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El escritor que quería hacer historia

17 octubre, 2017

Fuente: http://www.elpais.com/cultura

La crónica de la Guerra Civil de Ludwig Renn, editada en alemán en 1955, ve la luz en España. Es literatura de combate comunista, sin lugar para la retórica o los sentimientos.

Voluntarios de las Brigadas Internacionales en el Cuartel de la Guardia Republicana en Albacete en 1936.
Voluntarios de las Brigadas Internacionales en el Cuartel de la Guardia Republicana en Albacete en 1936.REP

La guerra civil española fue en su origen un conflicto interno entre espa­ñoles, pero en su curso y desarrollo constituyó un episodio de una guerra civil ­europea que acabó en 1945.

Tras las subida de Hitler al poder, el sentimiento popular antibélico de los años veinte dio paso gradualmente a políticas de rearme y a una crisis de la seguridad internacional. En ese ambiente tan caldeado, para muchos ciudadanos eu­ropeos y norteamericanos, España se convirtió en el campo de batalla de un conflicto inevitable en el que al menos había tres contendientes: el fascismo, el comunismo —o la revolución— y la democracia.

Muchos narraron los hechos de primera mano, en el frente o en la retaguardia, transmitiendo al mundo historias de horror, heroicidad, compromiso y traiciones. Con las Brigadas Internacionales llegaron a España obreros manuales, aventureros en busca de emociones, intelectuales y profesionales de clases medias, corresponsales de guerra y escritores. La mayoría tenía claro que el fascismo era una amenaza internacional y España era el lugar apropiado para combatirlo. Se habían sentido atraídos por el Partido Comunista, que les daba amparo y una doctrina fuerte a la que agarrarse, en un momento en el que en París confluyeron un montón de exiliados de la Europa oriental, central y balcánica, huidos de la represión fascista y dictatorial.

El escritor que quería hacer historia

Ludwig Renn, aunque representaba todo eso, era un tipo singular. Nacido en una familia aristocrática de Dresde en 1889, Arnold Vieth von Golssenau combatió como oficial en un regimiento de Sajonia durante la I Guerra Mundial, una experiencia militar que relató con éxito en Krieg (guerra), en 1929, y continuó en Nachkrieg (posguerra), en 1930, cuando ya había abandonado el Ejército y su clase, incluido su nombre, para abrazar el comunismo y la ortodoxia estalinista.

Con el ascenso nazi al poder, estuvo en la cárcel año y medio y, tras ser liberado, huyó a Suiza, donde se enteró de la sublevación militar contra el Gobierno republicano en España. A principios de octubre de 1936 se subió a un tren con destino a Cerbère y después a Barcelona. Así comienza su crónica de la guerra civil española, editada en alemán en 1955 y que ve ahora la luz por primera vez en España, más de 600 páginas de literatura de combate comunista, sin apenas lugar para la retórica o los sentimientos, porque “el amor en el campo de batalla es una invención de los escritores. En el frente, la vida real no deja hueco a esos lujos”.

Alejado, por tanto, de las fantasías de los “tibios” burgueses de izquierda que nunca se jugaron el cuello, Ludwig Renn describe lo que él considera la auténtica realidad, dando fe, desde el principio hasta el final, del relato oficial comunista, frente a “anarcofascistas” (amigos del desorden y de la “palabrería”, inservible en la guerra); “socialtraidores”, representados por Largo Caballero y el “redomado golfo” Indalecio Prieto, y espías trotskistas y del POUM.

Renn arriesgó su vida en primera línea de fuego, como había hecho ya en la Guerra Mundial, primero como dirigente del batallón Thälmann y después como jefe del Estado Mayor de la XI Brigada Internacional. Estuvo en todas las grandes batallas, desde Madrid hasta Brunete, pasando por el Jarama y Guadalajara, hasta que a comienzos de septiembre de 1937 emprendió, con pasaporte español —Hitler le había despojado de la nacionalidad alemana—, una “misión oficial” de propaganda a favor de la República por Estados Unidos, Canadá y la Cuba de Batista.

Muchos narraron los hechos de primera mano, en el frente o en la retaguardia, transmitiendo al mundo historias de horror, heroicidad, compromiso y traiciones

El 21 de septiembre de 1938, Juan Negrín, presidente del Gobierno de la República, anunció en Ginebra, ante la Asamblea General de la Sociedad de Naciones, la retirada inmediata y sin condiciones de todos los combatientes no españoles en el Ejército republicano, con la esperanza de que el bando franquista hiciera lo mismo. Quedaban entonces en España aproximadamente un tercio de todos los que habían llegado para luchar contra el fascismo, y el 28 de octubre, un mes después de su retirada del frente, las Brigadas Internacionales desfilaron en Barcelona ante más de 250.000 personas. Allí estaba Renn, quien permaneció en España hasta la caída de Cataluña. De allí pasó a Francia, después a México y regresó a Alemania 10 años después.

El problema de la República, concluyó Renn, no fue “la falta de experiencia militar”, que tampoco la tenían, según él, las tropas de Franco, sino “el guirigay entre partidos”, donde sólo el comunista mantuvo el tipo: sin él, y sus “abnegados camaradas y amigos”, la República española “hubiera sido borrada del mapa en un santiamén”.

Renn no era sólo un escritor comprometido, que luchaba con la pluma y la palabra contra el fascismo. Como les dijo a algunos de sus colegas famosos en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en julio de 1937, él peleaba en el frente y había dejado la pluma porque no quería “escribir historias, sino hacer historia”.

La guerra civil española. Crónica de un escritor en las Brigadas Internacionales. Ludwig Renn. Traducción de Natalia Pérez Galdós. Fórcola Ediciones. Madrid, 2016. 721 páginas. 39,50 euros.

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Rigor contra la manipulación del franquismo

7 agosto, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

Los historiadores arrojan luz sobre ese pasado traumático y demuestran que el rigor es el primer paso para evitar el uso político de esa época

Franco visita las obras del pantano de Santa Ana, en la cuenca del Ribagorzana, en 1955.
Franco visita las obras del pantano de Santa Ana, en la cuenca del Ribagorzana, en 1955. PÉREZ DE ROZAS

Franco comenzó el asalto al poder con una sublevación militar y lo consolidó tras la victoria en una guerra civil. Hasta 1945, él y su dictadura no fueron una excepción en aquella Europa de sistemas políticos autoritarios, totalitarios o fascistas. Pero tras el final de la II Guerra Mundial, las dictaduras derechistas, que habían sido dominantes desde los años veinte, desaparecieron de Europa, salvo en Portugal y España. Muertos Hitler y Mussolini, Franco siguió 30 años más.

Han pasado ya cuatro décadas sin él y, aunque la dictadura es todavía objeto de controversia política, con memorias divididas que proyectan su larga sombra sobre el presente, los historiadores han elaborado, a través de enfoques y métodos de indagación muy distintos, una fotografía bastante completa de ese pasado.

