Posts Tagged ‘sucesos’

Raymond Carr, un maestro de historiadores

18 abril, 2017

Fuente: http://www.cultura.elpais.com

‘In memoriam’

Cargó con el peso de ofrecer una visión alternativa a la del franquismo

Julián Casanova, 23 de abril de 2015.

Los hispanistas británicos y norteamericanos fueron los primeros historiadores que se aproximaron a la historia contemporánea de España con un bagaje intelectual y académico riguroso. En un momento en que la historiografía española sobre el siglo XX apenas existía —depurada y rota la tradición liberal— e iniciaba su proceso de construcción, esos historiadores extranjeros cargaron con el peso de elaborar una interpretación histórica alternativa a la impuesta por el franquismo.

La obra de Raymond Carr, Spain, 1808-1939, publicada originalmente en Oxford en 1966 (traducida al castellano por Ariel en 1969), constituyó la piedra angular de esa historiografía y proporcionó por primera vez al lector en inglés una explicación global de la historia contemporánea de España, la historia de un fracaso por la ausencia de una auténtica revolución burguesa. La burguesía fue incapaz entre nosotros de desempeñar su misión histórica. El liberalismo no pudo, diría Carr, derribar el poder de la oligarquía terrateniente y hacer posible la modernización política y económica.

Sin burguesía ni demócratas liberales, con las estructuras del Antiguo Régimen pesando demasiado y con notables desequilibrios no resueltos, el primer experimento democrático —la Segunda República— fracasó y trajo como resultado la Guerra Civil.

Carr trataba de responder a la pregunta —que ya estaba implícita en The Spanish Labyrinth (1943), de Gerald Brenan— de por qué la historia de España culminaba, tras un proceso de diferenciación y anomalías respecto a la europea, en una guerra civil. Sus primeros discípulos educados en Oxford —Joaquín Romero Maura (La Rosa de Fuego, Grijalbo, 1974) y J. Varela Ortega (Los amigos políticos, Alianza, 1977)— aportaron nuevos datos a esa preocupación.

El liberalismo español había sido incapaz de “modernizar” una sociedad tradicional en la que se impuso un régimen de clientelas como único sistema posible. La Restauración se interpretaba así como un periodo de transición entre la autocracia isabelina —sustentada en el golpismo militar— y el afianzamiento de una sociedad democrática moderna.

Liberal es el término que mejor definía a Raymond Carr. Liberal porque, procediendo de un país con una profunda tradición democrática y parlamentaria, rechazó tanto las versiones de la historia contemporánea de España de la propaganda franquista como las interpretaciones elaboradas desde la extrema izquierda y el obrerismo organizado en el exilio. Según su interpretación, solo una democracia parlamentaria, libre de extremismos, podría haber evitado la tragedia. En este sentido, la República fue el primer experimento democrático ante el que sentía simpatía, una democracia, no obstante, demasiado débil y que no pudo sobrevivir.

Carr era también liberal por su posición intelectual reacia a considerar la historia de los movimientos populares, de las clases sociales y de los protagonistas colectivos, porque consideraba los factores socioeconómicos “realidades imperceptibles” e imposibles de verificar. Su historia estaba centrada en los grandes personajes, sostenida por el empirismo y el individualismo metodológico, tan cultivados en la tradición académica de Gran Bretaña. La política —y especialmente las actuaciones de los políticos— aparecía así como la única realidad perceptible para el historiador.

Miles de estudiantes de todo el mundo encontraron en ese libro de Raymond Carr su manual de referencia para aprender la historia contemporánea de España. Se convirtió en el cabeza de una escuela que ha elaborado algunos de los mejores libros sobre ese pasado, donde están nombres como Paul Preston, Martin Blinkhorn, Shlomo Ben-Ami y Frances Lannon; o los españoles Joaquín Romero Maura, José Varela Ortega y Juan Pablo Fusi. Tuve la suerte de conocerlo, de compartir debates y tertulias en Inglaterra y de aprender mucho de él, de la belleza literaria y elegancia narrativa con las que construía sus historias. Ese era Raymond Carr, un maestro de historiadores.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

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Narración, síntesis e historia liberal: el legado de Raymond Carr

20 marzo, 2017

Fuente: http://www.cultura.elpais.com

Su obra, ‘España, 1808-1939’, publicada en Oxford en 1966, proporcionó por primera vez al lector en inglés una explicación global de la historia contemporánea española.

Julián Casanova, 21 de abril de 2015.

Raymond Carr, fotografiado en octubre de 1999.
Raymond Carr, fotografiado en octubre de 1999. GARCÍA FRANCÉS

Los hispanistas británicos y norteamericanos fueron los primeros historiadores que se aproximaron a la historia contemporánea de España con un bagaje intelectual y académico riguroso. En un momento en que la historiografía española sobre el siglo XX apenas existía –depurada y rota la tradición liberal– e iniciaba su proceso de construcción, esos historiadores extranjeros cargaron con el peso de elaborar una interpretación histórica alternativa a la impuesta por el franquismo.

La obra de Raymond Carr, Spain, 1808-1939, publicada originalmente en Oxford en 1966 (traducida al castellano por Ariel en 1969), constituyó la piedra angular de esa historiografía y proporcionó por primera vez al lector en inglés una explicación global de la historia contemporánea de España, la historia de un fracaso por la ausencia de una auténtica revolución burguesa. La burguesía fue incapaz entre nosotros de desempeñar su misión histórica. El liberalismo no pudo, diría Carr, derribar el poder de la oligarquía terrateniente y hacer posible la modernización política y económica.

