Archive for the ‘literatura’ Category

El club de los poetas de la muerte

10 febrero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Por: EL PAÍS 27 de marzo de 2014

Document(2)-page-001Bécquer lee en el campo, en un dibujo de Valeriano Bécquer (1864). / Biblioteca Digital Hispánica

Por Rafael Núñez Florencio

Cuando se habla del romanticismo, la asociación entre amor y muerte es tan espontánea –o tan tópica- que el propio Museo Romántico de Madrid organizó hace unos años una magna exposición aunando de modo natural esos dos conceptos. Para el romántico el amor –la pasión- nos aproxima a la tumba. Según Larra, penas y pasiones (de amor, claro) han llenado más cementerios que médicos y necios, pues el amor mata, como matan la ambición y la envidia. El amor es un desasosiego, ansiado y temido al mismo tiempo. El amor puede ser el ideal que paradójicamente nos conduce al sin-vivir. En esas condiciones, el ser amado genera sensaciones contradictorias: el enamorado no sabe si prefiere su presencia o su desaparición, pues en ambos casos le falta la plenitud a la que aspira. Las coordenadas son por tanto erotismo y necrofilia. Cuando no se llega a tanto se recala en la perversión: dolor y placer se confunden o son difícilmente disociables.

En una obra clásica, El Romanticismo español, dice Vicente Lloréns que los románticos no inventan nada sino que recrean una concepción del amor vinculado al sufrimiento y la muerte que tuvo su momento de esplendor en el pasado. Esa especie de mal de amores tiene su claro precedente en el mundo medieval, con los trovadores. No son casuales tantas concomitancias entre el universo romántico y determinados elementos del Medievo: castillos, fortalezas, aldeas, guerreros, monjes, monasterios, templos góticos, tumbas recónditas, ruinas y otros elementos de una Edad Media que, sobre todo en el teatro decimonónico, conforman un escenario medieval estereotipado, de cartón piedra. La necrofilia romántica, escribe Lloréns, revela significativos rasgos del pasado, al tiempo que delata concomitancias con otros autores: “Tálamo y tumba al mismo tiempo. Amor y muerte, unidos como en la poesía de la Edad Media. Como en Leopardi”.

Muerte dulce: el plácido sueño del sepulcro

Lejos de ser una broma macabra o una excesiva licencia poética, el epígrafe que antecede expresa una de las vertientes fundamentales de la necrofilia romántica. La acuñación está tomada casi literalmente de un verso de una famosa Rima de Bécquer: “¡Oh, qué amor tan callado, el de la muerte! / ¡Qué sueño el del sepulcro, tan tranquilo!”. La muerte es calma, silencio, relajación, mientras que la vida es lucha constante. “Cansado del combate / en que luchando vivo, / alguna vez me acuerdo con envidia / de aquel rincón oscuro y escondido”, dice el poeta sevillano.  Document4-page-001

La idea romántica de que la vida atribulada del hombre es el mal y la muerte el bien, la quietud ansiada, la expresa también con rotundidad el Duque de Rivas [en la imagen, en un retrato realizado por Federico de Madrazo y Kuntz, que se conserva en la Biblioteca Nacional] en una de las obras arquetípicas del romanticismo español, Don Álvaro o la fuerza del sino. El protagonista protesta, casi increpa a la Divinidad en su desesperación: “¡Dios eterno! /  Con salvarme de la muerte, / qué grande mal me habéis hecho”. Luego rebaja el tono y dirige la agresividad hacia sí mismo, sin variar un ápice el planteamiento central: “¡Muerte es mi destino, muerte / porque la muerte merezco, / porque es para mí la vida / aborrecible tormento”.

Muerte piadosa frente a vida implacable. Así hace hablar Espronceda a la muerte: “Yo calmaré tu quebranto / y tus dolientes gemidos, / apagando los latidos / de tu herido corazón”. En el famoso Canto a Teresa de El diablo mundo repite la idea de la muerte dichosa frente a la desazón de la vida: “Y tú, feliz, que hallaste en la muerte / sombra a que descansar en tu camino”. Es curioso observar que en el fondo de estas composiciones late el sentido católico de la existencia, el sentimiento barroco y contrarreformista que se expresa en la vanitas del Eclesiastés: el mundo, la vida toda, vanidad de vanidades y solo vanidad. Esa concepción trascendente de la vida humana termina por aflorar explícitamente hasta en el atrevido Espronceda. Así, en El estudiante de Salamanca encontramos la lamentación postrera: “¡Ay! del que descubre por fin la mentira, / ¡Ay! del que la triste realidad palpó, / del que el esqueleto de este mundo mira, / y sus falsas galas loco le arrancó…”.

¿Qué ofrece en definitiva la muerte? Amor verdadero y para siempre. ¿Qué más puede pedir el romántico desengañado por los vaivenes de la fortuna y la impureza de la vida? Frente a los caprichos de los hados, las veleidades de la existencia o las dudas del ser amado, la muerte ofrece garantías incuestionables. Esto sí que es amor eterno. Es verdad que la muerte tiene mala prensa y muchos la temen… de modo infundado. En la Canción de la muerte Espronceda trata de desvanecer esos temores. En esa composición el poeta deja hablar a la muerte para que se presente como lo que es, la amante perfecta, comprensiva y compasiva: “Soy la virgen misteriosa / de los últimos amores, / y ofrezco un lecho de flores, / sin espina ni dolor, / y amante doy mi cariño / sin vanidad ni falsía; / no doy placer ni alegría, / mas es eterno mi amor”.

¿Puede extrañar por tanto que el romántico se detenga extasiado en contemplar tumbas y mausoleos o confiese su amor a los cementerios? En una de las Cartas desde la celda, Bécquer se demora en la descripción de una visita a un camposanto. No la necrópolis masificada y hasta caótica de las grandes ciudades, sino el recinto recoleto propio de las pequeñas poblaciones, que parece estar sumido en un sueño de siglos. Un paseo solitario por esos lugares en los que la muerte no causa perturbación a la vida y la vida se mantiene como de puntillas para no profanar el silencio de la muerte es como toda una lección de filosofía. Es verdad que el estado de ánimo del visitante no puede ser de exaltación pero… mejor así, dejarse llevar por una dulce melancolía, una plácida languidez que, en cierto modo, simboliza el tránsito entre vida y muerte.

Este solazarse en la tristeza constituye la quintaesencia romántica. Con un cierto deje de autocompasión, como expresa el propio Bécquer en unos conocidísimos versos: “Cuando la muerte vidrie / de mis ojos el cristal, / mis párpados aún abiertos, / ¿quién los cerrará? (…) Cuando mis pálidos restos / opriman la tierra ya, / sobre la olvidada fosa, / ¿quién vendrá a llorar?”. Llegados a este punto no caben engaños. Como dice con brutal sinceridad el refrán castellano, “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. O en términos becquerianos: “¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos!”.

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La muerte amada puede tener un epílogo a primera vista sorprendente, pero de innegable coherencia desde una perspectiva distanciada. Tanto énfasis en la vida como sin-vivir puede llevar a una desesperación o, al menos, una impaciencia que recuerda el teresiano “muero porque no muero”. No estamos hablando solo de ideas o literatura. La tentación de acortar los plazos y aliviar el tránsito no era solo una ensoñación. Larra [en la imagen, en un retrato de Pedro Hortigosa que se conserva en la Biblioteca Nacional] resolvió el dilema de modo expeditivo y se descerrajó un tiro en la cabeza. Hasta alguien tan conservadora como Rosalía de Castro coqueteaba con la idea del suicidio. El más famoso suicidio literario de la época lo realiza don Álvaro en la pieza teatral del Duque de Rivas con un toque nihilista: “¡Infierno, abre tu boca y trágame! Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción…!” El pintor Leonardo Alenza trazó una Sátira del suicidio romántico que, reproducida en infinidad de ocasiones en libros y portadas, ha quedado como la expresión más certera de esta propensión romántica por los remedios expeditivos.

Sed de infinito, muerte heroica

La necrofilia romántica se inserta en planteamientos religiosos o filosóficos profundamente inscritos en nuestra cultura, esa concepción o sentido de la existencia que establece la vida como tránsito y la muerte como auténtica verdad. La vida no es otra cosa que un constante e imparable avance hacia la muerte, dice Espronceda en El estudiante de Salamanca: “Cada paso que avanzáis / lo adelantáis a la muerte”. En el fondo, vida y muerte se funden y confunden. Esa confusión termina despertando una atracción morbosa en el romántico que ansía encontrar en la vida los signos de la muerte y se deleita en ellos: de ahí los amores morbosos, la complacencia en la enfermedad, la fascinación hacia los símbolos que pueden revelar el mal agazapado (palidez, delgadez, ojeras, rostro demacrado).

El romántico pide siempre más a todo, empezando por la propia vida: más sentimiento, pasión, arrebato, placer…, pero con ello también más incertidumbre, angustia, agonía… El romántico expresa su anhelo nunca colmado de más, su sed de infinito. Rompe así el límite convencional entre la vida y la muerte. El romántico quiere penetrar en el más allá, saber lo que hay, conocer lo que le espera… Y si pretende que la vida se adentre todo lo posible en la muerte, de manera complementaria también quiere que la muerte invada la vida. Por ello sus fantasías están llenas de elementos sobrenaturales, visiones, apariciones, fantasmas, espectros, signos premonitorios. El esqueleto toma vida, de la misma manera que las tumbas se abren. Las delimitaciones convencionales entre vivos y muertos saltan por los aires.

Por ello el romántico prefiere la noche al día, las tinieblas a la claridad y el sueño a la realidad. Un sueño que se trueca en pesadilla, del mismo modo que la vida se vive caminando siempre sobre el filo de la navaja. La vida del romántico, lejos de ser convencional, pretende estar siempre al límite. De ahí también que le atraigan todos los elementos marginales, bandoleros, héroes, mendigos, prisioneros… Los elementos más excitantes de la vida son los que limitan peligrosamente con la muerte: el naufragio, la pérdida, el duelo, la batalla, el ajusticiamiento, la enfermedad, el suicidio. La escenografía romántica está en consonancia con todo ello.  Document(3-page-001
Tanto énfasis en la muerte hace que el romántico tienda a verla en más alta posición que la vida: la vida es vulgar en comparación con la muerte, sobre todo determinados tipos de muerte. La muerte heroica, por ejemplo. El héroe no es tal si no tiene una muerte grandiosa. La mitificación de la muerte es parte consustancial del sentimiento romántico. El universo romántico no está completo sin la muerte generosa, valiente y digna del militar, del político idealista, del aventurero, del genio. La muerte adquiere prestigio sobre todo cuando sucede en la flor de la edad, como sacrificio supremo, como acto de generosidad. El ejemplo más representativo de esta glorificación de la muerte y el héroe generoso que entrega su vida por un ideal es la famosísima composición de Espronceda [en la imagen, en un retrato de 1846 depositado en la BNE] a la muerte de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga -evento también popularizado por la pintura de género de la época-: “Hélos allí: junto a la mar bravía / cadáveres están ¡ay! los que fueron / honra del libre, y con su muerte dieron / almas al cielo, a España nombradía”.