Una foto completa de Franco y su dictadura 40 años después

El Ejército, la Falange y la Iglesia representaron a los vencedores de la Guerra Civil, y de ellos salieron el alto personal dirigente, el sistema de poder local y los fieles siervos de la Administración. Esas tres burocracias rivalizaron entre ellas por incrementar las parcelas de poder, con un reparto difícil que creó tensiones desde los primeros años del régimen, cuando se estaba construyendo, examinados por Joan Maria Thomàs en Franquistas contra franquistas.

Aunque aparecieran desde el comienzo luchas entre franquistas, en lo que todos estuvieron de acuerdo fue en el culto rendido al general Franco, tema ya estudiado hace tiempo de forma exhaustiva por Paul Preston en su magnífica biografía, ahora ampliada, y en cuyos mitos incide también la reciente aproximación de Antonio Cazorla. El Caudillo fue rodeado de una aureola heroico-mesiánica que le equiparaba a los santos más grandes de la historia. Aparecían por todas partes estatuas, bustos, poesías, estampas, hagiografías. La imagen de Franco como militar salvador y redentor era cuidadosamente tratada e idealizada, y su retrato presidió durante los casi cuarenta años de dictadura las aulas, oficinas, establecimientos públicos y se repetía en sellos, monedas y billetes.

La gran empresa de Franco y los vencedores consistía en la regeneración total de una nación nueva forjada en la lucha contra el mal, el sistema parlamentario, la República laica y el ateísmo revolucionario. Como recordaba el 1 de abril de 1939 Leopoldo Eijo y Garay, obispo de la diócesis de Madrid, era “la hora de la liquidación de cuentas de la humanidad con la filosofía política de la Revolución Francesa”.

El Ejército, la Falange y la Iglesia rivalizaron por incrementar las parcelas de poder con un reparto que creó tensiones

Y para liquidar esas cuentas y que los vencidos pagaran las culpas se puso en marcha un terror institucionalizado y amparado por las leyes del nuevo Estado, un engranaje represivo y confiscador que causó estragos entre los vencidos, abriendo la veda para una persecución arbitraria y extrajudicial que en la vida cotidiana desembocó muy a menudo en el saqueo y en el pillaje. Como confirman investigaciones recientes en Cataluña, Aragón y Andalucía, en aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas se abrieron decenas de miles de expedientes a obreros y campesinos con recursos económicos escasos, pero también a clases medias republicanas con rentas más elevadas. Los afectados, condenados por los tribunales y señalados por los vecinos, quedaban hundidos en la más absoluta miseria. En muchos casos, las sentencias se impusieron a personas que ya habían sido ejecutadas.

Con el paso del tiempo, la violencia y la represión cambiaron de cara, la dictadura evolucionó, “dulcificó” sus métodos y, sin el acoso exterior, pudo descansar, ofrecer un rostro más amable, aunque nunca renunció a la Guerra Civil como acto fundacional, que recordó una y otra vez en un entramado simbólico de ritos, fiestas, monumentos y culto a los mártires.

Franco murió matando, como relata Carlos Fonseca en la reconstrucción de la semblanza de los últimos fusilados, pero los cambios producidos por las políticas desarrollistas a partir del Plan de Estabilización de 1959 y la machacona insistencia en que todo eso era producto de la paz de Franco dieron una nueva legitimidad a la dictadura y posibilitaron el apoyo, o la no resistencia, de millones de españoles.

Una foto completa de Franco y su dictadura 40 años después

Esos “buenos” años del desarrollismo, opuestos a la autarquía y el hambre, alimentaron la idea, sostenida todavía en la actualidad por la derecha política y defendida en el libro de Stanley G. Payne y Jesús Palacios, de que Franco fue un modernizador que habría dado a España una prosperidad sin precedentes. Y frente a ese mito del modernizador y salvador de la patria opone Ángel Viñas, con el rigor y exhaus­tiva aportación de pruebas que le caracteriza, La otra cara del Caudillo,la de las bases y naturaleza de su poder dictatorial.

Historias y mitos administrados por historiadores que persuaden, atraen al lector y demuestran que narrar con rigor, en obras bien informadas, es el primer paso para evitar el uso político de ese traumático pasado. Españoles, Franco ha muerto, titula su ensayo Justo Serna, quien recuerda que al franquismo no podemos liquidarlo con el olvido o la ignorancia.

Franquistas contra franquistas. Joan Maria Thomàs. Debate. Madrid, 2016. 318 páginas. 24,90 euros.

Franco. Paul Preston. Debate. Barcelona, 2015. 1.087 páginas. 32,90 euros.

Franco, biografía del mito. Antonio Cazorla. Alianza. Madrid, 2015. 392 páginas. 22,45 euros.

El “botín de guerra” en Andalucía. Miguel Gómez Oliver, Fernando Martínez y Antonio Barragán (coordinadores). Biblioteca Nueva. Madrid, 2015. 408 páginas. 28 euros.

Mañana cuando me maten. Carlos Fonseca. La Esfera de los Libros. Madrid, 2015. 392 páginas. 23,90 euros.

Franco, una biografía personal y política. Stanley G. Payne y Jesús Palacio. Espasa. Madrid, 2015. 800 páginas. 26,90 euros.

La otra cara del Caudillo. Mitos y realidades en la biografía de Franco. Ángel Viñas. Crítica. Barcelona, 2015. 448 páginas. 21,75 euros.

Españoles, Franco ha muerto. Justo Serna. Punto de Vista Editores, 2015. 288 páginas. 16 euros.

A vueltas con el Holocausto y los usos interesados de la Historia

24 mayo, 2017

Fuente: http://www.internacional.elpais.com

No hay ningún tema tan debatido como las relaciones entre los judíos y los polacos durante la Segunda Guerra Mundial.

JULIÁN CASANOVA

22 ABR 2015 – 10:08 CEST

El campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau, en Polonia.
El campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau, en Polonia. KACPER PEMPEL REUTERS

Los historiadores lo han advertido y demostrado en diferentes ocasiones: en la amplia literatura sobre el Holocausto no hay ningún tema tan debatido –y tan sometido a falsedades y prejuicios raciales- como las relaciones entre los judíos y los polacos durante la Segunda Guerra Mundial.

Desde la disolución de las dinastías de los Habsburgo y Hohenzollern en 1918, las viejas élites y nuevas fuerzas sociales de Europa del este demostraron, con ideas y acciones, un enérgico antibolchevismo pero, sobre todo, instigadas por los partidos fascistas, un profundo y radical antisemitismo, puesto que asociaban a los judíos con todo lo que odiaban: el bolchevismo, el viejo orden y el dominio extranjero.