Sin burguesía ni demócratas liberales, con las estructuras del Antiguo Régimen pesando demasiado y con notables desequilibrios no resueltos, el primer experimento democrático –la Segunda República– fracasó y trajo como resultado la guerra civil. Carr trataba de responder a la pregunta –que ya estaba implícita en The Spanish Labyrinth (1943) de Gerald Brenan– de por qué la historia de España culminaba, tras un proceso de diferenciación y anomalías respecto a la europea, en una guerra civil. Sus primeros discípulos educados en Oxford –J. Romero Maura (La Rosa de Fuego, Grijalbo, 1974) y J. Varela Ortega (Los amigos políticos, Alianza, 1977)– aportaron nuevos datos a esa preocupación.

El liberalismo español había sido incapaz de “modernizar” una sociedad tradicional en la que se impuso un régimen de clientelas como único sistema posible. La Restauración se interpretaba así como un período de transición entre la autocracia isabelina –sustentada en el golpismo militar– y el afianzamiento de una sociedad democrática moderna.

Liberal es el término que mejor definía a Raymond Carr. Liberal porque, procediendo de un país con una profunda tradición democrática y parlamentaria, rechazó tanto las versiones de la historia contemporánea de España de la propaganda franquista como las interpretaciones elaboradas desde la extrema izquierda y el obrerismo organizado en el exilio. Según su interpretación, sólo una democracia parlamentaria, libre de extremismos, podría haber evitado la tragedia. En este sentido, la República fue el primer experimento democrático ante el que sentía simpatía, una democracia, no obstante, demasiado débil y que no pudo sobrevivir.

Carr era también liberal por su posición intelectual reacia a considerar la historia de los movimientos populares, de las clases sociales y de los protagonistas colectivos, porque consideraba a los factores socioeconómicos “realidades imperceptibles” e imposibles de verificar. Su historia estaba centrada en los grandes personajes, sostenida por el empirismo y el individualismo metodológico, tan cultivados en la tradición académica de Gran Bretaña. La política –y especialmente las actuaciones de los políticos– aparecían así como la única realidad perceptible para el historiador.

Miles de estudiantes de todo el mundo encontraron en ese libro de Raymond Carr su manual de referencia para aprender la historia contemporánea de España. Se convirtió en el cabeza de una escuela que ha elaborado algunos de las mejores libros sobre ese pasado, donde están nombres como Paul Preston, Martin Blinkhorn, Shlomo Ben-Ami y Frances Lannon; o los españoles Joaquín Romero Maura, José Varela Ortega y Juan Pablo Fusi. Tuve la suerte de conocerlo, de compartir debates y tertulias en Inglaterra y de aprender mucho de él, de la belleza literaria y elegancia narrativa con las que construía sus historias. Ése era Raymond Carr, un maestro de historiadores.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza.

El “insolente marimacho”

9 agosto, 2016

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

Todos los problemas políticos son, en el fondo, problemas culturales y morales. Y en eso estamos respecto a los crímenes contra las mujeres

 

Las intervenciones más emotivas durante la pasada campaña fueron las sucesivas declaraciones de los líderes para atajar la violencia de género. Es decir, feminicidio, terrorismo doméstico. Todos los problemas políticos son, en el fondo, problemas culturales y morales. Esto lo repetía con mucha intención desde el exilio el gran Max Aub. Y en eso estamos respecto a los crímenes contra las mujeres. En un problema cultural. Y en una forma de “exilio”: la de las mujeres en esta sociedad del riesgo.

Si cuando Ana Pastor planteó en el debate con más audiencia, ante más de nueve millones de personas, el más grave de los problemas, porque afecta al menos a la mitad de la población, mujeres en peligro por el hecho de ser mujeres, la reacción de todos, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera y Soraya Sáenz de Santamaría, como sustituta de Rajoy, fue de una esperanzadora y a la vez desesperante vehemencia. Se acabó. Ni una mujer menos. Acabar con este estado de barbarie, con este reloj que cada día marca cientos de agresiones y, cada cuatro días, un asesinato de mujer por ser mujer, un feminicidio.

Podíamos estar medianamente satisfechos con tan emotivas reacciones. Pues no. Yo me quedé asombrado, en estado de estupor, ante algunas de las “sentidas” respuestas.

Como repetía Max Aub desde el exilio, todos los problemas políticos son, en el fondo, problemas culturales y morales

Una de ellas consistió en un llamamiento a las adolescentes para que no se dejasen controlar por sus compañeros o novios. Que no permitiesen que les vigilasen los móviles. Esos mismos labios, oídme, decían, habían justificado la eliminación en la enseñanza de la única asignatura en la que se trataba el problema de la violencia de género y se educaba para afrontarla: la Educación para la Ciudadanía. En vez de educar a niños y jóvenes en la igualdad, y liberarlos de las típicas taras, se les entregó como una concesión particular al sector reaccionario del nacionalcatolicismo.

Todos los candidatos, futuros gobernantes, coincidían en el remedio para una solución real a esa criminalidad endémica: educación, educación, educación. Sí, educación.

Adelante, pues. No esperen ni un segundo para restablecer en toda la enseñanza, pública y privada, lo ahora substraído: el conocimiento de los derechos y deberes de la ciudadanía. También la memoria, es decir, yendo a la raíz y estableciendo las causas de este mal de aire, el maltrato endémico hacia la mujer. Saber de dónde viene esta peste, esta misoginia, esta discriminación y violencia que se pega al presente como una garrapata histórica.

Pero da la impresión de que ante este siniestro total se responde con rituales de duelo y poco más. La desolación no es una consolación.

Recuerdo de niño, en la escuela, que nos llevaron a un acto para celebrar el Día del Árbol. Éramos cientos de estudiantes obligados a permanecer inmóviles durante horas, en la disciplina de las filas. Escuchamos varios discursos sobre la importancia de los árboles. Pero allí no había ningún árbol. No se plantó ni uno. Tal vez los árboles éramos nosotros. Con el sol calentando la cabeza, sentí que me salía una rama de cerezo por la oreja. Aquel día quedé vacunado contra la retórica.

Algo así está ocurriendo con el drama de la violencia machista en España. Mientras se suceden los crímenes, muchos lamentos a las puertas de las instituciones. Pero no se plantan árboles.

