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Troya no se rinde

21 julio, 2017

Fuente: blogs.elpais.com/historias

Por: Manuel Morales 27 de enero de 2014

 

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Ilustración del alemán Heinrich Schliemann dibujando en las ruinas de Troya. / CORBIS

Si hay un lugar fascinante para la arqueología por el mito que representa es Troya. La guerra que Homero plasmó en La Ilíada, aupado como uno de los grandes clásicos de la literatura universal, sigue dando noticias. Troya no se rinde, se resiste a mostrar los misterios que los investigadores aún no han podido dilucidar. El periodista inglés Michael Wood (1948) intentó sintetizar en el libro En busca de la guerra de Troya las excavaciones practicadas en el montículo de Hisarlik, el lugar que se supone fue el escenario del asedio y destrucción de la ciudad legendaria, en el noroeste de Turquía. Esta obra publicada en 1985 y revisada veinte años después, se ha traducido al español (Crítica). El texto de Wood -autor de superventas y productor de documentales televisivos- es respetado por unos y vilipendiado por otros, es decir, que recoge la división entre los historiadores que dan carta de realidad a parte de La Ilíada y los que ven en el relato pura fantasía.

En busca de la guerra de Troya es más un libro de preguntas que de respuestas, no es una novela histórica pero tampoco un texto de lectura fácil y amena para aficionados. Estos son algunos de los nombres y cuestiones estudiadas por Wood:

Heinrich Schliemann. El millonario alemán (1822-1890) dedicó los últimos veinte años de su vida “a su obsesión, a su sueño infantil”, como dice Wood: hallar las ruinas de Troya y demostrar la verdad del relato de Homero. La historia de este personaje está teñida de aventuras, ambición, entusiasmo e imprudencia. De sí mismo dijo: “Mi peor defecto, ser un fanfarrón y un farolero… pero me proporcionó innumerables ventajas”. De Schliemann, que bebió del primer gran explorador de Troya, el inglés Frank Calvert, se conservan 175 volúmenes de cuadernos de excavaciones, 20.000 artículos y 60.000 cartas. Wood lo retrata como un aficionado que paradójicamente podría “ser considerado el padre de la arqueología y, a la vez, un narrador de cuentos chinos”. Llegó a ser acusado de amañar las pruebas de sus descubrimientos; fue lo contrario al ejemplo de investigador escrupuloso y metódico. Con su ejército de obreros excavó grandes trincheras, extrajo toneladas de tierra y se llevó por delante parte de las murallas que buscaba. Sin embargo, fijó la clave del yacimiento: Hisarlik era una sucesión de estratos -el más antiguo, del 3.000 a.C.-, fruto de una costumbre de la zona, la constante reedificación, y de sus siguientes colonizadores. Uno de esos estratos fue el escenario de lo que se convirtió en el célebre relato.

‘La Ilíada’ y Homero. Wood recoge “la opinión general” de que esta obra fue compuesta por un poeta que recopiló antiguos relatos orales. El autor señala que Homero (“si es que este existió”) vivió “quizá” en el siglo VIII a.C., cuando el relato de Troya ya se contaba en las cortes egeas. Su calidad como bardo le llevó a difundirlo, a su vez, en otros palacios. La tradición siguió hasta que un tirano de la poderosa Atenas del VII a.C., por aquello de construir un relato épico nacional, decidió que los sucesores de Homero pusieran por escrito la gran epopeya, en la que los siempre enfrentados pueblos de la Hélade habían actuado unidos frente al enemigo troyano.

La fecha de la guerra. Wood se basa, entre otros restos, en la cerámica y las cartas escritas en tablillas por los diplomáticos de la época para aventurar que el asedio y destrucción del asentamiento junto al estrecho de los Dardanelos pudo ocurrir en el siglo XIII a. C. (aproximadamente entre 1275 y 1260). Antes de que fuera una ruina calcinada, Wood, tras recopilar todos los hallazgos y excavaciones, se atreve a dibujar cómo pudo ser aquella “ciudad de ovejas, con fábricas rurales, que criaba caballos” y se defendía de los invasores gracias a sus sólidas murallas.

Korfmann

De la principal puerta de entrada a la histórica población “partía una calle adoquinada” que subía hasta el palacio del rey. Bajo este había una veintena de casas en las que vivían los familiares y también los sirvientes del monarca. A la izquierda de la puerta, una enorme torre cuadrada de bloques de piedra caliza que albergaba un altar. A la derecha, una casa alargada para realizar sacrificios de fuego. Finalmente, Wood conjetura que de las casas conservadas se desprende que Troya podía tener en aquella época unos 1.000 habitantes en el interior de las murallas y una extensión de 183 por 137 metros. A estos troyanos se sumarían unos 5.000 en la ciudad inferior y en la llanura.

La guerra se libró en un periodo en el que eran habituales las incursiones de los griegos en Asia Menor para derrocar reyes. Entre estos reinos, Troya tenía una posición dominante, era una ciudad con riquezas, fruto de la navegación marítima y de los derechos aduaneros, y cuya rapiña convertiría además a sus habitantes en esclavos. Wood supone que algún conflicto diplomático provocó que aquel apetecible cruce de caminos se convirtiera en objetivo de los griegos. Y no hay que olvidar que en la era homérica, ser “saqueador de ciudades” era un gran halago para un rey.

Manfred Korfmann. Después de Schliemann, los otros protagonistas de las excavaciones de “la ruina de una ruina” son el también alemán Wilhelm Dörpfeld (1853-1940) y el estadounidense Carl Blegen (1887-1971), que cerró las trincheras en Troya en 1938. Hubo que esperar medio siglo para nuevos descubrimientos, los de Manfred Korfmann (1942-2005), arqueólogo alemán, que pasó sus últimos 17 años revitalizando las excavaciones. Korfmann, el otro nombre germano vinculado a Troya para siempre, acabó de forma muy distinta a Schliemann. Mientras que este no pudo volver a Hisarlik porque los turcos le acusaban de sacar piezas del país sin su permiso y fue un “maltratador de las ruinas”, Korfmann logró que la zona fuera declarada parque nacional por el Gobierno de Ankara para una mayor protección y su labor le permitió obtener la nacionalidad turca.

En la foto, Manfred Korfmann en las ruinas troyanas. / AP

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Arturo Barea, la forja de una memoria

1 julio, 2017

Fuente: http://www.jotdown.es

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Esta historia comienza en el año 2010, en los alrededores de Oxford, cuando un hispanista inglés, William Chislett, rebusca lo que queda de alguien en las letras desdibujadas de una lápida. También podría empezar en 1977, en una librería de Vallecas, donde un joven afiliado al Partido Comunista compra una trilogía de libros hasta entonces desconocida. O quizá empiece mucho antes, antes incluso de que esos libros se escribieran, cuando su autor, Arturo Barea, cruzó la frontera de su país en el año 1938 para nunca regresar.

Las historias grandiosas comienzan siendo un relato doméstico. Los hechos siempre se engendran de manera humilde. Tal vez seamos nosotros, el eco que los transmite, los que nos encarguemos de barnizarlos de épica. Al igual que las ondas que crea la piedra al caer en el río, esta historia comenzó como un secreto clandestino. Un rumor que ha acabado por expandirse de manera concéntrica.

Arturo Barea había sido muchas cosas antes de ser un exiliado. Aunque lo primero que le tocó fue ser pobre. Un niño remendado de madre lavandera al que la suerte le sacó de un destino harapiento. Gracias a la generosidad de un tío adinerado, el joven Arturo pudo estudiar como los niños ricos y acudió a las Escuelas Pías de San Fernando, ese edificio imponente del barrio de Lavapiés que hoy alberga una universidad y una magnífica vista de los tejados de Madrid.

El milagro duró solo hasta los trece años, momento en el que el tío falleció. A partir de entonces, como cualquier contemporáneo de origen humilde, Barea se buscó las lentejas en los empleos más dispares: aprendiz en un comercio, botones en un banco, joven emprendedor de una fábrica de juguetes que acabó en quiebra. Fue testigo de la guerra de Marruecos y a su regreso militó en la UGT. Más tarde acabó en la Oficina de Censura de Corresponsales Extranjeros, situada en el famoso edificio de la Telefónica, en la Gran Vía de Madrid. Corría el año 1936 y España olía a guerra.

Tras un primer matrimonio fallido, Arturo se topó con Ilse Kulcsar, una periodista austriaca que también trabajaba en el edificio. Ilse era judía, activista y comunista. Había llegado a España con Leopold, su marido, para apoyar la causa republicana. Ilse colaboró con Arturo en que la imagen de la República de cara al extranjero fuera intachable. Y como pasa en las historias de celuloide, mientras el mundo se derrumbaba los dos se enamoraron.

La guerra, la destrucción, el hambre, la pobreza… Barea fue testigo de todo lo que unos ojos son capaces de soportar sin hacerse añicos. Huyó con sus vivencias hasta Francia y, una vez allí, se dio cuenta del dolor que transportaba.

Pienso en Arturo Barea y en su pie traspasando la frontera. Puede que hasta entonces no se hubiera visto a sí mismo como un refugiado. Debe de ser difícil asumir que la destrucción de alrededor es cierta. Que el mundo se desmorona. Que tu casa ya no existe. Que el estrépito de las bombas siempre permanece.

Tras un peregrinaje por hostales y penurias, el matrimonio desembarcó en Inglaterra en busca de un exilio soportable. Un lugar en el que dejar atrás las pesadillas. Mientras su país de acogida se enfangaba en la siguiente guerra, Barea se dispuso a dar cauce a su memoria. A sus vivencias.

