Posts Tagged ‘premios cine’

Magia y compasión

10 abril, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Creo que Guillermo del Toro ha logrado su obra maestra, en la que todo funciona.

Tráiler de ‘La forma del agua’.

En todo el cine de Guillermo del Toro, ese hombre adulto que nunca ha perdido la pasión y la fidelidad al cine, las historias, los personajes, los ambientes y las ensoñaciones que le fascinaron desde niño, existen convicciones que nacen en la infancia, aplicables al cine y a la vida. Los espectadores pequeñitos teníamos muy claro (y quiero pensar que a los actuales les ocurre lo mismo) que en cine existían los buenos y los malos y, por supuesto, desconocíamos el significado del maniqueísmo ni falta que nos hacía. Y ganaban los buenos. Posteriormente el cine y la vida te demostrarán que existe algo llamado matices, que además del blanco y el negro hay más colores, que son intercambiables, y que en el mundo real casi siempre vencen los malos.

Su cine sería siempre identificable aunque no apareciera la firma. Hay faunos enternecedores y dragones salvajes (algunos de ellos con apariencia humana), gente acorralada y sola que busca un refugio y que solo se lo proporcionará su imaginación, historias de terror conviviendo con una poética muy personal, un tono y una atmósfera que remiten a películas de otro tiempo.

Reconociendo la singularidad de su obra, sospechando que cada que vez que escribe y rueda siente un embeleso similar al de los críos con sus juguetes, que su relación con el cine viene marcada por el corazón, nunca por el mercenariado o la calculadora, que su huella es igual de poderosa y auténtica con los grandes presupuestos y con el posibilismo, ruede en México, en España o en Hollywood, hay películas suyas que me gustan mucho y otras menos. Hasta ahora, mis favoritas eran El laberinto del fauno y La cumbre escarlata. Con La forma del agua creo que ha logrado su obra maestra, en la que todo funciona. Me fascinan sus imágenes, me preocupa el presente y el futuro de sus atribulados personajes, me creo algo tan irrazonable como el romance (abarrotado audazmente de sexo en un presunto cuento de hadas) entre el sufriente monstruo anfibio y la muda que jamás perdió la pureza, me da mucho miedo el villano, me empapo sin esfuerzo de esa atmósfera tan insólita, me transmite emoción, sentimiento y magia. Y puedo entender ante la arriesgada y poética fabula que ha filmado Guillermo del Toro que determinados espectadores la encuentren irreal e incluso ridícula. Pero no estoy dispuesto a discutir con nadie sobre ello. O entras, o te quedas fuera. No hay términos medios con esta extraña película. En cualquier caso, no quiero imaginármela doblada.

Mi cuelgue es inmediato con esa protagonista tan poco glamurosa. No solo es muda. Tampoco es guapa. Se despierta en plena noche para ir a fregar y a limpiar en unos inquietantes laboratorios gubernamentales durante la Guerra Fría. Se masturba ritualmente en la bañera. Se dirige en un autobús muy triste a su rutinario trabajo. Pero no maldice su suerte ni reniega del mundo. No se siente sola ni desamparada. Sonríe mucho y llora poco. Porque hay dos personas tan perdidas como ella que son sus amigos, una compañera de trabajo que la protege y un anciano homosexual, artista y casi siempre desolado, al que ella cuida y mima. Le basta para seguir tirando. Esa perdedora también posee algo luminoso. Está dispuesta para embarcarse en la aventura más irracional, comenzar un amor con un monstruo que es mucho más humano que aquellos que le recluyeron y esclavizaron.

Esta película habla de la compasión, del calor que se pueden otorgar los marginados, de la capacidad de amar en las circunstancias más duras. Lo cuenta con un lenguaje visual admirable, retratando sensaciones.

