadoras”.

Iberdrola (quién financia la liga de fútbol femenina), en la apuesta que hizo por el fútbol femenino, “dio una financiación a los clubes para diversas inversiones, que principalmente se utilizan para pagar las retransmisiones de los partidos, siempre utilizando su logo, para que pueda recuperar un 90% de la inversión a través de la ley de hacienda”.  Explica Mas. Y este es un negocio muy jugoso.

“Es muy bonito llenar el Wanda, sobre todo cuando haces caja. Pero el problema sigue siendo el mismo. Ni este Gobierno, ni el anterior se atrevieron a aprobar un decreto ley que que obligara a aplicar la ley de Igualdad de forma inmediata en el tema del deporte. Imagina que quisieras abrir un bar y a los camareros sí les puedes hacer contratos, pero a ellas no. En esas estamos en el deporte de élite“, afirma Mas.

“No están en el convenio que existe para los hombres, porque a nadie le interesa, porque hay mucho dinero en juego. Ahora que la UEFA ha mostrado su interés en el fútbol femenino, es cuando los clubes se están poniendo las pilas, pero no en beneficio de las jugadoras, sino en el suyo propio”, añade.

Estoy muy contenta de que cerca de 70.000 personas hayan llenado el estadio. Pero lo que de verdad me hubiera gustado es que las jugadoras hubieran llegado, se hubieran sentado en el césped, hubieran desplegado una pancarta que dijera: no tenemos sueldo, no tenemos convenio y hasta aquí hemos llegado. En ese momento se hubiera firmado el convenio. Pero como siguen jugando todo está parado. Hasta que no se planten no habrá acuerdo”, concluye Mas.

La amenaza feminista

28 abril, 2019

Fuente: http://www.eldiario.es

Primero creyeron, y con razón, que era una corriente minoritaria sin la fuerza necesaria para provocar grandes cambios. Después la vieron crecer, pero desde su atalaya de superioridad masculina se autoconvencieron de que solo estaban ante una travesura pasajera de “las chicas”. El 8 de marzo del pasado año terminaron las risas y las bromitas. Ese día llegó la preocupación. La marea morada provocó en ellos un tsunami de terror.

El feminismo constituye, a día de hoy, la mayor amenaza para quienes tratan de mantener el penúltimo gran dique de contención de ese océano llamado igualdad. Ya rodeados por las aguas siguen en pie, amenazantes, otros muros, como el del racismo. Sin embargo, es la pared del patriarcado la única que continúa deteniendo el avance de las olas. La única aparte del, mucho me temo, infranqueable muro final: el económico.

Muchas mujeres han sufrido e incluso han muerto, parafraseando al añorado maestro Labordeta, por empujar ese día… “para que pueda ser”. A todas ellas, creo, debemos recordarlas en una jornada histórica como la de hoy y, muy especialmente, a aquellas valientes luchadoras que lograron la aprobación del sufragio femenino y otros avances muy significativos para la época durante la II República. Mujeres, muchas de las cuales, tal y como escribí hace justo un año todavía siguen enterradas en las cunetas.

El día en el que caiga ese penúltimo dique, aunque lejano, estará un poco más cerca después de este 8 de marzo. Ahora ellos sí lo saben y por eso su reacción será cada día más virulenta. Ahondarán en la criminalización y la ridiculización del movimiento. Seguirán banalizando y tergiversando sus mensajes. Buscarán la división entre las mujeres. Seguirán metiendo sus caballos de troya, tal y como describían magistralmente Elisa Beni Rosa María Artal en esta misma tribuna.

Pasear autobuses por España con el rostro de Hitler resulta insultante para las mujeres y hasta para las víctimas del Holocausto, pero no pasa de ser una ocurrencia tan repugnante como ineficaz. El peligro radica en que la involución se venda, como ya se está intentando vender, como liberación. El objetivo de quienes se niegan a perder sus privilegios pasa por darle la vuelta a la tortilla y hacer pasar al feminismo por totalitario y a esa cosa que algunas llaman “feminismo liberal” por liberador.

