Archive for the ‘política’ Category

Mi Toisón de oro

19 febrero, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Yo vine a un mundo en el que ya no estaba Franco. Nací el 24 de noviembre de 1975. Fue mi padre quien me dio la noticia: “Gabriela, tú naciste el mismo año en que murió Francisco Franco”. ¿De qué demonios hablaba mi papá? ¿Qué importancia podía tener eso para una niña nacida en Lima, Perú, que no sabía ni dónde estaba la península ibérica? Ni siquiera tenía unos abuelos españoles que hubieran huido de la guerra, pero mis padres sí eran unos tremendos comunistas de los 70 que cantaban himnos republicanos de un país que no habían pisado en su vida. Había una estantería en mi casa llena de libros sobre La República y los antifascistas, todos forrados para guardar las apariencias, porque en esa época te podían encerrar por un libro, como ahora. Yo estaba en la panza de mi madre cuando a mi padre lo metió preso la dictadura de Velasco, que oh paradojas, era llamado gobierno revolucionario de las fuerzas armadas, el de la reforma agraria, pero reformista al fin, demasiado poco para esos jóvenes comunistas que al general le gustaba meter a la cárcel.

El fanatismo por “España” lo había heredado mi padre de mi abuelo Carlos –un empleado de la Compañía Peruana de teléfonos, cuando esa compañía todavía era peruana y no existía la transnacional Telefónica ni Movistar–, que no era ni de izquierdas, pero sí un antifraquista visceral, amante de la historia y los crucigramas. Las guerras mundiales eran un temazo en las comidas familiares, y mi padre y mi tío Hugo –que luego se harían trotskistas– pensaban como mi abuelo que la Guerra Mundial se había decidido gracias a la vergonzosa política de los países europeos con la guerra española. Antes de que yo naciera, mi papá, mi mamá y mis tíos iban al cineclub a ver Morir en Madrid y salían cantando: “que caiga Franco, que caiga Franco”. Y eso que allí teníamos nuestros propios problemas, nuestros propios francos. Pero en esa época había algo llamado internacionalismo y algo llamado miedo. Yo un par de veces le presté mi cama de niña a un chileno exiliado. Por eso no puedo ver a un militar sin que me duela algo.

Así también llegaron a mí algunas canciones clásicas de la Guerra Civil, que íbamos recreando porque los discos de vinilo se rayaban. Por esos días ni me imaginaba que iba a pasarme 15 años ya en este país. También cantábamos “La hierba de los caminos”, la versión que Víctor Jara cantaba antes de que Pinochet le cortara las manos para que no tocara nunca más su guitarra y le disparara 40 balazos: “qué culpa tiene el tomate que está tranquilo en la mata, y llega un hijo de puta y lo mete en una lata…Cuándo querrá Dios del cielo que la tortilla se vuelva, que los pobres coman pan y los ricos mierda, mierda”. Creíamos que era una canción de la Guerra Civil española, supongo que porque el tomate y la tortilla son cosas de españoles, como la guerra.

Por eso mis padres me regalaron, apenas pudieron, como si me dieran un aparatoso y pesado Toisón, España aparta de mi este cáliz, el poemario que el poeta peruano César Vallejo le dedicó a la Guerra Civil española, pero la edición en gran formato, ilustrada y en tapa dura. Tenía fotos tamaño A3 en blanco y negro de los niños llenos de agujeros, sin nombres, solo eran números en los carteles que colgaban de sus cuellos. No podía creer que las balas pudieran hacer eso, que la gente pudiera hacer eso, que mis padres quisieran que yo viera fotos de niños españoles muertos, niños fusilados, niños bombardeados, amontonados en piras. Me aprendí de memoria ese poema que empieza: “Niños del mundo, si cae España, digo, es un decir…” No entendía todo lo que escribía Vallejo pero sí entendía: “¡Qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano, qué viejo vuestro dos en el cuaderno!”. Entendí que podían envejecer los números, la matemática, porque ya no habría niños para estudiarlas. Esos niños agujereados de las fotos iban a “bajar las gradas del alfabeto hasta la letra en que nació la pena”. ¿Cuál era la letra en que nació la pena? Si la madre España cae, decía el sudaca Vallejo, salid niños del mundo, id a buscarla.

Pero no salieron. Yo, que nací el año que murió Franco, recuerdo que lo que más me alucinaba de niña es que una dictadura pudiera durar tantos años, una dictadura que no era una dictadura del proletariado, la única buena según mi rojimio padre, sino una de las malas, de las peores. Y a los 11 años no podía asimilar que toda esa gente tuviera que esperar a que muriera el tirano para liberarse de sus cadenas. Solo mucho después supe de los alcances del exterminio, del exilio, de la represión, de los nazis, de la monarquía, de la Transición, de la traición.

Yo nací en un país de mierda, con dictadores de todo pelaje, pero al menos allí no hay un rey, ni una reina. Ver la ceremonia de la entrega de aquella joya medieval a la heredera es para los que venimos de repúblicas como ver una rata duchándose con jabón, algo difícil de creer hasta que lo ves. Felipe no le va a contar a su hija Leonor esa otra parte de la historia que sus propios ancestros han ayudado a forjar, menos en una de esas comidas diarias familiares en las que, como sospechábamos, se dicen naderías, como en el discurso del rey en Navidad. Me temo que no vamos a ver cómo se abrasa la lengua Leonor de pura impresión de saber lo de Cataluña o que todavía hay 143.353 desaparecidos del franquismo, que España es el segundo país con más fosas comunes después de Camboya, que podrían ser 2500 o 5000, y solo se han abierto 300. Y, claro, que los niños perdidos no están en el País de Nunca jamás, sino en el País de Nunca habrá Justicia. ¿Entonces mi papá se equivocó y yo no nací en un mundo sin Franco? ¿Leonor nació en una España sin Franco? ¿O Leonor es Franco?

Cuando salimos de fiesta con mis amigos españoles, con mi amiga Cristina, que siempre habla de las fosas comunes y las cunetas, y otros a los que el franquismo les mató a sus abuelos y abuelas, a esa hora en que todo se vuelve melancólico, y ellos se ponen a cantar canciones de la Guerra Civil, yo todavía me sorprendo de poder acompañar algunas estrofas, y me acuerdo del miedo y de mi padre y de mi libro-toisón, y cuando ya no puedo seguir me pongo a recitarles a Vallejo: “milicianos de huesos fidedignos, cuando marcha a morir tu corazón, cuando marcha a matar con su agonía mundial, no sé verdaderamente qué hacer, dónde ponerme, corro, escribo, aplaudo, lloro, atisbo, destrozo…”. Yo tampoco sé dónde ponerme, amigos.

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Aires de Mayo del 68 en Vallcarca

18 febrero, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Cuando uno queda con dos miembros de los CDR —Comités de Defensa de la República— del barrio de Vallcarca, en Barcelona, espera a dos antisistema que según el estereotipo deberían llevar capucha, tener rastas y usar un lenguaje radical. Los CDR están en la izquierda del universo de la CUP, que engloba, entre otros, a Arran, Endavant, Poble Lliure y Constituents per la Ruptura. Para algunos son un apéndice más, para otros funcionan de manera autónoma. Toman su nombre de los Comités de la Defensa de la Revolución cubanos.

Son tan asamblearios que decidieron en una si debían hablar con el periodista. El pacto es nada de fotos y de apellidos, solo Aran y Albert, de 38 y 42 años respectivamente. “Vamos a hablar a título personal porque no podemos hacerlo en el nombre de todos”, aclara Albert. Ambos se alejan del cliché y tienen un discurso articulado y realista.

Los CDR cambiaron su R después del 1-O. Pasaron de defensa del Referéndum a defensa de la República. Son, según Albert, entre 200 y 250 en toda Catalunya. Y están en alza.

El 8 de noviembre llevaron el peso en la huelga al margen de los sindicatos tradicionales. No tuvo un seguimiento masivo, pero fue un éxito mediático: supuso una demostración de fuerza. Los CDR cortaron las vías del AVE en Barcelona y Girona, varias autopistas y carreteras, además de los pasos fronterizos con Francia en la Jonquera, Seu d’Urgell y Puigcerdà. Fue un cambio respecto a la huelga general del 3 de octubre, llamada de país. Carles Puigdemont les felicitó desde el exilio pese a que los CDR no tienen nada que ver con el universo burgués del PDeCAT.

Esa huelga del 8 de noviembre les puso aún más en un mapa en el que ya estaban. Fueron los encargados de la ocupación de los colegios electorales en la víspera del 1-O y de esconder parte de las urnas. También fueron los protagonistas el 20 de septiembre en la protesta ante la Conselleria de Economía por la entrada de la Guardia Civil.

Aran asegura que en el 27 de octubre, el día de la declaración de la DUI, faltó valentía. “Si los consellers y el president se hubieran encerrado en sus despachos estábamos preparados para rodear los edificios y defender las instituciones desde la calle. Fue un error no ir hacia delante. Fue una gran decepción”.

Los CDR esperaban repetir su éxito del referéndum cuando los antidisturbios de la Policía Nacional y de la Guardia Civil apalearon a personas dentro de los colegios. Algunos reconocen, no es el caso de Albert ni Aran, que supieron situar a las mujeres y a los niños en primera fila. Su objetivo es forzar al Gobierno central a una negociación.

Los de CDR se han organizado para vigilar el desarrollo y escrutinio de las elecciones. Muchos estarán en los colegios electorales como interventores de los partidos independentistas, igual que algunos miembros de la Asamblea Nacional Catalana (ANC), cuyo líder, Jordi Sànchez, está en la cárcel. Hay temor a un pucherazo.

En los Whatsapp independentistas corren los rumores: “censo inflado, gente pagada para ir a votar, voto por correo manipulado, prohibición de observadores internacionales”. En el caso de los CDR lo que fluye es información. Se comunican por Telegram con mensajes encriptados. La ANC es capaz de movilizar a cientos de miles de personas, los CDR mueven miles de personas con gran rapidez. Resultan más ágiles. Son la fuerza de choque del independentismo.

“Cada CDR es diferente y autónomo”, dice Albert, “unos están más a la izquierda que otros. En el nuestro somos 35 personas. Todo se decide en asamblea”. Tras lo ocurrido el 1-O se han incorporado más personas a las reuniones. Aran asegura que en su CDR hay personas mayores. “Lo ocurrido en estos meses ha permitido que muchos se sientan parte de algo, ha creado en la sociedad nuevas lealtades. Es un movimiento intergeneracional. Ha calado en la sociedad catalana. En la huelga general del 8 de noviembre las personas mayores eran las más decididas a cortar las carreteras, a veces mucho más que los jóvenes”.

Ambos sostienen que los partidos que defendían la Declaración Unilateral de Independencia han sido demasiados naíf al pensar que el Estado no iba a reaccionar. A Aran tampoco le ha sorprendido la actitud de la UE. Ella, como la CUP, defiende que es mejor estar fuera de esta “Europa austericida” que olvida a las personas.

Muestran las urnas desde dentro del colegio electoral Escola Industrial
Urnas en el interior del colegio electoral Escola Industrial © SANDRA LÁZARO

Creen que una de las enseñanzas de lo ocurrido tras la declaración de independencia es que no se puede ir a una secesión con el apoyo actual, por debajo del 50%, pero también piensan que existe una base social creciente para arrancar un referéndum pactado que “ponga al Estado contra las cuerdas”, en palabras de Aran.

Los CDR como la CUP están tan interesados en el cambio de modelo económico, social y político como en la independencia. Creen que ese cambio solo será posible fuera de España; en este caso, la independencia sería el instrumento para lograrlo.

A diferencia de Junts per Catalunya y ERC, los CDR no forman parte de la “revolución de las sonrisas”; creen que ya no hay motivos para sonreír.

El bar en el que hablamos se va llenando de gente, todos jóvenes. Muchos están más cerca del estereotipo del antisistema diseñado por algunos medios. La mayoría bebe botellines. Abunda la Estrella Galicia. Muchos les ubican cerca del espíritu revolucionario de Mayo de 1968. El bar parece arrancado de aquel París.

“No es que haya que pausar el proceso porque ya está pausado”, asegura Albert. A Aran le preocupa que pueda ganar Inés Arrimadas. Cree que podría ser el síntoma del pucherazo, pero añade que si gana limpio lo aceptarían. No saben cuál será el rumbo en las próximas semanas, pero están convencidos de que se ha creado una base ciudadana muy sólida que les permite ser optimistas a medio y largo plazo.

Albert asegura que los CDR también trabajan por su barrios como un movimiento vecinal. En Vallcarca tienen un problema con la especulación. Aran está de acuerdo con el periodista en que “las asambleas son un coñazo”, pero sirven para que la gente conozca la realidad y se empodere. La información que se mueve en ellas y a través de Telegram es, a su entender, una alternativa a la información manipulada de los grandes medios.

El ruido del bar no permite escucharse. Sucede como en la política: demasiadas voces que hablan al mismo tiempo. Aran dice: “siento que no podamos invitarte, pero estamos justos”. En la calle sopla el viento. En esa zona del barrio de Vallcarca aún no ha llegado la Navidad.

“El referéndum debilita la democracia”

16 febrero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

El autor conversa con el historiador Michael Ignatieff sobre el descrédito de la democracia. El canadiense, que durante un tiempo cambió la universidad por la política, sentencia: “El Estado es la solución, no el problema”.

