Posts Tagged ‘Primera Guerra Mundial’

Versalles, cien años después

7 noviembre, 2019

Fuente: http://www.infolibre.es

Publicada el 27/06/2019 a las 06:00 Actualizada el 26/06/2019 a las 21:12
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El tratado de Versalles se firmó el 28 de junio de 1919, justamente cinco años después de que un joven nacionalista serbio, Gravilo Princip, hubiera asesinado al archiduque Francisco Fernando y a su esposa Sofía Chotek en Sarajevo. La guerra que siguió, larga y con una escala de víctimas y violencia sin precedentes, ideada para garantizar la sobrevivencia y continuidad de los imperios alemán y austro-húngaro, acabó con su estrepitosa derrota y desaparición. Por el camino se llevó al imperio ruso y provocó también la conquista bolchevique del poder, el cambio revolucionario más súbito y amenazante que conoció la historia del siglo XX.

En resumen, el tratado declaró, con el Artículo 231, la responsabilidad de “Alemania y sus aliados” por el estallido de la Primera Guerra Mundial y, en consecuencia, desarrolló diversas cláusulas sobre ajustes territoriales, desmilitarización y compensaciones económicas –fijadas en 1921 en 136.000 millones de marcos de oro– a las potencias vencedoras.

¿Fue justo ese tratado? Pronto surgieron dos interpretaciones opuestas: quienes consideraban que el acuerdo había contribuido al surgimiento del fenómeno destructor del nazismo y quienes trataban de mostrar que el trato recibido por Alemania no fue excesivamente severo comparado con el daño que había causado y lo que habría hecho si hubiera ganado la guerra.

Entre los primeros, el economista británico John Maynard Keynes, en su famosa publicación de 1920 The Economic Consequences of the Peace, predijo que los acuerdos del tratado de paz desestabilizarían las economías europeas y del mundo, provocando una gran crisis financiera. Desde la perspectiva francesa, la recuperación de Alsacia y Lorena –ocupadas por Alemania al final de la guerra franco-prusiana en 1871– podía entusiasmar a políticos nacionalistas y servir de causa patriótica para las conmemoraciones de la victoria, pero no reparaba las muertes de cerca de un millón y medio de franceses en la Primera Guerra Mundial.

Durante un tiempo, sobre todo en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, analistas e historiadores echaron la culpa de todos esos males, y del estallido de esa guerra en septiembre de 1939, a la fragilidad de la paz sellada en Versalles y a los dirigentes de las democracias que intentaron “apaciguar” a Hitler, en vez de parar su insaciable apetito.

El problema empezaba en Alemania, donde amplios e importantes sectores de la población no aceptaron la derrota ni el tratado de paz que la sancionó, creyéndose el mito de la “puñalada por la espalda”, de que el Ejército no había sido derrotado en realidad sino traicionado por los políticos, y continuaba en otros países como Polonia o Checoslovaquia, que albergaban millones de hablantes de alemán que, con la desintegración del Imperio Habsburgo, habían perdido poder político y económico. Como les recordaban los grupos ultranacionalistas que los movilizaban para conseguir la revisión territorial mediante la negociación o por la fuerza, ahora eran minorías en nuevos Estados dominados por grupos o razas inferiores.

Francia fue la única potencia victoriosa que trató de contener a Alemania en el marco de la paz de Versalles y de asegurar que las restantes potencias vencedoras aprobaran esa política. Pero ninguna de ellas estaba por la labor. Estados Unidos rechazó esos acuerdos y cualquier tipo de compromiso político con las luchas por el poder en Europa. Italia, sobre todo después de la llegada al poder de Mussolini y los fascistas, quería cambiar también esos acuerdos que no le habían otorgado colonias en África, y marcaba su propia agenda de expansión en el Mediterráneo. La Rusia bolchevique, consolidada tras la guerra civil contra el ejército Blanco, estaba deshecha económicamente y era poco fiable como aliado político, entre otras cosas porque compartía con Alemania un notable interés sobre el destino de los nuevos países del este de Europa.

En cuanto a Gran Bretaña, su interés primordial no estaba en el continente sino en el fortalecimiento de su vasto imperio colonial y en la recuperación del comercio. Francia, por lo tanto, trabajaba para que Alemania cumpliera con los términos del tratado y Gran Bretaña buscaba la conciliación y la revisión de lo que consideraba un acuerdo demasiado injusto para los países vencidos. Esa diferente posición dejó a Gran Bretaña y Francia en constante disputa y a Alemania dispuesta a sacar partido de la división.

Francia y Gran Bretaña gastaron más del doble en ganar la guerra que sus oponentes en perderla y básicamente financiaron ese coste a través de préstamos de inversores estadounidenses. Para afrontar esa enorme deuda, los gobiernos franceses y británicos consumían más de un tercio de sus presupuestos y sus economías se hicieron cada vez más dependientes de Estados Unidos, un proceso que ya había comenzado en plena guerra y que consolidó a este país como la principal potencia económica del mundo.

Pese a todas esas dificultades, a las tensiones sociales y a las divisiones ideológicas, el orden internacional creado por la paz de Versalles sobrevivió una década sin serios incidentes. Todo cambió, sin embargo, con la crisis económica de 1929, el surgimiento de la Unión Soviética como un poder militar e industrial bajo Iósif Stalin y la designación de Adolf Hitler como canciller alemán en enero de 1933. La incapacidad del orden capitalista liberal para evitar el desastre económico hizo crecer el extremismo político, el nacionalismo violento y la hostilidad al sistema parlamentario. Alemania, Japón e Italia compartían ese rechazo de la democracia liberal y del comunismo y ambicionaban un nuevo orden internacional que pusiera el mundo a sus pies.

Cuando se analizan todos esos hechos a la luz de la historia social y cultural, y no sólo desde el punto de vista político y diplomático, es fácil concluir que ningún documento en forma de tratado podía cerrar o evitar las consecuencias catastróficas que la Gran Guerra abrió en 1914. Puede ser que ese conflicto comenzara por las decisiones erróneas de un pequeño grupo de la élite política y militar, pero, al convertirse en una guerra de masas, de millones de personas movilizadas, desató fuerzas imprevistas y transformó las sociedades europeas de forma inimaginable. Era muy improbable que los “buenos tiempos” volvieran fácilmente y que el reloj de la historia se detuviera con las elites de regreso a sus posiciones de privilegio.

En la mañana del 1 de septiembre de 1939 el ejército alemán invadió Polonia y el 3 de septiembre Gran Bretaña y Francia declaraban la guerra a Alemania. Veinte años después de la firma de los tratados de paz que dieron por concluida la Primera Guerra Mundial comenzó otra guerra destinada a resolver todas las tensiones que el comunismo, los fascismos y las democracias habían generado en los años anteriores. El estallido de la guerra en 1939 puso fin a esa “crisis de veinte años” e hizo realidad los peores augurios. En 1941, la guerra europea se convirtió en mundial con la invasión alemana de Rusia y el ataque japonés a la armada estadounidense en Pearl Harbor. El catálogo de destrucción humana que resultó de ese largo conflicto de seis años nunca se había visto en la historia.

Cuando las potencias ganadoras en 1945 se juntaron en Potsdam al final de la Segunda Guerra Mundial mostraron su total disposición a rechazar el Tratado de Versalles como modelo. Las decisiones allí alcanzadas estuvieron muy influidas por la memoria y el deseo de evitar los errores de sus predecesores una generación antes. El conocimiento de la historia sirve en momentos críticos como lección y aviso para saber qué hacer o no. Las enseñanzas de todo aquello trajeron a Europa décadas de integración e incentivos para evitar el conflicto. Pero la historia nunca es una calle de un solo sentido, y algunos de los ecos de aquellos tiempos de odios suenan en el presente. Cien años después.

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Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza e investigador en el Institute for Advanced Study de Princeton.
Ha sido profesor visitante en prestigiosas universidades europeas, estadounidenses y latinoamericanas.
Sus últimos libros son Europa contra Europa, 1914-1945España partida en dos. Breve historia de la guerra civil española (con edición en inglés, turco y árabe); y La venganza de los siervos. Rusia, 1917.

1914: más hechos que la guerra

2 septiembre, 2018

Fuente: blogs.elpais.com

Por: Tereixa Constenla 24 de julio de 2014

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El 31 de julio de 1914 fue asesinado en París Jean Léon Jaurès, líder socialista francés, mientras cenaba en el Café du Croissant junto a otros compañeros del partido y del diario L’Humanité. El asesino, Raoul Villain, se libró de un linchamiento popular por la rápida intervención de la policía. “Estaba claro que la actitud antibelicista de Jaurès había sido la causante directa del crimen”, sostiene el historiador Antonio López Vega, en su libro 1914. El año que cambió la historia.

Pero la obra, publicada recientemente por Taurus, no aborda los aspectos políticos o militares que llevaron al desencadenamiento del conflicto (o no sólo). López Vega se detiene en otros episodios históricos ocurridos durante 1914, que resultaron cruciales para el futuro como el sufragismo, la eclosión de la vanguardia artística o el estreno de nuevas vías de comunicación como la apertura del canal de Panamá.

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El vapor Ancón, en su viaje inaugural en el canal de Panamá el 15 de agosto de 1914.

Estructurado en 12 capítulos, correspondientes a los meses del año, el libro arranca con una mirada al optimismo que desprendía Europa el 1 de enero de 1914: “Stefan Zweig se refería de manera categórica en sus memorias a la sensación que cundía en el inicio de aquel año: ‘Nunca fue Europa más fuerte, rica y hermosa (…) En 1900-1910 hubo más libertad, despreocupación y desenfado que en los cien años anteriores’. A ojos del celebradísimo escritor austriaco, por todos lados cundía la confianza, el optimismo ciego en las posibilidades de Europa, en su fortaleza, en su futuro”.

En los siguientes meses ocurren cosas como el ataque a la Venus del espejo de Velázquez en National Gallery por parte de Mary Richardson en una de las acciones violentas de las sufragistas contra su Gobierno (que ignoraba sus reivindicaciones para conceder el derecho al voto de las mujeres y desplegaba una política de mano dura contra sus activistas), la toma de Veracruz por parte de marines estadounidenses (la primera de las dos intervenciones ordenada por el presidente Woodrow Wilson en México) o los asesinatos de Jaurés y el archiduque Francisco Fernando y su esposa en Sarajevo.

En diciembre, el ambiente en Europa es sombrío. Ya se sabe que la guerra no será corta, como se presumió inicialmente. “Se afrontaba una nueva situación de catastróficas consecuencias, que iba a actuar como catalizador definitivo de las diferentes fuerzas –sociales, económicas, políticas- que venían operando desde tiempo atrás y que, a partir de la experiencia de 1914, alterarían la fisonomía del mundo”, escribe el autor.

Aquí puedes leer el primer capítulo de 1914. El año que cambió la historia.