Aún están lejos de perfeccionar su discurso porque han sido demasiados años pensando que el lugar de sus parejas estaba en ese cuarto extraño repleto de humo, fogones y cacharros. Por eso, mientras se les llena la boca de igualdad, aún transitan por los mismos senderos: explicando a las mujeres lo que llevan en su interior cuando están embarazadas o interpretando que la verdadera libertad la consigue aquella mujer que vende su vientre al mejor postor.

Feminismo es sinónimo de igualdad. Solo un machista o un ignorante puede mantener que el movimiento feminista pretende la supremacía de la mujer y el sometimiento del hombre. El supuesto feminismo teledirigido por quienes no creen en él no deja de ser una versión actualizada de lo que en los tiempos oscuros del dictador se llamaba feminidad.

“Formad familias porque necesitamos más españoles”, “en lugar de abortar, tened niños”, “alquilad durante nueve meses vuestros cuerpos”. Es lo de siempre… son los de siempre con una capa más o menos fina de maquillaje. Ellos os tienen miedo, muchos otros os vemos como la única esperanza.

Tremenda Jauría, sonidos para perrear contra el patriarcado

20 abril, 2019

Fuente: http://www.eldiario.es

A los periodistas culturales las etiquetas nos sirven para organizar tendencias o sensibilidades. A veces, sin advertir que el gesto no solamente nos afecta a nosotros: son un cajón que cada vez que se abre contiene cosas distintas que alguien ha metido ahí sin permiso de nadie.

En algún momento, a Tremenda Jauría les pusieron la etiqueta de ‘reguetón feminista’ y estas cuatro jóvenes de Madrid, que habían saltado a los escenarios de toda España en 2015 con el álbum Mordiendo, pasaron a formar parte del panorama nacional. Aunque se les pusiese en un cajón que no terminaba de cuadrar con su trabajo.

Tremenda Jauría es un colectivo feminista que defiende que se puede “perrear por un mundo nuevo”. Sus conciertos son espacios seguros para las mujeres y tienen asumida una actitud punk descarada y juvenil. Transitan entre la cumbia, el tropicalismo, la electrónica bailable, el rap y todo tipo de sonidos urbanos. Son algo más que ‘reguetón feminista’. Y ahora publican IV,  un álbum llamado así porque es el número de integrantes de la banda, el de mujeres que forman su equipo de técnicas debajo del escenario, el de años que han pasado desde que lanzaron su primer disco y el cuarto trabajo del grupo.

Compromiso con autotune

“Todo empezó porque tres de nosotras vivíamos juntas, a todas nos gustaba la música urbana y nos apetecía contar lo que nos pasaba, lo que vivíamos en nuestros barrios”, cuentan a eldiario.es sobre el proyecto. “Un día surgió la idea de hacer una canción para celebrar el aniversario de la casa. Y nació Tremenda“.

“De repente montar un grupo era factible. En nuestra mente siempre había sido una idea difusa pero hicimos aquello y parecía que tenía sentido darle forma. Así que dijimos: pues pa’lante”, explican. “¿Qué mejor que hacer música con gente que quieres y ver cómo los demás conectan con tu concepto? Vimos que funcionaba y nos venimos arriba”, bromean.

En cuatro años han publicado los álbumes Mordiendo, Cuentas pendientes,  Codo con codo y el que ahora nos ocupa. Han hecho temas colaborando con Fermín Muguruza, Kumbia Queers, Zoo, Sara Hebe, Jazzwoman y Arianna Puello. Se han recorrido el mapa en furgoneta y han compartido escenario con Kase.O, SFDK, Mafalda, Txarango, La Raíz y casi cualquier grupo de la escena del rap, el punk y el rock patrio.