Michael Ignatieff.
Michael Ignatieff. DANIEL VEGEL

Michael Ignatieff (Toronto, 1947), historiador, profesor universitario, intelectual comprometido, cosmopolita, que cambió durante un tiempo la universidad por la política, y volvió a la academia, es el nuevo Rector de la Central European University (CEU) de Budapest. La CEU es una institución académica de posgrado en inglés, de investigación y enseñanza avanzadas, cuyos rasgos distintivos, basados en las mejores tradiciones intelectuales de Norteamérica y Centroeuropa, son la diversidad internacional de sus estudiantes y profesores y el pensamiento crítico. Sus casi 1.500 estudiantes de máster y doctorado proceden de 110 países diferentes y hay profesores visitantes de 39 nacionalidades, entre los que me encuentro. Fundada por George Soros en 1991, es un modelo de educación internacional, de conocimiento en humanidades y ciencias sociales, y de compromiso con la construcción de sociedades libres y democráticas.

“Tras mi experiencia, hacer política y no solo pensar en ella, he acabado respetando a los políticos mucho más de lo que creía.”

Del enfoque interdisciplinario de la institución y su perspectiva global, sin olvidar las raíces nacionales, de la democracia, de la pasión por el conocimiento, de la crisis política y del compromiso de los intelectuales conversé con Ignatieff en su despacho en la mañana del pasado 24 de octubre.

PREGUNTA. Como historiadores, echamos la vista atrás y comprobamos que el consenso social democrático que funcionó en Europa durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial —y después de la caída del comunismo, del fin del apartheid, de las dictaduras en Latinoamérica…— se ha roto. Todas las certezas que teníamos a finales del siglo XX en torno al Estado benefactor, el empleo, el futuro sólido y estable para los jóvenes, han sido sustituidas por el miedo, el descontento y la indignación frente a los políticos, la crisis de valores democráticos básicos, el surgimiento de nuevos populismos. En Europa hay abundantes ejemplos de eso y parecen revivir algunos de los fragmentos más negros de su historia en el siglo XX.

Michael Ignatieff (izquierda) y Julián Casanova, durante la charla.
Michael Ignatieff (izquierda) y Julián Casanova, durante la charla. DANIEL VEGEL

RESPUESTA. Estamos confundidos y alarmados porque la narración o exposición de los hechos que funcionó hasta 1989 se ha ido quebrando en diferentes fases. Era la narración de Francis Fukuyama y el fin de la historia, de las transiciones a las democracias modélicas, de la cultura de un bienestar irreversible. Funcionó en Europa. España era el mejor ejemplo, pero también Portugal, Grecia y los países del centro y este de Europa que salían del comunismo. Había algo de ingenuo y simple en esa narración, que comenzó a romperse en Yugoslavia, cuando la democracia llegó en forma de guerra étnica. Además, la prosperidad de los noventa fue acompañada de profundas desigualdades. El 11 de septiembre de 2001 marcó un punto de inflexión y forzó otra narración, frente al islam. A partir de 2007, el miedo ya no se debía sólo al terrorismo, sino a la quiebra del sistema financiero, a la desconfianza frente a políticos corruptos que robaban y se burlaban de la gente. Y en los últimos años, después de los atentados terroristas en Europa Occidental, organizados y perpetrados desde dentro de las sociedades democráticas, el miedo al otro, al extraño, se ha hecho más profundo. Porque el fundamento del Estado democrático liberal era: “No os preo­cupéis; os protegemos”. Pero ya no protege, ni de los ataques desde fuera, ni de la quiebra del sistema desde dentro. Es una crisis del Estado, de las élites y de la narración que los sostenía.

P. La crítica a la política y a los políticos está clara, pero la desconfianza se extiende también hacia los intelectuales, o a los encargados de generar explicaciones o nuevas narraciones para los políticos y la sociedad. Max Weber pensaba que ciertas profesiones no eran aptas para dar el salto desde ellas a la política, aprender de la política haciéndola y no pensándola, y una de ellas era la de profesor de universidad. La historia, desde Maquiavelo hasta el presente, aporta excelentes ejemplos de pensadores y profesores universitarios que intentaron hacer carrera política y fracasaron. Tú eras profesor universitario, intelectual, y decidiste lanzarte a la política, pasar desde Harvard primero al liderazgo en el Partido Liberal de Canadá y competir después por la presidencia del país. Saliste derrotado y escribiste una sincera y admirable narración sobre esa experiencia traumática: Fire and Ashes: Success and Failure in Politics (2013), que fue editado al año siguiente en español (en Taurus) y muchos lectores conocen. ¿Cómo ves ahora, tras volver a la universidad, más allá de esa reflexión sobre el fracaso ya escrita, la relación entre el intelectual y la política?

“La desconfianza se extiende también hacia los intelectuales, o a los encargados de generar nuevas narraciones para la sociedad.”

R. Es un lugar común entre los intelectuales despreciar a los políticos: no tienen ideas, no piensan, son corruptos… El problema es que los intelectuales nos interesamos mucho por las ideas, seguimos ideas, y un buen político se preocupa del poder (el “fuego” del poder). Es verdad que la función de los intelectuales es producir narraciones que expliquen los hechos, guiar a la sociedad para escoger las opciones y alternativas apropiadas. Pero algunos políticos tienen un increíble talento para hacer eso, son brillantes narradores. Barack Obama es un buen ejemplo. Tras mi experiencia, hacer política y no sólo pensar sobre ella, he acabado respetando a los políticos mucho más de lo que creía. Uno puede, como pensador, tener una idea maravillosa, pero el político de una pequeña comunidad o provincia le recuerda que eso no va a funcionar allí. Algunos políticos poseen una destreza para el oficio que yo nunca tuve. Tienen oído, olfato, la capacidad para decirte: tú te crees un gran intelectual, pero en Cádiz, en Sevilla, en el País Vasco eso no va a resultar bien. La democracia no puede funcionar sin esa clase de conocimiento, de juicio político, y los intelectuales no suelen respetarlo. Puede ser que Angela Merkel no sea una gran pensadora, pero acumula más conocimiento de Alemania en uno de sus dedos pequeños que todos lo intelectuales en sus dos manos. Tenemos que respetar eso. Es verdad que muchos son corruptos, ladrones, no tienen ninguna sensibilidad hacia la gente que sufre. Pero a los buenos hay que decirles: gracias.

P. Pero en un momento en el que una parte de la sociedad ha perdido la fe en la vieja política y en sus representantes, el discurso de fortalecer las instituciones democráticas, apelar al sentido de responsabilidad, a nuevas formas de hacer política, con nuevas virtudes, es muy difícil de transmitir. El sistema, dicen, está podrido, la democracia burguesa no es la auténtica democracia. Donald Trump ha basado una buena parte de su campaña en hacer creer a la gente que el sistema político estadounidense está amañado, es fraudulento, algo que siembre un montón de dudas e incertidumbres y que puede tener consecuencias notables, tanto si gana las elecciones como si las pierde. Siguiendo con tu argumento, ¿cómo explicas todo eso a los jóvenes, muchos de ellos representados por quienes acuden a estudiar, desde muy diferentes lugares del mundo, a la Central European University?

“La gente volvería a confiar en el Estado si este cuidara de ellos y no fuera patrimonio de las élites. No hay solución fuera de ese marco legal.”

R. Tenemos que ser críticos con los políticos, pero no proyectar toda la sombra de la duda sobre la democracia representativa. Existe una clara polarización en la política, en polos, izquierda y derecha, que parecen irreconciliables, pero esa polarización es parlamentaria, democrática, no se manifiesta en una violencia armada, paramilitar, fuera del Parlamento, como en los años veinte y treinta del siglo pasado. Yo soy un liberal socialdemócrata que cree que el Estado es la solución y no el problema, que puede y debe proteger a los ciudadanos. La gente volvería a confiar si el Estado cuidara de ellos y no fuera el patrimonio de las élites. No hay solución fuera de ese marco legal democrático, y los populismos, de derecha o izquierda, no lo son. Soy un enérgico defensor de la democracia representativa y me opongo a los referendos. Se elige a los políticos y se les da la oportunidad de que tomen las decisiones en el Parlamento. No se puede dejar el futuro de un país en manos de un referéndum. El referéndum debilita la democracia. La gente no está harta de elegir a políticos/élites, sino a políticos irresponsables, que roban. El horizonte de la democracia está ahí, ahora, no en un supuesto futuro radiante al que hay que llegar. No hay un mañana radiante, sin democracia, y sin una constante lucha por ser más justos, generosos, solidarios. No vamos a alcanzar nunca Jerusalén, la ciudad celestial.

La conversación acaba con una idea que compartimos sobre la función de la universidad: llevar la razón, los argumentos, la ciencia y el conocimiento a los asuntos cotidianos de la vida democrática. Eso es lo que nos mueve a enseñar, investigar, viajar, comprometernos frente a las mentiras, la propaganda y la manipulación, el constante desprecio del conocimiento. En palabras de Ignatieff en el discurso de toma de posesión como rector, “si nos preocupamos del conocimiento, si de verdad estamos interesados en separar el grano del conocimiento de la paja de la ideología, del partidismo (…) estaremos cumpliendo con la parte que le corresponde a la universidad de llevar el orden de la razón a nuestras vidas”.

Julián Casanova es historiador.

¿Quién teme a la clase obrera?

7 febrero, 2018

Fuente: http://www.publico.es

27 Ene 2018

Ricardo Romero “Nega”
Cantante de Los Chikos del Maíz y Riot Propaganda (@Nega_Maiz)
Arantxa Tirado
Politóloga (@aran_tirado)
Ambos son autores de La clase obrera no va al paraíso. Crónica de una desaparición forzada (Ediciones Akal, 2016)

En las últimas semanas hemos asistido a enconados debates y enfrentamientos que giran alrededor de lo que parece haberse convertido en uno de los problemas fundamentales que sacuden los cimientos de la izquierda transformadora: la cuestión de la clase obrera. El enésimo retorno al centro de la discusión política (al menos en Twitter y otras redes sociales) de la clase destinada a asaltar los cielos y socavar para siempre el orden capitalista se produce por varios motivos, pero el fundamental es para justificar el ascenso de los ahora denominados “populismos de derechas” (la ultraderecha de toda la vida): Trump en EEUU, Lepen en Francia y, a escala local, el auge de Ciudadanos en el antaño cinturón rojo industrial de Barcelona. No deja de ser interesante ya que, los mismos que durante años nos dijeron que la clase obrera ya no existía y nombrarla era un anacronismo, ahora la resucitan para justificar las sucesivas derrotas de la izquierda convirtiéndola en su particular chivo expiatorio. Gran parte de la izquierda académica la enterró alegando que ahora todos éramos precariado (y gays, lesbianas, migrantes o ecologistas, pero no trabajadores y trabajadoras); la socialdemocracia y la derecha dictaron su defunción sobre la base de que todos éramos clase media. ¿Cómo iba a existir la clase obrera si un trabajador compartía con su jefe el mismo programa de televisión, visitaba los mismos lugares de recreo, leía el mismo periódico, usaba la misma pasta de dientes y el negro tenía un Cadillac? (Marcuse dixit). Pero igual que Galileo (ojo, no confundir con Copérnico, Álvaro Ojeda) dijo aquello de “Eppur si muove”, unos pocos se empeñaron en mantener que, sin embargo, la clase obrera seguía existiendo.

En este acalorado debate tenemos, en un extremo, a fundamentalistas de corte machista-leninista para los que todas las luchas quedan subyugadas a la lucha principal que es la emancipación de la clase trabajadora. El feminismo, la ecología, el animalismo, la defensa de las minorías racializadas… son luchas menores de corte pequeñoburgués que nos desvían del sagrado objetivo que no es otro que la extirpación completa del orden burgués. Se trata, generalmente, de adolescentes blancos heterosexuales, demasiado jóvenes para conocer los tenebrosos pasillos de una empresa privada y demasiado cafres para convivir en armonía con distintas identidades sexuales. Otra forma de identificarles reside en sus nicks y avatares, la foto de perfil siempre es Lenin y el nombre en Twitter Sidorenko (en honor al famoso francotirador soviético).

En el extremo opuesto tenemos a los obrerofóbicos. Provienen de profesiones liberales, muchos de ellos pertenecen al mundo académico precarizado, aunque sus familias de origen no sean nada precarias. Quizás por eso les suena tan exótico oír hablar del “orgullo obrero” o cuestionan que pueda existir una clase obrera en el siglo XXI que no pase por sus novedosas categorías analíticas. Eran los que, desde su todoterreno en el centro de Madrid, tildaron la lucha minera de “porno para comunistas” porque, ya se sabe, el carbón contamina muchísimo. Defienden el poliamor, el Primavera Sound y el carril bici. Se les suele ver por Lavapiés y Malasaña en Madrid (o en los barrios hipsters equivalentes en cada ciudad del Estado), a veces hablan raro y la pareja de humoristas Pantomima Full los ha descrito a la perfección como ningún sociólogo o politólogo ha conseguido. Son los que se empeñan en mantener el retrato folclórico y acartonado de la clase obrera; el famoso obrero de mono azul que fuma Ducados. En realidad, el pobre hombre se tiene que haber muerto ya de tanto fumar trujas.

Las caricaturas, aunque resulten incómodas, a nosotras nos gustan y en ocasiones sirven para describir realidades sociológicas representativas. Pero tanta distorsión, exageración y tergiversación intencionada desvirtúa el debate de fondo: ¿por qué molesta tanto que la clase obrera tome la palabra y denuncie que otros están hablando por ella? Entonces, saltan las alarmas y cierta izquierda que no proviene de nuestra clase, se incomoda con el debate y tilda de “obrerista” (como si esto fuera un insulto) a quien pone el incómodo tema de la clase en el centro.

