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Diez proposiciones sobre la clase trabajadora actual

17 julio, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

En noviembre de 2016, Donald Trump ganó las elecciones presidenciales en Estados Unidos y una parte del mainstream estadounidense se echó las manos a la cabeza mientras se preguntaba por cómo un multimillonario machista y xenófobo había obtenido casi 63 millones de votos. En la búsqueda de respuestas cobró fama un libro escrito en 1997 por Jim Goad en el que se desarrollaba una polémica tesis que parecía, veinte años después, toda una profecía. Según el ‘Manifiesto Redneck’, la izquierda había sido responsable de mantener durante décadas un peligroso discurso que excluía a la clase obrera blanca, mientras al mismo tiempo abrazaba y defendía preferentemente las demandas de colectivos como las mujeres o las minorías étnicas. Esas políticas, llamadas de identidad, estarían provocando un rencor y resentimiento creciente en la clase obrera blanca que explicaría que ésta fuera el motor principal del ascenso de un personaje como Trump.

Con el ascenso de organizaciones populistas de extrema derecha en toda Europa este debate ha traspasado el ámbito estadounidense y no son pocos los que han concluido que, efectivamente, la culpa de las nuevas formas de fascismo europeo y del Brexit la tiene la clase trabajadora y las políticas de identidad de la izquierda. En este artículo trataré de defender que esta tesis no sólo es falsa sino también peligrosa.

Qué es la clase trabajadora y por qué se fragmenta

Una de las virtudes que tiene este debate es que ha puesto el foco en la clase trabajadora. Frente a los cantos de sirena que hablan de la desaparición de las clases, este tipo de ejercicios de recuperación me parecen fundamentales. En todo caso, la primera pregunta que deberíamos hacernos es: ¿qué significa exactamente ser clase trabajadora? Grosso modo, podríamos contestar dos respuestas generales.

En primer lugar, podemos considerar a la clase trabajadora como una realidad objetiva que se define por el lugar que ocupa en las relaciones sociales de producción. Así, suele decirse que son clase trabajadora todos los asalariados, los que no tienen más posibilidad que vender su fuerza de trabajo a un tercero o los que carecen de medios de producción propios. No obstante, esto está lejos de ser claro, ya que las relaciones sociales de producción también incluyen aspectos como el control y la supervisión del trabajo, y es obvio que no todos los trabajadores ocupan el mismo rol en esas relaciones. Hay trabajadores de cuello azul, de cuello blanco, supervisores, directivos y profesionales, cualificados y no cualificados…todos los cuales tienen unas remuneraciones, modos de vida y actitudes sociales y políticas de gran heterogeneidad. En todo caso, con esta fórmula somos capaces de ubicar a las personas en la categoría de clase trabajadora sin necesidad de preguntarles.

En segundo lugar, podemos considerar que la clase trabajadora se define de manera subjetiva, es decir, a partir del reconocimiento explícito de identificación como clase trabajadora. Esta otra concepción se refiere, en consecuencia, a la identidad de la persona en cuestión, y no es necesariamente incompatible con la primera definición. En mi opinión, y esto es lo que he tratado de argumentar en ‘Por qué soy comunista’, ambas concepciones son útiles y necesarias siempre que las definamos y combinemos bien. Yo defiendo que la clase no es ni un mero hueco en las relaciones de producción ni tampoco sólo una construcción social; son ambas cosas.

Como se ha visto recientemente en el debate con el escritor Daniel Bernabé, a quien hay que agradecer su amabilidad y disposición militante así como haber reabierto este debate, algunos analistas han considerado que la clase trabajadora ha visto fragmentada su identidad desde la emergencia del neoliberalismo. Yo creo, en cambio, y esta es mi primera proposición, que la clase trabajadora ya estaba fragmentada subjetivamente antes de los años ochenta. Además, y esta es la segunda proposición, opino que esta fragmentación se debe a causas económicas y no a factores exógenos tales como la influencia del posmodernismo o el neoliberalismo.

Hay que tener presente que todos los países occidentales han vivido en las últimas décadas transformaciones en su estructura social que han alterado la composición de las clases. La desindustrialización, las nuevas formas de gestión empresarial, el uso de las tecnologías, la globalización, etc. han producido de forma general una reducción de las categorías profesionales de trabajadores no cualificados y de rutina, que suelen vincularse con una concepción estrecha de clase trabajadora. En efecto, si se considera que clase trabajadora son sólo aquellos trabajadores de cuello azul, como mineros, campesinos o trabajadores industriales de rutina, entonces ha habido un descenso cuantitativo. Lo que yo defiendo es que estas transformaciones, con la creación y extensión de nuevas ocupaciones laborales, han empujado a que los hijos e hijas de la clase trabajadora se sientan de clase media o, como mínimo, distintos de la clase trabajadora de toda la vida.

No obstante, hay diferencias entre países. Por ejemplo, en la década de los cincuenta, el 60% de las personas en Estados Unidos se consideraban de clase trabajadora frente al 40% que se consideraban de clase media. A inicios de este siglo, sin embargo, sólo el 41% se consideraba clase trabajadora frente al 59% que se considera clase media. Estos datos cuestionan el exceso de idealización sobre la clase trabajadora en los cincuenta, puesto que ya entonces casi la mitad se consideraba de clase media, pero confirmarían que la tendencia es hacia la pérdida de identidad de la clase trabajadora como tal.

Ahora bien, ¿eso es debido a que los trabajadores de cuello azul han disminuido en número o a que culturalmente han sido permeados por la ideología neoliberal? En mi opinión, es más probable que haya sido el primer factor, aunque sin duda tal fenómeno va acompañado de un relato de ascenso social que exalta ideológicamente las virtudes del capitalismo. Por otra parte, en otros países ese comportamiento no ha sido idéntico o, al menos, es más lento. En Gran Bretaña en los años ochenta el 60% se identificaba como clase trabajadora frente al 34% que lo hacía como clase media. Actualmente el 60% sigue considerándose clase trabajadora frente al 40% que se considera clase media. Apenas hay cambios en los últimos cuarenta años. Estos datos rechazarían igualmente la tesis de la mitificación de la clase trabajadora del pasado, pero también pone en cuestión su rápida fragmentación subjetiva en el tiempo. Sugiere, en suma, que la identificación con la clase es una batalla cultural que depende de muchos factores más allá de la ubicación en las relaciones sociales de producción.

En consecuencia, mi tercera proposición es que con la fragmentación económica se incrementa la autopercepción de pertenecer a la clase media, que opera como un cajón de sastre en el que se sitúa toda persona que no es ni muy rica ni muy pobre. En consecuencia, la tesis que sostengo es que la clase media no es meramente una ficción cultural sino una forma de denominar un fenómeno real y material derivado de la dinámica capitalista, esto es, la fragmentación objetiva de la clase trabajadora. En efecto, la economía capitalista se ha desarrollado no polarizando entre clases, como preveía Marx, sino fragmentando y diversificando las ocupaciones productivas tanto a nivel internacional como nacional. Aunque llamemos clase trabajadora a todas las personas asalariadas, dentro de ese conjunto hay una enorme diversidad de salarios y modos de vida y de reproducción social que, desde luego, no son el simple reflejo de un proyecto cultural inoculado desde fuera. Al fin y al cabo, la clase media es, como la clase trabajadora, un hecho material y también un constructo social.

¿De qué tiene culpa la clase trabajadora?

En un estudio clásico de la sociología, a finales de los años cincuenta el profesor Martin Lipset sostuvo que la clase trabajadora defendía valores de redistribución en lo económico (apoyando la intervención del Estado en la economía), pero que mostraba valores autoritarios en relación a derechos civiles (por ejemplo, prejuicios raciales, rechazo a los homosexuales, oposición a la igualdad de género, intolerancia hacia el diferente…). Por el contrario, afirmaba que la clase media era más partidaria del libre mercado y más abierta en relación a los derechos civiles.

Todavía hoy hay un gran debate abierto acerca de estas hipótesis de Lipset. No obstante, hay consenso en que la ubicación en los estratos inferiores del sistema productivo –los peor remunerados- sí está vinculada con la defensa del intervencionismo del Estado en la economía. En suma, la clase trabajadora (trabajadores industriales, trabajadores manuales no cualificados…) es menos partidaria del libre mercado que la clase media (gestores de pequeñas empresas, profesionales cualificados, autoempleados…). Esto es, desde el punto de vista marxista, lo que cabría esperar.

Sin embargo, sobre la otra hipótesis existe más controversia. Aun así, se han encontrado pruebas suficientes de que la educación o formación cultural –simplificando: lo que Bourdieu llamaba capital cultural- es una variable fundamental para explicar la actitud respecto a los derechos civiles. Todos los estudios han demostrado que cuanto más formadas culturalmente están las personas, más tolerantes y abiertas son; y cuando menor capital cultural se tiene, ocurre al revés. Naturalmente existe una relación entre tener poco capital cultural y ser de clase trabajadora, pero en mi opinión no sería correcto asumir que el capital cultural es una variable que refleja la clase social. Mi proposición cuarta es que ser de clase trabajadora favorece la probabilidad de exigir políticas de redistribución, y mi proposición quinta es que cuanto menor capital cultural tiene una persona más probable es que tenga actitudes morales conservadoras.

El problema es que son todas estas pistas las que han señalado a la clase trabajadora como culpable del crecimiento del monstruo. Los estudios parecen describir al votante prototipo de la extrema derecha como hombre, con poco capital cultural y desempleado o de clase trabajadora. Pero, ¿y si en realidad no es la clase trabajadora la que está detrás del ascenso de la extrema derecha?, ¿y si no es el rechazo a las políticas de identidad lo que mueve el voto de la extrema derecha?, ¿y si, después de todo, resulta que los errores de la izquierda en ganarse a toda la clase trabajadora no tienen nada que ver con las políticas de identidad?

Una de las tesis más extendidas sobre el crecimiento de la extrema derecha es que la globalización es un proceso que ha creado ganadores y perdedores en las sociedades occidentales, estando estos últimos situados entre las clases populares (clase trabajadora industrial, clases medias expuestas a la competencia internacional, etc.). Esta es de hecho la tesis a la que yo me adscribo. Desde mi punto de vista, hay razones económicas que explican por qué surgen oportunidades para el crecimiento de posiciones anti-establishment y anti-sistema, que se combinan con otro tipo de oportunidades generadas en otros ámbitos (por ejemplo, la existencia de un peso grande de inmigrantes o la desconfianza en el sistema político).

