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¿Quién teme a la competencia y quién vive del Estado?

23 junio, 2017

Fuente: http://www.juantorreslopez.es

Uno de los mitos económicos que con mayor éxito se han difundido siempre es el que vincula la mayor competencia con los intereses de las empresas y su defensa con la práctica de las derechas, mientras que a los trabajadores y a sus representantes, sindicatos o partidos de izquierdas, se les achaca el querer siempre vivir a expensas del Estado y de las rentas que generan los demás.

Parece mentira que después de tantos años de poder comprobar cómo funcionan en realidad las economías capitalistas se pueda decir algo así, pero lo cierto es que se dice a diario y con un extraordinario efecto de convicción.

Parece mentira porque lo cierto es que las grandes empresas no sólo no desean la competencia, que es el principal motor de los mercados eficientes, sino que son, por regla general, la primera causa de que desaparezca. No creo que se pudiera encontrar en todo el planeta una sola gran empresa que se precie y que no tenga un departamento orientado precisamente a combatir la competencia y, más concretamente, a tratar de influir de cualquier modo para que los gobiernos legislen de la manera que les sea más conveniente, concediéndole privilegios y más poder de mercado. Se podrían contar por miles las normas legales, desde las leyes más generales a las directrices más concretas, que han salido directamente de alguno de esos departamentos sin que en los parlamentos se haya podido modificar una coma en beneficio colectivo. Quien ha tenido alguna experiencia legislativa o de gestión lo sabe perfectamente.

La colusión y los acuerdos para acabar con la competencia son la regla precisamente porque ésta es el mayor enemigo de las empresas que solo buscan ganar cada vez más dinero, puesto que allí donde hay más competencia los precios son más bajos y no se disfruta de beneficios extraordinarios. Por eso, las absorciones, las fusiones, los cárteles, los holdings… las diferentes formas de concentración y centralización del capital han sido siempre el hilo conductor del capitalismo y no hay un sector económico consolidado en donde la lógica imperante no sea la de cada vez menos empresas dominando el mercado. Mercado sí, pero sin competencia y bien protegido por las normas que el Estado promulgue al dictado de la gran empresa o de la banca.

El gran Adam Smith se dio cuenta muy pronto de ello y lo expresó con palabras tan sabias como bellas: “Rara vez se verán juntarse los de la misma profesión u oficio, aunque sea con motivo de diversión o de otro accidente extraordinario, que no concluyan sus juntas y sus conversaciones en alguna combinación o concierto contra el beneficio común, conviniéndose en levantar los precios de sus artefactos o mercaderías”.

La competencia suele ser el caldo de cultivo de las innovaciones, del progreso y del lucro, pero la paradoja es que su efecto benéfico desaparece en la misma medida en que el afán de lucro creciente se impone y la destruye. Las empresas y bancos que quieren ser cada día más grandes y aumentar sin descanso sus cifras de resultados saben que es verdad lo que se ponía en boca del Nobel de Economía John Nash en la película Una mente maravillosa: “la competencia siempre produce perdedores”. Por eso no la desean y luchan diariamente por acabar con ella.

A pesar de ello, como decía, el relato dominante es que las empresas y las derechas que defienden sus intereses buscan generalizar la competencia en los mercados mientras que los trabajadores solo quieren vivir de los demás.

Muchos datos reflejan que tampoco esto último es cierto, ni lo es ahora ni lo ha sido a lo largo de la historia.

En mi libro Economía para no dejarse engañar por los economistas menciono, por ejemplo, los resultados de diversas investigaciones realizadas por Anwar Shaikh y Ahmet Tonak que demuestran para Estados Unidos que quienes se “benefician” del Estado de Bienestar (que los liberales consideran como el mayor de los expolios) contribuyen a financiarlo a través de impuestos con cantidades mayores de las que suponen los beneficios que reciben. Y a conclusiones parecidas se ha llegado en otros países. Como en España, donde sabemos que las transferencias monetarias del Estado benefician en mayor medida a los grupos de mayor renta. Por no hablar de las ayudas estatales directas o indirectas de todo tipo que viene recibiendo los bancos y grandes oligopolios o, más sencillamente, las decisiones de gasto que toman los gobiernos sin otro sentido que proporcionarles negocio tras negocio. ¿Qué gran empresa, qué banco, qué gran fortuna existiría como tal en España sin la ayuda del Estado? Posiblemente sobrarían dedos de las manos para poder contarlas.

Afirmar que las clases trabajadoras son los grupos sociales parasitarios que viven de los demás no es solo un mito sin fundamento sino una contradicción en su propio término porque es materialmente imposible que se pueda crear cualquier tipo de riqueza sin el trabajo y lo cierto es que los propietarios del trabajo solo reciben una pequeña parte del valor total que generan con su colaboración de todo tipo en la producción.

Son las grandes empresas, los bancos y las grandes fortunas que se generan en su entorno quienes han asaltado los Estados y conquistado el poder que les permite vivir de rentas y no de la innovación y el riesgo, protegerse con normas y leyes que ellos mismos escriben y apropiarse de la riqueza de otros, limpiamente unas veces y corruptamente las más, como desgraciadamente estamos viendo día a día en nuestro país.

Dicho esto, no puede negarse, sin embargo, que si el mito se ha difundido hasta la saciedad es en cierta medida porque buena parte de las izquierdas y de la representación de las clases trabajadoras han tenido históricamente una evidente confusión sobre la realidad que hay detrás del capitalismo. Lo han vinculado equivocadamente con el mercado y no han sabido apreciar que, aunque parezca una paradoja, la competencia y la eficacia en la generación de riqueza son y deben ser perfectamente compatibles con la solidaridad, con el bienestar colectivo e incluso con la cooperación. Y han creído con demasiada frecuencia que los ingresos y la riqueza son una especie de don o que el progreso y lo revolucionario consiste en creer que todo es gratis.

No todos los economistas predicen mal

21 junio, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Los economistas tenemos mala fama por muchas cosas pero principalmente por lo poco que acertamos en nuestras predicciones.

La crítica parece que tiene fundamento si nos atenemos a lo que ocurre con las más conocidas, las que suelen difundirse con privilegio en los medios y las que hacen los economistas más afamados. La verdad es que los fallos de predicción sobre circunstancias tan importantes como una gigantesca crisis económica mundial son tan evidentes que resulta fácil pensar que no hay otra profesión tan propensa al error como la de los economistas.

Incluso cuando la crisis estaba ya enseñando sus pezuñas por debajo de las puertas, los expertos de los grandes organismos económicos internacionales, de los gobiernos y los que entonces asesoraban a los grandes partidos políticos, afirmaban con toda seguridad que la economía iba viento en popa.

En su Informe Anual de 2006, los economistas del Banco de España (los mismos que se presentan siempre a la gente como los únicos que saben lo que hay que hacer para arreglar nuestros problemas) decían muy seguros en 2007 que proseguía “la fase de expansión de la economía española” y las perspectivas apuntaban “a su continuidad en el horizonte más inmediato”. En su opinión, solo cabía esperar “algunas incertidumbres sobre la continuidad del crecimiento de la economía”, pero “en horizontes más alejados”. Y en el que elaboraron a mediados de 2008 decían que lo ocurrido en 2007 era solamente un “episodio de inestabilidad financiera”. Los economistas que hacían las predicciones de la OCDE escribían en el informe de Perspectivas Económicas de septiembre de 2007 cuyo “pronóstico central” [sobre la situación económica venidera] seguía siendo “bastante benigno”. Y los que se creen los más grandes entre los grandes oráculos de la economía dominante, los economistas del Fondo Monetario Internacional, decían a mediados de 2007 que no había “razones para preocuparse por la economía mundial”. Su subdirector gerente hablaba en ese momento de “la favorable situación económica mundial” y el ínclito Rodrigo Rato, que por entonces combinaba sus negocios corruptos con la máxima jefatura del FMI, aseguraba que la economía mundial mantendría “su buena marcha”. A nadie pudo extrañar entonces que los economistas que asesoraron al Partido Popular y al PSOE para elaborar sus respectivos programas electorales asegurasen en ellos que en la legislatura 2008-2012 se alcanzaría en España el pleno empleo. Auténticas luminarias todos ellos.

Recurrentemente, desde finales de los años ochenta se vienen presentando informes sobre los escenarios futuros de nuestro sistema de pensiones públicas. Diversos economistas los elaboraban con cálculos sofisticados que les permitían predecir que en los años venideros, 1995, 2000, 2005, 2010… nuestra Seguridad Social entraría en déficit. Ninguno de ellos acertó en alguna ocasión. Se equivocaron siempre en sus predicciones.

Los economistas que trabajaban en las grandes agencias de calificación para evaluar los productos financieros que difundían los bancos también se equivocaron radicalmente en sus valoraciones y predicciones. Algunos estudios posteriores han demostrado con sus propios datos internos que el riesgo de que se produjeran insolvencias en sus cálculos resultó 230 veces más bajo que el real.

Se podrían poner docenas de ejemplos más de este tipo de fallos clamorosos de predicción, pero no vale la pena torturarse. Lo cierto es que se producen y que la gente asume que los economistas no aciertan nunca. Pero no es cierto que eso le ocurra a los economistas en general.