“Ha pasado mucho tiempo en muy poco”, confiesan. “Cuando empezamos con esto surgimos con cero referentes porque no había nada en nuestro entorno cercano que sonara como nosotras queríamos sonar”. Según ellas, antes hacían algo “más punki”. “Nos gustaba eso de no tener filtros y tirábamos con cualquier cosa. Ahora somos más conscientes de que esto tiene cierta repercusión y nos lo tomamos más en serio”.

La repercusión se torna innegable cuando uno se para a escuchar. El tema Esta nocheque acumula más de un millón de reproducciones en YouTube, sonaba en manifestaciones del 8M como si de un himno se tratase y de hecho participaron en la creación de la canción oficial de la convocatoria. Hazme una perdida suena en todos los programas de Radiojaputa dado que abre el consultorio, y conciertos suyos animan celebraciones de Carne Cruda.

Todo sin perder un ápice de actitud ni de discurso. Dicen que hacen cumbiatón –una mezcla de cumbia y reguetón– insurgente. Se declaran feministas y anticapitalistas. Y no reniegan de su cultura de barrio: son de Carabanchel, graban y producen en un estudio local. De hecho, su último videoclip, Akelarre, se rodó en el madrileño barrio de Opañel con jugadoras de la liga de fútbol femenino de I.D.M La Mina y Casco Antiguo, coreografía de Susu Queen y la participación de Paloma Freestyle, campeona nacional de fútbol de estilo libre.

“Nuestros conciertos son espacios seguros para las mujeres”, dicen. “Al principio, siempre se nos acercaban chicas a decirnos que se habían sentido libres por primera vez perreando en la pista”, cuentan. “Hemos aprendido a generar un ambiente feminista y respetuoso”.

También sin una pizca de ansias de protagonismo: siempre visten máscaras de gas para hacer del anonimato un juego político y ser así –en conjunto– Tremenda Jauría. “Las llevamos porque no nos gustaba la idea de personalizar el proyecto: queremos hacer hincapié en el mensaje, no en las mensajeras”.

Feminizar la industria musical paso a paso

Cuando Tremenda Jauría empezó a colarse en carteles de conciertos y festivales, el panorama musical español distaba de ser igualitario. Aún es mayoritariamente masculino. Basta hacer una comparativa de los grupos que llenaban un espacio como el Viña Rock de Villarrobledo en 2015: de casi cien grupos musicales, solo tres estaban encabezados por una mujer –Mala Rodríguez, Ana Tijoux y Canteca de Macao–. La práctica totalidad de los músicos y técnicos eran hombres.

“Hace falta feminizar la industria”, opinan. “Nosotras hemos lidiado con eso desde que empezamos y no parece que haya mejorado demasiado”. De hecho, según su experiencia, “la mayoría de los trabajadores del mundillo no saben relacionarse con mujeres en esos ámbitos porque no hay tradición ni voluntad. Es un mundo no mixto de tíos, desde el regidor hasta el técnico de luces. Eso sí, luego la del catering es mujer”.

Cuentan que hace un tiempo en un concierto en Ávila les dijeron que qué tipo de grupo eran porque las chicas estaban cargando los amplificadores. “Joder, pues un grupo en el que hay chicas, que tontería”, contestaron. Y como esta tienen innumerables historias, así que la situación tiene poco de anecdótica. “Nuestra filosofía es una contestación a esto: nuestra técnica de luces, de sonido, road manager  y en general nuestro equipo son todo mujeres”, aseguran. Con todo, admiten que les costó encontrar a profesionales en estos ámbitos laborales, “pero aunque sea difícil tienes que poner de tu parte para que se generen dinámicas más inclusivas”.

Había un déficit de música feminista y ellas, junto a muchas otras iniciativas musicales, empezaron a trabajar en equilibrar la balanza. “Tampoco es que partiéramos del vacío ni que inventásemos nada. Veníamos de muchos referentes”, aunque estos no se encontraban cerca. “Aquí no había nada parecido a lo que hacíamos pero nos molaba mucho Kumbia Queers o Miss Bolivia“, cuentan.