No solo el militar. La muerte del genio, del escritor, del literato famoso también tiene su hueco en el panteón romántico. El suicidio de Larra tuvo por ello su aureola mítica y su entierro quedaría ligado para la posteridad al poema que le dedicó otro vate romántico que, desde el mismo momento de declamar aquellos versos ampulosos, tan del gusto del momento, gozaría del reconocimiento general. Nos referimos a José Zorrilla y aquella famosa oda que principia así: “Ese vago clamor que rasga el viento / es la voz funeral de una campana, / vano remedo del postrer lamento / de un cadáver sombrío y macilento / que en sucio polvo dormirá mañana”.

Muerte gloriosa, muerte ejemplar o, en su defecto, muerte digna como culminación de una vida loable. Modos y modelos de morir que el romanticismo político por un lado y el rampante nacionalismo por otro no podían dejar de utilizar para sus propios fines, en esta ocasión coincidentes en lo esencial: establecer un tipo de prohombre que con su sacrificio buscado o su entereza en el momento supremo mostrara al pueblo que la muerte podía ser algo muy superior a la vida.

Rafael Núñez Florencio es doctor en Historia y profesor de Filosofía. Autor, junto con Elena Núñez González, de ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Marcial Pons, 2014). Este artículo aborda de forma resumida algunos temas tratados en dicha obra.

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“Parece que a muchos españoles les repugna leer libros que fomenten el pensamiento”

11 enero, 2018

Fuente: http://www.eldiario.es

Los argumentos de Gonzalo Pontón (Barcelona, 1944) resultan demoledores a la hora de definir la escasa afición de los españoles por los libros de ensayo. “A comienzos del siglo XIX”, comenta, “la tirada media de una obra de historia, política o filosofía se situaba en torno a los 1.500 ejemplares”. Como señala el autor, esa es una cifra que dos siglos después no ha crecido, convirtiéndose en un problema cultural de primer orden.

“A veces da la impresión de a que a muchos españoles les repugna pensar o leer libros que fomenten el pensamiento”, indica Pontón. A pesar de este deprimente panorama, este editor y maestro de editores, que ha recibido el Premio Nacional de Ensayo 2017 por su erudita obra La lucha por la desigualdad. Una historia del mundo occidental en el siglo XVIII, no ha tirado la toalla para lograr que el género ensayístico encuentre un espacio cada vez mayor en la cultura de nuestro país. Un empeño difícil, pero al que este intelectual ha dedicado más de medio siglo de su vida.

Pontón subraya que el 90% de la gente que lee literatura en España (solamente a la mitad de la población), se decanta por la novela. El ensayo, por tanto, ocupa una parte minúscula. Sobre él, y desde un respeto absoluto por la narrativa, este editor y autor novel a sus 73 años confiesa que requiere una mayor capacidad de concentración, un intento de comprender el mundo y la sociedad en la que vivimos,  así como una pasión por el conocimiento.

“Si lees un libro como el que he publicado”, explica, “no sales indemne de su lectura porque te deja pensativo y te obliga a reflexionar sobre muchas cosas”. Además, dice discrepar de aquellos que califican al género de no ficción como “algo aburrido y denso”, aunque pueda “resultar cierto en el caso de autores españoles con una tendencia nefasta al academicismo”. No obstante, Pontón cree que basta comprobar “la brillantez y el interés” de los ensayos anglosajones o franceses para darse cuenta de la altura que puede alcanzar una biografía histórica o un texto sobre ciencia.

En cualquier caso, el autor se muestra muy ácido con la Universidad española, a la que califica de “academia de juguete” y, como ilustración, cita la anécdota de un catedrático amigo que nunca habría escrito un libro como el suyo porque no le hubiera servido de nada en su carrera académica. O, abundando en la herida señala, que los intelectuales españoles se han interesado bien poco por otros países y por otras culturas. “Hay multitud de hispanistas extranjeros, pero ¿tú conoces algún ensayista español que sea un reputado germanista o anglicista?”

Pontón sabe bien de lo que habla, ya que a lo largo de las últimas décadas ha publicado en editoriales como Crítica y Ariel a escritores de la talla de Pierre Vilar, Manuel Azaña, Stephen Hawking, Gabriel Jackson, Josep Fontana o Noam Chomsky, por citar ejemplos muy distintos. Vinculado a las citadas editoriales del grupo Planeta hasta su jubilación, el ensayista siguió después al pie del cañón al fundar Pasado&Presente bajo el estandarte de que desea finalizar su carrera trabajando como editor.

Un editor transformado en escritor

No obstante , La lucha por la desigualdad, el libro premiado con el Nacional de Ensayo, significa pues una excepción en la promesa que se hizo a sí mismo en su juventud: que un editor no debía convertirse en escritor. Siete años de investigación y de redacción, fruto de su saber enciclopédico y de su dominio de varios idiomas, le han servido para obtener este galardón. A pesar de ello, y salvo que decida escribir sus memorias (iniciativa a la que le animan sus hijos), el editor barcelonés asegura que la experiencia de autor no se repetirá.

Mientras resuelve si escribe o no esas memorias, Pontón recalca su pasión por los temas históricos (al fin y al cabo es licenciado en Historia de formación) y lamenta el muy escaso bagaje de los españoles en el conocimiento de su pasado. “Conviene recordar”, afirma, “que la enseñanza de la historia ha estado, y todavía está de alguna manera, en manos de una Iglesia católica y tridentina que fue protegida por cuatro décadas de dictadura”. Una institución que, según el editor, nunca se interesó por que las nuevas generaciones conociesen el pasado reciente de su país. Precisamente por ello, considera que “el siglo XX sigue sin enseñarse y debatirse a fondo en los institutos y en las universidades”.

Al hilo de estas reflexiones, Gonzalo Pontón se queja del tradicional ninguneo de las disciplinas humanísticas en este país: “las carreras de letras eran para chicas y para maricas, según decían en el franquismo”. Ese paisaje de la cultura no ha cambiado mucho, desgraciadamente, en la etapa democrática. “Está claro”, opina, “que el desprecio de las humanidades impide que haya más lectores de ensayo y dificulta que las nuevas generaciones se animen a acercarse a la no ficción”.

Portada y contraportada de 'La lucha por la desigualdad. Una historia del mundo occidental en el siglo XVIII'
Portada y contraportada de ‘La lucha por la desigualdad. Una historia del mundo occidental en el siglo XVIII’

El editor rompe su habitual calma y se indigna cuando rebate ese tópico de que las humanidades no sirven para nada y mucho menos para entrar en el mercado laboral. “Suelo poner el ejemplo de un vendedor de coches que, cuanto más sepa de disciplinas diversas y cuantos más temas domine, más posibilidades tendrá de captar nuevos clientes”, explica. Continúa diciendo que la supuesta inutilidad de las humanidades es una falacia “ basada en un puro criterio utilitarista del capitalismo”.

Por otro lado, Gonzalo Pontón sostiene que la crisis económica y política vivida en España tampoco ha servido para provocar un acercamiento al ensayo literario. Ni siquiera de las nuevas generaciones, que ahora basculan entre la precariedad laboral y la indignación.  “Es cierto que la sociedad se ha vuelto a politizar, como ocurrió durante la Transición, pero esa efervescencia se ha reflejado en los votos a nuevos partidos o en una mayor movilización social de cabreo”, apunta. Aun así, considera que “desafortunadamente no se traduce en algo propositivo”.

A pesar de ser uno de los grandes expertos en los periodos revolucionarios de los últimos siglos, Pontón se muestra hoy escéptico sobre la perspectiva de transformaciones radicales. “Una revolución como la rusa o como el estallido de mayo del 68 resultan imposibles en la actualidad y, por otro lado, el reformismo suele ser de baja calidad”. Para él, la llamada “sociedad civil” debe movilizarse constantemente y no limitarse a “introducir una papeleta en una urna”. Por tanto, el único instrumento eficaz para cambiar las cosas y desafiar al poder serían “protestas masivas y constantes”.

Gonzalo Pontón no quiere despedir la conversación sin resaltar, una vez más, la importancia de la lucha contra las desigualdades, un tema que en su libro está planteado desde una visión materialista de la historia. Especialmente recalca una: la discriminación a las mujeres. “¿Por qué tienen que ganar un 30% de salario menos que los hombres por desempeñar el mismo trabajo?”, se pregunta airado. Y, a modo de consejo, deja una sentencia del filósofo neerlandés Baruch Spinoza: “La igualdad es el único principio básico de un Gobierno legítimo”.

La guerra española en el reñidero de Europa

3 enero, 2018

Fuente: http://www.elpais.com

Varios libros analizan sin tópicos y con rigor historiográfico el conflicto que estalló el 18 de julio de 1936, hace ahora 80 años.

Un grupo de milicianos se asoma a un terraplén en el frente de Navacerrada (Madrid), a finales de julio 1936.
Un grupo de milicianos se asoma a un terraplén en el frente de Navacerrada (Madrid), a finales de julio 1936. EFE/ARCHIVO DÍAZ CASARIEGO

En julio de 1936 una parte importante del ejército español se alzó en armas contra el régimen republicano. El golpe militar no pudo lograr de entrada la conquista del poder. Si lo hubiera conseguido, no habría tenido lugar una guerra civil, sino una dictadura del tipo que estaba comenzando a dominar en Europa en ese momento y que se estableció en España a partir de abril de 1939.

La sublevación, al ocasionar una división profunda en el Ejército y en las fuerzas de seguridad, debilitó al Estado republicano y abrió un escenario de lucha armada, de rebelión militar y de revolución popular allí donde los militares no pudieron conseguir sus objetivos. España quedó partida en dos. Y así continuó durante una guerra de mil días.

 

España era un país marginal en el escenario europeo hasta el golpe de Estado. En pocas semanas se situó en el centro

Enrique Moradiellos subraya en su nuevo libro el carácter de “guerra total” en la que los dos contendientes tuvieron que reconstruir un ejército con mandos jerarquizados; centralizar el aparato administrativo para hacer uso de los recursos materiales y humanos; y sostener una retaguardia comprometida con el esfuerzo bélico. Visto el desenlace final, parece evidente que el bando franquista superó al republicano en el manejo de esas tres tareas básicas, pero eso no dependió sólo de factores internos sino, “de manera crucial”, del contexto internacional que sirvió de marco a la guerra civil.

