Posts Tagged ‘derechos mujer’

El “insolente marimacho”

9 agosto, 2016

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

Todos los problemas políticos son, en el fondo, problemas culturales y morales. Y en eso estamos respecto a los crímenes contra las mujeres

 

Las intervenciones más emotivas durante la pasada campaña fueron las sucesivas declaraciones de los líderes para atajar la violencia de género. Es decir, feminicidio, terrorismo doméstico. Todos los problemas políticos son, en el fondo, problemas culturales y morales. Esto lo repetía con mucha intención desde el exilio el gran Max Aub. Y en eso estamos respecto a los crímenes contra las mujeres. En un problema cultural. Y en una forma de “exilio”: la de las mujeres en esta sociedad del riesgo.

Si cuando Ana Pastor planteó en el debate con más audiencia, ante más de nueve millones de personas, el más grave de los problemas, porque afecta al menos a la mitad de la población, mujeres en peligro por el hecho de ser mujeres, la reacción de todos, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera y Soraya Sáenz de Santamaría, como sustituta de Rajoy, fue de una esperanzadora y a la vez desesperante vehemencia. Se acabó. Ni una mujer menos. Acabar con este estado de barbarie, con este reloj que cada día marca cientos de agresiones y, cada cuatro días, un asesinato de mujer por ser mujer, un feminicidio.

Podíamos estar medianamente satisfechos con tan emotivas reacciones. Pues no. Yo me quedé asombrado, en estado de estupor, ante algunas de las “sentidas” respuestas.

Como repetía Max Aub desde el exilio, todos los problemas políticos son, en el fondo, problemas culturales y morales

Una de ellas consistió en un llamamiento a las adolescentes para que no se dejasen controlar por sus compañeros o novios. Que no permitiesen que les vigilasen los móviles. Esos mismos labios, oídme, decían, habían justificado la eliminación en la enseñanza de la única asignatura en la que se trataba el problema de la violencia de género y se educaba para afrontarla: la Educación para la Ciudadanía. En vez de educar a niños y jóvenes en la igualdad, y liberarlos de las típicas taras, se les entregó como una concesión particular al sector reaccionario del nacionalcatolicismo.

Todos los candidatos, futuros gobernantes, coincidían en el remedio para una solución real a esa criminalidad endémica: educación, educación, educación. Sí, educación.

Adelante, pues. No esperen ni un segundo para restablecer en toda la enseñanza, pública y privada, lo ahora substraído: el conocimiento de los derechos y deberes de la ciudadanía. También la memoria, es decir, yendo a la raíz y estableciendo las causas de este mal de aire, el maltrato endémico hacia la mujer. Saber de dónde viene esta peste, esta misoginia, esta discriminación y violencia que se pega al presente como una garrapata histórica.

Pero da la impresión de que ante este siniestro total se responde con rituales de duelo y poco más. La desolación no es una consolación.

Recuerdo de niño, en la escuela, que nos llevaron a un acto para celebrar el Día del Árbol. Éramos cientos de estudiantes obligados a permanecer inmóviles durante horas, en la disciplina de las filas. Escuchamos varios discursos sobre la importancia de los árboles. Pero allí no había ningún árbol. No se plantó ni uno. Tal vez los árboles éramos nosotros. Con el sol calentando la cabeza, sentí que me salía una rama de cerezo por la oreja. Aquel día quedé vacunado contra la retórica.

Algo así está ocurriendo con el drama de la violencia machista en España. Mientras se suceden los crímenes, muchos lamentos a las puertas de las instituciones. Pero no se plantan árboles.

Y algo muy importante: el feminismo sigue siendo despreciado o ridiculizado por columnistas émulos de aquel Pascual Santacruz que publicó en La España Moderna (¡madre mía!) un artefacto titulado ‘El siglo de los marimachos’. Advertía del peligro de las mujeres emancipadas, que convertirán a “nuestras bellas compañeras” en unos “seres incatalogables en los casilleros de la zoología”.