Y algo muy importante: el feminismo sigue siendo despreciado o ridiculizado por columnistas émulos de aquel Pascual Santacruz que publicó en La España Moderna (¡madre mía!) un artefacto titulado ‘El siglo de los marimachos’. Advertía del peligro de las mujeres emancipadas, que convertirán a “nuestras bellas compañeras” en unos “seres incatalogables en los casilleros de la zoología”.

A las mujeres díscolas las vilipendiaban como histéricas. Pero lo que late en el trasfondo de esta tragedia española es un histerismo masculino, que no soporta otro destino para la mujer que el del “ángel del hogar”. La mujer libre, como dice el narrador de Memorias de un solterón, de Emilia Pardo Bazán, es el “insolente marimacho”. A la propia Emilia la caracterizaron así muchos de los intelectuales contemporáneos. Unamuno le reconocía su gran talento, en cuanto “masculinismo” y no “feminismo”. Él, como tantos otros, aceptaba el activismo feminista, siempre que no fuera español: “El tipo de la mujer fuerte y libre norteamericana no ha llegado aún a nuestros países”.

–Pero, hombre, ¡vivimos otros tiempos!

Menos de lo que se aparenta. El histerismo masculino sigue campante en muchos gallos de la intelectualidad española.

No son solo las mujeres las que tienen que ser feministas. También los hombres. Y los valores de la sociedad. Será la única forma de acabar con esta tara.

elpaissemanal@elpais.es

Pasaje en patera a la muerte

23 octubre, 2015

Fuente: http://www.elpais.com

EL PAÍS localiza a uno de los siete desaparecidos en el choque de una patrullera de la Guardia Civil con un bote de inmigrantes.

Los dos menores que sobrevivieron al naufragio no quieren mostrar sus rostros. / MARIO CARREÑO

La bandera de España cuelga lánguida, como avergonzada, en la Delegación Insular del Gobierno en Arrecife (Lanzarote). En esta ciudad, algunos lugareños se echan al mar al alba, con sus aparejos y sus remos. Buscan pescado y placer. A pocos kilómetros, en Sidi Ifni (Marruecos), el paisaje cambia en el color de la bandera. Y en la edad de los que se echan al mar para ganarse la vida. A veces pescando, otras emigrando.

El trecho de agua que separa Marruecos de Lanzarote a ojos de los jóvenes varones de Sidi Ifni se representa como un túnel del tiempo. La máquina que los traslada es la patera. Eso sí, la patera puede servir como tumba o como catapulta. Y todos lo saben. Y se arriesgan. “Cuando no hay pan, no hay futuro”, dice Ossama K., superviviente del impacto entre una patera ocupada por 25 inmigrantes, que chocó con una patrullera de la Guardia Civil la noche del pasado 13 de diciembre, cerca de Teguise. Hoy hace un mes.

Ossama tiene 16 años. Sus ojos siguen asustados. A él nadie le ha preguntado nada desde que llegó. A su lado, callado, Boujamâa M., su amigo y compañero de viaje. Son de la misma edad.

—¿Por qué un niño de 16 años sube a una patera para venir a Canarias?

—Busco un futuro, responde Ossama.

—¿Qué pasó esa noche?

—Vimos la patrullera pasar. Nos quedamos quietos y callados. Apagamos el motor. Después, la Guardia Civil encendió la luz. Y nos iluminó. Se acercó mucho y nos dio un golpe.

—¿Cayeron todos al agua?

—Sí, todos.

—¿Cuánto tiempo estuvieron en el agua?

—15 minutos más o menos.

—¿Quién te rescató?

— Me tiraron una cuerda. Sé nadar… y aguanté.

—¿No lanzaron salvavidas?

—No, yo no los vi.

Al lado de Ossama viajaba Boujamâa y tras él Alí F. Al caer al agua, vio cómo Alí intentaba aguantar con uno de los hoy desaparecidos que parecía no moverse. Le miró. Alí le dijo que siguiese, que llegase a la cuerda y subiese. Probablemente fueran sus últimas palabras. Su cadáver lo vomitó el mar pocas horas después.

El cuerpo de Alí lleva un mes en Lanzarote. Youseff, residente en esta isla, es su hermano. Tras una semana “esperando una prueba de ADN que tenía que ir a Madrid”, pudo entrar a la morgue y comprobar que era su hermano menor. “Alí tiene golpes en todos lados: en la cara, el cuello…”, dice mientras se señala con dos dedos varias zonas del cuerpo. Enciende otro cigarrillo: “¿Y qué hago yo?¿Qué puedo hacer?” “¿Qué le digo a mi madre que nono para de llorar?” A Alí le gustaba el fútbol y el Real Madrid. Y más particularmente, Roberto Carlos, su ídolo.

Youssef es partidario de repatriar el cadáver cuanto antes. Es lo que le pide su madre, que quiere que descanse junto al padre. Pero un mes después, no conoce la autopsia ni qué le causó la muerte. Ni tampoco el origen de tantos golpes.

En la patera viajaban 25 personas. Sobrevivieron 17. Apareció un cadáver. La Guardia Civil da por desaparecidos a los siete restantes. Pues bien, los desaparecidos son solo seis. Porque uno de ellos logró llegar a tierra a nado.Tardó más de una hora en llegar con su pasaporte a salvo. Localizado por EL PAÍS, Prefiere ocultar su identidad y pide que no se haga público dónde está. Pide que se le llame Brahim.

“Cuando la Guardia Civil encendió la luz, pensé dos cosas: o me tiro al agua o acabo encerrado y me devuelven a Marruecos”, asegura Brahim. Saltó al agua y nadó. Nadó a oscuras, a más de una milla de tierra, sin saber a dónde. Hasta que tocó la piel de Lanzarote. “Tardé más de una hora en llegar. Caminé y por la mañana llamé a un amigo”, añade Brahim, que ya había estado antes en Lanzarote. Allí trabajó un tiempo la primera vez que emigró. “Estábamos todos asustados. Cuando estaba nadando había mucho ruido. Yo solo nadaba”. En su periplo migratorio anterior también estuvo en Madrid, Barcelona y Amsterdam, hasta que fue devuelto a Marruecos.