Los tres libros que suman La forja de un rebelde no fueron los primeros de Barea, pero sí los más auténticos. Componen una autobiografía. Un testimonio que anidó en él al tiempo que lo hacía la desgracia. Como lingüista experta, Ilse se encargó de trasladar todo al inglés. A ella le debemos poder leer hoy la mayoría de los libros de Barea. Alrededor de ellos hay mucha leyenda, pues algunos fragmentos sólo nos han llegado a través de esas traducciones. Muchos originales se perdieron.

Cuando The forge se publicó en Inglaterra, el libro tuvo tan buena acogida que su autor pudo continuar escribiendo. Arturo Barea llegó a ser el quinto español más traducido en el mundo en los años cincuenta, al mismo tiempo que su obra era aclamada en los Estados Unidos. Al igual que otros españoles exiliados, sobrevivió con un espacio en la BBC hasta el fin de sus días, donde pudo desarrollar su profesión de cronista y disfrutar de un exilio tranquilo.

Pero este es solo uno de los finales. Antes decíamos que esta historia tiene muchos comienzos. Nos trasladamos al año 2010, cuando William Chislett toma el testigo. Corresponsal en España del diario Times, Chislett había conocido La forja de un rebelde a través de la serie de televisión de 1990. No fue el único. Cuando Mario Camusrealizó la adaptación de la trilogía de Barea, treinta y tres años después de su muerte, poca gente del país conocía la existencia del autor. Hasta entonces, la trilogía solo había sido un murmullo, un libro que había corrido de mano en mano impulsado por las asociaciones de izquierdas. Muy pocos hogares españoles habían conocido a Barea en los años posteriores a la transición, pues La forja de un rebelde no se publicó en España hasta 1977.

Pero volvamos a William Chislett y a su obsesión. A ese punto de partida que le hizo interesarse por Barea y por su memoria. Chislett devoró sus libros, traducidos al inglés, y se zambulló de lleno en la figura del autor. Si su rastro era débil en España, apenas quedaba nada en Inglaterra, solo una lápida maltrecha que a Chislett le costó cuatro viajes encontrar: «Había oído que su lápida conmemorativa (no la de enterramiento, ya que fue incinerado) estaba en un cementerio en las afueras de Oxford. Como yo soy de allí, en 2008 acudí para encontrarla. Y regresé tres veces más sin resultado. Nadie me había contado que había un anexo al cementerio a trescientos metros de la iglesia. Caminé, subí una pequeña colina y encontré el anexo con más tumbas. Ahí estaba la lapida conmemorativa de Barea».

En la lápida, realizada con un granito local muy erosionado, apenas quedaba rastro de los nombres de Arturo Barea, de su mujer, Ilse Kulcsar, ni de los de los padres de ellarefugiados judíos que huyeron del nazismo. Barea había pasado sus últimos años en esa finca gracias a la generosidad de Lord Faringdon, un personaje inglés de biografía apasionante.

Gavin Henderson, segundo duque de Faringdon, podría tratarse del típico de personaje que inspira un buen relato de ficción. Descrito como excéntrico y algo afeminado, Lord Faringdon es conocido sobre todo por sus gestas comprometidas, sorprendentes por provenir de un noble: acogió en su finca a un grupo de niños supervivientes del bombardeo de Gernika y convirtió su Rolls Royce en ambulancia antes de viajar con él a España y transportar heridos en el frente de Aragón. Ya de regreso, cuando la causa estaba perdida y más que olvidada, Faringdon ofreció a Barea y a su esposa habitar una de las casas de su propiedad, el hogar en el que, tras años de exilió, ambos morirían.

Conmocionado por el mal estado de la lápida, Chislett regresó a España y contó el suceso a un grupo de amigos íntimos que le ayudaron a restaurarla. El catedrático de español en Oxford, Edwin WilliamsonElvira LindoAntonio Muñoz MolinaGabriel JacksonJavier MaríasPaul Preston… un reducido grupo de intelectuales que aportaron una pequeña cantidad para restaurarla.

Pero Chislett no estaba dispuesto a dejarlo ahí. La sobrina de Ilse, una octogenaria que aún vive en Londres, le habló de The Volunteer, el pub preferido de Barea. Y Chislett volvió a convocar a la lista de conocidos, esta vez para crear una placa en su honor. Un tributo que fue diseñado, irónicamente, por Herminio Martínez, uno de esos niños supervivientes de Gernika. Las vivencias empezaban a trenzarse. Había comenzado la recuperación de Barea.

«Después me dije que era un poco raro que Barea estuviera mejor recordado en su país de exilio que en su país de origen». Así que Chislett decidió pedir al Ayuntamiento de Madrid una calle para él. Junto con Isabel Fernández y Yolanda Sánchez, las otras dos promotoras, iniciaron una recogida de firmas y en poco tiempo consiguieron recaudar dos mil quinientas peticiones.

Fascinada por la generosidad de la iniciativa, me digo que necesito un testimonio de otro de los benefactores, a ser posible local y con perspectiva histórica. Elvira Lindo me recibe en su casa de Madrid. Desde la óptica de alguien que se interesó por los primeros relatos de los abuelos, que presenció los inicios de la democracia, hablamos de Barea, de la memoria y de la guerra, de esas ondas concéntricas que aún nos llegan. Una pregunta sobrevuela en todo este asunto y es la de por qué hemos esperado tanto para rescatar figuras como la de Barea. Lindo no cree que en España se haya hecho un pacto de silencio, más bien es de la opinión de que en los primeros años de democracia, las historias de la guerra no interesaban: «El país estaba entregado a una cultura modernizadora en la que cabían poco estos temas. Ni siquiera en la literatura. No se trataban. Todo lo de la guerra tenía un halo de ranciedad para la gente». Lindo también me habla de la dimensión política: «Realmente quien tenía que haber cumplido ese papel de recuperación fue el PSOE. Alianza Popular no iba a hacerlo, eran hijos o descendientes de los vencedores. El PCE era un partido importante pero mucho más pequeño y el PSOE ganó las elecciones en el 82. Hubiera sido deseable que ellos hubieran puesto sobre la mesa que había que compensar a los vencidos y que era necesario sacar esa cultura del olvido».

Cuando le pregunto a Chislett por este asunto, opina que es por una cuestión temporal y de ausencia. Barea murió en 1957 y al contrario que otros escritores, como Alberti, jamás regresó a su tierra.

El regreso. Tal vez sea esa la respuesta. En lo que queda de nosotros cuando nos marchamos. No solo en nuestra presencia, sino en la memoria de los que aguardan. Los que viven para contarte. «Una guerra civil es un trauma muy grande para un país —prosigue Lindo—. Necesitamos actos testimoniales que recuperen voces de gente que vivió la guerra. Hacerlo de manera abierta. Ni rencorosa ni resentida, pero con sentido de la justicia. Hay que reparar a la gente que sufrió. El problema de la guerra es que le siguieron cuarenta años de dictadura en los que la victoria se celebró hasta el último día. Eso precisa una reparación para los que no ganaron. Para esas personas que tuvieron que irse al exilio o tuvieron que vivir aquí al día siguiente siendo humillados».

Creo compartir lo que Elvira Lindo me cuenta. Cuando era pequeña yo también pedía a mis abuelos que me contarán historias de la guerra. Tenían un tono épico, como de antiguas gestas. Y, sin embargo, eran reales. Aunque puede que hubieran vencido al tiempo por lo inverosímil de esa realidad. Los de mi generación hemos preguntado sin filtros, sin costuras, con inocencia. Con la tranquilidad del que se ve seguro y sin nada que temer. Puede que haya llegado el momento de hablar en serio de esa maldita guerra. Aunque Elvira me advierte, no es tan sencillo: «En España se dejó de hablar de la guerra durante tanto tiempo que te pones ahora a discutir con la misma vehemencia que como si estuviera reciente. Y si no somos capaces de hablar de la guerra sin considerar al otro sospechoso de algo, es imposible hablar de ello». De ser así, tal vez en este caso debiéramos empeñarnos en reivindicar la esencia. Hablar simplemente de literatura.

Como condición para solicitar la calle, Chislett pidió dos requisitos indispensables: que no se quitara el nombre de otra persona para colocar el de Barea y que la petición no fuera amparada por la Ley de la Memoria Histórica. Me sorprende descubrir este dato y le pregunto el motivo: «Queríamos que los cuatro partidos aprobaran la calle, que fuera unánime. Y tal vez de otro modo no lo hubiéramos conseguido. Además, no queríamos politizar el asunto. Barea es de todos, aunque él fuera de izquierdas».

Otra condición deseable era que el nombre de Arturo Barea estuviera localizado en el barrio de Lavapiés, el lugar donde se crió y que tan bien se refleja en La forja de un rebelde. Hubo algún que otro requiebro. En un principio, el Ayuntamiento planeó sustituir la calle del general Asensio Cabanillas por la de Barea, pero después rectificó. Finalmente se acordó que el escritor tuviera su plaza en Lavapiés, justo delante la famosa corrala de Mesón de Paredes, frente a las Escuelas Pías. Esas que el mismo Barea vio arder. Un lugar que llevaba aguardándole desde su partida, pues curiosamente jamás tuvo un nombre asignado.