Por eso, mi proposición sexta es que la extrema derecha crece porque sabe utilizar la rabia y el descontento de las clases populares ante unas expectativas de futuro de inseguridad y desprotección tanto económica como civil. En definitiva, el ascenso de la extrema derecha no es debido a la clase trabajadora sino a una parte de la clase trabajadora y de otras clases que, además de ser víctimas de la globalización tienen actitudes morales conservadoras.

El trabajo del profesor Rodríguez-Pose ha demostrado que la extrema derecha populista ha sido más votada en las zonas desindustrializadas y en las regiones que se han quedado atrás en el desarrollo económico. Es decir, en el ascenso de la ultraderecha importa más el carácter geográfico-espacial que la clase. Por ejemplo, a Trump le votaron más en Ohio y Wisconsin que en Nueva York, aunque los más pobres de Nueva York son mucho más pobres que los de Ohio y Wisconsin. Así, también las mujeres, negros y latinos votaron masivamente por Clinton y también son clase trabajadora –y de hecho incluso más precaria. Por otra parte, Le Pen fue incapaz de ganar en ninguna gran ciudad, pero obtuvo sus mejores resultados en las áreas rurales y desindustrializadas del país. Similarmente, en Reino Unido el referéndum del Brexit fue empujado por el voto favorable de las áreas rurales frente a la negativa de las ciudades y las zonas dinámicas del país.

Este planteamiento es coherente con lo que sabemos sobre el capital cultural y su influencia en los valores civiles. Así, las grandes ciudades se han beneficiado de la globalización y han atraído no sólo el capital económico sino también a las personas más cualificadas del resto del país. Y eso ha hecho que las grandes ciudades occidentales, como París, Berlín, Nueva York, Londres, Madrid, Barcelona… suelan estar gobernadas por la izquierda, que se apoya en una estrategia que combina la redistribución y las políticas de identidad. Esto es lo que parece ocurrir también en España. Por ejemplo, en las últimas elecciones municipales de 2015 en la capital ganó la candidatura municipalista de AhoraMadrid. Y lo hizo apoyándose en todos los distritos del sur, en una división casi perfecta entre las zonas ricas y las zonas pobres. Obsérvese el siguiente mapa:

Mapa distritos de Madrid según el voto

De hecho, al menos en el caso español –como en las grandes ciudad de las sociedades ricas- no parece haber pruebas de que la izquierda que combina discursos de la identidad con otros de redistribución esté perdiendo el apoyo de la clase trabajadora. Es más, podría ser incluso parte de la explicación de su éxito en las grandes ciudades.

Las políticas de identidad

También podríamos contemplarlo desde otro punto de vista. Se da la paradoja de que el partido neofascista Liga Norte sigue rentabilizando en Italia el discurso anti-inmigración a pesar de que los datos objetivos demuestran que la llegada de inmigrantes se ha reducido drásticamente en los últimos años. Es algo aparentemente inexplicable. Pero se ha demostrado que el clima dominante contribuye a formar las actitudes sociales, así que donde la extrema-derecha ha logrado centrar el debate con sus temas, también el clima político se ha colocado a su favor y con ello también ha recibido nuevos votantes.

¿Y si, siguiendo el mismo razonamiento, las políticas de identidad en España fueran también una vacuna contra el fascismo? Recordemos que las derechas en nuestro país tuvieron que retroceder en su discurso anti-feminista precisamente por la potencia del movimiento feminista y del clima generado por sus demandas. Hace unos años se manifestaba contra el aborto y el matrimonio homosexual gente que hoy no se atreve a criticar ambos fenómenos. Incluso respecto a la inmigración la derecha sigue arrinconada frente a la ofensiva humanista y solidaria de la izquierda sociológica. Así, podría ser que en ausencia de esas políticas de identidad, compuestas también por muchos gestos políticos aparentemente intrascendentes, el fascismo se hubiera abierto paso con mucha más fuerza. Es decir, mi proposición séptima es que la tolerancia hacia las políticas de identidad es mayor según más alto sea el capital cultural colectivo, lo que depende a su vez de las prácticas políticas que se ejecutan en su favor y conforman el clima general (sea llevado a cabo por un ayuntamiento o cualquier institución de la sociedad civil).

Adicionalmente, la proposición octava es que las políticas de identidad son complementarias y no sustitutivas de las políticas de clase. Si hay algo que hace a la clase social central en los análisis políticos es que se refiere a las relaciones sociales de producción, es decir, que afecta a las condiciones materiales necesarias para la reproducción de la vida. Por eso la clase social es importante, porque la facilidad o no para la reproducción de nuestra propia vida depende de la clase social a la que pertenezcamos. Ahora bien, para que exista esa reproducción de la vida es necesario también que se cumplan dos precondiciones: que también exista un planeta habitable para la vida y que se satisfagan los cuidados de la vida. Estas dos últimas condiciones son las que llamamos ecologismo y feminismo, y que muchos autores suelen situar en las políticas de identidad. Efectivamente nos preocupamos de tener salarios dignos porque sin ellos no podemos reproducir nuestra vida en condiciones dignas, como también sucedería si destruimos el planeta o carecemos de comunidades sociales y afectivas.

En todo caso, ¿qué es lo que se busca cuando se señala a las políticas de identidad como culpables del ascenso de la ultraderecha? Realmente, no queda claro. Pero mi proposición novena es que el camino lógico que conlleva creer que existe una trampa de la diversidad-identidad-interseccionalidad conduce al alejamiento de la clase trabajadora respecto a la izquierda. O, dicho de otra forma, el riesgo de situar el foco –negativamente- en las políticas de identidad es la proliferación de un cierto obrerismo reaccionario, es decir, del crecimiento de una posición reduccionista y políticamente estéril que afirma a que todo es reducible a un conflicto de clase. Esa posición política, que siempre ha existido, tiende a rechazar todo conflicto no-de-clase como algo innecesario y secundario, alejando así a quienes siendo clase trabajadora entienden y sienten esos conflictos también como principales y, en definitiva, estrechando el margen de acción de la izquierda política.

Finalmente, mi proposición décima es que la desconexión de una parte de la clase trabajadora con la izquierda tiene que ver con la incapacidad de ésta para estructurar una propuesta de solución para sus problemas materiales. Se podrá argumentar que este es también el argumento de alguien como Bernabé, por ejemplo, pero es algo que sólo puedo aceptar a medias. Porque en mi proposición las políticas de identidad no afectan en absoluto, y en todo caso lo hacen positivamente, mientras que en la suya suponen una trampa. La diferencia, a todos los efectos, no es menor.

Efectivamente, la izquierda política radical europea se apoya en una base social de personas con altos ingresos y con alto capital cultural. Esa base social es partidaria de políticas de redistribución, pero también de identidad. Eso es bueno, pero también insuficiente. Lo que falta, y que muchos hemos advertido sistemáticamente, es que no conseguimos llegar de forma general a los estratos sociales más desfavorecidos (menos ingresos, menos capital cultural…). Pero, ¿eso se resuelve denunciando las políticas de identidad, a modo de chivo expiatorio? En mi opinión, en ningún caso.

Es importante recordar que la historia demuestra que cuando el movimiento obrero logra sus conquistas, como el Estado Social que permite ampliar su capital cultural, los hijos e hijas de la clase obrera se empiezan a preocupar también por cuestiones postmateriales –esta es la tesis de Ronald Inglehart. Pero, insisto, esto no es un problema sino una conquista. Que los hijos e hijas de la clase obrera se preocupen por la vida de los toros, el consumo de aceite de palma, la educación LGTBI o el efecto medioambiental del plástico más que por su hambre es un aspecto positivo que se deriva de la mejora de sus condiciones de vida. Lo que tiene que trabajar la izquierda es un proyecto que combine todas esas demandas con la de clase, como hace el ecosocialismo o el feminismo anticapitalista. En definitiva, como trabaja la izquierda que cree en la interseccionalidad.

Y es que, además, de los conflictos de clase hay otros muchos otros conflictos que no son de clase, y que a veces tienen implicaciones sociales incluso más fuertes –y algunos de ellos son identitarios, como el nacionalismo. La izquierda tiene que atender todos ellos. El problema emerge cuando se subraya sólo uno de ellos (sea el animalismo, el obrerismo o cualquier otro). Pero no hay ninguna trampa, o no diferente de la que podría existir con el sindicalismo o la tecnología. No en vano el sindicalismo puede animar una huelga general revolucionaria pero también un pacto social para desmovilizar la calle; la tecnología puede ayudar a mejorar la coordinación de una organización pero también ayudar a la represión y censura del pensamiento; y la subida legal del SMI puede incrementar la conciencia de clase o reducir el ansia revolucionaria. ¿Hay trampas en cada uno de esos instrumentos? No menos que en las políticas de identidad, que pueden servir para mejorar la imagen de una banquera pero también para desmontar el represivo sistema judicial. Mi opinión es que si todo puede ser una trampa… entonces es que no hay trampa.

No obstante, otro problema adicional sucede cuando aceptamos que subrayar los conflictos de clase es simplemente acentuar un discurso de clase –cualquier cosa que sea eso. Y es que a veces da la impresión de que una parte de la izquierda cree que la solución es repetir todo el rato el significante compuesto de clase trabajadora. Pero no se gana la confianza de un trabajador reaccionario únicamente insistiéndole discursivamente en que es clase trabajadora. Es más, el objetivo no puede ser ganarse la confianza de ese trabajador reaccionario sino convencerle de nuestro proyecto político socialista (que es de clase pero no sólo). Como se sabe, una cosa es identificarse con la clase trabajadora y otra asumir que existe la lucha de clases y que hay que superar el capitalismo. Lo primero es bastante más sencillo que lo segundo, y el salto de una cosa a otra se llama conciencia de clase. Pero para ello, para que se funde esa conciencia de clase, ese proyecto de clase que alumbra una nueva concepción del mundo, es necesario incidir social y políticamente sobre las bases materiales de esa misma clase. Eso se hace recuperando, con discursos y prácticas materiales que combinen tanto la redistribución como la identidad, los barrios, las asociaciones de vecinos, los centros de trabajo, las cooperativas de consumo, esto es, los espacios de socialización de la clase trabajadora. Por eso las políticas de identidad son, en este marco, no un obstáculo sino una oportunidad.