Porque en el escenario europeo desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y del fascismo, España era, hasta julio de 1936, un país marginal, secundario. Todo cambió, sin embargo, a partir del golpe de Estado de ese mes. En unas pocas semanas, el conflicto español se situó en el centro de las preocupaciones de las principales potencias, dividió profundamente a la opinión pública, generó pasiones y España pasó a ser el símbolo de los combates entre fascismo, democracia y comunismo. Moradiellos, Paul Preston, Javier Rodrigo y Carlos Gil conceden mucha importancia al violento laboratorio de políticas de masas en que se convirtió el territorio español.

La guerra española en el reñidero de Europa

Cuando el golpe militar derivó en guerra, la destrucción del adversario pasó a ser prioridad absoluta. Y en ese tránsito de la política a la guerra, los adversarios, políticos e ideológicos, perdían su condición de compatriotas, españoles, para convertirse en enemigos contra quienes era completamente legítimo el uso de la violencia. El total de víctimas mortales se aproximó a 700.000, de las cuales 100.000 corresponden a la represión desencadenada por los militares sublevados y 55.000 a la violencia en la zona republicana. Y al menos 50.000 personas fueron ejecutadas en la posguerra, entre 1939 y 1946.

La guerra civil española fue además la primera de las guerras del siglo XX en que la aviación se utilizó de forma premeditada en operaciones de bombardeo en la retaguardia. La intervención extranjera mandó por el cielo español a los S-81 y S-79 italianos, a los He-111 alemanes y a los “Katiuskas rusos”, convirtiendo a España en un campo de pruebas para la gran guerra mundial que se preparaba. Madrid, Durango, Guernica, Alcañiz, Lérida, Barcelona, Valencia, Alicante o Cartagena, entre otras muchas ciudades, vieron cómo sus poblaciones indefensas se convertían en objetivo militar.

Se ha superado ya esa visión esencialista de que la guerra fue el resultado de una identidad inclinada a la violencia “entre hermanos”

 

“En lo esencial era una guerra de clases”, declaró un observador tan lúcido como George Orwell. Y no le faltaba razón, aunque más correcto sería decir que las clases, sus luchas y sus intereses, fueron actores importantes, pero no los únicos, de aquel conflicto. Hubo, en realidad, varias guerras dentro de eso que llamamos guerra civil. Por eso su análisis ha resultado siempre tan complejo y fascinante. Y por eso el fuego purificador que abrasaba hasta el más mínimo oponente se extendió con tanta rapidez y virulencia por todos los pueblos y ciudades de España.

Algunos historiadores han superado ya esa visión esencialista, tan difundida todavía hoy, de que la guerra civil fue el resultado de odios ancestrales en un país con una identidad y un destino histórico inclinados a la violencia “entre hermanos”.

La guerra española en el reñidero de Europa

La historia de España del primer tercio del siglo XX no fue la crónica anunciada de una frustración secular que, necesariamente, tenía que culminar en una explosión de violencia colectiva. Lo que prueban estas nuevas miradas a esa historia es que no existe un modelo “normal” de modernización frente al cual España puede ser comparada como una excepción anómala. Casi ningún país europeo resolvió los conflictos de los años treinta y cuarenta —la línea divisoria del siglo— por la vía pacífica.

Combatir la ignorancia, las manipulaciones, los usos políticos de esa historia desde el presente no es una tarea fácil. Tampoco lo es captar nuevos lectores, atraer la atención de jóvenes estudiantes para los que la historia no es más que una pesada colección de fechas y nombres. Por eso es tan importante tener una fotografía casi completa de los hechos más significativos y de sus principales actores. Es lo que ofrecen estos libros, concisos, de prosa accesible y con la garantía de una investigación rigurosa y profesional. Ochenta años después.

Enrique Moradiellos, Historia mínima de la guerra civil española, Turner/El Colegio de Mexico;

Javier Rodrigo, La guerra fascista. Italia en la Guerra Civil española, 1936-1939, Alianza Editorial;

Carlos Gil Andrés, Españoles en guerra. La Guerra Civil en 39 episodios, Ariel;

Paul Preston, La guerra civil española (guión e ilustraciones de José Pablo García), Debate.

     

    “Hoy, aunque es Navidad, no ha sido fiesta, por la guerra y por no existir ya los santos”

    11 diciembre, 2017

    Fuente: http://www.eldiario.es

    El libro ‘Querido diario: hoy ha empezado la guerra’ recupera el diario de Pilar Duaygües, una adolescente de 15 años que plasma en sus libretas sus experiencias durante la Guerra Civil española.

    Pilar Duaygües junto a sus hermanas. Imágenes del archivo personal de la familia Duaygües incluidas en el libro 'Querido diario: hoy ha empezado la guerra'.

    Pilar Duaygües junto a sus hermanas. Imágenes del archivo personal de la familia Duaygües incluidas en el libro ‘Querido diario: hoy ha empezado la guerra’.

    Pilar Duaygües Nebot tenía 15 años el 19 de julio de 1936. Desde hace pocos meses escribía casi cada día en su diario personal. Anotaba sus andanzas, comentaba las películas que había visto, lamentaba su aburrimiento y daba forma de prosa a sus sueños más románticos…. Pero aquel 19 de julio de 1936 todo cambió radicalmente. Sería, según sus palabras, “un día horrible” que quedaría “grabado en la historia”.

    “Las ametralladoras iban, bombas por aquí, tiros por allá, etc. Se oía muy bien cómo se derrumbaban las casas en donde las tiraban (…) Los curas con ametralladoras, escopetas y revólveres hacían fuego contra el cuartel que está al lado (…) No sólo ardían esta iglesia y convento, sino todas las de Barcelona. Se veían muy bien las llamas (…) Finalmente, nos acostamos, mamá conmigo en mi cama, me dormí por el cansancio”.

    Carné de socia del club de hípica de la joven.- Imágenes del archivo personal de la familia Duaygües incluidas en el libro 'Querido diario: hoy ha empezado la guerra'.

    Carné de socia del club de hípica de la joven.- Imágenes del archivo personal de la familia Duaygües incluidas en el libro ‘Querido diario: hoy ha empezado la guerra’.

    Era el primer día. A partir de ese 19 de julio y durante casi tres años Pilar desahogó en su diario emociones y miedos. La vida cotidiana dentro de la excepcionalidad de una guerra. Las colas para el pan. Las noticias del frente. La hermana que se va con Bayo a defender Mallorca. El amigo que no regresa. Pero también la competencia con su amiga. La relación con su madre. Lo ordinario dentro de lo rocambolesco.

    El diario de Pilar ha permanecido guardado en un cajón durante 80 años. Hoy sale a la luz en el libro Querido diario: hoy ha empezado la guerra, que ha sido editado por los investigadores Tània Balló y Gonzalo Berger y publicado por Espasa. La comparación con otro diario, el de Ana Frank, cuyo relato sobre el horror nazi emocionó al mundo, es más que evidente.

    “Se da la coincidencia de que son dos adolescentes que describen lo que viven desde sus propias emociones en una edad crucial. Ambas tienen un relato expuesto a la emoción y al detalle. Las une el hecho de explicar o de testimoniar un momento de conflicto, pero Pilar nunca manipula ese diario. Y nosotros tampoco. Sabemos que Ana Frank arregló parte de su diario porque quería presentarlo a un concurso y siempre están las sospechas o la sombra de que podría haber sido manipulado por su padre. El diario de Pilar tiene esa inmediatez, esa falta de perfeccionamiento que la vez lo hace un texto mucho más fresco“, explica a Público Tània Balló.

    “Hoy, aunque es Navidad, no se ha hecho fiesta, por haber guerra y por no existir ya los santos”

    La mirada de Pilar muestra, desde la óptica del antifascismo de una adolescente, la cotidianiedad de una vida en guerra. Como las colas para conseguir huevos o pan a partir del mes de noviembre de 1936 en Barcelona. La llegada de niños madrileños a Catalunya ese mismo mes ante la inminencia de la caída de Madrid. La muerte de Buenaventura Durruti o la internacionalización de la Guerra. “Me he levantado a las cinco y media para ir a hacer cola para el pan. Es algo horrible, tanta gente, y tanta que se quedó ayer sin él. Bueno, en palabras no se puede explicar; así he estado toda la santa mañana viendo peleas y demás, hasta la una y media, ocho horas haciendo cola“, escribe Pilar en la entrada del 24 de diciembre de 1936.

    Un día después llegaría el día de Navidad. En la Barcelona de 1936. “Hoy, aunque es Navidad, no se ha hecho fiesta, por haber guerra y por no existir ya los santos. Por la mañana, al colegio, como de costumbre (…). A las 6 mis compañeras han ido a hacer cola para el pan, cosa que es terrible de lo larga [que es]. No sé cuándo se arreglará eso del pan, pues ha habido muchas muertes por esa causa”, escribe.

    Poco después, en febrero de 1937, llegarían los primeros bombardeos a Barcelona. Era el sábado 13 de febrero y desde la costa un crucero lanzaba bombazos contra los civiles. Al momento sentimos, pom, pom, porrompom… Horrible el instante este. ‘Ya están aquí los fascistas!‘, me dije. Y, en efecto, así era. Al principio, creímos que eran aviones, pero luego nos dimos cuenta de que eran los barcos”. Pilar no lo sabía. Pero las bombas procedían del crucero italiano Eugenio de Savoia. 

    Verano de 1932. Pilar junto a sus amigas. Imágenes del archivo personal de la familia Duaygües incluidas en el libro 'Querido diario: hoy ha empezado la guerra'.

    Verano de 1932. Pilar junto a sus amigas. Imágenes del archivo personal de la familia Duaygües incluidas en el libro ‘Querido diario: hoy ha empezado la guerra’.

    De niña a mujer

    La Guerra Civil se alargaba y Pilar dejaba de ser la niña que era y su diario así lo reflejaba. A través de las páginas se vislumbra la figura de una mujer que comienza a tomar las riendas de su destino, que ya no se limita a describir lo que ve y toma partido en el conflicto que se desarrollo ante sus ojos y que ve en primera persona, en su círculo social, que la Guerra no es ningún juego. Que hay amigos y familiares que no regresan. Y que nunca regresarán.

    “Es un cambio que se produce ante nuestros ojos y que se aprecia hasta en su escritura. Empieza más escueta, su vida es más estanca y más determinada por su madre. Pasan los meses y los años y adquiere personalidad propia. Ya no es esa niña que va en volandas de su madre”, explica a este periódico Gonzalo Berger.