 

La Gran Guerra para todos los públicos

26 mayo, 2018

Fuente: blogs.elpais.com

Por: F. Javier Herrero 24 de abril de 2014

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Soldados alemanes manejan una ametralladora en las cercanías de Reims (Francia) / Bettmann.Corbis

“Los trenes se llenaban de reclutas recién alistados, ondeaban las banderas (…) y en Viena encontré toda la ciudad inmersa en un delirio. Se formaban manifestaciones en las calles, los reclutas desfilaban triunfantes, con los rostros iluminados, porque la gente los vitoreaba a ellos, los hombrecitos de cada día, en quienes nadie se había fijado nunca…”. Esta es la atmósfera de la Viena ilusionada que describe el escritor austríaco judío Stefan Zweig en su gran obra El mundo de ayer. Memorias de un europeo en agosto de 1914, recién iniciada la guerra en Europa. Hasta ese momento ningún conflicto bélico había surgido de un malentendido tan grave acerca de la magnitud de la catástrofe que se avecinaba y de las consecuencias y transformaciones que acarrearía. En el año del centenario de la Primera Guerra Mundial se suceden las novedades literarias sobre este acontecimiento histórico y hace pocas semanas ha visto la luz La I Guerra Mundial. De Lieja a Versalles (Alianza Editorial), una obra del editor y traductor Ricardo Artola que aborda todos los aspectos del conflicto desde un planteamiento de carácter divulgativo que sigue el patrón que ya empleó en 2005 para narrar la II Guerra Mundial. Su estructura sintética y lenguaje claro así como la cuidada cartografía, la colección gráfica comentada, las cronologías y los breves perfiles de los principales personajes ofrecen una herramienta muy útil para el lector que se acerca por primera vez a este tema. A buen seguro, los estudiantes de educación secundaria o bachillerato tienen aquí un manual adecuado para ampliar sus conocimientos.

La ilustración que trae la cubierta del libro podría ser una metáfora de lo que piensa el autor sobre el origen del conflicto. Un grupo de soldados británicos cegados por los efectos del gas venenoso son guiados por sus compañeros en el frente. Artola define a los gobiernos europeos antes de la guerra como un grupo de sonámbulos que se preparan  para una guerra que ven inevitable. ¿Era efectivamente inevitable la guerra?, ¿quién la provocó? Sobre el estallido de la guerra se han escrito miles de libros y la opinión del autor es que la guerra pudo evitarse y la culpa está de alguna manera repartida entre todos. Cuando estudiamos los conflictos localizados en los Balcanes y Marruecos en los años previos nos preguntamos si estamos ante los prolegómenos de la guerra o se pudo mantener la paz. La historiadora Margaret McMillan opina en su reciente 1914. De la paz a la guerra (Turner) que estamos ante una guerra que pudo haberse evitado y que los líderes políticos del momento no estuvieron a la altura que exigían las circunstancias. Faltaba un Bismarck o el Churchill de 1940 y Woodrow Wilson no fue escuchado en 1916 cuando tomó la iniciativa para negociar y lograr una paz sin victoria. El comportamiento de los estados mayores de algunos ejércitos, que no rendían cuentas a sus gobiernos sino a su emperador y trataron de neutralizar la labor diplomática en el aciago julio de 1914, como es el caso de rusos y alemanes, aceleró la movilización militar. Los análisis de Sebastián Haffner en Los siete pecados capitales (Destino) son elocuentes cuando describen los errores de la política internacional alemana que abandonó la realpolitik bismarckiana para echarse en brazos de la weltpolitiko política mundial, que impuso el káiser Guillermo II y que suponía la disputa con Inglaterra por el dominio global. Según Haffner, Alemania siempre tuvo en su poder la capacidad para desactivar por la vía diplomática esos picos de tensión, incluso de entablar una relación mutuamente favorable con los ingleses, pero tras el atentado de Sarajevo, los militares alemanes encontraron su excusa perfecta para plantarse en el callejón sin salida de la guerra.

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Mientras el ejército francés conducía a sus soldados a los frentes de batalla con sus vistosos uniformes de colores rojo y azul que hacían imposible el camuflaje, cada soldado alemán de infantería portaba en su impedimenta un arma defensiva que caracterizaría el paisaje bélico de Europa en estos años, una pala para cavar trincheras. Desde septiembre de 1914 los frentes se llenaron de kilómetros de estas zanjas defensivas infestadas de alambradas y nidos de ametralladoras, cada vez más sofisticadas, que frenaron de manera muy eficaz las ofensivas del enemigo. Ricardo Artola dedica un amplio capítulo a estudiar este elemento determinante de la I Guerra Mundial, que a su vez fue escenario de los grandes avances tecnológicos aplicados al armamento. Aviones, submarinos, tanques, lanzallamas, morteros ligeros, artillería muy evolucionada (causante de la mayoría de las bajas) y los gases venenosos, se estrenaron en esta guerra. Mientras, en la retaguardia, se hizo necesaria un arma fundamental relativamente reciente, una buena red ferroviaria para movilizar el mayor número de soldados en el menor tiempo posible, y en ese terreno los alemanes también tomaron la delantera, sobre todo a la Rusia zarista, con 60.000 km. de vías de doble sentido y 30.000 locomotoras. Un desarrollo tecnológico que iba muy desequilibrado a favor de las armas defensivas junto a una estrategia militar anticuada que no valoraba los recursos humanos – el menosprecio de la alta oficialidad procedente de la aristocracia hacia la vida de sus soldados, de extracción obrera y campesina, fue casi una rutina que se dio con más frecuencia en los países de la Entente que en Alemania que era consciente de sus limitados recursos y tuvo en la figura del general italiano Cadorna su ejemplo más innoble- es la causa de las tremendas masacres que se sucedieron en cada ofensiva. El frente del Este aportó batallas que pasaron a la historia militar como Tanenberg (1914) o la Ofensiva Brusilov (1916) por la pericia militar demostrada pero otras se grabaron en el subconsciente colectivo de sociedades enteras. Como nos recuerda Norman Stone en su Breve Historia de la I Guerra Mundial (Ariel) al hablar de Verdún (1916), “fue tal el efecto de la batalla que el país jamás se recuperó del todo: aquella campaña fue el canto del cisne de Francia como gran potencia. La caída del país en 1940 se explica, en parte, porque la población no quería volver a pasar por otro Verdún”. El 1 de julio de 1916 caían muertos 20.000 soldados ingleses frente a las ametralladoras alemanas en el Somme, un río cuyas riberas solían estar llenas de amapolas, la flor que se hizo símbolo de los caídos británicos, que alcanzaron la cifra de 600.000 para acabar obteniendo apenas unos pocos kilómetros cuadrados de terreno enfangado.

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Soldados británicos franquean una trinchera durante la batalla del Somme / Cordon Press

Como afirma Artola, Gran Bretaña fue de derrota en derrota hasta la victoria final, y podemos decir que Alemania caminó por la senda contraria, de victoria en victoria hasta la catástrofe definitiva. Sus ejércitos no perdieron ni una sola batalla –hasta las retiradas del verano de 1918- y apenas cometieron errores graves en un sentido estrictamente militar. Falló el plan estratégico general. La jefatura militar alemana no se quitó la venda de los ojos hasta que ya era demasiado tarde para negociar ninguna paz honrosa. La guerra se llevó por delante cuatro imperios y reordenó de manera contundente el mapa europeo. En 1919 los vencedores redactaron la humillante Paz de Versalles –recordemos que Alemania, con gran miopía estratégica, le impuso a la Rusia bolchevique la misma degradante medicina en Brest-Litovsk un año antes, al arrebatarle una enorme extensión de territorio- que tuvieron que firmar al pie los vencidos y que estableció un orden mundial injusto y conflictivo, generador de los totalitarismos de los años treinta, con unas cláusulas durísimas para Alemania que, como botón de muestra, contenían unas “reparaciones” económicas tan onerosas que se han terminado de pagar en octubre de 2010.

En fechas próximas se publicarán nuevos títulos sobre las grandes batallas, el final de la guerra y sus tratados de paz, etc., y tendremos nuevos materiales para entender la segunda gran catástrofe del siglo XX. Pero si nos ponemos en la piel de muchos de los millones de soldados que estuvieron en las trincheras, trabajadores y hombres del campo sencillos, de humilde condición, la Primera Guerra Mundial fue una desgracia que les sobrevino, un tremendo infortunio contra el cual nada pudieron hacer y probablemente pensarían como el personaje del soldado italiano Bordin, camarada ejemplar entre sus compañeros de la batalla del Piave (1917), en el filme La Gran Guerra de Mario Monicellique les decía: “Solamente los muertos podrían decir la verdad sobre las guerras pero los muertos no hablan”.

13 batallas íntimas antes de la Gran Guerra

27 marzo, 2018

Fuente: http://www.blogs.elpais.com

Por: Tereixa Constenla 03 de abril de 2014

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‘Embrace Lovers II’, de Egon Schiele.

En 2012 Florian Illies, periodista e historiador del arte, publicó en su país, Alemania, una curiosa obra de no ficción tocada por el éxito de las novelas. Illies, buen conocedor de la literatura y el arte de la Europa central, urdió un rompecabezas íntimo sobre las élites culturales, atrapado en el instante anterior al estallido de la Gran Guerra. Sus personajes son grandes maestros, traspuestos de neuras y genialidades, pillados en plena víspera del fin del mundo (del entonces conocido), más preocupados por sus guerras interiores que por las señales de que algo feo se movía a su alrededor. 1913. Un año hace cien años, publicada en España por Salamandra, invita a espiar por el ojo de la cerradura y descubrir cosas que algunos grandes preferirían que no salieran de casa. Para armar su mosaico, Illies se apoyó sobre casi un centenar de biografías y memorias. De sus apuntes, hemos seleccionado 13 historias.