Entre todo el ruido, la clase obrera sigue ahí, a lo suyo, a lo que le es propio, haciendo malabarismos para llegar a fin de mes y sufriendo los vaivenes de un mercado laboral que ya no es flexible sino que se rompió en mil pedazos. Gritándonos en la cara que se puede ser obrera y lesbiana, gritándonos que se puede ser obrero y ecologista, que se puede ser cajero de supermercado y practicar el poliamor, que se puede ser transexual y trabajar en una oficina, que se pueden levantar tabiques en una obra y ser vegano. La clase obrera grita pero nadie escucha, seguramente porque no lo hace desde Twitter ni desde tribunas como ésta. De hecho, con el estómago vacío, es decir sin un trabajo, resulta complicado lanzarse a defender otras luchas; parece evidente que la lucha obrera y por los derechos laborales tiene algo de nuclear. La discriminación positiva, estandarte de muchas luchas e instrumento de normalización, se da siempre en el ámbito laboral.

Y mientras la clase obrera grita y nadie escucha (y volviendo al escenario electoral) resulta evidente que existe una desconexión entre las clases populares y obreras y los partidos de izquierda transformadora situados a la izquierda de los tradicionales partidos socialdemócratas. En realidad, no es tanto que la clase trabajadora vote mayoritariamente a Trump (es un mantra que con los datos en la mano no se sostiene, como bien explicó en su momento Sarah Smarsh, una periodista que proviene de la clase obrera estadounidense) ni que el cinturón rojo barcelonés se haya vuelto por completo de Ciudadanos (a C’s lo votan en mucho mayor porcentaje en Pedralbes que en Nou Barris y en las municipales Nou Barris opta por Colau, que nadie lo olvide). El problema no es que voten a quien no nos gusta, el problema nuclear sigue siendo que las clases populares sencillamente no votan en el mismo porcentaje que otras clases sociales. La desconexión no es sólo electoral sino intrínsecamente política: la izquierda –salvo honrosas excepciones- está dirigida por personas que dicen defender a la clase obrera pero que sólo han pisado un barrio obrero en campaña electoral. Efectivamente, la clase obrera milita menos y, cuando lo hace, no tiene la misma “habilidad” para trepar en los partidos que otros que gozan de mayor capital cultural, son “hijos de” o, sencillamente, le echan tanta jeta a la vida que son capaces de fraguarse carreras políticas fulgurantes a sus tiernas edades.

Las excusas para explicar este divorcio entre la clase obrera y la izquierda son de distinta índole, algunos afirman que el feminismo y la lucha LGTBI nos alejan de las clases populares, al margen de elitista es falso: el PSOE (y gran parte de la socialdemocracia europea) ha asumido esas luchas como propias y el ansiado sorpasso no tiene visos de producirse. Otros culpan a la ofensiva mediática, no podemos ganar porque los medios están en contra nuestra. Pero Donald Trump ganó en medio de innumerables escándalos aireados por la prensa, teniendo en contra al The New York Times, la revista Time, parte del establishment estadounidense y a prácticamente toda la opinión pública mundial progresista. Lo mismo podríamos decir de Lepen, caso que duele más todavía pues no se trata de un multimillonario excéntrico de infinitos recursos económicos sino de un partido proveniente de las clases medias de corte eminentemente pequeñoburgués que en los años 90 era prácticamente testimonial. El comodín de la prensa se perfila cada vez como más endeble, aunque no negamos que también juegue su papel.

Ante un panorama tan desolador, todo el mundo parece tener soluciones y propuestas, algunas afortunadas, otras directamente erróneas o hilarantes. En esta línea nos gustaría mencionar el caso de El Sobresalto (CTXT), un autodenominado grupo de millenials “que viene a liarla” y que piensa que la mejor forma de conectar con los jóvenes provenientes de la clase trabajadora es ponerse un disfraz de quinqui, glorificar Mujeres y Hombres y Viceversa (MYHYV) y fomentar el consumo de perico (cocaína). En otras palabras, perpetuar todos y cada uno de los estereotipos más nocivos que vinculan a la gente de abajo con la delincuencia, el consumo de drogas y la televisión basura. En la misma línea parecen moverse revistas como Vice o Jenesaispop, fomentando, día y noche, artistas de trap, no ya machistas, sino que en muchas ocasiones fomentan de forma abierta la violencia física contra la mujer. ¿Existiría la misma tolerancia si en lugar de violencia contra la mujer fuera violencia contra los negros o los árabes? Ante esta disyuntiva gravita lo que el tuitero Jonathan Martínez calificó como una digestión muy indigesta del libro de Owen Jones Chavs, la demonización de la clase obrera. Pero el bueno de Jones no tiene la culpa de que algunos no hayan entendido el clasismo que quiso denunciar y confundan su libro con una invitación a embrutecer a la clase obrera. De alguna manera todo está permitido, todo es relativo y desde luego no somos nadie para ir con nuestra “superioridad moral” (concepto clave y fetiche) a decirle a nadie qué es lo correcto y lo que no. Así, si un artista trap insulta a las mujeres se le tolera porque “es que viene de la calle”, si una concursante de MYHYV insulta a trabajadores y se ríe de su físico no importa, viene de abajo y además un día escribió un tuit feminista (locurón). Por lo visto tampoco se puede poner el grito en el cielo y denunciar a Espejo PúblicoEl Programa de Ana Rosa o el Sálvame Deluxe porque son programas que ve el pueblo.

Este tipo de clasismo, el paternalista, es el más peligroso que existe, pues niega la posibilidad de emancipación. ¿En los barrios obreros no existen jóvenes con conciencia feminista? ¿Para venir de la calle hay que insultar a las mujeres y llamarlas putas veinticinco veces en una canción? ¿Una hija de un fontanero y una limpiadora no puede ver HBO y odiar con toda su alma MYHYV? ¿Si una joven trabaja en una peluquería debemos suponer que lee el Hola y no a Ángela Davis? Quizá ha llegado el momento de sacudirnos tanto complejo y paternalismo, quizá ha llegado el momento de asumir que sí, nuestra moral es superior porque somos feministas, anti-racistas y antifascistas y creemos firmemente en la redistribución de la riqueza. Y no pasa nada por decirlo. Y tenemos una noticia que quizá sorprende a algunos: en muchas barriadas obreras existe un montón de gente así. Muchos lo sabrían si su relación con los de abajo se diera de forma material viniendo al barrio y no mediatizada a través de una canción de trap o el twitter de una concursante de MYHYV. En nuestros barrios hay gente que lee a Benedetti, Galeano, incluso a Marx, pero también gente que ve los documentales de La2 en lugar del Sálvame, que escucha a Silvio, a Leonard Cohen y que tiene una gran cultura –no necesariamente adquirida a través de estudios formales, pues la clase obrera todavía está lejos de haber conquistado la Universidad- conseguida de manera autodidacta. Por supuesto que en nuestros barrios también existen los fans de MYHYV, del Sálvame, Ana Rosa, lectores del Hola, etc., y no tenemos problema en criticar los programas que ven (que no a ellos y ellas). La diferencia es que la crítica suena muy distinta cuando se hace desde afuera de nuestra clase, a cuando la hacemos desde adentro, conscientes de que se trata de rescatar esos tiempos gloriosos en los que la mayoría de la clase obrera hacía un esfuerzo por formarse tras su jornada laboral, cuando había organizaciones políticas dirigidas por la clase obrera para la clase obrera, ateneos republicanos, casas del pueblo, círculos de estudio, etc. Aquí es donde los sindicatos (los que se dicen de clase y tradicionales) al parecer convidados de piedra a este debate, deberían jugar su papel, el que cumplían antaño, es decir, no sólo como agentes defensores de los derechos laborales sino como espacios físicos de socialización. Pero por lo visto ni están ni se les espera. No deja de ser curioso (e irritante) que este debate lo mantengan principalmente periodistas, miembros de partidos y activistas y todavía no hayamos escuchado a ningún sindicalista.

No existen fórmulas mágicas y queda mucho camino por hacer y recorrer, pero un buen inicio sería no tratar a los miembros de la clase obrera como si fueran seres inferiores o niños consentidos y malcriados. Pensamos que entre el núcleo irradiador y las diatribas cibernéticas de los postmodernos patrios y el ponerse un disfraz de quinqui en plan “mira soy como tú”, existe un espacio político (un centro si se nos permite el chiste) que debe ser explorado y trabajado. La izquierda ha asumido, al menos en la teoría, que cuando se habla de recortes en sanidad hay que escuchar a los sanitarios y profesionales médicos; que cuando se habla de violencia machista hay que escuchar a las mujeres; que cuando se hable de racismo hay que escuchar a personas negras o árabes; que cuando se habla de medio rural hay que escuchar a la gente que vive en el medio rural. Y es completamente lógico, razonable y justo que así sea. Pero en cambio es lo más normal del mundo que un señor politólogo que en su vida ha trabajado para una empresa privada, nunca vivió en un barrio obrero y además proviene de una familia acomodada, nos diga lo que es la clase obrera. Ante este argumento hay quien, sin pudor, saca a relucir los ejemplos de Marx, Engels o Lenin, todos ellos provenientes de la clase acomodada. Compararse con los padres del socialismo científico es tener un ego del tamaño de la Vía Láctea, pero no teman, estamos dispuestas a escuchar a quien renuncie a sus privilegios y se dedique a expropiar a su padre, como Fidel Castro, o a armar a los trabajadores con fusiles para asaltar palacios.

Recientemente se ha desatado en Alemania la huelga del metal más salvaje que se recuerda. El principal motivo de la lucha es la obtención de las 28 horas semanales (ya tienen las 37) para poder combinar su vida profesional con el cuidado de los hijos y las tareas del hogar, en otras palabras, una huelga feminista en toda regla. Convocada en un sector mayoritariamente masculino. “Queremos que los empleadores reconozcan que los roles tradicionales de género en las familias modernas están cambiando, y queremos que los trabajadores tengan la oportunidad de hacer un trabajo importante para la sociedad” ha declarado un líder sindical. El obrero del mono azul siempre vuelve, pero ahora ya no fuma Ducados, es feminista.

Lo que parece urgente a todas vistas es la necesidad de que la clase obrera tenga sus propios portavoces y referentes en el seno de la izquierda. Las Kellys, las trabajadoras organizadas de Bershka (que bien podrían participar en seminarios feministas), las estibadoras, los trabajadores del metal alemanes… Tenemos ejemplos de sobra. La clase obrera necesita ser escuchada y sentirse representada por gente que se le parezca dentro de su diversidad. Si esto no ocurre pronto, serán los Jim Goads de turno quienes lo hagan. Y eso tendrá muy poco de gracioso.

Ferran Mascarell: “La desconfianza de la sociedad catalana hacia el Estado es absoluta”

6 febrero, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Ferran Mascarell (Sant Just Desvern, 1951) ha sido de todo en la vida política catalana. Pasó del PSC de José Montilla al Gobierno de Artur Mas. Ha sido delegado de la Generalitat en Madrid, sus ojos y oídos para intentar entender al Gobierno de Mariano Rajoy. Va el número 26 en la lista de Junts per Catalunya. Es una presencia testimonial. La entrevista se desarrolla en el restaurante Il Giardinetto, uno de los emblemas de la Gauche Divine catalana.

¿Nos falta un relato como país?

Hay dos relatos; por desgracia solo dos: uno español dominado por la lógica del PP, porque el socialismo no ha sido capaz de proponer uno alternativo; existe algún punteo alternativo de Podemos, pero de momento muy poca cosa, y el de Ciudadanos, casi mimético del PP con aires de renovación generacional. Hay un segundo relato que emana desde Catalunya a partir de 2010, que es realmente distinto.

El relato español viene a decir “todo está bien como está”, “no toquemos nada”. El plan es construir España en torno a la gran capital. Madrid es la ciudad más rica de España, con una renta media superior a la media catalana, pero a la vez es la ciudad más desigual de España. La ciudad está generando una capitalismo madrileño en el que participan las empresas del IBEX y algunas que se están apuntando, incluso las que han salido de Catalunya con ganas de mejorar su conexión con el poder político. Madrid es el epicentro aunque esto sea a costa de vaciar España. Los réditos, las fiscalidades que salen de Catalunya son imprescindibles para mantener ese discurso de España. Catalunya que siga mandando fiscalidad, pero que no sea insolente, que no se atreva a plantear una disyuntiva distinta. Existe una tendencia recentralizadora, volver a un modelo preautonómico. Un modelo autonómico, sí, pero reducido a la carcasa autonómica.

Llevamos 500 años discutiendo lo mismo y seguimos juntos.

En Catalunya se ha producido una mutación política. La hemos producido los que veníamos del socialismo, los que veníamos del federalismo. A los catalanes no se nos puede poner sobre la mesa el federalismo como una gran novedad porque hace muchos años que lo intentamos. La frustración de nuestro proyecto federal, que pasaba por el Estatuto de Autonomía del 2006, hizo crecer el independentismo. Esa es la mutación, porque el independentismo no había pasado en Catalunya del 20% a lo largo de la historia.

Todo cambia con el Estatut.

Todo cambia con la frustración del Estatut.

Y con la crisis económica.

También.

La globalización unida a la crisis ha recortado el poder de los Estados frente a los mercados. Esto ha generado un incremento en la extrema derecha en Europa; en España, el 15M y el nacimiento de Podemos. ¿Puede ser la identidad la respuesta en Catalunya?

No, diré algo que quizá sorprenda: si se quiere entender lo que sucede en Catalunya, hay que sacarle la connotación nacionalista e identitaria porque no tiene nada que ver con la identidad y muy poco que ver con el nacionalismo. Tiene que ver con algo mucho más estructural. Desde la sentencia del Estatut, en Catalunya se han visto las lecturas de la crisis económica que ha hecho el Estado español y cómo repercutió en las familias, las clases medias y trabajadoras. La desconfianza de la sociedad catalana hacia el Estado es absoluta. El Estado español no es interpretado por los catalanes como su Estado.

El mayor ejecutor de recortes en Catalunya fue la Generalitat.