La crisis económica de los años 30 aumentó todos esos sentimientos, pero lo que causó un cataclismo en esos países fue el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Los hechos son bien conocidos. Hasta el inicio de la guerra en 1939, sólo unos cuantos centenares de judíos habían sido asesinados en Alemania, pese a que los nazis habían comenzado a acosar y perseguir con leyes y actos violentos a la población judía desde su llegada al poder en 1933. La matanza masiva empezó con los judíos que los alemanes capturaban en las zonas conquistadas de la Unión Soviética en el verano de 1941, y en menos de cuatro años la “solución final” segó las vidas de más de cinco millones de hombres, mujeres y niños, casi la mitad de ellos en Polonia. Los nazis causaron esa destrucción y la Segunda Guerra Mundial fue el escenario apropiado en el que se expandió esa brutalidad. Para que todo eso fuera posible, no obstante, tenía que haber mucha gente dispuesta a identificar a otros como sus enemigos o a considerar aceptable el exterminio.

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Si se dejan de lado las opiniones de esos que defienden que el Holocausto nunca tuvo lugar, o de quienes tratan de minimizarlo con comparaciones con otras manifestaciones de genocidio provocadas por los aliados, lo que los historiadores debatieron y sacaron a la luz en primer lugar fue quién decidió proceder con esa “solución final”, cuándo y por qué se hizo así, y qué es lo que se perseguía con ella.

Lo más significativo de las dos últimas décadas, sin embargo, es que comenzaron a aparecer investigaciones, poco conocidas hasta entonces, sobre la colaboración de la policía, de las administraciones locales y de las poblaciones de otros países invadidos por el Ejército y las fuerzas de seguridad alemanes. Aunque el número de personas implicadas y la complejidad de sus motivos impedía cualquier explicación simple, lo que quedó al descubierto fue no sólo el círculo de responsables y altos cargos nazis que organizaban las deportaciones, desde Himmler a Eichmann, pasando por Heydrich, sino también la amplia red de informantes y delatores que vieron necesario ese castigo mortal, por no mencionar a los británicos y norteamericanos que, desde el otro lado de la historia, abandonaron a los judíos. Los judíos fueron asesinados por los nazis alemanes y los fascistas de Europa del este, no por toda la población, pero ya nadie podía negar la complicidad “popular” en muchos de esos países.

El problema se complica cuando a esa historia ya compleja y muy debatida entre auténticos especialistas, se suman las declaraciones de políticos o de gente como James Comey, el director del FBI, con sentencias fáciles y acusatorias, muy alejadas de los análisis y narraciones que interpretan aquellos acontecimientos, el “incomprensible” Holocausto, como lo definió Arno Mayer, a la luz de las fuentes disponibles.

Una buena parte de la clase política en Polonia y Hungría deforman aquella historia traumática para adaptarla a sus propios fines y justificar el presente. En el caso de Polonia, ya en 1990, un libro editado por Antony Polonsky, My Brother’s Keeper?: Recent Polish Debates on the Holocaust, levantó polvareda y protestas porque incluía polémicas entre intelectuales polacos y judíos polacos sobre el antisemitismo y sobre lo que muchos polacos hicieron o dejaron de hacer durante el período de eliminación sistemática de judíos.

En el caso de Hungría, el largo período de gobierno autoritario y ultranacionalista del almirante Miklós Horthy, mantenido sin demasiados problemas durante sus primeros veinte años, dio un cambio radical con su decisión de meter a Hungría en la Segunda Guerra Mundial al lado de la Alemania nazi en abril de 1941. Horthy, mediante sucesivas “Leyes Judias”, en 1938, 1939 y 1941, había ido recortando los derechos de los súbditos húngaros de religión judía y hubo matanzas de judíos en el frente ruso protagonizadas por las SS, asistidas por tropas húngaras. Pero con la invasión nazi, en marzo de 1944, de las restricciones se pasó a la persecución abierta y se metió a Hungría de lleno en la solución final.

Viktor Orbán y la derecha húngara hace tiempo que están empeñados en demostrar que había una tradición conservadora, rota por dos ocupaciones extranjeras de Hungría, la nazi y la soviética, protagonizadas por dos ideologías totalitarias ajenas la verdadera historia del país. Solo así se explica el fracaso del liberalismo y de la democracia, la radicalización de la política, el patriotismo de Horthy, atrapada como quedó la nación, luchando por su independencia y soberanía, entre dos terribles y violentos superpoderes totalitarios. Y fue, por supuesto, un factor externo, la ocupación nazi, el que justifica la parte de la historia más complicada de explicar para los conservadores: la persecución de los judíos, iniciada ya con Horthy, y el desarrollo fatídico de los hechos que llevó a la conquista del poder de los fascistas húngaros de la Cruz Flechada en octubre de 1944.

Las declaraciones interesadas sobre la historia, ampliamente difundidas y manipuladas por medios de comunicación de diferente signo, contribuyen a articular una memoria popular sobre determinados hechos del pasado, hitos de la historia, que tiene poco que ver con el estudio cuidadoso de las pruebas disponibles.

El Holocausto es la cara más cruel de un siglo que conoció guerras, genocidios, violencias de Estado y revolucionaria sin precedentes. Pero ese siglo presenció también, gracias entre otras cosas al impacto del Holocausto, la creación de tribunales internacionales, la persecución de criminales de guerra, la formación de comisiones de la verdad. Y muchos hombres y mujeres, especialmente en los últimos años, protegidos por el paso del tiempo, necesitados de liberar sus terribles pesadillas, se han atrevido a contarlo, a documentar sus vidas, a la vez que contribuían a documentar la de todos, a denunciar la traición y cobardía de algunas de sus patrias y ciudadanías. Esa es la cara de la esperanza, la que invita a vigilar y cuidar la frágil democracia, a recordárselo a los responsables políticos, a perseguir la intolerancia, a extraer lecciones de la historia, a educar en la libertad.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

José Antonio, la forja del mito y las claves del culto a la personalidad

23 febrero, 2017

Fuente: http://www.cultura.elpais.com

El escritor Joan Maria Thomàs desmenuza en una exhaustiva biografía del fundador de Falange su amplio conocimiento sobre el personaje y su contexto histórico

ENRIQUE MORADIELLOSMadrid 14 FEB 2017 – 15:12 CET

Siempre presente bajo la misteriosa advocación de “El Ausente”, sacralizado como el principal “mártir de la Cruzada por Dios y por España”, José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia (Madrid, 1903- Alicante, 1936) fue objeto de un culto oficial durante toda la dictadura franquista por su condición de fundador y primer Jefe de Falange Española, el partido fascista fundado en octubre de 1933 con el objetivo de acabar por la fuerza con la odiosa democracia republicana. Un culto sólo superado (con creces) por el ofrecido al victorioso militar que lograría ese propósito al compás de una cruenta guerra civil: el general Francisco Franco, “Caudillo de España”, su imprevisto “sucesor” en la jefatura de un régimen dictatorial de partido único modelado sobre el núcleo falangista bajo el título de Falange Española Tradicionalista y de las JONS.