  • Rainer Maria Rilke viaja a Ronda. Se hospeda en el hotel Reina Victoria, un establecimiento británico casi vacío. Escribe cartas a su madre y a todas las mujeres de su vida (se van acumulando), lee, disfruta del buen tiempo (es enero, es el Sur). Ha viajado a Ronda siguiendo las instrucciones de una desconocida en una sesión de espiritismo.
  • Freud.
  • Freud [en la foto, de AP, en los años treinta] escribe Tótem y tabú. Tras el desafío de su antiguo alumno C. G. Jung, desarrolla la teoría del parricidio. Jung le había escrito: “Esa costumbre suya de tratar a sus discípulos como pacientes es un torpe error (…) Mientras tanto, usted permanece intacto, inmerso en su autoridad paterna. Por mera subordinación nadie se atreve a tirarle de la barba al profeta”. En enero, Freud contesta: “Le propongo finiquitar por completo nuestras relaciones privadas. Yo no pierdo nada con ello, puesto que desde el punto de vista afectivo hace tiempo que tan solo estoy vinculado a usted por el fino hilo conductor de frustraciones anteriormente experimentadas”. Y finiquitaron.
  • El 17 de Febrero se inaugura el Armory Show en Nueva York. Se exponen 1.300 obras. La tercera parte había viajado desde Europa. Las obras de Picasso, Matisse, Brancusi, Duchamp y otros europeos eclipsaron al arte americano, un arte viejo que olía a XIX. Un éxito de público, un espanto de críticas (que arremetió contra los europeos con saña. “Explosión en una fábrica de ripias”, escribió un crítico sobre el Desnudo bajando una escalera de Duchamp.
  • La tarde del 31 de marzo Schönberg dirige en Viena una sinfonía de cámara con piezas de Mahler y sus alumnos Alban Berg y Anton von Webern. Los compositores responden a los silbidos, las risas y los gritos. Schonbërg anuncia que ordenará salir a quien moleste. Alguien reta al director a un duelo. Del fondo de la sala se levanta el compositor Oscar Strauss, se acerca al escenario y le propina un bofetón a Schonbërg. La policía intervino para detener a cuatro personas. A partir de entonces la inolvidable sesión pasó a ser conocida como “el concierto de las bofetadas”.
  •  Dos dibujos de Hitler enviados a la Academia de Bellas Artes de Viena
  • El 20 de abril cumple 24 años. Hitler vive en un albergue de Viena con otros 500 hombres,sobrevive pintando acuarelas. La Academia de Bellas Artes le rechazó como alumno [en la imagen, dos de los dibujos que envió a la institución]. Cobra de tres a cinco coronas por lámina. Compra leche y pan de centeno. Juega al ajedrez y pasea por los jardines. Pierde la compostura cuando se habla de política. “No puede ser, chilla, que en Viena vivan más checos que en Praga, más judíos que en Jerusalén y más croatas que en Zagreb”.
  • El 8 de junio Kafka empieza a pedir la mano de Felice. Concluye la carta el 16. Veinte páginas. La petición de mano más singular de la literatura: “Ten presente, Felice, el cambio que experimentaríamos con un matrimonio, lo que perdería y ganaría cada uno (…) Perderías Berlín, esa oficina que te gusta, a tus amigos, los pequeños placeres, la perspectiva de casarte con un hombre sano, divertido, bueno, de tener hijos guapos. A cambio de esa pérdida nada desdeñable ganarías a un ser enfermo, débil, huraño, taciturno, triste, inflexible, casi sin remedio”.
  • Oskar Kokoschka y Alma Mahler se devoran. En todos los sentidos. El pintor quiere casarse con la viuda del compositor. Ella le exige antes una obra maestra. Y entonces crea La novia del viento. Pero no servirá de nada. Después de torturarse mutuamente con su carrusel pasional, Alma se casará finalmente con el arquitecto Walter Gropius.
  • ¡Ay, las hemerotecas! El periodista inglés Norman Angell, muy influyente y respetado en 1913, proclama que la era de la internacionalización impedirá el estallido de guerras mundiales dado que todos los países tenían lazos económicos. El mundo financiero era el gran paladín de la paz. “La influencia del mundo de las finanzas alemanas al completo frente al gobierno alemán resultaría eficaz para poner fin a una situación ruinosa para el comercio alemán”.
  • En Venecia muere Gerhart, hijo de Samuel Fischer, el editor de Muerte en Venecia, gran éxito literario del año.
  • Se publica Por el camino de Swann, el primer volumen de En busca del tiempo perdido. A Proust le han rechazado ya el manuscrito en tantas editoriales, que acaba pagando la primera edición de su bolsillo.
  • Ernst Jünger se fuga de la casa paterna para ir a correr aventuras en África con una pistola y el libro Los secretos de la parte oscura de la tierra por equipaje. En Verdún se alista en la Legión Extranjera. A pesar de que su padre, adinerado empresario de minas, moviliza todas sus influencias en Berlín y París no logra impedir que Ernst embarque en Marsella rumbo a África. Algo de aventura vivirá pero poco… lo suficiente para celebrar el regreso a la casa del padre.Duchamp posa con su obra
  • El primer ready-made de la historia (la rueda de una bicicleta sobre un taburete) gira en la habitación de Duchamp [en la imagen, con su obra] en París para tranquilizar a su artífice. En Moscú alguien da otro paso de gigante para asentar el arte moderno: Malévich pinta su Cuadrado negro.
  • La Mona Lisa, robada en el Louvre dos años antes, da señales de vidaVincenzo Peruggia, cristalero auxiliar del museo, la había robado para “devolver esta obra maestra al país del que procede”. Tras la recuperación, el retrato de Da Vinci inicia una gira triunfal por Italia (en Villa Borghese, el ministro de Cultura se sentó a su lado durante el horario de visita para no perderla de vista) hasta que el rey Víctor Manuel III hizo la devolución simbólica a los franceses.

Viaje de ida y vuelta al infierno

11 noviembre, 2017

Fuente: http://www.elpais.com/cultura

‘Descenso a los infiernos’, de Kershaw, es un libro claro y preciso sobre la historia de Europa que ilustra la importancia de la Primera Guerra Mundial en el devenir del continente.

Un momento de la firma del Tratado de Versalles en 1919.
Un momento de la firma del Tratado de Versalles en 1919. BETTMANN (CORBIS)

La Primera Guerra Mundial, que decidió el destino de Europa por la fuerza, tras décadas de primacía de la política y de la diplomacia, ha sido considerada por muchos historiadores como la auténtica línea divisoria de la historia de Europa del siglo XX. Ian ­Kershaw, acreditado historiador de Hitler y de la Alemania nazi, comparte plenamente esa tendencia, consolidada desde que Eric J. Hobsbawm comenzara en 1914 su ya clásico relato del “siglo XX corto”. Europa, que se había jactado de ser “el culmen de la civilización”, cayó entre 1914 y 1945 en la “sima de la barbarie”, hizo un viaje de ida al infierno en la primera mitad del siglo XX, para volver de él en la segunda.

Nada antes de 1914 había preparado el mundo para lo que iba a suceder, aunque la violencia había esparcido ya sus semillas. Por eso ­Kershaw emplea los primeros capítulos para identificar los componentes básicos que desde el siglo XIX allanaron el camino a la violencia que afloraría desde 1919: el nacionalismo étnico-racista; el imperialismo colonial; los conflictos de clase, agudizados por el triunfo de la revolución bolchevique, y una crisis prolongada del capitalismo.

Fue en Alemania donde el acoplamiento de esos cuatro elementos de la crisis se manifestó en su forma más extrema, tras cimentar Hitler su control dictatorial del Estado, y llegó a su punto culminante, en la Segunda Guerra Mundial, en el centro y este de Europa, las zonas más desestabilizadas del continente, principal escenario del genocidio y de la destrucción de todos los ideales de civilización surgidos desde la Ilustración.

Al conflicto bélico iniciado en 1914 se le puso la etiqueta de que había sido “una guerra para acabar con la guerra”, pero preparó el camino para otra aún mayor. Y Kershaw explica por qué esas esperanzas se evaporaron con rapidez y cómo Europa construyó los cimientos de una “peligrosa triada ideológica” —comunismo, fascismo y democracia liberal— que rivalizaron por imponer su dominio.

Viaje de ida y vuelta al infierno 

La crítica a la democracia ganó terreno tras los desastres de la guerra y con el miedo a la revolución y al comunismo que llegaban desde Rusia. Tras la Gran Depresión, que comenzó a sentirse con fuerza a partir de 1930, la democracia aguantó sólo en unos pocos países y un nuevo autoritarismo, representado por los fascismos y los movimientos populistas de derecha radical, triunfó en todos los demás, en un continente económica y políticamente roto.

El orden pactado de posguerra se desmoronó. La política de rearme emprendida por los principales países desde mediados de los años treinta creó un clima de incertidumbre y crisis que redujo la seguridad internacional. El comercio de armas se duplicó desde 1932 hasta 1937. Importantes eslabones en esa escalada a una nueva guerra fueron la conquista japonesa de Manchuria en 1931, la invasión italiana de Abisinia en 1935 y la intervención de las potencias fascistas y de la Unión Soviética en la guerra civil española. Pero lo que realmente cambió el escenario de la política internacional fueron las pretensiones revisionistas y ambiciones expansionistas de Hitler.

Esa crisis se resolvió por las armas, en una guerra combatida por poblaciones enteras, sin barreras entre soldados y civiles. Según ­Kershaw, a diferencia de la guerra de 1914-1918, “el genocidio constituyó la razón de ser misma” de la de 1939-1945, “un ataque contra la humanidad sin precedentes en la historia”. Toda la construcción de la cultura burguesa e imperial de Europa se hundió en el abismo en tres décadas.

Pero del apocalipsis emergió una Europa cambiada por completo. Estados Unidos y la Unión Soviética pasaron a ocupar el vacío dejado por la desaparición de las grandes potencias, con Alemania destruida y Francia y Reino Unido muy debilitadas. Mientras que la primera de esas guerras del siglo XX había dejado un legado de convulsión, la segunda, una catástrofe todavía peor, dio luz a un periodo de estabilidad imprevisible y, en la mitad occidental, a una prosperidad incomparable. Kershaw cierra el libro, y anuncia la continuación, con una explicación de los elementos que interactuaron para crear la simiente de esa transformación, desde el fin de la ambición de gran potencia de Alemania, hasta la división en dos bloques y la nueva amenaza de guerra atómica.

Esta historia de Europa de Kershaw no destaca por las nuevas aportaciones que hace, sino por el modo en que la cuenta e interpreta. Los mejores historiadores huyen de esos pesados manuales elaborados con una suma de historias nacionales. El telescopio sustituye al relato detallado y la escritura clara y precisa se aleja de las complejas narraciones supuestamente más científicas. La historia sale ganando y el lector lo agradece. Sobre todo cuando detrás de ella está alguien tan experto y documentado.

Descenso a los infiernos. Europa 1914-1949. Ian Kershaw. Traducción de Joan Rabasseda y Teófilo de Lozoya. Crítica. Barcelona, 2016. 769 páginas. 31,90 euros

Cinco episodios para entender Ucrania

8 septiembre, 2017

Fuente: blogs.elpais.com/historias

Por: F. Javier Herrero 30 de enero de 2014

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Oficiales alemanes reciben a Leon Trotsky y Lev Kamenev en Brest-Litovsk / AP

La revuelta popular del ‘Euromaidán’, que se desató a finales de noviembre con la sorprendente decisión del Gobierno ucranio de suspender la firma del Tratado de Asociación y Libre Comercio con la UE, ha generado una convulsión interna que por lo pronto se ha cobrado la dimisión del primer ministro Mikola Azárov y todo su gabinete ministerial. Ucrania se enfrenta a la disyuntiva de acceder a la Unión Aduanera que ha forjado Rusia con Bielorrusia y Kazajstán o afianzar su relación con la Unión Europea mediante el tratado de asociación. La doble alma del pueblo ucranio -con un occidente que se ve custodio de las esencias nacionales y mira hacia Europa, y el sureste, de cultura y lengua rusas, que lo hace hacia Moscú-, vuelve a dividir al país como ya ocurrió en el pasado. Estos son algunos momentos claves del pasado de Ucrania que ayudan a entender el presente.