En aquel momento era consejero de Cultura. Tuve que hacer recortes culturales pero nadie me los achacó. Sabían que tenían que ver con un entorno económico en el que no teníamos capacidad de legislar ni capacidad de dar respuesta con políticas propias, con recursos propios. No encontrarás ni una manifestación en la plaza de Sant Jaume. En una situación como la que se produjo, lo normal hubiera sido una acampada permanente, pero no la hubo.

La hubo en torno al Parlament.

Bueno, sí, pero esto fue otra cosa.

En junio de 2011, cuando Artur Mas entró en el Parlament en helicóptero.

Bueno, eso fue un episodio muy de izquierdas, radical. No tuvo continuidad porque las clases medias, populares y trabajadoras no participaron en ese juego. Lo he hablado con la gente de Pablo Iglesias muchas veces: lo que ellos hicieron en 2012, se produjo en Catalunya en 2010. ¿Qué hizo Catalunya en 2010? Dejar de confiar. La gran manifestación del 10 de julio del 2010 es una ruptura con el Estado.

Además del Estatut, está la crisis: las clases medias catalanas perdieron más del 30% de su poder adquisitivo. Y además, nos dan la lata con la lengua y todas esas cosas. Aparte de las políticas erróneas desde el Gobierno catalán, la gente no identificaba el problema con el Gobierno catalán, porque el Gobierno catalán lo explicó muy bien, dejando de lado a la CUP, que para ellos el Gobierno catalán era el malo.

¿Dónde estaba el problema para la sociedad? En un Estado que no funcionaba, que no resolvía el tema de la financiación. El Estatut se basaba en cuatro ideas que la gente había asumido: reconocimiento como nación; un sistema de competencias fijo; un sistema de financiación que funcionara, y ya terminar con el problema de la lengua. ¿Qué hizo Podemos? Una revuelta contra un Estado neoliberal. ¿Qué hicieron las manifestaciones a partir de 2010? Manifestarse contra un Estado que, además de neoliberal, era profundamente antisolidario con Catalunya. Ahí está el quid de la cuestión.

Ferran Mascarell, exconseller de Cultura de la Generalitat de Catalunya.
Ferran Mascarell, exconseller de Cultura de la Generalitat de Catalunya. © SANDRA LÁZARO

Una de las contradicciones es que CiU es la derecha liberal catalana que ha pactado muchas veces con el PP.

Pero ya no. Fui una persona crítica con Jordi Pujol, pero CiU después se transforma. A Mas no le perdonan que, consciente o inconscientemente, diría que con una dosis notable de inconsciencia, convirtiera CiU, un partido de derechas, en uno de centro liberal. Si miras la base social de lo que ha quedado de Convergencia, no queda ni un empresario de los amigos de Pujol, por decirlo de algún modo. No soy militante de Convergencia. Desde que dejé el PSC, me mantuve al margen y me sigo manteniendo al margen. El PDeCAT no tiene nada que ver con aquella CiU, y Junts per Catalunya, todavía menos.

¿Cree que el independentismo y el Estado han aprendido alguna lección después del 1 de octubre y de la declaración unilateral de independencia?

El Estado no lo sé. El Estado español siempre me sorprende negativamente: vehiculan todo su poder en términos autoritarios, y los que razonamos en términos democráticos estamos convencidos de que nada de lo que está sucediendo estaría sucediendo si hace cinco o seis años hubiera existido alguna propuesta basada en principios democráticos. Buena parte de los catalanes quieren la independencia, pero no una ruptura con la sociedad española. Quieren dejar atrás el Estado español, pero no la sociedad española.

¿Se ha aprendido que la independencia no es posible con el 43% del censo, según los datos del 1-O, o del 48% en 2015 y sin apoyo exterior?

En este proceso, el independentismo ha tomado nota de varias cosas. Una tiene que ver con el imperativo que se ha ido autoimponiendo con los plazos y el calendario. Se los ha impuesto con cierta ingenuidad pensando que el Estado era democrático, pensando que si tú propones y un determinando porcentaje de gente te sigue, el Estado actuará en consecuencia.

Ese calendario parte de las elecciones de 2015, declaradas plebiscitarias. En realidad no se ganaron: los partidos independentistas no superaron en votos a los no independentistas.

No, eso no es así. No, había un 47,9% a favor de la independencia, un 41% en contra y había un resto indefinido, que era aproximadamente el 10%.

Pero no se pueden apuntar los votos de Catalunya Sí que es Pot.

No, no, claro que no, pero tú tienes un 49% y el otro un 41%.

Los dos partidos que proponen un calendario de independencia exprés, JxSí y CUP no suman más del 50%. Quizá el error parte de hacer una lectura de mandato cuando no lo hay.

El punto de partida era que, tarde o temprano, se podría hacer un referéndum para que la gente expresara su opinión. Ya decía que el independentismo ha sido un poco ingenuo en estas cosas. No hay que apretar, no hay que poner calendarios que no dependen de ti. Otra enseñanza: hay que hacer un gran esfuerzo para ampliar la mayoría. ¿Cómo? Explicando lo que es la república. Cuando a mis amigos de Madrid les cuento en qué país pretendo vivir, algunos me dicen “si hacéis esto me iré a vivir a Catalunya”.

Muchos españoles se querrían independizar de esa España antipática.

Nadie tiene por qué vivir en un Estado en el que no quiere, todo el mundo tiene derecho a construir una herramienta. Un Estado es una herramienta, no es una imposición divina. ¿Qué quiero yo para Catalunya? Bueno, pues un Estado más bien pequeño, limpio, honorable, pulido, eficiente, que funcione y que haya respuesta al mucho potencial que este país tiene.

¿Dentro o fuera de Europa?

Dentro de Europa.

Eso no va a ser posible.

Bueno, ya… Yo puedo aspirar a lo que quiera.

La realidad es que una Catalunya independiente sale de la UE.

Bueno, bueno, ya veremos. Europa es una cosa muy compleja.

El independentismo exprés ha terminado por creerse su relato. Que la UE iba a reconocer a Catalunya, o que al menos acudiría en su defensa, que las empresas no se iban a ir…

Las empresas no se han marchado.

Han cambiado su domicilio social. Pueden volver mañana si la situación se normaliza.

Sí, pero por razones estrictamente políticas, por razones estrictamente ideológicas.

Artur Mas dijo que no se iban a ir. Ha habido demasiada ingenuidad y fantasía.

En un libro que acabo de publicar [Dos Estados, editorial Arpa] digo que en España hay dos políticas: la heroica, que es la dominante en Madrid: nada debe cambiar, nada puede cambiar, nada tiene que cambiar; y otra ingenua, que es la catalana, que es una política básicamente aspiracional. Es un libro que tiene algunas ideas que no son las propias del relato oficial. Dices que en el relato catalán ha habido un punto de ingenuidad, incluso de fantasía, te diré que sí, que lo ha habido. Era un relato pensando en la creencia de que existían en España unos niveles de democracia superiores a lo que hay. Ahora se ha dado de bruces contra un Estado autoritario que muchos pensaban que no existía. Yo sí.

¿Cree que España es un Estado autoritario?

Sí, sinceramente sí. El Estado español es autoritario, entre otras cosas, porque no quiere encontrar mecanismos democráticos para resolver las diferencias políticas. Si excluyes del relato a 2,5 millones de personas que es lo que ha pasado… ¿Qué hizo el rey en su discurso? Excluir a 2,5 millones de ciudadanos. Y eso es inaudito. Un país democrático que hace políticas de inclusión no excluye a 2,5 millones.

Siguiendo esta argumentación, el Parlament aprobó la voladura del Estatut sin la mayoría legal necesaria. Decidió en nombre de 2,5 sin contar con el resto de los casi cinco millones de catalanes. Tampoco estaría cumpliendo las reglas de la democracia.

Está apostando por lo que apuesta, entre otras cosas porque han pasado siete años y 16 propuestas para resolver esto democráticamente mediante una consulta. Con una, dos, tres preguntas. Si eso se hubiera hecho hace cuatro años, no sé cuál hubiera sido el resultado.

¿Cree que la actuación del Parlamento catalán del 6 y 7 de septiembre, cuando se aprueba la ley transitoriedad jurídica fue…

Sí, ahí es donde centráis todo el debate.

No fue ejemplar.

No era la única manera de hacerlo.

Ferran Mascarell, exconseller de Cultura de la Generalitat de Catalunya.
Ferran Mascarell, exconseller de Cultura de la Generalitat de Catalunya. © SANDRA LÁZARO

Puigdemont reconoció ante Évole que era la única vía. A veces la única vía no es la buena.

Hay que entender cuál es el punto de partida. Ahí es donde se centra todo el discurso español, en el 6 y 7 de septiembre. ¿Y todo lo anterior? Y el Estatuto fracasado, ¿quién destruyó el Estatuto? ¿Quién hizo que dejáramos de ser federalistas? ¿Por qué fracasó el Estatuto? Se construyó un Tribunal Constitucional para destrozarlo. ¿Eso quién lo propició, los catalanes? No, fue el Estado. ¿Esto es democrático?

Ese mismo Tribunal ha dicho que se puede hacer un referéndum pactado, pero que para ello es necesario cambiar la Constitución.

Pero en España no se puede cambiar la Constitución.

Está la propuesta de Muñoz Machado en su libro de Catalunya y las demás Españas: hacer una reforma constitucional y otra del Estatut paralelas y celebrar después dos referéndums simultáneos; uno en toda España, incluida Catalunya, sobre la Constitución, y otro, específico de Catalunya sobre el Estatuto.

Mira, yo las propuestas… ¿Crees que hay alguna persona que defienda la independencia que se crea la viabilidad de estas propuestas? Es una propuesta académica hecha por una persona inteligente que, entre otras cosas, estuvo en el origen de la demanda del PP contra el Estatuto catalán.

Imaginemos que hacemos un referéndum en toda España. Muy bien, vamos a tener un 80% de españoles que querrán que Catalunya continúe y vamos a tener un 50%, 51%, 52%, 48% de catalanes que dirán que no quieren continuar. ¿Estaremos en el mismo sitio? ¿Quién quiere cambiar la Constitución española? ¿Para qué? La propuesta de Machado en su libro, yo he leído sus libros, es la misma que hacen todos los que están escribiendo para Ciudadanos.

¿Cómo salimos de aquí a partir del 22 de diciembre?

No creo que haya un antes y un después. Dependerá mucho de quién gane. Si gana lo que en Catalunya se llama el unionismo, el españolismo, dile como quieras, el independentismo aceptará el resultado. Pero no sé si será lo mismo al contrario. Es ya un punto de partida complejo, pensar que el otro no va a aceptar el resultado. Si gana el unionismo, tendrán que explicar lo que quieren hacer. No creo que tengan un proyecto estructurado para Catalunya que no sea más ‘su’ España.

¿Y repetir el tripartito? Comuns, ERC y el PSC.

Esto te lo tienen que decir los de ERC, pero lo veo muy difícil…

Es una fórmula para construir puentes, salir de los bloques.

¿Por qué no se construye democracia en lugar de puentes? Si me hablas del 22, te diré lo que tiene que pasar, lo que creo que sería bueno que pasara. ¿Dónde está la razón metafísica que impide que un español comprenda que se puede fabricar un Estado en Catalunya y se puede fabricar un buen Estado en España y que ambos pueden ser colaborativos y pueden ganar los dos? ¿Dónde está el elemento metafísico que impide que eso se comprenda?

Que no tienen todavía una mayoría suficiente.

No hay mayoría suficiente, ¿por qué no me das libertad de movimientos? ¿Por qué piensas en meterme en la cárcel si yo pienso que voy a conseguir esa mayoría? ¿Por qué me obligas a hacer una campaña con uno desde la cárcel y el otro desde Bruselas?

¿Cree que son presos políticos?

Hombre, claro que son presos políticos. ¿Y  tú no crees que son presos políticos? Jordi Sànchez está en la cárcel por razones políticas. Jordi Sànchez es un preso político, está en la cárcel por razones políticas, le están jodiendo la vida por razones políticas. No quiero vivir en un Estado que mete en la cárcel a los que piensan diferente.

¿Da por imposible la modernización de España?

Solamente se consigue si Catalunya sale, porque la élite española solo desaparecerá si Catalunya sale. La crisis la vais a hacer cuando Catalunya consiga la independencia. Si no, no la haréis, no la haréis, porque en Madrid se vive bien, Madrid no ve el problema que genera el Estado español. El Estado español es el peor Estado de Europa. No habla, no discute.

Grecia está peor. Pero es verdad que no somos Alemania ni Suecia.

En España se acepta como natural un 16%, un 17% o 18% de paro; se acepta como natural que no haya ningún debate sobre cómo crear riqueza. Se acepta como natural que la corrupción impere por Madrid. También aquí, pero en Madrid mucho más. El Estado español no es un buen Estado y hasta que no veáis que esto no funciona no se resolverá. He defendido con mucha convicción durante años un Estado que evolucionara desde dentro, que fuera inclusivo con los catalanes, que ajustara las aportaciones fiscales catalanas de modo razonable. Baviera aporta al Estado alemán 4.000 millones de euros. Bueno, pues cuando digo esto me decís, ya estáis hablando de lo que España nos roba. No, no digo que España nos roba, lo que digo es que el Estado vive de los catalanes en gran parte.

¿Cómo se siente la gente que pensó que declarando la independencia todo era inmediato?

La sociedad catalana es muy madura. Aunque hubo gente que se ilusionó muchísimo con la república, hubo gente joven que pensaba que la república se podía instalar así, en unas horas. poca gente pensó que esto era pim, pam y ya está. ¿Cuántos van a dejar de votar? Muy pocos.