No faltan biografías sobre la corta pero intensa vida de un joven y apuesto aristócrata (marqués de Estella con grandeza de España), hijo primogénito de dictador (el general Miguel Primo de Rivera), que cultivó casi a la par su profesión de respetado abogado con la actividad política de tintes mesiánicos en las filas antiliberales y los fugaces devaneos poético-literarios. De hecho, durante el franquismo, proliferaron las hagiografías desmesuradas con patrocinio oficial, como la biografía “apasionada” de Felipe Ximénez de Sandoval, publicada en 1941. Afortunadamente, desde la restauración democrática, también contamos con más templados y atinados retratos historiográficos debidos a autores diversos de la talla de Ian Gibson (1980), Julio Gil Pecharromán (1996), Stanley G. Payne (1997), Paul Preston (1998) o Ferran Gallego (2014).

Sin embargo, seguía sin existir un estudio intensivo y actualizado de ese político conocido como “José Antonio”, a secas, por su voluntad consciente de evitar el llamativo apellido para diferenciarse de su padre y a tono con el estilo plebeyo e igualitarista del fascismo-falangismo (tan poco apropiado, por otro lado, para quien era depositario de un título nobiliario). Por eso era especialmente esperada la obra firmada por Joan Maria Thomàs, uno de los grandes especialistas en la historia del fascismo español, que ha venido publicando una serie de obras canónicas sobre la temática que sirven de soporte y basamento a esta biografía: Lo que fue la Falange (1999), La Falange de Franco (2001), El Gran Golpe. El “caso Hedilla” o cómo Franco se quedó con Falange (2014).

Joan Maria Thomàs acomete su labor pertrechado por su exhaustivo conocimiento de todas las fuentes informativas disponibles sobre el personaje y su contexto histórico, sin olvidar los cruciales referentes internacionales (sobre todo italianos, dada la fascinación de José Antonio por Mussolini y su régimen fascista). Y articula su elegante exposición en cinco capítulos bien trabados que, si bien no revelan secretos sorprendentes sobre el personaje, tienen la virtud de sintetizar su vida y su tiempo con notable maestría.

Los tres capítulos iniciales abordan la vida de José Antonio desde sus primeros pasos y hasta su muerte en sendas etapas consecutivas. Una primera que sigue la formación de un vástago de una familia de rancio abolengo militar que se convierte en abogado a la sombra de un padre que será el primer dictador militar del siglo XX español. Una segunda que examina la trayectoria de un joven que desde 1930, tras la deposición y muerte del admirado progenitor, entra en política para reclamar su memoria y también para superar sus logros mediante la adaptación de la “novedad” del fascismo a las circunstancias democráticas españolas durante los primeros años de la Segunda República. Y, finalmente, una tercera fase que revisa los avatares desde 1933 de un líder fascista al frente de un nuevo partido volcado a la conquista del poder por sus propios medios o por los ajenos y que acaba perdiendo la vida en la tormenta de sangre de la guerra civil en una cárcel republicana de Alicante en noviembre de 1936, apenas cumplidos los 33 años.

Los dos últimos capítulos de la obra tienen ya otro carácter más monográfico y conceptual y abordan sucesivamente el “ideario fascista” de José Antonio y el culto necrófilo auspiciado por el franquismo después de su muerte (mantenida en secreto durante casi dos años enteros en plena guerra civil, hasta el 18 de julio de 1938).

En el primer caso, de manera muy consistente, Thomàs desmenuza los componentes de una “doctrina joséantoniana” que bebe de fuentes clásicas tomistas y modernas vitalistas (Ortega, D’Ors) para acabar seducido por la originalidad fascista mussoliniana. De ese modo, a partir de 1933, con la fundación de Falange Española, termina formulando un “fascismo teñido de cristianismo” que trata de competir sin mucho éxito con los movimientos monárquicos autoritarios y católico-corporativos que encuadraban ya a las masas contrarias al liberalismo democrático. En el segundo caso, disecciona las razones, formas y medios de un extraño culto casi herético a quien devino (en feliz expresión de Stanley Payne) “santo patrón secular del régimen franquista”.

En resolución, estamos ante una biografía del “Ausente” sólida, solvente y actualizada, que aporta nueva luz sobre la breve vida de quien quiso ser “rector del rumbo de la gran nave de la Patria” y perdió la vida en el intento, aunque luego subiera a los altares civiles de una dictadura que siempre contó con el apoyo de sus partidarios y seguidores, en un matrimonio de conveniencia de Falange y Franco que no terminaría hasta la muerte de este último el 20 de noviembre de 1975 (paradójicamente el mismo día del fusilamiento de José Antonio en la cárcel de Alicante).

EL CULTO A JOSÉ ANTONIO

Entre las páginas más logradas de la obra de Thomàs se encuentra el análisis del culto estatal a su memoria, mitificada hasta extremos de herejía por su comparación recurrente con la pasión de Cristo: ambos muertos a los 33 años, ambos sacrificados por una causa transcendente, ambos llorados por seguidores que juran seguir sus enseñanzas. El culto empezó con su exhumación en Alicante y el traslado de su cadáver, a hombros de 16 falangistas durante diez jornadas invernales de noviembre de 1939, hasta El Escorial, mausoleo funerario de la realeza española (luego sería nuevamente exhumado y trasladado en 1959 al trascoro de la recién terminada Basílica de El Valle de los Caídos, donde permanece). La procesión funeraria fue seguida masivamente por millares de espectadores que día y noche saludaban el paso de la comitiva brazo en alto y en silencio, acompañados de banderas falangistas, hogueras y antorchas, en un despliegue ritual nunca antes visto para ceremonias civiles (no militares ni religiosas).

18 de julio de 1936

21 enero, 2017

Fuente: http://www.elpais.com

La cruel contienda fratricida traumatizó a una sociedad y es el origen de nuestro tiempo presente

Enrique Moradiellos, 17 de julio de 2016.

Durante la dictadura del general Franco, entre 1936 y 1975, el 18 de julio era “Fiesta Nacional” conmemorativa de la “Iniciación del Glorioso Alzamiento Nacional”. No en vano, ese día se extendió por toda España la sublevación militar comenzada el 17 en las guarniciones del Protectorado de Marruecos, que sólo triunfaría parcialmente en la mitad del país, abriendo la vía a la conversión del golpe militar en una guerra civil.

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· 18 de julio, cambio del curso de la historia

Como resultado de esa división de España surgieron dos bandos combatientes que librarían una contienda de casi tres años de duración, hasta abril de 1939. Por un lado, una España republicana donde el acosado gobierno reformista del Frente Popular lograría aplastar inicialmente a los insurrectos con el recurso a fuerzas armadas leales y la ayuda de fuerzas milicianas revolucionarias. Por otro, una España insurgente de perfil reaccionario y contrarrevolucionario donde los militares sublevados afirmarían su poder omnímodo como paso previo al asalto del territorio enemigo.

La guerra de 1936-1939 fue una cruel contienda fratricida que constituye el hito transcendental de la historia contemporánea española y está en el origen de nuestro tiempo presente. De hecho, fue un cataclismo colectivo que abrió un cisma de extrema violencia en la convivencia de una sociedad atravesada por múltiples líneas de fractura interna (tensiones entre clases sociales, entre sentimientos nacionales, entre mentalidades culturales…) y grandes reservas de odio y miedo conjugados.

