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Arturo Barea, la forja de una memoria

1 julio, 2017

Fuente: http://www.jotdown.es

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Esta historia comienza en el año 2010, en los alrededores de Oxford, cuando un hispanista inglés, William Chislett, rebusca lo que queda de alguien en las letras desdibujadas de una lápida. También podría empezar en 1977, en una librería de Vallecas, donde un joven afiliado al Partido Comunista compra una trilogía de libros hasta entonces desconocida. O quizá empiece mucho antes, antes incluso de que esos libros se escribieran, cuando su autor, Arturo Barea, cruzó la frontera de su país en el año 1938 para nunca regresar.

Las historias grandiosas comienzan siendo un relato doméstico. Los hechos siempre se engendran de manera humilde. Tal vez seamos nosotros, el eco que los transmite, los que nos encarguemos de barnizarlos de épica. Al igual que las ondas que crea la piedra al caer en el río, esta historia comenzó como un secreto clandestino. Un rumor que ha acabado por expandirse de manera concéntrica.

Arturo Barea había sido muchas cosas antes de ser un exiliado. Aunque lo primero que le tocó fue ser pobre. Un niño remendado de madre lavandera al que la suerte le sacó de un destino harapiento. Gracias a la generosidad de un tío adinerado, el joven Arturo pudo estudiar como los niños ricos y acudió a las Escuelas Pías de San Fernando, ese edificio imponente del barrio de Lavapiés que hoy alberga una universidad y una magnífica vista de los tejados de Madrid.

El milagro duró solo hasta los trece años, momento en el que el tío falleció. A partir de entonces, como cualquier contemporáneo de origen humilde, Barea se buscó las lentejas en los empleos más dispares: aprendiz en un comercio, botones en un banco, joven emprendedor de una fábrica de juguetes que acabó en quiebra. Fue testigo de la guerra de Marruecos y a su regreso militó en la UGT. Más tarde acabó en la Oficina de Censura de Corresponsales Extranjeros, situada en el famoso edificio de la Telefónica, en la Gran Vía de Madrid. Corría el año 1936 y España olía a guerra.

Tras un primer matrimonio fallido, Arturo se topó con Ilse Kulcsar, una periodista austriaca que también trabajaba en el edificio. Ilse era judía, activista y comunista. Había llegado a España con Leopold, su marido, para apoyar la causa republicana. Ilse colaboró con Arturo en que la imagen de la República de cara al extranjero fuera intachable. Y como pasa en las historias de celuloide, mientras el mundo se derrumbaba los dos se enamoraron.

La guerra, la destrucción, el hambre, la pobreza… Barea fue testigo de todo lo que unos ojos son capaces de soportar sin hacerse añicos. Huyó con sus vivencias hasta Francia y, una vez allí, se dio cuenta del dolor que transportaba.

Pienso en Arturo Barea y en su pie traspasando la frontera. Puede que hasta entonces no se hubiera visto a sí mismo como un refugiado. Debe de ser difícil asumir que la destrucción de alrededor es cierta. Que el mundo se desmorona. Que tu casa ya no existe. Que el estrépito de las bombas siempre permanece.

Tras un peregrinaje por hostales y penurias, el matrimonio desembarcó en Inglaterra en busca de un exilio soportable. Un lugar en el que dejar atrás las pesadillas. Mientras su país de acogida se enfangaba en la siguiente guerra, Barea se dispuso a dar cauce a su memoria. A sus vivencias.

Los tres libros que suman La forja de un rebelde no fueron los primeros de Barea, pero sí los más auténticos. Componen una autobiografía. Un testimonio que anidó en él al tiempo que lo hacía la desgracia. Como lingüista experta, Ilse se encargó de trasladar todo al inglés. A ella le debemos poder leer hoy la mayoría de los libros de Barea. Alrededor de ellos hay mucha leyenda, pues algunos fragmentos sólo nos han llegado a través de esas traducciones. Muchos originales se perdieron.

Cuando The forge se publicó en Inglaterra, el libro tuvo tan buena acogida que su autor pudo continuar escribiendo. Arturo Barea llegó a ser el quinto español más traducido en el mundo en los años cincuenta, al mismo tiempo que su obra era aclamada en los Estados Unidos. Al igual que otros españoles exiliados, sobrevivió con un espacio en la BBC hasta el fin de sus días, donde pudo desarrollar su profesión de cronista y disfrutar de un exilio tranquilo.

Pero este es solo uno de los finales. Antes decíamos que esta historia tiene muchos comienzos. Nos trasladamos al año 2010, cuando William Chislett toma el testigo. Corresponsal en España del diario Times, Chislett había conocido La forja de un rebelde a través de la serie de televisión de 1990. No fue el único. Cuando Mario Camusrealizó la adaptación de la trilogía de Barea, treinta y tres años después de su muerte, poca gente del país conocía la existencia del autor. Hasta entonces, la trilogía solo había sido un murmullo, un libro que había corrido de mano en mano impulsado por las asociaciones de izquierdas. Muy pocos hogares españoles habían conocido a Barea en los años posteriores a la transición, pues La forja de un rebelde no se publicó en España hasta 1977.

Pero volvamos a William Chislett y a su obsesión. A ese punto de partida que le hizo interesarse por Barea y por su memoria. Chislett devoró sus libros, traducidos al inglés, y se zambulló de lleno en la figura del autor. Si su rastro era débil en España, apenas quedaba nada en Inglaterra, solo una lápida maltrecha que a Chislett le costó cuatro viajes encontrar: «Había oído que su lápida conmemorativa (no la de enterramiento, ya que fue incinerado) estaba en un cementerio en las afueras de Oxford. Como yo soy de allí, en 2008 acudí para encontrarla. Y regresé tres veces más sin resultado. Nadie me había contado que había un anexo al cementerio a trescientos metros de la iglesia. Caminé, subí una pequeña colina y encontré el anexo con más tumbas. Ahí estaba la lapida conmemorativa de Barea».

En la lápida, realizada con un granito local muy erosionado, apenas quedaba rastro de los nombres de Arturo Barea, de su mujer, Ilse Kulcsar, ni de los de los padres de ellarefugiados judíos que huyeron del nazismo. Barea había pasado sus últimos años en esa finca gracias a la generosidad de Lord Faringdon, un personaje inglés de biografía apasionante.

Gavin Henderson, segundo duque de Faringdon, podría tratarse del típico de personaje que inspira un buen relato de ficción. Descrito como excéntrico y algo afeminado, Lord Faringdon es conocido sobre todo por sus gestas comprometidas, sorprendentes por provenir de un noble: acogió en su finca a un grupo de niños supervivientes del bombardeo de Gernika y convirtió su Rolls Royce en ambulancia antes de viajar con él a España y transportar heridos en el frente de Aragón. Ya de regreso, cuando la causa estaba perdida y más que olvidada, Faringdon ofreció a Barea y a su esposa habitar una de las casas de su propiedad, el hogar en el que, tras años de exilió, ambos morirían.

Conmocionado por el mal estado de la lápida, Chislett regresó a España y contó el suceso a un grupo de amigos íntimos que le ayudaron a restaurarla. El catedrático de español en Oxford, Edwin WilliamsonElvira LindoAntonio Muñoz MolinaGabriel JacksonJavier MaríasPaul Preston… un reducido grupo de intelectuales que aportaron una pequeña cantidad para restaurarla.

Pero Chislett no estaba dispuesto a dejarlo ahí. La sobrina de Ilse, una octogenaria que aún vive en Londres, le habló de The Volunteer, el pub preferido de Barea. Y Chislett volvió a convocar a la lista de conocidos, esta vez para crear una placa en su honor. Un tributo que fue diseñado, irónicamente, por Herminio Martínez, uno de esos niños supervivientes de Gernika. Las vivencias empezaban a trenzarse. Había comenzado la recuperación de Barea.

«Después me dije que era un poco raro que Barea estuviera mejor recordado en su país de exilio que en su país de origen». Así que Chislett decidió pedir al Ayuntamiento de Madrid una calle para él. Junto con Isabel Fernández y Yolanda Sánchez, las otras dos promotoras, iniciaron una recogida de firmas y en poco tiempo consiguieron recaudar dos mil quinientas peticiones.

Fascinada por la generosidad de la iniciativa, me digo que necesito un testimonio de otro de los benefactores, a ser posible local y con perspectiva histórica. Elvira Lindo me recibe en su casa de Madrid. Desde la óptica de alguien que se interesó por los primeros relatos de los abuelos, que presenció los inicios de la democracia, hablamos de Barea, de la memoria y de la guerra, de esas ondas concéntricas que aún nos llegan. Una pregunta sobrevuela en todo este asunto y es la de por qué hemos esperado tanto para rescatar figuras como la de Barea. Lindo no cree que en España se haya hecho un pacto de silencio, más bien es de la opinión de que en los primeros años de democracia, las historias de la guerra no interesaban: «El país estaba entregado a una cultura modernizadora en la que cabían poco estos temas. Ni siquiera en la literatura. No se trataban. Todo lo de la guerra tenía un halo de ranciedad para la gente». Lindo también me habla de la dimensión política: «Realmente quien tenía que haber cumplido ese papel de recuperación fue el PSOE. Alianza Popular no iba a hacerlo, eran hijos o descendientes de los vencedores. El PCE era un partido importante pero mucho más pequeño y el PSOE ganó las elecciones en el 82. Hubiera sido deseable que ellos hubieran puesto sobre la mesa que había que compensar a los vencidos y que era necesario sacar esa cultura del olvido».

Cuando le pregunto a Chislett por este asunto, opina que es por una cuestión temporal y de ausencia. Barea murió en 1957 y al contrario que otros escritores, como Alberti, jamás regresó a su tierra.

El regreso. Tal vez sea esa la respuesta. En lo que queda de nosotros cuando nos marchamos. No solo en nuestra presencia, sino en la memoria de los que aguardan. Los que viven para contarte. «Una guerra civil es un trauma muy grande para un país —prosigue Lindo—. Necesitamos actos testimoniales que recuperen voces de gente que vivió la guerra. Hacerlo de manera abierta. Ni rencorosa ni resentida, pero con sentido de la justicia. Hay que reparar a la gente que sufrió. El problema de la guerra es que le siguieron cuarenta años de dictadura en los que la victoria se celebró hasta el último día. Eso precisa una reparación para los que no ganaron. Para esas personas que tuvieron que irse al exilio o tuvieron que vivir aquí al día siguiente siendo humillados».

