Posts Tagged ‘transición democrática’

Están entre nosotros

22 septiembre, 2017

Fuente: http://www.infolibre.es

Publicada 27/09/2016 a las 06:00

Actualizada 26/09/2016 a las 21:12  
En una reunión de corresponsales extranjeros se hablaba del auge de la extrema derecha en Europa y de su expansión demagógica favorecida por la tentación xenófoba que late en el subsuelo, exacerbada con discursos populistas de miedo a la pérdida de la identidad cultural y secuestro de los puestos de trabajo por los llegados de fuera. Se maravillaban estos periodistas por la ausencia de esos movimientos en España. Ignoran que aquí no han resurgido porque siempre han estado, habitamos con ellos. En las instituciones. Nunca se fueron.

Cuando los aliados liberaron Europa del fascismo y el nazismo, hicieron una excepción con España porque sabían que Franco sería un colaborador indispensable, en un lugar de la máxima importancia estratégica, en la lucha contra el comunismo que llevó a cabo aquella Guerra Fría que ya se pergeñaba por parte del bloque occidental durante la Segunda Guerra Mundial. Franco también sabía que de su aproximación a las democracias occidentales dependía su supervivencia en el poder cuando la guerra ya estaba perdida y, desde la capitulación de Alemania, una vez desaparecido ese loco primo de “zumosol” que fue Hitler (quien, dicho sea de paso, siempre le despreció), se mantuvo en un perfil bajo, de disimulo, mostrando hacia el exterior su cara más inofensiva, siempre intentando cautivar a quien pudiera incluirle en las organizaciones internacionales que iban a regir el mundo.

Como dijo Aznar de Gadafi, Franco quedó como un extravagant friend, fuera de la ONU y del Plan Marshall, y ese aislamiento le permitió vivir su realidad dictatorial con total autonomía.

En Yalta, los líderes de las tres principales potencias aliadas: Churchill, Roosevelt y Stalin, acordaron que al finalizar la guerra los países liberados de Europa decidirían libremente, con elecciones democráticas, su propio destino. Como España no fue liberada, los compromisos de este tratado no le afectaron. La cosa quedó en que Franco siguiera calladito en su rincón si dar guerra. Lo que pasara aquí dentro sería un problema de los españoles. Nos abandonaron a nuestra suerte. Mala, por cierto.

No sería hasta quince años más tarde cuando se formalizarían las relaciones de cooperación entre España y EEUU con el acuerdo para la implantación de bases militares americanas en nuestro territorio, que le valió la entrada en la ONU al comprar con ese pacto todas las reticencias que un régimen dictatorial suponía para que España fuera incluida como miembro de esa organización. La visita, unos años después, de Eisenhower a España legitimó la dictadura como el régimen político que nos gobernaría hasta la muerte de Franco en 1975.

Tras su muerte, la Transición constituyó un periodo de reforma que se encargó de que los altos cargos de las diferentes instituciones que gobernaron este país durante 35 años, tanto de la política, como de la Policía, el Ejército y la Justicia, tuvieran cabida en la democracia. Muchos de estos funcionarios que ostentaban puestos de responsabilidad durante la dictadura se reciclaron en diferentes partidos ya en la democracia, sobre todo en Alianza Popular, formada por siete ministros de Franco, con Fraga a la cabeza, y otros más moderados en UCD (Unión de Centro Democrático), partido presidido por Adolfo Suárez, que había sido ministro secretario general del Movimiento, la cartera con mayor carga política de aquellos gobiernos de Franco, y que aglutinando infinidad de formaciones de diferentes tendencias de la derecha y el centro, supo representar como nadie la metamorfosis del cambio entre sistemas. Él pasó de la dictadura a la democracia. Ganó las dos primeras elecciones generales, demostración empírica de que la sociología que había creado el franquismo apostaba por una moderna continuidad, no quería cambio. Querían esto sin perder lo otro.