    El 27 de febrero de 1939, de hecho, Pilar cumplía sus 18 años. “¿Será posible que sea ya tan mayor? Parece que sea el otro que cumplí los 15. Me sabe muy mal tener ya esta edad, no quisiera hacerme mayor, aunque dicen que los 18 abriles es la mejor edad de la juventud”, escribe en su diario.

    “Lloré mucho al ver que esos criminales fascistas se han llevado la victoria. Mas no les aguantaremos mucho tiempo porque volverá a haber un levantamiento”

    Aún no había cumplido Pilar los 18 años cuando vio entrar en la ciudad de Barcelona a los fascistas. Lo describió en la entrada del 27 de enero de 1939, justo un mes ante de su 18 aniversario: “Barcelona es fascista. Hoy han empezado a desfilar por las calles las tropas al servicio de Franco. Todo son banderas monárquicas y vítores a Franco. (…) Han aparecido los periódicos hablando mal de los rojos, de Negrín y Companys y aludiendo a Franco. Yo les tengo un odio terrible, lo mismo que mi familia”.

    La crudeza del final de la guerra

    Pilar se había mostrado muy optimista respecto a la victoria de la República frente al fascismo, pero a principios de 1939 ya se había dado cuenta de que la victoria era imposible: “Lo que más desearía es que ganáramos la guerra y volver al Instituto Obrero juntamente con todos los alumnos que él tenía y volver al estudio intenso que a mí me gusta tanto. Pero estas esperanzas no me las hago, pues los fascistas lo tienen ganado ya, aunque Madrid, Valencia y Gerona, sean de los rojos. Ellos poseen una gran cantidad de material y muchos aviones, además de haber muchos alemanes, italianos, moros. Y nosotros no poseemos más que la razón, y como contra la fuerza no hay resistencia, es inútil poder ganar la guerra”.

    Pero no todos son tristezas. El 12 de febrero, el papá de Pilar regresó del frente. Durante 15 nadie supo si estaba vivo o muerto. Regresó. “Está más delgado y ha envejecido una barbaridad”, diría Pilar. También estaba el cine. El entretenimiento preferido de Pilar, que a lo largo de los tres años de diario cita más de 100 películas. Y su hermana Rubi, que el 20 de febrero de 1939, dio señales de vida con una misiva desde un “hospital de la provincia de Gerona”.

    En los últimos días del diario, también se aprecia el cambio de cotidianidad. Del día a día de la guerra, al del fascismo. “Me da rabia ir al cine porque obligan a saludar con el brazo tendido, o sea, el saludo fascista. En la pantalla aparece el rostro del “idiota” de Franco mientras que tocan el himno de ellos y todo el mundo ha de ponerse en pie y saludar. Si no se hace, los soldados que vigilan pegan a aquellos que no obedecen (…) A mí, el primer día, me cogió una pasión de reír al ver a tantas personas con el brazo horizontal que parecía que mirasen si llovía”.

    La ilusión no muere

    Boda de Pilar con Emili. Imágenes del archivo personal de la familia Duaygües incluidas en el libro 'Querido diario: hoy ha empezado la guerra'.

     

    Boda de Pilar con Emili. Imágenes del archivo personal de la familia Duaygües incluidas en el libro ‘Querido diario: hoy ha empezado la guerra’.

    A pesar de la derrota de la República frente al Ejército franquista, Pilar no perdió la ilusión en una posterior victoria. Aquel fascismo no podía durar mucho. O eso pensaba. “Pasaremos todavía hambre y sufrimiento hasta que vuelva a venir otra revolución e implantar la República”, escribía en febrero. Apenas un mes después, a finales de marzo de 1939, se enteraría de la caída de Madrid. Esta era su reflexión:

    “Lloré mucho al ver que esos criminales fascistas se han llevado la victoria. Mas no les aguantaremos mucho tiempo porque volverá a haber un levantamiento, esta vez por parte nuestra y quedará entonces enterrado para siempre el odioso fascismo, aunque a lo mejor tardaremos algunos años en lograrlo. Este pensamiento, que todos los rojos tenemos y del cual no nos engañamos, me da un poco de alegría”, sentencia Pilar.

    Esa misma tarde, Pilar se fue al cine. Había acabado la guerra. La joven conoció a Emili Prats, con el que iniciará un largo noviazgo que dejará como prueba documental las más de 500 cartas que intercambiaron durante 1941 mientras él se encuentra realizando el servicio militar. Ese año Pilar abandonará su diario. En 1945 los dos se casarían y en 1948 la mujer daría a luz a su primera hija, María Pilar.

    “A Pilar le pasa lo mismo que a la mayoría de las mujeres de su generación. Nunca ejerce en la carrera de Magisterio, que es la que estudió, y pasó a dedicarse plenamente a su hogar. Pilar se convierte en nuestra madre, nuestra abuela o nuestra tía. No tiene una vida distinta. Sufre la doble represión franquista: por roja y por mujer”, sentencia Tània Balló.

    La guerra continúa

    8 diciembre, 2017

    Fuente: http://www.elpais.com

    José Álvarez Junco y los dioses útiles, o Gerhard L. Weinberg y la Segunda Guerra Mundial en menos de 200 páginas.

    La guerra continúa

    Johan Huizinga escribió que ninguna disciplina tenía sus portales tan abiertos al público en general como la historia. Y algunos de los libros publicados en los últimos meses constituyen un excelente ejemplo de eso.

    La historia está cargada de mitos, aunque muchas veces no se encuentren pruebas para sustentarlos, y así lo recuerda José Álvarez Junco en Dioses útiles(Galaxia Gutenberg), su repaso a las teorías y construcción histórica en torno a las naciones y los nacionalismos, donde intenta explicar el caso español en términos comparados. Historia narrada con buen pulso, sin olvidar el análisis, que es lo que hace siempre tan bien este autor.

    Resumir la guerra de 1939-1945 en menos de 200 páginas no es tarea sencilla, pero Gerhard L. Weinberg la borda en La Segunda Guerra Mundial (Crítica), partiendo de todos los conocimientos en investigaciones que había anticipado en su monumental Un mundo en armas.

    Durante esos años de violencia y genocidio, cerca de 48.000 españoles combatieron en la División Azul. Xosé M. Núñez Seixas realiza en Camarada invierno (Crítica) una disección de quiénes eran, cuáles eran sus motivos y sus percepciones sobre la Alemania nazi y la Rusia soviética. Una historia basada en cartas, diarios y memorias, la mirada cotidiana de quienes vivieron aquella segunda cruzada contra el comunismo.

    Fuera de Europa hubo también grandes masacres, aunque nuestra mirada occidental no les preste demasiada atención, e Iris Chang narra en La Violación de Nanking. El holocausto olvidado de la Segunda Guerra Mundial (Capitán Swing) la que tuvo lugar en diciembre de 1937, cuando el Ejército japonés entró en la entonces capital de China, Nanking, y asesinó a más de 300.000 civiles.Julio Prada Rodríguez,Jordi Ama

    Tampoco cesa la literatura sobre la España más reciente. Hay para elegir, según los intereses de los lectores, que puede ser el Frente Popular, en la interpretación y relato detallado que 80 años después ofrece José Luis Martín Ramos en El Frente Popular. Victoria y derrota de la democracia en España (Pasado & Presente); la represión económica y el castigo que el franquismo aplicó a una buena parte de la sociedad gallega, objeto minucioso de estudio de Julio Prada Rodríguez en Marcharon con todo (Biblioteca Nueva); La primavera de Múnich (Tusquets), como denomina Jordi Amat en su excelente narración a lo que la dictadura de Franco bautizó en 1962 como el contubernio; el uso que los vencidos en la Guerra Civil hicieron de las coplas de Conchita Piquer, una original investigación de Stephanie Sieburth —Coplas para sobrevivir (Cátedra)—, muestra del vigor de los estudios culturales en los hispanistas más jóvenes; o el pormenorizado análisis de la izquierda radical durante la Transición por parte de Gonzalo Wilhelmi en Romper el consenso (Siglo XXI).

    Y aunque tiene ya casi tres décadas, aparece una nueva edición de Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historia oral de la guerra civil española (Crítica), la magistral obra de Ronald Fraser, la mejor guía para descubrir las historias escondidas de la guerra, más allá de mitos y disputas sobre las causas y responsables del acontecimiento central de la historia de España en el siglo XX.

    Historias de gente común, de grandes acontecimientos políticos, de guerras y violencia. En grandes pinceladas y en miniatura. Para que los lectores decidan.

    La guerra continúa

     

    El escritor que quería hacer historia

    17 octubre, 2017

    Fuente: http://www.elpais.com/cultura

    La crónica de la Guerra Civil de Ludwig Renn, editada en alemán en 1955, ve la luz en España. Es literatura de combate comunista, sin lugar para la retórica o los sentimientos.

    Voluntarios de las Brigadas Internacionales en el Cuartel de la Guardia Republicana en Albacete en 1936.
    Voluntarios de las Brigadas Internacionales en el Cuartel de la Guardia Republicana en Albacete en 1936.REP

    La guerra civil española fue en su origen un conflicto interno entre espa­ñoles, pero en su curso y desarrollo constituyó un episodio de una guerra civil ­europea que acabó en 1945.

    Tras las subida de Hitler al poder, el sentimiento popular antibélico de los años veinte dio paso gradualmente a políticas de rearme y a una crisis de la seguridad internacional. En ese ambiente tan caldeado, para muchos ciudadanos eu­ropeos y norteamericanos, España se convirtió en el campo de batalla de un conflicto inevitable en el que al menos había tres contendientes: el fascismo, el comunismo —o la revolución— y la democracia.

    Muchos narraron los hechos de primera mano, en el frente o en la retaguardia, transmitiendo al mundo historias de horror, heroicidad, compromiso y traiciones. Con las Brigadas Internacionales llegaron a España obreros manuales, aventureros en busca de emociones, intelectuales y profesionales de clases medias, corresponsales de guerra y escritores. La mayoría tenía claro que el fascismo era una amenaza internacional y España era el lugar apropiado para combatirlo. Se habían sentido atraídos por el Partido Comunista, que les daba amparo y una doctrina fuerte a la que agarrarse, en un momento en el que en París confluyeron un montón de exiliados de la Europa oriental, central y balcánica, huidos de la represión fascista y dictatorial.