Creo compartir lo que Elvira Lindo me cuenta. Cuando era pequeña yo también pedía a mis abuelos que me contarán historias de la guerra. Tenían un tono épico, como de antiguas gestas. Y, sin embargo, eran reales. Aunque puede que hubieran vencido al tiempo por lo inverosímil de esa realidad. Los de mi generación hemos preguntado sin filtros, sin costuras, con inocencia. Con la tranquilidad del que se ve seguro y sin nada que temer. Puede que haya llegado el momento de hablar en serio de esa maldita guerra. Aunque Elvira me advierte, no es tan sencillo: «En España se dejó de hablar de la guerra durante tanto tiempo que te pones ahora a discutir con la misma vehemencia que como si estuviera reciente. Y si no somos capaces de hablar de la guerra sin considerar al otro sospechoso de algo, es imposible hablar de ello». De ser así, tal vez en este caso debiéramos empeñarnos en reivindicar la esencia. Hablar simplemente de literatura.

Como condición para solicitar la calle, Chislett pidió dos requisitos indispensables: que no se quitara el nombre de otra persona para colocar el de Barea y que la petición no fuera amparada por la Ley de la Memoria Histórica. Me sorprende descubrir este dato y le pregunto el motivo: «Queríamos que los cuatro partidos aprobaran la calle, que fuera unánime. Y tal vez de otro modo no lo hubiéramos conseguido. Además, no queríamos politizar el asunto. Barea es de todos, aunque él fuera de izquierdas».

Otra condición deseable era que el nombre de Arturo Barea estuviera localizado en el barrio de Lavapiés, el lugar donde se crió y que tan bien se refleja en La forja de un rebelde. Hubo algún que otro requiebro. En un principio, el Ayuntamiento planeó sustituir la calle del general Asensio Cabanillas por la de Barea, pero después rectificó. Finalmente se acordó que el escritor tuviera su plaza en Lavapiés, justo delante la famosa corrala de Mesón de Paredes, frente a las Escuelas Pías. Esas que el mismo Barea vio arder. Un lugar que llevaba aguardándole desde su partida, pues curiosamente jamás tuvo un nombre asignado.

Chislett me dice que desde que comenzara esta aventura, percibe un rumor, como si algo se estuviera tejiendo entre la gente. En un acto del Ateneo, el pasado mayo, se sorprendió al descubrir el gran número de personas que acudieron a conmemorar a Barea. También la iniciativa ciudadana que hace unos meses recorrió Lavapiés, enlazando su obra, su barrio y su memoria. El hispanista inglés cree que se debe a una especie de culto. Una admiración que permanecía en la sombra y que ahora está aflorando en las personas cuyos padres conservaron los libros. Tal vez lleve razón e hizo falta que llegáramos nosotros, los nietos, y que empezáramos a preguntar. Nosotros, los que nacimos en democracia y descubrimos la trilogía arrumbada en una estantería. Que aún nos sorprendemos del tono sepia que adquieren estas historias en blanco y negro.

Antes de marcharme de su casa, Elvira me lleva a ver un tesoro: la máquina de escribir de Barea. Un aparato rescatado del olvido que llegó a ellos por casualidad. Lo único de Barea que ha regresado a España es esa máquina de escribir inglesa. Ni siquiera las trece cajas que la sobrina de Ilse conserva en Londres y que contienen todo lo que queda de él volverán a su tierra. Se quedarán en la Biblioteca Bodleian de la Universidad de Oxford, en Inglaterra, el país que le propició un final tranquilo y que incluso le otorgó un pasaporte. Al ser inglesa, la máquina no tiene tecla de tildes. En los manuscritos originales que quedan, Barea había escrito todas con un lápiz azul. Se aseguró de no perder ni uno solo de los atributos de su lengua. Como si de una metáfora del exilio se tratara, se empeñó en no olvidar sus orígenes.

Pero nos falta contar la resolución de la aventura. De cómo Chislett consiguió las firmas, la calle y fue aplaudido por el pleno del Ayuntamiento. Me lo confiesa, orgulloso, y pienso que no es para menos. Pues alguien que nos ha recuperado la memoria de Barea sería digno de otro homenaje. Pienso que estamos en deuda con su empeño. A él le debemos que Barea regrese al barrio que le vio crecer.

Quien haya vivido alguna vez en Lavapiés, será de allí para siempre. Cuando me mudé a ese barrio, buscando redefinir mi vida, alguien muy querido me hizo esa advertencia. Años después, tras constatar los testimonios de amigos y conocidos, puedo decir que la afirmación es cierta. Pero lo que no esperaba es que también lo fuera para Barea:

Si resuena «el Avapiés» en mí, como fondo sobre todas las resonancias de mi vida, es por dos razones:

Allí aprendí todo lo que sé, lo bueno y lo malo. A rezar a Dios y a maldecirle. A odiar y a querer. A ver la vida cruda y desnuda, tal y como es. Y a sentir el ansia infinita de subir y ayudar a subir a todos el escalón de más arriba. Esta es una razón.

La otra razón es que allí vivió mi madre. Pero esta razón es mía.

Puede que estas líneas, extraídas del primer tomo de La forja de un rebelde, sean motivo suficiente. Lavapiés, el barrio que acoge a todo el mundo, es el que debe albergar su recuerdo.

No vimos a Barea regresar, pero aún conservamos sus calles. Ese escenario que retrata fielmente en sus libros. El mejor modo para contarle. El lugar en el que consiguió zafarse para siempre del olvido.

“Franco debe ser entregado a su familia y el Valle de los Caídos, demolido”

20 junio, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

“España es un país sin historia y sin memoria”.  Una tierra que mira de lado a su última experiencia democrática, destruida por un cruento golpe militar, y que  permite la tumba del dictador en un mausoleo levantado por esclavos y que cuesta dinero público. Un país donde el franquismo sociológico anida sin inconvenientes y la ley de Memoria Histórica es “boicoteada por la derecha desde el principio hasta nuestros días”, en palabras del  historiador  Francisco Espinosa Maestre (Villafranca de los Barros, Badajoz, 1954).

España niega a las víctimas de los golpistas verdad, justicia y reparación, dice. Un proceso de olvido construido durante décadas de dictadura y reforzado en un “ peculiar modelo de transición”. Con páginas manchadas por el terror fundacional del franquismo e historias trágicas, y claves, como las que Espinosa Maestre relata en su libro La columna de la muerte (Crítica). Un volumen de referencia “agotado” y reeditado 14 años después, que recupera “la obra completa, revisando el texto y actualizando los listados de víctimas y otros anexos”.

Al hilo de la votación en el Congreso sobre la tumba del dictador, ¿debe Franco seguir enterrado en el Valle de los Caídos?

Todos los restos allí depositados deben ser identificados en la medida de lo posible y recibir digna sepultura. Los restos de Franco y Primo de Rivera deben ser entregados a sus familiares para que los lleven donde crean convenientes.

¿Está por la resignificación o demolición del mausoleo franquista?

Estoy porque se deje de invertir dinero público en aquel lugar y sea demolido o se abandone a su suerte. Ni un solo euro más debe ir dedicado a aquel despropósito. Por lo demás parece que aquello no está en condiciones de durar mucho. Cuanto antes desaparezca, mejor.

Coronel Yagüe, el 'carnicero de Badajoz'
Coronel Yagüe, el ‘carnicero de Badajoz’

¿España sigue sin leer bien las páginas más crudas de su historia contemporánea?

España es un país sin historia y sin memoria. Una especie de país al que no le circula bien la sangre, con uno de los índices de corrupción mayores de Europa y en el que ninguno de los partidos mayoritarios, PP y PSOE, ha querido plantearse qué hacer con el pasado. Unos porque se sienten a gusto con él y otros porque siempre lo temieron.

¿Por qué es necesaria la memoria histórica?

Por las tres claves: verdad, justicia y reparación. Un país cuya última experiencia democrática fue destruida por un salvaje golpe militar, una guerra civil, una larga dictadura y un peculiar modelo de transición requiere un proceso por el que la sociedad pueda conocer la verdad de lo ocurrido en toda su dimensión. E igualmente requiere que sus responsables sean llamados por las palabras que la justicia y la historia tienen para definirlos.

Y la ley de Memoria Histórica estatal, ¿es un éxito o un fracaso?

Fue un proyecto tardío y fallido. No recogió ni una sola de las reivindicaciones fundamentales y su medida más atrevida, la desaparición de la simbología franquista, ha sido boicoteada por la derecha desde el principio hasta nuestros días.

Detención de civiles
Detención de civiles.

¿Qué explica la existencia de calles o plazas con nombres fascistas?

La salida anómala de la dictadura. Ningún país democrático permitiría que se dedicasen calles a criminales de guerra y fascistas de toda laya. Esto pasa aquí porque, al contrario que en Alemania e Italia, el fascismo triunfó y se perpetuó.

¿Considera Alemania como paradigma?

Allí el nazismo fue derrotado y a partir de los años ochenta se han realizado políticas de memoria muy importantes.

Y aunque perpetuado de algún modo, ¿parte el franquismo de un fracaso, el golpe de Estado del 36?

Fracasó parcialmente. Salvo en zonas muy concretas, todo el territorio tuvo que ser ocupado pueblo a pueblo. La mayoría de la gente rechazaba el golpe y no quería una dictadura. Triunfó donde contaban con fuerzas militares suficientes para imponerse. Pero poca confianza tenían los golpistas cuando lo primero que hicieron fue traerse a la península las fuerzas africanas.

¿Qué papel juega el Ejército de África en las matanzas?

Las  rutas por las que pasaron las columnas africanas son fácilmente reconocibles. Pese a la dureza represiva de todas las fuerzas al servicio del golpe, no hay nada parecido a lo que van dejando a su paso por Cádiz, Sevilla, Badajoz, Toledo y Madrid. La diferencia la marca el terror impuesto por el Ejército de África, estrechamente asociado a Franco.

El 'carnicero de Badajoz' junto a Adolf Hitler. | ASRD
El ‘carnicero de Badajoz’ junto a Adolf Hitler. | ASRD

¿Qué nivel alcanzó aquel terror fundacional del franquismo?

Unas cotas desconocidas hasta entonces en nuestra historia. Los golpistas pusieron en marcha un plan de hechos consumados que impidiera la marcha atrás de sus protagonistas. Las fuerzas africanas carecían de límite. Podían asesinar, violar y robar sin problema alguno. Solo debían tener claro quién era el enemigo y no equivocarse. Una vez ocupada una localidad, disponían de un tiempo para hacer lo que les viniera en gana. Antes de partir a otra localidad vendían los objetos con los que no podían cargar. Pueblos y ciudades fueron saqueados.