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¿Quién teme a la clase obrera?

7 febrero, 2018

Fuente: http://www.publico.es

27 Ene 2018

Ricardo Romero “Nega”
Cantante de Los Chikos del Maíz y Riot Propaganda (@Nega_Maiz)
Arantxa Tirado
Politóloga (@aran_tirado)
Ambos son autores de La clase obrera no va al paraíso. Crónica de una desaparición forzada (Ediciones Akal, 2016)

En las últimas semanas hemos asistido a enconados debates y enfrentamientos que giran alrededor de lo que parece haberse convertido en uno de los problemas fundamentales que sacuden los cimientos de la izquierda transformadora: la cuestión de la clase obrera. El enésimo retorno al centro de la discusión política (al menos en Twitter y otras redes sociales) de la clase destinada a asaltar los cielos y socavar para siempre el orden capitalista se produce por varios motivos, pero el fundamental es para justificar el ascenso de los ahora denominados “populismos de derechas” (la ultraderecha de toda la vida): Trump en EEUU, Lepen en Francia y, a escala local, el auge de Ciudadanos en el antaño cinturón rojo industrial de Barcelona. No deja de ser interesante ya que, los mismos que durante años nos dijeron que la clase obrera ya no existía y nombrarla era un anacronismo, ahora la resucitan para justificar las sucesivas derrotas de la izquierda convirtiéndola en su particular chivo expiatorio. Gran parte de la izquierda académica la enterró alegando que ahora todos éramos precariado (y gays, lesbianas, migrantes o ecologistas, pero no trabajadores y trabajadoras); la socialdemocracia y la derecha dictaron su defunción sobre la base de que todos éramos clase media. ¿Cómo iba a existir la clase obrera si un trabajador compartía con su jefe el mismo programa de televisión, visitaba los mismos lugares de recreo, leía el mismo periódico, usaba la misma pasta de dientes y el negro tenía un Cadillac? (Marcuse dixit). Pero igual que Galileo (ojo, no confundir con Copérnico, Álvaro Ojeda) dijo aquello de “Eppur si muove”, unos pocos se empeñaron en mantener que, sin embargo, la clase obrera seguía existiendo.

En este acalorado debate tenemos, en un extremo, a fundamentalistas de corte machista-leninista para los que todas las luchas quedan subyugadas a la lucha principal que es la emancipación de la clase trabajadora. El feminismo, la ecología, el animalismo, la defensa de las minorías racializadas… son luchas menores de corte pequeñoburgués que nos desvían del sagrado objetivo que no es otro que la extirpación completa del orden burgués. Se trata, generalmente, de adolescentes blancos heterosexuales, demasiado jóvenes para conocer los tenebrosos pasillos de una empresa privada y demasiado cafres para convivir en armonía con distintas identidades sexuales. Otra forma de identificarles reside en sus nicks y avatares, la foto de perfil siempre es Lenin y el nombre en Twitter Sidorenko (en honor al famoso francotirador soviético).

En el extremo opuesto tenemos a los obrerofóbicos. Provienen de profesiones liberales, muchos de ellos pertenecen al mundo académico precarizado, aunque sus familias de origen no sean nada precarias. Quizás por eso les suena tan exótico oír hablar del “orgullo obrero” o cuestionan que pueda existir una clase obrera en el siglo XXI que no pase por sus novedosas categorías analíticas. Eran los que, desde su todoterreno en el centro de Madrid, tildaron la lucha minera de “porno para comunistas” porque, ya se sabe, el carbón contamina muchísimo. Defienden el poliamor, el Primavera Sound y el carril bici. Se les suele ver por Lavapiés y Malasaña en Madrid (o en los barrios hipsters equivalentes en cada ciudad del Estado), a veces hablan raro y la pareja de humoristas Pantomima Full los ha descrito a la perfección como ningún sociólogo o politólogo ha conseguido. Son los que se empeñan en mantener el retrato folclórico y acartonado de la clase obrera; el famoso obrero de mono azul que fuma Ducados. En realidad, el pobre hombre se tiene que haber muerto ya de tanto fumar trujas.

Las caricaturas, aunque resulten incómodas, a nosotras nos gustan y en ocasiones sirven para describir realidades sociológicas representativas. Pero tanta distorsión, exageración y tergiversación intencionada desvirtúa el debate de fondo: ¿por qué molesta tanto que la clase obrera tome la palabra y denuncie que otros están hablando por ella? Entonces, saltan las alarmas y cierta izquierda que no proviene de nuestra clase, se incomoda con el debate y tilda de “obrerista” (como si esto fuera un insulto) a quien pone el incómodo tema de la clase en el centro.

Entre todo el ruido, la clase obrera sigue ahí, a lo suyo, a lo que le es propio, haciendo malabarismos para llegar a fin de mes y sufriendo los vaivenes de un mercado laboral que ya no es flexible sino que se rompió en mil pedazos. Gritándonos en la cara que se puede ser obrera y lesbiana, gritándonos que se puede ser obrero y ecologista, que se puede ser cajero de supermercado y practicar el poliamor, que se puede ser transexual y trabajar en una oficina, que se pueden levantar tabiques en una obra y ser vegano. La clase obrera grita pero nadie escucha, seguramente porque no lo hace desde Twitter ni desde tribunas como ésta. De hecho, con el estómago vacío, es decir sin un trabajo, resulta complicado lanzarse a defender otras luchas; parece evidente que la lucha obrera y por los derechos laborales tiene algo de nuclear. La discriminación positiva, estandarte de muchas luchas e instrumento de normalización, se da siempre en el ámbito laboral.

Y mientras la clase obrera grita y nadie escucha (y volviendo al escenario electoral) resulta evidente que existe una desconexión entre las clases populares y obreras y los partidos de izquierda transformadora situados a la izquierda de los tradicionales partidos socialdemócratas. En realidad, no es tanto que la clase trabajadora vote mayoritariamente a Trump (es un mantra que con los datos en la mano no se sostiene, como bien explicó en su momento Sarah Smarsh, una periodista que proviene de la clase obrera estadounidense) ni que el cinturón rojo barcelonés se haya vuelto por completo de Ciudadanos (a C’s lo votan en mucho mayor porcentaje en Pedralbes que en Nou Barris y en las municipales Nou Barris opta por Colau, que nadie lo olvide). El problema no es que voten a quien no nos gusta, el problema nuclear sigue siendo que las clases populares sencillamente no votan en el mismo porcentaje que otras clases sociales. La desconexión no es sólo electoral sino intrínsecamente política: la izquierda –salvo honrosas excepciones- está dirigida por personas que dicen defender a la clase obrera pero que sólo han pisado un barrio obrero en campaña electoral. Efectivamente, la clase obrera milita menos y, cuando lo hace, no tiene la misma “habilidad” para trepar en los partidos que otros que gozan de mayor capital cultural, son “hijos de” o, sencillamente, le echan tanta jeta a la vida que son capaces de fraguarse carreras políticas fulgurantes a sus tiernas edades.

Las excusas para explicar este divorcio entre la clase obrera y la izquierda son de distinta índole, algunos afirman que el feminismo y la lucha LGTBI nos alejan de las clases populares, al margen de elitista es falso: el PSOE (y gran parte de la socialdemocracia europea) ha asumido esas luchas como propias y el ansiado sorpasso no tiene visos de producirse. Otros culpan a la ofensiva mediática, no podemos ganar porque los medios están en contra nuestra. Pero Donald Trump ganó en medio de innumerables escándalos aireados por la prensa, teniendo en contra al The New York Times, la revista Time, parte del establishment estadounidense y a prácticamente toda la opinión pública mundial progresista. Lo mismo podríamos decir de Lepen, caso que duele más todavía pues no se trata de un multimillonario excéntrico de infinitos recursos económicos sino de un partido proveniente de las clases medias de corte eminentemente pequeñoburgués que en los años 90 era prácticamente testimonial. El comodín de la prensa se perfila cada vez como más endeble, aunque no negamos que también juegue su papel.

Ante un panorama tan desolador, todo el mundo parece tener soluciones y propuestas, algunas afortunadas, otras directamente erróneas o hilarantes. En esta línea nos gustaría mencionar el caso de El Sobresalto (CTXT), un autodenominado grupo de millenials “que viene a liarla” y que piensa que la mejor forma de conectar con los jóvenes provenientes de la clase trabajadora es ponerse un disfraz de quinqui, glorificar Mujeres y Hombres y Viceversa (MYHYV) y fomentar el consumo de perico (cocaína). En otras palabras, perpetuar todos y cada uno de los estereotipos más nocivos que vinculan a la gente de abajo con la delincuencia, el consumo de drogas y la televisión basura. En la misma línea parecen moverse revistas como Vice o Jenesaispop, fomentando, día y noche, artistas de trap, no ya machistas, sino que en muchas ocasiones fomentan de forma abierta la violencia física contra la mujer. ¿Existiría la misma tolerancia si en lugar de violencia contra la mujer fuera violencia contra los negros o los árabes? Ante esta disyuntiva gravita lo que el tuitero Jonathan Martínez calificó como una digestión muy indigesta del libro de Owen Jones Chavs, la demonización de la clase obrera. Pero el bueno de Jones no tiene la culpa de que algunos no hayan entendido el clasismo que quiso denunciar y confundan su libro con una invitación a embrutecer a la clase obrera. De alguna manera todo está permitido, todo es relativo y desde luego no somos nadie para ir con nuestra “superioridad moral” (concepto clave y fetiche) a decirle a nadie qué es lo correcto y lo que no. Así, si un artista trap insulta a las mujeres se le tolera porque “es que viene de la calle”, si una concursante de MYHYV insulta a trabajadores y se ríe de su físico no importa, viene de abajo y además un día escribió un tuit feminista (locurón). Por lo visto tampoco se puede poner el grito en el cielo y denunciar a Espejo PúblicoEl Programa de Ana Rosa o el Sálvame Deluxe porque son programas que ve el pueblo.