Chislett me dice que desde que comenzara esta aventura, percibe un rumor, como si algo se estuviera tejiendo entre la gente. En un acto del Ateneo, el pasado mayo, se sorprendió al descubrir el gran número de personas que acudieron a conmemorar a Barea. También la iniciativa ciudadana que hace unos meses recorrió Lavapiés, enlazando su obra, su barrio y su memoria. El hispanista inglés cree que se debe a una especie de culto. Una admiración que permanecía en la sombra y que ahora está aflorando en las personas cuyos padres conservaron los libros. Tal vez lleve razón e hizo falta que llegáramos nosotros, los nietos, y que empezáramos a preguntar. Nosotros, los que nacimos en democracia y descubrimos la trilogía arrumbada en una estantería. Que aún nos sorprendemos del tono sepia que adquieren estas historias en blanco y negro.

Antes de marcharme de su casa, Elvira me lleva a ver un tesoro: la máquina de escribir de Barea. Un aparato rescatado del olvido que llegó a ellos por casualidad. Lo único de Barea que ha regresado a España es esa máquina de escribir inglesa. Ni siquiera las trece cajas que la sobrina de Ilse conserva en Londres y que contienen todo lo que queda de él volverán a su tierra. Se quedarán en la Biblioteca Bodleian de la Universidad de Oxford, en Inglaterra, el país que le propició un final tranquilo y que incluso le otorgó un pasaporte. Al ser inglesa, la máquina no tiene tecla de tildes. En los manuscritos originales que quedan, Barea había escrito todas con un lápiz azul. Se aseguró de no perder ni uno solo de los atributos de su lengua. Como si de una metáfora del exilio se tratara, se empeñó en no olvidar sus orígenes.

Pero nos falta contar la resolución de la aventura. De cómo Chislett consiguió las firmas, la calle y fue aplaudido por el pleno del Ayuntamiento. Me lo confiesa, orgulloso, y pienso que no es para menos. Pues alguien que nos ha recuperado la memoria de Barea sería digno de otro homenaje. Pienso que estamos en deuda con su empeño. A él le debemos que Barea regrese al barrio que le vio crecer.

Quien haya vivido alguna vez en Lavapiés, será de allí para siempre. Cuando me mudé a ese barrio, buscando redefinir mi vida, alguien muy querido me hizo esa advertencia. Años después, tras constatar los testimonios de amigos y conocidos, puedo decir que la afirmación es cierta. Pero lo que no esperaba es que también lo fuera para Barea:

Si resuena «el Avapiés» en mí, como fondo sobre todas las resonancias de mi vida, es por dos razones:

Allí aprendí todo lo que sé, lo bueno y lo malo. A rezar a Dios y a maldecirle. A odiar y a querer. A ver la vida cruda y desnuda, tal y como es. Y a sentir el ansia infinita de subir y ayudar a subir a todos el escalón de más arriba. Esta es una razón.

La otra razón es que allí vivió mi madre. Pero esta razón es mía.

Puede que estas líneas, extraídas del primer tomo de La forja de un rebelde, sean motivo suficiente. Lavapiés, el barrio que acoge a todo el mundo, es el que debe albergar su recuerdo.

No vimos a Barea regresar, pero aún conservamos sus calles. Ese escenario que retrata fielmente en sus libros. El mejor modo para contarle. El lugar en el que consiguió zafarse para siempre del olvido.

Sofía Casanova, una reportera en la Gran Guerra

9 junio, 2017

Fuente: blogs..elpais.com/historias

Por: María José Turrión | 23 de enero de 2014

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Junto con Emilia Pardo Bazán y Concha Espina, la gallega Sofía Casanova forma parte de la tríada de mujeres que, en el 75 aniversario de la aparición de la revista Blanco y Negro, figuran entre los escritores, poetas y periodistas seleccionados en el especial dedicado a las letras que se publica. Entre ellos, Rafael Alberti, Antonio Machado, Ramón Gómez de la Serna, Ramón Pérez de Ayala o Juan Ramón Jiménez, un elenco importante de la cultura española. De las 33 figuras incluidas en el cuadro de honor del suplemento, solo se reseñan estas tres mujeres.

Si Pardo Bazán y Concha Espina son mujeres ampliamente conocidas en la sociedad actual, no ocurre lo mismo con Sofía Casanova, y ello a pesar de los interesantes actos, estudios y escritos realizados por particulares en los últimos años, como la biografía que escribe Rosario Martínez Martínez, o la organización de actos por parte de instituciones como, la Casa del Lector y el Instituto Polaco de Cultura que en fechas recientes hicieron un homenaje a la escritora en forma de mesa redonda. También en el último año se ha estrenado el documental A maleta de Sofía, película que narra una parte de la vida de la autora. Asunción Bernárdez Nodal, en Sofía Casanova en la I Guerra Mundial: una reportera en busca de la paz de la guerra, realiza un estudio del pacifismo en su obra, desde la óptica cristiana y desde su condición de mujer.

Sofía Casanova sin embargo fue ampliamente conocida y también reconocida por sus contemporáneos. En 1906 es elegida miembro de la Real Academia Gallega. Se la agasajó en vida. Sus conferencias fueron aplaudidas por hombres y mujeres. El hecho de ser la única española en las conflictivas Tierras de sangre, dispuesta a narrar sus peripecias, sus posturas personales frente a los conflictos, sobre todo el de la I Guerra Mundial y la Revolución rusa, hizo que fuera tratada de heroína, al convertirse como en alguna ocasión se la ha llamado en “notaria de la realidad”.

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I Guerra Mundial, 1914-1918.

Fue una mujer culta, muy conocida en los ambientes literarios de la época. De profunda tradición católica, mantuvo posturas a favor de Franco durante la Guerra Civil Española. En diciembre de 1938, declaraba a La Voz de Galicia, con ocasión de su marcha a Varsovia, que estaba convencida de que el golpe de Estado provocado por un sector del Ejército traería momentos de desarrollo y esplendor a España: “Creo en el caudillo como se cree en un ser superior, y la suerte de España guiada por él será la más grande y más fecunda de nuestra historia”. Este apoyo, que se contradice en ocasiones con su experiencia vital y profesional, no explicaría el porqué la dictadura la olvidó después de esa manera. Ni sus novelas, ni sus poesías, ni sus artículos periodísticos, de gran agudeza en sus análisis políticos, lograron sobrevivir a la segunda mitad del siglo XX. En realidad, no lograron sobrevivir al nazismo.

En desacuerdo con la República y profundamente monárquica, rompe con ABC, de cuya cabecera fue cronista durante la I Guerra Mundial y la Revolución rusa, cuando a la edad de 80 años manda su primera crónica después de la invasión polaca de 1939. Con gran esfuerzo por su ceguera, consigue escribir un artículo que, como única respuesta por parte del director del periódico, Luca de Tena, obtiene la negativa a publicar “nada que vaya en contra de los alemanes”. En palabras de su nieto, esta respuesta constituyó una muerte en vida. Desengañada de los suyos y atrapada en el totalitarismo que sufrió Polonia, primero nazi y después soviético, Sofía fue apagándose en su longeva y apasionante existencia.

Sofía Casanova, en realidad Sofía Guadalupe Pérez Casanova (A Coruña, España, 1861-Poznan, Polonia 1958), fue una escritora de novela y poesía, autora de obras de teatro y cartas. Fue también traductora, hablaba cinco idiomas, y publicaría además de en España, en Francia, Polonia y Suecia. Trabajos que compaginó con el periodismo, escribiendo artículos para los periódicos ABC, El Liberal, La Época y El Imparcial entre otros, y fuera de nuestras fronteras  en el New York Times o en la Gazeta Polska. Aunque Carmen de Burgos fue pionera, como mujer, en el reporterismo de guerra, al cubrir para el Heraldo de Madrid la guerra de Marruecos en 1909, Casanova lleva a cabo la corresponsalía de la I Guerra Mundial y la revolución rusa de 1917. Realiza una entrevista a Trotski, más propia de una aventurera reportera contemporánea que de una católica conservadora de su época: “Cuando hace cuatro días me decidí en secreto de mi familia a ir al Instituto Smolny, una nevada densa y callada, caía sobre San Petersburgo. Deseaba y temía ir –porqué no confesarlo– al apartado lugar donde funcionan todas las dependencias del Gobierno Popular… Obscuras [sic] las calles resbaladizas como vidrios enjabonados y completamente solitarias a aquella hora –cinco de la tarde- tras muchos tumbos encontramos un iswostchik somnoliento en el pescante del trineo…” Sofía, en compañía de Pepa, la señora que le acompañó desde Galicia en su periplo polaco, logró entrar en el Palacio Smolny sin ningún impedimento, solo el propio rechazo y el miedo que le provocaban los marxistas, entonces llamados maximalistas. Realizó la entrevista a Trotski, ministro de Asuntos Extranjeros, y a quien Sofía consideraba como la persona más interesante de las que rodeaban a Lenin.

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Asalto al Palacio de Invierno de San Petersburgo en noviembre de 1917.

Gran viajera, en el sentido más completo y complejo de la palabra. La oportunidad de viajar y aprender idiomas le vino al casarse con el diplomático Wincenty Lutoslawaski. Con él, noble terrateniente polaco, diplomático y filósofo, que había venido a Madrid a estudiar el pesimismo en la literatura española, y recién casada se traslada a Polonia en 1887. Desde entonces, llevará su Galicia natal en el alma, también las tertulias y reuniones literarias, a las que le había dado acceso Ramón de Campoamor, quien además fue el que le presentó a su futuro marido en una de estas reuniones. En estas tertulias, frecuentaba la amistad de Blanca de los Ríos o de Emilia Pardo Bazán. Sin embargo, su vida quedará prendida para siempre y atrapada en un país, Polonia, y, como él, padecerá y quedará presa de los totalitarismos alemán y soviético.