    El escritor que quería hacer historia

    Ludwig Renn, aunque representaba todo eso, era un tipo singular. Nacido en una familia aristocrática de Dresde en 1889, Arnold Vieth von Golssenau combatió como oficial en un regimiento de Sajonia durante la I Guerra Mundial, una experiencia militar que relató con éxito en Krieg (guerra), en 1929, y continuó en Nachkrieg (posguerra), en 1930, cuando ya había abandonado el Ejército y su clase, incluido su nombre, para abrazar el comunismo y la ortodoxia estalinista.

    Con el ascenso nazi al poder, estuvo en la cárcel año y medio y, tras ser liberado, huyó a Suiza, donde se enteró de la sublevación militar contra el Gobierno republicano en España. A principios de octubre de 1936 se subió a un tren con destino a Cerbère y después a Barcelona. Así comienza su crónica de la guerra civil española, editada en alemán en 1955 y que ve ahora la luz por primera vez en España, más de 600 páginas de literatura de combate comunista, sin apenas lugar para la retórica o los sentimientos, porque “el amor en el campo de batalla es una invención de los escritores. En el frente, la vida real no deja hueco a esos lujos”.

    Alejado, por tanto, de las fantasías de los “tibios” burgueses de izquierda que nunca se jugaron el cuello, Ludwig Renn describe lo que él considera la auténtica realidad, dando fe, desde el principio hasta el final, del relato oficial comunista, frente a “anarcofascistas” (amigos del desorden y de la “palabrería”, inservible en la guerra); “socialtraidores”, representados por Largo Caballero y el “redomado golfo” Indalecio Prieto, y espías trotskistas y del POUM.

    Renn arriesgó su vida en primera línea de fuego, como había hecho ya en la Guerra Mundial, primero como dirigente del batallón Thälmann y después como jefe del Estado Mayor de la XI Brigada Internacional. Estuvo en todas las grandes batallas, desde Madrid hasta Brunete, pasando por el Jarama y Guadalajara, hasta que a comienzos de septiembre de 1937 emprendió, con pasaporte español —Hitler le había despojado de la nacionalidad alemana—, una “misión oficial” de propaganda a favor de la República por Estados Unidos, Canadá y la Cuba de Batista.

    Muchos narraron los hechos de primera mano, en el frente o en la retaguardia, transmitiendo al mundo historias de horror, heroicidad, compromiso y traiciones

    El 21 de septiembre de 1938, Juan Negrín, presidente del Gobierno de la República, anunció en Ginebra, ante la Asamblea General de la Sociedad de Naciones, la retirada inmediata y sin condiciones de todos los combatientes no españoles en el Ejército republicano, con la esperanza de que el bando franquista hiciera lo mismo. Quedaban entonces en España aproximadamente un tercio de todos los que habían llegado para luchar contra el fascismo, y el 28 de octubre, un mes después de su retirada del frente, las Brigadas Internacionales desfilaron en Barcelona ante más de 250.000 personas. Allí estaba Renn, quien permaneció en España hasta la caída de Cataluña. De allí pasó a Francia, después a México y regresó a Alemania 10 años después.

    El problema de la República, concluyó Renn, no fue “la falta de experiencia militar”, que tampoco la tenían, según él, las tropas de Franco, sino “el guirigay entre partidos”, donde sólo el comunista mantuvo el tipo: sin él, y sus “abnegados camaradas y amigos”, la República española “hubiera sido borrada del mapa en un santiamén”.

    Renn no era sólo un escritor comprometido, que luchaba con la pluma y la palabra contra el fascismo. Como les dijo a algunos de sus colegas famosos en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en julio de 1937, él peleaba en el frente y había dejado la pluma porque no quería “escribir historias, sino hacer historia”.

    La guerra civil española. Crónica de un escritor en las Brigadas Internacionales. Ludwig Renn. Traducción de Natalia Pérez Galdós. Fórcola Ediciones. Madrid, 2016. 721 páginas. 39,50 euros.

    Troya no se rinde

    21 julio, 2017

    Fuente: blogs.elpais.com/historias

    Por: Manuel Morales 27 de enero de 2014

     

    S3408

    Ilustración del alemán Heinrich Schliemann dibujando en las ruinas de Troya. / CORBIS

    Si hay un lugar fascinante para la arqueología por el mito que representa es Troya. La guerra que Homero plasmó en La Ilíada, aupado como uno de los grandes clásicos de la literatura universal, sigue dando noticias. Troya no se rinde, se resiste a mostrar los misterios que los investigadores aún no han podido dilucidar. El periodista inglés Michael Wood (1948) intentó sintetizar en el libro En busca de la guerra de Troya las excavaciones practicadas en el montículo de Hisarlik, el lugar que se supone fue el escenario del asedio y destrucción de la ciudad legendaria, en el noroeste de Turquía. Esta obra publicada en 1985 y revisada veinte años después, se ha traducido al español (Crítica). El texto de Wood -autor de superventas y productor de documentales televisivos- es respetado por unos y vilipendiado por otros, es decir, que recoge la división entre los historiadores que dan carta de realidad a parte de La Ilíada y los que ven en el relato pura fantasía.

    En busca de la guerra de Troya es más un libro de preguntas que de respuestas, no es una novela histórica pero tampoco un texto de lectura fácil y amena para aficionados. Estos son algunos de los nombres y cuestiones estudiadas por Wood:

    Heinrich Schliemann. El millonario alemán (1822-1890) dedicó los últimos veinte años de su vida “a su obsesión, a su sueño infantil”, como dice Wood: hallar las ruinas de Troya y demostrar la verdad del relato de Homero. La historia de este personaje está teñida de aventuras, ambición, entusiasmo e imprudencia. De sí mismo dijo: “Mi peor defecto, ser un fanfarrón y un farolero… pero me proporcionó innumerables ventajas”. De Schliemann, que bebió del primer gran explorador de Troya, el inglés Frank Calvert, se conservan 175 volúmenes de cuadernos de excavaciones, 20.000 artículos y 60.000 cartas. Wood lo retrata como un aficionado que paradójicamente podría “ser considerado el padre de la arqueología y, a la vez, un narrador de cuentos chinos”. Llegó a ser acusado de amañar las pruebas de sus descubrimientos; fue lo contrario al ejemplo de investigador escrupuloso y metódico. Con su ejército de obreros excavó grandes trincheras, extrajo toneladas de tierra y se llevó por delante parte de las murallas que buscaba. Sin embargo, fijó la clave del yacimiento: Hisarlik era una sucesión de estratos -el más antiguo, del 3.000 a.C.-, fruto de una costumbre de la zona, la constante reedificación, y de sus siguientes colonizadores. Uno de esos estratos fue el escenario de lo que se convirtió en el célebre relato.

    ‘La Ilíada’ y Homero. Wood recoge “la opinión general” de que esta obra fue compuesta por un poeta que recopiló antiguos relatos orales. El autor señala que Homero (“si es que este existió”) vivió “quizá” en el siglo VIII a.C., cuando el relato de Troya ya se contaba en las cortes egeas. Su calidad como bardo le llevó a difundirlo, a su vez, en otros palacios. La tradición siguió hasta que un tirano de la poderosa Atenas del VII a.C., por aquello de construir un relato épico nacional, decidió que los sucesores de Homero pusieran por escrito la gran epopeya, en la que los siempre enfrentados pueblos de la Hélade habían actuado unidos frente al enemigo troyano.

    La fecha de la guerra. Wood se basa, entre otros restos, en la cerámica y las cartas escritas en tablillas por los diplomáticos de la época para aventurar que el asedio y destrucción del asentamiento junto al estrecho de los Dardanelos pudo ocurrir en el siglo XIII a. C. (aproximadamente entre 1275 y 1260). Antes de que fuera una ruina calcinada, Wood, tras recopilar todos los hallazgos y excavaciones, se atreve a dibujar cómo pudo ser aquella “ciudad de ovejas, con fábricas rurales, que criaba caballos” y se defendía de los invasores gracias a sus sólidas murallas.

    Korfmann

    De la principal puerta de entrada a la histórica población “partía una calle adoquinada” que subía hasta el palacio del rey. Bajo este había una veintena de casas en las que vivían los familiares y también los sirvientes del monarca. A la izquierda de la puerta, una enorme torre cuadrada de bloques de piedra caliza que albergaba un altar. A la derecha, una casa alargada para realizar sacrificios de fuego. Finalmente, Wood conjetura que de las casas conservadas se desprende que Troya podía tener en aquella época unos 1.000 habitantes en el interior de las murallas y una extensión de 183 por 137 metros. A estos troyanos se sumarían unos 5.000 en la ciudad inferior y en la llanura.

    La guerra se libró en un periodo en el que eran habituales las incursiones de los griegos en Asia Menor para derrocar reyes. Entre estos reinos, Troya tenía una posición dominante, era una ciudad con riquezas, fruto de la navegación marítima y de los derechos aduaneros, y cuya rapiña convertiría además a sus habitantes en esclavos. Wood supone que algún conflicto diplomático provocó que aquel apetecible cruce de caminos se convirtiera en objetivo de los griegos. Y no hay que olvidar que en la era homérica, ser “saqueador de ciudades” era un gran halago para un rey.

    Manfred Korfmann. Después de Schliemann, los otros protagonistas de las excavaciones de “la ruina de una ruina” son el también alemán Wilhelm Dörpfeld (1853-1940) y el estadounidense Carl Blegen (1887-1971), que cerró las trincheras en Troya en 1938. Hubo que esperar medio siglo para nuevos descubrimientos, los de Manfred Korfmann (1942-2005), arqueólogo alemán, que pasó sus últimos 17 años revitalizando las excavaciones. Korfmann, el otro nombre germano vinculado a Troya para siempre, acabó de forma muy distinta a Schliemann. Mientras que este no pudo volver a Hisarlik porque los turcos le acusaban de sacar piezas del país sin su permiso y fue un “maltratador de las ruinas”, Korfmann logró que la zona fuera declarada parque nacional por el Gobierno de Ankara para una mayor protección y su labor le permitió obtener la nacionalidad turca.

    En la foto, Manfred Korfmann en las ruinas troyanas. / AP

    Arturo Barea, la forja de una memoria

    1 julio, 2017

    Fuente: http://www.jotdown.es

    Publicado por 

    Esta historia comienza en el año 2010, en los alrededores de Oxford, cuando un hispanista inglés, William Chislett, rebusca lo que queda de alguien en las letras desdibujadas de una lápida. También podría empezar en 1977, en una librería de Vallecas, donde un joven afiliado al Partido Comunista compra una trilogía de libros hasta entonces desconocida. O quizá empiece mucho antes, antes incluso de que esos libros se escribieran, cuando su autor, Arturo Barea, cruzó la frontera de su país en el año 1938 para nunca regresar.