A las mujeres díscolas las vilipendiaban como histéricas. Pero lo que late en el trasfondo de esta tragedia española es un histerismo masculino, que no soporta otro destino para la mujer que el del “ángel del hogar”. La mujer libre, como dice el narrador de Memorias de un solterón, de Emilia Pardo Bazán, es el “insolente marimacho”. A la propia Emilia la caracterizaron así muchos de los intelectuales contemporáneos. Unamuno le reconocía su gran talento, en cuanto “masculinismo” y no “feminismo”. Él, como tantos otros, aceptaba el activismo feminista, siempre que no fuera español: “El tipo de la mujer fuerte y libre norteamericana no ha llegado aún a nuestros países”.

–Pero, hombre, ¡vivimos otros tiempos!

Menos de lo que se aparenta. El histerismo masculino sigue campante en muchos gallos de la intelectualidad española.

No son solo las mujeres las que tienen que ser feministas. También los hombres. Y los valores de la sociedad. Será la única forma de acabar con esta tara.

elpaissemanal@elpais.es

Anuncios

Contra la tradición

16 septiembre, 2015

Fuente: EL PAÍS SEMANAL

Kakenya haría unos hijos, cuidaría unas vacas, cultivaría la tierra. Hasta que, por azares, supo que había otras historias, otros sitios.

Kakenya Ntaiya, fundadora del Centro Kakenya.

Ayer me la crucé otra vez en uno de esos lugares donde ahora me la cruzo: los periódicos. Hace diez años, cuando comí con ella en un restorán indio de Pittsburgh, Pennsylvania, hacía frío y Kakenya se refugiaba bajo un gorro de lana, una bufanda. Me contó su historia.

Kakenya Ntaiya había nacido 28 años antes en una aldea masái de Kenya. En Enoosaen nunca hubo agua corriente ni asfalto ni electricidad; su casa, como las demás, era un rancho de adobe, paja, bosta. Kakenya no recuerda haber empezado a trabajar: siempre lo hizo. Era la hija mayor; cuando tenía cinco años sus padres la prometieron en matrimonio a un vecino de seis: es la costumbre masái y todos, en la aldea, hablaban de ellos como marido y mujer; ellos jugaban, cuidaban vacas juntos, se llamaban esposo y esposa. Años después, Kakenya me diría que, por lo menos, ella habría tenido el privilegio de conocer a su futuro marido: que, muchas veces, las chicas de su pueblo lo descubren el día de su boda, a sus 11, 12 años.

Su vida estaba decidida: Kakenya haría unos hijos, cuidaría unas vacas, cultivaría la tierra. Hasta que, por azares, supo que había otras historias, otros sitios. Entonces decidió que lo único que quería era irse a estudiar –a estudiar– a algún país lejano. La historia es larga: le costó años obtener de su padre la promesa de que haría todo lo posible por ayudarla, si, a cambio, ella se “circuncidaba” antes de partir. Entre los masái, la mutilación genital –la ablación del clítoris– es insoslayable: otra forma en que los hombres combaten sus miedos. A sus 15, Kakenya enfrentó la ceremonia:

– Muchas chicas masái esperan el momento con entusiasmo: les han hablado tanto de eso, de que ahí empieza su verdadera vida. Pero nadie nos cuenta qué nos van a hacer: sólo sabemos que va a haber una gran fiesta, que vamos a ser las protagonistas. La fiesta es hermosa, una semana entera de cantos y bailes y banquetes. Hasta que una mañana te llevan al corral de las vacas y ahí una abuela viene y te lo hace, frente a docenas de vecinos. Sientes un dolor horrible pero no puedes llorar: siempre te han dicho que no puedes llorar. Y que tampoco puedes hablar de eso con nadie.

El precio fue –y sigue siendo– insoportable, pero Kakenya consiguió lo que quería: fue la primera muchacha de su pueblo con una beca de estudios para Estados Unidos. Allí vio por primera vez la nieve y vio personas que comían verduras crudas –“como los animales”–; allí encontró mujeres que no pensaban en casarse y que no estaban mutiladas. Allí decidió que dedicaría su vida a tratar de prevenir esa tortura. Amnistía Internacional calcula que hay unos 130 millones de mujeres que la han sufrido, sobre todo en África, y que, cada año, se suman tres millones más.

–Te dicen que es una tradición, que se debe mantener porque viene de siempre. Que tenga tantos años es razón de más para acabarlo cuanto antes.