La idea de que los economistas no aciertan a predecir ni el pasado solo se puede mantener si se contempla la opinión más divulgada, las predicciones de los economistas vinculados a los grandes centros del poder y a una sola parte de la profesión. Basta con abrirse a otros ámbitos de la investigación económica para comprobar que muchos economistas sí que predicen con acierto. Como también es fácil descubrir que hay unas claras pautas de análisis, hipótesis de partida que son las que llevan a equivocarse mientras que a partir de otras diferentes se descubre con acierto lo que puede ir ocurriendo en el futuro.

La clave del asunto radica en que los que más se equivocan son casualmente los economistas que defienden las políticas dominantes, los vinculados a los grandes centros del poder o los que escriben financiados por todos ellos y quienes parten de las hipótesis analíticas más ortodoxas. Puede parecer un prejuicio, pero creo que es la verdad. Como detallo en mi libro Economía para no dejarse engañar por los economistas, cuando se repasan los organismos que peores predicciones han hecho sobre la evolución del PIB español en los últimos años, por ejemplo, los que aparecen son el Banco de España, el FMI, la OCDE, el gobierno de España, la Comisión Europea, el Consejo Superior de Cámaras de Comercio o el Banco Santander. Es decir, los grandes centros del poder económico y financiero. Y si se repasa la lista de los economistas que han hecho predicciones sobre el futuro de la seguridad social, es fácil comprobar que quienes se han equivocado más son casualmente los autores de informes financiados por entidades financieras.

Es verdad que las causas de los errores de predicción de los economistas no son solamente el irrealismo de sus postulados analíticos o la dependencia del poder. Influye también la dificultad intrínseca que tienen los hechos económicos para ser analizados debido a su naturaleza compleja y a lo complicado que resulta medir las variables a partir de las que se pueden analizar (Samuel Williamson ha descubierto que la pregunta sobre cuánto creció el PIB del Reino Unido en 1959 ha tenido 18 diferentes respuestas por parte de diversas oficinas estadísticas y diferentes investigadores). Como también influye la prepotencia de la profesión, que rechaza más que ninguna otra, según indican las encuestas, el contacto con otras ciencias o la diversidad de planteamientos teóricos.

Pero, en todo caso, basta con ir a las bibliotecas para comprobar que todos los economistas no se equivocan a la hora de analizar la realidad o de hacer predicciones.

El caso de la crisis reciente es otra vez paradigmático. ¡Cuántas veces se ha dicho que nadie pudo preverla! Tantas, que la gente ha terminado por creerlo y por pensar que los economistas somos todos un desastre. Sin embargo, Dirk Bezemer analizó la producción científica de un buen número de ellos tratando de averiguar si era cierto que ninguno había anticipado la crisis financiera de las hipotecas basura y sus consecuencias inmediatas. Encontró que al menos doce habían publicado trabajos o artículos con una predicción concreta y certera y con alguna referencia temporal sobre lo que iba a ocurrir a partir de sus propios análisis de la situación económica y financiera. Y lo interesante es que su análisis de esos aciertos muestra que se producen desde posiciones teóricas o ideológicas dispares pero que coinciden en hipótesis esenciales que no asumen otros economistas sobre las finanzas y la deuda y en realizar sus investigaciones con independencia de los grandes grupos de interés. Hay economistas que aciertan. Los que son independientes y no se aferran a su exclusivo saber sino que recurren al de los demás y están dispuestos a dudar de sus propios postulados. Para descubrirlos solo es necesario ir un poco más allá de donde nos quieren hacer creer que acaban las fronteras del saber que no es sino allí donde se ponga algo en cuestión el orden establecido.

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Aquí puedes leer el anterior artículo de Juan Torres de la serie Desvelando mentiras, mitos y medias verdades económicas: ¿Quién teme a la competencia y quién vive del Estado?

Liberales: Defienden el mercado, pero no la libertad

18 junio, 2017

Fuente: http://www.juantorreslopez.com

05 de Mayo de 2017

Publicado en eldiario.es el 1 de mayo de 2017

La última salida de la política de Esperanza Aguirre permite reflexionar también sobre el sentido y el significado real que tiene el liberalismo económico contemporáneo, y no sólo en nuestro país.

Esperanza Aguirre, y quienes la han rodeado, se presentaba a sí misma como la expresión de la política liberal más auténtica, como una Thatcher española capaz de darle la vuelta a la sociedad y a la ideología dominantes. Y a su alrededor se han cobijado en los años en que ha estado en el poder los liberales más preclaros de la vida social española, intelectuales, catedráticos, inversores, grandes empresarios y jóvenes delfines, todos ellos predicadores de la “libertad de mercado” y enemigos acérrimos de todo tipo de intervencionismo público y estatal (del cual, por cierto, obtienen buenas rentas la inmensa mayoría de ellos).

Los seguidores de Esperanza Aguirre y ella misma han sido los más vibrantes defensores del mercado como mecanismo supremo de solución de todos los problemas económicos. Y lo curioso es que esa defensa exacerbada del mercado se ha conseguido equiparar (es verdad que no sólo en España y en el entorno de Esperanza Aguirre) con la defensa de lo eficiente, de la máxima competencia y, lo que todavía resulta más increíble, de la libertad. En contra de esa retórica liberal que entroniza al mercado, lo que el gobierno de una liberal como Esperanza Aguirre ha supuesto en la práctica está bien claro: una conspiración constante para disponer del poder público suficiente que permita acumular la mayor cantidad posible de riqueza pública en manos privadas. Una conspiración a veces tan enfermiza y acentuada que ha terminado convirtiéndose, según se va descubriendo, en el origen de una auténtica organización criminal dirigida a vaciar a manos llenas las arcas del Estado.

La eficiencia de las políticas liberales que ha llevado a cabo Esperanza Aguirre está igualmente clara cuando se comprueba que las privatizaciones efectuadas sólo han servido para poner recursos hasta entonces públicos en manos privadas, pero no para generar menores costes o más eficiencia. La privatización de amplios sectores de la sanidad o la educación no ha creado servicios mejores, más eficientes, más transparentes o más baratos, sino que, por el contrario, ha generado mayor gasto, aunque, eso sí, ahora destinado a colmar los bolsillos privados. Y es normal que eso haya sido lo que ha ocurrido porque la identificación automática entre mercado y competencia, eficiencia o libertad no es sino un gran mito sin ningún fundamento objetivo o científico.

Defender el mercado sin ningún otro matiz, como suelen hacer los liberales, es una simpleza porque en realidad no existe “el” mercado. Mercados hay muchos, con naturaleza y efectos muy variados, y para que se pueda decir que un mercado es plenamente eficiente o mejor que una buena decisión pública, a la hora de asignar recursos, deben darse una serie de condiciones y requisitos muy estrictos (por ejemplo, información perfecta y gratuita a disposición de todos los sujetos, plena homogeneidad de los productos y ausencia total de barreras de entrada a los mercados) que es casi, por no decir que totalmente, imposible que se den en la realidad.

La competencia, lejos de ser una condición innata o consustancial a los mercados, es desgraciadamente lo primero que se quiebra cuando los mercados se pone a funcionar si éstos no están convenientemente regulados, es decir, si no hay un buen anillo de derechos de propiedad que proteja a los mercados de sí mismos, de las fuerzas auto destructoras que genera el afán de lucro desmedido, la concentración de la riqueza y la vía libre para los más poderosos, condiciones que son las que suelen predominar en los mercados contemporáneos. No hay forma posible de hacer que los mercados se acerquen al ideal de la eficiencia y la competencia que no sea la de una buena regulación, el establecimiento de un adecuado sistema de normas. Y eso sólo puede garantizarse justamente cuando hay un Estado que funciona correctamente y, sobre todo, no sometido a los dictados del propio poder de mercado del que disponen quienes tienen privilegios en su seno. ¿Acaso privatizar para destinar más recursos, más servicios o más obras, más negocio, a los grandes promotores y constructores que dominan en condiciones de oligopolio el mercado tiene algo que ver con la competencia perfecta y con la mayor eficiencia? Debilitar al Estado, como hacen los liberales cuando gobiernan, es lo contrario de lo que se precisa para fortalecer la competencia y la eficiencia, y justo lo que desean quienes ya tienen gran poder de mercado para aumentarlo.

Los mercados de hoy día, los que han contribuido a diseñar y a proteger las políticas liberales de nuestro tiempo, son mucho más imperfectos que nunca y, por tanto, más ineficientes. Es una quimera, por no decir que un miserable engaño, decir que en ellos predominan la competencia o que sólo allí es donde la eficiencia va a alcanzar su máxima expresión. Ocurre todo lo contrario: lo que han conseguido las políticas liberales como las que han puesto en marcha los gobiernos de la liberal Esperanza Aguirre ha sido erradicar todavía más la competencia, oligopolizar los mercados y hacerlos, en consecuencia, mucho más ineficientes, y mucho más onerosos para la inmensa mayoría la población.

Pero si hay un mito singularmente exagerado en relación con el liberalismo es el que hace creer que al defender los mercados se defiende la libertad en su sentido prístino, en su más auténtica expresión. Es un mito porque lo que hacen las políticas liberales con el pretexto de dar libertad a los mercados es simplemente aumentar la de quienes los dominan en su exclusivo beneficio. La libertad en el mercado es una auténtica quimera cuando los derechos, o quizá mejor dicho los poderes de apropiación están definidos de una manera tan desigual y asimétrica como hoy día lo están. En las condiciones de funcionamiento de los mercados que imponen las políticas liberales, que en España no son otras que las que benefician a las más grandes empresas, la libertad que puede alcanzarse solo es la misma que Anatole France decía irónicamente que proporcionaba el derecho en nuestras sociedades: “La Ley -decía-, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan”.