1- Desde 1654 la Tierra de la Frontera (ese es su significado en el idioma eslavo), a excepción de la occidental Galitzia vinculada al Imperio Austro-Húngaro, perteneció al imperio de los zares hasta que la I Guerra Mundial y la Revolución Rusa pusieron patas arriba el mapa de la Europa centro-oriental. La firma del Tratado de Brest-Litovsk en marzo de 1918 entre las Potencias Centrales y Rusia obligó a ésta a reconocer la independencia de Ucrania, entre otras muchas cláusulas humillantes, pero la derrota alemana en la Gran Guerra unos meses después, dejó en papel mojado lo firmado en Brest-Litovsk. Rusia quería recuperar los territorios perdidos y Ucrania se vio inmersa en una guerra civil con varias entidades autónomas apoyadas por rusos bolcheviques, rusos mencheviques, polacos… incluso un movimiento anarquista llamado el ‘Ejército Negro’ se hizo fuerte en el sur del país. El Tratado de Riga de marzo de 1921 puso fin a una guerra que dejó un millón y medio de muertos y marcó las fronteras definitivas hasta la II Guerra Mundial. Ucrania occidental se incorporó a Polonia y ésta reconocía a la República Socialista de Ucrania que en diciembre de 1922 fue miembro fundador de la URSS.

2- Las directrices marcadas por Stalin en la construcción del estado socialista y el primer Plan Quinquenal soviético trajeron funestas consecuencias para la nación ucrania que hoy día son una herida que supura en las relaciones entre ambos países. Stalin y los planificadores económicos culparon a los agricultores de acaparar los cereales y comprometer los resultados de los objetivos de industrialización. En 1929 la lucha de clases se desató contra los kulaks, los campesinos acomodados, que se convirtieron en un grupo social a liquidar. La resistencia de millones de campesinos a las requisas de la cosecha y la colectivización forzosa, fue contestada con una represión feroz que supuso ejecuciones, encarcelamientos, torturas y deportaciones en masa. Los efectos de la política de Stalin, que deliberadamente sabía que condenaba a sufrir penurias y hambre al campesinado de la URSS, se tradujo en el invierno de 1932-33 en una crisis que sentenció a muerte a unos cinco millones de ucranios. Algunos supervivientes testificaron que la escasez y el horror llegaron al punto de darse casos de canibalismo. Fue lo que se conoció popularmente como Holomodor, la Gran Hambruna, que para muchos es uno de los más brutales genocidios del siglo XX. El dictador georgiano afirmó que la muerte de un hombre es un hecho trágico, pero que la muerte de un millón es una simple estadística. Seguramente pensaba en eso cuando se dio la orden de que los niños que eran hijos de campesinos y fueron dejados por sus padres cerca de los orfanatos de las ciudades porque no podían alimentarlos, fuesen expulsados y abandonados en medio de la inmensidad del campo ucranio a su suerte.

3- En 1954 Nikita Kruschev, líder soviético de origen ucranio ruso-hablante, decidió asignar la república autónoma de Crimea a Ucrania para conmemorar los 300 años de unión entre rusos y ucranios. Esta península estaba poblada por tártaros hasta que Stalin en 1943 ordenó la deportación de la mayoría de ellos a Asia Central acusados de colaboracionismo con el ejército nazi. A partir de ese momento llega a Crimea población rusa y ésta pasa a ser su principal componente demográfico. Desde el punto de vista militar su importancia no es poca pues la flota soviética del Mar Negro estableció su base en Sebastopol. Al producirse la desintegración de la URSS en diciembre de 1991, los actos caprichosos de dirigentes anteriores acabaron pasando su factura. En mayo de 1992 el parlamento ruso declaró ilegal la cesión de Crimea a Ucrania en 1954, temeroso de que ésta rompiese con Rusia y la CEI (Comunidad de Estados Independientes) y avanzara hacia una mayor cooperación con Occidente. En 1994 los partidarios de la integración con Rusia dominaban el poder ejecutivo y legislativo en Crimea aunque por fortuna para Kiev las diferencias entre ellos no tardaron en aflorar y el poder central ucranio se hizo con la situación. En los años siguientes los presidentes Kuchma y Yeltsin pactaron el uso de la base naval y Ucrania decretó el control político desde Kiev del conflictivo territorio. Dicho esto, la mayoría ruso-hablante de la península no olvida sus orígenes.

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Manifestantes de la Revolución Naranja en Kiev en 1994 / Reuters

4- Las elecciones presidenciales de noviembre de 2004 se grabaron en la memoria de todos los ucranios. Putin viajó a Ucrania e hizo abiertamente campaña a favor de Víktor Yanukóvich, actual presidente y en ese momento heredero del corrupto presidente Leonid Kuchma. Víktor Yúshenko acudía a las elecciones en alianza con Yulia Timoshenko, conocida como la ‘princesa del gas’, dueña de una empresa importadora de gas ruso y representante del clan empresarial de Dnepropetrovsk. Timoshenko tiene intereses económicos directos con Rusia y ha sabido liderar el bando prooccidental, lo cual es más que notable. El 6 de septiembre, el candidato opositor y prooccidental Víktor Yúshenko enfermó repentinamente y tuvo que ser hospitalizado. Fue tratado en Viena y cuando reapareció el 19 de aquel mes, tenía el rostro irreconocible. Un descomunal sarpullido era el síntoma de lo que los médicos diagnosticaron como un envenenamiento con dioxinas. Yúshenko culpó a los servicios secretos que trabajaban para sus rivales políticos los cuales habrían decidido apearle de la carrera electoral y dejar el camino libre a Yanukóvich, pero Yúshenko se repuso. Cuando se celebró la segunda vuelta, las denuncias de fraude electoral llegaron desde todos los ámbitos menos Rusia. La negativa gubernamental a repetir las elecciones desataron la ‘Revolución Naranja’ con la que centenares de miles de personas ocuparon el centro de Kiev de manera pacífica bloqueando los edificios administrativos durante 18 días en una vigilia permanente que exigía democracia ante los ojos atónitos de medio mundo. Las regiones ruso-hablantes del este del país amenazaron con imponer su autonomía y el régimen pensó en declarar el estado de excepción. Las negociaciones entre las partes y la mediación internacional lograron alejar el fantasma de la guerra civil y alcanzar el pacto. Se volvieron a celebrar elecciones y Víktor Yúshenko fue elegido presidente.

5- Antes de llegar al presente Ucrania y Rusia tuvieron una última crisis con la guerra del gas que se desencadenó en enero de 2009. Rusia alegaba el impago de la deuda que Kiev mantenía con la compañía rusa Gazprom y la negativa ucrania a acordar un nuevo contrato de suministro, aparte de acusarle de robar gas. Por los gasoductos ucranios transita el 80% del gas que importa Europa de Rusia, que acabó tomando la decisión de cortar el suministro para presionar a Ucrania. Durante quince días con temperaturas a -15º, los países del este europeo se quedaron literalmente tiritando y algunos de la Unión Europea vieron sus reservas disminuir peligrosamente. El escenario político era muy complejo. Las relaciones entre ambos países se hicieron más difíciles ya que Putin no tragaba con la política nacionalista y prooccidental de Yúshenko. La Unión Europea había llegado a las puertas de Rusia con sus ampliaciones y se convertiría en el mercado natural de las exportaciones ucranias. Mientras tanto se negociaban créditos con el FMI y el BERD para salir de la apurada situación financiera de su economía. Al frente de Ucrania, los que antes eran aliados, ahora eran enemigos. El presidente Yúshenko acababa de cesar a Timoshenko como primera ministra tras la aprobación de leyes que mermaban el poder del presidente de la república y las reformas necesarias para salir del caos económico permanecían aparcadas. Ucrania y Rusia acabaron firmando un acuerdo sobre el suministro de gas con duras condiciones para la primera. Las firmas de ese acuerdo fueron luego usadas para acabar condenando a Yulia Timoshenko, a la sazón primera ministra, a siete años de cárcel por abuso de poder en unas circunstancias procesales que recordaban las de Mijail Jodorkhovski en Rusia.

Ucrania afronta de nuevo momentos decisivos. La Rusia de Vladimir Putin juega el papel de potencia global que quiere subvertir en lo posible la situación de postración en la que quedó tras la desintegración de la URSS y Ucrania es un peón necesario en esa estrategia por su situación en el mapa, pero los ucranios se consideran lo suficientemente fuertes para no aceptar la presión rusa como en tiempos anteriores. El tablero geopolítico en esa zona se mantiene inestable.

Sofía Casanova, una reportera en la Gran Guerra

9 junio, 2017

Fuente: blogs..elpais.com/historias

Por: María José Turrión | 23 de enero de 2014

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Junto con Emilia Pardo Bazán y Concha Espina, la gallega Sofía Casanova forma parte de la tríada de mujeres que, en el 75 aniversario de la aparición de la revista Blanco y Negro, figuran entre los escritores, poetas y periodistas seleccionados en el especial dedicado a las letras que se publica. Entre ellos, Rafael Alberti, Antonio Machado, Ramón Gómez de la Serna, Ramón Pérez de Ayala o Juan Ramón Jiménez, un elenco importante de la cultura española. De las 33 figuras incluidas en el cuadro de honor del suplemento, solo se reseñan estas tres mujeres.

Si Pardo Bazán y Concha Espina son mujeres ampliamente conocidas en la sociedad actual, no ocurre lo mismo con Sofía Casanova, y ello a pesar de los interesantes actos, estudios y escritos realizados por particulares en los últimos años, como la biografía que escribe Rosario Martínez Martínez, o la organización de actos por parte de instituciones como, la Casa del Lector y el Instituto Polaco de Cultura que en fechas recientes hicieron un homenaje a la escritora en forma de mesa redonda. También en el último año se ha estrenado el documental A maleta de Sofía, película que narra una parte de la vida de la autora. Asunción Bernárdez Nodal, en Sofía Casanova en la I Guerra Mundial: una reportera en busca de la paz de la guerra, realiza un estudio del pacifismo en su obra, desde la óptica cristiana y desde su condición de mujer.

Sofía Casanova sin embargo fue ampliamente conocida y también reconocida por sus contemporáneos. En 1906 es elegida miembro de la Real Academia Gallega. Se la agasajó en vida. Sus conferencias fueron aplaudidas por hombres y mujeres. El hecho de ser la única española en las conflictivas Tierras de sangre, dispuesta a narrar sus peripecias, sus posturas personales frente a los conflictos, sobre todo el de la I Guerra Mundial y la Revolución rusa, hizo que fuera tratada de heroína, al convertirse como en alguna ocasión se la ha llamado en “notaria de la realidad”.

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I Guerra Mundial, 1914-1918.