La contienda española fue así una forma de “guerra salvaje” precisamente por librarse entre vecinos y familiares conocidos, bastante iguales y siempre cercanos (no por ser todos desconocidos, diferentes y ajenos). Y por eso produjo en el país, ante todo, una cosecha brutal de sangre: sangre de amigos, de vecinos, de hombres, de mujeres, de culpables y de inocentes. Sencillamente porque en una guerra civil el frente de combate es una trágica línea imprecisa que atraviesa familias, casas, ciudades y regiones, llevando a su paso un deplorable catálogo de atrocidades homicidas, ignominias morales y a veces también de actos heroicos y conductas filantrópicas.

“La guerra civil abrió las puertas al abismo en España. No trajo la Paz sino la Victoria y una larga dictadura.”

El triste corolario de una contienda de esta naturaleza fue apuntado por el general De Gaulle: “Todas las guerras son malas, porque simbolizan el fracaso de toda política. Pero las guerras civiles, en las que en ambas trincheras hay hermanos, son imperdonables, porque la paz no nace cuando la guerra termina”.

En efecto, al término de la brutal contienda civil de 1936-1939 no habría de llegar a España la Paz sino la Victoria y una larga dictadura. Y entonces pudo comprobarse que, cualesquiera que hubieran sido los graves problemas imperantes en el verano de 1936, el recurso a las armas había sido una mala “solución” política y una pésima opción humanitaria. Simplemente porque había ocasionado sufrimientos inenarrables a la población afectada, devastaciones inmensas en todos los órdenes de la vida socio-económica, daños profundos en la fibra moral que sostiene unida toda colectividad cívica y un legado de penurias y heridas, materiales y espirituales, que tardarían generaciones en ser reparadas.

El balance de pérdidas humanas es terrorífico, puesto que registró las siguientes víctimas mortales: 1º) Entre 150.000 y 200.000 muertos en acciones de guerra (combates, operaciones bélicas, bombardeos). 2º) Alrededor de 155.000 muertos en acciones de represión en retaguardia: cien mil en zona franquista y el resto en zona republicana. Y 3º) En torno a 350.000 muertos por sobre-mortalidad durante el trienio bélico, derivada de enfermedades, hambrunas y privaciones.

Por si fuera poco, a esa abultada cifra de víctimas habría que añadir otras dos categorías de pérdidas cruciales para el devenir socio-económico del país: 1º) El desplome de las tasas de natalidad generado por la guerra, que provocó una reducción del número de nacimientos que se ha situado en unos 500.000 niños “no nacidos”. 2º) El incremento espectacular en el número de exiliados que abandonaron el país, ya de manera temporal (quizá hasta 734.000 personas) o ya de forma definitiva (300.000: el exilio republicano español de 1939).

Recordar hoy aquel 18 de julio de hace 80 años que abrió las puertas al abismo en España no sólo quiere dar a conocer mejor lo que fue una inmensa carnicería que traumatizó a una sociedad. También supone ejercitar una obligación de profilaxis cívica apuntada dos milenios atrás por Cicerón, que padeció en primera persona las guerras civiles que acabaron con la República en Roma: “Cualquier género de paz entre los ciudadanos me parecería preferible a una guerra civil”. Con su corolario: “Nunca más la guerra civil”.

Enrique Moradiellos es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura.

El futbolista y el cura

22 abril, 2016

Fuente: http://www.elpais.com

Di Canio, durante su presentación como entrenador del Sunderland
Di Canio, durante su presentación como entrenador del Sunderland Ian MacNicol Getty Images

Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra” —John Donne

Un club de fútbol ficha como entrenador a un personaje repelente. Su manera de entender el mundo atenta contra los antiguos valores del club. Pero es un ganador y el club está desesperado por ganar. A cambio de victorias, o de la promesa de victorias, vende su alma al diablo. Decide que el éxito en el campo vale más que el honor, que ganar partidos justifica el sacrificio del señorío.

Hablamos, por supuesto, del Sunderland, equipo leyenda del noreste de Inglaterra, club triunfador a finales del siglo XIX y principios del XX. Hablamos de su decisión, anunciada hace una semana, de contratar a Paolo di Canio como entrenador. Di Canio, un ex jugador italiano, se ha definido durante años como fascista, en el sentido estricto de la palabra: no ha disimulado su admiración por Benito Mussolini. No solo lleva un tatuaje en el brazo con la palabra Dux, sobrenombre latino por el que al dictador italiano le gustaba que le conocieran, sino que él mismo lo confesó en 2005. “Soy fascista,” dijo. Aunque rápidamente, y curiosamente, agregó: “pero no soy racista”.

La distinción no convenció a David Milliband, un excanciller laborista británico, que dimitió como vicepresidente del Sunderland nada más conocerse el nombramiento del italiano. El resto de la directiva del club careció de la misma claridad moral. El terror, muy real esta temporada, de descender a la Segunda División inglesa y la convicción de que Di Canio era el hombre indicado para evitar la catástrofe les nubló el pensamiento. Los que nombraron a un fascista como entrenador eran los mismos que unas semanas antes habían tomado la decisión de crear una alianza formal entre el club y la Fundación Nelson Mandela.

Tras recibir la carta de un decano, Di Canio asegura que rechaza el fascismo. ¿Lo dijo de corazón?)

Mandela fue el antiHitler del siglo XX, el líder cuya grandeza consistió en unir a un pueblo dividido, no en fomentar el odio y en masacrar a sus enemigos. Lo que hizo el Sunderland fue optar por agitar dos banderas, con una mano la de Mandela; con la otra, la de Mussolini, el amigo de Hitler. Los dos tiranos, creadores del original “eje del mal”, fueron aliados en la Segunda Guerra Mundial. Mussolini fue cómplice del exterminio de seis millones de judíos.

Pero en una rueda de prensa el martes Di Canio se negó, con indisimulada irritación, a contestar preguntas sobre sus creencias políticas. El día siguiente un cura entró en la contienda. El decano de la catedral de Durham escribió una carta a Di Canio. Le dijo que siempre había sido un ‘supporter’ del Sunderland; le dijo que su madre había sido judía y había tenido parientes que murieron en los campos de concentración nazis; le explicó lo de la complicidad genocida de Mussolini con Hitler y lo inexplicable que era declararse fascista y no racista; le dijo que no quería que “tendencias tóxicas de extrema derecha” contagiaran a la juventud de su comunidad; le dijo que si no renunciaba públicamente al fascismo se le iba a poner muy difícil a él –el cura- mantenerse leal al club de su vida.

Y escribió una cosa más. Que el fútbol no era un isla, un fenómeno apartado del mundo. “La política y los deportes de alto perfil pertenecen, como la religión, a la totalidad de la vida”. Ahí estuvo la esencia del mensaje del decano de Durham, la gran verdad que Di Canio y los señores que lo contrataron habían querido negar.

Di Canio recapacitó. Las palabras del religioso tuvieron el impacto deseado y el italiano respondió, al final, como Dios manda. Renunció a sus antiguas herejías. En una declaración oficial dijo: “No soy político. No estoy afiliado a ninguna organización, no soy racista y no apoyo la ideología del fascismo. Respeto a todo el mundo”.