De hecho, la paradoja más grande que tienen los mercados es que, incluso si se dieran las condiciones que les permitieran ser completamente eficientes con carácter general, es decir, en todos los ámbitos de la economía, se necesitaría una autoridad central, o hablando en plata un dictador, que distribuyera satisfactoriamente la renta.

La razón es sencilla y la explico con más detalle en mi libro Economía para no dejarse engañar por los economistas (Ediciones Deusto): de ser eficientes (lo que ya de por sí es dudoso), los mercados solo lo serían logrando que los sujetos económicos adquieran los bienes y servicios en su uso más valioso o más barato. Pero es evidente que para que los sujetos puedan adquirir (eficientemente) esos bienes y servicios deben de haber dispuesto ya de ingresos. Y también lo es que, una vez adquiridos los bienes, la distribución de esos ingresos ya es diferente a como lo era antes del intercambio realizado. Por tanto, para que se pueda decir que los intercambios llevados a cabo en los mercados proporcionan a todos los sujetos (a la sociedad en general) la máxima satisfacción o bienestar, es imprescindible que todos los sujetos estén satisfechos con la distribución de la riqueza inicial y con la resultante. Y como esa satisfacción no la puede dar por definición el mercado ha de darla una autoridad central, el dictador. Un significativo detalle que se le olvida mencionar a los liberales cuando nos quieren hacer creer que al defender el mercado defienden la libertad.

Mercado y libertad son dos conceptos que, en realidad, no tienen por qué coincidir y que, en las condiciones de mercados imperfectos que crean las políticas liberales, es cuando menos coinciden. Los liberales defienden el mercado que les conviene a los grandes oligopolios pero de esa forma no defienden ni la competencia, ni la eficiencia ni, por supuesto, la libertad.

Fascismo del bueno

16 junio, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

https://www.ivoox.com/player_ej_18626184_4_1.html?c1=ff6600

¡Le Pen ha caído, hemos vencido al fascismo, viva Macron! Pues ya está. Problema resuelto. Muerto el perro de las elecciones francesas, se acabó la rabia fascista y podemos seguir con la orgía capitalista como si aquí no hubiera pasado nada. Como si el capitalismo salvaje, el capitalismo de amiguetes y el neoliberalismo no hubieran tenido nada que ver en el regreso del fascismo. Cuando el sistema se vino abajo con la crisis, Sarkozy dijo que iban a refundar el capitalismo, o sea, que iban a recoser a Frankenstein. Hoy ni eso. Nos hemos librado de la bruja, que siga la fiesta. ¡Vive la France, vive le capital!

El paso del alivio al olvido ha sido instantáneo. Nos olvidamos de que las políticas financieras de los Macron de turno nos han traído a las Le Pen y de paso enaltecemos un poquito el libre mercado sin hacer ni una mínima autocrítica. Al contrario, la derecha ha aprovechado la victoria de Macron para hacerse un blanqueamiento que ríete tú de Michael Jackson. La pirueta ha sido de circo mundial. No sólo se han quitado de encima toda responsabilidad sobre el populismo y se la han echado a la izquierda, además le quieren quitar el sitio histórico en la lucha contra el fascismo. De pronto, toda la derecha es de extremo centro y antifascista. Cágate lorito.

O sea que porque Mélenchon, sus militantes y otros izquierdistas no han querido votar a favor del mal menor (discutible, pero defendible para antifascistas que también son anticapitalistas), ahora resulta que los demócratas, los defensores de las libertades y derechos sociales, los garantes de la democracia, son los que han vendido la soberanía popular al capital. Acabáramos.

Sin duda, la izquierda europea ha fracasado y ha dejado que la ultraderecha gane terreno porque se ha entregado al lado oscuro (los socialistas) o porque no ha sabido conectar con las necesidades materiales del pueblo (el resto), como sí ha hecho el populismo nacionalista y xenófobo. Pero lo que más contribuye al fascismo ideológico es la ideología de Mercado. O mejor dicho, la teología del Mercado, el ultraliberalismo, que es el nuevo fascismo.

Siento utilizar un término tan desgastado pero realmente es totalitario, fascista, su control de las masas y las mentes, su aplastamiento de las personas, su destrucción del planeta, su crueldad, voracidad e indiferencia con los que sufren y las guerras, hambrunas, expolios, esclavismo, pobreza y desigualdad que provoca. Es la nueva dictadura de aspecto blando pero de efectos devastadores como los totalitarismos de antaño.

Del nacionalsocialismo hemos pasado al “multinacional socialismo para empresas”. Eso es el neoliberalismo: socialismo para empresarios, el Estado al servicio de las multinacionales, no de las naciones. El fascismo de antes era feo, rudo, militar. El de hoy es tan suave, agradable y atractivo que llamarlo fascismo parece de mal gusto, exagerado, demagógico. Es fascismo cuqui. Fascismo que mola. El fascismo cool de nuestras sociedades progresistas y avanzadas. Como dice el cómico Ignatius Farray es… ¡fascismo del bueno!

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El experimento de la renta básica en Finlandia da sus frutos: primeros signos positivos

15 junio, 2017

Fuente: http://www.eleconomista.es

ELECONOMISTA.ES

8:34 – 10/05/2017
  • Los desempleados ha logrado que su salud mental mejore con la ayuda
  • Los niveles de estrés han caído y se puede buscar un trabajo más adecuado
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Foto: Getty.

Más de cuatro meses después de que se pusiese en marcha el experimento con 2.000 desempleados de la renta básica en Finlandia, llegan los primeros resultados y parece que son positivos. Algunos parados que pasan por situaciones personales complejas ven como su estrés se reduce gracias a esta prestación. Además, como su cuantía es relativamente pequeña no desincentiva la búsqueda de trabajo, por el momento.

Este experimento comenzó el 1 de enero de 2017. Kela, la institución de la Seguridad Social que se encarga de llevar a cabo este programa, transfiere mensualmente 560 euros al mes a 2.000 desempleados con edades comprendidas entre los 25 y los 58 años. En principio se prevé que este plan se extienda durante dos años para poder analizar sus efectos a medio plazo. Este tipo de renta garantizada sustituye el resto de subvenciones o transferencias públicas, lo que mejora la eficacia del sistema público.

Marjukka Turunen, directora de gestión de cambios de Kela, explica que el plan está teniendo algunos efectos positivos: “La idea es darle a estas personas una seguridad financiera para que puedan liberar sus mentas y no preocuparte por el tiempo, por el dinero y por las necesidades básicas”.

Una red de seguridad básica

Las personas que reciben la renta básica pueden centrarse en reciclar sus habilidades y sus conocimientos para alcanzar un puesto de trabajo acorde con sus preferencias, mientras que sin esta red de seguridad muchos de ellos tendrían que aceptar cualquier trabajo, incluso a tiempo parcial, con el objetivo de no perder la prestación por desempleo convencional.

Según Turune, las personas que están recibiendo este ingreso básico garantizado han dado muestras de una mejora en la calidad de su vida, debido a una reducción del estrés que soportan.

“Hubo una mujer que aseguraba que temía que sonase su teléfono porque podían ser los servicios de desempleo ofreciendo un trabajo cualquiera… ella explicaba que no podría asumir cualquier trabajo porque está cuidando a sus padres de edad avanzada en su casa. Este experimento tiene un impacto real sobre la salud mental de las personas”, explica este funcionario finlandés.

Este experto señala que la cifra monetaria de la renta básica es fundamental para no distorsionar el mercado: “Si usted da a la gente 1.450 euros, no habría ningún incentivo para buscar trabajo porque muchas personas podrían subsistir fácilmente con esa cantidad en Finlandia”.

“Tratamos de averiguar la cantidad precisa para que las personas encuentren cierta seguridad, pero a la vez sigan buscando empleo en lugar de quedarse en casa sin hacer nada”, explica Turune.

Con 560 euros al mes se puede sobrevivir en algunos casos, pero si tienes un hijo o personas a cargo la situación cambia radicalmente. “La idea es que den por seguros esos 560 euros al mes”.

Macron, el hombre para que nada cambie

12 junio, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Los analistas no paran de insistir en el vuelco del panorama político francés, con el desplome de los partidos tradicionales. Es una verdad a medias porque el nuevo presidente, Emmanuel Macron, es un representante neto del poder económico y empresarial francés y de las políticas neoliberales europeas. Todos sus supuestos méritos revolucionarios son meras patinas estudiadas y explotadas para promover su imagen novedosa y moderna: joven, culto (titulado en Filosofía con una tesis sobre Hegel), sensible al arte (sus seis años de piano), romántico y fiel al amor (casado desde hace diez años con la profesora que conoció con 17, y 24 años más mayor).

Si se estudia la trayectoria de Macron se confirma que simplemente es un cachorro de las finanzas y las élites políticas tradicionales. Estudió en los jesuitas y con 16 años se trasladó a París y se formó en Sciences-Po (Instituto de Estudios Políticos de París), una fundación privada considerada grand établissement, un reconocimiento atribuido a algunos centros de enseñanza superior de prestigio. Posteriormente se forma en la Escuela Nacional de Administración (ENA), el granero de las élites políticas francesas. Una gran mayoría de los antiguos alumnos de la ENA controlan la vida política y económica en Francia, por lo que es criticada por su papel en la selección y reproducción de las élites y de la burocracia francesa.