Es lo que se les vendió, que proclamabas la república y todo empezaba a funcionar, y que había reconocimientos. Que la UE os protegería y forzaría a España a negociar

Que había reconocimientos quizás sí. La gente pensaba que habría más reconocimiento del que ha habido. Tarde o temprano llegará. Europa es un aparato político vinculado a los Estados. Si seguimos en la vía democrática, pacífica, tarde o temprano se entenderá. Es evidente que había la sensación de que Europa daría una respuesta más positiva.

El ex primer ministro francés Manuel Valls dijo en la televisión francesa que Catalunya tenía una autonomía superior a cualquier otra región de Europa.

No es cierto.

Que se enseñaba el catalán en las escuelas y que el castellano estaba casi como una lengua extranjera.

Pero eso no es verdad.

Que tenían policía autonómica y una televisión en catalán, que los gobernantes tenían más poder que cualquier gobernante anterior para tomar decisiones a favor de su gente.

No es cierto, no es cierto. La autonomía catalana tiene un proceso in crescendo hasta el año 96, 97, 98. En 2003, Enric Juliana creó la expresión del “català emprenyat”, el catalán cabreado. Desde hace 15 años está la idea de que las cosas no funcionan en la sociedad catalana. Una parte se atribuía al pujolismo, que en aquel momento estaba de baja, pero ya se percibía que lo que peor funcionaba en Catalunya eran los servicios públicos que dependían del Estado. No funcionaban los cercanías, no funcionaba el aeropuerto. Había cortes de luz. Estaba esa percepción de que las cosas no iban bien, pero que se podían solucionar mejorando nuestra posición dentro del Estado. Pero el Estado no es inclusivo, no sabe serlo, no ha sabido serlo nunca. Está articulado y definido para servir a los intereses de una élite madrileña.

Ferran Mascarell, exconseller de Cultura de la Generalitat de Catalunya.
Ferran Mascarell, exconseller de Cultura de la Generalitat de Catalunya. © SANDRA LÁZARO

La élite catalana participa: la Caixa, Sabadell y alguna otras.

Sí, claro, sí, sí, es que hay gente que busca dónde estar.

Hay personas que sostienen que el problema no es Catalunya, el problema es España.

Es que creo que el problema es España.

Y que la crisis que tenemos es una oportunidad para resolver el problema de España. 

O se incluyen a los dos millones y medio de personas que quieren la independencia o lo tenéis que hacer vosotros. Digo “vosotros” porque también le corresponde a la sociedad. Mientras tanto, reconoced y dad legitimidad a 2,5 millones de personas que simplemente piensan más o menos como pienso yo, que la única manera de favorecer es que España vaya por un sendero razonable y que no nos dé disgustos, y que además no nos dé vergüenza. No hay ninguna razón para pensar que las cosas tienen que ser siempre así. Los noruegos, los suecos, los nórdicos organizaron Estados relativamente pequeños y en menos de 100 años han creado una de las regiones mundiales más interesantes del mundo

Pero fue al final del XIX y principios del XX, que es cuando se crean los Estados modernos.

Bueno, ¿y porque en aquel momento no se hizo ya no se puede hacer?

Estamos en situaciones políticas y económicas distintas.

Pero no hay ninguna razón para pensar que el mundo ha terminado. Eso solamente lo piensa el españolismo. Yo pienso lo contrario. Yo pienso que el Estado está cambiando. Los Estados van a cambiar, van a dejar de ser estos armatostes estructurales en manos de unos cuantos para pasar a ser instrumentos al servicio de la gente.

¿Cree que una frontera supondría la solución de los problemas?

La frontera os la inventáis vosotros. En Catalunya nadie habla de fronteras.

Pero si hay un Estado, tendrá que haber alguna frontera.

Una frontera es una raya. ¿Qué diferencia hay entre la frontera entre Catalunya y Francia, y la frontera entre España y Francia? ¿Dónde está la diferencia?

Si se sale de la UE habrá una frontera.

Pero eso es lo que tenéis ganas vosotros. Nosotros no queremos salir de la UE.

Lo dice la UE. Es un pacto entre Estados. Si se sale de uno se sale del pacto.

Toda la vida será así. La UE siempre será así.

Son Estados que tienen problemas territoriales similares y que no van a facilitar las cosas.

Son similares, no iguales. El Estado francés tiene una capacidad de reacción, y cuando suceden cosas como las que han sucedido en Córcega interactúa. Aquí, dan tortazos a la gente y esta es la pequeña diferencia que en general no percibís pero nosotros sí. Yo estuve en un colegio y vi cómo pegaban a la gente y no lo olvidaré nunca y no lo perdonaré nunca.

¿Hay peligro de que en Catalunya prenda un euroescepticismo?. Puigdemont amagó hace unos días con un referéndum sobre la permanencia de Catalunya en la UE.

Eso no lo ha dicho nunca. Hizo referencia a que la actitud de la UE no se correspondía con lo  que los catalanes sentían. No dijo vamos a hacer un referéndum. Además luego lo matizó: si alguien ha interpretado que quiero hacer un referéndum para entrar o salir de la UE, se equivoca. Los catalanes queremos estar en la UE.

¿Se ha producido una ruptura en la sociedad catalana? La diputada de la CUP Mireia Boya llamó traidores a los Comuns y dijo que tendrían memoria. Se habla de buenos catalanes y malos catalanes, y hay bullying en las redes a Coixet, Serrat y Évole, entre otros.

Si hacemos caso de las redes sociales… Como si las redes fueran la realidad. Antes de entrar aquí he pasado delante de Ciudadanos y uno me ha dicho: “Viva España!” Y digo pues viva, estupendo, no pasa nada.

Pero hay una cierta presión de un sector del independentismo exprés a todo el mundo que no están en el exprés.

¿Y al revés no? No lo veis, ¿verdad?

Por qué las clases populares no votan a la izquierda y qué hacer para corregirlo

5 febrero, 2018

Fuente: http://www.elconfidencial.com

Alberto Garzón Espinosa

¿Cómo es posible que los estratos sociales más bajos, las clases populares e incluso la clase obrera tradicional, esté optando por políticas de derechas como solución a sus problemas?

Foto: Mesa de votación en las elecciones catalanas. (EFE)
Mesa de votación en las elecciones catalanas. (EFE)

El resultado de las elecciones catalanas ha reabierto un debate clásico en la izquierda política: la cuestión de la afinidad política e ideológica de las clases populares. El hecho de que en los barrios obreros catalanes haya sido primera fuerza Ciudadanos ha hecho disparar de nuevo todas las alarmas. Pero no es la primera vez que sucede. En estas mismas páginas, y también en sus libros, Esteban Hernández ha ido destacando partes de este proceso desde hace años. La pregunta que tanto él como otros nos hacemos es la siguiente: ¿cómo es posible que los estratos sociales más bajos, las clases populares e incluso la clase obrera tradicional, esté optando por políticas de derechas como solución a sus problemas?

Lo primero que cabe advertir es que este no es un fenómeno que se circunscriba solo a nuestro país. En el año 2016 el politólogo Luis Ramiro publicó un estudio sobre la izquierda radical europea en el que se ponía de relieve que no existe una relación directa entre pertenecer a un estrato social desfavorecido y votar a un partido radical de izquierdas. O, dicho claramente, que los partidos de la izquierda radical europea dicen representar a las clases populares pero estas no se sienten representadas. Este estudio, y muchos otros, han demostrado que el votante medio de la izquierda radical europea no tiene nada que ver con el perfil del votante típico de los partidos de extrema derecha que están ganando peso en Europa y Estados Unidos. Como hemos explorado en otro lugar, el perfil de ese votante es el de una persona desempleada, poco cualificada, muy expuesta a la competencia económica internacional y con sentimientos nacionalistas que se realzan como una forma de protección ante esa situación general de vulnerabilidad. El problema general, por lo tanto, es que la izquierda no está siendo capaz de atraer a las personas más afectadas por la crisis y por la globalización neoliberal, y ese lugar lo están ocupando los partidos de derechas cuyos proyectos, además, tienen en muchos casos un espíritu reaccionario, racista y antidemócrata.

El problema no está en cómo representar a las clases populares sino en cómo ser parte de esas clases populares

La tesis que defiendo aquí es que el problema no está en cómo representar a las clases populares sino en cómo ser parte de esas clases populares. Durante décadas la izquierda política europea se ha ido desconectando de los estratos sociales más bajos con discursos cada vez menos vinculados a sus problemas cotidianos al tiempo que ha abandonado la construcción de redes sociales en barrios, vecindarios y centros de trabajo. En lugar de eso la izquierda ha concentrado su actividad en la participación en diferentes ciclos electorales y ha basado su crecimiento electoral en los sectores ideologizados de las autoconsideradas clases medias. Mientras eso sucedía, la globalización ha ido transformando las relaciones económicas y de clase en los países desarrollados, empobreciendo a las clases populares y haciendo descender de escalones a parte de la clase media. Este proceso está lejos de acabar. Transitamos hacia una sociedad polarizada, de enormes desigualdades y en la que la izquierda solo tendrá oportunidad de ganar la batalla a la derecha si es capaz de volver a penetrar en los barrios populares a través de prácticas que conecten con sus problemas cotidianos y materiales. Nuestro mundo se asemeja cada vez más al del siglo XIX que al de la llamada época dorada del capitalismo.

Cómo hemos llegado hasta aquí

Cuando Marx y Engels escribieron sobre la clase obrera en el siglo XIX, esta sobrevivía en unas condiciones verdaderamente miserables. Además, ambos fueron testigos de cómo los beneficios del crecimiento económico recaían exclusivamente en unas pocas manos, la de los propietarios de las grandes industrias y de los bancos. Y en su estudio del capitalismo llegaron a la conclusión de que esa situación se mantendría o se radicalizaría hasta la revolución. Es más, pensaban que la proletarización de la mayor parte de la población sería inevitable: tenderos, artistas, profesionales y otros trabajadores no industriales acabarían convirtiéndose en proletarios pobres como consecuencia del propio funcionamiento del sistema. Quedaría un puñado de capitalistas y una gran masa, que sería mayoría, de empobrecidos trabajadores asalariados.

VÍCTOR LENORE

Sin embargo, las predicciones de Marx y Engels sobre la polarización parecieron desvanecerse a finales del siglo XIX y, sobre todo, tras la II Guerra Mundial. Gracias a las luchas obreras los trabajadores occidentales consiguieron hacerse copartícipes de los beneficios del crecimiento económico. Incluso aunque ese crecimiento derivara del saqueo y expolio de otros pueblos del mundo mediante la colonización. Ya a comienzos del siglo XX surgieron las tesis de la aristocracia obrera de Lenin y del imperialismo de los autores marxistas que trataban de explicar por qué la clase obrera se estaba “aburguesando” a costa del sudor de los trabajadores de los países colonizados. Pero empezaba también a nacer la llamada clase media, trabajadores que ya no vivían en condiciones de subsistencia sino que aspiraban a ser propietarios de viviendas y de automóviles y que disfrutaban de los servicios públicos arrancados a las clases dominantes a través de las huelgas y la lucha política. El compromiso keynesiano de posguerra consistió en institucionalizar el conflicto capital-trabajo y en repartir los beneficios del crecimiento de la productividad. Pero ahí estaba la paradoja: la victoria de la clase obrera occidental en la conquista de sus derechos supuso también el cambio de agenda de sus organizaciones políticas.

El problema, como señaló Adam Przeworski en su magnífico libro ‘Capitalism and social democracy’, es que emergió un dilema político-electoral. Lo que sucedió realmente es que creció la heterogeneidad entre los asalariados, de modo que ahora cabía dirigirse exclusivamente a la clase trabajadora tradicional, que era una minoría, o tratar de incorporar nuevos sectores sociales que no necesariamente tenían los mismos intereses. La primera opción te condenaba a perder las elecciones, y la segunda a desnaturalizarte. La solución natural de la mayoría de los partidos europeos fue la de mantener cierta retórica obrerista al tiempo que se adaptaba el discurso para llegar más allá de la clase trabajadora tradicional. De ese modo, la gran atención de la izquierda política se fue desplazando progresivamente hacia los sectores que más crecían y que además suponían el grueso de los votantes en los sistemas electorales: la llamada clase media. De forma correspondiente, los discursos fueron cambiando y la atención a las condiciones materiales de vida (salarios, pobreza, etc.) fue perdiendo peso en beneficio de las condiciones inmateriales de vida (calidad de la democracia, cuestiones de igualdad horizontal, etc.). No sorprendentemente también el propio marxismo hizo en los años cincuenta y sesenta un giro cultural similar, dejando a un lado la Economía Política –y la temática de la explotación– y priorizando las cuestiones culturales y psicológicas –y la temática de la alienación y la identidad–, como bien recuerda Perry Anderson en Consideraciones sobre el marxismo occidental. Nunca dejaron de existir los trabajadores manuales no cualificados, la categoría más próxima a la clase obrera sobre la que teorizó Marx y que aún hoy representa el 25% de la fuerza laboral en España, pero fueron dejándose de lado.

La desigualdad dentro de cada país se ha disparado, especialmente si comparamos el enriquecimiento del 1% más rico con el resto de la población.
Qué está sucediendo en las clases populares

Paradójicamente, desde los años ochenta nuestro mundo se va pareciendo cada vez más al de Marx y al del siglo XIX. La globalización neoliberal ha significado la liberalización del comercio mundial, las deslocalizaciones de las grandes empresas productivas, la privatización de las empresas públicas, la reducción de los sistemas fiscales progresivos y, en suma, el progresivo desmantelamiento del Estado Social. Con dos consecuencias esenciales, una de carácter nacional y otra de carácter internacional.

