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Magia y compasión

10 abril, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Creo que Guillermo del Toro ha logrado su obra maestra, en la que todo funciona.

Tráiler de ‘La forma del agua’.

En todo el cine de Guillermo del Toro, ese hombre adulto que nunca ha perdido la pasión y la fidelidad al cine, las historias, los personajes, los ambientes y las ensoñaciones que le fascinaron desde niño, existen convicciones que nacen en la infancia, aplicables al cine y a la vida. Los espectadores pequeñitos teníamos muy claro (y quiero pensar que a los actuales les ocurre lo mismo) que en cine existían los buenos y los malos y, por supuesto, desconocíamos el significado del maniqueísmo ni falta que nos hacía. Y ganaban los buenos. Posteriormente el cine y la vida te demostrarán que existe algo llamado matices, que además del blanco y el negro hay más colores, que son intercambiables, y que en el mundo real casi siempre vencen los malos.

Su cine sería siempre identificable aunque no apareciera la firma. Hay faunos enternecedores y dragones salvajes (algunos de ellos con apariencia humana), gente acorralada y sola que busca un refugio y que solo se lo proporcionará su imaginación, historias de terror conviviendo con una poética muy personal, un tono y una atmósfera que remiten a películas de otro tiempo.

Reconociendo la singularidad de su obra, sospechando que cada que vez que escribe y rueda siente un embeleso similar al de los críos con sus juguetes, que su relación con el cine viene marcada por el corazón, nunca por el mercenariado o la calculadora, que su huella es igual de poderosa y auténtica con los grandes presupuestos y con el posibilismo, ruede en México, en España o en Hollywood, hay películas suyas que me gustan mucho y otras menos. Hasta ahora, mis favoritas eran El laberinto del fauno y La cumbre escarlata. Con La forma del agua creo que ha logrado su obra maestra, en la que todo funciona. Me fascinan sus imágenes, me preocupa el presente y el futuro de sus atribulados personajes, me creo algo tan irrazonable como el romance (abarrotado audazmente de sexo en un presunto cuento de hadas) entre el sufriente monstruo anfibio y la muda que jamás perdió la pureza, me da mucho miedo el villano, me empapo sin esfuerzo de esa atmósfera tan insólita, me transmite emoción, sentimiento y magia. Y puedo entender ante la arriesgada y poética fabula que ha filmado Guillermo del Toro que determinados espectadores la encuentren irreal e incluso ridícula. Pero no estoy dispuesto a discutir con nadie sobre ello. O entras, o te quedas fuera. No hay términos medios con esta extraña película. En cualquier caso, no quiero imaginármela doblada.

Mi cuelgue es inmediato con esa protagonista tan poco glamurosa. No solo es muda. Tampoco es guapa. Se despierta en plena noche para ir a fregar y a limpiar en unos inquietantes laboratorios gubernamentales durante la Guerra Fría. Se masturba ritualmente en la bañera. Se dirige en un autobús muy triste a su rutinario trabajo. Pero no maldice su suerte ni reniega del mundo. No se siente sola ni desamparada. Sonríe mucho y llora poco. Porque hay dos personas tan perdidas como ella que son sus amigos, una compañera de trabajo que la protege y un anciano homosexual, artista y casi siempre desolado, al que ella cuida y mima. Le basta para seguir tirando. Esa perdedora también posee algo luminoso. Está dispuesta para embarcarse en la aventura más irracional, comenzar un amor con un monstruo que es mucho más humano que aquellos que le recluyeron y esclavizaron.

Esta película habla de la compasión, del calor que se pueden otorgar los marginados, de la capacidad de amar en las circunstancias más duras. Lo cuenta con un lenguaje visual admirable, retratando sensaciones.

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‘La forma del agua’, un cuento de hadas para princesas sin voz y príncipes feos

31 marzo, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Virginie Despentes escribe en Teoría King Kong “desde la fealdad y para las feas, las viejas, las frígidas, las camioneras, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica”. Un mercado que ha nutrido a los cuentos de hadas desde el principio de los tiempos.

Lo que vienen a decir, en resumen, es que la mujer que no haya sido bendecida con los tres dones de la belleza, de la dulce voz y de hablar con los animales del bosque, no conseguirá un príncipe azul.

Guillermo del Toro ha creado un cuento para los marginados que no encajan en esa fantasía dictatorial. Un Frankenstein romántico que mezcla distintos clásicos del cine con fábulas literarias y cuyo resultado, aun sonando repetitivo, conmueve por su realismo mágico.  La forma del agua funciona por acumulación, y eso es algo que no se puede permitir cualquier director con elementos tan estereotipados como los de esta película.

Hay un malo muy malo; una chica rarita que resulta ser profundamente elocuente sin necesidad de hablar; una mujer negra que aúna en su trama todos los prejuicios de raza, clase y sexismo de los años sesenta; y un artista homosexual que ha perdido su trabajo por serlo. Por último, el galán anfibio, un plagio confeso del Monstruo de la Laguna Negra de 1954.

Nada de esto importa. Porque las múltiples y descaradas referencias de La forma del agua son en realidad un homenaje desinteresado al sexto y al séptimo arte. Del Toro no ha vendido su historia de amor como la más original, pero ha cuidado tanto los detalles que deja en el espectador un regusto de peculiaridad.

Elisa (Sally Hawkins) tiene por costumbre hervir tres huevos y masturbarse en la bañera cada noche antes de ir a trabajar. Por una extraña lesión en el cuello, es muda, lo que le proporciona una habilidad excepcional para escuchar a diario las quejas de su charlatana compañera Zelda (Octavia Spencer). Ambas son empleadas de la limpieza del turno de noche en un cetrino y monótono laboratorio científico de la Guerra Fría.

Todo cambiará para ellas cuando los científicos lleven al “activo más sensible que se ha alojado en la instalación”, un ser anfibio procedente del Amazonas y al que explotarán con crueldad para convertirlo en un arma de guerra contra los rusos. En ese momento ocurre justo lo que imaginamos: Elisa y el hombre pez se enamoran, pero al menos de una forma que subvierte las dinámicas románticas y algo casposas del cine. Es ella -por fin- la que corteja y rescata a su príncipe de una cápsula blindada de cristal.

La chica muda se siente ligada al monstruo por una fuerza magnética más intensa que la del flechazo peliculero de Hollywood: el rechazo de la sociedad. Ambos con dificultades para expresarse en un mundo que prefiere dar gritos antes que escuchar y que margina con saña al diferente, se enamoran más allá de las apariencias.

Frente al ruido y los golpes de los científicos, ella se acerca a la criatura través de la música de Glenn Miller, de la comida y de una versión muy básica de la lengua de signos. Pero no habría tensión sin drama y, como en toda buena fantasía, siempre hay un malo que se encarga de estallar las burbujas de corazones.

Michael Shannon y Sally Hawkins
Michael Shannon y Sally Hawkins

Moraleja poco panfletaria

Respecto al resto de secundarios, el personaje de Michael Shannon es sin duda el más caricaturizado y a su vez el más oportuno. El jefe de la operación anfibio es un tirano de manual, conservador, clasista, sin miedo a la muerte y machista hasta el tuétano. Tortura al anfibio hasta hacerle sangrar (aunque pierda algún dedo en el intento), se ríe de los negros de su laboratorio y encuentra una depravada atracción en la mudez de Elisa.

En definitiva, es el hombre blanco viril que se cree superior a todo lo que no sea un hombre blanco viril, y lo demuestra intimidando con insultos, acosando sexualmente o dando golpes a diestro y siniestro. Seguro que nos vienen a la mente varios símiles actuales.

Hay un par de escenas especialmente elocuentes en las que la mirada desquiciada de Shannon consigue infundir el miedo digno de una película para adultos y endurece el tono fabuloso del resto de la cinta. Pero lo cierto es que basta con rascar bajo  la preciosa fotografía de Dan Laustsen para encontrar otras moralejas útiles en los tiempos que corren.

Richard Jenkins como Giles junto al hombre anfibio
Richard Jenkins como Giles junto al hombre anfibio

A título personal, el personaje de Giles, interpretado por Richard Jenkins, es el que hila más fino. Este artista gráfico sexagenario y gay es mucho más que la figura del eterno castigado por su homosexualidad, pues también, en apenas unos fotogramas, habla del apoyo entre almas solitarias, del paso del tiempo, de la vanidad perdida, del deseo por alguien más joven y de la emoción por sentirse correspondido.

A modo de anciano de los huesos de cristal de Amèlie, Giles representa la complicada mezcla de bálsamo cómico y rol lacrimógeno. Junto al de Octavia Spencer, son los dos papeles que interpretan a Elisa para el espectador, que la protegen y la ayudan desde su posición marginal. Porque La forma del agua no es solo un canto al amor, sino también a la amistad y a la falta de egoísmo que paradójicamente poseen los que menos tienen.

Guillermo del Toro apela a estos sentimientos universales engatusando la retina y el oído (con la BSO de Alexandre Desplat) del espectador. Es un cuento comprometido pero nada panfletario, y eso, por otra parte, es lo que lo hace poco memorable. Queda en cada cual identificar si ese es su peor defecto o la mayor de sus virtudes.