Con solo 33 años, fue socio de la banca Rothschild. Allí Macron se hizo rico en poco tiempo, entró en Rothschild en 2008 y como directivo de esta banca fue encargado de uno de los mayores acuerdos del año: la OPA de Nestlé a una filial de Pfizer, lo cual le permitió convertirse en millonario. La transacción tuvo un valor de nueve mil millones de dólares.

En realidad Macron, como Joseph Fouché durante la revolución francesa y el periodo napoleónico, nunca tuvo partido. Su primera actividad política destacada tuvo lugar en 2008 como ponente de una comisión de expertos sobre el crecimiento económico, encargada por Nicolas Sarkozy y animada por el antiguo consejero socialista Jacques Attali. Esta comisión Attali permitió a Macron codearse con grandes empresarios, como el propietario de la compañía de seguros Axa, Claude Bébéar; el presidente de Nestlé, Peter Brabeck; o el gestor de fondos de inversiones Serge Weinberg. De hecho, este último fue quien lo promocionó como gerente asociado del Banco Rothschild en Francia.

Apoyó la candidatura de François Hollande en las primarias de 2011. En mayo de 2012 se convirtió en secretario general adjunto del Elíseo, cuya función es aconsejar al presidente de la República sobre cuestiones económicas. Macron reivindica una postura liberal. A él le achacan el giro que dio el Gobierno de Hollande en favor de las empresas.

Hollande le nombra ministro de Economía en agosto de 2014, lo que es considerado como una clarificación ideológica, al alejarse de la izquierda y adoptar ideas de derecha. Diseñó la controvertida política económica del presidente François Hollande hasta junio de 2014, que no tuvo nada de socialista provocando la impopularidad de Hollande por abandonar todas sus promesas progresistas. En sus dos años en el Elíseo, fue el encargado de mantener el nexo del presidente con los grandes patronos. También quien tuvo que calmar a las grandes fortunas, a las que Hollande quiso gravar con un 75% de impuestos pero que acabó con unas millonarias rebajas en impuestos y cotizaciones sociales de las empresas. En la campaña electoral Macron fue acusado de haber gestionado durante su Gobierno casos de empresas con las que había tratado anteriormente cuando fue banquero de negocios.

Cuando observa el hundimiento del presidente al que le diseñó la política económica, le abandona como ministro y crea un movimiento político, ¡En Marcha!, que coincide con sus iniciales y con el que alcanza la presidencia. “La honestidad me obliga deciros que ya no soy socialista”, dijo. Como si lo hubiese sido en sus decisiones políticas como ministro.

Para entonces ya Emmanuel Macron llevaba un tiempo poniendo en marcha –nunca mejor dicho– toda su maquinaria de seducción y contactos. El periodista Enric González revelaba que “durante sus últimos ocho meses en el cargo, entre enero y agosto de 2016, Macron gastó 120.000 euros en cenas celebradas en su apartamento privado, un ático acristalado ante el Sena encima del complejo ministerial de Bercy. Haciendo una división simple, salen 500 euros por noche. Los funcionarios de la oficina presupuestaria estaban asombrados. Comprobando facturas descubrieron que algunas noches había dos cenas, una detrás de otra. El movimiento de invitados y cocineros era frenético. Por el ático de Bercy pasó todo el que representaba algo en la política, las finanzas, la empresa, la comunicación y el espectáculo. Fue una gigantesca operación de seducción de la que surgió la red de apoyos que está a punto de llevarle a la presidencia de la República”.

El resultado es un candidato que despierta simpatía entre buena parte de los dirigentes del Cac40 (el Ibex35 de la bolsa de París). Le apoyan grandes empresarios próximos al socialismo francés, como Pierre Bergé (copropietario del diario Le Monde), y también una parte de la patronal tradicionalmente vinculada a la derecha, como el propietario del grupo de lujo Louis Vuitton (Bernard Arnault) o Vincent Bolloré (presidente de los grupos Canal + y Vivendi). Igualmente le respaldan los dirigentes de las nuevas compañías tecnológicas francesas y ha recibido el apoyo del fundador de la compañía de videojuegos Atari y empresario en el sector de la robótica, Bruno Bonnell; y del fundador de la web de citas Meetic, Marc Simoncini.

Macron aspira, de hecho, a presentarse “como el candidato del nuevo capitalismo francés, de un patronato más moderno y favorable a la globalización”. El periodista Enric Bonet señala que el equipo de campaña de Macron lo componen dirigentes de multinacionales francesas. Uno de los encargados de elaborar su programa en materia de seguridad y defensa es Didier Casas, el director general adjunto de la compañía de telefonía móvil Bouygues. Mediapart revelaba que en el núcleo duro de ¡En Marcha! se encontraban jóvenes del entorno del que fue director gerente del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss Kahn. Dos agencias de comunicación trabajan habitualmente por el movimiento Little Wing y Jésus & Gabriel. Como se ve, todo “muy revolucionario”.

Al más puro estilo postrealidad de Donald Trump, a la semana de crear su movimiento, Emmanuel Macron dijo que ya contaba con 13.000 miembros, “uno cada 30 segundos”. El semanario Le Canard Enchaîné se encargó después de aclarar que lo que Macron llamaba miembros eran sencillamente los clics que había recibido su página.

En cuanto a las finanzas de ¡En Marcha! el encargado de la colecta de fondos de campaña fue Christian Dargnat, exdirigente del banco BNP Paribas, y Françoise Holder, cofundadora de la famosa cadena de panaderías Paul y exresponsable nacional del Medef (Movimiento de Empresas de Francia) es la delegada nacional. Según reveló el periodista Mathieu Magnaudeix, encargado de seguir la campaña de Emmanuel Macron en Mediapart, a principios de marzo, el movimiento disponía de ocho millones de euros obtenidos gracias sus 30.000 donantes privados. Aunque la mayoría de los simpatizantes dieron 50 euros, hubo más de 160 donantes que contribuyeron con más de 5.000 euros.

Los responsables de ¡En Marcha! reunieron una parte significativa de sus fondos a través de fiestas privadas muy chic en las que piden donaciones a los invitados. “En sólo una de estas cenas que se celebró en París pocos días antes de Navidad, ganaron más de 100.000 euros”, afirma Magnaudeix. Estos actos no sólo se han organizado en territorio francés, sino también en Londres, Nueva York e, incluso, hubo una fiesta en el acomodado distrito bruselense de Uccle, donde reside la mayoría de los expatriados fiscales franceses. “Dargnat ha hecho constantes viajes a Londres para recaudar fondos y Macron participó en tres actos privados durante un desplazamiento que hizo a la capital británica a finales de febrero”, recuerda el periodista de Mediapart. A través de un préstamo bancario de 8 millones de euros más las donaciones privadas, Macron “ha prácticamente alcanzado los 21 millones, el presupuesto máximo de un candidato a las presidenciales”. Gracias a sus contactos con las élites políticas y económicas, el joven “candidato alternativo” ha puesto en marcha toda una máquina electoral.

En cuanto a las propuestas políticas de Macron, nada diferente a la línea neoliberal dominante: aboga por más flexibilidad laboral, aumentar la jornada de trabajo, no excluye retrasar la edad de jubilación y, como la mayoría de candidatos de derecha, propone una revisión del Código de Trabajo (reforma laboral). Mélenchon había pedido a Macron que renunciase a su reforma laboral para atraer a los siete millones de votantes de la izquierda. Macron, sin embargo, se opuso. Con esas propuestas era comprensible que muchos obreros pensasen que no tenían nada que perder con Marine Le Pen.

Basta ver la espectacular subida de las Bolsas para entender con claridad lo que significa políticamente la victoria de Macron: otra batalla ganada más de los poderosos del sistema vendida como regeneración y renovación.

Como señaló Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique, “el éxito de Macron se debe más a las circunstancias que a sus propios méritos. Porque una serie de acontecimientos imprevistos fueron eliminando a sus principales rivales potenciales. Los candidatos socialistas y conservadores estaban hundido por la corrupción. ¿Qué adversarios le quedaban a Macron? Esencialmente dos: Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon. Ni el poder financiero, ni el poder empresarial, ni el poder mediático podían aceptar, por distintas razones, a ninguno de estos dos candidatos. Por eso, a partir del pasado mes de febrero, todo el formidable peso de los poderes fácticos se puso al servicio de Emmanuel Macron. En particular, los medios de comunicación dominantes –que en Francia están en manos de un puñado de oligarcas multimillonarios– se lanzaron en una frenética campaña en favor del líder de En Marche! Aportándole además un soporte financiero considerable. De tal modo que Macron, orador bastante mediocre y con un programa aún más confuso, fue imponiéndose en las encuestas como el probable vencedor”.

Lo cínico de Macron es que, después de haber sido banquero y ministro, contar con el apoyo de las grandes empresas y finanzas que le han proporcionado el máximo presupuesto para su campaña, se presentó a las elecciones afirmando abanderar “el desafío es romper con un sistema que no supo responder a los problemas de Francia desde hace más de 30 años”.

Pero en el fondo, Emmanuel Macron es más de lo mismo: un hombre de diseño al gusto del marketing que ha estado en el lugar adecuado en el momento justo. Y su propuesta, en pocas palabras, como diría el conde de Lampedusa: cambiarlo todo para que nada cambie.