Tremenda Jauría surgió en Madrid, pero músicas combativas sonaban en otras muchas latitudes. Ellas mismas citan algunos ejemplos más: “Zoo es un rollo distinto a nivel musical pero también plantea un concepto parecido al nuestro. O las Tribade que también tienen esa onda”, enumeran. “Digamos que de repente empieza a haber una escena con grupos que comparten un discurso que hasta ahora pertenecía más a la escena punk rock”.

Gracias a proyectos como el suyo, la diversidad musical pierde el miedo a significarse políticamente, de forma activa y optimista en los escenarios de toda España. Con ellas, el cambio hacia una sociedad más feminista suena a cumbia, a ritmos tropicales que empoderan desde el barrio, la cultura obrera y el movimiento de cadera. ¿Quién dijo que no se podía bailar contra el patriarcado?

Tremenda Jauría durante la promoción de su último dicos: 'IV'
Tremenda Jauría durante la promoción de su último dicos: ‘IV’. Foto: La trinchera comunicación.

100 mujeres y sus vulvas

29 marzo, 2019

Fuente: http://www.publico.es

La artista Laura Dodsworth reúne en ‘Womanhood: La Realidad Desnuda’ las fotografías de cien vulvas y la historia de las mujeres que han posado para ella. Su objetivo, reivindicar una zona tan desconocida del cuerpo femenino -incluso para nosotras mismas- y “ayudar a las mujeres a sentirse más seguras y poderosas”.

Fotografía de la artista Laura Dodsworth trabajando.

Fotografía de la artista Laura Dodsworth trabajando.

Hace unos días, un ejemplar de ‘Womahood’ encima de una mesa alrededor de la que había un decena de personas sentadas generó un intenso debate. Había hombres y mujeres de distintas edades, condición y nacionalidad. Este experimento sirvió para comprobar su reacción al ver fotografías de vulvas en primerísimo plano. Hubo quien al hojear el libro reaccionó con sana curiosidad pero también hubo caras de asombro y disgusto, pronunciándose cosas como “¡qué desagradable!” o “¿qué sentido tiene esto?”.

Como la propia Laura Dodsworth cuenta, “ninguna parte del cuerpo inspira amor y odio, y miedo y lujuria de la misma manera que la vulva”. Ese mundo de contrastes en torno a ella -entre lo que se ve y lo que es en realidad; entre lo que se piensa y lo que se dice de ella-, fue una de sus motivaciones para poner en marcha este proyecto de fotografiar y entrevistar a cien mujeres sobre sus vulvas, vaginas y su experiencia de ser mujer: “Nuestro principal punto de referencia es el porno en internet. Por eso las mujeres, especialmente las jóvenes, se comparan con una vulva pulcra, suave, rosada y ‘perfecta’. Pero las tenemos de todas las formas, tamaños y colores; ninguna es igual a otra”.

Ese es uno de los primeros tabúes con los que rompe este libro: mostrar a mujeres reales. De hecho, para muchas de ellas ésta ha sido su primera vez: “Como las vulvas están escondidas y son tan misteriosas nos cuesta vérnoslas a nosotras mismas”, cuenta Laura. “Hay mujeres que han visto la suya por primera vez en el visor de mi cámara. Para algunas no fue gran cosa, las hay que comentaron lo bonita que era y otras me preguntaron si eran normales. Aunque se hubieran visto antes en un espejo, mirar una fotografía es mucho más claro. Lo sé ¡por mi propia foto!”. Porque para vivir de verdad la experiencia, Laura se ha convertido en una de esas 100 mujeres de entre 17 y 99 años que formaron el casting: “Busqué mujeres de todas las edades, tipos de cuerpo, etnias, sexualidades, experiencias de vida, géneros”.