La primera es que la desigualdad dentro de cada país se ha disparado de nuevo, especialmente si comparamos el enriquecimiento del 1 por ciento más rico de cada país con el resto de la población. Como demostró Thomas Piketty en ‘Capital in the twenty-first century’, justo antes de la crisis el porcentaje sobre el total de riqueza del 1 por ciento más rico de Estados Unidos alcanzó los niveles de 1929. Esa concentración de la riqueza había disminuido radicalmente desde la II Guerra Mundial como consecuencia de los mecanismos redistributivos del Estado, pero empezó a crecer de nuevo a partir de los años ochenta. Hay que recordar que en la década de los años cincuenta el tipo impositivo marginal máximo –el tipo más elevado que se paga, lógicamente los ricos– era de hasta el 90% en Reino Unido o Estados Unidos, mientras que actualmente ronda el 40% en esos países. De ahí que David Harvey y otros autores hayan definido al neoliberalismo como la revuelta de las élites frente a los mecanismos redistributivos del Estado Social. O, dicho de otra forma, los ricos se cansaron de pagar los servicios públicos a los pobres y ya no tenían miedo a la revolución, así que organizaron una verdadera contra-revolución para acabar con las conquistas de la clase trabajadora.

La segunda es que la globalización está generando ganadores y perdedores también a nivel mundial, como demuestran los datos del libro ‘Global inequality’ de Branko Milanovic. Los ingresos reales de las clases populares de Europa y Estados Unidos se han estancado o han caído en las últimas décadas mientras han subido los ingresos reales de las clases medias urbanas de los países asiáticos y sobre todo de los superricos de todos los países del mundo. Dicho de otra forma, la globalización ha aumentado la desigualdad dentro de cada país, entre los poseedores de capital financiero y los trabajadores manuales, por ejemplo, pero también ha provocado que a nivel mundial el salario de un trabajador asiático se vaya pareciendo cada vez más al de un trabajador europeo medio. Esta es, exactamente, una predicción típicamente marxista: el desarrollo del capitalismo a nivel mundial igualaría las condiciones de vida de los trabajadores mientras haría aún más ricos a los propietarios de capital de todo el mundo. Un mundo dividido en clases y no en naciones.

No es que la clase obrera industrial haya desaparecido, sino que se ha deslocalizado desde Europa hacia Asia.

Ambas consecuencias están interrelacionadas. Por ejemplo, no es que la clase obrera industrial haya desaparecido, sino que se ha deslocalizado desde Europa hacia Asia. La incorporación de China e India al mercado mundial es la incorporación de más de 1.100 millones de personas para competir con otras a lo largo de todo el mundo. Esa nueva realidad opera como presión a la baja de los salarios en las diferentes secciones productivas europeas en las que se están especializando los países asiáticos. Por ejemplo, aquellos sectores expuestos a la competencia internacional, por lo general los de menor valor añadido, tienden a tener salarios más bajos. Y España, que está tecnológicamente atrasada, sufre especialmente ese drama. De igual manera, la globalización permite una mayor división del trabajo dentro de cada empresa, con procesos de deslocalización parcial y subcontrataciones, lo que lleva a que algunas empresas ofrezcan salarios muy altos y otras salarios muy bajos. Todo ello aumenta aún más la desigualdad de ingresos entre las clases populares, especialmente las no cualificadas, y las clases altas.

La consecuencia más obvia de estas transformaciones es que las estructuras de clase de los países occidentales, incluyendo España, están polarizándose. La globalización neoliberal está produciendo una nueva división entre ganadores y perdedores a nivel mundial y nacional que está quebrando al estrato intermedio de la sociedad occidental, las llamadas clases medias. Hay quien ha hablado, entre ellos Esteban Hernández, de “el fin de la clase media“. Pero más bien lo que está ocurriendo es que la clase media se está polarizando, con sus estratos sociales más altos manteniendo su posición y con los estratos sociales más bajos empeorando la suya. Los análisis del politólogo Pau Marí-Klose para España revelan que durante la crisis en nuestro país la distancia entre la clase media-alta y la clase media-baja ha aumentado.

Y por lo general los estudios económicos demuestran que el elemento clave es la cualificación formal y la estructura productiva. A mayor cualificación, más posibilidades de caer en el club de ganadores, pues se accede a puestos de trabajo más protegidos de la competencia internacional y que reparten más valor añadido. El problema es que la estructura productiva opera como limitante, como sucede con el caso español. Puedes tener a mucha gente muy cualificada pero que no es absorbida por la ausencia de tejido industrial de alto valor añadido, lo que lleva a la sobrecualificación.

A mayor cualificación, más posibilidades de caer en el club de ganadores, pues se accede a puestos más protegidos de la competencia internacional.

Llama la atención, por ejemplo, que otro estudio de Raúl Gómez, Laura Morales y Luis Ramiro revelara que el tipo de votantes de los partidos anticapitalistas tradicionales (como los partidos comunistas ortodoxos de Portugal o Grecia) y de los partidos de nueva izquierda (como Izquierda Unida o el Bloco de Esquerda en Portugal) apenas se diferencian en términos de edad, género, ubicación territorial o conciencia de clase, pero que sí hubiera diferencia en que los votantes de la nueva izquierda tienden a estar más cualificados que los votantes de los partidos tradicionales. En el caso español, en un reciente estudio publicado en 2017, Luis Ramiro y Raúl Gómez encontraron que el tipo de votante de Podemos y de IU tenía el mismo perfil, a saber, el de personas progresistas altamente cualificadas. Este tipo de estudios sugiere que la izquierda radical española está menos conectada aún a los perdedores de la globalización. Sus votantes no son los que más sufren.

Por lo tanto, lo que ocurre en España, como en toda Europa, es que el viejo mundo del compromiso de clase y de una clase media que sostiene el Estado Social está tocando a su fin. Con ella, las ilusiones de amplios sectores sociales que se autoconsideraban de clase media se desvanece. Milanovic, en su ya citado libro, considera que en los años ochenta en España había un 34% de personas situadas objetivamente en la clase media, y que en el año 2010 ese porcentaje era del 31%. Una dinámica descendente que se estaría dando en todos los países, especialmente aguda en Estados Unidos y Reino Unido. Por otra parte, la socióloga Belén Barreiro ha tratado este tema en su libro ‘La sociedad que seremos’ y desvela que el porcentaje de personas que se consideran subjetivamente de clase media ha descendido desde el 63,4% de 2007 hasta el 52,3% del 2014, cifras aun significativamente altas.

Y es cierto que las políticas neoliberales han causado esto, pero también es cierto que ha sucedido como respuesta a la propia lógica de un sistema capitalista que por su propia naturaleza es global. El ascenso de políticas proteccionistas de carácter nacionalista, como ocurre con la extrema derecha, hay que entenderlo desde esta lógica de defensa frente a estas amenazas de empobrecimiento. En otros casos la ilusión consiste precisamente en mantener la ilusión, esto es, en prometer a los votantes que volverán los tiempos de antaño y que las llamadas clases medias recuperarán su posición. Como si no existieran los 1.100 millones de nuevos trabajadores chinos e indios o no existiera la coerción de la competencia a nivel mundial. Como si quisiéramos ignorar, en definitiva, que lo que está en juego es el lugar de Europa y sus ciudadanos en el sistema económico mundial.

La izquierda radical española está menos conectada aún a los perdedores de la globalización. Sus votantes no son los que más sufren.

Cómo llegar a las clases populares

Lo importante, a mi juicio, es tener presente que la clase social no es solo una entidad objetiva que puede analizarse en los estudios económicos clasificando a la sociedad a partir de distintos criterios. La clase social es también un constructo social, una identidad, que se va construyendo en la práctica política. La clave es, entonces, cómo se construye clase social o, dicho de otra forma, cómo se consigue unir en un mismo proyecto político a la clase trabajadora que sufre la crisis y la globalización.

Algunas de las propuestas existentes son de carácter discursivo y consisten, fundamentalmente, en adaptar los discursos a las nuevas realidades políticas. Si las estructuras de clase han cambiado, parece evidente que los discursos políticos tienen que adaptarse a esos cambios. Esto es tan obvio que parece insultante tener que repetirlo. El problema es que esto por sí solo no vale. La construcción de relatos o narrativas, es decir, de historias que intentan atraer a una base social es insuficiente. Además, en comparación con los recursos para contar historias de otros partidos de derechas, financiados por los ricos, las posibilidades de éxito se reducen exponencialmente.

La clase social es también un constructo social, una identidad, que se va construyendo en la práctica.

Otras propuestas que se han dado son de ánimo organizativo, como las que sugieren la creación de una cuota obrera que obligue a las organizaciones a tener representantes de esos estratos sociales. Esta idea, recuperada hace poco por Nega y Arantxa Tirado en su libro ‘La clase obrera no va al paraíso’, recuerda la extendida prohibición que existió durante mucho tiempo entre los partidos socialistas respecto a la aceptación de militantes de extracción social burguesa. En todo caso, esta idea sería totalmente innecesaria si las cosas se hicieran bien, es decir, si la izquierda fuera de las clases populares y no solo se limitara a representarla.

La clave, a mi juicio, reside en la práctica material. Y este es un terreno desgraciadamente inexplorado por la izquierda europea actual. Se trata de aceptar que las subjetividades se crean sobre todo en la práctica, y que una organización que reside y está presente en el territorio, o que directamente está situada allá donde se da un conflicto político, es la que consigue convertirse en el instrumento de las clases populares.

Esto es algo que el movimiento obrero del siglo XIX siempre tuvo presente. De hecho, la función principal del SPD era formar a la clase más allá de las instituciones, esto es, en la práctica cotidiana. Como recordaba Antoni Domenech en su ‘El eclipse de la fraternidad’ en esa red se incluían “grandes sindicatos; cooperativas agrícolas; mutualidades; bolsas del trabajo; ligas campesinas; secciones y círculos socialistas y anarquistas; asociaciones deportivas y recreativas; círculos culturales; muchedumbre de periódico e imprentas; casas del pueblo; ateneos obreros; bibliotecas y teatros culturales; universidades populares; escuelas de formación de cuadros sindicales y políticos; cajas de seguro de enfermedad; cooperativas de consumo…”. Los grandes empresarios alemanes tenían absolutamente claro que la fuerza del SPD provenía no tanto de sus votos como de su presencia en la sociedad y de esas vastas redes sociales. El SPD logró el 34% de los votos en 1912 precisamente como consecuencia de esa fuerza. Algo que el fascismo italiano de Mussolini sabía muy bien cuando mandó a los violentos grupos de las camisas negras a destruir el tejido social que el comunismo italiano estaba construyendo en su país.

En la actualidad, cuando nuestro país y toda Europa ha iniciado una tendencia hacia las condiciones laborales del siglo XIX, conviene tener muy presente estas enseñanzas. Y recordar, sobre todo, que la función esencial de una organización política es convertirse en una sociedad alternativa, algo que se consigue siendo parte del tejido social y no solo tratando de representarlo. Si somos inteligentes en la izquierda europea, comprenderemos que la mejor manera de combatir a la extrema derecha, de ganar las elecciones y de poner en marcha un nuevo proyecto de país es precisamente a través del despliegue práctico y material de nuestra organización en todos los espacios de socialización. Y quizás todo empiece por preguntarnos si realmente nuestro objetivo es representar a las clases populares o ser las clases populares.

Perlas informativas del mes de enero 2018

4 febrero, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Internacional

Y dale con los rusos

Lo contaba en un tuit Pablo Echenique, seis titulares el día 1 de enero en El País sobre la injerencia rusa, el nuevo espantajo al que señalar.

Rusos en El País
Rusos en El País

Una cosa normal

Los lavaplatos haciéndose dueños de la cadena de restaurantes ( BBC, 8 de enero). Lo habitual. Y más sorpresas en el texto de la noticia. El tipo va con unas alpargatas y sin calcetines al banco a pedir un crédito de 2,7 millones de dólares y se lo dan. ¡A ver si aprendéis!

Pizzero BBC
Pizzero BBC

Foto de familias emigrantes

¿Qué os parece la foto elegida por  El Mundo el 15 de enero para ilustrar la noticia de que Trump deportará a 195.000 salvadoreños?

Salvadoreños
Salvadoreños

Líder y rebelde

En Venezuela, si lanzas granadas desde un helicóptero contra la sede del Ministerio de Interior y el Tribunal Supremo no eres terrorista, eres “líder de un grupo armado” ( eldiario.es, 16 de enero) o “piloto rebelde” ( El País, 17 de enero).

Venezuela líder grupo armado
Venezuela líder grupo armado

El País piloto rebelde
El País piloto rebelde

Mejor las cuchillas

No como nosotros, que solo ponemos cuchillas en la valla de Melilla ( La Vanguardia, 19 de enero).

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La Vanguardia emigrantes

Omitir muertos de un bando

En Telecinco en su informativo del 20 de enero informan sobre la autopsia en Venezuela del piloto militar muerto en un enfrentamiento con la policía. Citan el número de rebeldes muertos, pero no hacen referencia los dos policías que murieron en el enfrentamiento, aparentando así que fue una masacre de fuerzas de seguridad contra desarmados.

Convocan golpe de efecto

El presidente venezolano, Nicolás Maduro, convoca elecciones y Telecinco en su informativo de noche del 23 de enero dice que “da un golpe de efecto”. Y si no las hubiera convocado dirían que no es democrático.

También humanos

Volkswagen experimentó en Alemania con monos y humanos, pero parece que para algunos lo grave es lo de los monos ( eldiario.es, 30 de enero).

Experimentación con humanos y monos
Experimentación con humanos y monos

España

No se lo pusimos fácil a la pobre

Pues no se lo pondría fácil el apellido, decían en todos los periódicos del grupo Correo, pero por él se llevó una herencia de 600 millones.

Hija de Franco
Hija de Franco

Anécdota

¿Vosotros calificarías de anécdota el hecho de que alguien tirase a Juan Carlos de Borbón por la borda de un yate? Pues si es él quien te tira, sí lo considera así la prensa ( Vanitatis, 11 de eneroOkdiario, 10 de enero).