Cuando el azúcar de comercio justo paga carreras universitarias

10 junio, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Pagarse una carrera no es fácil en Paraguay. Ni Olga, Alba o Heliodoro pudieron hacerlo. Los tres pasan de los cuarenta y son productores de caña en una pequeña ciudad del país, Arroyos y Esteros, que vive de la producción de azúcar. El panorama es diferente para sus hijos, que o bien ya están cursando educación superior o bien podrán hacerlo pronto. El mismo azúcar que a sus familias apenas les dio para una vida humilde es el que ahora paga carreras universitarias o el que está cambiando la vida del pueblo.

Todo cambió en 2005, cuando cientos de pequeños productores de caña unidos en la cooperativa Manduvirá consiguieron tener una fábrica propia y vender el azúcar libremente bajo el sistema de comercio justo.

“En Paraguay las grandes fábricas son propiedad de familias y llevan así desde hace décadas. El caso de Manduvirá es muy diferente, son pequeños productores unidos en una cooperativa”. El ingeniero al mando de la fábrica de Manduvirá, Arnaldo Molina, resume el proyecto en apenas dos frases. El trabajo con entidades de comercio justo permite a Manduvirá pagar más a los productores que venden su caña y también abonar salarios más altos a sus trabajadores. El resultado es que el producto que los consumidores encuentran en sus estanterías suele ser más caro que el azúcar convencional. Y que Manduvirá se ha convertido en la tercera exportadora de azúcar de Paraguay.

Heliodoro Andrés tiene 52 años y su historia ilustra hasta qué punto el comercio justo ha influido en la vida del pueblo. Trabajaba como electricista en la fábrica más cercana y allí vendía la caña que salía de sus cinco hectáreas. Cuando conoció el proyecto de Manduvirá quiso sumarse. “Me gustó la idea de una fábrica que fuera de los productores porque donde yo estaba era todo del patrón, no había posibilidad de dar ninguna opinión. Aquí se puede ayudar desde adentro, es algo nuestro, nuestra cooperativa y nuestra fábrica, que mañana será de nuestros hijos”, recuerda.

Ahora, además de ser socio productor, trabaja como electricista en Manduvirá. Su sueldo se ha triplicado respecto a su trabajo anterior y recibe más dinero por la caña. “Mi vida ha cambiado por tener un ingreso asegurado. Aquí se paga mejor y se trata mejor. Miro atrás y veo lo que he conseguido. Ahora tenemos una camioneta y dos motos, hemos mejorado la casa”, dice rotundo. Su esposa y él ya tienen un ahorro escolar para pagar la universidad de su hijo mayor y este año empezarán a ahorrar para el segundo.

“Buscamos que los empleados se impliquen en lo que están haciendo, no queremos que sean indiferentes. Les enseñamos qué buscamos y para eso les capacitamos”, apunta Arnaldo Molina.

La fábrica de la cooperativa azucarera Manduvirá.
La fábrica de la cooperativa azucarera Manduvirá.

De las 22.000 personas que viven en Arroyos y Esteros, 1.500 son socias de la cooperativa, que emplea a entre 200 y 300 trabajadores en función de la temporada. En total, estiman que el 60% de la actividad económica de la localidad y su entorno tiene que ver con Manduvirá.

Fue una huelga masiva la que permitió a los productores negociar con las empresas, primero los precios que se pagaban por la caña y, más tarde, el disponer de una fábrica propia que les liberara de ataduras. “Teníamos el sueño de cambiar esto, de tener nuestra fábrica y exportar nuestro azúcar. Nos pagaban incluso la mitad de lo que se pagaba en otros sitios. Nos dijeron que estábamos locos por intentar esto, pero lo conseguimos”, recuerda satisfecho el gerente de Manduvirá Limitada, Andrés González. Para que la huelga pudiera sostenerse en el tiempo, los productores hicieron una caja de resistencia para mantener los más vulnerables durante las semanas sin ingresos.

Impacto en la comunidad.

Llueve y Alba Velázquez mira afuera desde el quicio de la puerta de su casa. Tiene 42 años y vive en Arroyos y Esteros desde pequeña. “El comercio justo me beneficia en el precio y en las primas que se dan, un porcentaje que se reparte una vez al año entre todos los productores. Hay otra empresa cerca, pero pagan mucho menos y hay más diferencias. Aquí participo en las actividades de la cooperativa, voy a charlas y ahora estoy en la Junta Electoral”, dice. Su plantación de dos hectáreas de caña mantiene a la familia, aunque su marido trabaja en el arreglo de caminos y completa los ingresos familiares.

Su hija mayor trabaja en la cooperativa y está en tercer año de contabilidad. Sus otros dos hijos aún van al colegio. Ella corre con todos los gastos de su carrera, si no, “hubiera sido difícil pagarlo”. “Hubiéramos hecho cualquier cosa, malabares”, asegura.

La cooperativa da empleo a muchos hijos de productores: desempeñan labores administrativas o técnicas para sacarse un sueldo y pagar sus estudios. Es el caso de Alejandra Godoy, que con 22 años trabaja en el área de proyectos mientras estudia Ciencias Contables. Sus padres viven de la caña y de la venta de hortalizas del huerto. “En el futuro me encantaría adquirir mi propio terreno y cultivar caña. A raíz de lo que han hecho mis padres quise seguir con esto. Pero hice la carrera porque creo que no me puedo quedar solo ahí”, cuenta Alejandra.

Para Petronia Bernal, de 50 años, la caña de azúcar es su vida. Ya sus padres se dedicaron a cultivarla y, más tarde, su marido y ella se dedicaron a cuidar esas ocho hectáreas de tierra. “Hay progreso, los hijos estudian, van a la universidad, mejoramos nuestras casas y nuestras condiciones de vida. La mayoría de los hijos de productores van a la universidad, en nuestra generación eso casi no pasaba”, reflexiona Petronia. Sus hijos tienen estudios superiores y ella ha abierto una pequeña tienda pegada a su casa.

El éxito de Manduvirá ha hecho que otras cooperativas de comercio justo surjan en la ciudad. Es el caso de Montillo, que usa su caña de azúcar para elaborar ron orgánico, o el Arroyense, también dedicada al azúcar. Un comité que integra a miembros de todas las cooperativas trata ahora de que Arroyos y Esteros sea declarada la primera ciudad de Paraguay por el comercio justo, un compromiso que implicaría el apoyo institucional y el fomento del consumo de este tipo de productos en la comunidad, aún muy desconocidos.

De la clase de teatro a la planificación familiar.

Pero, ¿qué implica exactamente que los compradores sean entidades de comercio justo? El sello Fairtrade, una de las certificaciones internacionales más reconocidas para constatar que los productos son efectivamente de comercio justo, establece unos precios mínimos para cada producto y zona que sirve de guía para los compradores. “Pagamos un precio que cubre los costes de producción y que cubre el coste de la vida en función de la región y del producto. El precio de comercio justo siempre supera el precia de mercado”, explica Marta Mangrané, de la organización Ideas, que apoya a Manduvirá y que es una de las entidades que compra su azúcar en España.

El precio no es el único factor que hace que un producto sea considerado de comercio justo. Las entidades productoras deben respetar los derechos laborales y no valerse de trabajo infantil, estar comprometidos con la igualdad de género y reinvertir parte de sus beneficios en el bienestar de la comunidad o de la plantilla. Es lo que se llama la prima de comercio justo: en Manduvirá una parte de esa prima se reparte anualmente entre los productores y otra parte financia actividades o servicios de mucho valor para el pueblo.

Preparación de los sacos de azúcar para ser transportados.
Preparación de los sacos de azúcar para ser transportados.

Las instalaciones de la autoridad local alojan cada lunes la primera clase de teatro que se ha organizado en la historia de la ciudad. Es la cooperativa la que financia una parte a través de esa prima de comercio justo. Doce chicas ensayan expresión corporal y dramatización de textos.

Unas calles detrás, en el patio de las oficinas de Manduvirá, la cooperativa hace el reparto anual de kit escolares para los hijos de los productores: calzado, algo de ropa, material escolar, una mochila… La cooperativa busca apoyar la escolarización en un país donde del abandono de los estudios es muy frecuente. El trabajo con los niños también se centra en la nutrición. “Nuestra idea es que haya un consumo responsable de azúcar y que la gente tenga una alimentación saludable. Hacemos incidencia para que en los colegios no se vendan golosinas o bebidas carbonatadas”, asegura el gerente de la cooperativa, Andrés González.

Las actividades en las que Manduvirá invierte su prima incluyen también charlas y talleres sobre liderazgo, educación financiera, cuidado del entorno o planificación familiar. La cooperativa financia también parte de un consultorio médico y servicios odontológicos y oftalmológicos a los que puede acudir cualquiera pero que tienen un precio especial para los cooperativistas. Para muchos, la única posibilidad de acceder a un crédito es acudir a la cooperativa.

“Es una cadena que va beneficiando a toda la comunidad. Hay una convicción de eso en la cooperativa, también los que no son socios ven el impacto positivo que esto tiene”, dice la productora Petrona Bernal. La socia matiza que no siempre todo es “de color de rosa”. El precio del azúcar a veces sube, otras baja, y los productores no siempre quedan del todo satisfechos. En su tienda, el kilo de azúcar de la cooperativa cuesta cerca de un euro (seis mil guaraníes); en un supermercado la misma cantidad de una marca convencional puede costar la mitad.