Este tipo de clasismo, el paternalista, es el más peligroso que existe, pues niega la posibilidad de emancipación. ¿En los barrios obreros no existen jóvenes con conciencia feminista? ¿Para venir de la calle hay que insultar a las mujeres y llamarlas putas veinticinco veces en una canción? ¿Una hija de un fontanero y una limpiadora no puede ver HBO y odiar con toda su alma MYHYV? ¿Si una joven trabaja en una peluquería debemos suponer que lee el Hola y no a Ángela Davis? Quizá ha llegado el momento de sacudirnos tanto complejo y paternalismo, quizá ha llegado el momento de asumir que sí, nuestra moral es superior porque somos feministas, anti-racistas y antifascistas y creemos firmemente en la redistribución de la riqueza. Y no pasa nada por decirlo. Y tenemos una noticia que quizá sorprende a algunos: en muchas barriadas obreras existe un montón de gente así. Muchos lo sabrían si su relación con los de abajo se diera de forma material viniendo al barrio y no mediatizada a través de una canción de trap o el twitter de una concursante de MYHYV. En nuestros barrios hay gente que lee a Benedetti, Galeano, incluso a Marx, pero también gente que ve los documentales de La2 en lugar del Sálvame, que escucha a Silvio, a Leonard Cohen y que tiene una gran cultura –no necesariamente adquirida a través de estudios formales, pues la clase obrera todavía está lejos de haber conquistado la Universidad- conseguida de manera autodidacta. Por supuesto que en nuestros barrios también existen los fans de MYHYV, del Sálvame, Ana Rosa, lectores del Hola, etc., y no tenemos problema en criticar los programas que ven (que no a ellos y ellas). La diferencia es que la crítica suena muy distinta cuando se hace desde afuera de nuestra clase, a cuando la hacemos desde adentro, conscientes de que se trata de rescatar esos tiempos gloriosos en los que la mayoría de la clase obrera hacía un esfuerzo por formarse tras su jornada laboral, cuando había organizaciones políticas dirigidas por la clase obrera para la clase obrera, ateneos republicanos, casas del pueblo, círculos de estudio, etc. Aquí es donde los sindicatos (los que se dicen de clase y tradicionales) al parecer convidados de piedra a este debate, deberían jugar su papel, el que cumplían antaño, es decir, no sólo como agentes defensores de los derechos laborales sino como espacios físicos de socialización. Pero por lo visto ni están ni se les espera. No deja de ser curioso (e irritante) que este debate lo mantengan principalmente periodistas, miembros de partidos y activistas y todavía no hayamos escuchado a ningún sindicalista.

No existen fórmulas mágicas y queda mucho camino por hacer y recorrer, pero un buen inicio sería no tratar a los miembros de la clase obrera como si fueran seres inferiores o niños consentidos y malcriados. Pensamos que entre el núcleo irradiador y las diatribas cibernéticas de los postmodernos patrios y el ponerse un disfraz de quinqui en plan “mira soy como tú”, existe un espacio político (un centro si se nos permite el chiste) que debe ser explorado y trabajado. La izquierda ha asumido, al menos en la teoría, que cuando se habla de recortes en sanidad hay que escuchar a los sanitarios y profesionales médicos; que cuando se habla de violencia machista hay que escuchar a las mujeres; que cuando se hable de racismo hay que escuchar a personas negras o árabes; que cuando se habla de medio rural hay que escuchar a la gente que vive en el medio rural. Y es completamente lógico, razonable y justo que así sea. Pero en cambio es lo más normal del mundo que un señor politólogo que en su vida ha trabajado para una empresa privada, nunca vivió en un barrio obrero y además proviene de una familia acomodada, nos diga lo que es la clase obrera. Ante este argumento hay quien, sin pudor, saca a relucir los ejemplos de Marx, Engels o Lenin, todos ellos provenientes de la clase acomodada. Compararse con los padres del socialismo científico es tener un ego del tamaño de la Vía Láctea, pero no teman, estamos dispuestas a escuchar a quien renuncie a sus privilegios y se dedique a expropiar a su padre, como Fidel Castro, o a armar a los trabajadores con fusiles para asaltar palacios.

Recientemente se ha desatado en Alemania la huelga del metal más salvaje que se recuerda. El principal motivo de la lucha es la obtención de las 28 horas semanales (ya tienen las 37) para poder combinar su vida profesional con el cuidado de los hijos y las tareas del hogar, en otras palabras, una huelga feminista en toda regla. Convocada en un sector mayoritariamente masculino. “Queremos que los empleadores reconozcan que los roles tradicionales de género en las familias modernas están cambiando, y queremos que los trabajadores tengan la oportunidad de hacer un trabajo importante para la sociedad” ha declarado un líder sindical. El obrero del mono azul siempre vuelve, pero ahora ya no fuma Ducados, es feminista.

Lo que parece urgente a todas vistas es la necesidad de que la clase obrera tenga sus propios portavoces y referentes en el seno de la izquierda. Las Kellys, las trabajadoras organizadas de Bershka (que bien podrían participar en seminarios feministas), las estibadoras, los trabajadores del metal alemanes… Tenemos ejemplos de sobra. La clase obrera necesita ser escuchada y sentirse representada por gente que se le parezca dentro de su diversidad. Si esto no ocurre pronto, serán los Jim Goads de turno quienes lo hagan. Y eso tendrá muy poco de gracioso.

Holocausto: historia y advertencia

28 enero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Este sábado es el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, el mayor caso hasta ahora conocido de genocidio.

Llegada de judíos al campo de Auschwitz.
Llegada de judíos al campo de Auschwitz. YAD VASHEM

Holocausto es el término acuñado para designar un fenómeno singular de la historia: el programa de exterminio biológico de los judíos europeos ejecutado por las autoridades alemanas durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Su resultado final, conocido tras el triunfo aliado de 1945, fue atroz: una cosecha de sangre de casi seis millones de personas asesinadas en la Europa dominada por el régimen de Hitler.

El antisemitismo nazi era un fenómeno moderno, pero bien enraizado en prejuicios veteranos: la judeofobia surgida durante la Antigüedad clásica. Esa hostilidad respondía al hecho de que el judaísmo fue en la historia la primera religión monoteísta (creyentes en un solo Dios) y monolátrica (adoradores de un solo Dios), claramente opuesta a las religiones animistas y politeístas entonces dominantes, que consideraron su pretensión de superioridad teológica como fruto de la soberbia y el exclusivismo absurdo.

El antijudaísmo clásico fue asumido por la Iglesia cristiana hasta avanzado el siglo XX. Como seguidores de una secta judía, los cristianos afirmaban que Jesús de Nazaret era el Hijo de Dios, cuya muerte había dado comienzo a la universalización del mensaje salvífico de Moisés. Sin embargo, para los judíos, esa doctrina era una herejía y Cristo un mero profeta. El conflicto entre iglesia y sinagoga se extendió desde el siglo I hasta el siglo IV, cuando la conversión del cristianismo en religión oficial del Estado romano determinó la derrota del judaísmo. Desde entonces, el antijudaísmo clásico cultural se vio reforzado por motivos teológicos ya que el principal crimen religioso judío radicaba en su culpabilidad por el asesinato de Cristo.

A diferencia de la judeofobia clásico-cristiana, el antisemitismo de Hitler no consideraba que las taras del judío fueran rasgos religioso-culturales modificables por aprendizaje. Y rechazaba que la conversión y el bautismo pudieran limpiar el pecado de ser judío. Porque la doctrina antisemita configurada a fines del siglo XIX se basaba en una nueva concepción racial y social-darwinista de la humanidad, que estaba formada por razas definidas por factores biológicos hereditarios y eran diferentes en sus capacidades físicas y morales, además de estar inmersas en una lucha natural por la supervivencia de las más aptas, el sometimiento de las más débiles y la eliminación de las nocivas.

 

Recordar aquel crimen supremo no es sólo un deber de conciencia cívica humanitaria, sino también un ejercicio de prudente prevención

De acuerdo con esta cosmovisión, el enemigo natural de la raza aria (supuestamente la más excelsa de la especie humana) siempre había sido la raza judía, que vivía como un parásito subhumano sobre el suelo de la patria germana y corrompía la sangre de sus hijos mediante el mestizaje de sangre. Una supuesta verdad racial que la judería combatía mediante estratagemas como eran el capitalismo financiero que destruía la economía nacional, el comunismo que subvertía las relaciones sociales y el pacifismo derrotista que minaba la fortaleza de las naciones.

En función de esas ideas que alentaban el prejuicio popular antijudío, convertidas en doctrina de Estado desde 1933, la dictadura de Hitler puso en marcha varias medidas antisemitas que fueron radicalizándose. Primero aplicó una política de discriminación formal contra los judíos residentes en Alemania (una gran parte, desde el siglo XIV). Después, tras el pogromo de la Noche de los Cristales Rotos en noviembre de 1938, trató de lograr la más completa segregación física de los judíos en el seno de la sociedad alemana. Finalmente, el inicio de la guerra mundial en 1939 hizo posible la apertura de la última etapa de la política antisemita nazi. En algún momento del verano de 1941, Hitler dio la orden verbal y secreta de iniciar la solución final: el exterminio masivo de la población judía residente en todas las zonas ocupadas, ya fueran jóvenes, mujeres, ancianos o niños. A principios de 1942 comenzó el uso de seis campos de exterminio con sus correspondientes cámaras de gas ocultas como salas de ducha y sus hornos crematorios: Auschwitz, Belzec, Sobibor, Lublin, Treblinka y Chelmno. En definitiva, se pasó de la artesanía del homicidio mediante hambruna, maltrato y fusilamiento a la práctica industrial de la matanza según cadenas de montaje.

El Holocausto fue el mayor caso hasta ahora conocido de genocidio de la historia. No fue resultado de un arrebato pasional esporádico o incontrolado, fruto de la brutalidad inherente a toda guerra. Tampoco fue una mera masacre brutal de enemigos y civiles vencidos tras el combate. Fue un verdadero programa de genocidio ideológicamente motivado, deliberadamente planificado y eficazmente ejecutado con todos los recursos de un Estado industrial moderno y una sociedad avanzada.

Recordar aquel crimen supremo no es sólo un deber de conciencia cívica humanitaria, sino también un ejercicio de prudente prevención por razones bien expuestas por el escritor italiano Primo Levi, superviviente de Auschwitz: “Si el mundo llegara a convencerse de que Auschwitz nunca ha existido, sería mucho más fácil edificar un segundo Auschwitz. Y no hay garantías de que esta vez sólo devorase judíos”.

Enrique Moradiellos es premio Nacional de Historia 2017.

La guerra española en el reñidero de Europa

3 enero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Varios libros analizan sin tópicos y con rigor historiográfico el conflicto que estalló el 18 de julio de 1936, hace ahora 80 años.