Que no hable ni Dios

11 febrero, 2018

Fuente: http://www.infolibre.es

Publicada 06/12/2016 a las 06:00Actualizada 06/12/2016 a las 11:08  

Bueno, Dios sí. De las subvenciones que recibe la Palabra Revelada nunca hablan los que tanto gritan.

La polémica creada por el rescate de unas palabras que pronunció Fernando Trueba con motivo del estreno de su película La Reina de España significan el triunfo moral de la extrema derecha de este país. Un triunfo que viene avalado con la toma de sus consignas, de sus proclamas, por parte de la llamada “centro derecha”, que asume sus postulados suavizando las formas, con lo que se permiten decir las barbaridades a las que nos tienen acostumbrados desde “el respeto y la tolerancia”, ocupando un espacio que correspondería por sus reivindicaciones y su esencia a fuerzas extraparlamentarias. Lo mismo ha ocurrido en Francia con Fillon, el nuevo candidato a las elecciones presidenciales de 2017. Se ha celebrado mucho su victoria cuando sus planes en poco o nada difieren de los del Frente Nacional, salvo que estos los plantean con una retórica visceral cuya puesta en escena implica una militancia que sonroja a los republicanos franceses que ven en Fillon el justo término de lo que sería el signo de los tiempos.

Vengo de un mundo donde no existía, excepto para los fascistas, el “orgullo de ser español”. Era simple y llanamente una soberana estupidez. Algo totalmente ridículo, como la celebración cada 12 de octubre de “El Día de la Raza”. Nosotros, precisamente nosotros, los españoles, que llevamos cien sangres encima, si es que de pedigrí hablamos, incluidas las que más joden al español “de verdad”, la judía y la mora. Entonces, algunos, no adictos al régimen, ya proclamaban que sólo existía una raza: la raza humana. La raza española no vendía fuera del mercado de los patriotas que sostenían que los extranjeros del norte, esos decadentes demócratas, nos tenían envidia porque estaba demostrado que, sexualmente, éramos más potentes. Se reivindicaba como marca el latin lover.

Tampoco se paseaban los ciudadanos con la gloriosa enseña nacional por la calle con tanta alegría como ahora, salvo grupos de uniforme que pegaban a los que no les siguieran el juego o balbucearan al cantar los himnos que les reclamaran. Eso pasó hace tiempo, pero como todas las desgracias tuvo, curiosamente, un lado positivo: creó una ingente cantidad de ciudadanos, yo entre ellos, que repudiaban el nacionalismo español. Bueno, repudiaban y se acojonaban con él porque aquellos portadores de valores eternos que actuaban en manada pegaban palizas con total impunidad, al abrigo y protección de la Policía Nacional, que sólo aparecía si la cosa se ponía fea y el personal acorralaba a los matones para, paradójicamente, cascar a los agredidos y proteger a los fascistas. Esto no me lo han contado, lo ha visto mi menda varias veces. Durante una época todos los domingos en el Rastro de Madrid.

La consecuencia buena, como decía, fue que la usurpación de los símbolos “nacionales” por parte de la dictadura trajo consigo un antinacionalismo a celebrar. Yo, al menos, estoy muy orgulloso de ser un hijo de aquello.

Nunca me ha gustado cuando viajo a otros países ver a los jóvenes portando la bandera como un elemento ornamental fashion. Me parece un triste signo de alienación. Ocurría, especialmente, en los Países Nórdicos, sobre todo en Suecia, y en los EEUU. A mí, esta exhibición de la bandera, que cada vez se extiende más, siempre me ha parecido que lleva implícita el gen de la xenofobia. Tengo que reconocer que la única bandera que he lucido ha sido la Unión Jack por una cuestión estética: me gustan los mods.

Ahora que nos habían vendido que la bandera constitucionalista era de todos y que había que perder el pudor a pasearse con ella, esta polémica surgida en torno a aquellas palabras de Fernando Trueba, que no es tal sino una reivindicación del “espíritu nacional” digno de otros tiempos, demuestra por su sinrazón y sus formas que el “sentimiento nacional” y “el orgullo español” son chungos. Se le ha dicho de todo en los medios de comunicación afines al Gobierno, y en las redes sociales se le ha insultado de manera desproporcionada y deseado la muerte de diferentes maneras, la más curiosa ahogándose en el Mediterráneo, como los refugiados. Estos españoles “de verdad” le consideran una basura del calibre de los que vienen huyendo de la guerra con sus hijos y mueren por la indiferencia de los países ricos.

Si lo que pretenden es que Trueba recupere el sacrosanto orgullo de ser español, así no creo que lo consigan.

En fin, las opiniones menos viscerales se limitan a esgrimir los argumentos que ya sacó la derecha rancia española cuando el “No a la guerra” en torno a las subvenciones, así como llamando al boicot a la película y, para que luego digan que ese espíritu no lleva implícito el gen de la contradicción, por no decir de la estupidez: un ataque al cine español en su conjunto, con lo que demuestran poco amor por lo patrio.

Por supuesto, para rematar la faena, se despachan con consignas también características de los fachas de todo el mundo: se le invita a marcharse de España. Antes te mandaban a Moscú, ahora, como ya no hay telón de Acero, a las aguas del Mediterráneo.

Con tanto ruido se pierde la perspectiva de lo que ha ocurrido. Fernando Trueba es un artista y como tal tiene todo el derecho del mundo a pensar como le dé la gana, y a decir lo que quiera sin que pase nada. No es un cargo público que representa a todos los españoles, a los que le votan y a los que no, y está obligado a una normas, a mantener unas formas que, por cierto, estos señores del PP se saltan constantemente actuando desde sus cargos como hooligans de partido.

También los ciudadanos tienen derecho a expresar su rechazo ante sus declaraciones, pero creo que es desproporcionado que ante la manifestación de alguien que afirma no “sentirse español”, no tener “sentimiento nacional”, no tener “identidad cultural” y estar en contra de la creación de nuevas fronteras, que es lo que dice, entre otras cosas, en su discurso, tantos se hayan dado por aludidos y de una forma tan violenta y visceral que no hace sino ratificar que esto es sólo un síntoma de que algo grave está pasando. Es evidente que estos señores tan susceptibles no escuchan la radio por las mañanas, ni determinadas tertulias políticas donde en algunas emisoras y cadenas dicen a diario cosas gravísimas de personas con responsabilidades de gobierno, que van a afectar a sus vidas, a las de sus hijos, y que parecen no molestarles o, al menos, no se manifiestan con la vehemencia que lo hacen ante las declaraciones de un cineasta, hace un año, con motivo de la entrega de un premio.

Con respecto al dinero, tema que me atañe, porque a mí me llaman por la calle “millonario”, como si fuera un insulto, personas de apariencia pija, reclaman esos ofendidos patriotas que devuelva lo que ha ganado de los españoles que han pasado por taquilla. Creo que ignoran lo complicado que sería tal cuestión desde el punto de vista administrativo. ¿Debería devolver también lo que ha ganado con sus películas en Tailandia por no sentirse tailandés?

Indignado por esta jauría que no es más que un síntoma del retroceso en un derecho tan fundamental como es el de expresión, el domingo por la noche me fui a ver la película y no sólo entendí parte del origen de la campaña sino que no estoy de acuerdo con esa mayoría de críticas que la ponen a caldo. La película está muy bien. Me gustó mucho y reconozco que es difícil de compaginar lo que cuenta con el espíritu de sus detractores. Es una comedia que encierra un alegato a favor de la libertad, una condena de la dictadura y, sobre todo, una llamada contra la sumisión. ¿Hay una causa más noble?

Recomiendo que vayan a verla, queridos amigos. Entenderán el mundo del que venimos y también aquel al que nos quieren llevar. Y sobre todo la gran injusticia que se ha cometido con la película y su director.

Recuerdo que un profesor de la Universidad del País Vasco comentaba que lo peor de estar amenazado por ETA era que te quedabas solo. Debe ser el instinto de supervivencia el que llevaba a los otros a apartarse de él, o tal vez que no los relacionaran con el amenazado para no correr la misma suerte.

Desde luego es muy difícil que alguien que pretenda sacar adelante un proyecto pueda dar la cara en estas circunstancias por un compañero y eso, precisamente, es lo que se pretende: ¡Qué nadie hable!

Como digo, este estúpido circo que se ha montado en torno a Fernando Trueba no es otra cosa que la victoria moral de la extrema derecha en estos tiempos que corren.

Lo que ha pasado da más sentido todavía a esa película y demuestra que el daño que hicieron aquellos tiempos esta lejos de subsanarse.

Yo estoy con los de la película. Mi único orgullo es que nunca estuve en esa España de los vociferantes abanderados. Ni entonces ni ahora me echaron el lazo.

‘Manchester by the sea’: el peso de la vida

10 enero, 2018

Fuente: http://www.elmundo.es

Fotograma de la película 'Manchester frente al mar'.

Fotograma de la película ‘Manchester frente al mar’.

LUIS MARTÍNEZ

¿Qué es la realidad? No esperen que una simple película dé con la clave a la más grave de las cuestiones. Lo que no ha respondido sin contradecirse la Historia de la Filosofía, no quieran que se lo resuelva en poco más de dos horas Kenneth Lonergan. De hecho, y para ser precisos, a este último lo que le preocupa no es tanto el qué como el cuánto. ¿Cuánto pesa la vida? ¿Qué hace que lo real siempre acaba por pegarse de forma tan agobiante al suelo, a la piel incluso? Esa sería la pregunta correcta que planea sobre la irrefutable Manchester frente el mar.