    Las historias grandiosas comienzan siendo un relato doméstico. Los hechos siempre se engendran de manera humilde. Tal vez seamos nosotros, el eco que los transmite, los que nos encarguemos de barnizarlos de épica. Al igual que las ondas que crea la piedra al caer en el río, esta historia comenzó como un secreto clandestino. Un rumor que ha acabado por expandirse de manera concéntrica.

    Arturo Barea había sido muchas cosas antes de ser un exiliado. Aunque lo primero que le tocó fue ser pobre. Un niño remendado de madre lavandera al que la suerte le sacó de un destino harapiento. Gracias a la generosidad de un tío adinerado, el joven Arturo pudo estudiar como los niños ricos y acudió a las Escuelas Pías de San Fernando, ese edificio imponente del barrio de Lavapiés que hoy alberga una universidad y una magnífica vista de los tejados de Madrid.

    El milagro duró solo hasta los trece años, momento en el que el tío falleció. A partir de entonces, como cualquier contemporáneo de origen humilde, Barea se buscó las lentejas en los empleos más dispares: aprendiz en un comercio, botones en un banco, joven emprendedor de una fábrica de juguetes que acabó en quiebra. Fue testigo de la guerra de Marruecos y a su regreso militó en la UGT. Más tarde acabó en la Oficina de Censura de Corresponsales Extranjeros, situada en el famoso edificio de la Telefónica, en la Gran Vía de Madrid. Corría el año 1936 y España olía a guerra.

    Tras un primer matrimonio fallido, Arturo se topó con Ilse Kulcsar, una periodista austriaca que también trabajaba en el edificio. Ilse era judía, activista y comunista. Había llegado a España con Leopold, su marido, para apoyar la causa republicana. Ilse colaboró con Arturo en que la imagen de la República de cara al extranjero fuera intachable. Y como pasa en las historias de celuloide, mientras el mundo se derrumbaba los dos se enamoraron.

    La guerra, la destrucción, el hambre, la pobreza… Barea fue testigo de todo lo que unos ojos son capaces de soportar sin hacerse añicos. Huyó con sus vivencias hasta Francia y, una vez allí, se dio cuenta del dolor que transportaba.

    Pienso en Arturo Barea y en su pie traspasando la frontera. Puede que hasta entonces no se hubiera visto a sí mismo como un refugiado. Debe de ser difícil asumir que la destrucción de alrededor es cierta. Que el mundo se desmorona. Que tu casa ya no existe. Que el estrépito de las bombas siempre permanece.

    Tras un peregrinaje por hostales y penurias, el matrimonio desembarcó en Inglaterra en busca de un exilio soportable. Un lugar en el que dejar atrás las pesadillas. Mientras su país de acogida se enfangaba en la siguiente guerra, Barea se dispuso a dar cauce a su memoria. A sus vivencias.

    Los tres libros que suman La forja de un rebelde no fueron los primeros de Barea, pero sí los más auténticos. Componen una autobiografía. Un testimonio que anidó en él al tiempo que lo hacía la desgracia. Como lingüista experta, Ilse se encargó de trasladar todo al inglés. A ella le debemos poder leer hoy la mayoría de los libros de Barea. Alrededor de ellos hay mucha leyenda, pues algunos fragmentos sólo nos han llegado a través de esas traducciones. Muchos originales se perdieron.

    Cuando The forge se publicó en Inglaterra, el libro tuvo tan buena acogida que su autor pudo continuar escribiendo. Arturo Barea llegó a ser el quinto español más traducido en el mundo en los años cincuenta, al mismo tiempo que su obra era aclamada en los Estados Unidos. Al igual que otros españoles exiliados, sobrevivió con un espacio en la BBC hasta el fin de sus días, donde pudo desarrollar su profesión de cronista y disfrutar de un exilio tranquilo.

    Pero este es solo uno de los finales. Antes decíamos que esta historia tiene muchos comienzos. Nos trasladamos al año 2010, cuando William Chislett toma el testigo. Corresponsal en España del diario Times, Chislett había conocido La forja de un rebelde a través de la serie de televisión de 1990. No fue el único. Cuando Mario Camusrealizó la adaptación de la trilogía de Barea, treinta y tres años después de su muerte, poca gente del país conocía la existencia del autor. Hasta entonces, la trilogía solo había sido un murmullo, un libro que había corrido de mano en mano impulsado por las asociaciones de izquierdas. Muy pocos hogares españoles habían conocido a Barea en los años posteriores a la transición, pues La forja de un rebelde no se publicó en España hasta 1977.

    Pero volvamos a William Chislett y a su obsesión. A ese punto de partida que le hizo interesarse por Barea y por su memoria. Chislett devoró sus libros, traducidos al inglés, y se zambulló de lleno en la figura del autor. Si su rastro era débil en España, apenas quedaba nada en Inglaterra, solo una lápida maltrecha que a Chislett le costó cuatro viajes encontrar: «Había oído que su lápida conmemorativa (no la de enterramiento, ya que fue incinerado) estaba en un cementerio en las afueras de Oxford. Como yo soy de allí, en 2008 acudí para encontrarla. Y regresé tres veces más sin resultado. Nadie me había contado que había un anexo al cementerio a trescientos metros de la iglesia. Caminé, subí una pequeña colina y encontré el anexo con más tumbas. Ahí estaba la lapida conmemorativa de Barea».

    En la lápida, realizada con un granito local muy erosionado, apenas quedaba rastro de los nombres de Arturo Barea, de su mujer, Ilse Kulcsar, ni de los de los padres de ellarefugiados judíos que huyeron del nazismo. Barea había pasado sus últimos años en esa finca gracias a la generosidad de Lord Faringdon, un personaje inglés de biografía apasionante.

    Gavin Henderson, segundo duque de Faringdon, podría tratarse del típico de personaje que inspira un buen relato de ficción. Descrito como excéntrico y algo afeminado, Lord Faringdon es conocido sobre todo por sus gestas comprometidas, sorprendentes por provenir de un noble: acogió en su finca a un grupo de niños supervivientes del bombardeo de Gernika y convirtió su Rolls Royce en ambulancia antes de viajar con él a España y transportar heridos en el frente de Aragón. Ya de regreso, cuando la causa estaba perdida y más que olvidada, Faringdon ofreció a Barea y a su esposa habitar una de las casas de su propiedad, el hogar en el que, tras años de exilió, ambos morirían.

    Conmocionado por el mal estado de la lápida, Chislett regresó a España y contó el suceso a un grupo de amigos íntimos que le ayudaron a restaurarla. El catedrático de español en Oxford, Edwin WilliamsonElvira LindoAntonio Muñoz MolinaGabriel JacksonJavier MaríasPaul Preston… un reducido grupo de intelectuales que aportaron una pequeña cantidad para restaurarla.

    Pero Chislett no estaba dispuesto a dejarlo ahí. La sobrina de Ilse, una octogenaria que aún vive en Londres, le habló de The Volunteer, el pub preferido de Barea. Y Chislett volvió a convocar a la lista de conocidos, esta vez para crear una placa en su honor. Un tributo que fue diseñado, irónicamente, por Herminio Martínez, uno de esos niños supervivientes de Gernika. Las vivencias empezaban a trenzarse. Había comenzado la recuperación de Barea.

    «Después me dije que era un poco raro que Barea estuviera mejor recordado en su país de exilio que en su país de origen». Así que Chislett decidió pedir al Ayuntamiento de Madrid una calle para él. Junto con Isabel Fernández y Yolanda Sánchez, las otras dos promotoras, iniciaron una recogida de firmas y en poco tiempo consiguieron recaudar dos mil quinientas peticiones.

    Fascinada por la generosidad de la iniciativa, me digo que necesito un testimonio de otro de los benefactores, a ser posible local y con perspectiva histórica. Elvira Lindo me recibe en su casa de Madrid. Desde la óptica de alguien que se interesó por los primeros relatos de los abuelos, que presenció los inicios de la democracia, hablamos de Barea, de la memoria y de la guerra, de esas ondas concéntricas que aún nos llegan. Una pregunta sobrevuela en todo este asunto y es la de por qué hemos esperado tanto para rescatar figuras como la de Barea. Lindo no cree que en España se haya hecho un pacto de silencio, más bien es de la opinión de que en los primeros años de democracia, las historias de la guerra no interesaban: «El país estaba entregado a una cultura modernizadora en la que cabían poco estos temas. Ni siquiera en la literatura. No se trataban. Todo lo de la guerra tenía un halo de ranciedad para la gente». Lindo también me habla de la dimensión política: «Realmente quien tenía que haber cumplido ese papel de recuperación fue el PSOE. Alianza Popular no iba a hacerlo, eran hijos o descendientes de los vencedores. El PCE era un partido importante pero mucho más pequeño y el PSOE ganó las elecciones en el 82. Hubiera sido deseable que ellos hubieran puesto sobre la mesa que había que compensar a los vencidos y que era necesario sacar esa cultura del olvido».

    Cuando le pregunto a Chislett por este asunto, opina que es por una cuestión temporal y de ausencia. Barea murió en 1957 y al contrario que otros escritores, como Alberti, jamás regresó a su tierra.

    El regreso. Tal vez sea esa la respuesta. En lo que queda de nosotros cuando nos marchamos. No solo en nuestra presencia, sino en la memoria de los que aguardan. Los que viven para contarte. «Una guerra civil es un trauma muy grande para un país —prosigue Lindo—. Necesitamos actos testimoniales que recuperen voces de gente que vivió la guerra. Hacerlo de manera abierta. Ni rencorosa ni resentida, pero con sentido de la justicia. Hay que reparar a la gente que sufrió. El problema de la guerra es que le siguieron cuarenta años de dictadura en los que la victoria se celebró hasta el último día. Eso precisa una reparación para los que no ganaron. Para esas personas que tuvieron que irse al exilio o tuvieron que vivir aquí al día siguiente siendo humillados».

    Creo compartir lo que Elvira Lindo me cuenta. Cuando era pequeña yo también pedía a mis abuelos que me contarán historias de la guerra. Tenían un tono épico, como de antiguas gestas. Y, sin embargo, eran reales. Aunque puede que hubieran vencido al tiempo por lo inverosímil de esa realidad. Los de mi generación hemos preguntado sin filtros, sin costuras, con inocencia. Con la tranquilidad del que se ve seguro y sin nada que temer. Puede que haya llegado el momento de hablar en serio de esa maldita guerra. Aunque Elvira me advierte, no es tan sencillo: «En España se dejó de hablar de la guerra durante tanto tiempo que te pones ahora a discutir con la misma vehemencia que como si estuviera reciente. Y si no somos capaces de hablar de la guerra sin considerar al otro sospechoso de algo, es imposible hablar de ello». De ser así, tal vez en este caso debiéramos empeñarnos en reivindicar la esencia. Hablar simplemente de literatura.