Kakenya se doctoró en Educación en Pittsburgh, habló, contó su historia, consiguió apoyos varios; al fin creó una fundación para pelear contra la ablación a través de la educación de las jóvenes africanas –Kakenyasdream.com– y se convirtió en la referencia de un problema al que muy pocos se refieren. Algunos, a veces, insisten en la teoría de la relatividad: es su cultura y hay que respetarla. Yo soy de esos tiempos –pasados, futuros– en que suponíamos que ciertos principios no aceptaban términos medios. Y sonrío, triste, cada vez que la encuentro en los diarios: Kakenya Ntaiya se ha convertido en la cara visible de esa lucha y siente, por fin, que su mutilación está sirviendo para algo.

Miles de palestinas se resignan a vivir con polígamos

20 diciembre, 2012

Fuente: diario EL PAÍS
Ana Carbajosa | Hebrón

Una mujer tiene un marido. Un marido tiene hasta cuatro mujeres. Esta es la realidad en algunos hogares del mundo árabe, donde la poligamia es simplemente una opción legal más. En los territorios palestinos, la mayoría de los hombres optan por convivir con una sola mujer, pero la sharia, la ley islámica que rige para el derecho de familia permite casarse hasta con cuatro mujeres. En Hebrón, la mayor ciudad de Cisjordania, los matrimonios polígamos son el 10%.

Para los hombres, la poligamia es una opción que les permite satisfacer sus apetencias a medida que surgen durante su vida. Para muchas de ellas, casarse con un hombre que tiene otras esposas o aceptar que su marido se case de nuevo es solo fruto de la resignación y de la falta de alternativas, en una sociedad que ofrece escasas salidas a las solteras y divorciadas. Las menos, están convencidas de que la poligamia es un sistema que funciona y que tiene la ventaja añadida de que respeta los preceptos islámicos.

En Cisjordania, el debate es intenso y las bromas constantes. Amenazar con casarse con una segunda mujer es un chascarrillo recurrente entre algunos hombres palestinos. Para las mujeres, la broma deja de tener gracia el día que sucede de verdad.

Um Mohamed Abu Zeinab tiene 39 años y todavía no se ha recuperado del disgusto. Un buen día, después de 13 años de matrimonio, la familia de su marido le lanzó la noticia bomba. Su esposo, abogado de profesión, se había vuelto a casar. Cuando el recién casado llegó a casa, dio pocas explicaciones; aquello fueron más bien instrucciones. A partir de ahora, en lugar de vivir en la parte de arriba de la casa familiar, Um Mohamed debía trasladarse al sótano con sus cuatro hijos. El piso de arriba lo ocuparía la nueva esposa. Allí, enterrada en vida, sin luz natural ni ventilación, Um Mohamed se planteó qué podía hacer. Qué alternativas tenía. No podía volver a casa de sus padres, porque viven en Jordania, y allí los niños no tendrían pasaporte ni derecho a escuela pública. ¿Divorciarse? “No. Aquí el divorcio es un estigma para la mujer. Nadie te ayuda. Por eso, por la presión social y por mis hijos, decidí seguir casada”, relata esta mujer, que ahora se gana la vida vendiendo maquillaje y lencería que trae de Jordania.

Luego todo se complicó bastante más y el caso acabó en los tribunales. Um Mohamed, con semblante entristecido y vestida con abaya, la bata islámica tradicional, todavía no entiende por qué su marido decidió casarse con una segunda esposa. “Económicamente y moralmente era incapaz de mantener a las dos familias”. Su relación con la segunda esposa era correcta, pero dice que en realidad, no se fiaba de ella. “No son relaciones sanas”, piensa esta hebronita.

El caso de Um Mohamed es muy extremo por las condiciones a las que su marido la sometió. Pero sus razonamientos e interrogantes son bastante representativos de los dilemas a los que se ven sometidas las mujeres que de repente se ven atrapadas en esta situación. ¿Qué hacer? Es lo primero que se preguntan. Las respuestas dependen en gran medida de las circunstancias económicas y familiares de cada mujer, pero la presión social, como dice Um Mohamed, también juega un importante papel.