Anécdota del Rey en Vanitatis
Anécdota del Rey en Vanitatis

Anécdota Juan Carlos en OKDiario
Anécdota Juan Carlos en OKDiario

Gran reportaje sobre nuestro director

No hay como hacer un reportaje alabando el viaje del director de un periódico para asegurarse que hablarán bien en ese periódico de tu reportaje ( El Español, 17 de enero).

El Español, viaje de Pedro J.
El Español, viaje de Pedro J.

Pasar el cepillo para investigar

“LaSexta y la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, juntas por el micromecenazgo en investigación” es la noticia de LaSexta el 15 de enero. Es decir, que los proyectos de investigación en España serán previamente seleccionados por una televisión y luego su audiencia entra en internet y pone el dinero. Muy científico todo.

Superado el ABC

Pues yo creo que El País ya ha superado el diario históricamente monárquico ABC.

Superar al Abc
Superar al Abc

Pascual Serrano es periodista. Su último libro es “Medios democráticos. Una revolución pendiente en la comunicación“. Akal. www.pascualserrano.net

El legado del anarquismo

2 febrero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

El 4 de noviembre de 1936, hace ahora 80 años, sucedió un hecho trascendental e irrepetible: anarquistas entraron en el Gobierno de una nación.

La CNT en el Gobierno de la República. De izquierda a derecha, los ministros Bernardo Giner de los Ríos del partido Unión Republicana y Federica Montseny y Juan García Oliver de la FAI.
La CNT en el Gobierno de la República. De izquierda a derecha, los ministros Bernardo Giner de los Ríos del partido Unión Republicana y Federica Montseny y Juan García Oliver de la FAI.

El 4 de noviembre de 1936, hace ahora 80 años, cuatro dirigentes de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) y de la FAI (Federación Anarquista Ibérica) —Federica Montseny, Juan García Oliver, Joan Peiró y Juan López— entraron en el nuevo Gobierno de la República en guerra presidido por el socialista Francisco Largo Caballero. Era un “hecho trascendental”, como afirmaba ese mismo día Solidaridad Obrera, el principal órgano de expresión libertario, porque los anarquistas nunca habían confiado en los poderes de la acción gubernamental, su objetivo siempre había sido abolir el Estado, con su prédica del antipoliticismo y de la acción directa, y porque era la primera vez que eso ocurría en la historia mundial. Anarquistas en el Gobierno de una nación: un hecho trascendental e irrepetible.

Desde que Giuseppe Fanelli llegó a España en noviembre de 1868 hasta el exilio de miles de militantes en los primeros meses de 1939, el movimiento anarquista protagonizó una frenética actividad propagandística, cultural y educativa; de huelgas e insurrecciones; de terrorismo y de violencia; de revoluciones abortadas y sueños igualitarios.

El anarquismo arrastró tras su bandera roja y negra a sectores populares diversos y muy amplios. Arraigó con fuerza en sitios tan dispares como la Cataluña industrial, en donde además, hasta la Guerra Civil, nunca había podido abrirse paso el socialismo organizado, y la Andalucía campesina. Si se convirtió tras la Primera Guerra Mundial, de forma extraordinaria, en un movimiento de masas —el único país de Europa en que eso sucedió— fue porque supo construir toda un red cultural alternativa, proletaria y campesina, de “base colectiva”. Pero como en ese recorrido le acompañó a menudo la violencia, su leyenda de honradez, sacrificio y combate, cultivada durante décadas por sus seguidores, fue siempre cuestionada por sus enemigos, a derecha e izquierda, que resaltaron la afición de los anarquistas a arrojar la bomba y empuñar el revolver.

Acabada la guerra, las cárceles, las ejecuciones y el exilio metieron al anarquismo en un túnel del que no volvería a salir. Mas no fueron solo la larga dictadura y la represión las que se lo tragaron y le impidieron volver, renacer tras la muerte de Franco, para convertirse ya un movimiento residual durante la consolidación de la democracia. España experimentó desde la década de los sesenta cambios económicos importantes, con un notable impacto en la sociedad. La distancia existente entre 1939 y los primeros años de la transición parecía insalvable.

Había emergido una nueva cultura política y sindical. Se había impuesto la negociación como forma de institucionalizar los conflictos. Nuevos movimientos sociales y nuevos protagonistas habían sustituido a los de clase, a los de esa clase obrera a la que se le asignaba la misión histórica de transformar la sociedad. El proletariado rural había descendido considerablemente y ya no protagonizaba huelgas. El analfabetismo se había reducido de forma drástica y ya no era, como se declaraba en el Congreso de la CNT de 1931, esa “lacra (…) que tiene hundido al pueblo en la mayor de las infamias”.

Los factores ambientales y culturales que habían permitido en épocas anteriores la apelación a mitos ancestrales y mesiánicos, eso que Gerald Brenan llamaba la “religiosidad al revés”, fáciles de reconocer en el anarquismo pero también en otros movimientos obreros de tipo marxista, eran ya historia. Aquel Estado débil, que había posibilitado la ilusión y el sueño de que las revoluciones dependían solo de las intenciones revolucionarias de obreros y campesinos, se había mudado en uno más fuerte, eficaz e intervencionista. El consumo hacía milagros: permitía al capital extenderse y a los obreros mejorar su nivel de vida. Sin el antipoliticismo, y con obreros que abandonaban el radicalismo ante la perspectiva de mejoras tangibles e inmediatas, que preferían el coche y la nevera al altruismo y al sacrificio por la causa, el anarquismo flaqueaba, dejaba de existir.

Pero, pese a que hoy el anarquismo sea solo historia, muy denigrada por otras ideologías y partidos parlamentarios, no hay ninguna duda de la validez y actualidad de algunos de sus planteamientos, como su crítica al Estado, al poder político y a las imágenes distorsionadas que siempre se transmiten desde arriba sobre el desorden y el espontaneísmo. Los anarquistas siempre pensaron que el Estado no podía hacer iguales a las personas y no parece que estuvieran muy equivocados, si vemos los resultados del comunismo en la Unión Soviética y en otros países. Nunca intentaron poner en marcha vastos proyectos de ingeniería social, como hicieron el comunismo y el fascismo, con las consecuencias que también conocemos. No fue la historia del anarquismo un lecho de rosas, pero hubo en ella algo más que bombas y pistolas.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza y Visiting Professor de la Central European University de Budapest.

Al margen de la justicia

31 enero, 2018

Fuente: http://www.infolibre.es

 justicia

Publicada 30/11/2016 a las 06:00. Actualizada 29/11/2016 a las 20:06  

Existe un palo flamenco que se llama mirabrás y una de sus letras más conocidas reza: “Y a mí qué me importa que un rey me culpe si el pueblo es grande y me abona. Voz del pueblo voz del cielo”.
Don Antonio Chacón se convirtió en el gran recopilador de letras y cantes y la hizo popular en los tablaos de Madrid en tiempos de Alfonso XIII. Muchos encontraban en esos versos un desafío a las leyes vigentes reivindicando el poder del pueblo como moralmente superior al que ejercían los reyes.

En el afán irredento de alcanzar la impunidad que llevan adelante los que han esquilmado lo público, en una especie de venganza contra esa democracia que les arrebató el poder absoluto del que han disfrutado a lo largo de la historia, el actual ministro de Justicia quiere aportar su granito de arena para que los poderosos vivan al margen de esa entelequia que, como aquella que afirma que “Hacienda somos todos”, reza que “la justicia es igual para todos”. Je, je je.

Con cara de buen chico, de no haber roto un plato, dice barbaridades que sobrepasan la cautela y la prudencia exigibles a alguien que ejerce ese cargo tan delicado y del que depende la credibilidad y calidad del sistema en el que nos ha tocado vivir.

Como en la letra del mirabrás, el ministro de Justicia opina que la responsabilidad política “en nuestro sistema se salda con ocasión de las elecciones… ha habido ocasión para que los ciudadanos emitan su veredicto”. Ese código moral deriva en la impunidad, precisamente la carcoma de la institución que preside el ministro. Esa interpretación del voto como una absolución, hecha por un ministro de Justicia adquiere especial gravedad. La regeneración de esta organización política, el PP, como vemos, no está prevista. Nos quieren hacer creer que las cosas no ocurren, al tiempo que prohíben el consumo de drogas. Nos lo ponen muy difícil. Según su peculiar manera de entender la democracia, alguien puede cometer tropelías, que si los ciudadanos le votan, como en el cante, lo sitúan por encima de la ley y moralmente está legitimado para seguir actuando a su manera. El voto les eleva a un plano superior a cualquier otro código moral, por encima de lo que pueda dictar el sentido común, que tanto gusta a Rajoy; el más elemental sentido de la honradez, que tanto gusta a los ciudadanos que padecen las consecuencias del latrocinio de esta agrupación, o el sentido de la vergüenza del que carecen de una forma tan característica y generalizada que debería ser estudiado por algún aula de psiquiatría. Esta jeta no es común, habría que visitar la sala griega del Museo Británico para encontrar una colección de rostros de tamaña consistencia.

A título personal se expresa en una admiración sorprendente por la figura política de Rita Barberá sentenciando que “cada uno tendrá sobre su conciencia lo que ha hecho y ha dicho de ella, las barbaridades que se le han atribuido sin ninguna prueba y justificación”. Sin duda se trata de una amnesia puntual debida a algún fallo en el riego cerebral lo que le lleva a pronunciar esas palabras, porque de otro modo, si de verdad piensa lo que dice, es decir, que es inocente, debería haber hecho algo para que pudiera demostrar esa inocencia ante los tribunales. Creíamos que lo de nombrarla miembro de la Comisión Permanente del Senado para que no perdiera su aforamiento en el periodo entre dos legislaturas era sólo parte del juego sucio al que con tanta frecuencia recurre este Gobierno y al que no nos queremos acostumbrar, precisamente, para que la Justicia no pudiera actuar en su caso. En aquel momento fue una medida excesivamente profiláctica ya que todavía no estaba siendo investigada, ni imputada, ni se la relacionaba con la operación Taula, por lo que ellos sabían algo que nosotros ignorábamos. Deben de tener a su servicio una pitonisa de gran efectividad o, simplemente, creían lo mismo que el resto de los mortales, que el cerco se estrechaba y que era imposible que todos los que la rodeaban, personas de su máxima confianza, estuvieran haciendo el mal sin que ella, cabeza visible del PP desde siempre, “la mejor” según Rajoy, se enterara de nada. Los que venden la buena gestión nombran a mangantes que ejercen con descaro el choriceo sin que salten las alarmas del que los nombra. En Madrid pasa lo mismo con Esperanza Aguirre y su colección de batracios que saltan del cieno a palacio para que la marquesa que afirma que nadie debe estar más de ocho años viviendo de lo público (¿es o no es una cachonda?) les dé la bendición y los convierta en príncipes, cosa que, dicho sea de paso, sólo pasa en este nauseabundo cuento con el que nos obligan a comulgar. Nadie sabe nada del dinero que desaparece delante de las narices de los responsables de la administración de los fondos públicos. Como tienen fe en el más allá, tienen fe en los cargos que nombran y no sospechan nada. No se les puede criticar por tener fe. La fe mueve montañas y también transfiere fondos allende nuestras fronteras.

El cerco, en efecto, se estrechaba en torno a Rita, y este blindaje molestó a algunos de su camarilla.  Varios miembros de su partido, antaño colaboradores suyos, la señalaron como responsable del tema de blanqueo de dinero, cuando se enteraron de que se iban a comer el marrón en solitario.

Todo tenía un sentido, en tanto actúan como banda, no olvidemos la segunda parte del glorioso SMS de nuestro presidente, la que dice: “Hacemos lo que podemos”. Es decir, ellos, en comandita, en grupo, no es el mensaje del amiguete Mariano para dar ánimo a un colega que lo está pasando mal, sino el de alguien que representa a un grupo que trabaja en algo para intentar solucionar un problema. La cuestión es que Bárcenas ya estaba en manos de los jueces y sólo se podía trabajar presionando a los magistrados, o de otra manera que a mí se me escapa, a no ser que Rajoy hubiera mandado una legión de zapadores para hacer un túnel que procurara la fuga de Luis, al que algunos de los suyos dicen que le llamaban “el Cabrón”, y otros que no, y dicen que hay más, por lo visto, que merecen ese apodo.

La cuestión es que si creemos al ministro cuando una vez fallecida Rita Barberá carga contra los que la critican “sin motivo” porque, a su parecer, es inocente, y a la vez trabaja en comandita con el grupo a través de maniobras torticeras para evitar que pueda demostrarlo ante un tribunal, sólo nos queda pensar que Catalá no confía en la justicia, y eso es peor, porque siendo el ministro del ramo debe saber de qué habla, y si la fallecida exalcaldesa de Valencia, con el ministro de Justicia de su lado, no puede tener un juicio con todas las garantías que exige nuestra Constitución, ¿quién podría tenerlo?

Para rematar la faena, el ministro, preguntado por la financiación ilegal y los pagos en negro, dice: “la corrupción es de personas, no de organizaciones”. ¡Qué más quisiéramos! ¡Ojalá los mensajes y las consignas internas fueran en singular y no en plural!

Adelanta más sustos en su carrera por el blindaje de los suyos. Quiere limitar la acción popular en los juicios y que sea el ministerio fiscal el que lleve a cabo la investigación y que la policía judicial esté a su servicio. La acusación particular es la que ha permitido que se lleven adelante juicios como el de los fondos reservados, NoosBankia, en los que la fiscalía en algunos casos no sólo no veía nada sino que se pronunciaba a favor del acusado con mayor vehemencia que los abogados. Recordemos que es una institución jerárquica que depende del Fiscal General que es nombrado por el gobierno y que en más de una ocasión ha dado la orden de retirar la acusación de casos sorprendentes y, casualmente, siempre a favor de obra. Los fiscales deben acatar la orden de su superior. Eso salvó a Pujol en su día de lo que ahora se le juzga.