    Como condición para solicitar la calle, Chislett pidió dos requisitos indispensables: que no se quitara el nombre de otra persona para colocar el de Barea y que la petición no fuera amparada por la Ley de la Memoria Histórica. Me sorprende descubrir este dato y le pregunto el motivo: «Queríamos que los cuatro partidos aprobaran la calle, que fuera unánime. Y tal vez de otro modo no lo hubiéramos conseguido. Además, no queríamos politizar el asunto. Barea es de todos, aunque él fuera de izquierdas».

    Otra condición deseable era que el nombre de Arturo Barea estuviera localizado en el barrio de Lavapiés, el lugar donde se crió y que tan bien se refleja en La forja de un rebelde. Hubo algún que otro requiebro. En un principio, el Ayuntamiento planeó sustituir la calle del general Asensio Cabanillas por la de Barea, pero después rectificó. Finalmente se acordó que el escritor tuviera su plaza en Lavapiés, justo delante la famosa corrala de Mesón de Paredes, frente a las Escuelas Pías. Esas que el mismo Barea vio arder. Un lugar que llevaba aguardándole desde su partida, pues curiosamente jamás tuvo un nombre asignado.

    Chislett me dice que desde que comenzara esta aventura, percibe un rumor, como si algo se estuviera tejiendo entre la gente. En un acto del Ateneo, el pasado mayo, se sorprendió al descubrir el gran número de personas que acudieron a conmemorar a Barea. También la iniciativa ciudadana que hace unos meses recorrió Lavapiés, enlazando su obra, su barrio y su memoria. El hispanista inglés cree que se debe a una especie de culto. Una admiración que permanecía en la sombra y que ahora está aflorando en las personas cuyos padres conservaron los libros. Tal vez lleve razón e hizo falta que llegáramos nosotros, los nietos, y que empezáramos a preguntar. Nosotros, los que nacimos en democracia y descubrimos la trilogía arrumbada en una estantería. Que aún nos sorprendemos del tono sepia que adquieren estas historias en blanco y negro.

    Antes de marcharme de su casa, Elvira me lleva a ver un tesoro: la máquina de escribir de Barea. Un aparato rescatado del olvido que llegó a ellos por casualidad. Lo único de Barea que ha regresado a España es esa máquina de escribir inglesa. Ni siquiera las trece cajas que la sobrina de Ilse conserva en Londres y que contienen todo lo que queda de él volverán a su tierra. Se quedarán en la Biblioteca Bodleian de la Universidad de Oxford, en Inglaterra, el país que le propició un final tranquilo y que incluso le otorgó un pasaporte. Al ser inglesa, la máquina no tiene tecla de tildes. En los manuscritos originales que quedan, Barea había escrito todas con un lápiz azul. Se aseguró de no perder ni uno solo de los atributos de su lengua. Como si de una metáfora del exilio se tratara, se empeñó en no olvidar sus orígenes.

    Pero nos falta contar la resolución de la aventura. De cómo Chislett consiguió las firmas, la calle y fue aplaudido por el pleno del Ayuntamiento. Me lo confiesa, orgulloso, y pienso que no es para menos. Pues alguien que nos ha recuperado la memoria de Barea sería digno de otro homenaje. Pienso que estamos en deuda con su empeño. A él le debemos que Barea regrese al barrio que le vio crecer.

    Quien haya vivido alguna vez en Lavapiés, será de allí para siempre. Cuando me mudé a ese barrio, buscando redefinir mi vida, alguien muy querido me hizo esa advertencia. Años después, tras constatar los testimonios de amigos y conocidos, puedo decir que la afirmación es cierta. Pero lo que no esperaba es que también lo fuera para Barea:

    Si resuena «el Avapiés» en mí, como fondo sobre todas las resonancias de mi vida, es por dos razones:

    Allí aprendí todo lo que sé, lo bueno y lo malo. A rezar a Dios y a maldecirle. A odiar y a querer. A ver la vida cruda y desnuda, tal y como es. Y a sentir el ansia infinita de subir y ayudar a subir a todos el escalón de más arriba. Esta es una razón.

    La otra razón es que allí vivió mi madre. Pero esta razón es mía.

    Puede que estas líneas, extraídas del primer tomo de La forja de un rebelde, sean motivo suficiente. Lavapiés, el barrio que acoge a todo el mundo, es el que debe albergar su recuerdo.

    No vimos a Barea regresar, pero aún conservamos sus calles. Ese escenario que retrata fielmente en sus libros. El mejor modo para contarle. El lugar en el que consiguió zafarse para siempre del olvido.

    Sofía Casanova, una reportera en la Gran Guerra

    9 junio, 2017

    Fuente: blogs..elpais.com/historias

    Por: María José Turrión | 23 de enero de 2014

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    Junto con Emilia Pardo Bazán y Concha Espina, la gallega Sofía Casanova forma parte de la tríada de mujeres que, en el 75 aniversario de la aparición de la revista Blanco y Negro, figuran entre los escritores, poetas y periodistas seleccionados en el especial dedicado a las letras que se publica. Entre ellos, Rafael Alberti, Antonio Machado, Ramón Gómez de la Serna, Ramón Pérez de Ayala o Juan Ramón Jiménez, un elenco importante de la cultura española. De las 33 figuras incluidas en el cuadro de honor del suplemento, solo se reseñan estas tres mujeres.

    Si Pardo Bazán y Concha Espina son mujeres ampliamente conocidas en la sociedad actual, no ocurre lo mismo con Sofía Casanova, y ello a pesar de los interesantes actos, estudios y escritos realizados por particulares en los últimos años, como la biografía que escribe Rosario Martínez Martínez, o la organización de actos por parte de instituciones como, la Casa del Lector y el Instituto Polaco de Cultura que en fechas recientes hicieron un homenaje a la escritora en forma de mesa redonda. También en el último año se ha estrenado el documental A maleta de Sofía, película que narra una parte de la vida de la autora. Asunción Bernárdez Nodal, en Sofía Casanova en la I Guerra Mundial: una reportera en busca de la paz de la guerra, realiza un estudio del pacifismo en su obra, desde la óptica cristiana y desde su condición de mujer.

    Sofía Casanova sin embargo fue ampliamente conocida y también reconocida por sus contemporáneos. En 1906 es elegida miembro de la Real Academia Gallega. Se la agasajó en vida. Sus conferencias fueron aplaudidas por hombres y mujeres. El hecho de ser la única española en las conflictivas Tierras de sangre, dispuesta a narrar sus peripecias, sus posturas personales frente a los conflictos, sobre todo el de la I Guerra Mundial y la Revolución rusa, hizo que fuera tratada de heroína, al convertirse como en alguna ocasión se la ha llamado en “notaria de la realidad”.

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    I Guerra Mundial, 1914-1918.

    Fue una mujer culta, muy conocida en los ambientes literarios de la época. De profunda tradición católica, mantuvo posturas a favor de Franco durante la Guerra Civil Española. En diciembre de 1938, declaraba a La Voz de Galicia, con ocasión de su marcha a Varsovia, que estaba convencida de que el golpe de Estado provocado por un sector del Ejército traería momentos de desarrollo y esplendor a España: “Creo en el caudillo como se cree en un ser superior, y la suerte de España guiada por él será la más grande y más fecunda de nuestra historia”. Este apoyo, que se contradice en ocasiones con su experiencia vital y profesional, no explicaría el porqué la dictadura la olvidó después de esa manera. Ni sus novelas, ni sus poesías, ni sus artículos periodísticos, de gran agudeza en sus análisis políticos, lograron sobrevivir a la segunda mitad del siglo XX. En realidad, no lograron sobrevivir al nazismo.

    En desacuerdo con la República y profundamente monárquica, rompe con ABC, de cuya cabecera fue cronista durante la I Guerra Mundial y la Revolución rusa, cuando a la edad de 80 años manda su primera crónica después de la invasión polaca de 1939. Con gran esfuerzo por su ceguera, consigue escribir un artículo que, como única respuesta por parte del director del periódico, Luca de Tena, obtiene la negativa a publicar “nada que vaya en contra de los alemanes”. En palabras de su nieto, esta respuesta constituyó una muerte en vida. Desengañada de los suyos y atrapada en el totalitarismo que sufrió Polonia, primero nazi y después soviético, Sofía fue apagándose en su longeva y apasionante existencia.

    Sofía Casanova, en realidad Sofía Guadalupe Pérez Casanova (A Coruña, España, 1861-Poznan, Polonia 1958), fue una escritora de novela y poesía, autora de obras de teatro y cartas. Fue también traductora, hablaba cinco idiomas, y publicaría además de en España, en Francia, Polonia y Suecia. Trabajos que compaginó con el periodismo, escribiendo artículos para los periódicos ABC, El Liberal, La Época y El Imparcial entre otros, y fuera de nuestras fronteras  en el New York Times o en la Gazeta Polska. Aunque Carmen de Burgos fue pionera, como mujer, en el reporterismo de guerra, al cubrir para el Heraldo de Madrid la guerra de Marruecos en 1909, Casanova lleva a cabo la corresponsalía de la I Guerra Mundial y la revolución rusa de 1917. Realiza una entrevista a Trotski, más propia de una aventurera reportera contemporánea que de una católica conservadora de su época: “Cuando hace cuatro días me decidí en secreto de mi familia a ir al Instituto Smolny, una nevada densa y callada, caía sobre San Petersburgo. Deseaba y temía ir –porqué no confesarlo– al apartado lugar donde funcionan todas las dependencias del Gobierno Popular… Obscuras [sic] las calles resbaladizas como vidrios enjabonados y completamente solitarias a aquella hora –cinco de la tarde- tras muchos tumbos encontramos un iswostchik somnoliento en el pescante del trineo…” Sofía, en compañía de Pepa, la señora que le acompañó desde Galicia en su periplo polaco, logró entrar en el Palacio Smolny sin ningún impedimento, solo el propio rechazo y el miedo que le provocaban los marxistas, entonces llamados maximalistas. Realizó la entrevista a Trotski, ministro de Asuntos Extranjeros, y a quien Sofía consideraba como la persona más interesante de las que rodeaban a Lenin.

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    Asalto al Palacio de Invierno de San Petersburgo en noviembre de 1917.