Esa amalgama de fuerzas que se integró a la perfección en la democracia continuó su aventura, salvo exabruptos nostálgicos irredentos, bajo un manto de armonía y disimulo que aparentó terminar con aquella España de los vencedores que exigieron una rendición incondicional para llevar adelante una paz a sangre y fuego. Del mismo modo que en la Alemania de la posguerra todo el mundo afirmaba que nadie sabía lo que estaba pasando en su país durante los años del nazismo, aquí no quedó ni un solo español adicto al régimen. Como san Pedro, todos negaron tres veces antes de que cantara el gallo que daba el pistoletazo de salida para las elecciones. Corrían tiempos nuevos. España se convirtió en el único país del mundo que carecía de una derecha política. El espectro iba desde la extrema izquierda al centro. Hasta ahí. Más allá sólo quedaba la caverna que festejaba los aniversarios pertinentes en el Valle de los Caídos, monumento faraónico que Franco construyó para que la posteridad no olvidara su Santa Cruzada, y del que los portadores de la llama de la España verdadera hicieron su reducto festivo, su particular “fachódromo”.

Nunca más se supo de los millones de españoles que abarrotaban la Plaza de Oriente de Madrid durante las apariciones públicas del dictador, ni de los que formaban la infinita cola para darle el último adiós al sátrapa de El Ferrol. Con Franco murieron, por lo visto, aquellos millones de españoles.

Así corrió el tiempo entre la euforia del derribo de los Pirineos, que era nuestro particular muro de Berlín, y la alegría de la incorporación a Europa, hasta que José María Aznar abrió la caja de los truenos y recuperó para esa España el orgullo de ser de derechas, que aquí es tanto como ser de aquello. Como decía Fraga, también con orgullo: “Nunca debemos olvidar de dónde venimos”. Ser de derechas en España es recuperar el mundo de los vencedores que no se dejan quitar un busto, un monumento a uno de los suyos, y tampoco desenterrar a los vencidos, a los asesinados en las cunetas, en las tapias de los cementerios y en los bosques para llevarlos junto a los suyos o darles sepultura como dios manda. Como a perros los mataron, como perros deben seguir. Y la Iglesia callada, como entonces.

Saca pecho Fernández Díaz, ese ministro que tiene una policía política a su servicio, como en los buenos tiempos, para difamar y buscar averías a sus rivales, que luego airean los medios de comunicación afines a los que pagan bien con la propaganda institucional, da la cara el ministro, decía, con motivo de la solicitud de traslado de los restos del general Mola por parte del Ayuntamiento de Pamplona que quiere que se los lleven a otro sitio, y suelta por esa boquita: “Algunos pretenden ganar la guerra cuarenta años después…”.

Entiende el señor ministro que son vencidos los que tal cosa pretenden. Y de sus palabras también se desprende que él se sitúa en el bando de los vencedores, aquellos que acabaron con la democracia y el orden constitucional a tiros tras fracasar el golpe de Estado de 1936.

Triste que tengamos un ministro todavía, ochenta años después, que reivindique aquellas salvajadas en lugar de encargarse, en cumplimiento de la ley que representa, debo entender que muy a su pesar, de limpiar de nuestro suelo, que no de nuestra memoria, esos monumentos y reliquias que dan gloria al fascismo. Alegan que eliminar los restos de aquella tiranía es atentar contra la Historia. Nunca han tenido vergüenza cuando se trata de salir en defensa de aquel fascismo al que dicen no haber servido ni representar. Les mueve una cuestión científica, intelectual. Los criminales, dicen, deben tener su espacio en nuestras ciudades, como lo tienen los huesos encontrados en Atapuerca. Forman parte de nuestra historia. Eso sí, cuando se denuncian atropellos, violaciones o crímenes, nos salimos del campo de la historia para pasar a remover el pasado, dividir a los españoles y pretender ganar una guerra que perdieron los demócratas.