Fue una mujer culta, muy conocida en los ambientes literarios de la época. De profunda tradición católica, mantuvo posturas a favor de Franco durante la Guerra Civil Española. En diciembre de 1938, declaraba a La Voz de Galicia, con ocasión de su marcha a Varsovia, que estaba convencida de que el golpe de Estado provocado por un sector del Ejército traería momentos de desarrollo y esplendor a España: “Creo en el caudillo como se cree en un ser superior, y la suerte de España guiada por él será la más grande y más fecunda de nuestra historia”. Este apoyo, que se contradice en ocasiones con su experiencia vital y profesional, no explicaría el porqué la dictadura la olvidó después de esa manera. Ni sus novelas, ni sus poesías, ni sus artículos periodísticos, de gran agudeza en sus análisis políticos, lograron sobrevivir a la segunda mitad del siglo XX. En realidad, no lograron sobrevivir al nazismo.

En desacuerdo con la República y profundamente monárquica, rompe con ABC, de cuya cabecera fue cronista durante la I Guerra Mundial y la Revolución rusa, cuando a la edad de 80 años manda su primera crónica después de la invasión polaca de 1939. Con gran esfuerzo por su ceguera, consigue escribir un artículo que, como única respuesta por parte del director del periódico, Luca de Tena, obtiene la negativa a publicar “nada que vaya en contra de los alemanes”. En palabras de su nieto, esta respuesta constituyó una muerte en vida. Desengañada de los suyos y atrapada en el totalitarismo que sufrió Polonia, primero nazi y después soviético, Sofía fue apagándose en su longeva y apasionante existencia.

Sofía Casanova, en realidad Sofía Guadalupe Pérez Casanova (A Coruña, España, 1861-Poznan, Polonia 1958), fue una escritora de novela y poesía, autora de obras de teatro y cartas. Fue también traductora, hablaba cinco idiomas, y publicaría además de en España, en Francia, Polonia y Suecia. Trabajos que compaginó con el periodismo, escribiendo artículos para los periódicos ABC, El Liberal, La Época y El Imparcial entre otros, y fuera de nuestras fronteras  en el New York Times o en la Gazeta Polska. Aunque Carmen de Burgos fue pionera, como mujer, en el reporterismo de guerra, al cubrir para el Heraldo de Madrid la guerra de Marruecos en 1909, Casanova lleva a cabo la corresponsalía de la I Guerra Mundial y la revolución rusa de 1917. Realiza una entrevista a Trotski, más propia de una aventurera reportera contemporánea que de una católica conservadora de su época: “Cuando hace cuatro días me decidí en secreto de mi familia a ir al Instituto Smolny, una nevada densa y callada, caía sobre San Petersburgo. Deseaba y temía ir –porqué no confesarlo– al apartado lugar donde funcionan todas las dependencias del Gobierno Popular… Obscuras [sic] las calles resbaladizas como vidrios enjabonados y completamente solitarias a aquella hora –cinco de la tarde- tras muchos tumbos encontramos un iswostchik somnoliento en el pescante del trineo…” Sofía, en compañía de Pepa, la señora que le acompañó desde Galicia en su periplo polaco, logró entrar en el Palacio Smolny sin ningún impedimento, solo el propio rechazo y el miedo que le provocaban los marxistas, entonces llamados maximalistas. Realizó la entrevista a Trotski, ministro de Asuntos Extranjeros, y a quien Sofía consideraba como la persona más interesante de las que rodeaban a Lenin.

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Asalto al Palacio de Invierno de San Petersburgo en noviembre de 1917.

Gran viajera, en el sentido más completo y complejo de la palabra. La oportunidad de viajar y aprender idiomas le vino al casarse con el diplomático Wincenty Lutoslawaski. Con él, noble terrateniente polaco, diplomático y filósofo, que había venido a Madrid a estudiar el pesimismo en la literatura española, y recién casada se traslada a Polonia en 1887. Desde entonces, llevará su Galicia natal en el alma, también las tertulias y reuniones literarias, a las que le había dado acceso Ramón de Campoamor, quien además fue el que le presentó a su futuro marido en una de estas reuniones. En estas tertulias, frecuentaba la amistad de Blanca de los Ríos o de Emilia Pardo Bazán. Sin embargo, su vida quedará prendida para siempre y atrapada en un país, Polonia, y, como él, padecerá y quedará presa de los totalitarismos alemán y soviético.

El hecho de vivir en primera persona los grandes conflictos de la Europa del siglo XX, la hizo tomar parte en ellos. Fue esencialmente una defensora a ultranza del nacionalismo polaco, país por el que sintió una gran admiración y devoción. Una Polonia que desde 1795 estaba fragmentada y dividida entre Rusia, Austria y Prusia, y que está de manera continua presente en sus escritos. El 7 de abril de 1916, publicaba María de Echarri en La Acción, unas palabras de la escritora, en las que Sofía trataba de enmendar la plana al cronista de prensa Schneider:

“Siento viva satisfacción en que la causa de Polonia se conozca extensamente en mi Patria… Polonia, mayor seis veces que Bélgica, es, de todos los pueblos mínimos arrasados y engañados por los grandes en el cataclismo actual, del que menos se habla públicamente en la Europa beligerante y la de los neutrales. Yo creo que hará obra de justicia y propaganda de la verdad, quién de a conocer, al menos en las naciones neutrales, la significación internacional de Polonia, sus aptitudes de self governements, su cultura y su indomable voluntad de vida independiente… Rompa usted señor Schneider, una lanza en pro del porvenir de Polonia, pero teniendo ‘solo’ en cuenta su ‘vivo’ e ineludible interés nacional, no los intereses de los imperios centrales o del coloso ruso, que argumentan con la fuerza de sus cañones”.

También la vemos alentando a la mujer española a ocupar un lugar en la vida pública para “mejorar, suavizar y engrandecer” la sociedad. Entendiendo la importancia de la educación de la mujer en la cultura y en la sociedad de un país:  “Nada hay que dé tan exacta idea de la cultura de un pueblo como la situación que en su sociedad ocupa una mujer. La instrucción de esta, que es factor importantísimo en el desarrollo general, se cuida extremadamente en Polonia. El estudio de los idiomas forma parte principalísima del programa educativo… la gran mayoría de las educandas habla y escribe cinco y seis lenguas europeas”. Lo escribía Sofía en 1926, aún no se había proclamado la II República en España, momento en el que llegaron algunos hitos importantes para el desarrollo de la mujer española y sistema frente al cual demuestra abierto rechazo. Mucho antes, ella había fundado el Instituto de Higiene Popular y fue condecorada con la Gran Cruz de la Beneficiencia.

Horrorizada por las atrocidades de la I Guerra Mundial, que la sorprende en la hacienda familiar de Drozdovo en Polonia, y que al ser invadida por los alemanes da lugar a una diáspora familiar que la aísla de los suyos. En estas circunstancias decide dedicarse al cuidado de los heridos, en los hospitales del frente y retaguardia. Experiencia que volcará en sus artículos, crónicas y conferencias, dando a conocer los desastres de la guerra y también la importancia y la defensa del papel de la mujer en la sociedad. 6a00d8341bfb1653ef01a51059043b970c

Estaba convencida de que la intrusión de la mujer en el escenario público aligeraría a las sociedades de la violencia y agresividad. Una agresividad que conoce de cerca cuando trabaja para la Cruz Roja. Es entonces cuando vive una de sus peores experiencias al ser destinada, en compañía de otras enfermeras, a recoger a 700 soldados heridos en el frente de batalla. Marcha en tren a la ciudad de Skierniewice en un recorrido difícil y duro en el que los aldeanos les advertían de no poder seguir avanzando sin riesgo de caer en manos de los alemanes: “Por el lado izquierdo aparecía todo el horizonte enrojecido por el intensísimo fuego, que no cesaba ni un instante, por el lado derecho la Rusia blanca y silenciosa… Y por fin llegamos a Skierniewice. ¡Cómo estaba aquello, Dios mío! Heridos, muertos, terror”. Y sin embargo Sofía todavía recuerda con mayor horror los últimos meses de 1915: “Cuando la ola de hambrientos, de famélicos, de extenuados, no nos dejaban curar a los cuatro o cinco mil heridos que recibíamos a diario”. Por aquel entonces ella y su familia se alimentaban de pan negro amasado con paja. Por la labor que hizo en los hospitales durante la I Guerra Mundial, fue condecorada por el zar Nicolás II con la Medalla de Santa Ana.

Vivió de cerca la revolución rusa y la lucha entre los partidarios de Trotsky y de Lenin. Se conmovió profundamente con el asesinato de la familia del zar, con los encarcelamientos de obispos católicos, las purgas y asesinatos, todo ello la llevaría a ser una anticomunista convencida. La revolución de Octubre, además de en sus crónicas y artículos periodísticos, quedará reflejada en De la revolución rusa de 1917; La revolución bolchevista. Diario de un testigo y En la Corte de los Zares. Del principio y del fin de un imperio.

En este año que se recuerda el centenario del inicio del gran conflicto bélico que supuso la I Guerra Mundial, cabe ocuparnos de una mujer inusual para su época, una escritora y reportera atrapada en la crudeza de las grandes guerras y conflictos del siglo XX, que murió casi centenaria, ciega y olvidada  en la gélida Polonia soviética.

“Soy la única mujer española que vengo de aquellos lugares de desolación y muerte, en donde los hambrientos cavan sus fosas y en ellas se matan con sus mujeres e hijos”.

Balance de una guerra

21 noviembre, 2014

Fuente: http://www.elperiodico.com

En 1914, los militares embarcaron a sus países en un conflicto desastroso en el que todos perdieron.

Josep Fontana. SÁBADO, 28 DE JUNIO DEL 2014

La primera guerra mundial fue un error histórico en el que las potencias europeas consumieron sus fuerzas en un conflicto en el que todas iban a resultar perdedoras, lo que retrasó un futuro de progreso al que parecían apuntar los avances de la cultura y de la ciencia en los primeros años del siglo XX (los nuevos lenguajes de las vanguardias del arte y los fundamentos de la revolución científica son anteriores a 1914).

La mayor de las responsabilidades correspondió, sin duda, a los militares, que embarcaron a sus países en un conflicto desastroso manejando un nuevo y mortífero armamento cuyos efectos reales no entendían, lo que implicó el inútil sacrificio de millones de vidas humanas. Pero no es menor la de los políticos, que se dejaron convencer sin valorar el coste de la empresa y la escasa entidad de las ganancias que podían obtener.

Parece claro hoy que la responsabilidad inmediata del inicio del conflicto -hoy se cumplen 100 años del atentado de Sarajevo- hay que atribuirla al Gobierno alemán. Como nos muestra John C. G. Röhl en su monumental biografía del káiser Guillermo II, los altos mandos del Ejército alemán estaban esperando la oportunidad de declarar una guerra preventiva contra Francia y contra Rusia antes de que completasen sus campañas de rearme, contando con que Gran Bretaña, que estaba ocupada en el conflicto de Irlanda, se abstendría de participar. De modo que «no solo los generales alemanes, sino algunos civiles de alto rango en el Gobierno, celebraron el asesinato de Sarajevo como una afortunada oportunidad de iniciar la llamada guerra preventiva».