Las mujeres que se divorcian, lo tendrán más complicado para volver a casarse, pero además, es muy probable que pierdan la custodia de sus hijos si lo hacen. Divorciarse además, equivale a volver a casa de los padres. Vivir sola es inaceptable en casi toda Cisjordania. Para colmo, es muy frecuente que los padres tiendan a culpar a las hijas en caso de divorcio. “Algo habrás hecho”, “no te has cuidado lo suficiente”… son algunos de los latiguillos obligadas a soportar.

Saida Bader, directora de un orfanato de Hebrón, representa la otra cara de la moneda. Para ella lo de que su marido tenga más de una mujer son todo ventajas. Es la segunda mujer del doctor Maher Bader, un parlamentario del movimiento islamista Hamás, que tiene seis hijos del primer matrimonio. Con Saida, quien además es su prima, ha tenido de momento dos. “Mi marido está feliz con su primera esposa”, arranca. ¿Y por qué se casó con usted? “Porque le gusta cambiar de ambiente, de casa, de amigos, caras nuevas… su primera mujer al principio se enfadó un poco, pero ahora lo ha aceptado porque se ha dado cuenta de que nos puede tratar igual de bien a las dos familias”. El programa es el clásico en estos casos. El parlamentario pasa una noche en casa de Saida y la siguiente en la de la otra mujer. “Mi hijo Ibrahim sabe qué día le toca venir a su padre y amenaza con no dormir si no viene”, dice Saida en su despacho del orfanato.

La directora enumera las que a su juicio son las ventajas del modelo polígamo: “si por ejemplo una de las mujeres cae enferma, la otra puede cubrir las necesidades sexuales del hombre. O si no puede tener hijos. O si sólo puede tener hijas y no varones… Además, algunos hombres tienen un poder sexual increíble y para ellos, una mujer no es suficiente. Por eso, el islam lo soluciona con una segunda mujer, en lugar de que el hombre se vaya a buscar novias por ahí”. Y detalla cuáles son las instrucciones de dios a cumplir en el caso de los matrimonios múltiples. “El marido tiene que ser justo, es decir cubrir las necesidades de las dos familias y la segunda mujer nunca tiene que pedir al marido que se divorcie de la primera. Si el marido desatiende sus obligaciones, quedará paralizado de medio lado”.

Saida presume de mantener una relación “excelente” con la primera esposa de su marido. ¿No tiene celos? Yo de ella no; ella de mí me temo que sí”. Su respuesta delata que incluso en los arreglos familiares mejor avenidos, el margen para la discordia es inevitablemente mayor cuanto más contratos matrimoniales haya por medio.

Todos esos argumentos no acaban de convencer a Inshirah Zeitun, una de las coordinadoras del orfanato, que escucha con atención mientras la jefa habla. “Yo no quiero ofender a dios, pero la realidad es que soy la tercera mujer de mi marido y soy muy infeliz”, confiesa esta mujer de 30 años, vestida con hiyab negro. “A mí lo que me hubiera gustado es tener un marido sólo para mí. Un marido que sólo tenga una casa”. Ella al principio se negó a casarse, cuando supo que el pretendiente en cuestión ya estaba casado dos veces. “Me costó años aceptar, pero insistió tanto…”. Terminó por aceptarlo, pero a su manera. “No me llevo bien con las otras. No quiero si quiera reconocer su existencia”. Su marido, herrero, se casó con Zeitun porque sus otras mujeres no podían tener hijos. Ahora Zeitun, con tres abortos espontáneos anda al borde de la desesperación.

Desde el punto de vista legal, ha habido grandes avances en los últimos tiempos para las palestinas. Hace aproximadamente un año, una nueva interpretación de la ley existente estableció que un palestino no puede casarse por segunda vez hasta que la primera mujer no haya sido informada. El presidente del tribunal de sharia de Hebrón, el jeque Abdelkadrer Idris ofrece detalles y razonamientos de toda índole en su despacho, situado en pleno casco histórico de Hebrón, ocupado por cientos de colonos y patrullado día y noche por el Ejército israelí. “Ahora el marido no puede actuar espontáneamente. Si la primera mujer no lo sabe, el juez enviará a un funcionario a comunicárselo antes de autorizar el segundo matrimonio”.