También sale, cómo no, Esperanza Aguirre a echar gasolina en la trifulca que montan los legionarios intentando evitar que le quiten la calle a Millán Astray, fundador de la Legión, para sustituirla por otra llamada Avenida de la Inteligencia. Ella siempre se mueve por nobles ideales. Alega la defensora de esta causa, también la representación de su partido en el Ayuntamiento de Madrid, que Millán Astray no debe perder su calle porque hizo mucha obra social. Y pone algunos ejemplos. Yo le voy a recordar que Hitler hizo mucha más obra social que Millán Astray, para que le dé una vuelta al tema. A lo mejor habría que sustituir el nombre del general español por el del genocida alemán, si de obra social se trata. Hay que recordarle que no le quitan el nombre de la calle por haber fundado la Legión, ni por las virtudes que pudo tener, sino por su colaboración con el régimen franquista.

Les molesta que desaparezcan los vestigios de aquella España, tienen motivos, no los dicen. Nos toman por idiotas.

La sorpresa de los observadores internacionales ante la falta del resurgimiento de estos movimientos xenófobos, populistas, de extrema derecha, no debería ser tal. Como los marcianos, esa gente está entre nosotros. Por todas partes. Siempre estuvieron, nunca nos dejaron. Así nos luce el pelo.

Si los quieres ver, sólo tienes que quitar el nombre de una calle a un artífice de la dictadura. Aparecen como las moscas en torno a la miel, o a cualquier otra sustancia pestilente que, a usted, querido lector, le sugiera esta cuestión.

Qué hartura de fascismo. Ochenta años después.

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Aquellos héroes

24 enero, 2017

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

La matanza de Atocha marcó a una generación que vivió con ilusión pero también con miedo los años de la Transición

ROSA MONTERO31 ENE 2016 – 00:00 CET

En el ámbito periodístico se dice “usar una percha” al hecho de hacer coincidir una noticia con una efemérides o con cualquier motivo contextual que le dé actualidad al tema y, por tanto, subraye su importancia. El estupendo libro-reportaje de Jorge M. Reverte e Isabel Martínez Reverte La matanza de Atocha (editorial La Esfera de los Libros) se acaba de publicar sin el amparo de esa excusa. De hecho, ahora se cumplen 39 años de aquel funesto 24 de enero de 1977, cuando unos pistoleros de extrema derecha irrumpieron a las diez y media de la noche en el despacho laboralista de CC.OO. de la calle de Atocha de Madrid y vaciaron los cargadores de sus Browning y Star sobre los allí reunidos, siete abogados, un estudiante y un administrativo, asesinando a cinco e hiriendo de extrema gravedad a los cuatro restantes. Y publicar algo a los 39 años de haber sucedido es como llegar el cuarto en los Juegos Olímpicos: una cifra fastidiosa y nada memorable, porque roza lo redondo pero se queda en nada. El libro de los Reverte, pues, se presenta a pecho descubierto, basando su importancia en el hecho en sí, en la relevancia imborrable de lo sucedido, en la necesidad de recordar aquel suceso crucial de nuestra Transición.

“Lo primero que recuerdo es el terror. La noticia se extendió como una llamarada.”

La matanza de Atocha fue uno de esos acontecimientos que marcan a una generación; creo que todos los que teníamos edad para vivirlo guardamos una viva memoria de aquello. Y lo primero que recuerdo es el terror. La noticia se extendió como una llamarada en la noche de enero y cundió el temor de que se hubiera desatado una purga, de que la extrema derecha hubiera comenzado su “noche de los cuchillos largos” y se dedicara a asesinar a la gente más o menos progresista, a todos aquellos que aparecían en las dudosas y arbitrarias listas de amenazados que circulaban por ahí. Una cosa que pocas veces se dice de la Transición es el miedo tremendo que se pasaba. Aquella noche fue de mucha angustia para todos.

En mi caso, por añadidura, se dio una implicación especial con la matanza. Ese despacho de Atocha era el de mis abogados laboralistas; uno de los letrados, mi querido Nacho Montejo, fallecido en 2013, que se salvó por un pelo de la masacre (salió cinco minutos antes para ir al cine), nos llevaba a unos colegas y a mí un caso por lock out: un día llegamos a la fugaz e inestable revista en la que trabajábamos y nos encontramos con la puerta cerrada. Este tipo de cosas sucedían a menudo en aquella España transitoria: todo era efímero y escurridizo. De modo que en esos días yo frecuentaba bastante aquel despacho.