    Gran viajera, en el sentido más completo y complejo de la palabra. La oportunidad de viajar y aprender idiomas le vino al casarse con el diplomático Wincenty Lutoslawaski. Con él, noble terrateniente polaco, diplomático y filósofo, que había venido a Madrid a estudiar el pesimismo en la literatura española, y recién casada se traslada a Polonia en 1887. Desde entonces, llevará su Galicia natal en el alma, también las tertulias y reuniones literarias, a las que le había dado acceso Ramón de Campoamor, quien además fue el que le presentó a su futuro marido en una de estas reuniones. En estas tertulias, frecuentaba la amistad de Blanca de los Ríos o de Emilia Pardo Bazán. Sin embargo, su vida quedará prendida para siempre y atrapada en un país, Polonia, y, como él, padecerá y quedará presa de los totalitarismos alemán y soviético.

    El hecho de vivir en primera persona los grandes conflictos de la Europa del siglo XX, la hizo tomar parte en ellos. Fue esencialmente una defensora a ultranza del nacionalismo polaco, país por el que sintió una gran admiración y devoción. Una Polonia que desde 1795 estaba fragmentada y dividida entre Rusia, Austria y Prusia, y que está de manera continua presente en sus escritos. El 7 de abril de 1916, publicaba María de Echarri en La Acción, unas palabras de la escritora, en las que Sofía trataba de enmendar la plana al cronista de prensa Schneider:

    “Siento viva satisfacción en que la causa de Polonia se conozca extensamente en mi Patria… Polonia, mayor seis veces que Bélgica, es, de todos los pueblos mínimos arrasados y engañados por los grandes en el cataclismo actual, del que menos se habla públicamente en la Europa beligerante y la de los neutrales. Yo creo que hará obra de justicia y propaganda de la verdad, quién de a conocer, al menos en las naciones neutrales, la significación internacional de Polonia, sus aptitudes de self governements, su cultura y su indomable voluntad de vida independiente… Rompa usted señor Schneider, una lanza en pro del porvenir de Polonia, pero teniendo ‘solo’ en cuenta su ‘vivo’ e ineludible interés nacional, no los intereses de los imperios centrales o del coloso ruso, que argumentan con la fuerza de sus cañones”.

    También la vemos alentando a la mujer española a ocupar un lugar en la vida pública para “mejorar, suavizar y engrandecer” la sociedad. Entendiendo la importancia de la educación de la mujer en la cultura y en la sociedad de un país:  “Nada hay que dé tan exacta idea de la cultura de un pueblo como la situación que en su sociedad ocupa una mujer. La instrucción de esta, que es factor importantísimo en el desarrollo general, se cuida extremadamente en Polonia. El estudio de los idiomas forma parte principalísima del programa educativo… la gran mayoría de las educandas habla y escribe cinco y seis lenguas europeas”. Lo escribía Sofía en 1926, aún no se había proclamado la II República en España, momento en el que llegaron algunos hitos importantes para el desarrollo de la mujer española y sistema frente al cual demuestra abierto rechazo. Mucho antes, ella había fundado el Instituto de Higiene Popular y fue condecorada con la Gran Cruz de la Beneficiencia.

    Horrorizada por las atrocidades de la I Guerra Mundial, que la sorprende en la hacienda familiar de Drozdovo en Polonia, y que al ser invadida por los alemanes da lugar a una diáspora familiar que la aísla de los suyos. En estas circunstancias decide dedicarse al cuidado de los heridos, en los hospitales del frente y retaguardia. Experiencia que volcará en sus artículos, crónicas y conferencias, dando a conocer los desastres de la guerra y también la importancia y la defensa del papel de la mujer en la sociedad. 6a00d8341bfb1653ef01a51059043b970c

    Estaba convencida de que la intrusión de la mujer en el escenario público aligeraría a las sociedades de la violencia y agresividad. Una agresividad que conoce de cerca cuando trabaja para la Cruz Roja. Es entonces cuando vive una de sus peores experiencias al ser destinada, en compañía de otras enfermeras, a recoger a 700 soldados heridos en el frente de batalla. Marcha en tren a la ciudad de Skierniewice en un recorrido difícil y duro en el que los aldeanos les advertían de no poder seguir avanzando sin riesgo de caer en manos de los alemanes: “Por el lado izquierdo aparecía todo el horizonte enrojecido por el intensísimo fuego, que no cesaba ni un instante, por el lado derecho la Rusia blanca y silenciosa… Y por fin llegamos a Skierniewice. ¡Cómo estaba aquello, Dios mío! Heridos, muertos, terror”. Y sin embargo Sofía todavía recuerda con mayor horror los últimos meses de 1915: “Cuando la ola de hambrientos, de famélicos, de extenuados, no nos dejaban curar a los cuatro o cinco mil heridos que recibíamos a diario”. Por aquel entonces ella y su familia se alimentaban de pan negro amasado con paja. Por la labor que hizo en los hospitales durante la I Guerra Mundial, fue condecorada por el zar Nicolás II con la Medalla de Santa Ana.

    Vivió de cerca la revolución rusa y la lucha entre los partidarios de Trotsky y de Lenin. Se conmovió profundamente con el asesinato de la familia del zar, con los encarcelamientos de obispos católicos, las purgas y asesinatos, todo ello la llevaría a ser una anticomunista convencida. La revolución de Octubre, además de en sus crónicas y artículos periodísticos, quedará reflejada en De la revolución rusa de 1917; La revolución bolchevista. Diario de un testigo y En la Corte de los Zares. Del principio y del fin de un imperio.

    En este año que se recuerda el centenario del inicio del gran conflicto bélico que supuso la I Guerra Mundial, cabe ocuparnos de una mujer inusual para su época, una escritora y reportera atrapada en la crudeza de las grandes guerras y conflictos del siglo XX, que murió casi centenaria, ciega y olvidada  en la gélida Polonia soviética.

    “Soy la única mujer española que vengo de aquellos lugares de desolación y muerte, en donde los hambrientos cavan sus fosas y en ellas se matan con sus mujeres e hijos”.

    Para qué nos sirve Camus

    1 junio, 2017

    Fuente: http://www.eldiario.es

    Le dieron el Nobel de Literatura en 1957 “por su importante producción literaria, cuya clarividente franqueza iluminaba el problema de la conciencia humana en nuestro tiempo”. En su primer centenario su optimismo humanista es más necesario que nunca; si aquellos tiempos fueron negros, los nuestros lo son quizá más. ¿Para qué nos sirve leer a Camus en estos tiempos desesperados?

    Para aprender a escribir. Más cercano a Hemingway, Dostoevsky y el lirismo de Jean Genet que a la prosa-enredadera de su colega Jean Paul Sartre, Camus tiene algunos de los mejores principios de la historia de la literatura. El extranjero“Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. El telegrama del asilo decía ‘Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias’. Pero no quiere decir nada. Podría haber sido ayer”. ( El extranjero) . “La única cuestión filosófica seria que existe es la del suicidio”. ( El Mito de Sísifo).

    Sus finales, siempre demoledores, tampoco se quedan atrás: “Para sentirme menos solo, la única esperanza que me quedaba era que el día de mi ejecución hubiera una multitud de espectadores que me saludaran con gritos de odio”. ( El extranjero).

    Para rechazar la violencia. Camus era un iluminado ateo, un pacifista revolucionario y todas sus falsas contradicciones son en realidad reflejo de una coherencia extrema, igual que el absurdo de Alicia en el País de las Maravillas refleja la tensión entre la lógica matemática y el lenguaje ilógico y extraño de la sociedad. Su ateísmo es humanista, está en contra de cualquier ideología que justifique el sufrimiento humano y posponga su felicidad al más allá: “Sólo hay un infierno y está en este mundo”. Nuestra tarea en la vida es rechazarlo.

    No le salió gratis. Se peleó con su gran amigo Jean Paul Sartre porque Sartre creía en la violencia revolucionaria y Camus la rechazaba (“ La violencia es inevitable e injustificable“). Su rechazo a la pena de muerte, que no hacía excepción con los colaboradores del nazismo y los “terroristas” de la FLN, le hizo abandonar el Partido Comunista y atacar al Frente de Liberación Nacional argelino:

    “No importa la causa que uno defienda, sufrirá la desgracia permanente si recurre al ataque ciego contra multitudes de gente inocente”.

    Cuando murió a los 46 años en un supuesto accidente de coche en enero de 1960 su persistente defensa de la no violencia le había convertido en el enemigo de todos: la izquierda, la derecha, los argelinos, los franceses. Sólo muchos años después, cuando se publicaron sus Cuadernos de Argelia, quedó claro que los años no le habían aburguesado sino todo lo contrario.

    Para abandonar el activismo de sofá. En plena guerra de Argelia, Camus rompió con el estalinismo y escribió El hombre rebelde (1951) donde cuestionaba la construcción del antisistema romántico y polemizaba sobre el papel de ciertos héroes revolucionarios, incluyendo los de la sagrada Revolución Francesa. Su conclusión fue que todas las revoluciones habían acabado por reforzar la autoridad del Estado sobre la ciudadanía.

    Pero Camus no era un cobarde y participó heroicamente en la resistencia durante la IIGM, una lucha que retrató como metáfora en La peste y apuntó con el dedo a los que, como su enemigo íntimo Sartre, alientan la lucha desde el sofá:

    “Cada uno justifica sus propias acciones señalando los crímenes de sus adversarios. Esta es una casuística de la sangre con la que los intelectuales no deberían, pienso yo, tener nada que ver, salvo que estén preparados para coger las armas con sus propias manos”.

    Para practicar la tolerancia. Camus era un pied-noir, un argelino francés. Su madre era pobre y analfabeta. Su papel en la guerra de Argelia se caracterizó por una inmunidad a las trampas del nacionalismo, el rencor y la venganza, y una capacidad para ver a las personas con más claridad que los eslóganes. Después de una visita a la región bereber de Cabilia en 1939, escribió con su claridad habitual: “Una familia de ocho necesita aproximadamente 120 kilos de trigo para un solo mes de pan. Me dijeron que los indigentes que vi tenían 10 kilos para el mes entero“. Su humanidad es ejemplar en la historia de la filosofía: “Hay más en el hombre para admirar que para despreciar”. Y no es especifista; es el único en recordar (en La Peste) que las ratas son víctimas también.

    Para ser feliz. A la pregunta aristotélica de cuál es el significado de la existencia, Camus rechaza todas las construcciones científicas, religiosas, políticas, teológicas o metafísicas posibles para declarar que la existencia es un absurdo, y sólo cabe decir que la existencia misma es su propia razón de ser. Ante el castigo mitológico de Sísifo, condenado a subir eternamente una roca por una colina, el dios del ateo Camus es la voluntad de ser feliz:

    “Todo el gozo silencioso de Sísifo se encuentra en eso. Su destino le pertenece. Su roca es todo lo que posee. (…) La lucha por alcanzar las cimas basta para llenar el corazón de un hombre. Hay que imaginar a Sísifo feliz”.