¿Cómo?

La aviación de Tablada a veces bombardeaba previamente las ciudades a ocupar, usaron abundantemente la artillería… el resto se dejaba a moros y legionarios. Y realizaban una primera matanza de personas señaladas por la oligarquía local.

Es lo que define como La columna de la muerte.

Eran fuerzas de choque y miles de personas. Con el grueso del Ejército de África, ya en Sevilla se unen diversas fuerzas militares fuera de la ley y milicias fascistas. Nunca en ese recorrido tuvieron en contra una fuerza no ya similar sino simplemente que pudiera frenarlos, pero necesitaron ocupar pueblo a pueblo imponiéndose por el terror.

La matanza de Badajoz en un periódico francés
La matanza de Badajoz en un periódico francés.

¿Qué aportó y aporta su libro  La columna de la muerte ?

La gran aportación de La columna de la muerte fue mostrar con rigor la operación quizás más importante de los días siguientes al golpe militar del 18 de julio una vez trasvasado a Sevilla el Ejército de África. La conocíamos a grandes rasgos pero no con la precisión que el caso requería. Hablamos de dos semanas, las que van de la salida de las columnas desde Sevilla hasta la ocupación de Badajoz el día 14 de agosto. Se estudian las operaciones de la columna central de Asensio y las que Castejón y Tella fueron realizando sobre poblaciones cercanas a la carretera general.

Y poner nombres y apellidos.

Sí, los listados con los nombres de quienes formaron parte de los comités antifascistas, de los presos de derechas y de las víctimas, tanto de derechas como de izquierdas. Estos últimos deben ser completados cuando podamos acceder a todos los archivos.

Archivos que siguen cerrados a cal y canto.

Nuestros ‘archivos del terror’  siguen inaccesibles. Y son los que podrían darnos información exhaustiva sobre el golpe y sus consecuencias.

Concluye, de algún modo, que la masacre de Badajoz es una especie de anticipo de Auschwitz.

La referencia a Auschwitz surgía al pensar en un plan de exterminio aplicado sobre la población civil, con un modelo que no dejaba a nadie fuera. Un genocidio donde lo fundamental no era la raza sino la ideología y la pertenencia a una clase social, y todo ello con la firme voluntad de aniquilar a quienes dieron vida a la II República y de que nunca más hubiera posibilidad de que renaciera.

Tropas del ejército rebelde, en el asedio a población civil durante 'la desbandá'.
Tropas del ejército rebelde, en el asedio a población civil durante ‘la desbandá’.

El objetivo del ataque indiscriminado contra población civil era…

No era otro que el de paralizar por el terror. Alguna gente con más conciencia de lo que podía ocurrir partió de sus pueblos y los que se quedaron fueron víctimas de la represión. Era violencia de  carácter ejemplarizante. Nadie pudo imaginar que la ‘limpieza’ se llevaría también por delante a cientos de mujeres e incluso a menores de edad.

¿La guerra civil española sirve, también así, como antesala de la Segunda Guerra Mundial?

Para el nazifascismo formó parte del plan que pondrían en marcha a partir de septiembre de 1939, unos meses después del final de la guerra civil. El apoyo al golpe militar en España fue pieza clave de ese plan. Por otra parte, por iniciativa de Inglaterra y Francia, numerosos países europeos decidieron abandonar a su suerte a la República y, desde agosto del 36, pusieron en marcha la farsa del Comité de No Intervención. Fue así como, mientras las democracias miraban hacia otro lado, Alemania, Italia y Portugal siguieron ayudando a sus colegas fascistas españoles.

'La columna de la muerte', de Francisco Espinosa Maestre.
‘La columna de la muerte’, de Francisco Espinosa Maestre.

¿Hubiera ganado Franco sin la ayuda de Hitler y Mussolini?

El golpe no hubiera triunfado sin el Ejército de África, trasladado a la península a lo largo de varios meses desde el 18 de julio. Y esto no hubiera sido posible sin la ayuda nazi y fascista, proporcionando hombres y medios desde el primer momento. El 7 de noviembre de 1936, tras el fracaso ante Madrid, de nuevo la Alemania nazi y la Italia fascista salvan del desastre a los golpistas españoles con más ayuda. Fue un momento clave. El Ejército de Franco creía que iba a ser una marcha militar victoriosa pero derivó en guerra convencional.

Y hay una pieza clave en esta historia:  Juan Yagüe, ‘el carnicero de Badajoz’.

Es pieza clave en la sublevación en el norte de África. A su condición de africanista unía la de fascista. Yagüe, jefe de la Columna de la Muerte, se incorpora a ella en Mérida y es responsable de lo ocurrido en el trayecto desde Badajoz a Toledo pasando por Talavera de la Reina, de cuyo paso nos queda la fotografía de la masacre realizada por sus fuerzas en la calle Carnicerías que figura en la portada de La columna de la muerte y cuya historia se cuenta en uno de los anexos. Como todos estos militares sanguinarios, luego intentó lavar su imagen como falangista bueno y benefactor de su Soria natal. Resulta macabro que los nombres de estos individuos pasasen posteriormente a dar nombres a los hospitales en diversas ciudades.

Nueve preguntas y respuestas sobre el futuro de Franco en el Valle de los Caídos

17 junio, 2017

Fuente: http://www.publico.es

El Congreso ha aprobado este jueves una Proposición No de Ley que insta al Gobierno de Mariano Rajoy a exhumar los restos del dictador del Valle de Cuelgamuros.

El Valle de los Caídos, en el interior de cuya basílica descansan los restos de más de 33.400 víctimas de la Guerra Civil. EFE

El Valle de los Caídos, en el interior de cuya basílica descansan los restos de más de 33.400 víctimas de la Guerra Civil. EFE

En este artículo intentamos resolverte todas las dudas que puedes tener sobre qué hay que hacer para sacar al dictador del Valle de los Caídos y qué es lo que se ha hecho hasta ahora.

1. ¿Cuándo se sacará a Franco del Valle de los Caídos?

No se sabe. La Proposición No de Ley (PNL) aprobada por el Congreso no tiene carácter vinculante y, por tanto, tampoco establece una fecha concreta para su ejecución. El Gobierno no tiene por qué  atender al contenido de la misma. Además, es descatable que cada año el Congreso suele aprobar más de 1.000 PNL al año.

2. ¿Puede sacar el Gobierno a Franco del Valle?

No. El Estado no puede exhumar unilateralmente a Franco del Valle de los Caídos. El lugar donde está enterrada Franco no es un lugar público, sino que se rige por la normativa de la Iglesia Católica. Así lo recoge el artículo 16 de la Ley de Memoria Histórica. Por tanto, la competencia en este tema es de la Iglesia católica y de la familia del difunto dictador.

3. ¿Qué puede hacer el Gobierno para sacar a Franco?

El Gobierno puede resignificar el espacio del Valle de los Caídos, que se asemeje a un Centro de Interpretación de la Guerra Civil y honrar a la memoria de las víctimas por igual. Es decir, el Gobierno puede hacer lo que quiera con el espacio, pero no con lo que hay dentro de la basílica.

No obstante, el Gobierno sí que puede emplazar a la Comunidad Benedictina que gestiona la Iglesia del Valle de los Caídos a abrir una negociación e incluso tomar medidas de presión para que se permita la exhumación de los restos del dictador ya que esta comunidad recibe dinero público. Por poder, el Estado puede hasta tratar de convencer a los Franco para que soliciten el traslado el panteón familiar.

4. ¿Por qué está Franco en el Valle de los Caídos?

La lista de motivos puede ser interminable. Nos limitamos a señalar que fue decisión del rey Juan Carlos I y del Gobierno de la época entregar los restos de Francisco Franco a la protección de la Comunidad Benedictina en el Valle de los Caídos. En multitud de ocasiones se ha señalado que ni Franco ni su familia querían que sus restos terminaran allí.

También es destacable que en 40 años de democracia ninguno de los diferentes gobiernos democráticos ha tenido a bien buscar la fórmula de sacar a un dictador genocida de un lugar público que le rinde homenaje.

5. ¿Implica un cambio en el resto del Valle de los Caídos?

La PNL aprobada hoy en el Congreso incluye un total de 16 medidas entre las que se encuentra “redefinir” el Valle de los Caídos “para que deje de ser un lugar de memoria franquista y nacional católica y reconvertirlo en un espacio para la reconciliación de la memoria colectiva democrática y de dignificación de las víctimas de la Guerra civil y de la dictadura”. Sin embargo, el Gobierno no tiene por qué aplicar estos cambios.

6. ¿Qué pasa con Primo de Rivera?

La PNL pide al Ejecutivo que saque a Primo de Rivera del lugar preeminente donde está enterrado, pero añade que sus restos pueden permanecer junto al resto de víctimas que están en el Valle de los Caídos ya que fue “una víctima más de la Guerra Civil”, según el PSOE. El problema en este punto es el mismo que con Franco. La potestad es de la Comunidad Benedictina.

7. ¿Por qué el PSOE dice digo donde dijo Diego?

Llama la atención mucho que el PSOE incluya entre las propuestas de su PNL que se someta a estudio si se debe declarar la nulidad de las condenas y que a la vez rechace la enmienda de Unidos Podemos de anular los juicios del franquismo.

Asimismo, esta petición del PSOE contrasta con la actitud de los socialistas cuando estaban en el Gobierno. En el año 2010, con los votos de PP y PSOE, el Pleno del Congreso rechazó una moción de ERC en la que reclamaba al Gobierno de Zapatero que impulsase las reformas legales necesarias para se pudiera solicitar la revisión de las sentencias políticas dictadas durante el franquismo, ya que fueron declaradas ilegítimas por la conocida como Ley de Memoria Histórica de 2007. La iniciativa sólo recibió el apoyo de los nacionalistas y las minorías de izquierda.

8. ¿Cambiará la Ley de Memoria Histórica? 

Salvo sorpresa mayúscula, la Ley de Memoria Histórica continuará igual que la aprobó el Congreso en el año 2007 ya que, como se ha señalado, el Gobierno no tiene obligación ninguna de acatar la petición del Congreso de los Diputados.

Asimismo, cabe destacar que Mariano Rajoy lleva cinco años consecutivos sin dotar de un euro la Ley de Memoria por lo que en la práctica ha sido derogada en muchos aspectos.

9. ¿Hay algo de oportunismo en la petición del PSOE?