Y luego hubo algo más: al año siguiente, con motivo (con la percha) del aniversario de la matanza, escribí tres reportajes en El PAÍS sobre el tema. El primero, la reconstrucción narrativa del crimen; el segundo, la historia de los asesinos; el tercero, la historia de las víctimas. Fue uno de los trabajos de los que más orgullosa estoy en toda mi carrera, pero también fue el que más me hizo sufrir. Por el tema en sí y por tener que hablar con los asesinos en la cárcel; pero, sobre todo, porque fui apaleada implacablemente por casi todos los lectores, que consideraban que en el segundo capítulo no condenaba a los criminales como ellos querían que se les condenara. Tenían razón: no condenaba aunque tampoco disculpaba; simplemente intentaba comprender qué conduce a una persona a cometer un acto tan horrible, porque creo que sólo podemos evitar las atrocidades si sabemos por qué se originan. Pero hice ese esfuerzo de entendimiento al año de la masacre, demasiado pronto, con las heridas aún sangrando, y la gente lo único que quería oír por entonces era una repulsa furiosa, un rugido de rabia. Me equivoqué y lo pagué.

“En aquella España transitoria todo era efímero y escurridizo.”

Este libro, en cambio, está escrito con la suficiente perspectiva temporal, y a la vez con pasión y con rigor. Al leerlo tienes la sensación de que lo entiendes todo o casi todo, de que completas la visión de aquellos tiempos. Y además es un merecido, necesario homenaje a aquellos abnegados y estoicos abogados veinteañeros. Y cuidado, con esto no estoy glorificando a CC.OO. ni desde luego al partido comunista, que en otros momentos fue cómplice de barbaridades estalinistas, como en el caso cubano. Tan sólo estoy rescatando a los héroes anónimos de unos tiempos confusos, gente generosa que era capaz de trabajar hasta la extenuación por sueldos miserables, que carecían de tiempo para su vida privada (si Nacho Montejo se fue al cine aquel día fue porque su mujer le puso un ultimátum), que se sabían amenazados y aun así siguieron adelante. Hombres y mujeres con ideales que dieron literalmente su vida por una sociedad mejor. Es decir, por nosotros. Siempre me conmueve recordar que los mataron a las diez y media de la noche y que los pobres seguían allí metidos, trabajando.

@BrunaHusky

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Siete llaves para el sepulcro de Felipe V

15 febrero, 2014

Fuente: diario EL PAÍS

En 1714 no lucharon España y Cataluña, sino los Borbones contra los Habsburgo

 17 DIC 2013 – 00:01 CET

Como historiador catalán me parece obligado que nos preguntemos sobre por qué acontecimientos ocurridos en 1714, hace nada menos que 300 años, pueden adquirir una importancia tan desmesurada en la actual coyuntura política catalana. Lo primero que resulta llamativo es que lo que se expresa pluralmente en mi país no coincide en absoluto con el estado mental del resto de españoles, donde la urgencia de cambios en la estructura del Estado no se contempla como necesidad agónica. Esto en sí ya sería motivo de reflexión, pero una reflexión que no tiene respuesta sin introducir un matiz que clarifica el fondo del problema. Es decir, que no estamos discutiendo sobre el pasado remoto, sobre el final de la Guerra de Sucesión; lo que se debate con acritud es el éxito o fracaso de la Transición en un aspecto concreto, la organización territorial del Estado.

No discutimos sobre el cambio dinástico a principios del siglo XVIII, sino sobre la sombra alargada del franquismo en la etapa democrática. Dicho de otra manera: discutimos acerca de las razones por las que las sociedades que creyeron colmar sus expectativas y deseos con el sistema autonómico se sienten hoy poco identificadas con el mismo. De ahí que exista una íntima conexión entre las lecturas del pasado remoto, el diagnóstico sobre el reciente y el debate de hoy; y que es preciso distinguir esos terrenos con la mayor cautela y sofisticación.