Cerca de Amsterdam, en Kortrijk (Bélgica), vive Khalid Saliki, de 28 años. Su hermano Nouredine está desaparecido desde el 13 de diciembre. Lleva nueve días en Arrecife llamando a tocas las puertas y preguntando que pasó. Busca un abogado que pueda aclarar el asunto de su único hermano. En Kortrijk ha dejado a su mujer y su trabajo en una fábrica de patatas fritas. No se marchará hasta saber lo ocurrido.

Nouredine Saliki también había estado antes en España, en Lanzarote, trabajando de cocinero. Uno de sus empleadores recuerda que “Nouredine era un chico fantástico. Sólo sabía trabajar y trabajar”. Viajó a Madrid, donde la vida no le sonrió y acabo deportado a Marruecos y volviendo a Sidi Ifni. Con 34 años había decidido que tenía que volverlo a intentar. Y lo intentó por última vez el 13 de diciembre pasado.

En Sidi Ifni hay cierta indignación. Esta semana un programa de una televisión local dedicaba una hora a mostrar a las familias de los desaparecidos, sus reclamaciones y su desesperación. El gobierno local no presta demasiada atención al asunto.

Quince de los sobrevivientes están en un Centro de Internamiento de Extranjeros con orden de expulsión de España. Los dos menores, en otro centro junto a otros niños que llegaron en patera “en busca de un futuro” que no encontraron.

La superviviente que dibujó el horror nazi

17 septiembre, 2013

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

Helga Weissová sobrevivió a tres campos de concentración. También sus dibujos. Con 12 años documentó su paso por Terezín, Auschwitz, Mauthausen… Hoy nos lo cuenta en su casa

ILUSTRACIÓN DE HOLGA WEISSOVÁ

Lo peor de todo era el transporte… El tiempo que pasaba entre la llegada de uno u otro tren podía soportarse con cierta decencia en Terezín antes de que el gueto quedara superpoblado a medida que se iba aplicando la solución final. Pero cuando llegaba el transporte caía de golpe la angustia. Aquellos trenes terminaban con la tregua de cada espera fundamentada, con una más que razonable terquedad, en la necesaria evasión de la supervivencia.

Cuando crujían las ruedas sobre los raíles y se perdían en mitad de la niebla matinal de Bohemia, rumbo a Auschwitz, a Treblinka o Mauthausen, las familias quedaban rotas, las vidas cobraban el valor de una sentencia de muerte, a todos les invadía una sensación de despedida definitiva y el tiempo, la vida, se diluía sin remisión en un inquietante chasquido metálico y un crujir de maderas de vagón llenas de futuros cadáveres. Quienes entraban en aquellos vehículos dejaban atrás un paréntesis de espejismos dedicado por parte de los nazis a dar buena imagen ante las inspecciones de la Cruz Roja Internacional. El gueto de Terezín, a unos 50 kilómetros de Praga, ofrecía escenas cotidianas de supervivencia poco traumática para los estándares del Holocausto.

A pesar de que allí, de los 144.000 judíos que pasaron por sus contornos, perecieron 35.000 –“sin cámaras de gas ni asesinatos en masa, solo por razones de enfermedad, insalubridad y hacinamiento”, según relata Vojtech Blodig, vicedirector del Terezin Memorial–, los chavales jugaban con normalidad en aquel pueblo fortificado entre 1780 y 1790 por los efectivos del Imperio Austrohúngaro para defenderse de las probables invasiones. “Para un niño era un sueño, no había escuela, ni deberes, pasabas hambre, cierto, pero no como en otros campos, nos daban carne una vez por semana”, cuenta hoy el escritor, también superviviente en Terezín, Ivan Klima, autor de El espíritu de Praga (El Acantilado). “Ahora sí, sabías que al entrar en aquellos trenes no volverías jamás”.

Entre las anchas avenidas, los restos de talleres y los patios conservados hoy, resulta fácil imaginar a los viejos fumando para combatir el frío del destino. También a las mujeres con sus labores y a los artistas mientras entretenían con conciertos y obras de teatro aquella espera contemplada con sorna por los oficiales alemanes, plenamente conscientes del final que tenían reservado para todos aquellos judíos a algunos kilómetros al norte.

Los camastros en campos de concentración como Auschwitz acogían a varios presos por literia.

Terezín ha pasado a la historia por ser el campo de los artistas. Su museo muestra el paso de varias leyendas checas y eslovacas por sus barracones. No solo en la Segunda Guerra, también allí fue recluido Gavrilo Princip, autor del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo, un acto que provocó, por ejemplo, la guerra de 1914.

En los habitáculos del gueto, un tanto alejado del campo para prisioneros comunes en cuya entrada luce hoy una enorme estrella de David junto a varias tumbas, quedan reproducidos los espacios acotados y también los escenarios improvisados para las representaciones. Allí fue a parar la joven Helga Weissová, que hoy, en la misma casa de Praga de donde salió rumbo al incierto impasse de Terezín, recuerda las vivencias y las imágenes plasmadas en cuadros y dibujos que fueron perfilando su vocación de artista hasta el presente.

Helga fue una niña feliz antes de la ocupación, según relata en suDiario, publicado por la editorial Sexto Piso. Vivía su preadolescencia de lógicas preocupaciones arropada en una familia sin agobios con padre empleado en un banco estatal y madre modista. Hoy nos invita a escuchar su historia sentados en el salón de su casa. Destila un humor envidiable y sus dotes de negociante para vendernos el libro con sus dibujos reproducidos. Los originales no los quiere mostrar… “Necesitan su oscuridad. Los tengo escondidos”, se excusa.