En opinión del que firma este artículo, sí. No deja de ser curioso que el PSOE vuelva a retomar la batalla por la Memoria Histórica cuando las encuestas parecían darle la espalda y, sobre todo, cuando más necesitaba distanciarse del Partido Popular y postularse como un partido de izquierdas. Tampoco es casual que esta medida coincida en el tiempo con la aprobación en Andalucía de una Ley de Memoria Histórica en un momento en el que Susana Díaz también necesita proyectar al exterior una imagen más izquierdista para paliar esas críticas que la acerca ideológicamente al PP.

El señor Francisco Franco, el pucherazo del 36 y la democracia acomplejada

13 junio, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Nuestros políticos democráticos han tardado 41 años en decidir que Franco, el sátrapa genocida, no puede estar enterrado con los honores de un faraón y que las víctimas merecen salir de las cunetas.

El PP acusa al PSOE de romper el “pacto constitucional” por querer sacar a Franco del Valle de los Caídos.

Carlos Hernández

09/05/2017 – 21:16h

El Parlamento exigirá al Gobierno que saque del Valle de los Caídos los restos mortales del dictador. Igualmente decidirá que se establezca el 11 de noviembre como día de homenaje a las víctimas del franquismo y planteará, entre otras medidas, la necesidad de que la Administración colabore en la localización y exhumación de las fosas en que yacen más de 100.000 hombres y mujeres asesinados por la dictadura. Si fuéramos vírgenes e ingenuos y no tuviéramos memoria, hoy estaríamos celebrando por todo lo alto las decisiones debatidas este martes por el Congreso de los Diputados, para reactivar la Ley de Memoria Histórica, que a pesar de las diferencias que existen entre los grupos de izquierda todo apunta que se aprobarán este jueves.

Si lo fuéramos, no daríamos importancia a la fecha en que se ha producido este debate: mayo de 2017. Sí; nuestros políticos democráticos han tardado 41 años en decidir que Franco, el sátrapa genocida, no puede estar enterrado con los honores de un faraón; han tenido que pasar cuatro décadas para darse cuenta de que las víctimas merecen salir de las cunetas en que siguen enterradas como si fueran perros.

Si lo fuéramos, no analizaríamos el porqué de la negativa del Partido Popular a apoyar esta iniciativa. No nos preguntaríamos las razones por las que su portavoz en el debate parlamentario buscó mil y una excusas, hasta llegar a Stalin y a Venezuela, para oponerse a la propuesta. No nos rechinarían los dientes al escuchar a Alicia Sánchez Camacho eludir la palabra dictador y preferir referirse a él como “el señor Francisco Franco”. No nos indignaría comprobar cómo la formación política que nos gobierna se niega a liberarse de sus vínculos con el franquismo. No nos avergonzaríamos de que, con su voto y su discurso, el partido con más apoyo popular en España reafirme su distancia con la derecha europea representada por Angela Merkel y se sitúe a un paso de las tesis revisionistas del Frente Nacional o de Alianza por Alemania. Apenas hay diferencias entre quienes cuestionan la existencia de las cámaras de gas y los que niegan el carácter totalitario y criminal del régimen franquista. El discurso del PP suena igual que el de historiadores condenados por su infame blanqueo del nazismo como David Irving.

Si lo fuéramos, no recordaríamos que este tipo de decisiones suelen quedarse en un llamativo titular y una bonita fotografía. Por poner solo un ejemplo de esos fuegos artificiales que tanto gustan a nuestros políticos: hace ya dos años que el Congreso de los Diputados aprobó por unanimidad reconocer y homenajear a los 9.300 españoles y españolas que fueron deportados a campos de concentración nazis. 24 meses después no se ha cumplido este mandato; el Gobierno se ha declarado insumiso y la oposición no ha ejercido su papel de recordarle, diariamente, su repugnante incumplimiento.

Si lo fuéramos, preferiríamos olvidar que Felipe González tuvo 15 años para desmantelar los vestigios de la dictadura y no quiso hacerlo. Tres mayorías absolutas consecutivas en las que no se atrevió a sacar al dictador de su mausoleo ni a dar un entierro digno, entre otros, a sus compañeros socialistas que habían muerto por defender la democracia republicana frente al eje Franco-Hitler-Mussolini. El gran Felipe estaba en otras cosas, sin duda importantes, y no le pareció relevante que como país, realizáramos una revisión histórica rigurosa que habría acabado, de una vez por todas, con la historiografía franquista que aún contamina los libros de texto que estudian nuestros hijos.

Si lo fuéramos, ignoraríamos que Zapatero permitió a la parte más conservadora de su partido descafeinar su Ley de Memoria Histórica y olvidaríamos que tuvo siete años para llevar a cabo las iniciativas que ahora plantea desde la oposición. Si lo fuéramos, no nos vendría a la cabeza la casi lasciva satisfacción que emanaba Mariano Rajoy al explicar orgulloso que su Gobierno había asesinado y enterrado la Ley en otra cuneta, al dotarla de un presupuesto anual de cero euros.

Para nuestra suerte o nuestra desgracia no somos vírgenes, ingenuos ni desmemoriados. Vemos cada día el letal fruto de la cobardía y los complejos con que los políticos demócratas han abordado este tema durante los últimos cuarenta años. Esa es la razón por la que hoy vivimos un auge del revisionismo franquista. El negacionismo de nuestro Holocausto viaja a través de Internet, contamina ondas de radio y televisión y alcanza las portadas de los periódicos de papel. Basta con que unos supuestos historiadores se quiten momentáneamente sus camisas azules y escriban un libro repleto de falsedades y medias verdades para que el producto consiga calar en la sociedad.

Así ocurrió recientemente con 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular en el que Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa legitiman el golpe de Estado franquista demostrando un supuesto pucherazo electoral de la izquierda en las elecciones de febrero del 36. Sin cuestionarse mínimamente el sesgo que ya habían demostrado los autores en obras anteriores, ni contrastar sus conclusiones con otros historiadores de, estos sí, reconocido rigor y prestigio, numerosos medios dieron por buenas sus tesis y las reprodujeron como si de verdades absolutas se tratara. Dos meses después, tras analizar detalladamente la obra, el catedrático de Historia de la Universidad Autónoma de Barcelona José Luis Martín Ramos la ha desmontado punto por punto en Público. Lamentablemente, su estudio no llegará a las portadas y los espacios que, por mala fe o por pura ignorancia de los periodistas de turno, copó el sesgado relato de Villa y Tardío.

No será la última vez que ocurran cosas similares. La democracia acomplejada ha permitido que varias generaciones de españoles crecieran en la ignorancia, cuando no en la tergiversación franquista, de nuestra historia reciente. Nuestros políticos socialistas, centristas y comunistas han tolerado que uno de los lugares turísticos de la capital del Reino sea la tumba de un criminal que secuestró nuestras libertades durante 40 años. Nuestro régimen de libertades no ha querido evitar que se siga equiparando a víctimas y a verdugos.

El terreno está abonado, pues, para que el revisionismo franquista siga creciendo hasta el infinito y más allá. Lo hará si no arrancamos de cuajo sus raíces. Podríamos pensar que la iniciativa debatida este martes en el Congreso de los Diputados es un paso decisivo para realizar esa poda sanadora con unas tijeras de democracia, cultura y verdad. Podríamos pensarlo… si fuéramos vírgenes e ingenuos y no tuviéramos memoria.

Sofía Casanova, una reportera en la Gran Guerra

9 junio, 2017

Fuente: blogs..elpais.com/historias

Por: María José Turrión | 23 de enero de 2014

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Junto con Emilia Pardo Bazán y Concha Espina, la gallega Sofía Casanova forma parte de la tríada de mujeres que, en el 75 aniversario de la aparición de la revista Blanco y Negro, figuran entre los escritores, poetas y periodistas seleccionados en el especial dedicado a las letras que se publica. Entre ellos, Rafael Alberti, Antonio Machado, Ramón Gómez de la Serna, Ramón Pérez de Ayala o Juan Ramón Jiménez, un elenco importante de la cultura española. De las 33 figuras incluidas en el cuadro de honor del suplemento, solo se reseñan estas tres mujeres.

Si Pardo Bazán y Concha Espina son mujeres ampliamente conocidas en la sociedad actual, no ocurre lo mismo con Sofía Casanova, y ello a pesar de los interesantes actos, estudios y escritos realizados por particulares en los últimos años, como la biografía que escribe Rosario Martínez Martínez, o la organización de actos por parte de instituciones como, la Casa del Lector y el Instituto Polaco de Cultura que en fechas recientes hicieron un homenaje a la escritora en forma de mesa redonda. También en el último año se ha estrenado el documental A maleta de Sofía, película que narra una parte de la vida de la autora. Asunción Bernárdez Nodal, en Sofía Casanova en la I Guerra Mundial: una reportera en busca de la paz de la guerra, realiza un estudio del pacifismo en su obra, desde la óptica cristiana y desde su condición de mujer.

Sofía Casanova sin embargo fue ampliamente conocida y también reconocida por sus contemporáneos. En 1906 es elegida miembro de la Real Academia Gallega. Se la agasajó en vida. Sus conferencias fueron aplaudidas por hombres y mujeres. El hecho de ser la única española en las conflictivas Tierras de sangre, dispuesta a narrar sus peripecias, sus posturas personales frente a los conflictos, sobre todo el de la I Guerra Mundial y la Revolución rusa, hizo que fuera tratada de heroína, al convertirse como en alguna ocasión se la ha llamado en “notaria de la realidad”.

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I Guerra Mundial, 1914-1918.

Fue una mujer culta, muy conocida en los ambientes literarios de la época. De profunda tradición católica, mantuvo posturas a favor de Franco durante la Guerra Civil Española. En diciembre de 1938, declaraba a La Voz de Galicia, con ocasión de su marcha a Varsovia, que estaba convencida de que el golpe de Estado provocado por un sector del Ejército traería momentos de desarrollo y esplendor a España: “Creo en el caudillo como se cree en un ser superior, y la suerte de España guiada por él será la más grande y más fecunda de nuestra historia”. Este apoyo, que se contradice en ocasiones con su experiencia vital y profesional, no explicaría el porqué la dictadura la olvidó después de esa manera. Ni sus novelas, ni sus poesías, ni sus artículos periodísticos, de gran agudeza en sus análisis políticos, lograron sobrevivir a la segunda mitad del siglo XX. En realidad, no lograron sobrevivir al nazismo.