¿Lo dijo de corazón? Eso solo él lo sabe. Pero uno tiende a sospechar que el flirteo de Di Canio con el fascismo fue, en realidad, una chiquillada, la pose de machito de un adolescente de 44 años que no entendía lo que decía o pensaba. Lo importante es que, al menos mientras Di Canio siga en Inglaterra, no hay marcha atrás. El ambiente que rodea al fútbol se ha vuelto menos tóxico. Eso no pasa todos los días y representa una pequeña victoria, digna de celebrar.

Lo único que queda por ver ahora es si se borra ese estúpido tatuaje del brazo.

El franquismo no fue un páramo cultural

14 marzo, 2016

Fuente: http://www.cultura.elpais.com

El británico Jeremy Treglown indaga en las huellas que han dejado la guerra y la dictadura en la cultura española actual

José Isbert (con boina), en un fotograma de ‘El verdugo’ (1963), de Luis García Berlanga

A lo largo del siglo XVIII, los numerosos viajeros británicos que visitaron España y publicaron sus impresiones para lectura de sus connacionales (y, de paso, también de los españoles) recibieron el cariñoso y ambiguo apelativo de “curiosos impertinentes”. Jeremy Treglown, un acreditado profesor de Literatura Comparada, se ha sumado a esa larga y heterogénea tradición con una obra de título intrigante y temática más apasionante, puesto que pretende examinar la influencia y los legados del franquismo en la cultura española actual. Una tarea ciertamente difícil, compleja y plagada de riesgos no sólo interpretativos ya que, en sus propias palabras casi liminares, los españoles padecen algo parecido a “una obsesión por la ‘memoria’ que está políticamente manipulada y es culturalmente amnésica”.

Cabe decir, tras la lectura del libro, que Treglown ha logrado su objetivo de ofrecer un balance del peso de la memoria del franquismo en la España de los últimos decenios bastante equilibrado, atento al matiz y la distinción y ajeno a los maniqueísmos y simplificaciones. Y no es poca cosa lo logrado, si tenemos en cuenta que algunos de sus colegas que abordaron recientemente la misma temática o similar son autores de afirmaciones tan peregrinas como la que sostiene que hasta la victoria socialista de 1982 los artistas españoles no habían disfrutado “de subvenciones del Estado y de acceso al resto del mundo”.

Treglown no sigue esa estela, ni mucho menos. Sin que por ello dejen de apreciarse, a veces, resabios de esos estereotipos en juicios infundados. Como cuando supone que la dictadura militar de Primo de Rivera en los años veinte “reforzó el feudalismo” (en realidad fue un caso canónico de “modernización reaccionaria”). O cuando nos presenta a Carmen Franco Polo como “la temible hija de Franco”, y presidenta del organismo que gestiona el Valle de los Caídos (ambas cosas difícilmente creíbles: la una porque cabe verla como cualquier cosa menos “temible” y lo otro porque el monumento forma parte de Patrimonio Nacional, organismo estatal donde nada pinta la duquesa de Franco).

El consecuente “viaje por la memoria y la cultura del franquismo” se abre con un recorrido por las herencias materiales de la dictadura (en particular, el Valle de los Caídos, considerado como “monstruosa cripta”) y prosigue con un repaso al devenir del arte y la cultura española desde la Guerra Civil y hasta más allá de la Transición, con especial tratamiento de “las guerras de la historia” (la historiografía sobre la contienda y el franquismo, incluyendo el fenómeno de la memoria histórica), la literatura (desde Ramón J. Sender y Agustín de Foxá a Camilo José Cela y Antonio Muñoz Molina) y la producción cinematográfica (desde el cine de Raza y Cruzada hasta la obra de Saura y Almodóvar).

Las conclusiones del autor son muchas, bastante diversas y muy variadas. Pero entre todas ellas cabe mencionar algunas que rompen la idea de que el franquismo fue un páramo cultural tenebroso, y que los españoles de la posguerra y del posfranquismo carecieron de oportunidades para conocer su propio pasado, por temor inducido más que por decisión propia y voluntaria, si acaso.

La primera idea sobre el franquismo como yermo estéril queda desmentida por varias evidencias incontestables: los artistas Eduardo Chillida, Antoni Tàpies, Manolo Millares y Antonio Saura gozaron “de celebridad internacional y todos vivieron y trabajaron en la España de Franco”; en tanto que los novelistas Camilo José Cela, Miguel Delibes o Luis Martín-Santos alcanzaron estatura y proyección internacional pese a vivir bajo la dictadura (Tiempo desilencio, de 1961, se tradujo a 16 idiomas), como igualmente sucedió con los cineastas Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga o Carlos Saura (El verdugo, de 1963, fue la gran triunfadora en el Festival de Cine de Venecia). Así pues, cabe dudar de la tesis según la cual “de la dictadura no podía salir nada bueno”, sobre todo porque “la cultura española comenzó a ser posfranquista mucho antes del fin de la dictadura”.

La segunda idea sobre la amnesia política de los españoles resulta discutible cuando “la Guerra Civil y el periodo que le siguió dominan la vida editorial de España como ningún otro tema”, y ello desde los años sesenta sin solución de continuidad y aún antes (José María Gironella publica con enorme éxito Los cipreses creen en Dios en 1953, convirtiéndose en un autor que “tiene mucho que decir a los lectores de hoy, y no solamente españoles”).

Y lo mismo cabe decir para otra de las nuevas artes más renovadoras y de mayor audiencia pública: “En el cine español nunca hubo un pacto de olvido”. Por eso mismo, el abierto apoyo de Treglown a la necesidad de exhumar y dignificar las fosas de represaliados no implica que tal operación pueda tener efectos políticos directos (“García Lorca sobrevive en sus obras: encontrar sus huesos no cambiará nada”), ni que ello suponga el eclipse de las víctimas de la represión practicada por los republicanos luego vencidos (y cita a las 135 víctimas religiosas de la diócesis de Jaén como ejemplo válido).

En definitiva, Treglown reitera la complejidad de la historia del franquismo y del posfranquismo y advierte contra los maniqueísmos interpretativos de uso y curso habitual: “La memoria cultural no tiene sentido si recupera sólo la mitad del pasado”. Nada que objetar a tan sabia recomendación de un “curioso impertinente” más en la línea de Gerald Brenan que de otros practicantes del género menos cultos y más doctrinarios.

La cripta de Franco. Viaje por la memoria y la cultura del franquismo. Jeremy Treglown.Traducción de Joan Andreano Weyland. Ariel. Barcelona, 2014. 357 páginas. 22,90 euros (digital, 14,99)

 

Un día hablarán de los políticos que mataron a Europa

7 febrero, 2016

Fuente: http://www.eldiario.es

El fantasma del fascismo recorre Europa y no sin razón, porque los depredadores huelen a muerto

¿Cómo se puede decir sin mover un músculo que nuestra tierra, donde hemos nacido y vivimos, “no es lugar de futuro para los jóvenes”? ¿Qué han hecho con ella? ¿Un mercado en el que sobran las personas?