No había de costarles convencer al emperador, que tenía su propia interpretación acerca de este asunto: «El segundo capitulo de las invasiones de los bárbaros ha comenzado. Tercer capítulo: lucha de los germanos contra los rusos y contra los galos por su existencia. Ninguna conferencia podrá evitarlo, porque no es una cuestión política, sino de razas… Se trata de la existencia de la raza germánica en Europa».

Había por lo menos otros dos motivos para justificar esta aventura. El primero de ellos, la realización del sueño colonial: en 1900 Gran Bretaña tenía 367 millones de súbditos coloniales, Francia tenía 50 millones y Alemania tan solo 12, menos que los holandeses o los belgas. El segundo, la voluntad de frenar el ascenso del SPD, el Partido Socialdemócrata Alemán, que en 1912 era, con 110 diputados, el más numeroso en el Reichstag, donde no podía derribar a un Gobierno con sus votos pero sí controlar los presupuestos.

Como ha señalado Max Hastings, los alemanes se equivocaron en 1914 al optar por la guerra, «subestimando el peso económico e industrial del poderío de su país». De haberse mantenido 30 años más en paz, podrían haber alcanzado el mismo dominio sobre Europa del que hoy disfrutan, ahorrándose los costes de perder dos guerras mundiales.

Pero el mayor de los errores fue sin duda el que cometieron los dirigentes de Gran Bretaña embarcándose en una guerra que no afectaba a sus intereses y en la que no tenían nada sustancial que ganar. Niall Ferguson afirmó en The pithy of war que fue mucho peor que una tragedia, «fue el mayor error de la historia moderna». Gran Bretaña sufrió grandes pérdidas en vidas humanas y se arruinó económicamente. Sus dirigentes se habían equivocado, al igual que los de Francia y de Italia, al pensar que podrían compensar los enormes gastos del conflicto con las reparaciones que habrían de pagar los alemanes. Rudyard Kipling, que había perdido a un hijo en la guerra, lo decía en unos versos que expresaban el sentir popular británico: «El precio de nuestras pérdidas nos lo tendrán que pagar en mano, no a otros ni en otro momento. Ni el extranjero ni el sacerdote han de decidirlo. Es nuestro derecho».

Solo que no había de donde sacar estas reparaciones, de modo que los vencedores quedaron tan empobrecidos como los vencidos, y con grandes deudas con Estados Unidos, que había acumulado en esos años la mayor parte de las reservas mundiales de oro como consecuencia de sus ventas a los beligerantes, lo que explica que comenzase ahora «el siglo norteamericano», con el dólar como moneda de referencia.

Desaparecidos los viejos imperios que habían mantenido la estabilidad del mundo desde la edad media, la Europa de la posguerra no consiguió recuperar su equilibrio. En The Deluge. The Great War and the Remaking of Global Order, el mejor estudio hasta hoy publicado acerca de las consecuencias de la guerra, Adam Tooze sostiene que fueron precisamente los norteamericanos, que habían alcanzado un grado de poder nunca conocido en la historia, los responsables de ello al imponer que se firmase una paz sin victoria, por una parte, y desentenderse después de unas consecuencias que habían de llevar a un nuevo conflicto mundial.

Diez iconos bélicos

22 mayo, 2014

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

Desde el casco con pincho de los alemanes que aterraba al enemigo, pero facilitaba el tiro, hasta los pantalones rojos de los franceses.

Objetos convertidos en emblemas de la barbarie

Las tropas francesas de Marne se mueven con ayuda de taxis.

1. Pickelhaube

El tradicional casco con pincho del ejército alemán, muy siglo XIX, es indefectiblemente uno de los iconos de la Gran Guerra, el reverso de la tierna amapola de Flandes. Símbolo de militarismo y poderío, introduce en un elemento inicialmente defensivo (el casco) un matiz ofensivo (el pincho), además de arrojar una imagen de notables  violencia y agresividad. Los regimientos equipados con Pickelhaube parecen avanzar con el doble de bayonetas. Para la propaganda Aliada representaba estupendamente la brutalidad germana. Imposible separar este tipo de casco de la estampa de arrogancia, belicosidad y hasta bravuconería que ofrecía el Alto Mando alemán con sus Hindenburgs, Ludendorffs y Von Moltkes y a su cabeza (nunca mejor dicho) el Káiser Guillermo II, al que algunos autores atribuyen una especial responsabilidad en el desencadenamiento de la guerra.   El Pickelhaube o Pickelhelm fue diseñado por Federico Guillermo IV de Prusia que lo convirtió en el casco reglamentario de la infantería prusiana en 1842. El modelo tuvo éxito y se extendió por los demás principados alemanes. Pero ya en 1842 el poeta Heine se mofaba del Pickelhaube como símbolo reaccionario y jugaba con la idea de que el pincho pudiera atraer rayos de modernidad a las cabezas románticas. Los ejércitos del II Reich fueron a la guerra en el 14 con una variante más barata de los ostentosos cascos metálicos que empleaban los generales y altos dignatarios -y que nadie lució como (en su tiempo) Bismarck sobre sus bigotes de morsa-. Esos Pickelhaube de lujo incluían plumas, crines de caballo y otros adornos. Los de los soldados estaban hechos de cuero con adornos de metal y se los había dotado de una cubierta de lona marrón (luego Feldgrau), el Überzug, para protegerlos de la suciedad y hacerlos menos visibles en combate.  Los cascos de pinchos demostraron ser poco prácticos para la guerra de trincheras, y además no te podías sentar encima, aunque como abrelatas seguramente no tenían precio. Ofrecían escasa protección para la metralla y el pincho, aparte que le podías vaciar un ojo al camarada en pleno Angriff, hacía al soldado muy conspicuo. En 1915 se les quitó esa incómoda protuberancia. A partir de 1916 fueron progresivamente reemplazados por el moderno casco de acero, el Stahlhelm, lo que redujo las heridas mortales en la cabeza un 70 %.  El Pickelhaube seleccionado aquí y que, en muy material metáfora de la muerte de los caducos valores y sueños imperiales, presenta un tremendo impacto frontal, pertenecía a un (desafortunado) oficial y forma parte de la espléndida colección Charles Friese de 560 cascos alemanes que se exhibe en el museo del Fort de la Pompelle, cerca de Reims. 

2. El coche de Sarajevo

 Es tentador pensar que si ese coche hubiera sido cubierto o blindado o si su conductor se hubiera mostrado más hábil o hubiera existido el GPS no se hubiera desencadenado un aterrador conflicto que causó unos 16 millones de muertos (¡uno cada segundo de la guerra!). En realidad no es cierto: según los historiadores, la I Guerra Mundial hubiera estallado igualmente sin el atentado de Saravejo, pues las tensiones políticas, el inexorable juego de alianzas y los planes militares conducían a la catástrofe. No importa, en el imaginario colectivo el Gräf & Stift de seis plazas en el que fue asesinado el archiduque Francisco Fernando, heredero del imperio Austrohúngaro el 28 de junio de 1914, junto con su mujer, tiene tanto peso como  el Lincoln Continental de JFK en Dallas, otro descapotable bañado en sangre y que marcó el fin de una época. El automóvil de Saravejo, ante el que no puedes dejar de estremecerte pues se conserva igualito que aquel nefasto día en que circulaba despistadamente junto al Miljacka, se podía ver (e incluso subirte en un despiste de la vigilancia) hasta hace unos meses en el museo militar (Heeresgeschichtliches) de Viena, pero ahora ha sido provisionalmente retirado de circulación (¡) mientras se renuevan las salas dedicadas a la I Guerra Mundial con motivo del centenario. Es tentador imaginar que está pasando una suerte de ITV histórica. El coche volverá a exhibirse a partir del próximo 28 de junio, cuando cumple exactamente un siglo de su sangrienta cita con el destino. El fetichismo quiere que no le hayan limpiado la tapicería. El Gräf & Stiff inició aquel recorrido por la capital serbia en una época y al frenar definitivamente al final de los acontecimientos aparcó –aunque muchos aún no se dieron cuenta- en otra. El automóvil, viva imagen de la pompa austrohúngara con sus ilustres ocupantes vestidos de gala y el estandarte de los Habsburgo flameando junto al estribo, desfiló en una comitiva de seis vehículos por la ciudad en lo que para muchos serbios debió parecer una señora provocación. El puñado de terroristas (seis) que acechaba el recorrido y a los que algunos historiadores gustan de comparar con los de Al Qaeda, aunque eran unos aficionados, y muy jovencitos, se movió entre la chapuza y, sorprendentemente, el éxito absoluto. Lanzaron una bomba, que el archiduque desvió con el brazo y que estalló en la calle. Y en última instancia, el personaje del día, Gavrilo Princip, que se encontró el coche por casualidad cuando salía de una tienda de comprarse un sándwich, fue capaz de con dos únicos disparos de revólver matar a Francisco Fernando y a su mujer, demostrando de paso que las medidas de seguridad en torno al archiduque eran de risa (¿cómo es que no lo sacaron de allí enseguida tras el primer intento de magnicidio?). Princip se cargó al hombre equivocado –el heredero no era favorable a la guerra- y dio a los halcones del imperio Austrohúngaro el pretexto para declarar la guerra a Serbia e invadirla, lo que puso a rodar, como un monstruoso cigüeñal, el oscuro vehículo en el que viajaban los cuatro jinetes del apocalipsis.