En desacuerdo con la República y profundamente monárquica, rompe con ABC, de cuya cabecera fue cronista durante la I Guerra Mundial y la Revolución rusa, cuando a la edad de 80 años manda su primera crónica después de la invasión polaca de 1939. Con gran esfuerzo por su ceguera, consigue escribir un artículo que, como única respuesta por parte del director del periódico, Luca de Tena, obtiene la negativa a publicar “nada que vaya en contra de los alemanes”. En palabras de su nieto, esta respuesta constituyó una muerte en vida. Desengañada de los suyos y atrapada en el totalitarismo que sufrió Polonia, primero nazi y después soviético, Sofía fue apagándose en su longeva y apasionante existencia.

Sofía Casanova, en realidad Sofía Guadalupe Pérez Casanova (A Coruña, España, 1861-Poznan, Polonia 1958), fue una escritora de novela y poesía, autora de obras de teatro y cartas. Fue también traductora, hablaba cinco idiomas, y publicaría además de en España, en Francia, Polonia y Suecia. Trabajos que compaginó con el periodismo, escribiendo artículos para los periódicos ABC, El Liberal, La Época y El Imparcial entre otros, y fuera de nuestras fronteras  en el New York Times o en la Gazeta Polska. Aunque Carmen de Burgos fue pionera, como mujer, en el reporterismo de guerra, al cubrir para el Heraldo de Madrid la guerra de Marruecos en 1909, Casanova lleva a cabo la corresponsalía de la I Guerra Mundial y la revolución rusa de 1917. Realiza una entrevista a Trotski, más propia de una aventurera reportera contemporánea que de una católica conservadora de su época: “Cuando hace cuatro días me decidí en secreto de mi familia a ir al Instituto Smolny, una nevada densa y callada, caía sobre San Petersburgo. Deseaba y temía ir –porqué no confesarlo– al apartado lugar donde funcionan todas las dependencias del Gobierno Popular… Obscuras [sic] las calles resbaladizas como vidrios enjabonados y completamente solitarias a aquella hora –cinco de la tarde- tras muchos tumbos encontramos un iswostchik somnoliento en el pescante del trineo…” Sofía, en compañía de Pepa, la señora que le acompañó desde Galicia en su periplo polaco, logró entrar en el Palacio Smolny sin ningún impedimento, solo el propio rechazo y el miedo que le provocaban los marxistas, entonces llamados maximalistas. Realizó la entrevista a Trotski, ministro de Asuntos Extranjeros, y a quien Sofía consideraba como la persona más interesante de las que rodeaban a Lenin.

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Asalto al Palacio de Invierno de San Petersburgo en noviembre de 1917.

Gran viajera, en el sentido más completo y complejo de la palabra. La oportunidad de viajar y aprender idiomas le vino al casarse con el diplomático Wincenty Lutoslawaski. Con él, noble terrateniente polaco, diplomático y filósofo, que había venido a Madrid a estudiar el pesimismo en la literatura española, y recién casada se traslada a Polonia en 1887. Desde entonces, llevará su Galicia natal en el alma, también las tertulias y reuniones literarias, a las que le había dado acceso Ramón de Campoamor, quien además fue el que le presentó a su futuro marido en una de estas reuniones. En estas tertulias, frecuentaba la amistad de Blanca de los Ríos o de Emilia Pardo Bazán. Sin embargo, su vida quedará prendida para siempre y atrapada en un país, Polonia, y, como él, padecerá y quedará presa de los totalitarismos alemán y soviético.

El hecho de vivir en primera persona los grandes conflictos de la Europa del siglo XX, la hizo tomar parte en ellos. Fue esencialmente una defensora a ultranza del nacionalismo polaco, país por el que sintió una gran admiración y devoción. Una Polonia que desde 1795 estaba fragmentada y dividida entre Rusia, Austria y Prusia, y que está de manera continua presente en sus escritos. El 7 de abril de 1916, publicaba María de Echarri en La Acción, unas palabras de la escritora, en las que Sofía trataba de enmendar la plana al cronista de prensa Schneider:

“Siento viva satisfacción en que la causa de Polonia se conozca extensamente en mi Patria… Polonia, mayor seis veces que Bélgica, es, de todos los pueblos mínimos arrasados y engañados por los grandes en el cataclismo actual, del que menos se habla públicamente en la Europa beligerante y la de los neutrales. Yo creo que hará obra de justicia y propaganda de la verdad, quién de a conocer, al menos en las naciones neutrales, la significación internacional de Polonia, sus aptitudes de self governements, su cultura y su indomable voluntad de vida independiente… Rompa usted señor Schneider, una lanza en pro del porvenir de Polonia, pero teniendo ‘solo’ en cuenta su ‘vivo’ e ineludible interés nacional, no los intereses de los imperios centrales o del coloso ruso, que argumentan con la fuerza de sus cañones”.

También la vemos alentando a la mujer española a ocupar un lugar en la vida pública para “mejorar, suavizar y engrandecer” la sociedad. Entendiendo la importancia de la educación de la mujer en la cultura y en la sociedad de un país:  “Nada hay que dé tan exacta idea de la cultura de un pueblo como la situación que en su sociedad ocupa una mujer. La instrucción de esta, que es factor importantísimo en el desarrollo general, se cuida extremadamente en Polonia. El estudio de los idiomas forma parte principalísima del programa educativo… la gran mayoría de las educandas habla y escribe cinco y seis lenguas europeas”. Lo escribía Sofía en 1926, aún no se había proclamado la II República en España, momento en el que llegaron algunos hitos importantes para el desarrollo de la mujer española y sistema frente al cual demuestra abierto rechazo. Mucho antes, ella había fundado el Instituto de Higiene Popular y fue condecorada con la Gran Cruz de la Beneficiencia.

Horrorizada por las atrocidades de la I Guerra Mundial, que la sorprende en la hacienda familiar de Drozdovo en Polonia, y que al ser invadida por los alemanes da lugar a una diáspora familiar que la aísla de los suyos. En estas circunstancias decide dedicarse al cuidado de los heridos, en los hospitales del frente y retaguardia. Experiencia que volcará en sus artículos, crónicas y conferencias, dando a conocer los desastres de la guerra y también la importancia y la defensa del papel de la mujer en la sociedad. 6a00d8341bfb1653ef01a51059043b970c

Estaba convencida de que la intrusión de la mujer en el escenario público aligeraría a las sociedades de la violencia y agresividad. Una agresividad que conoce de cerca cuando trabaja para la Cruz Roja. Es entonces cuando vive una de sus peores experiencias al ser destinada, en compañía de otras enfermeras, a recoger a 700 soldados heridos en el frente de batalla. Marcha en tren a la ciudad de Skierniewice en un recorrido difícil y duro en el que los aldeanos les advertían de no poder seguir avanzando sin riesgo de caer en manos de los alemanes: “Por el lado izquierdo aparecía todo el horizonte enrojecido por el intensísimo fuego, que no cesaba ni un instante, por el lado derecho la Rusia blanca y silenciosa… Y por fin llegamos a Skierniewice. ¡Cómo estaba aquello, Dios mío! Heridos, muertos, terror”. Y sin embargo Sofía todavía recuerda con mayor horror los últimos meses de 1915: “Cuando la ola de hambrientos, de famélicos, de extenuados, no nos dejaban curar a los cuatro o cinco mil heridos que recibíamos a diario”. Por aquel entonces ella y su familia se alimentaban de pan negro amasado con paja. Por la labor que hizo en los hospitales durante la I Guerra Mundial, fue condecorada por el zar Nicolás II con la Medalla de Santa Ana.

Vivió de cerca la revolución rusa y la lucha entre los partidarios de Trotsky y de Lenin. Se conmovió profundamente con el asesinato de la familia del zar, con los encarcelamientos de obispos católicos, las purgas y asesinatos, todo ello la llevaría a ser una anticomunista convencida. La revolución de Octubre, además de en sus crónicas y artículos periodísticos, quedará reflejada en De la revolución rusa de 1917; La revolución bolchevista. Diario de un testigo y En la Corte de los Zares. Del principio y del fin de un imperio.

En este año que se recuerda el centenario del inicio del gran conflicto bélico que supuso la I Guerra Mundial, cabe ocuparnos de una mujer inusual para su época, una escritora y reportera atrapada en la crudeza de las grandes guerras y conflictos del siglo XX, que murió casi centenaria, ciega y olvidada  en la gélida Polonia soviética.

“Soy la única mujer española que vengo de aquellos lugares de desolación y muerte, en donde los hambrientos cavan sus fosas y en ellas se matan con sus mujeres e hijos”.

La desmemoria histórica del Partido Popular: ni un euro para las víctimas del franquismo

14 mayo, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

El PP le dedica a la Ley de Memoria Histórica la ingente cantidad de 0 euros, un dinero que debía utilizarse para financiar exhumaciones en las 2.000 fosas que se calcula que existen en España

María Eugenia R. Palop

06/04/2017 – 21:05h

El director del CIEMEDH considera que un centro académico podrá conseguir la financiación para abrir fosas que se le niega a las asociaciones memorialistas por sus implicaciones políticas. Foto: Óscar Rodríguez (ARMH).
Imagen de archivo de represaliados por el franquismo. Foto: Óscar Rodríguez (ARMH).

Decía Adorno que “dejar hablar al sufrimiento es la condición de toda verdad”, pero hay verdades que al Partido Popular, simplemente, no le suscitan ni el más mínimo interés. En los Presupuestos Generales del Estado, el Gobierno ha vuelto a invisibilizar a las víctimas silenciadas de la guerra civil y el franquismo, a imponer la acostumbrada amnesia social, y a evitar que se desmonte la mentira institucionalizada en la que llevamos décadas instalados, gracias, entre otras cosas, a políticas como las suyas.

El PP le dedica a la Ley de Memoria Histórica la ingente cantidad de 0 euros, un dinero que debía utilizarse para financiar exhumaciones en las 2.000 fosas que se calcula que existen en España. Ya en 2012, Rajoy eliminó la Oficina de Víctimas de la Guerra Civil y la Dictadura, y redujo la dotación presupuestaria para Memoria Histórica de 6,2 millones, a dos millones y medio. Y en el año 2013, el Gobierno eliminó esta dotación sin más, dejando en las cunetas, por enésima vez, a las víctimas del franquismo, que siguen costeando las exhumaciones con sus propios medios, porque, mal que le pese a Rafael Hernando, se acuerdan de sus padres y familiares haya o no haya subvención.

Ahí siguen, impenitentes, andando “con los muertos para arriba y para abajo” para contrarrestar el ostracismo y las vejaciones del Gobierno del Partido Popular y de personas que, como él, no creen ofender ni humillar a nadie, porque no son nadie las 100.000 o 150.000 que aún esperan verdad, memoria, justicia y reparación. “¿Por qué voy a pedir perdón?”, se preguntaba perplejo Hernando, en un ejercicio retórico de cinismo.