El hecho de vivir en primera persona los grandes conflictos de la Europa del siglo XX, la hizo tomar parte en ellos. Fue esencialmente una defensora a ultranza del nacionalismo polaco, país por el que sintió una gran admiración y devoción. Una Polonia que desde 1795 estaba fragmentada y dividida entre Rusia, Austria y Prusia, y que está de manera continua presente en sus escritos. El 7 de abril de 1916, publicaba María de Echarri en La Acción, unas palabras de la escritora, en las que Sofía trataba de enmendar la plana al cronista de prensa Schneider:

“Siento viva satisfacción en que la causa de Polonia se conozca extensamente en mi Patria… Polonia, mayor seis veces que Bélgica, es, de todos los pueblos mínimos arrasados y engañados por los grandes en el cataclismo actual, del que menos se habla públicamente en la Europa beligerante y la de los neutrales. Yo creo que hará obra de justicia y propaganda de la verdad, quién de a conocer, al menos en las naciones neutrales, la significación internacional de Polonia, sus aptitudes de self governements, su cultura y su indomable voluntad de vida independiente… Rompa usted señor Schneider, una lanza en pro del porvenir de Polonia, pero teniendo ‘solo’ en cuenta su ‘vivo’ e ineludible interés nacional, no los intereses de los imperios centrales o del coloso ruso, que argumentan con la fuerza de sus cañones”.

También la vemos alentando a la mujer española a ocupar un lugar en la vida pública para “mejorar, suavizar y engrandecer” la sociedad. Entendiendo la importancia de la educación de la mujer en la cultura y en la sociedad de un país:  “Nada hay que dé tan exacta idea de la cultura de un pueblo como la situación que en su sociedad ocupa una mujer. La instrucción de esta, que es factor importantísimo en el desarrollo general, se cuida extremadamente en Polonia. El estudio de los idiomas forma parte principalísima del programa educativo… la gran mayoría de las educandas habla y escribe cinco y seis lenguas europeas”. Lo escribía Sofía en 1926, aún no se había proclamado la II República en España, momento en el que llegaron algunos hitos importantes para el desarrollo de la mujer española y sistema frente al cual demuestra abierto rechazo. Mucho antes, ella había fundado el Instituto de Higiene Popular y fue condecorada con la Gran Cruz de la Beneficiencia.

Horrorizada por las atrocidades de la I Guerra Mundial, que la sorprende en la hacienda familiar de Drozdovo en Polonia, y que al ser invadida por los alemanes da lugar a una diáspora familiar que la aísla de los suyos. En estas circunstancias decide dedicarse al cuidado de los heridos, en los hospitales del frente y retaguardia. Experiencia que volcará en sus artículos, crónicas y conferencias, dando a conocer los desastres de la guerra y también la importancia y la defensa del papel de la mujer en la sociedad. 6a00d8341bfb1653ef01a51059043b970c

Estaba convencida de que la intrusión de la mujer en el escenario público aligeraría a las sociedades de la violencia y agresividad. Una agresividad que conoce de cerca cuando trabaja para la Cruz Roja. Es entonces cuando vive una de sus peores experiencias al ser destinada, en compañía de otras enfermeras, a recoger a 700 soldados heridos en el frente de batalla. Marcha en tren a la ciudad de Skierniewice en un recorrido difícil y duro en el que los aldeanos les advertían de no poder seguir avanzando sin riesgo de caer en manos de los alemanes: “Por el lado izquierdo aparecía todo el horizonte enrojecido por el intensísimo fuego, que no cesaba ni un instante, por el lado derecho la Rusia blanca y silenciosa… Y por fin llegamos a Skierniewice. ¡Cómo estaba aquello, Dios mío! Heridos, muertos, terror”. Y sin embargo Sofía todavía recuerda con mayor horror los últimos meses de 1915: “Cuando la ola de hambrientos, de famélicos, de extenuados, no nos dejaban curar a los cuatro o cinco mil heridos que recibíamos a diario”. Por aquel entonces ella y su familia se alimentaban de pan negro amasado con paja. Por la labor que hizo en los hospitales durante la I Guerra Mundial, fue condecorada por el zar Nicolás II con la Medalla de Santa Ana.

Vivió de cerca la revolución rusa y la lucha entre los partidarios de Trotsky y de Lenin. Se conmovió profundamente con el asesinato de la familia del zar, con los encarcelamientos de obispos católicos, las purgas y asesinatos, todo ello la llevaría a ser una anticomunista convencida. La revolución de Octubre, además de en sus crónicas y artículos periodísticos, quedará reflejada en De la revolución rusa de 1917; La revolución bolchevista. Diario de un testigo y En la Corte de los Zares. Del principio y del fin de un imperio.

En este año que se recuerda el centenario del inicio del gran conflicto bélico que supuso la I Guerra Mundial, cabe ocuparnos de una mujer inusual para su época, una escritora y reportera atrapada en la crudeza de las grandes guerras y conflictos del siglo XX, que murió casi centenaria, ciega y olvidada  en la gélida Polonia soviética.

“Soy la única mujer española que vengo de aquellos lugares de desolación y muerte, en donde los hambrientos cavan sus fosas y en ellas se matan con sus mujeres e hijos”.

Para qué nos sirve Camus

1 junio, 2017

Fuente: http://www.eldiario.es

Le dieron el Nobel de Literatura en 1957 “por su importante producción literaria, cuya clarividente franqueza iluminaba el problema de la conciencia humana en nuestro tiempo”. En su primer centenario su optimismo humanista es más necesario que nunca; si aquellos tiempos fueron negros, los nuestros lo son quizá más. ¿Para qué nos sirve leer a Camus en estos tiempos desesperados?

Para aprender a escribir. Más cercano a Hemingway, Dostoevsky y el lirismo de Jean Genet que a la prosa-enredadera de su colega Jean Paul Sartre, Camus tiene algunos de los mejores principios de la historia de la literatura. El extranjero“Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. El telegrama del asilo decía ‘Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias’. Pero no quiere decir nada. Podría haber sido ayer”. ( El extranjero) . “La única cuestión filosófica seria que existe es la del suicidio”. ( El Mito de Sísifo).

Sus finales, siempre demoledores, tampoco se quedan atrás: “Para sentirme menos solo, la única esperanza que me quedaba era que el día de mi ejecución hubiera una multitud de espectadores que me saludaran con gritos de odio”. ( El extranjero).

Para rechazar la violencia. Camus era un iluminado ateo, un pacifista revolucionario y todas sus falsas contradicciones son en realidad reflejo de una coherencia extrema, igual que el absurdo de Alicia en el País de las Maravillas refleja la tensión entre la lógica matemática y el lenguaje ilógico y extraño de la sociedad. Su ateísmo es humanista, está en contra de cualquier ideología que justifique el sufrimiento humano y posponga su felicidad al más allá: “Sólo hay un infierno y está en este mundo”. Nuestra tarea en la vida es rechazarlo.

No le salió gratis. Se peleó con su gran amigo Jean Paul Sartre porque Sartre creía en la violencia revolucionaria y Camus la rechazaba (“ La violencia es inevitable e injustificable“). Su rechazo a la pena de muerte, que no hacía excepción con los colaboradores del nazismo y los “terroristas” de la FLN, le hizo abandonar el Partido Comunista y atacar al Frente de Liberación Nacional argelino:

“No importa la causa que uno defienda, sufrirá la desgracia permanente si recurre al ataque ciego contra multitudes de gente inocente”.

Cuando murió a los 46 años en un supuesto accidente de coche en enero de 1960 su persistente defensa de la no violencia le había convertido en el enemigo de todos: la izquierda, la derecha, los argelinos, los franceses. Sólo muchos años después, cuando se publicaron sus Cuadernos de Argelia, quedó claro que los años no le habían aburguesado sino todo lo contrario.

Para abandonar el activismo de sofá. En plena guerra de Argelia, Camus rompió con el estalinismo y escribió El hombre rebelde (1951) donde cuestionaba la construcción del antisistema romántico y polemizaba sobre el papel de ciertos héroes revolucionarios, incluyendo los de la sagrada Revolución Francesa. Su conclusión fue que todas las revoluciones habían acabado por reforzar la autoridad del Estado sobre la ciudadanía.

Pero Camus no era un cobarde y participó heroicamente en la resistencia durante la IIGM, una lucha que retrató como metáfora en La peste y apuntó con el dedo a los que, como su enemigo íntimo Sartre, alientan la lucha desde el sofá:

“Cada uno justifica sus propias acciones señalando los crímenes de sus adversarios. Esta es una casuística de la sangre con la que los intelectuales no deberían, pienso yo, tener nada que ver, salvo que estén preparados para coger las armas con sus propias manos”.

Para practicar la tolerancia. Camus era un pied-noir, un argelino francés. Su madre era pobre y analfabeta. Su papel en la guerra de Argelia se caracterizó por una inmunidad a las trampas del nacionalismo, el rencor y la venganza, y una capacidad para ver a las personas con más claridad que los eslóganes. Después de una visita a la región bereber de Cabilia en 1939, escribió con su claridad habitual: “Una familia de ocho necesita aproximadamente 120 kilos de trigo para un solo mes de pan. Me dijeron que los indigentes que vi tenían 10 kilos para el mes entero“. Su humanidad es ejemplar en la historia de la filosofía: “Hay más en el hombre para admirar que para despreciar”. Y no es especifista; es el único en recordar (en La Peste) que las ratas son víctimas también.