Un artefacto extraño, llamémoslo así, mucho más profundo, lúcido y relevante que un simple drama.

 

El director lleva años dedicado a dibujar personajes heridos; dañados por la pérdida. La idea es tal vez construir desde ellos el sentido más íntimo de todo, la densidad de lo real. La estrategia es vaciar primero para cobrar perspectiva, para atisbar a ver el verdadero sentido del hueco. Tan absurdo, tan doloroso y, créanme, a fuerza de disparatado, tan divertido. Aunque duela. Tan cruelmente divertido. Así era en la maldita y por siempre fallida Margaret, a vueltas con la insensatez del sentimiento de culpa, y así vuelve a ser ahora.

Un hombre recibe la noticia de la muerte de su hermano. Le espera un sobrino huérfano y adolescente al que atender. Llevan años sin verse. La culpa es de algo necesariamente trágico que sucedió tiempo atrás. Algo que, por su tamaño, acaba por serlo todo. La película entera se resuelve en los gestos cercanos. Quizá mínimos. En un día de pesca, en una pelea en el bar, en una jornada de trabajo. Y ahí su grandeza; ahí su capacidad para tocar lo más profundo. En la imposibilidad de hablar de lo único que no se puede mantener en silencio, en lo ridículo que resulta vivir cuando todo hiere tanto, en lo cómico que puede llegar a ser tener simplemente que levantarse cada mañana… ahí, decíamos, Manchester frente al marse hace grande a cada paso que da.

De esta manera, el director compone un artefacto extraño, llamémoslo así, mucho más profundo, lúcido y relevante que un simple drama. A medida que avanza la película, lo que importa no es tanto el azaroso peregrinar de unas vidas condenadas como la textura misma de todo lo que las rodea y hasta les da sentido. Si se quiere, la cinta se puede leer como una calculada radiografía, sociológica incluso, de un estrato de la sociedad americana cuanto menos defectuoso. Pero eso sería limitar de manera culpable la provocación, eso es, de Lonergan. En realidad, el laberinto de los personajes se parece demasiado en su vacío, en su irreflexiva huida hacia delante, al de cualquiera de nosotros. Es la incapacidad de poner orden en el sinsentido de todo esto lo que abruma; lo que, llegado el caso, desconcierta hasta la simple carcajada. Porque, no sé si no lo hemos dicho suficiente, Manchester… arrastra toda su tristeza hacia un lugar inidentificable que se acerca demasiado a la comedia. Por eso, su crueldad. Por eso, su lucidez.

Desde el trabajo monumental de Casey Afleck, Lonergan, decíamos, acierta a describir con una precisión que asusta la herida de una sociedad incapaz de poner orden en sus contradicciones (sociales y, si se quiere, existenciales). Pero no sólo eso. Es la propia vida la que avanza hasta depositarse en la mirada del espectador grave, profunda, delicada y sin piedad. La vida pesa. Hasta hacer desplomar al mismo alma. ¿Quién no se ha reído nunca de una caída? Decía Mack Sennet que una comedia es cuando un hombre se cae en una zanja y se mata. Cuando te sale un padrastro, eso es una tragedia. Pues eso. ¿No me digan que no es para partirse de risa? Aunque duela.

“Trump conoce bien la ecuación estadounidense: la ignorancia lleva al miedo y el miedo al odio”

13 septiembre, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Hace 15 años, el estreno de Bowling for Columbine, el emblemático documental de Michael Moore, se convirtió en un éxito nacional que despertó la polémica y cosechó los elogios de la crítica. Centrado en el tiroteo de el instituto de Columbine (1999) y en la emergente amenaza de la violencia con armas de fuego en EEUU, la cinta ganó el Oscar al mejor documental.

También sirvió como una profética advertencia de la agitación política y social que pronto tendría en vilo a la sociedad estadounidense. Como dijo el propio Moore, si se “presentara esta película este mismo viernes, por desgracia tendría probablemente la misma relevancia”.

Durante una charla pública celebrada junto a la proyección de  ‘Bowling for Columbine’ (la semana pasada se cumplió otro aniversario del tristemente célebre tiroteo) en el festival de cine de Tribeca, Moore y el pionero de los documentales D.A. Pennebaker ofrecieron su desalentadora perspectiva sobre el clima político en la era de Donald Trump.

“Creo que hemos pasado por 40 años de un país en el que se ha bajado el nivel intelectual”, dijo Moore. “Hemos desinvertido en nuestras escuelas y hemos dejado que queden en un estado deplorable. Las clases de arte han sido canceladas y, en la actualidad, las clases de educación cívica han desaparecido de un tercio de nuestras escuelas”, añadió.

La de Moore fue una de las pocas voces que durante las elecciones de EEUU se atrevieron a predecir la presidencia de Trump. En Tribeca recordó la vez en que fue abucheado durante de la grabación del programa de HBO Real Time with Bill Maher por decir que el magnate republicano se convertiría en una especie de rey supremo. “No lo dije porque quería que pasase, estaba tratando de advertir de algo que podía suceder”.

Moore opinó además sobre esa idea que caracteriza a las zonas urbanas como burbujas aisladas. “Hay una burbuja en Brooklyn, amigos, y es tóxica. Vi lo que sucedía en otras partes del país [tras la victoria de Trump] y todo el mundo estaba de fiesta”.

Pennebaker también dio su punto de vista sobre el presidente. “Trump es como alguien a quien le acabas de dar una Ferrari, no sabe conducir y, sin embargo, se aleja de tu vida con el coche”. “Con tu niño en el asiento delantero”, completó Moore con ironía.

El documental que cambió algunas cosas

Estrenada un año después de los ataques del 11 de septiembre, Bowling for Columbine provocó grandes cambios (en una de las secuencias más memorables, la cadena de supermercados Kmart decidió dejar de vender balas). Estaba llena de menciones a líderes conservadores del pasado, como George W. Bush, o el ya fallecido símbolo de la NRA (Asociación Nacional del Rifle), Charlton Heston, al que se lo ve durante una airada entrevista con Moore en su casa de Los Ángeles.

Pero, según Moore, nunca fue su intención que el documental se convirtiera en una proclama por el control de armas. “Hicimos la película para tener una mirada sobre nosotros mismos porque nos preguntábamos: ¿por qué nos pasa a nosotros?”, dijo haciendo referencia a la epidemia de armas que sufre EEUU y que no sufren otras partes del mundo. “Somos buena gente, somos un buen país. ¿Por qué estas cosas pasan aquí y no en otro lado? Todos nosotros tenemos la misma cantidad de cromosomas. Los canadienses no son mejores que nosotros… aunque no es tan fácil decir eso ahora, ¿no?”.

Moore dice con ironía que las razones detrás de la victoria de Trump y de la falta de acción por la violencia con armas de fuego son dos caras del mismo problema. “Es la ecuación estadounidense: baja el nivel intelectual de la población; conviértelos en ignorantes y estúpidos. La ignorancia lleva al miedo, y el miedo, al odio. Trump conocía muy bien esa parte de la ecuación. Y el odio lleva a la violencia”.

So I’m walking down the street one day, O’Reilly drives by, screeches to a halt, jumps out & starts yelling @ me. Ha!

Moore también opinó sobre las últimas noticias referidas a su archienemigo político Bill O’Reilly. El día que el presentador de Fox News fue despedido por la cadena. recordó una graciosa anécdota en Twitter. “O’Reilly pasaba con una limusina cerca de donde estaba yo en la calle. Me ve y le dice al conductor que frene de inmediato. Entonces sale disparado del coche gritándome. De casualidad alguien retrató el momento con una foto”, contó Moore. “Pero yo todavía sigo aquí y él no”.

Pese a todo, Moore compartió una visión esperanzadora del futuro. “Una gran cantidad de nuestros compatriotas estadounidenses ha empezado a moverse. Los políticos ya no son los únicos involucrados activamente en política. Ahora mismo hay mucha gente que está informada y participando”.

Traducido por Francisco de Zárate

Querida Audrey Hepburn

28 marzo, 2017

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

Publicado el por Holmes

Audrey Hepburn (Bruselas, Bélgica; 4 de mayo de 1929-Tolochenaz, Suiza; 20 de enero de 1993

¿Es posible enamorarse de un muerto? En Jennie (William Dieterle, 1948), Eben Adams, un pintor que lucha infructuosamente con la inspiración, incapaz de hallar su estilo y plasmar una obra a la altura de su ambición, se enamora de Jennie, una misteriosa mujer (Jennifer Jones) que se le aparece en Central Park, primero como una niña y, más tarde, como una bellísima mujer. Ignora que murió hace años, pero cuando lo descubre, lejos de resignarse, se enfrenta con el tiempo, intentando arrebatarle a la mujer que ama. La dolorosa e insalvable separación constituirá el tributo exigido por el arte para dispensar su gracia. En Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), John «Scottie» Ferguson (James Stewart), un policía con acrofobia, experimenta una pasión incontrolable por Madeleine (Kim Novak), una melancólica y seductora mujer que aparentemente se suicida, arrojándose desde lo alto de un campanario. Su trágica muerte no apaga su amor, que se rebela contra la realidad, orquestando un simulacro de resurrección. De nuevo, triunfa la fatalidad. El policía superará su acrofobia −probablemente, una metáfora de una innombrable impotencia sexual−, pero a costa de sacrificar al ser amado. Ambos personajes reflejan un fenómeno relativamente común, pues, ¿quién no se ha enamorado de una actriz o un actor, sabiendo que su pasión insensata jamás se consumará?