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Tiro al actor

24 abril, 2013

Fuente: diario EL PAÍS | Ricardo de Querol 25 FEB 2013 – 13:40

Los artistas siempre fueron más proclives a la militancia política que, pongamos, los abogados del Estado que hoy copan la Administración. Para que salten a la trinchera no hace falta urdir conspiraciones. La federación de artistas estaba en primera fila de la Comuna de París. Picasso no pintó el Guernica desde la equidistancia entre bombarderos y bombardeados. John Lennon devolvió la medalla del Imperio Británico y se encamó dos semanas con Yoko Ono contra la guerra de Vietnam. Charlton Heston presidió la siniestra Asociación Nacional del Rifle.

Bruce Springsteen ha tocado para Obama en sus dos campañas y, antes, para Kerry. Clint Eastwood habló durante 12 minutos a una silla vacía como si allí estuviera Obama y le decía que era una “desgracia nacional”.

Barbra Streisand dio un célebre discurso en Harvard sobre el “artista ciudadano”, y quería decir activista. Brigitte Bardot dejó el cine por los derechos de los animales pero ahora apoya a la xenófoba Le Pen, como nuestra Marisol se quitó el nombre y se convirtió al castrismo. No se entiende la transición española sin los cantautores que crearon Al vent, Libertad sin ira o Al Alba.

Esta semana aquí se ha abierto la veda del tiro al actor porque cometieron la insolencia de expresar en los Goya su cabreo por lo suyo (el subidón del IVA) y por lo de todos (los recortes), igual que hace años agitaron la ola contra la guerra en Irak. Hubo mensajes ingeniosos y demagógicos, finos y gruesos, todos libres. La réplica está siendo airada: un alcalde critica que el hijo de Bardem y Cruz nazca en el hospital Monte Sinaí, nombre judío para una familia propalestina. Qué contradicción, ¿cómo podrán conciliar el sueño? A Maribel Verdú le afean que anunció hipotecas, lo que la convierte en gran culpable de los desahucios. Y el ministro de Hacienda, propenso a arrojar información confidencial a la cara de sus enemigos, señala a los actores de Hollywood como evasores, y lo dice él, que ha amnistiado a los de Suiza.

Vuelve la vieja cantinela de que un millonario no puede solidarizarse con los de abajo, de que si tienes éxito perdiste los principios. Les dicen vagos, titiriteros, paniaguados. Pero todas las subvenciones al cine juntas no bastarían para rescatar a una caja de ahorros pequeñita.

Momentos Depardieu

18 abril, 2013

Fuente: diario EL PAÍS

Elvira Lindo 24 FEB 2013 – 00:00

La cultura no se lleva bien con la derecha. Los artistas abiertamente conservadores son contados. No es un rasgo diferencial de España; en Estados Unidos ocurre lo mismo, aunque los políticos republicanos, más que arremeter contra alguien en concreto, se limitan a defender un estilo de vida que nada o poco tiene que ver con el que llevaría una actriz o un escritor. Los hay, hay algún actor republicano y ejerce su libre derecho a serlo sin presiones, pero resulta chocante, como así ocurrió en la pasada campaña electoral con Clint Eastwood, dejando aparte que su intervención estuviera más de acuerdo con el mal actor que fue que con el buen director en el que se convirtió. De cualquier manera, el cine en Estados Unidos es una industria de ganancias significativas y eso es sagrado. El cine y los artistas están siempre en boca del presidente Obama en su discurso a la nación. Nuestro ministro de Hacienda, el señor Montoro, tuvo una intervención mucho menos simpática referida a esos actores que, según el enigmático don Cristóbal, se llevan sus impuestos fuera de España. Es paradójico que siendo tan evidente el desprecio que los actores provocan en un sector cada vez más numeroso de la derecha se ocupen tan prolijamente de ellos. La ceremonia de los Goya ha sido un temazo para las tertulias de la derecha radical, y al contrario que Montoro, que no soltó un nombre, los tertulianos se encargaron de señalar, estigmatizar, ridiculizar a un sector de por sí herido económicamente. No solo quieren que desaparezcan, desean que el pueblo justiciero les escupa por la calle.