Para ser feliz. A la pregunta aristotélica de cuál es el significado de la existencia, Camus rechaza todas las construcciones científicas, religiosas, políticas, teológicas o metafísicas posibles para declarar que la existencia es un absurdo, y sólo cabe decir que la existencia misma es su propia razón de ser. Ante el castigo mitológico de Sísifo, condenado a subir eternamente una roca por una colina, el dios del ateo Camus es la voluntad de ser feliz:

“Todo el gozo silencioso de Sísifo se encuentra en eso. Su destino le pertenece. Su roca es todo lo que posee. (…) La lucha por alcanzar las cimas basta para llenar el corazón de un hombre. Hay que imaginar a Sísifo feliz”.

La nación y la revolución que no cesan

30 mayo, 2017

Fuente: http://www.cultura.elpais.com

Libros de historia para su mesilla: lo último de Javier Moreno Luzón y Xosé M. Núñez Seixas y de Julián Casanova.

Enrique Moradiellos, 17 de mayo de 2017. 76ª Feria del libro de Madrid.

La nación y la revolución que no cesan

La historiografía contemporánea siempre ha girado en torno a dos grandes fenómenos cuya trascendencia para nuestro tiempo es clave y muy actual: nación y revolución. Los tres libros aquí seleccionados abordan ambas cuestiones desde perspectivas novedosas, tanto españolas como europeas, pero siempre en clave crítica y comparativa. Así, Los colores de la patria. Símbolos nacionales en la España contemporánea (Tecnos), de Javier Moreno Luzón y Xosé M. Núñez Seixas, es quizá el mejor estudio global sobre los símbolos nacionales de España de la época contemporánea, encarnados sobre todo en unas imágenes (las banderas) y unos cánticos (los himnos). El trabajo analiza con mucha precisión y fundamento archivístico y hemerográfico el origen de esos variados símbolos, su conflictiva difusión y discusión a lo largo de las diferentes etapas de los siglos XIX y XX y las prácticas socio-políticas asociadas a sus usos y despliegues en entornos oficiales y de la vida cotidiana. El completo repaso acredita que la trayectoria histórica de los símbolos nacionales en España fue “singular pero en absoluto excepcional en el marco europeo”.

Por su parte, La venganza de los siervos: Rusia, 1917 (Crítica), de Julián Casanova, es una de las pocas aproximaciones españolas al gran fenómeno revolucionario ruso de 1917, que da origen al movimiento comunista internacional y a un régimen y país (la Unión Soviética) que perdura en la historia desde su origen hasta la crisis de 1989-1990. Constituye una síntesis muy solvente de aquel año crítico, de sus alternativas en conflicto y de sus antecedentes y consecuentes, apoyado en una base bibliográfica muy amplia, actualizada y bien comentada. No en vano, acierta al considerar la llamada “Revolución Rusa” como una “serie de revoluciones simultáneas y superpuestas” que alteraron profundamente la vida del país más grande del mundo.

Finalmente, Alfonso XIII visita España. Monarquía y nación (Comares), coordinado por Margarita Barral Martínez, reúne una decena de artículos de reputados especialistas en la época de la Restauración durante el reinado de Alfonso XIII y hasta su caída en 1931. Su hilo conductor es el intenso programa de visitas reales a las regiones españolas desplegado durante más de 20 años. Y se pasa revista a las expediciones hechas desde la capital y corte madrileña a la Extremadura de las Hurdes, pasando por la industriosa Barcelona, el entonces leal País Vasco, la apacible Galicia rural o las colonias del norte de África. Su lectura combinada ofrece nuevas luces sobre los éxitos y fracasos de las tentativas de nacionalización alrededor de la Corona en ese primer tercio del siglo XX.

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Baltasar Gracián en la mansión de la eternidad

27 mayo, 2017

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

La vida de Baltasar Gracián y Morales no conoció las vicisitudes, penurias y escándalos que salpicaron las biografías de Quevedo, Cervantes, Lope o Calderón. Quizás por eso es un clásico confinado en bibliotecas y universidades, materia de eruditos y profesores fascinados por los prodigios del idioma y las piruetas del ingenio. Su existencia insípida no se presta a novelerías, ni a ficciones cinematográficas. Nació en Belmonte de Gracián, Calatayud, probablemente el 6 de enero de 1601, fecha de su bautismo. Su padre era “doctor médico”. Algunos han utilizado ese dato y su apellido toponímico para insinuar unos orígenes judeoconversos, pero lo cierto es que ingresó en el noviciado de los jesuitas de Tarragona presentando los documentos que exigía la Compañía para acreditar su limpieza de sangre. Con varios familiares eclesiásticos, se dijo que los Gracián eran “gente limpia, cristianos viejos”, pero no es improbable que su estirpe se asemeje a la de Teresa de Ávila o Fernando de Rojas, hijos de una “edad conflictiva”, de acuerdo con la expresión de Américo Castro.  Después de realizar sus votos perpetuos, Gracián enseñó filosofía y teología moral en el colegio de Gandía, una especie de universidad privada para jesuitas. De esa época procede un retrato atribuido a Velázquez o a los pintores de su taller, donde aparece con aspecto de cortesano.

Volvió a Huesca como predicador y confesor, logrando la atención de Vincencio Juan de Lastanosa, notable mecenas, erudito, coleccionista y gentilhombre, que financió la edición de la mayoría de sus obras. Empleó el pseudónimo de “Lorenzo Gracián” para eludir el permiso preceptivo de la Compañía, irritando a sus superiores, que descubrieron el ardid y lo amonestaron, acusándole de desobediencia pertinaz. Se le recuerda principalmente por El Criticón, admirable novela de ideas que procura “juntar lo seco de la filosofía con lo entretenido de la invención, lo picante de la sátira con lo dulce de la épica”. Publicar la tercera parte de la obra le costó una reprobación pública del provincial de Aragón, que le impuso un período de ayuno forzoso y le separó de su cátedra de Escritura de Zaragoza, prohibiéndole incluso disponer de pluma, papel y tinta.  “Viejo, fatigado, pensativo”, según Sancho Terzón y Muela, uno de sus más enconados enemigos, Gracián admitió su imprudencia: “Confieso que hubiera sido mayor acierto el no emprender esta obra, pero no lo fuera ya el acabarla”. Después de un breve destierro en Graus, se le asignó el desempeño de cargos menores en el Colegio de Tarazona. Se conserva un retrato anónimo de esa etapa, donde aparece con hábito, bonete y una pluma. Las canas acompañan a un rostro delgado y despierto. Al final de sus días, pidió autorización para abandonar los jesuitas e ingresar en una orden mendicante. Murió el 6 de diciembre de 1658. Se desconoce el paradero de sus restos, si bien se presume que yacen en la fosa común del Colegio de Tarazona. En 1880, Valentín Carderera dibujó un retrato póstumo que insinúa humildad y timidez, pero ese recato no parece corresponderse con el de un clérigo rebelde, un predicador vehemente –se le llamó “Padre de la Victoria” por sus arengas durante la batalla de Lérida-, un jesuita con una frustrada vocación de cortesano, y un escritor que compuso su única novela con “sucios, groseros y vilísimos andrajos” tomados de comedias, romances y libros de caballería, según las palabras del canónigo Manuel de Salinas y Lizana.

Gracián pertenece a la época de las homilías encendidas, ruidosas, aficionadas a “las formas que vuelan”, por utilizar la fórmula de Eugenio D’Ors para definir el Barroco. Cuando en uno de sus sermones afirma que ha recibido una carta de los infiernos, quizás se excede –de hecho, le reprendieron-, pero ese exceso de dramatismo no brota del capricho, sino de una conciencia generalizada de decadencia, que influye en su concepción del mundo. La Paz de Westfalia de 1648 significó el fin de la hegemonía española, que se había interpretado como un designio de la Providencia para extender el catolicismo por todo el orbe. Ni siquiera perduró el sueño de una Europa sin divisiones religiosas, pues la Reforma se consolidó en la misma medida en que el imperio de los Habsburgo se resquebrajaba. La rebelión de Cataluña puso incluso en peligro a la monarquía hispánica, que logró sofocar el intento de colocar el principado bajo soberanía francesa, pero que no sería capaz de abortar la independencia de Portugal. Agotado y despilfarrado el oro y la plata de las Indias Occidentales, España se hunde en la penuria. La demografía retrocede, la inflación se desboca y decae la producción agrícola. Felipe IV escribe a su amiga y confidente sor María Jesús de Ágreda: “Esto nace de tener enojado a Nuestro Señor”. En este clima de desaliento se gestó la obra de Gracián.