De joven, yo amé temerariamente a Marilyn Monroe, exponiéndome a la ira de los tétricos sacerdotes que se ocupaban de mi educación. Su desmesurado e irracional sentido del pecado les impidió apreciar la belleza de la Monroe, posando desnuda sobre un paño rojo de aspecto cardenalicio. Yo cometí la imprudencia de pegar la famosa fotografía en el centro del collage que iluminaba mi triste clasificador de apuntes. Cuando un cura vasco y rabiosamente nacionalista descubrió la imagen, montó en cólera y me prohibió volver al colegio con la carpeta, pero la adolescencia suele mostrarse intolerante con la intolerancia. Por eso, al día siguiente aparecí con Marilyn bajo el brazo, sonriente y desafiante, lo cual me costó tres días de expulsión, que yo aproveché para releer una biografía de la actriz, donde narraba su infelicidad y su sentimiento crónico de vacío, fruto de una infancia con una madre ausente y un padre desconocido. A pesar de que escogí una fotografía de encendido erotismo, no percibía a Marilyn como un mito sexual, sino como una mujer triste, vulnerable e inadaptada. Elegí esa foto porque contrastaba con la infame educación sexual que nos impartía un sacerdote embarcado en una ardiente cruzada contra el onanismo. Para las paredes de mi cuarto, prefería otras imágenes de Marilyn, donde se apreciaba su melancolía y su carácter soñador. En esas fechas, no era capaz de apreciar el dulce encanto de Audrey Hepburn, otra mujer con tendencia a la tristeza y a la ensoñación.

Hija de un banquero inglés y una baronesa holandesa, con dos hijos de un matrimonio anterior, Audrey Kathleen Ruston nació en Ixelles, un municipio de Bruselas, en 1929. Pasó su niñez entre Bélgica, Reino Unido y Holanda, acudiendo a los mejores colegios. Cuando sus padres se divorciaron, Audrey y su madre se instalaron en Arnhem, pensando que los nazis no invadirían los Países Bajos. Sus expectativas no se cumplieron y Audrey sufrió los estragos de la guerra. Un tío y un primo de su madre fueron fusilados por combatir con la Resistencia. Uno de sus hermanastros acabó en un campo de concentración y, después del desembarco de Normandía, los alemanes confiscaron en la región alimentos y gasolina, sometiendo a la población civil a unas durísimas condiciones de vida. El bombardeo aliado sobre Arnhem durante la desastrosa operación Market Garden dejó la ciudad en ruinas. Muchas personas murieron de hambre y frío. Audrey sufrió anemia y problemas respiratorios. La desnutrición dejó una huella perdurable en su constitución, que más tarde se agravó con una anorexia nerviosa. Años después, evocó una de sus experiencias más sobrecogedoras: «Recuerdo estar en la estación de tren contemplando cómo se llevaban a los judíos, y recuerdo en particular a un niño con sus padres, muy pálido, muy rubio, enfundado en un abrigo que le quedaba muy grande, desapareciendo en un vagón. Yo era una niña observando a un niño». Es comprensible que Audrey se negara a interpretar el papel de Anna Frank, pues la peripecia de la niña judía deportada a Auschwitz le resultaba demasiado cercana e intolerablemente dolorosa. Anna tenía exactamente su edad. Las dos habían cumplido diez años al empezar la guerra y quince cuando finalizó. En 1947, Audrey leyó el Diario de Anna y le afectó terriblemente, pues le hizo revivir el brutal comportamiento de los invasores, que fusilaban en público a rehenes y opositores, dejando sus cadáveres expuestos en la calle. A pesar de todo, Audrey dedicó esos años a estudiar ballet clásico y piano, recaudando fondos de forma clandestina para la Resistencia. No ha podido comprobarse este dato, pero sí sabe que sus padres simpatizaban con los nazis. Durante el áspero invierno de 1944, Audrey combatía la ansiedad dibujando, pero nada podía aplacar una tristeza que ya no se separaría de ella. La guerra y la indiferencia de su padre, que nunca mostró demasiado interés por su hija, se conjuntaron para forjar un carácter depresivo: «Me convertí en una criatura melancólica, reservada y callada. Me gustaba mucho estar sola». Sus amigos solían describirla como una mujer hermosa, triste y romántica. El agente Henry Rogers, con el que mantuvo una larga amistad, declaró: «Raras veces la vi feliz». Audrey celebró la liberación de Arnhem devorando una lata de leche condensada, sin sospechar que el exceso de azúcar le costaría un cuadro de hiperglucemia.

Durante la posguerra, Audrey se trasladó a Ámsterdam y, algo más tarde, a Londres. Comenzó con pequeños papeles, donde destacó por su elegancia y espontaneidad. En 1953, William Wyler le hizo una prueba para el papel de princesa en Vacaciones en Roma y quedó deslumbrado: «Es absolutamente encantadora. Tiene talento, ingenio, belleza, inocencia. Es perfecta». Audrey sedujo al público en Vacaciones en Roma, mostrando que no era una actriz más, sino un mito destinado a simbolizar el poder de seducción del cine clásico. Es imposible –creo− no enamorarse de Audrey, disfrutando de su interpretación. Su escrupuloso sentido de la etiqueta se convierte en vulnerabilidad cuando aparece en camisón, lamentando no poder bailar en una barcaza que flota a orillas del Tíber. Ya habíamos intuido que su papel como heredera del trono de un pequeño e incierto país centroeuropeo –el guion omite el nombre−, le sobrepasaba, pues en una interminable recepción se liberaba de un zapato para poder frotarse un pie y aliviar el cansancio, provocando una situación embarazosa que se resolvía en el último momento. Sometida a la supervisión permanente de una repelente condesa y un anciano general, una crisis nerviosa le brinda la oportunidad de escapar de palacio y deambular por Roma. El azar quiere que el periodista norteamericano Joe Bradley (Gregory Peck) ejerza de guía durante su breve escapada, que acabará transformándose en un emotivo y divertido tránsito de la adolescencia a la madurez. Audrey seduce y conmueve cuando se monta por primera vez en un taxi, sustituye el camisón por un pijama, contempla Roma desde la terraza de una buhardilla de la pintoresca Via Margutta, pasea por un mercado, se corta el pelo cerca de la Fontana de Trevi y se come un helado en las escaleras de la Plaza de España. La escena en que Joe finge que la Boca de la Verdad –la célebre máscara de mármol pavonazzetto situada en la pared del pronaos de Santa Maria in Cosmedin−  ha engullido su mano y Ana grita horrorizada, se rodó con una sola toma. La ocurrencia fue de Gregory Peck y William Wyler consideró que no advertir a Audrey constituía una buena oportunidad de filmar una reacción auténtica. Audrey chilló espontáneamente hasta que descubrió el ardid y se echó a reír, con una deliciosa naturalidad.

Sin duda el momento más divertido de la película se produce cuando la princesa Ana se pone al mando de una Vespa, con Joe a sus espaldas, y causa mil tropelías por el centro de Roma. Cuando los damnificados acuden a prestar declaración en comisaría, ninguno le guarda rencor. ¿Cómo enfadarse con una muchacha que desprende frescura, alegría e inocencia? Audrey resulta muy convincente en todas las escenas. En el Café Rocca de la Via della Rotonda (hoy convertido en tienda de moda), se fuma su primer cigarrillo. Parece que es cierto, que es su primer contacto con el tabaco, pero en realidad Audrey era una fumadora empedernida habituada a tres paquetes diarios. También cuando besa a Joe –ambos empapados tras un inesperado chapuzón en el Tíber− parece que se trata de su primer beso y que está enamorada como una jovencita sin experiencia sentimental. Audrey es encantadora hasta cuando rompe una guitarra en la cabeza de un agente secreto de su país, que intenta devolverla discretamente a palacio. Aunque Vacaciones en Roma es una película luminosa, vital y optimista, la princesa Ana es un personaje solitario que vive atrapado entre el protocolo y las obligaciones de Estado. Cuando se despide de Joe, sus ojos desprenden esa tristeza que siempre acompañaba a Audrey.

En Sabrina (Billy Wilder, 1954), Audrey Hepburn brillaba otra vez en un nuevo cuento de hadas, encarnando a la hija de un chófer, locamente enamorada de David (William Holden), el hijo tarambana de una rica e influyente familia. Con ropa diseñada por Hubert de Givenchy, Sabrina transitaba de la sencillez de una muchacha humilde a la sofisticación de una jovencita con un irresistible poder de seducción. La presencia de Humphrey Bogart mostraba que no era una boba fatalmente atraída por un apuesto galán, sino una mujer que sabía apreciar la inteligencia y la creatividad. En el papel de Linus, el hermano mayor de la elitista familia Larrabee, Bogart inspiraba la ternura de un perro abandonado, con los ojos inundados de pena y desamparo. Audrey es una soñadora que fantasea con atrapar la luna, pero tras su paso por París, donde se transforma interior y externamente, descubre que es al revés, que la luna intenta atraparla a ella, pero al final preferirá quedarse a ras de tierra, doblando el ala del sombrero de Linus para que no parezca un enterrador y abrazándolo tiernamente en la cubierta de un barco, sin preocuparle la diferencia de edad que se interpone entre ellos.