“Nos dejaron llevar 50 kilos de equipaje”, cuenta la superviviente. Allí debía entrar todo: “ropa de abrigo para el invierno, comida, hornillos, velas y, en mi caso, unas acuarelas o crayones con los que pintar y dos muñecas”. Más o menos, así son los objetos que muestran sus dibujos. En ellos, las mantas desbordan las ventanas, los calcetines cuelgan de unos finísimos hilos en el interior, los atriles se hacen hueco entre cada bulto, los camastros parecen despedir un hedor aterrado ante el sueño imposible de conciliar, el gesto sonriente de los niños se va tornando en gélido desamparo y los colores templados dan paso sucesivamente al dramatismo de las sombras.

Weissová tenía 12 años cuando comenzó su recorrido por el horror.

Son trazos proverbiales, de gran valor documental. Cuando Helga llegó a Terezín con su familia, no había plazo ni fecha de regreso. La vida cambió radicalmente. Lo que para el pequeño Klima, hoy escritor reconocido en todo el mundo, suponía cierta liberación, para la joven pintora resultaba preocupante. “Los niños por encima de 13 años debían trabajar en el campo, plantar patatas, verduras. Prohibieron la educación, no había clases, si querías aprender algo, dependías de que algún adulto te explicara matemáticas, geografía, inglés…”.

La falta de disciplina escolar para los niños contrastaba con la promoción de actividades culturales. Para los nazis, lo último rentaba más en términos de propaganda. Se mostraban obsesionados en el cinismo de querer esconder sus verdaderas intenciones y de paso aparentar que tampoco era para tanto… De allí han salido novelas, obras de teatro, composiciones musicales como la ópera Brundibar, de Hans Krása, quien, aunque la concibió antes de entrar en el gueto, la reconstruyó en Terezín para ser representada allí con los niños del campo. “Fue muy importante, porque participar en aquellas iniciativas conservaba en nosotros la conciencia de que éramos seres humanos”.

Terezín fue un lugar en el que tanto ella como sus compañeros de penurias comprendieron en una dimensión única el significado de la amistad. “Quienes hemos sobrevivido de allí, permanecimos siempre en contacto”. Ahora todo es más fácil con Internet. Pero esa necesidad de apego permanente comenzó muy pronto entre ellos. Empezaron con cartas, ansiosamente, después de haber sufrido restricciones en el envío o descubrir más tarde métodos truculentos. “En muchos casos, los soldados obligaban a los prisioneros a poner fechas posteriores en sus misivas, de forma que cuando las recibían sus familiares ya estaban muertos”.

El día en que llegó su temido transporte le dieron 24 horas para recoger sus cosas. Salió de allí con su madre. Su padre partió en otro tren. Con los hombres…

En octubre de 1944 llegaron a Auschwitz. “Habíamos viajado en vagones de ganado apilados durante 48 horas. No nos dejaron sacar nuestras pertenencias del tren. Nos alinearon y pese a tener 15 años tuve la suerte de que me apartaran para trabajar, junto a quienes tenían más de 16. Los más pequeños iban a la cámara de gas, así que me salvé. Fui uno de los 100 que pudieron seguir con vida entre los 15.000 niños que gasearon”, recuerda Weissová imponiendo su conciencia superviviente.

“No digáis que estáis enfermos. Insistid en que no para que os pongan a trabajar”, les aconsejaban quienes llevaban algún tiempo en sus barracones. Así es como la posteridad debe entender ese macabro eslogan que los nazis pintaban a la entrada de cada campo y que también puede leerse hoy tanto en Terezín como en Auschwitz: “Arbeit macht frei” (El trabajo os hará libres).

Helga Weissová pintó las escenas de Terezín en color mientras que las de Auschwitz y Mauthausen se reflejan en blanco, negro y sepia.

Su madre, que entonces había cumplido 38 años, también valía para trabajar. Y para aterrorizarse, porque cada vez que las enviaban a las duchas creían que no volverían a salir… Cuando el agua cesaba dentro, continuaba fuera porque las echaban al barro para rematarlas de una pulmonía cuando caían chuzos de punta.

De Auschwitz salieron para Mauthausen, allí necesitaban refuerzos para trabajar en una fábrica de piezas para la aviación. Pero las condiciones en el nuevo campo eran terribles. Ya ni comían, fueron dejándolas a merced del hambre y del frío. “Tan solo unos españoles nos acogieron y nos ayudaron a sobrevivir esos días. Con solo acotarles un espacio donde dormir en el suelo, fueron tirando. Se habían rendido. Únicamente cabía dejarse morir. Helga guarda el nombre y la dirección de uno de ellos: Manuel Caballero Domínguez, de Barcelona. “Me gustaría saber qué fue de él”.

¿Y los cuadros? ¿Cómo sobrevivieron? “Se los dejé a un tío mío que antes de salir los ocultó en la pared del campo tras unas piedras. Cuando todo acabó, volvimos y allí estaban. Un milagro”. ¿Y ahora no me los va a dejar ver? “No”, responde recelosa esta mujer heroica, testigo en lápiz y acuarela del apocalipsis. “Aunque está usted encima de ellos…”, asegura mirando al asiento que hace las veces de baúl. Un baúl donde Helga Weissová oculta los turbios tesoros del horror que entonces vivió.

El silencio de 2.000 muertos

15 diciembre, 2012

Fuente: diario EL PAÍS | José Naranjo

El 26 de septiembre de 2002, hace ahora 10 años, el Le Joola, un barco estatal que hacía la ruta entre Ziguinchor y Dakar, en Senegal, se hundía frente a las costas de Gambia en medio de un inmenso aguacero. De un pasaje de 2.000 viajeros, solo 64 pudieron ser rescatados. Fue uno de los peores naufragios de la historia, superior en número de víctimas al Titanic (1.491 muertos). Una década después, los familiares de los fallecidos siguen reclamando justicia.