En un período de veinte años, publicó El Héroe (1637), El Político (1640), El Discreto (1646), Oráculo manual y arte de prudencia (1647), Agudeza y arte de ingenio (1648), El Criticón (1651-1657) y El Comulgatorio (1655). Cuatro tratados de moral y política, un tratado de estética literaria y un libro piadoso, la única obra publicada con su nombre y con licencia de la Compañía de Jesús. Quizás esa brevedad obedece a los escrúpulos de un ideario estético que postula el encuentro de “la vivencia del ingenio y el acierto del juicio”. Su estilo es sentencioso, lacónico, elíptico. Nunca se deja llevar por la improvisación o el exceso. Su amor por las ideas prevalece sobre cualquier extravío sensual. Al margen de las figuras literarias que explota con audacia, su prosa pivota sobre el antagonismo y el contraste: “Todo este universo se compone de contrarios y se concierta de desconciertos”. Es innegable la intención didáctica, pero no se trata de simple y torpe adoctrinamiento, sino de una paideia matizada por un realismo práctico. En El Héroe, dedicado a “Felipe el Cuarto”, Gracián enuncia las cualidades del “varón máximo, esto es, milagro en perfección; y ya que no por su naturaleza, rey por sus prendas, que es ventaja”. Es un tratado sobre la virtud (areté) que no cree en absolutos, sino en la intuición o “despeje”, un concepto que puede interpretarse como kairós (sentido de la oportunidad) o como el término medio aristotélico, con su fecunda plasticidad. El “varón máximo” debe poseer juicio, voluntad, ingenio, gusto, eminencia, excelencia, gracia, simpatía, autodominio, dinamismo, pero sin mostrar todas sus cartas: “todos te conozcan, ninguno te abarque. Que con esta treta lo moderado parecerá mucho, y lo mucho, infinito, y lo infinito, más”. El Político estudia “aquella gran arte de ser rey”, ensalzando a Fernando el Católico, que –con su “buena razón de estado”, tan alejada del maquiavelismo político- “conquistó reinos para Dios, coronas para tronos de su cruz, provincias para campos de la fe, y al fin, él fue el que supo juntar la tierra con el cielo”. Dedicado al joven príncipe Baltasar Carlos, El Discreto intenta identificar los “realces” del hombre de buen natural. El discreto no ocupa un lugar preeminente. Sólo busca la excelencia en la vida social. Su distinción reside en su señorío, paciencia, galantería, firmeza, generosidad, clemencia, gravedad, templanza, entereza. Miguel Salinas, por entonces su amigo, afirma que El Discreto “enseña a un hombre a ser perfecto”. La regla principal es adecuarse a cada momento, sin dilaciones innecesarias: “Mide su vida el sabio como el que ha de vivir poco y mucho. La vida sin estancias es camino largo sin mesones, pues ¡qué si se ha de pasar en compañía de Heráclito! La misma naturaleza, atenta, proporcionó el vivir del hombre con el caminar del sol, las estaciones del año con las de la vida, y los cuatro tiempos de aquél con las cuatro edades désta!”.

Oráculo manual y arte de prudencia es una de las cimas del arte de Gracián. Aunque está dedicado a don Luis Méndez de Haro, privado de Felipe IV, su destinatario es la humanidad, pues propone unos preceptos de cordura para ser persona, para adquirir legítimamente la condición de ser racional y social. Gracián rescata aforismos de sus obras anteriores para alumbrar un arte de prudencia que ya no repara en las distinciones de clase, sino en la peculiaridad de la naturaleza humana, cuyo raciocinio le exige actuar de forma cauta y reflexiva. La prudencia demanda perspicacia, sutileza, sagacidad, pero necesita al ingenio para atinar en lo correcto: “Genio y ingenio: los dos ejes del lucimiento de prendas; el uno sin el otro, felicidad a medias”. En esa época, el desencanto ya se ha apoderado de Gracián y le ha instruido en la necesidad de ser prevenido e intuitivo: “Arte de artes saber discurrir; ya no basta: menester es adevinar, y más en desengaños. No puede ser entendido el que no fuere buen entendedor. Hay zahoríes del corazón y linces de las intenciones”. Saber vivir es el verdadero saber y para eso hace falta algo más que filosofía, pues especular no vale nada sin hechos. El saber libresco no es baladí, pero el hombre docto es más vulnerable al engaño, pues vive entre libros y no entre escollos. Arte y agudeza de ingenio nace del propósito de saldar una cuenta: “He destinado algunos de mis trabajos al juicio, y poco ha al Arte de prudencia; éste dedico al ingenio, la agudeza en arte”. El ingenio es más ambicioso que el juicio: “No se contenta el ingenio con la sola verdad, como el juicio, sino que aspira a la hermosura. Poco fuera en la arquitectura asegurar firmeza, si no atendiera al ornato”. La agudeza puede ser simple –un solo concepto- o compuesta –varios hábilmente engarzados-, pero nunca debe faltar en un discurso. “El entendimiento sin agudeza ni conceptos es sol sin luz, sin rayos”. El concepto es la relación o correspondencia que se establece entre dos objetos. No es una simple asociación, sino una verdadera y compleja teoría de la literatura: “Son los conceptos vida del estilo, espíritu del decir, y tanto tiene de perfección cuanto de sutileza, más cuando se junta lo realzado del estilo y lo remontado del concepto hacen la obra cabal”.

Menos leído que el Quijote o La Celestina, El Criticón rebate las objeciones de Borges contra la alegoría. Personificar una abstracción no es necesariamente un error estético y, de hecho, los personajes que pueblan las novelas sólo perviven cuando trascienden su individualidad, convirtiéndose en símbolos, como Gregorio Samsa, Meursault o Leopold Bloom, que encarnan la inadaptación, el vacío y el desarraigo del hombre contemporáneo. Publicado en tres partes con el pseudónimo “García de Marlones”, El Criticón narra el peregrinar del anciano Critilo y el joven Andrenio por un mundo dominado por la corrupción y el desorden: “Todo va al revés […]: la virtud es perseguida, el vicio aplaudido; la verdad muda, la mentira trilingüe; los sabios no tienen libros y los ignorantes librerías enteras. Los libros están sin el doctor y el doctor sin libros”. Andrenio, un joven salvaje, rescata al docto y anciano Critilo, que ha naufragado en las aguas de la isla de Santa Elena. Critilo enseña a Andrenio a hablar y ambos empiezan su peregrinaje por España, Francia y Roma, buscando la virtud y la sabiduría.  Aparentemente, la razón se revela impotente en el mundo terrenal, donde sólo prosperan los vicios y las pasiones. Vivir es “ir muriendo cada día”, pues “el engaño [está] a la entrada del mundo y el desengaño a la salida”. Schopenhauer no escatimó elogios a El Criticón, asegurando que se trataba de una de las mejores alegorías de la historia de la literatura.

El pesimismo no es la última palabra de Gracián, pese a lo que se ha dicho muchas veces. De hecho, la última escala de Critilo y Andrenio no es el Infierno, sino la “Isla de la Inmortalidad”, “la mansión de la Eternidad”. La virtud triunfa sobre el vicio, el ideal desarma al escepticismo, el bien prevalece sobre el mal. El desengaño muda en esperanza y la duda en certeza. “Peregrinos del vivir”, Critilo y Andrenio se hacen plenamente humanos, personas, en el sentido tomista: prudentes, sabios, juiciosos. Han batido armas con el Engaño, la Fortuna, la Vanidad, el Tiempo, sin extraviarse en la Soberbia o el Orgullo. José Antonio Maravall señala que Critilo simboliza el mito prometeico, con su carga de ambición y desmesura, y Andrenio, la fábula adánica, con su inocencia prerracional y su rebeldía primordial. La razón y el apetito albergan monstruos que pueden desbordar la voluntad. El peligro que señala Maravall no llega a materializarse, pues ni Critilo prepara el camino a Fausto, ni Andrenio vuelve sobre los pasos de Caín. No los salva el Amor, sino la virtud adquirida tras una larga y peligrosa travesía, con ecos de la gesta de Odiseo. Su recompensa no es Ítaca, sino escapar de la rueda del Tiempo. Un anhelo que perdura en el hombre de nuestros días, pero que cada vez parece más irrealizable. La Mansión de la Eternidad parece tan ilusoria como las Islas Afortunadas, perfumadas por las brisas del Océano y con tres cosechas anuales, según los relatos de Hesíodo y Píndaro.

Las bibliotecas y las universidades no son mala morada, pero Gracián no debería ser el privilegio de los eruditos, sino lectura de discretos, de hombres comunes que no renuncian a la excelencia. “Es corona de la discreción el saber filosofar, sacando de todo, como solícita abeja, o la miel del gustoso provecho o la cera para la luz del desengaño –concluye Gracián en El Discreto-. La misma Filosofía no es otro que meditación de la muerte, que es menester meditarla muchas veces para acertarla hacer bien una sola después”. Gracián escarbó la cera del desengaño, pero nos dejó la miel de su pensamiento, cuidadosamente envuelto en su prosa danzante, como corresponde –según Nietzsche- al auténtico saber. Quizás es una impresión excesivamente subjetiva, pero al releer su obra he sentido que redescubría nuestro idioma.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (20-04-2017). Del blog Entreclásicos. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.

‘El grito en el cielo’: La furia de Javier Gallego

19 marzo, 2017

Fuente: http://www.infolibre.es

  • El poeta y periodista arremete con plena conciencia contra el fascismo de baja intensidad que nos vive y que conforma nuestros corazones
  • El horror contenido entre sus páginas nos recuerda lo que constantemente se nos olvida: que hemos convertido este mundo en un infierno con piscina
Antonio OrihuelaPublicada 10/02/2017 a las 06:00. Actualizada 10/02/2017 a las 11:52. Madrid, 2016.
El grito en el cielo, de Javier Gallego Crudo.
Con destellos que llegan hasta las danzas de la muerte medievales, el apocalipsis de san Juan o el ritmo sostenido de Whitman, y cercano al desgarrador aullido de Ginsberg, Javier Gallego ha construido un poemario tan desasosegante, despiadado y brutal que promete dejar al lector sin aliento. Desde un yo desnudo de mundo y de sí, Javier Gallego arremete con furia y plena conciencia contra el fascismo de baja intensidad que nos vive y que conforma nuestros corazones.