Desayuno con diamantes (Blake Edwards, 1961) nunca se ha encontrado entre mis películas favoritas. No sé quién escogió a George Peppard, un actor tedioso e inexpresivo que resulta inverosímil como escritor frustrado, y el guion no puede ser más desafortunado, pues no refleja ni de lejos la atmósfera del extraordinario relato de Truman Capote. Eso sí, Audrey volvió a deslumbrar con su vestido de Givenchy y sus gafas de sol Goldsmith. En Charada (Stanley Donen, 1963), un guión chispeante, la seducción perenne de Cary Grant, levemente diluida por la sombra de una horrible sospecha, una impecable colección de modelos de Givenchy y un director que rendía homenaje al genio de Hitchcock, imitando ese toque personal gracias al cual el suspense adquiere inflexiones particularmente excitantes, acompañaban a una Audrey frágil, pero con un gran instinto de supervivencia, que sufría engaños sucesivos, generalizando su desconfianza hacia todo. Angustiada por el temor de que la mentira contamine todos los aspectos de la existencia, Regina Lampert, su personaje, parecía un guiñol manipulado por un perverso titiritero.

No todo es glamour en la carrera cinematográfica de Audrey Hepburn. En La calumnia (William Wyler, 1961), Audrey se atreve con el tabú de la homosexualidad, con un guión de John Michael Hayes (La ventana indiscreta, Atrapa a un ladrón, El hombre que sabía demasiado). La película pasó inadvertida en una época lastrada por el puritanismo. En Dos en la carretera (Stanley Donen, 1967), Audrey recreó los sinsabores de un matrimonio plagado de encuentros y desencuentros. La película rebosa pesimismo y tristeza, sin hacer concesiones al sentimentalismo. En Robin y Marian (Richard Lester, 1976), Audrey ama hasta la desesperación. Un viejo Robin Hood (Sean Connery) agoniza a su lado, intentando comprender su trágica decisión de ingerir veneno y suministrarle una dosis sin su conocimiento. «¿Por qué?», pregunta, con el rostro fatigado. «Porque te amo –contesta Marian, apoyando la cabeza en la pared−. Te amo más que a todo. Más que a los niños. Más que a los campos que planté con mis manos. Más que a la plegaria de la mañana o a la paz. Más que a nuestros alimentos. Te amo más que al amor o a la alegría o a la vida entera. Te amo más que a Dios».

Audrey se despidió del cine interpretando a un ángel en Always (Steven Spielberg, 1989). Su vida se extinguió en 1993 por culpa del cáncer. No era joven, pero su muerte fue indudablemente injusta y prematura. Aunque en los últimos veinte años sólo había realizado cuatro películas, su desaparición produjo una honda sensación de vacío. Por esas fechas, yo aún suspiraba por Marilyn Monroe, pero ahora me siento más cerca de Audrey Hepburn, quizá porque el sufrimiento de Norma Jeane me resulta aterrador. Audrey nunca cortejó al suicidio. Su dolor fluyó suavemente, sin desencadenar cataclismos. Enamorarse de una persona ausente −¿puede decirse que Audrey ha muerto realmente?− proporciona una libertad ilimitada. Sé que no he citado películas memorables −como Guerra y paz (King Vidor, 1956), Una cara con ángel (Stanley Donen, 1957), Historia de una monja (Fred Zinnemann, 1959), Los que no perdonan (John Huston, 1960), My Fair Lady (George Cukor, 1964), Cómo robar un millón y… (William Wyler, 1966) o Sola en la oscuridad (Terence Young, 1967)−, pero los afectos no pretenden ser exhaustivos, ni objetivos. Jennie y Madeleine se desvanecen sin remedio, pero Audrey goza de una ubicuidad a veces agotadora. Quizás eso fue lo que me hizo no prestarle demasiada atención en el pasado. Es cierto que Marilyn disfruta del mismo privilegio, pero su trágica muerte preserva su autenticidad. Para los más jóvenes, Audrey tal vez sólo es un rostro en un bolso, pero los que crecimos con el cine clásico estadounidense –odiosamente maltratado por la censura franquista, que hizo eliminar hasta una escena de Sonrisas y lágrimas (Robert Wise, 1965)− sabemos que es mucho más que eso. Audrey es la princesa que soñó con una vida diferente, la hija de un chófer que no se resignó a ser una criada, la joven maestra que despierta una pasión prohibida en su mejor amiga, la mujer que aún nos hace fantasear con unos años dorados, donde la delicadeza y la belleza incendiaban la pantalla, creando una realidad alternativa y con la perfección de una esfera. La eternidad –me temo− no es el paraíso que profetizan distintas religiones, sino Audrey Hepburn saludando al Sena con los brazos extendidos.

Buenas intenciones, tibio resultado

29 enero, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

En la pantalla y en la vida real la mirada de Icíar Bollaín posee misterio, curiosidad, inteligencia y también puede ser burlona.

CARLOS BOYERO5 MAY 2016 – 23:16 CEST

Fotograma de ‘El Olivo’.

En la pantalla y en la vida real la mirada de Icíar Bollaín posee misterio, curiosidad, inteligencia y también puede ser burlona. Al igual que nos ocurrió con la niña Ana Torrent en El espíritu de la colmena, casi todos los espectadores nos quedamos colgados con la adolescente Icíar Bollaín en El Sur, interpretando a esa cría que amorosamente era cómplice de su atormentado padre, pero que no puede evitar que este sea trágicamente derrotado por sus fantasmas, sus recuerdos, la sensación de lo que pudo haber sido y no fue.

Y estaba claro que además de interpretar los personajes creados por otros, esta persona inquieta acabaría contando en imágenes, detrás de la cámara, las historias que le interesaran. ¿Y qué le preocupa a Icíar Bollaín? Pues el mundo que le rodea y particularmente las injusticias, los abusos, los entuertos, utilizando la realidad nacional o lo que ocurre en países lejanos. Digamos que su máxima preocupación son los seres humanos en situación de acorralamiento, explotados, sufrientes. Bueno, es una opción humanista e inconformista. Lo que sería deseable es que los resultados fueran artísticos, estéticos, veraces, apasionantes.

EL OLIVO

Dirección: Icíar Bollaín.

Intérpretes: Anna Castillo, Javier Gutiérrez, Manuel Cucala.

Género: drama. España, 2016.

Duración: 98 minutos.

La actitud del cine de Ken Loach imagino que siempre ha sido un modelo para Icíar Bollaín. Por mi parte, es un director que a veces me interesa mucho, sobre todo cuando centra sus lacerantes y subversivas historias en universos que conoce y los hace verosímiles, y en otras ocasiones me resulta tan previsible como aburrido. No solo de buenas intenciones vive el cine.

Y con el cine de Bollaín me ocurre algo parecido, cine que cada vez se emparenta más con el de Loach, al estar firmados los guiones de las tres últimas películas de ficción de esta directora por Paul Laverty, colaborador habitual de Loach en el proceso de escritura desde hace veinte años.

Siempre acudo con expectativas e ilusión a las películas de esta mujer. No compartí el generalizado entusiasmo ante su ópera prima, Hola, ¿estás sola? ( solo me perturbó aquella actriz tan extraña y sensual llamada Silke, de la cual, por cierto, hace demasiado tiempo de la que no sabemos nada, parece haber desaparecido del mapa del cine), pero me conmovió la historia de aquellas inmigrantes sudamericanas intentando sobrevivir en un pueblo de la España profunda que desarrollaba Flores de otro mundo. Había algo estremecedor en la tortuosa relación entre un maltratador al que se le va la mano, los celos, la psicopatía, el sadismo con su inocente y acojonada esposa, a la que después chantajea sentimentalmente con inútiles declaraciones de amor en Te doy mis ojos, y también estaba bien descrita la guerra del agua en Bolivia y en medio del rodaje de una película presuntamente concienciada También la lluvia. De la fracasada Mataharis me gustaba el problema de conciliar la profesión de detective con la de ama de casa.

La inmigración, el maltrato, el feminismo, la explotación de los débiles en cualquier parte, la vocación de hacer cine social forma una temática que merece ser desarrollada, pero también corre el peligro de que amenace el panfleto, o de quedarse en la exposición bienintencionada de los males del mundo. Para mi gusto, los eludía. Con talento. Algo fundamental. No basta con la honestidad.

No había huellas de ese talento en Katmandú. Un espejo en el cielo. Hablaba de lo jodido que puede ser nacer niña en Nepal. De acuerdo. He pasado por allí y por otros lugares azotados por la miseria y con tradiciones tan machistas como feroces. Pero al describirlo, Bollaín no lograba transmitirme nada perdurable. Sí irritación en algún momento con pretensiones líricas.

Y lamentablemente vuelve a ocurrirme lo mismo con El olivo. Narra la lucha de una cría muy gritona, llena de incertidumbres pero con sentido moral como para lograr que el olivo milenario que ha vendido su agobiada familia para que decore el vestíbulo de una multinacional retorne a su sitio natural, a sus raíces. El simbolismo es tan evidente como cansino. Y vale. Todo lo que de verdad importa está en venta. Pero quedan rebeldes. Pues vale.