No hay duda de que hay quienes han descontado ya el costo humano y social de sus privilegios, en la idea tan atroz, como poco contrastada, de que no existe “progreso” sin olvido. Y aunque también hay quienes prefieren avanzar retrocediendo, como diría Paul Valéry; avanzar sin aplastar “flores inocentes en el camino”, sin generar víctimas y sin olvidarlas, hoy, lamentablemente, está claro que los que gobiernan son los primeros. Por eso el desarrollo de la Ley de Memoria Histórica ha sido esquelético, y por eso ha acabado instaurando una discriminación en el trato, los derechos y las prestaciones que reciben unas víctimas frente a las otras, sin que exista ninguna razón que lo justifique, más allá de la desmemoria selectiva que en este país se ha practicado sin descanso.

Poco importan aquí los acuerdos internacionales sobre estas materias ratificados por España, entre los que cabe destacar la convención contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, o la convención internacional para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas. Poco importa la doctrina del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y, en particular, la jurisprudencia destinada a la protección del derecho a la vida y a la integridad de las personas. Tampoco importa mucho, según parece, la Directiva 2012/29/UE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 25 de octubre de 2012, que, desarrollada por la Ley 4/2015, de 27 de abril, del Estatuto de la Víctima del Delito, favorece un catálogo de prestaciones y derechos a toda víctima, sin perjuicio de que quepan regulaciones particulares en atención a unos u otros colectivos. Poco importa, por supuesto, el informe del relator de Naciones Unidas en el que se señalaba que es la ignominia y el olvido lo que se ha incorporado a la normalidad democrática de España.

En fin, esta negativa a investigar la suerte de miles de personas desaparecidas a raíz de la estrategia implementada por el Estado franquista, contraviene, entre otras cosas, el derecho internacional que es jurídicamente vinculante y de obligado cumplimiento en nuestro país. Porque no solo es que el Gobierno se niega a cumplir su obligación de actuar de oficio, sino que tampoco pone todos los medios necesarios para que otros agentes puedan llevar a cabo las investigaciones que las autoridades se niegan a hacer, y ello, sin que haya ninguna norma o principio jurídico que impida a un Estado investigar su pasado.

El PP contradice aquí, incluso, a la normativa que se ha desarrollado en el plano autonómico, y que se ha promulgado, o está por promulgarse, en el País Vasco, Andalucía, Navarra, Aragón, Valencia y Baleares, territorios que han conocido directamente los horrores de la guerra civil, la represión de la dictadura y la violencia política posterior, y en los que están domiciliadas un importante número de sus víctimas. Y lo más sorprendente es que algunas de estas normas han salido adelante con la abstención del mismísimo y esquizofrénico Partido Popular.

Reivindicar el derecho y el deber de memoria no es solo poner en el centro un hecho del pasado, sino resignificarlo y asumir las responsabilidades que se derivan del mismo, articular un consenso sobre lo intolerable, y delimitar claramente lo que, de ningún modo, puede volver a suceder. Y en la medida en que esto no se hace, no puede garantizarse nada. La responsabilidad tiene una dimensión temporal que no se agota en el presente; mira hacia al pasado, como ha de mirar hacia el futuro, y trata a todas las víctimas de la misma manera, aunque distinga las diferentes violencias de las que cada una ha sido objeto.

Quienes defendemos una política de la memoria para todas las víctimas, sin exclusión, estamos convencidos de que el examen detenido del pasado es un arma que permite combatir el “revisionismo” y el “negacionismo” con los que se justifican y se niegan todos los días las atrocidades que hemos vivido, y de las que muchas personas tienen todavía recuerdos terriblemente vivos. Y sabemos, además, que lo que las sociedades eligen recordar y olvidar, y el modo en que lo hacen, condiciona totalmente sus opciones de futuro, de manera que sin memoria no puede haber una auténtica cultura democrática, ni puede hablarse, en puridad, de un sistema político legítimo.

Dice la Comisión de Derechos Humanos de UN en sus Principios para la protección de los derechos humanos mediante la lucha contra la impunidad, que “el conocimiento por un pueblo de la historia de su opresión pertenece a su patrimonio y, como tal, debe ser preservado con medidas apropiadas en el nombre del deber a la memoria que incumbe al Estado”. Pues bien, es este el deber que el Gobierno no cumple y este es el rico patrimonio que nos usurpa descaradamente cada vez que privatiza el uso de nuestra memoria y nos impide recordar.

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Mariano Rajoy vuelve a ignorar la ley de memoria histórica en su legislatura de “consenso”

11 mayo, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Los presupuestos de 2017 consolidan el ninguneo del Gobierno del PP a la exhumación de represaliados y la atención a víctimas del franquismo: la partida presupuestaria es cero.

Su socio principal, Ciudadanos, era partidario de las exhumaciones y el cambio de calles “sin campañas exageradas”.

Al llegar a Moncloa Rajoy quitó la Oficina de Víctimas, luego bajó a la mitad el presupuesto para exhumaciones, y un año después lo eliminó.

Raquel Ejerique

04/04/2017 – 21:17h

Trabajos en una fosa común
Trabajos en una fosa común

Rajoy ha dejado clara su postura ante la ley de memoria histórica desde que llegó a la Moncloa: desactivarla reduciendo primero su presupuesto y luego eliminándolo. En las cuentas de este 2017 incide en la misma línea, de modo que su anunciada legislatura de “consenso” ante la necesidad de acuerdos parlamentarios se estrena con cambios de posición en temas como educación o violencia de género, pero no van a alcanzar a las víctimas del franquismo, tal y como se puede comprobar en la decisión de negar la dotación presupuestaria en el primer año de su nueva legislatura. Es el cuarto año consecutivo que lo hace.

Su socio principal en las cuentas para este año, Ciudadanos, tampoco tenía como prioridad a los represaliados, aunque en su programa sí hablaba de facilitar exhumaciones (sin especificar si las debía financiar el Estado) y modificar los callejeros aunque advirtiendo de que “sin campañas exageradas”. Todo ello, sin dañar la “reconciliación entre españoles”, tomando parte por la hipótesis del PP de que la reparación de las víctimas puede ser peligrosa. Según el resultado final en los presupuestos 2017, la Memoria Histórica seguirá aparcada y no se ha tratado en las negociaciones entre ambos partidos.

Tras llegar a Moncloa en 2011, Rajoy tomó varias medidas que dejaban sin efecto la ley de Zapatero de 2007 y cualquier iniciativa de reparación. Primero, en marzo de 2012, suprimió la Oficina  de Víctimas de la Guerra Civil y de la Dictadura, un organismo creado por el gobierno socialista que se encargaba de atender a los familiares y facilitaba información y procedimientos para las exhumaciones: se calcula que en España quedan 2.000 fosas sin abrir donde yacen sin nombre ni sepultura unos 100.000 españoles.

El Gobierno del PP la integró en una subsecretaría de Justicia que se encarga de indultos, condecoraciones y títulos nobiliarios. Su cuarto cometido es poner “medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura”. De momento no las hay.

Evolución del presupuesto a Memoria Histórica

pres.mem.histó

Su segunda medida fue recortar a menos de la mitad el presupuesto para la ley de Memoria Histórica, de 6,2 millones (en 2011) a 2,5 millones (en 2012). Con ese dinero se subvencionaban básicamente exhumaciones, a través de una Comisión Interministerial que dependía del Ministerio de Presidencia y que Rajoy borró de los presupuestos.

El año siguiente, en 2013, Rajoy inició la senda del cero. Cero euros para las víctimas, una decisión que le han afeado organismos internacionales como la ONU, que criticó en un duro informe que fueran los familiares quienes costean la recuperación de los cuerpos o los forenses y voluntarios en sus ratos libres sin remuneración. Pese a la reprimenda y a que España está en la senda opuesta de países como Chile, Italia, Alemania o Argentina, el Gobierno ha mantenido su postura hasta hoy.

Es más, el presidente se ha jactado en público de haber desactivado la ley quitándole el presupuesto [vídeo abajo]. Preguntado en un acto por qué no la había derogado, aclaraba que había hecho otra cosa que significaba en términos pragmáticos lo mismo: “Bueno, la dotación presupuestaria ha sido cero. La media es cero y fue cero todos los años”. Es decir, hay una ley pero no se puede cumplir porque el Gobierno la ha vaciado presupuestariamente.

En cuestión de dinero lo ha dejado claro, pero también con otras actuaciones que no requieren un desembolso. Por ejemplo, dilatar más de un año el cumplimiento de la sentencia que obliga al Gobierno a exhumar dos cuerpos del Valle de los Caídos o boicotear la querella argentina que investiga los crímenes del franquismo.

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Los republicanos eran “los buenos” y los franquistas “los malos”

4 mayo, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Somos la nación del Valle de los Caídos, de las calles y estatuas dedicadas a asesinos, de “periodistas” y políticos que defienden públicamente a un maldito dictador

Carlos Hernández | 11/01/2017 – 20:48h

Franco y Hitler, en Hendaya, el 23 de octubre de 1940. / picture-alliance/Judaica-Samml/Newscom/Efe
Franco y Hitler, en Hendaya, el 23 de octubre de 1940. / picture-alliance/Judaica-Samml/Newscom/Efe

La noche de Reyes murió un hombre bueno. José Alcubierre pasó cuatro años y medio en el campo de concentración nazi de Mauthausen, donde vio cómo su padre, Miguel, era asesinado. Nunca fue reconocido como un héroe por el país que le vio nacer. Ni él ni los miles de compatriotas que, por defender la libertad, acabaron en el peor de los infiernos creado por el ser humano. José murió como todos ellos: olvidado e ignorado por su Gobierno, por sus políticos, por su país. José era español.

Mientras el niño prisionero de Mauthausen fallecía en el exilio francés, en esta España de Indas y Marhuendas conocíamos el contenido de dos discursos reveladores. Una alcaldesa y un diputado autonómico del partido que gobierna España, gracias por cierto a los votos del PSOE, elogiaron la figura de Franco durante una cena organizada por la fundación que lleva el nombre del dictador. Mientras ella pedía un aplauso para “el mejor jefe de Estado español del siglo XX”, él se enorgullecía de que su hijo de 14 años rebatiera “a su profesora comunista” diciéndole “que con Franco en España había orden”.