¿Cómo leer entonces el significado y la relevancia de 1714, si es que todavía la tiene? No se me ocurre manera mejor de hacerlo que recordando algunas de las constataciones elementales que se desprenden de la mejor bibliografía. En primer lugar, que la Guerra de Sucesión a la Corona española no fue un conflicto entre Cataluña y España —ni entre Cataluña y Castilla—, sino entre dos propuestas dinásticas de alto nivel, la de los Borbones y los Habsburgo, ambas con sus aliados externos y sus partidarios dentro de la Monarquía hispánica. Aparte de rivalizar por el poder en Europa existía, además, el propósito de controlar el enorme legado de las posesiones americanas de los Habsburgo españoles. La estrecha alianza que se formó entre uno de los contendientes y el partido austriacista catalán —a pesar de que en 1701-1702 Felipe V hubiese renovado su pacto con las Constituciones—, así como la endeblez de la alianza internacional en torno al archiduque Carlos, dejó al final a los catalanes en una posición desairada.

En este punto son necesarias dos precisiones: que fue, en primer lugar, toda la vieja Corona de Aragón la que perdió sus Constituciones particulares, un hecho de gran relevancia para sociedades asentadas en tradiciones legales centenarias que les conferían personalidad jurídica. En el caso de Cataluña, además, la Nueva Planta borbónica añadió medidas de innegable carácter represivo, a menudo, brutales. Toda la fanfarria de la modernización del Estado por los Borbones (ahí España solo figura por elevación) es muy ajena a lo que estamos relatando. Aquello fue un puro ejercicio de autoridad brutal, como solía ser en la época. En segundo lugar, el modelo que se impuso —que respetó el derecho civil, el pacto implícito con los partidarios de Felipe V en Cataluña— nada tuvo que ver con la dinámica francesa, donde a pesar de los levantamientos nobiliarios —como la Fronda— y el avance de la centralización administrativa, persistía un complejo equilibrio entre el viejo sistema de representación en Estados y la justicia real parisiense.

En aquella coyuntura, lo que estaba en juego era la continuidad de las viejas formas de la Monarquía hispánica como Estado compuesto (en términos de Elliott), basado en gran medida en complejas fórmulas de equilibrio y, por lo general, de respeto escrupuloso a los derechos privativos y los progresos de un Leviatán moderno que empezaba a asomar la cabeza. Lo que sucedió en Cataluña en 1714 tiene sus precedentes en la represión en Portugal para garantizar su plena incorporación a la Monarquía en 1580 o en la fracasada ocupación de los Países Bajos, así como en el episodio igualmente fallido del conde duque de Olivares de 1640. La tradición de los Austrias se veía dominada por dos pulsiones: la de sumar y conservar territorios y la de afirmar la supremacía del poder monárquico sobre los cuerpos particulares. Ambos desarrollos estuvieron muy presentes tanto en el reino de Francia como en el Imperio de los Habsburgo vieneses.

Por lo demás, si el ejemplo de lo sucedido en Cataluña ha tenido relevancia posterior es porque supone el punto de partida exitoso del modelo de gobierno militar (y fiscal, en segundo e inexorable plano). Esta creciente militarización de la Administración, con su sistema de capitanías generales, fue exportada unas décadas después a América durante las llamadas reformas borbónicas para recolonizar aquellas sociedades, por motivaciones fiscales, con absoluto desprecio de la jurisprudencia tradicional y los derechos de ciudades y minorías criollas, lo cual acabaría alimentando el proceso independentista.

Se entiende, en definitiva, que en el momento de la gran crisis del largo siglo XVIII los americanos clamaran por otra forma de Gobierno y que, al no ser escuchados, se acabaran marchando. Como se entiende que la nueva Constitución de 1812 aboliera por inservible toda la legislación anterior; y que los liberales sinceros de matriz cultural castellana abominasen de los Austrias y exaltasen a los comuneros, así como los catalanes abominaron de los Borbones y exaltaron —y exaltan hoy— a los austracistas derrotados de 1714.