Cultivo orgánico para competir.

El encargado de la fábrica, Arnaldo Molina, señala una de las cartas con las que juega Manduvirá para ser competitiva: todo su azúcar es de cultivo orgánico, algo poco frecuente en el país y que les ayuda a posicionarse en el mercado internacional. “Estamos haciendo un buen azúcar y tenemos aceptación en el mercado. Queremos aumentar la producción y ampliar la fábrica”, dice el ingeniero Arnaldo Molina, que está ya al final de su carrera laboral y que durante décadas trabajó para grandes productoras convencionales.

A día de hoy, de la fábrica salen mil toneladas de azúcar al día. Su producto llega a 25 países de todos los continentes, aunque su principal comprador es Alemania. El 80% del azúcar que exportan va directamente a la industria para elaborar, a su vez, otros productos de comercio justo, como galletas o chocolate. Su reto ahora es llegar directamente a la hostelería. Para ello están, por ejemplo, diseñando azucarillos que consumir con el café o las infusiones.

El gerente, Andrés González, se lamenta por los aranceles de entrada a Europa. “Nosotros competimos con calidad y con principios”, se resigna. Consciente de que el consumo de azúcar está en el punto de mira, la cooperativa está apostando por fomentar la producción y venta de frutas y verduras orgánicas, que muchos de sus productores también cultivan en sus huertos.

NOTA: El viaje de la redactora a Paraguay y toda la cobertura ha sido patrocinado por la cooperativa Ideas de Comercio Justo a través de un proyecto financiado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid)

En la puerta tengo a mil como tú

8 junio, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

La semana pasada,  El Confidencial publicó un artículo sobre la situación de los stagiers en los restaurantes más prestigiosos de España. Para las que andemos perdidas, un  stagier es, en francés, un “aprendiz de cocina”.

En dicho artículo, varios exaprendices narran sus experiencias, que incluyen jornadas de como mínimo 12 horas, sin apenas descansos, con muchísimo estrés y en su inmensa mayoría sin remunerar.

Esto tampoco dista demasiado de las experiencias que hemos podido vivir quienes hemos trabajado en el sector a mucho más bajo nivel, donde las horas infinitas a cambio de un suelo ínfimo (y en negro) son el pan de cada día, sobre todo cuando el curro es temporal, como los meses de verano. Hay algo, sin embargo, que ha hecho que esto indigne a la opinión pública hasta el punto de seguir siendo un tema recurrente en las redes una semana después, y es el hecho de que restaurantes donde el cubierto puede costar más de 300€ recurran a una numerosa y constante mano de obra sin remunerar.

No sólo eso, sino que Jordi Cruz (uno de los miembros del jurado de Masterchef y ganador de dos estrellas Michelín) salió de esta guisa a defender la existencia de becarios sin cobrar: “ Un restaurante Michelin es un negocio que, si toda la gente en cocina estuviera en plantilla, no sería viable. Tener aprendices no significa que me quiera ahorrar costes de personal, sino que para ofrecer un servicio de excelencia necesito muchas manos. Podría tener solo a 12 cocineros contratados y el servicio sería excelente, pero si puedo tener a 20, será incluso mejor. Las dos partes ganan”.

Lo que nos está diciendo -sin darse ni cuenta- el dueño de un flamante palacete de 3 millones de euros es que el modelo de su negocio no funciona si tiene que pagar a quienes lo hacen posible. No conforme con esto, describió la experiencia como “un privilegio” (no para él, ni mucho menos, sino para los que curran de 12 a 16 horas gratis), puesto que “aprendes de los mejores” y “te dan un alojamiento y comida”.

Con todo y con eso, hay algo en las excusas de Jordi Cruz que no encaja. Si con 12 cocineros el negocio funciona pero con 20 ya no es viable, sólo caben dos alternativas lógicas posibles: o es mentira, y sí que puedes pagar a los 20 que te sacan el trabajo con el que te lucras (pero tú tendrías que conformarte con ganar menos de lo que ganas), o bien tu modelo de negocio realmente no funciona, y estás apropiándote de riquezas que salen del lomo de otros. Ambos escenarios sólo pueden venderse luego como casos de éxito en un sistema capitalista como el nuestro, que ve a estos chefs (o inserte aquí cualquier tipo de empresa que recurra a esta práctica) como mentes brillantes, como talentos que merecen palacetes; como personas, además, que han de tomarse como ejemplo para adiestrar a la población y enseñarles que el trabajo y el esfuerzo da sus frutos. Da igual si la explicación al “problema” con el que se encuentra Cruz y similares es una u otra, porque el resultado es el mismo: es legal, ergo está bien. Y va más allá: ¿la parte donde se hacen jornadas de más de 12 horas no es legal? Bueno, está socialmente aceptado que trabajemos más tiempo a cambio de nada, ergo está bien también. Total, quienes son demonizados al final nunca son los explotadores, sino los explotados, que siguen percibiéndose como la ley del mínimo esfuerzo aunque las estadísticas insistan en que la mayoría  no faltan a trabajar ni cuando están enfermos.

Como bien cuentan además, la lista de gente intentando entrar para tener el “privilegio” de trabajar bajo presión más de 12 horas al día sin ganancia alguna es interminable, facilitado entre otros por las escuelas de hostelería, que suministran un goteo constante de trabajadores y trabajadoras, con poca experiencia y bajo la promesa de que es una oportunidad única; y es que ahora es inevitable tragar para poder recoger los frutos después. O no recoger nada, pero esta parte no te la cuentan, claro, para ese “después” tú has dejado de importarles.

Bajo el argumento liberal de que quien está ahí es porque quiere (frase manida y además falsa: quien está ahí porque quiere es el explotador, no quienes buscan alternativas al futuro digno que les han robado) intentan justificar lo injustificable, ya que si alguien es indispensable para que el negocio siga adelante (o para que el precio del producto sea lo elevado que en este caso es), no está ahí para aprender, está para trabajar, para producir, y el trabajo se remunera.

No hace falta ser muy avispado para entender que la libertad que defiende el liberalismo es sólo la que tienen los privilegiados, que pueden explotar, o pueden despedir cada vez más barato, o pueden malpagarte, o pueden incluso no pagarte en absoluto. Hasta pueden amenazarte con su frase estrella “si no te gusta, en la puerta tengo a mil como tú”. Eso sí que es libertad para decidir, cuando el sistema te facilita un amplio abanico de oportunidades, a cual más inmoral, dicho sea de paso. Y de esa libertad hablan los liberales, la de los de arriba. Si hablamos de currantes, esa libertad se torna en un “tienes dos opciones: esperar en la puerta de un explotador o irte a tu casa y comer orgullo en vez de caliente”.

El capitalismo, en definitiva, nos lleva comiendo la tostada a los curritos y curritas desde tiempo ha. Ya en 1848, Marx y Engels escribieron en El Manifiesto Comunista: “La existencia […] de la clase burguesa tiene por condición esencial la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos individuos, la formación e incremento constante del capital; y éste, a su vez, no puede existir sin el trabajo asalariado. […] Y a la par que avanza, se cava su fosa y cría a sus propios enterradores”. Habría que actualizarlo, eso sí, por “no puede existir sin el trabajo asalariado o sin asalariar”.

Esta realidad es, por desgracia, transversal en el mundo laboral, y muy pocos sectores se libran. Con mucho menos glamour y sin reducción de Pedro Ximénez, como son los camareros, las limpiadoras, los dependientes, las informáticas, las periodistas, los reponedores, etc. que se ven obligados a trabajar por miserias a cambio de promesas de contratos que nunca llegan tras periodos de prueba que se alargan cada vez más; a cambio también de “visibilidad” y de “hacer currículum”; de “conocer el negocio y conseguir contactos”. Y esto trae que muchas otras personas, cuando consiguen un trabajo que ni siquiera supera el SMI, se sientan privilegiadas porque hay otras que ni cobran.

Y como si fuese parte de un plan divino, esta polémica ha estallado justo el 1 de mayo, el día internacional de los trabajadores. Mientras miles de personas salían a la calle con pancartas a reivindicar sus derechos, y conmemoraban a los sindicalistas anarquistas ejecutados en EEUU en 1886 por luchar por una jornada de ocho horas, el dueño de un palacete describía en 2017 como privilegio trabajar más de 12 a cambio de comida y cama.

Como si nos hiciese falta una caricatura evidente de que la lucha de clases sigue más viva que nunca y de que es el trabajo de las obreras el que mueve el mundo, han tenido a bien regalárnosla un 1 de mayo. Pues una vez más, gracias por nada.

El asalariado neoliberal

7 junio, 2017

Fuente: http://www.econonuestra.org

Escrito por , martes, 5 de noviembre de 2013.

Por Manuel Guerrero, Historiador e investigador del Departamento de Economía Aplicada I de la Universidad Complutense y miembro del colectivo econoNuestra y Lucía Vicent, Miembro del colectivo econoNuestra y de FUHEM Ecosocial.