Mariama Diouf vive en una humilde casa de Yene, a unos 40 kilómetros de Dakar, rodeada de sus nueve hijos. Todos la conocen como Mariama Joola. Fue la única mujer que se salvó. Entonces tenía 38 años y, embarazada de cuatro meses, acudía a Ziguinchor a ayudar en el parto de su hermana. “Cuando llegué al barco y vi a tanta gente a bordo me asusté, pero era la primera vez que viajaba, no sabía bien de qué iba la cosa”, asegura. El Le Joola, construido por unos astilleros alemanes en 1990, tenía una capacidad oficial de 600 personas.

Martine Kourouma, en el cementerio de Dakar dedicado a las víctimas. J.N.

“Sobre las once de la noche, empezó a llover muy fuerte y toda la gente corrió a refugiarse en el interior. Entonces el barco se inclinó hacia un lado, se apagaron todas las luces y empezó el caos”, relata Diouf. El brusco desplazamiento de cientos de personas bastó para quebrar la frágil estabilidad de un barco que no estaba diseñado para navegar en alta mar. En cuestión de segundos, el ferri se dio la vuelta. Mariama, como tantos otros, quedó atrapada en su interior. Tuvo que bucear para salir del navío volcado y encaramarse a la quilla, la única parte que asomaba a la superficie. Allí pasó toda la noche junto a 21 personas.

La tragedia fue inmensa, colosal. La lista oficial, elaborada semanas después, hablaba de 1.863 fallecidos, aunque los familiares confeccionaron un nuevo recuento incluyendo a las personas que viajaban sin título de transporte y que llegó a los 1.953 muertos. El Gobierno en pleno dimitió. El país estuvo meses conmocionado y, lo que es peor, la herida sigue abierta. El proceso judicial está bloqueado en Senegal (la Fiscalía General del Estado atribuyó, en 2003, toda la responsabilidad del accidente al capitán del barco, Issa Diarra, y ordenó el cierre de la investigación) y las autoridades nunca han mostrado interés en llegar hasta el final. Los familiares de las víctimas se sienten abandonados. Y el mejor indicio de que la herida sigue sangrando es que el propio barco, “el cuerpo del delito”, sigue en el fondo del mar hundiéndose lentamente en la arena.

“No sé cuánto tiempo pasamos encaramados a la quilla”, prosigue Mariama Diouf. “Solo pensaba en mis hijos y en qué sería de ellos si moría. Hablábamos entre nosotros y decidimos que si el barco se empezaba a hundir del todo, había que saltar y nadar, porque de lo contrario nos aspiraría hasta el fondo. Oíamos los gritos de los pasajeros que estaban debajo. El único blanco que estaba con nosotros [Patrice Auvrey, que perdió a su mujer en el naufragio y acaba de publicar un libro sobre la tragedia, Souviens-toi du Joola (¿Te acuerdas del Joola?)] empezó a golpear el casco con su anillo, para que supieran que estábamos fuera e intentaran salir. Pero no vi salir a nadie más”, recuerda. Este grupo fue rescatado a las siete de la mañana por una piragua de pesca.

Sobre esa misma hora, Idrissa Diallo, que se encontraba de viaje en Atlanta (Estados Unidos), recibe una llamada: “El Le Joola, donde iban tus tres hijos, se ha hundido. Han muerto casi todos”, dijo la voz al otro lado. “Se llamaban Cheikh Tidiane, Souleyman y Saliou. Eran mis tres únicos hijos, de 15, 13 y 8 años. ¿Sabes lo difícil que es asumir algo así? Me preguntaba todo el tiempo si iba a tener fuerzas para seguir adelante, pensaba mucho en la muerte”. Diallo preside en la actualidad una de las asociaciones de familiares de víctimas. “Esta lucha que empezamos me ayudó mucho, a veces me preocupaba más de los demás que de mí mismo, y eso me ayudó”.

Los casos eran terribles. Un hombre había perdido a su mujer y a sus nueve hijos. Otro que logró sobrevivir perdió a sus hijos… “Todavía esta persona se culpa de esas muertes, se pregunta cómo es posible que él lograra salir de allí con vida dejando atrás a sus hijos”, explica Diallo, quien señala a las autoridades y al entonces presidente senegalés, Abdoulaye Wade, como el gran responsable de lo ocurrido. “Su religión era el dinero, sabía que este barco necesitaba una reparación y prefirió gastarse una millonada en arreglar su avión que invertir en el barco. Sabía que el Le Joola no podía navegar. Si Dios se lleva a Wade antes que a mí, iré a molestarlo hasta su tumba porque esa persona no merece descanso”.

Entre las víctimas había tres españoles, Margarita Jiménez Salvador y sus dos hijos, Lara y Jorge Díaz de Tudanca, vecinos del madrileño barrio de Carabanchel, de turismo en Senegal. Sin embargo, en un primer momento se informó de que eran cinco los españoles a bordo. Y es que Fernando Cabezas y Jesús Beltrán Cuesta figuraban en el registro porque habían comprado billete. “En el último momento decidimos no subir”, recuerda Beltrán. “No quedaban plazas en cabina y tras más de diez días por Senegal estábamos cansados, así que optamos por el avión”, asegura este guionista jubilado de RNE.

Martine Kourouma se enteró de la muerte de su madre por televisión. Esta estudiante de Sociología en la Universidad de Dakar tenía entonces solo 11 años. “Los mayores tardaron varios días en decírmelo, pero la tele hablaba de esto todo el tiempo. Yo me aferraba en secreto a la esperanza de que estuviera viva, pero su cuerpo nunca apareció”, explica. Cada año, cuando se acerca el aniversario del naufragio, acude con el resto de huérfanos a limpiar el cementerio construido por el Estado a las afueras de Dakar. Allí están enterrados unos 200 cuerpos anónimos. “El Gobierno dijo que iba a garantizarnos la educación y la sanidad, pero apenas hemos recibido nada”, asegura.