Miento. Montoro soltó un nombre, el de Depardieu. Una comparación tramposa, porque el ministro sabe (o debería saber) que España no es Francia, que Rajoy no es Hollande, que en España no ha existido jamás esa sobreprotección hacia el cine que los franceses dieron en llamar “excepción cultural” y que las tarifas de los actores franceses superan en ceros a las de los españoles. Pero el señor Montoro nombró a Depardieu, uno de esos personajes que Francia, tan dada a los símbolos nacionales, había convertido en moneda de la patria: el niño pobre que se convierte en hombre instruido, excesivo, hedonista, vividor, extravagante, colérico, tierno, herido… y todos esos adjetivos que casan tan bien con lo que un francés tolera y venera de un artista; siempre y cuando el niño mimado no se lleve al país de al lado su dinero y difunda a los cuatro vientos su indignación por unos impuestos que hieren sus ganancias en un 75%. Las críticas han vuelto literalmente loco al paquidérmico Depardieu y, lejos de recular, ha amenazado con aceptar el abrazo de oso de Putin y hacerse ruso.

¿Qué tiene esto que ver con España? Nada. Ni en la concepción francesa de la cultura, ni en la decisión del Gobierno socialista de pegar una mordida a las rentas altas. Por lo demás, son contados los actores en España que cobran sueldos internacionales. Cuando Montoro, en su acto de tirar la piedra y esconder la mano, colocó en nuestra mente los nombres de dichos actores, eludió que probablemente pagan impuestos fuera de España porque trabajan fuera y no solo se tributa en el país en el que ha nacido. Pero esa alusión de Montoro nos situó a todos los ciudadanos, así creo que debiéramos verlo, en una indefensión total: por un lado, nuestro ministro amenaza con destapar las cuentas de aquellos que no secundan la política del Gobierno; por otro, disculpa las oscuras relaciones entre tramas corruptas y miembros en activo del Gobierno o del partido.

Pero esto no es nuevo. Hay todo un batallón de opinadores alentando desde hace años el desprecio a los trabajadores de cualquier campo creativo. Es un desprecio simple, grosero, populista, que se resume en una frase tantas veces escuchada, “que trabajen, como hacemos los demás”. Lo preocupante es que un miembro del Gobierno se exprese en los mismos términos indecentes. Para colmo, quien es responsable de la amnistía fiscal a las grandes fortunas evadidas y compañero de partido de un individuo que acumuló 22 millones de euros en Suiza.

Al parecer, vestir un traje de Chanel te inhabilita para realizar cualquier crítica. Es mucho más respetable, al parecer, una ministra que acepta como regalo un bolso de Louis Vuitton y afirma desconocer el origen de los favores recibidos que una actriz que viste un Dior y unas joyas prestadas para una gala. La ecuación es simple y cala en algunas mentes: si una mujer lleva unas joyas valiosas, tiene que ser de derechas para manifestar su coherencia. Estas exigencias de pureza ideológica podrían incluirse a veces en la antología del disparate: si una actriz da a luz en un hospital llamado Mount Sinai, su marido no tiene derecho a hacer un documental sobre el pueblo saharaui. Es como decir que para ir a la clínica del Rosario en Madrid tienes que haber hecho la primera comunión.

Me pregunto qué tipo de placer disfrutan aquellos que alientan el enfrentamiento entre los ciudadanos. Me da igual desde qué ideología vociferen. Pero podemos estar cerca del momento en que las personas de rostro conocido no se atrevan a pasear por la calle. Luego se quejarán de que se van a vivir al extranjero. Y es que no hay manera de acertar.

François Ozon: “Un realizador es un manipulador y un voyeur.”

1 enero, 2013

François Ozon (París, 1967) ha encontrado por fin el mayor tesoro en San Sebastián. Ganó su primera Concha de Oro con su nuevo filme, Dans la maison, una combinación perfecta de realidad y ficción, de juego de apariencias y de divertidos mecanismos de maquinaciones, una mezcla entre el intelecto y la risa, inspirada en la obra El chico de la última fila, de Juan Mayorga.