Tras la crisis de acumulación acaecida en el mundo occidental desde finales de los sesenta y principios de los setenta, sobrevino el célebre giro neoliberal. Los modelos económicos surgidos tras la Segunda Guerra Mundial defendían una interpretación del papel estatal que concentraría sus esfuerzos en el pleno empleo, el crecimiento económico, el bienestar de los ciudadanos y la intervención en la marcha del mercado si fuera necesario. Todo ello con el acompañamiento de políticas monetarias y presupuestarias de corte keynesiano daría forma a lo que se conoce como “liberalismo embridado”, que constituía un pacto o compromiso de clase entre el capital y el empleo. Este sistema conllevó altas tasas de crecimiento durante las décadas de los cincuenta y sesenta en parte gracias al papel ejercido por los Estados Unidos como garante del mismo. Ya a finales de la década de 1960, este “liberalismo embridado” comenzó a ofrecer signos de debilidad, de agotamiento ante la crisis de acumulación de capital que se experimentaba.

A partir de 1970 este proceso se acentúa debido al avance del desempleo y la inflación, lo que se tradujo en una etapa de marcada estanflación que caracterizó la evolución económica en los años posteriores y tuvo consecuencias significativas: repercutió en un descenso de la recaudación estatal y en un aumento del gasto social que propiciaron unas crisis fiscales que abonaban el terreno para la ofensiva neoliberal. La incapacidad de la izquierda socialdemócrata en unos casos y la traición tácita a su electorado en otros, propició que se convirtiera en un instrumento inútil para impedir el giro ideológico que se estaba imponiendo. Ahora, los intereses coincidentes con las interpretaciones hayekianas tomarían las riendas del cambio. El pacto o compromiso de clase que permitía restringir o controlar en cierto modo las cuotas de poder de las clases altas así como conceder a la clase trabajadora un mayor peso en el reparto de los beneficios se quebró definitivamente.

El despliegue neoliberal en el mercado de trabajo.

Es a partir de ese momento cuando comienza a aplicarse el recetario neoliberal en el ámbito de los mercados laborales. Se debía estimular de nuevo la acumulación de capital acabando con cualquier resistencia que pudiera ofrecer la clase trabajadora a través de la organización sindical o movimientos sociales, ya fuera en el ámbito nacional o con la injerencia externa si fuera necesario. Ejemplos paradigmáticos de estas dinámicas galopantes pueden ser el golpe de Estado llevado a cabo en Chile contra el Gobierno de Unidad Popular encabezado por Salvador Allende o la ofensiva promovida por el Gobierno de Thatcher contra los sindicatos en el Reino Unido.

Es posible reconocer, pese a las especificidades pertenecientes a cada región o sector, ciertos aspectos coincidentes que podrían insertarse en el marco [des]regulatorio neoliberal. Uno de los lemas más reconocibles es la denominada flexibilidad laboral. Una condición del mercado de trabajo neoliberal que pretende combatir la “ineficiencia” y el “inmovilismo” anteriores respaldados en poderosas organizaciones sindicales surgidas tras la Segunda Guerra Mundial. Bajo el eufemismo de la especialización flexible se esconde una restauración o formación del poder de clase capitalista (como pueden ser los casos de China o Rusia) fundamentado en una reducción salarial o disminución de la protección laboral. Se configuran unos mercados laborales en los que el aumento de la precariedad y la pérdida de los beneficios por parte de la clase trabajadora vienen a resolver en favor del capital la ruptura del pacto keynesiano del pasado. Esta crisis de acumulación, que comenzó a vislumbrarse a finales de la década de los sesenta, se intentaría solventar, por tanto, en el ámbito del mercado laboral con lo que se ha bautizado como acumulación flexible.

Tal y como señalaba Karl Polanyi :

[…] la ficción de las mercancías omitía el hecho de que dejar la suerte del suelo y de las personas en manos del mercado equivaldría a aniquilarlos. En consecuencia, el movimiento contrario consistía en frenar la acción del mercado respecto de los factores de la producción: la mano de obra y la tierra. Ésta era la función principal del intervencionismo.

El deterioro de las formas de organización obrera, ya sea por claudicación cómplice o por el desgaste sufrido con la ofensiva de la propia lógica capitalista –en la que también se halla el modo de ejecutar la terciarización, las integraciones en áreas económicas, deslocalizaciones, etc.–, forma parte de este panorama que confecciona el Estado neoliberal. Un Estado que transfiere al individuo toda responsabilidad y que abandona toda provisión social al trabajador apoyándose en una exégesis escolástica de su aparato teórico. Esto, en cierto modo, estructura también la atomización de la clase trabajadora y, con ello, su pérdida clara de fuerza en la pugna distributiva: un abandono de la reivindicación colectiva que merma el sentido de clase, del colectivo (valga la redundancia) que viene estimulada también por las altas tasas de desempleo o lo que Karl Marx formulaba como la creación del ejército industrial de reserva. Esta fase condiciona la fuerza negociadora de los asalariados de forma decisiva ya que la devaluación del valor de su fuerza de trabajo, entendida como mercancía, es un hecho.

No hay que olvidar que en esta configuración del Estado neoliberal, el papel de los empresarios y de las corporaciones contribuye de forma determinante en la creación de nuevas legislaciones que favorecen sus intereses de clase y fundamentan unas condiciones objetivas claramente favorables a los mismos. Un ejemplo de ello son las puertas giratorias, que permiten establecer un trasvase entre sector público y privado a personalidades que, de este modo, incrementan y consolidan sus beneficios por la vía legal. De esta forma, se favorece a empresas de ciertos sectores que se ofrecerán, a su vez, a inflar los presupuestos y a brindar un suculento retiro al cargo público que se preste. Esto funciona, per se, como un elemento de subversión política más dentro de los canales del Estado en favor de las élites políticas y económicas.

Grosso modo, éste podría ser un trazado del paisaje que se ha ido estableciendo en el mercado de trabajo europeo desde el advenimiento neoliberal. La naturaleza, la esencia de los cambios producidos poseen un alto contenido ideológico y si perdemos de vista en nuestro análisis este asunto, obtendremos respuestas fragmentadas e incompletas y, por ende, nuestra réplica estará condenada desde su formulación.

Que répondre à votre beau-frère qui est contre le revenu universel

5 junio, 2017

Source: www.http://tempsreel.nouvelobs.com

Pour Jean-Claude, c’est une invitation à la paresse, et c’est hors de prix. L’idée pourtant t’intéresse. Que lui dire ?

Ton beau-frère Jean-Claude t’a déjà bassiné il y a plus d’un an sur ces flemmasses de Grecs. Cette année, il ne cesse de pester en ta présence contre ces socialistes, ces écologistes, ces utopistes qui ne jurent que par le revenu universel.

Les surfers de Malibu méritent-ils le revenu universel ?

Toi, tu trouves l’idée séduisante. Tu n’y es pas forcément favorable à 100%, tu hésites, mais le débat te semble ouvrir des pistes intéressantes, une réflexion sur notre société et ses faiblesses. Bref, ton beau-frère t’exaspère avec ses certitudes confites. Voici quelques arguments à lui renvoyer dans les dents lors du prochain déjeuner familial.

“300 milliards d’euros, c’est de la folie furieuse. C’est plus que le budget de l’Etat !”

Tu ne peux pas raisonner ainsi. Comptablement, certes, les prélèvements obligatoires augmenteront de 300 milliards, voire plus. Mais il faut tenir compte du coût net : si tu prends à quelqu’un 1.000 euros pour financer le système, mais que tu lui donnes (par exemple sous forme de crédit d’impôt) 750 euros de revenu d’existence comme aux autres, les prélèvements obligatoires ont bien augmenté comptablement de 1.000 euros, mais le coût réel supplémentaire, pour ce contribuable ne sera que de 250 euros.

Pour évaluer combien coûterait ce système, il faut donc considérer les retombées pour les “gagnants” et eux seuls. Les 18-25 ans, ceux qui ont droit au RSA mais ne le demandent pas, les ménages modestes. Et là, on arrive à quelques dizaines de milliards seulement.

“Quelques milliards, c’est déjà beaucoup. Il fera forcément plein de perdants, qui devront payer pour le financer !”

Il va en faire, oui. Mais il y aura deux fois plus de gagnants. Selon les calculs, la moitié des Français seraient parmi ces derniers, un quart seulement seraient perdants. Et pour le dernier quart, ce serait neutre.

J’ajoute que les “perdants” ne le sont pas forcément : ils vivront dans une société plus solidaire et peuvent apprécier l’existence d’un filet de sécurité qui pourra leur servir s’ils rencontrent un jour des difficultés.

“Le revenu universel minerait le socle de la société : le travail. Le ‘fier travail’ comme disait Hugo.”

Ah bon. En Finlande ou aux Pays Bas, où l’on expérimente le revenu universel, il est présenté comme une mesure “pro-work” d’aide au retour à l’emploi. On peut le comprendre : le revenu universel est un instrument de lutte contre l’exclusion.

La Finlande expérimente un revenu universel pour les chômeurs

Prends les chômeurs de longue durée : ils pourront se déplacer plus facilement, s’ils ont un revenu fixe, fût-il très modeste, pour aller à des entretiens d’embauche. Ils retrouveront peut-être ainsi plus facilement du travail.

Prends ensuite les paysans. Beaucoup vivent avec 500 euros et hésitent à fermer leur exploitation. S’ils ont 600 ou 750 euros supplémentaires, ils peuvent continuer à travailler. Et à maintenir le “fier” paysage français.

Prends enfin les jeunes : souvent, ceux des catégories modestes ne parviennent pas au bout des études qu’ils souhaitent faire, faute de financements. Le revenu universel peut les aider à leur donner le métier auquel ils aspirent.

Le revenu universel peut donc être un instrument de maintien de l’emploi ou du retour à ce dernier.