“Nunca te imaginas que pueda ocurrir una tragedia así, ni siquiera en África. Pero lo más sorprendente de todo es el olvido. En Occidente apenas han oído hablar del Le Joola, apenas mereció unos segundos en las televisiones y un poco de espacio en los periódicos. Y luego nada, como si no hubiera pasado nada”, concluye Beltrán.

Los peligros de las redes sociales: el caso de un pueblo holandés

14 diciembre, 2012

Fuente: diario EL PAÍS | Isabel Ferrer

En el año 2007, Haren, pequeña localidad del norte de Holanda de 18.000 habitantes, fue elegida para poner en práctica el proyecto europeo Shared Space, de planificación urbana. Los semáforos desaparecieron de su calle principal, transformada en un espacio compartido por peatones, ciclistas y automóviles.

La misma modélica Haren ganó fama mundial un fin de semana por el motivo opuesto. Su vía central estaba tapizada de botellas rotas, latas de bebida aplastadas, plásticos diversos y restos de mobiliario urbano. Los vecinos se afanaron en una limpieza que tenía mucho de catarsis. La noche de un viernes sufrieron el asalto de unos 4.000 jóvenes llegados de todo el país a una falsa fiesta pública anunciada a través de Facebook. En pocas horas arrasaron la imagen de un municipio que había sido declarado dos años consecutivos como pueblo ejemplar del país. Hubo 34 detenidos y 29 personas resultaron heridas.

Haren está en el extremo norte de Holanda, muy alejada del centro de poder de La Haya, y del centro histórico y cultural de la capital, Ámsterdam. Su reducido tamaño se compensa con avenidas residenciales plenas de jardines bien cuidados y lindas casitas de ladrillo. A un tiro de piedra aparece Groningen, una de las ciudades universitarias más concurridas del país. El ritmo de Haren es pausado, por eso los disturbios derivados de la fiesta de Facebook la han traumatizado.

La más afectada es Merthe, la adolescente que invitó vía Facebook a una fiesta sin advertir de que era una celebración privada y se apuntaron miles de espontáneos. Cumplía 16 años. Tuvo que abandonar su hogar con su familia para evitar males mayores. Ahora no sabe dónde meterse.

Su error tiene varias lecturas. Para los vecinos de Haren, el recuerdo que perdurará es el de unas calles al rojo vivo repletas de jóvenes desmadrados.

El Ayuntamiento llevaba varios días explicando, también a través de Facebook, que las masas —hasta 25.000 personas llegaron a anunciar que irían a la fiesta— no eran bienvenidas. “Pero el municipio no tomó medidas adecuadas a tiempo y las fuerzas antidisturbios llegaron tarde”, se quejaba ayer un vecino. Las aseguradoras cifran en millones de euros la cuenta del desastre. El alcalde, Rob Bats, ha comparado el asalto juvenil con el paso de un huracán: “Primero fue la calma y luego el estallido”, dijo. “Son chusma y estaban bien organizados para pelear”, denunció.

Oscar Dros, comisario jefe de la policía de Groningen comparte esa opinión. La “agresividad extrema” contra los agentes registrada la madrugada del viernes al sábado es un fenómeno desconocido en Holanda. “Calculamos todas las posibilidades de esta falsa fiesta. Por eso sacamos a los antidisturbios”, explicó Dros junto al alcalde. Del despliegue de agentes desarmados, se pasó a repeler el lanzamiento de botellas, adoquines y hasta bicicletas, con cargas de los antidisturbios. Al final, había 500 policías enfrentados a un núcleo duro de gamberros. “Que se preparen. Lo tenemos todo grabado. Si no se entregan por las buenas, los sacaremos de sus camas”, remachó el jefe policial.

Las redes sociales han traído una nueva generación de hooligans “más violentos, sin jerarquías y que actúan ajenos al evento visitado”, explica el Instituto holandés para la Seguridad y el Control de la Crisis.

Estados Unidos y su obsesión por las armas

9 octubre, 2012

Fuente: diario EL PAÍS

David Alandete | Washington

Dos masacres, en un solo mes, con 19 muertos, no han forzado un cambio en la percepción pública que los norteamericanos tienen de las armas. En Colorado, el 20 de julio, un joven con probables problemas mentales se hizo con cuatro armas y 6.000 balas, y disfrazado de villano, disparó contra 71 personas en un cine convertido en ratonera. En Wisconsin, el pasado domingo, un simpatizante de grupos neonazis entró en un templo sij con una pistola y aniquiló a seis personas, antes de suicidarse. Esas masacres, unidas al hecho de que cada día 34 personas mueren en Estados Unidos por arma de fuego, no son motivo suficiente para que los estadounidenses exijan leyes más duras con la compra y tenencia de armas.

El centro de estudios Pew realizó una encuesta en Colorado en los días posteriores a la matanza de 12 personas en un cine, a manos del joven de 24 años James Holmes. A través de 1.000 entrevistas, llegó a una sencilla conclusión: “Las opiniones sobre la legislación sobre armas no han cambiado tras el tiroteo”. Un 46% de los encuestados aseguró que “es importante proteger los derechos de los norteamericanos a poseer armas”. Un 47% dijo que sería recomendable “controlar la tenencia de armas” de algún modo. Esas cifras son similares a las de otra encuesta, efectuada en abril, antes de la matanza.

La tienda donde el autor de la matanza en Wisconsin compró las armas / John Gress

Es un patrón ya común, y el propio centro Pew, que analiza las opiniones sobre la tenencia de armas, así lo admite: “otros grandes tiroteos han tenido también poco efecto en la percepción pública sobre la legislación relativa a la tenencia de armas”. No hubo cambios de opinión tras la muerte de seis personas en Tucson, Arizona, en enero de 2011 —en la masacre en que quedó herida de gravedad la excongresista demócrata Gabrielle Giffords— ni después de la masacre de Virginia Tech en 2007, en la que fallecieron 37 personas.