Estos hechos, el olvido del héroe y el aceptado ensalzamiento del asesino, demuestran lo que realmente pasa en nuestra querida España. Si hoy seguimos así, sin resolver el problema de Historia y de Memoria que tiene este país, es, entre otras cosas, porque los demócratas no hemos hablado con la suficiente claridad. No lo hicimos durante la Transición porque el aparato franquista tuteló ese proceso y lo condicionó con la permanente amenaza de acabar con él mediante su método favorito: el golpe de Estado. Y no lo hemos hecho durante los 40 años de democracia porque vivimos tan acomplejados que acabamos comprando el discurso de los herederos del dictador.

Solo así se entiende que una mayoría de los españoles mantenga una absoluta equidistancia entre víctimas y verdugos, es decir, entre quienes defendieron la democracia republicana y aquellos que acabaron con ella gracias al apoyo de Adolf Hitler. De aquí es de donde surgen todas las anomalías y los anacronismos que avergonzarían a cualquier país civilizado. Somos la nación del Valle de los Caídos, de las calles y estatuas dedicadas a asesinos, de “periodistas” y políticos que defienden públicamente a un maldito dictador.

Nunca es tarde para empezar y el paso más importante es reivindicar intelectualmente lo que debería ser obvio y que, sin embargo, en nuestro país suena casi revolucionario. Lo diré sin matices, con un lenguaje infantil que resulta muy necesario en este caso: los republicanos fueron “los buenos” y los franquistas “los malos”. Hasta que no asumamos como sociedad esta evidencia histórica, no dejaremos de ser un país democráticamente anormal.

Solo los neonazis y ultraderechistas cuestionan en Europa quienes fueron “los buenos” y quienes “los malos” en la II Guerra Mundial. El hecho de que los Aliados cometieran numerosas atrocidades, entre ellas los criminales bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagashaki, no hace que nadie cuestione la culpabilidad astronómica de Hitler y los suyos.

¿Se atrevería nuestro Rey a defender la misma impresentable equidistancia entre nazis y aliados que la que mantuvo entre demócratas y franquistas durante su mensaje de Nochebuena? ¿Osaría Felipe VI acusar a los descendientes de los judíos gaseados en Birkenau de querer reabrir heridas por intentar honrar la memoria de sus víctimas? ¿Haría Campofrío un anuncio navideño equiparando a un SS con una guerrillera de la Resistencia o con un seguidor del Bayern de Munich? ¿Emitiría Telecinco una serie humanizando a Heinrich Himmler? ¿Seríamos capaces de tener enterrado en un enorme mausoleo, cuidado por monjes benedictinos, a Adolf Hitler? ¿Toleraría nuestra Justicia una fundación que llevara el nombre del Führer?

Dicho todo esto vamos con los matices. Claro que es necesario analizar el periodo republicano, como todos, desde un rigor histórico objetivo alejado de cualquier idealismo. Claro que hubo “buenos” y “malos” en ambos bandos… Cerca de 50.000 personas fueron asesinadas extrajudicialmente durante la guerra en la España republicana. Es una cifra escandalosa e injustificable… como lo fueron los bombardeos aliados de Dresde o de Hamburgo. Y, sí, claro que hay que divulgar lo ocurrido en Paracuellos y en otros lugares donde se cometieron cobardes matanzas por parte de extremistas comunistas y anarquistas.

El problema para los nostálgicos del franquismo y para los cómplices del mismo, como parece ser nuestro Rey, es que los hechos históricos documentados nos alejan de la equidistancia. Dictadura frente a democracia; 150.000 asesinados por los sublevados frente a 50.000 por los republicanos; el terror, la muerte y la violación de mujeres como estrategia de guerra ordenada por los líderes golpistas frente a la actitud de los mandatarios de la República que intentaron controlar e incluso castigar los crímenes cometidos por sus exaltados; democracia, imperfecta pero democracia, con libertad, derechos sociales e igualdad frente a 40 años de oscuridad, crímenes de Estado, totalitarismo, machismo y miedo…

José Alcubierre fue un hombre bueno y Francisco Franco un asesino. Uno murió la pasada semana, olvidado en el exilio francés; el otro continúa enterrado en un gran mausoleo cerca de Madrid, tiene una estatua en Melilla y su apellido sigue presente en las calles y plazas de cientos de municipios españoles. ¿Somos o no somos una sociedad democráticamente enferma?

El día que Extremadura se levantó

24 abril, 2017

Fuente: http://www.ctxt.es

El 25 de marzo de 1936, más de 60.000 campesinos ocuparon 3.000 fincas de grandes terratenientes. La acción pacífica fue legalizada por la República.

La venganza llegó rápido: la matanza de la plaza de toros de BadajozMª ÁNGELES FERNÁNDEZ / J. MARCOS


<p>Foto de David Seymour (Chim) tomada en la primavera de 1936, en Extremadura.</p>

Foto de David Seymour (Chim) tomada en la primavera de 1936, en Extremadura.

ARMHEX

NAVALMORAL DE LA MATA (CÁCERES) | 24 DE MARZO DE 2017

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Eran las cinco de la mañana, el alba aún quedaba lejos, cuando miles de campesinos, azada en mano, se concentraron de manera sigilosa en centenares de pueblos de Extremadura. Corría el mes de marzo de 1936 y la reforma agraria durante siglos negada se materializó en una exitosa ocupación de tierras. Entre 60.000 y 80.000 personas, según las fuentes de la época, decidieron que ya era hora de voltear la realidad de Extremadura y poner la tierra en manos de quien la trabajaba, rompiendo así una gestión del territorio mediante latifundios dedicados al pasto que arrancó en el siglo XIII, con la mal llamada Reconquista.

Aquel 25 de marzo de 1936 es la “fecha identitaria del pueblo extremeño”, para el escritor Víctor Chamorro. Aquel 25 de marzo de 1936 marcó un antes y un después no sólo en la historia de la región, sino también de España, aunque poco o nada se sabe de lo acontecido.

“Cuando los eruditos de la historia anden buscando el hecho que señaló el gran hito de la historia de España, algún dedo caerá, ciertamente, sobre nuestra Extremadura, la región en la cual se ha verificado la primera ocupación de tierras de forma multitudinaria”, publicó el periódico Claridad, vivo entre 1935 y 1939. No ha sido así, la guerra civil y sus inicios especialmente cruentos en Badajoz, la represión franquista, la larga dictadura y el pacto de la transición han silenciado un acontecimiento clave. De hecho, ni con el surgimiento de las autonomías con sus símbolos, estandartes y fiestas se ha recuperado la memoria de este momento y proceso. Ni tan siquiera como dato aparece en los libros de texto.

“1º: A las cinco de la madrugada del día 25 del actual, los campesinos de cada localidad se concentrarán sigilosa y rápidamente en diversos puntos de las afueras del pueblo; procurando todos ir provistos de azada y demás instrumentos propios para efectuar un deslinde. 2º: Efectuada la concentración, con el mismo sigilo y la misma actividad, emprenderán la marcha hacia las afueras de las fincas que deben ser incautadas. 3º: Ya en ellas se trazarán las lindes convenientes (…) 5º: Seguidamente, regresarán al pueblo y, una vez reunidos todos los grupos, se dirigirán ordenadamente al Ayuntamiento (…) 6º: (…) para hacer constar que la Clase Obrera acaba de tomar posesión de tales y cuales fincas en nombre de todos los vecinos del pueblo (…) 7º: (…) al siguiente día y en los sucesivos irán a las fincas incautadas todos los campesinos o una parte de ellos, a continuar la operación de deslinde y a comenzar la del cultivo adecuado…”.

Ésta era la hoja de ruta de la ocupación, recogida en el libro La primavera del Frente Popular, del historiador Francisco Espinosa. Firmada en Badajoz el día 20 de marzo de 1936, alcanzaba nueve puntos en los que se instaba, entre otras cosas, a no causar daños en las fincas –a las incautadas porque ya son de los campesinos y al resto, porque lo serán algún día– y a oír con respeto a la autoridad.

Así, de manera sigilosa y ordenada, bajo la dirección de la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra, se tomaron 3.000 fincas en 280 pueblos de las provincias de Cáceres y Badajoz, las más grandes del país. Esta vez hubo victoria, triunfo, puños en alto y vivas a la República. Las derrotas anteriores habían sido abono para mejorar la acción.

Portada de la revista francesa Regards con foto de David Seymour (Chim). / ARMHEX

Portada de la revista francesa Regards con foto de David Seymour (Chim). / ARMHEX

Siglos de medievo

“Desde que Extremadura surge con este nombre, en el siglo XIII, hasta el siglo XX se perpetúa una Edad Media, un sistema de agricultura patriarcal, de dedicación de la tierra más a las hierbas que al grano, porque aquí se alimentan todas las ovejas de la Mesta de España, y los agricultores apenas tenían surcos y tenían que marcharse. Hasta el año 1936 en Extremadura se instala el medievo”. Así resume Chamorro siete siglos. Aunque se debe incluir algún matiz en el relato: las desamortizaciones que supusieron la expropiación de los terrenos comunales que existían.

Esta semilla de desigualdad, retratada por novelas como Los Santos Inocentes, de Miguel Delibes, originó la huelga general campesina o de la siega de junio de 1934, que se saldó con 10.000 detenidos en Extremadura, según algunas fuentes, y 600 personas trasladadas a cárceles de fuera de la región. “De este precedente de derrota van a aprender mucho los jornaleros a la hora de plantear la siguiente lucha”, apunta Manuel Cañada, activista social y una de las personas que con sus textos ha colocado la fecha en la agenda pública extremeña.

Aquel año, 1936, arrancó con un importante crecimiento del desempleo agrario, que coincidió además con una crisis económica y con un largo periodo de lluvias que impedía realizar las labores y, por tanto, acceder a un jornal, como recuerda el presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Extremadura (ARMHEX), José Manuel Corbacho. A la dura situación y a las lecciones aprendidas hay que añadir la frustración por la lentitud en la aplicación de la Reforma Agraria, aprobada en 1932. Intensos ingredientes para el espeso caldo de cultivo de siglos de desigualdad e injusticia.

Entrada la primavera, en tiempo de floración y de inicio de la siembra, la tierra cambió de manos en Extremadura. Y el Instituto de la Reforma Agraria sólo pudo legalizar las ocupaciones. Los servicios provinciales del Instituto notificaron que se habían asentado yunteros y jornaleros en unas 70.000 hectáreas de la provincia de Cáceres y en unas 120.000 de Badajoz.