Un grupo de milicianos se asoma a un terraplén en el frente de Navacerrada (Madrid), a finales de julio 1936.
Un grupo de milicianos se asoma a un terraplén en el frente de Navacerrada (Madrid), a finales de julio 1936. EFE/ARCHIVO DÍAZ CASARIEGO

En julio de 1936 una parte importante del ejército español se alzó en armas contra el régimen republicano. El golpe militar no pudo lograr de entrada la conquista del poder. Si lo hubiera conseguido, no habría tenido lugar una guerra civil, sino una dictadura del tipo que estaba comenzando a dominar en Europa en ese momento y que se estableció en España a partir de abril de 1939.

La sublevación, al ocasionar una división profunda en el Ejército y en las fuerzas de seguridad, debilitó al Estado republicano y abrió un escenario de lucha armada, de rebelión militar y de revolución popular allí donde los militares no pudieron conseguir sus objetivos. España quedó partida en dos. Y así continuó durante una guerra de mil días.

 

España era un país marginal en el escenario europeo hasta el golpe de Estado. En pocas semanas se situó en el centro

Enrique Moradiellos subraya en su nuevo libro el carácter de “guerra total” en la que los dos contendientes tuvieron que reconstruir un ejército con mandos jerarquizados; centralizar el aparato administrativo para hacer uso de los recursos materiales y humanos; y sostener una retaguardia comprometida con el esfuerzo bélico. Visto el desenlace final, parece evidente que el bando franquista superó al republicano en el manejo de esas tres tareas básicas, pero eso no dependió sólo de factores internos sino, “de manera crucial”, del contexto internacional que sirvió de marco a la guerra civil.

Porque en el escenario europeo desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y del fascismo, España era, hasta julio de 1936, un país marginal, secundario. Todo cambió, sin embargo, a partir del golpe de Estado de ese mes. En unas pocas semanas, el conflicto español se situó en el centro de las preocupaciones de las principales potencias, dividió profundamente a la opinión pública, generó pasiones y España pasó a ser el símbolo de los combates entre fascismo, democracia y comunismo. Moradiellos, Paul Preston, Javier Rodrigo y Carlos Gil conceden mucha importancia al violento laboratorio de políticas de masas en que se convirtió el territorio español.

La guerra española en el reñidero de Europa

Cuando el golpe militar derivó en guerra, la destrucción del adversario pasó a ser prioridad absoluta. Y en ese tránsito de la política a la guerra, los adversarios, políticos e ideológicos, perdían su condición de compatriotas, españoles, para convertirse en enemigos contra quienes era completamente legítimo el uso de la violencia. El total de víctimas mortales se aproximó a 700.000, de las cuales 100.000 corresponden a la represión desencadenada por los militares sublevados y 55.000 a la violencia en la zona republicana. Y al menos 50.000 personas fueron ejecutadas en la posguerra, entre 1939 y 1946.

La guerra civil española fue además la primera de las guerras del siglo XX en que la aviación se utilizó de forma premeditada en operaciones de bombardeo en la retaguardia. La intervención extranjera mandó por el cielo español a los S-81 y S-79 italianos, a los He-111 alemanes y a los “Katiuskas rusos”, convirtiendo a España en un campo de pruebas para la gran guerra mundial que se preparaba. Madrid, Durango, Guernica, Alcañiz, Lérida, Barcelona, Valencia, Alicante o Cartagena, entre otras muchas ciudades, vieron cómo sus poblaciones indefensas se convertían en objetivo militar.

Se ha superado ya esa visión esencialista de que la guerra fue el resultado de una identidad inclinada a la violencia “entre hermanos”

 

“En lo esencial era una guerra de clases”, declaró un observador tan lúcido como George Orwell. Y no le faltaba razón, aunque más correcto sería decir que las clases, sus luchas y sus intereses, fueron actores importantes, pero no los únicos, de aquel conflicto. Hubo, en realidad, varias guerras dentro de eso que llamamos guerra civil. Por eso su análisis ha resultado siempre tan complejo y fascinante. Y por eso el fuego purificador que abrasaba hasta el más mínimo oponente se extendió con tanta rapidez y virulencia por todos los pueblos y ciudades de España.

Algunos historiadores han superado ya esa visión esencialista, tan difundida todavía hoy, de que la guerra civil fue el resultado de odios ancestrales en un país con una identidad y un destino histórico inclinados a la violencia “entre hermanos”.

La guerra española en el reñidero de Europa

La historia de España del primer tercio del siglo XX no fue la crónica anunciada de una frustración secular que, necesariamente, tenía que culminar en una explosión de violencia colectiva. Lo que prueban estas nuevas miradas a esa historia es que no existe un modelo “normal” de modernización frente al cual España puede ser comparada como una excepción anómala. Casi ningún país europeo resolvió los conflictos de los años treinta y cuarenta —la línea divisoria del siglo— por la vía pacífica.

Combatir la ignorancia, las manipulaciones, los usos políticos de esa historia desde el presente no es una tarea fácil. Tampoco lo es captar nuevos lectores, atraer la atención de jóvenes estudiantes para los que la historia no es más que una pesada colección de fechas y nombres. Por eso es tan importante tener una fotografía casi completa de los hechos más significativos y de sus principales actores. Es lo que ofrecen estos libros, concisos, de prosa accesible y con la garantía de una investigación rigurosa y profesional. Ochenta años después.

Enrique Moradiellos, Historia mínima de la guerra civil española, Turner/El Colegio de Mexico;

Javier Rodrigo, La guerra fascista. Italia en la Guerra Civil española, 1936-1939, Alianza Editorial;

Carlos Gil Andrés, Españoles en guerra. La Guerra Civil en 39 episodios, Ariel;

Paul Preston, La guerra civil española (guión e ilustraciones de José Pablo García), Debate.

     

    El escritor que quería hacer historia

    17 octubre, 2017

    Fuente: http://www.elpais.com/cultura

    La crónica de la Guerra Civil de Ludwig Renn, editada en alemán en 1955, ve la luz en España. Es literatura de combate comunista, sin lugar para la retórica o los sentimientos.

    Voluntarios de las Brigadas Internacionales en el Cuartel de la Guardia Republicana en Albacete en 1936.
    Voluntarios de las Brigadas Internacionales en el Cuartel de la Guardia Republicana en Albacete en 1936.REP

    La guerra civil española fue en su origen un conflicto interno entre espa­ñoles, pero en su curso y desarrollo constituyó un episodio de una guerra civil ­europea que acabó en 1945.

    Tras las subida de Hitler al poder, el sentimiento popular antibélico de los años veinte dio paso gradualmente a políticas de rearme y a una crisis de la seguridad internacional. En ese ambiente tan caldeado, para muchos ciudadanos eu­ropeos y norteamericanos, España se convirtió en el campo de batalla de un conflicto inevitable en el que al menos había tres contendientes: el fascismo, el comunismo —o la revolución— y la democracia.

    Muchos narraron los hechos de primera mano, en el frente o en la retaguardia, transmitiendo al mundo historias de horror, heroicidad, compromiso y traiciones. Con las Brigadas Internacionales llegaron a España obreros manuales, aventureros en busca de emociones, intelectuales y profesionales de clases medias, corresponsales de guerra y escritores. La mayoría tenía claro que el fascismo era una amenaza internacional y España era el lugar apropiado para combatirlo. Se habían sentido atraídos por el Partido Comunista, que les daba amparo y una doctrina fuerte a la que agarrarse, en un momento en el que en París confluyeron un montón de exiliados de la Europa oriental, central y balcánica, huidos de la represión fascista y dictatorial.

    El escritor que quería hacer historia

    Ludwig Renn, aunque representaba todo eso, era un tipo singular. Nacido en una familia aristocrática de Dresde en 1889, Arnold Vieth von Golssenau combatió como oficial en un regimiento de Sajonia durante la I Guerra Mundial, una experiencia militar que relató con éxito en Krieg (guerra), en 1929, y continuó en Nachkrieg (posguerra), en 1930, cuando ya había abandonado el Ejército y su clase, incluido su nombre, para abrazar el comunismo y la ortodoxia estalinista.

    Con el ascenso nazi al poder, estuvo en la cárcel año y medio y, tras ser liberado, huyó a Suiza, donde se enteró de la sublevación militar contra el Gobierno republicano en España. A principios de octubre de 1936 se subió a un tren con destino a Cerbère y después a Barcelona. Así comienza su crónica de la guerra civil española, editada en alemán en 1955 y que ve ahora la luz por primera vez en España, más de 600 páginas de literatura de combate comunista, sin apenas lugar para la retórica o los sentimientos, porque “el amor en el campo de batalla es una invención de los escritores. En el frente, la vida real no deja hueco a esos lujos”.

    Alejado, por tanto, de las fantasías de los “tibios” burgueses de izquierda que nunca se jugaron el cuello, Ludwig Renn describe lo que él considera la auténtica realidad, dando fe, desde el principio hasta el final, del relato oficial comunista, frente a “anarcofascistas” (amigos del desorden y de la “palabrería”, inservible en la guerra); “socialtraidores”, representados por Largo Caballero y el “redomado golfo” Indalecio Prieto, y espías trotskistas y del POUM.

    Renn arriesgó su vida en primera línea de fuego, como había hecho ya en la Guerra Mundial, primero como dirigente del batallón Thälmann y después como jefe del Estado Mayor de la XI Brigada Internacional. Estuvo en todas las grandes batallas, desde Madrid hasta Brunete, pasando por el Jarama y Guadalajara, hasta que a comienzos de septiembre de 1937 emprendió, con pasaporte español —Hitler le había despojado de la nacionalidad alemana—, una “misión oficial” de propaganda a favor de la República por Estados Unidos, Canadá y la Cuba de Batista.

    Muchos narraron los hechos de primera mano, en el frente o en la retaguardia, transmitiendo al mundo historias de horror, heroicidad, compromiso y traiciones

    El 21 de septiembre de 1938, Juan Negrín, presidente del Gobierno de la República, anunció en Ginebra, ante la Asamblea General de la Sociedad de Naciones, la retirada inmediata y sin condiciones de todos los combatientes no españoles en el Ejército republicano, con la esperanza de que el bando franquista hiciera lo mismo. Quedaban entonces en España aproximadamente un tercio de todos los que habían llegado para luchar contra el fascismo, y el 28 de octubre, un mes después de su retirada del frente, las Brigadas Internacionales desfilaron en Barcelona ante más de 250.000 personas. Allí estaba Renn, quien permaneció en España hasta la caída de Cataluña. De allí pasó a Francia, después a México y regresó a Alemania 10 años después.