Josep M. Fradera es catedrático de Historia de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

El mito de la Transición consensuada

6 agosto, 2013

Fuente: http://www.elpais.es

El cambio político no fue acordado, sino impuesto por el régimen a la oposición

Cuando el régimen que se inicia en 1976 muestra síntomas claros de estar agotándose, sus defensores nos instan a que volvamos al consenso que hizo el milagro de pasar de la dictadura a la democracia sin romper la legalidad, una hazaña histórica que todos nos envidiarían. Pero ¿acaso la Transición se hizo por consenso?, ¿es que el franquismo negoció con una oposición democrática sumergida en la clandestinidad?

Tras la muerte del dictador, se cumplió estrictamente lo previsto: el Rey jura las Leyes Fundamentales del Reino, garantizando la continuidad del régimen como un proceso abierto, tal como había sido concebido desde que se institucionaliza en 1946. No cambia el presidente del Gobierno ni el presidente de las Cortes, aunque ambos son conscientes de que había que poner en marcha reformas importantes, pero sin tener muy claro hasta qué punto irían encaminadas hacia una democracia plena y sobre todo a qué ritmo. Arias Navarro, más adicto al pasado, fracasa en el intento de limitar el proceso a permitir asociaciones políticas dentro de las estructuras del Movimiento, “contraste de pareceres”, mientras que el presidente de las Cortes, Torcuato Fernández Miranda, llega a admitir los partidos políticos, incluido el comunista, y elecciones por sufragio universal, condenados como fuente de todos los males durante 40 años.

La fracción reformista del franquismo logró que las Cortes orgánicas aprobaran la Ley para la Reforma Política, que transformó la “Monarquía tradicional” prevista en una “Monarquía parlamentaria”, con dos Cámaras, elegidas por sufragio universal. Era la única manera, no solo de salvarla, sino de que permanecieran incólumes las demás instituciones del Estado, aunque para ello hubiera que enfrentarse a un franquismo, ciertamente minoritario y residual, pero fuertemente arraigado en las Fuerzas Armadas, que aspiraba a mantener las “esencias”. La Transición se llevó a cabo en las Cortes franquistas, negociada por un joven audaz, el último jefe del partido único, nombrado presidente del Gobierno para realizar esta tarea, siguiendo las instrucciones del presidente de las Cortes, cabeza pensante de la operación.

La Transición no provino de ningún consenso entre el régimen y la oposición democrática, sino que fue una imposición neta de la fracción reformista del franquismo, que la mayor parte de la población revalidó, dispuesta a apoyar cualquier reforma que permitiera salir de la dictadura sin sufrir traumas graves ni correr demasiados riesgos.

Es obvio que la oposición tampoco podía desaprobar cualquier movimiento encaminado a restaurar la democracia, pero aun así optó por la abstención en el referéndum del 15 de diciembre de 1976 para mostrar claramente que la reforma se hizo sin su participación y con criterios que no compartía.

Para celebrar elecciones se necesitaban partidos y hubo que improvisarlos a la mayor brevedad: la UCD se organizó desde el Gobierno, y muchos otros, la llamada “sopa de siglas”, desde una sociedad civil por completo desarticulada. El único partido de la oposición con cierta implantación, sobre todo en Madrid y Barcelona, era el comunista. El PSOE renovado estaba aún dando los primeros pasos en su refundación, haciendo encaje de bolillos para que el Gobierno no legalizase al PSOE histórico. Se mantuvo un control estricto, ya que para concurrir a las elecciones había que pasar por “la ventanilla” y no se autorizaba a ningún partido que se declarase abiertamente republicano.

Caracterizar las primeras elecciones del 15 de junio de democráticas es una verdad a medias. Los partidos políticos se habían formado desde la cúspide, con un fuerte déficit democrático que muchos creímos que sería coyuntural —había que garantizar la gobernabilidad, mientras la sociedad se fuera adaptando a la convivencia democrática—, pero que ha resultado ser el factor principal de corrupción de los últimos 30 años. El partido gubernamental presenta como candidato, sin siquiera dimitir, al presidente franquista que había dirigido la reforma desde el interior del régimen, apoyado por el aparato del Estado, el canal único de televisión y la prensa del Movimiento.