Solo una sociedad narcotizada que ha perdido su horizonte y sus principios admite recortes a la democracia como los que estamos padeciendo también en España

Suecia acogió la inmigración que expulsaban las dictaduras latinoamericanas desde los años 70. Ahora, ha cobijado a un gran número de refugiados sirios, afganos o somalíes, entre otros. Lo aprobó el Gobierno liberal conservador mientras, por ejemplo, el de España aceptaba un cupo testimonial. Con un alto nivel de vida y moderadas diferencias salariales, el temor al futuro prende sin embargo. Y es lo que está sucediendo en otros muchos lugares que consiguieron sociedades democráticas, mucho más igualitarias y responsables. Dinamarca y Noruega andan en la misma tesitura.

Los franceses parecen dispuestos a llevar al Elíseo, sin escrúpulo alguno, a Marine Le Pen. Por las mismas razones. Nuestros vecinos del norte ya no parecen recordar –además de la ideología– la sarta de corrupciones que jalonaron el anterior ascenso al poder de este partido. El ultraderechista Frente Nacional cosechó grandes éxitos en las últimas municipales y en las europeas, y algunas evidencias se ven ya. Marsella (que viró drásticamente de la izquierda a la derecha y ultraderecha) empezó a marcar a ciudadanos “sin techo” con un triángulo que mostrara su condición. Como hiciera con los judíos el nazismo. Como hizo con ellos la admirada reina católica Isabel (puede que fuera hasta la inventora). Tras señalar a centenar y medio de seres humanos pobres, las protestas de muchos marselleses lo han parado.

El ascenso del fascismo en sus distintas variedades en un hecho en Europa. Que no se resalta en exceso porque no molesta demasiado a los poderes que nos gobiernan. Resulta más incongruente aún que ciudadanos normales atribuyan la causa de sus males, de su precariedad, a otros ciudadanos tan atribulados como ellos, más que ellos de hecho. Al punto de dejar su país y lanzarse a la aventura incierta. Una vez más, las estafas del capitalismo –y la actual es de nota, de matrícula cum laude para ser precisos– tienen la habilidad de desviar la atención de los culpables.

En tiempos de crisis se exacerba el egoísmo, el tratar de salvarse uno mismo, el asegurar el plato de lentejas del día aunque para ello se vendan e hipotequen el futuro: el suyo y el de su descendencia. Estamos emprendiendo un camino temible a la destrucción, estamos en él de pleno. El fantasma del fascismo recorre Europa y no sin razón, porque los depredadores huelen a muerto.

Angela Merkel se fue la semana pasada a un evento comercial –por su aspecto, de esos que llaman de colaboración publico/privada– en Berlín y esta vez tocó soltar ante la concurrencia esta lapidaria frase: “Europa no es ahora mismo una tierra de futuro para los jóvenes”. Era para ver si vendía la “economía digital” como la panacea, cosa que contradicen numerosos especialistas que por el contrario  piensan que –masificada– restará empleos. Pero sí es cierta la argumentación de la canciller alemana: “El 90% de los nuevos empleos en un mundo globalizado se crean fuera de Europa”. Tras el ágape de rigor se iría a su silla de mando a seguir decretando tijera y austericidio para la UE.

Angela Merkel rendirá cuentas a la historia, dudo que a sus víctimas, por la destrucción de Europa. Y lo mismo cuantos la secundaron. ¿Cómo se puede decir sin mover un músculo que nuestra tierra, donde hemos nacido y vivimos, “no es lugar de futuro para los jóvenes”? ¿Qué han hecho con ella? ¿Un mercado en el que sobran las personas? Porque tiene razón: venderla a los poderes financieros y al lucro de unos pocos a costa de la mayoría ha tenido ese exacto resultado. Tampoco es lugar para viejos, salvo para los acaudalados. No es ya lugar para nadie que no pertenezca al club para el que se gobierna.

¿Y qué han hecho los socialdemócratas? Si Hollande no hubiera defraudado de tan estrepitosa manera a sus votantes, ¿estaría Le Pen en ascenso? Si Manuel Valls no anduviera reinventando el socialismo para que quede derecha neoliberal sin paliativos, que es “lo moderno”, ¿habrían emprendido las autoridades de Marsella el marcado de seres humanos pobres? Lo peor es que, visto el éxito, casi todos los partidos se impregnan del mensaje que ahora enarbola la ultraderecha. En numerosos países de Europa. Y que ya no hay remilgos para expulsar emigrantes sin trabajo, como anuncian Berlín y Londres. También españoles, por supuesto.

¿Y aquí? Entre las feroces críticas a Podemos y su programa económico (o cualquier acción que emprenda, cualquiera), me llamó la atención la de José Ignacio Torreblanca, ideólogo de la órbita del PSOE. Fue categórico: el documento base de Vicenç Navarro y Juan Torres López para Podemos es “un programa basado en ideas que hace tiempo agotaron su ciclo vital”.  La socialdemocracia “ha agotado su ciclo vital” y ahora somos “librecompradores” –como dice la megafonía en los supermercados Caprabo–…, siempre que la rapiña a la que nos someten deje algún euro en el bolsillo. A este mundo muchos no nos apuntamos.

Pero la estafa que llamaron crisis de 2008 se acompañó de los elementos necesarios para implantarse y no crear un excesivo rechazo. Motivaron al mismo tiempo una crisis cultural que afianzan sus colaboradores. ‘No hay otro remedio, es el único camino’. ‘Hay que aguantar, que ya escampará. O no, es lo que hay’. ‘Son cosas de la globalización’. ‘Cuidado con experimentos peligrosos’. ¿Más peligrosos que el fascismo cabalgando hacia el alma de Europa? Ya vimos en el pasado cómo desembocó. O igual no demasiado porque también distraen la memoria.

Solo una sociedad narcotizada que ha perdido su horizonte y sus principios admite recortes a la democracia como los que estamos padeciendo también en España. Balas de goma que terminan matando seres humanos indefensos en el agua, invasión de las comunicaciones personales sin mediar un juez, ley mordaza para acallar las protestas. Con la corrupción empapándonos. Y el silencio o las declaraciones de salón de buena parte de los opositores.

Con el tan sospechoso ataque a cuanto pretende realizar algún cambio de rumbo que no es sino la defensa de que esta crítica situación se mantenga. Porque lo que cuenta es el plato de lentejas para hoy. O las angulas y el caviar. Los viejos demócratas suecos atesoran la que fuera foto del año en Suecia en 1985: la de una mujer que se enfrentó, golpeando con su bolso a los manifestantes, contra el fascismo que al ver hueco intenta triunfar. ¿Lo logrará al fin?