    El problema de la República, concluyó Renn, no fue “la falta de experiencia militar”, que tampoco la tenían, según él, las tropas de Franco, sino “el guirigay entre partidos”, donde sólo el comunista mantuvo el tipo: sin él, y sus “abnegados camaradas y amigos”, la República española “hubiera sido borrada del mapa en un santiamén”.

    Renn no era sólo un escritor comprometido, que luchaba con la pluma y la palabra contra el fascismo. Como les dijo a algunos de sus colegas famosos en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en julio de 1937, él peleaba en el frente y había dejado la pluma porque no quería “escribir historias, sino hacer historia”.

    La guerra civil española. Crónica de un escritor en las Brigadas Internacionales. Ludwig Renn. Traducción de Natalia Pérez Galdós. Fórcola Ediciones. Madrid, 2016. 721 páginas. 39,50 euros.

    Rigor contra la manipulación del franquismo

    7 agosto, 2017

    Fuente: http://www.elpais.com

    Los historiadores arrojan luz sobre ese pasado traumático y demuestran que el rigor es el primer paso para evitar el uso político de esa época

    Franco visita las obras del pantano de Santa Ana, en la cuenca del Ribagorzana, en 1955.
    Franco visita las obras del pantano de Santa Ana, en la cuenca del Ribagorzana, en 1955. PÉREZ DE ROZAS

    Franco comenzó el asalto al poder con una sublevación militar y lo consolidó tras la victoria en una guerra civil. Hasta 1945, él y su dictadura no fueron una excepción en aquella Europa de sistemas políticos autoritarios, totalitarios o fascistas. Pero tras el final de la II Guerra Mundial, las dictaduras derechistas, que habían sido dominantes desde los años veinte, desaparecieron de Europa, salvo en Portugal y España. Muertos Hitler y Mussolini, Franco siguió 30 años más.

    Han pasado ya cuatro décadas sin él y, aunque la dictadura es todavía objeto de controversia política, con memorias divididas que proyectan su larga sombra sobre el presente, los historiadores han elaborado, a través de enfoques y métodos de indagación muy distintos, una fotografía bastante completa de ese pasado.

    Una foto completa de Franco y su dictadura 40 años después

    El Ejército, la Falange y la Iglesia representaron a los vencedores de la Guerra Civil, y de ellos salieron el alto personal dirigente, el sistema de poder local y los fieles siervos de la Administración. Esas tres burocracias rivalizaron entre ellas por incrementar las parcelas de poder, con un reparto difícil que creó tensiones desde los primeros años del régimen, cuando se estaba construyendo, examinados por Joan Maria Thomàs en Franquistas contra franquistas.

    Aunque aparecieran desde el comienzo luchas entre franquistas, en lo que todos estuvieron de acuerdo fue en el culto rendido al general Franco, tema ya estudiado hace tiempo de forma exhaustiva por Paul Preston en su magnífica biografía, ahora ampliada, y en cuyos mitos incide también la reciente aproximación de Antonio Cazorla. El Caudillo fue rodeado de una aureola heroico-mesiánica que le equiparaba a los santos más grandes de la historia. Aparecían por todas partes estatuas, bustos, poesías, estampas, hagiografías. La imagen de Franco como militar salvador y redentor era cuidadosamente tratada e idealizada, y su retrato presidió durante los casi cuarenta años de dictadura las aulas, oficinas, establecimientos públicos y se repetía en sellos, monedas y billetes.

    La gran empresa de Franco y los vencedores consistía en la regeneración total de una nación nueva forjada en la lucha contra el mal, el sistema parlamentario, la República laica y el ateísmo revolucionario. Como recordaba el 1 de abril de 1939 Leopoldo Eijo y Garay, obispo de la diócesis de Madrid, era “la hora de la liquidación de cuentas de la humanidad con la filosofía política de la Revolución Francesa”.

    El Ejército, la Falange y la Iglesia rivalizaron por incrementar las parcelas de poder con un reparto que creó tensiones

    Y para liquidar esas cuentas y que los vencidos pagaran las culpas se puso en marcha un terror institucionalizado y amparado por las leyes del nuevo Estado, un engranaje represivo y confiscador que causó estragos entre los vencidos, abriendo la veda para una persecución arbitraria y extrajudicial que en la vida cotidiana desembocó muy a menudo en el saqueo y en el pillaje. Como confirman investigaciones recientes en Cataluña, Aragón y Andalucía, en aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas se abrieron decenas de miles de expedientes a obreros y campesinos con recursos económicos escasos, pero también a clases medias republicanas con rentas más elevadas. Los afectados, condenados por los tribunales y señalados por los vecinos, quedaban hundidos en la más absoluta miseria. En muchos casos, las sentencias se impusieron a personas que ya habían sido ejecutadas.

    Con el paso del tiempo, la violencia y la represión cambiaron de cara, la dictadura evolucionó, “dulcificó” sus métodos y, sin el acoso exterior, pudo descansar, ofrecer un rostro más amable, aunque nunca renunció a la Guerra Civil como acto fundacional, que recordó una y otra vez en un entramado simbólico de ritos, fiestas, monumentos y culto a los mártires.

    Franco murió matando, como relata Carlos Fonseca en la reconstrucción de la semblanza de los últimos fusilados, pero los cambios producidos por las políticas desarrollistas a partir del Plan de Estabilización de 1959 y la machacona insistencia en que todo eso era producto de la paz de Franco dieron una nueva legitimidad a la dictadura y posibilitaron el apoyo, o la no resistencia, de millones de españoles.

    Una foto completa de Franco y su dictadura 40 años después

    Esos “buenos” años del desarrollismo, opuestos a la autarquía y el hambre, alimentaron la idea, sostenida todavía en la actualidad por la derecha política y defendida en el libro de Stanley G. Payne y Jesús Palacios, de que Franco fue un modernizador que habría dado a España una prosperidad sin precedentes. Y frente a ese mito del modernizador y salvador de la patria opone Ángel Viñas, con el rigor y exhaus­tiva aportación de pruebas que le caracteriza, La otra cara del Caudillo,la de las bases y naturaleza de su poder dictatorial.

    Historias y mitos administrados por historiadores que persuaden, atraen al lector y demuestran que narrar con rigor, en obras bien informadas, es el primer paso para evitar el uso político de ese traumático pasado. Españoles, Franco ha muerto, titula su ensayo Justo Serna, quien recuerda que al franquismo no podemos liquidarlo con el olvido o la ignorancia.

    Franquistas contra franquistas. Joan Maria Thomàs. Debate. Madrid, 2016. 318 páginas. 24,90 euros.

    Franco. Paul Preston. Debate. Barcelona, 2015. 1.087 páginas. 32,90 euros.

    Franco, biografía del mito. Antonio Cazorla. Alianza. Madrid, 2015. 392 páginas. 22,45 euros.

    El “botín de guerra” en Andalucía. Miguel Gómez Oliver, Fernando Martínez y Antonio Barragán (coordinadores). Biblioteca Nueva. Madrid, 2015. 408 páginas. 28 euros.

    Mañana cuando me maten. Carlos Fonseca. La Esfera de los Libros. Madrid, 2015. 392 páginas. 23,90 euros.

    Franco, una biografía personal y política. Stanley G. Payne y Jesús Palacio. Espasa. Madrid, 2015. 800 páginas. 26,90 euros.

    La otra cara del Caudillo. Mitos y realidades en la biografía de Franco. Ángel Viñas. Crítica. Barcelona, 2015. 448 páginas. 21,75 euros.

    Españoles, Franco ha muerto. Justo Serna. Punto de Vista Editores, 2015. 288 páginas. 16 euros.

    A vueltas con el Holocausto y los usos interesados de la Historia

    24 mayo, 2017

    Fuente: http://www.internacional.elpais.com

    No hay ningún tema tan debatido como las relaciones entre los judíos y los polacos durante la Segunda Guerra Mundial.

    JULIÁN CASANOVA

    22 ABR 2015 – 10:08 CEST

    El campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau, en Polonia.
    El campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau, en Polonia. KACPER PEMPEL REUTERS

    Los historiadores lo han advertido y demostrado en diferentes ocasiones: en la amplia literatura sobre el Holocausto no hay ningún tema tan debatido –y tan sometido a falsedades y prejuicios raciales- como las relaciones entre los judíos y los polacos durante la Segunda Guerra Mundial.

    Desde la disolución de las dinastías de los Habsburgo y Hohenzollern en 1918, las viejas élites y nuevas fuerzas sociales de Europa del este demostraron, con ideas y acciones, un enérgico antibolchevismo pero, sobre todo, instigadas por los partidos fascistas, un profundo y radical antisemitismo, puesto que asociaban a los judíos con todo lo que odiaban: el bolchevismo, el viejo orden y el dominio extranjero.

    La crisis económica de los años 30 aumentó todos esos sentimientos, pero lo que causó un cataclismo en esos países fue el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

    Los hechos son bien conocidos. Hasta el inicio de la guerra en 1939, sólo unos cuantos centenares de judíos habían sido asesinados en Alemania, pese a que los nazis habían comenzado a acosar y perseguir con leyes y actos violentos a la población judía desde su llegada al poder en 1933. La matanza masiva empezó con los judíos que los alemanes capturaban en las zonas conquistadas de la Unión Soviética en el verano de 1941, y en menos de cuatro años la “solución final” segó las vidas de más de cinco millones de hombres, mujeres y niños, casi la mitad de ellos en Polonia. Los nazis causaron esa destrucción y la Segunda Guerra Mundial fue el escenario apropiado en el que se expandió esa brutalidad. Para que todo eso fuera posible, no obstante, tenía que haber mucha gente dispuesta a identificar a otros como sus enemigos o a considerar aceptable el exterminio.

    MÁS INFORMACIÓN

    Si se dejan de lado las opiniones de esos que defienden que el Holocausto nunca tuvo lugar, o de quienes tratan de minimizarlo con comparaciones con otras manifestaciones de genocidio provocadas por los aliados, lo que los historiadores debatieron y sacaron a la luz en primer lugar fue quién decidió proceder con esa “solución final”, cuándo y por qué se hizo así, y qué es lo que se perseguía con ella.