La Nouvelle Aquitaine caresse l’idée d’un revenu universel

“Il n’y a pas de valeur économique qui ne soit pas produite par le travail humain. Etre payé sans travailler en retour, c’est immoral. C’est un truc d’assistés.”

Marrant : les mêmes qui disent cela sont souvent ceux qui veulent baisser la fiscalité sur les revenus de l’épargne. Si tu condamnes du point de vue moral “l’argent qu’on gagne en dormant”, comme disait Mitterrand, va jusqu’au bout, et interdis les revenus du capital : les intérêts (comme le font d’ailleurs les banques islamiques), les dividendes… Sans parler des gains du Loto. Ou l’héritage. Les plus gros “assistés” de cette société ne sont-ce pas les héritiers et les rentiers ?

Revenu universel : libéral, il est pour ; de gauche, elle est contre

D’un point de vue éthique, il existe une justification simple au revenu universel. C’est un bien commun qu’on se répartit. Ce qu’on produit aujourd’hui n’est pas le résultat de notre seul travail, c’est aussi celui de l’électricité qui nous éclaire, du téléphone qui permet des échanges, du savoir-faire transmis par nos prédécesseurs, de la route qui permet de transporter les produits, etc. Si Edison n’avait pas domestiqué l’électricité, ton revenu serait moindre, d’accord jusque là ? Selon le Nobel d’économie américain Herbert Simon, la part de notre revenu attribuable à notre travail présent est très faible. “Je suis très généreux si je vous dis 10%”, disait-il. Le reste s’explique par le travail du passé, les infrastructures, les inventions… “C’est un cadeau !”, comme dit le philosophe Philippe Van Parijs. L’idée du revenu universel, c’est de partager plus équitablement ce cadeau.

“Vous préparez une société d’oisiveté.”

Une société dans laquelle on s’arrêterait plus facilement, un temps, de travailler pour peindre, écrire un livre, s’occuper d’une personne âgée, militer dans une association, se former… Est-ce une société d’oisiveté ?

“C’est une stratégie de résignation. Une capitulation face à l’absence de croissance, un aveu d’impuissance.”

Tu peux faire l’autruche, mais on ne vit pas une crise comme les autres. On vit une mutation profonde :  la croissance a disparu progressivement depuis quatre décennies. Années 60 : 5,9% par an. Années 1970 : 4,1%. Années 80 : 2.4%. Années 90 : 2%. Années 2000 : 1.4%. Années 2010 : 1,2%.

Nous vivons aussi une mutation technologique sans précédent, avec l’intelligence artificielle. Il faut s’adapter à cette situation, anticiper. On peut le faire, car on est une société bien plus riche qu’avant. Laisser croire aux gens qu’on retrouvera 4% de croissance et des emplois industriels stables, c’est se bercer d’illusions.

Et puis, le revenu universel favorise aussi l’activité : il va permettre d’aider tous  ceux qui veulent se lancer dans la création d’entreprise.

“A tout prendre, la réduction du temps de travail est plus intelligente que le revenu universel.”

Opposer l’une à l’autre est un peu absurde. Car le revenu d’existence facilitera la réduction du temps de travail, surtout chez ceux qui ont un travail déprimant. Ils auront plus de facilité, financièrement, à passer à une semaine de quatre jours par exemple.

“C’est une trappe à pauvreté. Cela prépare une société à deux vitesses.”

Au contraire, affirmer qu’il existe un revenu universel, c’est refuser la stigmatisation des pauvres. Chacun aura droit à ce revenu-socle, on l’oubliera comme l’air qu’on respire. Il n’y aura plus cette distinction entre les “bons pauvres” (ceux qui méritent d’être aidés) et les “mauvais pauvres” (ceux qui ne méritent rien).

“Avec 750 euros, tu ne peux pas vivre. T’as vu le prix des loyers ?”

Tu n’as pas tort, ce n’est pas lourd, c’est un minimum vital. Et instaurer un revenu universel n’interdit pas de s’attaquer au niveau extravagant des loyers. Mais c’est un début. Le RSA, c’est 535 euros : tu es aussi contre le RSA ?

Par ailleurs, le revenu de base n’a pas vocation à être un salaire, et notamment pas “à vie”… C’est simplement la garantie d’avoir un peu d’oxygène. Actuellement, la France compte 8 millions de pauvres, dont une grande partie ne sont pas du tout aidés.

Mais voyons, concrètement, qui seraient les gagnants du revenu universel. Les 18-25 ans, qui n’ont pas droit au RSA : ils peuvent être des étudiants ou des jeunes qui jonglent avec des contrats précaires. Les gens qui ont droit au RSA mais n’en font pas la demande, pour des raisons diverses (certains refusent par exemple “l’épreuve du guichet”). Les gens très modestes, ou ceux qui galèrent, et qui pourront l’ajouter à ce qu’ils gagnent par ailleurs. Et tous ceux qui veulent, pendant un temps, se former ou militer, baisser leur temps de travail pour s’occuper d’un parent ou d’autre chose.

“C’est une couche supplémentaire dans la protection sociale déjà très bureaucratique. C’est une usine à gaz.”

Au contraire, cela permettra de simplifier énormément le système des aides et des régimes fiscaux dérogatoires. Par exemple, on pourrait remplacer les allocs familiales et le quotient familial par un revenu d’existence pour les mineurs. De même, le minimum vieillesse, le RSA, les bourses d’études et d’autres minimas seront remplacés par un seul revenu, géré par un seul organisme. Si la réforme est bien ficelée, ta feuille de paie sera bien plus lisible et transparente qu’aujourd’hui.

“Cela va cannibaliser la protection sociale. C’est un cheval de Troie libéral pour en finir une fois pour toutes avec elle.”

Tout dépend de la philosophie de ceux qui le promeuvent. Le revenu d’existence n’est pas destiné à remplacer les allocations chômage, prestations maladie, pensions de retraite, aides aux handicapés : elles seront maintenues. Le revenu universel s’ajoutera à elles.

“Il va affaiblir les travailleurs face aux patrons. Ceux-ci  verseront des salaires de misère, car ils savent qu’on a ce revenu en complément. Ce revenu va offrir au capitalisme une armée de réserve, où les patrons puiseront des travailleurs à bas prix.”

Je fais le raisonnement inverse : le travailleur pourra dire plus facilement “non” à son patron. Il pourra claquer la porte sans risquer de crever de faim. Il sera moins dépendant. Et les entreprises, pour attirer les travailleurs sur des boulots merdiques, devront alors mieux les payer. A terme, c’est la disparition de l’exploitation qui se profile.

“Le revenu universel, c’est inflationniste ! Si tout le monde touche 750 de plus,  les entreprises augmenteront évidemment leurs prix et les propriétaires leurs loyers.”

Ce serait inflationniste si cela créait un supplément de revenu général, ce qui ne sera pas le cas, car le revenu universel sera financé par des prélèvements sur d’autres ménages ou sur des entreprises, pas par de la création monétaire. Maintenant, il est certain que tu augmenteras un peu la demande, puisque tu taxeras davantage ceux qui consacrent une partie de leurs revenus à l’épargne pour donner cet argent à ceux qui consomment tout ce qu’ils gagnent – les plus pauvres. Mais il faut s’en réjouir, car la demande est trop faible en France. Dans un second temps, les gens travailleront un peu moins (profitant du revenu universel pour se former, militer, créer…) ce qui atténuera cet effet.

Par ailleurs, le revenu universel dopera la création de richesses non marchande. Des biens et services actuellement payants deviendront gratuits : quelqu’un s’occupera davantage de ses parents, qui avaient recours jusque-là à une aide à la personne, par exemple. Cela aussi atténuera le risque d’inflation.

“Il va faire reculer la cause des femmes, car il va en inciter à rester à la maison. Benoît Hamon réinvente le salaire maternel cher à l’extrême droite.”

Tu prends le problème à l’envers. Le revenu d’existence est destiné à tous, pas aux femmes : chacun en fera ce qu’il voudra. La question qu’il faut se poser, c’est pourquoi davantage de femmes que d’hommes auraient envie de rester à la maison. Cela tient au plafond de verre dans l’évolution des carrières, aux moindres salaires à travail égal, à l’inégalité dans la répartition des tâches familiales… et à la pression du regard social porté sur les femmes et sur les hommes. C’est cela qu’il faut changer. Ce n’est pas le revenu d’existence qui explique ces travers.

Par ailleurs, dans de nombreuses situations, le revenu d’existence assurera une autonomie plus grande aux femmes. Car c’est un revenu individualisé, et la personne qui le touche en fait ce qu’elle veut. Beaucoup de femmes aujourd’hui sont dépendantes du revenu de leur conjoint ou d’un travail très frustrant. Franchement, tous ces travaux alimentaires mal payés ne sont dans l’intérêt des femmes… Le revenu d’existence permettra de les combattre. Il permettra à des femmes de se former, il facilitera leur reconversion. Il pourra aussi les aider à s’engager davantage dans la vie sociale ou politique.

Enfin, ne soyons pas trop pessimistes : de plus en plus d’hommes souhaitent passer plus de temps avec leurs enfants, et ce revenu universel ne peut qu’accélérer l’évolution. Dernier détail : le revenu universel peut éviter que des femmes au bout du rouleau ne tombent dans la prostitution. Pense par exemple à Katie, la mère célibataire dans le film “Moi, Daniel Blake“.