Hacía mucho tiempo que no llegaba a mis manos un libro como El grito en el cielo, con su aspereza, su rabia y su intenso dolor, con tanto horror contenido entre sus páginas para recordarnos lo que constantemente se nos olvida, que hemos convertido este mundo en un infierno con piscina (“es el aullido de los animales carbonizados en un incendio que transforma el paraíso en un infierno con piscina”), y que si es menos infierno para nosotros es sencillamente porque, en el reparto, nos tocó la piscina; así que ya puede seguir todo ardiendo a nuestro alrededor, mientras quede donde podamos vivir al fresco nuestra vida cómplice con este estado de cosas (“es el mundo que se tira por la borda mientras la orquesta interpreta otro vals y los camareros sirven la cena”).

En efecto, si alguien aún puede dudar de que lo que lee en este libro de poemas no le compete, que avance un poco más, porque Javier Gallego nos acusa, sin tapujos, de formar parte de un pueblo de arrodillados (“tiene este país un murmullo de arena / que le recorre la piel como a un difunto / de tanto dejarse azotar con el cilicio / y un silencio de zulo y muy señor mío (…), un parto que no le nace y una muerte que le vive demasiado”), un pueblo que ha descubierto que no hay vida fuera de la piscina aunque dentro de ella haya que vivir humillados, sojuzgados y serviles (“pero la sangre no llega al río / y el río se le queda dentro / donde el pobre muere ahogado / como un insecto en un charco”), que es lo mismo que decir vivir siendo cómplices de quienes, desde el púlpito o desde el escaño, desde la chequera o la pistola, nos llevan maltratando, explotando, robando, arruinando y destruyendo física y mentalmente desde la noche de los tiempos. Con la novedad de que en estas últimas décadas nos han hecho creer que nosotros también somos ellos, y tal vez, visto el infierno desde la piscina, quién sabe si también tendrán razón en esto.

Javier al menos así lo denuncia, y en poemas de la altura y belleza de “Nosotros”, así lo confiesa: “Nosotros (…) que no sentimos hambre ni sed de justicia / hasta que no tuvimos que saciar / a la tenia del presidente y el hígado / de un inversor”. En efecto, Javier, nos pasamos de mansos y decidieron no solo quedarse con nuestro trabajo, con nuestros ahorros, también con nuestra casa (“Nosotros / que hemos sido desterrados de nuestras casas / y llamamos hogar a la zona de tránsito”); porque nuestro error, nuestra culpa, ha sido soñar con sus piscinas, con su paraíso, su justicia, con sus bonos del tesoro, con sus créditos personales, y ahora sabemos que piscinas, paraíso, acciones y justicia siempre fueron suyas, y nuestro el hambre, la supervivencia y la oficina del paro, la derrota sin paliativos, en suma, desde que salimos al mercado buscando nuestro primer contrato de trabajo:

Nosotros / que nos creíamos invencibles hasta que fuimos derrotados / en una oficina del paro, eternos hasta que firmamos / el primer contrato temporal.
Nosotros / que somos sombras de lo que nunca fuimos, / que ni un solo día hemos sido héroes, que no volveremos / a ser jóvenes, que no volveremos del destierro, que no.
Nosotros / que habitamos el corazón de los desiertos.

Así cierra Javier Gallego Crudo la primera parte de su último poemario, en medio de la mayor de las desolaciones, para la que no encuentra más lenitivo que mirar dentro, mirarse dentro y rebuscar entre los afectos, el asidero que la vida de fuera —el ser social y colectivo— parece negarle a los despiertos, a los rebeldes, a los que resisten, a los que dicen no desde la neuroguerrilla vigilante y desde su conciencia crítica (“no tienen más arma que su herida / ni más trinchera que su piel”, dice de ellos).

Y así se abre una segunda parte, que es un relato de pasión, de amor, de promesas suculentas, de sueños posibles donde dos se hacen uno, hueco contra espalda (“o incluso menos de uno / a puntito de no ser / de escondernos en el otro / y de desaparecer”); dos que hallan en el otro sentido completo a la existencia, dos que llegan tan dentro uno del otro que se diluyen en uno y ninguno, en todos y nada, en ahora y lo mismo, hasta el punto de saber que pueden desafiar al destino con tranquilidad, con confianza en el otro (“tan dentro del otro / y tan fuera de nosotros / que nos perdemos de vista / pero nos vemos de veras / y no hacen falta más palabras / para hablar en nuestro idioma”).

Una tercera parte viene a constatar el fin de esta utopía unitiva de los cuerpos, que a pesar de los avisos contraídos de fragilidad y cuidados mutuos, también se quiebra, y ese Estado soberano hecho de dos, refugio último contra el espanto, también termina naufragando (“Pero nadie puede naufragar por ti / ni salvarte de tu borrasca”), convirtiéndose en un Estado fallido y dejando al poeta ante la sola intemperie de la náusea vital, de la duda ante si merece la pena seguir vivo en un mundo donde el amor ha sido desterrado y donde, todos convertidos en objeto y objetivo del mercado, también hemos perdido la capacidad de relacionarnos como personas con las personas, amar con amor lo que nos ama (“Déjame a solas / con mi sombra / que no tengo hueco / para nada / ni nadie más”).

Termina Javier este poemario como lo empezó, con un nuevo aullido si cabe aún más estridente, más ensordecedor, donde de nuevo, con la vista alzada sobre el mundo, el poeta hace girar del revés un viejo tocadiscos donde suena “What a wonderful world”, para hacernos partícipes del mensaje diabólico que escondía desde siempre la dulce melodía, “nuestro alto nivel de vida es el resultado de su alto nivel del muerte”, constata con pesadumbre y sin remisión el poeta (“Cae el telón como una guillotina. / Cae el cielo gritando. / Es un maravilloso final”). Tal vez si juntos aprendiéramos esta sencilla canción podríamos empezar, con Javier, con todos vosotros, lectores, a utilizar el agua de la piscina para apagar el infierno.

*Antonio Orihuela es poeta y ensayista. Su último libro, Diario del cuidado de los enjambres (Enclave Libros, 2016).

Entreculturas: Darío y Valle-Inclán

21 febrero, 2017

Fuente: http://www.rafaelnarbona.es

Publicado el por Holmes

Los mitos suelen basarse en confusiones, mentiras o paradojas. Al evocar su experiencia como librero, George Orwell relataba que los lectores siempre le pedían novelas, subrayando que no les interesaban los cuentos. Esta historia desmonta la ficción según la cual los anglosajones suelen estimar un género que el lector español menosprecia en la mayoría de los casos. No entiendo por qué la novela suscita más interés que el cuento. Quizás porque despliega una secuencia más dilatada que un relato, urdiendo una usurpación de lo real más duradera. Leer una novela se parece a realizar un largo viaje. En cambio, el cuento se asemeja a dar un paseo. Estéticamente, no hay ningún argumento que vincule la excelencia con la duración, pero es cierto que un viaje nos proporciona una prolongada ensoñación y un paseo sólo nos permite alejarnos brevemente de nuestra rutina. La literatura inglesa y la norteamericana contienen una deslumbrante galería de cuentistas: Poe, Stevenson, Melville, Chesterton, Oscar Wilde, Hemingway, Lovecraft, Faulkner, Carver. Salvo en el caso de Borges o Juan Rulfo, la resonancia de los autores de relatos en lengua castellana es mucho menor, pero eso no significa que escasee la inspiración y el talento. No se habla mucho de los cuentos de Rubén Darío, pero las piezas incluidas en Azul (1888) representaron una renovación del género que preparó el camino hacia una nueva forma de narrar, donde el lenguaje adquiría un relieve artístico desconocido hasta entonces, desempeñando un papel esencial en la creación de personajes y ambientes. Dentro del conjunto, “El fardo” es un perfecto ejemplo de innovación, ruptura y rebeldía, que postula una libertad ilimitada para un género presuntamente menor.

“El fardo” nos traslada al crepúsculo de un muelle, incendiando nuestra imaginación con los reflejos dorados del sol sobre un mar con aspecto de lienzo recién pintado: “Allá lejos, en la línea como trazada con un lápiz azul, que separa las aguas de los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus polvos de oro y sus torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de hierro candente”. La poderosa imagen adquiere sonido y su movimiento simula un balanceo perpetuo, con una pincelada fresca, libre, suelta: “El agua murmuraba debajo del muelle, y el húmedo viento salado, que sopla de mar afuera a la hora en que la noche sube, mantenía las lanchas cercanas en un continuo balanceo”. De inmediato aparece el protagonista: el viejo tío Lucas, un lanchero que se ha lastimado un pie al subir una barrica a una carreta. Con la pipa en la boca, contempla el mar con melancolía. El narrador entabla una amistosa charla con el marino, un hombre rudo, bravo y sencillo, que “se nutre con el grano del poroto y la sangre hirviente de la viña”. No tarda en averiguar su pasado como soldado heroico, que nunca conoció el miedo, pero su entereza se tambalea cuando relata la pérdida de uno de sus hijos, que falleció en un accidente de trabajo. El tío Lucas era padre de una ingente progenie, pues “su mujer llevaba la maldición del vientre de las pobres: la fecundidad”. En su hogar, “había mucha boca abierta que pedía pan, mucho chico sucio que se revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que temblaba de frío”. El hijo malogrado intentó aprender el oficio de herrero, pero su cuerpo desnutrido no soportó el esfuerzo. Volvió a casa y, milagrosamente, se recuperó, pese a vivir entre cuatro paredes mugrientas, soportando un hacinamiento inhumano. Allí pasó un tiempo, acompañado por los gritos de las alcahuetas, las prostitutas y los ladronzuelos, que se refugiaban en la penumbra hedionda de las callejuelas cercanas para hacer su negocio.