En la elaboración de la Constitución ya funcionó el consenso, pero sin salirse de las coordenadas de la Ley para la Reforma Política

El 18 de marzo de 1977, con el objetivo de asegurarse la mayoría absoluta, sin negociar con ninguna otra fuerza política, Adolfo Suárez dicta una ley electoral que no cumplía los requisitos mínimos de equidad: listas cerradas y bloqueadas, sistema proporcional con correcciones de tal tamaño que lo desfiguran por completo, al ser la provincia el distrito electoral, pero limitando el número de diputados a 350, que favorece a las que tuvieran menos habitantes y perjudica a las más pobladas. En suma, a nivel nacional se beneficia a los dos primeros partidos a costa de los demás, y en la provincia a los partidos nacionalistas, que con muchos menos votos pueden obtener más escaños que los nacionales a partir del tercer puesto. Con pequeñas modificaciones la ley electoral sigue vigente y, al favorecer a los dos primeros partidos nacionales y a los nacionalistas periféricos, los beneficiados en ningún caso han querido cambiarla.

Los resultados de estas primeras elecciones fueron, sin embargo, doblemente sorprendentes: Suárez con el 34,4% de los votos, no consiguió la mayoría absoluta, ni, como se esperaba, el partido comunista fue el segundo partido más votado, sino un PSOE recién renovado que parecía traer una brisa democrática rejuvenecedora y alcanzó el 29,3% de los votos.

En la primera oportunidad que se les dio a los españoles de manifestarse —no cuento los referendos franquistas de antes, o inmediatamente después de la muerte del dictador— impusieron dos correcciones importantes a la reforma oficial: la primera, al declarar las Cortes elegidas su voluntad de redactar una Constitución democrática, la última Ley Fundamental quedaba de facto derogada, poniendo punto final al franquismo.

La segunda, al ser el socialista el primer partido de la oposición, todavía sin cuajar, pero del que se esperaba una renovación democrática del país, nos libraba de la conjunción del franquismo reformista con el eurocomunismo, que hubiere garantizado a la derecha la permanencia indefinida en el poder, ya que por mucho que los que los comunistas hubiesen renunciado a su ideología revolucionaria, hubieran roto con la Unión Soviética y reconocido la Monarquía, en tiempos de la “guerra fría” no hubieran podido gobernar.

Y ahora sí, en la elaboración de la Constitución ya funcionó el consenso, aunque paradójicamente sin salirse de las coordenadas impuestas por la Ley para la Reforma Política. Dos presiones resultaron decisivas: la de un ejército franquista que miraba con recelo el proceso de democratización, como quedó confirmado el 23-F, y el miedo de los dos bandos a una nueva guerra civil.

La amenaza de una guerra civil se vivió con tal intensidad durante la Transición que explica la pasividad de la población en aquella trágica noche del 23-F: nadie trató de oponerse al golpe, seguros de que en la Europa democrática la dictadura militar no podría durar mucho, y aunque durase, era preferible a un enfrentamiento bélico entre hermanos. El temor a una nueva guerra civil, no su olvido, aclara el empeño en no recordar un pasado tan trágico, una amnesia que escogieron los españoles como modo de evitar un enfrentamiento, que sin duda es lo más contrario a una amnesia, aunque probablemente olvidar sea la mejor manera de sobrevivir a un mal recuerdo.

Al ser la Transición en la forma en que se hizo la fuente principal de legitimidad —de la legalidad franquista a la nueva legalidad democrática, manteniendo la más estricta continuidad en la jefatura, las instituciones y Administraciones del Estado— se comprende que la generación que la llevó a cabo la elevara a la categoría de modélica, pero tampoco debiera sorprender que la de los hijos, y sobre todo la de los nietos, la pusiesen en entredicho.

Ignacio Sotelo es catedrático de Sociología.