Con barba recortada, chaleco, corbata y el tradicional gorro blanco y granate, el juez de sharia informa de que el máximo legal es cuatro esposas, aunque la mayoría de los polígamos en Cisjordania optan por dos o tres, excepto aquellos que tengan mucho dinero. Y termina explicando por qué la sharia permite el segundo, tercer y cuarto matrimonio: “Se trata de resolver los problemas de nuestra sociedad. En Hebrón tenemos 37.000 solteras de más de 27 años. Y dios les dice a los hombres: casaos con esas mujeres para que no tengan que pecar y hacer cosas en contra del matrimonio. Es una ley preventiva, que evita el pecado”.

Maysun Qawasmi, una periodista metida a política de Hebrón, que acaba de formar una lista electoral compuesta exclusivamente por mujeres, las palabras del juez le parecen casi una broma mala. Al margen de cuestiones legales, morales o religiosas, Qawasmi considera que en la práctica es “imposible, que en las condiciones económicas en las que viven al mayoría de los palestinos y bajo ocupación militar los hombres sean justos y sean capaces de mantener a dos familias como dice la sharia”. Lo de la poligamia lo considera propio de hombres sin cultura que quieren alardear de poderío. “¿Y lo del apetito sexual?, pues el que no tenga suficiente con su mujer, que haga deporte, que falta les hace”, se burla.

A Um Mohamed, la mujer confinada al sótano, la amargura que arrastra no le permite tomárselo con humor. Sabe que es tarde para deshacer lo sucedido y ahora trata de centrarse en el futuro, sobre todo en el de sus hijos. “El hombre que venga a pedir la mano de mi hija tendrá que jurarme antes que nunca se casará de nuevo. No quiero que mi hija pase lo que yo he pasado”.

Cuerpo

14 noviembre, 2012

Fuente: diario EL PAÍS | Manuel Vicent

Una joven atractiva, mientras se maquilla ante el espejo del cuarto de baño para ir a trabajar, recita una nueva versión del monólogo de Hamlet: ser o no ser, esta es la cuestión, levantarse todos los días a las siete de la mañana y tener que aguantar a un jefe despótico, machista e incompetente, todo por mil y pico euros al mes, o renunciar a esta lucha agotadora y quedarme en la cama para dormir, tal vez soñar, junto a un marido vulgar, a quien con un poco de maña puedo dominar a mi antojo. Este dilema aciago parece haber arraigado en buena parte de la juventud femenina. Frente a aquella generación de mujeres, que en los años sesenta del siglo pasado decidió ser libre y realizó un arduo sacrificio para equipararse a los hombres en igualdad de derechos e imponer su presencia en la primera línea de la sociedad, cada día es más visible una clase nueva de mujer joven, incluso adolescente, que ha elegido utilizar las clásicas armas femeninas, que parecían ya periclitadas, la seducción, la belleza física y el gancho del sexo para buscar amparo a la sombra de su pareja y recuperar el papel de reina del hogar. Puede que la moral de la iglesia católica se haya aliado con la crisis económica para imbuir tenazmente en la mujer la idea que vuelva a casa, críe hijos, se ponga guapa y complazca en todo a su marido. Si una chica acude a diario a machacarse en el gimnasio, si se atiborra de silicona, si camina sobre unas plataformas increíbles, si decora su piel con toda suerte de tatuajes, ¿busca sentirse saludable y fuerte para luchar por sus derechos o, tal vez, solo trata de convertir su cuerpo en un objeto de deseo, en un arma de combate frente a los hombres? Ser o no ser. ¿Qué es mejor, soportar a un jefe tirano que me explota o a un marido mediocre que me llevará a París si le hago un mohín de gatita? Puede que el dilema no sea tan rudo, pero aquellas mujeres que en el siglo pasado lucharon como panteras por su dignidad, sin tiempo para pintarse los labios, tienen ahora unas nietas hermosas, siliconadas, tatuadas con serpientes y mariposas, dispuestas a claudicar en sus derechos, con tal de ganar la otra batalla, el viejo sueño de sentirse adorables y tener al macho de nuevo a sus pies en la alfombra.