Cuando cumplió quince años, su padre compró una modesta embarcación. Faenaban al alba y volvían a la playa con el remo en alto, chorreando espuma. La alegría duró poco, pues un mal día sufrieron “la locura de la ola y el viento”. Naufragaron tras chocar contra una roca. Lograron salvarse y, desde entonces, se dedicaron a descargar mercancías de los grandes buques, empleando una modesta lancha. El reumatismo y la artrosis obligaron a Lucas a guardar cama. Su hijo continuó trabajando, pero “un bello día de luz clara, de sol de oro”, un pesado fardo, “ancho, gordo y oloroso a brea”, se soltó desde lo alto y lo aplastó. El narrador se despide del viejo, “haciendo filosofía con toda la cachaza de un poeta”, pero una brisa glacial procedente de mar adentro hiela sus pensamientos, pellizcándole cruelmente las narices y las orejas.

“El fardo” no es el cuento más célebre de Azul, felizmente prologado por Juan Valera, pero sí un perfecto ejemplo de una manera de narrar. Sin renunciar a la denuncia social del realismo y a la crudeza del naturalismo, Darío despliega una delicada sensibilidad para captar un ambiente, donde convergen el trabajo físico agotador, el misterio del mar y los cambios de luz, que transforman sin cesar los objetos y los rostros. El viento helado labra la carne y el alma, mientras un bosque de mástiles y jarcias parece avanzar sobre el mar. Esta fórmula influirá en autores como Valle-Inclán, Juan Rulfo o García Márquez, que logran crear mundos complejos en pocas páginas mediante un alto grado de elaboración literaria. La prosa rehúye la inmediatez para dramatizar las situaciones, incrementando su credibilidad –paradójicamente- mediante el artificio. En Rubén Darío, la prosa opta por una sintaxis musical y pródiga en adjetivos. Su estilo refleja la crisis material y espiritual del siglo XIX, que ha perdido la confianza de los ilustrados en un progreso indefinido hacia lo mejor. Más tarde, el Modernismo evoluciona hacia una estricta depuración, que selecciona lo más esencial y significativo, sin perder su vena inconformista. No hay menos artificio, pero el mecanismo que lo articula es diferente. Sin ese proceso, serían inimaginables los cuentos de Juan Rulfo, que introduce lo fantástico en lo cotidiano, cuestionando la filosofía de la historia del positivismo, basada en un empirismo dogmático.

Los logros novelísticos y teatrales de Valle-Inclán han eclipsado su faceta como cuentista. En su obra, se identifican dos épocas, a veces sin advertir que hay una indudable continuidad entre su etapa modernista y la de los esperpentos. En ambos períodos, palpita una tensión poética que se distancia claramente del realismo y su correlato literario: los modernos sistemas parlamentarios. Valle-Inclán opina que la realidad no se captura mediante un espejo convencional, sino con uno deformado. Podemos modificar la curvatura del cristal, pero no podemos prescindir de ella, salvo que nos conformemos con una visión plana y achatada de las cosas. El estilo no es una pirueta innecesaria, sino una interpretación del mundo, que postula lo absoluto. El arte siempre busca lo sublime, la plenitud que trasciende lo cotidiano. Del mismo modo, el sistema parlamentario actúa como un espejo tradicional: reproduce la realidad, pero no consigue llevarla a la perfección. Carlismo y anarquismo responden en Valle-Inclán a un mismo impulso: la insurrección violenta contra la burguesía. El escritor gallego se rebela contra la moderna sociedad industrial, exaltando un mundo primitivo y rural, donde la justicia no procede de las instituciones, sino del coraje de los espíritus indomables. Ahora que la Biblioteca Castro ha editado por primera vez su narrativa completa en tres hermosos volúmenes, no está de más rescatar “Mi bisabuelo”, un relato de Jardín umbrío, obra que apareció por primera vez en 1903 y que conoció sucesivas ampliaciones hasta 1928, cuando el autor ya había expuesto la estética “sistemáticamente deformada” del esperpento. El cuento refiere un episodio de la vida de Don Manuel Bermúdez y Bolaño, un caballero “orgulloso, violento y muy justiciero”. Alto, cenceño y de ojos verdes, su mejilla derecha algunos días mostraba una roséola, que los aldeanos atribuían al beso de las brujas. Su bisnieto le recuerda como “un viejo caduco y temblón”, que paseaba bordeando la iglesia. Sus descendientes le consideraban “un loco atrabiliario” y se rumoreaba que había pasado un tiempo en la cárcel de Santiago, quizás por un delito de sangre. Micaela la Galana, una vieja aldeana que ejerce de cronista de la familia, recuerda un incidente que revela su carácter fiero y paternal. Cuando una tarde volvía de cazar perdices, se reunió con Serenín de Bretal, un campesino ciego que caminaba guiado por una de sus hijas. Su voz temblaba de pena. El caballero le preguntó qué le sucedía y el ciego contestó que el escribano Malvido había peregrinado de puerta en puerta, mostrando una escritura que prohibía apacentar el ganado y recoger las hojas secas de las encinas en el monte. Las mujeres se quejan de la cobardía de los hombres y piden justicia. Don Manuel Bermúdez les aconseja matar al escribano como a un perro rabioso, pero el miedo paraliza a los aldeanos. La aparición de Águeda del Monte, antigua nodriza de Don Manuel, aviva los lamentos de rabia y desesperación. Es una mujer casi centenaria, muy alta y de ojos negros. Aunque está encorvada por el peso de los años, su estatura aún supera la de muchos hombres. Al contemplarla, la indignación de Don Manuel se convierte en ira. Ofrece su escopeta a los labriegos, pero nadie se atreve a empuñarla. De repente, aparece Malvido en lo alto de una cuesta, montado un asno. Águeda la del Monte, con el regazo lleno de piedras, se prepara para hacerle frente, pero Don Manuel llama al escribano, que acude confiado, y le desmonta de un tiro en la cabeza. Todos huyen, menos Águeda, que se arrodilla con los brazos abiertos a los pies del caballero. “¡Buena leche me has dado, madre Águeda!”, exclama Don Manuel, posando su mano en la cabeza de la anciana. El narrador nos cuenta que su bisabuelo fue a prisión, pero no por ese hecho, sino por acaudillar una partida carlista. Finaliza su relato, confesando que heredó el temperamento orgulloso de su ascendiente. Muchas veces, las viejas se santiguaban al verlo y comentaban sobrecogidas: “¡Otro Don Manuel Bermúdez! ¡Bendito Dios!”.

De nuevo, el estilo nos acerca al sufrimiento de los más humildes, pero falsificando la historia. Don Manuel Bermúdez es un rico propietario y Serenín de Bretal uno de sus cabezaleros o recaudadores de tributos. Según la fantasía del Valle-Inclán modernista, los mayorazgos protegen a los campesinos, con un paternalismo secular. Águeda llama a Don Manuel “amo”, pero el reconocimiento de su autoridad no implica una humillante esclavitud. De hecho, el “amo” les cobra un diezmo liviano y les permite utilizar el monte en su beneficio. En cambio, los impuestos que impone la corte son verdaderas exacciones y su forma de administrar las propiedades no contempla ningún gesto de generosidad. Se trata de una visión utópica que no se corresponde con los hechos. La generosidad de los amos consistía en limosnas o pequeños privilegios ajustados a una leal servidumbre. La sociedad industrial mantuvo las desigualdades, pero su dinámica de progreso incluyó la aparición de movimientos reformistas. Valle-Inclán nunca simpatizó con las reformas. La renuncia al carlismo no implicó una aproximación al liberalismo, sino al milenarismo anarquista, con su mística de la violencia, no muy alejada de las tácticas guerrilleras de los partidarios de Don Carlos. Valle-Inclán, un mitómano desinhibido, no pretendía comprender o explicar la realidad, sino subvertirla para obtener una gratificación narcisista. El narrador de “Mi bisabuelo” descubre que su carácter reproduce el temple de su abuelo justiciero. Dado que se habla en primera persona, puede deducirse que Valle-Inclán escribe un nuevo capítulo de su “novela familiar”, de acuerdo con la terminología de Freud. No pretende engañarnos, sino sortear la decepción que le produce la realidad. Incapaz de renunciar a su perspectiva utópica, que identifica el paraíso con una Arcadia feudal, elige vivir en un mundo de ensoñación.

“El fardo” y “Mi bisabuelo” expresan ese subjetivismo radical que marca la crisis de 1885, cuando la cultura europea advierte el carácter problemático de la razón, incapaz de establecer un modelo de referencia para la sociedad y el arte. “El fardo” expresa la impotencia del individuo ante el orden establecido, apuntado que la revolución formal puede constituir el umbral de una sociedad más fraterna e igualitaria. “Mi bisabuelo” refleja la concepción de la literatura como lujo, como “divina libertad” (Bataille) con el poder de impugnar la realidad, planteando alternativas utópicas. Se trata de piezas menores, pero que evidencian la creatividad de un género que aún lucha contra los prejuicios de los lectores, reacios a internarse en las pequeñas dimensiones del cuento. Sería absurdo rebajar los méritos de la novela, que moviliza infinidad de recursos en una larga secuencia, pero –al igual que el haiku o una miniatura flamenca- los cuentos poseen el encanto de una flecha que hace diana después de un corto vuelo.

RAFAEL NARBONA

Publicado en El Cultural (18-01-2017). Del blog Entreclásicos. Si quieres leer el enlace original, pincha aquí.