Suave como el peligro

31 diciembre, 2016

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

Un tipo duro no es un matón. Un tipo duro es suave como el peligro. Un tipo duro no es el sargento de artillería Hartman de La Chaqueta Metálica (1987) y, menos aún, el oficial jefe de instrucción de la deplorable Oficial y caballero (1982). Hay décadas que se recordarán por sus peores películas. Titanic (1997) seguirá flotando (es un decir) sobre la memoria colectiva. El agudo y barroco Ángel Fernández Santos afirmó que se trataba de una obra maestra, pero el espectador inteligente sólo aprecia una exaltación de las pasiones cursis y un final largamente esperado que nos regala un malicioso placer: la desaparición del inaguantable Leonardo DiCaprio en las aguas heladas del Atlántico.

Es lamentable contemplar a la fabulosa Kate Winslet, embarcada en una película que ya naufraga en los primeros minutos, con sus personajes bobos, planos e inverosímiles y su estética de videoclip. Desde luego, no hay ningún tipo duro en esa horrible producción. ¿Se recordará la década de los noventa por Una proposición indecente (1993)? ¿Se asociará la saga de Rambo a los ochenta? Me temo que sí. Es una pena, pero la verdad siempre es dolorosa. Oficial y caballero y Rambo ofenden a nuestra memoria, pero nos sirven de ejemplo para adentrarnos en la tipología de un tipo duro.

Un tipo duro no es un macarra que sabe artes marciales. Un tipo duro es un sentimental, un valiente que cabalga hasta el infierno para compartir la suerte de sus amigos caídos. Ernest Borgnine es un tipo duro, con ese punto de locura que permite anteponer el afecto a la racionalidad o la integridad moral. La integridad moral no consiste en atenerse a la ley, sino en violarla cuando lo exigen los sentimientos. Jorge Luis Borges lo entendió perfectamente. Comentando Al rojo vivo (1949) de Raoul Walsh, anotó que el policía infiltrado en una banda de atracadores de banco, con la intención de entregarlos a la justicia, sólo es un “incomprensible canalla”. Al menos, para los argentinos, que viven la amistad como una pasión.

Benito Bodoque es un tipo duro. Naranjito es un tipo duro. Buster Keaton es un tipo duro. Son perdedores natos, pero su espíritu se mantiene inalterable. Se rehacen cada vez que los golpea la adversidad, sin cambiar de forma de ser. Un tipo duro se caga de miedo en el dentista, pero sonríe a la muerte. Un tipo duro mira las escaleras y el ascensor y siempre escoge el ascensor. Un tipo duro escucha las penas de una jovencita, preguntándose por qué le hacen confesiones y no proposiciones. Un tipo duro ama a los perros, pero cuando le embiste un pit-bull se tapa los ojos, pensando que con ese gesto se hace invisible. Si los niños actúan así, será por algo. Si cuando se acerca una escena terrorífica en el cine te cubres la cara, sin poder resistir la tentación de entreabrir los dedos para contemplar lo que tanto te intimida, ¿por qué no hacer lo mismo en la realidad? Un tipo duro aprieta los dientes y espera una terrible dentellada, pero el pit-bull sólo le olisquea y levanta la pata, confundiéndole con un árbol. Un tipo duro nunca se enfada con un camarero que le trae el plato equivocado y, menos aún, con un repartidor de pizza, pues entiende que sus trabajos son muy duros y no quiere joderles más de lo que ya están. Aunque odie lo que le han servido o traído, se lo come sin protestar y deja una propina principesca. Kafka y Proust eran tipos duros, pues hicieron su obra contra viento y marea. Mientras agonizaba, Proust se levantaba de la cama para corregir y terminar las últimas entregas de En busca del tiempo perdido.

Un tipo duro no se queja de que el aire acondicionado del autobús no funcione, pues recuerda que sus abuelos viajaban en camionetas destartaladas, a veces sin techo, soportando un sol de muerte. Un tipo duro nunca se presentaría a unas oposiciones, pues trabajar para la Administración implica pisar el primer escalón de la infamia: poner multas de estacionamiento, participar en un desahucio, suspender a un alumno, no aceptar una solicitud porque se ha extinguido el plazo. Un tipo duro no lee libros de autoayuda y se ríe de la psicoterapia. Se mofa de los psicoanalistas, plúmbeos y disparatados, y de la terapia cognitiva-conductal, que pretende reeducar al paciente con los métodos de Paulov y Skinner, aplicados con éxito a perros, palomas y ratas. Las ratas y los perros son más inteligentes que los humanos, pero en esos horribles experimentos fingen para no defraudar a los imbéciles que inventaron las pruebas de laboratorio con animales. Un tipo duro no intenta cargar una bombona de butano, pues aprecia su espalda y no quiere convertirse en el campanero de Notre-Dame.

Un tipo duro ama las películas de Disney, pues rozan lo sublime cuando consiguen traumatizar a los niños con la muerte de Mufasa o de la madre de Bambi. Un tipo duro ama la cerveza Guinness y los puros de importación. Los cigarrillos son para los blandos y pusilánimes. La cerveza Guinness es uno de los mayores logros de la humanidad. Un tipo duro se ríe de Chuck Norris y Stallone, pero ama a Clint Eastwood cuando rescata a una chica asiática de un grupo de pandilleros negros. Antes de encañonarles, les pregunta: “¿Nunca habéis puteado al tipo equivocado? Pues ese tipo soy yo”.

Un tipo duro detesta al John Wayne de Centauros del desierto, racista y vengativo, pero le admira en El hombre que mató a Liberty Valance, cuando renuncia al amor de su prometida porque descubre que ama a otro hombre. No se conforma con eso. Salva la vida de su rival (un idiota del Este, que no sabe manejar una pistola), abatiendo al forajido que está a punto de meterle una bala entre los ojos. Sacrifica su felicidad para hacer feliz a la mujer que ama. Eso sí que es ser duro, duro como el granito. La imagen de perdedor de John Wayne, con la quijada y las mejillas sin rasurar, lleno de polvo y con la amargura en los ojos, revela su grandeza. Ya lo hemos dicho, pero insistimos: el hombre sólo es grande cuando fracasa. Un tipo duro simpatiza con los apaches, pues sabe que los malos son los casacas azules y los mexicanos.

Un tipo duro no se duerme en la ópera, pero no puede escuchar la canción del verano sin experimentar el deseo de cometer una masacre. Un tipo duro ama los duelos y lamenta su prohibición, pues las peleas a puñetazos no resuelven nada. Las disputas sólo finalizan cuando el florete o la pistola expresan la fuerza de sus argumentos. Un tipo duro odia los coches. Sólo se desplaza en moto. Adora el sonido de la Harley-Davidson, que obliga a tomar un Ibuprofeno en cada gasolinera. La contaminación acústica es una forma de recordar al mundo que el espíritu de Easy Rider sigue vivo. Los tipos duros hacen al menos cien mil kilómetros al año, soportando toda clase de inclemencias climatológicas. Los tipos duros no van al gimnasio. El culturismo les parece tan ridículo como el método Pilates. Se miran el espejo y sonríen al contemplar su vientre abultado por la cerveza. Los tipos duros previenen el cáncer de próstata, eyaculando al menos cinco veces a la semana. Es un descubrimiento de los científicos australianos, que han estudiado a fondo el problema. Tal vez sea más eficaz eyacular cinco veces al día, pero no está demostrado.

Los tipos duros no usan palillos de dientes, pues es una ordinariez. Es un privilegio reservado a Joe Pesci y Ernest Borgnine. Los tipos duros no hacen flexiones, pues detestan el exhibicionismo. Los tipos duros no leen a Paulo Coelho ni a Isabel Allende. Los tipos duros aman el boxeo, beben ginebra, escuchan a Deep Purple y Metálica, se emocionan con el grafiti radical, que no pretende ser arte, sino vandalismo. Los tipos duros consideran que Educación siberiana, de Nikolái Lilin debería ser lectura obligatoria en todas las escuelas. Los tipos duros han leído emocionados las memorias de El Vaquilla (Hasta la libertad), opinan que Deprisa, deprisa (1981) de Carlos Saura es una obra de innovación pedagógica y aman a Berta Socuéllamos, única superviviente del grupo de quinquis que se convirtieron en actores para reflejar su estilo de vida. Los tipos duros cambian de rostro: Clark Gable, Humphrey Bogart, James Cagney, Robert Mitchum, Marlon Brando, Lee Marvin. Los tipos duros ya no existen. Descasen en paz.

RAFAEL NARBONA

“Sería preocupante que a estas alturas no se pudiese representar a Franco”

21 diciembre, 2016

Fuente: http://www.eldiario.es

Hablamos con el cineasta de las últimas polémicas que han rodeado el estreno de La reina de España y de la necesaria educación en memoria histórica

“Mis personajes son unos cagaos como casi todas las personas. El ser humano es un antihéroe”

“El guionista es la base de esta industria. Toda la debilidad actual de las películas españolas viene de eso”

Fernando Trueba con Penélope Cruz en el rodaje de 'La reina de España'
Fernando Trueba con Penélope Cruz en el rodaje de ‘La reina de España’

MÁS INFO

Hablamos con Fernando Trueba en el lluvioso rodaje de La reina de España seis meses atrás. Allí nos confesó que nunca le habían atraído las segundas partes, aunque se lo ofrecieron con Ópera Prima y Belle Époque. Pero de repente ahí está, engrosando la larga lista de reencuentros casi dos décadas después del estreno de La niña de tus ojos. Más talluditos y con una baja importante, la del guionista Rafael Azcona, pero tan nostálgicos que no descartan embarcarse en una tercera “si estamos todos cerca y con ganas, aunque tengamos 95 años”.