La Transición, papá y mamá

10 junio, 2013

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

 14 ABR 2013 – 00:00 

GABI BELTRÁN

De un tiempo a esta parte parece extenderse entre la izquierda de mi generación un discurso que, más o menos, vendría a decir lo siguiente: ¿quién tiene la culpa de la ínfima calidad de nuestra democracia? La Transición. ¿Por qué nuestra democracia amenaza con convertirse en una partitocracia? Por la Transición. ¿A qué se debe el pésimo funcionamiento de nuestra justicia? También a la Transición. ¿Cuál es el origen de la crisis económica? Cuál va a ser: la Transición. ¿Y de la llamada crisis moral? La Transición también. ¿Y del llamado problema catalán? La Transición, la Transición, la Transición. De todo tiene la culpa la Transición; o sea: de todo tienen la culpa papá y mamá, que fueron los que hicieron la Transición.
 

¿Cuántos años hace de la Transición? Una eternidad. ¿Y en todo este tiempo qué hemos hecho nosotros? ¿Mejorar la precaria democracia que alumbró la Transición hasta convertirla en una democracia saludable, o tumbarnos a la bartola y dejar que aquella democracia se pudriese? ¿De verdad no hemos tenido tiempo en estos 30 años de hacer bien lo que entonces se hizo mal? ¿De verdad no somos responsables de nuestras desgracias y podemos seguir achacándoselas a papá y mamá? La Transición no fue perfecta; eso solo lo piensa esa derecha que intenta monopolizar la Transición y esa izquierda que ignora que la Transición también (o sobre todo) la hizo la izquierda. No: la Transición fue una chapuza; pero hay que ser un descerebrado para no estar a favor de esa chapuza. No me canso de repetir una observación de Miguel Ángel Aguilar: es raro que nuestra generación se sienta más orgullosa de sus abuelos, que dirimieron sus diferencias con una guerra, que de sus padres, que dirimieron sus diferencias sin ella. Raro no: rarísimo, porque es mil veces preferible el peor apaño que 600.000 muertos. Sobre todo si el apaño crea una democracia. ¿Una democracia mediocre? Claro, ¿cómo iba a ser, después de 40 años de dictadura? Pero la cuestión no es si esa democracia era mediocre o no, sino qué hemos hecho nosotros con ella. Pongo un ejemplo que tampoco me canso de poner. Al principio de la Transición apenas existían partidos políticos, de forma que una de las primeras preocupaciones de los founding fathers fue crear unos partidos fuertes; era indispensable: los partidos son el único cauce verosímil de las preocupaciones y aspiraciones de la gente, así que no hay democracia real sin ellos. El problema fue que mientras la democracia se asentaba, los partidos se desbordaron e, incapaces de frenarse a sí mismos, empezaron a inundarlo todo, desde el poder económico hasta el poder judicial, convirtiéndose además en focos permanentes de corrupción y en una especie de clubes antidemocráticos y dominados por sus cúpulas. Así que lo que en los años setenta fue una buena solución se ha convertido con el tiempo en un problema, quizá en nuestro principal problema. Pero ese problema no lo creó la Transición; lo hemos creado nosotros.

El peor enemigo de la izquierda no es la derecha, sino la irresponsabilidad de la izquierda; es decir: el kitsch de izquierdas. ¿Hay una infantilización general de la izquierda? No lo sé, aunque eso explicaría cosas como el entusiasmo despertado por aquella dirigente treintañera de las juventudes socialistas que, en una reunión de socialistas celebrada en Cascais, les recriminó a sus mayores que quisieran “remover la revolución desde un hotel de cinco estrellas”. Dios santo, ¿no se había enterado esa chica de que ya no se toma el poder con la revolución, sino con las urnas? ¿Tampoco de que es difícil que un hotel de tres estrellas sea capaz de acoger un evento como ese, y de que, según y cómo, uno de cinco puede resultar incluso más barato? ¿Ni siquiera se ha enterado de que uno ya no es joven a los 30 años? ¿No podría exigirle a su propio partido los cambios que todos sabemos que necesita en vez de adornarse con la demagogia autosatisfecha de sus discursos? No, colegas: la culpa de este desastre no la tienen papá y mamá; la tenemos nosotros.