3. La trinchera

La trinchera, inseparable de la alambrada, la ametralladora y la yperita, es el gran símbolo de la I Guerra Mundial. Ya se habían hecho antes (desde Troya, en realidad) y se han seguido cavando después, pero la escala de lo que se hizo entonces superó todo lo imaginable: una serie de gigantescas cicatrices zigzagueantes trazadas sobre paisajes de sobrecogedora desolación que siguen ahí como recordatorio de la Gran Guerra. Infinidad de soldados se vieron obligados a vivir en condiciones precarias y a menudo inhumanas en un laberinto de trincheras enfrentadas que en el frente occidental discurría prácticamente desde Suiza hasta el mar del Norte. A menudo embarradas y llenas de inmundicia, desperdicios y ratas, las trincheras, apoteosis de la pala, mantenían a los soldados más o menos vivos entre ataque y ataque pero a costa de padecimientos inenarrables. El frío, el hambre, la miseria y el miedo reinaban en esos espacios claustrofóbicos, insanos y peligrosos en los que millones de hombres lo pasaron realmente fatal. Por no hablar de las vistas, tan deprimentes: la tierra de nadie humeante y llena de cráteres donde se pudrían los cadáveres de amigos y enemigos. Eran las trincheras una antesala del infierno y a veces se convertían en el averno mismo. La Guerra Civil de EE UU ya había mostrado que la capacidad mortífera de las nuevas armas de fuego abocaba las batallas a un irremediable estatismo. Ya no bastaba con ser un héroe: los nuevos fusiles y sobre todo las ametralladoras podían dar cuenta de regimientos enteros de valientes que avanzaran a la antigua usanza, sin protección. Eso sin contar el efecto devastador de la nueva artillería pesada. La Gran Guerra comenzó entre el general optimismo de muchos militares que, pese a las advertencias y los augurios, se las prometían muy felices. Fue aquello de que “por navidad en casa”, la esperanza de una victoria rápida y completa, cuya expresión más depurada era el plan Schlieffen con el que los alemanes confiaban derrotar a Francia en seis semanas flanqueándolos en una invasión a través de Bélgica. Resultó una ilusión. La mezcla de potencia de fuego, enormidad de los ejércitos y falta de movilidad (la mecanización era aún muy escasa) condujo al punto muerto, las batallas de desgaste, el estancamiento y a esa aberración (dentro de la aberración que es la guerra) que fue la guerra de trincheras a gran escala. Paradójicamente, entre ataques masivos que resultaban poco menos que suicidas, regresaron –además de un sorprendente uso del ocio- formas de lucha casi primitivas que incluían el cuerpo a cuerpo incluso con mazas. La ametralladora resultó decisiva a la hora de fomentar la inmovilidad. Nadie ha expresado mejor sus efectos que Robert Graves en Adiós a todo eso, en el episodio en que un pelotón se tira al suelo y cuando el oficial se pone en pie, les ordena seguir, nadie le hace caso y grita  a sus hombres “¡malditos cobardes, adelante!”, el sargento carraspea y le indica: “Nada de cobardes, señor, están todos endemoniadamente muertos”.   La ametralladora los había barrido cuando intentaran levantarse en respuesta al silbato del oficial. Hay muchas trincheras musealizadas y visitables, las alemanas generalmente mejores que las francesas, pues estos las veían como provisionales (se luchaba sobre territorio patrio que había que liberar), pero aquí recomendamos la recreación que se ha hecho en el Imperial War Museum de Londres, la Trench Experience, que permite revivir por un rato la intensa sensación de estar en uno de esos lugares en vísperas de un ataque, y de noche. Con eso y una novela gráfica de Jacques Tardi sobre la guerra vas servido.

4. Locomotora turca

Sí, una locomotora turca es un objeto muy grande, pero también simboliza, además del papel fundamental de los trenes en general en la movilización de tropas hacia todos los frentes, una aventura enorme que a veces olvidamos que fue parte de la I Guerra Mundial: la rebelión árabe, aquella lucha en la que se forjó la leyenda de T. E. Lawrence, uno de los personajes inolvidables de la Gran Guerra, y tan vinculado a ella, en realidad, como Foch, Joffre o Pershing. La locomotora turca, objetivo estelar junto con Aqaba de los esfuerzos de Lawrence de Arabia, el emir Dinamita,  nos recuerda además que aquella guerra tuvo muchos frentes, algunos exóticos, como el desierto, Palestina, Mesopotamia, o las colonias africanas, donde británicos, franceses y alemanes combatieron en paisajes y condiciones muy distintos de los del Somme o Verdún.  En el África oriental se vivieron numerosos episodios bélicos –que han pasado a nuestro imaginario con películas como La Reina de África o Lejos de África- y despuntaron personajes como el notable general alemán Von Lettow-Vorbeck, el vencedor de Tanga, con sus askaris negros, sin olvidar que en ese teatro murió alcanzado por un francotirador germano el gran cazador y explorador Selous (véase su busto en las escaleras a fondo del gran vestíbulo del Museo de Historia Natural de Londres), mientras trabajaba de scout para los británicos. En Beersheba, cerca de Gaza, tuvo lugar en 1917 la célebre carga de caballería de la 4ª Brigada Ligera australiana, una de las últimas de la historia. En una guerra globalizada, los enfrentamientos se trasladaron a lugares como Gallipoli, en los Dardanelos-tumba de tantos jóvenes australianos y neozelandeses-, o el Pacífico, escenario de las grandes peripecias de los barcos corsarios alemanes, el Emden, o el Seadler, el último  a vela… A veces se olvida que junto a los imperios ruso, austrohúngaro y alemán, otro, el turco, también pereció en la Gran Guerra. Alinearse con las potencias centrales no fue una buena idea. Los trenes fueron parte de sus acuerdos económicos y militares con Alemania, que proyectó una línea Berlín-Bagdad capaz de transportar el petróleo del Golfo.  Muchas de las locomotoras que trasladaban a las tropas turcas  –pobremente equipadas y pésimamente dirigidas, aunque el turco era un soldado valeroso y sufrido-, estaban fabricadas en Alemania, que trató de modernizar, equipar y adiestrar al ejército turco con el intento de crearse nuevas áreas de influencia y perjudicar los intereses aliados. Las viejas locomotoras voladas por Lawrence y sus árabes pueden verse jalonando como monstruos rotos y oxidados antiguos parajes de la línea del Hejaz. La que hemos elegido para esta selección (construida por la firma alemana Arnold Jung Lokomotivfabrik en 1908) es la que  puede verse expuesta junto a la estación de Damasco, intacta (de momento).

5. El triplano del Barón Rojo

Un aeroplano no puede faltar aquí. La I Guerra Mundial significó un gran despegue (¡) de la aviación, aunque muchos aviadores lo que hicieron fue estrellarse. Y qué mejor aeroplano que el mítico Fokker triplano del legendario Barón Rojo. En realidad, Manfred von Richthofen consiguió la mayoría de su larga lista de derribos a los mandos de un Albatros DV (que también pintó de rojo), pero es con el triplano, que no era ninguna joya como caza, por cierto, con el que ha volado a la posteridad. Murió con 80 victorias y solo 25 años en un episodio que aún no se ha esclarecido del todo –la bala que lo mató parece haber procedido de tierra, de tiradores australianos,  y no de las ametralladoras del Sopwith Camel del canadiense  Roy Brown-. Von Richthofen, herido de muerte, logró aterrizar pero el triplano fue rápidamente despiezado por los amantes de souvenirs (el propio Brown se llevó el asiento), lo que da una idea de lo populares que eran los pilotos;  sus trozos están repartidos por medio mundo (incluidos varios en el Imperial War Museum de Londres). El triplano que recomendamos ver es la réplica que cuelga del techo en el  Deutsch Museum en Munich. Da qué pensar: en la audacia de aquellos aviadores, en el sino fatal de la mayoría, en su muerte horrenda abrasados muchos mientras se precipitaban desde el cielo –algunos usaron su revólver para ahorrarse sufrimientos, otros, como Max Müller, saltaron de la cabina, sin paracaídas-. Los pilotos vivían en una contradicción de base: adelantados de una guerra nueva en el cielo, con tecnología puntera, a la vez se tenían y eran vistos como representantes de una vieja manera caballeresca de hacer la guerra que se había desvanecido ya allá abajo, en la fútil y anónima carnicería masiva de las trincheras. Los ases, Richthofen, su hermano Lothar, Immelmann (el águila de Lille), Guynemer, Mannock…, se convirtieron en símbolos de una clase de combate individual que redimía de algún modo a la enfangada carne de cañón y en el que era posible el honor (y el estilo: Werner Voss volaba con camisa de seda argumentando que si lo cogían prisionero quería tener buen aspecto para las damas). Claro que esto no era cierto, o no del todo. La guerra aérea –no podía ser de otra manera- tuvo sus miserias, sus villanos y sus atrocidades y morir en el cielo no tiene porqué ser mejor que morir en tierra. Los pilotos veteranos abatían a los nuevos sin demasiadas contemplaciones para incrementar sus listas. El Barón Rojo (los alemanes no pintaban los aviones de colores vivos –el famoso circo volante- por capricho, arrogancia o valentía sino para reconocer sus escuadrillas)  se llevaba recuerdos de los aeroplanos que derribaba, como decoración. Y no hay que olvidar que la I Guerra Mundial vio el desarrollo del bombardeo de poblaciones: los bombarderos Gotha alemanes y Handley Page británicos, y los zepelines de los primeros (50 raids sobre Londres que mataron a medio millar de personas) atacaron ciudades y sembraron el terror. Algunos especialistas señalan que la gran contribución bélica no la hicieron los cazas ni los bombarderos, sino los humildes (y peligrosísimos) vuelos de observación, que servían para orientar a la artillería y descubrir los movimientos del enemigo, como hicieron los alemanes en el Marne.

6. Pantalón rojo de soldado francés

El pantalón rojo con el que Francia hizo entrar a sus soldados en el conflicto es un excelente símbolo de lo mal equipados para la guerra moderna que iban los ejércitos, el estúpido orgullo nacional que ayudó a precipitar la contienda, la trasnochada idea de lo que era el servicio de armas y la estulticia e ineptitud, rayana en el delito, de los mandos (los ingleses acuñaron para sus generales la frase “leones mandados por burros”; autores como Max Hastings suscriben aún hoy en buena parte esa consideración). Nos sirve, el pantalón de marras, para recordar la pompa, la fanfarria y la irresponsabilidad con la que numerosos regimientos, de todos los países, marcharon tras los tambores y banderas. Igualmente podíamos haber elegido un vistoso uniforme de húsar austrohúngaro, con su bonita pelliza, o de lancero ruso o coracero francés. Pero fue un ministro de la guerra francés, Eugène Étienne, el que indignado ante la propuesta de cambiar el pantalón rojo por algo menos visible se exclamó: “Eliminer le pantalon rouge? Jamais! Le pantalon rouge, c’est la France!”. ¡A cuantos poilus no les habrá costado la vida la frasecita! Eugène Clémentel, responsable del presupuesto de guerra en 1911 añadía: “Faire disparaître tout ce qui est couleur, tout ce qui donne au soldat son aspect gai, entraînant, rechercher des nuances ternes et effacées, c’est aller à la fois contre le goût français et contre les exigences de la fonction militaire”. Es cierto que algunos ejércitos habían hecho los deberes. Los alemanes iban de Feldgrau (aunque como hemos anotado seguían con el casco de pincho, y lanzaban al combate ulanos, lanceros y toda la parafernalia montada), los británicos de kaki.  Los franceses tardaron un tiempo criminal en vestir a sus soldados en condiciones: con el nuevo uniforme color bleu horizon (o para algunos bleu incertain), que tiraba (¡) a gris claro. De paso cambiaron progresivamente el quepis de rigor por un casco, el modelo M15 Adrian, con su característica cresta, por el nombre del diseñador, el intendente-general August-Louis Adrian. Los pantalones rojos que nos sirven de ejemplo aquí son los del estupendo maniquí con el uniforme del 27º regimiento de infantería que se exhibe en el Musée de l’Armée en los Invalides, en París. El reverso oscuro de la guerra elegante, de bonitos uniformes, compostura viril, sables rutilantes  y marcha Radetzky, son los muertos eviscerados y decapitados, el sufrimiento indescriptible de los heridos, dado que en ausencia de antibióticos la gangrena seguía afectando  a la mayoría; y las atroces heridas de los mutilados que se esencializan espantosamente en los gueules cassés, los alcanzados en la cara, desfigurados hasta lo indecible. Cinco de ellos fueron apostados en el acto de firma del Tratado de Versalles para avergonzar (más) a los alemanes. 