Lo que no imaginaba el director era que el lanzamiento de su nueva producción levantaría ampollas del pasado y alimentaría tantos titulares. Aunque siempre ha presumido de ensalzar los valores artísticos en su cine y dejar de lado el mensaje político, cierta parte del público no está dispuesta a disociarlo.

La reina de España ha sufrido la embestida de quienes no toleraron que confesase no sentirse español “ni cinco minutos” de su vida. Aunque la llamada al boicot de un puñado de detractores animase aún más a la gente a ir a las salas este viernes, eso demuestra –dice– que este país “no tolera la diferencia de opiniones”. Y eso le entristece enormemente.

Tanto La reina de España como la anterior se sitúan entre los bastidores del cine: primero del Tercer Reich y luego el Hollywood rodado en suelo franquista. ¿Dónde le gustaría ambientar una tercera?

Nunca lo planeo a largo plazo. Creo que sería muy agradable si en el futuro estamos todos cerca y con ganas, aunque tengamos 95 años. De momento lo máximo que hemos hecho ha sido jugar con la idea y yo les decía que me gustaría ambientarla en Mayo del 68. ¿En París? No, en Madrid, en la época de los spaguetti western.

¿Le atrae mucho el Lejano Oeste?

¡Qué va! Creo que fue una época horrible para el cine y en la que se hicieron un montón de cosas feas. Pero había una cosa graciosa. Aunque casi todas las películas se rodaron en Almería, las que no tenían dinero ni para irse al sur se rodaban en Torrelodones. Ahí hay un pueblo con decorados western donde aún queda algo.

Storyboard de 'La reina de España'
Storyboard de ‘La reina de España’

Esta película es una comedia pero con un trasfondo contundente. ¿Tienen los personajes más compromiso político que en La niña de tus ojos?

Es imposible evitarlo, está ahí y más cuando hablas de conflictos de época. Siempre es bueno que la comedia tenga ese trasfondo político que le aleje de la frivolidad. Pero mis personajes no son nada heroicos en ninguna de las dos películas, son muy precavidos e incluso diría que son unos cagaos. Como la mayor parte de la gente, vaya. Los seres humanos somos antihéroes, en todo caso somos más valientes en un momento concreto de ofuscación.

¿Diría que es valiente atreverse a hacer una representación cómica de Franco? 

Debería preocuparnos que, a estas alturas ya del curso, no se pueda representar el franquismo o a Franco. De todas formas no he pretendido hacer una caricatura en ningún momento. Le dejé muy claro a Carlos Areces que debía tratar al personaje con cierto realismo, hacer una encarnación. No quería que saliese como una parodia política de Polònia. El resultado es muy fino y, aunque es una escena con puntos duros, la gente se meaba de risa en la butaca.

Justo ahora que Telecinco ha estrenado su drama romántico sobre Serrano Suñer, ¿hace falta hablar claro de los franquistas desde las artes?

No entiendo a los que critican que haya tantas películas sobre la Guerra Civil. Es nuestro pasado, ¿cómo no vamos a hablar de ello? Lo que hace falta es más cultura e información. La ignorancia es un problema muy grave y muy extendido, y necesitamos combatirla con mejor educación. No puedo creer que la gente vea esa serie de Telecinco sin caer en que Serrano Suñer era un nazi (de las pocas veces que podemos utilizar esa palabra con su significado real).

No quiero ser grandilocuente, pero están en juego la civilización occidental y las conquistas del progreso de las últimas décadas. Estamos viviendo un retroceso al embrutecimiento, a una especie de hooliganismo moral.

En la película es la estrella emigrada a Hollywood, Macarena, la que habla sin pelos en la lengua de la represión franquista. ¿Por qué ahora se castiga más a los actores que se posicionan políticamente y trabajan fuera de España? (como la misma Cruz o Bardem)

Recuerdo que hace años estaba en una manifestación contra Fidel Castro por una serie de encarcelamientos en Cuba. De repente vi a un grupo con una pancarta contra la familia Bardem. Me acerqué y les dije: ¿tú has visto la película Antes de que anochezca? Ahí Javier Bardem interpreta al disidente cubano Reinaldo Arenas. ¿Has hecho algo por la libertad en Cuba mejor que eso?, dije. Les increpé, aunque no los conocía, pero me no me pude contener (ríe).

A usted también le ha salido caro expresar su ideología, ¿cómo sienta que pidan boicotear su arte por sus creencias?

Qué pretenden, ¿asustarme? Que se vayan a la mierda. Me ha salido caro, pero uno tiene que seguir haciéndolo y más en el sector en el que estamos. Sienta fatal, me entristece enormemente. He trabajado y rodado en este país, y creo que me he ganado el derecho a ser yo mismo y a poder hablar con tranquilidad. No me meto con nadie, solo intento hacer películas bonitas para que la gente se lo pase bien. Por eso no entiendo qué les he hecho para merecerme esto.

En otros países como EEUU o Francia, muchos artistas tienen posiciones políticas conocidas. ¿Por qué cree que aquí se condena más?

Aquí hay gente que tiene afición al odio. En cualquier sitio los actores o los directores hablan de su ideología o de las políticas actuales, y no pasa nada. Se acepta que cada uno tenga sus ideas. Pero aquí no hay tolerancia, en eso sí que vamos por detrás.

Penélope Cruz en 'La niña de tus ojos'
Penélope Cruz en ‘La niña de tus ojos’

La otra polémica de la película es la demanda que le han interpuesto los dos coguionistas de La niña de tus ojos por volver a usar los personajes.

Eso se resume muy fácilmente. Estos señores escribieron un guión y la productora que se lo había comprado me lo ofreció. Lo leí y no me gustó. Así que empecé a escribirlo de nuevo con Rafael Azcona y tardamos años hasta que David [Trueba] nos ayudó a hacer las últimas versiones. Jamás llegamos a usar aquel guión ni a trabajar con ellos, aunque haya veces que la prensa diga lo contrario.

¿Tampoco usaron los personajes?

El guión trataba de un hecho histórico, que es una troupe que va a rodar a Alemania, inspirado en Imperio Argentina, Florián Rey y Carmela de Triana. Nosotros también nos basamos en los españoles que se iban a hacer películas a Berlín. Pero nuestros personajes no tenían nada que ver con ellos. Su protagonista era una actriz famosa, desagradable y trepa. Nuestra Macarena es una actriz desconocida, joven, generosa. En definitiva, un personaje positivo.

Pero no solo lo digo yo. Los mismos productores que me ofrecieron el guión también coinciden. Hemos solicitado incluso un peritaje independiente, que ha comparado los dos guiones con análisis lexicológicos, y han llegado a la misma conclusión.

Hablando de Rafael Azcona, la gran falta de esta película, ¿le han echado mucho de menos?

Lo hago todos los días, no solo escribiendo el guión. Una de las mejores cosas que me ha pasado fue conocerle. Fue mi maestro sin pretenderlo y la persona que más me ha influido en la vida.

Imagen cedida por Zenit Comunicación
Fernando Trueba y Javier Cámara

En una época en la que los guionistas denuncian su falta de visibilidad, ¿hace falta recordar figuras como Azcona para reivindicar su importancia?

Las cuatro mejores películas del cine español son Plácido, El verdugo, El cochecito y El pisito. Por ese orden: dos de Berlanga, dos de Ferreri. Y las cuatro las escribió él. Es una figura clave no solo del cine, sino de la literatura española de la posguerra. Pero el reconocimiento público lo tienen que tener los guionistas por su trabajo. El respeto y la admiración se ganan haciendo un producto de calidad.

Por ejemplo, Azcona no daba entrevistas ni iba a festivales porque decía que las películas pertenecen al director. Pero eso no lo hacía menos imprescindible. El guionista es la base de esta industria. Toda la debilidad actual de las películas españolas viene de eso.

¿No tiene que ver también con que no haya (otra vez) un Ministerio de Cultura?

Este país siente un desprecio total por la cultura. Y la mayor evidencia es este Ministerio triple: Educación, Cultura y Deporte en el mismo saco. ¡Con lo necesaria que es la educación! Es el mal del mundo ahora mismo. Si en Estados Unidos hubiera una educación como hace falta, no habría ganado Trump las elecciones. Por eso precisamente tienen tanto interés por que el sistema educativo sea una mierda.

Siempre dice que no le gusta hablar de política en promoción, ¿no es necesario que las voces públicas se manifiesten sobre las injusticias?

Yo lo entiendo. Pero precisamente por eso me he visto envuelto en unas situaciones muy incómodas. Es supertriste sentirse atacado de forma gratuita. Claro que pienso que hay que estar informado, porque si no te la meten hasta el fondo. También defendiendo a la gente, la sanidad o la educación en atriles y en la calle. Pero estoy agotado de nuestra política y muy decepcionado.