La guerra civil, la venganza

Poco duró el revolcón histórico y estructural. En julio de ese año se inició la guerra civil, siendo Extremadura una de las primeras comunidades controladas y desangradas por las tropas franquistas. El 14 y 15 de agosto fueron asesinadas y después calcinadas miles de personas en la plaza de toros de Badajoz. “Es la venganza de los señoritos, de los grandes terratenientes”, sentencia Cañada, quien habla de investigaciones que confirman que muchos protagonistas del 25 de marzo fueron fusilados. La descripción es unánime.

Reportaje de la revista francesa Regards con foto de David Seymour (Chim). / ARMHEX

Reportaje de la revista francesa Regards con foto de David Seymour (Chim). / ARMHEX

“Buena parte de aquellos campesinos que participaron en las pacíficas ocupaciones de fincas de marzo del 1936 y en el proceso fueron asesinados o encarcelados por la represión franquista como castigo a su osadía, dado que existió una relación causa-efecto entre la participación activa en estas ocupaciones primaverales y la posterior represión fascista del verano”, apunta, por ejemplo, el presidente de la ARMHEX. La historiadora Candela Chaves ha documentado que Badajoz es la segunda provincia más afectada por la represión franquista.

Mientras aún olía a quemado en la capital pacense, se produjo “la recuperación de las fincas por sus antiguos propietarios, poniendo de nuevo en marcha la antigua organización de los cortijos de forma mucho más dura y humillante para los trabajadores vencidos”, se recoge en el libro Extremadura saqueada, publicado por Ruedo Ibérico en 1978.

Sin cambios

El resto, hasta hoy, es sabido: la falta de oportunidades obligó a emigrar a un 40% de la población en tan sólo 15 años, la renta per cápita es la más baja del país (16.166 euros, un 30,6% inferior a la media nacional), mientras las cifras de paro son las más elevadas de España (más de un 28%).

Y el silencio y el desconocimiento de esta reciente historia es lacerante: “Extremadura fue un foco de atención de los tratadistas de los fenómenos revolucionarios y de la antropología y sociología del campo. Y, sin embargo, con la llegada de la democracia todo esto pasó al olvido”, apunta Víctor Chamorro, quien lleva 50 años novelando sobre la región, de manera incluso “tóxica”, dice. Ahora, la recién creada Asociación 25 de marzo está trabajando para generar un debate sobre la importancia del empoderamiento de la ciudadanía, de la identidad y, por qué no, de la redistribución de la tierra. “Esta es una región periférica en lo económico, social, cultural y político. El 25 de marzo es un elemento constituyente de la identidad del pueblo extremeño, y tiene una capacidad de transformación social enorme”, añade Cañada, quien fuera coordinador de Izquierda Unida en la región.

Foto de David Seymour (Chim) tomada en la primavera de 1936, en Extremadura. / ARMHEX

Foto de David Seymour (Chim) tomada en la primavera de 1936, en Extremadura. / ARMHEX

Han pasado 81 años de aquellas fechas en la que los ojos del mundo, a través de muchos corresponsales, estaban en Extremadura. Y las explotaciones sigue en las mismas pocas manos: la región sufre la “distribución más injusta de las tierras” de todo el Estado, afirma el estudio Estructura de la propiedad de la tierra en España. Concentración y acaparamiento, elaborado por la ONG Mundubat y la Revista Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas, publicado en diciembre de 2015.

Este informe dedica un especial interés a las situaciones de Galicia, por su estructura minifundista, y de Extremadura, por todo lo contrario. Los datos analizados demuestran que la media del tamaño de las explotaciones es de casi 41 hectáreas, un 83% más elevado que la media estatal. O recogen, por ejemplo, que 163 grandes fincas (de más de mil hectáreas) poseen cuatro veces más tierra que las 28.752 pequeñas fincas. Hay más: el 30% de la tierra sigue en manos del 1,38% de los productores.

“Debemos destacar que algunas de estas grandes propiedades están en manos de latifundistas en el más clásico sentido de la palabra: personas físicas, de grandes familias o empresarios de alto nivel, absentistas en cuanto que su residencia habitual, por supuesto, no está en Extremadura y que tienen esas fincas como valores suntuarios y no como fuentes de renta o empleo”, recoge el documento.

Nuevos dueños

En el pequeño aeropuerto de Talavera la Real (Badajoz), aterrizó en abril del año pasado Mohamed bin Rashid Al Maktum. El primer ministro de Emiratos Árabes Unidos y jeque de Dubái visitaba la tercera gran finca que ha comprado en la provincia Badajoz. El hecho no es aislado. “Ahora estamos viendo cómo los terratenientes extremeños se asocian a terratenientes extranjeros cuyas fortunas vienen del petróleo y que compran enormes extensiones de tierra extremeña”, afirma Chamorro.

En febrero de 2015, el jeque Mansour Al Nahyan, dueño del club de fútbol Manchester City y hermano del emir de Abu Dhabi, invirtió en otra parcela pacense. Este jeque controla el fondo de inversión IPIC, dueño de la petrolera española Cepsa y también de parte de la eléctrica portuguesa EDP, entre otras compañías, como explican en su web. Los anteriores dueños, la familia Mora-Figueroa Domecq, son una de las mayores fortunas de España y también de las mayores beneficiarias de la Política Agraria Común (PAC). Pero esto daría para otro reportaje.

AUTOR

  • Mª Ángeles Fernández

  • J. Marcos

La abuela suiza de los refugiados españoles

21 abril, 2017

Fuente: http://www.swissinfo.ch


Por Susana Giménez Díaz, 23 de marzo de 2017.
Elisabeth Eidenbenz, la enfermera suiza que entre 1939 y 1944 que salvó a 600 niños en su Maternidad de Elna.
Elisabeth Eidenbenz, la enfermera suiza que entre 1939 y 1944 que salvó a 600 niños en su Maternidad de Elna.

(maternitesuissedelne.com)

Elisabeth Eidenbenz (1913-2011) es una de esas heroínas anónimas de la historia. La maestra y enfermera suiza salvó la vida a 597 bebés españoles nacidos en el exilio, hijos de refugiados de la Guerra Civil Española, y a casi 200 judíos cuyos padres huían del nazismo.

Vivo a apenas diez minutos de Elna, un pequeño pueblecito cerca de Perpiñán, que se sitúa muy cerca de la frontera española con Francia, la misma que 500 000 españoles refugiados (y digo españoles, no sirios) se vieron obligados a atravesar a pie en condiciones infrahumanas tras la barbarie de la Guerra Civil. Allí, en medio del campo se erige la que en su día fue la Maternidad de Elna, un antiguo palacete burgués que se transformó en maternidad gracias a la labor de una joven y fascinante maestra suiza: Elisabeth Eidenbenz.

TEMAS

Suiza y la Guerra Civil española

Cerca de 800 voluntarios suizos dejaron su patria para luchar contra el fascismo y defender la II República española. A su regreso a Suiza, fueron …

Ante las atrocidades y los horrores de la Guerra Civil, esta joven de apenas veinte años, idealista de buenas intenciones, decidió trasladarse primero a Madrid para ayudar a los niños de la guerra, y fue más tarde, con el éxodo republicano, cuando llegó hasta Francia para continuar con su labor. Concretamente en 1939 con la Retirada, fue cuando se produjo la huida masiva de españoles que llegó a los campos de refugiados del sur de Francia principalmente con el insistente frío de un mes de enero. Entre ellos, miles de niños y mujeres embarazadas, que se veían obligadas a dar a luz en las arenas de la playa del campo de Argelès-sur-Mer. En esas mismas arenas, las madres recién paridas, hacían un hoyo en la arena para proteger a sus bebés del frío, porque las mantas y ropas estaban empapadas por las lluvias y la humedad del invierno. Pero sus esfuerzos eran en vano, la propia sal y la humedad de la arena acababan con las vidas de aquellos bebés. Allí, la mortalidad infantil alcanzaba el 95%. Y hasta allí llegó también Elisabeth, que sin ser enfermera ni matrona, se propuso salvar al mayor número de mujeres y niños de una muerte segura.

Elisabeth Eidenbenz, llena de coraje y valentía, buscó hasta encontrar en Elna un edificio en ruinas, que consiguió que le cedieran para trasladar hasta allí a las refugiadas embarazadas. Gracias a las donaciones que llegaban de toda Europa y a muchos voluntarios, consiguió restaurarlo y hacer de él un refugio de paz y luz para las futuras mamás y sus hijos. Elisabeth caminaba cada día hasta Argelès para ver el estado de las embarazadas, hablar con ellas y darles el cariño que necesitaban. Y a un mes del parto, las cogía y acompañaba una a una, junto a sus otros hijos si los había, y caminaban del brazo los siete kilómetros que separaban el campo de refugiados de la maternidad, alentándolas siempre con palabras esperanzadoras. Intentando alejarlas, a través de su voz, de la crueldad, de las infecciones, del frío y del caos que estaban viviendo en el campo de refugiados.

Elisabeth, junto con otras voluntarias, hicieron posible que estas madres, no solo pudieran dar a luz con dignidad y decencia, sino que además, pudieran también quedarse allí algunas semanas más en buenas condiciones junto a sus hijos. Para ello, organizaron talleres de canto, de baile, y de costura, un lugar en el que las propias madres aportaban su granito de arena con las nuevas embarazadas que iban llegando.

Años después, y tras las españolas, eran las refugiadas alemanas, las que iban apareciendo por la maternidad. Y Elisabeth seguía asistiendo partos, ayudando así a llegar al mundo a casi 200 niños judíos. En total, la Maternidad de Elna vio nacer a casi 600 bebés hasta que en 1944, los nazis la obligaron a cerrar.

Son muchos los que batallan todavía porque este período histórico no caiga en el olvido. Actualmente, es Serge Barba, uno de los niños nacidos en la maternidad, quien continúa luchando a través de su asociación en defensa de la memoria histórica. Yo misma descubrí hace un año, junto a mis alumnos emocionados, la historia de esta maternidad, puesto que se trata de un período histórico que en Francia estudian con todo detalle tanto en la clase de Historia como en Español.

Desgraciadamente, en la actualidad existen numerosos campos de refugiados repartidos por todo el mundo, y yo quiero creer que existen todavía numerosas y anónimas “Elisabeths” que sacrifican sus vidas por darle un poco de dignidad a las vidas de los demás. También creo que en las clases de Historia se deberían contar, junto a las guerras y batallas, no solo quiénes ganaron o perdieron, sino quienes desde el anonimato trabajaron duro por salvar a las víctimas, porque ellos son los verdaderos héroes de la historia, las almas solidarias, las que no están ni de un lado ni de otro, más que del lado de la vida.

Este artículo se publicó originalmente en Diario16.