7. Maza británica para rematar caballos heridos

Se calcula que 8 millones de caballos murieron en la I Guerra Mundial. En la marcha al Aisne se encontraba un caballo muerto cada 200 metros. Estamos en los predios de War horse, y del sufrimiento no solo de los caballos de batalla y de tiro sino de las distintas especies animales –mulas, camellos, perros, bueyes, palomas (no se rían, fueron los animales más condecorados en la guerra, por su insustituible tarea como mensajeras)-, que padecieron el conflicto como parte del esfuerzo de guerra de ambos bandos. Se subestimó el enorme desperdicio de bajas animales que provocaba una guerra moderna. La temible maza para rematar caballos que mencionamos aquí formaba parte de una exposición del Imperial War Museum sobre los animales en las guerras. Era una herramienta salvaje y basta que se manejaba con ambas manos para aplastar el cráneo de los nobles  brutos heridos cuyo convulsionante y ciego dolor ponía una nota añadida de especial espanto en los campos de batalla. Era urgente acabar con los sufrimientos de las pobres bestias para impedir que el pánico se extendiera a sus congéneres y evitar estampidas, por no hablar de la deprimente imagen que ofrecían a los combatientes. A veces ver a un inocente animal torturado por la metralla podía resultar peor que observar a un soldado con las tripas al aire. La guerra dejó también un gran número de caballos tullidos, con los que la sociedad no tuvo contemplaciones. La caballería –solo el ejército ruso sumaba 36 divisiones- entró en la I Guerra Mundial con un eco aún de las guerras napoleónicas, para encontrase con una realidad letal. Era muy vulnerable ante las armas modernas y las sillas se vaciaban al ritmo terrible de la fusilería y las ametralladoras. Los coraceros y dragones franceses sufrieron especialmente. El amplio uso de los caballos como fuerza motriz de los ejércitos en la Gran Guerra nos da la razón última de la guerra de trincheras:  la escasa motorización impedía avanzar deprisa y poder romper masivamente el frente enemigo como sí lo consiguieron los alemanes con las divisiones pánzer en la II Guerra Mundial. La aparición del tanque (la gran novedad de la I Guerra), 32 británicos en septiembre de 1916 en el Somme, se produjo muy tarde y en número y calidad muy bajos para significar un cambio drástico en el campo de batalla (paradójicamente, los alemanes que lo usarían luego tan bien fracasaron con sus mastodónticos Sturmpanzerwagens).  Pero operaciones como el ataque en masse de 381 carros de combate británicos Mark IV en Cambrai en noviembre de 1917, cuando abrieron brecha en las alambradas alemanas y cruzaron las tres líneas de trincheras enemigas, resultando de ello un avance de casi diez kilómetros en el frente alemán y la captura de 10.000 prisioneros y 200 cañones, mostraron que los monstruos de acero eran armas de futuro.

8. Crucero ruso Aurora

Anclado en el Neva en San Petersburgo, convertido en museo y visitable, el crucero Aurora simboliza, por supuesto, las batallas en el mar de la I Guerra Mundial, pero también un acontecimiento tan trascendental en la contienda como fue la Revolución rusa. En sí la historia militar del crucero no es para tirar cohetes. Es cierto que participó en la batalla –desastrosa para los rusos- de Tsushima contra la flota japonesa en 1905 –donde murió su capitán- y que en 1911 ancló en Bangkok para unirse a la celebración de la coronación del nuevo rey de Siam, que ya es destino exótico,  pero en la Gran Guerra su cometido  se redujo a algunas patrullas y bombardeo de costas como parte de la Flota del Báltico. Fue mientras fondeaba en Petrogrado (como se llamaba entonces San Petersburgo) en 1917 cuando ganó fama universal como símbolo revolucionario al unirse su tripulación a los bolcheviques, negarse a hacerse a la mar para volver a la guerra y, según la leyenda, disparar con su cañón de proa el 25 de octubre el primer zambombazo de la revolución, que dio la señal para el asalto al Palacio de Invierno, en el que habrían participado los propios marineros.  La toma del poder por los bolcheviques condujo al armisticio con Alemania, que se encontró de repente librando la guerra en un solo frente. Hoy el Aurora ofrece la posibilidad no solo de adquirir una gorra en el tenderete del muelle y sentirte parte de la vieja tripulación sino de contemplar cómo eran los barcos de guerra de la época. Esos barcos tuvieron mucho que ver con el desencadenamiento de la contienda. La carrera armamentística naval fue uno de los elementos clave en las tensiones prebélicas. Especialmente la amenaza que supuso para potencias como Gran Bretaña, sobre todo, o Rusia el frenético programa de construcción naval acometido por Von Tirpitz, el artífice de la marina del Káiser. Hablar de la Gran Guerra en el mar es hablar de Dreadnoughts –los nuevos e innovadores acorazados británicos-, del almirante Fisher (“pega primero, pega fuerte y sigue pegando”), de las vicisitudes de la escuadra de von Spee en las costas del sur de Chile hasta ser destruida en las Malvinas, de la batalla de Jutlandia  en la que los británicos perdieron 14 barcos y los alemanes 11 (y ambos bandos sostuvieron que habían ganado), y la gran aventura de los corsarios (como el ya citado Emdem), los buques trampa y los submarinos. Los U-Boote alemanes fueron un arma nueva y sorprendente  que demostró su valía en manos de comandantes como Otto Weddigen, que envió al fondo del mar a tres cruceros británicos en una hora, o Von Arnaud de la Perière,  que hundió 200 buques (sobrevivió  a la primera guerra y volvió al servicio en la segunda para, qué cosa, morir en un accidente aéreo en 1941). Recordemos que los submarinos tuvieron que ver con la entrada de EE UU en guerra a causa del impacto público del hundimiento por el U-20 del Lusitania, en el que se ahogaron 128 civiles estadounidenses, entre ellos un Vanderbilt.

9. Taxi del Marne

La de los taxis del Marne es una de las grandes leyendas de la I Guerra Mundial. Cuando en septiembre de 1914 los alemanes de Von Kluck parecían imparables y sus avanzadillas de ulanos se acercaban a pocos kilómetros de París, surgió la idea de que una forma rápida de enviar tropas de refresco para bloquear al invasor a orillas del Marne era aprovechar los taxis de la capital. Se atribuye al general Galliéni la ocurrencia. Bajo sus órdenes, taxis y otros vehículos, hasta sumar un par de millares, fueron requisados y cargaron cada uno cuatro o cinco soldados de la 7ª división de infantería para trasladarlos al frente. En realidad lo que detuvo a los alemanes no fue ese contingente de apenas una brigada –aunque el efecto psicológico de los taxis cargados de soldados debió animar a los parisinos- sino la propia indecisión de los invasores que, según algunos historiadores, llegaron a tener en sus manos la posibilidad de llegar a París, lo que hubiera significado seguramente el final de la guerra. Si la contribución militar de los taxis del Marne fue muy escasa, su impacto en la moral francesa resultó altísimo y adquirió proporciones míticas. Varios de esos taxis legendarios se han conservado. Uno de ellos es el Renault G7 de ocho caballos que se exhibe en el Musée de l’Armée de París y que como el coche de Sarajevo parece sacado de El Rally de Montecarlo y toda su zarabanda de antaño o de las aventuras de Penélope Glamour y Pierre Nodoyuna Otras leyendas de la Gran Guerra son  la de la quinta columna (un periódico inglés publicó que 50.000 alemanes disfrazados de camareros se encontraban ya en Gran Bretaña al inicio de la guerra esperando la señal  para entrar en acción –la espiomanía nos llevaría a encontrarnos con Mata Hari-), o la de los francotiradores emboscados en las ciudades –que sirvieron de pretexto para terribles represalias entre los civiles perpetradas especialmente por los alemanes y los austrohúngaros, aunque también hubo mucho cuento en el cliché de la “bestialidad alemana” con historias de bebés belgas empalados por “bayonetas hunas” o de niños mutilados por los granaderos prusianos: mucha propaganda aliada -. Caso aparte es el de los famosos “ángeles de Mons”, seres sobrenaturales que habrían ayudado a la fuerza expedicionaria británica en dificultades y que se confunden con los fantasmagóricos arqueros medievales ingleses que, provenientes de Azincourt,  habrían combatido al lado de sus paisanos lanzando flechas sobre los alemanes (la historia tuvo su origen en un relato de Arthur Machen).

10. Medalla ‘Pour le Mérite’ (Blue Max)

Herman Goering con sus condecoraciones. / BETTMAN / CORBIS

La Pour le Merite o Blue Max era la gran condecoración alemana en la I Guerra Mundial, muy ambicionada especialmente por los aviadores. A diferencia de la Cruz Victoria  (VC) británica, que tiene mucho más empaque militar, pues solo se concede, y con racanería, a verdaderos héroes, y de todos los rangos, la bonita medalla alemana azul solo era para oficiales y se entregaba también a altos mandos y dignatarios sin hechos de guerra, incluso a príncipes alemanes y mandatarios turcos. No obstante, la Blue Max fue a parar a verdaderos valientes y lo interesante es que a través de ella, además de adentrarnos en el raro mundo del heroísmo, podemos deslizarnos hacia el mundo de entreguerras para llegar a la II Guerra Mundial. Efectivamente, varios de los personajes alemanes importantes del III Reich la poseían, lo que muestra a las claras la continuidad entre una y otra guerras –por si no fuera bastante el Tratado de Versalles-. Rommel, el que sería el famoso Zorro del Desierto, probablemente el general más famoso de la II Guerra Mundial, había ganado la Blue Max  en 1917 a resultas de su papel al mando de  tropas de asalto en batallas contra los italianos en el durísimo frente del Isonzo, en los Alpes Julianos. Su Pour le Merite puede verse expuesta en el pequeño museo dedicado a la memoria del mariscal en Blaustein-Herrlingen, cerca de Stuttgart. Otro poseedor de la medalla era Hermann Goering, que la consiguió en junio de 1918. El as de caza con 22 victorias se convirtió luego en el segundo hombre más poderoso del III Reich. Un caso diferente es el de Ernst Jünger, que ganó su Pour le Merite en septiembre de 1918 por sus hazañas en combate en las trincheras y que vistió de nuevo el uniforme en la siguiente guerra aunque teniendo sus más y sus menos con el régimen. Quien no logró ni esa ni otra medalla, claro, fue Paul Bäumer, el personaje protagonista de Sin novedad en el frente. La medalla más relevante de la I Guerra Mundial –por lo que supuso para el mundo la experiencia bélica del que la logró- fue la Cruz de Hierro ganada por un humilde gefreiter del ejército imperial: Adolf Hitler.