El segundo tabú sobre las vulvas que Laura rompe es hablar abiertamente de ellas, algo que no sólo se comprueba leyendo el libro, también viendo ‘100 Vaginas’, el programa de Channel 4 en el que se muestran la elaboración de las fotos y los testimonios a cámara de algunas protagonistas: “Las entrevistas son el corazón del proyecto”, confiesa. “Tuve acceso a los ‘grandes temas’: placer, dolor, vida, muerte… “.

“Con 16 años no pensaba en mi placer sexual, sólo en satisfacer a mi novio”

Estas cien mujeres hablan abiertamente, por ejemplo, de cómo es el sexo para ellas. Está la que cuenta que “nunca tuve un orgasmo hasta que conocí a mi marido; creo que porque con él estaba enamorada”. Y la que confiesa: “con 16 años no pensaba en mi placer sexual, sólo en satisfacer a mi novio; hoy me gusta explorar distintas maneras de practicar el sexo”. Otra se ríe de los tabúes: “Como mujer gorda sólo me está permitido ser divertida, madre o fetiche sexual, pero mi gordura también me da libertad porque la gente no me mira por la calle como algo sexual”. Y también está la que se define como heterosexual pero sin mucha convicción porque a los 47 años sigue siendo virgen: “Hay un estigma en torno a ser virgen, como un albatros sobrevolando tu cabeza; pero tener sexo y que alguien se burle de mí es mi peor temor”.

Algunas hablan de la masturbación -“Hay mucha vergüenza en torno a ella pero si no sabes identificar lo que te gusta, ¿cómo vas a comunicarte con tú pareja?”- y de cómo y cuando les gusta masturbarse: “en la bañera”, “por la mañana”, “al final del día”, “a veces dos veces al día”. “Amo a la mujer de 77 años que dice que le encanta masturbarse ¡Quiero una menopausia como esa, por favor!”, confiesa Laura. Una de ellas reconoce su miedo a perder el periodo “porque temo perder mi atractivo sexual. Sé que no suena muy feminista pero es la verdad”.

Las que son madres también hablan de ello: “Mi vagina es algo increíble que me proporciona cosas increíbles como poder dar a luz” y está la que desvela que “tuve un orgasmo mientras daba a luz”.

“Temo perder mi atractivo sexual. Sé que no suena muy feminista pero es la verdad”

También hay historias terribles: “Tenía 7 años cuando vino una mujer a casa y me quitaron el clítorix y los labios. Literalmente sólo me dejaron un agujero para que pudiera orinar y tener el período. Aquello me arrancó la infancia”. Otra cuenta que tuvieron que extirparle la vagina debido a un cáncer: “siento mi vulva mutilada pero ambas estamos dispuestas para un nuevo comienzo” y una tercera a la que su propio marido le practicó un aborto sin estar ella de acuerdo.

Para Laura, ’Womanhood’ supone la ultima parte de un tríptico porque hace años hizo lo mismo con otros tantos pechos en Realidad Desnuda  y tras ello con un centenar de penes en Manhood. “Después de aquello me describieron como una ‘campeona’ para los hombres y sus penes y me pregunté cómo no había hecho lo mismo por las mujeres todavía”. Sobre las diferencias con estos dos proyectos, Laura comenta: “Las fotografías de las mujeres tienen un sentimiento más íntimo. Los penes son claramente visibles pero solo los amantes y el personal médico tienden a ver vulvas, por eso son más vulnerables e íntimas”.

Sobre el debate que genera su libro, por su enfoque y su personalidad, declara: “Es interesante que haya polémica. Millones de personas ven porno por internet todos los días pero las fotografías no sexuales de mujeres, tomadas por una mujer, para mujeres (y hombres) resultan impactantes. Debemos preguntarnos por qué los cuerpos de las mujeres están mucho más vigilados y cuestionados que los de los hombres. Las vulvas sólo se entienden en un contexto sexual pero son algo más que eso y son nuestras. ¿Es eso polémico?”.

La conclusión la da ella misma: “Es hora de reclamar nuestra condición de mujer, en nuestros términos y en nuestras palabras”.