    Lo más significativo de las dos últimas décadas, sin embargo, es que comenzaron a aparecer investigaciones, poco conocidas hasta entonces, sobre la colaboración de la policía, de las administraciones locales y de las poblaciones de otros países invadidos por el Ejército y las fuerzas de seguridad alemanes. Aunque el número de personas implicadas y la complejidad de sus motivos impedía cualquier explicación simple, lo que quedó al descubierto fue no sólo el círculo de responsables y altos cargos nazis que organizaban las deportaciones, desde Himmler a Eichmann, pasando por Heydrich, sino también la amplia red de informantes y delatores que vieron necesario ese castigo mortal, por no mencionar a los británicos y norteamericanos que, desde el otro lado de la historia, abandonaron a los judíos. Los judíos fueron asesinados por los nazis alemanes y los fascistas de Europa del este, no por toda la población, pero ya nadie podía negar la complicidad “popular” en muchos de esos países.

    El problema se complica cuando a esa historia ya compleja y muy debatida entre auténticos especialistas, se suman las declaraciones de políticos o de gente como James Comey, el director del FBI, con sentencias fáciles y acusatorias, muy alejadas de los análisis y narraciones que interpretan aquellos acontecimientos, el “incomprensible” Holocausto, como lo definió Arno Mayer, a la luz de las fuentes disponibles.

    Una buena parte de la clase política en Polonia y Hungría deforman aquella historia traumática para adaptarla a sus propios fines y justificar el presente. En el caso de Polonia, ya en 1990, un libro editado por Antony Polonsky, My Brother’s Keeper?: Recent Polish Debates on the Holocaust, levantó polvareda y protestas porque incluía polémicas entre intelectuales polacos y judíos polacos sobre el antisemitismo y sobre lo que muchos polacos hicieron o dejaron de hacer durante el período de eliminación sistemática de judíos.

    En el caso de Hungría, el largo período de gobierno autoritario y ultranacionalista del almirante Miklós Horthy, mantenido sin demasiados problemas durante sus primeros veinte años, dio un cambio radical con su decisión de meter a Hungría en la Segunda Guerra Mundial al lado de la Alemania nazi en abril de 1941. Horthy, mediante sucesivas “Leyes Judias”, en 1938, 1939 y 1941, había ido recortando los derechos de los súbditos húngaros de religión judía y hubo matanzas de judíos en el frente ruso protagonizadas por las SS, asistidas por tropas húngaras. Pero con la invasión nazi, en marzo de 1944, de las restricciones se pasó a la persecución abierta y se metió a Hungría de lleno en la solución final.

    Viktor Orbán y la derecha húngara hace tiempo que están empeñados en demostrar que había una tradición conservadora, rota por dos ocupaciones extranjeras de Hungría, la nazi y la soviética, protagonizadas por dos ideologías totalitarias ajenas la verdadera historia del país. Solo así se explica el fracaso del liberalismo y de la democracia, la radicalización de la política, el patriotismo de Horthy, atrapada como quedó la nación, luchando por su independencia y soberanía, entre dos terribles y violentos superpoderes totalitarios. Y fue, por supuesto, un factor externo, la ocupación nazi, el que justifica la parte de la historia más complicada de explicar para los conservadores: la persecución de los judíos, iniciada ya con Horthy, y el desarrollo fatídico de los hechos que llevó a la conquista del poder de los fascistas húngaros de la Cruz Flechada en octubre de 1944.

    Las declaraciones interesadas sobre la historia, ampliamente difundidas y manipuladas por medios de comunicación de diferente signo, contribuyen a articular una memoria popular sobre determinados hechos del pasado, hitos de la historia, que tiene poco que ver con el estudio cuidadoso de las pruebas disponibles.

    El Holocausto es la cara más cruel de un siglo que conoció guerras, genocidios, violencias de Estado y revolucionaria sin precedentes. Pero ese siglo presenció también, gracias entre otras cosas al impacto del Holocausto, la creación de tribunales internacionales, la persecución de criminales de guerra, la formación de comisiones de la verdad. Y muchos hombres y mujeres, especialmente en los últimos años, protegidos por el paso del tiempo, necesitados de liberar sus terribles pesadillas, se han atrevido a contarlo, a documentar sus vidas, a la vez que contribuían a documentar la de todos, a denunciar la traición y cobardía de algunas de sus patrias y ciudadanías. Esa es la cara de la esperanza, la que invita a vigilar y cuidar la frágil democracia, a recordárselo a los responsables políticos, a perseguir la intolerancia, a extraer lecciones de la historia, a educar en la libertad.

    Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

    José Antonio, la forja del mito y las claves del culto a la personalidad

    23 febrero, 2017

    Fuente: http://www.cultura.elpais.com

    El escritor Joan Maria Thomàs desmenuza en una exhaustiva biografía del fundador de Falange su amplio conocimiento sobre el personaje y su contexto histórico

    ENRIQUE MORADIELLOSMadrid 14 FEB 2017 – 15:12 CET

    Siempre presente bajo la misteriosa advocación de “El Ausente”, sacralizado como el principal “mártir de la Cruzada por Dios y por España”, José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia (Madrid, 1903- Alicante, 1936) fue objeto de un culto oficial durante toda la dictadura franquista por su condición de fundador y primer Jefe de Falange Española, el partido fascista fundado en octubre de 1933 con el objetivo de acabar por la fuerza con la odiosa democracia republicana. Un culto sólo superado (con creces) por el ofrecido al victorioso militar que lograría ese propósito al compás de una cruenta guerra civil: el general Francisco Franco, “Caudillo de España”, su imprevisto “sucesor” en la jefatura de un régimen dictatorial de partido único modelado sobre el núcleo falangista bajo el título de Falange Española Tradicionalista y de las JONS.

    No faltan biografías sobre la corta pero intensa vida de un joven y apuesto aristócrata (marqués de Estella con grandeza de España), hijo primogénito de dictador (el general Miguel Primo de Rivera), que cultivó casi a la par su profesión de respetado abogado con la actividad política de tintes mesiánicos en las filas antiliberales y los fugaces devaneos poético-literarios. De hecho, durante el franquismo, proliferaron las hagiografías desmesuradas con patrocinio oficial, como la biografía “apasionada” de Felipe Ximénez de Sandoval, publicada en 1941. Afortunadamente, desde la restauración democrática, también contamos con más templados y atinados retratos historiográficos debidos a autores diversos de la talla de Ian Gibson (1980), Julio Gil Pecharromán (1996), Stanley G. Payne (1997), Paul Preston (1998) o Ferran Gallego (2014).

    Sin embargo, seguía sin existir un estudio intensivo y actualizado de ese político conocido como “José Antonio”, a secas, por su voluntad consciente de evitar el llamativo apellido para diferenciarse de su padre y a tono con el estilo plebeyo e igualitarista del fascismo-falangismo (tan poco apropiado, por otro lado, para quien era depositario de un título nobiliario). Por eso era especialmente esperada la obra firmada por Joan Maria Thomàs, uno de los grandes especialistas en la historia del fascismo español, que ha venido publicando una serie de obras canónicas sobre la temática que sirven de soporte y basamento a esta biografía: Lo que fue la Falange (1999), La Falange de Franco (2001), El Gran Golpe. El “caso Hedilla” o cómo Franco se quedó con Falange (2014).

    Joan Maria Thomàs acomete su labor pertrechado por su exhaustivo conocimiento de todas las fuentes informativas disponibles sobre el personaje y su contexto histórico, sin olvidar los cruciales referentes internacionales (sobre todo italianos, dada la fascinación de José Antonio por Mussolini y su régimen fascista). Y articula su elegante exposición en cinco capítulos bien trabados que, si bien no revelan secretos sorprendentes sobre el personaje, tienen la virtud de sintetizar su vida y su tiempo con notable maestría.

    Los tres capítulos iniciales abordan la vida de José Antonio desde sus primeros pasos y hasta su muerte en sendas etapas consecutivas. Una primera que sigue la formación de un vástago de una familia de rancio abolengo militar que se convierte en abogado a la sombra de un padre que será el primer dictador militar del siglo XX español. Una segunda que examina la trayectoria de un joven que desde 1930, tras la deposición y muerte del admirado progenitor, entra en política para reclamar su memoria y también para superar sus logros mediante la adaptación de la “novedad” del fascismo a las circunstancias democráticas españolas durante los primeros años de la Segunda República. Y, finalmente, una tercera fase que revisa los avatares desde 1933 de un líder fascista al frente de un nuevo partido volcado a la conquista del poder por sus propios medios o por los ajenos y que acaba perdiendo la vida en la tormenta de sangre de la guerra civil en una cárcel republicana de Alicante en noviembre de 1936, apenas cumplidos los 33 años.

    Los dos últimos capítulos de la obra tienen ya otro carácter más monográfico y conceptual y abordan sucesivamente el “ideario fascista” de José Antonio y el culto necrófilo auspiciado por el franquismo después de su muerte (mantenida en secreto durante casi dos años enteros en plena guerra civil, hasta el 18 de julio de 1938).

    En el primer caso, de manera muy consistente, Thomàs desmenuza los componentes de una “doctrina joséantoniana” que bebe de fuentes clásicas tomistas y modernas vitalistas (Ortega, D’Ors) para acabar seducido por la originalidad fascista mussoliniana. De ese modo, a partir de 1933, con la fundación de Falange Española, termina formulando un “fascismo teñido de cristianismo” que trata de competir sin mucho éxito con los movimientos monárquicos autoritarios y católico-corporativos que encuadraban ya a las masas contrarias al liberalismo democrático. En el segundo caso, disecciona las razones, formas y medios de un extraño culto casi herético a quien devino (en feliz expresión de Stanley Payne) “santo patrón secular del régimen franquista”.

    En resolución, estamos ante una biografía del “Ausente” sólida, solvente y actualizada, que aporta nueva luz sobre la breve vida de quien quiso ser “rector del rumbo de la gran nave de la Patria” y perdió la vida en el intento, aunque luego subiera a los altares civiles de una dictadura que siempre contó con el apoyo de sus partidarios y seguidores, en un matrimonio de conveniencia de Falange y Franco que no terminaría hasta la muerte de este último el 20 de noviembre de 1975 (paradójicamente el mismo día del fusilamiento de José Antonio en la cárcel de Alicante).