Hay veces que sigo más la política internacional que la española. Prefiero no estar chapoteando en el barro cotidiano. Cada día salen tantas tramas diferentes o sinvergonzonerías diferentes, que hasta eso se ha dejado de castigar en las urnas. Tengo la sensación de que me ensucio solo de escucharlo. Prefiero estar leyendo a Didi-Huberman o a Diderot que ver un telediario.

Pieles rojas

9 noviembre, 2016

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

Nací en 1963. He intentado muchas veces rescatar mi primer recuerdo, pero nunca lo he conseguido. Creo que todos los hombres experimentan la misma frustración. De nuestros primeros años de vida, sólo perviven imágenes difusas, aisladas, con una cronología imprecisa y una objetividad relativa. Si intentamos ordenar nuestros recuerdos, nunca lograremos desprendernos de la sospecha de haber perpetrado una falsificación. No podría decir cuándo vi mi primera película de indios y vaqueros, una verdadera mitología que educó tempranamente mi sensibilidad y enriqueció mi rudimentaria moralidad, fuertemente condicionada por los valores de la escuela católica y franquista. Sí recuerdo que, hasta mis ocho años, mi padre me compraba indios de plástico en una caseta del Paseo del Pintor Rosales. Una señora mayor –o quizá no tanto– vendía chucherías, pistolas de juguete, coches en miniatura, caretas, canicas y figuras de plástico divididas en tres categorías: soldados del mundo, caballeros medievales y personajes del Lejano Oeste, casi siempre yanquis, vaqueros o indios. Yo mostraba predilección por los soldados y oficiales confederados: no por lo que representaban –incomprensible a mi edad–, sino por su rareza. Los uniformes grises y la bandera del Sur eran tan insólitos y codiciados como los sellos de países exóticos. No he olvidado a la señora del quiosco: pelo negro con algunas canas, manos con manchas de color café, ojos castaños, piel morena. Casi siempre llevaba un pañuelo en la cabeza, un delantal y unas enormes faldas de colores que le cubrían hasta los pies, increíblemente diminutos. Su mirada llamaba poderosamente mi atención. Sus ojos parecían despintados, borrosos, casi a punto de borrarse o desvanecerse. Presumo que tenía cataratas, pero mi conciencia infantil apenas comprendía lo que significaba la vejez. ¿Estoy fantaseando o recreo fielmente mis recuerdos? Es imposible saberlo. Si fabulo o distorsiono, no incurro en una mentira, sino en esa creatividad inherente a nuestra memoria, que suprime, añade o combina, convirtiendo los recuerdos en una pequeña obra de arte.

En mis juegos infantiles, los indios desempeñaban inevitablemente el papel de salvajes que hostigaban a los colonos y luchaban contra el Séptimo de Caballería, cortando la cabellera de sus enemigos. Me seducían sus plumas y sus arcos, su habilidad para montar a caballo sobre una tosca manta, sus tipis con dibujos geométricos y sus tótems policromados, sus pinturas de guerra y sus hechiceros con gorros de piel de búfalo, adornados con unos amenazantes cuernos. Con los años, descubrí que los indios no eran los malos, sino las víctimas de la colonización europea. En mi adolescencia, Caballo Loco se reveló como un personaje infinitamente más atractivo que Custer, un militar ambicioso, histriónico y sin escrúpulos. Decepcionado, admití que el Séptimo de Caballería no era una trompeta lejana que anunciaba una milagrosa salvación, sino el regimiento que el 27 de noviembre de 1868 cargó sin previo aviso contra un poblado de sioux y cheyennes levantado a orillas del río Washita, asesinando indiscriminadamente a mujeres, ancianos y niños. Custer no se contentó con eso, sino que –además– mató a doscientos caballos, asegurando la aniquilación de un poblado nómada, cuya montura representaba la vida. Se calcula que murieron quinientos nativos, la mayoría civiles. El regimiento únicamente sufrió veinte bajas. Hasta los años setenta, sólo unos pocos historiadores se atrevían a nombrar la matanza del río Washita. No parecía apropiado mencionarla después de Little Big Horn, que había convertido al Séptimo de Caballería en un mito. Se ocultaba que, en su última batalla, Custer había actuado como un militar incompetente, lanzando un ataque contra unas fuerzas muy superiores. Caballo Loco exterminó a sus hombres, impidiendo que se repitiera una masacre como la del río Washita. El cine homenajeó el falso heroísmo de Custer en Murieron con las botas puestas (1941), una excelente película de Raoul Walsh, con un inolvidable –e inverosímil– Errol Flynn combatiendo con la alegre despreocupación de un adolescente en un lance deportivo. Arthur Penn restituyó la verdad histórica en Pequeño gran hombre (1970), un film con aires de tesis doctoral y unas gotas de comedia, concebidas para amenizar su vocación didáctica. Saber que una ficción puede ser infinitamente más seductora que la verdad nos obliga a reconocer la autonomía del arte, cuya grandeza no reside en su calidad moral, sino en su perfección formal.

El Séptimo de Caballería añadió una nueva página negra a su historia el 29 de abril de 1890, cuando asesinó en Wounded Knee a noventa guerreros y doscientas mujeres y niños. Se trataba de un grupo de indios lakota que vagaba sin rumbo, buscando algo de caza o la ribera de un río donde poder establecerse. La matanza se desató cuando Black Coyote, un viejo sordo y testarudo, forcejeó con los soldados para conservar su rifle, alegando que le había costado muy caro. El arma se disparó y los soldados abrieron fuego sin miramientos de ninguna clase, matando en la confusión a una docena de compañeros. Los soldados que acreditaron más bajas enemigas recibieron la Medalla de Honor. Se evitó hablar de las bajas causadas por el fuego amigo. Wounded Knee volvió a ser noticia en 1973, cuando doscientos miembros del Movimiento Amerindio se apoderaron de la localidad y proclamaron su independencia. Esta vez no hubo muertos, pues los activistas accedieron a negociar y se retiraron pacíficamente.

Las películas que han intentado desagraviar a los pueblos nativos norteamericanos no se han caracterizado por su inspiración. Robert Aldrich puso su mejor intención en Apache (1954), protagonizada por Burt Lancaster, pero Lancaster, con sus ojos azules, no era creíble como apache y la trama resultaba tediosa y poco original. En cambio, La venganza de Ulzana (1972) demostró el talento de Robert Aldrich para enfrentarse a verdades incómodas. Se trata de una película durísima que ofrece una visión demoledora de la condición humana. Un pelotón de apaches escapa de una reserva de Arizona y arrasa los ranchos de la zona, torturando sin piedad a sus víctimas. Burt Lancaster acompaña al ejército como explorador. Conoce las costumbres y las tácticas de guerra de los apaches. El joven oficial al mando se sobrecoge al descubrir el cadáver de un colono atado a un árbol y con señales de haber sido quemado vivo. «¿No odia a los apaches?», pregunta lleno de rabia. El viejo explorador contesta con calma: «En absoluto. Sería como odiar al desierto porque no tiene agua». Se acusó a Aldrich de adoptar un planteamiento racista, pero ocultar la ferocidad de los apaches es tan ridículo como negar las matanzas del ejército norteamericano. De hecho, las películas que procuraron dignificar a los pueblos nativos con planteamientos esquemáticos han caído en un justificado olvido. Soldado Azul (Ralph Nelson, 1970) recrea la masacre de Sand Creek con crudeza, pero sólo produce un espanto helado, complaciéndose en los aspectos más truculentos. Un hombre llamado caballo (Eliot Silverstein, 1970) se adentra en los ritos y costumbres de los sioux, pero con un discurso antropológico que recuerda al tramposo misticismo de Carlos Castañeda. Bailando con lobos (Kevin Costner, 1990) no carece de encanto, pero su visión ecológica de los indios maquilla el verdadero carácter de unos pueblos nómadas con un estilo de vida basado en la caza y la guerra. Los nativos norteamericanos no eran ecologistas que apostaban por el desarrollo sostenible, sino hombres y mujeres endurecidos por un entorno hostil, que les obligaba en muchas ocasiones a actuar con violencia. Lo cierto es que aún no se ha filmado una película que haga justicia a los mal llamados indios. Su cultura sigue constituyendo un misterio para el hombre blanco, que sólo es capaz de oscilar entre el prejuicio y el mito.

Conservo algunos de los indios de plástico que me regaló mi padre. Están desgastados y despintados, como los ojos de la señora del quiosco del Paseo del Pintor Rosales. A veces me he preguntado si se trataba de una india, quizás una mujer apache que había cruzado el Atlántico por azar y que hablaba castellano porque había crecido cerca de México. Es altamente improbable. La realidad no suele regalarnos prodigios semejantes. El quiosco desapareció, presuntamente la señora murió, los niños ya no juegan con indios de plástico, pero los pieles rojas continúan agitándose en el inconsciente colectivo. Como Caballo Loco, simbolizan la resistencia al mundo moderno, con sus pequeños horizontes y sus prosaicas rutinas. Tal vez me equivoque, pero creo que todos los que hemos superado los cincuenta años, alguna vez hemos soñado –y no sólo en la niñez– con ser pieles rojas, con su legendario estoicismo, su coraje sin límites, sus visiones oníricas y su indomable sentido de la libertad.

RAFAEL NARBONA

Publicado en Revista de Libros (27-05-2016). Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.