La consultora Gallup realiza análisis continuados sobre la tenencia de armas en EE UU. Según esos sondeos, la gran mayoría de los norteamericanos cree o bien que las leyes en vigor son lo suficientemente efectivas (en un 47%), o bien que deberían ser más laxas, y facilitar aun más la tenencia de armas (en un 11%). En los pasados 50 años, además, la cifra de tenencia de armas se ha mantenido aproximadamente inalterada: un 45% de los estadounidenses dice tener al menos un arma en casa. Es una cifra sin parangón en el mundo, ni siquiera vista en países en guerra.

Cada año, el Instituto de Grado de Estudios Internacionales y de Desarrollo de Ginebra, en Suiza, efectúa una encuesta titulada Small Arms Survey. En uno de sus sondeos más recientes concluye que en EE UU hay 88 armas por cada 100 ciudadanos. Entre ellas hay 150 millones de rifles y 83 millones de escopetas, como los que Holmes llevó consigo al cine de Colorado, después de comprarlos legalmente.

Las peores masacres

Matanza en el cine de Colorado

El 20 de julio de 2012, James Holmes, de 24 años, mató a 12 personas e hirió a 59 en un cine de Aurora (Colorado).

Masacre en Virginia Tech

La matanza que más víctimas se ha cobrado en EE UU. El 16 de abril de 2007, Seung-Hui Cho, un estudiante de ese centro educativo, mató a 32 personas e hirió a otras 17.

Tiroteo en la Universidad de Tejas

El 1 de agosto de 1966. Charles Whitman, estudiante de la Universidad de Tejas asesinó a 14 personas e hirió a otras 32.

Matanza de Columbine

El 20 de abril de 1999, Eric Harris y Dylan Klebold, de 17 y 18 años, entraron en su Instituto de Columbine, en Colorado, y asesinaron a 12 alumnos y a un profesor.

Las recientes masacres en Norteamérica tampoco han provocado un debate político sobre las armas, en plena campaña electoral. Los dos candidatos a la presidencia han pasado por el asunto de puntillas. Mitt Romney no se ha pronunciado sobre el asunto. Barack Obama ha dicho, solo a través de un portavoz, que “apoya la renovación de la prohibición de armas de asalto”.

“Hay en el asunto de las armas dos prioridades, dentro de una agenda mucho mayor”, analiza Josh Horwitz, director ejecutivo de la Coalición para Detener la Violencia de las Armas, un centro que aboga por leyes más estrictas. “Lo crucial es imponer una serie de revisiones de antecedentes más exhaustivas y eficientes para aquellos que adquieren armas, y renovar la prohibición de fabricar y vender armas de asalto, de tipo militar, para uso civil. Hay organizaciones que se oponen a esos fines, como la Asociación Nacional del Rifle, que defiende los intereses empresariales del sector que fabrica armas”.

El de las armas de asalto es un asunto que para los activistas es vital. En 1994 el Congreso prohibió su fabricación para uso civil, en una ley ratificada por Bill Clinton. En aquella norma se especificaban 19 tipos de pistolas, rifles y fusiles seimautomáticos diseñados para combate, que sólo podían venderse al extranjero. Eran armas que se recargan mecánicamente pero que requieren que se apriete el gatillo cada vez que se dispara. Esa ley estuvo vigente 10 años y luego expiró, sin que el Congreso o el presidente George W. Bush hicieran nada para evitarlo.

Holmes, el tirador de Colorado, compró legalmente un fusil semiautomático Smith & Wesson AR-15, de calibre 223, con un cargador especial que podía almacenar más de 100 proyectiles. Fue con él con el que provocó un mayor número de víctimas y heridos, según las pesquisas policiales. La venta de ese arma hubiera quedado prohibida por la ley ya caducada.

Una voz política se ha alzado estos días en contra de la facilidad para adquirir armas en EE UU. El independiente Michael Bloomberg, alcalde de Nueva York, se ha convertido en una incómoda voz de la conciencia para el lobby de las armas y para los aspirantes a la presidencia. “El hecho de que criminales, terroristas y otros perturbados mentales tengan acceso a armas es una crisis nacional”, dijo el lunes en conferencia de prensa. “Y los dos candidatos presidenciales aun no han ofrecido a la ciudadanía americana un plan para mantener las armas fuera del alcance de gente peligrosa”.

Esa crisis, como apunta Bloomberg, no es sólo una cuestión de masacres. El pasado lunes, por ejemplo, un niño de 12 años de California, se puso a jugar con el rifle de asalto de su padre, y acabó disparándole a su hermana, de 17 años, en el hombro. El 25 de julio, un niño de 4 años de Virginia encontró una pistola en una camioneta aparentemente abandonada y, jugando con ella, acabó muriendo por un disparo en la cabeza. En febrero, un joven de 17 años entró en un instituto de Ohio con una pistola, aniquiló a tres compañeros de clase e hirió de consideración a otros tres.

El lobby Asociación Nacional del Rifle —que no respondió a una petición de este diario para explicar sus posturas sobre las armas de asalto— persigue una agresiva política en Washington de defensa de la tenencia y acumulación de armas. Se opone a cualquier reforma que entienda restrictiva y, por supuesto, a la prohibición de fabricar armas de asalto. Después de la masacre de Colorado envió una carta a sus afiliados en la que les pedía donaciones, augurando que los grupos partidarios del control de armas utilizarían el suceso para iniciar una campaña a favor de leyes más estrictas.

Los cuerpos de varias de las 12 víctimas de Colorado aun estaban en la morgue. En los hospitales, nueve personas se hallaban aun en estado crítico. “El futuro de la Segunda Enmienda [de la Constitución, la que ampara el derecho a portar armas] estará en juego”, decía en aquella misiva el vicepresidente de la Asociación, Wayne LaPierre. “Y el futuro de nuestro país y nuestra libertad estarán también en juego”.