Estamos ante un ministro que trabaja por la impunidad de los suyos, y como el resto de sus compañeros, a la hora del fallecimiento de Rita Barberá salió a gritar las consignas que evitaran que su muerte se volviera contra ellos. Uno: era una de los nuestros. Dos: nunca la hemos abandonado. Tres: la expulsamos para protegerla. Cuatro: era inocente porque nunca hizo nada punible. Cinco: dentro de una hora queremos un minuto de silencio, aunque sea saltándose las normas del Congreso. Era una orden de Rajoy y la señora Pastor se limitó a obedecer la voz de su amo.

Todo un paradigma de actuación cuando sólo había pasado una hora del fallecimiento. Gente que sabe sacar tamaño rédito de la muerte de una compañera vilipendiada por los suyos que murió marginada, es difícil de concebir, pero esa frialdad y claridad de pensamiento ante el olor de la sangre, como también vimos tras el 11–M, es de caballo ganador. El mundo es de los crueles y los intransigentes, juegan con ventaja.

Ahora, después del aluvión de propaganda para restituir el honor de la exalcaldesa de Valencia toca fabricar desde las instituciones un sistema en el que ese tipo de política, la de Rita Barberá, sea legítima. Así ahorrarán problemas.

Toca levantar el muro de la impunidad que el ministro Catalá, trabajando para el partido, no para los ciudadanos ni la justicia, está levantando sin licencia y en un terreno en el que no se puede construir pero que, siguiendo su tradición, intentarán privatizar del todo.

Como llamar terroristas a estos seres amorales que condenan a muerte a los servidores públicos sin pruebas ni motivo es muy fuerte, también está acuñado el término que dentro de poco será coloquial para definir a los que denuncian el latrocinio generalizado: Hienas.

Ante la ausencia de ETA ya se han sacado de la manga el nuevo terrorismo: el mediático.

La información mata. Por eso escribo en opinión.

“Quien aplica la unilateralidad es el Estado español”

29 enero, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Tienen posibilidades de ser diputadas en la legislatura que arrancará a partir del 21D. Se presentan por los partidos que apoyaron la vía unilateral a la independencia. Las tres tienen relación con el mundo de la cultura. Laura Borràs (Junts per Catalunya) es filóloga y profesora; Jenn Díaz (ERC) y Bel Olid (CUP) son escritoras. La conversación se desarrolla en la terraza de la cafetería de la librería Laie, una de las de referencia en Barcelona.

¿Qué se ha aprendido del procés desde el 1-O? ¿Qué no debería repetir? ¿Quizá la prisa?

Jenn Díaz (ERC): Nosotras no estábamos en el 1-O. La autocrítica la hago desde fuera. Hemos aprendido que existe una comunión entre la ciudadanía y la política catalana y a no subestimar la violencia del Estado español, a todo lo que están dispuestos a hacer y a no ser ingenuos. A partir de ahora hay que ir por proyectos más que poner una fecha límite.

Laura Borràs (JpC): Hemos perdido la virginidad de pensar que estábamos en un Estado democrático: se ha quitado la máscara. Nunca he subestimado al Estado español en cuanto a su capacidad de imponer la autoridad, pero la línea roja de la violencia, aunque haya gente que frivolice, me parece brutal y simbólica. Dirijo la Institució de les Lletres Catalanes, que fue de las primeras entidades sometidas a una vigilancia especial. El 20 de septiembre nos bloquearon las cuentas que se quedaron a cero euros. Estamos a diciembre y ese dinero no ha vuelto. Nos lo han robado. El 1 de octubre fue la eclosión del todo vale, desde las cloacas del Estado, hasta mensajes institucionales de vergüenza ajena por parte del jefe del Estado. Lo más duro ha sido la sensación de indefensión absoluta. Ver a líderes pacíficos de la sociedad civil en prisión, acusados de sedición, que es un concepto del siglo XIX, es alucinante.

Bel Olid (CUP): Para los que ya estábamos desvirgados, los que nos habían pegado, los que sabíamos de qué iba la cosa, fue al contrario. Creo que hemos ganado. Mucha gente que veía por primera vez la violencia policial se ha vuelto antisistema. Nosotros éramos los antisistema que luchábamos por temas relativamente minoritarios. Como solo nos pegaban a nosotros, no pasaba nada. De repente pegan a la vecina del tercero, que es una señora mayor, alguien que se ha encontrado más o menos cómoda con las cosas que pasaban. Y esa señora dice, “pues vaya mierda de sistema que tenemos”. La sensación de hermandad ha generado la necesidad de estar cerca porque fue una experiencia de trauma colectivo. Una cosa es cuando te pegan a ti y otra cosa cuando pegan a todos. Nos han abierto los ojos como pueblo catalán.

Bel Olid de la Cup; Jenn Díaz de ERC y Laura Borràs de Junts per Catalunya
Bel Olid, de la Cup © SANDRA LÁZARO

El Govern tenía dos opciones en el 1-O: celebrar el referéndum o que hubiera represión. Fue un éxito porque logró las dos. Aunque la violencia estuvo concentrada en una docena de colegios las imágenes que han quedado en el imaginario son contundentes.  

Laura Borràs (JpC): Y el titular era “aquí no ha pasado nada”. Por más que veamos los vídeos esa de la que hablas se mantiene, es como si lo volviéramos a vivir. Es muy sano no normalizarlo. Ver a la gente defendiendo esas urnas, que la policía tratara de robarlas me parece de una violencia considerable. No solo es ver sangre.

La sociedad civil catalana está más estructurada que la española, tiene una mayor capacidad política, o tenía una mayor flexibilidad. También es una sociedad -no toda, claro-, con una cierta inmadurez emocional: necesita relacionarse desde el agravio.  

Bel Olid (CUP): Lo del agravio me ofende especialmente. Que desde una posición de privilegio nos acusen de vivir desde el agravio me parece insultante. Hay muchas cosas que haces con naturalidad en tu vida diaria que yo no las puedo hacer. Desde la cosa más tonta de llevar a mis hijos a ver una peli en su lengua. No es lo más importante del mundo…

No está prohibido el cine en catalán. He visto en Madrid Verano del 93 en catalán.

Jenn Díaz (ERC): Esa está rodada en catalán, pero en cambio una película de Disney…

Bel Olid (CUP): No vamos a discutir. Te puedes informar de cuántas salas en Catalunya dan cine en catalán. El único sitio del universo donde puedo tener un doctorado en mi lengua es en mi país, y si un alumno dice que no entiende catalán, el profesor pasa al castellano. El único país del mundo en el que puedo dar mi doctorado en catalán es este y si no entiendes la lengua, lo siento, podemos ayudarte a aprenderla.

Laura Borràs (JpC): Me parece especialmente perverso que se hable de agravio cuando hemos estado desfavorecidos en infraestructuras. Nos hemos tenido que buscar la vida de manera sistemática. Tenemos los clásicos griegos y latinos traducidos al catalán gracias a una suscripción popular de 8.000 personas. Fue necesaria para tenerlos en nuestra lengua.  

Es un problema de demanda, lo mismo sucede en el cine; si no es rentable…

Laura Borràs (JpC): Eso es trampa. No vale.

Bel Olid (CUP): En Islandia son 300.000 personas que hablan islandés. No hay más en el mundo. Si somos optimistas hay 12 millones de personas que podrían entender el catalán. No es una cuestión de público, sino de si tu sociedad cree que es importante o no. Pagamos al Instituto Cervantes y ni les interesamos como escritoras que escriben en catalán. El Cervantes no ha invitado en los últimos 15 años a ningún escritor que escriba en catalán.

Jenn Díaz (ERC): Ni a mí en castellano.

Bel Olid de la Cup; Jenn Díaz de ERC y Laura Borràs de Junts per Catalunya
Jenn Díaz, de ERC, en el centro de la imagen © SANDRA LÁZARO

Hay una perversión en las palabras, nos hemos acostumbrado a la exageración: golpe de Estado, estado de excepción…

Laura Borràs (JpC): Mantendría el Estado totalitario y el estado de excepción. La persona que puede convocar elecciones en mi país es el presidente de la Generalitat, y él no las ha convocando. Lo ha hecho alguien que en virtud de un determinado artículo de la Constitución disuelve un Parlamento y decide convocarlas para crear un gobierno que ya existía.  

Pero las tres os presentáis a esas elecciones

Jenn Díaz (ERC): Si no, nos arrasan.

Bel Olid (CUP): No vamos a dejar la vía libre a Ciudadanos.

Laura Borràs (JpC): Votaremos las veces que haga falta. No tenemos miedo de votar, hemos reclamado votar, pero estas elecciones son una imposición. Y aun así estamos dispuestas a ir a las urnas porque no nos da miedo.

Jenn Díaz (ERC): Las consideramos ilegítimas del todo.

En los ambientes independentistas se habla mucho de un pucherazo. ¿Es real ese miedo?  

Jenn Díaz (ERC): Han llegado algunas tarjetas censales a casas que no se corresponden. Dicen que es muy difícil modificar y hacer variar los números, y que somos demasiado torpes para modificarlo, que se notaría. Pero lo cierto es que existen esas tarjetas censales que nadie sabe de dónde salen y en el momento en que estamos esto nos hace dudar.  

Bel Olid (CUP): Hemos perdido la inocencia. Nos podemos esperar prácticamente todo. Si gana C’s por mayoría es que ha habido pucherazo.

Laura Borràs (JpC): La indefensión que notamos es ofensiva cuando hay gente con sentencias firmes por violencia, como los del ataque a Blanquerna en Madrid, que han esquivado la prisión porque tienen hijos y se les podría causar daños irreparables. ¿No tienen los Jordis y los consellers familia e hijos? Ya estamos hartos de tener que aguantar lo que es inaguantable, discriminatorio, cruel. Para mí no son presos políticos, son rehenes.

Jenn Olid (CUP): Son presos por sus ideas. Si nos fijamos en el 20 de septiembre, que es por lo que están presos los Jordis, y lo comparamos con lo de Blanquerna… Hay vídeos en los que se ve a los Jordis pidiendo calma a la gente. Incluso pidieron permiso para subirse al coche. La gente se enfadó por pedirles que se fueran a casa. La sociedad les ha visto demasiado flojos y encima están en la cárcel.

Bel Olid (CUP): Desde el momento en que los dejan libres por decir que la Constitución no está tan mal o que cambian sus ideas, más claro agua.

¿Puede que uno de los errores haya sido no tener suficiente apoyo dentro y fuera? No hay más de un 48% en 2015.

Bel Olid (CUP): Hay gente dispuesta a partirse la cara por sus derechos. Hay otros que dicen ‘no me voy a partir la cara pero si me consiguen los derechos serán bienvenidos’. Los hay que tienen problemas para llenar la nevera, pagar el alquiler o comprar un libro de texto a sus hijos y no salen a manifestarse. No se les puede contar como que están en contra de la independencia.

¿Cómo lo contamos?  

Bel Olid (CUP): ¡Coño, en un referéndum!

¿Qué tipo de referéndum?  

Bel Olid (CUP): Ya lo hemos hecho.

Laura Borràs (JpC): Si tuviéramos delante un Estado normal como Reino Unido o Canadá, habría sido pactado. Una gente tan orgullosa de ser español podrá ofrecer cosas a los que no quieren ser españoles.

Jenn Díaz (ERC): Uno de los discursos posibles podría haber sido, ‘catalanes, no queremos que os vayáis’. Una de las opciones antes del 9N era vamos a hacer todo lo posible para que esta gente quiera quedarse. Y ¿qué han hecho? Nos han humillado. Y esa gente que no había votado , ahora sí que votarán porque nos han humillado. Porque la alternativa es nefasta.

Laura Borràs (JpC): Siempre levantan el fantasma de sois la mitad, o ni siquiera la mitad. No me gusta que hagáis trampas cuando decís que las elecciones de 2015 solo se ganaron en escaños y no en votos. Los españoles están con una especie de furor legalista.

Bel Olid de la Cup; Jenn Díaz de ERC y Laura Borràs de Junts per Catalunya
Laura Borràs de Junts per Catalunya © SANDRA LÁZARO

Para cambiar una coma al Estatut hacía falta dos tercios, 90 escaños. No hay mandato para la unilateralidad.

Laura Borràs (JpC): No estoy de acuerdo, quien aplica la unilateralidad es el Estado español. Todo lo hemos hecho de acuerdo a una legalidad vigente.  La independencia te da el marco legal.

¿Se va a ir más despacio después del 21D?

Laura Borràs (JpC): La independencia se proclama y se implementa.

Bel Olid (CUP): Vamos a hacerlo en serio y desde las instituciones. Eso está muy bien, pero necesitamos a la gente actuando de forma más o menos coordinada. Los CDRs [Comités de Defensa de la República] tienen temblando al Ibex 35. ¿Por qué vienen a pegarnos? ¿Por la independencia? No, vienen porque estamos cambiando a la gente, la estamos empoderando. Estamos ofreciendo una salida distinta al régimen que tenemos. Y esta salida se puede hacer en el marco de la independencia. Desde España no van a solucionar nuestros problemas.

¿Una independencia fuera de Europa?

Bel Olid (CUP): ¿Europa para qué?

Laura Borràs (JpC): Con Europa lo hemos visto con los inmigrantes, hemos reclamado que queremos acoger, la sociedad civil catalana tiene una larga tradición. Yo soy europeísta por tradición cultural, no de un club de personas intransigentes, insensibles.

Jenn Díaz (ERC): ¡Qué vamos a esperar de una Europa que dejó tirados a nuestros padres y abuelos y ahora nos está dejando tirados a todos!