Un acuerdo interesado

29 abril, 2015

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

JOSÉ MIGUEL GRANDAL Cartagena 20 OCT 2013 – 00:00

Sobre Welcome to Rota, reportaje de la portada del número del 29 de septiembre, se afirma, con razón, cómo la instalación de las bases norteamericanas en los años cincuenta ayudó a consolidar el régimen español, y también una de las mayores infamias de la historia reciente. Incluso Franco se permitió decir aquello de “formalmente hemos ganado la Guerra Civil”.

De poco sirvió que cientos de brigadistas internacionales estadounidenses (entre otras muchas nacionalidades, además de la española, claro) dejaran su vida combatiendo al fascismo en España; por no hablar de los cientos de miles que perdieron la vida en Europa luchando contra Hitler y sus secuaces. Y sin embargo, la firma de un acuerdo con Estados Unidos suponía mucho más para el régimen español que para los estadounidenses. Para Franco suponía su supervivencia; para EE.UU., “solo” un territorio estratégicamente importante en la guerra fría.

Por eso aquel acuerdo dice muy poco a favor del Gobierno de EE.UU. de aquel momento, porque pudo condicionar su apoyo a una apertura del régimen y no lo hizo. Entre “valores e intereses”, se decantó por esto último, y aunque no ha sido ni la primera ni la última vez que lo hace, pocas veces de forma tan ignominiosa.

Seis claves por las que volverá a ganar el PP

27 abril, 2015

Fuente: http://www.lamarea.com

18 de febrero de 2014

Parece que todo da igual: los escándalos de corrupción, los recortes, el paro rampante, las promesas rotas, el rodillo legislativo de ultraderecha, las declaraciones desafortunadas -cuando no agramaticales-, los modos prepotentes, los insultos a la inteligencia y a las personas, las contradicciones flagrantes entre miembros del Gobierno, los bandazos, los globos sonda, las tensiones internas en el partido… Da la sensación de que no importa lo que haga el Gobierno del PP: sigue encabezando las encuestas de intención de voto. ¿Cómo es posible? ¿Qué tendría que pasar para que el PP se diera un batacazo electoral?

En el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas todos los políticos suspenden y más del 80% de los españoles piensa que la situación política es “mala o muy mala”. No importa. A pesar de que el PP va perdiendo votos poco a poco, a día de hoy, con la que está cayendo, Mariano Rajoy volvería a ganar unas elecciones. Lo haría con el 32,1% de los votos. Sería de nuevo el partido más votado. Existen varias explicaciones que, sumadas, pueden arrojar algo de luz sobre la resistencia del PP. Vamos a revisar seis de ellas:

1. Somos idiotas. La palabra ‘idiota’ etimológicamente hace referencia a aquel individuo que sólo piensa en sí mismo y que sólo se preocupa por lo privado, por lo que le afecta a él, desdeñando lo público. Sin ánimo de insultar y ciñéndonos a la etimología, podemos decir que la mayoría de los españoles tradicionalmente sólo se ha preocupado por lo propio, aunque cada vez en mayor número nos vamos dando cuenta de que lo individual no mejora si no defendemos lo colectivo.

2. Nos hemos creído un cuento. Una segunda explicación proviene del éxito de un relato fácilmente entendible por la gente: ‘La crisis es como una enfermedad. Para curarse hace falta tomar un fármaco desagradable (los recortes). Si hacemos el sacrificio, nos curaremos y volveremos a estar como antes’. En su fuero interno, muchas personas creen este cuento y piensan que el PP es un ‘médico estricto’ que está aplicando la única terapia posible. Una terapia dolorosa y desagradable, pero necesaria. El PSOE es visto sin embargo como un médico cobarde, que realizó exactamente el mismo diagnóstico que el PP pero no se atrevió a aplicar la terapia más agresiva, con lo que la enfermedad y el sufrimiento se prolongarían más años. Es decir, el PSOE abrazó el mismo relato que el PP, se creyó e intentó hacernos creer el mismo cuento. Para el elector la diferencia entre uno y otro es cuestión de grado de intensidad, no de diagnóstico ni de terapia. Por eso el PSOE, con un 26,6% de intención de voto, no remonta en las encuestas. En estos casos, entre el original y la copia, el elector prefiere al original.

3. Hemos sido secuestrados. La tercera explicación se esconde en esta frase: ‘Si hacemos el sacrificio, nos curaremos y volveremos a estar como antes’. Ese ‘como antes’ es el resorte psicológico que explica la motivación electoral de muchos votantes del PP. Los políticos lo llaman de varias maneras: ‘volver a la senda del crecimiento’, ‘recuperación’… siempre expresiones que idealizan el pasado. La gente no quiere oír hablar de que la prosperidad del pasado era falsa, de que sobre el ladrillo no se puede construir un país, de que hace falta un nuevo modelo de desarrollo. El PP jamás reconocerá ante sus electores que nunca vamos a estar ‘como antes’, que esta crisis no es una enfermedad que se supera y punto. Esta crisis es una mutación. La mayoría de los votantes del PP seguramente querrían votar por una vuelta al pasado: a que la casa por la que se entramparon vuelva a valer al menos tanto como valía entonces, al crédito fácil, al consumo desmedido, a la burbuja inmobiliaria, al espejismo de la prosperidad… ‘Vale, todo era falso, pero yo vivía mejor’, dirán. El cuento de la vuelta al pasado ha secuestrado las voluntades de aquéllos que volverán a votar al PP, de alguna manera esos futuros votantes padecen el síndrome de Estocolmo.

4. Somos insensibles. La saturación de noticias negativas y de escándalos de corrupción provoca cada vez menor indignación y mayor hastío, e incluso desidia. Las informaciones, por muy contrastadas y detalladas que sean, cada vez tienen menos efecto (y siempre en una audiencia limitada, garantizada por el rodillo desinformativo de los medios conservadores). Los escándalos se convierten en invisibles por acumulación. En España ha quedado pulverizado el concepto de ‘ciclo de noticias’ y los asesores de comunicación del PP lo saben bien. Volviendo a la metáfora de la enfermedad: no nos importa si el médico es corrupto o inmoral, pero que aplique el tratamiento y que dure lo menos posible.

5. Somos dóciles. Hay, finalmente, otro ingrediente sociológico que tiene que ver con la madurez democrática de buena parte de los españoles, su grado de participación ciudadana y su capacidad crítica. Todo ello está bajo mínimos y, aunque no queramos verlo, no ha cambiado sustancialmente desde el franquismo. Esa herencia de docilidad política es parte de aquello que Franco dejó ‘atado y bien atado’.

6. A esto hay que añadir el individualismo y materialismo fomentados en los ochenta y noventa (un auténtica idiotización de la sociedad). Por último no hay que olvidar las válvulas para aliviar presión permitidas e incluso alentadas desde el poder: el derecho al pataleo, al chascarrillo y a la fiesta (quizá los tres únicos derechos inalienables en España).

Vuelvo a la pregunta que planteaba al principio: ¿Qué tendría que pasar para que el PP se diera un batacazo electoral? La respuesta es simple: tendríamos que dejar de creer en cuentos y, desde luego, tendríamos que dejar de ser idiotas (en sentido etimológico, claro).