El director francés se pasea ya por la ciudad vasca casi como un vecino más. Asiduo del Festival de Cine de San Sebastián, es la tercera vez que competía en la sección oficial —en 2000 lo hizo con Bajo la arena y nueve años más tarde con Le refuge, filme con el que consiguió el Premio Especial del Jurado)— y, en esta 60ª edición, lo ha hecho con esta historia de un joven estudiante de instituto que, alentado por su profesor, comienza la escritura de un ejercicio de literatura penetrando en la vida real de la familia de un amigo.

Dans la maison, es el largometraje número catorce de este cineasta brillante y rompedor de 45 años y está protagonizada por Fabrice Luchini, la británica Kristin Scott Thomas, Emmanuelle Seigner y Denis Ménochet.

El director François Ozon / Carlos Álvarez

Hay muchos elementos en Dans la maison. Suspense, entretenimiento, algo de comedia y sorpresas. Ozon ha metido la cámara en una vivienda, ha entrado de lleno en la intimidad de una familia para elaborar un relato de lo que ahí pasa y de los caminos por los que transcurre ese proceso creativo. “Quiero que el espectador entre en la intimidad de una casa, que es algo así como entrar en una película. He buscado colocar al espectador en medio del proceso artístico. Hay que aceptar que el realizador es un voyeur y también un manipulador, pero para mí no es algo negativo ni despectivo, sino que es la realidad. También son unos mirones los espectadores cuando se sientan en la oscuridad de una sala para ver asesinatos, escenas de amor o cualquier otra cosa. Todo es puro voyeurismo”.

A Ozon se le ve más que tranquilo. La entrevista se realizó el día en que se proyectaba su película y desde bien temprano el realizador parisino desayunaba una coca-cola mientras atendía a la prensa. “Amo este festival, vengo con verdadero placer, sin angustias. Aquí parece que se relativizan más las cosas. También puede ser que, al ser francés, cuando voy a Cannes lo vivo con una auténtica presión. No lo sé, en cualquier caso, me alegro enormemente estar aquí”, decía antes de recoger el mas importante galardón de los que otorga Zinemaldia.

Eterno defensor de la comedia como parte de su cine, en Dans la maison ha introducido elementos hasta ahora desconocidos en su carrera, como son el juego entre realidad y ficción. Y parece divertirse con la idea. “Pienso siempre en la frase de Buñuel que decía que había que filmar los sueños como la realidad y la realidad como los sueños. Para mí la realidad, la ficción, los sueños todo se mezcla. En el inicio de la película, está muy claro, es una especie de pacto con el espectador, donde la realidad y la ficción están bien definidas, pero cuanto más avanza la historia todo empieza a mezclarse. Es entonces cuando el espectador tiene que decidir dónde empieza la realidad y dónde lo hace la ficción. Para mí todo es verdad”.

Es también Dans la maison un canto a la literatura, al esfuerzo y el valor del trabajo. Aunque no hay elementos autobiográficos, Ozon sí se reconoce en la relación entre profesor y alumno y en la pasión por su profesión. “He querido mostrar la relación y transmisión entre profesor y alumno. Algunos de mis profesores como Eric Rhomer o Jean Douchet significaron mucho para mí porque fue un auténtico intercambio. La transmisión de conocimientos entre profesor y alumno va en las dos direcciones. En esa relación se benefician tanto uno como otro. Todo de una manera muy lúdica. Cuando hay pasión ya no es trabajo. Para mí el cine no supone ningún trabajo, es el mayor placer que tengo”.

Aunque no se considera un hombre con vocación política, es el propio Ozon el que saca en la conversación el tema de la subida del IVA cultural en España. “¡Qué absoluta locura¡ En tiempos de crisis hay que hacer exactamente lo contrario. Es el arte, incluso el deporte, los que permiten a una nación volver a encontrarse, a vincularse, reunirse. Y aquí están haciendo todo lo contrario”.

Y lo extiende a Europa para proclamar que la cultura debería ser el verdadero lazo de unión. “Ya está bien de bancos y de economía. Nuestros esfuerzos tienen que estar dirigidos a la cultura. Puede que sea una utopía, pero yo creo en ellas.