    EL CULTO A JOSÉ ANTONIO

    Entre las páginas más logradas de la obra de Thomàs se encuentra el análisis del culto estatal a su memoria, mitificada hasta extremos de herejía por su comparación recurrente con la pasión de Cristo: ambos muertos a los 33 años, ambos sacrificados por una causa transcendente, ambos llorados por seguidores que juran seguir sus enseñanzas. El culto empezó con su exhumación en Alicante y el traslado de su cadáver, a hombros de 16 falangistas durante diez jornadas invernales de noviembre de 1939, hasta El Escorial, mausoleo funerario de la realeza española (luego sería nuevamente exhumado y trasladado en 1959 al trascoro de la recién terminada Basílica de El Valle de los Caídos, donde permanece). La procesión funeraria fue seguida masivamente por millares de espectadores que día y noche saludaban el paso de la comitiva brazo en alto y en silencio, acompañados de banderas falangistas, hogueras y antorchas, en un despliegue ritual nunca antes visto para ceremonias civiles (no militares ni religiosas).

    18 de julio de 1936

    21 enero, 2017

    Fuente: http://www.elpais.com

    La cruel contienda fratricida traumatizó a una sociedad y es el origen de nuestro tiempo presente

    Enrique Moradiellos, 17 de julio de 2016.

    Durante la dictadura del general Franco, entre 1936 y 1975, el 18 de julio era “Fiesta Nacional” conmemorativa de la “Iniciación del Glorioso Alzamiento Nacional”. No en vano, ese día se extendió por toda España la sublevación militar comenzada el 17 en las guarniciones del Protectorado de Marruecos, que sólo triunfaría parcialmente en la mitad del país, abriendo la vía a la conversión del golpe militar en una guerra civil.

    MÁS INFORMACIÓN

    · 18 de julio, cambio del curso de la historia

    Como resultado de esa división de España surgieron dos bandos combatientes que librarían una contienda de casi tres años de duración, hasta abril de 1939. Por un lado, una España republicana donde el acosado gobierno reformista del Frente Popular lograría aplastar inicialmente a los insurrectos con el recurso a fuerzas armadas leales y la ayuda de fuerzas milicianas revolucionarias. Por otro, una España insurgente de perfil reaccionario y contrarrevolucionario donde los militares sublevados afirmarían su poder omnímodo como paso previo al asalto del territorio enemigo.

    La guerra de 1936-1939 fue una cruel contienda fratricida que constituye el hito transcendental de la historia contemporánea española y está en el origen de nuestro tiempo presente. De hecho, fue un cataclismo colectivo que abrió un cisma de extrema violencia en la convivencia de una sociedad atravesada por múltiples líneas de fractura interna (tensiones entre clases sociales, entre sentimientos nacionales, entre mentalidades culturales…) y grandes reservas de odio y miedo conjugados.

    La contienda española fue así una forma de “guerra salvaje” precisamente por librarse entre vecinos y familiares conocidos, bastante iguales y siempre cercanos (no por ser todos desconocidos, diferentes y ajenos). Y por eso produjo en el país, ante todo, una cosecha brutal de sangre: sangre de amigos, de vecinos, de hombres, de mujeres, de culpables y de inocentes. Sencillamente porque en una guerra civil el frente de combate es una trágica línea imprecisa que atraviesa familias, casas, ciudades y regiones, llevando a su paso un deplorable catálogo de atrocidades homicidas, ignominias morales y a veces también de actos heroicos y conductas filantrópicas.

    “La guerra civil abrió las puertas al abismo en España. No trajo la Paz sino la Victoria y una larga dictadura.”

    El triste corolario de una contienda de esta naturaleza fue apuntado por el general De Gaulle: “Todas las guerras son malas, porque simbolizan el fracaso de toda política. Pero las guerras civiles, en las que en ambas trincheras hay hermanos, son imperdonables, porque la paz no nace cuando la guerra termina”.

    En efecto, al término de la brutal contienda civil de 1936-1939 no habría de llegar a España la Paz sino la Victoria y una larga dictadura. Y entonces pudo comprobarse que, cualesquiera que hubieran sido los graves problemas imperantes en el verano de 1936, el recurso a las armas había sido una mala “solución” política y una pésima opción humanitaria. Simplemente porque había ocasionado sufrimientos inenarrables a la población afectada, devastaciones inmensas en todos los órdenes de la vida socio-económica, daños profundos en la fibra moral que sostiene unida toda colectividad cívica y un legado de penurias y heridas, materiales y espirituales, que tardarían generaciones en ser reparadas.

    El balance de pérdidas humanas es terrorífico, puesto que registró las siguientes víctimas mortales: 1º) Entre 150.000 y 200.000 muertos en acciones de guerra (combates, operaciones bélicas, bombardeos). 2º) Alrededor de 155.000 muertos en acciones de represión en retaguardia: cien mil en zona franquista y el resto en zona republicana. Y 3º) En torno a 350.000 muertos por sobre-mortalidad durante el trienio bélico, derivada de enfermedades, hambrunas y privaciones.

    Por si fuera poco, a esa abultada cifra de víctimas habría que añadir otras dos categorías de pérdidas cruciales para el devenir socio-económico del país: 1º) El desplome de las tasas de natalidad generado por la guerra, que provocó una reducción del número de nacimientos que se ha situado en unos 500.000 niños “no nacidos”. 2º) El incremento espectacular en el número de exiliados que abandonaron el país, ya de manera temporal (quizá hasta 734.000 personas) o ya de forma definitiva (300.000: el exilio republicano español de 1939).

    Recordar hoy aquel 18 de julio de hace 80 años que abrió las puertas al abismo en España no sólo quiere dar a conocer mejor lo que fue una inmensa carnicería que traumatizó a una sociedad. También supone ejercitar una obligación de profilaxis cívica apuntada dos milenios atrás por Cicerón, que padeció en primera persona las guerras civiles que acabaron con la República en Roma: “Cualquier género de paz entre los ciudadanos me parecería preferible a una guerra civil”. Con su corolario: “Nunca más la guerra civil”.

    Enrique Moradiellos es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura.

    El futbolista y el cura

    22 abril, 2016

    Fuente: http://www.elpais.com

    Di Canio, durante su presentación como entrenador del Sunderland
    Di Canio, durante su presentación como entrenador del Sunderland Ian MacNicol Getty Images

    Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra” —John Donne

    Un club de fútbol ficha como entrenador a un personaje repelente. Su manera de entender el mundo atenta contra los antiguos valores del club. Pero es un ganador y el club está desesperado por ganar. A cambio de victorias, o de la promesa de victorias, vende su alma al diablo. Decide que el éxito en el campo vale más que el honor, que ganar partidos justifica el sacrificio del señorío.

    Hablamos, por supuesto, del Sunderland, equipo leyenda del noreste de Inglaterra, club triunfador a finales del siglo XIX y principios del XX. Hablamos de su decisión, anunciada hace una semana, de contratar a Paolo di Canio como entrenador. Di Canio, un ex jugador italiano, se ha definido durante años como fascista, en el sentido estricto de la palabra: no ha disimulado su admiración por Benito Mussolini. No solo lleva un tatuaje en el brazo con la palabra Dux, sobrenombre latino por el que al dictador italiano le gustaba que le conocieran, sino que él mismo lo confesó en 2005. “Soy fascista,” dijo. Aunque rápidamente, y curiosamente, agregó: “pero no soy racista”.

    La distinción no convenció a David Milliband, un excanciller laborista británico, que dimitió como vicepresidente del Sunderland nada más conocerse el nombramiento del italiano. El resto de la directiva del club careció de la misma claridad moral. El terror, muy real esta temporada, de descender a la Segunda División inglesa y la convicción de que Di Canio era el hombre indicado para evitar la catástrofe les nubló el pensamiento. Los que nombraron a un fascista como entrenador eran los mismos que unas semanas antes habían tomado la decisión de crear una alianza formal entre el club y la Fundación Nelson Mandela.

    Tras recibir la carta de un decano, Di Canio asegura que rechaza el fascismo. ¿Lo dijo de corazón?)

    Mandela fue el antiHitler del siglo XX, el líder cuya grandeza consistió en unir a un pueblo dividido, no en fomentar el odio y en masacrar a sus enemigos. Lo que hizo el Sunderland fue optar por agitar dos banderas, con una mano la de Mandela; con la otra, la de Mussolini, el amigo de Hitler. Los dos tiranos, creadores del original “eje del mal”, fueron aliados en la Segunda Guerra Mundial. Mussolini fue cómplice del exterminio de seis millones de judíos.

    Pero en una rueda de prensa el martes Di Canio se negó, con indisimulada irritación, a contestar preguntas sobre sus creencias políticas. El día siguiente un cura entró en la contienda. El decano de la catedral de Durham escribió una carta a Di Canio. Le dijo que siempre había sido un ‘supporter’ del Sunderland; le dijo que su madre había sido judía y había tenido parientes que murieron en los campos de concentración nazis; le explicó lo de la complicidad genocida de Mussolini con Hitler y lo inexplicable que era declararse fascista y no racista; le dijo que no quería que “tendencias tóxicas de extrema derecha” contagiaran a la juventud de su comunidad; le dijo que si no renunciaba públicamente al fascismo se le iba a poner muy difícil a él –el cura- mantenerse leal al club de su vida.

    Y escribió una cosa más. Que el fútbol no era un isla, un fenómeno apartado del mundo. “La política y los deportes de alto perfil pertenecen, como la religión, a la totalidad de la vida”. Ahí estuvo la esencia del mensaje del decano de Durham, la gran verdad que Di Canio y los señores que lo contrataron habían querido negar.

    Di Canio recapacitó. Las palabras del religioso tuvieron el impacto deseado y el italiano respondió, al final, como Dios manda. Renunció a sus antiguas herejías. En una declaración oficial dijo: “No soy político. No estoy afiliado a ninguna organización, no soy racista y no apoyo la ideología del fascismo. Respeto a todo el mundo”.

    ¿Lo dijo de corazón? Eso solo él lo sabe. Pero uno tiende a sospechar que el flirteo de Di Canio con el fascismo fue, en realidad, una chiquillada, la pose de machito de un adolescente de 44 años que no entendía lo que decía o pensaba. Lo importante es que, al menos mientras Di Canio siga en Inglaterra, no hay marcha atrás. El ambiente que rodea al fútbol se ha vuelto menos tóxico. Eso no pasa todos los días y representa una pequeña victoria, digna de celebrar.

    Lo único que queda por ver ahora es si se borra ese estúpido tatuaje del brazo.